El Caribe, frontera imperial
De Cristóbal Colón
a Fidel Castro (I) De Cristóbal Colón a Fidel Castro (II)
© Juan Bosch, 1970.
© Por la presente edición: SARPE, 1985.
Pedro Teixeira, 8. 28020 Madrid.
Depósito legal: M. 32.309-1985.
ISBN: 84-7291-912-9 (tomo 40.°).
ISBN: 84-7291-736-6 (obra completa).
Impreso en España-Printed ín Spain.
Imprime: Gráficas Futura, Sdad. Coop. Ltda.
Villafranca del Bierzo, 21-23.
Pol. Ind. Cobo Calleja. Fuenlabrada (Madrid).
En portada: Fidel Castro en
una alocución pública.

Indice
Capítulo
XIV: La revolución norteamericana y sus resultados en el Caribe
Capítulo XV: La revolución francesa y su
proyección en el Caribe
Capítulo XVI: El tiempo de la libertad
Capítulo XVII: Nacimiento de la república
de Haití
Capítulo XVIII: En los umbrales de la gran conmoción
Capítulo XIX: La guerra social venezolana
Capítulo XX: La independencia de los territorios españoles
Capítulo XXI: 1821-1851. Los años de reajuste
Capítulo XXII: Los años de los episodios increíbles
(1855-1861)
Capítulo XXIII: Las luchas por la independencia de Cuba (1868-1898)
Capítulo XXIV: El siglo del imperio norteamericano
Capítulo XXV: Los años de las balas y de los dólares
Capítulo XXVI: Fidel Castro o la nueva etapa histórica
del Caribe

Capítulo XIV
La revolución norteamericana y sus resultados en el Caribe
Paz, verdadera paz, no la hubo
en el Caribe, y no podía haberla mientras sus territorios fueran
dependencias de imperios europeos que tenían intereses ajenos
a los de los pueblos del Caribe y que vivían chocando entre sí
y llevando esos choques a la región.
En 1763 se había firmado el tratado de París y, sin embargo,
en 1764 estaban produciéndose en el Caribe incidentes serios,
tan serios que por sí solos podían provocar una guerra;
encuentros entre franceses e ingleses y entre éstos y españoles,
y también sublevaciones de negros y de indios, de las cuales
nos ocuparemos en el próximo capítulo.
Pero la guerra a fondo y, por cierto, una guerra en la que la Gran Bretaña
estuvo a punto de perder todas sus posesiones en la región, vino
a desatarse cuando Francia y España decidieron reconocer la independencia
de las colonias norteamericanas que se habían rebelado contra
el poder inglés. Ese reconocimiento implicaba también
ayuda para mantener la independencia.
Hay dos razones que sirven para explicar la actitud de los gobiernos
de París y Madrid acerca de la revolución norteamericana:
la primera, que todo lo que podía contribuir a debilitar a la
Gran Bretaña era conveniente en principio para franceses y españoles,
que aspiraban a disminuir el poderío británico porque
tras él actuaba la prepotente burguesía inglesa, que era
su competidora más fuerte en Europa y en América; la segunda,
que la independencia de las colonias norteamericanas debía necesariamente
favorecer los intereses de Francia en el Caribe, y Francia y España
tenían ante los ingleses una política común. El
6 de febrero de 1778 Francia firmó con los recién nacidos
Estados Unidos un tratado secreto de amistad y comercio en el que se
incluía el reconocimiento de la independencia de las antiguas
colonias inglesas y se establecía, además, una alianza
defensiva, lo que implicaba un serio revés para la Gran Bretaña
y sobre todo para los ingleses que tenían intereses en esas colonias.
Esa última parte del tratado no iba a quedarse en palabras. El
tratado fue firmado el 6 de febrero y el 13 de abril salía de
Francia una flota que iba a operar en aguas de América del Norte.
Por su parte, España estaba dando ayuda a los norteamericanos
desde el año anterior; ayuda política y económica,
por cierto bastante fuerte, a través de Arthur Lee, que era representante
oficioso en España del flamante gobierno revolucionario de Norteamérica.
Viene bien explicar en unos párrafos por qué la independencia
norteamericana era tan importante para los intereses de Francia en el
Caribe.
El comercio de las colonias de Norteamérica con los territorios
franceses del Caribe se había desarrollado grandemente en los
años anteriores a la guerra. Se había desarrollado igualmente
mucho con las posesiones españolas de la región, pero
más bien de una manera indirecta; por ejemplo, Santo Domingo
compraba en Haití herramientas de Norteamérica y compraba
otros productos del mismo origen en la colonia danesa de Santomas, que
había sido declarada puerto libre en 1764. Pero el comercio importante
era el que los norteamericanos hacían con las islas francesas.
Ya vimos en el capítulo anterior lo que había dicho el
almirante Knowles acerca de ese comercio en el caso de Martinica, y
sabemos que otro tanto sucedía con Haití, donde los norteamericanos
se abastecían de azúcares y melazas, algodón y
rones.
Los intereses coloniales de Francia en el Caribe estaban tan estrechamente
vinculados a los de las colonias norteamericanas que una ruptura de
esos vínculos impuesta por la guerra de los primeros contra Inglaterra
podía ser de consecuencias desastrosas para los capitalistas
franceses que invertían en esos territorios, y esa ruptura podía
producirse si la guerra era ganada por los ingleses, cosa que parecía
lógica. En cambio, la independencia de las colonias podía
resultar en una ampliación de las relaciones comerciales y, por
tanto, en ventajas para los inversionistas de Francia. No hay que olvidar
que en el caso de Francia, de Holanda y de Inglaterra, sus territorios
del Caribe estaban manejados por compañías comerciales
que operaban en acuerdo estrecho con los gobiernos, y eran esas compañías
las que levantaban fondos para la inversión, muy a menudo mediante
suscripciones hechas entre los comerciantes que traficaban con los productos
del Caribe. Las colonias danesas habían sido también propiedad
de compañías privadas, pero en 1754 pasaron a manos del
rey, con lo que quedaron convertidas en dependencias del Estado danés.
Ahora bien, no eran los territorios franceses del Caribe los únicos
que comerciaban con Norteamérica; también lo hacían
los de Holanda y lo hacían, desde luego, los de Inglaterra. En
1775 los plantadores ingleses de la región le enviaron un informe
a la Cámara de los Comunes en que afirmaban que, para seguir
funcionando, la industria del azúcar necesitaba de manera imprescindible
ser abastecida por las colonias norteamericanas. La Asamblea de Jamaica,
que era un cuerpo representativo de lo más granado y lo mejor
situado en el sentido económico, envió al rey un acuerdo
en el que se justificaba y se defendía la rebelión norteamericana,
y la Asamblea de Barbados envió delegados al Congreso de Filadelfia,
en el cual se declaró la independencia de los Estados Unidos.
Las estrechas relaciones comerciales que tenían los norteamericanos
con todos los territorios del Caribe les proporcionaron vivas simpatías
en su lucha por la independencia, al grado que en los puertos holandeses
de San Martín y San Eustaquio sus barcos podían izar la
bandera de las barras y las estrellas antes de que Holanda hubiera reconocido
esa independencia. Había gentes de la revolución que operaban
públicamente en todos los territorios del Caribe. Antes de que
Francia firmara el tratado secreto de febrero de 1778, las autoridades
francesas del Caribe permitían a los corsarios yanquis guarecerse
en puertos franceses, y fueron muchas las presas británicas que
hicieron esos corsarios; por ejemplo, en una ocasión desembarcaron
en las Granadinas, quemaron propiedades inglesas y se llevaron esclavos;
en otra ocasión se metieron en bahías de Tobago y se llevaron
barcos británicos.
Dada la actividad comercial que ligaba al Caribe con Norteamérica,
el resultado inmediato de la revolución norteamericana en el
Caribe fue la escasez de los productos que vendía Norteamérica
en la región. Al comenzar la lucha en las colonias su producción
se redujo y sus barcos tuvieron que ser dedicados a combatir y, lógicamente,
su comercio quedó paralizado. Del lado del Caribe la consecuencia
fue la baja inmediata de los precios en el azúcar, el algodón
y el ron. Algunos territorios franceses, que no tenían autorización
para comerciar libremente y, sobre todo, que no podían usar buques
extranjeros para exportar sus productos, abrieron sus puertos a todas
las banderas, lo mismo para importar que para exportar. Tal fue el caso,
por ejemplo, de Martinica. A pesar de eso, al comenzar el mes de octubre
(1778), es decir, casi al inicio de la guerra, el gobierno de la isla
tuvo que prohibir las compras de víveres al por mayor y tuvo
que fijar precios a las mercancías importadas, lo que da idea
de la escasez que se había presentado.
En los primeros días del mes de noviembre el gobernador de Martinica,
marqués De Bouillé, encabezó una expedición
de tropas regulares y unos 1.000 voluntarios que embarcó en tres
navíos y algunas goletas y se apoderó de Dominica. Esa
acción fue la primera de una serie que pondría en ejecución
el activo gobernador. Como Dominica se hallaba situada entre Martinica
y Guadalupe, su conquista convertía a las tres islas en una unidad
militar y evitaba que los ingleses cortaran en cualquier momento la
comunicación entre las dos posesiones francesas. La operación
no fue costosa. A pesar de que Rousseau, la capital de Dominica, tenía
una excelente defensa de tres fuertes —el Cachacrou, el Melville
y el Loubiére—, los ingleses no opusieron resistencia,
tal vez porque se daban cuenta de que no podían enfrentarse a
un ataque que procediera a la vez de las dos islas francesas. El marqués
De Bouillé actuó con bastante sentido político
y no les impuso a los habitantes ninguna condición de vencedor,
ni siquiera la de cambiar sus funcionarios civiles. Por otra parte,
Francia podía confiar en la lealtad de los propietarios franceses
establecidos en la isla, que eran muchos.
La escuadra del almirante D'Estaing, que había salido de Francia
hacia las costas norteamericanas el 13 de abril, estuvo operando en
esas costas hasta principios de noviembre y el 4 de ese mes salió
de Boston hacia el Caribe. D'Estaing tardó más de un mes
en surgir en Fort-Royal, adonde llegó el 6 de diciembre. Había
perdido tiempo por dos razones: una. que se dedicó a perseguir
algunos mercantes ingleses que navegaban en las vecindades de su escuadra,
y otra, que había estado cruzando las aguas de Antigua porque
se había enterado de que por ahí se hallaba una escuadra
enemiga. Efectivamente, había una escuadra inglesa navegando
por el Caribe: había salido de Nueva York poco después
que la de D'Estaing levara anclas en Boston, pero no se dirigía
a Anguila, sino a Barbados, adonde arribó el 10 de diciembre,
esto es, cuatro días después que D'Estaing entró
en la rada de Fort-Royal. En una guerra todo es, y todo puede ser, de
mucha importancia y, probablemente, lo más importante es el tiempo.
D'Estaing había perdido tiempo apresando barcos mercantes y lo
había perdido tratando de localizar una escuadra enemiga que
no navegaba por donde se le había dicho, y resultó que
ese tiempo perdido iba a tener un papel de primera magnitud en la guerra
que estaba llevándose a cabo en el Caribe.
Los ingleses, en cambio, no perdieron el tiempo. Cuando la fuerza naval
que D'Estaing quiso batir en las aguas de Antigua llegó a Barbados
fue puesta bajo el mando del almirante Samuel Barrington y la infantería
que iba en ella bajo el mando del general James Grant, y sin que se le
hubiera dado tiempo ni siquiera para que sus hombres bajaran a tierra,
salió hacia Santa Lucía, que por estar situada inmediatamente
después de Martinica, por el sur, flanqueaba a la isla francesa
a una distancia cortísima. Fácilmente, los ingleses tomaron
el Gran Cul de Sac, en la costa occidental de Santa Lucía, al sur
de Carenage, que era el principal establecimiento de la posesión.
La operación fue ejecutada con tal rapidez que el Gran Cul de Sac
se hallaba en manos inglesas tres días después de haber
llegado la escuadra británica a Barbados. Mientras tanto, D'Estaing,
que se hallaba en Fort-Royal, casi a la vista de los atacantes, se encontraba
ocupado en la tarea de reclutar
voluntarios, y como no podía obtener en Martinica todos los que
necesitaba, esperaba ayuda de Guadalupe.
D'Estaing debía reunir 6.000 hombres para poder estar seguro
de que sacaría a los ingleses de Santa Lucía, pues el general
Grant tenía bajo sus órdenes unos 4.000. Una vez que contó
con la fuerza que creía suficiente, el almirante francés,
acompañado por el fogoso gobernador de Martinica, se dispuso a
reconquistar Santa Lucía. Pero ya era tarde. Los ingleses tenían
cuatro días en la isla y habían aprovechado el tiempo; habían
rodeado Carenage y habían llevado cañones a La Vigía
y Morne Fortuné, que eran los puntos dominantes de toda la zona;
además, habían bloqueado la entrada de la bahía del
Gran Cul de Sac con la escuadra.
Cuando la escuadra de D'Estaing se presentó frente al Gran Cul
de Sac encontró el paso cerrado y no pudo forzar la entrada a
pesar de que trató de hacerlo con un fuerte cañoneo; entonces
se dirigió al norte, entró en la bahía de Choc,
desembarcó fuerzas y avanzó hacia el sur con el objeto
de tomar Carenage por la retaguardia. Pero ese avance fue detenido por
los cañones que los ingleses habían transportado precisamente
para impedir esa maniobra de sus enemigos. Los cañones de La
Vigía diezmaron a los franceses.
Las bajas de D'Estaing y el marqués De Bouillé, que comandaba
el ataque junto con el almirante, fueron elevadas; los heridos se enviaron
a Martinica mientras la escuadra cruzaba frente a Carenage y el Gran
Cul de Sac en un esfuerzo desesperado por obligar a los navíos
ingleses a una batalla naval, cosa que, desde luego, no hicieron los
avezados marinos británicos. D'Estaing y De Bouillé se
retiraron finalmente el 29 de diciembre y al día siguiente se
rendía ante los ingleses el gobernador de Santa Lucía.
El año de 1778 terminaba, pues, con la pérdida de esa
isla francesa y los británicos se dedicaron a hacer de ella el
punto de apoyo de sus actividades navales y militares en el sur del
Caribe, y desde ese punto iban a dar la batalla de Los Santos, que fue
la más importante, en el orden político, de toda la guerra
en el mar de las Antillas. Francia perdió Santa Lucía
porque D'Estaing había perdido tiempo en su travesía de
Boston a Fort-Royal; los ingleses la habían ganado porque su
escuadra ganó el tiempo que D'Estaing había perdido.
Cuando D'Estaing llegó a Fort-Royal su escuadra estaba formada
por 22 navíos de línea y cuatro fragatas; sin embargo
fue aumentando después con algunos escuadrones que se le agregaban.
Pero al mismo tiempo la escuadra inglesa aumentó con la llegada
de varios buques que arribaron a Barbados el 6 de enero (1779). De manera
que entre las fuerzas navales de las dos potencias se estableció
cierto grado de equilibrio que ninguno de los dos bandos se atrevía
a romper. Ahora bien, en el mes de junio el almirante Byron, que había
sustituido a Barrington, salió hacia Saint Kitts con el grueso
de sus fuerzas para escoltar un gran convoy de barcos mercantes que
llevaba comida y otros productos para las islas inglesas de esa zona.
La partida de la escuadra inglesa de Barbados dejaba debilitada la parte
sur del Caribe, situación que aprovecharon D'Estaing y De Bouillé
para lanzarse sobre San Vicente. Las relaciones de los ingleses de San
Vicente con los indios caribes de la isla eran muy difíciles
desde las luchas de 1772 y 1773, causadas por el deseo inglés
de quitarles tierras a los indios. Esa situación hizo pensar
a los ingleses que no tenían posibilidad de combatir a los franceses
porque éstos tendrían la ayuda de los caribes, y no les
ofrecieron resistencia a los atacantes. San Vicente, pues, cayó
en manos francesas el 18 de junio; D'Estaing y De Bouillé ocuparon
50 cañones, cuatro morteros, dos buques mercantes, y unos días
después, el 30, para ser más precisos, casi toda la flota
de D'Estaing salía de Fort-Royal hacia Granada, en cuya Bahía
de Molenier desembarcó el 2 de junio 300 hombres.
Los defensores de Granada eran ridículamente pocos comparados
con los 2.000 hombres que llevó el almirante francés,
y sin embargo este no pudo tomar la isla sino el 6 de julio porque los
ingleses no quisieron entregarse. Cuando D'Estaing intimó rendición
al gobernador, lord Maccartney, éste contestó, con flema
característicamente británica, que él no sabía
en qué consistían las fuerzas del señor conde D'Estaing,
pero que conocía las suyas y que se defendería. Los franceses
tuvieron más de cien bajas, de ellas, la tercera parte en muertos.
En esta ocasión, sólo D'Estaing dirigió las operaciones,
lo mismo las de tierra que las de mar.
La batalla de tierra se convirtió también en naval cuando
el almirante Byron se presentó en aguas de Granada el mismo día
6 de julio y atacó a los buques franceses antes aún de
haber tenido tiempo de organizar los suyos en línea de combate.
Los franceses apresaron en esa acción un transporte con 150 soldados
y produjeron avenas gruesas en varios buques enemigos, pero tuvieron
166 muertos y 773 heridos, lo que da idea del ardor con que estuvo combatiéndose.
Las pérdidas inglesas debieron de ser más altas que las
francesas, puesto que el almirante Byron tuvo que retirarse a Saint
Kitts para reparar averías y reponer bajas.
D'Estaing creyó que había llegado la oportunidad de destruir
la escuadra del almirante Byron, y pensaba sensatamente, puesto que
si los buques ingleses iban de retirada, varios de ellos averiados y
llevando muertos y heridos, ése era el momento de atacar. Así,
el almirante francés estuvo recorriendo las aguas de Saint Kitts
en busca de los barcos británicos, provocándolos para
que salieran de puerto. Pero Byron no se dejó atraer; D'Estaing
resolvió al fin dar por cerrado el episodio y se llevó
su escuadra hacia la costa norteamericana, donde iba a combatir a otras
escuadras inglesas. D'Estaing retornaría al Caribe muy avanzado
el año 1780.
Aunque España estaba dando ayuda generosa a los norteamericanos,
hacía todo lo posible por no romper hostilidades con Inglaterra;
al contrario, trató de mediar entre ésta y Francia a base
de que Gran Bretaña reconociera la independencia de sus colonias
de Norteamérica. Pero es el caso que las relaciones anglo-españolas
fueron haciéndose cada vez más difíciles y ya para
julio de 1779 los españoles estaban listos para atacar Gibraltar.
Unos meses después, en septiembre, España estaba combatiendo
a los ingleses en el Caribe. Su primer ataque se produjo en Cayo Cocina,
en la boca del río Belice. Cayo Cocina se había convertido
en el asiento más importante de los cortadores ingleses de madera,
que habían construido allí un poblado y vivían
y se movían como si estuvieran en una posesión británica.
Cayo Cocina fue tomado, sus establecimientos destruidos y sus habitantes
enviados a La Habana, donde estuvieron hasta el final de la guerra;
los esclavos, que eran numerosos, se vendieron como botín. Algunos
de los cortadores de madera huyeron a Roatán y a la zona de Río
Tinto.
Tal vez parezca que el ataque español a Belice de 1779 fue excesivo,
pero hay que tomar en cuenta que hacía ya más de un siglo
que España venía haciendo reclamaciones a Inglaterra acerca
de la presencia de esos súbditos británicos en una posesión
española; que Inglaterra nunca le disputó a España
su derecho de soberanía en ese punto, y que sin embargo nunca
se dispuso a hacer que sus ciudadanos respetaran ese derecho español.
Por otra parte, a los ojos de Madrid, Belice representaba algo así
como un Gibraltar del Caribe, aunque no fortificado; un Gibraltar moral
que España no podía tolerar.
La noticia de los sucesos de Belice llegó tan rápidamente
a Jamaica que al finalizar la tercera semana de septiembre surgía
frente a Belice una escuadra inglesa dispuesta a vengar el ataque. El
lugar estaba totalmente deshabitado y no había una construcción
en pie. Pero en vez de retornar a Jamaica la escuadra buscó un
punto donde descargar el golpe que debía dar en Belice, y el
día 24 aparecieron un poco más al sur, ante el castillo
de Omoa, cuatro velas inglesas que se movían en son de reconocimiento;
el día 16 de octubre se presentaba en el mismo sitio una escuadra
de 14 navíos. Iba a atacar el castillo, que guardaba el único
camino que comunicaba el Caribe con la ciudad de Guatemala.
El castillo de Omoa se hallaba bajo el mando del coronel Simón
Desnaux, hijo del héroe de Cartagena; su guarnición era
pequeña, compuesta en su mayoría por antiguos esclavos
que tenían poca preparación en las actividades de la guerra.
Pero algo similar sucedía con los atacantes, cuyas fuerzas de
desembarco estaban compuestas en su mayor parte por zambos mosquitos.
El fuerte de Omoa fue cañoneado durante cuatro días en
los cuales los atacantes hicieron algunos desembarcos que fueron repelidos.
Pero un refuerzo inglés compuesto de soldados, madereros y zambos
mosquitos enviados desde la isla de Roatán tomó Puerto
Caballos —actual Puerto Cortés—, a unos quince kilómetros
al norte del castillo, avanzó hacia Omoa y les cortó la
retaguardia a los defensores. Ante esta situación, Omoa no tuvo
más remedio que ofrecer la capitulación.
Desnaux había capitulado el 20 de octubre (1779), pero como antes
del ataque había despachado un correo a Guatemala para informar
al gobernador que el castillo de Omoa no se hallaba en estado de defenderse
en caso de un ataque en regla, el gobernador, don Matías Gálvez,
había estado organizando una fuerza importante con la cual pudiera
reconquistar el fuerte en caso de que éste fuera tomado. Así,
Gálvez —cuyo hijo era gobernador de la Luisiana y estaba
batiéndose con los ingleses y logrando victorias importantes—
recibió la noticia de la capitulación de Desnaux e inmediatamente
se puso en marcha al frente de las fuerzas que tenía listas;
hizo el largo camino, de más de 400 kilómetros, hacia
la costa del Caribe y el día 26 de noviembre estaba sitiando
Omoa. El castillo cayó en sus manos el día 28. Había
estado en poder inglés un mes y una semana, y, dados los planes
de Inglaterra en esa zona, no se comprende cómo sus ocupantes
se lo dejaron arrebatar.
Pues los ingleses tenían un plan para cortar la América
Central, desde el Caribe hasta el Pacífico, muy cerca de ese
punto; hacia el sur, aprovechando el cauce del río San Juan.
Según algunos autores, el plan había sido concebido y
hecho sobre el papel desde antes de que se rompieran las hostilidades,
y debe haber sido así, puesto que comenzó a ser ejecutado
a principios de 1780, escasamente seis meses después de haberse
declarado el estado de guerra entre España e Inglaterra. No hay
que hacer esfuerzos de imaginación para darse cuenta de que el
plan era una aplicación a América Central de lo que se
había concebido para América del Sur y había fracasado
con Vernon en Cartagena cuarenta años antes, así como
el plan de Vernon había sido una versión del de Cromwell.
Ahora bien, lo que no se concibe es que habiendo fracasado ya dos veces
el propósito de cortar en dos los territorios españoles,
al elaborar y disponerse a ejecutar el plan por la vía del río
San Juan, los ingleses no hubieran tenido un plan alternativo.
Lo más lógico era que un plan alternativo se hiciera para
ser aplicado por el golfo de Honduras a partir de la toma del castillo
de Omoa. Omoa tenía un flanco cubierto desde Belice, el otro
desde la Mosquitia hondureña y la retaguardia asegurada con la
isla Roatán, y era más fácil entrar en Guatemala
y hacerse fuerte en el país que entrar en Nicaragua por el río
San Juan y conservar posiciones en sus orillas, que estaban formadas
por selvas y pantanos. En el camino de Omoa a Guatemala había
numerosos pueblos y haciendas en los que las fuerzas invasoras podían
obtener comida, almacenar equipos y curar heridos, y había, además,
entronques de caminos que conducían hacia el interior de lo que
hoy es Honduras. En cambio, para entrar en Nicaragua no había
sino una sola vía, que era el río San Juan, de acceso
muy difícil durante seis meses del año, debido a que las
lluvias aumentaban sus aguas y éstas corrían por un cauce
de desniveles que producían fuertes raudales, y además
el río cruzaba una región insalubre donde los atacantes
se exponían a sufrir enfermedades que los diezmara.
Según el plan, los ingleses entrarían por el río
San Juan para llegar al lago de Nicaragua. Eso mismo habían hecho
en el siglo anterior algunos filibusteros, según puede leerse
en el capítulo X de este libro, y es muy posible que los autores
del plan se basaran en lo que habían hecho esos piratas, a quienes
les resultó relativamente fácil hacer el recorrido desde
las bocas del río hasta Granada. Pero es el caso que ni Morgan
ni Mansfield, asaltantes y saqueadores de Granada, se vieron obligados
a combatir en el curso del río porque en sus tiempos no había
ninguna fortificación que les cortara el paso; en 1780, en cambio,
había una en la isla de San Bartolomé, a poca distancia
de la boca, río adentro, y otra mucho más sólida,
el castillo de la Concepción, situado más o menos a dos
terceras partes de distancia entre la boca del San Juan y el lago de
Nicaragua. Además, en 1780 había caminos que comunicaban
Guatemala, la capital del territorio, con Granada y con otras ciudades
de Nicaragua, cosa que no había en el siglo XVII.
El plan inglés incluía la toma de Granada, en la orilla
noroccidental del lago, y León, que se hallaba tierra adentro,
vecina del Pacífico y bastante alejada de Granada hacia el noroeste,
pero no porque la ruta que iban a establecerlos ingleses pasara por
esas ciudades, sino porque eran puntos indispensables para defender
el acceso al lago por el norte. La ruta iría mucho más
al sur. Ya en aguas del lago, partiría de San Carlos, en la orilla
del sur, y se dirigiría a la bahía del Papagayo, hoy territorio
de Costa Rica, en el mar Pacífico. Con algunas variantes, ésa
fue la que se siguió en el siglo XIX para establecer la línea
de vapores que debían llevar del este de los Estados Unidos a
los buscadores de oro de California; fue la misma ruta que dio el dominio
de Nicaragua a los filibusteros de William Walker y la misma que iba
a seguirse para hacer el canal que al fin se construyó en el
istmo de Panamá.
Aunque el plan había sido hecho en Londres, donde fue aprobado
por las autoridades militares y políticas, su ejecución
se llevaría a cabo desde Jamaica, y por eso llevó el nombre
del gobernador de esa isla, el mayor general John Dallíng. Dalling
debía salir de Jamaica con una fuerte expedición que estaba
siendo organizada en Inglaterra, pero la expedición tardaba en
llegar a Jamaica, y para que el plan tuviera éxito era indispensable
tomar el castillo de la Concepción antes de que comenzara la
temporada de las lluvias, lo que ocurriría en el mes de abril,
pues las lluvias engrosaban el río San Juan y esto hacía
imposible remontar los raudales, que se reforzaban en la estación
lluviosa hasta convertirse en cataratas. Así, Dalling salió
de Jamaica al comenzar el mes de febrero de 1780 con las fuerzas que
pudo reunir en la isla, algo más de unos 400 hombres. Esa fuerza
debía ser aumentada con zambos mosquitos y soldados ingleses
de la Mosquitia hondureña. Los transportes iban escoltados por
el navío Hinchinbroke, cuyo comandante era un joven de treinta
y dos años, llamado Horacio Nelson.
Dalling se detuvo en cabo Gracias a Dios para organizar flotillas de
canoas tripuladas por mosquitos y ya el 24 de marzo surgía frente
al puerto de San Juan del Norte, lugar que tomó ese mismo día
sin mucho esfuerzo; el 9 de abril tomó la isla de San Bartolomé,
que, como hemos dicho, estaba situada río adentro, ocasión
en la que Nelson actuó dirigiendo el ataque de artillería
que haría capitular a la pequeña guarnición que
había en la isla; el día 11, las avanzadas de Dalling,
desembarcadas en la orilla del río, estaban rodeando el castillo
de la Concepción, que resistió cuanto pudo, pero que cayó
en sus manos el día 24. Pero de ahí no pudo pasar el gobernador
de Jamaica porque ya había comenzado la temporada de las lluvias,
las interminables y copiosas lluvias tropicales, que caen sin cesar
día y noche, inundan las tierras y las convierten en pantanos
y en criaderos de los mosquitos que transmiten la malaria, fomentan
el crecimiento de fungosidades en las paredes, en las ropas y en los
zapatos y obligan a la gente a vivir encerrada bajo techo. Así,
encerrados en el castillo, Dalling y sus hombres se pusieron a esperar
la gran expedición que llegaría de Inglaterra, una expedición
que de todos modos no podía llegar al castillo de la Concepción
mientras no cesaran las lluvias que hacían imposible remontar
el río.
El gobernador Gálvez acababa de retornar de Omoa a Guatemala
cuando llegaron las noticias de que los ingleses habían tomado
el castillo de la Concepción y sin perder tiempo reorganizó
sus fuerzas y tomó el camino de Granada, donde halló que
el vecindario, asustado por la cercanía de los invasores, había
abandonado la ciudad y se había internado en los montes. Aunque
habían pasado más de 100 años de las depredaciones
que Granada había sufrido a manos de algunos piratas ingleses,
la gente no olvidaba lo que la ciudad había padecido, y tal vez
con el paso de los años aquellos sufrimientos habían sido
aumentados por los que relataban su historia.
Don Matías Gálvez se dedicó a levantar el ánimo
de los vecinos de Granada y a preparar defensas y organizar fuerzas
para detener a los ingleses cuando éstos cruzaron el lago, lo
que Gálvez daba por un hecho seguro. Pero sucedía que
también en Granada caían las copiosas e interminables
lluvias del Trópico, de manera que el gobernador tuvo que trasladar
su cuartel general a Masaya. Cuando finalizaron las lluvias en el mes
de septiembre, el activo presidente de la Audiencia de Guatemala, gobernador
y capitán general, embarcó unos 600 hombres en canoas
y se dirigió río San Juan abajo, camino del castillo de
la Concepción, donde esperaba hallar a Dalling.
Dalling no estaba allí; ni él ni ninguno de sus hombres,
excepto los muertos que había enterrado en las orillas del río,
y esos muertos eran más de 1.400. Dalling había perdido
tanta gente a causa de las fiebres palúdicas e intestinales,
que de 1.800 nombres que había llevado a la expedición
apenas le quedaban unos 380, macilentos, enfermos, débiles, con
los cuales no podía defender la posición; así,
había emprendido la retirada hacia San Juan del Norte y cuando
don Matías Gálvez llegó al puerto sólo alcanzó
a ver las velas británicas que se alejaban en el horizonte. Una
vez más había fracasado el plan inglés de cortar
en dos los territorios españoles de América.
Mientras Dalling se aprestaba a tomar el castillo de la Concepción,
allá por el mes de marzo, las metrópolis del Caribe hacían
cambios en sus fuerzas coloniales y ordenaban movimientos llamados a
tener consecuencias en la región. Así, sir Georges Rodney
pasaba a desempeñar el mando de la flota inglesa del Caribe,
el almirante De Guichen pasaba al mando de la francesa y España
despachaba hacia La Habana 130 buques, de los cuales 114 eran transportes
para unos 10.000 soldados. Esta expedición española estaba
destinada a la conquista de la Florida y a combatir en el golfo de Méjico,
pero al final fue dedicada a la fallida toma de Jamaica.
La flota del almirante Rodney sufrió graves pérdidas a
causa de un huracán que le hundió más de 30 naves
y además estuvo durante algún tiempo operando en aguas
norteamericanas. Por otra parte, los meses finales de 1780 fueron de
poca actividad, excepto para los corsarios y los navíos de línea
que se dedicaban a apresar algún que otro mercante. En ese tiempo
estuvieron muy activos los corsarios de Santo Domingo y de Puerto Rico,
que llegaron a operar en las aguas del Atlántico.
Al terminar el año, el día 20 de diciembre, Holanda declaró
la guerra a Gran Bretaña. Había sucedido que unos buques
ingleses se habían metido en el puerto de San Martín y
allí mismo habían apresado algunos barcos norteamericanos;
las protestas holandesas fueron rechazadas por el gobierno de Londres
y la situación se complicó de tal manera que la ruptura
de las hostilidades fue inevitable. Al finalizar el mes de enero de
1781 el almirante Rodney recibía órdenes de tomar San
Eustaquio y se presentó ante la pequeña isla holandesa
con una fuerza imponente. El gobernador, que no tenía conocimiento
de que su país estaba en guerra con los ingleses, capituló
sin combatir; en los días posteriores capitularon también
Saba, San Martín y San Bartolomé. El botín que
tomaron los británicos fue enorme, pues los muelles de San Eustaquio
y de San Martín estaban llenos de mercancías; también
los almacenes privados estaban llenos de toda suerte de productos y
lo estaban casi todos los 200 barcos que había en los puertos.
En total, el botín sumaba varios millones de dólares,
tal vez más de quince, calculados en dólares de mitad
del siglo XIX, lo que en esos años del siglo XVIII era una suma
fabulosa.
La captura del rico botín dio lugar a incidentes muy serios porque
el almirante Rodney descubrió que muchas mercancías y
varios de los buques tomados eran propiedad de ingleses que comerciaban
con las colonias norteamericanas y con los territorios franceses del
Caribe a través de las islas holandesas, que hasta el momento
habían sido puertos neutrales. Ese descubrimiento ponía
de manifiesto la verdadera naturaleza de la guerra, que era una contienda
comercial disfrazada de guerra patriótica. Al Caribe se iba a
buscar ventajas económicas, y las guerras que tenían lugar
en sus aguas y en sus tierras eran sólo expresiones armadas de
conflictos comerciales. Mientras los marinos y los soldados se mataban,
los comerciantes hacían negocios con el enemigo.
Los propietarios ingleses de mercancías y barcos tomados en las
islas holandesas reclamaron que se les devolvieran sus pro piedades,
pero Rodney se negó y, lo que es más, las declaró
confiscadas y las puso a la venta en Saint Kitts; en cuanto a la otra
parte del botín, la envió a Inglaterra, pero no llegó
a su destino porque el convoy fue interceptado y apresado por un escuadrón
francés que llevó sus presas a Francia; las mercancías
fueron vendidas a los comerciantes de Burdeos, quienes pagaron por ellas
8.000.000 de libras tornesas y las vendieron con beneficios altísimos
debido a que los productos tropicales escaseaban mucho en Francia desde
que había comenzado la guerra.
Mientras Rodney se hallaba en Saint Kitts ocupado en vender las mercancías
que había confiscado a sus compatriotas, llegó a Martinica
una poderosa flota francesa que había salido de Brest al mando
del conde De Grasse. Esa flota iba a hacer estragos en las posesiones
inglesas de la región. Cuando Rodney supo que De Grasse estaba
en el Caribe despachó a uno de sus mejores comandantes a batir
a De Grasse, pero la flota francesa era demasiado grande y Hood no pudo
ni siquiera acercársele.
De Grasse llevaba consigo un convoy de mercancías que dejó
en Fort-Royal y sin perder tiempo siguió hacia Santa Lucía
con ánimos de arrebatársela a los ingleses. Al parecer,
llevaba instrucciones de reconquistar esa isla, lo que da idea de que
en Francia se habían dado cuenta de que Santa Lucía había
sido convertida por los británicos en un punto clave en la estrategia
británica del Caribe. Efectivamente, así era, y los hechos
lo demostrarían dos años después. De Grasse alcanzó
a desembarcar tropas en Santa Lucía, pero la defensa que halló
fue tan enérgica que tuvo que reembarcarlas con pérdidas
altas y tuvo que retirarse de allí a principios del mes de mayo.
Como le tocaría saberlo a su tiempo, él mismo iba a ser
víctima de ese fracaso ante los ingleses de Santa Lucía.
El marqués De Bouillé, gobernador de Martinica, era sin
duda el hombre con más condiciones de jefe militar que había
en el Caribe. Por alguna razón, aunque lucharon juntos, sus relaciones
con D'Estaing no fueron las mejores; en cambio, De Bouillé y
De Grasse iban a entenderse bien y juntos formarían un equipo
de mando que iba a darles mucho que hacer a los ingleses.
De Grasse había fracasado en Santa Lucía, pero De Bouillé
no fracasaría en la conquista de Tobago. Para tomar esa isla,
De Bouillé usó una parte de la flota de De Grasse —cuatro
navíos, una fragata y algunos transportes—; se presentó
en Tobago y puso pie en la bahía de Curland tras un fuerte bombardeo
que fue respondido por los ingleses con energía. Rodney, que
estaba en Barbados, envió apresuradamente un escuadrón
con la orden de auxiliar a los defensores, pero De Grasse llegó
al sitio de la lucha a tiempo y forzó al escuadrón inglés
a retirarse.
La batalla de Tobago fue dura. El jefe de la defensa, teniente gobernador
Ferguson, hizo una retirada hacia el interior con el propósito
de hacerse fuerte en mejores posiciones. En vez de dedicarse a perseguir
a Ferguson, De Bouillé ordenó que se quemaran las propiedades
de los plantadores británicos, con lo cual obtuvo que los propietarios
pidieran la paz para salvar sus bienes. En ese momento Rodney salía
de Barbados con refuerzos para Ferguson, pero el almirante inglés
llegó a Tobago demasiado tarde. La isla se había rendido
el 2 de junio y De Bouillé y De Grasse volvieron a Fort-Royal,
en cuya rada entraron agitando en sus manos las banderas que le habían
tomado al enemigo. Después de la victoria de Tobago, De Grasse
salió con su flota hacia las costas de Norteamérica, donde
tomaría parte en la caída de York Ton y la consecuente
rendición de lord Cornwalles; y casi a seguidas Rodney salía
hacia Inglaterra, llamado para responder a las acusaciones que se le
hacían con motivo de la confiscación de las propiedades
inglesas tomadas en San Eustaquio y San Martín, y su flota, colocada
bajo el mando de Hood, tomaba el rumbo de Nueva York. Parecía
que el Caribe quedaba descargado de las presiones guerreras que originaba
la presencia en sus aguas de las poderosas flotas de Francia e Inglaterra.
Pero la verdad es que, aunque la flota francesa se había alejado,
Francia estaba representada en el Caribe por De Bouillé, y De
Bouillé era un hombre de guerra, un soldado nato. Dado su cargo,
no tenía por qué participar personalmente en los ataques,
y sin embargo lo hacía. Siempre estuvo al lado de D'Estaing en
los combates que éste dio; acompañó a De Grasse
en Santa Lucía y se le había adelantado en Tobago; concebía
planes atrevidos e iba a ejecutarlos él mismo. Ahora bien, la
mayor hazaña del gobernador de Martinica estaba por verse todavía.
De Bouillé había resuelto dar un golpe audaz a Inglaterra
en el Caribe y había organizado ese golpe con tanto secreto que
ni siquiera lo conocían muchos de los que iban a participar en
él. Para disimular sus intenciones dio una fiesta a la juventud
de Martinica, y cuando esa juventud estaba entretenida ejecutando las
refinadas danzas de la época, el gobernador salió sigilosamente
a los jardines con algunos de los que asistían a la fiesta y
se fue a la rada de Fort-Royal, donde le esperaban tres fragatas, una
corbeta y cuatro goletas en las cuales habían embarcado unos
350 hombres. Era al comenzar la última semana de noviembre, mes
de buenos vientos en el Caribe. En la noche del día 26, con mar
gruesa por cierto, De Bouillé estaba desembarcando sus hombres
en San Eustaquio. Algunos de esos hombres llevaban todavía el
traje de fiesta con que habían salido de la casa del gobernador.
Al amanecer del día 27 los franceses estaban atacando el fuerte
que defendía la pequeña isla.
La sorpresa que produjo el audaz golpe de De Bouillé fue tan
grande que paralizó a la guarnición inglesa, compuesta
de unos setecientos hombres. Cockburn, el gobernador británico,
fue hecho prisionero antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba
sucediendo. Al día siguiente se rindieron las fuerzas de San
Martín y poco después se entregaron las islas de Saba
y San Bartolomé. De Bouillé retornó a Fort-Royal
con más de 800 prisioneros a los que había que sumar las
mujeres y los niños que les acompañaban. El gobernador
fue recibido en Martinica con honores de héroe, y al llegar a
Fort-Royal encontró allí a De Grasse y su flota, que volvían
de América del Norte después de haber cosechado también
la victoria en aguas norteamericanas. Era simplemente lógico
que las tropas, la marinería, la oficialidad de De Grasse y De
Bouillé se sintieran impulsadas a seguir acumulando victorias;
así, la próxima sería en Barbados, la fortaleza
británica que hacía el papel de una avanzada del Caribe
en el Atlántico. El almirante y el gobernador se prepara- ron,
pues, para tomar Barbados. Por dos veces, una con 3.500 hombres de desembarco
y otra con 6.000, la flota francesa estuvo cruzando por las aguas de
Barbados y en las dos ocasiones los vientos contrarios impidieron que
se acercaran a las costas. Al final hubo que abandonar el plan de tomar
Barbados, pero no se abandonaron los propósitos de seguir despojando
a Gran Bretaña de sus posesiones del Caribe. Así, el 11
de enero de 1782 la flota de De Grasse, y Bouillé con ella, entraba
en la rada de Basse-Terre, en la isla de Saint Kitts.
Ya conocemos la importancia histórica y política que tenía
Saint Kitts para los ingleses y su vinculación con el nacimiento
y el desarrollo del poder francés en el Caribe. Precisamente,
el punto por donde desembarcaron los franceses ese día de enero
de 1782 correspondía a lo que había sido la parte francesa
de la isla antes de que ésta pasara a ser totalmente inglesa.
Debido a, su abolengo en la historia de la colonización británica,
Saint Kitts era el asiento de la gobernación de las islas inglesas
para el grupo llamado de Barlovento y allí había una guarnición
respetable. En el momento de la llegada de De Bouillé, esa guarnición
tenía más de 1.200 hombres.
A la presencia de los franceses en Basse-Terre, el gobernador se retiró
con todas las fuerzas a la fortaleza de Brimstone Hill, bien dotada
de artillería y de municiones; pero los dueños de ingenios
de azúcar no estaban dispuestos a correr la suerte de la guerra
y comenzaron a buscar contactos con De Bouillé para negociar
la rendición de la isla. Mientras tanto De Grasse despachó
escuadrones a Nevis y a Monserrat y esas posesiones capitularon sin
luchar, lo que aumentó el deseo de negociar que tenían
los propietarios de Saint Kitts. Después que se cerró
el capítulo de ese ataque francés se dijo que esos propietarios
se negaron a prestar sus esclavos para que éstos cargaran las
balas de cañón que necesitaban los defensores del fuerte
de Brimstone Hill; al parecer, había un almacén de esas
municiones en las faldas de la colina que daba nombre al fuerte y no
fue posible llevar las balas hasta el fuerte por falta de hombres que
hicieran el trabajo. De todos modos, es el caso que De Bouillé
había puesto sitio al fuerte con unos 6.000 hombres y se había
dedicado a bombar- dearlo sin que eso conmoviera a los propietarios,
que no se hallaban inclinados a dar demostraciones de patriotismo.
Mientras De Bouillé cercaba y cañoneaba Brimstone Hill,
De Grasse tenía su escuadra en la bahía de Basse-Terre.
El día 24 de junio se presentó ante Basse-Terre una escuadra
inglesa comandada por el almirante Hood. Hood maniobró para entrar
en la bahía, cosa que no logró, y entonces De Grasse sacó
su escuadra para presentarle batalla a Hood. En ese momento Hood hizo
lo que menos podía esperar De Grasse; entró con su escuadra
en la bahía y dejó afuera al almirante francés
y a sus barcos. Esa maniobra era no sólo una demostración
de maestría naval y de audacia muy británica; era también
una burla que De Grasse no podía aceptar; así, el almirante
francés hizo todos los esfuerzos por desalojar al inglés
de su posición, pero fueron inútiles y además costosos
en vidas y en averías. Por lo visto, lo único que podía
hacer De Grasse era bloquear la salida de la bahía y mantener
a Hood embotellado.
Probablemente no se ha dado muchas veces un caso igual: los ingleses
de Brimstone Hill estaban cercados por los franceses del marqués
De Bouillé; éstos a su vez estaban embotellados por los
buques y los soldados ingleses de Hood, y Hood y sus hombres se hallaban
embotellados por la escuadra francesa de De Grasse. Había una
manera de romper esa cadena de cercos, y era lanzando contra la retaguardia
de De Bouillé a los hombres de Hood, que alcanzaban a unos 2.500,
a fin de romper el sitio de Brimstone Hill y unir fuerzas; después
se vería qué se podía hacer con la flota de De
Grasse.
Eso fue lo que hizo Hood: desembarcó sus 2.500 soldados y los
lanzó a la lucha contra De Bouillé; pero éste había
previsto el golpe y había preparado sus fuerzas de tal manera
que los ingleses no pudieron romper sus filas. En cuanto a las tropas
cercadas en el fuerte, sus bajas en muertos y heridos eran ya altas,
de manera que tampoco pudieron ayudar en la lucha. Ante esa situación,
Hood tenía que salir de la bahía o entregarse, lo que
a su vez suponía la entrega del gobernador, y Hood escogió
la salida. Esta era difícil y con pocas probabilidades de éxito,
pero Hood, que había hecho en Basse-Terre una entrada increíble,
iba a hacer una salida también increíble: a media noche
cortó cables y se deslizó por las aguas de Basse-Terre
sin que los marinos de De Grasse alcanzaran a darse cuenta de lo que
estaba sucediendo. Al día siguiente se rendía Brimstone
Hill, después de treinta y cuatro días de sitio.
Desde la ruptura de hostilidades hasta ese mes de julio de 1782 habían
caído en manos francesas Dominica, San Vicente, Granada y las
Granadinas, Tobago, Saint Kitts, Nevis y Monserrat, y además
los franceses habían reconquistado las posesiones holandesas
de San Eustaquio, San Martín, Saba y San Bartolomé, que
habían devuelto a Holanda con excepción de la última.
Los franceses del Caribe estaban forjando una impresionante cadena de
victorias a expensas del poderío inglés, lo que indicaba
o que ese poderío estaba en decadencia o que estaba en ascenso
el de Francia.
Al retornar triunfantes a Martinica, el grácil De Bouillé
y el corpulento De Grasse fueron recibidos en medio de un júbilo
casi de locura, y para colmo de buena suerte, poco después de
su llegada arribaba a Fort-Royal un convoy de mercantes que había
logrado burlar a la ilota inglesa. En ese convoy iban productos suficientes
para aliviar, al menos por el momento, las necesidades de la población,
que como casi todas las del Caribe estaba sufriendo los efectos de una
inflación vertiginosa causada por la escasez de bienes de consumo.
Parecía que De Bouillé y De Grasse habían obtenido,
por alguna gracia especial, la bendición de los dioses de la
guerra; que ninguna fuerza inglesa podía atravesarse en su camino;
que iban a conseguir todo lo que se propusieran. Y lo que se propusieron,
por órdenes del gobierno francés, fue asestar a Inglaterra
el golpe final a su imperio en el Caribe: la conquista de Jamaica. Pero
antes de que llegara esa orden llegó a Barbados, a medía-dos
de febrero de 1782, el avezado y duro sir George Rodney, a quien la
historia le reservaba el papel de destruir, casi sin combatir, la fuerza
del binomio De Grasse-De Bouillé.
Tan pronto llegó a Barbados, Rodney ordenó a Hood que
se le reuniera en Antigua. Las escuadras de Rodney y Hood sumaban más
navíos que los de De Grasse, y eso por sí solo significaba
que en cualquier momento podía quedar roto en favor de Inglaterra
el equilibrio naval del Caribe. Una vez reunidas en Antigua, las naves
inglesas se dirigieron a Santa Lucía, desde donde Rodney podía
vigilar los menores movimientos de De Grasse. Allí iban a pasar
los ingleses el mes de marzo y los primeros días de abril, tensos
y dispuestos al ataque como el águila que ha puesto el ojo en
la víctima escogida y mantiene las alas a punto de emprender
el vuelo a la primera señal de que la pieza se ha movido.
Pero sucedía que en marzo, mientras Rodney y Hood vigilaban a
De Grasse, estaba a punto de estallar de nuevo la guerra en el occidente
del Caribe. Efectivamente, don Matías Gálvez, el infatigable
gobernador de Guatemala, que había establecido su cuartel general
en Trujillo, preparaba la reconquista de la isla Roatán, que
los ingleses habían guarnecido de varios fuertes, cinco de ellos
a la entrada y alrededor de Puerto Real, y otro, el de Federico, para
proteger el puerto por la retaguardia.
Gálvez hizo sus preparativos cuidadosamente; reunió 3.900
hombres y metió entre ellos una unidad de caballería pensando
que ésta podía hacerle falta en caso de que los ingleses
se retiraran a un punto de la pequeña isla donde hubiera necesidad
de perseguirlos con bestias; reunió también varias balandras
y goletas y algunas canoas y escoltó la expedición con
cuatro fragatas, una corbeta y cuatro lanchas cañoneras. Como
se ve, el gobernador Gálvez no estaba dispuesto a fracasar por
falta de elementos.
Y efectivamente, no fracasó. Las baterías de los fuertes
que guardaban el puerto fueron silenciadas rápidamente; el teniente
gobernador inglés se refugió en el fuerte Federico, pero
no podía hacer nada para impedir la victoria española.
Roatán se rindió el día 17 de marzo (1782); los
atacantes tomaron un buen botín, la mayor parte en esclavos;
a los soldados ingleses se les permitió irse a Jamaica.
Gálvez estuvo en Roatán hasta el 23, día en que
salió con una parte de sus efectivos hacia la región de
Río Tinto, es decir, la Mosquina hondureña; allí
asaltó y destruyó los puntos de Quepriba y Criba, donde
había pequeñas guarniciones enemigas, y en los primeros
días de abril estaba persiguiendo tierra adentro a los pocos
ingleses que buscaban protección en el interior, en las zonas
habitadas por los mosquitos.
Precisamente en esos primeros días de abril estaban el almirante
De Grasse y el gobernador De Bouillé dando los últimos
toques a lo que iba a ser la operación maestra de Francia y España
en el Caribe, la conquista de Jamaica. El día 8 abandonaba la
flota francesa la rada de Fort-Royal para ir a Cap-FranÇais,
en la costa norte de Haití, donde debía reunirse con la
flota española que bajo el comando de don José Solano
había cruzado el Atlántico en ruta hacía La Habana
en marzo de 1780, esto es, dos años antes. Una vez reunidas,
las dos flotas enfilarían por el canal de Los Vientos hacia Jamaica,
que seguramente no tenía fuerzas con que enfrentar un ataque
de esa envergadura. Podemos hacernos una idea del poderío de
las fuerzas aliadas que iban a la conquista de Jamaica por la cantidad
de naves de transporte que iban en las dos flotas. Solano había
llevado a Cuba 114 transportes y De Grasse llevaba desde la Martinica
150. No sabemos cuántos navíos de guerra tenía
a su mando Solano, pero sabemos que la escuadra de De Grasse estaba
compuesta por unas 36 unidades, de las cuales 25, por lo menos, iban
a participar en la acción sobre Jamaica.
Leyendo ahora los documentos de aquellos días es fácil
darse cuenta de que los planes de los gobiernos eran conocidos muy a
menudo por los enemigos. El espionaje funcionaba en los palacios de
los reyes, en los gabinetes de los ministros y en los despachos de los
jefes militares. El envío de Rodney al Caribe y su movimiento
hacia Santa Lucía para vigilar desde allí a De Grasse
son hechos que resultarían demasiado casuales si no obedecían
a un propósito, y el propósito era evitar a toda costa
la expedición contra Jamaica; luego en Londres sabían
que los gobiernos de Francia y España habían resuelto
conquistar Jamaica. Rodney había situado casi en aguas de Martinica
dos fragatas que debían informarle, mediante señales,
qué rumbo tomaba De Grasse al abandonar, el día que lo
hiciera, la rada de Fort-Royal. Esa es otra indicación de que
Rodney tenía noticias precisas sobre las intenciones del almirante
francés. Rodney sabía que iba a salir y con qué
planes saldría y había congregado sus fuerzas en Santa
Lucía para impedir que esos planes pudieran ser ejecutados.
En la mañana del 9 de abril, sir Georges Rodney recibió
señales que le indicaban el rumbo de la flota francesa: navegaba
hacia Dominica en dirección norte franco. Sin perder un minuto,
Rodney dio la orden de lanzarse a la persecución del enemigo
y batirlo tan pronto estuviera a tiro de cañón.
La cacería duró horas. Ya por la tarde, el escuadrón
de Hood se acercaba a los navíos franceses que cubrían la
retaguardia del convoy. Las dos notas estaban todavía tan cerca
de Martinica que el primer disparo del lado francés —hecho
por el navío Triunfante—
se oyó en la costa de esa isla. Había comenzado la primera
parte de un combate naval que iba a tener muy escasa importancia militar
y que sin embargo iba a tener consecuencias decisivas en el fracaso de
los planes de Francia y España.
En ese combate el navío francés
Zélé resultó con averías gruesas. El
almirante De Grasse iba a bordo del Villa
de París, su nave insignia, y el Villa
de París, que portaba 110 cañones, era un buque pesado,
muy lento para maniobrar. Pues bien, cuando vio al Zélé
en situación crítica, De Grasse quiso ir en su ayuda y fue
a dar a un punto de aguas muertas y, lógicamente, tras el almirante
entraron en esas aguas varios otros navíos cuyos comandantes creyeron
que debían darle protección a su jefe.
Los marinos ingleses pensaron que De Grasse estaba rehuyendo el combate
y trataron de hacerlo salir del lugar donde se hallaba, pues la falta
de brisa hacía imposible que ellos mismos —esto es, los
ingleses— pudieran maniobrar. Mientras tanto, una parte de la
escuadra francesa y la totalidad de los transportes seguían su
ruta hacia Cap-Francais. Con ellos iba el marqués De Bouillé,
que se había embarcado en Fort-Royal para tomar parte en la conquista
de Jamaica.
A eso que hemos descrito se limitó la primera parte de lo que
se llamó la batalla de Los Santos, nombre que se le dio porque
la parte segunda —y final— iba a darse en las aguas de los
islotes de Los Santos, que son adyacentes de Guadalupe y limitan por
el norte el canal que separa esta isla de la de Dominica.
Los buques franceses no pudieron maniobrar sino el día 12, y
entonces lo hicieron, con tan mala suerte, que vinieron a quedar a barlovento
de la escuadra británica, y en ese momento los ingleses superaban
de manera abrumadora a los franceses, puesto que junto con De Grasse
había sólo una parte de su fuerza; la otra parte había
seguido escoltando el convoy que iba hacia Cap-Francais. Así,
con el viento a su favor, los ingleses avanzaron y formaron línea
a su mejor conveniencia. La parte final de la batalla de Los Santos
iba a darse con todas las ventajas del lado inglés.
En los primeros movimientos el buque almirante de Rodney rompió
la línea francesa, a la vez que otros navíos británicos
la rompían por otro punto, de manera que la línea de De
Grasse quedó rápidamente dividida en tres grupos y sus unidades
rodeadas y batidas por el fuego de los navíos enemigos. Cuatro
buques franceses quedaron apresados, entre ellos el Villa
de París. De Grasse, pues, había caído prisionero
de Rodney. A causa de lo que le sucedió a De Grasse, la marina
francesa, después de estudiar el expediente de la batalla, ordenó
que en lo sucesivo sus comandantes dirigieran las batallas desde una fragata,
nave que era más ligera y por tanto más capaz de maniobrar
en circunstancias imprevistas, como las que se dieron en el caso de la
batalla de Los Santos.
La mayor parte de los buques franceses que participaron en el último
episodio de la batalla de Los Santos lograron escapar con algunas bajas,
pero sin averías, y Rodney, que quería aprovechar la ocasión
para destruir la escuadra francesa, ordenó a Hood que les diera
alcance. Hood alcanzó a interceptar dos navíos de línea
y una fragata, con lo cual el número de unidades francesas que
cayó ese día en manos de Rodney fue de siete. Todos los
buques apresados fueron llevados a Jamaica, donde Rodney y su escuadra
tuvieron un recibimiento delirante. La victoria, en verdad, no era nada
del otro mundo, pero sus consecuencias políticas sí lo
eran, sobre todo para los habitantes de la isla, que se habían
salvado del ataque franco-español y de la muy probable conquista
de su tierra.
Al llegar a Cap-Francais la noticia de lo que había sucedido
a De Grasse, el marqués De Bouillé quiso suplantar a De
Grasse en la jefatura de la expedición a Jamaica y le propuso
a Solano, el jefe de la flota española, que el plan general se
llevara a cabo bajo la responsabilidad de De Bouillé. De Bouillé
alegaba, y tenía razón, que la pérdida de siete
u ocho buques no podía justificar el abandono del plan, que esa
pérdida no debilitaba de modo apreciable el poder de las flotas
española y francesa unidas. Pero Solano entendía que sus
órdenes eran muy precisas y que él tenía que atenerse
a ellas; que se le había mandado esperar en Cap-Francais al almirante
De Grasse y que De Grasse no había llegado ni podría llegar,
puesto que había caído en poder de los ingleses. Todos
los esfuerzos que hizo el gobernador de Martinica para convencer a Solano
de que deberían actuar resultaron inútiles. Cuando en
Madrid se supo que Solano se había negado a oír a De Bouillé,
se le dio la razón a éste, pero desde luego ya era tarde,
y demasiado tarde. Jamaica no sería conquistada y, lo que es
más, no sería ni siquiera atacada. La corona que Francia
y España iban a poner a la guerra del Caribe se había
hundido en las aguas de Los Santos el día 12 de abril de 1872,
y al cabo de tres años y cuatro meses la pérdida de Santa
Lucía —ocurrida en diciembre de 1778— culminaba en
el fracaso de los planes elaborados para dar un golpe final al poder
inglés en el Caribe; que así se encadenan los hechos en
la guerra, tal como se encadenan en la vida.
Exactamente el 12 de abril, día en que De Grasse caía
prisionero de Rodney en aguas del Caribe, tenían lugar en París
las primeras conversaciones para hacer la paz, y si ésta tardó
en hacerse se debió a la victoria de Rodney en la acción
de Los Santos. Inglaterra estaba dispuesta a conceder a Francia y España
buenas condiciones de paz; había perdido todas sus posiciones
importantes en el Caribe, con la excepción de Jamaica, Antigua
y Barbados, y sólo había logrado conquistar Santa Lucía,
arrebatada a los franceses, y había perdido tierra en otras partes
de América, de manera que la paz era para ella una necesidad.
Pero cuando llegó a Londres la noticia de la derrota de De Grasse
pensó de otro modo; así, por ejemplo, rechazó las
peticiones españolas para que abandonara Gibraltar a menos que
España le diera a cambio la isla de Puerto Rico, y en general
alargó las conversaciones, que se prolongaron hasta el 1783.
En cambio, los ingleses negociaban tan de prisa con sus antiguas colonias
norteamericanas que para fines de noviembre se habían firmado
los artículos preliminares del tratado de paz. Esa negociación
se hacía en el secreto más estricto, para que ni Francia
ni España se enteraran de ellas. Francia y España habían
participado en la guerra que aseguró la independencia de los
Estados Unidos; la presencia de las fuerzas francesas de tierra y de
mar al lado de las norteamericanas, así como la cuantiosa ayuda
en armas y dinero que les dio España a los colonos rebelados,
fueron factores decisivos en la victoria yanqui; además, si Inglaterra
hubiera podido dedicar todo su poderío a combatir a sus colonos,
la lucha hubiera sido larga, muy costosa y nadie sabe cómo hubiera
terminado. Pero Inglaterra tuvo que combatir contra Francia y España
en Europa y en el Caribe y eso la debilitó. Sin embargo, a la
hora de hacer la paz, los Estados Unidos se entendían con los
ingleses en secreto para que aquellos que tanto los habían ayudado
no estuvieran al tanto de lo que estaba sucediendo.
Después de la batalla de Los Santos, sólo los corsarios
de Santo Domingo, Puerto Rico y las islas francesas e inglesas siguieron
su especie de guerra particular, pero en el fondo occidental del Caribe
iba a combatirse todavía. Fue en Roatán y en la Mosquitia
hondureña, que habían caído en poder de España,
como sabemos, en vísperas de la batalla de Los Santos.
El 23 de agosto (1782) se presentó frente a Roatán el
coronel Edward Despard con 1.200 hombres, la mitad de ellos mosquitos,
a los que conducía con buena protección naval, y en una
larga lucha de ocho días se apoderó de la isla, en la
cual había una guarnición española de 750 hombres;
después Despard se dirigió a Río Tinto y, tal como
había hecho Gálvez antes, dominó las posiciones
de Quepriba y Criba, de manera que, salvo el castillo de Omoa, España
perdió otra vez en el golfo de Honduras todo lo que el enérgico
don Matías Gálvez hacía reconquistado poco antes.
Cuando se dio fin a los acuerdos preliminares del tratado de paz, lo
que vino a suceder en enero de 1783, los ingleses tenían en el
Caribe sólo Roatán y la Mosquitia, que no eran territorios
británicos, y las islas de Antigua, Barbados y Jamaica. La situación
era parecida en el Mediterráneo, en el sur de los Estados Unidos
y en las Bahamas. En los arreglos de paz España iba a recuperar
Menorca y las dos Floridas y devolvería las Bahamas, e Inglaterra
reconocería los derechos españoles de Belice y todos los
territorios mosquitos, al tiempo que España concedería
autorización, dentro de ciertos límites, para que los
súbditos británicos pudieran cortar madera en Belice.
Roatán, desde luego, volvería a manos españolas.
De manera irregular, Suecia entró en las negociaciones a través
de Francia. Los suecos habían estado viendo desde hacía
muchos años que los daneses sacaban buenos dividendos de sus
pequeños territorios del Caribe y habían fundado en 1746
una Compañía de las Indias Occidentales, pero fue sólo
en 1779, bajo el reinado de Gustavo III, cuando sus empeños por
tener una posesión en el Caribe comenzaron a tomar forma. Gustavo
III mantenía relaciones estrechísimas con Luis XVI, al
punto que recibía subsidios de éste, y la política
exterior francesa contaba de manera segura con el apoyo de Suecia en
todo lo que se refiriera a problemas del norte de Europa. En las negociaciones
del tratado que iba a poner fin a la guerra, Francia propuso que España
le concediera a Suecia uno de sus territorios caribes, Trinidad o Vieques,
a lo que España se negó; entonces gestionó con
Inglaterra que le traspasara una de las suyas, petición que Inglaterra
rechazó. Pero Suecia seguiría insistiendo.
El tratado se firmó en Versalles el 30 de septiembre de 1783.
Francia devolvió a Inglaterra las islas de Saint Kitts, Nevis,
Monserrat, Granada y las Granadinas, Dominica y San Vicente, pero obtuvo
la devolución de Santa Lucía y se quedó con Tobago.
Poco después, en mayo de 1784, Luis XVI ordenaba que Tobago fuera
cedida a Suecia, y eso es lo que explica que Francia no aceptara devolver
a Inglaterra la pequeña isla que hoy forma una unidad política
junto con la isla de Trinidad. No sabemos qué ocurrió
entre mayo y finales de junio, pero es el caso que, después de
la cesión de Tobago, Francia y Suecia se pusieron de acuerdo
para que, en vez de Tobago, Suecia tomara San Bartolomé y que
a cambio de San Bartolomé les diera a los franceses privilegios
comerciales en Gotemburgo. San Bartolomé tenía 21 kilómetros
cuadrados y 759 habitantes, de los cuales 458 eran blancos. El tratado
de cesión fue firmado en París el 1 de julio (1784) y
la cesión efectiva tuvo lugar el 7 de marzo de 1785. En el mes
de septiembre San Bartolomé fue declarado puerto libre y en octubre
del año siguiente fue cedido a una compañía formada
para comerciar con las posesiones del Caribe y América del Norte.
Así, al terminar la guerra había un nuevo país
europeo con señorío en un territorio del Caribe.
Al quedar firmado el tratado de Versalles parecía que todo el
Caribe seguía igual que antes de comenzar la guerra. Pero la
guerra había provocado cambios muy importantes; cambios en la
situación económica de las metrópolis y de sectores
de las poblaciones coloniales; cambios en la composición social
de casi todos los territorios caribes; cambios en las ideas de las gentes.
Hubo un número apreciable de personas que se enriqueció
haciendo el corso y el contrabando y cobrando a precio de oro lo que
podía vender, pero también hubo mucha gente que murió
de hambre. Algunos artículos llegaron a encarecerse cuatro veces,
y en ocasiones se trataba de artículos de consumo para la gente
más pobre. Se calcula que sólo en las islas inglesas murieron
por falta de alimentación unos 18.000 esclavos. Las relaciones
comerciales quedaron durante años prácticamente rotas,
no sólo entre las colonias y las metrópolis, sino también
entre las colonias que se vendían y se compraban entre sí.
En el caso de las posesiones españolas, esto tuvo buenos resultados,
porque entre 1777 y 1780 España dio a sus territorios una libertad
comercial que las convirtió de hecho en provincias autónomas,
con autorización para adquirir esclavos sin ninguna restricción;
y esta última medida iba a tener consecuencias trascendentales
en la vida de los países españoles del Caribe, porque
con la importación libre de esclavos aumentó a niveles
inesperados el poder económico de la aristocracia terrateniente
de algunos lugares —por ejemplo, Venezuela—, lo que al cabo
de treinta años se reflejaría en las luchas por la independencia,
que fueron dirigidas por ese grupo social. Dada la organización
económico-social de la región del Caribe, los mayores
beneficios que proporcionaron los cambios fueron para los dueños
de tierras y esclavos; pero los perjuicios causados por el encarecimiento
de la vida y por las restricciones que provocó la guerra caían
sobre las espaldas de los esclavos, los zambos, los pardos, los mulatos,
los negros libres y los blancos pobres, que durante esos años
estuvieron acumulando miseria y odios. La guerra hizo más agudas
las contradicciones que llevaba en su seno la sociedad del Caribe, y
pocos años después esas contradicciones, estimuladas por
la Revolución francesa, iban a hacer estallar el barril de pólvora
sobre el cual estaba asentado el régimen económico, social
y político de los pueblos del Caribe.
CapÍtulo XV
La revolución francesa y su proyección en el Caribe
Al firmarse en 1783 el tratado
de Versalles debía haber en el Caribe una población esclava
de 1.200.000 almas. Puede estimarse que en Haití había
entonces unos 400.000, y como según cálculos de la época
los esclavos de Haití representaban tres quintas partes de lo
que había en todos los territorios antillanos de Francia, la
totalidad de los esclavos de las posesiones francesas debía pasar
de 600.000. Diez años antes (en 1774), en Jamaica, Antigua, Monserrat,
Saint Kitts, Nevis y las Islas Vírgenes había más
de 280.000, de manera que agregando a esa cantidad los de Barbados,
Dominica, Granada, San Vicente, Belice y la Mosquitia, los de las posesiones
británicas debían pasar de 300.000. Quizá los de
Venezuela, Colombia, Panamá, Puerto Rico y Santo Domingo no llegaban
a 100.000; Cuba, que era la posesión española que tenía
más esclavos, debía andar por los 60.000. En Guatemala,
Honduras, Nicaragua y Costa Rica —todo lo cual formaba, junto
con El Salvador, el reino de Guatemala— había pocos, porque
en esa zona la mano de obra servil era indígena. Los de las islas
holandesas y danesas y los de la pequeña posesión sueca
de San Bartolomé podían sumar unos pocos millares.
Al tratar los acontecimientos del siglo XVI dimos cuenta de las principales
rebeliones de esclavos en esa centuria, y en verdad no fueron muchas;
fueron menos frecuentes todavía en el siglo XVII, pero entre
éstas hay que destacar la de Jamaica, provocada por la ocupación
inglesa en 1655; una rebelión larga y dura, según explicamos
en el capítulo IX. Al aumentar en el siglo XVIII el número
de esclavos con la extensión de la producción de azúcar,
algodón y otros renglones, los alzamientos comenzaron a ser más
frecuentes. En realidad, el siglo XVIII fue el siglo de las rebeliones
de esclavos en el Caribe.
El número de esclavos aumentaba, no sólo porque se importaban
más, sino porque nacían muchos hijos de ellos, y esos
hijos, salvo una minoría que tenía la suerte de ser declarada
libre, estaban también sometidos al régimen de la esclavitud.
Un número importante de hijos de amos y esclavas, que desde luego
eran mulatos, entraba en el grupo de los libres y con frecuencia heredaba
el nombre y los bienes del padre; pero eso sucedía sobre todo
en los territorios españoles y franceses, porque en las dependencias
inglesas un mulato equivalía a un negro: los dos eran "gentes
de color", y nunca tendrían derecho de vivir en la sociedad
de los blancos.
Las rebeliones negras del siglo XVI podían considerarse una mera
prolongación en tierras americanas de las luchas que se llevaban
a cabo en África para capturar esclavos; pero las del siglo XVIII
eran expresiones inequívocas de una lucha de clases limitada
a los territorios de América; una lucha de clases de carácter
muy violento que se hacía compleja debido a la serie de circunstancias
que diferenciaban social, económica, física y culturalmente
a los adversarios. Los esclavos eran obligados por la fuerza a trabajar
en beneficio de sus amos, pero además ellos eran negros y sus
amos blancos, ellos tenían conceptos culturales distintos a los
de sus amos, ideas de la organización social diferentes a las
de los blancos y hasta sentimientos y hábitos religiosos distintos.
En todos los aspectos, pues, había razones para que los esclavos
se rebelaran. Lo que sorprende es que no lo hicieran más a menudo
y con más saña.
Sería difícil hacer un recuento completo de los levantamientos
negros del siglo XVIII. Algunos fueron cortos pero violentos; en unos
participaron pocos esclavos y en otros participaron muchos; en unos
murieron pocos blancos y en otros murieron bastantes. Los principales
ocurrieron en casi todos los territorios del Caribe. Los hubo en Haití
en 1724; en Saint Kitts y Nevís en 1725; en Antigua en 1728;
otra vez en Haití en 1730; en Saint John en 1733; de nuevo en
Haití en 1734; y en Antigua en 1737; otro más en Haití
en 1740; uno en Yare, Venezuela, en 1747, y en el mismo año hubo
una seria conspiración de esclavos en Jamaica; tres años
después, en 1750, una rebelión de ellos en Curazao y en
1754 otra en Jamaica.
En enero de 1758 fue quemado vivo en Cap-Francais el legendario Macandal,
que había organizado en el norte de Haití grupos de esclavos
a los que proporcionaba veneno, hecho por él mismo, de yerbas
del país para que se lo dieran a los amos en comidas y refrescos.
Dos años después, en 1760, se produjo en Jamaica un levantamiento
tan poderoso que costó la vida a unos 60 blancos y a más
de 300 negros.
Los castigos a los esclavos sublevados eran habitualmente brutales,
pues había que aterrorizar a los negros para que no se atrevieran
a seguir el ejemplo de los que se alzaban. En el alzamiento de 1728
ocurrido en Antigua se quemó a tres cabecillas y se descuartizó
a otros; el que tuvo lugar en Saint John en 1733, que costó la
vida a cuarenta blancos, fue aplastado con ayuda de blancos ingleses
de la vecina isla de Tórtola y sobre todo con la ayuda de una
fuerza militar francesa enviada desde Martinica; y los esclavos ejecutados
en Saint John fueron numerosos. En la sublevación que se produjo
en Jamaica en 1760 se aplicaron métodos de represión repugnantes
y 600 de los esclavos sospechosos de simpatías con los rebeldes
fueron sacados de la isla y vendidos a los cortadores de madera de Belice.
Pero la represión no podía detener los levantamientos.
La ola de rebeliones esclavas comenzó de nuevo hacia el 1765,
año en que hubo una importante en Jamaica y otra en la Mosquitia
hondureña, así como un recrudecimiento de las actividades
de los negros que se habían refugiado en el interior de la isla
de Granada durante la guerra que había terminado en 1763. En
los tres casos murieron muchos blancos, fueron destruidas muchas propiedades
y la represión, como ya era costumbre, alcanzó altos niveles
de brutalidad.
En 1769 hubo levantamientos en Jamaica y en 1770 los hubo en Saint Kitts.
Ese mismo año de 1770 y en el de 1771 hubo rebeliones importantes
en Tobago, que fueron reprimidas con lujo de violencias.
En 1772 hubo combates sangrientos entre los indios caribes de San Vicente
y fuerzas inglesas, que tuvieron pérdidas fuertes. En 1773 se
repitió la rebelión de la Mosquina hondureña con
muchas víctimas y alto número de esclavos ejecutados;
en 1774 se levantaron otra vez los esclavos de Tobago y la represión
fue calificada por círculos ingleses como innecesariamente bárbara.
En 1775 se alzaron en guerra los indios del Darién y mataron
a los mineros de Pásiga; en 1776 hubo una fuerte sublevación
negra en Jamaica.
En 1778 volvieron a levantarse en armas los indios del Darién
bajo la jefatura del indio Bernardo Estola, pero en ese levantamiento
hubo un ingrediente de política internacional, porque parece
no haber duda de que fue estimulado por los ingleses, que proporcionaron
armas, municiones y oficiales, estos últimos para servir de consejeros
a Estola. El gobernador de Jamaica nombró al jefe indígena
"general del Darién" y le envió de obsequio
un uniforme de general, pero Estola tuvo que pactar con el gobierno
español de Nueva Granada después que Inglaterra firmó
con España el tratado de Versalles, aunque vino a hacerlo sólo
en el 1787.
El caso más interesante de las rebeliones negras de ese siglo
XVIII fue el de los cimarrones del Bahoruco, un lugar montañoso
situado en el sur de la frontera que dividía las colonias española
y francesa de la isla de Santo Domingo. El Bahoruco fue el escenario
de la prolongada rebelión del cacique Enriquillo, tratada en
el capítulo VI de este libro. La formación de un campamento
de negros cimarrones en el Bahoruco había comenzado en el año
de 1702 y ese campamento había sobrevivido a todos los ataques
que habían estado organizando y realizando las autoridades francesas
cada cierto número de años. Los cimarrones del Bahoruco
vinieron a hacer la paz con los franceses en 1785. En el momento del
acuerdo el jefe de los negros cimarrones era un esclavo de la parte
española llamado Santiago, pero la mayoría de sus hombres
—125 de un total de 130— eran esclavos de amos franceses,
y uno de ellos, que tenía ya sesenta años cumplidos, había
nacido y había vivido toda su vida entre cimarrones.
Ese mismo año de 1785 hubo una matanza de blancos hecha en Dominica
por los negros cimarrones que habían sido armados por los franceses
para que les ayudaran en su lucha contra los ingleses cuando la isla
cayó en manos francesas en la guerra que había terminado
en 1783. Para someter a esos esclavos rebeldes de Dominica hizo falta
formar una fuerza británica especialmente adiestrada y la lucha
duró todo un año, de manera que esa lucha tuvo todos los
caracteres de una guerra en pequeño.
El rosario de alzamientos negros indicaba que en el Caribe había
una situación perpetua de injusticia que podía dar lugar
en cualquier momento a una devastadora rebelión general, y cualquiera
conmoción en Europa podía desatar esa rebelión.
La conmoción fue la Revolución francesa, que sacudió
el orden en las colonias de Francia en el Caribe en sus propias raíces
y alcanzó los caracteres de un terremoto social de proporciones
gigantescas.
Al principio las luchas desatadas en el Caribe por la Revolución
se limitaron a los sectores más altos de las sociedades coloniales
en Martinica y Haití, pero después las luchas pasaron a
los niveles medios de la pirámide social y al final entraron en
juego las masas esclavas, que eran las que ocupaban la base de esa pirámide.
Ese proceso se cumplió en dos años. Al cabo de esos dos
años el centro del terremoto se estableció en Haití,
esa pequeña colonia de Francia establecida en el oeste de la isla
de Santo Domingo que había comenzado siendo en 1630 el asiento
de los bucaneros y había pasado a ser luego el nidal de los piratas
del Caribe; ese pequeño territorio que se había convertido
en menos de medio siglo, según palabras de Adam Smith en su libro
La riqueza de las naciones,
en "la más importante de las colonias azucareras del Caribe".
La Revolución francesa tuvo también efectos serios en Martinica,
Tobago y Santa Lucía y provocó levantamientos de esclavos
en casi todas las islas británicas, en Curazao y en Venezuela,
pero la magnitud de los sucesos de Haití ha hecho olvidar los de
otros puntos del Caribe que fueron provocados por los acontecimientos
de Francia.
Al entrar en ese trascendental momento de la historia del Caribe se
hace necesario tener una idea, aunque sea somera, de la situación
social de toda la región, pues sin conocer esa situación
se haría difícil comprender cómo se movieron los
sectores sociales en cada una de las etapas de la crisis desatada en
el Caribe.
En primer lugar, debemos dividir los territorios de la región
en grandes grupos: los de España formaban uno; los de Inglaterra,
Holanda, Dinamarca y Suecia formaban otro; y otro los de Francia.
España seguía siendo un país socialmente atrasado
en relación con sus competidores europeos, pero menos atrasado
que antes de que el país pasara a ser gobernado por los reyes
Borbones. En el siglo XVIII, y apoyada por los Borbones, España
tenía ya una burguesía, y esa burguesía se hallaba
en el poder político. Todavía era numéricamente
débil y, como lo demostrarían los hechos unos veinte años
después, era más débil que los sectores tradicionales
que se hallaban situados en la raíz de la sociedad española.
Como tenía que suceder, la composición social de España
se reflejaba en sus territorios del Caribe en unas estructuras más
atrasadas que las de la metrópoli. Los reyes Borbones, los hombres
que gobernaban en Madrid y los funcionarios que esos hombres enviaban
al Caribe eran más avanzados y progresistas que la gran nobleza
terrateniente esclavista de Venezuela, Cuba, Santo Domingo y Puerto
Rico y que los de la América Central.
Las sociedades españolas en el Caribe vivían en un régimen
de relaciones de producción que Marx iba a calificar de capitalismo
anómalo. Con la excepción de Cuba, su producción
era mucho más pobre que la de otros territorios europeos; su
inversión de capitales, de baja a muy baja; su técnica
de producción y transporte, atrasada; su comercio interior y
exterior, limitado; y por último, su composición social
respondía a esas líneas del panorama económico:
en la cúspide estaban los funcionarios del rey, generalmente
más avanzados que los propietarios criollos, y después
estaban esos propietarios esclavistas, que formaban un círculo
aislado, racista, que no se mezclaba ni con españoles ni con
criollos blancos que no pertenecieran a su grupo; pero los criollos
y españoles del comercio o propietarios medianos o miembros de
la pequeña burguesía, contaban con el respaldo y la simpatía
de los funcionarios reales y a menudo ese respaldo y esa simpatía
alcanzaban a pardos y mestizos que tenían medios económicos.
Las libertades comerciales acordadas durante el reinado de Carlos III
a los territorios americanos y las medidas tomadas para liberar a gente
del común, blancos, pardos mestizos, de la condición de
plebeyos siempre que pudieran pagar las tasas establecidas para lograr
esa liberación, contribuyeron a hacer más estrechas las
relaciones de la Corona española con esos grupos discriminados
por los terratenientes esclavistas, y a la vez agriaron más las
relaciones entre estos últimos y los funcionarios reales. Por
último, como los métodos de producción eran más
primitivos en los territorios españoles que en los de otros países
del Caribe —salvo en el caso del azúcar—, el trabajo
de los esclavos estaba menos sometido a los rigores de la disciplina.
En este panorama había diferencias; por ejemplo, la aristocracia
terrateniente de Venezuela era más tradicionalista y tenía
más ambiciones de poder político que los esclavistas de
Cuba; en Costa Rica no había esclavitud de negros y prácticamente
no la había de indios, pero esta última estaba muy generalizada
en Guatemala y El Salvador; en Santo Domingo había una mayoría
de población mestiza y casi la totalidad de los esclavos trabajaba
en hatos y en la producción de víveres para el consumo
local, lo que permitía un gran margen de libertad en sus movimientos.
Pero lo realmente importante era que, por encima de esas diferencias
que hemos apuntado, los sectores sociales que se hallaban por debajo
de la cúspide se sentían apoyados por el poder real, y
eso le proporcionaba un alto grado de consistencia política al
poder español en el Caribe. Esa consistencia política
explica por qué las sublevaciones de esclavos ocurridas en el
Caribe en el siglo XVIII fueron insignificantes en número y sin
importancia militar o política en los territorios de España.
Suecia, Dinamarca y Holanda eran países de organización
social francamente burguesa, aunque conservaran en su aspecto político
las reliquias de otros tiempos, como reyes y cortes. Sus territorios
del Caribe estaban manejados con métodos burgueses; eran empresas
para acumular beneficios y evitar el mayor número de conflictos.
Las rebeliones de esclavos en sus territorios fueron pocas, aunque la
de Saint John, posesión danesa (1733), tuvo verdadera gravedad.
Los tres países aprendieron temprano a resolver los problemas
de los colonos y sus esclavos, al extremo que Dinamarca, adelantándose
a todos los demás poderes europeos, estableció en 1792
que la esclavitud quedaba abolida en sus dominios en el plazo de diez
años. Las posesiones de holandeses, daneses y suecos fueron dedicadas
cada vez menos a producir azúcar y algodón y cada vez
más a la actividad comercial. Por otra parte, sus territorios
en el Caribe eran peque rios y el número de esclavos empleados
en ellos no podía pasar de unos pocos millares.
Inglaterra era también un país de organización
económica burguesa, pero hábilmente mezclada con una organización
social que preservaba las jerarquías del antiguo orden de cosas
adaptadas al nuevo. Inglaterra tenía el segundo lugar del Caribe
como productora de azúcar, algodón y otros artículos
tropicales y también el segundo lugar en cuanto al número
de esclavos que trabajaban en sus posesiones, y esos esclavos eran tratados
con un régimen de disciplina tan estricto que fue en las posesiones
inglesas donde hubo más sublevaciones negras en el siglo XVIII.
Ahora bien, el orden social en las colonias inglesas del Caribe era
lo suficientemente flexible para que todos los blancos, fueran grandes,
medianos o pequeños propietarios, artesanos o funcionarios del
rey, se sintieran solidarios y partes de un solo bloque; a eso contribuía
la existencia de las asambleas de cada territorio, que les proporcionaba
a todos los blancos la ilusión de una libertad política.
A su vez, la gente de color, fueran negros esclavos o libres, fueran
mulatos propietarios o artesanos, formaban un bloque diferente. En las
dependencias británicas no había, pues, pirámide
política, con una minoría en la cúspide y varios
estratos, cada vez más amplios, por debajo de ella. Esa pirámide
existía sólo en el aspecto económico, pero estaba
muy bien disimulada en el aspecto político. Políticamente
había un cubo blanco sobre uno negro, y los que formaban el cubo
blanco —funcionarios reales, propietarios, comerciantes, pequeña
burguesía, artesanos, todos ellos blancos— se las arreglaban
para mantener dividido al cubo negro, de manera que cuando había
rebeliones de esclavos hallaban siempre grupos negros a los que mandaban
a combatir a los sublevados. Hasta los cimarrones de Jamaica, que estuvieron
luchando contra los ingleses de 1655 a 1740, fueron usados después
para aplastar levantamientos de esclavos.
La situación más compleja era la de los territorios franceses.
Se parecía a la española, pero sólo superficialmente.
En las posesiones de Francia los blancos estaban divididos como en las
de España; había los grandes blancos y los blancos pequeños,
esto es, los grandes propietarios y comerciantes y los propietarios
y comerciantes medianos y pequeños, y los que pertenecían
a los dos últimos sectores odiaban a muerte a los "grandes
blancos" debido a que éstos habían ido obteniendo
del favor del rey numerosos privilegios sociales que se les negaron
a los "petít blancs". Pero a diferencia de lo que ocurría
en las dependencias españolas, los grandes blancos de los territorios
franceses eran miembros de una oligarquía colonial avanzadísima,
aunque muchos de ellos fueran al mismo tiempo aristócratas. En
Haití, en Guadalupe, en Martinica, los grandes propietarios disponían
de abundantes capitales de inversión que obtenían en Francia
y disponían también de créditos altos que les proporcionaban
los comerciantes de Brest, Burdeos y Nantes como anticipos de las zafras
y las cosechas; tenían una alta técnica de producción
y de mercadeo; vivían lujosamente con casas en las plantaciones
y en las ciudades; llevaban peluqueros, cocineros y sastres de Francia;
disfrutaban de una activa vida social, con teatros, asociaciones culturales
y literarias; viajaban a menudo a Francia, donde algunos pasaban vacaciones
cada año y otros se retiraban a vivir de sus rentas. El rey y
los funcionarios no les negaban ninguna petición a los grandes
blancos, de manera que su situación frente al poder real era
diferente a la de sus congéneres de los territorios españoles.
Pero también era diferente la situación de los mulatos
—llamados en Haití "affranchís"—
en los territorios franceses y en los españoles. En los últimos,
los mestizos contaban con la simpatía, y el respaldo de la Corona
y sus funcionarios locales; en los de Francia, los mulatos no podían
ni siquiera ejercer profesiones u oficios de los llamados liberales;
desde 1771 se les había prohibido tener la categoría de
ciudadanos del reino, aunque fueran propietarios más grandes
que los grandes blancos, y en 1778 se prohibió el matrimonio
entre blancos y los criollos que tuvieran ascendencia negra en cualquier
grado. Estas últimas disposiciones del gobierno francés
establecían una barrera insalvable entre blancos y gentes de
color, de manera que los pequeños blancos despreciaban a los
mulatos ricos tanto como los despreciaban los funcionarios del rey y
los grandes blancos.
Esa situación de discriminación de los mulatos era especialmente
peligrosa en Haití porque ellos eran los dueños de la
tercera parte de la riqueza haitiana y de la cuarta parte de los esclavos;
entre esos mulatos había algunos tan ricos como el más
rico de los grandes blancos; había muchos cultos y refinados,
que se habían educado en Francia y tenían allí
amigos, y resultaba que en Francia no eran víctimas de esa discriminación
a que los sometían en su propia tierra. Haití estaba dividida
en tres provincias o departamentos; el del Norte, con su capital en
Cap-Francais; el del Oeste, con su capital en Port-au-Prince, que era
a la vez la capital de la colonia, y el del Sur, con su capital en Les
Cayes. Los mulatos más ricos y de más prestigio abundaban
más en la parte central del departamento del Oeste y en el departamento
del Sur, pero había también mulatos ricos y prestigiosos
en el del Norte.
Ateniéndonos sólo a lo que podríamos llamar los
estratos superiores de la pirámide social de Haití, resultaba
que en esos estratos había suficientes elementos explosivos.
Algo parecido sucedía en Martinica, Guadalupe y Santa Lucía;
pero en estas Antillas el peligro se aminoraba porque no tenían
una población esclava tan numerosa como la de Haití. La
asombrosa cantidad de esclavos de Haití puede estimarse por estas
cifras: desde 1785 hasta 1789 habían entrado en Haití
más de 150.000 esclavos llevados desde África, mientras
que los introducidos durante ese mismo tiempo en las demás Antillas
francesas no alcanzaba a 50.000.
Ahora bien, la explotación de los territorios franceses del Caribe
se hacía mediante el uso de la técnica más alta
conocida en la época, lo que suponía un duro régimen
de disciplina para los esclavos usados en esa explotación. La
oligarquía colonial francesa usaba métodos capitalistas
implacables y las cuadrillas de esclavos tenían que funcionar
con la precisión con que funcionan hoy las máquinas. Por
otra parte, las privaciones de artículos tropicales a que se
vio sometida Europa en la guerra que terminó en 1783 determinó
una avidez tan grande de esos productos que después de la guerra
los negocios de las colonias francesas prosperaban velozmente, y eso
puede apreciarse en el alto número de esclavos introducidos en
Haití de 1785 a 1789. Había que aumentar la producción
año tras año para poder suplir la demanda de Europa y
de América del Norte. Esa aceleración en la producción,
que exigía un aumento en la productividad de cada esclavo, produjo
en las colonias francesas del Caribe un fenómeno digno de la
mayor atención, y fue la conjunción en el orden social
y económico de los factores más radicales y a la vez más
opuestos: la de los métodos más avanzados del capitalismo,
hasta ese momento, y el sistema social más atrasado, también
hasta ese momento, que era la esclavitud. Lógicamente, eso determinaba
un estado de tensión llamado a hacer crisis ante cualquier acontecimiento
que rompiera el equilibrio existente. La menor ruptura en el orden que
mantenía funcionando el sistema provocaría una catástrofe
social y política, y el acontecimiento iba a ser la Revolución
francesa
En el primer momento la Revolución profundizó las divisiones
que había en los estratos superiores de las sociedades francesas
del Caribe, pero no conmovió a las masas esclavas, que eran las
bases del sistema. Como era lógico, las autoridades del rey en
el Caribe se opusieron a la Revolución, pero los grandes blancos
y los grandes comerciantes estaban dispuestos a apoyarla a cambio de
que se les dieran libertades para vender y comprar en cualquier país
y de usar barcos de cualquier bandera para exportar e importar, y a
fin de defender esas pretensiones enviaron representantes a la Asamblea
Constituyente de París. Lo que no podían admitir los grandes
blancos era que se desconocieran sus privilegios sociales o que se admitiera
a los mulatos y a los pequeños blancos en posiciones de mando
en las colonias. Los pequeños blancos apoyaban también
la Revolución porque creían que con ella iban a mejorar
su estado social y a igualarse con los grandes blancos, pero tampoco
hubieran admitido que se les concedieran a los mulatos derechos de ciudadanos.
Los mulatos, algunos de los cuales se hallaban en París al empezar
la Revolución y otros se apresuraron a ir allá, apoyaban
la Revolución a cambio de que se les reconocieran derechos iguales
que a los blancos, y para hacer presión sobre la Asamblea Constituyente
contaban en París con la influyente sociedad de Amigos de los
Negros, nombre que en realidad quería decir amigos de los mulatos,
no de los esclavos. Ahora bien, ni las autoridades reales de Haití
que se oponían a la Revolución, ni los "grands blancs"
ni los "petits blancs", ni los mulatos o "affranchís"
pensaban en las masas esclavas. Esas estaban al margen de todos los
conflictos y así debían seguir.
Las colonias del Caribe influían mucho en la vida económica
y política de Francia, pues sucedía que no sólo
vivían en la metrópoli muchos de los colonos retirados
y las familias de otros que permanecían en Haití, Martinica,
Guadalupe, Santa Lucía o Tobago, sino que había en París,
en Brest, en el Havre, en Burdeos, grupos poderosos de comerciantes
de productos antillanos, de gentes que tenían invertidos capitales
en los negocios del Caribe, de armadores de buques que hacían
la carrera entre las islas y Francia, de funcionarios dedicados a la
administración de las colonias. Sometida a presiones de todos
esos grupos, la Asamblea Constituyente vaciló a la hora de tratar
el problema de las colonias y no se atrevió a tomar ninguna determinación
para organizarías; dejó la solución de los problemas
de las Antillas en manos de los colonos y, como era lógico, los
sectores de esos colonos que disfrutaban de privilegios económicos
y sociales no iban a renunciar a ellos en favor de otros sectores. Así,
las contradicciones que había en los estratos más altos
de la pirámide social de las Antillas francesas iban a agudizarse
a tales extremos que no podrían ser resueltos pacíficamente.
La Revolución de Francia iba pues a provocar la de sus colonias
en el Caribe.
Aunque las luchas entre esos sectores de los estratos superiores comenzaron
a un tiempo en Haití y en Martinica, la violencia se desató
en Martinica antes que en Haití, debido a que en Martinica había
una situación de tirantez extrema entre los grandes propietarios
y los comerciantes de Saint-Pierre, una ciudad que se hallaba en el
noroeste de la isla, al pie de Mount-Pelée. Incidentalmente debemos
recordar que Saint-Pierre fue destruida a causa de la erupción
del Mount-Pelée, volcán que hasta ese momento parecía
apagado, ocurrida en mayo de 1902; la población, de 29.000 personas,
murió instantáneamente, con la excepción de dos
hombres.
Saint-Pierre era una ciudad comercial; allí tenían sus
agencias los comerciantes de Burdeos, de Brest, de Nantes, que compraban
los productos de Martinica, y los propietarios de la isla acusaban a
esos intermediarios de Saint-Pierre de explotarlos en complicidad con
las autoridades de la isla. El movimiento revolucionario de Martinica
comenzó, pues, por una acción colectiva de los grandes
propietarios blancos contra los comerciantes y las autoridades de Saint-Pierre,
y para contar con la fuerza necesaria para la empresa armaron a los
esclavos y dieron a varios mulatos puestos de mando sobre esas improvisadas
milicias negras. Puede decirse, hablando en términos de hoy,
que los grandes blancos de Martinica formaron un frente unido de liberación,
y con esa fuerza dominaron rápidamente la situación. Pero
sucedió que tan pronto se vieron adueñados del poder comenzaron
a dudar de sus aliados mulatos. Los pequeños blancos, sobre todo,
no podían tolerar la idea de ver a los mulatos con puestos de
mando y un incidente que en otra ocasión no habría tenido
importancia vino a precipitar la lucha entre blancos y mulatos. Con
motivo de una ceremonia pública el gobernador le dio un "abrazo
fraternal" a un jefe mulato de milicias. El gobernador quería
simbolizar con ese gesto la unión de todos los martiniqueños,
pero los blancos lo tomaron como una afrenta y las tensiones provocadas
por la lucha de clases hicieron saltar la tapa de la falsa fraternidad.
Así, al comenzar el mes de junio de 1790 —el día
3, para mayor precisión—, los blancos se lanzaron a matar
mulatos en Saint-Pierre; dieron muerte a 14 y arrestaron a varios centenares,
a lo que respondieron los mulatos del interior marchando sobre la ciudad,
que tuvo que rendirse a mediados de agosto. Casi todos los comerciantes
blancos de Saint-Pierre fueron encadenados, metidos en las bodegas de
dos barcos que había en el puerto y enviados a Francia. El estado
de insurrección se generalizó por la isla; los soldados
de Saint-Pierre y de Fort-Royal se rebelaron contra sus oficiales; los
esclavos que 'habían sido armados por sus amos para luchar contra
los comerciantes comenzaron a actuar por su cuenta, a destruir propiedades,
a pillar y a matar blancos.
Es probable que la llegada a París de las noticias de Martinica
provocaran la decisión de volver a Haití que tomaron Vincent
Ogé y su amigo Fleury, dos mulatos ricos de Haití que
representaban en París a grandes propietarios mulatos y trabajaban
en la capital francesa con la sociedad de los Amigos de los Negros.
Los grandes blancos de Haití habían prohibido que Ogé
y Fleury volvieran a Haití, pero ellos decidieron volver. Fleury
embarcó directamente por Burdeos hacia la colonia y Ogé
se fue a Inglaterra, de ahí pasó a los Estados Unidos,
donde compró armas y municiones, y llegó a Cap-Francais
el 21 de octubre (1790). A él le iba a tocar iniciar la lucha
armada contra los grandes blancos de Haití.
En el tiempo que había transcurrido entre el inicio de la Revolución
francesa y el retorno de Ogé a Haití, la colonia había
vivido en un estado de intensa agitación. Los departamentos de
Haití estaban divididos en "quartiers" —los del
norte— y en cantones —los del oeste y el sur—, y,
a la vez, "quartiers" y cantones estaban divididos en parroquias.
Había habido elecciones para formar Asambleas parroquiales, pero
los grandes blancos no permitieron que los mulatos fueran candidatos
porque eso hubiera equivalido a concederles derechos ciudadanos y con
esos derechos habrían podido participar también como candidatos
a las Asambleas de departamentos y a la Asamblea general de la colonia.
En el departamento del norte, que era el que hoy calificaríamos
de más desarrollado —pues en él estaba concentrada
la mayor parte de los ingenios de azúcar y las fábricas
de ron—, los grandes blancos habían logrado el apoyo de
los dos regimientos militares de la región y habían redactado
los reglamentos electorales de tal manera que para ser candidato a un
puesto en la Asamblea departamental había que ser propietario
de más de 20 esclavos, de manera que los pequeños blancos
no tuvieron oportunidad de ser elegidos, y como los candidatos tenían
que ser escogidos sólo entre los miembros de las Asambleas parroquiales
y ningún mulato podía ser miembro de ellas, resultó
que la Asamblea departamental estuvo compuesta únicamente por
grandes blancos. El líder de los grandes blancos del norte fue
Bacon de La Chevalerie, un realista furibundo, hombre enérgico
y de mucha influencia entre los grandes blancos de todo el país.
A través de Bacon de La Chevalerie los grandes blancos del norte
consiguieron que los propietarios blancos de los departamentos del sur
y del oeste reconocieran a la Asamblea General de la Parte Francesa
de Santo Domingo, con lo cual quedaba convertida en la única
representación legal de Haití ante el gobierno francés.
Apoyada en lo que sus miembros llamaban la legalidad de su origen, la
Asamblea General de la Parte Francesa de Santo Domingo —que iba
a ser conocida con el nombre de Asamblea de Saint-Marc debido a que
su asiento fue la ciudad de ese nombre, en la costa del oeste—
rehusó adoptar los reglamentos establecidos por la Asamblea Constituyente
para las Asambleas coloniales. Los grandes blancos de Haití habían
tomado efectivamente el mando de la colonia y no aceptaban que nadie,
ni aun la más alta autoridad de Francia, disminuyera su posición
de poder colonial. Los mulatos de Haití, por muy ricos que fueran,
no tenían posibilidad alguna de entenderse con esos hombres.
Para justificar su actitud, los grandes blancos del norte se presentaron
como fervientes autonomistas. "Somos aliados de Francia, pero no
su propiedad", pasó a ser su lema, y con esa posición
se llamaban a sí mismos más revolucionarios que todo el
resto de los habitantes de Haití, y a fin de que se les tomara
por revolucionarios adoptaron el uso de una borla roja que se colgaban
en el pecho. Por eso se les conoció con el mote de los "pompongs
rouges".
Aquí hay que detenerse a observar este aspecto, sumamente importante,
del movimiento que estaba produciéndose en la antigua colonia
de Saint-Domingue, porque ese mismo aspecto se daría en la rebelión
de España contra Napoleón, y en la de los territorios
españoles de América contra España, todo lo cual
sucedería unos veinte años después. Los "pompongs
rouges" de Haití proclamaban algo muy cercano a la independencia
de la colonia, así como los grandes terratenientes esclavistas
de los territorios españoles de América encabezarían
la lucha por la independencia y la nobleza terrateniente, sacerdotal
y funcionaría de España lucharía contra el gobierno
burgués de José Bona-parte. En este último caso
la situación fue bastante más complicada, como hemos dicho
en el capítulo anterior y como explicaremos con más detalles
en su oportunidad, pero en el fondo del problema había valores
muy parecidos a los que jugaron un papel decisivo en los otros. La razón
de esas actitudes similares de los "pompons rouges" de Haití,
de los latifundistas y esclavistas de los países americanos y
de los grupos tradicionales de España era que la Revolución
francesa estaba siendo hecha por la burguesía, una clase nueva
en el campo político, una clase que era en ese momento la más
avanzada de Europa, y se les temía a las medidas que podía
tomar; se temía a la posibilidad de que aboliera la esclavitud,
a que limitara el tamaño de las propiedades agrícolas,
que desconociera la autoridad de los funcionarios públicos o
redujera el papel de los sacerdotes a funciones meramente religiosas.
Frente al partido de las borlas rojas o "pompongs rouges" se
formó el de las borlas blancas o "pompongs blancs". En
éste tomaban parte las nuevas autoridades coloniales y los pequeños
blancos propietarios, comerciantes, artesanos y burócratas. Su
programa podía resumirse en pocas palabras: mantener la colonia
unida a Francia y bajo su autoridad, adoptar medidas de reformas en Haití,
dentro de los límites fijados por la Asamblea constituyente de
París, pero sin concederles derechos de ciudadanía a los
mulatos y, desde luego, participación de los pequeños blancos
en la Asamblea General de la Parte Francesa de Saint Domingue. Las borlas
rojas acusaban a los borlas blancas de ser reaccionarios, partidarios
de la sumisión al gobierno francés, pero tal vez debido
a esa acusación los "pompongs blancs" se ganaron las
simpatías de algunas de las guarniciones militares. Todo lo que
hemos dicho no sucedió como aparece en este libro. Hubo muchas
luchas y muy enconadas entre borlas rojas y borlas blancas; hubo atropellos,
acusaciones, violencias, sospechas, y esa situación iba a hacer
crisis al comenzar el mes de agosto de 1790. En la rada de Saint-Marc
había un navío llamado El
Leopardo, y algunos borlas rojas opinaron que debía ser
usado como el primero de una fuerza naval que debían tener a su
disposición para hacer frente a las emergencias que podían
presentarse. Quizá para evitar complicaciones, el gobernador de
la colonia ordenó que El Leopardo
zarpara hacia Francia para llevar una relación de lo que estaba
pasando en Haití, y fijó la fecha de la salida para el 27
de julio. Pero los borlas rojas se opusieron y El
Leopardo no pudo zarpar. A partir de ese momento los "pompongs
rouges" iban a ser conocidos como los leopardinos. El gobernador
toleró ese desacato y los leopardinos consideraron que la autoridad
colonial no se atrevía a actuar contra ellos. Unos días
después, el 4 de agosto, debía celebrarse la ceremonia de
adopción de la escarapela tricolor, que había sido adoptada
por la Asamblea constituyente de París. Cuando el intendente real,
Barbé de Marbois, anunció los actos, los borlas rojas organizaron
una serie de desórdenes que provocaron la fuga de Marbois, y ante
ese estado de cosas el gobernador declaró la Asamblea de Saint-Marc
fuera de la ley y ordenó su disolución por la fuerza.
Fuerzas militares de Cap-Frangais, comandadas por los coroneles Mauduit
y Vincent, se trasladaron a Saint-Marc y disolvieron la Asamblea. Eso
sucedió el día 8 de agosto. Hubo luchas con muertos y heridos,
pero los "pompongs rouges" fueron dispersados y una parte de
ellos huyó hacia Francia a bordo de El
Leopardo. El poder de los borlas rojas quedó aniquilado.
Pero aunque su poder político quedara aniquilado, no por eso
iban los blancos, fueran grandes o fueran pequeños, a ceder en
su oposición a los mulatos. Algunos de éstos habían
tomado parte en la lucha de Saint-Marc, lo que indignó a los
blancos de Cap-Francais, que respondieron a ese atrevimiento de los
mulatos de Saint-Marc atacando a los mulatos del Cabo. Los desórdenes
fueron masivos, con asaltos y pillaje a las casas de los mulatos ricos
y hasta con el linchamiento de un gentilhombre francés acusado
de simpatizar con los mulatos. La Asamblea parroquial de Cap-Francais
había apoyado al gobernador en su decisión de disolver
la Asamblea de Saint-Marc y esa Asamblea parroquial era la primera autoridad
de la ciudad; sin embargo, ni ella en conjunto ni ninguno de sus miembros
hicieron nada para evitar los desórdenes, lo que indica cuál
era la atmósfera política para los mulatos y qué
poco podría hacer en esa región Vincent Ogé, que
desembarcó el 21 de octubre (1790) en Cap-Francais con armas
y municiones para producir una insurrección mulata.
Los planes de Ogé estaban respaldados en Haití por una
especie de organización que estaba a cargo de su hermano Jacques,
Jean Baptiste Chavannes —un mulato con experiencia militar porque
había participado en la guerra de independencia de los Estados
Unidos— y algunos otros mulatos distinguidos. Los miembros del
grupo esperaban que su levantamiento sería respondido por mulatos
del oeste y del sur. Los fines del movimiento eran forzar a los blancos
grandes y pequeños a reconocer el derecho de los mulatos a participar
en el gobierno de la colonia; ninguno de ellos pensaba en una revolución,
en la libertad de los esclavos o en separar la colonia de Francia. Pero
el caso es que al producirse la rebelión hubo muertos blancos,
destrucción y pillaje de algunas propiedades de blancos, lo que
produjo la consiguiente reacción de los blancos de Cap-Francais,
que se lanzaron a la lucha y dispersaron fácilmente a los rebeldes.
El levantamiento de Ogé provocó la destitución
del gobernador, a quien los blancos acusaban de débil y complaciente
con los mulatos porque se oponía a liquidar sangrientamente a
los rebeldes; le sucedió su lugarteniente, el general De Blanchelande,
conocido partidario de los grandes blancos. De Blanchelande desató
la bestia del terror y con ello abrió las puertas a la formidable
revolución que se estaba incubando en Haití.
Vincent Ogé y Chavannes habían logrado cruzar la frontera
hacia la parte española de la isla, pero De Blanchelande reclamó
su entrega basándose en un acuerdo de los gobiernos francés
y español que se había celebrado en 1779; según
los términos de ese acuerdo los autores de delitos criminales
o contra el Estado que se refugiaran en el territorio vecino debían
ser entregados a las autoridades del territorio donde se había
cometido el delito o de donde se habían fugado si se trataba
de esclavos prófugos. Ogé y Chavannes, acusados de criminales
de Estado, fueron entregados a De Blanchelande por las autoridades españolas,
y precisamente en el peor momento, cuando más exaltados estaban
los ánimos de los blancos franceses, cuando estaban ejecutándose
condenas a muerte por centenares y los mulatos llenaban las cárceles
o huían a esconderse en las selvas. Vincent Ogé, su hermano
Jacques y Jean Baptiste Chavannes fueron condenados al tormento de la
rueda y 22 de sus compañeros murieron en la horca. La sentencia
se ejecutó el 21 de febrero de 1791.
Al mismo tiempo que Ogé y sus compañeros se refugiaban,
derrotados, en la parte española de la isla, los mulatos de Martinica
perdían su lucha contra los blancos, que habían recuperado
Saint-Pierre y habían dado muerte a más de cien mulatos;
en Tobago se amotinaba la guarnición y en Guadalupe y Santa Lucía
se organizaban rápidamente milicias voluntarias de blancos que
acudían a tomar parte en el aplastamiento y desórdenes
de Martinica y Tobago.
El estado de agitación y desórdenes de Martinica se complicó
debido a que los esclavos, a quienes sus amos habían armado para
defenderse de los comerciantes de Saint-Pierre, primero, y de los mulatos,
después, actuaban por su cuenta; asaltaban, saqueaban, destruían,
mataban, y muchos blancos huían hacia Fort-Royal, donde se sentían
más seguros, mientras otros embarcaban hacia las islas españolas,
donde prevalecía la paz. En Dominica, que a pesar de ser posesión
inglesa tenía muchos habitantes franceses, se producían
también desórdenes que anunciaban días difíciles.
Al finalizar el mes de noviembre de 1790 parecía liquidada en
todos los territorios franceses del Caribe la lucha de los propietarios
mulatos por la conquista de sus derechos ciudadanos y sociales; pero
hubiera sido un error creer que esa lucha había sido ganada por
los blancos, fueran los grandes o fueran los pequeños. Al final,
blancos y mulatos iban a perderla por igual; la perderían cuando
sus diferencias provocaran la intervención de las grandes masas
esclavas, y éstas iban a intervenir para resolver el problema
a favor suyo, no de mulatos ni de blancos. Por lo menos, así
sucedería en Haití.
De todos modos, el movimiento de los hermanos Ogé y de Chavannes,
aun fracasado y aplastado con tanta crueldad, iba a tener repercusiones
en otros puntos de Haití. Los mulatos de Artibonite y del departamento
del sur se prepararon para emprender la lucha por los mismos principios
que habían costado la vida a los hermanos Ogé y a tantos
otros, y al tener noticias de esos preparativos, se despachó
hacia los puntos señalados al coronel Mauduit, el mismo hombre
que había disuelto con sus tropas la Asamblea de Saint-Marc en
el mes de agosto. El jefe del levantamiento organizado en el departamento
sur era André Rigaud, un gran propietario mulato, culto y refinado,
que tenía mucho prestigio en la región. Mauduit detuvo
a Rigaud y a un grupo numeroso de sus seguidores antes de que se produjera
ningún combate y los envió por mar a Por-au-Prince; de
haberlos despachado a Cap-Francais todos hubieran corrido la suerte
de Ogé y de sus compañeros, tal era el estado de excitación
que había en la capital del departamento del norte.
Ahora bien, Port-au-Prince era la capital de la colonia, y por tanto,
como hemos dicho, el asiento del gobernador De Blanche- lande, una figura
vinculada a los ojos de la gente del pueblo con los odiados leopardinos,
responsables de los excesos brutales ejercidos en Cap-Francais contra
los mulatos que actuaron bajo el mando de Ogé; a De Blanchelande
se le veía como el representante del orden de cosas que había
sido derribado en Francia, como la encarnación de los enemigos
de la Revolución; y por último, mantenía preso
a André Rigaud, un mulato de prestigio, culto y refinado, que
era bien visto por la población mulata y negra libre de Port-au-Prince.
En la ciudad había un clima de agitación que no presagiaba
nada bueno. Ese clima se agravó cuando los pequeños blancos
dieron muerte a algunos miembros de la milicia mulata y cuando aparecieron
en la rada de la ciudad dos navíos británicos, que según
el rumor callejero habían sido llamados por los blancos para
aplastar cualquier movimiento mulato. Port-au-Prince, pues, estaba lista
para un estallido revolucionario.
El estallido se produjo cuando llegaron al puerto dos regimientos enviados
de Francia, el de Artois y el de Normandie. De Blanchelande dio órdenes
de que no desembarcara ningún hombre y los soldados se amotinaron,
exigiendo ir a tierra. A los primeros signos de que la autoridad de
De Blanchelande estaba en quiebra, los habitantes de los barrios de
Port-au-Prince se lanzaron a la calle. El coronel Mauduit fue muerto
y despedazado por la multitud; los soldados recién llegados fraternizaban
con el pueblo; los grandes y los pequeños blancos huían,
y huyó también De Blanchelande, que fue a refugiarse a
Cap-Francais. Puestos en libertad por el pueblo, Rigaud y sus compañeros
volvieron a Les Cayes y el 7 de agosto se reunieron con otros mulatos,
grandes propietarios en Mirebalais, bajo la presidencia de uno de ellos,
Pinchinat. En esa reunión los mulatos ricos acordaron formar
una especie de federación, eligieron un comité ejecutivo
y le encomendaron la misión de luchar para que se pusiera en
efecto en Haití el decreto de la Asamblea Constituyente de París,
expedido el 15 de mayo (1791), en virtud del cual los hombres de color
quedaban libres a la segunda generación. Inmediatamente, los
líderes de la reunión de Mirebalais — Rigaud, Chanlatte,
Bauvais, Pinchinat, Petion— comenzaron a organizar una base de
operaciones en la propiedad de uno de ellos en el valle de Cul de Sac,
un punto fuerte desde el cual podían lanzarse a la lucha armada
en caso necesario, y despacharon agentes a todos los lugares de Haití
donde había grupos importantes de mulatos ricos. Como puede verse,
la lucha iba a estallar de nuevo entre los dos grupos que estaban en
un mismo nivel en la pirámide económica —puesto
que había mulatos tan grandes propietarios como los más
grandes propietarios blancos— y sin embargo no se hallaban en
el mismo nivel en la pirámide social, porque en el aspecto social
a los mulatos les correspondía un nivel más bajo que a
los pequeños blancos. Ahora bien, el decreto del 15 de mayo se
refería a los derechos de la "gente de color", y "gente
de color" quería decir mestizos, "afranchís",
no negros, y mucho menos negros esclavos. La Asamblea Constituyente
no había dedicado un solo pensamiento a los esclavos; tampoco
se lo dedicaron nunca los grandes blancos ni los pequeños blancos,
y los conjurados de Mirebalais no pensaban en ellos. Pero ellos, los
realmente oprimidos, iban a pensar en sí mismos. Una semana después
de la reunión de Mirebalais comenzaba la rebelión de los
esclavos de Haití. 'Como sucede tan a menudo en los acontecimientos
de categoría histórica, quien los desata es alguien desconocido.
Es probable que ni siquiera su amo, Sebastien-Francois-Ange Le Normand
de Mézy, conociera a Bouckman, capataz de cuadrillas de esclavos
en el ingenio azucarero de Limbé. Le Normand de Mézy era
un "grand blanc", personaje de gran prestigio en la colonia,
que había tenido posiciones altísimas como funcionario
público hasta llegar al cargo de adjunto del secretario de Estado
de la Marina. Tenía dos grandes propiedades, una en el cantón
de Mourne-Rouge y otra en Limbé, situadas a corta distancia al
sudoeste de la ciudad del Cabo. Fue en los molinos de caña de
Limbé donde perdió su brazo derecho el legendario Macandal,
quemado vivo en Cap-Francais treinta y tres años antes del levantamiento
de Bouckman, y es probable que el hecho de que él fuera capataz
de cuadrilla en el mismo sitio donde Macandal inició su carrera
de cimarrón tuviera alguna influencia en el alma rebelde de Bouckman,
pues la dotación de Limbé y de las propiedades vecinas
debía mantener vivo, a través de comentarios constantes,
el recuerdo de aquel personaje de leyenda que se había convertido
en un ídolo para los esclavos de toda la región del Cabo.
Los grandes propietarios de Haití no se relacionaban con sus
esclavos; para eso tenían sus administradores, también
franceses. Salvo quizá el administrador de Limbé y algunos
de sus ayudantes, es probable que ningún blanco importante supiera
quién era Bouckman, ese esclavo de nombre inglés, tal
vez comprado en una Antilla inglesa o capturado a bordo de algún
barco inglés por uno de los tantos corsarios que pululaban en
el Caribe.
Se dice que Bouckman era jefe de ceremonias "vaudoux" y que
inició la rebelión de los esclavos con una de esas ceremonias
que tuvo lugar en el bosque del Caimán, en la propiedad de su
amo. Eso sucedió en la noche del 14 de agosto de 1791. El primer
establecimiento atacado fue el de Le Normand de Mézy. Al amanecer
estaban levantados los esclavos de toda la zona, los de Acul y la Petit-Anse,
los de Dondon y la Marmelade, los de Plaine du Nord y la Grande Riviére.
La rebelión era total; ardían los cañaverales y
los cafetales, las lujosas casas de vivienda, los edificios de las fábricas
de azúcar y de ron, las cuarterías de los esclavos. Los
amos, sus mujeres y sus hijos eran muertos a golpes de machete y quemados
en las hogueras de sus propias casas.
La rebelión/que había estallado al oeste de Cap-Francais,
se extendió inmediatamente al sur y al este, a Trou, la Limonade,
el Quartier Morin, de manera que una semana después del levantamiento
de Bouckman, Cap-Francais estaba cercada por millares de esclavos enfurecidos,
que destruían todo lo que hallaban a su paso.
Encerrado en la ciudad del Cabo, De Blanchelande se dedicó a
organizar fuerzas y el día 24 de agosto enviaba solicitudes urgentes
y desesperadas a las autoridades españolas de Santo Domingo,
a las inglesas de Jamaica y a la de los Estados Unidos "para que
en nombre de la humanidad y de sus propios intereses envíen socorros
fraternales". La mención de la humanidad sobraba, pero la
"de sus propios intereses" era oportuna. Los Estados Unidos
se apresuraron a enviar armas y municiones y en el mes de diciembre
George Washington escribía estas palabras: "¡Qué
lamentable es ver tal espíritu de revuelta entre los negros!"
Y efectivamente era lamentable, porque esos negros de Haití dejaban
lo mejor de su vida en los ingenios para que los Estados Unidos fueran
suplidos de azúcar y ron a cambio de la harina y el pescado seco
de Norteamérica con que los amos blancos les daban de comer.
En Cap-Francais había una actividad febril, estimulada por el
espectáculo que se alcanzaba a ver desde la ciudad: las llamas
y el humo de las hermosas propiedades vecinas alzándose hacia
el claro cielo del verano, las filas interminables de esclavos que llegaban
de todas partes a ocupar el lugar de los que caían. Las autoridades
formaron tres batallones de milicias, en los cuales pidieron participar
los mulatos ricos, lo que se explica porque varios de ellos eran dueños
de algunas de las propiedades que ardían y de muchos de esos
esclavos que estaban sitiando Cap-Francais, y además porque todavía,
a pesar de todo lo que había sucedido, confiaban en llegar a
un entendimiento con los blancos. Se pidió ayuda a Martinica;
se decretó el embargo de todos los buques que hubiera en el puerto
y se ordenó que la marinería se uniera a las fuerzas que
defendían la ciudad.
En esos momentos, al finalizar el mes de agosto, una milicia blanca
procedente de Port-au-Prince era derrotada en Nerette por los confederados
mulatos que se hallaban bajo el mando de Bauvais y Lambert. Las autoridades
de Port-au-Prince respondieron despachando en el acto una fuerza de
500 hombres, con seis piezas de artillería, con órdenes
de batir a los mulatos, pero esas fuerzas fueron derrotadas ignominiosamente
en la noche del 1 de septiembre; dejaron abandonados sus muertos, sus
heridos y sus cañones y huyeron a Port-au-Prince. Aterrorizados
por ese fracaso, los blancos de Port-au-Prince resolvieron pactar con
los mulatos del Sur; y no podían hacer otra cosa, puesto que
los esclavos del Norte tenían sitiado Cap-Francais. Pero los
mulatos del Sur deseaban vivamente ese pacto, puesto que la sublevación
de los esclavos era tan peligrosa para ellos, propietarios de esclavos,
como lo era para esos blancos a los que ellos habían derrotado.
El tratado definitivo de blancos y mulatos se firmó en Damien,
a fines de octubre, y esa firma se celebró de manera tan solemne
que hubo Te Deum en acción de gracias, banquetes copiosos, desfiles
"patrióticos". La guardia nacional de Port-au-Prince
y los hombres de las milicias mulatas desfilaron a banderas desplegadas;
al frente iban, abrazados, el comandante de la guardia nacional, un
"grand bíanc", y el mulato Bauvais, jefe de los vencedores
del 1 de septiembre; detrás iban parejas de jefes formadas por
uno blanco y otro mulato, todos con ramas de laurel en los sombreros,
y mientras tanto el pueblo de Port-au-Prince aplaudía y gritaba
porque los mulatos eran ya iguales a los blancos, pero olvidaban que
los esclavos seguían siendo esclavos y morían a millares
colgados en las vecindades de Cap-Francais, donde Bouckman había
sido hecho preso y fusilado y sus hombres batidos y perseguidos y asesinados
sin piedad.
Pero la jubilosa y un tanto extremada armonía de blancos y mulatos
del oeste iba a terminar pronto. Uno de los puntos del acuerdo de Damien
era la celebración de elecciones para la asamblea departamental
del oeste; otra era que en esas elecciones los mulatos tenían
derecho a llevar candidatos. Como es lógico, los mulatos comenzaron
a trabajar para conseguir que sus candidatos fueran elegidos. Mas he
aquí que en las vísperas de las elecciones llegó
a Port-au-Prince el texto del decreto del 24 de septiembre (1791) emitido
por la Asamblea Constituyente de París. Era uno de los últimos
frutos de esa Asamblea, que iba a terminar sus trabajos el 30 de septiembre.
El decreto del día 24 establecía que "las leyes correspondientes
al estado de las personas no libres y el estado político de los
hombres de color y de los negros libres, así como los reglamentos
relativos a la ejecución de esas leyes", eran problemas
que debían resolverlas asambleas coloniales "actualmente
existentes". Los "pompons rouges" de Port-au-Prince no
necesitaban más para romperlos acuerdos de Damien. La Asamblea
Constituyente, y nada menos que ella, convertía en ilegales las
elecciones que iban a celebrarse en Port-au-Prince, puesto que los problemas
que debería resolver la asamblea que saliera electa competían
a la asamblea "actualmente existente", no a una futura. Los
borlas rojas, pues, no tolerarían que las elecciones se llevaran
a cabo.
Y no se llevaron. El mismo día de los escrutinios —el 21
de noviembre— comenzó la lucha con el linchamiento de un
negro libre, tambor de las tropas mulatas de Bauvais; después,
las tropas blancas emplazaron sus cañones ante el cuartel de
las fuerzas mulatas, que eran masacradas sin piedad. Allí comenzó
a distinguirse el mulato Alexander Pétion, que iba a acabar su
vida como presidente de la República de Haití.
Los mulatos lograron rehacerse y retirarse hacia la Croix-des-Bouquets.
André Rigaud, convertido en jefe de los mulatos del departamento
del Sur, ordenó la movilización general de los mulatos
y negros libres del Sur y marchó sobre Port-au-Prince, que se
salvó de caer en sus manos porque en ese momento —día
1 de diciembre— llegaba a la capital de la colonia una misión
civil de tres miembros que había sido enviada desde Francia dotada
de la autoridad necesaria para solucionar los conflictos de Haití.
Los tres comisionados —Mirbeck, Roume y Saint-Léger—
restablecieron la paz en Port-au-Prince y obtuvieron el retiro de las
fuerzas mulatas. Mirbeck se dirigió al Sur para tratar de obtener
en ese departamento un acuerdo entre los mulatos y los blancos; Roume
se dirigió a Cap-Francais y allí alcanzó a ver
el espectáculo de la devastación. En los contornos de
la ciudad no había quedado nada en pie. Lo que todavía
a mediados de agosto eran ricas plantaciones de café y de caña
de azúcar, con viviendas a todo lujo, buenos caminos empedrados
por los que corrían los coches tirados por caballos de raza,
almacenes repletos de productos, era en el mes de diciembre la imagen
de la desolación. En Limbé, la Petit-Ane, el Quartier
Morin, la Plaine du Nord, la Limonade, la Grande Riviére, el
Dondon, Saint-Suzanne, Plaisance, Port Margot; en toda esa región,
que había sido la más rica y próspera de Haití,
sólo había ruinas. Miles de cafetales y 200 ingenios de
azúcar —la cuarta parte de los que había en todo
el país— habían sido destruidos; más de 1.000
blancos y más de 10.000 esclavos habían sido muertos en
la lucha, y en el mes de enero esa lucha se reanudaría con ímpetu
brutal.
Roume se quedó en Cap-Francais, donde los blancos —grandes
o pequeños— mantenían su posición de intransigencia
radical ante los mulatos, a quienes acusaban de haber promovido con
su ejemplo la rebelión de los negros. Esa intransigencia iba
a aumentar en el mes de enero, cuando los restos de las fuerzas de Bouckman,
dispersadas después que su jefe fue hecho preso y fusilado, comenzaron
a actuar de nuevo bajo el mando de sus lugartenientes, Jean Francoís
y Biassou. Mientras Jean Francois operaba en las vecindades de la frontera
de la parte española —Ouanaminthe, Valliére y Maribon—,
Biassou lo hacía en los suburbios de Cap-Francais, cuyo hospital
bombardeó en la noche del 27 de ese mes (enero de 1792). Al mismo
tiempo que sucedía eso en el Norte, llegaban noticias de que
en el Sur comenzaban a aparecer bandas de negros armados que atacaban
plantaciones y viviendas de blancos. Convencido de que en Haití
no podía haber soluciones políticas, Mirbeck embarcó
hacia Francia para solicitar que se enviaran a la colonia fuerzas suficientes
para imponer el orden.
Mientras tanto, una vez terminados los trabajos de la Asamblea Constituyente
francesa, ésta se había disuelto y se había elegido
una Asamblea Legislativa en la cual iban a tener un papel predominante
los diputados girondinos, los verdaderos representantes de la burguesía
que había tomado el mando de la Revolución. Los girondinos
aspiraban a convertir la monarquía en república porque
entendían que el rey, estrechamente ligado a las casas reinantes
más fuertes de Europa, estaría respaldado por los monarcas
europeos que recibían en sus cortes y daban su apoyo a los emigrados
franceses, miembros de la antigua nobleza gobernante que habían
huido del país a causa de la Revolución. Para los girondinos,
la república significaba la garantía de que el poder seguiría
en las manos de su clase! El rey era un Borbón, un pilar del
"ancien régime", un aliado natural de los Habsburgo
de Austria debido a su matrimonio con María Antonieta —a
quien ellos y el pueblo llamaban "la austríaca1'—
y de los monarcas de España, Borbones también, con quienes
el rey tenía celebrado un pacto de familia.
Así, la política girondina se dirigía a forzar
al rey a declarar la guerra a Austria y a romper el pacto de familia
con la monarquía española, y esos planes irían
a proyectarse, a través de Madrid, en la posición de las
autoridades españolas de Santo Domingo, el territorio que compartía
con Haití la antigua isla española. Sin tener en cuenta
ese fondo de política europea en las actividades de los girondinos
no podría explicarse por qué razón los jefes de
la sublevación de los esclavos del norte de Haití hallaron
asilo y protección en la parte española de la isla cuando
fueron vencidos ni por qué toda la isla vino a quedar en manos
francesas al terminar la guerra que Francia declaró a España
al comenzar el mes de marzo de 1793.
A pesar de todos sus esfuerzos, Saint-Léger no pudo conseguir
que los grandes blancos del Sur aceptaran que los mulatos tuvieran derechos
sociales y políticos iguales a los suyos. Desde los acontecimientos
de Port-au-Prince, los pequeños blancos —los borlas blancas—
eran más intransigentes, y algunos de ellos tomaban a su cargo
la defensa de los mulatos. Pero los "pompons rouges" no cedían,
y sin embargo en el Sur actuaban ya bandas de esclavos armados. Saint-Léger,
pues, tomó un buen día el camino de Francia. Pero Roume
se quedó en Cap-Francais.
Roume estaba convencido de la única manera de asegurar la paz,
y con ella las riquezas que daban beneficios a tantos franceses en Haití
y en Francia —armadores de buques, comerciantes, banqueros—,
consistía en formar una fuerza política de centro en la
que participaran los mulatos y los pequeños blancos, algo así
como una alianza de tendencias conservadoras, que no llegara a desconocer
y mucho menos a perseguir a los grandes blancos, pero que no les permitiera
abusar de su poder económico y social; en suma, un poder político
que se alejara del radicalismo racista de los "pompons rouges"
y del radicalismo antiblanco de los esclavos. Como se ve, Roume era
un idealista que ignoraba las leyes de la dinámica histórica,
y es el caso que en tiempos de crisis revolucionarias aparecen los hombres
como Roume, y en todos los casos la corriente impetuosa de los acontecimientos
los arrastra y los hace pedazos contra las piedras de la realidad.
Mientras Roume soñaba en Haití, los girondinos actuaban
en París. Había que llevar el país a la guerra
con Austria, y como el pobre Luis XVI se oponía a dar ese paso,
los girondinos lanzaron a la calle la consigna de que en las Tullerías,
donde residía el rey, había un "comité austríaco"
encabezado por María Antonieta, del cual formaba parte Lessart,
el ministro de Relaciones Extranjeras. Ese comité, decían
los girondinos, era el que dominaba la voluntad del rey. Y tal fue el
estado de agitación creado en las calles de París, que
en el mes de marzo Lessart fue acusado de traidor ante la Asamblea Legislativa,
una acusación que conllevaba, sin decirlo, la de María
Antonieta. El 20 de abril, la Asamblea ordenaba la declaración
de la guerra. En las primeras operaciones —la invasión
de Bélgica—, las fuerzas francesas fueron derrotadas, y
el clamor en Francia fue unánime: el "comité austríaco"
de las Tullerías había traicionado al país. Pero
en el llamado "comité austríaco" no figuraba
ya el ministro Lessart, de manera que los traidores debían ser
necesariamente la reina y el rey. A paso avanzado, los girondinos se
acercaban a su meta, que era la desaparición de la monarquía
y con ella la desaparición del peligro de que volvieran al poder
los representantes de la antigua nobleza, que había sido sustituida
en el mando del país —excepto en lo que se refería
al rey— por la burguesía que ellos representaban.
Al terminar el mes de mayo llegaban a Haití las fuerzas militares
que había ido a pedir el comisionado Mirbeck, y en las mismas
naves que transportaban a esas fuerzas llegaba el decreto que había
expedido la Asamblea Legislativa el 28 de marzo, sancionado por el rey
el 4 de abril, en el cual se establecía que los mulatos y los
negros libres debían tener los mismos derechos políticos
que los colonos blancos. El año de 1792 estaba ya avanzado, casi
por la mitad, y ni en Francia ni en Haití se pensaba que los
esclavos debían ser libres. La lucha seguía ceñida
a los estratos superiores de la pirámide social: grandes blancos
contra grandes y pequeños mulatos. En cuanto a Roume, sin duda
pensó que sus sueños estaban cumpliéndose. Sus
ideas de una alianza entre pequeños blancos y mulatos podrían
convertirse en realidad después de ese decreto del 28 de marzo.
Allí estaba la ley que la hacía posible, y además
de la ley, las fuerzas militares que la harían respetar.

Capítulo XVI
El tiempo de la libertad
Carlos Marx nació en
1818, veintiocho años después de que en la colonia francesa
de Haití se hicieran los primeros disparos de lo que iba a ser
la revolución más compleja de los tiempos modernos. Durante
un tiempo esa revolución se limitaría a ser una lucha
social de apariencia racial, una lucha entre blancos y mulatos que se
hallaban en niveles económicos iguales o muy parecidos, pero
diferentes en status sociales y políticos; luego pasaría
a ser una guerra social, de esclavos contra amos, y a la vez racial,
porque los esclavos eran negros y los amos eran blancos y mulatos, y
en esa etapa sería al mismo tiempo una guerra contra la intervención
de españoles e ingleses, pero, sobre todo, contra estos últimos,
que ocuparon durante años varios puntos del país, y por
último, sería una guerra de independencia, de colonia
contra metrópoli o, lo que es lo mismo, de haitianos contra franceses,
agudizada en esa etapa por sus aspectos de guerra social y racial.
No hay pruebas de que Carlos Marx estudiara la revolución haitiana,
y, sin embargo, toda la obra de Marx puede estudiarse aplicándole
a cada una de sus conclusiones uno o varios ejemplos extraídos
de esa revolución. Así, todo Marx puede ser analizado
a la luz de la revolución de Haití y toda la revolución
de Haití puede ser analizada a la luz de la obra de Marx. En
ese sentido, la revolución de Haití es un caso asombroso
de revolución marxista iniciada veintiocho años antes
de que naciera Carlos Marx. Es claro que esa revolución cumpliría
las leyes de lo que sesenta años después serían
las concepciones marxistas de una revolución sólo hasta
llegar a un punto, el de la derrota total de sus enemigos, puesto que
no podía esperarse que los esclavos de Haití tuvieran
la menor pretensión de establecer un Estado socialista. Desde
la conquista del poder en adelante, pues, la revolución haitiana
sería otra cosa, pero hasta el momento de conquistar el poder
cualquier estudioso de Marx puede encontrar en ella todas las ideas
de Marx convertidas en hechos.
Por eso se explica que la situación de Haití, que parecía
haberse resuelto en lo que respecta a las luchas de blancos y mulatos
—relatadas en el capítulo anterior—, se complicara
con un nuevo levantamiento de Jean Francois y Biassou en el norte y
con la aparición en el centro de un nuevo jefe esclavo, llamado
Hyacinthe, que rápidamente sumó seguidores, pero sobre
todo por la intransigencia de los grandes blancos, que bajo el mando
de un gran propietario de Artibonite, el marqués De Borel, se
lanzaron a destruir propiedades de mulatos y de los pequeños
blancos que habían manifestado simpatías por los mulatos.
Como era de esperar, las agresiones de De Borel y sus compañeros
provocaron el contraataque de los mulatos, que en poco tiempo dominaron
la región norte del departamento del Oeste y obligaron a los
grandes blancos de Artibonite a pedir negociaciones.
Se llegó a un acuerdo, que fue ratificado por De Blanchelande
y Roume y fue aprobado por la Asamblea de grandes blancos que debió
haber sido renovada en las fracasadas elecciones de noviembre de 1791.
Pero, como era lógico que sucediera, los "pompons rouges"
desconocieron el acuerdo tan pronto como les pareció bien hacerlo.
Roume marchó con fuerzas sobre Port-au-Prince para tomar la ciudad
y hacer cumplir lo pactado y ordenó a Rigaud que avanzara desde
el Sur mientras De Blanchelande actuaba por mar. Pero Rigaud no podía
moverse del Sur, donde día tras día aumentaban las bandas
de esclavos sublevados y donde los blancos rehusaban aceptar órdenes
del jefe mulato.
Mientras tanto, Jean Francois y Biassou habían pasado la frontera
de la posesión española, donde se les había ofrecido
la libertad y grados militares correspondientes a las fuerzas que llevaran
consigo. Entre los oficiales de Biassou iba un hombre maduro llamado
Pierre – y según algunos, Francois en vez de Pierre- Dominique
Toussaint, que sería conocido después con el nombre de
Toussaint Louverture.
Toussaint debió de nacer entre 1743 y 1746, de manera que al
cruzar la frontera del territorio español tenía de cuarenta
y seis a cincuenta años. Sabía leer y escribir, lo que
no era común entre los esclavos; de joven había sido cochero
de sus amos, los dueños de la antigua plantación Breda,
situada en Haut de Cap, en las vecindades del sitio donde comenzó
el levantamiento de Bouckman, y en los años anteriores a 1789
era ya jefe o intendente de cultivos, de manera que tenía autoridad
sobre varios cientos de esclavos y mayorales, a los que sabía
imponer disciplina sin brutalidad. Fue el respeto que se había
ganado de los esclavos que estaban bajo sus órdenes y de los
que había en las propiedades vecinas lo que le permitió
mantener la plantación de sus amos aislada y a salvo en medio
del mar de violencias que se había desatado a partir del levantamiento
de Bouckman, y cuando, debido a las bárbaras represalias de los
blancos, dispuso poner a salvo a sus amos y sumarse con 400 esclavos
a las fuerzas de Biassou.
Las primeras funciones de Toussaint en su nueva vida fueron las de secretario
de su jefe; después se dedicó a curar heridos y enfermos
y al fin se puso al frente de una columna de las que operaban en el
extremo nordeste de la colonia. El Gobierno del territorio español
le concedió el rango de general español, y como general
español, igual que Jean Francois y Biassou, iba a tomar parte
en los ataques sobre el territorio de Haití que organizó
España como parte de la guerra franco-española iniciada
en marzo de 1793.
Sí, los sueños del comisario Roume eran hermosos, pero
difíciles de realizar. No había manera de crear en Haití
una fuerza política conservadora formada por mulatos y pequeños
blancos que pudiera mantener al margen de los asuntos coloniales a los
"pompons rouges" y a los esclavos rebelados. Pero tampoco
era posible mantener en Francia un régimen constitucional encabezado
por Luis XVI, encarnación del "ancien régime",
y manejado desde el poder legislativo por los girondinos. En épocas
revolucionarias el dinamismo inherente a cualquier revolución
elimina de manera implacable la vía del centro; o se impone un
extremo o se impone otro, y en el caso de la Revolución francesa,
a pesar de toda su algazara republicana, los girondinos no representaban
un extremo, aunque ellos creyeran que sí. Los girondinos seguían
aferrados a su plan de acorralar a Luis XVI hasta obligarlo a abandonar
el trono, pero no alcanzaban a darse cuenta de que la pequeña
burguesía, organizada por los jacobinos, estaba al acecho de
su oportunidad, y ésos sí eran los extremistas de la Revolución.
La oportunidad de los jacobinos se presentaría cuando llegara
a su punto culminante la lucha de los girondinos contra el rey, y ese
momento se acercaba velozmente.
La Asamblea de París había nombrado una nueva comisión
civil que debía trasladarse a Haití para resolver los
conflictos de la colonia. El 12 de junio (1792), Luis XVI se había
negado por segunda vez a aprobar dos decretos elaborados por los girondinos;
por uno de ellos se expulsaba del país a los sacerdotes que se
habían negado a jurar fidelidad a la Constitución; mediante
el otro quedaba disuelta la guardia personal del rey. El día
15 la Asamblea se ocupaba de los poderes que tendría la comisión
que iría a Haití y le concedió poderes francamente
absolutos sobre instituciones y personas, fueran civiles o militares,
a tal grado, que cualquier desobediencia a sus disposiciones sería
tratada como crimen de alta traición. Cinco días después,
es decir, el 20 de junio, el pueblo parisién, a instancias de
los girondinos —y con la colaboración desde luego nada
desinteresada de los jacobinos—, entró en las Tullerías,
se metió de sopetón en los aposentos reales, se burló
cuanto quiso del rey, y además lo insultó, y un truhán
de los barrios parisinos le puso en la cabeza un gorro frigio. El 13
de julio, cuando mayor era el desconcierto general en Francia, la comisión
civil destinada a Haití salía de la metrópoli.
Iba a imponer en la lejana colonia del Caribe el orden y la ley en nombre
de un Gobierno que se hallaba al borde de la disolución.
La comisión estaba compuesta por un realista —Ailhaud—;
un funcionario sin posición política, pero honrado —Polverel—,
y un girondino radical, de ideas jacobinas, aunque él mismo no
se diera cuenta —Léger Felicité Sonthonax—,
que ya en 1791 había declarado que las tierras de Haití
debían pertenecer a los negros. La comisión llevaba a
sus órdenes una fuerza de 6.000 soldados y su jefe era el general
D'Esparbés, realista como Ailhaud, personaje difícil,
que desde el primer momento dio a entender que sólo actuaría
por decisión propia, no bajo órdenes de los comisionados.
La comisión, pues, representaba bastante bien el estado de confusión
que prevalecía en Francia.
El 10 de agosto, mientras la comisión navegaba todavía
hacia su destino, los jacobinos, que tenían el control de la
Comuna de París, desataron el levantamiento popular que iba a
producir a un mismo tiempo la caída de la monarquía y
la de los girondinos. En dos palabras, se iniciaba ese día la
era que en la historia de la Revolución francesa se conoce con
el nombre de el Terror. La familia real quedó presa en el Temple,
y la Asamblea convocó a elecciones inmediatas para formar un
cuerpo encargado de sustituirla; ese cuerpo se llamaría Convención
Nacional y tendría a la vez los poderes ejecutivo, legislativo
y judicial. Entre los elegidos estuvieron, desde luego, los jacobinos
más representativos, como Robespierre, Marat, Danton. Todo sospechoso
de simpatías con el rey y su familia, con los enemigos, con los
girondinos más conservadores, era perseguido sin piedad. La Convención
Nacional inauguró sus trabajos al día siguiente de la
resonante victoria francesa de Valmy, esto es, el 21 de septiembre de
1792, y entre los vítores del pueblo de París quedó
decretada la desaparición de la monarquía y proclamado
el establecimiento de la república. La comisión enviada
a Haití había llegado a Cap-Francais dos días antes,
de manera que podemos suponer cuál iba a ser su posición
en medio de las fuerzas que chocaban en la colonia.
Al recibirse en las Antillas las noticias de lo que había sucedido
en Francia se produjeron movimientos diferentes, cada uno determinado
por las condiciones en que se hallaba en ese momento cada colonia. Por
ejemplo, en Martinica y Guadalupe, donde los grandes propietarios habían
acabado tomando el control de la situación política, las
autoridades se declararon realistas y se negaron a seguir recibiendo
órdenes de la Convención y los funcionarios enviados por
ella, si bien en ninguna de las dos islas llegó a pensarse en
la independencia. Así, Rochambeau, nombrado gobernador de Martinica,
no pudo tomar posesión de su cargo ni se le permitió quedarse
en Guadalupe, de manera que tuvo que ir a Haití, donde le tocaría
ser, unos diez años más tarde, el último de los
representantes de Francia. Martinica y Guadalupe bajaron de las astas
de sus edificios públicos la bandera tricolor, adoptada como
emblema nacional por la Asamblea Constituyente, y en su lugar izaron
la bandera blanca, que era el distintivo de la monarquía.
En Haití la situación se presentó bastante más
complicada. Allí no se dio el caso de que los grandes propietarios
se impusieran al resto de la población. En Haití, la más
rica colonia del Caribe, iba a reflejarse, más que en ningún
otro punto del imperio francés, el cambio que se había
producido en la relación de las fuerzas que tenían el
gobierno de la metrópoli. El triunfo de los jacobinos no iba
a pasar inadvertido en Haití, y eso por una razón que
se comprende fácilmente: en Haití había fuerzas
del pueblo lanzadas a la lucha, esclavos rebeldes en numerosos puntos
de la colonia, y los grandes blanco acabaron comprendiendo que no disponían
de fuerzas para dominar la situación.
Eso es lo que explica que los "grands blancs" acabaran aceptando
una alianza con los pequeños blancos y con los propietarios mulatos
con una sola condición: que de ninguna manera se tocara el problema
de la esclavitud; los esclavos seguirían siendo esclavos y los
que se hallaban sublevados debían ser sometidos a la obediencia
de sus amos por la fuerza de las armas. Cuando se planteó ese
punto a la comisión recién llegada, los comisionados aseguraron
a los grandes blancos que ellos no tenían la menor intención
de tratar ese punto y que sólo la Asamblea colonial tenía
autoridad para decidir sobre la libertad de los esclavos. Ante esa declaración,
los grandes blancos aceptaron cooperar con los comisionados.
Pero cuando llegó a Haití la noticia de que Luis XVI estaba
preso y de que la guillotina trabajaba infatigablemente en la siega
de cabezas aristocráticas y realistas, se produjo un cambio violento
en la posición de los grandes blancos y hasta en la propia comisión,
pues los grandes blancos consideraron que la comisión ya no tenía
autoridad y Ailhaud abandonó su cargo para volver a Francia.
Por su parte, el general D'Esparbés declaró que sólo
obedecería órdenes del rey..., que no podía darlas,
y además el gobernador De Blanchelande comenzó a conspirar
para establecer en Haití una situación como la de Martinica
y Guadalupe., En resumen, la crisis de Francia se reproducía
en Haití.
Los comisionados Sonthonax y Polverel actuaron como lo aconsejaban las
circunstancias. Antes que nada, había que despojar de autoridad
a De Blanchelande; lo hicieron y lo despacharon hacia Francia, donde
iba a ser guillotinado en abril de 1793. El segundo paso fue nombrar
en su lugar al general D'Esparbés, lo que era una manera de lograr
que se pusiera a dar órdenes en vez de esperar las que le mandara
el rey. Al mismo tiempo que solucionaban así la crisis en el
gobierno de la colonia, los comisionados formaron rápidamente
una columna compuesta por mulatos, pequeños blancos y negros
libres, a la que llamaron Legión de L'Egalité du Nord,
y la enviaron a combatir a Jean-Francois, Biassou y Toussaint, que entraban
en la región del nordeste en acciones sorpresivas; y esa medida
tranquilizó un tanto a los grandes blancos. En el terreno puramente
político, Sonthonax y Polverel se dedicaron a formar comités
populares llamados Amigos de la Convención, que era algo así
como organismos del pueblo cuya finalidad era dar apoyo a la Convención
Nacional francesa; y en el orden administrativo crearon una Comisión
Paritaria, compuesta a partes iguales por mulatos y por blancos, a la
que encargaron el despacho de los problemas burocráticos de la
colonia.
Pero no era juego de niños lo que estaba sucediendo en Haití.
D'Esparbés no se callaba sus inclinaciones realistas ni sus críticas
a la política de unión de blancos y mulatos que llevaban
a cabo Sonthonax y Polverel; a su vez, estimulados por el ejemplo de
su jefe, los oficiales de D'Esparbés incitaban a los grandes
blancos a rebelarse contra los comisionados, y efectivamente, los grandes
blancos de Cap-Francais produjeron al comenzar el mes de diciembre ataques
y desórdenes tan graves que fue necesario deportar a muchos de
ellos y hubo que enviar a Francia a D'Esparbés y a todos sus
altos oficiales. En esa oportunidad, erizada de peligros, los comisionados
contaron con el apoyo de la tropa que comandaba D'Esparbés y
con el de los oficiales de baja graduación.
Mientras tanto la Revolución seguía su curso, como un
río desbordado que inesperadamente forma un pequeño remanso
y un poco más allá está socavando y arrastrando
un pedrejón descomunal. Así, Rochambeau, designado gobernador
en lugar de D'Esparbés, tuvo que dejar el puesto en el mes de
enero para ir a ocupar la gobernación de Martinica, donde la
situación se había normalizado, y ese mismo mes, el día
21 (1793), era guillotinado Luís XVI; nueve días más
tarde, el 1 de febrero, la Convención declaraba la guerra a Gran
Bretaña y a Holanda; el 7 de marzo se la declararía a
España. La tremenda guerra social de Haití, que por sí
sola era una complicación abrumadora, iba a complicarse más
al entrar en el cauce de una guerra internacional que necesariamente,
dados los países envueltos en ella, iba a librarse en el Caribe.
Pero, después de todo, ése había sido y ése
seguía siendo el destino de los pueblos situados en una frontera
imperial.
Como era claro, la guerra internacional levantaría a un nivel
de paroxismo las esperanzas de los grandes blancos. En el momento de
su decadencia les surgían de pronto aliados poderosos, gobiernos
que los harapientos revolucionarios de París no podían
enfrentar; ejércitos que destruirían hasta sus cimientos
todo el edificio jacobino y les devolverían a ellos, las víctimas
de esos locos, sus propiedades, sus esclavos, sus títulos de
nobleza.
En la región del oeste los grandes blancos tenían un líder
natural, aquel marqués De Borel que encabezó la lucha
contra los mulatos en noviembre de 1781 y que después había
estado destruyendo sus propiedades en el valle de Artibonite, y en ese
momento De Borel era el jefe de la guardia nacional de Port-au-Prince,
de manera que era un líder con poder militar a su disposición.
Desde la destitución De de Blanchelande la colonia no tenía
un gobernador designado por las autoridades de Francia; todos sus sucesores
habían sido nombrados por Sonthonax y Polverel con carácter
provisional, y al irse Rochambeau a Martinica los comisionados designaron
otro sustituto provisional, el general de La Salle. Ahora bien, La Salle
debía establecerse en Port-au-Prince, que era la capital de la
colonia, y ésa fue la ocasión propicia para los grandes
blancos: el marqués De Borel dijo que no consentiría que
de La Salle entrara en Port-au-Prince. Además de esa insolencia,
ordenó a los grandes propietarios que no pagaran un impuesto
creado por los comisionados para hacer frente a los gastos de la administración
pública. Los grandes blancos de toda la región —y
los del departamento del Sur con ellos— apoyaron a De Borel, y
de La Salle, que había salido para la capital, tuvo que quedarse
fuera de la ciudad, en la posición más incómoda
y más ridícula a que podía verse sometido un soldado
de su categoría.
A medida que los grandes blancos se rebelaban contra su autoridad, Sonthonax
y Polverel tenían que apoyarse necesariamente en los mulatos
y los negros libres, y así iba dándose el caso de que
el poder de Francia en Haití descansaba cada vez más en
la adhesión de esos mulatos y esos negros libres. Ese desplazamiento
de las bases del poder metropolitano era posible no sólo porque
correspondía de manera lógica a la dinámica del
movimiento revolucionario dentro de Haití, sino porque a la vez
correspondía a la nueva relación de fuerzas políticas
en Francia. Para los grandes blancos, en cambio, lo que contaba no era
lo que sucedía en Francia; era el poder de los enemigos extranjeros
de Francia, en cuya victoria confiaban.
Con motivo de la sublevación de De Borel, Sonthonax acudió
a los mulatos y los negros libres; decretó una movilización
en los departamentos del Oeste y del Sur y puso en pie de guerra 2.000
hombres. Con esos hombres, de La Salle atacó Port-au Prince por
tierra mientras los comisionados lo hacían por mar. La guardia
nacional del marqués De Borel no pudo oponerse a la fuerza atacante
y Port-au-Prince capituló en abril (1793). Al mes siguiente llegaba
a Haití un gobernador nombrado por las autoridades de París,
el primero con designación definitiva desde la destitución
de De Blanchelande, y ese nuevo gobernador provocaría el peor
de los levantamientos de los grandes blancos que iban a enfrentar Sonthonax,
Polverel y sus aliados, los mulatos y negros libres, los pequeños
blancos y las tropas metropolitanas leales. Sería el peor, pero
también el peor para los "grands blancs".
El general Francois Thomas Galbaud había nacido en Haití
de una familia que se había establecido en la colonia desde el
año 1690. Grandes propietarios, los Galbaud casaban a sus hijos
y a sus hijas con hijas e hijos de grandes propietarios, de manera que,
al llegar a Haití con el rango de gobernador, el general Galbaud
iba a ser rodeado inmediatamente por los grandes blancos, con quienes
los Galbaud tenían vínculos de dos o tres generaciones.
Los grandes blancos de Haití no podían resignarse a perder
sus privilegios, pero no estaban desanimados a pesar del duro golpe
que fue para ellos la derrota del marqués De Borel en Port-au-Prince.
Al mismo tiempo que Port-au-Prince caía en manos de Sonthonax,
Polverel y de La Salle, la isla de Tobago caía en manos inglesas
(15 de abril, 1793) sin que los habitantes franceses hicieran resistencia,
lo que quería decir que los ingleses estaban "liberando"
ya a los grandes blancos de las Antillas de Francia y no podían
tardar en llegar a Haití. Al llegar Galbaud a Cap-Frangais había
en marcha un poderoso movimiento de grandes propietarios de Martinica
pidiendo que los británicos desembarcaran en aquella isla. Todas
esas noticias se conocían en los círculos de los "grands
blancs" de Haití y éstos se hallaban en un estado
de espíritu exultante, como gentes que saben que están
viviendo en las vísperas de un gran triunfo.
Y, sin embargo, también había razones para que los grandes
blancos de Haití se sintieran preocupados. Por la frontera del
territorio español de la isla entraban con frecuencia, en oleadas,
las tropas negras de Toussaint, Jean-Francois y Biassou, y en gran número
de lugares del país los esclavos se levantaban en grupos y formaban
bandas que destruían, quemaban, mataban personas y bestias, saqueaban
y violaban.
Por razones conectadas con la situación internacional, explicada
arriba, y también por la inestabilidad dentro de Haití,
Galbaud, cuyo origen lo acreditaba ante los grandes blancos, tenía
que convertirse en la encarnación de la esperanza de los que
ya se llamaban a sí mismos realistas.
Ahora bien, de acuerdo con el artículo 15 del decreto expedido
por la Asamblea Legislativa el 28 de marzo de 1792 y aprobado por el
rey el 4 de abril, los funcionarios de las colonias americanas no podían
ser propietarios en ellas. Apoyado en esa disposición, Sonthonax
se negó a aceptar a Galbaud como gobernador y le ordenó
salir del país, a lo que Galbaud respondió ordenando la
prisión de Sonthonax y Polverel. Esto estaba sucediendo en Cap-Frangais,
el lugar donde vivía el mayor número y los más
ricos de los "grands blancs" de Haití. Instantáneamente
los grandes blancos comprendieron que había llegado el momento
de dar la batalla decisiva y estuvieron seguros de que la ganarían;
y tenían que ganarla porque Galbaud disponía de buques,
tropas, marinería, armas; era portador de un título de
gobernador que le confería autoridad legal, y además contaba
con ellos, con el respaldo de todos ellos. Rodeado, estimulado, vitoreado
en las calles por los grandes blancos, Galbaud echó a tierra
hombres y armas, a lo que Sonthonax respondió con una maniobra
radical; ofreció la libertad a los esclavos que lucharan contra
Galbaud y los grandes blancos.
Eso sucedió el 20 de junio; el día 21, miles de esclavos
entraban en Cap-Frangais bajo el mando de jefes improvisados y de otros
que desde hacía algún tiempo merodeaban por los suburbios
de la ciudad. -Enardecida por la oferta de la libertad y por la conciencia
de que luchaba en favor de la autoridad legitima, la ola negra barrió
cuanto halló a su paso. Atacados por aquella masa embravecida,
que mataba, saqueaba las casas y les pegaba fuego, los grandes blancos
que podían hacerlo corrían hacia los muelles buscando
protección en la flota de Galbaud; hombres y mujeres llevaban
a rastras cofres, vestidos, niños. La marinería de Galbaud
metía en los buques todo lo que podía: provisiones, armas,
mujeres despavoridas, ancianos espantados, niños que gritaban.
Cuando la flota logró salir de la rada de Cap-Francais, con ella
se iba toda una época. Los grandes blancos del Norte, que eran
la espina dorsal de su grupo social en la colonia, quedaban liquidados
como fuerza social, económica y política de Haití,
y miles de esclavos celebraron esa noche sus nupcias con la libertad.
La historia tiene a veces caprichos propios de un dios joven y juguetón.
Ese mismo día 21 de junio, en otra colonia francesa del Caribe
estaba sucediendo algo similar, aunque no igual, a lo que había
sucedido en Cap-Francais, pues las tropas inglesas, que habían
desembarcado el día 16 en Martinica a solicitud de los grandes
propietarios blancos de la isla, tenían que ser reembarcadas
el 21 batidas por un levantamiento general que las desbordó de
manera irremediable; El 21 de junio de 1793 fue, pues, el día
decisivo para el aplastamiento de los grandes propietarios blancos del
Caribe francés; su día fatal, para decirlo con las palabras
llanas del pueblo.
Los grandes blancos estaban liquidados, pero no la amenaza extranjera.
La guerra de Francia y España había hecho salir a la superficie
aquellas raíces de la sociedad tradicional española de
que hemos hablado en el capítulo anterior. Por esa causa la de
1793 fue en España una guerra extraordinariamente popular. Los
campesinos corrían a enrolarse como soldados; los grandes nobles
terratenientes formaban a sus expensas regimientos enteros; un duque
aportó 2.000.000 de reales, una fortuna exagerada en esos años;
la jerarquía sacerdotal de Toledo dio 5.000.000; hasta los conventos
de monjas daban dinero. Era que se trataba de una guerra contra la burguesía
francesa, o mejor aún, contra lo que hoy llamaríamos el
ala izquierda de la burguesía, y la vieja sociedad española
se ponía de pie contra esa fuerza nueva, lo que en cierto-sentido
era una manera de luchar también contra el limitado sector burgués
de España que venía disfrutando el apoyo de los Borbones
desde hacía cerca de un siglo; por otra parte, como esa burguesía
española se hallaba envuelta también en la guerra, ésta
provocó en España algo así como un frente unido
nacional.
En lo que se refiere al Caribe, el centro de la lucha se había
trasladado a Haití, donde todas las fuerzas sociales se presentaban
en forma extremista, y Haití ocupaba una parte de la isla de
Santo Domingo; la otra parte seguía en manos de España.
Había, pues, una frontera común de España y Francia
en Europa, pero la había también en la isla de Santo Domingo.
España golpearía a Francia en Europa a través de
su frontera y la golpearía en el Caribe a través de la
frontera entre Santo Domingo y Haití; en realidad, estaba haciéndolo
ya por medio de los jefes negros a quienes había dado despachos
de generales y de los ex esclavos que formaban las tropas de esos jefes,
pero eso no bastaba; era necesario usar fuerzas más grandes;
atacar a fondo y conquistar Haití, o por lo menos una parte de
Haití, que de la otra parte se ocuparían los ingleses.
España, pues, comenzó a concentrar fuerzas para llevar
a cabo un gran ataque a Haití que se realizaría con el
concurso de Cuba y Méjico, para lo cual empezaron a actuar conjuntamente
el virrey de Méjico, el gobernador de Cuba, don Luis de las Casas,
y el gobernador de Santo Domingo, don Joaquín García Moreno.
Mientras tanto, Jean-Francois, Biassou y Toussaint operaban sobre el
territorio haitiano en el extremo nordeste. El 7 de julio, es decir,
dos semanas después de la fuga de Galbaud y los grandes blancos
de Cap-Francais, Jean-Francois atacó y tomó Fort-Dauphin
—la antigua Bayajá y actual Fort-Liberté—
y degolló a todos los propietarios blancos del lugar y de sus
inmediaciones. Biassou y Toussaint hacían entradas para tomar
puntos, establecimientos y villas parroquiales que retenían por
algún tiempo o que abandonaban inmediatamente, según aconsejaran
las circunstancias. La verdad es que la mayoría de las parroquias
de Cap-Francais, al este y al sur de la ciudad, se hallaban bajo la
amenaza de Jean-Francois, Biassou y Toussaint, pero España no
podía confiar la tarea de conquistar el norte de Haití
a esas fuerzas de los jefes negros, que eran relativamente pequeñas.
Para ejecutar ese plan hacía falta un poder militar respetable,
que España comenzó a preparar a mediados del año.
No podemos dudar de que los emigrados franceses que se habían
refugiado en España presionaban en favor de ese plan, pero también
debían ejercer presión en las Antillas españolas
los que se habían refugiado en Santo Domingo y en Cuba, que eran
muchos y algunos de ellos muy importantes. Al mismo tiempo había
emigrados franceses en Londres y en Jamaica, que sin duda actuaban en
el mismo sentido que sus congéneres de Madrid, Santo Domingo
y La Habana. Las actividades de esos emigrados eran públicas;
París se enteraba de lo que hacían los de Madrid y Londres
y Sonthonax debía estar enterado de lo que hacían los
de Santo Domingo, Cuba y Jamaica. La Revolución francesa debía
tener agentes secretos en todos esos sitios, pero también muchos
informadores espontáneos. No hemos podido hallar publicaciones
que indiquen en qué mes se produjo el ataque español por
el nordeste, pero por la fecha de los ataques ingleses en el sudoeste
y en el nordeste podemos deducir que las órdenes para esos ataques
llegaron a Jamaica a fines de julio o a principios de agosto, y como
debía haber coordinación entre ingleses y españoles,
debemos pensar que las fuerzas que saldrían de Cuba para concentrarse
en el norte de la costa de Santo Domingo estarían en proceso
de concentración más o menos a mediados de agosto.
En ese momento Sonthonax y Polverel no tenían poder para enfrentarse
aun ataque combinado de los ingleses por mar y los españoles
por tierra. Sólo algunos jefes mulatos, como Rigaud, Bauvais,
Villate, y sus seguidores mulatos y negros libres seguían siendo
leales a Francia. Un número importante de grandes y medianos
propietarios mulatos estaba enfrentado a Sonthonax y los esclavos sublevados
no iban a obedecer al comisionado francés.
La situación era en verdad crítica. Haití se hallaba
al borde de perderse para Francia. ¿Cómo evitar eso? Sólo
con una decisión radical, que pusiera del lado de Francia, de
manera instantánea y entusiasta, a la mayoría de los habitantes
de la colonia. ¿Y quiénes formaban esa mayoría?
Los esclavos negros. Ahora bien, esos esclavos, ¿lucharían
por Francia si se les declaraba libres? Sí lo harían,
puesto que el 21 de junio habían luchado en Cap-Francais del
lado de la autoridad francesa representada por Sonthonax y Polverel.
Sonthonax se decidió, y el 29 de agosto (1793) declaró
la libertad de los esclavos de Haití. Dicho en el lenguaje de
ahora, la escalada de las fuerzas reaccionarias del interior y del exterior
provocaba en respuesta la escalada de la libertad. Ciento sesenta años
después, lo que estaba pasando en Haití iba a repetirse
en Cuba, y no se trataría de una repetición fortuita,
pues, como veremos a su tiempo, la revolución cubana de Fidel
Castro iba a ser históricamente una hija de la revolución
de Haití.
Es difícil que en la segunda mitad del siglo XX podamos darnos
cuenta de lo que significó a fines del XVIII la liberación
de los esclavos haitianos, pero podemos medir su importancia por comparación:
ni la revolución norteamericana ni la de Francia llegaron a un
grado de radicalización parecido. Se dirá que fue Francia
quien concedió esa libertad. Pero no es cierto. Aceptamos que
los pequeños burgueses jacobinos fueron los más radicales
de los revolucionarios de la burguesía, sin traspasar en ningún
momento ese límite. Los jacobinos eran lo que hoy podríamos
calificar como el ala izquierda de la burguesía, pero la burguesía
de Francia, como la de Inglaterra y la de los Estados Unidos, no podía
admitir la idea de la libertad de los esclavos. La Revolución
industrial se hallaba entonces en sus inicios y todavía faltaban
varios años para que la expansión económica que
se estaba produciendo exigiera la transformación del trabajador
esclavo en consumidor de productos industriales; por otra parte, faltaba
también mucho tiempo para que esa revolución produjera
las máquinas que hicieran económicamente el trabajo de
los esclavos. No fue la Convención Nacional la que decretó
la libertad de los esclavos de Haití; fue Sonthonax, presionado
a la vez por el ataque inminente de los ingleses y los españoles
—es decir, por las contradicciones de las burguesías de
Europa, enfrentadas a la de Francia— y conducido a un callejón
sin salida por la sublevación de los negros.
En los tiempos modernos no había sucedido en el orden social
nada de tanta magnitud histórica como la liberación de
los esclavos decretada el 29 de agosto de 1793. Desde los Estados Unidos
hasta la Argentina, toda América estaba llena de esclavos, de
millones de esclavos. En algunos países los esclavos eran sólo
negros y mulatos; en otros eran negros e indios; en otros eran sólo
indios; y al mismo tiempo, como es lógico, en toda América
había amos de esclavos y había mucha gente que vivía
de lo que producían los esclavos. También en Europa abundaban
los comerciantes, los armadores de buques, los banqueros y funcionarios
que se enriquecían traficando a base de los productos obtenidos
con el trabajo esclavo. En todos esos países el decreto de la
libertad de los esclavos causó estupor e indignación por
un lado y júbilo por otro. Los cimientos del orden social de
toda América crujían sacudidos por un terremoto.
Desde luego, ni Sonthonax ni ningún poder de la tierra podía
convertir de la noche a la mañana a esos esclavos liberados en
ciudadanos conscientes o en soldados que pudieran enfrentarse al ataque
combinado de ingleses y españoles. Por de pronto, al conocer
la noticia de su libertad, los esclavos de Haití —cientos
de miles de esclavos— se lanzaron a actuar anárquicamente,
a celebrar su victoria ocupando tierras y casas abandonadas por los
blancos y mulatos ricos; a atacar muchas de las que todavía no
habían sido abandonadas; a adueñarse de bestias, de muebles,
de ropa, de frutos; a destruir todo lo que les recordaba su esclavitud.
Mientras tanto, cuando los esclavos liberados se hallaban deslumbrados
por lo que había sucedido, en un estado general de júbilo
histérico, al cumplirse las tres semanas del decreto del 29 de
agosto —es decir, el 20 de septiembre—, los ingleses desembarcaron
en Jérémie, una ciudad situada en la costa norte, y casi
en el extremo oeste, de la península de les Cayes —la del
sur—, y dos días después .desembarcaban en la Mole
de Saint-Nicolás, en el extremo oeste de la península
que llevaba el mismo nombre de la ciudad, es decir, en la península
del norte.
El Caribe volvía a ser una frontera de guerra imperial, sólo
que en esa ocasión la guerra entre los imperios tenía
un ingrediente nuevo: era también una guerra social, cosa que
le comunicaba un valor que la distinguía de las anteriores. Los
propietarios franceses de las Antillas habían dejado de ser franceses
para convertirse en partidarios del país o de los países
enemigos de Francia que pudieran devolverles sus tierras y sus esclavos,
y los propietarios ingleses de Jamaica y Barbados y Saint Kitts y los
españoles de Santo Domingo, Puerto Rico o Venezuela y Cuba ya
no veían como a un enemigo al ciudadano francés despojado
de sus esclavos; era su hermano en desgracia y ellos estaban en el deber
de ayudarlo'. Eso explica que al desembarcar en Jérémie
y en la Mole de Saint-Nicolás los ingleses hallaron el apoyo
entusiasta de los franceses y los mulatos propietarios de las dos ciudades.
La segunda ola de la ofensiva inglesa se produjo en el mes de diciembre.
Por la costa del oeste cayó en sus manos Saint-Marc el día
18 y la Archaie el día 24, y por la del sur cayó Leogane.
Así, Port-au-Prince quedaba en el centro de una tenaza y no podría
resistir mucho tiempo. Mientras tanto, las costas del sur quedaban libres
de ataques, si bien Tiburón, en el mismo extremo oriental de
la península del sur, fue tomado en el mes de enero (1794).
En la costa del norte deberían operar las fuerzas españolas
llevadas de Cuba y de Méjico. Debemos suponer que esas fuerzas
que se concentraron en el noroeste de la parte española de la
isla debían hallarse para el ataque entre fines de diciembre
y principios de enero.
El ataque español se produjo sobre Fort-Dauphin. La escuadra
actuó bajo el mando del teniente general Aristizábal,
la infantería bajo el mando del general Casas-Calvo, los emigrados
franceses bajo el de Louis d'Espanville y los antiguos esclavos actuaron
bajo el de Jean-Francois y Toussaint. Parece que para ese momento ya
Biassou había muerto y sus tropas habían pasado a las
órdenes de Toussaint. Habiendo atacado desde San Rafael y San
Miguel de la Atalaya, que en esa época se hallaban en territorio
español, las fuerzas de Toussaint habían penetrado profundamente
hacia el oeste y el noroeste, hasta las parroquias de Gonaives y Gros
Morne, lo que significa que estaban poniendo en peligro la retaguardia
de los ingleses en Mole de Saint-Nicolás y Saint-Marc. Toussaint
estaba dando ya muestras de su excepcional capacidad militar, la que
unida a su talento político iba a hacer de él "el
primero de los negros" y una de las más grandes figuras
de la historia americana.
Ahora bien, la ofensiva inglesa no se limitaba a Haití. Combinados
con los grandes propietarios de Martinica, los ingleses lanzaron sobre
esa isla una expedición comandada por el almirante sir John Jervis,
con fuerzas de infantería cuyo jefe era sir Charles Crey, que logró
desembarcar tropas el día 5 de febrero, tomó Saint-Pierre
el 17 y entró en Fort-Royal el día 20. La capital de la
isla cayó cuando el capitán del buque inglés Zebra
abordó el fuerte que defendía la bahía, exactamente
como si se hubiera tratado de otro buque en el mar, de manera que sus
hombres saltaron de la cubierta del Zebra
a la plataforma del fuerte, y los defensores de éste, sorprendidos
por esa maniobra tan audaz, abandonaron la posición.
Los británicos convirtieron rápidamente Martinica en un
centro de operaciones desde el cual iban a atacar los territorios vecinos;
concentraron allí fuerzas llevadas de Jamaica y, como parte de
esas fuerzas, tenían un cuerpo de negros organizado especialmente
para perseguir esclavos sublevados. Se ve que los propietarios de Martinica
y de las islas francesas de la vecindad habían aconsejado a los
ingleses bastante bien en todo aquello que se relacionaba con su decisión
de recuperar los bienes perdidos, y entre esos bienes, los esclavos
eran un capítulo de primera categoría. El cuerpo negro
inglés tenía un nombre sugestivo; se llamaba "Black
Rangers". Por otra parte, los propietarios blancos -y algunos mulatos—
de las islas francesas de la vecindad se habían preparado para
ayudar a sus aliados ingleses, un detalle que debemos tener presente
a lo largo de todos los sucesos que estaban produciéndose.
Desde la base de Martinica los británicos se lanzaron sobre Santa
Lucía, en la que desembarcaron el 2 de abril y la que se rindió
el día 4; el día 10 tomaban los islotes de Los Santos
y el día 11 ponían tropas en tierra de Guadalupe, cuyas
autoridades capitularon el día 21.
En ese momento —mes de abril de 1795— Toussaint Louverture
se dirigió al general Lavaux, comandante en jefe de las fuerzas
francesas de Haití, y le ofreció luchar por Francia, puesto
que la causa que le había hecho ponerse al servicio de España
—esto es, la esclavitud de su raza— había desaparecido.
Cuando Toussaint se decidió a dar ese paso, sus fuerzas dominaban
en el territorio de Haití una larga franja que iba desde las
vecindades de Cap-Francais hasta las de Gonaíves y Gros Morne.
En el orden militar y político, todo ese territorio se hallaba
bajo la bandera española; pero en la realidad social, que era
la más profunda, dependía de Toussaint, no de los jefes
españoles. El general Lavaux se dio cuenta de la importancia
que tenía la oferta de Toussaint; así, la aceptó
y agregó sobre la aceptación un despacho de general de
brigada del ejército francés, a título provisional,
para el jefe negro. El 18 de mayo Toussaint declaraba que los hombres
bajo su mando —unos 4.000, bien disciplinados, veteranos de una
guerra que llevaba ya casi tres años— combatirían
desde ese día a los invasores ingleses y españoles. La
defección de Toussaint fue para estos últimos un golpe
tan duro que todos sus planes se vinieron abajó, y en consecuencia
Villate, el jefe mulato que tenía a su cuidado en la defensa
de Cap-Francais, se vio libre de las amenazas españolas. Así,
el norte de Haití quedaba asegurado para Francia gracias a lo
que había hecho Toussaint.
Ahora bien, en una revolución tan complicada como era la de Francia
los acontecimientos se encadenaban en un frente que iba de Europa al
Caribe. Precisamente en los días en que Toussaint pasaba con
sus hombres al lado francés, la Convención Nacional declaraba
en París que "la esclavitud de los negros en todas las colonias
queda abolida; en consecuencia se decreta que todos los hombres, sin
distinción de color, domiciliados en las colonias, son ciudadanos
franceses y disfrutan de todos los derechos asegurados por la Constitución".
Y sin embargo, debido a las confusiones que son típicas de los
momentos revolucionarios, sucedía también que en el mes
de junio eran arrestados en Haití Polverel y Sonthonax, los hombres
que habían proclamado eso mismo el día 29 de agosto del
año anterior y habían conseguido con ello salvar a Haití
para Francia. Acusados en París por los emigrados de todos los
sectores —entre los que había algunos que por su condición
de mulatos tenían amigos entre los jacobinos—, Polverel
y Sonthonax iban a encarar tal vez el más duro de los destinos,
pero serían salvados por la caída de los jacobinos ocurrida
el 9 de termidor del año II, es decir, el 27 de julio de 1794;
así, cuando llegó la hora de juzgarlos ya había
terminado en Francia la era del Terror.
La incorporación a la autoridad francesa del territorio que se
hallaba bajo el mando de Toussaint cortaba toda posibilidad de comunicación
por tierra entre los españoles que se hallaban en Fort-Dauphin
y Ounaminthe y los ingleses establecidos en Saint-Marc y la Archaie.
Tal vez fue eso lo que decidió a los ingleses a tomar Port-au-Prince,
que podía ser reforzado por tierra desde el norte y desde el
sur por hombres de Lavaux y Toussaint y de Rigaud. Port-au-Prince cayó
en manos inglesas el 4 de junio.
Justamente ese día aparecía en aguas de Guadalupe un escuadrón
francés con tropas mandadas por Víctor Hugues. En el curso
de año y medio los propietarios blancos y mulatos de las islas
francesas habían dejado de llamarse grandes blancos o grandes
mulatos, "pompons rouges" o "pompons blancs". Después
de la muerte de Luis XVI se llamaban realistas, lo que se explica porque
no podían ser aliados de ingleses y españoles si no reconocían
la monarquía como su base política y porque la lucha en
Europa había tomado el aspecto superficial de una guerra de los
republicanos de Francia contra las monarquías europeas. Pues
bien, en Guadalupe los defensores de Basse-Terre, lugar por donde desembarcó
Víctor Hugues, fueron en su mayoría realistas franceses.
Basse-Terre cayó en manos de Victor Hugues, que hizo dar muerte
sin la menor piedad a varios cientos de realistas. Las fuerzas inglesas
de Fort-Matilda se rindieron el 10 de diciembre, el mismo mes en que
Rigaud, que operaba en el extremo sudoeste de Haití, reconquistaba
Tiburón.. Así, las fuerzas de la revolución en
el Caribe iniciaban una contraofensiva que iba a ser creciente en todo
el año 1795.
En ese año Toussaint y Lavaux extendieron su dominio por. toda
la ribera derecha del Artibonite, lo que les permitía enlazar.
con las fuerzas que tenía Rigaud en el sur, de manera que el
poder francés en Haití aumentaba notablemente, puesto
que Toussaint y Lavaux disponían de unos 20.000 hombres y Rigaud
de unos 12.000. Los ingleses, pues, no podían estar seguros en
sus enclaves de la costa. De Jacmel y Les Cayes, que se hallaban en
manos de las fuerzas de Rigaud, salían corsarios a apresar barcos
ingleses o a defender las costas del sur de los ataques de corsarios
enemigos. En algunos puntos la situación era confusa, porque
abundaban las cuadrillas de negros armados y algunas de ellas se hallaban
al servicio de los ingleses.
Ahora bien, en medio de ese panorama armado estaba produciéndose
un fenómeno explicable; los jefes mulatos iban poco a poco ocupando
en el nuevo orden social de Haití el lugar que habían
dejado vacío los grandes blancos muertos o emigrados. Ese caso
de desplazamiento de un sector social del país hacia niveles
superiores corresponde a lo que podríamos llamar la historia
privada de Haití, y por tanto no tenemos por qué ocuparnos
de él en este libro, en el cual estamos haciendo la historia
de Haití en tanto Haití era parte de la frontera imperial
del Caribe. Pero sucede que ese movimiento de los mulatos jugó
un papel de importancia en la vida de Toussaint Louverture, y Toussaint
es uno de los hombres claves en la historia del Caribe; de manera que
nos referiremos brevemente a un episodio que corresponde a la historia
privada haitiana para poder explicar por qué Toussaint ascendió
tan rápidamente a los más altos lugares de mando de su
país.
Quizá por pensar que la estrecha vinculación de Toussaint
con el general Lavaux, comandante en jefe de todas las fuerzas militares
del país, colocaba a Toussaint en una situación preeminente
respecto de ellos, los mulatos de Cap-Francais resolvieron deponer a
Lavaux mediante un golpe de Estado, y el general Villate, jefe militar
de Cap-Francais y líder de los mulatos del Norte, ordenó
la prisión del viejo jefe francés, cosa que fue hecha
de manera ignominiosa, en marzo de 1795. Una vez preso Lavaux, la municipalidad
de Cap-Francais designó a Villate gobernador de la colonia.
Toussaint respondió al golpe de Estado enviando sobre Cap-Francais
dos columnas al mando de dos de sus coroneles de confianza, uno de ellos
Jean-Jacques Dessalines, que iba a ser el fundador de la república
de Haití. El general Lavaux fue puesto en libertad y restituido
en su cargo. Una vez en él, nombró a Toussaint lugarteniente
de gobernador; de esa posición Toussaint pasaría de manera
natural a la de gobernador cuando el desarrollo de los acontecimientos
de Haití exigiera un hombre como él al frente de la vida
militar y civil de la colonia. ¿Quién hubiera concebido
que un negro que había sido esclavo hasta fines de 1791 llegaría
en 1795 a ser lugarteniente de gobernador en la tierra donde la aristocracia
terrateniente blanca hacia y deshacía a su gusto? Evidentemente,
en ninguna parte, ni siquiera en la misma Francia, había llegado
la Revolución francesa a provocar cambios tan radicales en tan
corto tiempo.
El ejemplo de lo que estaba pasando en Haití mantenía
conmovido todo el Caribe. En los mismos días del golpe de estado
de Villate contra el gobernador Lavaux —esto es, en marzo de 1795—
los mulatos de origen francés que había en Granada se
levantaron contra la guarnición inglesa de la isla y pidieron
colaboración a Guadalupe, que se hallaba, como sabemos, en manos
de Víctor Hugues. El jefe de la rebelión de Granada era
Julián Fédon, propietario mulato importante, que convirtió
su plantación en el cuartel general de la sublevación.
Desde allí salían los rebeldes a destruir propiedades
inglesas, a matar a los amos británicos y a emboscar a los destacamentos
enemigos. Hasta el teniente gobernador inglés de Granada cayó
en manos de Fédon. Las autoridades inglesas pidieron ayuda a
la isla de Trinidad, de donde les enviaron tropas españolas.
Reforzados con esas tropas, los ingleses decidieron atacar a Fédon
y éste les hizo saber que mataría a todos los prisioneros
que tenía en su poder en el momento mismo en que un soldado enemigo
pusiera un pie en Belvedere, que era el nombre de su propiedad. Las
autoridades inglesas creyeron que Fédon hablaba para asustarlos,
pero que no haría lo que había dicho, y atacaron Belvedere
el 8 de abril. Al sonar los primeros disparos, Fédon cumplió
su palabra; más de cuarenta prisioneros ingleses fueron degollados,
entre ellos el teniente de gobernador, Ninian Hombe, y además
de eso los atacantes tuvieron que retirarse después de haber
sufrido fuertes pérdidas. La lucha continuaría en Granada
durante más de un año, como se relatará a su tiempo.
Mientras tanto, en esos primeros meses de 1795 estaba hachándose
también muy cerca de Granada, en la isla de San Vicente, el único
lugar donde quedaban todavía indios caribes, los indios que dieron
su nombre a toda la región y al mar que la baña. Emisarios
enviados desde Guadalupe por el infatigable Víctor Hugues habían
llegado a San Vicente para provocar la sublevación de los caribes
contra los ingleses de la isla. Ya se sabe, y lo hemos explicado en
este libro, que entre los indios caribes de San Vicente y los franceses
de los territorios vecinos había nexos estrechos desde los días
de Lonvillier de Poincy, de manera que los agentes de Hugues fueron
oídos por los caribes y, curiosamente, no por los negros esclavos
de la isla, que mantenían desde hacía tiempo un feudo
con los caribes porque éstos los consideraban instrumentos de
los blancos ingleses que les estaban quitando sus tierras. En la revuelta
que se produjo, los negros se pusieron de parte de sus amos ingleses,
pero esos amos quedaron malparados; los que sobrevivieron a los primeros
ataques de los indios tuvieron que concentrarse en Kingstown —la
pequeña capital de la isla, situada en la costa del sudoeste—
y no salir de allí, pues el resto de la isla estaba en manos
de los caribes, que destruyeron todas las propiedades inglesas y mataron
a todos los amos que se pusieron a su alcance. También en San
Vicente se seguiría luchando más de un año y también
relataremos a su tiempo el final de esa lucha, que fue en verdad patético.
Santa Lucía tuvo que ser evacuada por los ingleses el 19 de junio.
Lo mismo que en Granada y San Vicente, los emisarios de Hugues consiguieron
levantar a la población francesa de la isla y los franceses a
su vez obtuvieron la ayuda de los esclavos que se habían refugiado
en los montes de Santa Lucía y se habían mantenido en
ellos desde que la isla fue tomada por los ingleses el ; año
anterior. Los ataques franceses fueron tan resueltos que a fines de
mayo sólo quedaban en manos británicas dos puntos, I Castries
y Morne Fortuné, en los cuales no podían sostenerse: largo
tiempo. Así, al mediar junio la isla quedaba libre de ingleses.
En Dominica, en cambio, los acontecimientos tuvieron otro sesgo. También
a Dominica llegaron los agentes de Guadalupe y también allí
se levantaron los esclavos de los numerosos amos franceses que vivían
en la isla, y casi todos lo hicieron bajo la jefatura de los amos mulatos;
pero en Dominica los ingleses y sus esclavos, con la colaboración
de los amos franceses blancos, aplastaron la rebelión. La victoria
inglesa de Dominica acabó con varios franceses colgados en las
horcas y con otros enviados a Inglaterra en condición de prisioneros.
Mientras se luchaba en Granada, San Vicente, Santa Lucía y Dominica,
la agitación se propagaba como una epidemia por todos los sitios
donde había esclavos y en algunos de ellos se producían
rebeliones. Así, en Curazao estalló una revuelta en la
que tomaron parte unos 1.000 esclavos, si bien no disponemos de información
para saber cuánto duró ni cómo terminó.
En el mes de mayo estalló otra revuelta en Coro, Venezuela, bajo
la consigna de que debía establecerse "la ley de los franceses,
la república, la libertad de los esclavos y la supresión
de los impuestos". El levantamiento de Coro fue aplastado con una
saña brutal; 105 negros fueron muertos en esa ocasión,
la mayor parte de ellos degollados a sangre fría, y 25 fueron
victimados "por no tener forma de mantenerlos con guardias en la
cárcel11, según informó el jefezuelo que los hizo
presos.
Ahora bien, sucedía que en Europa, donde Francia llevaba: la
guerra contra España, Holanda, Prusia y los ingleses, los ejércitos
franceses habían terminado el año de 1794 con victorias
importantes, y en España los limitados, pero influyentes círculos
de la burguesía, que comprendían cuál debía
ser el papel de la burguesía europea ante la Revolución
de Francia, querían hacer la paz y se movían en ese sentido.
Eso, sin embargo, no era todo; pues algunos grupos de la pequeña
burguesía española llegaron a hacer demostraciones públicas
de simpatía por Francia y otros, organizaron conspiraciones republicanas
en varios lugares del país. Las autoridades descubrieron varias
de esas conspiraciones, una de ellas en pleno Madrid. Unos cuantos de
los conspiradores de Madrid fueron condenados a la horca, pero se les
conmutó la pena por la de prisión en América; a
una parte de ellos les tocó ser enviados a Venezuela y allí
siguieron conspirado a tal punto que formaron el germen de una importante
conjura organizada a fines del siglo para establecer la república
en aquel territorio. Esa fue la conocida conspiración llamada
de Gual y España, que terminó con sus jefes en la horca.
Las victorias francesas y la actividad republicana dentro de España
llevaron al gobierno español a entablar conversaciones de paz
en el mes de junio (1795); ese mismo mes los franceses tomaban Irún,
Fuenterrabía, Tolosa y San Sebastián; el 17 de julio tomaban
Bilbao y el día 22 se firmaba la paz de Basilea. /En esa paz,
la parte española de la isla de Santo Domingo quedó cedida
a Francia, cosa que preocupó seriamente a los ingleses. Inglaterra
tenía sus planes para la isla. Ocupaba en la parte francesa todos
los puertos importantes, excepto Cap-Francaís y Port-de-Paix,
en el norte; Tiburón, en el sudoeste; Jacmel y Saint-Louis, en
el sur, y en el mes de mayo había nombrado un "governor
of Saint Domingue", el mayor general sir Adam Wílliamson,
que hasta ese momento había sido comandante en jefe de las fuerzas
inglesas del Caribe con asiento en Jamaica.
Aunque la guerra la hubiera arruinado, Haití había sido
una colonia muy rica, la más rica de todas las colonias azucareras
del mundo, y a los ingleses no les sería difícil restaurarla
en el esplendor que tuvo antes de 1791. Pero la conquista de Haití
se -convertía en una tarea casi irrealizable y altamente costosa
si los ; franceses disponían de la parte española de la
isla, más grande, más montañosa, más fácil
de defender que la parte francesa. El gobierno inglés, que quería
evitar a toda costa el traspaso de la parte española de la isla
a Francia, recordó que en el tratado de Utrecht España
se había comprometido a no entregar ninguna de sus posesiones
de América a ningún otro país, de manera que la
cesión de la parte española de la isla de Santo Domingo
no era válida desde el punto de vista inglés y éstos
podían hacer valer su opinión a cañonazos porque
seguían en guerra con Francia. Colocada en una situación
difícil, España negoció con franceses [y con ingleses
y como resultado de la negociación se llegó a un ^acuerdo;
la parte española de la isla sería francesa de jure, pero
de facto seguiría en manos de España y ni ingleses ni
franceses la usarían como territorio en la guerra que estaban
llevando a cabo.
La cesión de Santo Domingo a Francia y la decisión inglesa
de no permitir que ese territorio pasara a manos francesas indican hasta
qué punto era importante lo que sucedía en Haití.
Ya dijimos que en lo que respecta al Caribe la tempestad que había
desatado la Revolución francesa había establecido su centro
en Haití. Y era lógico que sucediera así, pues
era en Haití donde estaban presentes las más graves contradicciones
del capitalismo, que se hallaba en ese momento histórico atravesando
una crisis profunda de expansión y a la vez de transformación.
El gobierno de París pudo haber pedido a España otra concesión
de paz, pero pidió la parte española de la isla donde
se hallaba Haití. ¿Por qué? Porque a pesar de que
era un gobierno producido por la Revolución quería de
todas maneras salvar su posesión haitiana debido a que mantenía
la -ilusión de que Haití volvería a ser para la
economía francesa lo que había sido antes de 1791. También
los ingleses pensaban igual: Parece que está en la naturaleza
humana proyectar hacia el porvenir las imágenes del pasado sin
alcanzar a comprender que en el campo de los fenómenos políticos
y sociales el pasado no admite restauraciones. En el caso de los franceses,
ese error persistiría hasta provocar el formidable estallido
que hizo fracasar a Napoleón en la tierra de Haití, caso
que trataremos a su tiempo.
Los ingleses fracasaron también, pero en un plazo más
corto, en cinco años, que fue lo que duró la ocupación
británica de¡ varios puntos de Haití. Pero en el
año de 1795 no creían que eso podía suceder. Perdían
muchos hombres, eso sí, lo que sin duda les preocupaba. La mayor
parte moría debido a las enfermedades, pero muchos morían
también en combates contra las fuerzas de Toussaint y Rigaud.
Ahora bien, lo que no podían esperar los ingleses era que se
les atacara en su propia base del Caribe, laj isla de Jamaica. Y ahí
fueron atacados; no por Francia, ni por los haitianos, sino por una
fuerza más peligrosa, fluida, penetrante-e incontrolable que
la de cualquier ejército enemigo, la fuerza de la revolución
negra, que tenía en Haití un ejemplo estimulante y se
expandía de manera inevitable hacia todos los sitios donde había
esclavos y negros discriminados, aunque no fueran esclavos.
Los ingleses de las Antillas tenían verdadero talento para mantener
divididos a los negros y a los mulatos; para darles a algunos de ellos
funciones y categorías, que los colocaban por encima de las grandes
masas esclavas, con lo cual usaban a unos negros contra otros; con ese
fin formaban batallones de "black-rangers" y de "black
shots" con negros libres y hasta con esclavos que compraban a sus
amos. Siguiendo ese modelo llegaron hasta a organizar regimientos enteros,
los llamados "West Indies Regiments".
Siempre que pudieran hacerlo sin riesgo de parecer débiles ante
los esclavos, los ingleses evitaban usar crueldad con los negros, y
en los casos en que debían aplicarla lo hacían con método
y ceremoniosamente. Pero a veces su racismo era extremado. Por ejemplo,
lord Lavington, que fue dos veces gobernador de las islas de Barlovento
en el último tercio de ese siglo XVIII —el siglo revolucionario
por excelencia—, no permitía que sus sirvientes negros
usaran medias o zapatos y les exigía que se frotaran con mantequilla
en las piernas a fin de que éstas les brillaran; además,
no tomaba nada de las manos de un sirviente negro e inventó un
aparatito que mandó hacer de oro, para coger lo que le llevaran
sus negros sin tener que recibirlo de sus manos.
De todos modos, teniendo que sufrir demostraciones de racismo o tratados
con una dureza benevolente, los esclavos de las Antillas inglesas eran
explotados como los de cualquier otro lugar del Caribe. También
ellos tenían que trabajar como bestias en la producción
de azúcar, de algodón, de jengibre, de índigo,
de café; también ellos tenían que someterse a la
rígida disciplina que prevalecía en las islas de la esclavitud.
Y como era lógico, aunque algunos combatieran a las órdenes
de los ingleses contra sus hermanos de raza y de destino sublevados,
otros iban a seguir el ejemplo de Haití; y eso fue lo que sucedió
en Jamaica a mediados de 1795, aunque nunca llegaría a producirse
allí una revolución de la categoría que tuvo la
haitiana.
Ya se dijo en el capítulo IX de este libro que cuando los cimarrones
de Jamaica dieron fin en 1739 a la larga guerra que habían hecho
contra los ingleses desde que éstos ocuparon la isla en 1655,
lo hicieron mediante un acuerdo en regla, y desde entonces vivieron
como un pueblo que se distinguía entre los demás negros
de la isla, especialmente se distinguía de los negros esclavos.
Eran los "maroons", como se les llamaba en Jamaica y como
se les llama todavía en 1968 a sus descendientes. En el acuerdo
se les fijó como residencia un territorio en las vecindades de
Trelawney Town, una villa que está en la parte central del oeste
de la isla.
Pues bien, en el mes de julio (1795) sucedió que dos jóvenes
cimarrones fueron acusados de sustraerle dos cerdos a un inglés
blanco de Trelawney Town y se les condenó a recibir unos cuantos
latigazos. Ahora bien, después de su acuerdo de paz con los ingleses
los cimarrones habían colaborado varias veces con las; autoridades
en la tarea de capturar esclavos prófugos, y ocurrió que
a la hora de infligir a los jóvenes "maroons" el castigo
del látigo se convocó a los esclavos del lugar, como se
hacía siempre en Jamaica y en casi todos los territorios del
Caribe, a fin de que presenciaran el castigo y les sirviera de ejemplo.
Entre esos esclavos que estuvieron viendo el oprobioso espectáculo
había algunos de los que habían sido capturados por los
cimarrones en una que otra ocasión. Que esos esclavos prófugos,
devueltos a sus manos por los cimarrones, presenciaran la humillación
de-dos jóvenes de su comunidad, era algo que los orgullosos cimarrones
no podían tolerar, y como no podían tolerarlo, comenzaron
a mostrarse provocadores y a buscar pretextos para lanzarse, contra
los blancos.
Cuando las autoridades de la isla se dieron cuenta de lo que estaba
sucediendo movilizaron fuerzas y a la vez movilizaron influencias de
blancos de prestigio para que se llegara a un acuerdo con los cimarrones
antes de que éstos se levantaran en armas, pero los cimarrones
no se dejaban convencer. Había dos" puntos en los cuales
no cedían: uno, que se reparara pública-' mente la humillación
impuesta a los dos jóvenes castigados;^ otra, que se les cambiara
el funcionario que desempeñaba el cargo de "superintendente
de los cimarrones".
En ese momento —días finales de julio—, el gobierno
de Jamaica estaba despachando tropas hacia Haití para reponer
las muchas bajas que tenían los ingleses allí; el día
29 salían las últimas de Port-Royal, pero hubo que despachar
a toda carrera un barco rápido para que transmitiera al escuadrón
que se dirigía a Haití órdenes de desviarse y aportar
en Montego Bay, que se halla situado a muy corta distancia hacia el
noroeste de Trelawney Town, pues los cimarrones se habían declarado
en rebeldía y estaban tratando de sublevar a los esclavos de
la zona.
Cuando las fuerzas que iban destinadas a Haití llegaron a Montego
Bay, el gobernador de Jamaica declaró la ley marcial y envió
un ultimátum a los cimarrones: o hacían su entrega a las
autoridades de Montego Bay a más tardar el día 12 de ese
mes de agosto, y en ese caso serían perdonados, o su poblado
sería incendiado y sus cabezas puestas a precio; y para hacer
más convincente su ultimátum el gobernador les comunicó
que se hallaban cercados por fuerzas muy superiores a las suyas y que
por tanto sólo rindiéndose podían tener salvación.
Pero los cimarrones respondieron quemando ellos mismos su poblado y
derrotando el propio día fijado para su entrega en Montego Bay
a las fuerzas de caballería y a las milicias que los tenían
cercados. Las bajas inglesas fueron numerosas, entre ellas el coronel
jefe de sus tropas. Exactamente un mes después, los ingleses
fueron derrotados de nuevo en los montes de Cockpit, al sur de Trelawney
Town, y entre sus numerosos muertos tuvieron que contar también
a su comandante.
Los dos fracasos alarmaron de tal manera a los blancos de Jamaica que
la Asamblea Colonial ordenó la inmediata importación de
perros cazadores de esclavos, que se usaban mucho en Cuba para perseguir
a los esclavos prófugos, pero además de eso —lo
que indica que no confiaban demasiado en los perros— puso en la
dirección de las operaciones contra los "maroons" ¡nada
menos que a un mayor general, George Walpole. El ejemplo de Haití
era demasiado elocuente y los ingleses no estaban dispuestos a tener
en Jamaica una segunda edición de Haití.
A mediados de diciembre llegaron de Cuba 40 expertos caza-[ dores de
esclavos prófugos con cien perros entrenados en la repugnante
tarea, y este episodio, mínimo si se quiere, y al parecer sin
importancia, demuestra hasta qué punto los blancos de todo el
Caribe estaban dispuestos a ayudarse entre sí para mantenerla
institución de la esclavitud, tan peligrosa, pero tai? rentable,
como se diría hoy.
Los cimarrones tuvieron que comenzar a entregarse a fines de diciembre
debido a que las fuerzas inglesas fueron destruyendo sistemáticamente
en la zona de la sublevación todo lo que pudiera servir para
alimentar a los rebeldes, pero los últimos vinieron a rendirse
en el mes de marzo de 1796. Casi 600 cimarrones fueron sacados de Jamaica
y enviados a Nova Scotia, donde lógicamente morirían debido
a los rigores de un clima de nieves al que no estaban hechos; los que
sobrevivieron a los fríos de Nova Scotia fueron llevados a Sierra
Leona, en África, hacia el 1800. Indignado por esa deportación
en masa, el mayor general Walpole, que había obtenido la rendición
de los cimarrones, se negó a recibir una espada de honor que
la Asamblea de Jamaica decidió obsequiarle por el éxito
que había tenido frente a los rebeldes.
Los cimarrones de Jamaica habían fracasado en su lucha. También
fracasaron otros esclavos que se habían levantado en esos días
en otros puntos de la región. Pero la historia había dado
ya su veredicto: en el 1793, para los esclavos del Caribe había
llegado el tiempo de la libertad.

Capítulo XVII
Nacimiento de la república de Haití
A la caída de los jacobinos,
como era lógico que sucediera, comenzó a producirse en
Francia un movimiento hacia lo que hoy llamamos la derecha, que fue
ganando terreno hasta culminar en una sublevación de tipo realista;
es la que en la historia de la Revolución se conoce por la fecha
en que tuvo lugar, el 13 de vendimiario —5 de octubre de 1795—.
Fue en los combates del 13 de vendimiario cuando el pueblo de París
vio actuar a Napoleón Bonaparte, cuyo nombre venía distinguiéndose
desde que participó decisivamente en el levantamiento del sitio
de Tolón, dos años antes.
Al quedar pulverizada la conspiración realista en París
con los combates callejeros del 13 de vendimiario, el reflujo político
condujo al país hacia la derecha. Francia no iba a retornar,
desde luego, al "ancien régime" que tuvo hasta la caída
de Luis XVI, pero tampoco al gobierno radical de los jacobinos. Aunque
ya la Convención Nacional no era la de Robespierre y Marat, seguía
siendo un tipo de gobierno que sumaba todos los poderes y eso le parecía
muy peligroso a la burguesía, que había acabado imponiéndose
al país el 13 de vendimiario; de manera que se elaboró
una nueva Constitución —la tercera en seis años—
en la cual se estableció un poder ejecutivo de cinco miembros
denominado el Directorio y uno legislativo compuesto de dos cámaras,
la de los Ancianos y la de los Quinientos. Ese régimen iba a
durar hasta el golpe de Estado del 18 de brumario —9 de noviembre
de 1799—; después de ese día se constituiría
el Gobierno del Consulado, compuesto por tres cónsules, y Napoleón
Bonaparte, el autor del golpe de Estado, sería el primer cónsul,
de hecho, el único que gobernaba el país; luego pasaría
a ser cónsul vitalicio y por fin emperador de Francia.
La guerra con España había durado de marzo de 1793 a julio
de 1795; fue, pues, una guerra limitada al tiempo de la Convención
Nacional. Pero la guerra con los ingleses, que había comenzado
bajo la Convención —el 1 de febrero de 1793—, duraría
hasta marzo de 1802, cuando terminó con el tratado de Amiens
—el día 27—; de manera que esa fue una guerra de
la Convención, del Directorio y del Consulado. Como veremos en
este capítulo, España, la vencida de 1795, se alió
a Francia en 1796, es decir, bajo el Gobierno del Directorio, y mantuvo
la guerra contra los ingleses hasta la paz de Amiens.
Debido a su trágico destino de frontera de los imperios, el Caribe
seguía padeciendo los embates de la guerra, lo mismo si había
luchas entre Francia y España o entre España e Inglaterra
que si los beligerantes de hoy pasaban a ser aliados de mañana.
Cualquiera que fuera la posición de un imperio europeo frente
a otro, sólo podía haber paz en el Caribe si la había
en Europa. Así, al entrar el año de 1796 se seguía
luchando en el Caribe tanto como en el 1795.
En Haití se combatía contra los ingleses, que habían
tomado los puertos principales del Oeste, y Julien Fédon seguía
su guerra a muerte contra los ingleses en Granada.
En este último lugar los británicos quedaron reducidos,
como dijimos en el capítulo anterior, a moverse sólo dentro
de los pequeños límites de la villa de Saint George. El
sitio de Saint George se prolongó hasta el mes de marzo, cuando
los ingleses recibieron refuerzos suficientes para levantarlo, pero
no para avanzar hacia el interior de la isla. Para eso hacía
falta un contingente inglés más grande, y llegó
en el mes de abril, cuando, Inglaterra colocó en el Caribe una
fuerza realmente poderosa,' de mar y de tierra, bajo el mando del almirante
sir Henry Harvey y del general sir Ralph Abercromby. Esa fuerza iba
a actuar a fondo en las islas antillanas —con la excepción
de Haití—, y en el caso de Granada lo hizo sin que Fédon
pudiera ser derrotado. El jefe guerrillero se retiraba hacia los montes
con dominio de sus hombres e iba dejando en el camino prisioneros ingleses
degollados.
A fines de abril Abercromby se lanzaba sobre Santa Lucía y el
día 27 desembarcaba tropas en Anse le Choc y Anse le Raye, las
dos situadas en la costa del oeste. Al precio de bajas muy numerosas
—más de 500 entre muertos y heridos—, los ingleses
acabaron dominando los puntos claves de Santa Lucía en un mes
de lucha, pero un número importante de franceses —blancos,
mulatos y negros— se refugiaron en las montañas del interior
y allí siguieron combatiendo con fiereza.
En San Vicente el año de 1796 había comenzado mal para
los ingleses. El día de Reyes —6 de enero— los indios
caribes les habían infligido una derrota costosa y se hizo peligroso
salir fuera de la pequeña Kingstown. Pero en el mes de junio
llegaba a San Vicente Abercromby en persona con fuerzas imponentes;
en pocos días, mediante ataques furibundos, Abercromby consiguió
levantar el sitio de Kingstown, e inmediatamente se lanzó a perseguir
a los caribes con tanta dureza, que a mediados de julio se rindieron
algunos grupos de ellos. Esos indios rendidos fueron sacados de la isla
y llevados a las Granadinas; la mayor parte de sus compañeros,
sin embargo, seguía luchando entre los ricos de San Vicente,
el último baluarte de su raza en las Antillas.
Mientras tanto, el almirante Harvey había destacado la fragata
Alarm, de 36 cañones, en el extremo sudeste del Caribe con la
orden de que custodiara las aguas de la región e impidiera que
llegaran a manos de los franceses de Granada, Santa Lucía y Guadalupe
víveres, ganado o algún tipo de ayuda que el enemigo pudiera
adquirir en Venezuela o Trinidad. Las embarcaciones que llevaban esas
mercancías eran a menudo balandras de bandera española,
pero a veces había alguna de bandera francesa; además,
el incansable Víctor Hugues estaba dando en Guadalupe autorización
de corso para que se atacara a los ingleses en esas aguas. De todos
modos, con razón o sin ella, es el caso que la Alarm hacía
presas españolas y francesas y parece que en ocasiones destruyó
a cañonazos una que otra. En una ocasión una de las balandras
fue perseguida hasta el puerto de Chaguaramas, en la isla de Trinidad,
y los ingleses bajaron hombres a tierra para perseguir a los tripulantes.
Se trató de un incidente muy confuso, pero según reportó
a sus jefes el comandante de la Alarm, capitán Vaughn, después
de lo que sucedió en Chaguaramas su buque entró en Puerto
España y un grupo de sus hombres que bajó a tierra fue
insultado y amenazado por unos cuantos franceses de los que se habían
refugiado en Trinidad en los últimos años. Efectivamente,
en Trinidad había muchos franceses, y sólo en Puerto España,
a juzgar por el número que se incorporó a las dos compañías
formadas por ellos para hacer frente al ataque inglés de 1797,
debía haber más de 1.000 entre hombres, mujeres y niños.
Una parte de esos franceses estaba en la isla desde que habían
comenzado en las colonias de Francia las rebeliones contra los grandes
blancos, y esos, lógicamente, debían ser realistas; pero
otra parte había llegado después que los ingleses comenzaron
sus ataques a las islas francesas de Barlovento, y ésos, según
había informado a Madrid el gobernador don José María
Chacón, eran en su mayoría mulatos y negros. De todos
modos, es difícil afirmar que todos los que insultaron a los
marinos ingleses fueran franceses, pero es el caso que el capitán
Vaughn lo estimó así y bajó hombres armados para
atacarlos. El incidente llegó a ser tan grave, que el gobernador
Chacón tuvo que intervenir y reclamar respeto para la soberanía
española, lo que evitó un combate que parecía inminente.
No sabemos en qué fecha ocurrió el episodio, pero lo que
sabemos es que ya en el mes de abril de 1796 el Gobierno español
y el francés estaban firmando los preliminares de un tratado
de alianza, y uno de los argumentos que usaban los españoles
para justificar esa alianza con los que hasta el año anterior
habían sido sus enemigos, era el insulto británico hecho
a la bandera española en Trinidad. En realidad, lo del insulto
a la bandera y todos los demás pretextos del Gobierno español
para justificar su alianza con los franceses ocultaban la verdad de
un fenómeno político, el de la lucha de los círculos
burgueses de España contra el viejo orden social del país.
La burguesía española se inclinaba a Francia y quería
estar de su lado, pero el peso del viejo orden social español
le frenaba. La burguesía tenía el poder político,
pero era en realidad más débil que sus antagonistas; por
eso la burguesía vacilaba en las horas de crisis y por momentos
cobraba impulso y trataba de imponer sus inclinaciones usando pretextos
tales como el del honor del pabellón ultrajado en Trinidad. Puede
decirse que esa situación de avances y retrocesos del círculo
burgués que gobernaba a España se reflejó nítidamente
en el caso de las relaciones del país con la Revolución
francesa y más concretamente en las negociaciones para llegar
a la alianza de 1796. El tratado se firmó al fin en San Ildefonso
el 18 de agosto (1796) y en una de sus cláusulas se especificaba
que en el orden militar la alianza sólo tendría efecto
contra los ingleses.
Mientras españoles y franceses negociaban el acuerdo que los
uniría en la guerra contra los británicos, éstos
se apresuraban a terminar la conquista y la pacificación de Granada,
lo que pudieron conseguir sólo después de la desaparición
de Julíen Fédon, el guerrillero indomable, cuyo cuerpo
no se halló nunca. De los hombres que siguieron a Fédon
en la lucha, muchos murieron ahorcados a manos de los vencedores; las
tierras de todos los que combatieron del lado francés fueron
confiscadas y los esclavos enviados a Belice. Algo parecido se hizo
en Santa Lucía, pero los negros de Santa Lucía fueron
llevados mucho más lejos, a África, de donde habían
sido sacados sus padres y seguramente algunos de ellos mismos, y no
precisamente para que hicieran un viaje de placer por las deslumbrantes
islas del Caribe. En cuanto a los indios de San Vicente, los ingleses
habían resuelto impedir de una vez para siempre que volvieran
a sublevarse; así, en el año de 1797 —cuando se
cumplían 305 años del Descubrimiento— reunieron
a todos los que pudieron apresar —algo más de 5.000, ancianos
sacerdotes, jóvenes guerreros, muchachas adolescentes, niños
recién nacidos— y los llevaron a Roatán, donde murió
un alto número, y después a Belice; y allí desapareció,
internándose en los bosques, mezclándose con gentes de
otras razas, el último resto de ese pueblo arrogante y bravío
que dio su nombre al mar de Colón. Como era lógico que
sucediera, pues para eso iban los blancos de Europa a hacer la guerra
al Caribe, las tierras de los caribes de San Vicente fueron donadas
o vendidas a bajo precio a los que se habían distinguido en la
lucha para destruir el último bastión indígena
de las islas antillanas.
La alianza francoespañola se mantuvo en secreto algo más
de mes y medio, que era el tiempo indispensable para que España
alertara a las autoridades de sus posesiones americanas; pero el 6 de
octubre (1796) Carlos IV declaraba rotas las hostilidades con la Gran
Bretaña. Menos de cinco meses después España recibía
un golpe mortal en Trinidad, y en abril (1797) estaría siendo
atacada en San Juan de Puerto Rico.
El enérgico Víctor Hugues —un personaje que merece
un capítulo en la historia de la Revolución— alcanzó
a conocer los planes de Inglaterra para atacar Trinidad y se los comunicó
al gobernador Chacón al tiempo que le ofrecía ayuda en
dinero, víveres y 1.000 hombres; y el cónsul francés
en Puerto España, no sabemos si obedeciendo órdenes de
Hugues, le ofreció a Chacón 800 fusiles que había
a bordo de un barco francés que se hallaba en el puerto de la
capital trinitaria.
Pero Chacón no hizo uso de esas ofertas. Quizá el gobernador
de Trinidad se sentía fuerte debido a que en la bahía
de Chaguaramas, a corta distancia al oeste de Puerto España,
había un escuadrón de cuatro buques, parte de la flota
de Aristizábal que se hallaba en el Caribe, y ese escuadrón,
comandado por Ruiz de Apodaca, tenía unos setecientos soldados.
Además de esas fuerzas, Chacón disponía de unos
2.500 hombres entre milicias criollas y dos compañías
de franceses de los que vivían en Trinidad. Pero es el caso que
las fuerzas de Chacón no podían enfrentarlas de Abercromby,
que alcanzaron a 7.500 infantes, mientras la escuadra enemiga, bajo
el mando personal de sir Henry Harvey, estaba compuesta por 13 naves
de guerra y 30 buques auxiliares.
No se dispone de informes detallados sobre lo que pasó en la
bahía de Chaguaramas cuando cruzó frente a ella, o entró
en ella, la escuadra de Harvey, lo que sin duda debió suceder
el 161 de febrero (1797); no se sabe si hubo combate o si al darse cuenta
del poder inglés, Ruiz de Apodaca comprendió que no tenía
la menor posibilidad de presentarle al enemigo una batalla naval. Lo
que se sabe es que los barcos de Ruiz de Apodaca fueron quemados, por
acción de los cañones ingleses o por órdenes del
comandante español, y que a raíz de eso Ruiz de Apodaca
se dirigió a Puerto España con sus hombres para decidir
en tierra la suerte de Trinidad. Pero los marinos españoles no
llegaron a combatir porque cuando los ingleses entraron en las aguas
de Puerto España y comenzaron a desembarcar fuerzas —lo
que sucedió en las primeras horas del 17 de febrero—, el
gobernador Chacón pasó a los defensores la orden de retirarse
sin ofrecer resistencia, y él mismo abandonó su palacio
de gobierno y fue a refugiarse donde un amigo francés que tenía
una plantación de azúcar en un lugar vecino de Puerto
España.
Los ingleses entraron en la capital de la isla sin disparar un tiro,
como en un desfile militar. Al llegar al palacio del gobernador, no
hallaron allí ninguna autoridad; la única persona a quien
pudo dirigirse Abercromby fue al cura de la ciudad, que 'Y estaba en
el palacio. Mandado buscar por el general inglés, el gobernador
Chacón retornó a la ciudad en la noche y al día
siguiente firmaba la rendición de la isla, y con ella su entrega
a un vencedor que había logrado una victoria sin combatir. Desde
entonces —18 de febrero de 1797— Trinidad sería una
posesión I inglesa, la segunda en tamaño de sus islas
del Caribe. Con ella en su poder, Inglaterra se aseguraba el paso del
Caribe al Atlántico hacia Barbados y la Guayana, lo que era muy
importante desde el doble punto de vista militar y comercial.
Nunca antes, en toda la historia del Caribe, había sucedido nada
igual. España podía ser derrotada, pero se batía
siempre, y en Trinidad no disparó un fusil. Tal vez Harvey y
Abercromby pensaron que podía suceder algo parecido en Puerto
Rico, y comenzaron a preparar el ataque a esa isla, para el que estuvieron
listos al mediar el mes de abril. El día 17 los vigías
apostados en los puntos más avanzados hacia el este de la ciudad
de San Juan anunciaban que estaba a la vista una escuadra de 68 velas,
y las autoridades de Puerto Rico sabían a qué atenerse,
pues esperaban el ataque inglés desde hacía algunos días.
Y, efectivamente, se trataba de la escuadra de sir Henry Harvey, que
después de la toma de Trinidad había estado aprovisionándose
y reforzándose en Barbados. Los ingleses llevaban en esa ocasión
más de 8.000 soldados, bajo el mando de sir Ralph Abercromby.
San Juan era una ciudad con un buen cinturón defensivo construido
a base de fuertes que estaban dotados de suficiente cantidad de cañones
y de pólvora; además, en ese momento disponía de
unos cuatro mil hombres, la gran mayoría de ellos naturales de
la isla, blancos, mulatos y negros, si bien sólo tenían
experiencia de guerra algunos centenares, sobre todo españoles
y miembros de la colonia de refugiados franceses. Pero desde el punto
de vista de la capacidad para hacerles frente a los ingleses, lo más
importante era que el jefe español, el gobernador don Ramón
de Castro, tenía todas las condiciones que hacían falta
para el caso: era resuelto, excepcionalmente enérgico y se había
batido con los británicos en Pensacola.
Los ingleses comenzaron a desembarcar fuerzas en las primeras horas
del día 18, todavía oscuro, después de un intenso
cañoneo de preparación. El lugar escogido para desembarcar
fue al oeste de la punta del Condado, a fin de avanzar hacia el caño
de San Antonio y apoderarse del fuerte que defendía el puente
de ese nombre. En ese punto los ingleses fueron detenidos por unos pocos
centenares de los hombres del gobernador Castro, a pesar de que el ataque
fue hecho con una fuerza muy superior; sin embargo, una columna enemiga
que se había lanzado a la conquista del puente de Martín
Peña forzó la retirada de los defensores, lo que a su
vez dejó descubierta la retaguardia de los que se batían
en San Antonio; al mismo tiempo, al avanzar de Playa de Cangrejos hacia
el Sur y hacia el Oeste, los ingleses cortaban las comunicaciones de
San Juan con el este de la isla de Puerto Rico.
El día 19 la situación aparecía difícil
para los defensores de la plaza de San Juan, pero no era mejor para
los atacantes. Con los accesos de San Juan hacia el Este en su poder,
Abercromby no resolvía nada si Harvey no lograba penetrar en
la bahía o si no se lograba formar una tenaza sobre la ciudad,
desembarcando una columna hacia el oeste de la bahía. Todo el
día 20 los ingleses estuvieron reconociendo la costa del oeste
de la ciudad, probablemente buscando un lugar de desembarco, que no
hallaron, o estudiando cómo efectuar una entrada en la bahía,
maniobra que era impracticable dado el estado de defensa de la boca
y su difícil acceso, aun sin defensas, para pilotos que no la
conocieran.
El día 21 los ingleses fueron desalojados del puente de Martín
Peña, lo que dejó sus líneas de aprovisionamiento
en peligro; el 24 fueron atacados en su campamento de la playa de los
Cangrejos, pero el 25, después de haber establecido baterías
en las colinas del Condado, lograron asaltar la isleta de Miradores,
dentro de la bahía de San Juan. El día 28 la batalla fue
muy dura y sostenida de ambas partes a fuerza de artillería,
con los ingleses usando la suya desde Miraflores y los defensores respondiendo
desde la Puntilla. Mientras tanto, el gobernador Castro iba situando
sus fuerzas en posiciones adecuadas para lanzar una ofensiva general
por el Sur, el Este y el Noroeste. La ofensiva fue lanzada el día
29 a base de cuerpos volantes, de gran capacidad de movimientos, y se
sostuvo sin descanso hasta el día 30. Abercromby se vio cercado
y probablemente consideró que estaba siendo atacado por una fuerza
superior a la que en realidad le atacaba. Su única vía
de escape era hacia Cangrejos, donde fue reuniendo sus hombres bajo
el fuego. Esa misma noche del 30 de abril (1797) el general inglés
ordenaba el reembarque de sus tropas, que se hallaban a bordo de sus
unidades cuando rompió el 1 de mayo. El día 2, a mediodía,
la escuadra inglesa comenzaba a desfilar hacia el Este; al amanecer
del 3, ningún vigía de la isla alcanzaba a ver una sola
de sus velas.
Precisamente en ese mes de mayo de 1797 Toussaint Louverture era ascendido
a general en jefe de las fuerzas de Haití, de todas las fuerzas,
con lo que deseamos significar que también de las francesas que
había en la colonia. Un negro, nacido esclavo, mandaba sobre
militares blancos de Francia. Sin duda lo que había sucedido
en Haití era asombroso. Al hacerse cargo de su nueva posición,
Toussaint tenía a sus órdenes doce regimientos, diez de
ellos de infantería y dos de caballería, cuyos jefes eran
negros —siete—, mulatos —cuatro— y uno blanco.
Los ingleses se mantenían en las plazas que habían ocupado,
pero bajo la autoridad de un nuevo gobernador, el teniente general John
Graves Simcoe, que había sido nombrado en sustitución
del general Williamson, y Toussaint se ocupaba de ir destruyendo metódicamente,
una por una, las bandas de antiguos cimarrones que operaban cerca de
las posiciones inglesas, amparados por éstos; además,
estuvo limpiando también de antiguos cimarrones la región
de Mirebalais. Con un tacto político exquisito, "el primero
de los negros" procuraba no entrar en lucha abierta con los ingleses,
pero al mismo tiempo iba desalojando de los lugares que le separaban
de ellos a los grupos negros que pudieran servirles de escudo si se
hacía necesario combatir, y a la vez iba poniendo orden en su
retaguardia. Los ingleses, que tenían contadas más de
20.000 bajas desde que comenzaron a operar en Haití, parecían
no estar dispuestos a lanzarse a fondo a una guerra cuyos resultados
se veían dudosos.
No sabemos en qué momento comenzó Toussaint Louverture
a negociar la retirada de los ingleses, pero es el caso que el gobernador
Graves Simcoe fue llamado a Londres y dejó como jefe dé
las fuerzas británicas de Haití al brigadier general Thomas
Maitland. Maitland, que sólo podía disponer de unos 2.500
hombres sanos en caso de emergencia, empezó a tomar nota de que
Toussaint estaba situando muy cautamente un cordón de tropas
alrededor de Port-au-Prince. Cuando Maitland calculó que las
fuerzas de Toussaint podían ascender a unos 15.000 hombres, resolvió,
con muy buen tino, que había llegado la hora de acordar una convención
de evacuación honrosa para su bandera. En ese momento Graves
Simcoe estaba obteniendo en Londres que su Gobierno enviara refuerzos
a Haití. Toussaint, pues, había actuado oportunamente.
La convención para evacuar las plazas que estaban en manos inglesas
se firmó el día 2 de mayo de 1789 y Toussaint entró
en la capital" de la colonia el 15 de julio. Los ingleses alegaron
a última hora que la convención firmada el 2 de mayo no
incluía ni a las fuerzas que se hallaban en la Mole de Saint-Nicolás
ni a las que estaban en Jérémie, lo que produjo una situación
difícil entre Toussaint y el comisionado de Francia, el general
Hédouville. La posición de Toussaint se hizo muy embarazosa
ante Hédouville cuando los ingleses trataron de hacerse fuertes
en Jérémie, cosa que no pudieron debido a que André
Rigaud, desde el sur, y el propio Toussaint desde Port-au-Prince, movilizaron
rápidamente fuerzas que convirtieron el plan inglés en
irrealizable. Al fin los británicos evacuaron Saint-Nicolás
el 13 de agosto, y Jérémie el 2 de octubre.
Así, al terminar el año de 1798, arruinada y convulsa
todavía, pero con una tremenda capacidad para seguir luchando,
la colonia francesa de Saint-Domingue estaba libre de soldados extranjeros
y libre también de la esclavitud negra. Muchos de los emigrados
que habían huido a Cuba, a Santo Domingo, a Puerto Rico y otras
islas del Caribe, y sobre todo a los Estados Unidos, estaban retornando,
quizá con la ilusión de que iban a hallar sus propiedades
tal como las habían dejado o, por lo menos, que iban a reemprender
la vida que habían hecho en los días anteriores a 1791.
Pero el país no era ya el mismo ni volvería a serlo. Las
tierras por donde pasa una revolución verdadera —y la de
Haití había sido la revolución más profunda
de América, puesto que la de los Estados Unidos no llegó
a sus niveles sociales y raciales— son como aquellas donde se
levanta inesperadamente un volcán: el paisaje no vuelve a ser
lo que había sido. Entre la evacuación de Saint-Nicolás
y la de Jérémie, el día 3 de septiembre (1798),
para ser más precisos, una fuerza naval española comandada
por el general Arturo O'Neil, gobernador de Yucatán, trató
de forzar la entrada en el río Belice para desalojar a los ingleses
que habían vuelto a establecerse allí, en violación
de los acuerdos de la paz de Versalles. En ese momento había
en Belice un navío inglés, que se había convertido
en la base de una flotilla ligera organizada con embarcaciones de los
cortadores de madera, pequeñas, pero rápidas y maniobrables.
El escuadrón español, con sus naves pesadas, no pudo entrar
en el río, y el día 6 se movió sobre Cayo Cocina
con el propósito de desembarcar allí hombres, cosa que
no pudo hacer porque se lo impidió la flotilla enemiga. El día
10, O'Neil ordenó echar hombres en Cayo Cocina a cualquier precio,
pero resultaba que los estrechos canales que rodeaban Cayo Cocina, bordeados
de arrecifes y de cayos minúsculos, no permitían que pudieran
maniobrar los numerosos barcos que formaban su escuadra, y en cambio
las embarcaciones pequeñas de los ingleses podían moverse
con toda libertad y en situación de ventaja; tan ventajosa, que
en la batalla de Cayo Cocina los ingleses no tuvieron una sola baja
y, sin embargo, la ganaron sin la menor duda. Desde ese día —10
de septiembre de 1798— Belice pasó a ser definitivamente
una posesión inglesa.
Para España la Revolución francesa estaba significando
un descalabro en el Caribe. Cuando combatía a Francia había
perdido la primera de sus posesiones del Nuevo Mundo, es decir, Santo
Domingo o la tierra por donde había comenzado en 1493 la conquista
de América; cuando pasó a ser aliada de Francia perdió
la isla de Trinidad y el territorio de Belice. Mirando hacia atrás
podía advertirse que cada paso produjo el siguiente; que el vacío
de poder dejado por España en varios puntos del Caribe le dio
a Inglaterra Barbados, las islas Vírgenes, las de Barlovento,
Jamaica, y que desde esos puntos Inglaterra iba expandiéndose
por la zona a expensas de España; que las mismas razones le proporcionaron
a Francia también tierras del Caribe, y que al entrar en guerra
en Europa, Inglaterra, Francia, España, una contra dos, dos contra
una —como quiera que fuera la guerra—, la víctima
en el Caribe era España, la que abrió las puertas de esa
parte del mundo para Europa.
Trinidad y Belice quedaron en manos inglesas y, sin embargo, Santo Domingo,
cedida a Francia, no había sido ocupada por ésta. Aunque
España e Inglaterra se combatían en Europa y en el Caribe
desde octubre de 1796, el statu quo
de Santo Domingo se mantenía: francesa de
jure, española de Jacto.
Tanto en la parte francesa de la isla como en la que a pesar de todo seguía
siendo gobernada por España, había comisionados franceses
cuyas funciones eran las de resolver lo mejor posible los conflictos de
autoridad que pudieran presentarse en los dos territorios y mantener a
todo trance el statu quo. Pero
esa situación iba a tener fin justamente al comenzar el siglo XIX,
esto es, en los primeros días de enero de 1801.
Toussaint Louverture había pasado los últimos meses del
1798 haciéndole frente a la rebelión de uno de sus lugartenientes
y negociando el establecimiento de relaciones comerciales y consulares
con los Estados Unidos y con Inglaterra. Logró esto último
en el mes de enero de 1799, aunque de manera parcial, puesto que el
monarca inglés autorizó el comercio entre Haití
y Jamaica, lo que era una medida sorprendente, dado que Inglaterra y
Francia seguían en guerra y tanto Haití como Jamaica eran
colonias de los dos países. En cierto sentido, pues, Londres
reconocía a Toussaint como jefe de un Estado y eso era una novedad
en las relaciones internacionales. Desde febrero de ese año de
1799 hasta mediados de junio, Toussaint estuvo dedicado a negociar un
acuerdo con André Rigaud, que se mantenía en el departamento
del Sur como jefe autónomo, y a partir de media dos de junio,
al romper las hostilidades entre él y Rigaud, se mantuvo ocupado
en esa guerra, que iba a terminar el 1 de agosto del último año
de ese agitado y fecundo siglo XVIII, esto es, el 1800.
Toussaint había establecido en Haití un régimen
duro para los antiguos esclavos; mejor dicho, excesivamente duro. Bajo
su mando los negros de Saint-Domingue eran libres porque nadie podía
comprarlos ni venderlos, pero no eran dueños de lo que producían
y ni siquiera de su tiempo. La obsesión de Toussaint era levantar
la economía de la colonia a los niveles anteriores a 1791, y
como no tenía —ni podía tener— ideas del siglo
XX, no sabía cómo resolver el problema de producir igual
o más que en 1791 sin disponer de capitales, de técnica
de producción, administración y distribución. A
Haití no le quedaba de lo que había tenido sino dos cosas:
los hombres y la tierra. Si se les daba la tierra a los hombres, a cada
familia un pedazo, producirían sólo para vivir y probablemente
para vivir mal. Eso lo sabía Toussaint, que había sido
supervisor de cultivos en la "habitación" Breda. Había
que producir para comer y para exportar; ésa era su idea. Y trató
de sacarla adelante adscribiendo a los hombres a las antiguas propiedades
y sometiéndolos a una disciplina de trabajo cada vez más
dura que la que habían tenido antes de que Sonthonax proclamara
su libertad en agosto de 1793. Los antiguos esclavos eran libres porque
ya nadie podía comprarlos, venderlos, apalearlos o encerrarlos
en calabozos privados, pero su régimen de trabajo se parecía
mucho al de antes y su producción no era de ellos. El sistema
estaba dando resultados económicos, puesto que efectivamente
la colonia prosperó en relación con el bajo nivel a que
había llegado en 1793 ó 1794.
La guerra del Sur no afectó la situación económica
de Saint-Domingue, de manera que, una vez terminada, Louverture pudo
dedicarle tiempo al problema que iba a ser el más importante
de su vida. Se trataba de la ocupación de la antigua parte española
de la isla, cosa que haría sin dar cuenta de sus propósitos
a Bona-parte, que era en ese momento —y no debemos olvidarlo—
el gobernante de Francia y el hombre más poderoso de Europa.
En verdad, nunca se sabrán las razones verdaderas por las cuales
Toussaint se jugó su destino —y jugó el de su pueblo—
al extender su autoridad a la parte de la isla que había sido
española. Por lo menos, no se sabe que él se las confiara
a nadie ni en el secreto más riguroso. Puede presumirse que Toussaint
era consciente de que Haití estaba expuesta a un ataque —como
la atacaron Inglaterra y España— si mantenía al
lado, en una situación indefinida, un territorio como el de Santo
Domingo, donde cualquier ejercito podía establecer una base de
operaciones para actuar en Haití. ¿O era, como se ha dicho,
haciendo deducciones, que "el primero de los negros" planeaba
establecer más tarde una república independiente en Haití
y quería estar seguro de que cuando eso sucediera los franceses
no podrían atacarlo a través de la antigua parte española?.
Nadie lo sabe. Pero es el caso que Toussaint se dispuso a hacerlo y
buscó pretextos para actuar. Alegó que los amos de esclavos
de la parte del Este estaban sacándolos del país y vendiéndolos
en otros territorios del Caribe con el consentimiento del general Kerversau,
que representaba en el Este al agente de Francia en Haití, y
como este agente —Roume, que había sido enviado de nuevo
a Saint-Domingue— no aceptara los alegatos, Toussaint lo hizo
salir para Francia, lo que indica que estaba decidido a todo con tal
de sacar adelante su propósito.
Así, al comenzar el mes de enero de 1801 —el día
4—, tras declarar que la isla era "una e indivisible",
Louverture entró en Santo Domingo con dos columnas, una que envió
por la región del Norte y otra por la región Sur. La última
iba al mando de su sobrino Paul Louverture y con ella iba el propio
Toussaint. La columna del Norte halló resistencia en dos puntos;
la del Sur la halló en uno, al cruzar el río Nizao. Tanto
las fuerzas del Norte como las del Sur derrotaron fácilmente
a los que pretendían impedirles el paso y alcanzaron su destino;
el de la primera era Santiago de los Caballeros, la villa más
importante del Norte, y el de la segunda era Santo Domingo, la ciudad
más antigua del hemisferio occidental, en la que Toussaint entró
el día 26 de enero.
Si los amos de esclavos de esa parte que Toussaint había invadido
podían venderlos era porque allí había esclavitud.
Y la había. Dadas las circunstancias especiales en que se hallaba
esa porción de la isla, en ella regían todavía
las leyes españolas, y en los territorios españoles se
conservaba el régimen de la esclavitud. Pero, además,
se conservaba porque eso entraba en ciertos planes de Bonaparte a los
que éste les daba una importancia singular y —como veremos
pronto—, desde su punto de vista, tenían realmente importancia
singular.
Toussaint, que no conocía ni podía conocer lo que estaba
pensando Bonaparte, proclamó desde la ciudad de Santo Domingo
la libertad de los esclavos, cosa que hizo el 7 de febrero; después
tomó otras medidas administrativas y políticas, y en el
mes de marzo retornó a Port-au-Prince, donde se dedicó
a elaborar una Constitución en la cual quedaba designado gobernador
vitalicio de toda la isla, con derecho a elegir sucesor.
En ese mismo mes de marzo, en el que Toussaint Louverture volvía
a Port-au-Prince después de haber extendido su autoridad en nombre
de Francia a la antigua parte española, los ingleses se lanzaron
a conquistar la isla sueca de San Bartolomé. Eso sucedió
el día 20; el 24, tras un ataque de alguna duración, tomaron
la pequeña isla francoholandesa de San Martín; el 28 conquistaban
Saint Thomas y Saint John, y cuatro días después, el 1
de abril, caía en sus manos Santa Cruz. Como se ve, el Caribe
seguía siendo frontera imperial y, sin embargo, Toussaint actuaba
como si fuera el gobernante de un país libre al que no podían
afectarle las medidas que tomaran los imperios de Europa. Incidentalmente
debemos decir que, en sus ataques de marzo de 1801 a las pequeñas
islas del grupo de las Vírgenes, los ingleses usaron tropas negras,
uno de sus "West India Regiment", y que un año después
esas tropas se les rebelarían en Dominica.
La noticia de lo que había hecho Toussaint al tomar posesión
de la parte este de la isla de Santo Domingo debió llegar a Francia
a mediados de febrero. En ese momento, Bonaparte se hallaba dando los
toques finales a una operación política de altos vuelos
y a otra operación económico-política a la que
él atribuía un valor excepcional. Y sucedía que
la actuación de Toussaint ponía en peligro todo lo que
él estaba llevando a cabo.
En el curso de la guerra, Francia había demostrado que ella era
un poder incontrastable en la Europa continental, pero los ingleses
habían demostrado que Gran Bretaña era la dueña
de los mares y que con su dominio naval podía cortar en cualquier
momento el comercio de Francia con sus colonias. Napoleón se
daba cuenta de que para seguir siendo un país de primer rango
en Europa, Francia necesitaba el suministro de los productos de sus
colonias —así como venderles a esas colonias—, de
manera que tenía que hacer algo para que Inglaterra devolviera
a Francia las colonias del Caribe, que habían caído, casi
en su totalidad, en manos inglesas. Era, pues, indispensable llegar
a una paz con Inglaterra, pero eso requería que se hiciera antes
la paz en la Europa continental, y Napoleón se hallaba dando
los detalles finales al acuerdo de paz con el imperio austríaco
cuando Toussaint tomó la antigua parte española de la
isla de Santo Domingo. Ese tratado era la base para negociar la paz
con los ingleses.
Ahora bien, uno de los puntos que Napoleón iba a usar en sus
negociaciones con Gran Bretaña era, precisamente, el de la esclavitud.
A su juicio, Francia e Inglaterra debían ponerse de acuerdo para
evitar que siguiera propagándose en América la rebelión
de los esclavos. Aunque Francia se hallaba en una situación difícil,
puesto que en Haití se había proclamado la abolición
de la esclavitud, Bonaparte podía llegar a ofrecer la restitución
del sistema esclavista en los territorios franceses del Caribe, si era
necesario. Y sucedía que a él le convenía que fuera
necesario, porque la paz con Inglaterra se entrelazaba con un plan concreto
que venía acariciando desde el año anterior: el de crear
una vasta y rica colonia francesa en tierra continental de América
del Norte, en la Luisiana.
A la vez que negociaba con Austria el tratado de paz que iba a firmarse
en Lunéville en 1801 —precisamente en los días en
que supo que Toussaint había ocupado la antigua parte española
de Santo Domingo—, Napoleón estaba negociando con España
la devolución de la Luisiana a Francia. Así, en octubre
de 1800, los diplomáticos franceses ofrecían al Gobierno
de España que Napoleón crearía un ducado de 200.000
habitantes para el duque de Parma a cambio de la Luisiana, y esa oferta
había sido aceptada; poco después Bonaparte se comprometió
a no entregar ni vender la Luisiana a ningún país que
no fuera España, y después de haber firmado el tratado
de Lunéville obtenía que España confirmara la cesión
definitiva de Luisiana. Esto último sucedió el 21 de marzo.
Aunque ya se ha dicho, debemos repetir que en los territorios de España
en América persistía la esclavitud, y por tanto persistía
en la Luisiana; y la permanencia de la esclavitud era para Napoleón
algo de extremada importancia, no sólo porque el tema entraba
en sus planes para negociar con Inglaterra, sino porque él sabía
que era imposible levantar una gran colonia sin esclavos.
Así, lo que Toussaint había hecho en Santo Domingo venía
a destruir todo lo que Napoleón había proyectado sobre
la base de mantener la esclavitud en unos lugares y ofrecer, por lo
menos, su restitución en otros. En el orden político —la
paz con los ingleses— y en el orden económico —la
gran colonia de la Luisiana—, Toussaint había golpeado
duramente a Bonaparte. ¿Cómo podría él desautorizarse
a sí mismo diciéndoles a Inglaterra y a los capitalistas
franceses, llamados a hacer inversiones en la Lousiana, que Toussaint
Louverture, ese negro de Saint Domingue, había actuado sin su
autorización y sin consultarle siquiera lo que pensaba hacer?
Toussaint, pues, había herido a Napoleón en su parte más
sensible, y la cólera de Bonaparte era como la de un dios que
tenía en las manos el poder de lanzar rayos.
Esa cólera es lo que explica la palabra "bandidos" —brigands—
usada por Napoleón contra Toussaint y sus principales jefes militares
cuando se refirió a ellos en una carta al general Leclerc, pero
es en sus planes sobre la Luisiana y en sus compromisos con Inglaterra
donde hay que buscar la explicación para su orden de que se dejara
"nula y sin efecto" la ocupación de la parte española
realizada por Toussaint y la de que los esclavos de esa parte, declarados
libres por Toussaint, fueran devueltos a su estado anterior, es decir,
al de la esclavitud. Ese proceso seguiría su curso en escalada,
la palabra puesta de moda por la guerra de Vietnam, hasta llegar a la
ley del 30 de floreal del año X —20 de mayo de 1802—,
con la cual se restableció la esclavitud en los territorios franceses
del Caribe, aunque por razones políticas se dieron órdenes
de que no fuera aplicada en Haití.
Después de haber obtenido la confirmación de la cesión
de la Luisiana, Napoleón comenzó a negociar la paz con
Inglaterra. Podemos presumir que necesitaba más que nunca esa
paz a fin de tener las manos libres para aplastar a Louverture, puesto
que esto no podía hacerse sin enviar a Haití una gran
fuerza dado que Toussaint era un jefe militar capaz y obedecido por
sus hombres; y el envío de una gran fuerza a Haití suponía
correr el peligro de un ataque a la flota que llevara esa fuerza. Había
una sola manera de evitar ese peligro: llegar a un acuerdo con los ingleses.
Napoleón comenzó a tratar con ellos tan rápidamente
que los artículos preliminares de la paz se firmaron en Londres
el 3 de octubre (1801).
Ahora bien, mientras discutía los términos de paz, el
primer cónsul estaba trabajando febrilmente en su plan de acabar
con Toussaint, y acumulaba barcos, hombres, armas, impedimenta; reunía
con su habitual energía los medios necesarios para aniquilar
a aquel caudillo negro del Caribe que había osado poner en peligro
sus planes políticos y económicos; y los preparativos
debieron parecerle escandalosamente lentos cuando le llegó la
noticia de que en el mismo mes en que sus representantes firmaban en
Londres los artículos preliminares de la paz, los esclavos de
Guadalupe se habían levantado y estaban destruyendo propiedades
y matando amos blancos, tal como había sucedido en Saint-Domingue
en 1791; en el desconcierto provocado por la rebelión el gobernador
había sido depuesto y había salvado la vida porque huyó
a tiempo y fue a pedir refugio a los ingleses de Dominica, lo que agregaba
a la situación un detalle que ponía a Bonaparte y a Francia
en ridículo.
En los planes de Bonaparte para actuar contra Toussaint debía
entrar España, y aunque el Gobierno español rehusaba verse
envuelto en los acontecimientos, Napoleón insistía como
si se tratara de algo absolutamente necesario para asegurar el éxito
de sus armas. Al final España tuvo que complacerle y enviar junto
con la francesa una escuadra mediana, compuesta de cinco navíos,
una fragata y un bergantín, al mando del almirante Gravina, cuyo
papel sería observar los acontecimientos sin tomar parte en ellos.
Otro tanto hicieron los Países Bajos, a los que Napoleón
presionó con ahínco.
Un síntoma elocuente de la vinculación afectiva, no meramente
política, del futuro emperador de los franceses con el plan de
actuar en Saint-Domingue está en la selección del jefe
de la operación. Este fue el general Víctor Emmanuel Leclerc,
que era su cuñado, el marido de Paulina Bonaparte. Sin duda el
general Leclerc era un militar brillante, que podía hacer un
papel también brillante en Saint-Domingue; pero en el ejército
francés los había tan buenos como él, y tal vez
mejores. Napoleón lo escogió porque era un familiar. Es
probable que en esto Napoleón actuara irracionalmente, guiado
por emociones que no podía dominar. Bonaparte era la encarnación
y además el líder indiscutido de la burguesía europea,
y como encarnación y líder de su clase estaba reaccionando
ante Toussaint, el antiguo esclavo que tomaba decisiones políticas
llamadas a afectar económica y políticamente la posición
de la burguesía francesa, como si le hubiera insultado personalmente;
y dado que él no podía ir personalmente al Caribe a imponer
su voluntad, enviaba a un familiar cercano. Sólo eso puede explicarla
selección de Leclerc para mandar la gigantesca operación
de Haití.
Leclerc fue nombrado capitán general de la colonia de Saint-Domingue
al comenzar el mes de noviembre. La flota y los soldados estaban siendo
reunidos en Brest, casi a la vista de la costa inglesa. La Ilota estaba
compuesta por 35 navíos de línea, 15 corbetas, 26 fragatas
y numerosas embarcaciones auxiliares y de transporte.
La fuerza de tierra era de 22.000 hombres, y con ellos iban los oficiales
veteranos de las campañas de Saint-Domingue. Ahí estaban
Donatien Joseph Marie Rochambeau, que había sido gobernador interino
de la colonia en los días de Sonthonax y Polverel; Kerverseau,
el antiguo representante de Francia en la parte española de la
isla —que había sido derrotado por las fuerzas de Toussaint
en el combate de Ñagá, a orillas del río Nizao,
cuando “el primero de los negros" se acercaba a la ciudad
de Santo Domingo—; los generales André Rigaud y Alexander
Pétion, los caudillos del sur de Haití, que tenían
muchos partidarios entre los mulatos y hasta entre los negros de la
colonia.
La enorme flota salió de Brest a mediados de diciembre —el
día 14— e iría a surgir en Samaná, una bahía
situada al este de la antigua parte española, adonde llegaría
entre los últimos días de enero y los primeros de febrero
de 1802.
El plan de campaña era simple y, curiosamente, opuesto a las
ideas estratégicas napoleónicas, que se distinguían
por la inclinación a usar la mayor concentración de fuerza
sobre un punto hasta romper la resistencia enemiga. En el caso de Haití
el plan era que a la llegada a Samaná la flota se dividiría
en escuadras y escuadrones y cada uno de ellos iría a tomar un
puerto determinado, de manera que a un mismo tiempo los expedicionarios
entrarían en todos los puertos de la isla que tenían valor
militar. Aunque se esperaba que Toussaint no opondría resistencia,
por lo menos en los primeros momentos, las órdenes eran tomar
los puertos a sangre y fuego si no capitulaban a la vista de los buques.
Una vez ocupados los puertos principales se despacharían columnas
a los lugares del interior que tuvieran importancia desde el punto de
vista militar. Cada comandante de escuadrón y cada jefe de columna
había sido seleccionado previamente y cada uno llevaba instrucciones
detalladas sobre lo que debía hacer. El general Leclerc se establecería
en Cap-Francais y retendría consigo la mayor parte de las fuerzas
—casi la mitad—, puesto que donde él estuviera estaría
el cuartel general expedicionario. Al llegar a Haití, el nuevo
capitán general de la colonia lanzaría una proclama asegurándoles
a los antiguos esclavos que Francia garantizaba su libertad y entregaría
a Toussaint una carta personal de Napoleón en la que se le pedía
que colaborara con las fuerzas francesas a cambio de lo cual se le ofrecían
honores y bienes.
En realidad, con todo su genio político, que era descomunal,
Bonaparte no comprendía lo que estaba sucediendo en el Caribe.
Para él aquellos negros de Haití y de Guadalupe eran seres
primitivos y desordenados a quienes había que someter al orden
sin demora y sin contemplaciones. El propio Napoleón había
llegado a la posición que ocupaba a causa de que en Francia se
había producido una revolución social, y sin embargo no
alcanzaba a darse cuenta de que lo que estaba sucediendo en el Caribe
era el resultado de esa misma revolución, con la diferencia de
que en Haití y en Guadalupe la revolución era más
profunda porque en esas islas los conflictos sociales habían
sido también más profundos. Las luchas de Napoleón
en Europa eran relativamente simples comparadas con las de Haití.
Las de Europa se libraban en dos niveles nada más: el de la burguesía
contra los restos políticos del capitalismo primitivo aliados
a los restos económico-políticos del feudalismo, y el
de las burguesías nacionales que combatían entre sí.
Por esa razón en Europa había nada más, ajuicio
de Napoleón, o gente rebelde al orden político, que provocaba
guerras civiles, o naciones enemigas, que provocaban guerras, y en los
dos casos había que usar contra ellos la fuerza. Pero en el Caribe
—cosa de la que él no se daba cuenta, se luchaba en varios
niveles: el social —esclavos contra amos—; el racial —negros
contra mulatos y blancos—; el internacional —guerra contra
los enemigos de Francia—. La decisión de aplastar a Toussaint
y de restablecer la esclavitud en las colonias iba a agregar a la lucha
haitiana otro nivel, el de guerra por la independencia, algo que Napoleón
no podía prever, y sería entonces cuando estallaría
de verdad el volcán de Haití, que hasta ese momento, aunque
Napoleón no lo sospechara, sólo había estado echando
humo y alguna que otra cantidad de lava... Debido a que no comprendía
lo que estaba sucediendo en el Caribe, Napoleón iba a usar en
Haití la violencia a toda su capacidad, y sucedería que
como en los días de Sonthonax, la escalada de la violencia sería
respondida con la escalada de la libertad.
Además de provocar en Haití la escalada de la libertad,
Napoleón estaba hiriendo intereses que él no tenía
en cuenta, como, por ejemplo, los de los Estados Unidos, Jefferson le
había prometido al primer cónsul ayudarle a deshacerse
de Toussaint, puesto que el ejemplo de Haití era peligroso para
el sistema esclavista norteamericano, y comenzó a cumplir su
promesa retirando el agente de su país en Port-au-Prince. Pero
Napoleón había mantenido en secreto sus negociaciones
con España sobre la Luisiana, y cuando Jefferson se enteró
de que España había cedido a Francia la Luisiana comprendió
que Haití iba a ser, necesariamente, la base desde la cual Napoleón
llevaría a cabo la expansión del poder francés
en la Luisiana, y una expansión del poder económico conllevaba
la del poder militar. Al darse cuenta de eso, Jefferson dijo que su
país no podía permitir que Nueva Orleáns estuviera
en poder de Francia, y decidió ayudar a Toussaint en su lucha
contra Napoleón autorizando la venta de armas, municiones y mercancías
de guerra a los haitianos.
Cuando recibió los informes sobre el número de barcos
y de hombres que tenía la flota francesa reunida en Samaná,
Toussaint se hizo cargo de la situación y se preparó a
combatir. Su comentario fueron estas palabras, simples y, sin "embargo,
patéticas: "Francia entera ha venido contra nosotros, a
vengarse y a esclavizar a los negros. Habrá que morir.
Sí, él moriría en la lucha, pero no Haití;
sólo que él moriría sin la satisfacción
de ver a su pueblo combatiendo por la libertad' y conquistándola.
Pues sucedía que el régimen que Toussaint había
organizado en Saint-Domingue no era lo suficientemente sólido
para soportar sin derrumbarse el embate del poderío francés,
y esa falta de solidez le costaría a Toussaint el poder y la
vida.
El régimen de Toussaint era intrínsecamente débil
porque pretendía mantener unidas, en una época de revolución,
a las fuerzas sociales más opuestas; y así, quería
satisfacer al mismo tiempo a los emigrados blancos y mulatos que habían
retornado devolviéndoles sus propiedades pero no sus esclavos,
y quería mantener la libertad de los negros y, sin embargo, los
obligaba a vivir adscritos a las tierras de sus antiguos amos con una
disciplina de trabajo tan dura, o más dura, que la que habían
conocido en los días de la esclavitud. En el orden político,
Toussaint quería ser libre en la isla de Santo Domingo —en
toda la isla, no sólo en la parte francesa— y al mismo
tiempo conservar el país como dependencia de Francia, lo que
quiere decir que pretendía satisfacer a la vez a los que podían
ser partidarios de la independencia total y a los que eran partidarios
de que Haití fuera una colonia sumisa. Sólo debido a que
su autoridad era muy grande podía Toussaint mantener esa situación
de equilibrio, pero su autoridad iba a quedar disminuida, primero, y
aniquilada, después, al llegar Leclerc, y al faltarle la autoridad
le sería imposible mantener la unidad de los habitantes de Haití;
cada clase social, y cada grupo de cada clase, actuaría de manera
autónoma. En pocas palabras, el rosario que se mantenía
unido por el hilo de la autoridad de Toussaint quedaría desgranado,
y en ese momento Toussaint estaría perdido, pues sin un pueblo
unido tras él no podría hacerle frente a Leclerc. La sociedad
organizada por Toussaint iba, pues, a hacer crisis.
Y, efectivamente, hizo crisis. A la sola noticia de que Rigaud, Pétion,
Chanlatte y otros generales mulatos llegaban con Leclerc, todo el Sur
se levantó en favor de ellos. En cuanto a los jefes militares
blancos que estaban a las órdenes de Toussaint en varios i; puntos
del país, la mayoría se pasó inmediatamente al
lado francés, con gran júbilo de los antiguos emigrados.
En la ciudad de Santo Domingo, cuya conquista le fue encomendada a Kerverseau,
Paul Louverture, el sobrino de Toussaint, jefe de la plaza, se rindió
tras un combate en el que no hubo resistencia apreciable; Como era lógico,
en algunos sitios los oficiales de Toussaint combatieron obstinadamente.
Algunos fueron derrotados, como Magny y Lamartiniere en Leogane; otros
resistieron más tiempo, como Maurepas en Port-de-Paix; otros
actuaron con una decisión heroica, como Christophe, encargado
de las defensas de Cap-Francais, que al recibir la intimación
francesa para que rindiera la plaza contestó con estas palabras:
"No entregaré esta ciudad, sino que la quemaré y
aun entre sus ruinas combatiré contra ustedes." Y, efectivamente,
le dio fuego a Cap-Francais.
Port-au-Prince cayó rápidamente en manos francesas, y
Dessalines, que cumpliendo órdenes de Toussaint había
incendiado Leogane, trató de hacer lo mismo con la capital, pero
no pudo hacerlo debido a que su retaguardia fue atacada y derrotada
por una columna de los hombres de Rigaud. En suma, Toussaint estaba
perdiendo la guerra velozmente porque sus fuerzas o se pasaban al enemigo
o se desbandaban o no podían hacer frente a las de Leclerc, y
eso indica que el fondo social en que se apoyaba Toussaint no era firme,
sino débil; no estaba unido tras él sino dividido. ¿Por
qué estaba dividido? Porque su régimen no podía
satisfacer todas las demandas de las fuerzas opuestas que convivían
en la sociedad haitiana. Ciento sesenta y cinco años después
de esa experiencia, el régimen de Ho-Chi-Minh, en Vietnam del
Norte, pudo resistir durante años los ataques más poderosos
y más brutales de la historia militar del mundo, sin que sucediera
lo que pasó en Haití, gracias a que el pueblo vietnamita
se mantuvo unido tras él. ¿Por qué? Porque su sistema
de gobierno satisfacía las necesidades de toda la población,
no meramente las necesidades económicas, sino también
las políticas, las sociales, las intelectuales, las morales.
Seguramente Toussaint fue un líder tan grande como Ho-Chi-Minh;
los que no eran iguales eran sus tipos de gobierno. Esta diferencia,
sin embargo, puede explicarse porque Toussaint vivió y actuó
en el siglo XVIII —iba a morir al comenzar el XIX—, época
en la que no era posible tener, y muchos menos aplicar, las ideas del
siglo XX.
A pesar de que estaba perdiendo la guerra desde el primer momento, Toussaint
no se rindió. Con Saint-Marc en manos de Dessalines y Gonaives
en las de Vernet, dos hombres leales, "el primero de los negros”
comenzó una guerra de guerrillas en la región sur del
departamento del norte, esa región que él conocía
tan bien como la palma de su mano, en la cual había sido el jefe
indiscutido cuando decidió abandonar el servicio de España
y entrar al de Francia, exactamente ocho años antes. En la guerra
de guerrillas, para la que no estaban preparados, los franceses perdían
hombres en cantidades alarmantes. Sin embargo, Vernet tuvo que abandonar
Gonaives, y Toussaint se vio forzado a replegarse sobre la ribera derecha
del Artibonite mientras dejaba a Christophe operando en el Norte.
Como había sucedido en la guerra anterior, la de 1802 en Haití
y Guadalupe mantenía inquietos a los negros de las Antillas y
de pronto repercutió donde menos podía esperarse, en el
"West India Regiment" que los ingleses habían usado
el año anterior en su ataque a las islas Vírgenes. Ese
regimiento estaba en abril de 1802 de guarnición en Dominica,
e inesperadamente, el día 9, estalló en sus filas una
rebelión tan enérgica, que los ingleses no pudieron dominarla
con fuerzas de tierra y tuvieron que cañonearlas posiciones de
los soldados negros con artillería naval. La rebelión
fue aplastada sin misericordia, al precio de más de cien soldados
muertos.
Impaciente como siempre, Napoleón había escrito a Leclerc
el 16 de marzo la carta en que llamaba bandidos a Toussaint, Christophe,
Dessalines, y en que le ordenaba enviarlos al continente tan pronto
les echara mano. El 27 de abril le escribía a Cambaceres, su
compañero de consulado, diciéndole que había que
restaurar en las colonias el Código Negro.
Toussaint tuvo que capitular ante Leclerc precisamente en esos días.
La capitulación fue firmada el 6 de mayo (1802) y Toussaint se
retiró a su propiedad de Ennery, cerca de Gonaives. En ese momento
operaban por todo Haití bandas que se dedicaban a matar, quemar,
destruir cuanto hallaban a su paso. Napoleón había desatado
de nuevo los demonios de la guerra social que Toussaint había
logrado adormecer, pero debía sentirse satisfecho porque aquellos
a quienes llamaba "bandidos" estaban rindiéndose a
sus tropas, y Toussaint —sobre todo, Toussaint— sería
hecho preso el 7 de junio y despachado hacia Francia, cargado de cadenas,
el día 15.
Mientras tanto, en Guadalupe la situación era parecida a la de
Haití, si bien no tan grave. Napoleón había enviado
desde Francia al general Richepanse, que iba dominando la situación,
tal como iba dominándola Leclerc en Haití. Por una curiosa
coincidencia, Richepanse moriría en Guadalupe antes de ver el
fin de la rebelión, como iba a morir Leclerc en Cap-Francais
cuando se iniciaba la etapa definitiva de las luchas de Haití.
Richepanse murió el 3 de septiembre (1802) y Leclerc el 2 de
noviembre. A Richepanse le tocó reponer la esclavitud en Guadalupe,
dando así cumplimiento a la ley de 20 de mayo de 1802.
El artículo I de esa ley —puesta en vigor cuando todavía
no se conocía en París la capitulación de Toussaint—
indica que Napoleón estaba cumpliendo lo que había ofrecido
a Inglaterra para llegar a la paz de Amiens. Decía ese artículo
que en las colonias restituidas a Francia en ejecución del tratado
de Amiens... se mantendrá la esclavitud de conformidad con las
leyes y reglamentos anteriores a 1789". El artículo III
era más revelador todavía: "La trata de negros y
su importación en dichas colonias tendrá lugar de acuerdo
con las leyes y reglamentos en vigor antes del indicado año de
1789", lo que en suma quería decir la reposición
del Código Negro. Las palabras "trata de negros y su importación"
estaban denunciando el interés de los tratantes ingleses de esclavos
en los acuerdos que condujeron a la paz de Amiens. Sólo si vemos
a través de esas palabras y del artículo I de la ley del
20 de mayo de 1802 lo que tenía Napoleón entre manos,
podemos comprender qué clase de fuerzas concitó Toussaint
contra él y contra su país cuando invadió la parte
este de la isla de Santo Domingo.
Guadalupe no se hallaba incluida entre las "colonias restituidas
a Francia en ejecución del tratado de Amiens" porque esa isla
no había caído en manos inglesas; sin embargo, Richepanse
puso en vigor la ley del 20 de mayo en Guadalupe antes de haber terminado
la pacificación de la colonia, y, como es lógico, esa medida
provocó un renacimiento de la rebelión. Alarmado por lo
que podía suceder, Richepanse metió en la Cocard,
una fragata que tenía a su disposición, unos cuantos centenares
de negros a los que consideraba los más peligrosos y despachó
la fragata hacia Cap-Francais. Fue uno de esos errores que hacen época.
La llegada de los esclavos rebeldes de Guadalupe diseminó por todo
Haití la noticia de que la esclavitud había sido repuesta
en aquella colonia, y los negros haitianos dedujeron, con buena lógica,
que iba a ser repuesta también en Saint-Domingue. Por eso —se
dijeron— fue Toussaint hecho preso y deportado a Francia.
La fragata Cocard había
llegado a Cap-Francais al comenzar el mes de octubre. Pues bien, el día
10 se declaraba en rebeldía contra Francia el general Clervaux,
que era un jefe mulato prestigioso, y con la defección de Clervaux
comenzó el desastre de Napoleón, en Haití, pues a
él le seguiría Pétion, y Pétion era la segunda
figura entre los mulatos de Haití.
¿Cómo se explica que la guerra de independencia, esto
es, la fase final de las guerras de Haití, comenzara con la rebelión
de dos jefes mulatos? ¿No habían sido ellos buenos servidores
de Francia; no habían llegado los más renombrados con
las tropas de Leclerc?
Pues se explica porque, como dijimos, Napoleón no comprendía
lo que estaba sucediendo en el Caribe. Para él, lo que había
habido en Haití eran guerras civiles, de carácter puramente
político, no guerras sociales, y por eso en su carta del 16 de
marzo a Leclerc llamaba a los negros y a los mulatos indistintamente,
"autores de las guerras civiles", y pedía que fueran
enviados todos al continente. Antes aun de haber enviado a Toussaint
a Francia, Leclerc había hecho lo mismo con Rigaud; de manera
que cuando llegó la hora final de la crisis de Haití,
Clervaux y Pétion y los demás jefes mulatos se daban cuenta
de que Francia los perseguía a ellos tanto como a los negros;
por eso se adelantaron a Dessalines y Christophe en la lucha por la
independencia de Haití. Así, puede decirse que fue Napoleón
quien precipitó la transformación de las luchas sociales
de Haití en lo que hoy llamamos guerra de liberación nacional.
Inmediatamente detrás de los jefes mulatos se lanzaron a la guerra
Dessalines, Christophe y varios otros jefes negros de menor categoría.
Se iniciaba el alud incontrolable de la revolución haitiana,
y en ese momento —2 de noviembre— moría el general
Leclerc de fiebre amarilla. Paulina Bonaparte se quedaba viuda y además
en una tierra sublevada. Al saber la noticia, Napoleón comenzó
a gritar: "¡Maldito azúcar, maldito café, malditas
colonias!" Unos meses después, el 30 de abril, vendía
a los Estados Unidos el territorio de la Luisiana, donde había
soñado establecer la más vasta y rica colonia de Francia.
El lugar de Leclerc fue ocupado por el general Donatien Marie Joseph
Rochambeau. Rochambeau conocía la vida de las colonias; había
sido gobernador interino de Saint-Domingue y en propiedad de Martinica
en la primera etapa de la Revolución; debía saber, pues,
cómo comportarse en esa guerra revolucionaria que había
estallado de pronto, en la que se mezclaban en grado altamente radicalizados
los elementos de la guerra social, la racial, la civil, ahora estimulados
por el miedo a retornar a la esclavitud y por la decisión de
acabar con el poder francés en la colonia. Y, sin embargo, el
general en jefe francés, de maneras de gran señor, pensó
pacificar el país mediante el terror sin llegar a comprender
que en ese terreno los antiguos esclavos irían más lejos
que él. Así, sus invitados a una fiesta le vieron lanzar
sobre sus propios esclavos perros feroces, que había llevado
de Cuba, como los habían llevado las autoridades de Jamaica en
1795. Se conoce una nota de Rochambeau a vino de sus oficiales al que
le mandaba unos cuantos de esos perros, en la que decía que no
les diera alimento porque ellos se alimentaban con carne de negros.
El 7 de abril de 1803 moría en el castillo-prisión de
Joux Toussaint Louverture, el único hombre que hubiera podido
contener por algún tiempo el estallido haitiano, y en el mes
de mayo Inglaterra y Francia rompían las hostilidades iniciando
así una nueva guerra diecinueve meses después de haber
terminado la anterior. La guerra repercutió inmediatamente en
el Caribe y en Haití, pues la escuadra inglesa basada en Jamaica
pasó en el acto a bloquear los puertos haitianos, de manera que
Rochambeau no pudo recibir refuerzos, ni alimentos, ni medicinas, ni
nada de lo que Francia podía enviarle para sostenerse.
El 21 de junio, los ingleses atacaron y tomaron Santa Lucía en
cuarenta y ocho horas, y en menos tiempo aún tomaron Tobago el
1 de julio.
Para entonces las bajas francesas en Haití pasaban de 40.000.
Día tras día, Rochambeau veía sus fuerzas disminuidas
sin que pudiera reponerlas; día tras día, también,
esas fuerzas iban replegándose hacia los puertos y abandonando
el interior a los haitianos. Al terminar el mes de julio éstos
atacaron y tomaron Jérémie, y al comenzar el de septiembre
los franceses entregaban Saint-Marc a los ingleses; en octubre caían
en manos haitianas Jacmel y Les Cayes. De manera que a fines de ese
mes todo el Sur y todo el Oeste estaban libres de franceses.
Rochambeau se mantenía en Cap-Francais con 8.000 hombres, y hasta
allí fueron a atacarlo Dessalines y los más altos jefes
de Haití, que llevaban consigo 25.000 soldados a quienes hacían
invencibles una sólida unidad afirmada en la decisión
de hacer libre a su tierra. Dessalines, reconocido ya por todos los
jefes haitianos, negros y mulatos, como el comandante general de Haití,
lo había expresado con tres palabras: "Libertad o muerte."
La batalla de Cap-Francais comenzó el 18 de noviembre y los actos
de heroísmo de los negros y los mulatos fueron tan impresionantes,
que en un momento dado el general Rochambeau ordenó suspender
el fuego y despachó un oficial con bandera blanca para llevar
una felicitación suya destinada a un general haitiano cuya conducta
en el combate le había llenado de admiración. Rochambeau,
el de los feroces perros cazadores de esclavos, comprendió que
con esos hombres no había nada que hacer y ofreció negociar
la evacuación de Haití. Las negociaciones comenzaron inmediatamente
y terminaron en pocos días. La guarnición francesa abandonó
la ciudad sin un incidente y embarcó en una escuadra que estaba
surta en el puerto; después de eso, el día 29, los vencedores
entraron en la ciudad y el día 30 salían los buques franceses,
que tuvieron que rendirse a la escuadra inglesa, de manera que Rochambeau
y sus 8.000 hombres fueron llevados prisioneros a Jamaica. El 3 de diciembre
embarcaba la guarnición de Saint-Nicolás, la última
que quedaba en suelo haitiano, y solo uno de los seis buques en que
iba pudo escapar a la persecución inglesa.
El 1 de enero de 1804 se lanzaba la proclama de independencia de Haití
y con ella quedaba restablecida la segunda república de América
y la primera república negra del mundo.
Para que pudiera producirse un acontecimiento como ése habían
muerto más de 50.000 franceses sólo en la última
guerra y más de 100.000 negros desde 1791; y el país había
sido asolado y los que fueron sus amos —los amos de la tierra,
los amos del dinero, los amos de las fábricas de azúcar
y de ron, los amos de los hombres— yacían calcinados en
las ruinas de sus hermosas casas o enterrados en los bordes de los caminos,
y muchos —los más— morirían en la emigración,
esperando hasta el último día la noticia de que ya podían
volver a Haití porque Haití, al fin, había sido
liberada de sus bárbaros tiranos negros.

Capítulo XVIII
En los umbrales de la gran conmoción
La guerra de Napoleón
contra Gran Bretaña, que, como ya sabemos, comenzó en
mayo de 1803, terminaría en mayo de 1814. En esos once años
iban a acumularse las contradicciones europeas a tal punto, que provocarían
cambios sustanciales en las lejanas tierras caribes. En algunos casos
las contradicciones de los combatientes en Europa ayudaron a precipitar
cambios; por ejemplo, la etapa final de las luchas de Haití recibió
un impulso poderoso con el bloqueo de los puertos de Saint-Domingue,
llevado a cabo por la escuadra inglesa.
La actividad de los ingleses en el mar de las Antillas no fue importante,
en sentido general, durante el año de 1803; se redujo a la conquista
de Santa Lucía y Tobago, a destruir una fuerza naval francesa
en un combate que se llevó a cabo cerca de Guadalupe, a cañonear
desde el mar la isla de Curazao y a bloquear los puertos de Haití.
En 1804 fue todavía menor, puesto que lo único que hicieron
—excepto las inevitables luchas de corso, que eran constantes
en, el Caribe cuando había guerras— fue establecer una
fuerza de unos 200 hombres con dotación de artillería
en un islote elevado que había al sur de Martinica, en una posición
que dominaba por ese lado el canal de acceso a Fort-de-France, nombre
que se le había dado a Fort-Royal después de la decapitación
de Luis XVI.
Sin embargo, el dominio casi absoluto del Caribe que tenían los
ingleses, gracias a su indudable poderío naval, estaba llamado
a trascender al campo económico e iba a afectar de manera profunda
la vida de muchos pueblos de la región. Mientras Napoleón
se empeñaba en que toda Europa se sumara al bloqueo de Inglaterra,
los ingleses bloqueaban a Napoleón desde el Cari be y llegaron
a anular prácticamente el comercio de la zona con Europa. Eso
determinó, por ejemplo, que Europa no pudiera consumir azúcar
de caña y tuviera que aplicarse a producir azúcar de remolacha;
también determinó que los territorios del Caribe aumentaran
sus relaciones comerciales con los jóvenes Estados Unidos, cuyos
barcos tocaban sus puertos sin inconvenientes debido a que su país
era neutral en la guerra franco-inglesa, excepto en el periodo comprendido
entre junio de 1812 y diciembre de 1814, que correspondió al
de la guerra de los Estados Unidos con Gran Bretaña. Cuando los
ingleses tomaron e incendiaron la ciudad de Washington, numerosos corsarios
norteamericanos pasaron a operar en aguas del Caribe, pero sólo
atacaban, desde luego, barcos ingleses.
La guerra iba a afectar al Caribe también en otro sentido. Temerosos
de que los esclavos de sus colonias en la región se les rebelaran
mientras ellos estaban llevando a cabo su guerra a muerte contra Napoleón,
los ingleses procedieron a declarar la abolición de la trata
de negros —sólo de la trata, no de la esclavitud—,
con vigencia a partir del 1 de marzo de 1808. La medida iba a tardar
algunos años en ser aplicada porque los tratantes ingleses de
esclavos, que formaban un grupo de mucho poder económico y fuerte
influencia política, no aceptarían dócilmente la
decisión de su Gobierno, pero tuvo efectos a largo plazo debido
a que preparó el camino para la abolición de la esclavitud
en los territorios ingleses, lo que sucedería en el año
de 1834.
Al comenzar el 1805 Napoleón estaba empeñado en llevarla
guerra a las propias Islas Británicas. Para ese fin había
concentrado fuerzas enormes en Boulogne, esto es, frente a la costa
inglesa del canal de la Mancha y en el punto donde éste es más
estrecho. Pero para llevar sus ejércitos al lado inglés
del canal, Bonaparte necesitaba tener a su disposición las escuadras
de Francia y de España, y sucedía que los ingleses tenían
bloqueados la salida de Brest, donde se hallaba la parte más
importante de la escuadra francesa del Atlántico, y los puertos
españoles donde se hallaba la española. Napoleón
planeó distraer la atención de los ingleses haciéndoles
creer que su flota del Atlántico había logrado salir y
había ido a operar en el Caribe, con lo que esperaba que los
ingleses dirigirían sus mejores fuerzas navales hacia las Antillas;
y tuvo razón. El 11 de enero el almirante Edward Thomas Missiessy
logró salir de Rochefort, es decir, del centro de la costa atlántica
francesa, y se dirigió resueltamente al Caribe; mientras tanto,
el almirante Fierre de Villeneuve salía de Tolón, la base
naval de Francia en el Mediterráneo; el 24 del mismo mes se dirigió
al estrecho de Gibraltar, lo cruzó y entró en Cádiz
para unirse allí con la flota española que mandaba el
almirante Gravina. Villeneuve y Gravina debían salir también
hacia el Caribe, donde se les uniría Missiessy, y ya unidos todos
volverían al Atlántico para romper el bloqueo de Brest
y librar a la flota que estaba embotellada en ese puerto; una vez hecho
esto, toda la fuerza naval francoespañola entraría en
el canal de la Mancha, embarcaría las tropas acampadas en Boulogne
y se dirigiría a Inglaterra.
Pero el grandioso plan napoleónico fracasó porque Villeneuve
y Gravina no pudieron salir de Cádiz inmediatamente. Nelson,
que comandaba la flota inglesa del Mediterráneo, se enteró
de lo que estaban haciendo los enemigos, acudió a semi-bloquear
el puerto de Cádiz y salió inmediatamente para el Caribe;
no encontró allí la flota aliada y retornó a aguas
europeas. Mientras tanto, Missiessy llegó a Martinica a mediados
de febrero. Con su escuadra anclada en Fort-de-France y sin un plan
de operaciones que ejecutar, se le presentó una ocasión
de hacer algo cuando el gobernador le propuso conducir a Dominica unas
tropas que debían tomar esa isla. Missiessy lo hizo y el 21 de
febrero desembarcó en Dominica las fuerzas del general Joseph
La Grange, que hallaron resistencia de los ingleses. La resistencia
fue vencida y La Grange tomó Rousseau, la capital de la isla;
sin embargo, los británicos no abandonaron Dominica lo que hicieron
fue retirarse hacia el Norte y hacerse fuertes en la bahía de
Prince Rupert. La escuadra de Missiessy bombardeó las posiciones
inglesas de Prince Rupert, pero como su papel consistía en esperar
a Villeneuve y Gravina para unirse a ellos y retornar a Francia, no
hizo esfuerzos para conquistar Prince Rupert y se dirigió a Saint
Kitts.
Mientras Missiessy navegaba de Dominica a Saint Kitts estaba sucediendo
algo muy importante en la isla de Santo Domingo, en cuya porción
occidental, como sabemos, se hallaba la República de Haití.
Jean Jacques Dessalines, el gobernante haitiano, invadía en ese
momento la antigua parte española de la isla al frente de unos
30.000 hombres que eran la mayor y la mejor parte de las fuerzas de
Haití.
La guerra de independencia de Haití se había circunscrito
a la parte de la isla que había sido tradicionalmente francesa,
esto es, a la que se había llamado en el último siglo
Saint-Domingue. No se comprende por qué los haitianos no llevaron
esa guerra a la parte del Este, que era territorio francés desde
1795, por lo menos legalmente, y de hecho estaba siéndolo desde
que tenía gobernador y soldados franceses. Esa parte del Este
se hallaba mal guarnecida. Al producirse la capitulación de Rochambeau
en Cap-Francais, en el este de la isla no había más de
1.000 soldados de Francia y prácticamente ninguna milicia del
país. A los haitianos les hubiera sido fácil aniquilar
ese pequeño número de enemigos. Pero quizá los
ingleses, que tanta ayuda les dieron a los haitianos con su bloqueo
de los puertos de Saint-Domingue, les pidieron que no atacaran la antigua
parte española. Esto puede deducirse de ciertas relaciones sospechosas
que tenía con los ingleses el general Kerverseau, gobernador
de esa parte. Sea por lo que fuere, es el caso que al proclamarse la
independencia de Haití el territorio de la que había sido
posesión española quedó en manos de Francia, situación
muy peligrosa para la recién nacida república negra, pues
a pesar de la dura lección que había recibido en Haití,
Napoleón no podía resignarse a dar por perdida la que
había sido la colonia más rica de Francia.
Desde enero de 1804 el general Jean-Louis Ferrand había depuesto
a Kerverseau —a causa precisamente de sus relaciones con los ingleses—
y gobernaba la parte del este de la isla. Ferrand había llamado
a los emigrados de Saint-Domingue que se hallaban en el Caribe para
que acudieran a Santo Domingo y estaban llegando muchos de ellos; el
cónsul de Francia en Cuba había ordenado a los franceses
refugiados en esa isla que fueran a cumplir su servicio militaren Santo
Domingo; además, Ferrand había puesto guarniciones fuertes
en los puntos fronterizos con Haití y había decretado
libertad para cazar y vender como esclavos a los haitianos que fueran
cogidos en territorio de Santo Domingo. Des salines pensó que
todas esas medidas anunciaban un ataque y decidió atacar él
antes.
Los ejércitos haitianos entraron en la antigua parte española
en dos columnas, una que tomó la ruta del Norte y otra la del
Sur. La del Norte iba bajo el mando de Christophe y se dirigía
a Santiago de los Caballeros, desde donde debería seguir a reunirse
con Dessalines frente a la ciudad de Santo Domingo. Christophe halló
resistencia al cruzar el río Yaque, a poca distancia de Santiago;
la arrolló con facilidad, pero tuvo que combatir duramente después
de haber cruzado el Yaque. Las pérdidas de los haitianos fueron
altas, de unos 300 muertos, y las de los defensores mucho más
altas. Entre éstas hubo que contar al jefe de la plaza, Serapio
Reinoso, que, como todos sus hombres, era natural del país. Christophe
había anunciado que si hallaba oposición para entrar en
la ciudad tomaría represalias, y las tomó en exceso. Todas
las personas llamadas en la época "'notables” fueron
ahorcadas o muertas en sus hogares a tiros o a la bayoneta; se mató
también a los que huían y se remató a los heridos
de la batalla. Después de haber ejecutado las represalias el
ejército de Christophe siguió su marcha hacia la ciudad
de Santo Domingo.
Dessalines había hallado también resistencia en un punto
llamado Tumba de los Indios, donde unos 300 soldados, bajo el mando
de un coronel francés, quisieron impedir el paso del jefe haitiano
hacia el Este. Dessalines barrió a los defensores de Tumba de
los Indios, fusiló a los que tomó prisioneros, entre ellos
el coronel jefe del destacamento francés, y el de marzo se hallaba
acampado en las afueras de la amurallada ciudad de Santo Domingo. El
día 7 llegó Christophe con sus tropas y comenzó
el sitio de la capital de la antigua parte española de la isla.
El 5 de marzo se había presentado el almirante Missiessy en aguas
de Saint Kitts. La población de Basseterre, y con ella toda la
guarnición, se refugió en Brimstone Hill. Missiessy no
pretendió atacar Brimstone Hill; lo que hizo fue despachar unidades
de su escuadra a Nevis y a Monserrate, cuya población, como la
de Basseterre en Saint Kitts, tuvo que pagar fuertes rescates para que
Missiessy no destruyera sus propiedades. Mientras tanto, su escuadra
apresó todas las embarcaciones inglesas que se hallaban en los
puertos de esas islas o que navegaban por sus aguas. Estando allí
recibió Missiessy noticias de lo que sucedía en Santo
Domingo; inmediatamente reunió su escuadra y acudió en
auxilio de Ferrand.
La llegada de Missiessy a Santo Domingo fue realmente providencial.
La situación de los franceses sitiados y de la población
que no había podido ser evacuada era en verdad muy difícil,
tan difícil que no tenía posibilidades de salvación.
Hacía ya tres semanas que las tropas estaban haciendo salidas
desesperadas para romper el cerco; habían hecho salir hacia los
campos vecinos a miles de habitantes y, sin embargo, no tenían
ya provisiones para alimentar a los restantes y a la tropa; habían
perdido muchos hombres en combates y escaramuzas, entre ellos un jefe
del país de mucho prestigio, don Juan Barón. Ferrand esperaba
el asalto definitivo de un momento a otro y sabía que no podría
resistirlo, pues Dessalines tenía a sus órdenes 30.000
soldados. Y, efectivamente, el jefe haitiano había fijado ese
asalto para el día 27. Missiessy se presentó a la vista
de la ciudad el día 26.
La escuadra de Missiessy salvó a los defensores de Santo Domingo
de un fin catastrófico, pues Dessalines temió que esos
buques fueran parte de una flota y que el resto de esa flota estuviera
dirigiéndose a Haití mientras él se hallaba con
la mayor parte de las fuerzas haitianas y con sus mejores generales
en Santo Domingo, y dio orden de levantar el sitio y salir hacia Haití.
La escuadra de Missiessy estuvo cañoneando las columnas de Dessalines
cuando éstas pasaban por las vecindades de la bahía de
Ocoa, lo que confirmó las sospechas de Dessalines; de ahí
tomó rumbo hacia el sudeste del Caribe con la esperanza de hallar
a Villeneuve y Gravina o de saber dónde se encontraban. Mientras
tanto, Dessalines hacía su retirada destruyendo cuanto hallaba
a su paso, quemando viviendas y matando animales; sin embargo, fue la
columna de Christophe, que se retiraba por el Norte, la que hizo estragos,
puesto que destruyó por el fuego casi todas las poblaciones de
su ruta; en una de ellas, llamada Moca,-ordenó el degüello
de todos los habitantes que se habían refugiado en la iglesia,
y algo similar hizo en Santiago de los Caballeros; además, se
llevó consigo en calidad de rehenes más de 3.000 personas,
entre ellas mujeres y niños.
Villeneuve y Gravina, mientras tanto, habían salido de Cádiz
en el mes de abril y navegaban hacia el Caribe, si bien sólo
hay noticias de la llegada de Villeneuve a Martinica, lo que sucedió
a mediados de mayo. Ya Missiessy se había ido a Francia, cansado
de esperar a sus compañeros. El almirante Nelson tuvo noticias
de la salida de Villeneuve y Gravina hacia el Caribe y sin perder tiempo
se dirigió de nuevo a las Antillas.
Villeneuve decidió aprovechar su viaje a Martinica y se dedicó
a la tarea de sacar a los ingleses del islote en que se habían
hecho fuertes el año anterior, para lo cual estuvo bombardeándolo
dos semanas. El islote se rindió el 2 de junio, y Nelson llegó
a Barbados el día 4. Nelson estuvo quince días recorriendo
el sudeste del Caribe en busca de la flota francoespañola y no
pudo dar con ella porque había salido al Atlántico y retornaba
a aguas de España, de manera que el almirante inglés fue
a reaprovisionarse a Barbados y de ahí salió nimbo al
Mediterráneo. Las flotas de Villeneuve y Gravina hicieron contacto
con la inglesa del almirante Calder frente al cabo de Finisterre el
22 de julio, y allí estuvo a punto de decidirse la suerte de
Inglaterra, pues Calder se vio forzado a retirarse con sus buques maltrechos;
pero en vez de dedicarse a perseguir a los vencidos, como deseaba Gravina,
Villeneuve entró en Vigo, de donde salió para ir a encerrarse
otra vez en Cádiz; y ya se sabe lo que sucedió cuando
los buques franceses y españoles salieron de Cádiz; fue
ron vencidos por Nelson en Trafalgar el 21 de octubre (1805), y todo
lo que Napoleón había acumulado en Boulogne para invadir
Inglaterra quedó sin uso, por lo menos en suelo inglés.
La derrota de Trafalgar dejó a los franceses sin poder naval
para atender a sus necesidades en Europa y en el Caribe. En el Caribe,
desde luego, la fuerza de mar británica era muy superior a la
de Francia. El 6 de febrero (1806), una escuadra inglesa al mando del
almirante sir John Duckworth sorprendió un escuadrón francés
de cinco navíos de línea en la ensenada de Palenque, tan
cerca de la ciudad de Santo Domingo —hacia el Sudeste— que
puede decirse que el combate se dio a la vista de la ciudad. Todos los
navíos franceses, que se hallaban bajo el mando del contraalmirante
Lessiegues, fueron o hundidos o capturados. De haber dispuesto de fuerzas
terrestres, los ingleses hubieran podido tomar la ciudad ese día.
Sin embargo, en los planes británicos no entraba por el momento
la conquista de territorios franceses. Inglaterra planeaba seguir dominando
las aguas del Caribe y al mismo tiempo crearle perturbaciones a Napoleón
a través de España, que era la aliada del agresivo emperador.
Para eso Inglaterra contaba con Francisco de Miranda.
Miranda era el venezolano de más nombradla y mejores relaciones
fuera de su país. Había roto hacía años
con el régimen español; había viajado por toda
Europa, por Rusia, por los Estados Unidos; había participado
en la Revolución francesa y se había distinguido como
general mandando tropas de Francia. Su actuación fue decisiva
para que los franceses lograran la victoria de Valmy, que tuvo tanta
trascendencia política. Fue él quien tomó Amberes
y la Güeldres austríaca. Pero cuando Dumoriez se pasó
al enemigo y provocó el subsiguiente desastre de Neerwinden,
se acusó a Miranda de tener responsabilidad en esa derrota porque
estaba al mando del ala izquierda francesa y no actuó como debió
hacerlo. Acusado de traición, fue absuelto en mayo de 1793, pero
ya estaba marcado, y además era girondino; de manera que al comenzar
poco después la era del Terror fue perseguido y estuvo preso
hasta la caída de los jacobinos. El Directorio le acusó
de hallarse envuelto en una conspiración realista y se le condenó
a vivir fuera de París. Miranda no acató la condena; retornó
a París y reclamó que se revisara su proceso, con lo cual
lo que consiguió fue que le hicieran otra acusación y
le condenaran a deportación en la Cayena. Esa vez Miranda no
pretendió seguir luchando para probar su inocencia; decidió
salir de Francia y se fue a vivir a Inglaterra, donde había estado
antes. Su fuga a Inglaterra tuvo lugar a principios de 1978.
Francisco de Miranda vivía obsesionado por la idea de encabezar
una lucha que terminara con la independencia de los territorios españoles
de América, de manera que en todos los países donde estuvo
se esforzaba en hacer amistades con personas importantes para presentarles
sus planes. A William Pitt, jefe del Gobierno inglés, se los
había presentado en 1790, durante su primer viaje a Londres,
y se los volvió a presentar en 1798. Pitt oyó a Miranda
con atención, pero usó los proyectos del infatigable venezolano
para insinuarle al Gobierno español que si no rompía con
Bonaparte, Inglaterra le proporcionaría a Miranda medios para
iniciar su lucha contra España. Miranda, que se dio cuenta de
que estaba siendo utilizado por Pitt como instrumento político,
se fue a Francia, donde, desde luego, era difícil que pudiera
conseguir apoyo de Napoleón, que para entonces se había
convertido en primer cónsul y necesitaba el respaldo español
en su lucha contra Inglaterra. Así, Miranda volvió a Londres.
Cuando en mayo de 1803 se renovó la guerra franco-inglesa, y
España entró en ella del lado francés, Miranda
volvió a la carga sobre Pitt. Sin embargo, Pitt no podía
ayudar a Miranda abiertamente en una acción contra Venezuela
porque don Manuel Godoy, el jefe del Gobierno español, se mantenía
en contacto con Pitt y le daba esperanzas de que en cualquier momento
España rompería con Napoleón y haría la
paz con los ingleses. Miranda se desesperaba y decidió irse a
los Estados Unidos; pidió cartas de presentación para
algunas personalidades norteamericanas y ayuda económica. Pitt
ordenó que le dieran las cartas, 6.000 libras esterlinas y autorización
para girar poruña cantidad igual. El tenaz venezolano llegó
a Nueva York a principios de noviembre (1805) y al comenzar el mes de
febrero de 1806 salía hacia las costas de Venezuela a bordo de
la corbeta Leander. Iba a mandar, y a ejecutar él mismo, la primera
expedición armada que tenía como destino iniciar la lucha
por la libertad de un territorio español en América. Por
esa razón, Francisco de Miranda es conocido en la historia americana
con el título de El Precursor.
En su ruta hacia la costa venezolana del Caribe se le unieron a Miranda
dos goletas que formaban parte de la expedición y habían
salido antes que él de Nueva York. Eran la
Bacchus y la Bee, que llevaban varios voluntarios norteamericanos.
La pequeña flotilla se presentó frente a Puerto Cabello
a fines de marzo, pero Miranda no pudo poner hombres en tierra y tuvo
que retirarse a Trinidad. La Bacchus
y la Bee fueron apresadas en el mes de abril por dos navíos
españoles, el Celoso y el Argos,
y los norteamericanos que fueron cogidos a bordo murieron en la horca.
Miranda no se desanimó con ese fracaso; se fue a solicitar ayuda
de los ingleses de Trinidad y Barbados para organizar una expedición
más fuerte. Mientras tanto, en esos días entró
en el Caribe un escuadrón francés comandado por el contralmirante
Villaumez, en el cual servía como capitán Jéróme
Bona-parte, el hermano menor de Napoleón. Los buques franceses
estuvieron navegando entre Saint Kitts, Nevis y Monserrat, dedicados
a la captura de embarcaciones inglesas, pero no pasaron de ahí.
Eso sucedía entre los meses de junio y julio. En agosto llegaba
Miranda a la Vela de Coro, un poco al poniente de Puerto Cabello. Tenía
en esa ocasión una flotilla de ocho goletas armadas y tomó
fácilmente la ciudad de Coro, en la que permaneció diez
días. En esos diez días sólo se le ofrecieron como
voluntarios dos esclavos prófugos y una negra presa. Ante tan
pobre adhesión, Miranda decidió retirarse y volvió
a los Estados Unidos. Retornaría a Venezuela cuatro años
más tarde en situación muy diferente.
Ya para ese año de 1806 las escuadras de Francia, España
y los demás países que habían sido arrastrados
por Napoleón a la guerra contra los ingleses no podían
operar en el Caribe, bien porque carecían de suficientes buques,
bien porqué las escuadras inglesas no le permitían alejarse
mucho de las costas de Europa. Por la razón que fuera, Inglaterra
era la dueña del mar de las Antillas. Para Inglaterra era ventajoso
mantener su predominio en el Caribe a base de buques bien artillados
y marinos competentes, puesto que no tenía necesidad de distraer
fuerzas terrestres ocupando las islas ni tenía que verse envuelta
en el complicado proceso político que conllevaba la ocupación
de posesiones ajenas, en las que había "pueblos con otras
lenguas, otros hábitos y sentimientos de lealtad y amor a países
enemigos de Inglaterra. Pero sucedía que algunas de las islas
francesas no ocupadas por los británicos, y especialmente las
danesas y holandesas, se habían convertido en nidales de corsarios,
y esos corsarios hacían mucho daño a los barcos de bandera
inglesa, sobre todo a los más pequeños que se dedicaban
a! tráfico entre islas cercanas. La situación económica
de todo el Caribe empeoraba a medida que se prolongaba el bloqueo de
Napoleón a Inglaterra y el que a su vez Inglaterra le hacía
a Europa, y la desesperación lanzaba a la gente al corso. Una
embarcación capturada —que debía ser necesariamente
en todos los casos de bandera inglesa— llevaba siempre algo que
vender o que comer, y la propia embarcación se vendía.
El notable crecimiento de las actividades de los corsarios llevó
a los ingleses a decidir que debían tomar, o por lo menos atacar
duramente, todas las islas donde hallaban refugio los corsarios.
Así, el 1 de enero de 1807 cuatro fragatas, mandadas por el capitán
Charles Brísbane, se presentaron frente a Curazao, cañonearon
la ciudad de Willemstaadt y demandaron la rendición de la isla.
La pequeña guarnición holandesa hizo alguna resistencia,
pero al fin Curazao cayó en manos británicas. El día
25 de diciembre Saint Thomas y Saint John se entregaban sin combatir
a la imponente flota del almirante sir Alexander Crochrane.
En esos días la situación europea se complicaba en forma
alarmante. La crisis desatada por las guerras napoleónicas iba
a entrar en un período convulsivo y el impulso de esas convulsiones
se trasladaría al Caribe. Era inevitable que sucediera así,
dada la condición de frontera imperial que tenía la región.
Napoleón se hallaba en estado de desesperación porque
no podía asestarle a Inglaterra un golpe decisivo. El desastre
de Trafalgar era una puñalada que le sangraba continuamente.
La presión que se levantaba contra él en Europa le obligaba
a ir de batalla en batalla, convirtiendo en aliados a los vencidos porque
necesitaba aunar fuerzas para obligar a Inglaterra a sometérsele.
Cambiaba el mapa europeo creando y deshaciendo reinos, federaciones,
principados o ducados; consumía miles y miles de hombres y millones
y millones de francos. Pero Francia no podía responderle ya como
en los tiempos heroicos. España le había dado fortunas
enormes y hombres, y sin embargo Manuel Godoy hacía tratos ocultos
con Inglaterra, y Portugal se había negado resueltamente a sumarse
a los países que estaban bloqueando a la Gran Bretaña.
La larga y costosa lucha de la burguesía francesa por la conquista
del poder había terminado precisamente al llegar Napoleón
al Gobierno de Francia y había llegado la hora de dejarla que
disfrutara de todo lo que podía ofrecer ese poder, pero Napoleón
no le proporcionaba descanso, sino que le exigía más esfuerzos,
más dinero, más soldados. Esa es la razón profunda
de la crisis, sólo que Napoleón no alcanzaba a comprenderlo
y les achacaba la responsabilidad de su situación a Manuel Godoy
y a Carlos IV, en quienes no confiaba, y a Portugal, que se negaba a
colaborar con él.
Parece que el emperador estuvo pensando adueñarse de España
desde el 1806, pero después desvió el golpe hacia Portugal,
y una vez que planeó tomar y desmembrar este país envolvió
a España en el plan. España sería su objetivo final,
y a fin de que los españoles no sospecharan lo que les esperaba
y sobre todo para que no estuvieran en capacidad de evitarlo, pidió
a Godoy fuerzas españolas para ser enviadas a Prusia. Godoy le
proporcionó unos 20.000 hombres de infantería y caballería,
y al hacerlo despojó al país de sus mejores tropas. Inmediatamente
después, Napoleón comenzó a presionar a Portugal
con sus maneras típicas de jefe que daba órdenes cuando
debía pedir; así, le ordenó que rompiera hostilidades
con Inglaterra, a lo que los portugueses se negaron; al comenzar el
mes de septiembre repitió la orden, y en esa ocasión,
junto con él. lo solicitó España; a fines de ese
mes Portugal volvió a negarse, y el día 31 salían
de Lisboa los representantes de Francia y España. Al mismo tiempo
que presionaba a Portugal, Bonaparte negociaba rápidamente con
España el tratado que después se llamaría de Fontai-nebleau,
firmado en el palacio de ese nombre el 27 de octubre (1807).
Por medio del tratado de Fontainebleau, Bonaparte convertía a
Godoy y a Carlos IV en cómplices del crimen de destruir Portugal,
pero el jefe del Gobierno español y su rey no sospechaban que
ese crimen les iba a costar el poder y la libertad. De acuerdo con lo
pactado, Napoleón crearía en el norte de Portugal un reino
para los reyes de Etruria, a quienes Napoleón había despojado
de su corona. Este punto fue negociado por Godoy para contar con la
aprobación de Carlos IV y de su mujer, Mana Luisa, a todo lo
que se acordara en Fontainebleau, porque la reina de Etruria era la
hija de los reyes españoles. La parte central de Portugal quedaría
reservada, como tierra de nadie, para las negociaciones de paz con los
ingleses cuando éstos fueran derrotados; Godoy pensaba que podía
ser utilizada en trueque por los territorios españoles que se
hallaban en poder inglés, como Gibraltar y Trinidad. Por fin,
la parte sur de Portugal sería un reino para don Manuel Godoy,
quien lo gobernaría con facultad para traspasarlo en herencia
a un hijo. Tanto ese reino destinado a Godoy como el que se crearía
para los reyes de Etruria serían en cierto sentido dependientes
de la monarquía española. Por último, las colonias
portuguesas se repartirían entre Francia y España, y coronando
todo este edificio delirante, Carlos IV cambiaría su título
de rey de las Españas por el de emperador de las dos Américas.
¿Qué quería decir ese título, qué
significado tenían todas las promesas de Fontainebleau? En fin
de cuentas, nada. Napoleón ofrecía a Godoy y a los reyes
españoles reinos e imperios para mantenerlos hechizados, como
al niño a quien se le hace creer que tendrá la golosina
que le atrae, para que se estuvieran tranquilos cuando él comenzara
a ejecutar su plan; y ese plan consistía en adueñarse
de España.
A cambio de todo eso, ¿qué pedía Napoleón?
Prácticamente nada; sólo que sus ejércitos tuvieran
paso libre por España para atacar Portugal y que España
participara en esa guerra con algunas tropas. El tratado de Fontainebleau
se firmó el 27 de octubre (1807), pero Napoleón estaba
tan seguro de que obtendría de España todo lo que deseaba,
y era, además, tan impaciente, que la orden de marcha de esos
ejércitos estaba firmada por él desde el día 17,
y el 18 pasaron la frontera francoespañola por el río
Bidasoa, aunque no avanzaron en territorio español. Después
de firmado el tratado, esos ejércitos, mandados por Junot —que
iba a ser poco después, gracias a la invasión de Portugal,
ennoblecido por el emperador con el título de duque de Abrantes—,
marcharon hacia Burgos, luego hacia Valladolid, de ahí a Salamanca;
de Salamanca tomaron hacia el sur para entrar en Portugal por el camino
de Alcántara. En esta última ciudad se les unieron fuerzas
españolas.
Los reyes de Portugal habían esperado hasta el último
momento que Napoleón cambiara de parecer, pero cuando sus tropas
y las de España cruzaron la frontera decidieron dejar el país,
cosa que hicieron el 27 de noviembre. Así, la corte portuguesa
se trasladó en pleno a Brasil y se estableció en Río
de Janeiro, con lo cual quedó a salvo el imperio portugués
de América, África y Asia. Ese movimiento conduciría,
pocos años después, a la independencia del Brasil, pues
cuando Portugal quedó libre y sus reyes retornaron a Lisboa en
1821, el enorme territorio que había sido asiento del trono durante
nueve años no podía volver a su antigua condición
de virreinato, de manera que quedó gobernándolo como regente
el príncipe Pedro de Braganza, y un año después
él mismo proclamó la independencia y pasó a gobernar
el país con el título de emperador.
Ahora bien, como éste es un libro cuyo tema es el Caribe en tanto
frontera donde chocaban los imperios que se debatían en Europa,
no tiene interés para el lector lo que sucedió en Portugal
ni en el Brasil; lo que debe interesarle es el segundo tiempo del plan
que estaba ejecutando Napoleón en la península Ibérica,
pues esa segunda parte iba a llevarse a cabo en España y España
seguía siendo el país europeo con más dependencias
en el Caribe.
España tenía sus mejores tropas en Prusia; de las que
le habían quedado, una parte había entrado con Junot en
Portugal y otra parte pasó a ocupar el norte del país
invadido, esto es, la región que estaba destinada a ser convertida
en reino para los despojados reyes de Etruria. Napoleón había
dejado a España desguarnecida, de manera que su propósito
oculto —la ocupación del país— iba a ser de
fácil realización.
Con su rapidez característica, el emperador puso en marcha la
parte final —y decisiva— de su plan. Así, en el mes
de diciembre entró en España un ejército que se
estableció en Valladolid, y en enero de 1808 envió uno
de 30.000 hombres que se instaló en Burgos; en febrero designó
su lugarteniente en España al mariscal Joaquín Murat,
marido de Carolina Bonaparte y, por tanto, cuñado del emperador,
y al finalizar ese mes sus tropas ocupaban Barcelona y Pamplona. Súbitamente,
cuando ya tenía 100.000 hombres en España, Napoleón
pidió que se le diera a Francia todo el territorio español
situado al norte del Ebro, con lo cual pretendía borrar de un
plumazo la gigantesca frontera natural de los Pirineos. Fue entonces
cuando el Gobierno español se dio cuenta de que la ocupación
de Portugal, a la cual había él contribuido, había
sido sólo un pretexto para convertir España en dependencia
francesa.
La situación no podía ser más trágica. Napoleón
ocupaba todo el flanco portugués de la Península y además
la región del norte, desde el Atlántico hasta el Mediterráneo.
La llanura de Castilla estaba abierta a sus tropas. Y eran ¡os
reyes de España y su jefe de Gobierno, Manuel Godoy, quienes
habían conducido el país a ese estado de cosas. En vez
de emperador de las dos Américas, Carlos IV se había convertido
en un juguete en manos de Napoleón. No parecía haber una
salida de la trampa en que habían caído España,
Godoy, los reyes. Pero los Braganzas de Portugal habían dado
un ejemplo y Godoy y los reyes decidieron seguirlo: también ellos
se irían a América.
Ahora bien, todo lo que estaba sucediendo era el resultado de una cadena
de crisis que se originaban, a su vez, en la crisis más amplia
de la sociedad europea. Napoleón concibió y ejecutó
su movimiento sobre España porque él mismo era juguete
de esa crisis europea, que había llegado a su culminación
con la con-quista del poder por parte de la burguesía francesa;
colocado en una situación desesperada frente a Inglaterra, el
emperador había desatado a su vez la crisis nacional de España,
así como había desatado ya tantas en Europa. Y sucedía
que esa crisis particular de España iba a estallar, como una
bomba potente, en las manos de Napoleón.
El círculo burgués que gobernaba en España desde
los tiempos de Felipe V había sido siempre, como hemos dicho
antes, más débil que las fuerzas sociales tradicionales
del país; pero se mantenía en el poder porque había
tenido durante todo el siglo XVIII y lo que iba del XIX el favor de
los Borbones. Sin embargo, ese círculo había ido perdiendo
en los últimos años prestigio y, por tanto, autoridad
ante el pueblo español, precisamente debido a la violencia con
que procedía Napoleón. En marzo de 1808, cuando el emperador
de los franceses reclamó todo el norte del país para Francia,
ese círculo no tenía ya fuerzas para sostenerse en el
Gobierno; se hallaba en un proceso de atomización, porque una
parte de sus miembros pensaba que con Napoleón llegaban a España
las libertades y el progreso europeos, y otra parte de sus miembros
—sobre todo aquellos que habían sido perjudicados por las
actuaciones de Godoy— creía que Napoleón llegaba
a España a sostener en el poder a Godoy y a su camarilla, lo
que parecía razonable porque Godoy, y con él los reyes,
aparecían a los ojos de todo el país como los partidarios
más apasionados del emperador.
Esa debilidad del círculo burgués español provocaba
el fortalecimiento de las poderosas fuerzas tradicionales de la sociedad
española, que parecían sometidas a la voluntad de los
que gobernaban, pero que nunca habían sido destruidas en el siglo
y pico de gobierno de los Borbones. Con el aumento de la oposición
al círculo burgués, la vieja sociedad española
se lanzaba a luchar por el poder. Los síntomas de esa lucha podían
apreciarse desde algún tiempo. El más elocuente de esos
síntomas se había producido el año anterior; fue
la llamada conjura de El Escorial, descubierta un día después
de la firma del tratado de Fontainebleau, esto es, el 28 de octubre
(1807). Lo que se deduce de los documentos de la época es que
un grupo de la antigua nobleza española, encabezado por su tío
el duque del Infantado, usó a Fernando, príncipe heredero,
muy joven y bastante débil de carácter y de cabeza, en
un plan para sacar a Godoy del Gobierno; pero Godoy se las arregló
para convencer a los reyes de que los conjurados se proponían,
con la aprobación de Fernando, destronar al rey y envenenar a
la reina.
El complot de El Escorial sería un episodio sin importancia,
aunque lamentable, en la historia de España, tan rica en acontecimientos
trascendentales, si no hubiera sido por las fuerzas sociales que operaban
tras él. Gracias a ese episodio, la vieja nobleza española
y la aportación de la burguesía que se oponía a
Godoy presentaron al príncipe Fernando ante la opinión
del país como el caudillo del antigodoysismo, y precisamente
lo que estaba necesitando la vieja nobleza para dar la batalla al círculo
burgués que tenía el poder desde hacía más
de un siglo era sólo eso, un caudillo que pudiera hacerse popular
rápidamente. Godoy cometió en ese momento un error táctico
que tendría para él y para su grupo consecuencias fatales;
hizo que el rey le diera publicidad al episodio de El Escorial mediante
un manifiesto que se publicó el 30 de octubre, de manera que
el país entero supo lo que había sucedido en El Escorial
y lo redujo a esta simple idea: el príncipe heredero es enemigo
de Godoy y de los reyes, qué sostienen a Godoy. Además,
el príncipe salió victorioso de la lucha contra Godoy,
porque el 5 de noviembre el rey publicaba un decreto en que lo perdonaba.
Las fuerzas sociales del país estaban enfrentadas ya en campo
abierto cuando se supo que, ante las exigencias de Napoleón,
los reyes se preparaban a abandonar España para refugiarse en
América; y se hallaban enfrentadas de este modo: el círculo
burgués, dividido, y los círculos tradicionales, unidos.
La noticia del viaje de los reyes alarmó al pueblo y, por tanto,
lo convirtió en terreno abonado para cualquier agitación
bien dirigida, y los círculos tradicionales supieron organizar
la agitación; la concibieron y la llevaron a cabo como una operación
destinada a aplastar a Godoy sin tocar a los reyes; su punto culminante
sería lo que se conoce en la historia española como el
motín de Aranjuez, que tuvo lugar el 17 de marzo de 1808.
Aranjuez era una villa donde los reyes de España se retiraban
a descansar, que se halla situada a poca distancia de Madrid. Godoy
tenía una casa en Aranjuez, y esa casa fue asaltada por una muchedumbre
en la que había mucha gente llevada desde Madrid por los autores
intelectuales del asalto. Todo lo que había en la casa fue destrozado,
y Godoy, golpeado de una manera brutal, salvó la vida porque
logró esconderse en los sótanos. Estuvo escondido treinta
y seis horas, sin comer ni beber. Para darle un toque maestro a la conjura,
los organizadores del asalto obtuvieron del rey y de Fernando que fuera
éste —es decir, el caudillo del antigodoysismo— quien
le sacara de los sótanos y le ofreciera garantías, lo
cual presentaba al príncipe a los ojos del pueblo español,
que sabe admirar la nobleza de carácter, como un hombre de alma
grande. Pero desde luego, al salir de su escondite, con la ropa destrozada,
el rostro lleno de cardenales, envuelto en un manto roto, dando, en
fin, la impresión de que era un mendigo y no un favorito real
todopoderoso, Manuel Godoy estaba liquidado políticamente para
el resto de sus días. Siguiendo su plan, los autores intelectuales
del motín de Aranjuez obtuvieron que Carlos IV abdicara a favor
de Fernando, lo que hizo el rey el día 19.
Desde el punto de vista del arte de la política, el motín
de Aranjuez fue un golpe magistral de lo que hoy llamaríamos
la extrema derecha española. El pueblo, que había sido
el instrumento en esa acción, creyó que estaba sirviendo
a una causa patriótica y, por tanto, justa, y no se daba cuenta
dé que estaba sirviendo a los intereses de núcleos sociales
que lo usaban en su lucha contra los círculos burgueses. En una
hábil maniobra de escamoteo de la verdad, esos núcleos
habían logrado crear un centro de atracción exaltando
a Fernando al trono y al mismo tiempo habían logrado hacerse
seguir del pueblo. Puede alegarse que el pueblo, sobre todo en una época
como aquélla, es fácil de engañar; pero es el caso
que también fue engañada una parte de la burguesía,
que creyó seriamente que Fernando VII iba a ser un rey progresista,
partidario de las ideas burguesas, que eran las más avanzadas
entonces; y lo creyó más cuando Fernando llamó
a su lado a algunos hombres del círculo burgués y prohijó
algunas medidas que parecieron liberales.
Napoleón Bonaparte tenía planeado todo lo que debía
hacer tan pronto los Borbones fueran echados del trono, pues a él
no le quedaba la menor duda de que serían echados. De acuerdo
con esos planes, en España reinaría un Bonaparte, no un
Borbón. Así, en el mes de febrero le había ofrecido
la corona española a su hermano José, pero éste
no la aceptó porque Napoleón se la daba a cambio de que
entregara a Francia todo el territorio español situado al norte
del río Ebro, tal como había reclamado de Carlos IV. Murat
debía conocer de antemano las ideas de Napoleón, puesto
que envió rápidamente un mensaje a Carlos IV ordenándole
que declarara nula y sin efecto su abdicación. Carlos IV hizo
la declaración el 21 de marzo, pero no tuvo efecto alguno porque
su hijo Fernando había nombrado ya un ministro y había
comenzado a reinar.
Fernando VII entró en Madrid el día 29, en medio de un
júbilo popular delirante, algo que no se había visto antes
en la capital de España; pero Murat le hizo saber claramente
que no lo reconocería como rey, y además el embajador
que envió ante Napoleón no fue recibido por éste.
En ese momento el emperador estaba ofreciendo el trono de España
a su hermano Luis, rey de Holanda, y sucedía que Luis, igual
que José, rechazaba la oferta. Entonces fue cuando el impetuoso
vencedor de Austerlitz y Jena decidió acabar de una vez y para
siempre con los Borbones en España, aunque España se quedara
sin rey. Esta última, parte de su plan español podía
resumirse en pocas palabras: hacer presos a los Borbones, Carlos, María
Luisa y Fernando, costara lo que costara. Pero por alguna razón,
tal vez porque el pueblo español había demostrado en el
motín de Aranjuez qué era peligroso, no quería
echar mano a la familia real en España y se propuso llevarla
sin violencias a Francia. Para vigilar la situación española,
él estaba en Bayona, a corta distancia de la frontera, y allí
esperaría a los Borbones.
Anunciando que viajaría a España, Napoleón invitó
a Fernando VII a encontrarse con él en Burgos. El joven rey español
y sus consejeros sabían que en última instancia su corona
dependía de Napoleón; así, el rey salió
para Burgos, pero no encontró allí al emperador. Se le
dijo que lo hallaría en Vitoria y avanzó hasta Vitoria,
sólo para enterarse, al llegar, de que Napoleón se encontraba
en Bayona, al otro lado de la frontera. Hábilmente estimulado
a seguir viaje con la promesa de que tan pronto hablara con él,
el emperador lo reconocería rey de España, Fernando VII
cruzó la frontera y llegó a Bayona el día 21 de
abril. Ya no saldría de Francia sino seis años después.
El día 22 partían para Bayona Carlos y María Luisa,
que llegaron a su destino el día 30, e igual que el hijo serían
prisioneros de Napoleón durante seis años. Reunidos en
Bayona los padres y el hijo, la cabeza de los Borbones de España,
Napoleón creyó que tenía en sus manos a todo el
país y a todo el pueblo español. El emperador, que había
sido el fruto de una revolución hecha por el pueblo de Francia,
no alcanzaba a darse cuenta de que los pueblos tenían significación
política, voluntad y derechos; y desde luego no se imaginaba
siquiera qué clase de pueblo era el de España.
Bajo las duras amenazas de Napoleón, hábilmente mezcladas
con ofertas grandiosas, los Borbones de España cedieron a todo
lo que pedía el enérgico e infatigable emperador de. Francia:
Fernando VII abdicó en favor de su padre y éste abdicó
todos sus derechos en favor de Napoleón, de manera que si la
Historia hubiera seguido haciéndose después de la Revolución
francesa a base de los principios y el derecho anterior a la Revolución,
Napoleón pasaba a ser rey de España y cabeza de un ¡enorme
imperio. Pero la Historia no se hacía en 1808 como se había
hecho antes de 1789; la Historia comenzaba a ser hecha por los pueblos,
aunque hasta ese momento sólo los círculos de la burguesía
actuaran en nombre de los pueblos; y sucedió que, antes aún
de que Fernando abdicara en favor de Carlos y éste en favor de
Napoleón, el pueblo de Madrid se había levantado y salió
a las calles a combatir contra Napoleón. Esto ocurrió
el día 2 de mayo, una fecha que se haría histórica
y quedaría inmortalizada en la pintura de Goya.
El formidable levantamiento popular del 2 de mayo fue ahogado en sangre,
de manera implacable, por órdenes de Murat, pero eso sucedió
sólo en Madrid, y resultaba que el levanta miento de Madrid se
había propagado instantáneamente a numerosos puntos de
España, de manera que lo que hizo Murat en Madrid fue como apagar
una hoguera en un bosque extenso que estaba quemándose por varios
sitios a la vez.
Ahora bien, aquí es donde se presenta, en la cadena de crisis
desatada por los actos de Napoleón, el eslabón que condujo
la crisis española a sus posesiones del Caribe, una crisis que
iba a conducir rápidamente a abrir la etapa de las guerras de
esas posesiones por lograr su independencia. La transferencia de la
crisis desde España a América se produjo así:
Al salir para Burgos con la idea de hallar al emperador en la vieja
ciudad castellana, Fernando VII, aconsejado por hombres que tenían
sus dudas sobre los planes de Napoleón, dejó establecida
en Madrid una junta de gobierno que encabezaba su tío, el infante
don Antonio, y sucedió que cuando Murat ordenó las sangrientas
represiones del 2 y el 3 de mayo, esa junta apoyó a Murat, con
lo cual perdió su autoridad ante el pueblo. Pero como el levantamiento
de Madrid estaba reproduciéndose en muchos sitios de España,
cada pueblo o ciudad que se levantaba designaba una junta local para
dirigir la guerra popular contra los franceses. Así, para fines
de mayo había en el país varias juntas, todas formadas
"en defensa de los derechos de Fernando VII”, pues el joven
rey se había convertido en el símbolo de España
y sus derechos al trono implicaban el derecho de España a quedar
libre de los franceses. Fue así como vino a suceder que el pueblo
español estaba en armas, y sin embargo no había ninguna
autoridad central que dirigiera la lucha. Por esa razón, al llegar
al Caribe la noticia de lo que había sucedido en España,
los pueblos españoles de la región imitaron lo que estaba
haciéndose en la metrópoli y cada uno formó también
su junta, y esas juntas acabarían convirtiéndose en organismos
directores de los movimientos de independencia de los territorios del
Caribe. Ahora bien, dado el tipo de organización social que había
en esos territorios, las juntas defensoras de los derechos de Fernando
VII que se formaron en el Caribe estuvieron desde el primer momento
formadas por las personas de más rango, lo que significa que
pertenecían al grupo dominante de cada lugar, y esos grupos dominantes
eran los grandes terratenientes esclavistas, enemigos jurados de los
círculos burgueses que habían gobernado en España
con los Borbones y enemigos jurados, desde luego, de la Revolución
francesa y de Napoleón Bonaparte.
En las dependencias españolas del Caribe se tuvieron noticias
de lo que estaba sucediendo en España cuando llegó a La
Guaira a mediados de julio una orden del Consejo de Indias para que
se reconociera a José Bonaparte como rey de España. La
nueva causó una conmoción en Caracas. ¿Cómo
y por qué razón era José Bonaparte rey de España?
¿Qué quería decir eso? Los mensajeros explicaron
que Carlos, María Luisa y su hijo Fernando estaban presos en
Francia y que Napoleón había designado a su hermano José
para reinar en España y América. No hacía falta
más. La aristocracia caraqueña, a la que el pueblo llamaba
los mantuanos debido a que sus mujeres usaban largos mantos para ir
a misa, se lanzó a la calle y encabezó una serie de manifestaciones
en que se daban vivas a Fernando Vil y mueras a Napoleón Bonaparte;
el cabildo, compuesto por mantuanos, reclamó que el capitán
general jurara públicamente fidelidad al rey preso, a lo que
el capitán general accedió; se sacó a las calles
el pendón real y Caracas vivió un día de extrema
pasión monárquica. Era que entre la burguesía francesa,
que había decapitado a los aristócratas, y los reyes borbónicos,
que entregaban el poder al círculo burgués de España
pero no perseguían a la nobleza ni la despojaban de sus bienes,
los mantuanos de Caracas preferían al rey Borbón.
Pero no sería en Venezuela donde se verían los síntomas
más rápidos de la reacción de los grupos dominantes
del Caribe ante la noticia del destronamiento de los Borbones españoles;
sería en Santo Domingo, donde el general Ferrand llevaba cuatro
años ejerciendo el gobierno en nombre de Francia. Allí
no había aristocracia mantuana, pero estaban los hateros, también
grandes latifundistas esclavistas, que seguían siendo españoles
en su corazón, entre otras razones porque el Gobierno español
res-peló siempre de manera absoluta sus propiedades en tierras,
sus derechos de amos de esclavos y su importancia social. En Santo Domingo
se comenzó a conspirar para echar á los franceses y esas
conspiraciones hallaron respaldo en las autoridades españolas
de Puerto Rico, que estaban dispuestas a facilitar armas y hombres para
la lucha. Las actividades conspirativas comenzaron simultáneamente
en dos puntos distintos del país, una en el este y otra en el
oeste, por la banda del sur. Un escuadrón naval inglés
cooperó con el grupo que iba a actuar en la parte oriental y
obtuvo la rendición de la pequeña guarnición francesa
que había en Samaná, al mismo tiempo que el jefe del movimiento,
un hacendado criollo llamado don Juan Sánchez Ramírez,
desembarcaba y tomaba Híguey y el Seybo. Por su parte, don Ciríaco
Ramírez, el jefe del grupo que operaría en la banda del
sur, se levantó con armas llevadas también desde Puerto
Rico, pero fuerzas francesas al mando del coronel Aussenac le obligaron
a refugiarse en los bosques de la región.
En pocos días Sánchez Ramírez reunió varios
cientos de hombres y avanzó hacia el oeste. El general Ferrand
se dio cuenta de que aquel movimiento era serio, sobre todo estando
él, como estaba, aislado en medio del Caribe, con Haití
a un lado y los navíos ingleses dominando las aguas de las Antillas;
así, pensó que había que aplastar rápidamente
a Sánchez Ramírez y él mismo se puso a la cabeza
de las fuerzas que debían hacerlo. Sánchez Ramírez
había tomado posiciones ventajosas al fondo de la sabana de Palo
Hincado; allí esperó al general francés, y aunque
no tenía experiencia militar, al producirse la batalla se condujo
como un veterano y Ferrand fue derrotado de manera tan vergonzosa que
prefirió darse un pistoletazo en la cabeza antes de verse perseguido
y acorralado en los bosques vecinos. La batalla de Palo Hincado tuvo
lugar el 8 de noviembre de 1708.
El jefe vencedor avanzó inmediatamente hacia la ciudad de Santo
Domingo, a la que puso un sitio que iba a durar varios meses. El general
Barquier, sucesor de Ferrand, evacuó a la mayor parte de los
vecinos y se dispuso a resistir hasta el límite de sus fuerzas.
Todas las salidas hechas para levantar el cerco, algunas de ellas realmente
desesperadas, terminaron en fracaso. Los defensores morían de
hambre, pero los atacantes no disponían de fuerza para dar un
asalto decisivo. La suerte de la ciudad se decidió cuando el
27 de junio de 1809 se presentó frente a Santo Domingo una escuadra
inglesa que llevaba infantería bajo el mando del general Hugh
Carmichael y desembarcó tropas en Palenque, a corta distancia
de la ciudad, mientras los navíos bloqueaban el puerto. Barquier,
que no quería rendirse a Sánchez Ramírez, se rindió
el 6 de julio a Carmichael y éste entregó la plaza a Sánchez
Ramírez el día 12. Así volvió a ser territorio
español la que había sido la primera dependencia de España
en el Caribe y en América, y seguiría siéndolo
hasta diciembre de 1821. En Santo Domingo, pues, se luchó contra
los franceses, pero no por la independencia; de igual manera comenzaría
la lucha en Venezuela y Nueva Granada.
Para entonces, ya los ingleses habían tomado Deseada y Marigalante,
en las vecindades de Guadalupe, y la isla de Martinica, que había
caído en sus manos el 24 de febrero después de varios
días de combates. Un año después tomarían
Guadalupe, que capituló el 6 de febrero de 1810, y unos días
más tarde tomaban las pequeñas islas holandesas de San
Eustaquio y Saba y la franco-holandesa de San Martín. En el mar
de los caribes no quedaba a mediados de 1810 ni un pie de tierra francés
que no hubiera caído en manos británicas. Cuando ingleses
y franceses hicieron la paz, cuatro años después, los
primeros se quedaron con Tobago y Santa Lucía y devolvieron a
Francia todas las otras posesiones francesas.
Es explicable que Francia perdiera en esa guerra sus territorios del
Caribe; al fin y al cabo, aunque casi toda Europa participó en
la guerra del lado francés, la guerra era de hecho una lucha
entre Napoleón y Gran Bretaña. Lo que resulta ser casi
una burla histórica es que España, expoliada y maltratada
por Napoleón, acabara también perdiendo la mayoría
de sus dependencias en la región, pero es así como se
producen los acontecimientos cuando operan fuerzas de carácter
mundial. Puesto que la crisis de la Revolución francesa había
transformado el mapa europeo, y España era parte de Europa, resultaba
lógico que al agudizarse la crisis precisamente en España,
las convulsiones de esa crisis pasaran a sus territorios del Caribe,
donde se hallaba desde hacía más de trescientos años
la frontera más débil de España.
Había en el Caribe dos puntos en los cuales se iniciarían
las luchas de los territorios españoles por su independencia;
uno. la capitanía general de Venezuela, y otro, el virreinato
de Nueva Granada.
Los acontecimientos se desatarían más rápidamente
en Venezuela porque allí las contradicciones entre las clases
sociales eran más violentas. En esos años la población
del país se calculaba en 800.000 personas; 62.000 eran esclavos
negros, 420.000 eran mestizos de varias razas, 120.000 eran indios y
212.000 eran blancos, de los cuales 12.000 eran españoles y canarios,
Entre esclavos, negros libres y mestizos de todas las razas había,
pues, 468.000, es decir, más de la mitad de la población,
y aunque de esa cantidad los más explotados eran los esclavos,
todos eran violentamente discriminados por los blancos; pero entre éstos
también había divisiones: la aristocracia latifundista
y esclavista—esto es, los mantuanos— odiaba a muerte a los
canarios, a los que consideraba pertenecientes a una raza inferior,
y desde luego despreciaba a los blancos, españoles o criollos,
que se dedicaban al comercio y, como decían ellos, "a otros
oficios baxos". La minoría mantuana quería el poder
político para mantener su posición de privilegio. La burguesía,
encarnada por Napoleón, era en ese momento una clase progresista,
la más avanzada del mundo, y los mantuanos temían a esa
burguesía tanto como un banquero norteamericano del año
1965 podía temer a Mao Tse-tung o a Fidel Castro.
Así, al quedar formada en España en el mes de septiembre
la Junta Suprema de Sevilla, que pasó a ser el centro de autoridad
de todas las juntas defensoras de los derechos de Fernando VII que actuaban
en España, solicitó que en América se formaran
juntas locales sometidas a su autoridad, y los mantuanos de Caracas
se dedicaron a formar la de Venezuela porque no estaban dispuestos a
que ningún otro grupo del país se convirtiera en un centro
de poder situado por encima de ellos. Los mantuanos, pues, redactaron
un manifiesto pidiendo la formación de una junta, tal como quería
la de Sevilla, y nombraron sus delegados de antemano; eran 8 y entre
ellos había 2 marqueses y 5 condes, todos criollos, lo que da
idea de cómo estaban organizados los terratenientes esclavistas
de Venezuela. La junta no llegó a formarse porque se opuso el
batallón de pardos —lo que equivalía a decir gente
del pueblo—, y apoyadas en esa actitud de los pardos las autoridades
ordenaron la detención de todos los firmantes del manifiesto
mantuano y enviaron a uno de ellos a España como reo de Estado.
En Santa Fe de Bogotá, la capital de Nueva Granada, vinieron
a conocerse los acontecimientos de Madrid en el mes de agosto, y en
septiembre llegó un capitán de fragata español
a pedir, en nombre de la Junta Suprema de Sevilla, que se reconociera
a Fernando Vil como rey. A esas fechas Inglaterra tenía representantes
ante la Junta, a la que había reconocido como Gobierno de España.
Convocado el cabildo abierto, que era una institución política
española y que consistía en una asamblea de las personas
importantes de la ciudad que se reunía cuando había que
tratar problemas trascendentales, se aceptó la propuesta, se
hizo una recaudación de dinero que alcanzó a medio millón
de pesos y el día 11 se proclamó solemne y jubilosamente
a Fernando como rey de la tierra.
En el mes de diciembre de 1808 entró Napoleón en Madrid,
y el curso de la guerra, que había estado siendo favorable a
los españoles, comenzó a cambiar. En enero de 1809 la
Junta Suprema de Sevilla decretó que las posesiones españolas
de América eran parte del reino y en tal virtud debían
enviar delegados a la Junta. Dado el cambio de situación, los
mantuanos detenidos en Caracas fueron puestos en libertad, y en el mes
de mayo llegó a Venezuela don Vicente Emparan con la misión
de hacerse cargo del puesto de capitán general. El 10 de diciembre
se formó en Quito una Junta Suprema que desconoció alas
autoridades españolas e invitó al cabildo de Santa Fe
a hacer otro tanto. El virrey, don Antonio Amar y Borbón, accedió
a convocar el 6 de septiembre a cabildo abierto, pero dio órdenes
de que el local en que se reunía fuera rodeado por fuerza pública.
Un joven abogado de treinta y tres años se levantó a protestar
de esa medida. Se llamaba Camilo Torres, y en honor suyo se llamaría
así un joven sacerdote, sociólogo y profesor universitario
que moriría el 15 de febrero de 1966, combatiendo con las armas
en la mano en las guerrillas colombianas. El día 11 se disolvió
el cabildo abierto sin haberse llegado a un acuerdo, lo que dio lugar
a una agitación tan peligrosa que el virrey pidió tropas
a Cartagena y la Inquisición amenazó con excomulgar a
todo el que tuviera en su poder proclamas emitidas por la Junta de Quito.
Comenzaron las prisiones de personajes conocidos, hombres de las familias
distinguidas de Bogotá, y a finales de año se apreciaban
las primeras señales de que esa gente distinguida se distanciaba
cada vez más de las autoridades españolas.
En Caracas, mientras tanto, el mantuanismo, que había aprendido
la lección de noviembre de 1808 —cuando perdió la
oportunidad de formar y controlar la junta porque no disponía
de fuerza militar que enfrentar al batallón de los pardos—,
se había ganado la adhesión del batallón de Aragua
y de los mestizos y negros libres de los barrios y se preparó
a dar un golpe de mano que lo llevara al poder, y fijó la fecha:
sería el día de jueves santo, 19 de abril de 1810. Ese
día los mantuanos, que tenían el control del ayuntamiento
de la ciudad, invitaron desde muy temprano al capitán general
Emparan a ir con ellos a las festividades religiosas, y al mismo tiempo
delegados suyos, jóvenes y fervientes —entre los cuales
había uno que se llamaba Simón Bolívar—,
recorrían los barrios pidiéndole a la gente del pueblo
que se reuniera frente al ayuntamiento y a la iglesia. Cuando el capitán
general pensó que ya era hora de ir al templo, los miembros del
cabildo alegaron que antes debían hablar de la situación
de España y América. Emparan se puso de pie y se encaminó
a la iglesia. Los mantuanos le rodearon y comenzaron a discutir con
él en plena calle, dispuestos a no dejarle avanzar. El capitán
general quiso imponer su autoridad, pero el jefe del batallón
de Aragua le empujó hacia el ayuntamiento. Era la rebelión
sin sangre. Lo que vino después fue relativamente simple. Desde
los balcones del ayuntamiento se le preguntó al pueblo reunido
abajo si quería que siguiera gobernándolo Emparan; el
pueblo gritó que no, a lo que el capitán general respondió:
"Yo tampoco quiero mando." A seguidas el ayuntamiento de Caracas,
centro de poder del mantuanismo de Venezuela, se proclamó a sí
mismo Junta Suprema del Gobierno de la provincia y envió delegados
a los demás ayuntamientos del país para pedirles que reconocieran
su autoridad. La mayoría la aceptaría, lo que se explica
porque también en las ciudades y villas del interior eran mantuanos
los miembros de los cabildos. El que no estaría de acuerdo sería
el pueblo, y más propiamente aún, las masas esclavas y
mestizas que formaban la base del pueblo venezolano.
En el mes de junio iba a producirse en Cartagena un movimiento parecido
al de Caracas; también allí iba el ayuntamiento a desconocer
al gobernador y también allí pasaría el ayuntamiento
a gobernar la provincia. A poco sucedía algo similar en Pamplona
y Socorro, dos ciudades que se hallaban al norte de Santa Fe, y se invitaba
al pueblo de Bogotá a que hiciera otro tanto. Al mismo tiempo
comenzaron a levantarse grupos de criollos en los llanos de Casanare,
fronterizos de Venezuela; esos grupos fueron aplastados y sus cabecillas
decapitados y las cabezas enviadas a Bogotá.
Inesperadamente, y sin causa suficiente, tal como sucedió en
el motín del té en Boston y como sucede cuando la atmósfera
está cargada de gases peligrosos y alguien enciende un fósforo,
el pueblo de Bogotá iba a levantarse el 20 de julio. En Santa
Fe había mucho entusiasmo porque se esperaba la llegada de Antonio
Villavicencio, un quiteño que había ido a Nueva Granada
enviado por la Junta Regente de España. A su paso por Cartagena,
Villavicencio había puesto en libertad a los prisioneros políticos,
entre ellos a don Antonio Nariño, un notable bogotano que tenía
mucho prestigio en Santa Fe. Los bogotanos habían resuelto engalanar
las calles para recibir a Villavicencio. Y sucedió que dos criollos,
padre e hijo, fueron al comercio de un español a comprar cintajos,
y el comerciante se negó a venderles y además agregó
a la negativa algunas palabras malsonantes dedicadas a los criollos
y a Villavicencio. El insulto llenó de cólera al padre
y al hijo, que respondieron golpeando al tendero, y en pocos minutos
ese incidente minúsculo se había convertido en una verdadera
batalla campal entre criollos y españoles; los primeros apedreaban
las casas de los segundos y éstos corrían a buscar refugio
en cualquier parte o armas para defenderse; por todas las calles aparecían
hombres armados, sonaban las campanas de las iglesias y el pueblo gritaba
pidiendo cabildo. El virrey aceptó llamar a cabildo, pero se
negó a que fuera abierto; debía ser cerrado, lo que significaba
que sólo podrían participar en él los funcionarios
públicos y religiosos y algunas personas invitadas especialmente.
Pero el pueblo no admitió que el cabildo se limitara a ser cerrado;
se metió a la fuerza en el local donde se celebraba la asamblea
y su presencia obligó a que ésta fuera abierta.
Lo que estaba sucediendo en Bogotá el 20 de julio no se parecía
a lo que había sucedido en Caracas el 19 de abril. En Caracas
los mantuanos manipularon al pueblo y lo usaron como instrumento de
presión sobre Emparan; en Bogotá el pueblo actuó
por su cuenta y sobrepasó a los notables de la ciudad, que fueron
sorprendidos por el motín; en Caracas los mantuanos trabajaron
a la oficialidad del batallón Aragua antes de lanzarse a actuar;
en Bogotá los jefes de la tropa se negaron a disparar contra
el pueblo o se unieron a él de manera espontánea. Pero
al fin y al cabo los resultados fueron parecidos, pues los personajes
de Bogotá formaron una junta sin tener en cuenta el cabildo abierto
y el pueblo aprobó con entusiasmo esa medida; es más.
aceptó que el virrey Amar y Borbón fuera el presidente
de la junta.
La junta se reunió, y sus miembros juraron dar su vida por Fernando
VII y en defensa de la religión católica. Esto sucedió
en la mañana del día 21. Pero sucede que a mediodía
se amotinó otra vez el pueblo, sacó de la prisión
a uno de los notables que estaba detenido en ella y obligó a
la junta a que lo aceptara como uno de sus miembros. El resto del día
las multitudes estuvieron recorriendo las calles de la ciudad persiguiendo
a funcionarios españoles mal vistos por los criollos y festejando
su victoria. El 23 se procedió a la proclamación pública
y solemne de Fernando VII como rey de España y de América.
El 24 volvió el pueblo a amotinarse y comenzó a reclamar
la prisión de otros funcionarios y al final gritaba que se destituyera
al virrey; pero como su instinto le decía que algo andaba mal,
no se detuvo ahí y comenzó a pedir la prisión de
Amar y Borbón y su mujer, la virreina. Sometida a una fuerza
ingobernable y peligrosa, la junta aceptó todas las demandas.
No podía intentar, siquiera, evadir las peticiones populares,
porque las muchedumbres eran dueñas de las calles desde hacía
tres semanas y no había poder alguno para someterlas. El 15 de
agosto don Antonio Amar y Borbón, la virreina y varios altos
funcionarios fueron enviados a Cartagena, donde el virrey guardó
prisión hasta que pudiera embarcar hacia España.
La marcha de los acontecimientos tenía el ritmo loco de los torrentes
en días de grandes lluvias. La crisis española entraba
en su fase aguda en los territorios del Caribe. En todas partes había
agitación y en todas partes se formulaban planes y se tomaban
decisiones. Así, la junta de Cartagena convocó a un congreso
de delegados de todo el virreinato para establecer una república
federal; la de Bogotá convocó otro que debía reunirse
en la capital el 22 de diciembre. Por su parte, la de Caracas había
convocado a otro para el mes de marzo de 1811. Los pueblos españoles
del Caribe se hallaban en los umbrales de una conmoción fiera,
costosa y prolongada.

Capítulo XIX
La guerra social venezolana
Las luchas de independencia
en los territorios españoles del Caribe comenzaron desatando
la pavorosa guerra social de Venezuela, hecha por la masa del pueblo
—españoles del común, canarios, pardos, zambos,
negros libres y esclavos— contra los criollos todopoderosos.
Quienes iniciaron las luchas fueron los sectores de lo que hoy llamaríamos
la extrema derecha, los terratenientes esclavistas; y en aquellos lugares
donde esa clase tenía círculos aristocráticos,
las comenzaron éstos, o por lo menos, ellos las encabezaron.
Eso es lo que explica que las masas populares se pusieran frente a los
iniciadores de la independencia y del lado realista, pues la monarquía
borbónica, que tenía ciento diez años de historia,
era infinitamente más avanzada que los amos de tierras y esclavos
del Caribe español y muy a menudo les imponía limitaciones
a sus desafueros y amparaba a los sectores sociales del pueblo contra
los abusos de los poderosos. Por su parte, los terratenientes esclavistas,
que se habían acostumbrado a las libertades económicas
que habían dado los reyes Borbones a sus territorios de la región,
querían el poder político —y nada menos que todo
el poder político— para ellos solos, no para compartirlo
con ninguna otra clase. Habían visto que en la América
del Norte se había hecho la independencia y el poder había
caído en las manos de grandes terratenientes dueños de
esclavos y ellos querían disfrutar de una situación similar
a la de sus congéneres de los Estados Unidos.
En pocas palabras, el movimiento de independencia en el Caribe español
tuvo su origen en los círculos más reaccionarios, por
lo menos en sus primeros años. Los historiadores, los poetas,
los escritores de esa región del mundo lograron engañar
durante más de un siglo a infinidad de gente presentando ese
movimiento con colores brillantes; pero en el momento en que se produjo
nadie pudo engañar a las masas de los pueblos; esas masas se
dieron cuenta de la verdad desde el día mismo en que vieron a
los grandes señores del cacao, del azúcar y del añil.
Y las juntas que se formaron con el pretexto de mantener y defender
los derechos de Fernando VIL Pasarían años antes de que
el agotamiento de la guerra social y el genio político de Bolívar
provocaran la incorporación de las masas a la lucha por la independencia.
En sus inicios, las luchas fueron aisladas y hasta en un mismo territorio
se produjeron movimientos diferentes. Eso dependía de la composición
social de cada lugar, de la mayor o menor autoridad de los líderes.
Pero la agitación fue general, excepto, tal vez, en Cuba y Puerto
Rico. En Santo Domingo, como sabemos, acabó en la expulsión
de los franceses y la reincorporación a España; en Nueva
Granada provocaría desde el primer momento no sólo acciones
de guerra contra españoles y neogranadinos, sino además
una guerra civil entre republicanos; en Venezuela iba a desatar una
guerra social de proporciones abrumadoras.
Entre fines de 1810 y marzo de 1811, la presión independentista
fue más fuerte en Caracas, adonde Miranda había llegado
en el mes de diciembre invitado por el joven Simón Bolívar,
que había sido el representante de la Junta de Caracas en Londres.
Los patricios de Bogotá —conocida todavía en esos
años con el nombre de Santa Fe— establecieron el Estado
de Cundinamarca, presidido por Jorge Tadeo Lozano, que debía
ser uno de los que formarían la confederación en las Provincias
Unidas de Nueva Granada, cuya constitución se negó a ser
elaborada inmediatamente. Por su parte, Cartagena se negó a reconocer
autoridad alguna a las Cortes españolas, y mientras tanto en
la región sudoeste del país se inició una lucha
armada entre republicanos y realistas, estos últimos mandados
por el gobernador español de Popayán, el general Tacón.
A medida que avanzaba el año de 1811 se producían rebeliones
de esclavos en la región central de Venezuela, y cuando el Congreso
reunido en Caracas proclamó el 5 de julio la independencia del
país y su organización como república federal,
la respuesta popular fue una sublevación realista en la importante
ciudad de Valencia. El Congreso encomendó a Miranda someter a
los valencianos y el viejo luchador lo consiguió, pero a un precio
muy alto en muertos y heridos. En el mes de septiembre se produjeron
en Bogotá desórdenes de tal naturaleza que Lozano se vio
forzado a renunciar la presidencia del flamante Estado de Cundinamarca
mientras el Congreso seguía trabajando en la creación
de las Provincias Unidas.
La verdad era que toda la región se hallaba sometida a tensiones
peligrosas. Había fuerzas realistas en Santa Marta, esto es,
en el litoral del Caribe y a muy poca distancia de Cartagena, y las
había también en Popayán, hacia el Sur; había
fuerzas realistas en Maracaibo y Coro, también en el litoral
del Caribe, pero ya dentro de los límites de Venezuela, y las
había en La Guayana, en el extremo oriental venezolano. Dentro
de la zona del Caribe las fuerzas realistas ocupaban la costa desde
Santa Marta hasta Coro, lo que suponía un territorio grande.
En los primeros días de noviembre de ese año de 1811 —el
5, el 6 y el 7— estalló inesperadamente un movimiento independentista
en El Salvador, que era entonces una de las provincias de la Capitanía
General de Guatemala, llamada generalmente reino de Guatemala. Adueñados
de San Salvador, que era la capital de la provincia, los independentistas
proclamaron la independencia el día 11 e invitaron a todos los
pueblos de la provincia a que se les unieran, pero sólo lo hicieron
unos pocos. El movimiento estaba encabezado por los notables de San
Salvador, y especialmente por unos cuantos miembros del alto clero del
país. Ese mismo día 11 de noviembre quedó establecida
la confederación de las Provincias Unidas de Nueva Granada, que
se conocería con el nombre simple de la Unión, y una rebelión
popular obligaba a la Junta de Cartagena a declarar su independencia
total de España, cosa que no iban a hacerlos otros Estados, de
la Unión sino mucho más tarde.
El 22 de diciembre se amotinó el pueblo de Granada, en la provincia
de Nicaragua, reclamando que se sustituyera a los funcionarios españoles
acusados de abuso de autoridad, y al comenzar el año de 1812
sucedió lo mismo en Tegucigalpa, en la provincia de Honduras,
con lo cual eran ya tres las provincias del reino de Guatemala sacudidas
por la agitación que predominaba en las tierras españolas
del Caribe. Hubo que organizar fuerzas para someter a los rebeldes de
Tegucigalpa, como hubo que organizarías en el mes de noviembre
en el caso de El Salvador. Las mismas fuerzas que actuaron, en Tegucigalpa
fueron enviadas a imponer el orden en Granada, donde la rebelión
duró hasta principios del mes de febrero.
En el centro de Nueva Granada las luchas se desviaron hacia guerras
civiles provocadas por la decisión del Estado de Cundinamarca
—cuyo presidente pasó a ser, a la renuncia de Lozano, don
Antonio Nariño— de anexionarse varios territorios, entre
ellos algunos tan distantes como Pamplona, situada al norte de Bogotá.
El gobierno de Cundinamarca sólo aceptaría formar parte
de la Unión después que obtuviera la anexión de
esos territorios que reclamaba. En el fondo de la guerra civil que se
desató no había sino una realidad, que eran las contradicciones
entre sectores terratenientes. De todos modos, dado que esas luchas
eran internas no hay en este libro lugar para describirlas; en cambio
lo hay para referirnos a los acontecimientos del norte y del sur del
país, donde los neogranadinos combatían por su independencia.
Así, debemos decir que en el sur, Tacón abandonó
el campo para irse al Perú, pero al frente de las fuerzas realistas
le sucedió Antonio Tenorio, que levantó a la población
del valle de Patía en favor del rey, mientras a Santa Marta llegaban
refuerzos españoles enviados desde Cuba con los cuales los realistas
pudieron asegurarse el dominio de la margen derecha del río Magdalena
y con ella los accesos hacia Ocaña y los ricos valles de Cúcuta.
También llegaron refuerzos a Venezuela. Fue una pequeña
columna despachada desde Puerto Rico al mando del capitán de
fragata don Domingo Monteverde, que desembarcó en Coro a principios
de marzo de 1812. A pesar de su tamaño, totalmente desproporcionado
a la tarea que debía realizar, esa diminuta fuerza española
levantó a tal grado el entusiasmo de los partidarios de Fernando
VII en el occidente de Venezuela —la gente del pueblo, y en el
caso especial de Coro, también mantuanos que no habían
querido unirse a los de Caracas— que Monteverde pudo avanzar hacia
el sur sin un tropiezo, y lo que es más, aumentando sus efectivos
con gente que se agregaba espontáneamente; así entró
en Carora sin disparar un tiro y ya para fines de abril había
tomado Barquisimeto y San Carlos. Todo el territorio que dejaba a su
retaguardia, hasta la margen derecha del río Magdalena, en Nueva
Granada, era sólidamente realista, de manera que disponía
de una base segura para obtener alimentos y ayuda del pueblo. Cuando
él avanzaba hacia el centro de Venezuela, Antonio Tenorio estaba
reconquistando Popayán, en el sudoeste de Nueva Granada.
La Junta de la Regencia que se había formado en España
para representar al rey nombró un virrey para Nueva Granada,
pero como el único lugar de Nueva Granada donde no había
habido levantamientos contra el poder español ni había
amenazas de ataques republicanos era la provincia de Panamá,
el virrey se fue a ese sitio a establecer su gobierno. Así vino
a suceder que Cartagena se halló de improviso cogida entre dos
puntos enemigos; en su naneo izquierdo estaba Panamá, donde se
hallaba nada menos que el virrey de España y con él la
posibilidad de que se organizaran fuerzas para ir contra Cartagena,
y en su flanco derecho estaba Santa Marta, donde habían llegado
refuerzos procedentes de Cuba. Colocada entre la espada y la pared,
Cartagena despachó fuerzas que debían cruzar el Magdalena,
tomar posiciones en la orilla derecha y atacar Santa Marta por su retaguardia;
pero las tropas de Cartagena fueron repelidas, con pérdidas importantes,
especialmente en barcos, antes de que pudieran tomar posiciones del
otro lado del río.
Mientras tanto, el Congreso de Caracas, que estaba viendo con preocupación
el avance de Monteverde y el entusiasmo popular que levantaba a su paso,
nombró a Miranda generalísimo y le dio el encargo de organizar
un ejército que pudiera batir al jefe español. Antes de
que Miranda pudiera disponer de tropas organizadas, Monteverde entró
en Valencia y la tomó sin resistencia, debido a que la masa del
lugar, como estaba sucediendo en todo el país, era partidaria
del rey. Miranda comprendió que la situación se hacía
difícil y corrió a situarse en la Victoria, con lo cual
cerraba el paso de Monteverde hacia Caracas, y estaba allí a
fines de junio, cuando ocurrió la catastrófica sublevación
del castillo de Puerto Cabello.
Ese castillo era el único punto fuerte que tenía Miranda
en su flanco derecho y era, además, el único desde el
cual podía cortar la retaguardia de Monteverde en caso de que
éste pretendiera avanzar hacia la Victoria. Miranda había
confiado la jefatura de esa posición, con su depósito
de casi dos mil quintales de pólvora y artillería abundante,
a su joven amigo Simón Bolívar, a quien había dado
el rango de coronel. Ahora bien, sucedía que el castillo de Puerto
Cabello era al mismo tiempo que fuerte militar una prisión donde
había numerosos oficiales y soldados españoles, y esos
prisioneros fueron puestos en libertad el día 30 de junio por
un oficial de Bolívar en el momento en que éste se hallaba
en la ciudad haciendo su comida del mediodía. Ese oficial venezolano
era partidario del rey, lo que indica cuál era la situación
real de Venezuela desde el punto de vista político.
El castillo de Puerto Cabello cayó, pues, en manos españolas
sin que hubiera que disparar un tiro, y aunque Bolívar trató
de recuperarlo y estuvo seis días luchando con ese fin, no logró
cambiar la situación y se retiró a La Guayra.
Con el castillo de Puerto Cabello y su dotación de pólvora
y cañones del lado de Monteverde, Miranda, jefe de fuerzas todavía
mal organizadas, no tenía posibilidades de evitar una derrota.
En realidad, ni aun sin ese tropiezo hubiera podido el viejo luchador
asegurar la victoria sobre Monteverde, pues, como lo probaba la entrega
del castillo, la mayoría de los venezolanos se oponía
a los mantuanos de Caracas, y éstos, incapaces de reconocer los
valores del pueblo, no llamaron a esas mayorías a participar
en la creación de la república, lo que se explica porque
en ese caso habrían tenido que concederles derechos. Miranda,
que no podía engañarse, solicitó un armisticio
cuyas capitulaciones se firmaron el 24 de julio. La República
Federal de Venezuela moría al cumplir su primer año de
vida.
A fines de julio, don Francisco de Miranda se preparaba a abandonar
Venezuela; el día 30 llegó a La Guayra donde le esperaba
un navío inglés que debía conducirlo a Curazao.
La pequeña isla holandesa, situada a una singladura de La Guayra,
había sido tomada por los ingleses en enero de 1807, como se
dijo en el capítulo anterior, y seguía en manos británicas.
Miranda viajaba siempre con sus archivos, y tan pronto llegó
a La Guayra los hizo embarcar en el navío inglés; después
fue a hospedarse en la casa de un amigo, donde dormiría la noche
del 30, y tomaría el barco en la mañana del 31. El amigo
que lo hospedaba se había vendido ya al bando vencedor, cosa
que sucede a menudo en épocas turbulentas como las que vivía
el país, e hizo a unos cuantos jóvenes mantuanos, entre
los cuales se hallaba Bolívar, una falsa confidencia; les dijo
que los cajones, y enviados por Miranda al navío inglés
estaban llenos del oro que le había dado Monteverde para que
le dejara paso libre hacia Caracas. Llenos de indignación y sin
que trataran de confirmar lo que habían oído, Bolívar
y sus amigos despertaron a Miranda en horas de la madrugada y lo hicieron
preso. Preso lo hallaron las fuerzas de Monteverde al entrar en La Guayra
y ya nunca más el viejo luchador volvería a verse Ubre;
iba a morir, cuatro años después, en la prisión
de La Carraca, en Cádiz.
La llegada de Monteverde a Caracas significaría no sólo
la muerte de la República Federal de Venezuela, sino además
un golpe duro, aunque no necesariamente fatal, para la clase dominante
del país, los orgullosos mantuanos, que habían declarado
la independencia; pues con Monteverde entraron en el palacio de los
capitanes generales los llamados "blancos de orilla", pequeños
comerciantes y gente que ejercía "oficios baxos", como
decían los mantuanos; los canarios, los pardos, los zambos y
los negros libres, es decir, toda la gente del pueblo que había
sufrido el desprecio y el odio del mantuanismo.
Monteverde no autorizó crueldades, aunque no podía dejar
en libertad a los personajes republicanos; pero los mantuanos de Venezuela
no podían perdonar que él abriera las puertas del palacio
de Gobierno al pueblo, y como en toda la América española
quienes estaban escribiendo la Historia eran los servidores de la clase
dominante, Monteverde ha estado figurando hasta ahora como la encarnación
del crimen, el realista sin entrañas, él español
salvaje. Y nada de eso es cierto. Lo cierto es que Monteverde fue el
primer jefe de la democracia social venezolana y í una figura
que merece respeto. Como primer jefe de la democracia social de Venezuela
a él le tocó iniciar un capítulo en la historia
del país, y lo hizo sin maldad; cada vez que pudo hacerlo, salvó
vidas y aun bienes. A Simón Bolívar, por ejemplo, le dio
pasaporte para que saliera del país, y a fines de agosto el joven
coronel en cuyas manos se había perdido el castillo de Puerto
Cabello estaba en Curazao; otros mantuanos, jóvenes y viejos,
salían hacia Trinidad o hacia Nueva Granada.
Sólo en algunos puntos de Nueva Granada podían hallar
los republicanos de Venezuela ambiente propicio para sus planes y ayuda
para reemprender la lucha. Entre esos republicanos de Venezuela había
algunos españoles, como el coronel Manuel Cortés Campomanes.
En Nueva Granada había también extranjeros, como el francés
Pierre Labaut, que había sido oficial de Napoleón y servía
a las autoridades cartageneras. Cartagena se hallaba en aprietos. Una
ancha faja del territorio, que iba desde el Magdalena hasta las vecindades
del golfo de Morrosquillo, en el litoral del Caribe, se había
pronunciado a favor de los realistas, y los españoles de Santa
Marta habían lanzado una ofensiva hacia el sur, sobre la ciudad
de Mompós, con cuya conquista hubieran aislado a Cartagena de
la región central del país. Cortés Campomanes,
Labaut y algunos oficiales venezolanos, como los hermanos Carabaño,
estaban luchando para reconquistar el terreno que había perdido
Cartagena, y en ese momento Bolívar abandonó Curazao y
se presentó en Cartagena; allí, en el viejo puerto del
Caribe, iba a encontrar la ayuda que necesitaba para lanzarse sobre
Venezuela y convertirse rápidamente en la primera figura de la
larga lucha por la independencia de la América española.
El Gobierno de Cartagena confió a Labaut la jefatura de las operaciones
sobre Santa Marta, y Labaut encomendó al coronel Simón
Bolívar el puesto de Barrancas, desde el cual, con 200 hombres,
Bolívar debía proteger la retaguardia del francés,
que cruzó el Magdalena y comenzó a operar en la margen
derecha con la intención de tomar la ciudad enemiga por la retaguardia.
Pero sucedió que en vez de quedarse estacionado en Barrancas,
Bolívar empezó a operar hacia el sur, mientras Labaut
lo hacía hacia el norte; y así fue como se dio el caso
de que al mismo tiempo que Labaut tomaba Santa Marta —en enero
de 1813— Bolívar entraba en Ocaña, después
de haber conquistado varios otros lugares, como Tenerife y Mompós.
Por esos mismos días terminaba la guerra civil que estaban llevando
a cabo la provincia de Tunja y el Estado de Cundinamarca, y el 1 del
mismo mes de enero habían desembarcado en Güiria Santiago
Marino y Manuel Piar al frente de un grupo de republicanos. Güiria
era un pequeño puerto situado en el golfo de Paria, es decir,
en el extremo oriental de la costa venezolana del Caribe, a corta distancia
de la isla de Trinidad, y no tenía guarnición realista,
de manera que cayó fácilmente en manos de Marino y Piar.
Estos se movieron inmediatamente hacia el oeste y ocuparon la plaza
de Maturín, que la guarnición realista abandonó
sin combatir. El avance de Marino y Piar desató en el oriente
de Venezuela la guerra social en sus formas más crueles. Bandas
que generalmente estaban encabezadas por algún español
de posición humilde, pero que se formaban a base de pardos, negros
libres y esclavos, comenzaron a actuar sin coordinación, una
aquí y otra allá, y empezaron a cometer asesinatos, a
torturar, a destruir, a incendiar propiedades de mantuanos.
Mientras tanto, Labaut había pedido al Gobierno de Cartagena
que sometiera a Bolívar a una corte marcial porque había
desobedecido órdenes de su superior, pero las victorias del joven
coronel venezolano le habían conquistado una popularidad tan
grande que nadie se atrevió a darle oídos a la petición
de Labaut. En ese momento, avanzando desde Maracaibo hacia el sur, a
través de los Andes, el coronel español Ramón Correa
había penetrado hasta Cúcuta, desde donde podía
lanzarse sobre Pamplona y poner en peligro la existencia de Cundinamarca.
El coronel Manuel del Castillo, que se hallaba al sur de Pamplona, en
Piedecuesta, le pidió a Bolívar que actuara combinado
con él en un ataque contra Correa; Bolívar solicitó
autorización a Cartagena, la obtuvo y tomó Cúcuta,
lo que le valió el grado de brigadier general y el título
de ciudadano de Nueva Granada, ambos expedidos por Camilo Torres, presidente
de las Provincias Unidas, pero también le ganó la enemistad
del coronel del Castillo, lo que dos años después tuvo
malos resultados para Bolívar y para Cartagena. En esos días
Marino y Piar repelían un ataque realista a Barcelona, y Monteverde
salía de Caracas para aplastar a Marino en Maturín.
Las fuerzas que Bolívar tenía en Cúcuta eran neogranadinas,
pero entre ellas había muchos venezolanos; algunos, como su tío
Félix Ribas, eran oficiales; otros eran simples soldados. De
todos modos, Bolívar necesitaba toda su tropa, neogranadinos
y venezolanos, para lanzarse a la lucha en Venezuela, y solicitó
permiso para disponer de ellos. Pero el coronel del Castillo, como había
hecho Labaut antes, pedía que se sometiera a Bolívar a
un consejo de guerra y se oponía a su marcha sobre Venezuela,
y todo eso consumió más de dos meses, que Bolívar
pasó esperando en Cúcuta. Cuando las autoridades de las
Provincias Unidas le autorizaron a seguir adelante, marchó hacia
el nordeste, subiendo los Andes, y el día 23 de mayo tomó
Mérida. Ya estaba en territorio venezolano.
En ese mes de mayo, Monteverde, derrotado en Maturín, estaba
volviendo a Caracas y la guerra social se extendía a toda Venezuela.
Los que se batían contra los partidarios de la república
eran los hombres del pueblo, algunos de ellos españoles, pero
los más negros, pardos, zambos. Se mataba en nombre de Fernando
VII, mas aquello era en verdad una espantosa guerra social que día
tras día cobraba más vigor, un vigor diabólico
que acabaría arruinando al país.
España no podía mandar ejércitos a América,
pero de Cuba se enviaron fuerzas a Santa Marta, que se había
rebelado contra Labaut y había vuelto a proclamar su adhesión
a Fernando VII Francisco Montalvo, un cubano que tenía grado
de mariscal de campo, llegó a Santa Marta con el título
de capitán general de Nueva Granada. Eso sucedía el 2
de junio (1813), cuando Bolívar estaba preparando la toma de
Trujillo. situada en el lado oriental de los Andes, en la que entró
una columna suya el día 10; él llegó a Trujillo
el 13, y el 15 lanzaba su proclama de guerra a muerte, que fue un esfuerzo
dirigido a encauzar la guerra social que estaba asolando el país
en una guerra regular de republicanos contra realistas.
Mientras Bolívar trataba de darle sentido de lucha por la independencia
a la guerra social, ésta se desataba en la región de Cúcuta.
Las fuerzas de Cartagena no habían cesado de atacar a las realistas
de Santa Marta, y éstas, mientras tanto, se expandían
hacia el sur, con el resultado de que la actividad militar provocó
la guerra social y ésta comenzó a florecer en los ricos
valles de Cúcuta. Al mismo tiempo, en el extremo sudoeste del
país comenzaba a operar el coronel español Juan de Sámano,
que iba a, ser años después el último virrey de
Nueva Granada.
Desde Trujillo, Bolívar despachó una columna para cubrir
su flanco izquierdo e impedir ataques de parte de los realistas de Maracaibo;
despachó otra columna para cubrir su flanco derecho y evitar
que las fuerzas realistas de Barinas —más de 2.000 hombres
con artillería— pudieran avanzar hacia San Carlos y cortarle
el paso, y él se dirigió a Guanare. Vencido en Niquitao
por la columna que cubría el flanco derecho del joven general,
los realistas abandonaron Barinas, donde Bolívar entró
y reforzó sus tropas con armas y hombres.
La situación era confusa en el centro de Nueva Granada. Cada
una de las provincias se consideraba un Estado autónomo dentro
de la Unión; cada una tenía su Gobierno de la Unión.
Aunque el nombre de la Unión era el de Provincias Unidas, había
provincias que se llamaban Estados. Algunos de esos Estados, como el
de Cartagena, había declarado su independencia absoluta de España;
otros, como el de Cundinamarca, reconocían a Fernando VII como
rey, aunque establecían que sólo ejercería la monarquía
cuando estuviera en el territorio del Estado y jurara y acatara sus
leyes. Pero sucedía que los acontecimientos se precipitaban y
obligaban a los notables que gobernaban esos Estados a tomar actitudes
imprevistas. Por ejemplo, los movimientos de Sámano en el sudoeste
del país representaban una amenaza para Cundinamarca, lo que
llevó a sus autoridades a declarar que Cundinamarca era un Estado
libre y soberano, sin ningún nexo con España ni con ningún
otro país, aunque seguía considerándose parte de
la Unión neogranadina, pero totalmente autónoma dentro
de ella. Eso sucedió el 16 de julio (1813). Se eligió
presidente de Cundinamarca a don Bernardo Álvarez y se le encomendó
a don Antonio Nariño, que había sido presidente hasta
entonces, la jefatura de las fuerzas que debían combatir a Sámano.
El Congreso de la Unión le prometió a Nariño que
todas las provincias proporcionarían soldados, armas y dinero
para la campaña. Antes de un mes de haberse declarado Cundinamarca
Estado libre y soberano, el de Antioquía proclamó su independencia
de España.
Mientras eso sucedía en Nueva Granada, Bolívar salía
de Barinas y se dirigía a Araure; al mismo tiempo, Ribas avanzaba
hacia Barquisimeto, ciudad que tomó después de haber derrotado
una fuerza realista en Los Horcones. Bolívar reorganizó
sus tropas en Araure, donde pasó los últimos días
de julio, y después avanzó hacia San Carlos. Monteverde
había establecido su cuartel general en Valencia, lo que hacía
inevitable el choque entre su ejército y el de Bolívar.
Efectivamente, el choque se produjo; fue en la sabana de Taguanes, el
31 de julio, y Monteverde quedó derrotado, de manera que se retiró
a Valencia e inmediatamente a Puerto Cabello, donde sin duda tenía
una posición buena para defenderse. Bolívar entró
en Valencia el día 2 de agosto, avanzó rápidamente
hacia la Victoria y el día 7 entraba en Caracas, y con ello daba
fin a lo que en la historia de Venezuela se conoce con el nombre de
"la campaña admirable" o "la campaña de
las mil millas"; el primero, porque el joven general venezolano
no sufrió un solo revés desde que salió de Barrancas,
en las vecindades de Cartagena, con sólo 200 hombres, y el segundo
porque ésa fue la distancia que recorrió con sus tropas
desde Barrancas a la capital de Venezuela.
Doce días después de la entrada de Bolívar en Caracas
las fuerzas de Santiago Marino y Manuel Piar tomaban Barcelona y proclamaban
a Marino jefe supremo de las provincias orientales del país.
Venezuela, pues, se hallaba en peligro de quedar dividida en dos partes
o de caer en una guerra civil cuando más funesta podía
ser la división de los republicanos, y para evitar que eso sucediera,
Bolívar procuró legalizar su autoridad; así, una
asamblea de notables de Caracas le concedió el título
de jefe militar y civil, con amplios poderes para gobernar, situación
que acabaron aceptando Marino y Piar. Debemos tener en cuenta que fueron
los notables de la ciudad —es decir, los hombres de prestigio
social, los clásicos mantuanos—, no la gente del pueblo,
quienes invistieron con esa autoridad a Bolívar, y que éste
aceptó que fuera así. Esos detalles dan idea de las razones
por las cuales la masa del pueblo no se sentía comprometida en
la tarea de crear la república, y lo que es peor, ni los poderdantes
ni Bolívar creían que esa masa tuviera nada que ver en
la creación de la república.
Tan pronto como liquidó el problema político que significaba
la presencia de dos jefaturas republicanas en Venezuela, Bolívar
acudió a Puerto Cabello para tratar de sacar de allí a
Monteverde, pero no tuvo éxito y se retiró a Valencia.
Así, Puerto Cabello quedó como una vía de entrada
al país por la que podían llegar refuerzos de las regiones
costeras que estaban en manos españolas, como Santa Marta, Maracaibo,
Coro, la Guayana, y abierto al tráfico con las islas españolas
del Caribe, como Cuba y Puerto Rico. Y desde Puerto Rico, que había
sido el punto de partida de Monteverde el año anterior, le llegó
al jefe realista un refuerzo de 1.200 hombres con artillería
y pertrechos de boca y de guerra.
Bolívar seguía en Valencia, la ciudad más cercana
a Puerto Cabello, y Monteverde, ya reforzado, hizo una salida para sacar
al joven general de Valencia, pero fue derrotado en Barbilla y volvió
a encerrarse en Puerto Cabello. Al volver a Caracas llevando el cadáver
de uno de sus mejores oficiales, que había muerto en el combate
de Barbilla —el neogranadino Atanasio Girardot—, la municipalidad
caraqueña le otorgó a Bolívar el título
de Libertador y lo invistió con los poderes de capitán
gene-raí de los ejércitos republicanos. Esto sucedía
el 14 de octubre (1813), menos de cuatro meses después que el
joven caudillo había cumplido treinta años. Verdaderamente,
Simón Bolívar tenía un destino singular.
Cinco días después de haber recibido Bolívar el
título de Libertador, Napoleón Bonaparte era derrotado
en Leipzig y empezaba a abrirse un nuevo capítulo en la situación
de Fernando VII, que seguía preso del emperador francés
en Valencay; al mismo tiempo Nariño marchaba con unos 1.500 hombres
sobre Popayán; Cúcuta caía en manos realistas,
que llevaron a la ciudad neogranadina el mismo tipo de guerra social
atroz e implacable que hacían en los valles de la región,
y en el fondo de los llanos de Venezuela comenzaba a formarse un líder
de masas que iba a encabezar poco después la terrible acometida
que se conocería en la historia del país con el nombre
sombrío de "el Año Terrible de Venezuela";,se
trataba de José Tomás Boves, asturiano él, pero
hecho a la vida del llanero; tan joven como Bolívar, tan enérgico
y resuelto como el Libertador.
Boves no era militar, pero se había retirado a Guayana con las
fuerzas del general José Manuel Cajigal cuando Bolívar
avanzaba desde Trujillo hacia Caracas; Cajigal pasó luego a Puerto
Cabello y Boves comenzó a recorrer los llanos, al principio con
muy pocos seguidores, luego con algunos centenares, y en ese mes de
octubre de 1813 estaba operando en los Llanos de Guaneo al frente de
miles de llaneros que se le habían sumado en pocos meses. Por
sí sola, esa fuerza de Boves era una amenaza grave para Bolívar;
ahora bien, sucedía que al mismo tiempo estaban moviéndose
en forma ominosa dos ejércitos realistas, uno que había
salido de Coro hacia el Sury otro que había salido de Barinas
y se dirigía al Norte para reunirse con el de Coro; y por último,
estaba Monteverde en Puerto Cabello.
Bolívar creía que él podía destruir todas
esas amenazas porque disponía de un ejército suficiente
y leal, que había dado pruebas repetidas de su capacidad para
triunfar; pero lo cierto era que Bolívar estaba equivocado. Para
que alcanzara la victoria necesitaba tener una base política
sólida, y eso le faltaba. Ni él ni su ejército
habían conseguido apoyo popular; por otra parte, sus compañeros
de clase —los mantuanos— no se sentían a gusto con
él. Caracas, que había sido destruida en marzo del año
anterior por un terremoto, era un montón de ruinas más
que una ciudad; sus vecinos vivían de milagro, aun los más
ricos, porque la guerra había paralizado todas las actividades
productivas, y Bolívar exigía aportaciones económicas
y decretaba medidas que sobrecargaban a mantuanos y comerciantes; a
la vez el joven Libertador estaba obligado a perseguir a todos los sospechosos
de simpatizar con los realistas, y esos simpatizantes eran los españoles
del común, los canarios, los pardos, los zambos, los negros libres,
los esclavos; de manera que en fin de cuentas Bolívar no tenía
en Caracas el respaldo verdadero de ningún sector social. El
confiaba en su ejército, pero ese ejército se movía
en un campo que políticamente le era adverso, y ningún
ejército puede triunfar allí donde no cuenta con el apoyo
del pueblo. Bolívar tardaría años en aprender la
terrible lección de que las guerras de liberación no las
ganan las tropas sino los pueblos; los ejércitos son únicamente
los brazos armados de los pueblos y sólo triunfan allí
donde cuentan con el respaldo popular. A pesar de su genio político,
del que dio pruebas abundantes durante su corta vida, en esos meses
finales de 1813 el Libertador era todavía un mantuano y creía
que el poder militar, y sólo él, iba a decidir la lucha
en Venezuela. Como mantuano al fin, no paraba mientes en el pueblo.
Como Bolívar pensaba así, mientras tuviera un ejército
de fiar, como era sin duda el suyo, se sentiría invencible, lo
que explica que saliera de Caracas hacia San Carlos para impedir que
en este último punto pudieran reunirse los realistas de Coro
y de Barinas; y fue derrotado en Barquisimeto por las fuerzas de Coro,
a las que mandaba el general Ceballos. Ahora bien, Bolívar no
se desanimaba porque perdiera una batalla, ni dos ni tres. Tras su derrota
de Barquisimeto fue a batir una columna que Monteverde había
despachado hacia el sur de Puerto Cabello, y la batió en Vigírima;
de Vigirima corrió a San Carlos y de San Carlos se dirigió
de nuevo a Barquisimeto, y en el camino supo que los ejércitos
de Coro y de Barinas se habían reunido en Araure. Allí
mismo les dio Bolívar el 5 de diciembre la larga y terrible batalla
de Araure, en la que el propio Libertador peleó en primera fila
más de seis horas.
Una victoria como la de Araure, ganada a costa de esfuerzos desesperados,
reafirmaba la idea de Bolívar de que todo lo que necesitaba para
triunfar era un ejército aguerrido. Así, después
de Araure corrió a sitiar Puerto Cabello por tierra mientras
Piar enviaba desde Barcelona una flotilla para sitiar el lugar por el
agua. La guarnición de Puerto Cabello, cansada de estar a las
órdenes de un jefe que apenas salía a luchar, desconoció
la autoridad de Monteverde y nombró capitán general de
los ejércitos reales a don Juan Manuel Cajigal. A partir de ese
momento, pues, España tendría en Venezuela un jefe oficial
que enfrentar al infatigable Bolívar, sólo que se trataba
de una jefatura formal, porque el pueblo realista, el que se batía
en todas partes y a todas horas, no seguiría a Cajigal sino a
Boves, y era con Boves con quien haría la atroz campaña
del "año terrible", la que disiparía 1 os sueños
del Libertador entre humos de incendios y alaridos de hombres degollados.
Cuando Cajigal fue nombrado capitán general de Venezuela, ya
Boves tenía tras sí 7.000 llaneros, de los cuales 5.000
eran montados; y se trataba de 7.000 hombres que procedían de
las masas del pueblo, esclavos liberados por la guerra social, cuyos
amos habían sido asesinados o habían huido abandonando
sus haciendas; pardos y zambos que odiaban a muerte a todos los blancos;
gente que se alimentaba de carne cruda cortada apresuradamente de las
reses que mataban a lanzazos; hombres que iban a los combates no a vencer
al enemigo, sino a aniquilarlo físicamente, a atravesarlo con
la lanza o a degollarlo con el cuchillo; eran miles de llaneros que
habían ido a buscar a su jefe espontáneamente para ganar
a su lado posiciones, bienes, ascensos. Con esos seguidores fanáticos
había formado Boves un ejército temible, el más
veloz, el menos costoso y el más despiadado del mundo.
En ese momento —diciembre de 1813— Napoleón estaba
negociando con Fernando VII, a quien necesariamente tendría que
poner pronto en libertad. Los ejércitos franceses eran batidos
en sus últimos reductos españoles; Wellington, que había
sacado a las tropas del emperador de Portugal y había ganado
en España la batalla de Vitoria, se disponía a cruzar
el Bidasoa para combatir en suelo francés. Los realistas de Venezuela
no podían estar enterados de las negociaciones de Valencay entre
Bonaparte y Fernando VII, pero sabían que desde hacía
meses los franceses iban perdiendo la guerra en España y debían
pensar, con razón, que ya se avecinaba el día en que España
podría mandar a Venezuela ejércitos poderosos, destinados
a aplastar a los republicanos; y esa idea debía estimularlos
a seguir la lucha, puesto que la victoria no podía estar muy
lejos.
En el mismo mes de diciembre se celebraron en San Salvador elecciones
de ayuntamiento y alcaldes de barrio y resultó que los elegidos
pertenecían —todos menos uno— a grupos conocidos
como partidarios de la independencia, de manera que su elección
no fue bien vista por las autoridades españolas. -Sin duda en
El Salvador, provincia de Guatemala situada sobre el mar Pacífico,
influían las noticias de la revolución mejicana, acaudillada
en ese momento por el padre Morelos, pero debían influir también
las que llegaban de Venezuela y Nueva Granada por la vía de Panamá.
En esos días en el sur de Nueva Granada, también sobre
la costa del Pacífico, fuerzas republicanas bajo el mando de
José María Gutiérrez habían limpiado de
realistas la provincia de Antioquia, y las tropas de Nariño,
comandadas por el coronel José María Cabal, derrotaron
a Sámano el 30 de diciembre en los cerros de Palacé y
entraron en Popayán el día 31. Al comenzar el mes de enero,
Sámano recibió refuerzos y estaba listo para marchar hacia
Popayán cuando fue atacado por Nariño en Calibío.
Derrotado de manera penosa, Sámano tuvo que retirarse a Pasto,
que iba a ser durante años y años el punto fuerte de los
realistas en el sur de Nueva Granada.
Los alcaldes que habían sido electos en San Salvador en el mes
de diciembre estaban tomando parte en una conspiración que debía
estallar simultáneamente allí y en la ciudad de Guatemala,
capital de la Capitanía General, pero las autoridades de ambos
sitios estaban informadas de sus planes. En Guatemala el caso no llegó
a ser grave; en San Salvador sí, debido a que el intendente Peinado
ordenó la prisión de varios de los conjurados, y esa medida
provocó un levantamiento popular de proporciones alarmantes.
El levantamiento fue aplastado el día 24 de enero (1814) a costa
de algunos muertos y varios heridos.
Bolívar estaba en ese momento dirigiendo el sitio de Puerto Cabello.
Tomar Puerto Cabello era la obsesión del joven general venezolano,
tal vez porque allí había comenzado su vida militar con
un fracaso histórico, quizá porque pensaba que si se adueñaba
de ese punto fuerte tendría el dominio de la costa del Caribe
hasta Coro y además el dominio de todo el centro de Venezuela.
Obsesionado por la conquista de Puerto Cabello no atinaba a comprender
que el enemigo verdaderamente peligroso no estaba allí; estaba
en los Llanos de Guárico, y se llamaba Boves y tenía con
él 7.000 llaneros de lanza y cuchillo.
Para entrar en la región más poblada y más rica
de Venezuela —si quedaba alguna riqueza en el país—,
Boves tenía que hacerlo a través de La Puerta, que da
paso de los Llanos de Guárico a los valles de Aragua, y como
Bolívar sabía que ése sería el camino de
Boves, mandó a La Puerta a un oficial español republicano,
el coronel Campo Elias. La Puerta era relativamente fácil de
defender, y Bolívar confiaba en que Boves no podría cruzar
por el lugar. Pero el día 3 de febrero Boves y sus llaneros destrozaron
los batallones de Campo Elias, y Bolívar, temeroso de que el
alud llanero se desbordara hacia Valencia, abandonó el sitio
de Puerto Cabello y corrió a establecer su cuartel general en
Valencia. Desde allí se hizo cargo de la situación, que
no podía ser más desoladora: Boves estaba operando en
el centro del país, y sus avanzadas se encontraban en La Victoria,
o lo que es lo mismo, en el camino de Caracas.
Ahora bien, Caracas no era un sitio que podía dar recursos para
defenderse. La capital era una sombra de lo que había sido; estaba
destruida y hambreada y no le quedaban hombres en capacidad de combatir.
De 40.000 habitantes que había tenido en 1812, sólo tenía
20.000 en ese mes de febrero de 1814, y la mayoría estaba compuesta
por ancianos, mujeres y niños. Una pequeña columna realista
podía tomarla, y sucedía que a muy poca distancia, en
el castillo de La Guayra, había 800 oficiales y soldados españoles
prisioneros. ¿No podía pasar en La Guayra lo que le había
pasado a él en Puerto Cabello en junio de 1812? Si un oficial
del día traidor ponía en libertad a esos militares presos,
¿quién podía salvar Caracas; quién evitaba
la degollación de sus vecinos, la violación de sus mujeres,
el asesinato de los niños? Y por último, si Caracas caía
en manos enemigas, ¿quién seguiría luchando por
Venezuela? Bolívar no se perdonaba a sí mismo haber sido
confiado en junio de 1812 y haber provocado, con esa actitud, lo que
él mismo llamó en aquellos días "la pérdida
de la república"; y en consecuencia ordenó la muerte
de todos los prisioneros de La Guayra. La matanza tuvo lugar el día
9 de febrero y el día 12 se daba la batalla de La Victoria, en
la que participaron los estudiantes universitarios caraqueños,
hijos —detalle que no debemos pasar por alto— de las familias
pudientes de la capital.
Quien mandó las fuerzas republicanas en La Victoria fue Ribas.
Boves no participó en la batalla porque estaba curándose
de un lanzazo que había recibido en La Puerta. Ribas venció
a los llaneros de Boves, pero a costa de pérdidas muy altas.
De todos modos, si hubiera quedado derrotado allí no había
poder alguno que se interpusiera entre esos llaneros y Caracas.
Una vez curado, Boves decidió atacar San Mateo, la hacienda familiar
de los Bolívar, donde el niño Simón iba a pasar
sus vacaciones de verano. De las muchas propiedades que Bolívar
había heredado al morir su padre —una fortuna que se calculaba
entonces, al final del siglo XVIII, en varios millones de pesos—,
ninguna estaba tan vinculada a los mejores recuerdos del Libertador.
Pero Boves no la atacaba por eso, sino porque las casas de la hacienda
dominaban militarmente, como si hubieran sido un fuerte, una gran porción
de los ricos valles de Aragua. San Mateo era un símbolo del mantuanismo
que Boves estaba aniquilando.
Bolívar, que era muy-sagaz para prever los movimientos del enemigo,
había calculado que si sus hombres eran derrotados en La Victoria,
Boves atacaría San Mateo; así, levantó su cuartel
general de Valencia y se trasladó a San Mateo. Allí, pues,
se enfrentaron los dos jefes de Venezuela; Boves, el jefe de la masa
popular, y Bolívar, el de un ejército eficiente, pero
sin pueblo. La batalla de San Mateo iba a durar desde febrero hasta
fines de marzo.
El día 22 de ese mes llegaba a España Fernando VII, a
quien Napoleón había dejado en libertad después
de haberlo forzado a firmar un acuerdo por el cual, entre varios puntos,
el rey de España se comprometía a no perseguir a los españoles
que habían colaborado con José Bonaparte. Fernando VII
entró en el país por Cataluña y era recibido de
pueblo en pueblo por muchedumbres enardecidas que recibían en
él al símbolo de sus luchas. En esos mismos días
don Antonio Nariño marchaba hacia Pasto, donde le esperaban fuerzas
realistas mandadas por el mariscal don Melchor Aymerich, que había
llegado desde Quito para sustituir a Sámano, y en San Mateo se
esperaban noticias de Santiago Marino, que había partido de la
región oriental y avanzaba a marchas forzadas para reunirse con
Bolívar.
Boves tuvo también noticias de que Marino se acercaba por el
camino de San Juan de los Morros, temió quedar cogido entre Marino
y Bolívar y se movió hacia el Sur para bajar a Los Llanos
a través de La Puerta; pero sucedió que Marino había
cruzado ya La Puerta, de manera que Boves chocó con él
en Bocachica, del lado norte de La Puerta, en un terreno poco apropiado
para él. La batalla de Bocachica se dio el 31 de marzo. Bolívar
acertó a darse cuenta de que Marino iba a tener una posición
ventajosa frente a Boves y que iba a derrotarlo, y dedujo que en caso
de derrota el jefe llanero tendría un solo camino para retirarse,
que era el que pasaba al sur del lago de Valencia, y corrió a
taponar ese camino. Efectivamente, por esa vía se retiraba Boves
cuando Bolívar lo atacó y dispersó sus fuerzas
el 1 de abril en Magdaleno. Tomando ventaja de la situación en
que se hallaba Bolívar en San Mateo, el general Ceballos había
avanzado desde el oeste del país y había sitiado Valencia,
cuya defensa estaba a cargo del general Rafael Urdaneta, uno de los
oficiales más capaces que tenía Bolívar, pero al
saber que Boves había sido derrotado en Bocachica y en Magdaleno,
Ceballos levantó el sitio y Bolívar corrió a Valencia,
donde entró el día 3 de abril. Ese mismo día el
terrible José Tomás Boves se internaba en Los Llanos,
buscando el rumbo de Calabozo; de los 7.000 hombres que le seguían
dos meses antes, le quedaban apenas 500. Su poderoso ejército
de llaneros estaba destruido, pero antes había destruido él
los valles de Aragua, que había sido la fuente de riqueza mantuana
de Caracas.
Ahora bien, el día que Boves dejaba San Mateo para adelantarse
a Marino y cruzar La Puerta antes que el general oriental —movimiento
que había hecho Boves el 30 de marzo—, los ejércitos
rusos, prusianos y austriacos entraban en París. Francia, pues,
había sido ocupada por sus enemigos y Napoleón se vería
forzado a abdicar su corona de emperador a solicitud de sus propios
mariscales y del Senado, que estaba ya en entendimiento con los Borbones.
El día 11 de abril Bonaparte abdicó en Fontainebleau,
en el propio palacio donde los representantes de España habían
firmado el tratado de ese nombre en el mes de octubre de 1808, aquel
tratado que iba a desatar tantos acontecimientos en España y
en América. Parecía una jugada sardónica de la
Historia que el indomable capitán tuviera que firmar su abdicación
en ese lugar, pues fue el tratado de Fontainebleau lo que le abrió
a Napoleón las puertas de España, y su conquista de España
fue la chispa que provocó a un mismo tiempo el levantamiento
del pueblo español y la rebelión de los territorios españoles
de América. Con España, y el imperio español de
América, desde luego, de su parte, ¿se hubiera visto Bonaparte
en la situación en que se hallaba al firmar su abdicación?
De no haber sido por la guerra que le hizo el pueblo español,
¿habrían podido los ejércitos aliados entrar fácilmente
en Francia?.
La Historia se ocupa de lo que sucedió, no de lo que hubiera
podido suceder, y es el caso que la conquista de España fue para
Napoleón un paso fatal; ahora bien, lo fue asimismo para España,
puesto que les ofreció a las fuerzas tradicionales de la sociedad
española una oportunidad que no habían tenido en más
de un siglo: la de conquistar el poder político con el retorno
de Fernando VII, El 5 de mayo entraba en París Luis XVIII; no
podía llamarse Luis XVII porque el que debía llevar ese
nombre había desaparecido en el abismo de la Revolución.
Al entrar en París Luis XVIII salía Napoleón hacia
la isla de Elba. Pues bien, el mismo día salía Fernando
VII de Valencia hacia Madrid, y desde el anterior había firmado
los decretos en que iba a basarse el régimen absolutista. Mediante
esos decretos se derogaban la Constitución de 1812 y todas las
leyes que habían producido las Cortes de Cádiz; además,
se ordenaba la prisión de todos los diputados liberales y se
designaba el ministerio con que iba a gobernar el rey. En Valencia,
pues, había decidido Fernando VII el destino de su país;
allí había tomado una posición totalmente opuesta
a la que habían seguido todos sus antecesores Borbones durante
ciento diez años. Con los decretos de Valencia quedaba liquidada
una larga política liberal destinada a favorecer a los círculos
burgueses del país, y se la suplantaba con otra llamada a apoyar
la monarquía y las instituciones españolas en una base
social tradicional. Esos decretos de Valencia darían lugar a
una serie de luchas, en la que los círculos burgueses tratarían
de reconquistar las posiciones perdidas; serían las luchas del
siglo XIX español, caracterizadas por los "pronunciamientos",
las sublevaciones, los golpes de Estado palaciegos, la actuación
de los militares en la vida política, algo que España
no había conocido desde hacía siglos, y al fin esas luchas
acabarían provocando el colapso total del poder español
en su imperio americano. Había, pues, una secuencia lógica
entre la derrota de Bonaparte, su abdicación en Fontainebleau
y los acontecimientos que estaban desarrollándose en el Caribe,
lo que se explica porque el Caribe era una frontera imperial y esa frontera
tenía que quedar afectada por lo que sucedía en las metrópolis
imperiales.
Mientras Boves huía hacia Calabozo, Marino se reunía con
Bolívar en Valencia. El Libertador seguía aferrado a su
idea de que debía tomar Puerto Cabello. Para él, el problema
de Venezuela iba a ser resuelto por los ejércitos; quedaría
liquidado en un choque de ejércitos, no por la guerra que hacían
los llaneros de Boves a los que en esos días llamaba "bandidos".
"Los bandidos han logrado lo que los ejércitos disciplinados
no habían obtenido", escribió el 24 de marzo. De
acuerdo con los planes elaborados en Valencia, Marino debía salir
en persecución de Ceballos, que se retiraba hacia Occidente,
y Bolívar volvería a Puerto Cabello para reforzar el sitio
de esa plaza, que no había sido levantado; una vez tomada Puerto
Cabello, él y Marino se encargarían de liquidar Cajigal,
que en el ínterin había salido de Puerto Cabello y estaba
operando entre Coro y Barquísímeto. El plan parecía
muy bueno, pero sucedió que Ceballos destrozó a Marino
el 10 de abril en la batalla de El Arao y Bolívar tuvo que correr
a Valencia para evitar que esa ciudad cayera en manos de Ceballos.
Allí, en Valencia, estaba Bolívar el 9 de mayo (1814),
el día en que a más de mil quinientas millas hacia el
Sudoeste Nariño derrotó a las fuerzas de Aymerich en el
páramo de Tacines; el día siguiente Nariño se hallaba
en las afueras de Pasto, donde fue atacado al caer la tarde. Desorganizada
por el ataque, la izquierda de Nariño se desbandó y muchos
de sus hombres huyeron a Tacines, adonde llevaron la noticia de que
Nariño había sido derrotado y aniquilado. En Tacines se
hallaba la retaguardia de Nariño, y la noticia causó en
esa retaguardia tal desconcierto, que huyó abandonando su artillería
y sus heridos. Nariño pues, perdió su base militar, y
cuando llegó a Tacines se dio cuenta de que no tenía nada
que hacer sino refugiarse en los bosques vecinos. Allí fue hecho
preso y conducido a Pasto, donde el jefe neogranadino pasó más
de un año en calidad de prisionero; al cabo de ese tiempo fue
enviado a Quito y por fin acabó en una prisión de Cádiz,
de donde saldría cuatro años después.
A mediados de mayo los jefes españoles de Venezuela decidieron
atacar a Bolívar en sus cuarteles de Valencia, y hacia Valencia
marcharon Cajigal y Ceballos. Bolívar creyó que tenía
ante sí la oportunidad de darles a los realistas una batalla
decisiva, de manera que les salió al paso y los encontró
en la sabana de Carabobo donde iba a tener lugar el día 28 la
primera batalla de ese nombre.
Efectivamente, si lo que estaba sucediendo en Venezuela hubiera respondido
a los esquemas políticos de Bolívar, esa batalla de Carabobo
habría sido decisiva. En ella el propio Libertador cargó
por el centro enemigo y dejó a éste sin artillería.
lo que produjo la desbandada realista. Cajigal y Ceballos dejaron en
el campo más de 1.000 muertos y más de 1.000 heridos.
Bolívar debió pensar que después de esa brillante
acción tenía expedito el camino para echar a los realistas
de Puerto Cabello, pacificar el país y organizar la república.
Pero no sería así y no podía ser así; al
contrario, cuando vencía el capitán general español
en Carabobo, el Libertador se encontraba al borde de una derrota que
acabaría con las fuerzas republicanas. Esas tropas y esos generales
vencidos en Carabobo no representaban lo que Bolívar creía;
eran sólo la expresión armada del poderío español,
que estaba situado muy lejos y se hallaba en crisis desde hacía
tiempo. El enemigo era otro; era la guerra social, encarnada en Boves.
Boves había huido hacia Los Llanos menos de dos meses atrás,
seguido sólo por un puñado de hombres; Bolívar
lo había visto huir y no podía imaginarse que cuando él
estaba triunfando en Carabobo el jefe de la guerra social tenía
de nuevo a su mando miles y miles de llaneros.
Boves, pues, apareció de pronto con su poderío renovado,
y Bolívar, que contaba con los 5.000 soldados que había
conducido a la victoria de Carabobo, puso 2.500 a las órdenes
de Santiago Marino para que taponara con ellos el paso de Boves hacia
Valencia en Villa del Cura y se fue él con los otros 2.500 a
guardar La Puerta, el lugar donde el 3 de febrero había destruido
Boves a Campo Elías.
En La Puerta se presentó el jefe llanero el 15 de junio para
repetir lo que había hecho el 3 de febrero, y en esa segunda
batalla de La Puerta quedó deshecho el ejército que diecisiete
días antes había vencido en Carabobo. Muchos mantuanos
de campanillas murieron degollados ese día; los caminos que llevaban
a Caracas se llenaron de familias que huían de todos los lugares
vecinos, y los lanceros de Boves lanceaban sin piedad a ancianos, mujeres
y niños. Mientras una parte de sus llaneros se dedicaba a esa
faena atroz, Boves marchó sobre Valencia, la sitió durante
tres semanas y la tomó el 10 de julio. Tres días después
salía el Libertador de Caracas por el camino de la cosía
encabezando la penosa emigración a Oriente, una página
conmovedora de las historias del Caribe. Muertos de hambre, de cansancio,
de sueño, de miedo, miles de ancianos, mujeres y niños
huían en busca de un lugar libre de la lanza llanera, en el que
estuvieran a salvo de las frías degollaciones masivas. Boves
desató el terror en Valencia, donde las matanzas fueron sobrecogedoras;
luego se dirigió a Caracas, donde entró el 16 de julio
(1814); y allí, en la capital de los mantuanos, fue hospedado
ceremoniosamente en el palacio arzobispal.
La emigración a Oriente duró tres semanas y terminó
en Barcelona; pero como las fuerzas de Boves, bajo el mando de Francisco
Tomás Morales, iban pisándoles los talones a los fugitivos,
Bolívar y Bermúdez se hicieron fuertes en Aragua de Barcelona
con 3.000 hombres. Morales atacó la plaza y la tomó el
17 de agosto. Bolívar se retiró a Barcelona y Bermúdez
a Maturín. De Barcelona pasó Bolívar a Cumaná,
donde un consejo de oficiales, celebrado el 23 de agosto, le retiró
la jefatura de las fuerzas republicanas. El 8 de septiembre Bermúdez
vencía en Maturín y ese mismo día Bolívar
y Marino salían hacia Cartagena.
La situación de Nueva Granada no era trágica como la de
Venezuela, pero tampoco era brillante. Las luchas de facciones, que
no llegaban a los límites de la guerra civil, no daban paso a
la organización del país. Se seguía combatiendo
en el Norte, entre la Cartagena republicana y la Santa Marta realista;
Pamplona se hallaba en manos realistas y las partidas que hacían
la guerra social seguían operando en la región de Cúcuta,
y en el Sudoeste, Popayán había caído de nuevo
en poder del enemigo. Nadie tomaba medidas para evitarle a Nueva Granada
la dolo-rosa experiencia que estaba padeciendo Venezuela. El Congreso
y las autoridades de la Unión, establecidos en Tunja, se ocupaban
sobre todo en someter a Cundinamarca, cuyo presidente había resuelto
ejercer la dictadura, una prerrogativa que le permitía suspender
en su territorio la constitución federal por un tiempo determinado.
Las victorias realistas en Venezuela habían obligado al general
Rafael Urdaneta a cruzar los Andes con uno o dos batallones venezolanos
y a entrar en Nueva Granada con esa tropa, que puso a disposición
del congreso de la Unión, y el Congreso le ordenó pasar
a Tunja con sus soldados porque esperaba usarlos para reducir al dictador
de Cundinamarca. Así, los adalides de la guerra venezolana de
independencia venían a convertirse en instrumentos de luchas
internas en Nueva Granada. Ese fue el papel que tuvo que hacer Bolívar
cuando después de haber llegado a Cartagena pasó a Tunja
para dar cuenta al Congreso de los sucesos de Venezuela; de manera que
Bolívar se vio envuelto en las pugnas de Nueva Granada, un aspecto
de su vida que no interesa para los fines de este libro. Ahora bien,
dado que El Libertador tuvo una actuación tan descollante en
la historia del Caribe, diremos brevemente, y a su tiempo, qué
hizo él en esos días. Por ahora sólo anotaremos
que Cúcuta cayó en manos españolas, pero que Urdaneta
recuperó la plaza sin mucho esfuerzo.
Si los realistas de Venezuela hubieran estado organizados alrededor
de una autoridad definida, digamos, alrededor del capitán general
Cajigal, hubieran podido sacar fuerzas del país y lanzarse sobre
Nueva Granada, pues con la excepción de Maturín y la isla
de Margarita toda Venezuela se hallaba en sus manos. Pero en Venezuela
no mandaba nadie, por lo menos sobre un esquema de orden civil. Allí
los núcleos que tenían más poder se dedicaban a
hacer la guerra social, cada uno por su cuenta y valiéndose de
sus propios medios. Boves mismo tenía un sólo propósito:
aniquilar los restos del mantuanismo que se hallaban en Maturín.
Vencido en Manturín el día 8 de septiembre, Morales se
había retirado a Úrica, y a Úrica iría a
reunirse con él su jefe Juan Tomás Boves. El general Piar,
a quien se le habían confiado 800 hombres para que los condujera
a Maturín, donde los republicanos habían planeado hacerse
fuertes, decidió quedarse en Cumaná para detener allí
el avance de Boves. Se trataba de un sueño que iba a convertirse
en una pesadilla de sangre. Boves arrolló a Piar, entró
en Cumaná y la convirtió en una ciudad mártir.
Las matanzas de Cumaná ocupan una página distinguida en
la historia de atrocidades de la guerra social venezolana.
En ese momento, al comenzar el mes de noviembre de ese llamado "año
terrible" de 1814, en la Venezuela continental sólo Maturín
se conservaba como una isla republicana. Cerca de allí, en las
aguas del Caribe, estaba la isla Margarita, también en manos
republicanas, pero esa isla no preocupaba a Boves. Su plan era ir a
Úrica para unir las fuerzas de Morales a las suyas y caer sobre
Maturín, donde exterminaría los restos del mantuanismo
venezolano. En Manturín había 4.000 hombres, número
suficiente para atacar a Morales en Úrica, vencerlo y desbandar
sus llaneros antes de que Boves llegara; sin embargo, no se hizo así,
sino que se pretendió detener la marcha de Boves en Los Magueyes,
donde el terrible jefe de los llaneros derrotó a los republicanos
el día 9. Con el camino hacia Úrica abierto a sus caballos,
Boves fue a reunirse con Morales, lo que quiere decir que a mediados
de noviembre disponía en Úrica de 7.000 hombres, mientras
que los republicanos de Maturín sólo tenían unos
4.000.