JUAN BOSCH

De Cristóbal Colón
a Fidel Castro (II)


El Caribe, frontera imperial

De Cristóbal Colón a Fidel Castro (I) De Cristóbal Colón a Fidel Castro (II)
© Juan Bosch, 1970.
© Por la presente edición: SARPE, 1985.
Pedro Teixeira, 8. 28020 Madrid.
Depósito legal: M. 32.309-1985.
ISBN: 84-7291-912-9 (tomo 40.°).
ISBN: 84-7291-736-6 (obra completa).
Impreso en España-Printed ín Spain.
Imprime: Gráficas Futura, Sdad. Coop. Ltda.
Villafranca del Bierzo, 21-23.
Pol. Ind. Cobo Calleja. Fuenlabrada (Madrid).
En portada:
Fidel Castro en una alocución pública.

Indice

Capítulo XIV: La revolución norteamericana y sus resultados en el Caribe
Capítulo XV: La revolución francesa y su proyección en el Caribe
Capítulo XVI: El tiempo de la libertad
Capítulo XVII: Nacimiento de la república de Haití
Capítulo XVIII: En los umbrales de la gran conmoción
Capítulo XIX: La guerra social venezolana
Capítulo XX: La independencia de los territorios españoles
Capítulo XXI: 1821-1851. Los años de reajuste
Capítulo XXII: Los años de los episodios increíbles (1855-1861)
Capítulo XXIII: Las luchas por la independencia de Cuba (1868-1898)
Capítulo XXIV: El siglo del imperio norteamericano
Capítulo XXV: Los años de las balas y de los dólares
Capítulo XXVI: Fidel Castro o la nueva etapa histórica del Caribe

Capítulo XIV

La revolución norteamericana y sus resultados en el Caribe

Paz, verdadera paz, no la hubo en el Caribe, y no podía haberla mientras sus territorios fueran dependencias de imperios europeos que tenían intereses ajenos a los de los pueblos del Caribe y que vivían chocando entre sí y llevando esos choques a la región.

En 1763 se había firmado el tratado de París y, sin embargo, en 1764 estaban produciéndose en el Caribe incidentes serios, tan serios que por sí solos podían provocar una guerra; encuentros entre franceses e ingleses y entre éstos y españoles, y también sublevaciones de negros y de indios, de las cuales nos ocuparemos en el próximo capítulo.

Pero la guerra a fondo y, por cierto, una guerra en la que la Gran Bretaña estuvo a punto de perder todas sus posesiones en la región, vino a desatarse cuando Francia y España decidieron reconocer la independencia de las colonias norteamericanas que se habían rebelado contra el poder inglés. Ese reconocimiento implicaba también ayuda para mantener la independencia.

Hay dos razones que sirven para explicar la actitud de los gobiernos de París y Madrid acerca de la revolución norteamericana: la primera, que todo lo que podía contribuir a debilitar a la Gran Bretaña era conveniente en principio para franceses y españoles, que aspiraban a disminuir el poderío británico porque tras él actuaba la prepotente burguesía inglesa, que era su competidora más fuerte en Europa y en América; la segunda, que la independencia de las colonias norteamericanas debía necesariamente favorecer los intereses de Francia en el Caribe, y Francia y España tenían ante los ingleses una política común. El 6 de febrero de 1778 Francia firmó con los recién nacidos Estados Unidos un tratado secreto de amistad y comercio en el que se incluía el reconocimiento de la independencia de las antiguas colonias inglesas y se establecía, además, una alianza defensiva, lo que implicaba un serio revés para la Gran Bretaña y sobre todo para los ingleses que tenían intereses en esas colonias. Esa última parte del tratado no iba a quedarse en palabras. El tratado fue firmado el 6 de febrero y el 13 de abril salía de Francia una flota que iba a operar en aguas de América del Norte. Por su parte, España estaba dando ayuda a los norteamericanos desde el año anterior; ayuda política y económica, por cierto bastante fuerte, a través de Arthur Lee, que era representante oficioso en España del flamante gobierno revolucionario de Norteamérica.

Viene bien explicar en unos párrafos por qué la independencia norteamericana era tan importante para los intereses de Francia en el Caribe.

El comercio de las colonias de Norteamérica con los territorios franceses del Caribe se había desarrollado grandemente en los años anteriores a la guerra. Se había desarrollado igualmente mucho con las posesiones españolas de la región, pero más bien de una manera indirecta; por ejemplo, Santo Domingo compraba en Haití herramientas de Norteamérica y compraba otros productos del mismo origen en la colonia danesa de Santomas, que había sido declarada puerto libre en 1764. Pero el comercio importante era el que los norteamericanos hacían con las islas francesas. Ya vimos en el capítulo anterior lo que había dicho el almirante Knowles acerca de ese comercio en el caso de Martinica, y sabemos que otro tanto sucedía con Haití, donde los norteamericanos se abastecían de azúcares y melazas, algodón y rones.

Los intereses coloniales de Francia en el Caribe estaban tan estrechamente vinculados a los de las colonias norteamericanas que una ruptura de esos vínculos impuesta por la guerra de los primeros contra Inglaterra podía ser de consecuencias desastrosas para los capitalistas franceses que invertían en esos territorios, y esa ruptura podía producirse si la guerra era ganada por los ingleses, cosa que parecía lógica. En cambio, la independencia de las colonias podía resultar en una ampliación de las relaciones comerciales y, por tanto, en ventajas para los inversionistas de Francia. No hay que olvidar que en el caso de Francia, de Holanda y de Inglaterra, sus territorios del Caribe estaban manejados por compañías comerciales que operaban en acuerdo estrecho con los gobiernos, y eran esas compañías las que levantaban fondos para la inversión, muy a menudo mediante suscripciones hechas entre los comerciantes que traficaban con los productos del Caribe. Las colonias danesas habían sido también propiedad de compañías privadas, pero en 1754 pasaron a manos del rey, con lo que quedaron convertidas en dependencias del Estado danés.

Ahora bien, no eran los territorios franceses del Caribe los únicos que comerciaban con Norteamérica; también lo hacían los de Holanda y lo hacían, desde luego, los de Inglaterra. En 1775 los plantadores ingleses de la región le enviaron un informe a la Cámara de los Comunes en que afirmaban que, para seguir funcionando, la industria del azúcar necesitaba de manera imprescindible ser abastecida por las colonias norteamericanas. La Asamblea de Jamaica, que era un cuerpo representativo de lo más granado y lo mejor situado en el sentido económico, envió al rey un acuerdo en el que se justificaba y se defendía la rebelión norteamericana, y la Asamblea de Barbados envió delegados al Congreso de Filadelfia, en el cual se declaró la independencia de los Estados Unidos.

Las estrechas relaciones comerciales que tenían los norteamericanos con todos los territorios del Caribe les proporcionaron vivas simpatías en su lucha por la independencia, al grado que en los puertos holandeses de San Martín y San Eustaquio sus barcos podían izar la bandera de las barras y las estrellas antes de que Holanda hubiera reconocido esa independencia. Había gentes de la revolución que operaban públicamente en todos los territorios del Caribe. Antes de que Francia firmara el tratado secreto de febrero de 1778, las autoridades francesas del Caribe permitían a los corsarios yanquis guarecerse en puertos franceses, y fueron muchas las presas británicas que hicieron esos corsarios; por ejemplo, en una ocasión desembarcaron en las Granadinas, quemaron propiedades inglesas y se llevaron esclavos; en otra ocasión se metieron en bahías de Tobago y se llevaron barcos británicos.

Dada la actividad comercial que ligaba al Caribe con Norteamérica, el resultado inmediato de la revolución norteamericana en el Caribe fue la escasez de los productos que vendía Norteamérica en la región. Al comenzar la lucha en las colonias su producción se redujo y sus barcos tuvieron que ser dedicados a combatir y, lógicamente, su comercio quedó paralizado. Del lado del Caribe la consecuencia fue la baja inmediata de los precios en el azúcar, el algodón y el ron. Algunos territorios franceses, que no tenían autorización para comerciar libremente y, sobre todo, que no podían usar buques extranjeros para exportar sus productos, abrieron sus puertos a todas las banderas, lo mismo para importar que para exportar. Tal fue el caso, por ejemplo, de Martinica. A pesar de eso, al comenzar el mes de octubre (1778), es decir, casi al inicio de la guerra, el gobierno de la isla tuvo que prohibir las compras de víveres al por mayor y tuvo que fijar precios a las mercancías importadas, lo que da idea de la escasez que se había presentado.

En los primeros días del mes de noviembre el gobernador de Martinica, marqués De Bouillé, encabezó una expedición de tropas regulares y unos 1.000 voluntarios que embarcó en tres navíos y algunas goletas y se apoderó de Dominica. Esa acción fue la primera de una serie que pondría en ejecución el activo gobernador. Como Dominica se hallaba situada entre Martinica y Guadalupe, su conquista convertía a las tres islas en una unidad militar y evitaba que los ingleses cortaran en cualquier momento la comunicación entre las dos posesiones francesas. La operación no fue costosa. A pesar de que Rousseau, la capital de Dominica, tenía una excelente defensa de tres fuertes —el Cachacrou, el Melville y el Loubiére—, los ingleses no opusieron resistencia, tal vez porque se daban cuenta de que no podían enfrentarse a un ataque que procediera a la vez de las dos islas francesas. El marqués De Bouillé actuó con bastante sentido político y no les impuso a los habitantes ninguna condición de vencedor, ni siquiera la de cambiar sus funcionarios civiles. Por otra parte, Francia podía confiar en la lealtad de los propietarios franceses establecidos en la isla, que eran muchos.

La escuadra del almirante D'Estaing, que había salido de Francia hacia las costas norteamericanas el 13 de abril, estuvo operando en esas costas hasta principios de noviembre y el 4 de ese mes salió de Boston hacia el Caribe. D'Estaing tardó más de un mes en surgir en Fort-Royal, adonde llegó el 6 de diciembre. Había perdido tiempo por dos razones: una. que se dedicó a perseguir algunos mercantes ingleses que navegaban en las vecindades de su escuadra, y otra, que había estado cruzando las aguas de Antigua porque se había enterado de que por ahí se hallaba una escuadra enemiga. Efectivamente, había una escuadra inglesa navegando por el Caribe: había salido de Nueva York poco después que la de D'Estaing levara anclas en Boston, pero no se dirigía a Anguila, sino a Barbados, adonde arribó el 10 de diciembre, esto es, cuatro días después que D'Estaing entró en la rada de Fort-Royal. En una guerra todo es, y todo puede ser, de mucha importancia y, probablemente, lo más importante es el tiempo. D'Estaing había perdido tiempo apresando barcos mercantes y lo había perdido tratando de localizar una escuadra enemiga que no navegaba por donde se le había dicho, y resultó que ese tiempo perdido iba a tener un papel de primera magnitud en la guerra que estaba llevándose a cabo en el Caribe.

Los ingleses, en cambio, no perdieron el tiempo. Cuando la fuerza naval que D'Estaing quiso batir en las aguas de Antigua llegó a Barbados fue puesta bajo el mando del almirante Samuel Barrington y la infantería que iba en ella bajo el mando del general James Grant, y sin que se le hubiera dado tiempo ni siquiera para que sus hombres bajaran a tierra, salió hacia Santa Lucía, que por estar situada inmediatamente después de Martinica, por el sur, flanqueaba a la isla francesa a una distancia cortísima. Fácilmente, los ingleses tomaron el Gran Cul de Sac, en la costa occidental de Santa Lucía, al sur de Carenage, que era el principal establecimiento de la posesión. La operación fue ejecutada con tal rapidez que el Gran Cul de Sac se hallaba en manos inglesas tres días después de haber llegado la escuadra británica a Barbados. Mientras tanto, D'Estaing, que se hallaba en Fort-Royal, casi a la vista de los atacantes, se encontraba ocupado en la tarea de reclutar voluntarios, y como no podía obtener en Martinica todos los que necesitaba, esperaba ayuda de Guadalupe. D'Estaing debía reunir 6.000 hombres para poder estar seguro de que sacaría a los ingleses de Santa Lucía, pues el general Grant tenía bajo sus órdenes unos 4.000. Una vez que contó con la fuerza que creía suficiente, el almirante francés, acompañado por el fogoso gobernador de Martinica, se dispuso a reconquistar Santa Lucía. Pero ya era tarde. Los ingleses tenían cuatro días en la isla y habían aprovechado el tiempo; habían rodeado Carenage y habían llevado cañones a La Vigía y Morne Fortuné, que eran los puntos dominantes de toda la zona; además, habían bloqueado la entrada de la bahía del Gran Cul de Sac con la escuadra.

Cuando la escuadra de D'Estaing se presentó frente al Gran Cul de Sac encontró el paso cerrado y no pudo forzar la entrada a pesar de que trató de hacerlo con un fuerte cañoneo; entonces se dirigió al norte, entró en la bahía de Choc, desembarcó fuerzas y avanzó hacia el sur con el objeto de tomar Carenage por la retaguardia. Pero ese avance fue detenido por los cañones que los ingleses habían transportado precisamente para impedir esa maniobra de sus enemigos. Los cañones de La Vigía diezmaron a los franceses.

Las bajas de D'Estaing y el marqués De Bouillé, que comandaba el ataque junto con el almirante, fueron elevadas; los heridos se enviaron a Martinica mientras la escuadra cruzaba frente a Carenage y el Gran Cul de Sac en un esfuerzo desesperado por obligar a los navíos ingleses a una batalla naval, cosa que, desde luego, no hicieron los avezados marinos británicos. D'Estaing y De Bouillé se retiraron finalmente el 29 de diciembre y al día siguiente se rendía ante los ingleses el gobernador de Santa Lucía. El año de 1778 terminaba, pues, con la pérdida de esa isla francesa y los británicos se dedicaron a hacer de ella el punto de apoyo de sus actividades navales y militares en el sur del Caribe, y desde ese punto iban a dar la batalla de Los Santos, que fue la más importante, en el orden político, de toda la guerra en el mar de las Antillas. Francia perdió Santa Lucía porque D'Estaing había perdido tiempo en su travesía de Boston a Fort-Royal; los ingleses la habían ganado porque su escuadra ganó el tiempo que D'Estaing había perdido.

Cuando D'Estaing llegó a Fort-Royal su escuadra estaba formada por 22 navíos de línea y cuatro fragatas; sin embargo fue aumentando después con algunos escuadrones que se le agregaban. Pero al mismo tiempo la escuadra inglesa aumentó con la llegada de varios buques que arribaron a Barbados el 6 de enero (1779). De manera que entre las fuerzas navales de las dos potencias se estableció cierto grado de equilibrio que ninguno de los dos bandos se atrevía a romper. Ahora bien, en el mes de junio el almirante Byron, que había sustituido a Barrington, salió hacia Saint Kitts con el grueso de sus fuerzas para escoltar un gran convoy de barcos mercantes que llevaba comida y otros productos para las islas inglesas de esa zona. La partida de la escuadra inglesa de Barbados dejaba debilitada la parte sur del Caribe, situación que aprovecharon D'Estaing y De Bouillé para lanzarse sobre San Vicente. Las relaciones de los ingleses de San Vicente con los indios caribes de la isla eran muy difíciles desde las luchas de 1772 y 1773, causadas por el deseo inglés de quitarles tierras a los indios. Esa situación hizo pensar a los ingleses que no tenían posibilidad de combatir a los franceses porque éstos tendrían la ayuda de los caribes, y no les ofrecieron resistencia a los atacantes. San Vicente, pues, cayó en manos francesas el 18 de junio; D'Estaing y De Bouillé ocuparon 50 cañones, cuatro morteros, dos buques mercantes, y unos días después, el 30, para ser más precisos, casi toda la flota de D'Estaing salía de Fort-Royal hacia Granada, en cuya Bahía de Molenier desembarcó el 2 de junio 300 hombres.

Los defensores de Granada eran ridículamente pocos comparados con los 2.000 hombres que llevó el almirante francés, y sin embargo este no pudo tomar la isla sino el 6 de julio porque los ingleses no quisieron entregarse. Cuando D'Estaing intimó rendición al gobernador, lord Maccartney, éste contestó, con flema característicamente británica, que él no sabía en qué consistían las fuerzas del señor conde D'Estaing, pero que conocía las suyas y que se defendería. Los franceses tuvieron más de cien bajas, de ellas, la tercera parte en muertos. En esta ocasión, sólo D'Estaing dirigió las operaciones, lo mismo las de tierra que las de mar.

La batalla de tierra se convirtió también en naval cuando el almirante Byron se presentó en aguas de Granada el mismo día 6 de julio y atacó a los buques franceses antes aún de haber tenido tiempo de organizar los suyos en línea de combate. Los franceses apresaron en esa acción un transporte con 150 soldados y produjeron avenas gruesas en varios buques enemigos, pero tuvieron 166 muertos y 773 heridos, lo que da idea del ardor con que estuvo combatiéndose. Las pérdidas inglesas debieron de ser más altas que las francesas, puesto que el almirante Byron tuvo que retirarse a Saint Kitts para reparar averías y reponer bajas.

D'Estaing creyó que había llegado la oportunidad de destruir la escuadra del almirante Byron, y pensaba sensatamente, puesto que si los buques ingleses iban de retirada, varios de ellos averiados y llevando muertos y heridos, ése era el momento de atacar. Así, el almirante francés estuvo recorriendo las aguas de Saint Kitts en busca de los barcos británicos, provocándolos para que salieran de puerto. Pero Byron no se dejó atraer; D'Estaing resolvió al fin dar por cerrado el episodio y se llevó su escuadra hacia la costa norteamericana, donde iba a combatir a otras escuadras inglesas. D'Estaing retornaría al Caribe muy avanzado el año 1780.

Aunque España estaba dando ayuda generosa a los norteamericanos, hacía todo lo posible por no romper hostilidades con Inglaterra; al contrario, trató de mediar entre ésta y Francia a base de que Gran Bretaña reconociera la independencia de sus colonias de Norteamérica. Pero es el caso que las relaciones anglo-españolas fueron haciéndose cada vez más difíciles y ya para julio de 1779 los españoles estaban listos para atacar Gibraltar. Unos meses después, en septiembre, España estaba combatiendo a los ingleses en el Caribe. Su primer ataque se produjo en Cayo Cocina, en la boca del río Belice. Cayo Cocina se había convertido en el asiento más importante de los cortadores ingleses de madera, que habían construido allí un poblado y vivían y se movían como si estuvieran en una posesión británica. Cayo Cocina fue tomado, sus establecimientos destruidos y sus habitantes enviados a La Habana, donde estuvieron hasta el final de la guerra; los esclavos, que eran numerosos, se vendieron como botín. Algunos de los cortadores de madera huyeron a Roatán y a la zona de Río Tinto.

Tal vez parezca que el ataque español a Belice de 1779 fue excesivo, pero hay que tomar en cuenta que hacía ya más de un siglo que España venía haciendo reclamaciones a Inglaterra acerca de la presencia de esos súbditos británicos en una posesión española; que Inglaterra nunca le disputó a España su derecho de soberanía en ese punto, y que sin embargo nunca se dispuso a hacer que sus ciudadanos respetaran ese derecho español. Por otra parte, a los ojos de Madrid, Belice representaba algo así como un Gibraltar del Caribe, aunque no fortificado; un Gibraltar moral que España no podía tolerar.

La noticia de los sucesos de Belice llegó tan rápidamente a Jamaica que al finalizar la tercera semana de septiembre surgía frente a Belice una escuadra inglesa dispuesta a vengar el ataque. El lugar estaba totalmente deshabitado y no había una construcción en pie. Pero en vez de retornar a Jamaica la escuadra buscó un punto donde descargar el golpe que debía dar en Belice, y el día 24 aparecieron un poco más al sur, ante el castillo de Omoa, cuatro velas inglesas que se movían en son de reconocimiento; el día 16 de octubre se presentaba en el mismo sitio una escuadra de 14 navíos. Iba a atacar el castillo, que guardaba el único camino que comunicaba el Caribe con la ciudad de Guatemala.

El castillo de Omoa se hallaba bajo el mando del coronel Simón Desnaux, hijo del héroe de Cartagena; su guarnición era pequeña, compuesta en su mayoría por antiguos esclavos que tenían poca preparación en las actividades de la guerra. Pero algo similar sucedía con los atacantes, cuyas fuerzas de desembarco estaban compuestas en su mayor parte por zambos mosquitos. El fuerte de Omoa fue cañoneado durante cuatro días en los cuales los atacantes hicieron algunos desembarcos que fueron repelidos. Pero un refuerzo inglés compuesto de soldados, madereros y zambos mosquitos enviados desde la isla de Roatán tomó Puerto Caballos —actual Puerto Cortés—, a unos quince kilómetros al norte del castillo, avanzó hacia Omoa y les cortó la retaguardia a los defensores. Ante esta situación, Omoa no tuvo más remedio que ofrecer la capitulación.

Desnaux había capitulado el 20 de octubre (1779), pero como antes del ataque había despachado un correo a Guatemala para informar al gobernador que el castillo de Omoa no se hallaba en estado de defenderse en caso de un ataque en regla, el gobernador, don Matías Gálvez, había estado organizando una fuerza importante con la cual pudiera reconquistar el fuerte en caso de que éste fuera tomado. Así, Gálvez —cuyo hijo era gobernador de la Luisiana y estaba batiéndose con los ingleses y logrando victorias importantes— recibió la noticia de la capitulación de Desnaux e inmediatamente se puso en marcha al frente de las fuerzas que tenía listas; hizo el largo camino, de más de 400 kilómetros, hacia la costa del Caribe y el día 26 de noviembre estaba sitiando Omoa. El castillo cayó en sus manos el día 28. Había estado en poder inglés un mes y una semana, y, dados los planes de Inglaterra en esa zona, no se comprende cómo sus ocupantes se lo dejaron arrebatar.

Pues los ingleses tenían un plan para cortar la América Central, desde el Caribe hasta el Pacífico, muy cerca de ese punto; hacia el sur, aprovechando el cauce del río San Juan. Según algunos autores, el plan había sido concebido y hecho sobre el papel desde antes de que se rompieran las hostilidades, y debe haber sido así, puesto que comenzó a ser ejecutado a principios de 1780, escasamente seis meses después de haberse declarado el estado de guerra entre España e Inglaterra. No hay que hacer esfuerzos de imaginación para darse cuenta de que el plan era una aplicación a América Central de lo que se había concebido para América del Sur y había fracasado con Vernon en Cartagena cuarenta años antes, así como el plan de Vernon había sido una versión del de Cromwell. Ahora bien, lo que no se concibe es que habiendo fracasado ya dos veces el propósito de cortar en dos los territorios españoles, al elaborar y disponerse a ejecutar el plan por la vía del río San Juan, los ingleses no hubieran tenido un plan alternativo.

Lo más lógico era que un plan alternativo se hiciera para ser aplicado por el golfo de Honduras a partir de la toma del castillo de Omoa. Omoa tenía un flanco cubierto desde Belice, el otro desde la Mosquitia hondureña y la retaguardia asegurada con la isla Roatán, y era más fácil entrar en Guatemala y hacerse fuerte en el país que entrar en Nicaragua por el río San Juan y conservar posiciones en sus orillas, que estaban formadas por selvas y pantanos. En el camino de Omoa a Guatemala había numerosos pueblos y haciendas en los que las fuerzas invasoras podían obtener comida, almacenar equipos y curar heridos, y había, además, entronques de caminos que conducían hacia el interior de lo que hoy es Honduras. En cambio, para entrar en Nicaragua no había sino una sola vía, que era el río San Juan, de acceso muy difícil durante seis meses del año, debido a que las lluvias aumentaban sus aguas y éstas corrían por un cauce de desniveles que producían fuertes raudales, y además el río cruzaba una región insalubre donde los atacantes se exponían a sufrir enfermedades que los diezmara.

Según el plan, los ingleses entrarían por el río San Juan para llegar al lago de Nicaragua. Eso mismo habían hecho en el siglo anterior algunos filibusteros, según puede leerse en el capítulo X de este libro, y es muy posible que los autores del plan se basaran en lo que habían hecho esos piratas, a quienes les resultó relativamente fácil hacer el recorrido desde las bocas del río hasta Granada. Pero es el caso que ni Morgan ni Mansfield, asaltantes y saqueadores de Granada, se vieron obligados a combatir en el curso del río porque en sus tiempos no había ninguna fortificación que les cortara el paso; en 1780, en cambio, había una en la isla de San Bartolomé, a poca distancia de la boca, río adentro, y otra mucho más sólida, el castillo de la Concepción, situado más o menos a dos terceras partes de distancia entre la boca del San Juan y el lago de Nicaragua. Además, en 1780 había caminos que comunicaban Guatemala, la capital del territorio, con Granada y con otras ciudades de Nicaragua, cosa que no había en el siglo XVII.

El plan inglés incluía la toma de Granada, en la orilla noroccidental del lago, y León, que se hallaba tierra adentro, vecina del Pacífico y bastante alejada de Granada hacia el noroeste, pero no porque la ruta que iban a establecerlos ingleses pasara por esas ciudades, sino porque eran puntos indispensables para defender el acceso al lago por el norte. La ruta iría mucho más al sur. Ya en aguas del lago, partiría de San Carlos, en la orilla del sur, y se dirigiría a la bahía del Papagayo, hoy territorio de Costa Rica, en el mar Pacífico. Con algunas variantes, ésa fue la que se siguió en el siglo XIX para establecer la línea de vapores que debían llevar del este de los Estados Unidos a los buscadores de oro de California; fue la misma ruta que dio el dominio de Nicaragua a los filibusteros de William Walker y la misma que iba a seguirse para hacer el canal que al fin se construyó en el istmo de Panamá.

Aunque el plan había sido hecho en Londres, donde fue aprobado por las autoridades militares y políticas, su ejecución se llevaría a cabo desde Jamaica, y por eso llevó el nombre del gobernador de esa isla, el mayor general John Dallíng. Dalling debía salir de Jamaica con una fuerte expedición que estaba siendo organizada en Inglaterra, pero la expedición tardaba en llegar a Jamaica, y para que el plan tuviera éxito era indispensable tomar el castillo de la Concepción antes de que comenzara la temporada de las lluvias, lo que ocurriría en el mes de abril, pues las lluvias engrosaban el río San Juan y esto hacía imposible remontar los raudales, que se reforzaban en la estación lluviosa hasta convertirse en cataratas. Así, Dalling salió de Jamaica al comenzar el mes de febrero de 1780 con las fuerzas que pudo reunir en la isla, algo más de unos 400 hombres. Esa fuerza debía ser aumentada con zambos mosquitos y soldados ingleses de la Mosquitia hondureña. Los transportes iban escoltados por el navío Hinchinbroke, cuyo comandante era un joven de treinta y dos años, llamado Horacio Nelson.

Dalling se detuvo en cabo Gracias a Dios para organizar flotillas de canoas tripuladas por mosquitos y ya el 24 de marzo surgía frente al puerto de San Juan del Norte, lugar que tomó ese mismo día sin mucho esfuerzo; el 9 de abril tomó la isla de San Bartolomé, que, como hemos dicho, estaba situada río adentro, ocasión en la que Nelson actuó dirigiendo el ataque de artillería que haría capitular a la pequeña guarnición que había en la isla; el día 11, las avanzadas de Dalling, desembarcadas en la orilla del río, estaban rodeando el castillo de la Concepción, que resistió cuanto pudo, pero que cayó en sus manos el día 24. Pero de ahí no pudo pasar el gobernador de Jamaica porque ya había comenzado la temporada de las lluvias, las interminables y copiosas lluvias tropicales, que caen sin cesar día y noche, inundan las tierras y las convierten en pantanos y en criaderos de los mosquitos que transmiten la malaria, fomentan el crecimiento de fungosidades en las paredes, en las ropas y en los zapatos y obligan a la gente a vivir encerrada bajo techo. Así, encerrados en el castillo, Dalling y sus hombres se pusieron a esperar la gran expedición que llegaría de Inglaterra, una expedición que de todos modos no podía llegar al castillo de la Concepción mientras no cesaran las lluvias que hacían imposible remontar el río.

El gobernador Gálvez acababa de retornar de Omoa a Guatemala cuando llegaron las noticias de que los ingleses habían tomado el castillo de la Concepción y sin perder tiempo reorganizó sus fuerzas y tomó el camino de Granada, donde halló que el vecindario, asustado por la cercanía de los invasores, había abandonado la ciudad y se había internado en los montes. Aunque habían pasado más de 100 años de las depredaciones que Granada había sufrido a manos de algunos piratas ingleses, la gente no olvidaba lo que la ciudad había padecido, y tal vez con el paso de los años aquellos sufrimientos habían sido aumentados por los que relataban su historia.

Don Matías Gálvez se dedicó a levantar el ánimo de los vecinos de Granada y a preparar defensas y organizar fuerzas para detener a los ingleses cuando éstos cruzaron el lago, lo que Gálvez daba por un hecho seguro. Pero sucedía que también en Granada caían las copiosas e interminables lluvias del Trópico, de manera que el gobernador tuvo que trasladar su cuartel general a Masaya. Cuando finalizaron las lluvias en el mes de septiembre, el activo presidente de la Audiencia de Guatemala, gobernador y capitán general, embarcó unos 600 hombres en canoas y se dirigió río San Juan abajo, camino del castillo de la Concepción, donde esperaba hallar a Dalling.

Dalling no estaba allí; ni él ni ninguno de sus hombres, excepto los muertos que había enterrado en las orillas del río, y esos muertos eran más de 1.400. Dalling había perdido tanta gente a causa de las fiebres palúdicas e intestinales, que de 1.800 nombres que había llevado a la expedición apenas le quedaban unos 380, macilentos, enfermos, débiles, con los cuales no podía defender la posición; así, había emprendido la retirada hacia San Juan del Norte y cuando don Matías Gálvez llegó al puerto sólo alcanzó a ver las velas británicas que se alejaban en el horizonte. Una vez más había fracasado el plan inglés de cortar en dos los territorios españoles de América.

Mientras Dalling se aprestaba a tomar el castillo de la Concepción, allá por el mes de marzo, las metrópolis del Caribe hacían cambios en sus fuerzas coloniales y ordenaban movimientos llamados a tener consecuencias en la región. Así, sir Georges Rodney pasaba a desempeñar el mando de la flota inglesa del Caribe, el almirante De Guichen pasaba al mando de la francesa y España despachaba hacia La Habana 130 buques, de los cuales 114 eran transportes para unos 10.000 soldados. Esta expedición española estaba destinada a la conquista de la Florida y a combatir en el golfo de Méjico, pero al final fue dedicada a la fallida toma de Jamaica.

La flota del almirante Rodney sufrió graves pérdidas a causa de un huracán que le hundió más de 30 naves y además estuvo durante algún tiempo operando en aguas norteamericanas. Por otra parte, los meses finales de 1780 fueron de poca actividad, excepto para los corsarios y los navíos de línea que se dedicaban a apresar algún que otro mercante. En ese tiempo estuvieron muy activos los corsarios de Santo Domingo y de Puerto Rico, que llegaron a operar en las aguas del Atlántico.

Al terminar el año, el día 20 de diciembre, Holanda declaró la guerra a Gran Bretaña. Había sucedido que unos buques ingleses se habían metido en el puerto de San Martín y allí mismo habían apresado algunos barcos norteamericanos; las protestas holandesas fueron rechazadas por el gobierno de Londres y la situación se complicó de tal manera que la ruptura de las hostilidades fue inevitable. Al finalizar el mes de enero de 1781 el almirante Rodney recibía órdenes de tomar San Eustaquio y se presentó ante la pequeña isla holandesa con una fuerza imponente. El gobernador, que no tenía conocimiento de que su país estaba en guerra con los ingleses, capituló sin combatir; en los días posteriores capitularon también Saba, San Martín y San Bartolomé. El botín que tomaron los británicos fue enorme, pues los muelles de San Eustaquio y de San Martín estaban llenos de mercancías; también los almacenes privados estaban llenos de toda suerte de productos y lo estaban casi todos los 200 barcos que había en los puertos. En total, el botín sumaba varios millones de dólares, tal vez más de quince, calculados en dólares de mitad del siglo XIX, lo que en esos años del siglo XVIII era una suma fabulosa.

La captura del rico botín dio lugar a incidentes muy serios porque el almirante Rodney descubrió que muchas mercancías y varios de los buques tomados eran propiedad de ingleses que comerciaban con las colonias norteamericanas y con los territorios franceses del Caribe a través de las islas holandesas, que hasta el momento habían sido puertos neutrales. Ese descubrimiento ponía de manifiesto la verdadera naturaleza de la guerra, que era una contienda comercial disfrazada de guerra patriótica. Al Caribe se iba a buscar ventajas económicas, y las guerras que tenían lugar en sus aguas y en sus tierras eran sólo expresiones armadas de conflictos comerciales. Mientras los marinos y los soldados se mataban, los comerciantes hacían negocios con el enemigo.

Los propietarios ingleses de mercancías y barcos tomados en las islas holandesas reclamaron que se les devolvieran sus pro piedades, pero Rodney se negó y, lo que es más, las declaró confiscadas y las puso a la venta en Saint Kitts; en cuanto a la otra parte del botín, la envió a Inglaterra, pero no llegó a su destino porque el convoy fue interceptado y apresado por un escuadrón francés que llevó sus presas a Francia; las mercancías fueron vendidas a los comerciantes de Burdeos, quienes pagaron por ellas 8.000.000 de libras tornesas y las vendieron con beneficios altísimos debido a que los productos tropicales escaseaban mucho en Francia desde que había comenzado la guerra.

Mientras Rodney se hallaba en Saint Kitts ocupado en vender las mercancías que había confiscado a sus compatriotas, llegó a Martinica una poderosa flota francesa que había salido de Brest al mando del conde De Grasse. Esa flota iba a hacer estragos en las posesiones inglesas de la región. Cuando Rodney supo que De Grasse estaba en el Caribe despachó a uno de sus mejores comandantes a batir a De Grasse, pero la flota francesa era demasiado grande y Hood no pudo ni siquiera acercársele.

De Grasse llevaba consigo un convoy de mercancías que dejó en Fort-Royal y sin perder tiempo siguió hacia Santa Lucía con ánimos de arrebatársela a los ingleses. Al parecer, llevaba instrucciones de reconquistar esa isla, lo que da idea de que en Francia se habían dado cuenta de que Santa Lucía había sido convertida por los británicos en un punto clave en la estrategia británica del Caribe. Efectivamente, así era, y los hechos lo demostrarían dos años después. De Grasse alcanzó a desembarcar tropas en Santa Lucía, pero la defensa que halló fue tan enérgica que tuvo que reembarcarlas con pérdidas altas y tuvo que retirarse de allí a principios del mes de mayo. Como le tocaría saberlo a su tiempo, él mismo iba a ser víctima de ese fracaso ante los ingleses de Santa Lucía.

El marqués De Bouillé, gobernador de Martinica, era sin duda el hombre con más condiciones de jefe militar que había en el Caribe. Por alguna razón, aunque lucharon juntos, sus relaciones con D'Estaing no fueron las mejores; en cambio, De Bouillé y De Grasse iban a entenderse bien y juntos formarían un equipo de mando que iba a darles mucho que hacer a los ingleses.

De Grasse había fracasado en Santa Lucía, pero De Bouillé no fracasaría en la conquista de Tobago. Para tomar esa isla, De Bouillé usó una parte de la flota de De Grasse —cuatro navíos, una fragata y algunos transportes—; se presentó en Tobago y puso pie en la bahía de Curland tras un fuerte bombardeo que fue respondido por los ingleses con energía. Rodney, que estaba en Barbados, envió apresuradamente un escuadrón con la orden de auxiliar a los defensores, pero De Grasse llegó al sitio de la lucha a tiempo y forzó al escuadrón inglés a retirarse.

La batalla de Tobago fue dura. El jefe de la defensa, teniente gobernador Ferguson, hizo una retirada hacia el interior con el propósito de hacerse fuerte en mejores posiciones. En vez de dedicarse a perseguir a Ferguson, De Bouillé ordenó que se quemaran las propiedades de los plantadores británicos, con lo cual obtuvo que los propietarios pidieran la paz para salvar sus bienes. En ese momento Rodney salía de Barbados con refuerzos para Ferguson, pero el almirante inglés llegó a Tobago demasiado tarde. La isla se había rendido el 2 de junio y De Bouillé y De Grasse volvieron a Fort-Royal, en cuya rada entraron agitando en sus manos las banderas que le habían tomado al enemigo. Después de la victoria de Tobago, De Grasse salió con su flota hacia las costas de Norteamérica, donde tomaría parte en la caída de York Ton y la consecuente rendición de lord Cornwalles; y casi a seguidas Rodney salía hacia Inglaterra, llamado para responder a las acusaciones que se le hacían con motivo de la confiscación de las propiedades inglesas tomadas en San Eustaquio y San Martín, y su flota, colocada bajo el mando de Hood, tomaba el rumbo de Nueva York. Parecía que el Caribe quedaba descargado de las presiones guerreras que originaba la presencia en sus aguas de las poderosas flotas de Francia e Inglaterra.

Pero la verdad es que, aunque la flota francesa se había alejado, Francia estaba representada en el Caribe por De Bouillé, y De Bouillé era un hombre de guerra, un soldado nato. Dado su cargo, no tenía por qué participar personalmente en los ataques, y sin embargo lo hacía. Siempre estuvo al lado de D'Estaing en los combates que éste dio; acompañó a De Grasse en Santa Lucía y se le había adelantado en Tobago; concebía planes atrevidos e iba a ejecutarlos él mismo. Ahora bien, la mayor hazaña del gobernador de Martinica estaba por verse todavía.

De Bouillé había resuelto dar un golpe audaz a Inglaterra en el Caribe y había organizado ese golpe con tanto secreto que ni siquiera lo conocían muchos de los que iban a participar en él. Para disimular sus intenciones dio una fiesta a la juventud de Martinica, y cuando esa juventud estaba entretenida ejecutando las refinadas danzas de la época, el gobernador salió sigilosamente a los jardines con algunos de los que asistían a la fiesta y se fue a la rada de Fort-Royal, donde le esperaban tres fragatas, una corbeta y cuatro goletas en las cuales habían embarcado unos 350 hombres. Era al comenzar la última semana de noviembre, mes de buenos vientos en el Caribe. En la noche del día 26, con mar gruesa por cierto, De Bouillé estaba desembarcando sus hombres en San Eustaquio. Algunos de esos hombres llevaban todavía el traje de fiesta con que habían salido de la casa del gobernador. Al amanecer del día 27 los franceses estaban atacando el fuerte que defendía la pequeña isla.

La sorpresa que produjo el audaz golpe de De Bouillé fue tan grande que paralizó a la guarnición inglesa, compuesta de unos setecientos hombres. Cockburn, el gobernador británico, fue hecho prisionero antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Al día siguiente se rindieron las fuerzas de San Martín y poco después se entregaron las islas de Saba y San Bartolomé. De Bouillé retornó a Fort-Royal con más de 800 prisioneros a los que había que sumar las mujeres y los niños que les acompañaban. El gobernador fue recibido en Martinica con honores de héroe, y al llegar a Fort-Royal encontró allí a De Grasse y su flota, que volvían de América del Norte después de haber cosechado también la victoria en aguas norteamericanas. Era simplemente lógico que las tropas, la marinería, la oficialidad de De Grasse y De Bouillé se sintieran impulsadas a seguir acumulando victorias; así, la próxima sería en Barbados, la fortaleza británica que hacía el papel de una avanzada del Caribe en el Atlántico. El almirante y el gobernador se prepara- ron, pues, para tomar Barbados. Por dos veces, una con 3.500 hombres de desembarco y otra con 6.000, la flota francesa estuvo cruzando por las aguas de Barbados y en las dos ocasiones los vientos contrarios impidieron que se acercaran a las costas. Al final hubo que abandonar el plan de tomar Barbados, pero no se abandonaron los propósitos de seguir despojando a Gran Bretaña de sus posesiones del Caribe. Así, el 11 de enero de 1782 la flota de De Grasse, y Bouillé con ella, entraba en la rada de Basse-Terre, en la isla de Saint Kitts.

Ya conocemos la importancia histórica y política que tenía Saint Kitts para los ingleses y su vinculación con el nacimiento y el desarrollo del poder francés en el Caribe. Precisamente, el punto por donde desembarcaron los franceses ese día de enero de 1782 correspondía a lo que había sido la parte francesa de la isla antes de que ésta pasara a ser totalmente inglesa. Debido a, su abolengo en la historia de la colonización británica, Saint Kitts era el asiento de la gobernación de las islas inglesas para el grupo llamado de Barlovento y allí había una guarnición respetable. En el momento de la llegada de De Bouillé, esa guarnición tenía más de 1.200 hombres.

A la presencia de los franceses en Basse-Terre, el gobernador se retiró con todas las fuerzas a la fortaleza de Brimstone Hill, bien dotada de artillería y de municiones; pero los dueños de ingenios de azúcar no estaban dispuestos a correr la suerte de la guerra y comenzaron a buscar contactos con De Bouillé para negociar la rendición de la isla. Mientras tanto De Grasse despachó escuadrones a Nevis y a Monserrat y esas posesiones capitularon sin luchar, lo que aumentó el deseo de negociar que tenían los propietarios de Saint Kitts. Después que se cerró el capítulo de ese ataque francés se dijo que esos propietarios se negaron a prestar sus esclavos para que éstos cargaran las balas de cañón que necesitaban los defensores del fuerte de Brimstone Hill; al parecer, había un almacén de esas municiones en las faldas de la colina que daba nombre al fuerte y no fue posible llevar las balas hasta el fuerte por falta de hombres que hicieran el trabajo. De todos modos, es el caso que De Bouillé había puesto sitio al fuerte con unos 6.000 hombres y se había dedicado a bombar- dearlo sin que eso conmoviera a los propietarios, que no se hallaban inclinados a dar demostraciones de patriotismo.

Mientras De Bouillé cercaba y cañoneaba Brimstone Hill, De Grasse tenía su escuadra en la bahía de Basse-Terre. El día 24 de junio se presentó ante Basse-Terre una escuadra inglesa comandada por el almirante Hood. Hood maniobró para entrar en la bahía, cosa que no logró, y entonces De Grasse sacó su escuadra para presentarle batalla a Hood. En ese momento Hood hizo lo que menos podía esperar De Grasse; entró con su escuadra en la bahía y dejó afuera al almirante francés y a sus barcos. Esa maniobra era no sólo una demostración de maestría naval y de audacia muy británica; era también una burla que De Grasse no podía aceptar; así, el almirante francés hizo todos los esfuerzos por desalojar al inglés de su posición, pero fueron inútiles y además costosos en vidas y en averías. Por lo visto, lo único que podía hacer De Grasse era bloquear la salida de la bahía y mantener a Hood embotellado.

Probablemente no se ha dado muchas veces un caso igual: los ingleses de Brimstone Hill estaban cercados por los franceses del marqués De Bouillé; éstos a su vez estaban embotellados por los buques y los soldados ingleses de Hood, y Hood y sus hombres se hallaban embotellados por la escuadra francesa de De Grasse. Había una manera de romper esa cadena de cercos, y era lanzando contra la retaguardia de De Bouillé a los hombres de Hood, que alcanzaban a unos 2.500, a fin de romper el sitio de Brimstone Hill y unir fuerzas; después se vería qué se podía hacer con la flota de De Grasse.

Eso fue lo que hizo Hood: desembarcó sus 2.500 soldados y los lanzó a la lucha contra De Bouillé; pero éste había previsto el golpe y había preparado sus fuerzas de tal manera que los ingleses no pudieron romper sus filas. En cuanto a las tropas cercadas en el fuerte, sus bajas en muertos y heridos eran ya altas, de manera que tampoco pudieron ayudar en la lucha. Ante esa situación, Hood tenía que salir de la bahía o entregarse, lo que a su vez suponía la entrega del gobernador, y Hood escogió la salida. Esta era difícil y con pocas probabilidades de éxito, pero Hood, que había hecho en Basse-Terre una entrada increíble, iba a hacer una salida también increíble: a media noche cortó cables y se deslizó por las aguas de Basse-Terre sin que los marinos de De Grasse alcanzaran a darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Al día siguiente se rendía Brimstone Hill, después de treinta y cuatro días de sitio.

Desde la ruptura de hostilidades hasta ese mes de julio de 1782 habían caído en manos francesas Dominica, San Vicente, Granada y las Granadinas, Tobago, Saint Kitts, Nevis y Monserrat, y además los franceses habían reconquistado las posesiones holandesas de San Eustaquio, San Martín, Saba y San Bartolomé, que habían devuelto a Holanda con excepción de la última. Los franceses del Caribe estaban forjando una impresionante cadena de victorias a expensas del poderío inglés, lo que indicaba o que ese poderío estaba en decadencia o que estaba en ascenso el de Francia.

Al retornar triunfantes a Martinica, el grácil De Bouillé y el corpulento De Grasse fueron recibidos en medio de un júbilo casi de locura, y para colmo de buena suerte, poco después de su llegada arribaba a Fort-Royal un convoy de mercantes que había logrado burlar a la ilota inglesa. En ese convoy iban productos suficientes para aliviar, al menos por el momento, las necesidades de la población, que como casi todas las del Caribe estaba sufriendo los efectos de una inflación vertiginosa causada por la escasez de bienes de consumo.

Parecía que De Bouillé y De Grasse habían obtenido, por alguna gracia especial, la bendición de los dioses de la guerra; que ninguna fuerza inglesa podía atravesarse en su camino; que iban a conseguir todo lo que se propusieran. Y lo que se propusieron, por órdenes del gobierno francés, fue asestar a Inglaterra el golpe final a su imperio en el Caribe: la conquista de Jamaica. Pero antes de que llegara esa orden llegó a Barbados, a medía-dos de febrero de 1782, el avezado y duro sir George Rodney, a quien la historia le reservaba el papel de destruir, casi sin combatir, la fuerza del binomio De Grasse-De Bouillé.

Tan pronto llegó a Barbados, Rodney ordenó a Hood que se le reuniera en Antigua. Las escuadras de Rodney y Hood sumaban más navíos que los de De Grasse, y eso por sí solo significaba que en cualquier momento podía quedar roto en favor de Inglaterra el equilibrio naval del Caribe. Una vez reunidas en Antigua, las naves inglesas se dirigieron a Santa Lucía, desde donde Rodney podía vigilar los menores movimientos de De Grasse. Allí iban a pasar los ingleses el mes de marzo y los primeros días de abril, tensos y dispuestos al ataque como el águila que ha puesto el ojo en la víctima escogida y mantiene las alas a punto de emprender el vuelo a la primera señal de que la pieza se ha movido.

Pero sucedía que en marzo, mientras Rodney y Hood vigilaban a De Grasse, estaba a punto de estallar de nuevo la guerra en el occidente del Caribe. Efectivamente, don Matías Gálvez, el infatigable gobernador de Guatemala, que había establecido su cuartel general en Trujillo, preparaba la reconquista de la isla Roatán, que los ingleses habían guarnecido de varios fuertes, cinco de ellos a la entrada y alrededor de Puerto Real, y otro, el de Federico, para proteger el puerto por la retaguardia.

Gálvez hizo sus preparativos cuidadosamente; reunió 3.900 hombres y metió entre ellos una unidad de caballería pensando que ésta podía hacerle falta en caso de que los ingleses se retiraran a un punto de la pequeña isla donde hubiera necesidad de perseguirlos con bestias; reunió también varias balandras y goletas y algunas canoas y escoltó la expedición con cuatro fragatas, una corbeta y cuatro lanchas cañoneras. Como se ve, el gobernador Gálvez no estaba dispuesto a fracasar por falta de elementos.

Y efectivamente, no fracasó. Las baterías de los fuertes que guardaban el puerto fueron silenciadas rápidamente; el teniente gobernador inglés se refugió en el fuerte Federico, pero no podía hacer nada para impedir la victoria española. Roatán se rindió el día 17 de marzo (1782); los atacantes tomaron un buen botín, la mayor parte en esclavos; a los soldados ingleses se les permitió irse a Jamaica.

Gálvez estuvo en Roatán hasta el 23, día en que salió con una parte de sus efectivos hacia la región de Río Tinto, es decir, la Mosquina hondureña; allí asaltó y destruyó los puntos de Quepriba y Criba, donde había pequeñas guarniciones enemigas, y en los primeros días de abril estaba persiguiendo tierra adentro a los pocos ingleses que buscaban protección en el interior, en las zonas habitadas por los mosquitos.

Precisamente en esos primeros días de abril estaban el almirante De Grasse y el gobernador De Bouillé dando los últimos toques a lo que iba a ser la operación maestra de Francia y España en el Caribe, la conquista de Jamaica. El día 8 abandonaba la flota francesa la rada de Fort-Royal para ir a Cap-FranÇais, en la costa norte de Haití, donde debía reunirse con la flota española que bajo el comando de don José Solano había cruzado el Atlántico en ruta hacía La Habana en marzo de 1780, esto es, dos años antes. Una vez reunidas, las dos flotas enfilarían por el canal de Los Vientos hacia Jamaica, que seguramente no tenía fuerzas con que enfrentar un ataque de esa envergadura. Podemos hacernos una idea del poderío de las fuerzas aliadas que iban a la conquista de Jamaica por la cantidad de naves de transporte que iban en las dos flotas. Solano había llevado a Cuba 114 transportes y De Grasse llevaba desde la Martinica 150. No sabemos cuántos navíos de guerra tenía a su mando Solano, pero sabemos que la escuadra de De Grasse estaba compuesta por unas 36 unidades, de las cuales 25, por lo menos, iban a participar en la acción sobre Jamaica.

Leyendo ahora los documentos de aquellos días es fácil darse cuenta de que los planes de los gobiernos eran conocidos muy a menudo por los enemigos. El espionaje funcionaba en los palacios de los reyes, en los gabinetes de los ministros y en los despachos de los jefes militares. El envío de Rodney al Caribe y su movimiento hacia Santa Lucía para vigilar desde allí a De Grasse son hechos que resultarían demasiado casuales si no obedecían a un propósito, y el propósito era evitar a toda costa la expedición contra Jamaica; luego en Londres sabían que los gobiernos de Francia y España habían resuelto conquistar Jamaica. Rodney había situado casi en aguas de Martinica dos fragatas que debían informarle, mediante señales, qué rumbo tomaba De Grasse al abandonar, el día que lo hiciera, la rada de Fort-Royal. Esa es otra indicación de que Rodney tenía noticias precisas sobre las intenciones del almirante francés. Rodney sabía que iba a salir y con qué planes saldría y había congregado sus fuerzas en Santa Lucía para impedir que esos planes pudieran ser ejecutados.

En la mañana del 9 de abril, sir Georges Rodney recibió señales que le indicaban el rumbo de la flota francesa: navegaba hacia Dominica en dirección norte franco. Sin perder un minuto, Rodney dio la orden de lanzarse a la persecución del enemigo y batirlo tan pronto estuviera a tiro de cañón.

La cacería duró horas. Ya por la tarde, el escuadrón de Hood se acercaba a los navíos franceses que cubrían la retaguardia del convoy. Las dos notas estaban todavía tan cerca de Martinica que el primer disparo del lado francés —hecho por el navío Triunfante— se oyó en la costa de esa isla. Había comenzado la primera parte de un combate naval que iba a tener muy escasa importancia militar y que sin embargo iba a tener consecuencias decisivas en el fracaso de los planes de Francia y España.

En ese combate el navío francés Zélé resultó con averías gruesas. El almirante De Grasse iba a bordo del Villa de París, su nave insignia, y el Villa de París, que portaba 110 cañones, era un buque pesado, muy lento para maniobrar. Pues bien, cuando vio al Zélé en situación crítica, De Grasse quiso ir en su ayuda y fue a dar a un punto de aguas muertas y, lógicamente, tras el almirante entraron en esas aguas varios otros navíos cuyos comandantes creyeron que debían darle protección a su jefe.

Los marinos ingleses pensaron que De Grasse estaba rehuyendo el combate y trataron de hacerlo salir del lugar donde se hallaba, pues la falta de brisa hacía imposible que ellos mismos —esto es, los ingleses— pudieran maniobrar. Mientras tanto, una parte de la escuadra francesa y la totalidad de los transportes seguían su ruta hacia Cap-Francais. Con ellos iba el marqués De Bouillé, que se había embarcado en Fort-Royal para tomar parte en la conquista de Jamaica.

A eso que hemos descrito se limitó la primera parte de lo que se llamó la batalla de Los Santos, nombre que se le dio porque la parte segunda —y final— iba a darse en las aguas de los islotes de Los Santos, que son adyacentes de Guadalupe y limitan por el norte el canal que separa esta isla de la de Dominica.

Los buques franceses no pudieron maniobrar sino el día 12, y entonces lo hicieron, con tan mala suerte, que vinieron a quedar a barlovento de la escuadra británica, y en ese momento los ingleses superaban de manera abrumadora a los franceses, puesto que junto con De Grasse había sólo una parte de su fuerza; la otra parte había seguido escoltando el convoy que iba hacia Cap-Francais. Así, con el viento a su favor, los ingleses avanzaron y formaron línea a su mejor conveniencia. La parte final de la batalla de Los Santos iba a darse con todas las ventajas del lado inglés.

En los primeros movimientos el buque almirante de Rodney rompió la línea francesa, a la vez que otros navíos británicos la rompían por otro punto, de manera que la línea de De Grasse quedó rápidamente dividida en tres grupos y sus unidades rodeadas y batidas por el fuego de los navíos enemigos. Cuatro buques franceses quedaron apresados, entre ellos el Villa de París. De Grasse, pues, había caído prisionero de Rodney. A causa de lo que le sucedió a De Grasse, la marina francesa, después de estudiar el expediente de la batalla, ordenó que en lo sucesivo sus comandantes dirigieran las batallas desde una fragata, nave que era más ligera y por tanto más capaz de maniobrar en circunstancias imprevistas, como las que se dieron en el caso de la batalla de Los Santos.

La mayor parte de los buques franceses que participaron en el último episodio de la batalla de Los Santos lograron escapar con algunas bajas, pero sin averías, y Rodney, que quería aprovechar la ocasión para destruir la escuadra francesa, ordenó a Hood que les diera alcance. Hood alcanzó a interceptar dos navíos de línea y una fragata, con lo cual el número de unidades francesas que cayó ese día en manos de Rodney fue de siete. Todos los buques apresados fueron llevados a Jamaica, donde Rodney y su escuadra tuvieron un recibimiento delirante. La victoria, en verdad, no era nada del otro mundo, pero sus consecuencias políticas sí lo eran, sobre todo para los habitantes de la isla, que se habían salvado del ataque franco-español y de la muy probable conquista de su tierra.

Al llegar a Cap-Francais la noticia de lo que había sucedido a De Grasse, el marqués De Bouillé quiso suplantar a De Grasse en la jefatura de la expedición a Jamaica y le propuso a Solano, el jefe de la flota española, que el plan general se llevara a cabo bajo la responsabilidad de De Bouillé. De Bouillé alegaba, y tenía razón, que la pérdida de siete u ocho buques no podía justificar el abandono del plan, que esa pérdida no debilitaba de modo apreciable el poder de las flotas española y francesa unidas. Pero Solano entendía que sus órdenes eran muy precisas y que él tenía que atenerse a ellas; que se le había mandado esperar en Cap-Francais al almirante De Grasse y que De Grasse no había llegado ni podría llegar, puesto que había caído en poder de los ingleses. Todos los esfuerzos que hizo el gobernador de Martinica para convencer a Solano de que deberían actuar resultaron inútiles. Cuando en Madrid se supo que Solano se había negado a oír a De Bouillé, se le dio la razón a éste, pero desde luego ya era tarde, y demasiado tarde. Jamaica no sería conquistada y, lo que es más, no sería ni siquiera atacada. La corona que Francia y España iban a poner a la guerra del Caribe se había hundido en las aguas de Los Santos el día 12 de abril de 1872, y al cabo de tres años y cuatro meses la pérdida de Santa Lucía —ocurrida en diciembre de 1778— culminaba en el fracaso de los planes elaborados para dar un golpe final al poder inglés en el Caribe; que así se encadenan los hechos en la guerra, tal como se encadenan en la vida.

Exactamente el 12 de abril, día en que De Grasse caía prisionero de Rodney en aguas del Caribe, tenían lugar en París las primeras conversaciones para hacer la paz, y si ésta tardó en hacerse se debió a la victoria de Rodney en la acción de Los Santos. Inglaterra estaba dispuesta a conceder a Francia y España buenas condiciones de paz; había perdido todas sus posiciones importantes en el Caribe, con la excepción de Jamaica, Antigua y Barbados, y sólo había logrado conquistar Santa Lucía, arrebatada a los franceses, y había perdido tierra en otras partes de América, de manera que la paz era para ella una necesidad. Pero cuando llegó a Londres la noticia de la derrota de De Grasse pensó de otro modo; así, por ejemplo, rechazó las peticiones españolas para que abandonara Gibraltar a menos que España le diera a cambio la isla de Puerto Rico, y en general alargó las conversaciones, que se prolongaron hasta el 1783.

En cambio, los ingleses negociaban tan de prisa con sus antiguas colonias norteamericanas que para fines de noviembre se habían firmado los artículos preliminares del tratado de paz. Esa negociación se hacía en el secreto más estricto, para que ni Francia ni España se enteraran de ellas. Francia y España habían participado en la guerra que aseguró la independencia de los Estados Unidos; la presencia de las fuerzas francesas de tierra y de mar al lado de las norteamericanas, así como la cuantiosa ayuda en armas y dinero que les dio España a los colonos rebelados, fueron factores decisivos en la victoria yanqui; además, si Inglaterra hubiera podido dedicar todo su poderío a combatir a sus colonos, la lucha hubiera sido larga, muy costosa y nadie sabe cómo hubiera terminado. Pero Inglaterra tuvo que combatir contra Francia y España en Europa y en el Caribe y eso la debilitó. Sin embargo, a la hora de hacer la paz, los Estados Unidos se entendían con los ingleses en secreto para que aquellos que tanto los habían ayudado no estuvieran al tanto de lo que estaba sucediendo.

Después de la batalla de Los Santos, sólo los corsarios de Santo Domingo, Puerto Rico y las islas francesas e inglesas siguieron su especie de guerra particular, pero en el fondo occidental del Caribe iba a combatirse todavía. Fue en Roatán y en la Mosquitia hondureña, que habían caído en poder de España, como sabemos, en vísperas de la batalla de Los Santos.

El 23 de agosto (1782) se presentó frente a Roatán el coronel Edward Despard con 1.200 hombres, la mitad de ellos mosquitos, a los que conducía con buena protección naval, y en una larga lucha de ocho días se apoderó de la isla, en la cual había una guarnición española de 750 hombres; después Despard se dirigió a Río Tinto y, tal como había hecho Gálvez antes, dominó las posiciones de Quepriba y Criba, de manera que, salvo el castillo de Omoa, España perdió otra vez en el golfo de Honduras todo lo que el enérgico don Matías Gálvez hacía reconquistado poco antes.

Cuando se dio fin a los acuerdos preliminares del tratado de paz, lo que vino a suceder en enero de 1783, los ingleses tenían en el Caribe sólo Roatán y la Mosquitia, que no eran territorios británicos, y las islas de Antigua, Barbados y Jamaica. La situación era parecida en el Mediterráneo, en el sur de los Estados Unidos y en las Bahamas. En los arreglos de paz España iba a recuperar Menorca y las dos Floridas y devolvería las Bahamas, e Inglaterra reconocería los derechos españoles de Belice y todos los territorios mosquitos, al tiempo que España concedería autorización, dentro de ciertos límites, para que los súbditos británicos pudieran cortar madera en Belice. Roatán, desde luego, volvería a manos españolas.

De manera irregular, Suecia entró en las negociaciones a través de Francia. Los suecos habían estado viendo desde hacía muchos años que los daneses sacaban buenos dividendos de sus pequeños territorios del Caribe y habían fundado en 1746 una Compañía de las Indias Occidentales, pero fue sólo en 1779, bajo el reinado de Gustavo III, cuando sus empeños por tener una posesión en el Caribe comenzaron a tomar forma. Gustavo III mantenía relaciones estrechísimas con Luis XVI, al punto que recibía subsidios de éste, y la política exterior francesa contaba de manera segura con el apoyo de Suecia en todo lo que se refiriera a problemas del norte de Europa. En las negociaciones del tratado que iba a poner fin a la guerra, Francia propuso que España le concediera a Suecia uno de sus territorios caribes, Trinidad o Vieques, a lo que España se negó; entonces gestionó con Inglaterra que le traspasara una de las suyas, petición que Inglaterra rechazó. Pero Suecia seguiría insistiendo.

El tratado se firmó en Versalles el 30 de septiembre de 1783. Francia devolvió a Inglaterra las islas de Saint Kitts, Nevis, Monserrat, Granada y las Granadinas, Dominica y San Vicente, pero obtuvo la devolución de Santa Lucía y se quedó con Tobago. Poco después, en mayo de 1784, Luis XVI ordenaba que Tobago fuera cedida a Suecia, y eso es lo que explica que Francia no aceptara devolver a Inglaterra la pequeña isla que hoy forma una unidad política junto con la isla de Trinidad. No sabemos qué ocurrió entre mayo y finales de junio, pero es el caso que, después de la cesión de Tobago, Francia y Suecia se pusieron de acuerdo para que, en vez de Tobago, Suecia tomara San Bartolomé y que a cambio de San Bartolomé les diera a los franceses privilegios comerciales en Gotemburgo. San Bartolomé tenía 21 kilómetros cuadrados y 759 habitantes, de los cuales 458 eran blancos. El tratado de cesión fue firmado en París el 1 de julio (1784) y la cesión efectiva tuvo lugar el 7 de marzo de 1785. En el mes de septiembre San Bartolomé fue declarado puerto libre y en octubre del año siguiente fue cedido a una compañía formada para comerciar con las posesiones del Caribe y América del Norte. Así, al terminar la guerra había un nuevo país europeo con señorío en un territorio del Caribe.

Al quedar firmado el tratado de Versalles parecía que todo el Caribe seguía igual que antes de comenzar la guerra. Pero la guerra había provocado cambios muy importantes; cambios en la situación económica de las metrópolis y de sectores de las poblaciones coloniales; cambios en la composición social de casi todos los territorios caribes; cambios en las ideas de las gentes. Hubo un número apreciable de personas que se enriqueció haciendo el corso y el contrabando y cobrando a precio de oro lo que podía vender, pero también hubo mucha gente que murió de hambre. Algunos artículos llegaron a encarecerse cuatro veces, y en ocasiones se trataba de artículos de consumo para la gente más pobre. Se calcula que sólo en las islas inglesas murieron por falta de alimentación unos 18.000 esclavos. Las relaciones comerciales quedaron durante años prácticamente rotas, no sólo entre las colonias y las metrópolis, sino también entre las colonias que se vendían y se compraban entre sí. En el caso de las posesiones españolas, esto tuvo buenos resultados, porque entre 1777 y 1780 España dio a sus territorios una libertad comercial que las convirtió de hecho en provincias autónomas, con autorización para adquirir esclavos sin ninguna restricción; y esta última medida iba a tener consecuencias trascendentales en la vida de los países españoles del Caribe, porque con la importación libre de esclavos aumentó a niveles inesperados el poder económico de la aristocracia terrateniente de algunos lugares —por ejemplo, Venezuela—, lo que al cabo de treinta años se reflejaría en las luchas por la independencia, que fueron dirigidas por ese grupo social. Dada la organización económico-social de la región del Caribe, los mayores beneficios que proporcionaron los cambios fueron para los dueños de tierras y esclavos; pero los perjuicios causados por el encarecimiento de la vida y por las restricciones que provocó la guerra caían sobre las espaldas de los esclavos, los zambos, los pardos, los mulatos, los negros libres y los blancos pobres, que durante esos años estuvieron acumulando miseria y odios. La guerra hizo más agudas las contradicciones que llevaba en su seno la sociedad del Caribe, y pocos años después esas contradicciones, estimuladas por la Revolución francesa, iban a hacer estallar el barril de pólvora sobre el cual estaba asentado el régimen económico, social y político de los pueblos del Caribe.

CapÍtulo XV

La revolución francesa y su proyección en el Caribe

Al firmarse en 1783 el tratado de Versalles debía haber en el Caribe una población esclava de 1.200.000 almas. Puede estimarse que en Haití había entonces unos 400.000, y como según cálculos de la época los esclavos de Haití representaban tres quintas partes de lo que había en todos los territorios antillanos de Francia, la totalidad de los esclavos de las posesiones francesas debía pasar de 600.000. Diez años antes (en 1774), en Jamaica, Antigua, Monserrat, Saint Kitts, Nevis y las Islas Vírgenes había más de 280.000, de manera que agregando a esa cantidad los de Barbados, Dominica, Granada, San Vicente, Belice y la Mosquitia, los de las posesiones británicas debían pasar de 300.000. Quizá los de Venezuela, Colombia, Panamá, Puerto Rico y Santo Domingo no llegaban a 100.000; Cuba, que era la posesión española que tenía más esclavos, debía andar por los 60.000. En Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica —todo lo cual formaba, junto con El Salvador, el reino de Guatemala— había pocos, porque en esa zona la mano de obra servil era indígena. Los de las islas holandesas y danesas y los de la pequeña posesión sueca de San Bartolomé podían sumar unos pocos millares.

Al tratar los acontecimientos del siglo XVI dimos cuenta de las principales rebeliones de esclavos en esa centuria, y en verdad no fueron muchas; fueron menos frecuentes todavía en el siglo XVII, pero entre éstas hay que destacar la de Jamaica, provocada por la ocupación inglesa en 1655; una rebelión larga y dura, según explicamos en el capítulo IX. Al aumentar en el siglo XVIII el número de esclavos con la extensión de la producción de azúcar, algodón y otros renglones, los alzamientos comenzaron a ser más frecuentes. En realidad, el siglo XVIII fue el siglo de las rebeliones de esclavos en el Caribe.

El número de esclavos aumentaba, no sólo porque se importaban más, sino porque nacían muchos hijos de ellos, y esos hijos, salvo una minoría que tenía la suerte de ser declarada libre, estaban también sometidos al régimen de la esclavitud. Un número importante de hijos de amos y esclavas, que desde luego eran mulatos, entraba en el grupo de los libres y con frecuencia heredaba el nombre y los bienes del padre; pero eso sucedía sobre todo en los territorios españoles y franceses, porque en las dependencias inglesas un mulato equivalía a un negro: los dos eran "gentes de color", y nunca tendrían derecho de vivir en la sociedad de los blancos.

Las rebeliones negras del siglo XVI podían considerarse una mera prolongación en tierras americanas de las luchas que se llevaban a cabo en África para capturar esclavos; pero las del siglo XVIII eran expresiones inequívocas de una lucha de clases limitada a los territorios de América; una lucha de clases de carácter muy violento que se hacía compleja debido a la serie de circunstancias que diferenciaban social, económica, física y culturalmente a los adversarios. Los esclavos eran obligados por la fuerza a trabajar en beneficio de sus amos, pero además ellos eran negros y sus amos blancos, ellos tenían conceptos culturales distintos a los de sus amos, ideas de la organización social diferentes a las de los blancos y hasta sentimientos y hábitos religiosos distintos. En todos los aspectos, pues, había razones para que los esclavos se rebelaran. Lo que sorprende es que no lo hicieran más a menudo y con más saña.

Sería difícil hacer un recuento completo de los levantamientos negros del siglo XVIII. Algunos fueron cortos pero violentos; en unos participaron pocos esclavos y en otros participaron muchos; en unos murieron pocos blancos y en otros murieron bastantes. Los principales ocurrieron en casi todos los territorios del Caribe. Los hubo en Haití en 1724; en Saint Kitts y Nevís en 1725; en Antigua en 1728; otra vez en Haití en 1730; en Saint John en 1733; de nuevo en Haití en 1734; y en Antigua en 1737; otro más en Haití en 1740; uno en Yare, Venezuela, en 1747, y en el mismo año hubo una seria conspiración de esclavos en Jamaica; tres años después, en 1750, una rebelión de ellos en Curazao y en 1754 otra en Jamaica.

En enero de 1758 fue quemado vivo en Cap-Francais el legendario Macandal, que había organizado en el norte de Haití grupos de esclavos a los que proporcionaba veneno, hecho por él mismo, de yerbas del país para que se lo dieran a los amos en comidas y refrescos. Dos años después, en 1760, se produjo en Jamaica un levantamiento tan poderoso que costó la vida a unos 60 blancos y a más de 300 negros.

Los castigos a los esclavos sublevados eran habitualmente brutales, pues había que aterrorizar a los negros para que no se atrevieran a seguir el ejemplo de los que se alzaban. En el alzamiento de 1728 ocurrido en Antigua se quemó a tres cabecillas y se descuartizó a otros; el que tuvo lugar en Saint John en 1733, que costó la vida a cuarenta blancos, fue aplastado con ayuda de blancos ingleses de la vecina isla de Tórtola y sobre todo con la ayuda de una fuerza militar francesa enviada desde Martinica; y los esclavos ejecutados en Saint John fueron numerosos. En la sublevación que se produjo en Jamaica en 1760 se aplicaron métodos de represión repugnantes y 600 de los esclavos sospechosos de simpatías con los rebeldes fueron sacados de la isla y vendidos a los cortadores de madera de Belice.

Pero la represión no podía detener los levantamientos. La ola de rebeliones esclavas comenzó de nuevo hacia el 1765, año en que hubo una importante en Jamaica y otra en la Mosquitia hondureña, así como un recrudecimiento de las actividades de los negros que se habían refugiado en el interior de la isla de Granada durante la guerra que había terminado en 1763. En los tres casos murieron muchos blancos, fueron destruidas muchas propiedades y la represión, como ya era costumbre, alcanzó altos niveles de brutalidad.

En 1769 hubo levantamientos en Jamaica y en 1770 los hubo en Saint Kitts. Ese mismo año de 1770 y en el de 1771 hubo rebeliones importantes en Tobago, que fueron reprimidas con lujo de violencias.

En 1772 hubo combates sangrientos entre los indios caribes de San Vicente y fuerzas inglesas, que tuvieron pérdidas fuertes. En 1773 se repitió la rebelión de la Mosquina hondureña con muchas víctimas y alto número de esclavos ejecutados; en 1774 se levantaron otra vez los esclavos de Tobago y la represión fue calificada por círculos ingleses como innecesariamente bárbara. En 1775 se alzaron en guerra los indios del Darién y mataron a los mineros de Pásiga; en 1776 hubo una fuerte sublevación negra en Jamaica.

En 1778 volvieron a levantarse en armas los indios del Darién bajo la jefatura del indio Bernardo Estola, pero en ese levantamiento hubo un ingrediente de política internacional, porque parece no haber duda de que fue estimulado por los ingleses, que proporcionaron armas, municiones y oficiales, estos últimos para servir de consejeros a Estola. El gobernador de Jamaica nombró al jefe indígena "general del Darién" y le envió de obsequio un uniforme de general, pero Estola tuvo que pactar con el gobierno español de Nueva Granada después que Inglaterra firmó con España el tratado de Versalles, aunque vino a hacerlo sólo en el 1787.

El caso más interesante de las rebeliones negras de ese siglo XVIII fue el de los cimarrones del Bahoruco, un lugar montañoso situado en el sur de la frontera que dividía las colonias española y francesa de la isla de Santo Domingo. El Bahoruco fue el escenario de la prolongada rebelión del cacique Enriquillo, tratada en el capítulo VI de este libro. La formación de un campamento de negros cimarrones en el Bahoruco había comenzado en el año de 1702 y ese campamento había sobrevivido a todos los ataques que habían estado organizando y realizando las autoridades francesas cada cierto número de años. Los cimarrones del Bahoruco vinieron a hacer la paz con los franceses en 1785. En el momento del acuerdo el jefe de los negros cimarrones era un esclavo de la parte española llamado Santiago, pero la mayoría de sus hombres —125 de un total de 130— eran esclavos de amos franceses, y uno de ellos, que tenía ya sesenta años cumplidos, había nacido y había vivido toda su vida entre cimarrones.

Ese mismo año de 1785 hubo una matanza de blancos hecha en Dominica por los negros cimarrones que habían sido armados por los franceses para que les ayudaran en su lucha contra los ingleses cuando la isla cayó en manos francesas en la guerra que había terminado en 1783. Para someter a esos esclavos rebeldes de Dominica hizo falta formar una fuerza británica especialmente adiestrada y la lucha duró todo un año, de manera que esa lucha tuvo todos los caracteres de una guerra en pequeño.

El rosario de alzamientos negros indicaba que en el Caribe había una situación perpetua de injusticia que podía dar lugar en cualquier momento a una devastadora rebelión general, y cualquiera conmoción en Europa podía desatar esa rebelión. La conmoción fue la Revolución francesa, que sacudió el orden en las colonias de Francia en el Caribe en sus propias raíces y alcanzó los caracteres de un terremoto social de proporciones gigantescas.

Al principio las luchas desatadas en el Caribe por la Revolución se limitaron a los sectores más altos de las sociedades coloniales en Martinica y Haití, pero después las luchas pasaron a los niveles medios de la pirámide social y al final entraron en juego las masas esclavas, que eran las que ocupaban la base de esa pirámide. Ese proceso se cumplió en dos años. Al cabo de esos dos años el centro del terremoto se estableció en Haití, esa pequeña colonia de Francia establecida en el oeste de la isla de Santo Domingo que había comenzado siendo en 1630 el asiento de los bucaneros y había pasado a ser luego el nidal de los piratas del Caribe; ese pequeño territorio que se había convertido en menos de medio siglo, según palabras de Adam Smith en su libro La riqueza de las naciones, en "la más importante de las colonias azucareras del Caribe". La Revolución francesa tuvo también efectos serios en Martinica, Tobago y Santa Lucía y provocó levantamientos de esclavos en casi todas las islas británicas, en Curazao y en Venezuela, pero la magnitud de los sucesos de Haití ha hecho olvidar los de otros puntos del Caribe que fueron provocados por los acontecimientos de Francia.

Al entrar en ese trascendental momento de la historia del Caribe se hace necesario tener una idea, aunque sea somera, de la situación social de toda la región, pues sin conocer esa situación se haría difícil comprender cómo se movieron los sectores sociales en cada una de las etapas de la crisis desatada en el Caribe.

En primer lugar, debemos dividir los territorios de la región en grandes grupos: los de España formaban uno; los de Inglaterra, Holanda, Dinamarca y Suecia formaban otro; y otro los de Francia.

España seguía siendo un país socialmente atrasado en relación con sus competidores europeos, pero menos atrasado que antes de que el país pasara a ser gobernado por los reyes Borbones. En el siglo XVIII, y apoyada por los Borbones, España tenía ya una burguesía, y esa burguesía se hallaba en el poder político. Todavía era numéricamente débil y, como lo demostrarían los hechos unos veinte años después, era más débil que los sectores tradicionales que se hallaban situados en la raíz de la sociedad española. Como tenía que suceder, la composición social de España se reflejaba en sus territorios del Caribe en unas estructuras más atrasadas que las de la metrópoli. Los reyes Borbones, los hombres que gobernaban en Madrid y los funcionarios que esos hombres enviaban al Caribe eran más avanzados y progresistas que la gran nobleza terrateniente esclavista de Venezuela, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico y que los de la América Central.

Las sociedades españolas en el Caribe vivían en un régimen de relaciones de producción que Marx iba a calificar de capitalismo anómalo. Con la excepción de Cuba, su producción era mucho más pobre que la de otros territorios europeos; su inversión de capitales, de baja a muy baja; su técnica de producción y transporte, atrasada; su comercio interior y exterior, limitado; y por último, su composición social respondía a esas líneas del panorama económico: en la cúspide estaban los funcionarios del rey, generalmente más avanzados que los propietarios criollos, y después estaban esos propietarios esclavistas, que formaban un círculo aislado, racista, que no se mezclaba ni con españoles ni con criollos blancos que no pertenecieran a su grupo; pero los criollos y españoles del comercio o propietarios medianos o miembros de la pequeña burguesía, contaban con el respaldo y la simpatía de los funcionarios reales y a menudo ese respaldo y esa simpatía alcanzaban a pardos y mestizos que tenían medios económicos. Las libertades comerciales acordadas durante el reinado de Carlos III a los territorios americanos y las medidas tomadas para liberar a gente del común, blancos, pardos mestizos, de la condición de plebeyos siempre que pudieran pagar las tasas establecidas para lograr esa liberación, contribuyeron a hacer más estrechas las relaciones de la Corona española con esos grupos discriminados por los terratenientes esclavistas, y a la vez agriaron más las relaciones entre estos últimos y los funcionarios reales. Por último, como los métodos de producción eran más primitivos en los territorios españoles que en los de otros países del Caribe —salvo en el caso del azúcar—, el trabajo de los esclavos estaba menos sometido a los rigores de la disciplina.

En este panorama había diferencias; por ejemplo, la aristocracia terrateniente de Venezuela era más tradicionalista y tenía más ambiciones de poder político que los esclavistas de Cuba; en Costa Rica no había esclavitud de negros y prácticamente no la había de indios, pero esta última estaba muy generalizada en Guatemala y El Salvador; en Santo Domingo había una mayoría de población mestiza y casi la totalidad de los esclavos trabajaba en hatos y en la producción de víveres para el consumo local, lo que permitía un gran margen de libertad en sus movimientos.

Pero lo realmente importante era que, por encima de esas diferencias que hemos apuntado, los sectores sociales que se hallaban por debajo de la cúspide se sentían apoyados por el poder real, y eso le proporcionaba un alto grado de consistencia política al poder español en el Caribe. Esa consistencia política explica por qué las sublevaciones de esclavos ocurridas en el Caribe en el siglo XVIII fueron insignificantes en número y sin importancia militar o política en los territorios de España.

Suecia, Dinamarca y Holanda eran países de organización social francamente burguesa, aunque conservaran en su aspecto político las reliquias de otros tiempos, como reyes y cortes. Sus territorios del Caribe estaban manejados con métodos burgueses; eran empresas para acumular beneficios y evitar el mayor número de conflictos. Las rebeliones de esclavos en sus territorios fueron pocas, aunque la de Saint John, posesión danesa (1733), tuvo verdadera gravedad. Los tres países aprendieron temprano a resolver los problemas de los colonos y sus esclavos, al extremo que Dinamarca, adelantándose a todos los demás poderes europeos, estableció en 1792 que la esclavitud quedaba abolida en sus dominios en el plazo de diez años. Las posesiones de holandeses, daneses y suecos fueron dedicadas cada vez menos a producir azúcar y algodón y cada vez más a la actividad comercial. Por otra parte, sus territorios en el Caribe eran peque rios y el número de esclavos empleados en ellos no podía pasar de unos pocos millares.

Inglaterra era también un país de organización económica burguesa, pero hábilmente mezclada con una organización social que preservaba las jerarquías del antiguo orden de cosas adaptadas al nuevo. Inglaterra tenía el segundo lugar del Caribe como productora de azúcar, algodón y otros artículos tropicales y también el segundo lugar en cuanto al número de esclavos que trabajaban en sus posesiones, y esos esclavos eran tratados con un régimen de disciplina tan estricto que fue en las posesiones inglesas donde hubo más sublevaciones negras en el siglo XVIII. Ahora bien, el orden social en las colonias inglesas del Caribe era lo suficientemente flexible para que todos los blancos, fueran grandes, medianos o pequeños propietarios, artesanos o funcionarios del rey, se sintieran solidarios y partes de un solo bloque; a eso contribuía la existencia de las asambleas de cada territorio, que les proporcionaba a todos los blancos la ilusión de una libertad política. A su vez, la gente de color, fueran negros esclavos o libres, fueran mulatos propietarios o artesanos, formaban un bloque diferente. En las dependencias británicas no había, pues, pirámide política, con una minoría en la cúspide y varios estratos, cada vez más amplios, por debajo de ella. Esa pirámide existía sólo en el aspecto económico, pero estaba muy bien disimulada en el aspecto político. Políticamente había un cubo blanco sobre uno negro, y los que formaban el cubo blanco —funcionarios reales, propietarios, comerciantes, pequeña burguesía, artesanos, todos ellos blancos— se las arreglaban para mantener dividido al cubo negro, de manera que cuando había rebeliones de esclavos hallaban siempre grupos negros a los que mandaban a combatir a los sublevados. Hasta los cimarrones de Jamaica, que estuvieron luchando contra los ingleses de 1655 a 1740, fueron usados después para aplastar levantamientos de esclavos.

La situación más compleja era la de los territorios franceses. Se parecía a la española, pero sólo superficialmente. En las posesiones de Francia los blancos estaban divididos como en las de España; había los grandes blancos y los blancos pequeños, esto es, los grandes propietarios y comerciantes y los propietarios y comerciantes medianos y pequeños, y los que pertenecían a los dos últimos sectores odiaban a muerte a los "grandes blancos" debido a que éstos habían ido obteniendo del favor del rey numerosos privilegios sociales que se les negaron a los "petít blancs". Pero a diferencia de lo que ocurría en las dependencias españolas, los grandes blancos de los territorios franceses eran miembros de una oligarquía colonial avanzadísima, aunque muchos de ellos fueran al mismo tiempo aristócratas. En Haití, en Guadalupe, en Martinica, los grandes propietarios disponían de abundantes capitales de inversión que obtenían en Francia y disponían también de créditos altos que les proporcionaban los comerciantes de Brest, Burdeos y Nantes como anticipos de las zafras y las cosechas; tenían una alta técnica de producción y de mercadeo; vivían lujosamente con casas en las plantaciones y en las ciudades; llevaban peluqueros, cocineros y sastres de Francia; disfrutaban de una activa vida social, con teatros, asociaciones culturales y literarias; viajaban a menudo a Francia, donde algunos pasaban vacaciones cada año y otros se retiraban a vivir de sus rentas. El rey y los funcionarios no les negaban ninguna petición a los grandes blancos, de manera que su situación frente al poder real era diferente a la de sus congéneres de los territorios españoles.

Pero también era diferente la situación de los mulatos —llamados en Haití "affranchís"— en los territorios franceses y en los españoles. En los últimos, los mestizos contaban con la simpatía, y el respaldo de la Corona y sus funcionarios locales; en los de Francia, los mulatos no podían ni siquiera ejercer profesiones u oficios de los llamados liberales; desde 1771 se les había prohibido tener la categoría de ciudadanos del reino, aunque fueran propietarios más grandes que los grandes blancos, y en 1778 se prohibió el matrimonio entre blancos y los criollos que tuvieran ascendencia negra en cualquier grado. Estas últimas disposiciones del gobierno francés establecían una barrera insalvable entre blancos y gentes de color, de manera que los pequeños blancos despreciaban a los mulatos ricos tanto como los despreciaban los funcionarios del rey y los grandes blancos.

Esa situación de discriminación de los mulatos era especialmente peligrosa en Haití porque ellos eran los dueños de la tercera parte de la riqueza haitiana y de la cuarta parte de los esclavos; entre esos mulatos había algunos tan ricos como el más rico de los grandes blancos; había muchos cultos y refinados, que se habían educado en Francia y tenían allí amigos, y resultaba que en Francia no eran víctimas de esa discriminación a que los sometían en su propia tierra. Haití estaba dividida en tres provincias o departamentos; el del Norte, con su capital en Cap-Francais; el del Oeste, con su capital en Port-au-Prince, que era a la vez la capital de la colonia, y el del Sur, con su capital en Les Cayes. Los mulatos más ricos y de más prestigio abundaban más en la parte central del departamento del Oeste y en el departamento del Sur, pero había también mulatos ricos y prestigiosos en el del Norte.

Ateniéndonos sólo a lo que podríamos llamar los estratos superiores de la pirámide social de Haití, resultaba que en esos estratos había suficientes elementos explosivos. Algo parecido sucedía en Martinica, Guadalupe y Santa Lucía; pero en estas Antillas el peligro se aminoraba porque no tenían una población esclava tan numerosa como la de Haití. La asombrosa cantidad de esclavos de Haití puede estimarse por estas cifras: desde 1785 hasta 1789 habían entrado en Haití más de 150.000 esclavos llevados desde África, mientras que los introducidos durante ese mismo tiempo en las demás Antillas francesas no alcanzaba a 50.000.

Ahora bien, la explotación de los territorios franceses del Caribe se hacía mediante el uso de la técnica más alta conocida en la época, lo que suponía un duro régimen de disciplina para los esclavos usados en esa explotación. La oligarquía colonial francesa usaba métodos capitalistas implacables y las cuadrillas de esclavos tenían que funcionar con la precisión con que funcionan hoy las máquinas. Por otra parte, las privaciones de artículos tropicales a que se vio sometida Europa en la guerra que terminó en 1783 determinó una avidez tan grande de esos productos que después de la guerra los negocios de las colonias francesas prosperaban velozmente, y eso puede apreciarse en el alto número de esclavos introducidos en Haití de 1785 a 1789. Había que aumentar la producción año tras año para poder suplir la demanda de Europa y de América del Norte. Esa aceleración en la producción, que exigía un aumento en la productividad de cada esclavo, produjo en las colonias francesas del Caribe un fenómeno digno de la mayor atención, y fue la conjunción en el orden social y económico de los factores más radicales y a la vez más opuestos: la de los métodos más avanzados del capitalismo, hasta ese momento, y el sistema social más atrasado, también hasta ese momento, que era la esclavitud. Lógicamente, eso determinaba un estado de tensión llamado a hacer crisis ante cualquier acontecimiento que rompiera el equilibrio existente. La menor ruptura en el orden que mantenía funcionando el sistema provocaría una catástrofe social y política, y el acontecimiento iba a ser la Revolución francesa

En el primer momento la Revolución profundizó las divisiones que había en los estratos superiores de las sociedades francesas del Caribe, pero no conmovió a las masas esclavas, que eran las bases del sistema. Como era lógico, las autoridades del rey en el Caribe se opusieron a la Revolución, pero los grandes blancos y los grandes comerciantes estaban dispuestos a apoyarla a cambio de que se les dieran libertades para vender y comprar en cualquier país y de usar barcos de cualquier bandera para exportar e importar, y a fin de defender esas pretensiones enviaron representantes a la Asamblea Constituyente de París. Lo que no podían admitir los grandes blancos era que se desconocieran sus privilegios sociales o que se admitiera a los mulatos y a los pequeños blancos en posiciones de mando en las colonias. Los pequeños blancos apoyaban también la Revolución porque creían que con ella iban a mejorar su estado social y a igualarse con los grandes blancos, pero tampoco hubieran admitido que se les concedieran a los mulatos derechos de ciudadanos. Los mulatos, algunos de los cuales se hallaban en París al empezar la Revolución y otros se apresuraron a ir allá, apoyaban la Revolución a cambio de que se les reconocieran derechos iguales que a los blancos, y para hacer presión sobre la Asamblea Constituyente contaban en París con la influyente sociedad de Amigos de los Negros, nombre que en realidad quería decir amigos de los mulatos, no de los esclavos. Ahora bien, ni las autoridades reales de Haití que se oponían a la Revolución, ni los "grands blancs" ni los "petits blancs", ni los mulatos o "affranchís" pensaban en las masas esclavas. Esas estaban al margen de todos los conflictos y así debían seguir.

Las colonias del Caribe influían mucho en la vida económica y política de Francia, pues sucedía que no sólo vivían en la metrópoli muchos de los colonos retirados y las familias de otros que permanecían en Haití, Martinica, Guadalupe, Santa Lucía o Tobago, sino que había en París, en Brest, en el Havre, en Burdeos, grupos poderosos de comerciantes de productos antillanos, de gentes que tenían invertidos capitales en los negocios del Caribe, de armadores de buques que hacían la carrera entre las islas y Francia, de funcionarios dedicados a la administración de las colonias. Sometida a presiones de todos esos grupos, la Asamblea Constituyente vaciló a la hora de tratar el problema de las colonias y no se atrevió a tomar ninguna determinación para organizarías; dejó la solución de los problemas de las Antillas en manos de los colonos y, como era lógico, los sectores de esos colonos que disfrutaban de privilegios económicos y sociales no iban a renunciar a ellos en favor de otros sectores. Así, las contradicciones que había en los estratos más altos de la pirámide social de las Antillas francesas iban a agudizarse a tales extremos que no podrían ser resueltos pacíficamente. La Revolución de Francia iba pues a provocar la de sus colonias en el Caribe.

Aunque las luchas entre esos sectores de los estratos superiores comenzaron a un tiempo en Haití y en Martinica, la violencia se desató en Martinica antes que en Haití, debido a que en Martinica había una situación de tirantez extrema entre los grandes propietarios y los comerciantes de Saint-Pierre, una ciudad que se hallaba en el noroeste de la isla, al pie de Mount-Pelée. Incidentalmente debemos recordar que Saint-Pierre fue destruida a causa de la erupción del Mount-Pelée, volcán que hasta ese momento parecía apagado, ocurrida en mayo de 1902; la población, de 29.000 personas, murió instantáneamente, con la excepción de dos hombres.

Saint-Pierre era una ciudad comercial; allí tenían sus agencias los comerciantes de Burdeos, de Brest, de Nantes, que compraban los productos de Martinica, y los propietarios de la isla acusaban a esos intermediarios de Saint-Pierre de explotarlos en complicidad con las autoridades de la isla. El movimiento revolucionario de Martinica comenzó, pues, por una acción colectiva de los grandes propietarios blancos contra los comerciantes y las autoridades de Saint-Pierre, y para contar con la fuerza necesaria para la empresa armaron a los esclavos y dieron a varios mulatos puestos de mando sobre esas improvisadas milicias negras. Puede decirse, hablando en términos de hoy, que los grandes blancos de Martinica formaron un frente unido de liberación, y con esa fuerza dominaron rápidamente la situación. Pero sucedió que tan pronto se vieron adueñados del poder comenzaron a dudar de sus aliados mulatos. Los pequeños blancos, sobre todo, no podían tolerar la idea de ver a los mulatos con puestos de mando y un incidente que en otra ocasión no habría tenido importancia vino a precipitar la lucha entre blancos y mulatos. Con motivo de una ceremonia pública el gobernador le dio un "abrazo fraternal" a un jefe mulato de milicias. El gobernador quería simbolizar con ese gesto la unión de todos los martiniqueños, pero los blancos lo tomaron como una afrenta y las tensiones provocadas por la lucha de clases hicieron saltar la tapa de la falsa fraternidad.

Así, al comenzar el mes de junio de 1790 —el día 3, para mayor precisión—, los blancos se lanzaron a matar mulatos en Saint-Pierre; dieron muerte a 14 y arrestaron a varios centenares, a lo que respondieron los mulatos del interior marchando sobre la ciudad, que tuvo que rendirse a mediados de agosto. Casi todos los comerciantes blancos de Saint-Pierre fueron encadenados, metidos en las bodegas de dos barcos que había en el puerto y enviados a Francia. El estado de insurrección se generalizó por la isla; los soldados de Saint-Pierre y de Fort-Royal se rebelaron contra sus oficiales; los esclavos que 'habían sido armados por sus amos para luchar contra los comerciantes comenzaron a actuar por su cuenta, a destruir propiedades, a pillar y a matar blancos.

Es probable que la llegada a París de las noticias de Martinica provocaran la decisión de volver a Haití que tomaron Vincent Ogé y su amigo Fleury, dos mulatos ricos de Haití que representaban en París a grandes propietarios mulatos y trabajaban en la capital francesa con la sociedad de los Amigos de los Negros. Los grandes blancos de Haití habían prohibido que Ogé y Fleury volvieran a Haití, pero ellos decidieron volver. Fleury embarcó directamente por Burdeos hacia la colonia y Ogé se fue a Inglaterra, de ahí pasó a los Estados Unidos, donde compró armas y municiones, y llegó a Cap-Francais el 21 de octubre (1790). A él le iba a tocar iniciar la lucha armada contra los grandes blancos de Haití.

En el tiempo que había transcurrido entre el inicio de la Revolución francesa y el retorno de Ogé a Haití, la colonia había vivido en un estado de intensa agitación. Los departamentos de Haití estaban divididos en "quartiers" —los del norte— y en cantones —los del oeste y el sur—, y, a la vez, "quartiers" y cantones estaban divididos en parroquias. Había habido elecciones para formar Asambleas parroquiales, pero los grandes blancos no permitieron que los mulatos fueran candidatos porque eso hubiera equivalido a concederles derechos ciudadanos y con esos derechos habrían podido participar también como candidatos a las Asambleas de departamentos y a la Asamblea general de la colonia. En el departamento del norte, que era el que hoy calificaríamos de más desarrollado —pues en él estaba concentrada la mayor parte de los ingenios de azúcar y las fábricas de ron—, los grandes blancos habían logrado el apoyo de los dos regimientos militares de la región y habían redactado los reglamentos electorales de tal manera que para ser candidato a un puesto en la Asamblea departamental había que ser propietario de más de 20 esclavos, de manera que los pequeños blancos no tuvieron oportunidad de ser elegidos, y como los candidatos tenían que ser escogidos sólo entre los miembros de las Asambleas parroquiales y ningún mulato podía ser miembro de ellas, resultó que la Asamblea departamental estuvo compuesta únicamente por grandes blancos. El líder de los grandes blancos del norte fue Bacon de La Chevalerie, un realista furibundo, hombre enérgico y de mucha influencia entre los grandes blancos de todo el país. A través de Bacon de La Chevalerie los grandes blancos del norte consiguieron que los propietarios blancos de los departamentos del sur y del oeste reconocieran a la Asamblea General de la Parte Francesa de Santo Domingo, con lo cual quedaba convertida en la única representación legal de Haití ante el gobierno francés.

Apoyada en lo que sus miembros llamaban la legalidad de su origen, la Asamblea General de la Parte Francesa de Santo Domingo —que iba a ser conocida con el nombre de Asamblea de Saint-Marc debido a que su asiento fue la ciudad de ese nombre, en la costa del oeste— rehusó adoptar los reglamentos establecidos por la Asamblea Constituyente para las Asambleas coloniales. Los grandes blancos de Haití habían tomado efectivamente el mando de la colonia y no aceptaban que nadie, ni aun la más alta autoridad de Francia, disminuyera su posición de poder colonial. Los mulatos de Haití, por muy ricos que fueran, no tenían posibilidad alguna de entenderse con esos hombres.

Para justificar su actitud, los grandes blancos del norte se presentaron como fervientes autonomistas. "Somos aliados de Francia, pero no su propiedad", pasó a ser su lema, y con esa posición se llamaban a sí mismos más revolucionarios que todo el resto de los habitantes de Haití, y a fin de que se les tomara por revolucionarios adoptaron el uso de una borla roja que se colgaban en el pecho. Por eso se les conoció con el mote de los "pompongs rouges".

Aquí hay que detenerse a observar este aspecto, sumamente importante, del movimiento que estaba produciéndose en la antigua colonia de Saint-Domingue, porque ese mismo aspecto se daría en la rebelión de España contra Napoleón, y en la de los territorios españoles de América contra España, todo lo cual sucedería unos veinte años después. Los "pompongs rouges" de Haití proclamaban algo muy cercano a la independencia de la colonia, así como los grandes terratenientes esclavistas de los territorios españoles de América encabezarían la lucha por la independencia y la nobleza terrateniente, sacerdotal y funcionaría de España lucharía contra el gobierno burgués de José Bona-parte. En este último caso la situación fue bastante más complicada, como hemos dicho en el capítulo anterior y como explicaremos con más detalles en su oportunidad, pero en el fondo del problema había valores muy parecidos a los que jugaron un papel decisivo en los otros. La razón de esas actitudes similares de los "pompons rouges" de Haití, de los latifundistas y esclavistas de los países americanos y de los grupos tradicionales de España era que la Revolución francesa estaba siendo hecha por la burguesía, una clase nueva en el campo político, una clase que era en ese momento la más avanzada de Europa, y se les temía a las medidas que podía tomar; se temía a la posibilidad de que aboliera la esclavitud, a que limitara el tamaño de las propiedades agrícolas, que desconociera la autoridad de los funcionarios públicos o redujera el papel de los sacerdotes a funciones meramente religiosas.

Frente al partido de las borlas rojas o "pompongs rouges" se formó el de las borlas blancas o "pompongs blancs". En éste tomaban parte las nuevas autoridades coloniales y los pequeños blancos propietarios, comerciantes, artesanos y burócratas. Su programa podía resumirse en pocas palabras: mantener la colonia unida a Francia y bajo su autoridad, adoptar medidas de reformas en Haití, dentro de los límites fijados por la Asamblea constituyente de París, pero sin concederles derechos de ciudadanía a los mulatos y, desde luego, participación de los pequeños blancos en la Asamblea General de la Parte Francesa de Saint Domingue. Las borlas rojas acusaban a los borlas blancas de ser reaccionarios, partidarios de la sumisión al gobierno francés, pero tal vez debido a esa acusación los "pompongs blancs" se ganaron las simpatías de algunas de las guarniciones militares. Todo lo que hemos dicho no sucedió como aparece en este libro. Hubo muchas luchas y muy enconadas entre borlas rojas y borlas blancas; hubo atropellos, acusaciones, violencias, sospechas, y esa situación iba a hacer crisis al comenzar el mes de agosto de 1790. En la rada de Saint-Marc había un navío llamado El Leopardo, y algunos borlas rojas opinaron que debía ser usado como el primero de una fuerza naval que debían tener a su disposición para hacer frente a las emergencias que podían presentarse. Quizá para evitar complicaciones, el gobernador de la colonia ordenó que El Leopardo zarpara hacia Francia para llevar una relación de lo que estaba pasando en Haití, y fijó la fecha de la salida para el 27 de julio. Pero los borlas rojas se opusieron y El Leopardo no pudo zarpar. A partir de ese momento los "pompongs rouges" iban a ser conocidos como los leopardinos. El gobernador toleró ese desacato y los leopardinos consideraron que la autoridad colonial no se atrevía a actuar contra ellos. Unos días después, el 4 de agosto, debía celebrarse la ceremonia de adopción de la escarapela tricolor, que había sido adoptada por la Asamblea constituyente de París. Cuando el intendente real, Barbé de Marbois, anunció los actos, los borlas rojas organizaron una serie de desórdenes que provocaron la fuga de Marbois, y ante ese estado de cosas el gobernador declaró la Asamblea de Saint-Marc fuera de la ley y ordenó su disolución por la fuerza.

Fuerzas militares de Cap-Frangais, comandadas por los coroneles Mauduit y Vincent, se trasladaron a Saint-Marc y disolvieron la Asamblea. Eso sucedió el día 8 de agosto. Hubo luchas con muertos y heridos, pero los "pompongs rouges" fueron dispersados y una parte de ellos huyó hacia Francia a bordo de El Leopardo. El poder de los borlas rojas quedó aniquilado.

Pero aunque su poder político quedara aniquilado, no por eso iban los blancos, fueran grandes o fueran pequeños, a ceder en su oposición a los mulatos. Algunos de éstos habían tomado parte en la lucha de Saint-Marc, lo que indignó a los blancos de Cap-Francais, que respondieron a ese atrevimiento de los mulatos de Saint-Marc atacando a los mulatos del Cabo. Los desórdenes fueron masivos, con asaltos y pillaje a las casas de los mulatos ricos y hasta con el linchamiento de un gentilhombre francés acusado de simpatizar con los mulatos. La Asamblea parroquial de Cap-Francais había apoyado al gobernador en su decisión de disolver la Asamblea de Saint-Marc y esa Asamblea parroquial era la primera autoridad de la ciudad; sin embargo, ni ella en conjunto ni ninguno de sus miembros hicieron nada para evitar los desórdenes, lo que indica cuál era la atmósfera política para los mulatos y qué poco podría hacer en esa región Vincent Ogé, que desembarcó el 21 de octubre (1790) en Cap-Francais con armas y municiones para producir una insurrección mulata.

Los planes de Ogé estaban respaldados en Haití por una especie de organización que estaba a cargo de su hermano Jacques, Jean Baptiste Chavannes —un mulato con experiencia militar porque había participado en la guerra de independencia de los Estados Unidos— y algunos otros mulatos distinguidos. Los miembros del grupo esperaban que su levantamiento sería respondido por mulatos del oeste y del sur. Los fines del movimiento eran forzar a los blancos grandes y pequeños a reconocer el derecho de los mulatos a participar en el gobierno de la colonia; ninguno de ellos pensaba en una revolución, en la libertad de los esclavos o en separar la colonia de Francia. Pero el caso es que al producirse la rebelión hubo muertos blancos, destrucción y pillaje de algunas propiedades de blancos, lo que produjo la consiguiente reacción de los blancos de Cap-Francais, que se lanzaron a la lucha y dispersaron fácilmente a los rebeldes.

El levantamiento de Ogé provocó la destitución del gobernador, a quien los blancos acusaban de débil y complaciente con los mulatos porque se oponía a liquidar sangrientamente a los rebeldes; le sucedió su lugarteniente, el general De Blanchelande, conocido partidario de los grandes blancos. De Blanchelande desató la bestia del terror y con ello abrió las puertas a la formidable revolución que se estaba incubando en Haití.

Vincent Ogé y Chavannes habían logrado cruzar la frontera hacia la parte española de la isla, pero De Blanchelande reclamó su entrega basándose en un acuerdo de los gobiernos francés y español que se había celebrado en 1779; según los términos de ese acuerdo los autores de delitos criminales o contra el Estado que se refugiaran en el territorio vecino debían ser entregados a las autoridades del territorio donde se había cometido el delito o de donde se habían fugado si se trataba de esclavos prófugos. Ogé y Chavannes, acusados de criminales de Estado, fueron entregados a De Blanchelande por las autoridades españolas, y precisamente en el peor momento, cuando más exaltados estaban los ánimos de los blancos franceses, cuando estaban ejecutándose condenas a muerte por centenares y los mulatos llenaban las cárceles o huían a esconderse en las selvas. Vincent Ogé, su hermano Jacques y Jean Baptiste Chavannes fueron condenados al tormento de la rueda y 22 de sus compañeros murieron en la horca. La sentencia se ejecutó el 21 de febrero de 1791.

Al mismo tiempo que Ogé y sus compañeros se refugiaban, derrotados, en la parte española de la isla, los mulatos de Martinica perdían su lucha contra los blancos, que habían recuperado Saint-Pierre y habían dado muerte a más de cien mulatos; en Tobago se amotinaba la guarnición y en Guadalupe y Santa Lucía se organizaban rápidamente milicias voluntarias de blancos que acudían a tomar parte en el aplastamiento y desórdenes de Martinica y Tobago.

El estado de agitación y desórdenes de Martinica se complicó debido a que los esclavos, a quienes sus amos habían armado para defenderse de los comerciantes de Saint-Pierre, primero, y de los mulatos, después, actuaban por su cuenta; asaltaban, saqueaban, destruían, mataban, y muchos blancos huían hacia Fort-Royal, donde se sentían más seguros, mientras otros embarcaban hacia las islas españolas, donde prevalecía la paz. En Dominica, que a pesar de ser posesión inglesa tenía muchos habitantes franceses, se producían también desórdenes que anunciaban días difíciles.

Al finalizar el mes de noviembre de 1790 parecía liquidada en todos los territorios franceses del Caribe la lucha de los propietarios mulatos por la conquista de sus derechos ciudadanos y sociales; pero hubiera sido un error creer que esa lucha había sido ganada por los blancos, fueran los grandes o fueran los pequeños. Al final, blancos y mulatos iban a perderla por igual; la perderían cuando sus diferencias provocaran la intervención de las grandes masas esclavas, y éstas iban a intervenir para resolver el problema a favor suyo, no de mulatos ni de blancos. Por lo menos, así sucedería en Haití.

De todos modos, el movimiento de los hermanos Ogé y de Chavannes, aun fracasado y aplastado con tanta crueldad, iba a tener repercusiones en otros puntos de Haití. Los mulatos de Artibonite y del departamento del sur se prepararon para emprender la lucha por los mismos principios que habían costado la vida a los hermanos Ogé y a tantos otros, y al tener noticias de esos preparativos, se despachó hacia los puntos señalados al coronel Mauduit, el mismo hombre que había disuelto con sus tropas la Asamblea de Saint-Marc en el mes de agosto. El jefe del levantamiento organizado en el departamento sur era André Rigaud, un gran propietario mulato, culto y refinado, que tenía mucho prestigio en la región. Mauduit detuvo a Rigaud y a un grupo numeroso de sus seguidores antes de que se produjera ningún combate y los envió por mar a Por-au-Prince; de haberlos despachado a Cap-Francais todos hubieran corrido la suerte de Ogé y de sus compañeros, tal era el estado de excitación que había en la capital del departamento del norte.

Ahora bien, Port-au-Prince era la capital de la colonia, y por tanto, como hemos dicho, el asiento del gobernador De Blanche- lande, una figura vinculada a los ojos de la gente del pueblo con los odiados leopardinos, responsables de los excesos brutales ejercidos en Cap-Francais contra los mulatos que actuaron bajo el mando de Ogé; a De Blanchelande se le veía como el representante del orden de cosas que había sido derribado en Francia, como la encarnación de los enemigos de la Revolución; y por último, mantenía preso a André Rigaud, un mulato de prestigio, culto y refinado, que era bien visto por la población mulata y negra libre de Port-au-Prince. En la ciudad había un clima de agitación que no presagiaba nada bueno. Ese clima se agravó cuando los pequeños blancos dieron muerte a algunos miembros de la milicia mulata y cuando aparecieron en la rada de la ciudad dos navíos británicos, que según el rumor callejero habían sido llamados por los blancos para aplastar cualquier movimiento mulato. Port-au-Prince, pues, estaba lista para un estallido revolucionario.

El estallido se produjo cuando llegaron al puerto dos regimientos enviados de Francia, el de Artois y el de Normandie. De Blanchelande dio órdenes de que no desembarcara ningún hombre y los soldados se amotinaron, exigiendo ir a tierra. A los primeros signos de que la autoridad de De Blanchelande estaba en quiebra, los habitantes de los barrios de Port-au-Prince se lanzaron a la calle. El coronel Mauduit fue muerto y despedazado por la multitud; los soldados recién llegados fraternizaban con el pueblo; los grandes y los pequeños blancos huían, y huyó también De Blanchelande, que fue a refugiarse a Cap-Francais. Puestos en libertad por el pueblo, Rigaud y sus compañeros volvieron a Les Cayes y el 7 de agosto se reunieron con otros mulatos, grandes propietarios en Mirebalais, bajo la presidencia de uno de ellos, Pinchinat. En esa reunión los mulatos ricos acordaron formar una especie de federación, eligieron un comité ejecutivo y le encomendaron la misión de luchar para que se pusiera en efecto en Haití el decreto de la Asamblea Constituyente de París, expedido el 15 de mayo (1791), en virtud del cual los hombres de color quedaban libres a la segunda generación. Inmediatamente, los líderes de la reunión de Mirebalais — Rigaud, Chanlatte, Bauvais, Pinchinat, Petion— comenzaron a organizar una base de operaciones en la propiedad de uno de ellos en el valle de Cul de Sac, un punto fuerte desde el cual podían lanzarse a la lucha armada en caso necesario, y despacharon agentes a todos los lugares de Haití donde había grupos importantes de mulatos ricos. Como puede verse, la lucha iba a estallar de nuevo entre los dos grupos que estaban en un mismo nivel en la pirámide económica —puesto que había mulatos tan grandes propietarios como los más grandes propietarios blancos— y sin embargo no se hallaban en el mismo nivel en la pirámide social, porque en el aspecto social a los mulatos les correspondía un nivel más bajo que a los pequeños blancos. Ahora bien, el decreto del 15 de mayo se refería a los derechos de la "gente de color", y "gente de color" quería decir mestizos, "afranchís", no negros, y mucho menos negros esclavos. La Asamblea Constituyente no había dedicado un solo pensamiento a los esclavos; tampoco se lo dedicaron nunca los grandes blancos ni los pequeños blancos, y los conjurados de Mirebalais no pensaban en ellos. Pero ellos, los realmente oprimidos, iban a pensar en sí mismos. Una semana después de la reunión de Mirebalais comenzaba la rebelión de los esclavos de Haití. 'Como sucede tan a menudo en los acontecimientos de categoría histórica, quien los desata es alguien desconocido. Es probable que ni siquiera su amo, Sebastien-Francois-Ange Le Normand de Mézy, conociera a Bouckman, capataz de cuadrillas de esclavos en el ingenio azucarero de Limbé. Le Normand de Mézy era un "grand blanc", personaje de gran prestigio en la colonia, que había tenido posiciones altísimas como funcionario público hasta llegar al cargo de adjunto del secretario de Estado de la Marina. Tenía dos grandes propiedades, una en el cantón de Mourne-Rouge y otra en Limbé, situadas a corta distancia al sudoeste de la ciudad del Cabo. Fue en los molinos de caña de Limbé donde perdió su brazo derecho el legendario Macandal, quemado vivo en Cap-Francais treinta y tres años antes del levantamiento de Bouckman, y es probable que el hecho de que él fuera capataz de cuadrilla en el mismo sitio donde Macandal inició su carrera de cimarrón tuviera alguna influencia en el alma rebelde de Bouckman, pues la dotación de Limbé y de las propiedades vecinas debía mantener vivo, a través de comentarios constantes, el recuerdo de aquel personaje de leyenda que se había convertido en un ídolo para los esclavos de toda la región del Cabo. Los grandes propietarios de Haití no se relacionaban con sus esclavos; para eso tenían sus administradores, también franceses. Salvo quizá el administrador de Limbé y algunos de sus ayudantes, es probable que ningún blanco importante supiera quién era Bouckman, ese esclavo de nombre inglés, tal vez comprado en una Antilla inglesa o capturado a bordo de algún barco inglés por uno de los tantos corsarios que pululaban en el Caribe.

Se dice que Bouckman era jefe de ceremonias "vaudoux" y que inició la rebelión de los esclavos con una de esas ceremonias que tuvo lugar en el bosque del Caimán, en la propiedad de su amo. Eso sucedió en la noche del 14 de agosto de 1791. El primer establecimiento atacado fue el de Le Normand de Mézy. Al amanecer estaban levantados los esclavos de toda la zona, los de Acul y la Petit-Anse, los de Dondon y la Marmelade, los de Plaine du Nord y la Grande Riviére. La rebelión era total; ardían los cañaverales y los cafetales, las lujosas casas de vivienda, los edificios de las fábricas de azúcar y de ron, las cuarterías de los esclavos. Los amos, sus mujeres y sus hijos eran muertos a golpes de machete y quemados en las hogueras de sus propias casas.

La rebelión/que había estallado al oeste de Cap-Francais, se extendió inmediatamente al sur y al este, a Trou, la Limonade, el Quartier Morin, de manera que una semana después del levantamiento de Bouckman, Cap-Francais estaba cercada por millares de esclavos enfurecidos, que destruían todo lo que hallaban a su paso.

Encerrado en la ciudad del Cabo, De Blanchelande se dedicó a organizar fuerzas y el día 24 de agosto enviaba solicitudes urgentes y desesperadas a las autoridades españolas de Santo Domingo, a las inglesas de Jamaica y a la de los Estados Unidos "para que en nombre de la humanidad y de sus propios intereses envíen socorros fraternales". La mención de la humanidad sobraba, pero la "de sus propios intereses" era oportuna. Los Estados Unidos se apresuraron a enviar armas y municiones y en el mes de diciembre George Washington escribía estas palabras: "¡Qué lamentable es ver tal espíritu de revuelta entre los negros!" Y efectivamente era lamentable, porque esos negros de Haití dejaban lo mejor de su vida en los ingenios para que los Estados Unidos fueran suplidos de azúcar y ron a cambio de la harina y el pescado seco de Norteamérica con que los amos blancos les daban de comer.

En Cap-Francais había una actividad febril, estimulada por el espectáculo que se alcanzaba a ver desde la ciudad: las llamas y el humo de las hermosas propiedades vecinas alzándose hacia el claro cielo del verano, las filas interminables de esclavos que llegaban de todas partes a ocupar el lugar de los que caían. Las autoridades formaron tres batallones de milicias, en los cuales pidieron participar los mulatos ricos, lo que se explica porque varios de ellos eran dueños de algunas de las propiedades que ardían y de muchos de esos esclavos que estaban sitiando Cap-Francais, y además porque todavía, a pesar de todo lo que había sucedido, confiaban en llegar a un entendimiento con los blancos. Se pidió ayuda a Martinica; se decretó el embargo de todos los buques que hubiera en el puerto y se ordenó que la marinería se uniera a las fuerzas que defendían la ciudad.

En esos momentos, al finalizar el mes de agosto, una milicia blanca procedente de Port-au-Prince era derrotada en Nerette por los confederados mulatos que se hallaban bajo el mando de Bauvais y Lambert. Las autoridades de Port-au-Prince respondieron despachando en el acto una fuerza de 500 hombres, con seis piezas de artillería, con órdenes de batir a los mulatos, pero esas fuerzas fueron derrotadas ignominiosamente en la noche del 1 de septiembre; dejaron abandonados sus muertos, sus heridos y sus cañones y huyeron a Port-au-Prince. Aterrorizados por ese fracaso, los blancos de Port-au-Prince resolvieron pactar con los mulatos del Sur; y no podían hacer otra cosa, puesto que los esclavos del Norte tenían sitiado Cap-Francais. Pero los mulatos del Sur deseaban vivamente ese pacto, puesto que la sublevación de los esclavos era tan peligrosa para ellos, propietarios de esclavos, como lo era para esos blancos a los que ellos habían derrotado.

El tratado definitivo de blancos y mulatos se firmó en Damien, a fines de octubre, y esa firma se celebró de manera tan solemne que hubo Te Deum en acción de gracias, banquetes copiosos, desfiles "patrióticos". La guardia nacional de Port-au-Prince y los hombres de las milicias mulatas desfilaron a banderas desplegadas; al frente iban, abrazados, el comandante de la guardia nacional, un "grand bíanc", y el mulato Bauvais, jefe de los vencedores del 1 de septiembre; detrás iban parejas de jefes formadas por uno blanco y otro mulato, todos con ramas de laurel en los sombreros, y mientras tanto el pueblo de Port-au-Prince aplaudía y gritaba porque los mulatos eran ya iguales a los blancos, pero olvidaban que los esclavos seguían siendo esclavos y morían a millares colgados en las vecindades de Cap-Francais, donde Bouckman había sido hecho preso y fusilado y sus hombres batidos y perseguidos y asesinados sin piedad.

Pero la jubilosa y un tanto extremada armonía de blancos y mulatos del oeste iba a terminar pronto. Uno de los puntos del acuerdo de Damien era la celebración de elecciones para la asamblea departamental del oeste; otra era que en esas elecciones los mulatos tenían derecho a llevar candidatos. Como es lógico, los mulatos comenzaron a trabajar para conseguir que sus candidatos fueran elegidos. Mas he aquí que en las vísperas de las elecciones llegó a Port-au-Prince el texto del decreto del 24 de septiembre (1791) emitido por la Asamblea Constituyente de París. Era uno de los últimos frutos de esa Asamblea, que iba a terminar sus trabajos el 30 de septiembre. El decreto del día 24 establecía que "las leyes correspondientes al estado de las personas no libres y el estado político de los hombres de color y de los negros libres, así como los reglamentos relativos a la ejecución de esas leyes", eran problemas que debían resolverlas asambleas coloniales "actualmente existentes". Los "pompons rouges" de Port-au-Prince no necesitaban más para romperlos acuerdos de Damien. La Asamblea Constituyente, y nada menos que ella, convertía en ilegales las elecciones que iban a celebrarse en Port-au-Prince, puesto que los problemas que debería resolver la asamblea que saliera electa competían a la asamblea "actualmente existente", no a una futura. Los borlas rojas, pues, no tolerarían que las elecciones se llevaran a cabo.

Y no se llevaron. El mismo día de los escrutinios —el 21 de noviembre— comenzó la lucha con el linchamiento de un negro libre, tambor de las tropas mulatas de Bauvais; después, las tropas blancas emplazaron sus cañones ante el cuartel de las fuerzas mulatas, que eran masacradas sin piedad. Allí comenzó a distinguirse el mulato Alexander Pétion, que iba a acabar su vida como presidente de la República de Haití.

Los mulatos lograron rehacerse y retirarse hacia la Croix-des-Bouquets. André Rigaud, convertido en jefe de los mulatos del departamento del Sur, ordenó la movilización general de los mulatos y negros libres del Sur y marchó sobre Port-au-Prince, que se salvó de caer en sus manos porque en ese momento —día 1 de diciembre— llegaba a la capital de la colonia una misión civil de tres miembros que había sido enviada desde Francia dotada de la autoridad necesaria para solucionar los conflictos de Haití.

Los tres comisionados —Mirbeck, Roume y Saint-Léger— restablecieron la paz en Port-au-Prince y obtuvieron el retiro de las fuerzas mulatas. Mirbeck se dirigió al Sur para tratar de obtener en ese departamento un acuerdo entre los mulatos y los blancos; Roume se dirigió a Cap-Francais y allí alcanzó a ver el espectáculo de la devastación. En los contornos de la ciudad no había quedado nada en pie. Lo que todavía a mediados de agosto eran ricas plantaciones de café y de caña de azúcar, con viviendas a todo lujo, buenos caminos empedrados por los que corrían los coches tirados por caballos de raza, almacenes repletos de productos, era en el mes de diciembre la imagen de la desolación. En Limbé, la Petit-Ane, el Quartier Morin, la Plaine du Nord, la Limonade, la Grande Riviére, el Dondon, Saint-Suzanne, Plaisance, Port Margot; en toda esa región, que había sido la más rica y próspera de Haití, sólo había ruinas. Miles de cafetales y 200 ingenios de azúcar —la cuarta parte de los que había en todo el país— habían sido destruidos; más de 1.000 blancos y más de 10.000 esclavos habían sido muertos en la lucha, y en el mes de enero esa lucha se reanudaría con ímpetu brutal.

Roume se quedó en Cap-Francais, donde los blancos —grandes o pequeños— mantenían su posición de intransigencia radical ante los mulatos, a quienes acusaban de haber promovido con su ejemplo la rebelión de los negros. Esa intransigencia iba a aumentar en el mes de enero, cuando los restos de las fuerzas de Bouckman, dispersadas después que su jefe fue hecho preso y fusilado, comenzaron a actuar de nuevo bajo el mando de sus lugartenientes, Jean Francoís y Biassou. Mientras Jean Francois operaba en las vecindades de la frontera de la parte española —Ouanaminthe, Valliére y Maribon—, Biassou lo hacía en los suburbios de Cap-Francais, cuyo hospital bombardeó en la noche del 27 de ese mes (enero de 1792). Al mismo tiempo que sucedía eso en el Norte, llegaban noticias de que en el Sur comenzaban a aparecer bandas de negros armados que atacaban plantaciones y viviendas de blancos. Convencido de que en Haití no podía haber soluciones políticas, Mirbeck embarcó hacia Francia para solicitar que se enviaran a la colonia fuerzas suficientes para imponer el orden.

Mientras tanto, una vez terminados los trabajos de la Asamblea Constituyente francesa, ésta se había disuelto y se había elegido una Asamblea Legislativa en la cual iban a tener un papel predominante los diputados girondinos, los verdaderos representantes de la burguesía que había tomado el mando de la Revolución. Los girondinos aspiraban a convertir la monarquía en república porque entendían que el rey, estrechamente ligado a las casas reinantes más fuertes de Europa, estaría respaldado por los monarcas europeos que recibían en sus cortes y daban su apoyo a los emigrados franceses, miembros de la antigua nobleza gobernante que habían huido del país a causa de la Revolución. Para los girondinos, la república significaba la garantía de que el poder seguiría en las manos de su clase! El rey era un Borbón, un pilar del "ancien régime", un aliado natural de los Habsburgo de Austria debido a su matrimonio con María Antonieta —a quien ellos y el pueblo llamaban "la austríaca1'— y de los monarcas de España, Borbones también, con quienes el rey tenía celebrado un pacto de familia.

Así, la política girondina se dirigía a forzar al rey a declarar la guerra a Austria y a romper el pacto de familia con la monarquía española, y esos planes irían a proyectarse, a través de Madrid, en la posición de las autoridades españolas de Santo Domingo, el territorio que compartía con Haití la antigua isla española. Sin tener en cuenta ese fondo de política europea en las actividades de los girondinos no podría explicarse por qué razón los jefes de la sublevación de los esclavos del norte de Haití hallaron asilo y protección en la parte española de la isla cuando fueron vencidos ni por qué toda la isla vino a quedar en manos francesas al terminar la guerra que Francia declaró a España al comenzar el mes de marzo de 1793.

A pesar de todos sus esfuerzos, Saint-Léger no pudo conseguir que los grandes blancos del Sur aceptaran que los mulatos tuvieran derechos sociales y políticos iguales a los suyos. Desde los acontecimientos de Port-au-Prince, los pequeños blancos —los borlas blancas— eran más intransigentes, y algunos de ellos tomaban a su cargo la defensa de los mulatos. Pero los "pompons rouges" no cedían, y sin embargo en el Sur actuaban ya bandas de esclavos armados. Saint-Léger, pues, tomó un buen día el camino de Francia. Pero Roume se quedó en Cap-Francais.

Roume estaba convencido de la única manera de asegurar la paz, y con ella las riquezas que daban beneficios a tantos franceses en Haití y en Francia —armadores de buques, comerciantes, banqueros—, consistía en formar una fuerza política de centro en la que participaran los mulatos y los pequeños blancos, algo así como una alianza de tendencias conservadoras, que no llegara a desconocer y mucho menos a perseguir a los grandes blancos, pero que no les permitiera abusar de su poder económico y social; en suma, un poder político que se alejara del radicalismo racista de los "pompons rouges" y del radicalismo antiblanco de los esclavos. Como se ve, Roume era un idealista que ignoraba las leyes de la dinámica histórica, y es el caso que en tiempos de crisis revolucionarias aparecen los hombres como Roume, y en todos los casos la corriente impetuosa de los acontecimientos los arrastra y los hace pedazos contra las piedras de la realidad.

Mientras Roume soñaba en Haití, los girondinos actuaban en París. Había que llevar el país a la guerra con Austria, y como el pobre Luis XVI se oponía a dar ese paso, los girondinos lanzaron a la calle la consigna de que en las Tullerías, donde residía el rey, había un "comité austríaco" encabezado por María Antonieta, del cual formaba parte Lessart, el ministro de Relaciones Extranjeras. Ese comité, decían los girondinos, era el que dominaba la voluntad del rey. Y tal fue el estado de agitación creado en las calles de París, que en el mes de marzo Lessart fue acusado de traidor ante la Asamblea Legislativa, una acusación que conllevaba, sin decirlo, la de María Antonieta. El 20 de abril, la Asamblea ordenaba la declaración de la guerra. En las primeras operaciones —la invasión de Bélgica—, las fuerzas francesas fueron derrotadas, y el clamor en Francia fue unánime: el "comité austríaco" de las Tullerías había traicionado al país. Pero en el llamado "comité austríaco" no figuraba ya el ministro Lessart, de manera que los traidores debían ser necesariamente la reina y el rey. A paso avanzado, los girondinos se acercaban a su meta, que era la desaparición de la monarquía y con ella la desaparición del peligro de que volvieran al poder los representantes de la antigua nobleza, que había sido sustituida en el mando del país —excepto en lo que se refería al rey— por la burguesía que ellos representaban.

Al terminar el mes de mayo llegaban a Haití las fuerzas militares que había ido a pedir el comisionado Mirbeck, y en las mismas naves que transportaban a esas fuerzas llegaba el decreto que había expedido la Asamblea Legislativa el 28 de marzo, sancionado por el rey el 4 de abril, en el cual se establecía que los mulatos y los negros libres debían tener los mismos derechos políticos que los colonos blancos. El año de 1792 estaba ya avanzado, casi por la mitad, y ni en Francia ni en Haití se pensaba que los esclavos debían ser libres. La lucha seguía ceñida a los estratos superiores de la pirámide social: grandes blancos contra grandes y pequeños mulatos. En cuanto a Roume, sin duda pensó que sus sueños estaban cumpliéndose. Sus ideas de una alianza entre pequeños blancos y mulatos podrían convertirse en realidad después de ese decreto del 28 de marzo. Allí estaba la ley que la hacía posible, y además de la ley, las fuerzas militares que la harían respetar.

Capítulo XVI

El tiempo de la libertad

Carlos Marx nació en 1818, veintiocho años después de que en la colonia francesa de Haití se hicieran los primeros disparos de lo que iba a ser la revolución más compleja de los tiempos modernos. Durante un tiempo esa revolución se limitaría a ser una lucha social de apariencia racial, una lucha entre blancos y mulatos que se hallaban en niveles económicos iguales o muy parecidos, pero diferentes en status sociales y políticos; luego pasaría a ser una guerra social, de esclavos contra amos, y a la vez racial, porque los esclavos eran negros y los amos eran blancos y mulatos, y en esa etapa sería al mismo tiempo una guerra contra la intervención de españoles e ingleses, pero, sobre todo, contra estos últimos, que ocuparon durante años varios puntos del país, y por último, sería una guerra de independencia, de colonia contra metrópoli o, lo que es lo mismo, de haitianos contra franceses, agudizada en esa etapa por sus aspectos de guerra social y racial.

No hay pruebas de que Carlos Marx estudiara la revolución haitiana, y, sin embargo, toda la obra de Marx puede estudiarse aplicándole a cada una de sus conclusiones uno o varios ejemplos extraídos de esa revolución. Así, todo Marx puede ser analizado a la luz de la revolución de Haití y toda la revolución de Haití puede ser analizada a la luz de la obra de Marx. En ese sentido, la revolución de Haití es un caso asombroso de revolución marxista iniciada veintiocho años antes de que naciera Carlos Marx. Es claro que esa revolución cumpliría las leyes de lo que sesenta años después serían las concepciones marxistas de una revolución sólo hasta llegar a un punto, el de la derrota total de sus enemigos, puesto que no podía esperarse que los esclavos de Haití tuvieran la menor pretensión de establecer un Estado socialista. Desde la conquista del poder en adelante, pues, la revolución haitiana sería otra cosa, pero hasta el momento de conquistar el poder cualquier estudioso de Marx puede encontrar en ella todas las ideas de Marx convertidas en hechos.

Por eso se explica que la situación de Haití, que parecía haberse resuelto en lo que respecta a las luchas de blancos y mulatos —relatadas en el capítulo anterior—, se complicara con un nuevo levantamiento de Jean Francois y Biassou en el norte y con la aparición en el centro de un nuevo jefe esclavo, llamado Hyacinthe, que rápidamente sumó seguidores, pero sobre todo por la intransigencia de los grandes blancos, que bajo el mando de un gran propietario de Artibonite, el marqués De Borel, se lanzaron a destruir propiedades de mulatos y de los pequeños blancos que habían manifestado simpatías por los mulatos. Como era de esperar, las agresiones de De Borel y sus compañeros provocaron el contraataque de los mulatos, que en poco tiempo dominaron la región norte del departamento del Oeste y obligaron a los grandes blancos de Artibonite a pedir negociaciones.

Se llegó a un acuerdo, que fue ratificado por De Blanchelande y Roume y fue aprobado por la Asamblea de grandes blancos que debió haber sido renovada en las fracasadas elecciones de noviembre de 1791. Pero, como era lógico que sucediera, los "pompons rouges" desconocieron el acuerdo tan pronto como les pareció bien hacerlo. Roume marchó con fuerzas sobre Port-au-Prince para tomar la ciudad y hacer cumplir lo pactado y ordenó a Rigaud que avanzara desde el Sur mientras De Blanchelande actuaba por mar. Pero Rigaud no podía moverse del Sur, donde día tras día aumentaban las bandas de esclavos sublevados y donde los blancos rehusaban aceptar órdenes del jefe mulato.

Mientras tanto, Jean Francois y Biassou habían pasado la frontera de la posesión española, donde se les había ofrecido la libertad y grados militares correspondientes a las fuerzas que llevaran consigo. Entre los oficiales de Biassou iba un hombre maduro llamado Pierre – y según algunos, Francois en vez de Pierre- Dominique Toussaint, que sería conocido después con el nombre de Toussaint Louverture.

Toussaint debió de nacer entre 1743 y 1746, de manera que al cruzar la frontera del territorio español tenía de cuarenta y seis a cincuenta años. Sabía leer y escribir, lo que no era común entre los esclavos; de joven había sido cochero de sus amos, los dueños de la antigua plantación Breda, situada en Haut de Cap, en las vecindades del sitio donde comenzó el levantamiento de Bouckman, y en los años anteriores a 1789 era ya jefe o intendente de cultivos, de manera que tenía autoridad sobre varios cientos de esclavos y mayorales, a los que sabía imponer disciplina sin brutalidad. Fue el respeto que se había ganado de los esclavos que estaban bajo sus órdenes y de los que había en las propiedades vecinas lo que le permitió mantener la plantación de sus amos aislada y a salvo en medio del mar de violencias que se había desatado a partir del levantamiento de Bouckman, y cuando, debido a las bárbaras represalias de los blancos, dispuso poner a salvo a sus amos y sumarse con 400 esclavos a las fuerzas de Biassou.

Las primeras funciones de Toussaint en su nueva vida fueron las de secretario de su jefe; después se dedicó a curar heridos y enfermos y al fin se puso al frente de una columna de las que operaban en el extremo nordeste de la colonia. El Gobierno del territorio español le concedió el rango de general español, y como general español, igual que Jean Francois y Biassou, iba a tomar parte en los ataques sobre el territorio de Haití que organizó España como parte de la guerra franco-española iniciada en marzo de 1793.

Sí, los sueños del comisario Roume eran hermosos, pero difíciles de realizar. No había manera de crear en Haití una fuerza política conservadora formada por mulatos y pequeños blancos que pudiera mantener al margen de los asuntos coloniales a los "pompons rouges" y a los esclavos rebelados. Pero tampoco era posible mantener en Francia un régimen constitucional encabezado por Luis XVI, encarnación del "ancien régime", y manejado desde el poder legislativo por los girondinos. En épocas revolucionarias el dinamismo inherente a cualquier revolución elimina de manera implacable la vía del centro; o se impone un extremo o se impone otro, y en el caso de la Revolución francesa, a pesar de toda su algazara republicana, los girondinos no representaban un extremo, aunque ellos creyeran que sí. Los girondinos seguían aferrados a su plan de acorralar a Luis XVI hasta obligarlo a abandonar el trono, pero no alcanzaban a darse cuenta de que la pequeña burguesía, organizada por los jacobinos, estaba al acecho de su oportunidad, y ésos sí eran los extremistas de la Revolución. La oportunidad de los jacobinos se presentaría cuando llegara a su punto culminante la lucha de los girondinos contra el rey, y ese momento se acercaba velozmente.

La Asamblea de París había nombrado una nueva comisión civil que debía trasladarse a Haití para resolver los conflictos de la colonia. El 12 de junio (1792), Luis XVI se había negado por segunda vez a aprobar dos decretos elaborados por los girondinos; por uno de ellos se expulsaba del país a los sacerdotes que se habían negado a jurar fidelidad a la Constitución; mediante el otro quedaba disuelta la guardia personal del rey. El día 15 la Asamblea se ocupaba de los poderes que tendría la comisión que iría a Haití y le concedió poderes francamente absolutos sobre instituciones y personas, fueran civiles o militares, a tal grado, que cualquier desobediencia a sus disposiciones sería tratada como crimen de alta traición. Cinco días después, es decir, el 20 de junio, el pueblo parisién, a instancias de los girondinos —y con la colaboración desde luego nada desinteresada de los jacobinos—, entró en las Tullerías, se metió de sopetón en los aposentos reales, se burló cuanto quiso del rey, y además lo insultó, y un truhán de los barrios parisinos le puso en la cabeza un gorro frigio. El 13 de julio, cuando mayor era el desconcierto general en Francia, la comisión civil destinada a Haití salía de la metrópoli. Iba a imponer en la lejana colonia del Caribe el orden y la ley en nombre de un Gobierno que se hallaba al borde de la disolución.

La comisión estaba compuesta por un realista —Ailhaud—; un funcionario sin posición política, pero honrado —Polverel—, y un girondino radical, de ideas jacobinas, aunque él mismo no se diera cuenta —Léger Felicité Sonthonax—, que ya en 1791 había declarado que las tierras de Haití debían pertenecer a los negros. La comisión llevaba a sus órdenes una fuerza de 6.000 soldados y su jefe era el general D'Esparbés, realista como Ailhaud, personaje difícil, que desde el primer momento dio a entender que sólo actuaría por decisión propia, no bajo órdenes de los comisionados. La comisión, pues, representaba bastante bien el estado de confusión que prevalecía en Francia.

El 10 de agosto, mientras la comisión navegaba todavía hacia su destino, los jacobinos, que tenían el control de la Comuna de París, desataron el levantamiento popular que iba a producir a un mismo tiempo la caída de la monarquía y la de los girondinos. En dos palabras, se iniciaba ese día la era que en la historia de la Revolución francesa se conoce con el nombre de el Terror. La familia real quedó presa en el Temple, y la Asamblea convocó a elecciones inmediatas para formar un cuerpo encargado de sustituirla; ese cuerpo se llamaría Convención Nacional y tendría a la vez los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Entre los elegidos estuvieron, desde luego, los jacobinos más representativos, como Robespierre, Marat, Danton. Todo sospechoso de simpatías con el rey y su familia, con los enemigos, con los girondinos más conservadores, era perseguido sin piedad. La Convención Nacional inauguró sus trabajos al día siguiente de la resonante victoria francesa de Valmy, esto es, el 21 de septiembre de 1792, y entre los vítores del pueblo de París quedó decretada la desaparición de la monarquía y proclamado el establecimiento de la república. La comisión enviada a Haití había llegado a Cap-Francais dos días antes, de manera que podemos suponer cuál iba a ser su posición en medio de las fuerzas que chocaban en la colonia.

Al recibirse en las Antillas las noticias de lo que había sucedido en Francia se produjeron movimientos diferentes, cada uno determinado por las condiciones en que se hallaba en ese momento cada colonia. Por ejemplo, en Martinica y Guadalupe, donde los grandes propietarios habían acabado tomando el control de la situación política, las autoridades se declararon realistas y se negaron a seguir recibiendo órdenes de la Convención y los funcionarios enviados por ella, si bien en ninguna de las dos islas llegó a pensarse en la independencia. Así, Rochambeau, nombrado gobernador de Martinica, no pudo tomar posesión de su cargo ni se le permitió quedarse en Guadalupe, de manera que tuvo que ir a Haití, donde le tocaría ser, unos diez años más tarde, el último de los representantes de Francia. Martinica y Guadalupe bajaron de las astas de sus edificios públicos la bandera tricolor, adoptada como emblema nacional por la Asamblea Constituyente, y en su lugar izaron la bandera blanca, que era el distintivo de la monarquía.

En Haití la situación se presentó bastante más complicada. Allí no se dio el caso de que los grandes propietarios se impusieran al resto de la población. En Haití, la más rica colonia del Caribe, iba a reflejarse, más que en ningún otro punto del imperio francés, el cambio que se había producido en la relación de las fuerzas que tenían el gobierno de la metrópoli. El triunfo de los jacobinos no iba a pasar inadvertido en Haití, y eso por una razón que se comprende fácilmente: en Haití había fuerzas del pueblo lanzadas a la lucha, esclavos rebeldes en numerosos puntos de la colonia, y los grandes blanco acabaron comprendiendo que no disponían de fuerzas para dominar la situación.

Eso es lo que explica que los "grands blancs" acabaran aceptando una alianza con los pequeños blancos y con los propietarios mulatos con una sola condición: que de ninguna manera se tocara el problema de la esclavitud; los esclavos seguirían siendo esclavos y los que se hallaban sublevados debían ser sometidos a la obediencia de sus amos por la fuerza de las armas. Cuando se planteó ese punto a la comisión recién llegada, los comisionados aseguraron a los grandes blancos que ellos no tenían la menor intención de tratar ese punto y que sólo la Asamblea colonial tenía autoridad para decidir sobre la libertad de los esclavos. Ante esa declaración, los grandes blancos aceptaron cooperar con los comisionados.

Pero cuando llegó a Haití la noticia de que Luis XVI estaba preso y de que la guillotina trabajaba infatigablemente en la siega de cabezas aristocráticas y realistas, se produjo un cambio violento en la posición de los grandes blancos y hasta en la propia comisión, pues los grandes blancos consideraron que la comisión ya no tenía autoridad y Ailhaud abandonó su cargo para volver a Francia. Por su parte, el general D'Esparbés declaró que sólo obedecería órdenes del rey..., que no podía darlas, y además el gobernador De Blanchelande comenzó a conspirar para establecer en Haití una situación como la de Martinica y Guadalupe., En resumen, la crisis de Francia se reproducía en Haití.

Los comisionados Sonthonax y Polverel actuaron como lo aconsejaban las circunstancias. Antes que nada, había que despojar de autoridad a De Blanchelande; lo hicieron y lo despacharon hacia Francia, donde iba a ser guillotinado en abril de 1793. El segundo paso fue nombrar en su lugar al general D'Esparbés, lo que era una manera de lograr que se pusiera a dar órdenes en vez de esperar las que le mandara el rey. Al mismo tiempo que solucionaban así la crisis en el gobierno de la colonia, los comisionados formaron rápidamente una columna compuesta por mulatos, pequeños blancos y negros libres, a la que llamaron Legión de L'Egalité du Nord, y la enviaron a combatir a Jean-Francois, Biassou y Toussaint, que entraban en la región del nordeste en acciones sorpresivas; y esa medida tranquilizó un tanto a los grandes blancos. En el terreno puramente político, Sonthonax y Polverel se dedicaron a formar comités populares llamados Amigos de la Convención, que era algo así como organismos del pueblo cuya finalidad era dar apoyo a la Convención Nacional francesa; y en el orden administrativo crearon una Comisión Paritaria, compuesta a partes iguales por mulatos y por blancos, a la que encargaron el despacho de los problemas burocráticos de la colonia.

Pero no era juego de niños lo que estaba sucediendo en Haití. D'Esparbés no se callaba sus inclinaciones realistas ni sus críticas a la política de unión de blancos y mulatos que llevaban a cabo Sonthonax y Polverel; a su vez, estimulados por el ejemplo de su jefe, los oficiales de D'Esparbés incitaban a los grandes blancos a rebelarse contra los comisionados, y efectivamente, los grandes blancos de Cap-Francais produjeron al comenzar el mes de diciembre ataques y desórdenes tan graves que fue necesario deportar a muchos de ellos y hubo que enviar a Francia a D'Esparbés y a todos sus altos oficiales. En esa oportunidad, erizada de peligros, los comisionados contaron con el apoyo de la tropa que comandaba D'Esparbés y con el de los oficiales de baja graduación.

Mientras tanto la Revolución seguía su curso, como un río desbordado que inesperadamente forma un pequeño remanso y un poco más allá está socavando y arrastrando un pedrejón descomunal. Así, Rochambeau, designado gobernador en lugar de D'Esparbés, tuvo que dejar el puesto en el mes de enero para ir a ocupar la gobernación de Martinica, donde la situación se había normalizado, y ese mismo mes, el día 21 (1793), era guillotinado Luís XVI; nueve días más tarde, el 1 de febrero, la Convención declaraba la guerra a Gran Bretaña y a Holanda; el 7 de marzo se la declararía a España. La tremenda guerra social de Haití, que por sí sola era una complicación abrumadora, iba a complicarse más al entrar en el cauce de una guerra internacional que necesariamente, dados los países envueltos en ella, iba a librarse en el Caribe. Pero, después de todo, ése había sido y ése seguía siendo el destino de los pueblos situados en una frontera imperial.

Como era claro, la guerra internacional levantaría a un nivel de paroxismo las esperanzas de los grandes blancos. En el momento de su decadencia les surgían de pronto aliados poderosos, gobiernos que los harapientos revolucionarios de París no podían enfrentar; ejércitos que destruirían hasta sus cimientos todo el edificio jacobino y les devolverían a ellos, las víctimas de esos locos, sus propiedades, sus esclavos, sus títulos de nobleza.

En la región del oeste los grandes blancos tenían un líder natural, aquel marqués De Borel que encabezó la lucha contra los mulatos en noviembre de 1781 y que después había estado destruyendo sus propiedades en el valle de Artibonite, y en ese momento De Borel era el jefe de la guardia nacional de Port-au-Prince, de manera que era un líder con poder militar a su disposición.

Desde la destitución De de Blanchelande la colonia no tenía un gobernador designado por las autoridades de Francia; todos sus sucesores habían sido nombrados por Sonthonax y Polverel con carácter provisional, y al irse Rochambeau a Martinica los comisionados designaron otro sustituto provisional, el general de La Salle. Ahora bien, La Salle debía establecerse en Port-au-Prince, que era la capital de la colonia, y ésa fue la ocasión propicia para los grandes blancos: el marqués De Borel dijo que no consentiría que de La Salle entrara en Port-au-Prince. Además de esa insolencia, ordenó a los grandes propietarios que no pagaran un impuesto creado por los comisionados para hacer frente a los gastos de la administración pública. Los grandes blancos de toda la región —y los del departamento del Sur con ellos— apoyaron a De Borel, y de La Salle, que había salido para la capital, tuvo que quedarse fuera de la ciudad, en la posición más incómoda y más ridícula a que podía verse sometido un soldado de su categoría.

A medida que los grandes blancos se rebelaban contra su autoridad, Sonthonax y Polverel tenían que apoyarse necesariamente en los mulatos y los negros libres, y así iba dándose el caso de que el poder de Francia en Haití descansaba cada vez más en la adhesión de esos mulatos y esos negros libres. Ese desplazamiento de las bases del poder metropolitano era posible no sólo porque correspondía de manera lógica a la dinámica del movimiento revolucionario dentro de Haití, sino porque a la vez correspondía a la nueva relación de fuerzas políticas en Francia. Para los grandes blancos, en cambio, lo que contaba no era lo que sucedía en Francia; era el poder de los enemigos extranjeros de Francia, en cuya victoria confiaban.

Con motivo de la sublevación de De Borel, Sonthonax acudió a los mulatos y los negros libres; decretó una movilización en los departamentos del Oeste y del Sur y puso en pie de guerra 2.000 hombres. Con esos hombres, de La Salle atacó Port-au Prince por tierra mientras los comisionados lo hacían por mar. La guardia nacional del marqués De Borel no pudo oponerse a la fuerza atacante y Port-au-Prince capituló en abril (1793). Al mes siguiente llegaba a Haití un gobernador nombrado por las autoridades de París, el primero con designación definitiva desde la destitución de De Blanchelande, y ese nuevo gobernador provocaría el peor de los levantamientos de los grandes blancos que iban a enfrentar Sonthonax, Polverel y sus aliados, los mulatos y negros libres, los pequeños blancos y las tropas metropolitanas leales. Sería el peor, pero también el peor para los "grands blancs".

El general Francois Thomas Galbaud había nacido en Haití de una familia que se había establecido en la colonia desde el año 1690. Grandes propietarios, los Galbaud casaban a sus hijos y a sus hijas con hijas e hijos de grandes propietarios, de manera que, al llegar a Haití con el rango de gobernador, el general Galbaud iba a ser rodeado inmediatamente por los grandes blancos, con quienes los Galbaud tenían vínculos de dos o tres generaciones.

Los grandes blancos de Haití no podían resignarse a perder sus privilegios, pero no estaban desanimados a pesar del duro golpe que fue para ellos la derrota del marqués De Borel en Port-au-Prince. Al mismo tiempo que Port-au-Prince caía en manos de Sonthonax, Polverel y de La Salle, la isla de Tobago caía en manos inglesas (15 de abril, 1793) sin que los habitantes franceses hicieran resistencia, lo que quería decir que los ingleses estaban "liberando" ya a los grandes blancos de las Antillas de Francia y no podían tardar en llegar a Haití. Al llegar Galbaud a Cap-Frangais había en marcha un poderoso movimiento de grandes propietarios de Martinica pidiendo que los británicos desembarcaran en aquella isla. Todas esas noticias se conocían en los círculos de los "grands blancs" de Haití y éstos se hallaban en un estado de espíritu exultante, como gentes que saben que están viviendo en las vísperas de un gran triunfo.

Y, sin embargo, también había razones para que los grandes blancos de Haití se sintieran preocupados. Por la frontera del territorio español de la isla entraban con frecuencia, en oleadas, las tropas negras de Toussaint, Jean-Francois y Biassou, y en gran número de lugares del país los esclavos se levantaban en grupos y formaban bandas que destruían, quemaban, mataban personas y bestias, saqueaban y violaban.

Por razones conectadas con la situación internacional, explicada arriba, y también por la inestabilidad dentro de Haití, Galbaud, cuyo origen lo acreditaba ante los grandes blancos, tenía que convertirse en la encarnación de la esperanza de los que ya se llamaban a sí mismos realistas.

Ahora bien, de acuerdo con el artículo 15 del decreto expedido por la Asamblea Legislativa el 28 de marzo de 1792 y aprobado por el rey el 4 de abril, los funcionarios de las colonias americanas no podían ser propietarios en ellas. Apoyado en esa disposición, Sonthonax se negó a aceptar a Galbaud como gobernador y le ordenó salir del país, a lo que Galbaud respondió ordenando la prisión de Sonthonax y Polverel. Esto estaba sucediendo en Cap-Frangais, el lugar donde vivía el mayor número y los más ricos de los "grands blancs" de Haití. Instantáneamente los grandes blancos comprendieron que había llegado el momento de dar la batalla decisiva y estuvieron seguros de que la ganarían; y tenían que ganarla porque Galbaud disponía de buques, tropas, marinería, armas; era portador de un título de gobernador que le confería autoridad legal, y además contaba con ellos, con el respaldo de todos ellos. Rodeado, estimulado, vitoreado en las calles por los grandes blancos, Galbaud echó a tierra hombres y armas, a lo que Sonthonax respondió con una maniobra radical; ofreció la libertad a los esclavos que lucharan contra Galbaud y los grandes blancos.

Eso sucedió el 20 de junio; el día 21, miles de esclavos entraban en Cap-Frangais bajo el mando de jefes improvisados y de otros que desde hacía algún tiempo merodeaban por los suburbios de la ciudad. -Enardecida por la oferta de la libertad y por la conciencia de que luchaba en favor de la autoridad legitima, la ola negra barrió cuanto halló a su paso. Atacados por aquella masa embravecida, que mataba, saqueaba las casas y les pegaba fuego, los grandes blancos que podían hacerlo corrían hacia los muelles buscando protección en la flota de Galbaud; hombres y mujeres llevaban a rastras cofres, vestidos, niños. La marinería de Galbaud metía en los buques todo lo que podía: provisiones, armas, mujeres despavoridas, ancianos espantados, niños que gritaban. Cuando la flota logró salir de la rada de Cap-Francais, con ella se iba toda una época. Los grandes blancos del Norte, que eran la espina dorsal de su grupo social en la colonia, quedaban liquidados como fuerza social, económica y política de Haití, y miles de esclavos celebraron esa noche sus nupcias con la libertad.

La historia tiene a veces caprichos propios de un dios joven y juguetón. Ese mismo día 21 de junio, en otra colonia francesa del Caribe estaba sucediendo algo similar, aunque no igual, a lo que había sucedido en Cap-Francais, pues las tropas inglesas, que habían desembarcado el día 16 en Martinica a solicitud de los grandes propietarios blancos de la isla, tenían que ser reembarcadas el 21 batidas por un levantamiento general que las desbordó de manera irremediable; El 21 de junio de 1793 fue, pues, el día decisivo para el aplastamiento de los grandes propietarios blancos del Caribe francés; su día fatal, para decirlo con las palabras llanas del pueblo.

Los grandes blancos estaban liquidados, pero no la amenaza extranjera. La guerra de Francia y España había hecho salir a la superficie aquellas raíces de la sociedad tradicional española de que hemos hablado en el capítulo anterior. Por esa causa la de 1793 fue en España una guerra extraordinariamente popular. Los campesinos corrían a enrolarse como soldados; los grandes nobles terratenientes formaban a sus expensas regimientos enteros; un duque aportó 2.000.000 de reales, una fortuna exagerada en esos años; la jerarquía sacerdotal de Toledo dio 5.000.000; hasta los conventos de monjas daban dinero. Era que se trataba de una guerra contra la burguesía francesa, o mejor aún, contra lo que hoy llamaríamos el ala izquierda de la burguesía, y la vieja sociedad española se ponía de pie contra esa fuerza nueva, lo que en cierto-sentido era una manera de luchar también contra el limitado sector burgués de España que venía disfrutando el apoyo de los Borbones desde hacía cerca de un siglo; por otra parte, como esa burguesía española se hallaba envuelta también en la guerra, ésta provocó en España algo así como un frente unido nacional.

En lo que se refiere al Caribe, el centro de la lucha se había trasladado a Haití, donde todas las fuerzas sociales se presentaban en forma extremista, y Haití ocupaba una parte de la isla de Santo Domingo; la otra parte seguía en manos de España. Había, pues, una frontera común de España y Francia en Europa, pero la había también en la isla de Santo Domingo. España golpearía a Francia en Europa a través de su frontera y la golpearía en el Caribe a través de la frontera entre Santo Domingo y Haití; en realidad, estaba haciéndolo ya por medio de los jefes negros a quienes había dado despachos de generales y de los ex esclavos que formaban las tropas de esos jefes, pero eso no bastaba; era necesario usar fuerzas más grandes; atacar a fondo y conquistar Haití, o por lo menos una parte de Haití, que de la otra parte se ocuparían los ingleses. España, pues, comenzó a concentrar fuerzas para llevar a cabo un gran ataque a Haití que se realizaría con el concurso de Cuba y Méjico, para lo cual empezaron a actuar conjuntamente el virrey de Méjico, el gobernador de Cuba, don Luis de las Casas, y el gobernador de Santo Domingo, don Joaquín García Moreno.

Mientras tanto, Jean-Francois, Biassou y Toussaint operaban sobre el territorio haitiano en el extremo nordeste. El 7 de julio, es decir, dos semanas después de la fuga de Galbaud y los grandes blancos de Cap-Francais, Jean-Francois atacó y tomó Fort-Dauphin —la antigua Bayajá y actual Fort-Liberté— y degolló a todos los propietarios blancos del lugar y de sus inmediaciones. Biassou y Toussaint hacían entradas para tomar puntos, establecimientos y villas parroquiales que retenían por algún tiempo o que abandonaban inmediatamente, según aconsejaran las circunstancias. La verdad es que la mayoría de las parroquias de Cap-Francais, al este y al sur de la ciudad, se hallaban bajo la amenaza de Jean-Francois, Biassou y Toussaint, pero España no podía confiar la tarea de conquistar el norte de Haití a esas fuerzas de los jefes negros, que eran relativamente pequeñas. Para ejecutar ese plan hacía falta un poder militar respetable, que España comenzó a preparar a mediados del año.

No podemos dudar de que los emigrados franceses que se habían refugiado en España presionaban en favor de ese plan, pero también debían ejercer presión en las Antillas españolas los que se habían refugiado en Santo Domingo y en Cuba, que eran muchos y algunos de ellos muy importantes. Al mismo tiempo había emigrados franceses en Londres y en Jamaica, que sin duda actuaban en el mismo sentido que sus congéneres de Madrid, Santo Domingo y La Habana. Las actividades de esos emigrados eran públicas; París se enteraba de lo que hacían los de Madrid y Londres y Sonthonax debía estar enterado de lo que hacían los de Santo Domingo, Cuba y Jamaica. La Revolución francesa debía tener agentes secretos en todos esos sitios, pero también muchos informadores espontáneos. No hemos podido hallar publicaciones que indiquen en qué mes se produjo el ataque español por el nordeste, pero por la fecha de los ataques ingleses en el sudoeste y en el nordeste podemos deducir que las órdenes para esos ataques llegaron a Jamaica a fines de julio o a principios de agosto, y como debía haber coordinación entre ingleses y españoles, debemos pensar que las fuerzas que saldrían de Cuba para concentrarse en el norte de la costa de Santo Domingo estarían en proceso de concentración más o menos a mediados de agosto.

En ese momento Sonthonax y Polverel no tenían poder para enfrentarse aun ataque combinado de los ingleses por mar y los españoles por tierra. Sólo algunos jefes mulatos, como Rigaud, Bauvais, Villate, y sus seguidores mulatos y negros libres seguían siendo leales a Francia. Un número importante de grandes y medianos propietarios mulatos estaba enfrentado a Sonthonax y los esclavos sublevados no iban a obedecer al comisionado francés.

La situación era en verdad crítica. Haití se hallaba al borde de perderse para Francia. ¿Cómo evitar eso? Sólo con una decisión radical, que pusiera del lado de Francia, de manera instantánea y entusiasta, a la mayoría de los habitantes de la colonia. ¿Y quiénes formaban esa mayoría? Los esclavos negros. Ahora bien, esos esclavos, ¿lucharían por Francia si se les declaraba libres? Sí lo harían, puesto que el 21 de junio habían luchado en Cap-Francais del lado de la autoridad francesa representada por Sonthonax y Polverel.

Sonthonax se decidió, y el 29 de agosto (1793) declaró la libertad de los esclavos de Haití. Dicho en el lenguaje de ahora, la escalada de las fuerzas reaccionarias del interior y del exterior provocaba en respuesta la escalada de la libertad. Ciento sesenta años después, lo que estaba pasando en Haití iba a repetirse en Cuba, y no se trataría de una repetición fortuita, pues, como veremos a su tiempo, la revolución cubana de Fidel Castro iba a ser históricamente una hija de la revolución de Haití.

Es difícil que en la segunda mitad del siglo XX podamos darnos cuenta de lo que significó a fines del XVIII la liberación de los esclavos haitianos, pero podemos medir su importancia por comparación: ni la revolución norteamericana ni la de Francia llegaron a un grado de radicalización parecido. Se dirá que fue Francia quien concedió esa libertad. Pero no es cierto. Aceptamos que los pequeños burgueses jacobinos fueron los más radicales de los revolucionarios de la burguesía, sin traspasar en ningún momento ese límite. Los jacobinos eran lo que hoy podríamos calificar como el ala izquierda de la burguesía, pero la burguesía de Francia, como la de Inglaterra y la de los Estados Unidos, no podía admitir la idea de la libertad de los esclavos. La Revolución industrial se hallaba entonces en sus inicios y todavía faltaban varios años para que la expansión económica que se estaba produciendo exigiera la transformación del trabajador esclavo en consumidor de productos industriales; por otra parte, faltaba también mucho tiempo para que esa revolución produjera las máquinas que hicieran económicamente el trabajo de los esclavos. No fue la Convención Nacional la que decretó la libertad de los esclavos de Haití; fue Sonthonax, presionado a la vez por el ataque inminente de los ingleses y los españoles —es decir, por las contradicciones de las burguesías de Europa, enfrentadas a la de Francia— y conducido a un callejón sin salida por la sublevación de los negros.

En los tiempos modernos no había sucedido en el orden social nada de tanta magnitud histórica como la liberación de los esclavos decretada el 29 de agosto de 1793. Desde los Estados Unidos hasta la Argentina, toda América estaba llena de esclavos, de millones de esclavos. En algunos países los esclavos eran sólo negros y mulatos; en otros eran negros e indios; en otros eran sólo indios; y al mismo tiempo, como es lógico, en toda América había amos de esclavos y había mucha gente que vivía de lo que producían los esclavos. También en Europa abundaban los comerciantes, los armadores de buques, los banqueros y funcionarios que se enriquecían traficando a base de los productos obtenidos con el trabajo esclavo. En todos esos países el decreto de la libertad de los esclavos causó estupor e indignación por un lado y júbilo por otro. Los cimientos del orden social de toda América crujían sacudidos por un terremoto.

Desde luego, ni Sonthonax ni ningún poder de la tierra podía convertir de la noche a la mañana a esos esclavos liberados en ciudadanos conscientes o en soldados que pudieran enfrentarse al ataque combinado de ingleses y españoles. Por de pronto, al conocer la noticia de su libertad, los esclavos de Haití —cientos de miles de esclavos— se lanzaron a actuar anárquicamente, a celebrar su victoria ocupando tierras y casas abandonadas por los blancos y mulatos ricos; a atacar muchas de las que todavía no habían sido abandonadas; a adueñarse de bestias, de muebles, de ropa, de frutos; a destruir todo lo que les recordaba su esclavitud.

Mientras tanto, cuando los esclavos liberados se hallaban deslumbrados por lo que había sucedido, en un estado general de júbilo histérico, al cumplirse las tres semanas del decreto del 29 de agosto —es decir, el 20 de septiembre—, los ingleses desembarcaron en Jérémie, una ciudad situada en la costa norte, y casi en el extremo oeste, de la península de les Cayes —la del sur—, y dos días después .desembarcaban en la Mole de Saint-Nicolás, en el extremo oeste de la península que llevaba el mismo nombre de la ciudad, es decir, en la península del norte.

El Caribe volvía a ser una frontera de guerra imperial, sólo que en esa ocasión la guerra entre los imperios tenía un ingrediente nuevo: era también una guerra social, cosa que le comunicaba un valor que la distinguía de las anteriores. Los propietarios franceses de las Antillas habían dejado de ser franceses para convertirse en partidarios del país o de los países enemigos de Francia que pudieran devolverles sus tierras y sus esclavos, y los propietarios ingleses de Jamaica y Barbados y Saint Kitts y los españoles de Santo Domingo, Puerto Rico o Venezuela y Cuba ya no veían como a un enemigo al ciudadano francés despojado de sus esclavos; era su hermano en desgracia y ellos estaban en el deber de ayudarlo'. Eso explica que al desembarcar en Jérémie y en la Mole de Saint-Nicolás los ingleses hallaron el apoyo entusiasta de los franceses y los mulatos propietarios de las dos ciudades.

La segunda ola de la ofensiva inglesa se produjo en el mes de diciembre. Por la costa del oeste cayó en sus manos Saint-Marc el día 18 y la Archaie el día 24, y por la del sur cayó Leogane. Así, Port-au-Prince quedaba en el centro de una tenaza y no podría resistir mucho tiempo. Mientras tanto, las costas del sur quedaban libres de ataques, si bien Tiburón, en el mismo extremo oriental de la península del sur, fue tomado en el mes de enero (1794).

En la costa del norte deberían operar las fuerzas españolas llevadas de Cuba y de Méjico. Debemos suponer que esas fuerzas que se concentraron en el noroeste de la parte española de la isla debían hallarse para el ataque entre fines de diciembre y principios de enero.

El ataque español se produjo sobre Fort-Dauphin. La escuadra actuó bajo el mando del teniente general Aristizábal, la infantería bajo el mando del general Casas-Calvo, los emigrados franceses bajo el de Louis d'Espanville y los antiguos esclavos actuaron bajo el de Jean-Francois y Toussaint. Parece que para ese momento ya Biassou había muerto y sus tropas habían pasado a las órdenes de Toussaint. Habiendo atacado desde San Rafael y San Miguel de la Atalaya, que en esa época se hallaban en territorio español, las fuerzas de Toussaint habían penetrado profundamente hacia el oeste y el noroeste, hasta las parroquias de Gonaives y Gros Morne, lo que significa que estaban poniendo en peligro la retaguardia de los ingleses en Mole de Saint-Nicolás y Saint-Marc. Toussaint estaba dando ya muestras de su excepcional capacidad militar, la que unida a su talento político iba a hacer de él "el primero de los negros" y una de las más grandes figuras de la historia americana.

Ahora bien, la ofensiva inglesa no se limitaba a Haití. Combinados con los grandes propietarios de Martinica, los ingleses lanzaron sobre esa isla una expedición comandada por el almirante sir John Jervis, con fuerzas de infantería cuyo jefe era sir Charles Crey, que logró desembarcar tropas el día 5 de febrero, tomó Saint-Pierre el 17 y entró en Fort-Royal el día 20. La capital de la isla cayó cuando el capitán del buque inglés Zebra abordó el fuerte que defendía la bahía, exactamente como si se hubiera tratado de otro buque en el mar, de manera que sus hombres saltaron de la cubierta del Zebra a la plataforma del fuerte, y los defensores de éste, sorprendidos por esa maniobra tan audaz, abandonaron la posición.

Los británicos convirtieron rápidamente Martinica en un centro de operaciones desde el cual iban a atacar los territorios vecinos; concentraron allí fuerzas llevadas de Jamaica y, como parte de esas fuerzas, tenían un cuerpo de negros organizado especialmente para perseguir esclavos sublevados. Se ve que los propietarios de Martinica y de las islas francesas de la vecindad habían aconsejado a los ingleses bastante bien en todo aquello que se relacionaba con su decisión de recuperar los bienes perdidos, y entre esos bienes, los esclavos eran un capítulo de primera categoría. El cuerpo negro inglés tenía un nombre sugestivo; se llamaba "Black Rangers". Por otra parte, los propietarios blancos -y algunos mulatos— de las islas francesas de la vecindad se habían preparado para ayudar a sus aliados ingleses, un detalle que debemos tener presente a lo largo de todos los sucesos que estaban produciéndose.

Desde la base de Martinica los británicos se lanzaron sobre Santa Lucía, en la que desembarcaron el 2 de abril y la que se rindió el día 4; el día 10 tomaban los islotes de Los Santos y el día 11 ponían tropas en tierra de Guadalupe, cuyas autoridades capitularon el día 21.

En ese momento —mes de abril de 1795— Toussaint Louverture se dirigió al general Lavaux, comandante en jefe de las fuerzas francesas de Haití, y le ofreció luchar por Francia, puesto que la causa que le había hecho ponerse al servicio de España —esto es, la esclavitud de su raza— había desaparecido. Cuando Toussaint se decidió a dar ese paso, sus fuerzas dominaban en el territorio de Haití una larga franja que iba desde las vecindades de Cap-Francais hasta las de Gonaíves y Gros Morne. En el orden militar y político, todo ese territorio se hallaba bajo la bandera española; pero en la realidad social, que era la más profunda, dependía de Toussaint, no de los jefes españoles. El general Lavaux se dio cuenta de la importancia que tenía la oferta de Toussaint; así, la aceptó y agregó sobre la aceptación un despacho de general de brigada del ejército francés, a título provisional, para el jefe negro. El 18 de mayo Toussaint declaraba que los hombres bajo su mando —unos 4.000, bien disciplinados, veteranos de una guerra que llevaba ya casi tres años— combatirían desde ese día a los invasores ingleses y españoles. La defección de Toussaint fue para estos últimos un golpe tan duro que todos sus planes se vinieron abajó, y en consecuencia Villate, el jefe mulato que tenía a su cuidado en la defensa de Cap-Francais, se vio libre de las amenazas españolas. Así, el norte de Haití quedaba asegurado para Francia gracias a lo que había hecho Toussaint.

Ahora bien, en una revolución tan complicada como era la de Francia los acontecimientos se encadenaban en un frente que iba de Europa al Caribe. Precisamente en los días en que Toussaint pasaba con sus hombres al lado francés, la Convención Nacional declaraba en París que "la esclavitud de los negros en todas las colonias queda abolida; en consecuencia se decreta que todos los hombres, sin distinción de color, domiciliados en las colonias, son ciudadanos franceses y disfrutan de todos los derechos asegurados por la Constitución". Y sin embargo, debido a las confusiones que son típicas de los momentos revolucionarios, sucedía también que en el mes de junio eran arrestados en Haití Polverel y Sonthonax, los hombres que habían proclamado eso mismo el día 29 de agosto del año anterior y habían conseguido con ello salvar a Haití para Francia. Acusados en París por los emigrados de todos los sectores —entre los que había algunos que por su condición de mulatos tenían amigos entre los jacobinos—, Polverel y Sonthonax iban a encarar tal vez el más duro de los destinos, pero serían salvados por la caída de los jacobinos ocurrida el 9 de termidor del año II, es decir, el 27 de julio de 1794; así, cuando llegó la hora de juzgarlos ya había terminado en Francia la era del Terror.

La incorporación a la autoridad francesa del territorio que se hallaba bajo el mando de Toussaint cortaba toda posibilidad de comunicación por tierra entre los españoles que se hallaban en Fort-Dauphin y Ounaminthe y los ingleses establecidos en Saint-Marc y la Archaie. Tal vez fue eso lo que decidió a los ingleses a tomar Port-au-Prince, que podía ser reforzado por tierra desde el norte y desde el sur por hombres de Lavaux y Toussaint y de Rigaud. Port-au-Prince cayó en manos inglesas el 4 de junio.

Justamente ese día aparecía en aguas de Guadalupe un escuadrón francés con tropas mandadas por Víctor Hugues. En el curso de año y medio los propietarios blancos y mulatos de las islas francesas habían dejado de llamarse grandes blancos o grandes mulatos, "pompons rouges" o "pompons blancs". Después de la muerte de Luis XVI se llamaban realistas, lo que se explica porque no podían ser aliados de ingleses y españoles si no reconocían la monarquía como su base política y porque la lucha en Europa había tomado el aspecto superficial de una guerra de los republicanos de Francia contra las monarquías europeas. Pues bien, en Guadalupe los defensores de Basse-Terre, lugar por donde desembarcó Víctor Hugues, fueron en su mayoría realistas franceses. Basse-Terre cayó en manos de Victor Hugues, que hizo dar muerte sin la menor piedad a varios cientos de realistas. Las fuerzas inglesas de Fort-Matilda se rindieron el 10 de diciembre, el mismo mes en que Rigaud, que operaba en el extremo sudoeste de Haití, reconquistaba Tiburón.. Así, las fuerzas de la revolución en el Caribe iniciaban una contraofensiva que iba a ser creciente en todo el año 1795.

En ese año Toussaint y Lavaux extendieron su dominio por. toda la ribera derecha del Artibonite, lo que les permitía enlazar. con las fuerzas que tenía Rigaud en el sur, de manera que el poder francés en Haití aumentaba notablemente, puesto que Toussaint y Lavaux disponían de unos 20.000 hombres y Rigaud de unos 12.000. Los ingleses, pues, no podían estar seguros en sus enclaves de la costa. De Jacmel y Les Cayes, que se hallaban en manos de las fuerzas de Rigaud, salían corsarios a apresar barcos ingleses o a defender las costas del sur de los ataques de corsarios enemigos. En algunos puntos la situación era confusa, porque abundaban las cuadrillas de negros armados y algunas de ellas se hallaban al servicio de los ingleses.

Ahora bien, en medio de ese panorama armado estaba produciéndose un fenómeno explicable; los jefes mulatos iban poco a poco ocupando en el nuevo orden social de Haití el lugar que habían dejado vacío los grandes blancos muertos o emigrados. Ese caso de desplazamiento de un sector social del país hacia niveles superiores corresponde a lo que podríamos llamar la historia privada de Haití, y por tanto no tenemos por qué ocuparnos de él en este libro, en el cual estamos haciendo la historia de Haití en tanto Haití era parte de la frontera imperial del Caribe. Pero sucede que ese movimiento de los mulatos jugó un papel de importancia en la vida de Toussaint Louverture, y Toussaint es uno de los hombres claves en la historia del Caribe; de manera que nos referiremos brevemente a un episodio que corresponde a la historia privada haitiana para poder explicar por qué Toussaint ascendió tan rápidamente a los más altos lugares de mando de su país.

Quizá por pensar que la estrecha vinculación de Toussaint con el general Lavaux, comandante en jefe de todas las fuerzas militares del país, colocaba a Toussaint en una situación preeminente respecto de ellos, los mulatos de Cap-Francais resolvieron deponer a Lavaux mediante un golpe de Estado, y el general Villate, jefe militar de Cap-Francais y líder de los mulatos del Norte, ordenó la prisión del viejo jefe francés, cosa que fue hecha de manera ignominiosa, en marzo de 1795. Una vez preso Lavaux, la municipalidad de Cap-Francais designó a Villate gobernador de la colonia.

Toussaint respondió al golpe de Estado enviando sobre Cap-Francais dos columnas al mando de dos de sus coroneles de confianza, uno de ellos Jean-Jacques Dessalines, que iba a ser el fundador de la república de Haití. El general Lavaux fue puesto en libertad y restituido en su cargo. Una vez en él, nombró a Toussaint lugarteniente de gobernador; de esa posición Toussaint pasaría de manera natural a la de gobernador cuando el desarrollo de los acontecimientos de Haití exigiera un hombre como él al frente de la vida militar y civil de la colonia. ¿Quién hubiera concebido que un negro que había sido esclavo hasta fines de 1791 llegaría en 1795 a ser lugarteniente de gobernador en la tierra donde la aristocracia terrateniente blanca hacia y deshacía a su gusto? Evidentemente, en ninguna parte, ni siquiera en la misma Francia, había llegado la Revolución francesa a provocar cambios tan radicales en tan corto tiempo.

El ejemplo de lo que estaba pasando en Haití mantenía conmovido todo el Caribe. En los mismos días del golpe de estado de Villate contra el gobernador Lavaux —esto es, en marzo de 1795— los mulatos de origen francés que había en Granada se levantaron contra la guarnición inglesa de la isla y pidieron colaboración a Guadalupe, que se hallaba, como sabemos, en manos de Víctor Hugues. El jefe de la rebelión de Granada era Julián Fédon, propietario mulato importante, que convirtió su plantación en el cuartel general de la sublevación. Desde allí salían los rebeldes a destruir propiedades inglesas, a matar a los amos británicos y a emboscar a los destacamentos enemigos. Hasta el teniente gobernador inglés de Granada cayó en manos de Fédon. Las autoridades inglesas pidieron ayuda a la isla de Trinidad, de donde les enviaron tropas españolas. Reforzados con esas tropas, los ingleses decidieron atacar a Fédon y éste les hizo saber que mataría a todos los prisioneros que tenía en su poder en el momento mismo en que un soldado enemigo pusiera un pie en Belvedere, que era el nombre de su propiedad. Las autoridades inglesas creyeron que Fédon hablaba para asustarlos, pero que no haría lo que había dicho, y atacaron Belvedere el 8 de abril. Al sonar los primeros disparos, Fédon cumplió su palabra; más de cuarenta prisioneros ingleses fueron degollados, entre ellos el teniente de gobernador, Ninian Hombe, y además de eso los atacantes tuvieron que retirarse después de haber sufrido fuertes pérdidas. La lucha continuaría en Granada durante más de un año, como se relatará a su tiempo.

Mientras tanto, en esos primeros meses de 1795 estaba hachándose también muy cerca de Granada, en la isla de San Vicente, el único lugar donde quedaban todavía indios caribes, los indios que dieron su nombre a toda la región y al mar que la baña. Emisarios enviados desde Guadalupe por el infatigable Víctor Hugues habían llegado a San Vicente para provocar la sublevación de los caribes contra los ingleses de la isla. Ya se sabe, y lo hemos explicado en este libro, que entre los indios caribes de San Vicente y los franceses de los territorios vecinos había nexos estrechos desde los días de Lonvillier de Poincy, de manera que los agentes de Hugues fueron oídos por los caribes y, curiosamente, no por los negros esclavos de la isla, que mantenían desde hacía tiempo un feudo con los caribes porque éstos los consideraban instrumentos de los blancos ingleses que les estaban quitando sus tierras. En la revuelta que se produjo, los negros se pusieron de parte de sus amos ingleses, pero esos amos quedaron malparados; los que sobrevivieron a los primeros ataques de los indios tuvieron que concentrarse en Kingstown —la pequeña capital de la isla, situada en la costa del sudoeste— y no salir de allí, pues el resto de la isla estaba en manos de los caribes, que destruyeron todas las propiedades inglesas y mataron a todos los amos que se pusieron a su alcance. También en San Vicente se seguiría luchando más de un año y también relataremos a su tiempo el final de esa lucha, que fue en verdad patético.

Santa Lucía tuvo que ser evacuada por los ingleses el 19 de junio. Lo mismo que en Granada y San Vicente, los emisarios de Hugues consiguieron levantar a la población francesa de la isla y los franceses a su vez obtuvieron la ayuda de los esclavos que se habían refugiado en los montes de Santa Lucía y se habían mantenido en ellos desde que la isla fue tomada por los ingleses el ; año anterior. Los ataques franceses fueron tan resueltos que a fines de mayo sólo quedaban en manos británicas dos puntos, I Castries y Morne Fortuné, en los cuales no podían sostenerse: largo tiempo. Así, al mediar junio la isla quedaba libre de ingleses.

En Dominica, en cambio, los acontecimientos tuvieron otro sesgo. También a Dominica llegaron los agentes de Guadalupe y también allí se levantaron los esclavos de los numerosos amos franceses que vivían en la isla, y casi todos lo hicieron bajo la jefatura de los amos mulatos; pero en Dominica los ingleses y sus esclavos, con la colaboración de los amos franceses blancos, aplastaron la rebelión. La victoria inglesa de Dominica acabó con varios franceses colgados en las horcas y con otros enviados a Inglaterra en condición de prisioneros.

Mientras se luchaba en Granada, San Vicente, Santa Lucía y Dominica, la agitación se propagaba como una epidemia por todos los sitios donde había esclavos y en algunos de ellos se producían rebeliones. Así, en Curazao estalló una revuelta en la que tomaron parte unos 1.000 esclavos, si bien no disponemos de información para saber cuánto duró ni cómo terminó. En el mes de mayo estalló otra revuelta en Coro, Venezuela, bajo la consigna de que debía establecerse "la ley de los franceses, la república, la libertad de los esclavos y la supresión de los impuestos". El levantamiento de Coro fue aplastado con una saña brutal; 105 negros fueron muertos en esa ocasión, la mayor parte de ellos degollados a sangre fría, y 25 fueron victimados "por no tener forma de mantenerlos con guardias en la cárcel11, según informó el jefezuelo que los hizo presos.

Ahora bien, sucedía que en Europa, donde Francia llevaba: la guerra contra España, Holanda, Prusia y los ingleses, los ejércitos franceses habían terminado el año de 1794 con victorias importantes, y en España los limitados, pero influyentes círculos de la burguesía, que comprendían cuál debía ser el papel de la burguesía europea ante la Revolución de Francia, querían hacer la paz y se movían en ese sentido. Eso, sin embargo, no era todo; pues algunos grupos de la pequeña burguesía española llegaron a hacer demostraciones públicas de simpatía por Francia y otros, organizaron conspiraciones republicanas en varios lugares del país. Las autoridades descubrieron varias de esas conspiraciones, una de ellas en pleno Madrid. Unos cuantos de los conspiradores de Madrid fueron condenados a la horca, pero se les conmutó la pena por la de prisión en América; a una parte de ellos les tocó ser enviados a Venezuela y allí siguieron conspirado a tal punto que formaron el germen de una importante conjura organizada a fines del siglo para establecer la república en aquel territorio. Esa fue la conocida conspiración llamada de Gual y España, que terminó con sus jefes en la horca.

Las victorias francesas y la actividad republicana dentro de España llevaron al gobierno español a entablar conversaciones de paz en el mes de junio (1795); ese mismo mes los franceses tomaban Irún, Fuenterrabía, Tolosa y San Sebastián; el 17 de julio tomaban Bilbao y el día 22 se firmaba la paz de Basilea. /En esa paz, la parte española de la isla de Santo Domingo quedó cedida a Francia, cosa que preocupó seriamente a los ingleses. Inglaterra tenía sus planes para la isla. Ocupaba en la parte francesa todos los puertos importantes, excepto Cap-Francaís y Port-de-Paix, en el norte; Tiburón, en el sudoeste; Jacmel y Saint-Louis, en el sur, y en el mes de mayo había nombrado un "governor of Saint Domingue", el mayor general sir Adam Wílliamson, que hasta ese momento había sido comandante en jefe de las fuerzas inglesas del Caribe con asiento en Jamaica.

Aunque la guerra la hubiera arruinado, Haití había sido una colonia muy rica, la más rica de todas las colonias azucareras del mundo, y a los ingleses no les sería difícil restaurarla en el esplendor que tuvo antes de 1791. Pero la conquista de Haití se -convertía en una tarea casi irrealizable y altamente costosa si los ; franceses disponían de la parte española de la isla, más grande, más montañosa, más fácil de defender que la parte francesa. El gobierno inglés, que quería evitar a toda costa el traspaso de la parte española de la isla a Francia, recordó que en el tratado de Utrecht España se había comprometido a no entregar ninguna de sus posesiones de América a ningún otro país, de manera que la cesión de la parte española de la isla de Santo Domingo no era válida desde el punto de vista inglés y éstos podían hacer valer su opinión a cañonazos porque seguían en guerra con Francia. Colocada en una situación difícil, España negoció con franceses [y con ingleses y como resultado de la negociación se llegó a un ^acuerdo; la parte española de la isla sería francesa de jure, pero de facto seguiría en manos de España y ni ingleses ni franceses la usarían como territorio en la guerra que estaban llevando a cabo.

La cesión de Santo Domingo a Francia y la decisión inglesa de no permitir que ese territorio pasara a manos francesas indican hasta qué punto era importante lo que sucedía en Haití. Ya dijimos que en lo que respecta al Caribe la tempestad que había desatado la Revolución francesa había establecido su centro en Haití. Y era lógico que sucediera así, pues era en Haití donde estaban presentes las más graves contradicciones del capitalismo, que se hallaba en ese momento histórico atravesando una crisis profunda de expansión y a la vez de transformación. El gobierno de París pudo haber pedido a España otra concesión de paz, pero pidió la parte española de la isla donde se hallaba Haití. ¿Por qué? Porque a pesar de que era un gobierno producido por la Revolución quería de todas maneras salvar su posesión haitiana debido a que mantenía la -ilusión de que Haití volvería a ser para la economía francesa lo que había sido antes de 1791. También los ingleses pensaban igual: Parece que está en la naturaleza humana proyectar hacia el porvenir las imágenes del pasado sin alcanzar a comprender que en el campo de los fenómenos políticos y sociales el pasado no admite restauraciones. En el caso de los franceses, ese error persistiría hasta provocar el formidable estallido que hizo fracasar a Napoleón en la tierra de Haití, caso que trataremos a su tiempo.

Los ingleses fracasaron también, pero en un plazo más corto, en cinco años, que fue lo que duró la ocupación británica de¡ varios puntos de Haití. Pero en el año de 1795 no creían que eso podía suceder. Perdían muchos hombres, eso sí, lo que sin duda les preocupaba. La mayor parte moría debido a las enfermedades, pero muchos morían también en combates contra las fuerzas de Toussaint y Rigaud. Ahora bien, lo que no podían esperar los ingleses era que se les atacara en su propia base del Caribe, laj isla de Jamaica. Y ahí fueron atacados; no por Francia, ni por los haitianos, sino por una fuerza más peligrosa, fluida, penetrante-e incontrolable que la de cualquier ejército enemigo, la fuerza de la revolución negra, que tenía en Haití un ejemplo estimulante y se expandía de manera inevitable hacia todos los sitios donde había esclavos y negros discriminados, aunque no fueran esclavos.

Los ingleses de las Antillas tenían verdadero talento para mantener divididos a los negros y a los mulatos; para darles a algunos de ellos funciones y categorías, que los colocaban por encima de las grandes masas esclavas, con lo cual usaban a unos negros contra otros; con ese fin formaban batallones de "black-rangers" y de "black shots" con negros libres y hasta con esclavos que compraban a sus amos. Siguiendo ese modelo llegaron hasta a organizar regimientos enteros, los llamados "West Indies Regiments".

Siempre que pudieran hacerlo sin riesgo de parecer débiles ante los esclavos, los ingleses evitaban usar crueldad con los negros, y en los casos en que debían aplicarla lo hacían con método y ceremoniosamente. Pero a veces su racismo era extremado. Por ejemplo, lord Lavington, que fue dos veces gobernador de las islas de Barlovento en el último tercio de ese siglo XVIII —el siglo revolucionario por excelencia—, no permitía que sus sirvientes negros usaran medias o zapatos y les exigía que se frotaran con mantequilla en las piernas a fin de que éstas les brillaran; además, no tomaba nada de las manos de un sirviente negro e inventó un aparatito que mandó hacer de oro, para coger lo que le llevaran sus negros sin tener que recibirlo de sus manos.

De todos modos, teniendo que sufrir demostraciones de racismo o tratados con una dureza benevolente, los esclavos de las Antillas inglesas eran explotados como los de cualquier otro lugar del Caribe. También ellos tenían que trabajar como bestias en la producción de azúcar, de algodón, de jengibre, de índigo, de café; también ellos tenían que someterse a la rígida disciplina que prevalecía en las islas de la esclavitud. Y como era lógico, aunque algunos combatieran a las órdenes de los ingleses contra sus hermanos de raza y de destino sublevados, otros iban a seguir el ejemplo de Haití; y eso fue lo que sucedió en Jamaica a mediados de 1795, aunque nunca llegaría a producirse allí una revolución de la categoría que tuvo la haitiana.

Ya se dijo en el capítulo IX de este libro que cuando los cimarrones de Jamaica dieron fin en 1739 a la larga guerra que habían hecho contra los ingleses desde que éstos ocuparon la isla en 1655, lo hicieron mediante un acuerdo en regla, y desde entonces vivieron como un pueblo que se distinguía entre los demás negros de la isla, especialmente se distinguía de los negros esclavos. Eran los "maroons", como se les llamaba en Jamaica y como se les llama todavía en 1968 a sus descendientes. En el acuerdo se les fijó como residencia un territorio en las vecindades de Trelawney Town, una villa que está en la parte central del oeste de la isla.

Pues bien, en el mes de julio (1795) sucedió que dos jóvenes cimarrones fueron acusados de sustraerle dos cerdos a un inglés blanco de Trelawney Town y se les condenó a recibir unos cuantos latigazos. Ahora bien, después de su acuerdo de paz con los ingleses los cimarrones habían colaborado varias veces con las; autoridades en la tarea de capturar esclavos prófugos, y ocurrió que a la hora de infligir a los jóvenes "maroons" el castigo del látigo se convocó a los esclavos del lugar, como se hacía siempre en Jamaica y en casi todos los territorios del Caribe, a fin de que presenciaran el castigo y les sirviera de ejemplo. Entre esos esclavos que estuvieron viendo el oprobioso espectáculo había algunos de los que habían sido capturados por los cimarrones en una que otra ocasión. Que esos esclavos prófugos, devueltos a sus manos por los cimarrones, presenciaran la humillación de-dos jóvenes de su comunidad, era algo que los orgullosos cimarrones no podían tolerar, y como no podían tolerarlo, comenzaron a mostrarse provocadores y a buscar pretextos para lanzarse, contra los blancos.

Cuando las autoridades de la isla se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo movilizaron fuerzas y a la vez movilizaron influencias de blancos de prestigio para que se llegara a un acuerdo con los cimarrones antes de que éstos se levantaran en armas, pero los cimarrones no se dejaban convencer. Había dos" puntos en los cuales no cedían: uno, que se reparara pública-' mente la humillación impuesta a los dos jóvenes castigados;^ otra, que se les cambiara el funcionario que desempeñaba el cargo de "superintendente de los cimarrones".

En ese momento —días finales de julio—, el gobierno de Jamaica estaba despachando tropas hacia Haití para reponer las muchas bajas que tenían los ingleses allí; el día 29 salían las últimas de Port-Royal, pero hubo que despachar a toda carrera un barco rápido para que transmitiera al escuadrón que se dirigía a Haití órdenes de desviarse y aportar en Montego Bay, que se halla situado a muy corta distancia hacia el noroeste de Trelawney Town, pues los cimarrones se habían declarado en rebeldía y estaban tratando de sublevar a los esclavos de la zona.

Cuando las fuerzas que iban destinadas a Haití llegaron a Montego Bay, el gobernador de Jamaica declaró la ley marcial y envió un ultimátum a los cimarrones: o hacían su entrega a las autoridades de Montego Bay a más tardar el día 12 de ese mes de agosto, y en ese caso serían perdonados, o su poblado sería incendiado y sus cabezas puestas a precio; y para hacer más convincente su ultimátum el gobernador les comunicó que se hallaban cercados por fuerzas muy superiores a las suyas y que por tanto sólo rindiéndose podían tener salvación.

Pero los cimarrones respondieron quemando ellos mismos su poblado y derrotando el propio día fijado para su entrega en Montego Bay a las fuerzas de caballería y a las milicias que los tenían cercados. Las bajas inglesas fueron numerosas, entre ellas el coronel jefe de sus tropas. Exactamente un mes después, los ingleses fueron derrotados de nuevo en los montes de Cockpit, al sur de Trelawney Town, y entre sus numerosos muertos tuvieron que contar también a su comandante.

Los dos fracasos alarmaron de tal manera a los blancos de Jamaica que la Asamblea Colonial ordenó la inmediata importación de perros cazadores de esclavos, que se usaban mucho en Cuba para perseguir a los esclavos prófugos, pero además de eso —lo que indica que no confiaban demasiado en los perros— puso en la dirección de las operaciones contra los "maroons" ¡nada menos que a un mayor general, George Walpole. El ejemplo de Haití era demasiado elocuente y los ingleses no estaban dispuestos a tener en Jamaica una segunda edición de Haití.

A mediados de diciembre llegaron de Cuba 40 expertos caza-[ dores de esclavos prófugos con cien perros entrenados en la repugnante tarea, y este episodio, mínimo si se quiere, y al parecer sin importancia, demuestra hasta qué punto los blancos de todo el Caribe estaban dispuestos a ayudarse entre sí para mantenerla institución de la esclavitud, tan peligrosa, pero tai? rentable, como se diría hoy.

Los cimarrones tuvieron que comenzar a entregarse a fines de diciembre debido a que las fuerzas inglesas fueron destruyendo sistemáticamente en la zona de la sublevación todo lo que pudiera servir para alimentar a los rebeldes, pero los últimos vinieron a rendirse en el mes de marzo de 1796. Casi 600 cimarrones fueron sacados de Jamaica y enviados a Nova Scotia, donde lógicamente morirían debido a los rigores de un clima de nieves al que no estaban hechos; los que sobrevivieron a los fríos de Nova Scotia fueron llevados a Sierra Leona, en África, hacia el 1800. Indignado por esa deportación en masa, el mayor general Walpole, que había obtenido la rendición de los cimarrones, se negó a recibir una espada de honor que la Asamblea de Jamaica decidió obsequiarle por el éxito que había tenido frente a los rebeldes.

Los cimarrones de Jamaica habían fracasado en su lucha. También fracasaron otros esclavos que se habían levantado en esos días en otros puntos de la región. Pero la historia había dado ya su veredicto: en el 1793, para los esclavos del Caribe había llegado el tiempo de la libertad.

Capítulo XVII

Nacimiento de la república de Haití

A la caída de los jacobinos, como era lógico que sucediera, comenzó a producirse en Francia un movimiento hacia lo que hoy llamamos la derecha, que fue ganando terreno hasta culminar en una sublevación de tipo realista; es la que en la historia de la Revolución se conoce por la fecha en que tuvo lugar, el 13 de vendimiario —5 de octubre de 1795—. Fue en los combates del 13 de vendimiario cuando el pueblo de París vio actuar a Napoleón Bonaparte, cuyo nombre venía distinguiéndose desde que participó decisivamente en el levantamiento del sitio de Tolón, dos años antes.

Al quedar pulverizada la conspiración realista en París con los combates callejeros del 13 de vendimiario, el reflujo político condujo al país hacia la derecha. Francia no iba a retornar, desde luego, al "ancien régime" que tuvo hasta la caída de Luis XVI, pero tampoco al gobierno radical de los jacobinos. Aunque ya la Convención Nacional no era la de Robespierre y Marat, seguía siendo un tipo de gobierno que sumaba todos los poderes y eso le parecía muy peligroso a la burguesía, que había acabado imponiéndose al país el 13 de vendimiario; de manera que se elaboró una nueva Constitución —la tercera en seis años— en la cual se estableció un poder ejecutivo de cinco miembros denominado el Directorio y uno legislativo compuesto de dos cámaras, la de los Ancianos y la de los Quinientos. Ese régimen iba a durar hasta el golpe de Estado del 18 de brumario —9 de noviembre de 1799—; después de ese día se constituiría el Gobierno del Consulado, compuesto por tres cónsules, y Napoleón Bonaparte, el autor del golpe de Estado, sería el primer cónsul, de hecho, el único que gobernaba el país; luego pasaría a ser cónsul vitalicio y por fin emperador de Francia.

La guerra con España había durado de marzo de 1793 a julio de 1795; fue, pues, una guerra limitada al tiempo de la Convención Nacional. Pero la guerra con los ingleses, que había comenzado bajo la Convención —el 1 de febrero de 1793—, duraría hasta marzo de 1802, cuando terminó con el tratado de Amiens —el día 27—; de manera que esa fue una guerra de la Convención, del Directorio y del Consulado. Como veremos en este capítulo, España, la vencida de 1795, se alió a Francia en 1796, es decir, bajo el Gobierno del Directorio, y mantuvo la guerra contra los ingleses hasta la paz de Amiens.

Debido a su trágico destino de frontera de los imperios, el Caribe seguía padeciendo los embates de la guerra, lo mismo si había luchas entre Francia y España o entre España e Inglaterra que si los beligerantes de hoy pasaban a ser aliados de mañana. Cualquiera que fuera la posición de un imperio europeo frente a otro, sólo podía haber paz en el Caribe si la había en Europa. Así, al entrar el año de 1796 se seguía luchando en el Caribe tanto como en el 1795.

En Haití se combatía contra los ingleses, que habían tomado los puertos principales del Oeste, y Julien Fédon seguía su guerra a muerte contra los ingleses en Granada.

En este último lugar los británicos quedaron reducidos, como dijimos en el capítulo anterior, a moverse sólo dentro de los pequeños límites de la villa de Saint George. El sitio de Saint George se prolongó hasta el mes de marzo, cuando los ingleses recibieron refuerzos suficientes para levantarlo, pero no para avanzar hacia el interior de la isla. Para eso hacía falta un contingente inglés más grande, y llegó en el mes de abril, cuando, Inglaterra colocó en el Caribe una fuerza realmente poderosa,' de mar y de tierra, bajo el mando del almirante sir Henry Harvey y del general sir Ralph Abercromby. Esa fuerza iba a actuar a fondo en las islas antillanas —con la excepción de Haití—, y en el caso de Granada lo hizo sin que Fédon pudiera ser derrotado. El jefe guerrillero se retiraba hacia los montes con dominio de sus hombres e iba dejando en el camino prisioneros ingleses degollados.

A fines de abril Abercromby se lanzaba sobre Santa Lucía y el día 27 desembarcaba tropas en Anse le Choc y Anse le Raye, las dos situadas en la costa del oeste. Al precio de bajas muy numerosas —más de 500 entre muertos y heridos—, los ingleses acabaron dominando los puntos claves de Santa Lucía en un mes de lucha, pero un número importante de franceses —blancos, mulatos y negros— se refugiaron en las montañas del interior y allí siguieron combatiendo con fiereza.

En San Vicente el año de 1796 había comenzado mal para los ingleses. El día de Reyes —6 de enero— los indios caribes les habían infligido una derrota costosa y se hizo peligroso salir fuera de la pequeña Kingstown. Pero en el mes de junio llegaba a San Vicente Abercromby en persona con fuerzas imponentes; en pocos días, mediante ataques furibundos, Abercromby consiguió levantar el sitio de Kingstown, e inmediatamente se lanzó a perseguir a los caribes con tanta dureza, que a mediados de julio se rindieron algunos grupos de ellos. Esos indios rendidos fueron sacados de la isla y llevados a las Granadinas; la mayor parte de sus compañeros, sin embargo, seguía luchando entre los ricos de San Vicente, el último baluarte de su raza en las Antillas.

Mientras tanto, el almirante Harvey había destacado la fragata Alarm, de 36 cañones, en el extremo sudeste del Caribe con la orden de que custodiara las aguas de la región e impidiera que llegaran a manos de los franceses de Granada, Santa Lucía y Guadalupe víveres, ganado o algún tipo de ayuda que el enemigo pudiera adquirir en Venezuela o Trinidad. Las embarcaciones que llevaban esas mercancías eran a menudo balandras de bandera española, pero a veces había alguna de bandera francesa; además, el incansable Víctor Hugues estaba dando en Guadalupe autorización de corso para que se atacara a los ingleses en esas aguas. De todos modos, con razón o sin ella, es el caso que la Alarm hacía presas españolas y francesas y parece que en ocasiones destruyó a cañonazos una que otra. En una ocasión una de las balandras fue perseguida hasta el puerto de Chaguaramas, en la isla de Trinidad, y los ingleses bajaron hombres a tierra para perseguir a los tripulantes. Se trató de un incidente muy confuso, pero según reportó a sus jefes el comandante de la Alarm, capitán Vaughn, después de lo que sucedió en Chaguaramas su buque entró en Puerto España y un grupo de sus hombres que bajó a tierra fue insultado y amenazado por unos cuantos franceses de los que se habían refugiado en Trinidad en los últimos años. Efectivamente, en Trinidad había muchos franceses, y sólo en Puerto España, a juzgar por el número que se incorporó a las dos compañías formadas por ellos para hacer frente al ataque inglés de 1797, debía haber más de 1.000 entre hombres, mujeres y niños. Una parte de esos franceses estaba en la isla desde que habían comenzado en las colonias de Francia las rebeliones contra los grandes blancos, y esos, lógicamente, debían ser realistas; pero otra parte había llegado después que los ingleses comenzaron sus ataques a las islas francesas de Barlovento, y ésos, según había informado a Madrid el gobernador don José María Chacón, eran en su mayoría mulatos y negros. De todos modos, es difícil afirmar que todos los que insultaron a los marinos ingleses fueran franceses, pero es el caso que el capitán Vaughn lo estimó así y bajó hombres armados para atacarlos. El incidente llegó a ser tan grave, que el gobernador Chacón tuvo que intervenir y reclamar respeto para la soberanía española, lo que evitó un combate que parecía inminente. No sabemos en qué fecha ocurrió el episodio, pero lo que sabemos es que ya en el mes de abril de 1796 el Gobierno español y el francés estaban firmando los preliminares de un tratado de alianza, y uno de los argumentos que usaban los españoles para justificar esa alianza con los que hasta el año anterior habían sido sus enemigos, era el insulto británico hecho a la bandera española en Trinidad. En realidad, lo del insulto a la bandera y todos los demás pretextos del Gobierno español para justificar su alianza con los franceses ocultaban la verdad de un fenómeno político, el de la lucha de los círculos burgueses de España contra el viejo orden social del país. La burguesía española se inclinaba a Francia y quería estar de su lado, pero el peso del viejo orden social español le frenaba. La burguesía tenía el poder político, pero era en realidad más débil que sus antagonistas; por eso la burguesía vacilaba en las horas de crisis y por momentos cobraba impulso y trataba de imponer sus inclinaciones usando pretextos tales como el del honor del pabellón ultrajado en Trinidad. Puede decirse que esa situación de avances y retrocesos del círculo burgués que gobernaba a España se reflejó nítidamente en el caso de las relaciones del país con la Revolución francesa y más concretamente en las negociaciones para llegar a la alianza de 1796. El tratado se firmó al fin en San Ildefonso el 18 de agosto (1796) y en una de sus cláusulas se especificaba que en el orden militar la alianza sólo tendría efecto contra los ingleses.

Mientras españoles y franceses negociaban el acuerdo que los uniría en la guerra contra los británicos, éstos se apresuraban a terminar la conquista y la pacificación de Granada, lo que pudieron conseguir sólo después de la desaparición de Julíen Fédon, el guerrillero indomable, cuyo cuerpo no se halló nunca. De los hombres que siguieron a Fédon en la lucha, muchos murieron ahorcados a manos de los vencedores; las tierras de todos los que combatieron del lado francés fueron confiscadas y los esclavos enviados a Belice. Algo parecido se hizo en Santa Lucía, pero los negros de Santa Lucía fueron llevados mucho más lejos, a África, de donde habían sido sacados sus padres y seguramente algunos de ellos mismos, y no precisamente para que hicieran un viaje de placer por las deslumbrantes islas del Caribe. En cuanto a los indios de San Vicente, los ingleses habían resuelto impedir de una vez para siempre que volvieran a sublevarse; así, en el año de 1797 —cuando se cumplían 305 años del Descubrimiento— reunieron a todos los que pudieron apresar —algo más de 5.000, ancianos sacerdotes, jóvenes guerreros, muchachas adolescentes, niños recién nacidos— y los llevaron a Roatán, donde murió un alto número, y después a Belice; y allí desapareció, internándose en los bosques, mezclándose con gentes de otras razas, el último resto de ese pueblo arrogante y bravío que dio su nombre al mar de Colón. Como era lógico que sucediera, pues para eso iban los blancos de Europa a hacer la guerra al Caribe, las tierras de los caribes de San Vicente fueron donadas o vendidas a bajo precio a los que se habían distinguido en la lucha para destruir el último bastión indígena de las islas antillanas.

La alianza francoespañola se mantuvo en secreto algo más de mes y medio, que era el tiempo indispensable para que España alertara a las autoridades de sus posesiones americanas; pero el 6 de octubre (1796) Carlos IV declaraba rotas las hostilidades con la Gran Bretaña. Menos de cinco meses después España recibía un golpe mortal en Trinidad, y en abril (1797) estaría siendo atacada en San Juan de Puerto Rico.

El enérgico Víctor Hugues —un personaje que merece un capítulo en la historia de la Revolución— alcanzó a conocer los planes de Inglaterra para atacar Trinidad y se los comunicó al gobernador Chacón al tiempo que le ofrecía ayuda en dinero, víveres y 1.000 hombres; y el cónsul francés en Puerto España, no sabemos si obedeciendo órdenes de Hugues, le ofreció a Chacón 800 fusiles que había a bordo de un barco francés que se hallaba en el puerto de la capital trinitaria.

Pero Chacón no hizo uso de esas ofertas. Quizá el gobernador de Trinidad se sentía fuerte debido a que en la bahía de Chaguaramas, a corta distancia al oeste de Puerto España, había un escuadrón de cuatro buques, parte de la flota de Aristizábal que se hallaba en el Caribe, y ese escuadrón, comandado por Ruiz de Apodaca, tenía unos setecientos soldados. Además de esas fuerzas, Chacón disponía de unos 2.500 hombres entre milicias criollas y dos compañías de franceses de los que vivían en Trinidad. Pero es el caso que las fuerzas de Chacón no podían enfrentarlas de Abercromby, que alcanzaron a 7.500 infantes, mientras la escuadra enemiga, bajo el mando personal de sir Henry Harvey, estaba compuesta por 13 naves de guerra y 30 buques auxiliares.

No se dispone de informes detallados sobre lo que pasó en la bahía de Chaguaramas cuando cruzó frente a ella, o entró en ella, la escuadra de Harvey, lo que sin duda debió suceder el 161 de febrero (1797); no se sabe si hubo combate o si al darse cuenta del poder inglés, Ruiz de Apodaca comprendió que no tenía la menor posibilidad de presentarle al enemigo una batalla naval. Lo que se sabe es que los barcos de Ruiz de Apodaca fueron quemados, por acción de los cañones ingleses o por órdenes del comandante español, y que a raíz de eso Ruiz de Apodaca se dirigió a Puerto España con sus hombres para decidir en tierra la suerte de Trinidad. Pero los marinos españoles no llegaron a combatir porque cuando los ingleses entraron en las aguas de Puerto España y comenzaron a desembarcar fuerzas —lo que sucedió en las primeras horas del 17 de febrero—, el gobernador Chacón pasó a los defensores la orden de retirarse sin ofrecer resistencia, y él mismo abandonó su palacio de gobierno y fue a refugiarse donde un amigo francés que tenía una plantación de azúcar en un lugar vecino de Puerto España.

Los ingleses entraron en la capital de la isla sin disparar un tiro, como en un desfile militar. Al llegar al palacio del gobernador, no hallaron allí ninguna autoridad; la única persona a quien pudo dirigirse Abercromby fue al cura de la ciudad, que 'Y estaba en el palacio. Mandado buscar por el general inglés, el gobernador Chacón retornó a la ciudad en la noche y al día siguiente firmaba la rendición de la isla, y con ella su entrega a un vencedor que había logrado una victoria sin combatir. Desde entonces —18 de febrero de 1797— Trinidad sería una posesión I inglesa, la segunda en tamaño de sus islas del Caribe. Con ella en su poder, Inglaterra se aseguraba el paso del Caribe al Atlántico hacia Barbados y la Guayana, lo que era muy importante desde el doble punto de vista militar y comercial.

Nunca antes, en toda la historia del Caribe, había sucedido nada igual. España podía ser derrotada, pero se batía siempre, y en Trinidad no disparó un fusil. Tal vez Harvey y Abercromby pensaron que podía suceder algo parecido en Puerto Rico, y comenzaron a preparar el ataque a esa isla, para el que estuvieron listos al mediar el mes de abril. El día 17 los vigías apostados en los puntos más avanzados hacia el este de la ciudad de San Juan anunciaban que estaba a la vista una escuadra de 68 velas, y las autoridades de Puerto Rico sabían a qué atenerse, pues esperaban el ataque inglés desde hacía algunos días. Y, efectivamente, se trataba de la escuadra de sir Henry Harvey, que después de la toma de Trinidad había estado aprovisionándose y reforzándose en Barbados. Los ingleses llevaban en esa ocasión más de 8.000 soldados, bajo el mando de sir Ralph Abercromby.

San Juan era una ciudad con un buen cinturón defensivo construido a base de fuertes que estaban dotados de suficiente cantidad de cañones y de pólvora; además, en ese momento disponía de unos cuatro mil hombres, la gran mayoría de ellos naturales de la isla, blancos, mulatos y negros, si bien sólo tenían experiencia de guerra algunos centenares, sobre todo españoles y miembros de la colonia de refugiados franceses. Pero desde el punto de vista de la capacidad para hacerles frente a los ingleses, lo más importante era que el jefe español, el gobernador don Ramón de Castro, tenía todas las condiciones que hacían falta para el caso: era resuelto, excepcionalmente enérgico y se había batido con los británicos en Pensacola.

Los ingleses comenzaron a desembarcar fuerzas en las primeras horas del día 18, todavía oscuro, después de un intenso cañoneo de preparación. El lugar escogido para desembarcar fue al oeste de la punta del Condado, a fin de avanzar hacia el caño de San Antonio y apoderarse del fuerte que defendía el puente de ese nombre. En ese punto los ingleses fueron detenidos por unos pocos centenares de los hombres del gobernador Castro, a pesar de que el ataque fue hecho con una fuerza muy superior; sin embargo, una columna enemiga que se había lanzado a la conquista del puente de Martín Peña forzó la retirada de los defensores, lo que a su vez dejó descubierta la retaguardia de los que se batían en San Antonio; al mismo tiempo, al avanzar de Playa de Cangrejos hacia el Sur y hacia el Oeste, los ingleses cortaban las comunicaciones de San Juan con el este de la isla de Puerto Rico.

El día 19 la situación aparecía difícil para los defensores de la plaza de San Juan, pero no era mejor para los atacantes. Con los accesos de San Juan hacia el Este en su poder, Abercromby no resolvía nada si Harvey no lograba penetrar en la bahía o si no se lograba formar una tenaza sobre la ciudad, desembarcando una columna hacia el oeste de la bahía. Todo el día 20 los ingleses estuvieron reconociendo la costa del oeste de la ciudad, probablemente buscando un lugar de desembarco, que no hallaron, o estudiando cómo efectuar una entrada en la bahía, maniobra que era impracticable dado el estado de defensa de la boca y su difícil acceso, aun sin defensas, para pilotos que no la conocieran.

El día 21 los ingleses fueron desalojados del puente de Martín Peña, lo que dejó sus líneas de aprovisionamiento en peligro; el 24 fueron atacados en su campamento de la playa de los Cangrejos, pero el 25, después de haber establecido baterías en las colinas del Condado, lograron asaltar la isleta de Miradores, dentro de la bahía de San Juan. El día 28 la batalla fue muy dura y sostenida de ambas partes a fuerza de artillería, con los ingleses usando la suya desde Miraflores y los defensores respondiendo desde la Puntilla. Mientras tanto, el gobernador Castro iba situando sus fuerzas en posiciones adecuadas para lanzar una ofensiva general por el Sur, el Este y el Noroeste. La ofensiva fue lanzada el día 29 a base de cuerpos volantes, de gran capacidad de movimientos, y se sostuvo sin descanso hasta el día 30. Abercromby se vio cercado y probablemente consideró que estaba siendo atacado por una fuerza superior a la que en realidad le atacaba. Su única vía de escape era hacia Cangrejos, donde fue reuniendo sus hombres bajo el fuego. Esa misma noche del 30 de abril (1797) el general inglés ordenaba el reembarque de sus tropas, que se hallaban a bordo de sus unidades cuando rompió el 1 de mayo. El día 2, a mediodía, la escuadra inglesa comenzaba a desfilar hacia el Este; al amanecer del 3, ningún vigía de la isla alcanzaba a ver una sola de sus velas.

Precisamente en ese mes de mayo de 1797 Toussaint Louverture era ascendido a general en jefe de las fuerzas de Haití, de todas las fuerzas, con lo que deseamos significar que también de las francesas que había en la colonia. Un negro, nacido esclavo, mandaba sobre militares blancos de Francia. Sin duda lo que había sucedido en Haití era asombroso. Al hacerse cargo de su nueva posición, Toussaint tenía a sus órdenes doce regimientos, diez de ellos de infantería y dos de caballería, cuyos jefes eran negros —siete—, mulatos —cuatro— y uno blanco. Los ingleses se mantenían en las plazas que habían ocupado, pero bajo la autoridad de un nuevo gobernador, el teniente general John Graves Simcoe, que había sido nombrado en sustitución del general Williamson, y Toussaint se ocupaba de ir destruyendo metódicamente, una por una, las bandas de antiguos cimarrones que operaban cerca de las posiciones inglesas, amparados por éstos; además, estuvo limpiando también de antiguos cimarrones la región de Mirebalais. Con un tacto político exquisito, "el primero de los negros" procuraba no entrar en lucha abierta con los ingleses, pero al mismo tiempo iba desalojando de los lugares que le separaban de ellos a los grupos negros que pudieran servirles de escudo si se hacía necesario combatir, y a la vez iba poniendo orden en su retaguardia. Los ingleses, que tenían contadas más de 20.000 bajas desde que comenzaron a operar en Haití, parecían no estar dispuestos a lanzarse a fondo a una guerra cuyos resultados se veían dudosos.

No sabemos en qué momento comenzó Toussaint Louverture a negociar la retirada de los ingleses, pero es el caso que el gobernador Graves Simcoe fue llamado a Londres y dejó como jefe dé las fuerzas británicas de Haití al brigadier general Thomas Maitland. Maitland, que sólo podía disponer de unos 2.500 hombres sanos en caso de emergencia, empezó a tomar nota de que Toussaint estaba situando muy cautamente un cordón de tropas alrededor de Port-au-Prince. Cuando Maitland calculó que las fuerzas de Toussaint podían ascender a unos 15.000 hombres, resolvió, con muy buen tino, que había llegado la hora de acordar una convención de evacuación honrosa para su bandera. En ese momento Graves Simcoe estaba obteniendo en Londres que su Gobierno enviara refuerzos a Haití. Toussaint, pues, había actuado oportunamente.

La convención para evacuar las plazas que estaban en manos inglesas se firmó el día 2 de mayo de 1789 y Toussaint entró en la capital" de la colonia el 15 de julio. Los ingleses alegaron a última hora que la convención firmada el 2 de mayo no incluía ni a las fuerzas que se hallaban en la Mole de Saint-Nicolás ni a las que estaban en Jérémie, lo que produjo una situación difícil entre Toussaint y el comisionado de Francia, el general Hédouville. La posición de Toussaint se hizo muy embarazosa ante Hédouville cuando los ingleses trataron de hacerse fuertes en Jérémie, cosa que no pudieron debido a que André Rigaud, desde el sur, y el propio Toussaint desde Port-au-Prince, movilizaron rápidamente fuerzas que convirtieron el plan inglés en irrealizable. Al fin los británicos evacuaron Saint-Nicolás el 13 de agosto, y Jérémie el 2 de octubre.

Así, al terminar el año de 1798, arruinada y convulsa todavía, pero con una tremenda capacidad para seguir luchando, la colonia francesa de Saint-Domingue estaba libre de soldados extranjeros y libre también de la esclavitud negra. Muchos de los emigrados que habían huido a Cuba, a Santo Domingo, a Puerto Rico y otras islas del Caribe, y sobre todo a los Estados Unidos, estaban retornando, quizá con la ilusión de que iban a hallar sus propiedades tal como las habían dejado o, por lo menos, que iban a reemprender la vida que habían hecho en los días anteriores a 1791. Pero el país no era ya el mismo ni volvería a serlo. Las tierras por donde pasa una revolución verdadera —y la de Haití había sido la revolución más profunda de América, puesto que la de los Estados Unidos no llegó a sus niveles sociales y raciales— son como aquellas donde se levanta inesperadamente un volcán: el paisaje no vuelve a ser lo que había sido. Entre la evacuación de Saint-Nicolás y la de Jérémie, el día 3 de septiembre (1798), para ser más precisos, una fuerza naval española comandada por el general Arturo O'Neil, gobernador de Yucatán, trató de forzar la entrada en el río Belice para desalojar a los ingleses que habían vuelto a establecerse allí, en violación de los acuerdos de la paz de Versalles. En ese momento había en Belice un navío inglés, que se había convertido en la base de una flotilla ligera organizada con embarcaciones de los cortadores de madera, pequeñas, pero rápidas y maniobrables. El escuadrón español, con sus naves pesadas, no pudo entrar en el río, y el día 6 se movió sobre Cayo Cocina con el propósito de desembarcar allí hombres, cosa que no pudo hacer porque se lo impidió la flotilla enemiga. El día 10, O'Neil ordenó echar hombres en Cayo Cocina a cualquier precio, pero resultaba que los estrechos canales que rodeaban Cayo Cocina, bordeados de arrecifes y de cayos minúsculos, no permitían que pudieran maniobrar los numerosos barcos que formaban su escuadra, y en cambio las embarcaciones pequeñas de los ingleses podían moverse con toda libertad y en situación de ventaja; tan ventajosa, que en la batalla de Cayo Cocina los ingleses no tuvieron una sola baja y, sin embargo, la ganaron sin la menor duda. Desde ese día —10 de septiembre de 1798— Belice pasó a ser definitivamente una posesión inglesa.

Para España la Revolución francesa estaba significando un descalabro en el Caribe. Cuando combatía a Francia había perdido la primera de sus posesiones del Nuevo Mundo, es decir, Santo Domingo o la tierra por donde había comenzado en 1493 la conquista de América; cuando pasó a ser aliada de Francia perdió la isla de Trinidad y el territorio de Belice. Mirando hacia atrás podía advertirse que cada paso produjo el siguiente; que el vacío de poder dejado por España en varios puntos del Caribe le dio a Inglaterra Barbados, las islas Vírgenes, las de Barlovento, Jamaica, y que desde esos puntos Inglaterra iba expandiéndose por la zona a expensas de España; que las mismas razones le proporcionaron a Francia también tierras del Caribe, y que al entrar en guerra en Europa, Inglaterra, Francia, España, una contra dos, dos contra una —como quiera que fuera la guerra—, la víctima en el Caribe era España, la que abrió las puertas de esa parte del mundo para Europa.

Trinidad y Belice quedaron en manos inglesas y, sin embargo, Santo Domingo, cedida a Francia, no había sido ocupada por ésta. Aunque España e Inglaterra se combatían en Europa y en el Caribe desde octubre de 1796, el statu quo de Santo Domingo se mantenía: francesa de jure, española de Jacto. Tanto en la parte francesa de la isla como en la que a pesar de todo seguía siendo gobernada por España, había comisionados franceses cuyas funciones eran las de resolver lo mejor posible los conflictos de autoridad que pudieran presentarse en los dos territorios y mantener a todo trance el statu quo. Pero esa situación iba a tener fin justamente al comenzar el siglo XIX, esto es, en los primeros días de enero de 1801.

Toussaint Louverture había pasado los últimos meses del 1798 haciéndole frente a la rebelión de uno de sus lugartenientes y negociando el establecimiento de relaciones comerciales y consulares con los Estados Unidos y con Inglaterra. Logró esto último en el mes de enero de 1799, aunque de manera parcial, puesto que el monarca inglés autorizó el comercio entre Haití y Jamaica, lo que era una medida sorprendente, dado que Inglaterra y Francia seguían en guerra y tanto Haití como Jamaica eran colonias de los dos países. En cierto sentido, pues, Londres reconocía a Toussaint como jefe de un Estado y eso era una novedad en las relaciones internacionales. Desde febrero de ese año de 1799 hasta mediados de junio, Toussaint estuvo dedicado a negociar un acuerdo con André Rigaud, que se mantenía en el departamento del Sur como jefe autónomo, y a partir de media dos de junio, al romper las hostilidades entre él y Rigaud, se mantuvo ocupado en esa guerra, que iba a terminar el 1 de agosto del último año de ese agitado y fecundo siglo XVIII, esto es, el 1800.

Toussaint había establecido en Haití un régimen duro para los antiguos esclavos; mejor dicho, excesivamente duro. Bajo su mando los negros de Saint-Domingue eran libres porque nadie podía comprarlos ni venderlos, pero no eran dueños de lo que producían y ni siquiera de su tiempo. La obsesión de Toussaint era levantar la economía de la colonia a los niveles anteriores a 1791, y como no tenía —ni podía tener— ideas del siglo XX, no sabía cómo resolver el problema de producir igual o más que en 1791 sin disponer de capitales, de técnica de producción, administración y distribución. A Haití no le quedaba de lo que había tenido sino dos cosas: los hombres y la tierra. Si se les daba la tierra a los hombres, a cada familia un pedazo, producirían sólo para vivir y probablemente para vivir mal. Eso lo sabía Toussaint, que había sido supervisor de cultivos en la "habitación" Breda. Había que producir para comer y para exportar; ésa era su idea. Y trató de sacarla adelante adscribiendo a los hombres a las antiguas propiedades y sometiéndolos a una disciplina de trabajo cada vez más dura que la que habían tenido antes de que Sonthonax proclamara su libertad en agosto de 1793. Los antiguos esclavos eran libres porque ya nadie podía comprarlos, venderlos, apalearlos o encerrarlos en calabozos privados, pero su régimen de trabajo se parecía mucho al de antes y su producción no era de ellos. El sistema estaba dando resultados económicos, puesto que efectivamente la colonia prosperó en relación con el bajo nivel a que había llegado en 1793 ó 1794.

La guerra del Sur no afectó la situación económica de Saint-Domingue, de manera que, una vez terminada, Louverture pudo dedicarle tiempo al problema que iba a ser el más importante de su vida. Se trataba de la ocupación de la antigua parte española de la isla, cosa que haría sin dar cuenta de sus propósitos a Bona-parte, que era en ese momento —y no debemos olvidarlo— el gobernante de Francia y el hombre más poderoso de Europa. En verdad, nunca se sabrán las razones verdaderas por las cuales Toussaint se jugó su destino —y jugó el de su pueblo— al extender su autoridad a la parte de la isla que había sido española. Por lo menos, no se sabe que él se las confiara a nadie ni en el secreto más riguroso. Puede presumirse que Toussaint era consciente de que Haití estaba expuesta a un ataque —como la atacaron Inglaterra y España— si mantenía al lado, en una situación indefinida, un territorio como el de Santo Domingo, donde cualquier ejercito podía establecer una base de operaciones para actuar en Haití. ¿O era, como se ha dicho, haciendo deducciones, que "el primero de los negros" planeaba establecer más tarde una república independiente en Haití y quería estar seguro de que cuando eso sucediera los franceses no podrían atacarlo a través de la antigua parte española?.

Nadie lo sabe. Pero es el caso que Toussaint se dispuso a hacerlo y buscó pretextos para actuar. Alegó que los amos de esclavos de la parte del Este estaban sacándolos del país y vendiéndolos en otros territorios del Caribe con el consentimiento del general Kerversau, que representaba en el Este al agente de Francia en Haití, y como este agente —Roume, que había sido enviado de nuevo a Saint-Domingue— no aceptara los alegatos, Toussaint lo hizo salir para Francia, lo que indica que estaba decidido a todo con tal de sacar adelante su propósito.

Así, al comenzar el mes de enero de 1801 —el día 4—, tras declarar que la isla era "una e indivisible", Louverture entró en Santo Domingo con dos columnas, una que envió por la región del Norte y otra por la región Sur. La última iba al mando de su sobrino Paul Louverture y con ella iba el propio Toussaint. La columna del Norte halló resistencia en dos puntos; la del Sur la halló en uno, al cruzar el río Nizao. Tanto las fuerzas del Norte como las del Sur derrotaron fácilmente a los que pretendían impedirles el paso y alcanzaron su destino; el de la primera era Santiago de los Caballeros, la villa más importante del Norte, y el de la segunda era Santo Domingo, la ciudad más antigua del hemisferio occidental, en la que Toussaint entró el día 26 de enero.

Si los amos de esclavos de esa parte que Toussaint había invadido podían venderlos era porque allí había esclavitud. Y la había. Dadas las circunstancias especiales en que se hallaba esa porción de la isla, en ella regían todavía las leyes españolas, y en los territorios españoles se conservaba el régimen de la esclavitud. Pero, además, se conservaba porque eso entraba en ciertos planes de Bonaparte a los que éste les daba una importancia singular y —como veremos pronto—, desde su punto de vista, tenían realmente importancia singular.

Toussaint, que no conocía ni podía conocer lo que estaba pensando Bonaparte, proclamó desde la ciudad de Santo Domingo la libertad de los esclavos, cosa que hizo el 7 de febrero; después tomó otras medidas administrativas y políticas, y en el mes de marzo retornó a Port-au-Prince, donde se dedicó a elaborar una Constitución en la cual quedaba designado gobernador vitalicio de toda la isla, con derecho a elegir sucesor.

En ese mismo mes de marzo, en el que Toussaint Louverture volvía a Port-au-Prince después de haber extendido su autoridad en nombre de Francia a la antigua parte española, los ingleses se lanzaron a conquistar la isla sueca de San Bartolomé. Eso sucedió el día 20; el 24, tras un ataque de alguna duración, tomaron la pequeña isla francoholandesa de San Martín; el 28 conquistaban Saint Thomas y Saint John, y cuatro días después, el 1 de abril, caía en sus manos Santa Cruz. Como se ve, el Caribe seguía siendo frontera imperial y, sin embargo, Toussaint actuaba como si fuera el gobernante de un país libre al que no podían afectarle las medidas que tomaran los imperios de Europa. Incidentalmente debemos decir que, en sus ataques de marzo de 1801 a las pequeñas islas del grupo de las Vírgenes, los ingleses usaron tropas negras, uno de sus "West India Regiment", y que un año después esas tropas se les rebelarían en Dominica.

La noticia de lo que había hecho Toussaint al tomar posesión de la parte este de la isla de Santo Domingo debió llegar a Francia a mediados de febrero. En ese momento, Bonaparte se hallaba dando los toques finales a una operación política de altos vuelos y a otra operación económico-política a la que él atribuía un valor excepcional. Y sucedía que la actuación de Toussaint ponía en peligro todo lo que él estaba llevando a cabo.

En el curso de la guerra, Francia había demostrado que ella era un poder incontrastable en la Europa continental, pero los ingleses habían demostrado que Gran Bretaña era la dueña de los mares y que con su dominio naval podía cortar en cualquier momento el comercio de Francia con sus colonias. Napoleón se daba cuenta de que para seguir siendo un país de primer rango en Europa, Francia necesitaba el suministro de los productos de sus colonias —así como venderles a esas colonias—, de manera que tenía que hacer algo para que Inglaterra devolviera a Francia las colonias del Caribe, que habían caído, casi en su totalidad, en manos inglesas. Era, pues, indispensable llegar a una paz con Inglaterra, pero eso requería que se hiciera antes la paz en la Europa continental, y Napoleón se hallaba dando los detalles finales al acuerdo de paz con el imperio austríaco cuando Toussaint tomó la antigua parte española de la isla de Santo Domingo. Ese tratado era la base para negociar la paz con los ingleses.

Ahora bien, uno de los puntos que Napoleón iba a usar en sus negociaciones con Gran Bretaña era, precisamente, el de la esclavitud. A su juicio, Francia e Inglaterra debían ponerse de acuerdo para evitar que siguiera propagándose en América la rebelión de los esclavos. Aunque Francia se hallaba en una situación difícil, puesto que en Haití se había proclamado la abolición de la esclavitud, Bonaparte podía llegar a ofrecer la restitución del sistema esclavista en los territorios franceses del Caribe, si era necesario. Y sucedía que a él le convenía que fuera necesario, porque la paz con Inglaterra se entrelazaba con un plan concreto que venía acariciando desde el año anterior: el de crear una vasta y rica colonia francesa en tierra continental de América del Norte, en la Luisiana.

A la vez que negociaba con Austria el tratado de paz que iba a firmarse en Lunéville en 1801 —precisamente en los días en que supo que Toussaint había ocupado la antigua parte española de Santo Domingo—, Napoleón estaba negociando con España la devolución de la Luisiana a Francia. Así, en octubre de 1800, los diplomáticos franceses ofrecían al Gobierno de España que Napoleón crearía un ducado de 200.000 habitantes para el duque de Parma a cambio de la Luisiana, y esa oferta había sido aceptada; poco después Bonaparte se comprometió a no entregar ni vender la Luisiana a ningún país que no fuera España, y después de haber firmado el tratado de Lunéville obtenía que España confirmara la cesión definitiva de Luisiana. Esto último sucedió el 21 de marzo.

Aunque ya se ha dicho, debemos repetir que en los territorios de España en América persistía la esclavitud, y por tanto persistía en la Luisiana; y la permanencia de la esclavitud era para Napoleón algo de extremada importancia, no sólo porque el tema entraba en sus planes para negociar con Inglaterra, sino porque él sabía que era imposible levantar una gran colonia sin esclavos.

Así, lo que Toussaint había hecho en Santo Domingo venía a destruir todo lo que Napoleón había proyectado sobre la base de mantener la esclavitud en unos lugares y ofrecer, por lo menos, su restitución en otros. En el orden político —la paz con los ingleses— y en el orden económico —la gran colonia de la Luisiana—, Toussaint había golpeado duramente a Bonaparte. ¿Cómo podría él desautorizarse a sí mismo diciéndoles a Inglaterra y a los capitalistas franceses, llamados a hacer inversiones en la Lousiana, que Toussaint Louverture, ese negro de Saint Domingue, había actuado sin su autorización y sin consultarle siquiera lo que pensaba hacer? Toussaint, pues, había herido a Napoleón en su parte más sensible, y la cólera de Bonaparte era como la de un dios que tenía en las manos el poder de lanzar rayos.

Esa cólera es lo que explica la palabra "bandidos" —brigands— usada por Napoleón contra Toussaint y sus principales jefes militares cuando se refirió a ellos en una carta al general Leclerc, pero es en sus planes sobre la Luisiana y en sus compromisos con Inglaterra donde hay que buscar la explicación para su orden de que se dejara "nula y sin efecto" la ocupación de la parte española realizada por Toussaint y la de que los esclavos de esa parte, declarados libres por Toussaint, fueran devueltos a su estado anterior, es decir, al de la esclavitud. Ese proceso seguiría su curso en escalada, la palabra puesta de moda por la guerra de Vietnam, hasta llegar a la ley del 30 de floreal del año X —20 de mayo de 1802—, con la cual se restableció la esclavitud en los territorios franceses del Caribe, aunque por razones políticas se dieron órdenes de que no fuera aplicada en Haití.

Después de haber obtenido la confirmación de la cesión de la Luisiana, Napoleón comenzó a negociar la paz con Inglaterra. Podemos presumir que necesitaba más que nunca esa paz a fin de tener las manos libres para aplastar a Louverture, puesto que esto no podía hacerse sin enviar a Haití una gran fuerza dado que Toussaint era un jefe militar capaz y obedecido por sus hombres; y el envío de una gran fuerza a Haití suponía correr el peligro de un ataque a la flota que llevara esa fuerza. Había una sola manera de evitar ese peligro: llegar a un acuerdo con los ingleses. Napoleón comenzó a tratar con ellos tan rápidamente que los artículos preliminares de la paz se firmaron en Londres el 3 de octubre (1801).

Ahora bien, mientras discutía los términos de paz, el primer cónsul estaba trabajando febrilmente en su plan de acabar con Toussaint, y acumulaba barcos, hombres, armas, impedimenta; reunía con su habitual energía los medios necesarios para aniquilar a aquel caudillo negro del Caribe que había osado poner en peligro sus planes políticos y económicos; y los preparativos debieron parecerle escandalosamente lentos cuando le llegó la noticia de que en el mismo mes en que sus representantes firmaban en Londres los artículos preliminares de la paz, los esclavos de Guadalupe se habían levantado y estaban destruyendo propiedades y matando amos blancos, tal como había sucedido en Saint-Domingue en 1791; en el desconcierto provocado por la rebelión el gobernador había sido depuesto y había salvado la vida porque huyó a tiempo y fue a pedir refugio a los ingleses de Dominica, lo que agregaba a la situación un detalle que ponía a Bonaparte y a Francia en ridículo.

En los planes de Bonaparte para actuar contra Toussaint debía entrar España, y aunque el Gobierno español rehusaba verse envuelto en los acontecimientos, Napoleón insistía como si se tratara de algo absolutamente necesario para asegurar el éxito de sus armas. Al final España tuvo que complacerle y enviar junto con la francesa una escuadra mediana, compuesta de cinco navíos, una fragata y un bergantín, al mando del almirante Gravina, cuyo papel sería observar los acontecimientos sin tomar parte en ellos. Otro tanto hicieron los Países Bajos, a los que Napoleón presionó con ahínco.

Un síntoma elocuente de la vinculación afectiva, no meramente política, del futuro emperador de los franceses con el plan de actuar en Saint-Domingue está en la selección del jefe de la operación. Este fue el general Víctor Emmanuel Leclerc, que era su cuñado, el marido de Paulina Bonaparte. Sin duda el general Leclerc era un militar brillante, que podía hacer un papel también brillante en Saint-Domingue; pero en el ejército francés los había tan buenos como él, y tal vez mejores. Napoleón lo escogió porque era un familiar. Es probable que en esto Napoleón actuara irracionalmente, guiado por emociones que no podía dominar. Bonaparte era la encarnación y además el líder indiscutido de la burguesía europea, y como encarnación y líder de su clase estaba reaccionando ante Toussaint, el antiguo esclavo que tomaba decisiones políticas llamadas a afectar económica y políticamente la posición de la burguesía francesa, como si le hubiera insultado personalmente; y dado que él no podía ir personalmente al Caribe a imponer su voluntad, enviaba a un familiar cercano. Sólo eso puede explicarla selección de Leclerc para mandar la gigantesca operación de Haití.

Leclerc fue nombrado capitán general de la colonia de Saint-Domingue al comenzar el mes de noviembre. La flota y los soldados estaban siendo reunidos en Brest, casi a la vista de la costa inglesa. La Ilota estaba compuesta por 35 navíos de línea, 15 corbetas, 26 fragatas y numerosas embarcaciones auxiliares y de transporte.

La fuerza de tierra era de 22.000 hombres, y con ellos iban los oficiales veteranos de las campañas de Saint-Domingue. Ahí estaban Donatien Joseph Marie Rochambeau, que había sido gobernador interino de la colonia en los días de Sonthonax y Polverel; Kerverseau, el antiguo representante de Francia en la parte española de la isla —que había sido derrotado por las fuerzas de Toussaint en el combate de Ñagá, a orillas del río Nizao, cuando “el primero de los negros" se acercaba a la ciudad de Santo Domingo—; los generales André Rigaud y Alexander Pétion, los caudillos del sur de Haití, que tenían muchos partidarios entre los mulatos y hasta entre los negros de la colonia.

La enorme flota salió de Brest a mediados de diciembre —el día 14— e iría a surgir en Samaná, una bahía situada al este de la antigua parte española, adonde llegaría entre los últimos días de enero y los primeros de febrero de 1802.

El plan de campaña era simple y, curiosamente, opuesto a las ideas estratégicas napoleónicas, que se distinguían por la inclinación a usar la mayor concentración de fuerza sobre un punto hasta romper la resistencia enemiga. En el caso de Haití el plan era que a la llegada a Samaná la flota se dividiría en escuadras y escuadrones y cada uno de ellos iría a tomar un puerto determinado, de manera que a un mismo tiempo los expedicionarios entrarían en todos los puertos de la isla que tenían valor militar. Aunque se esperaba que Toussaint no opondría resistencia, por lo menos en los primeros momentos, las órdenes eran tomar los puertos a sangre y fuego si no capitulaban a la vista de los buques. Una vez ocupados los puertos principales se despacharían columnas a los lugares del interior que tuvieran importancia desde el punto de vista militar. Cada comandante de escuadrón y cada jefe de columna había sido seleccionado previamente y cada uno llevaba instrucciones detalladas sobre lo que debía hacer. El general Leclerc se establecería en Cap-Francais y retendría consigo la mayor parte de las fuerzas —casi la mitad—, puesto que donde él estuviera estaría el cuartel general expedicionario. Al llegar a Haití, el nuevo capitán general de la colonia lanzaría una proclama asegurándoles a los antiguos esclavos que Francia garantizaba su libertad y entregaría a Toussaint una carta personal de Napoleón en la que se le pedía que colaborara con las fuerzas francesas a cambio de lo cual se le ofrecían honores y bienes.

En realidad, con todo su genio político, que era descomunal, Bonaparte no comprendía lo que estaba sucediendo en el Caribe. Para él aquellos negros de Haití y de Guadalupe eran seres primitivos y desordenados a quienes había que someter al orden sin demora y sin contemplaciones. El propio Napoleón había llegado a la posición que ocupaba a causa de que en Francia se había producido una revolución social, y sin embargo no alcanzaba a darse cuenta de que lo que estaba sucediendo en el Caribe era el resultado de esa misma revolución, con la diferencia de que en Haití y en Guadalupe la revolución era más profunda porque en esas islas los conflictos sociales habían sido también más profundos. Las luchas de Napoleón en Europa eran relativamente simples comparadas con las de Haití. Las de Europa se libraban en dos niveles nada más: el de la burguesía contra los restos políticos del capitalismo primitivo aliados a los restos económico-políticos del feudalismo, y el de las burguesías nacionales que combatían entre sí. Por esa razón en Europa había nada más, ajuicio de Napoleón, o gente rebelde al orden político, que provocaba guerras civiles, o naciones enemigas, que provocaban guerras, y en los dos casos había que usar contra ellos la fuerza. Pero en el Caribe —cosa de la que él no se daba cuenta, se luchaba en varios niveles: el social —esclavos contra amos—; el racial —negros contra mulatos y blancos—; el internacional —guerra contra los enemigos de Francia—. La decisión de aplastar a Toussaint y de restablecer la esclavitud en las colonias iba a agregar a la lucha haitiana otro nivel, el de guerra por la independencia, algo que Napoleón no podía prever, y sería entonces cuando estallaría de verdad el volcán de Haití, que hasta ese momento, aunque Napoleón no lo sospechara, sólo había estado echando humo y alguna que otra cantidad de lava... Debido a que no comprendía lo que estaba sucediendo en el Caribe, Napoleón iba a usar en Haití la violencia a toda su capacidad, y sucedería que como en los días de Sonthonax, la escalada de la violencia sería respondida con la escalada de la libertad.

Además de provocar en Haití la escalada de la libertad, Napoleón estaba hiriendo intereses que él no tenía en cuenta, como, por ejemplo, los de los Estados Unidos, Jefferson le había prometido al primer cónsul ayudarle a deshacerse de Toussaint, puesto que el ejemplo de Haití era peligroso para el sistema esclavista norteamericano, y comenzó a cumplir su promesa retirando el agente de su país en Port-au-Prince. Pero Napoleón había mantenido en secreto sus negociaciones con España sobre la Luisiana, y cuando Jefferson se enteró de que España había cedido a Francia la Luisiana comprendió que Haití iba a ser, necesariamente, la base desde la cual Napoleón llevaría a cabo la expansión del poder francés en la Luisiana, y una expansión del poder económico conllevaba la del poder militar. Al darse cuenta de eso, Jefferson dijo que su país no podía permitir que Nueva Orleáns estuviera en poder de Francia, y decidió ayudar a Toussaint en su lucha contra Napoleón autorizando la venta de armas, municiones y mercancías de guerra a los haitianos.

Cuando recibió los informes sobre el número de barcos y de hombres que tenía la flota francesa reunida en Samaná, Toussaint se hizo cargo de la situación y se preparó a combatir. Su comentario fueron estas palabras, simples y, sin "embargo, patéticas: "Francia entera ha venido contra nosotros, a vengarse y a esclavizar a los negros. Habrá que morir.

Sí, él moriría en la lucha, pero no Haití; sólo que él moriría sin la satisfacción de ver a su pueblo combatiendo por la libertad' y conquistándola. Pues sucedía que el régimen que Toussaint había organizado en Saint-Domingue no era lo suficientemente sólido para soportar sin derrumbarse el embate del poderío francés, y esa falta de solidez le costaría a Toussaint el poder y la vida.

El régimen de Toussaint era intrínsecamente débil porque pretendía mantener unidas, en una época de revolución, a las fuerzas sociales más opuestas; y así, quería satisfacer al mismo tiempo a los emigrados blancos y mulatos que habían retornado devolviéndoles sus propiedades pero no sus esclavos, y quería mantener la libertad de los negros y, sin embargo, los obligaba a vivir adscritos a las tierras de sus antiguos amos con una disciplina de trabajo tan dura, o más dura, que la que habían conocido en los días de la esclavitud. En el orden político, Toussaint quería ser libre en la isla de Santo Domingo —en toda la isla, no sólo en la parte francesa— y al mismo tiempo conservar el país como dependencia de Francia, lo que quiere decir que pretendía satisfacer a la vez a los que podían ser partidarios de la independencia total y a los que eran partidarios de que Haití fuera una colonia sumisa. Sólo debido a que su autoridad era muy grande podía Toussaint mantener esa situación de equilibrio, pero su autoridad iba a quedar disminuida, primero, y aniquilada, después, al llegar Leclerc, y al faltarle la autoridad le sería imposible mantener la unidad de los habitantes de Haití; cada clase social, y cada grupo de cada clase, actuaría de manera autónoma. En pocas palabras, el rosario que se mantenía unido por el hilo de la autoridad de Toussaint quedaría desgranado, y en ese momento Toussaint estaría perdido, pues sin un pueblo unido tras él no podría hacerle frente a Leclerc. La sociedad organizada por Toussaint iba, pues, a hacer crisis.

Y, efectivamente, hizo crisis. A la sola noticia de que Rigaud, Pétion, Chanlatte y otros generales mulatos llegaban con Leclerc, todo el Sur se levantó en favor de ellos. En cuanto a los jefes militares blancos que estaban a las órdenes de Toussaint en varios i; puntos del país, la mayoría se pasó inmediatamente al lado francés, con gran júbilo de los antiguos emigrados. En la ciudad de Santo Domingo, cuya conquista le fue encomendada a Kerverseau, Paul Louverture, el sobrino de Toussaint, jefe de la plaza, se rindió tras un combate en el que no hubo resistencia apreciable; Como era lógico, en algunos sitios los oficiales de Toussaint combatieron obstinadamente. Algunos fueron derrotados, como Magny y Lamartiniere en Leogane; otros resistieron más tiempo, como Maurepas en Port-de-Paix; otros actuaron con una decisión heroica, como Christophe, encargado de las defensas de Cap-Francais, que al recibir la intimación francesa para que rindiera la plaza contestó con estas palabras: "No entregaré esta ciudad, sino que la quemaré y aun entre sus ruinas combatiré contra ustedes." Y, efectivamente, le dio fuego a Cap-Francais.

Port-au-Prince cayó rápidamente en manos francesas, y Dessalines, que cumpliendo órdenes de Toussaint había incendiado Leogane, trató de hacer lo mismo con la capital, pero no pudo hacerlo debido a que su retaguardia fue atacada y derrotada por una columna de los hombres de Rigaud. En suma, Toussaint estaba perdiendo la guerra velozmente porque sus fuerzas o se pasaban al enemigo o se desbandaban o no podían hacer frente a las de Leclerc, y eso indica que el fondo social en que se apoyaba Toussaint no era firme, sino débil; no estaba unido tras él sino dividido. ¿Por qué estaba dividido? Porque su régimen no podía satisfacer todas las demandas de las fuerzas opuestas que convivían en la sociedad haitiana. Ciento sesenta y cinco años después de esa experiencia, el régimen de Ho-Chi-Minh, en Vietnam del Norte, pudo resistir durante años los ataques más poderosos y más brutales de la historia militar del mundo, sin que sucediera lo que pasó en Haití, gracias a que el pueblo vietnamita se mantuvo unido tras él. ¿Por qué? Porque su sistema de gobierno satisfacía las necesidades de toda la población, no meramente las necesidades económicas, sino también las políticas, las sociales, las intelectuales, las morales. Seguramente Toussaint fue un líder tan grande como Ho-Chi-Minh; los que no eran iguales eran sus tipos de gobierno. Esta diferencia, sin embargo, puede explicarse porque Toussaint vivió y actuó en el siglo XVIII —iba a morir al comenzar el XIX—, época en la que no era posible tener, y muchos menos aplicar, las ideas del siglo XX.

A pesar de que estaba perdiendo la guerra desde el primer momento, Toussaint no se rindió. Con Saint-Marc en manos de Dessalines y Gonaives en las de Vernet, dos hombres leales, "el primero de los negros” comenzó una guerra de guerrillas en la región sur del departamento del norte, esa región que él conocía tan bien como la palma de su mano, en la cual había sido el jefe indiscutido cuando decidió abandonar el servicio de España y entrar al de Francia, exactamente ocho años antes. En la guerra de guerrillas, para la que no estaban preparados, los franceses perdían hombres en cantidades alarmantes. Sin embargo, Vernet tuvo que abandonar Gonaives, y Toussaint se vio forzado a replegarse sobre la ribera derecha del Artibonite mientras dejaba a Christophe operando en el Norte.

Como había sucedido en la guerra anterior, la de 1802 en Haití y Guadalupe mantenía inquietos a los negros de las Antillas y de pronto repercutió donde menos podía esperarse, en el "West India Regiment" que los ingleses habían usado el año anterior en su ataque a las islas Vírgenes. Ese regimiento estaba en abril de 1802 de guarnición en Dominica, e inesperadamente, el día 9, estalló en sus filas una rebelión tan enérgica, que los ingleses no pudieron dominarla con fuerzas de tierra y tuvieron que cañonearlas posiciones de los soldados negros con artillería naval. La rebelión fue aplastada sin misericordia, al precio de más de cien soldados muertos.

Impaciente como siempre, Napoleón había escrito a Leclerc el 16 de marzo la carta en que llamaba bandidos a Toussaint, Christophe, Dessalines, y en que le ordenaba enviarlos al continente tan pronto les echara mano. El 27 de abril le escribía a Cambaceres, su compañero de consulado, diciéndole que había que restaurar en las colonias el Código Negro.

Toussaint tuvo que capitular ante Leclerc precisamente en esos días. La capitulación fue firmada el 6 de mayo (1802) y Toussaint se retiró a su propiedad de Ennery, cerca de Gonaives. En ese momento operaban por todo Haití bandas que se dedicaban a matar, quemar, destruir cuanto hallaban a su paso. Napoleón había desatado de nuevo los demonios de la guerra social que Toussaint había logrado adormecer, pero debía sentirse satisfecho porque aquellos a quienes llamaba "bandidos" estaban rindiéndose a sus tropas, y Toussaint —sobre todo, Toussaint— sería hecho preso el 7 de junio y despachado hacia Francia, cargado de cadenas, el día 15.

Mientras tanto, en Guadalupe la situación era parecida a la de Haití, si bien no tan grave. Napoleón había enviado desde Francia al general Richepanse, que iba dominando la situación, tal como iba dominándola Leclerc en Haití. Por una curiosa coincidencia, Richepanse moriría en Guadalupe antes de ver el fin de la rebelión, como iba a morir Leclerc en Cap-Francais cuando se iniciaba la etapa definitiva de las luchas de Haití. Richepanse murió el 3 de septiembre (1802) y Leclerc el 2 de noviembre. A Richepanse le tocó reponer la esclavitud en Guadalupe, dando así cumplimiento a la ley de 20 de mayo de 1802.

El artículo I de esa ley —puesta en vigor cuando todavía no se conocía en París la capitulación de Toussaint— indica que Napoleón estaba cumpliendo lo que había ofrecido a Inglaterra para llegar a la paz de Amiens. Decía ese artículo que en las colonias restituidas a Francia en ejecución del tratado de Amiens... se mantendrá la esclavitud de conformidad con las leyes y reglamentos anteriores a 1789". El artículo III era más revelador todavía: "La trata de negros y su importación en dichas colonias tendrá lugar de acuerdo con las leyes y reglamentos en vigor antes del indicado año de 1789", lo que en suma quería decir la reposición del Código Negro. Las palabras "trata de negros y su importación" estaban denunciando el interés de los tratantes ingleses de esclavos en los acuerdos que condujeron a la paz de Amiens. Sólo si vemos a través de esas palabras y del artículo I de la ley del 20 de mayo de 1802 lo que tenía Napoleón entre manos, podemos comprender qué clase de fuerzas concitó Toussaint contra él y contra su país cuando invadió la parte este de la isla de Santo Domingo.

Guadalupe no se hallaba incluida entre las "colonias restituidas a Francia en ejecución del tratado de Amiens" porque esa isla no había caído en manos inglesas; sin embargo, Richepanse puso en vigor la ley del 20 de mayo en Guadalupe antes de haber terminado la pacificación de la colonia, y, como es lógico, esa medida provocó un renacimiento de la rebelión. Alarmado por lo que podía suceder, Richepanse metió en la Cocard, una fragata que tenía a su disposición, unos cuantos centenares de negros a los que consideraba los más peligrosos y despachó la fragata hacia Cap-Francais. Fue uno de esos errores que hacen época. La llegada de los esclavos rebeldes de Guadalupe diseminó por todo Haití la noticia de que la esclavitud había sido repuesta en aquella colonia, y los negros haitianos dedujeron, con buena lógica, que iba a ser repuesta también en Saint-Domingue. Por eso —se dijeron— fue Toussaint hecho preso y deportado a Francia.

La fragata Cocard había llegado a Cap-Francais al comenzar el mes de octubre. Pues bien, el día 10 se declaraba en rebeldía contra Francia el general Clervaux, que era un jefe mulato prestigioso, y con la defección de Clervaux comenzó el desastre de Napoleón, en Haití, pues a él le seguiría Pétion, y Pétion era la segunda figura entre los mulatos de Haití.

¿Cómo se explica que la guerra de independencia, esto es, la fase final de las guerras de Haití, comenzara con la rebelión de dos jefes mulatos? ¿No habían sido ellos buenos servidores de Francia; no habían llegado los más renombrados con las tropas de Leclerc?

Pues se explica porque, como dijimos, Napoleón no comprendía lo que estaba sucediendo en el Caribe. Para él, lo que había habido en Haití eran guerras civiles, de carácter puramente político, no guerras sociales, y por eso en su carta del 16 de marzo a Leclerc llamaba a los negros y a los mulatos indistintamente, "autores de las guerras civiles", y pedía que fueran enviados todos al continente. Antes aun de haber enviado a Toussaint a Francia, Leclerc había hecho lo mismo con Rigaud; de manera que cuando llegó la hora final de la crisis de Haití, Clervaux y Pétion y los demás jefes mulatos se daban cuenta de que Francia los perseguía a ellos tanto como a los negros; por eso se adelantaron a Dessalines y Christophe en la lucha por la independencia de Haití. Así, puede decirse que fue Napoleón quien precipitó la transformación de las luchas sociales de Haití en lo que hoy llamamos guerra de liberación nacional.

Inmediatamente detrás de los jefes mulatos se lanzaron a la guerra Dessalines, Christophe y varios otros jefes negros de menor categoría. Se iniciaba el alud incontrolable de la revolución haitiana, y en ese momento —2 de noviembre— moría el general Leclerc de fiebre amarilla. Paulina Bonaparte se quedaba viuda y además en una tierra sublevada. Al saber la noticia, Napoleón comenzó a gritar: "¡Maldito azúcar, maldito café, malditas colonias!" Unos meses después, el 30 de abril, vendía a los Estados Unidos el territorio de la Luisiana, donde había soñado establecer la más vasta y rica colonia de Francia.

El lugar de Leclerc fue ocupado por el general Donatien Marie Joseph Rochambeau. Rochambeau conocía la vida de las colonias; había sido gobernador interino de Saint-Domingue y en propiedad de Martinica en la primera etapa de la Revolución; debía saber, pues, cómo comportarse en esa guerra revolucionaria que había estallado de pronto, en la que se mezclaban en grado altamente radicalizados los elementos de la guerra social, la racial, la civil, ahora estimulados por el miedo a retornar a la esclavitud y por la decisión de acabar con el poder francés en la colonia. Y, sin embargo, el general en jefe francés, de maneras de gran señor, pensó pacificar el país mediante el terror sin llegar a comprender que en ese terreno los antiguos esclavos irían más lejos que él. Así, sus invitados a una fiesta le vieron lanzar sobre sus propios esclavos perros feroces, que había llevado de Cuba, como los habían llevado las autoridades de Jamaica en 1795. Se conoce una nota de Rochambeau a vino de sus oficiales al que le mandaba unos cuantos de esos perros, en la que decía que no les diera alimento porque ellos se alimentaban con carne de negros.

El 7 de abril de 1803 moría en el castillo-prisión de Joux Toussaint Louverture, el único hombre que hubiera podido contener por algún tiempo el estallido haitiano, y en el mes de mayo Inglaterra y Francia rompían las hostilidades iniciando así una nueva guerra diecinueve meses después de haber terminado la anterior. La guerra repercutió inmediatamente en el Caribe y en Haití, pues la escuadra inglesa basada en Jamaica pasó en el acto a bloquear los puertos haitianos, de manera que Rochambeau no pudo recibir refuerzos, ni alimentos, ni medicinas, ni nada de lo que Francia podía enviarle para sostenerse.

El 21 de junio, los ingleses atacaron y tomaron Santa Lucía en cuarenta y ocho horas, y en menos tiempo aún tomaron Tobago el 1 de julio.

Para entonces las bajas francesas en Haití pasaban de 40.000. Día tras día, Rochambeau veía sus fuerzas disminuidas sin que pudiera reponerlas; día tras día, también, esas fuerzas iban replegándose hacia los puertos y abandonando el interior a los haitianos. Al terminar el mes de julio éstos atacaron y tomaron Jérémie, y al comenzar el de septiembre los franceses entregaban Saint-Marc a los ingleses; en octubre caían en manos haitianas Jacmel y Les Cayes. De manera que a fines de ese mes todo el Sur y todo el Oeste estaban libres de franceses.

Rochambeau se mantenía en Cap-Francais con 8.000 hombres, y hasta allí fueron a atacarlo Dessalines y los más altos jefes de Haití, que llevaban consigo 25.000 soldados a quienes hacían invencibles una sólida unidad afirmada en la decisión de hacer libre a su tierra. Dessalines, reconocido ya por todos los jefes haitianos, negros y mulatos, como el comandante general de Haití, lo había expresado con tres palabras: "Libertad o muerte."

La batalla de Cap-Francais comenzó el 18 de noviembre y los actos de heroísmo de los negros y los mulatos fueron tan impresionantes, que en un momento dado el general Rochambeau ordenó suspender el fuego y despachó un oficial con bandera blanca para llevar una felicitación suya destinada a un general haitiano cuya conducta en el combate le había llenado de admiración. Rochambeau, el de los feroces perros cazadores de esclavos, comprendió que con esos hombres no había nada que hacer y ofreció negociar la evacuación de Haití. Las negociaciones comenzaron inmediatamente y terminaron en pocos días. La guarnición francesa abandonó la ciudad sin un incidente y embarcó en una escuadra que estaba surta en el puerto; después de eso, el día 29, los vencedores entraron en la ciudad y el día 30 salían los buques franceses, que tuvieron que rendirse a la escuadra inglesa, de manera que Rochambeau y sus 8.000 hombres fueron llevados prisioneros a Jamaica. El 3 de diciembre embarcaba la guarnición de Saint-Nicolás, la última que quedaba en suelo haitiano, y solo uno de los seis buques en que iba pudo escapar a la persecución inglesa.

El 1 de enero de 1804 se lanzaba la proclama de independencia de Haití y con ella quedaba restablecida la segunda república de América y la primera república negra del mundo.

Para que pudiera producirse un acontecimiento como ése habían muerto más de 50.000 franceses sólo en la última guerra y más de 100.000 negros desde 1791; y el país había sido asolado y los que fueron sus amos —los amos de la tierra, los amos del dinero, los amos de las fábricas de azúcar y de ron, los amos de los hombres— yacían calcinados en las ruinas de sus hermosas casas o enterrados en los bordes de los caminos, y muchos —los más— morirían en la emigración, esperando hasta el último día la noticia de que ya podían volver a Haití porque Haití, al fin, había sido liberada de sus bárbaros tiranos negros.

Capítulo XVIII

En los umbrales de la gran conmoción

La guerra de Napoleón contra Gran Bretaña, que, como ya sabemos, comenzó en mayo de 1803, terminaría en mayo de 1814. En esos once años iban a acumularse las contradicciones europeas a tal punto, que provocarían cambios sustanciales en las lejanas tierras caribes. En algunos casos las contradicciones de los combatientes en Europa ayudaron a precipitar cambios; por ejemplo, la etapa final de las luchas de Haití recibió un impulso poderoso con el bloqueo de los puertos de Saint-Domingue, llevado a cabo por la escuadra inglesa.

La actividad de los ingleses en el mar de las Antillas no fue importante, en sentido general, durante el año de 1803; se redujo a la conquista de Santa Lucía y Tobago, a destruir una fuerza naval francesa en un combate que se llevó a cabo cerca de Guadalupe, a cañonear desde el mar la isla de Curazao y a bloquear los puertos de Haití. En 1804 fue todavía menor, puesto que lo único que hicieron —excepto las inevitables luchas de corso, que eran constantes en, el Caribe cuando había guerras— fue establecer una fuerza de unos 200 hombres con dotación de artillería en un islote elevado que había al sur de Martinica, en una posición que dominaba por ese lado el canal de acceso a Fort-de-France, nombre que se le había dado a Fort-Royal después de la decapitación de Luis XVI.

Sin embargo, el dominio casi absoluto del Caribe que tenían los ingleses, gracias a su indudable poderío naval, estaba llamado a trascender al campo económico e iba a afectar de manera profunda la vida de muchos pueblos de la región. Mientras Napoleón se empeñaba en que toda Europa se sumara al bloqueo de Inglaterra, los ingleses bloqueaban a Napoleón desde el Cari be y llegaron a anular prácticamente el comercio de la zona con Europa. Eso determinó, por ejemplo, que Europa no pudiera consumir azúcar de caña y tuviera que aplicarse a producir azúcar de remolacha; también determinó que los territorios del Caribe aumentaran sus relaciones comerciales con los jóvenes Estados Unidos, cuyos barcos tocaban sus puertos sin inconvenientes debido a que su país era neutral en la guerra franco-inglesa, excepto en el periodo comprendido entre junio de 1812 y diciembre de 1814, que correspondió al de la guerra de los Estados Unidos con Gran Bretaña. Cuando los ingleses tomaron e incendiaron la ciudad de Washington, numerosos corsarios norteamericanos pasaron a operar en aguas del Caribe, pero sólo atacaban, desde luego, barcos ingleses.

La guerra iba a afectar al Caribe también en otro sentido. Temerosos de que los esclavos de sus colonias en la región se les rebelaran mientras ellos estaban llevando a cabo su guerra a muerte contra Napoleón, los ingleses procedieron a declarar la abolición de la trata de negros —sólo de la trata, no de la esclavitud—, con vigencia a partir del 1 de marzo de 1808. La medida iba a tardar algunos años en ser aplicada porque los tratantes ingleses de esclavos, que formaban un grupo de mucho poder económico y fuerte influencia política, no aceptarían dócilmente la decisión de su Gobierno, pero tuvo efectos a largo plazo debido a que preparó el camino para la abolición de la esclavitud en los territorios ingleses, lo que sucedería en el año de 1834.

Al comenzar el 1805 Napoleón estaba empeñado en llevarla guerra a las propias Islas Británicas. Para ese fin había concentrado fuerzas enormes en Boulogne, esto es, frente a la costa inglesa del canal de la Mancha y en el punto donde éste es más estrecho. Pero para llevar sus ejércitos al lado inglés del canal, Bonaparte necesitaba tener a su disposición las escuadras de Francia y de España, y sucedía que los ingleses tenían bloqueados la salida de Brest, donde se hallaba la parte más importante de la escuadra francesa del Atlántico, y los puertos españoles donde se hallaba la española. Napoleón planeó distraer la atención de los ingleses haciéndoles creer que su flota del Atlántico había logrado salir y había ido a operar en el Caribe, con lo que esperaba que los ingleses dirigirían sus mejores fuerzas navales hacia las Antillas; y tuvo razón. El 11 de enero el almirante Edward Thomas Missiessy logró salir de Rochefort, es decir, del centro de la costa atlántica francesa, y se dirigió resueltamente al Caribe; mientras tanto, el almirante Fierre de Villeneuve salía de Tolón, la base naval de Francia en el Mediterráneo; el 24 del mismo mes se dirigió al estrecho de Gibraltar, lo cruzó y entró en Cádiz para unirse allí con la flota española que mandaba el almirante Gravina. Villeneuve y Gravina debían salir también hacia el Caribe, donde se les uniría Missiessy, y ya unidos todos volverían al Atlántico para romper el bloqueo de Brest y librar a la flota que estaba embotellada en ese puerto; una vez hecho esto, toda la fuerza naval francoespañola entraría en el canal de la Mancha, embarcaría las tropas acampadas en Boulogne y se dirigiría a Inglaterra.

Pero el grandioso plan napoleónico fracasó porque Villeneuve y Gravina no pudieron salir de Cádiz inmediatamente. Nelson, que comandaba la flota inglesa del Mediterráneo, se enteró de lo que estaban haciendo los enemigos, acudió a semi-bloquear el puerto de Cádiz y salió inmediatamente para el Caribe; no encontró allí la flota aliada y retornó a aguas europeas. Mientras tanto, Missiessy llegó a Martinica a mediados de febrero. Con su escuadra anclada en Fort-de-France y sin un plan de operaciones que ejecutar, se le presentó una ocasión de hacer algo cuando el gobernador le propuso conducir a Dominica unas tropas que debían tomar esa isla. Missiessy lo hizo y el 21 de febrero desembarcó en Dominica las fuerzas del general Joseph La Grange, que hallaron resistencia de los ingleses. La resistencia fue vencida y La Grange tomó Rousseau, la capital de la isla; sin embargo, los británicos no abandonaron Dominica lo que hicieron fue retirarse hacia el Norte y hacerse fuertes en la bahía de Prince Rupert. La escuadra de Missiessy bombardeó las posiciones inglesas de Prince Rupert, pero como su papel consistía en esperar a Villeneuve y Gravina para unirse a ellos y retornar a Francia, no hizo esfuerzos para conquistar Prince Rupert y se dirigió a Saint Kitts.

Mientras Missiessy navegaba de Dominica a Saint Kitts estaba sucediendo algo muy importante en la isla de Santo Domingo, en cuya porción occidental, como sabemos, se hallaba la República de Haití. Jean Jacques Dessalines, el gobernante haitiano, invadía en ese momento la antigua parte española de la isla al frente de unos 30.000 hombres que eran la mayor y la mejor parte de las fuerzas de Haití.

La guerra de independencia de Haití se había circunscrito a la parte de la isla que había sido tradicionalmente francesa, esto es, a la que se había llamado en el último siglo Saint-Domingue. No se comprende por qué los haitianos no llevaron esa guerra a la parte del Este, que era territorio francés desde 1795, por lo menos legalmente, y de hecho estaba siéndolo desde que tenía gobernador y soldados franceses. Esa parte del Este se hallaba mal guarnecida. Al producirse la capitulación de Rochambeau en Cap-Francais, en el este de la isla no había más de 1.000 soldados de Francia y prácticamente ninguna milicia del país. A los haitianos les hubiera sido fácil aniquilar ese pequeño número de enemigos. Pero quizá los ingleses, que tanta ayuda les dieron a los haitianos con su bloqueo de los puertos de Saint-Domingue, les pidieron que no atacaran la antigua parte española. Esto puede deducirse de ciertas relaciones sospechosas que tenía con los ingleses el general Kerverseau, gobernador de esa parte. Sea por lo que fuere, es el caso que al proclamarse la independencia de Haití el territorio de la que había sido posesión española quedó en manos de Francia, situación muy peligrosa para la recién nacida república negra, pues a pesar de la dura lección que había recibido en Haití, Napoleón no podía resignarse a dar por perdida la que había sido la colonia más rica de Francia.

Desde enero de 1804 el general Jean-Louis Ferrand había depuesto a Kerverseau —a causa precisamente de sus relaciones con los ingleses— y gobernaba la parte del este de la isla. Ferrand había llamado a los emigrados de Saint-Domingue que se hallaban en el Caribe para que acudieran a Santo Domingo y estaban llegando muchos de ellos; el cónsul de Francia en Cuba había ordenado a los franceses refugiados en esa isla que fueran a cumplir su servicio militaren Santo Domingo; además, Ferrand había puesto guarniciones fuertes en los puntos fronterizos con Haití y había decretado libertad para cazar y vender como esclavos a los haitianos que fueran cogidos en territorio de Santo Domingo. Des salines pensó que todas esas medidas anunciaban un ataque y decidió atacar él antes.

Los ejércitos haitianos entraron en la antigua parte española en dos columnas, una que tomó la ruta del Norte y otra la del Sur. La del Norte iba bajo el mando de Christophe y se dirigía a Santiago de los Caballeros, desde donde debería seguir a reunirse con Dessalines frente a la ciudad de Santo Domingo. Christophe halló resistencia al cruzar el río Yaque, a poca distancia de Santiago; la arrolló con facilidad, pero tuvo que combatir duramente después de haber cruzado el Yaque. Las pérdidas de los haitianos fueron altas, de unos 300 muertos, y las de los defensores mucho más altas. Entre éstas hubo que contar al jefe de la plaza, Serapio Reinoso, que, como todos sus hombres, era natural del país. Christophe había anunciado que si hallaba oposición para entrar en la ciudad tomaría represalias, y las tomó en exceso. Todas las personas llamadas en la época "'notables” fueron ahorcadas o muertas en sus hogares a tiros o a la bayoneta; se mató también a los que huían y se remató a los heridos de la batalla. Después de haber ejecutado las represalias el ejército de Christophe siguió su marcha hacia la ciudad de Santo Domingo.

Dessalines había hallado también resistencia en un punto llamado Tumba de los Indios, donde unos 300 soldados, bajo el mando de un coronel francés, quisieron impedir el paso del jefe haitiano hacia el Este. Dessalines barrió a los defensores de Tumba de los Indios, fusiló a los que tomó prisioneros, entre ellos el coronel jefe del destacamento francés, y el de marzo se hallaba acampado en las afueras de la amurallada ciudad de Santo Domingo. El día 7 llegó Christophe con sus tropas y comenzó el sitio de la capital de la antigua parte española de la isla.

El 5 de marzo se había presentado el almirante Missiessy en aguas de Saint Kitts. La población de Basseterre, y con ella toda la guarnición, se refugió en Brimstone Hill. Missiessy no pretendió atacar Brimstone Hill; lo que hizo fue despachar unidades de su escuadra a Nevis y a Monserrate, cuya población, como la de Basseterre en Saint Kitts, tuvo que pagar fuertes rescates para que Missiessy no destruyera sus propiedades. Mientras tanto, su escuadra apresó todas las embarcaciones inglesas que se hallaban en los puertos de esas islas o que navegaban por sus aguas. Estando allí recibió Missiessy noticias de lo que sucedía en Santo Domingo; inmediatamente reunió su escuadra y acudió en auxilio de Ferrand.

La llegada de Missiessy a Santo Domingo fue realmente providencial. La situación de los franceses sitiados y de la población que no había podido ser evacuada era en verdad muy difícil, tan difícil que no tenía posibilidades de salvación. Hacía ya tres semanas que las tropas estaban haciendo salidas desesperadas para romper el cerco; habían hecho salir hacia los campos vecinos a miles de habitantes y, sin embargo, no tenían ya provisiones para alimentar a los restantes y a la tropa; habían perdido muchos hombres en combates y escaramuzas, entre ellos un jefe del país de mucho prestigio, don Juan Barón. Ferrand esperaba el asalto definitivo de un momento a otro y sabía que no podría resistirlo, pues Dessalines tenía a sus órdenes 30.000 soldados. Y, efectivamente, el jefe haitiano había fijado ese asalto para el día 27. Missiessy se presentó a la vista de la ciudad el día 26.

La escuadra de Missiessy salvó a los defensores de Santo Domingo de un fin catastrófico, pues Dessalines temió que esos buques fueran parte de una flota y que el resto de esa flota estuviera dirigiéndose a Haití mientras él se hallaba con la mayor parte de las fuerzas haitianas y con sus mejores generales en Santo Domingo, y dio orden de levantar el sitio y salir hacia Haití.

La escuadra de Missiessy estuvo cañoneando las columnas de Dessalines cuando éstas pasaban por las vecindades de la bahía de Ocoa, lo que confirmó las sospechas de Dessalines; de ahí tomó rumbo hacia el sudeste del Caribe con la esperanza de hallar a Villeneuve y Gravina o de saber dónde se encontraban. Mientras tanto, Dessalines hacía su retirada destruyendo cuanto hallaba a su paso, quemando viviendas y matando animales; sin embargo, fue la columna de Christophe, que se retiraba por el Norte, la que hizo estragos, puesto que destruyó por el fuego casi todas las poblaciones de su ruta; en una de ellas, llamada Moca,-ordenó el degüello de todos los habitantes que se habían refugiado en la iglesia, y algo similar hizo en Santiago de los Caballeros; además, se llevó consigo en calidad de rehenes más de 3.000 personas, entre ellas mujeres y niños.

Villeneuve y Gravina, mientras tanto, habían salido de Cádiz en el mes de abril y navegaban hacia el Caribe, si bien sólo hay noticias de la llegada de Villeneuve a Martinica, lo que sucedió a mediados de mayo. Ya Missiessy se había ido a Francia, cansado de esperar a sus compañeros. El almirante Nelson tuvo noticias de la salida de Villeneuve y Gravina hacia el Caribe y sin perder tiempo se dirigió de nuevo a las Antillas.

Villeneuve decidió aprovechar su viaje a Martinica y se dedicó a la tarea de sacar a los ingleses del islote en que se habían hecho fuertes el año anterior, para lo cual estuvo bombardeándolo dos semanas. El islote se rindió el 2 de junio, y Nelson llegó a Barbados el día 4. Nelson estuvo quince días recorriendo el sudeste del Caribe en busca de la flota francoespañola y no pudo dar con ella porque había salido al Atlántico y retornaba a aguas de España, de manera que el almirante inglés fue a reaprovisionarse a Barbados y de ahí salió nimbo al Mediterráneo. Las flotas de Villeneuve y Gravina hicieron contacto con la inglesa del almirante Calder frente al cabo de Finisterre el 22 de julio, y allí estuvo a punto de decidirse la suerte de Inglaterra, pues Calder se vio forzado a retirarse con sus buques maltrechos; pero en vez de dedicarse a perseguir a los vencidos, como deseaba Gravina, Villeneuve entró en Vigo, de donde salió para ir a encerrarse otra vez en Cádiz; y ya se sabe lo que sucedió cuando los buques franceses y españoles salieron de Cádiz; fue ron vencidos por Nelson en Trafalgar el 21 de octubre (1805), y todo lo que Napoleón había acumulado en Boulogne para invadir Inglaterra quedó sin uso, por lo menos en suelo inglés.

La derrota de Trafalgar dejó a los franceses sin poder naval para atender a sus necesidades en Europa y en el Caribe. En el Caribe, desde luego, la fuerza de mar británica era muy superior a la de Francia. El 6 de febrero (1806), una escuadra inglesa al mando del almirante sir John Duckworth sorprendió un escuadrón francés de cinco navíos de línea en la ensenada de Palenque, tan cerca de la ciudad de Santo Domingo —hacia el Sudeste— que puede decirse que el combate se dio a la vista de la ciudad. Todos los navíos franceses, que se hallaban bajo el mando del contraalmirante Lessiegues, fueron o hundidos o capturados. De haber dispuesto de fuerzas terrestres, los ingleses hubieran podido tomar la ciudad ese día.

Sin embargo, en los planes británicos no entraba por el momento la conquista de territorios franceses. Inglaterra planeaba seguir dominando las aguas del Caribe y al mismo tiempo crearle perturbaciones a Napoleón a través de España, que era la aliada del agresivo emperador. Para eso Inglaterra contaba con Francisco de Miranda.

Miranda era el venezolano de más nombradla y mejores relaciones fuera de su país. Había roto hacía años con el régimen español; había viajado por toda Europa, por Rusia, por los Estados Unidos; había participado en la Revolución francesa y se había distinguido como general mandando tropas de Francia. Su actuación fue decisiva para que los franceses lograran la victoria de Valmy, que tuvo tanta trascendencia política. Fue él quien tomó Amberes y la Güeldres austríaca. Pero cuando Dumoriez se pasó al enemigo y provocó el subsiguiente desastre de Neerwinden, se acusó a Miranda de tener responsabilidad en esa derrota porque estaba al mando del ala izquierda francesa y no actuó como debió hacerlo. Acusado de traición, fue absuelto en mayo de 1793, pero ya estaba marcado, y además era girondino; de manera que al comenzar poco después la era del Terror fue perseguido y estuvo preso hasta la caída de los jacobinos. El Directorio le acusó de hallarse envuelto en una conspiración realista y se le condenó a vivir fuera de París. Miranda no acató la condena; retornó a París y reclamó que se revisara su proceso, con lo cual lo que consiguió fue que le hicieran otra acusación y le condenaran a deportación en la Cayena. Esa vez Miranda no pretendió seguir luchando para probar su inocencia; decidió salir de Francia y se fue a vivir a Inglaterra, donde había estado antes. Su fuga a Inglaterra tuvo lugar a principios de 1978.

Francisco de Miranda vivía obsesionado por la idea de encabezar una lucha que terminara con la independencia de los territorios españoles de América, de manera que en todos los países donde estuvo se esforzaba en hacer amistades con personas importantes para presentarles sus planes. A William Pitt, jefe del Gobierno inglés, se los había presentado en 1790, durante su primer viaje a Londres, y se los volvió a presentar en 1798. Pitt oyó a Miranda con atención, pero usó los proyectos del infatigable venezolano para insinuarle al Gobierno español que si no rompía con Bonaparte, Inglaterra le proporcionaría a Miranda medios para iniciar su lucha contra España. Miranda, que se dio cuenta de que estaba siendo utilizado por Pitt como instrumento político, se fue a Francia, donde, desde luego, era difícil que pudiera conseguir apoyo de Napoleón, que para entonces se había convertido en primer cónsul y necesitaba el respaldo español en su lucha contra Inglaterra. Así, Miranda volvió a Londres.

Cuando en mayo de 1803 se renovó la guerra franco-inglesa, y España entró en ella del lado francés, Miranda volvió a la carga sobre Pitt. Sin embargo, Pitt no podía ayudar a Miranda abiertamente en una acción contra Venezuela porque don Manuel Godoy, el jefe del Gobierno español, se mantenía en contacto con Pitt y le daba esperanzas de que en cualquier momento España rompería con Napoleón y haría la paz con los ingleses. Miranda se desesperaba y decidió irse a los Estados Unidos; pidió cartas de presentación para algunas personalidades norteamericanas y ayuda económica. Pitt ordenó que le dieran las cartas, 6.000 libras esterlinas y autorización para girar poruña cantidad igual. El tenaz venezolano llegó a Nueva York a principios de noviembre (1805) y al comenzar el mes de febrero de 1806 salía hacia las costas de Venezuela a bordo de la corbeta Leander. Iba a mandar, y a ejecutar él mismo, la primera expedición armada que tenía como destino iniciar la lucha por la libertad de un territorio español en América. Por esa razón, Francisco de Miranda es conocido en la historia americana con el título de El Precursor.

En su ruta hacia la costa venezolana del Caribe se le unieron a Miranda dos goletas que formaban parte de la expedición y habían salido antes que él de Nueva York. Eran la Bacchus y la Bee, que llevaban varios voluntarios norteamericanos. La pequeña flotilla se presentó frente a Puerto Cabello a fines de marzo, pero Miranda no pudo poner hombres en tierra y tuvo que retirarse a Trinidad. La Bacchus y la Bee fueron apresadas en el mes de abril por dos navíos españoles, el Celoso y el Argos, y los norteamericanos que fueron cogidos a bordo murieron en la horca.

Miranda no se desanimó con ese fracaso; se fue a solicitar ayuda de los ingleses de Trinidad y Barbados para organizar una expedición más fuerte. Mientras tanto, en esos días entró en el Caribe un escuadrón francés comandado por el contralmirante Villaumez, en el cual servía como capitán Jéróme Bona-parte, el hermano menor de Napoleón. Los buques franceses estuvieron navegando entre Saint Kitts, Nevis y Monserrat, dedicados a la captura de embarcaciones inglesas, pero no pasaron de ahí. Eso sucedía entre los meses de junio y julio. En agosto llegaba Miranda a la Vela de Coro, un poco al poniente de Puerto Cabello. Tenía en esa ocasión una flotilla de ocho goletas armadas y tomó fácilmente la ciudad de Coro, en la que permaneció diez días. En esos diez días sólo se le ofrecieron como voluntarios dos esclavos prófugos y una negra presa. Ante tan pobre adhesión, Miranda decidió retirarse y volvió a los Estados Unidos. Retornaría a Venezuela cuatro años más tarde en situación muy diferente.

Ya para ese año de 1806 las escuadras de Francia, España y los demás países que habían sido arrastrados por Napoleón a la guerra contra los ingleses no podían operar en el Caribe, bien porque carecían de suficientes buques, bien porqué las escuadras inglesas no le permitían alejarse mucho de las costas de Europa. Por la razón que fuera, Inglaterra era la dueña del mar de las Antillas. Para Inglaterra era ventajoso mantener su predominio en el Caribe a base de buques bien artillados y marinos competentes, puesto que no tenía necesidad de distraer fuerzas terrestres ocupando las islas ni tenía que verse envuelta en el complicado proceso político que conllevaba la ocupación de posesiones ajenas, en las que había "pueblos con otras lenguas, otros hábitos y sentimientos de lealtad y amor a países enemigos de Inglaterra. Pero sucedía que algunas de las islas francesas no ocupadas por los británicos, y especialmente las danesas y holandesas, se habían convertido en nidales de corsarios, y esos corsarios hacían mucho daño a los barcos de bandera inglesa, sobre todo a los más pequeños que se dedicaban a! tráfico entre islas cercanas. La situación económica de todo el Caribe empeoraba a medida que se prolongaba el bloqueo de Napoleón a Inglaterra y el que a su vez Inglaterra le hacía a Europa, y la desesperación lanzaba a la gente al corso. Una embarcación capturada —que debía ser necesariamente en todos los casos de bandera inglesa— llevaba siempre algo que vender o que comer, y la propia embarcación se vendía. El notable crecimiento de las actividades de los corsarios llevó a los ingleses a decidir que debían tomar, o por lo menos atacar duramente, todas las islas donde hallaban refugio los corsarios.

Así, el 1 de enero de 1807 cuatro fragatas, mandadas por el capitán Charles Brísbane, se presentaron frente a Curazao, cañonearon la ciudad de Willemstaadt y demandaron la rendición de la isla. La pequeña guarnición holandesa hizo alguna resistencia, pero al fin Curazao cayó en manos británicas. El día 25 de diciembre Saint Thomas y Saint John se entregaban sin combatir a la imponente flota del almirante sir Alexander Crochrane.

En esos días la situación europea se complicaba en forma alarmante. La crisis desatada por las guerras napoleónicas iba a entrar en un período convulsivo y el impulso de esas convulsiones se trasladaría al Caribe. Era inevitable que sucediera así, dada la condición de frontera imperial que tenía la región.

Napoleón se hallaba en estado de desesperación porque no podía asestarle a Inglaterra un golpe decisivo. El desastre de Trafalgar era una puñalada que le sangraba continuamente. La presión que se levantaba contra él en Europa le obligaba a ir de batalla en batalla, convirtiendo en aliados a los vencidos porque necesitaba aunar fuerzas para obligar a Inglaterra a sometérsele. Cambiaba el mapa europeo creando y deshaciendo reinos, federaciones, principados o ducados; consumía miles y miles de hombres y millones y millones de francos. Pero Francia no podía responderle ya como en los tiempos heroicos. España le había dado fortunas enormes y hombres, y sin embargo Manuel Godoy hacía tratos ocultos con Inglaterra, y Portugal se había negado resueltamente a sumarse a los países que estaban bloqueando a la Gran Bretaña. La larga y costosa lucha de la burguesía francesa por la conquista del poder había terminado precisamente al llegar Napoleón al Gobierno de Francia y había llegado la hora de dejarla que disfrutara de todo lo que podía ofrecer ese poder, pero Napoleón no le proporcionaba descanso, sino que le exigía más esfuerzos, más dinero, más soldados. Esa es la razón profunda de la crisis, sólo que Napoleón no alcanzaba a comprenderlo y les achacaba la responsabilidad de su situación a Manuel Godoy y a Carlos IV, en quienes no confiaba, y a Portugal, que se negaba a colaborar con él.

Parece que el emperador estuvo pensando adueñarse de España desde el 1806, pero después desvió el golpe hacia Portugal, y una vez que planeó tomar y desmembrar este país envolvió a España en el plan. España sería su objetivo final, y a fin de que los españoles no sospecharan lo que les esperaba y sobre todo para que no estuvieran en capacidad de evitarlo, pidió a Godoy fuerzas españolas para ser enviadas a Prusia. Godoy le proporcionó unos 20.000 hombres de infantería y caballería, y al hacerlo despojó al país de sus mejores tropas. Inmediatamente después, Napoleón comenzó a presionar a Portugal con sus maneras típicas de jefe que daba órdenes cuando debía pedir; así, le ordenó que rompiera hostilidades con Inglaterra, a lo que los portugueses se negaron; al comenzar el mes de septiembre repitió la orden, y en esa ocasión, junto con él. lo solicitó España; a fines de ese mes Portugal volvió a negarse, y el día 31 salían de Lisboa los representantes de Francia y España. Al mismo tiempo que presionaba a Portugal, Bonaparte negociaba rápidamente con España el tratado que después se llamaría de Fontai-nebleau, firmado en el palacio de ese nombre el 27 de octubre (1807).

Por medio del tratado de Fontainebleau, Bonaparte convertía a Godoy y a Carlos IV en cómplices del crimen de destruir Portugal, pero el jefe del Gobierno español y su rey no sospechaban que ese crimen les iba a costar el poder y la libertad. De acuerdo con lo pactado, Napoleón crearía en el norte de Portugal un reino para los reyes de Etruria, a quienes Napoleón había despojado de su corona. Este punto fue negociado por Godoy para contar con la aprobación de Carlos IV y de su mujer, Mana Luisa, a todo lo que se acordara en Fontainebleau, porque la reina de Etruria era la hija de los reyes españoles. La parte central de Portugal quedaría reservada, como tierra de nadie, para las negociaciones de paz con los ingleses cuando éstos fueran derrotados; Godoy pensaba que podía ser utilizada en trueque por los territorios españoles que se hallaban en poder inglés, como Gibraltar y Trinidad. Por fin, la parte sur de Portugal sería un reino para don Manuel Godoy, quien lo gobernaría con facultad para traspasarlo en herencia a un hijo. Tanto ese reino destinado a Godoy como el que se crearía para los reyes de Etruria serían en cierto sentido dependientes de la monarquía española. Por último, las colonias portuguesas se repartirían entre Francia y España, y coronando todo este edificio delirante, Carlos IV cambiaría su título de rey de las Españas por el de emperador de las dos Américas.

¿Qué quería decir ese título, qué significado tenían todas las promesas de Fontainebleau? En fin de cuentas, nada. Napoleón ofrecía a Godoy y a los reyes españoles reinos e imperios para mantenerlos hechizados, como al niño a quien se le hace creer que tendrá la golosina que le atrae, para que se estuvieran tranquilos cuando él comenzara a ejecutar su plan; y ese plan consistía en adueñarse de España.

A cambio de todo eso, ¿qué pedía Napoleón? Prácticamente nada; sólo que sus ejércitos tuvieran paso libre por España para atacar Portugal y que España participara en esa guerra con algunas tropas. El tratado de Fontainebleau se firmó el 27 de octubre (1807), pero Napoleón estaba tan seguro de que obtendría de España todo lo que deseaba, y era, además, tan impaciente, que la orden de marcha de esos ejércitos estaba firmada por él desde el día 17, y el 18 pasaron la frontera francoespañola por el río Bidasoa, aunque no avanzaron en territorio español. Después de firmado el tratado, esos ejércitos, mandados por Junot —que iba a ser poco después, gracias a la invasión de Portugal, ennoblecido por el emperador con el título de duque de Abrantes—, marcharon hacia Burgos, luego hacia Valladolid, de ahí a Salamanca; de Salamanca tomaron hacia el sur para entrar en Portugal por el camino de Alcántara. En esta última ciudad se les unieron fuerzas españolas.

Los reyes de Portugal habían esperado hasta el último momento que Napoleón cambiara de parecer, pero cuando sus tropas y las de España cruzaron la frontera decidieron dejar el país, cosa que hicieron el 27 de noviembre. Así, la corte portuguesa se trasladó en pleno a Brasil y se estableció en Río de Janeiro, con lo cual quedó a salvo el imperio portugués de América, África y Asia. Ese movimiento conduciría, pocos años después, a la independencia del Brasil, pues cuando Portugal quedó libre y sus reyes retornaron a Lisboa en 1821, el enorme territorio que había sido asiento del trono durante nueve años no podía volver a su antigua condición de virreinato, de manera que quedó gobernándolo como regente el príncipe Pedro de Braganza, y un año después él mismo proclamó la independencia y pasó a gobernar el país con el título de emperador.

Ahora bien, como éste es un libro cuyo tema es el Caribe en tanto frontera donde chocaban los imperios que se debatían en Europa, no tiene interés para el lector lo que sucedió en Portugal ni en el Brasil; lo que debe interesarle es el segundo tiempo del plan que estaba ejecutando Napoleón en la península Ibérica, pues esa segunda parte iba a llevarse a cabo en España y España seguía siendo el país europeo con más dependencias en el Caribe.

España tenía sus mejores tropas en Prusia; de las que le habían quedado, una parte había entrado con Junot en Portugal y otra parte pasó a ocupar el norte del país invadido, esto es, la región que estaba destinada a ser convertida en reino para los despojados reyes de Etruria. Napoleón había dejado a España desguarnecida, de manera que su propósito oculto —la ocupación del país— iba a ser de fácil realización.

Con su rapidez característica, el emperador puso en marcha la parte final —y decisiva— de su plan. Así, en el mes de diciembre entró en España un ejército que se estableció en Valladolid, y en enero de 1808 envió uno de 30.000 hombres que se instaló en Burgos; en febrero designó su lugarteniente en España al mariscal Joaquín Murat, marido de Carolina Bonaparte y, por tanto, cuñado del emperador, y al finalizar ese mes sus tropas ocupaban Barcelona y Pamplona. Súbitamente, cuando ya tenía 100.000 hombres en España, Napoleón pidió que se le diera a Francia todo el territorio español situado al norte del Ebro, con lo cual pretendía borrar de un plumazo la gigantesca frontera natural de los Pirineos. Fue entonces cuando el Gobierno español se dio cuenta de que la ocupación de Portugal, a la cual había él contribuido, había sido sólo un pretexto para convertir España en dependencia francesa.

La situación no podía ser más trágica. Napoleón ocupaba todo el flanco portugués de la Península y además la región del norte, desde el Atlántico hasta el Mediterráneo. La llanura de Castilla estaba abierta a sus tropas. Y eran ¡os reyes de España y su jefe de Gobierno, Manuel Godoy, quienes habían conducido el país a ese estado de cosas. En vez de emperador de las dos Américas, Carlos IV se había convertido en un juguete en manos de Napoleón. No parecía haber una salida de la trampa en que habían caído España, Godoy, los reyes. Pero los Braganzas de Portugal habían dado un ejemplo y Godoy y los reyes decidieron seguirlo: también ellos se irían a América.

Ahora bien, todo lo que estaba sucediendo era el resultado de una cadena de crisis que se originaban, a su vez, en la crisis más amplia de la sociedad europea. Napoleón concibió y ejecutó su movimiento sobre España porque él mismo era juguete de esa crisis europea, que había llegado a su culminación con la con-quista del poder por parte de la burguesía francesa; colocado en una situación desesperada frente a Inglaterra, el emperador había desatado a su vez la crisis nacional de España, así como había desatado ya tantas en Europa. Y sucedía que esa crisis particular de España iba a estallar, como una bomba potente, en las manos de Napoleón.

El círculo burgués que gobernaba en España desde los tiempos de Felipe V había sido siempre, como hemos dicho antes, más débil que las fuerzas sociales tradicionales del país; pero se mantenía en el poder porque había tenido durante todo el siglo XVIII y lo que iba del XIX el favor de los Borbones. Sin embargo, ese círculo había ido perdiendo en los últimos años prestigio y, por tanto, autoridad ante el pueblo español, precisamente debido a la violencia con que procedía Napoleón. En marzo de 1808, cuando el emperador de los franceses reclamó todo el norte del país para Francia, ese círculo no tenía ya fuerzas para sostenerse en el Gobierno; se hallaba en un proceso de atomización, porque una parte de sus miembros pensaba que con Napoleón llegaban a España las libertades y el progreso europeos, y otra parte de sus miembros —sobre todo aquellos que habían sido perjudicados por las actuaciones de Godoy— creía que Napoleón llegaba a España a sostener en el poder a Godoy y a su camarilla, lo que parecía razonable porque Godoy, y con él los reyes, aparecían a los ojos de todo el país como los partidarios más apasionados del emperador.

Esa debilidad del círculo burgués español provocaba el fortalecimiento de las poderosas fuerzas tradicionales de la sociedad española, que parecían sometidas a la voluntad de los que gobernaban, pero que nunca habían sido destruidas en el siglo y pico de gobierno de los Borbones. Con el aumento de la oposición al círculo burgués, la vieja sociedad española se lanzaba a luchar por el poder. Los síntomas de esa lucha podían apreciarse desde algún tiempo. El más elocuente de esos síntomas se había producido el año anterior; fue la llamada conjura de El Escorial, descubierta un día después de la firma del tratado de Fontainebleau, esto es, el 28 de octubre (1807). Lo que se deduce de los documentos de la época es que un grupo de la antigua nobleza española, encabezado por su tío el duque del Infantado, usó a Fernando, príncipe heredero, muy joven y bastante débil de carácter y de cabeza, en un plan para sacar a Godoy del Gobierno; pero Godoy se las arregló para convencer a los reyes de que los conjurados se proponían, con la aprobación de Fernando, destronar al rey y envenenar a la reina.

El complot de El Escorial sería un episodio sin importancia, aunque lamentable, en la historia de España, tan rica en acontecimientos trascendentales, si no hubiera sido por las fuerzas sociales que operaban tras él. Gracias a ese episodio, la vieja nobleza española y la aportación de la burguesía que se oponía a Godoy presentaron al príncipe Fernando ante la opinión del país como el caudillo del antigodoysismo, y precisamente lo que estaba necesitando la vieja nobleza para dar la batalla al círculo burgués que tenía el poder desde hacía más de un siglo era sólo eso, un caudillo que pudiera hacerse popular rápidamente. Godoy cometió en ese momento un error táctico que tendría para él y para su grupo consecuencias fatales; hizo que el rey le diera publicidad al episodio de El Escorial mediante un manifiesto que se publicó el 30 de octubre, de manera que el país entero supo lo que había sucedido en El Escorial y lo redujo a esta simple idea: el príncipe heredero es enemigo de Godoy y de los reyes, qué sostienen a Godoy. Además, el príncipe salió victorioso de la lucha contra Godoy, porque el 5 de noviembre el rey publicaba un decreto en que lo perdonaba.

Las fuerzas sociales del país estaban enfrentadas ya en campo abierto cuando se supo que, ante las exigencias de Napoleón, los reyes se preparaban a abandonar España para refugiarse en América; y se hallaban enfrentadas de este modo: el círculo burgués, dividido, y los círculos tradicionales, unidos. La noticia del viaje de los reyes alarmó al pueblo y, por tanto, lo convirtió en terreno abonado para cualquier agitación bien dirigida, y los círculos tradicionales supieron organizar la agitación; la concibieron y la llevaron a cabo como una operación destinada a aplastar a Godoy sin tocar a los reyes; su punto culminante sería lo que se conoce en la historia española como el motín de Aranjuez, que tuvo lugar el 17 de marzo de 1808.

Aranjuez era una villa donde los reyes de España se retiraban a descansar, que se halla situada a poca distancia de Madrid. Godoy tenía una casa en Aranjuez, y esa casa fue asaltada por una muchedumbre en la que había mucha gente llevada desde Madrid por los autores intelectuales del asalto. Todo lo que había en la casa fue destrozado, y Godoy, golpeado de una manera brutal, salvó la vida porque logró esconderse en los sótanos. Estuvo escondido treinta y seis horas, sin comer ni beber. Para darle un toque maestro a la conjura, los organizadores del asalto obtuvieron del rey y de Fernando que fuera éste —es decir, el caudillo del antigodoysismo— quien le sacara de los sótanos y le ofreciera garantías, lo cual presentaba al príncipe a los ojos del pueblo español, que sabe admirar la nobleza de carácter, como un hombre de alma grande. Pero desde luego, al salir de su escondite, con la ropa destrozada, el rostro lleno de cardenales, envuelto en un manto roto, dando, en fin, la impresión de que era un mendigo y no un favorito real todopoderoso, Manuel Godoy estaba liquidado políticamente para el resto de sus días. Siguiendo su plan, los autores intelectuales del motín de Aranjuez obtuvieron que Carlos IV abdicara a favor de Fernando, lo que hizo el rey el día 19.

Desde el punto de vista del arte de la política, el motín de Aranjuez fue un golpe magistral de lo que hoy llamaríamos la extrema derecha española. El pueblo, que había sido el instrumento en esa acción, creyó que estaba sirviendo a una causa patriótica y, por tanto, justa, y no se daba cuenta dé que estaba sirviendo a los intereses de núcleos sociales que lo usaban en su lucha contra los círculos burgueses. En una hábil maniobra de escamoteo de la verdad, esos núcleos habían logrado crear un centro de atracción exaltando a Fernando al trono y al mismo tiempo habían logrado hacerse seguir del pueblo. Puede alegarse que el pueblo, sobre todo en una época como aquélla, es fácil de engañar; pero es el caso que también fue engañada una parte de la burguesía, que creyó seriamente que Fernando VII iba a ser un rey progresista, partidario de las ideas burguesas, que eran las más avanzadas entonces; y lo creyó más cuando Fernando llamó a su lado a algunos hombres del círculo burgués y prohijó algunas medidas que parecieron liberales.

Napoleón Bonaparte tenía planeado todo lo que debía hacer tan pronto los Borbones fueran echados del trono, pues a él no le quedaba la menor duda de que serían echados. De acuerdo con esos planes, en España reinaría un Bonaparte, no un Borbón. Así, en el mes de febrero le había ofrecido la corona española a su hermano José, pero éste no la aceptó porque Napoleón se la daba a cambio de que entregara a Francia todo el territorio español situado al norte del río Ebro, tal como había reclamado de Carlos IV. Murat debía conocer de antemano las ideas de Napoleón, puesto que envió rápidamente un mensaje a Carlos IV ordenándole que declarara nula y sin efecto su abdicación. Carlos IV hizo la declaración el 21 de marzo, pero no tuvo efecto alguno porque su hijo Fernando había nombrado ya un ministro y había comenzado a reinar.

Fernando VII entró en Madrid el día 29, en medio de un júbilo popular delirante, algo que no se había visto antes en la capital de España; pero Murat le hizo saber claramente que no lo reconocería como rey, y además el embajador que envió ante Napoleón no fue recibido por éste. En ese momento el emperador estaba ofreciendo el trono de España a su hermano Luis, rey de Holanda, y sucedía que Luis, igual que José, rechazaba la oferta. Entonces fue cuando el impetuoso vencedor de Austerlitz y Jena decidió acabar de una vez y para siempre con los Borbones en España, aunque España se quedara sin rey. Esta última, parte de su plan español podía resumirse en pocas palabras: hacer presos a los Borbones, Carlos, María Luisa y Fernando, costara lo que costara. Pero por alguna razón, tal vez porque el pueblo español había demostrado en el motín de Aranjuez qué era peligroso, no quería echar mano a la familia real en España y se propuso llevarla sin violencias a Francia. Para vigilar la situación española, él estaba en Bayona, a corta distancia de la frontera, y allí esperaría a los Borbones.

Anunciando que viajaría a España, Napoleón invitó a Fernando VII a encontrarse con él en Burgos. El joven rey español y sus consejeros sabían que en última instancia su corona dependía de Napoleón; así, el rey salió para Burgos, pero no encontró allí al emperador. Se le dijo que lo hallaría en Vitoria y avanzó hasta Vitoria, sólo para enterarse, al llegar, de que Napoleón se encontraba en Bayona, al otro lado de la frontera. Hábilmente estimulado a seguir viaje con la promesa de que tan pronto hablara con él, el emperador lo reconocería rey de España, Fernando VII cruzó la frontera y llegó a Bayona el día 21 de abril. Ya no saldría de Francia sino seis años después. El día 22 partían para Bayona Carlos y María Luisa, que llegaron a su destino el día 30, e igual que el hijo serían prisioneros de Napoleón durante seis años. Reunidos en Bayona los padres y el hijo, la cabeza de los Borbones de España, Napoleón creyó que tenía en sus manos a todo el país y a todo el pueblo español. El emperador, que había sido el fruto de una revolución hecha por el pueblo de Francia, no alcanzaba a darse cuenta de que los pueblos tenían significación política, voluntad y derechos; y desde luego no se imaginaba siquiera qué clase de pueblo era el de España.

Bajo las duras amenazas de Napoleón, hábilmente mezcladas con ofertas grandiosas, los Borbones de España cedieron a todo lo que pedía el enérgico e infatigable emperador de. Francia: Fernando VII abdicó en favor de su padre y éste abdicó todos sus derechos en favor de Napoleón, de manera que si la Historia hubiera seguido haciéndose después de la Revolución francesa a base de los principios y el derecho anterior a la Revolución, Napoleón pasaba a ser rey de España y cabeza de un ¡enorme imperio. Pero la Historia no se hacía en 1808 como se había hecho antes de 1789; la Historia comenzaba a ser hecha por los pueblos, aunque hasta ese momento sólo los círculos de la burguesía actuaran en nombre de los pueblos; y sucedió que, antes aún de que Fernando abdicara en favor de Carlos y éste en favor de Napoleón, el pueblo de Madrid se había levantado y salió a las calles a combatir contra Napoleón. Esto ocurrió el día 2 de mayo, una fecha que se haría histórica y quedaría inmortalizada en la pintura de Goya.

El formidable levantamiento popular del 2 de mayo fue ahogado en sangre, de manera implacable, por órdenes de Murat, pero eso sucedió sólo en Madrid, y resultaba que el levanta miento de Madrid se había propagado instantáneamente a numerosos puntos de España, de manera que lo que hizo Murat en Madrid fue como apagar una hoguera en un bosque extenso que estaba quemándose por varios sitios a la vez.

Ahora bien, aquí es donde se presenta, en la cadena de crisis desatada por los actos de Napoleón, el eslabón que condujo la crisis española a sus posesiones del Caribe, una crisis que iba a conducir rápidamente a abrir la etapa de las guerras de esas posesiones por lograr su independencia. La transferencia de la crisis desde España a América se produjo así:

Al salir para Burgos con la idea de hallar al emperador en la vieja ciudad castellana, Fernando VII, aconsejado por hombres que tenían sus dudas sobre los planes de Napoleón, dejó establecida en Madrid una junta de gobierno que encabezaba su tío, el infante don Antonio, y sucedió que cuando Murat ordenó las sangrientas represiones del 2 y el 3 de mayo, esa junta apoyó a Murat, con lo cual perdió su autoridad ante el pueblo. Pero como el levantamiento de Madrid estaba reproduciéndose en muchos sitios de España, cada pueblo o ciudad que se levantaba designaba una junta local para dirigir la guerra popular contra los franceses. Así, para fines de mayo había en el país varias juntas, todas formadas "en defensa de los derechos de Fernando VII”, pues el joven rey se había convertido en el símbolo de España y sus derechos al trono implicaban el derecho de España a quedar libre de los franceses. Fue así como vino a suceder que el pueblo español estaba en armas, y sin embargo no había ninguna autoridad central que dirigiera la lucha. Por esa razón, al llegar al Caribe la noticia de lo que había sucedido en España, los pueblos españoles de la región imitaron lo que estaba haciéndose en la metrópoli y cada uno formó también su junta, y esas juntas acabarían convirtiéndose en organismos directores de los movimientos de independencia de los territorios del Caribe. Ahora bien, dado el tipo de organización social que había en esos territorios, las juntas defensoras de los derechos de Fernando VII que se formaron en el Caribe estuvieron desde el primer momento formadas por las personas de más rango, lo que significa que pertenecían al grupo dominante de cada lugar, y esos grupos dominantes eran los grandes terratenientes esclavistas, enemigos jurados de los círculos burgueses que habían gobernado en España con los Borbones y enemigos jurados, desde luego, de la Revolución francesa y de Napoleón Bonaparte.

En las dependencias españolas del Caribe se tuvieron noticias de lo que estaba sucediendo en España cuando llegó a La Guaira a mediados de julio una orden del Consejo de Indias para que se reconociera a José Bonaparte como rey de España. La nueva causó una conmoción en Caracas. ¿Cómo y por qué razón era José Bonaparte rey de España? ¿Qué quería decir eso? Los mensajeros explicaron que Carlos, María Luisa y su hijo Fernando estaban presos en Francia y que Napoleón había designado a su hermano José para reinar en España y América. No hacía falta más. La aristocracia caraqueña, a la que el pueblo llamaba los mantuanos debido a que sus mujeres usaban largos mantos para ir a misa, se lanzó a la calle y encabezó una serie de manifestaciones en que se daban vivas a Fernando Vil y mueras a Napoleón Bonaparte; el cabildo, compuesto por mantuanos, reclamó que el capitán general jurara públicamente fidelidad al rey preso, a lo que el capitán general accedió; se sacó a las calles el pendón real y Caracas vivió un día de extrema pasión monárquica. Era que entre la burguesía francesa, que había decapitado a los aristócratas, y los reyes borbónicos, que entregaban el poder al círculo burgués de España pero no perseguían a la nobleza ni la despojaban de sus bienes, los mantuanos de Caracas preferían al rey Borbón.

Pero no sería en Venezuela donde se verían los síntomas más rápidos de la reacción de los grupos dominantes del Caribe ante la noticia del destronamiento de los Borbones españoles; sería en Santo Domingo, donde el general Ferrand llevaba cuatro años ejerciendo el gobierno en nombre de Francia. Allí no había aristocracia mantuana, pero estaban los hateros, también grandes latifundistas esclavistas, que seguían siendo españoles en su corazón, entre otras razones porque el Gobierno español res-peló siempre de manera absoluta sus propiedades en tierras, sus derechos de amos de esclavos y su importancia social. En Santo Domingo se comenzó a conspirar para echar á los franceses y esas conspiraciones hallaron respaldo en las autoridades españolas de Puerto Rico, que estaban dispuestas a facilitar armas y hombres para la lucha. Las actividades conspirativas comenzaron simultáneamente en dos puntos distintos del país, una en el este y otra en el oeste, por la banda del sur. Un escuadrón naval inglés cooperó con el grupo que iba a actuar en la parte oriental y obtuvo la rendición de la pequeña guarnición francesa que había en Samaná, al mismo tiempo que el jefe del movimiento, un hacendado criollo llamado don Juan Sánchez Ramírez, desembarcaba y tomaba Híguey y el Seybo. Por su parte, don Ciríaco Ramírez, el jefe del grupo que operaría en la banda del sur, se levantó con armas llevadas también desde Puerto Rico, pero fuerzas francesas al mando del coronel Aussenac le obligaron a refugiarse en los bosques de la región.

En pocos días Sánchez Ramírez reunió varios cientos de hombres y avanzó hacia el oeste. El general Ferrand se dio cuenta de que aquel movimiento era serio, sobre todo estando él, como estaba, aislado en medio del Caribe, con Haití a un lado y los navíos ingleses dominando las aguas de las Antillas; así, pensó que había que aplastar rápidamente a Sánchez Ramírez y él mismo se puso a la cabeza de las fuerzas que debían hacerlo. Sánchez Ramírez había tomado posiciones ventajosas al fondo de la sabana de Palo Hincado; allí esperó al general francés, y aunque no tenía experiencia militar, al producirse la batalla se condujo como un veterano y Ferrand fue derrotado de manera tan vergonzosa que prefirió darse un pistoletazo en la cabeza antes de verse perseguido y acorralado en los bosques vecinos. La batalla de Palo Hincado tuvo lugar el 8 de noviembre de 1708.

El jefe vencedor avanzó inmediatamente hacia la ciudad de Santo Domingo, a la que puso un sitio que iba a durar varios meses. El general Barquier, sucesor de Ferrand, evacuó a la mayor parte de los vecinos y se dispuso a resistir hasta el límite de sus fuerzas. Todas las salidas hechas para levantar el cerco, algunas de ellas realmente desesperadas, terminaron en fracaso. Los defensores morían de hambre, pero los atacantes no disponían de fuerza para dar un asalto decisivo. La suerte de la ciudad se decidió cuando el 27 de junio de 1809 se presentó frente a Santo Domingo una escuadra inglesa que llevaba infantería bajo el mando del general Hugh Carmichael y desembarcó tropas en Palenque, a corta distancia de la ciudad, mientras los navíos bloqueaban el puerto. Barquier, que no quería rendirse a Sánchez Ramírez, se rindió el 6 de julio a Carmichael y éste entregó la plaza a Sánchez Ramírez el día 12. Así volvió a ser territorio español la que había sido la primera dependencia de España en el Caribe y en América, y seguiría siéndolo hasta diciembre de 1821. En Santo Domingo, pues, se luchó contra los franceses, pero no por la independencia; de igual manera comenzaría la lucha en Venezuela y Nueva Granada.

Para entonces, ya los ingleses habían tomado Deseada y Marigalante, en las vecindades de Guadalupe, y la isla de Martinica, que había caído en sus manos el 24 de febrero después de varios días de combates. Un año después tomarían Guadalupe, que capituló el 6 de febrero de 1810, y unos días más tarde tomaban las pequeñas islas holandesas de San Eustaquio y Saba y la franco-holandesa de San Martín. En el mar de los caribes no quedaba a mediados de 1810 ni un pie de tierra francés que no hubiera caído en manos británicas. Cuando ingleses y franceses hicieron la paz, cuatro años después, los primeros se quedaron con Tobago y Santa Lucía y devolvieron a Francia todas las otras posesiones francesas.

Es explicable que Francia perdiera en esa guerra sus territorios del Caribe; al fin y al cabo, aunque casi toda Europa participó en la guerra del lado francés, la guerra era de hecho una lucha entre Napoleón y Gran Bretaña. Lo que resulta ser casi una burla histórica es que España, expoliada y maltratada por Napoleón, acabara también perdiendo la mayoría de sus dependencias en la región, pero es así como se producen los acontecimientos cuando operan fuerzas de carácter mundial. Puesto que la crisis de la Revolución francesa había transformado el mapa europeo, y España era parte de Europa, resultaba lógico que al agudizarse la crisis precisamente en España, las convulsiones de esa crisis pasaran a sus territorios del Caribe, donde se hallaba desde hacía más de trescientos años la frontera más débil de España.

Había en el Caribe dos puntos en los cuales se iniciarían las luchas de los territorios españoles por su independencia; uno. la capitanía general de Venezuela, y otro, el virreinato de Nueva Granada.

Los acontecimientos se desatarían más rápidamente en Venezuela porque allí las contradicciones entre las clases sociales eran más violentas. En esos años la población del país se calculaba en 800.000 personas; 62.000 eran esclavos negros, 420.000 eran mestizos de varias razas, 120.000 eran indios y 212.000 eran blancos, de los cuales 12.000 eran españoles y canarios, Entre esclavos, negros libres y mestizos de todas las razas había, pues, 468.000, es decir, más de la mitad de la población, y aunque de esa cantidad los más explotados eran los esclavos, todos eran violentamente discriminados por los blancos; pero entre éstos también había divisiones: la aristocracia latifundista y esclavista—esto es, los mantuanos— odiaba a muerte a los canarios, a los que consideraba pertenecientes a una raza inferior, y desde luego despreciaba a los blancos, españoles o criollos, que se dedicaban al comercio y, como decían ellos, "a otros oficios baxos". La minoría mantuana quería el poder político para mantener su posición de privilegio. La burguesía, encarnada por Napoleón, era en ese momento una clase progresista, la más avanzada del mundo, y los mantuanos temían a esa burguesía tanto como un banquero norteamericano del año 1965 podía temer a Mao Tse-tung o a Fidel Castro.

Así, al quedar formada en España en el mes de septiembre la Junta Suprema de Sevilla, que pasó a ser el centro de autoridad de todas las juntas defensoras de los derechos de Fernando VII que actuaban en España, solicitó que en América se formaran juntas locales sometidas a su autoridad, y los mantuanos de Caracas se dedicaron a formar la de Venezuela porque no estaban dispuestos a que ningún otro grupo del país se convirtiera en un centro de poder situado por encima de ellos. Los mantuanos, pues, redactaron un manifiesto pidiendo la formación de una junta, tal como quería la de Sevilla, y nombraron sus delegados de antemano; eran 8 y entre ellos había 2 marqueses y 5 condes, todos criollos, lo que da idea de cómo estaban organizados los terratenientes esclavistas de Venezuela. La junta no llegó a formarse porque se opuso el batallón de pardos —lo que equivalía a decir gente del pueblo—, y apoyadas en esa actitud de los pardos las autoridades ordenaron la detención de todos los firmantes del manifiesto mantuano y enviaron a uno de ellos a España como reo de Estado.

En Santa Fe de Bogotá, la capital de Nueva Granada, vinieron a conocerse los acontecimientos de Madrid en el mes de agosto, y en septiembre llegó un capitán de fragata español a pedir, en nombre de la Junta Suprema de Sevilla, que se reconociera a Fernando Vil como rey. A esas fechas Inglaterra tenía representantes ante la Junta, a la que había reconocido como Gobierno de España. Convocado el cabildo abierto, que era una institución política española y que consistía en una asamblea de las personas importantes de la ciudad que se reunía cuando había que tratar problemas trascendentales, se aceptó la propuesta, se hizo una recaudación de dinero que alcanzó a medio millón de pesos y el día 11 se proclamó solemne y jubilosamente a Fernando como rey de la tierra.

En el mes de diciembre de 1808 entró Napoleón en Madrid, y el curso de la guerra, que había estado siendo favorable a los españoles, comenzó a cambiar. En enero de 1809 la Junta Suprema de Sevilla decretó que las posesiones españolas de América eran parte del reino y en tal virtud debían enviar delegados a la Junta. Dado el cambio de situación, los mantuanos detenidos en Caracas fueron puestos en libertad, y en el mes de mayo llegó a Venezuela don Vicente Emparan con la misión de hacerse cargo del puesto de capitán general. El 10 de diciembre se formó en Quito una Junta Suprema que desconoció alas autoridades españolas e invitó al cabildo de Santa Fe a hacer otro tanto. El virrey, don Antonio Amar y Borbón, accedió a convocar el 6 de septiembre a cabildo abierto, pero dio órdenes de que el local en que se reunía fuera rodeado por fuerza pública. Un joven abogado de treinta y tres años se levantó a protestar de esa medida. Se llamaba Camilo Torres, y en honor suyo se llamaría así un joven sacerdote, sociólogo y profesor universitario que moriría el 15 de febrero de 1966, combatiendo con las armas en la mano en las guerrillas colombianas. El día 11 se disolvió el cabildo abierto sin haberse llegado a un acuerdo, lo que dio lugar a una agitación tan peligrosa que el virrey pidió tropas a Cartagena y la Inquisición amenazó con excomulgar a todo el que tuviera en su poder proclamas emitidas por la Junta de Quito. Comenzaron las prisiones de personajes conocidos, hombres de las familias distinguidas de Bogotá, y a finales de año se apreciaban las primeras señales de que esa gente distinguida se distanciaba cada vez más de las autoridades españolas.

En Caracas, mientras tanto, el mantuanismo, que había aprendido la lección de noviembre de 1808 —cuando perdió la oportunidad de formar y controlar la junta porque no disponía de fuerza militar que enfrentar al batallón de los pardos—, se había ganado la adhesión del batallón de Aragua y de los mestizos y negros libres de los barrios y se preparó a dar un golpe de mano que lo llevara al poder, y fijó la fecha: sería el día de jueves santo, 19 de abril de 1810. Ese día los mantuanos, que tenían el control del ayuntamiento de la ciudad, invitaron desde muy temprano al capitán general Emparan a ir con ellos a las festividades religiosas, y al mismo tiempo delegados suyos, jóvenes y fervientes —entre los cuales había uno que se llamaba Simón Bolívar—, recorrían los barrios pidiéndole a la gente del pueblo que se reuniera frente al ayuntamiento y a la iglesia. Cuando el capitán general pensó que ya era hora de ir al templo, los miembros del cabildo alegaron que antes debían hablar de la situación de España y América. Emparan se puso de pie y se encaminó a la iglesia. Los mantuanos le rodearon y comenzaron a discutir con él en plena calle, dispuestos a no dejarle avanzar. El capitán general quiso imponer su autoridad, pero el jefe del batallón de Aragua le empujó hacia el ayuntamiento. Era la rebelión sin sangre. Lo que vino después fue relativamente simple. Desde los balcones del ayuntamiento se le preguntó al pueblo reunido abajo si quería que siguiera gobernándolo Emparan; el pueblo gritó que no, a lo que el capitán general respondió: "Yo tampoco quiero mando." A seguidas el ayuntamiento de Caracas, centro de poder del mantuanismo de Venezuela, se proclamó a sí mismo Junta Suprema del Gobierno de la provincia y envió delegados a los demás ayuntamientos del país para pedirles que reconocieran su autoridad. La mayoría la aceptaría, lo que se explica porque también en las ciudades y villas del interior eran mantuanos los miembros de los cabildos. El que no estaría de acuerdo sería el pueblo, y más propiamente aún, las masas esclavas y mestizas que formaban la base del pueblo venezolano.

En el mes de junio iba a producirse en Cartagena un movimiento parecido al de Caracas; también allí iba el ayuntamiento a desconocer al gobernador y también allí pasaría el ayuntamiento a gobernar la provincia. A poco sucedía algo similar en Pamplona y Socorro, dos ciudades que se hallaban al norte de Santa Fe, y se invitaba al pueblo de Bogotá a que hiciera otro tanto. Al mismo tiempo comenzaron a levantarse grupos de criollos en los llanos de Casanare, fronterizos de Venezuela; esos grupos fueron aplastados y sus cabecillas decapitados y las cabezas enviadas a Bogotá.

Inesperadamente, y sin causa suficiente, tal como sucedió en el motín del té en Boston y como sucede cuando la atmósfera está cargada de gases peligrosos y alguien enciende un fósforo, el pueblo de Bogotá iba a levantarse el 20 de julio. En Santa Fe había mucho entusiasmo porque se esperaba la llegada de Antonio Villavicencio, un quiteño que había ido a Nueva Granada enviado por la Junta Regente de España. A su paso por Cartagena, Villavicencio había puesto en libertad a los prisioneros políticos, entre ellos a don Antonio Nariño, un notable bogotano que tenía mucho prestigio en Santa Fe. Los bogotanos habían resuelto engalanar las calles para recibir a Villavicencio. Y sucedió que dos criollos, padre e hijo, fueron al comercio de un español a comprar cintajos, y el comerciante se negó a venderles y además agregó a la negativa algunas palabras malsonantes dedicadas a los criollos y a Villavicencio. El insulto llenó de cólera al padre y al hijo, que respondieron golpeando al tendero, y en pocos minutos ese incidente minúsculo se había convertido en una verdadera batalla campal entre criollos y españoles; los primeros apedreaban las casas de los segundos y éstos corrían a buscar refugio en cualquier parte o armas para defenderse; por todas las calles aparecían hombres armados, sonaban las campanas de las iglesias y el pueblo gritaba pidiendo cabildo. El virrey aceptó llamar a cabildo, pero se negó a que fuera abierto; debía ser cerrado, lo que significaba que sólo podrían participar en él los funcionarios públicos y religiosos y algunas personas invitadas especialmente. Pero el pueblo no admitió que el cabildo se limitara a ser cerrado; se metió a la fuerza en el local donde se celebraba la asamblea y su presencia obligó a que ésta fuera abierta.

Lo que estaba sucediendo en Bogotá el 20 de julio no se parecía a lo que había sucedido en Caracas el 19 de abril. En Caracas los mantuanos manipularon al pueblo y lo usaron como instrumento de presión sobre Emparan; en Bogotá el pueblo actuó por su cuenta y sobrepasó a los notables de la ciudad, que fueron sorprendidos por el motín; en Caracas los mantuanos trabajaron a la oficialidad del batallón Aragua antes de lanzarse a actuar; en Bogotá los jefes de la tropa se negaron a disparar contra el pueblo o se unieron a él de manera espontánea. Pero al fin y al cabo los resultados fueron parecidos, pues los personajes de Bogotá formaron una junta sin tener en cuenta el cabildo abierto y el pueblo aprobó con entusiasmo esa medida; es más. aceptó que el virrey Amar y Borbón fuera el presidente de la junta.

La junta se reunió, y sus miembros juraron dar su vida por Fernando VII y en defensa de la religión católica. Esto sucedió en la mañana del día 21. Pero sucede que a mediodía se amotinó otra vez el pueblo, sacó de la prisión a uno de los notables que estaba detenido en ella y obligó a la junta a que lo aceptara como uno de sus miembros. El resto del día las multitudes estuvieron recorriendo las calles de la ciudad persiguiendo a funcionarios españoles mal vistos por los criollos y festejando su victoria. El 23 se procedió a la proclamación pública y solemne de Fernando VII como rey de España y de América. El 24 volvió el pueblo a amotinarse y comenzó a reclamar la prisión de otros funcionarios y al final gritaba que se destituyera al virrey; pero como su instinto le decía que algo andaba mal, no se detuvo ahí y comenzó a pedir la prisión de Amar y Borbón y su mujer, la virreina. Sometida a una fuerza ingobernable y peligrosa, la junta aceptó todas las demandas. No podía intentar, siquiera, evadir las peticiones populares, porque las muchedumbres eran dueñas de las calles desde hacía tres semanas y no había poder alguno para someterlas. El 15 de agosto don Antonio Amar y Borbón, la virreina y varios altos funcionarios fueron enviados a Cartagena, donde el virrey guardó prisión hasta que pudiera embarcar hacia España.

La marcha de los acontecimientos tenía el ritmo loco de los torrentes en días de grandes lluvias. La crisis española entraba en su fase aguda en los territorios del Caribe. En todas partes había agitación y en todas partes se formulaban planes y se tomaban decisiones. Así, la junta de Cartagena convocó a un congreso de delegados de todo el virreinato para establecer una república federal; la de Bogotá convocó otro que debía reunirse en la capital el 22 de diciembre. Por su parte, la de Caracas había convocado a otro para el mes de marzo de 1811. Los pueblos españoles del Caribe se hallaban en los umbrales de una conmoción fiera, costosa y prolongada.

Capítulo XIX

La guerra social venezolana

Las luchas de independencia en los territorios españoles del Caribe comenzaron desatando la pavorosa guerra social de Venezuela, hecha por la masa del pueblo —españoles del común, canarios, pardos, zambos, negros libres y esclavos— contra los criollos todopoderosos.

Quienes iniciaron las luchas fueron los sectores de lo que hoy llamaríamos la extrema derecha, los terratenientes esclavistas; y en aquellos lugares donde esa clase tenía círculos aristocráticos, las comenzaron éstos, o por lo menos, ellos las encabezaron. Eso es lo que explica que las masas populares se pusieran frente a los iniciadores de la independencia y del lado realista, pues la monarquía borbónica, que tenía ciento diez años de historia, era infinitamente más avanzada que los amos de tierras y esclavos del Caribe español y muy a menudo les imponía limitaciones a sus desafueros y amparaba a los sectores sociales del pueblo contra los abusos de los poderosos. Por su parte, los terratenientes esclavistas, que se habían acostumbrado a las libertades económicas que habían dado los reyes Borbones a sus territorios de la región, querían el poder político —y nada menos que todo el poder político— para ellos solos, no para compartirlo con ninguna otra clase. Habían visto que en la América del Norte se había hecho la independencia y el poder había caído en las manos de grandes terratenientes dueños de esclavos y ellos querían disfrutar de una situación similar a la de sus congéneres de los Estados Unidos.

En pocas palabras, el movimiento de independencia en el Caribe español tuvo su origen en los círculos más reaccionarios, por lo menos en sus primeros años. Los historiadores, los poetas, los escritores de esa región del mundo lograron engañar durante más de un siglo a infinidad de gente presentando ese movimiento con colores brillantes; pero en el momento en que se produjo nadie pudo engañar a las masas de los pueblos; esas masas se dieron cuenta de la verdad desde el día mismo en que vieron a los grandes señores del cacao, del azúcar y del añil.

Y las juntas que se formaron con el pretexto de mantener y defender los derechos de Fernando VIL Pasarían años antes de que el agotamiento de la guerra social y el genio político de Bolívar provocaran la incorporación de las masas a la lucha por la independencia.

En sus inicios, las luchas fueron aisladas y hasta en un mismo territorio se produjeron movimientos diferentes. Eso dependía de la composición social de cada lugar, de la mayor o menor autoridad de los líderes. Pero la agitación fue general, excepto, tal vez, en Cuba y Puerto Rico. En Santo Domingo, como sabemos, acabó en la expulsión de los franceses y la reincorporación a España; en Nueva Granada provocaría desde el primer momento no sólo acciones de guerra contra españoles y neogranadinos, sino además una guerra civil entre republicanos; en Venezuela iba a desatar una guerra social de proporciones abrumadoras.

Entre fines de 1810 y marzo de 1811, la presión independentista fue más fuerte en Caracas, adonde Miranda había llegado en el mes de diciembre invitado por el joven Simón Bolívar, que había sido el representante de la Junta de Caracas en Londres. Los patricios de Bogotá —conocida todavía en esos años con el nombre de Santa Fe— establecieron el Estado de Cundinamarca, presidido por Jorge Tadeo Lozano, que debía ser uno de los que formarían la confederación en las Provincias Unidas de Nueva Granada, cuya constitución se negó a ser elaborada inmediatamente. Por su parte, Cartagena se negó a reconocer autoridad alguna a las Cortes españolas, y mientras tanto en la región sudoeste del país se inició una lucha armada entre republicanos y realistas, estos últimos mandados por el gobernador español de Popayán, el general Tacón.

A medida que avanzaba el año de 1811 se producían rebeliones de esclavos en la región central de Venezuela, y cuando el Congreso reunido en Caracas proclamó el 5 de julio la independencia del país y su organización como república federal, la respuesta popular fue una sublevación realista en la importante ciudad de Valencia. El Congreso encomendó a Miranda someter a los valencianos y el viejo luchador lo consiguió, pero a un precio muy alto en muertos y heridos. En el mes de septiembre se produjeron en Bogotá desórdenes de tal naturaleza que Lozano se vio forzado a renunciar la presidencia del flamante Estado de Cundinamarca mientras el Congreso seguía trabajando en la creación de las Provincias Unidas.

La verdad era que toda la región se hallaba sometida a tensiones peligrosas. Había fuerzas realistas en Santa Marta, esto es, en el litoral del Caribe y a muy poca distancia de Cartagena, y las había también en Popayán, hacia el Sur; había fuerzas realistas en Maracaibo y Coro, también en el litoral del Caribe, pero ya dentro de los límites de Venezuela, y las había en La Guayana, en el extremo oriental venezolano. Dentro de la zona del Caribe las fuerzas realistas ocupaban la costa desde Santa Marta hasta Coro, lo que suponía un territorio grande.

En los primeros días de noviembre de ese año de 1811 —el 5, el 6 y el 7— estalló inesperadamente un movimiento independentista en El Salvador, que era entonces una de las provincias de la Capitanía General de Guatemala, llamada generalmente reino de Guatemala. Adueñados de San Salvador, que era la capital de la provincia, los independentistas proclamaron la independencia el día 11 e invitaron a todos los pueblos de la provincia a que se les unieran, pero sólo lo hicieron unos pocos. El movimiento estaba encabezado por los notables de San Salvador, y especialmente por unos cuantos miembros del alto clero del país. Ese mismo día 11 de noviembre quedó establecida la confederación de las Provincias Unidas de Nueva Granada, que se conocería con el nombre simple de la Unión, y una rebelión popular obligaba a la Junta de Cartagena a declarar su independencia total de España, cosa que no iban a hacerlos otros Estados, de la Unión sino mucho más tarde.

El 22 de diciembre se amotinó el pueblo de Granada, en la provincia de Nicaragua, reclamando que se sustituyera a los funcionarios españoles acusados de abuso de autoridad, y al comenzar el año de 1812 sucedió lo mismo en Tegucigalpa, en la provincia de Honduras, con lo cual eran ya tres las provincias del reino de Guatemala sacudidas por la agitación que predominaba en las tierras españolas del Caribe. Hubo que organizar fuerzas para someter a los rebeldes de Tegucigalpa, como hubo que organizarías en el mes de noviembre en el caso de El Salvador. Las mismas fuerzas que actuaron, en Tegucigalpa fueron enviadas a imponer el orden en Granada, donde la rebelión duró hasta principios del mes de febrero.

En el centro de Nueva Granada las luchas se desviaron hacia guerras civiles provocadas por la decisión del Estado de Cundinamarca —cuyo presidente pasó a ser, a la renuncia de Lozano, don Antonio Nariño— de anexionarse varios territorios, entre ellos algunos tan distantes como Pamplona, situada al norte de Bogotá. El gobierno de Cundinamarca sólo aceptaría formar parte de la Unión después que obtuviera la anexión de esos territorios que reclamaba. En el fondo de la guerra civil que se desató no había sino una realidad, que eran las contradicciones entre sectores terratenientes. De todos modos, dado que esas luchas eran internas no hay en este libro lugar para describirlas; en cambio lo hay para referirnos a los acontecimientos del norte y del sur del país, donde los neogranadinos combatían por su independencia. Así, debemos decir que en el sur, Tacón abandonó el campo para irse al Perú, pero al frente de las fuerzas realistas le sucedió Antonio Tenorio, que levantó a la población del valle de Patía en favor del rey, mientras a Santa Marta llegaban refuerzos españoles enviados desde Cuba con los cuales los realistas pudieron asegurarse el dominio de la margen derecha del río Magdalena y con ella los accesos hacia Ocaña y los ricos valles de Cúcuta.

También llegaron refuerzos a Venezuela. Fue una pequeña columna despachada desde Puerto Rico al mando del capitán de fragata don Domingo Monteverde, que desembarcó en Coro a principios de marzo de 1812. A pesar de su tamaño, totalmente desproporcionado a la tarea que debía realizar, esa diminuta fuerza española levantó a tal grado el entusiasmo de los partidarios de Fernando VII en el occidente de Venezuela —la gente del pueblo, y en el caso especial de Coro, también mantuanos que no habían querido unirse a los de Caracas— que Monteverde pudo avanzar hacia el sur sin un tropiezo, y lo que es más, aumentando sus efectivos con gente que se agregaba espontáneamente; así entró en Carora sin disparar un tiro y ya para fines de abril había tomado Barquisimeto y San Carlos. Todo el territorio que dejaba a su retaguardia, hasta la margen derecha del río Magdalena, en Nueva Granada, era sólidamente realista, de manera que disponía de una base segura para obtener alimentos y ayuda del pueblo. Cuando él avanzaba hacia el centro de Venezuela, Antonio Tenorio estaba reconquistando Popayán, en el sudoeste de Nueva Granada.

La Junta de la Regencia que se había formado en España para representar al rey nombró un virrey para Nueva Granada, pero como el único lugar de Nueva Granada donde no había habido levantamientos contra el poder español ni había amenazas de ataques republicanos era la provincia de Panamá, el virrey se fue a ese sitio a establecer su gobierno. Así vino a suceder que Cartagena se halló de improviso cogida entre dos puntos enemigos; en su naneo izquierdo estaba Panamá, donde se hallaba nada menos que el virrey de España y con él la posibilidad de que se organizaran fuerzas para ir contra Cartagena, y en su flanco derecho estaba Santa Marta, donde habían llegado refuerzos procedentes de Cuba. Colocada entre la espada y la pared, Cartagena despachó fuerzas que debían cruzar el Magdalena, tomar posiciones en la orilla derecha y atacar Santa Marta por su retaguardia; pero las tropas de Cartagena fueron repelidas, con pérdidas importantes, especialmente en barcos, antes de que pudieran tomar posiciones del otro lado del río.

Mientras tanto, el Congreso de Caracas, que estaba viendo con preocupación el avance de Monteverde y el entusiasmo popular que levantaba a su paso, nombró a Miranda generalísimo y le dio el encargo de organizar un ejército que pudiera batir al jefe español. Antes de que Miranda pudiera disponer de tropas organizadas, Monteverde entró en Valencia y la tomó sin resistencia, debido a que la masa del lugar, como estaba sucediendo en todo el país, era partidaria del rey. Miranda comprendió que la situación se hacía difícil y corrió a situarse en la Victoria, con lo cual cerraba el paso de Monteverde hacia Caracas, y estaba allí a fines de junio, cuando ocurrió la catastrófica sublevación del castillo de Puerto Cabello.

Ese castillo era el único punto fuerte que tenía Miranda en su flanco derecho y era, además, el único desde el cual podía cortar la retaguardia de Monteverde en caso de que éste pretendiera avanzar hacia la Victoria. Miranda había confiado la jefatura de esa posición, con su depósito de casi dos mil quintales de pólvora y artillería abundante, a su joven amigo Simón Bolívar, a quien había dado el rango de coronel. Ahora bien, sucedía que el castillo de Puerto Cabello era al mismo tiempo que fuerte militar una prisión donde había numerosos oficiales y soldados españoles, y esos prisioneros fueron puestos en libertad el día 30 de junio por un oficial de Bolívar en el momento en que éste se hallaba en la ciudad haciendo su comida del mediodía. Ese oficial venezolano era partidario del rey, lo que indica cuál era la situación real de Venezuela desde el punto de vista político.

El castillo de Puerto Cabello cayó, pues, en manos españolas sin que hubiera que disparar un tiro, y aunque Bolívar trató de recuperarlo y estuvo seis días luchando con ese fin, no logró cambiar la situación y se retiró a La Guayra.

Con el castillo de Puerto Cabello y su dotación de pólvora y cañones del lado de Monteverde, Miranda, jefe de fuerzas todavía mal organizadas, no tenía posibilidades de evitar una derrota. En realidad, ni aun sin ese tropiezo hubiera podido el viejo luchador asegurar la victoria sobre Monteverde, pues, como lo probaba la entrega del castillo, la mayoría de los venezolanos se oponía a los mantuanos de Caracas, y éstos, incapaces de reconocer los valores del pueblo, no llamaron a esas mayorías a participar en la creación de la república, lo que se explica porque en ese caso habrían tenido que concederles derechos. Miranda, que no podía engañarse, solicitó un armisticio cuyas capitulaciones se firmaron el 24 de julio. La República Federal de Venezuela moría al cumplir su primer año de vida.

A fines de julio, don Francisco de Miranda se preparaba a abandonar Venezuela; el día 30 llegó a La Guayra donde le esperaba un navío inglés que debía conducirlo a Curazao. La pequeña isla holandesa, situada a una singladura de La Guayra, había sido tomada por los ingleses en enero de 1807, como se dijo en el capítulo anterior, y seguía en manos británicas. Miranda viajaba siempre con sus archivos, y tan pronto llegó a La Guayra los hizo embarcar en el navío inglés; después fue a hospedarse en la casa de un amigo, donde dormiría la noche del 30, y tomaría el barco en la mañana del 31. El amigo que lo hospedaba se había vendido ya al bando vencedor, cosa que sucede a menudo en épocas turbulentas como las que vivía el país, e hizo a unos cuantos jóvenes mantuanos, entre los cuales se hallaba Bolívar, una falsa confidencia; les dijo que los cajones, y enviados por Miranda al navío inglés estaban llenos del oro que le había dado Monteverde para que le dejara paso libre hacia Caracas. Llenos de indignación y sin que trataran de confirmar lo que habían oído, Bolívar y sus amigos despertaron a Miranda en horas de la madrugada y lo hicieron preso. Preso lo hallaron las fuerzas de Monteverde al entrar en La Guayra y ya nunca más el viejo luchador volvería a verse Ubre; iba a morir, cuatro años después, en la prisión de La Carraca, en Cádiz.

La llegada de Monteverde a Caracas significaría no sólo la muerte de la República Federal de Venezuela, sino además un golpe duro, aunque no necesariamente fatal, para la clase dominante del país, los orgullosos mantuanos, que habían declarado la independencia; pues con Monteverde entraron en el palacio de los capitanes generales los llamados "blancos de orilla", pequeños comerciantes y gente que ejercía "oficios baxos", como decían los mantuanos; los canarios, los pardos, los zambos y los negros libres, es decir, toda la gente del pueblo que había sufrido el desprecio y el odio del mantuanismo.

Monteverde no autorizó crueldades, aunque no podía dejar en libertad a los personajes republicanos; pero los mantuanos de Venezuela no podían perdonar que él abriera las puertas del palacio de Gobierno al pueblo, y como en toda la América española quienes estaban escribiendo la Historia eran los servidores de la clase dominante, Monteverde ha estado figurando hasta ahora como la encarnación del crimen, el realista sin entrañas, él español salvaje. Y nada de eso es cierto. Lo cierto es que Monteverde fue el primer jefe de la democracia social venezolana y í una figura que merece respeto. Como primer jefe de la democracia social de Venezuela a él le tocó iniciar un capítulo en la historia del país, y lo hizo sin maldad; cada vez que pudo hacerlo, salvó vidas y aun bienes. A Simón Bolívar, por ejemplo, le dio pasaporte para que saliera del país, y a fines de agosto el joven coronel en cuyas manos se había perdido el castillo de Puerto Cabello estaba en Curazao; otros mantuanos, jóvenes y viejos, salían hacia Trinidad o hacia Nueva Granada.

Sólo en algunos puntos de Nueva Granada podían hallar los republicanos de Venezuela ambiente propicio para sus planes y ayuda para reemprender la lucha. Entre esos republicanos de Venezuela había algunos españoles, como el coronel Manuel Cortés Campomanes. En Nueva Granada había también extranjeros, como el francés Pierre Labaut, que había sido oficial de Napoleón y servía a las autoridades cartageneras. Cartagena se hallaba en aprietos. Una ancha faja del territorio, que iba desde el Magdalena hasta las vecindades del golfo de Morrosquillo, en el litoral del Caribe, se había pronunciado a favor de los realistas, y los españoles de Santa Marta habían lanzado una ofensiva hacia el sur, sobre la ciudad de Mompós, con cuya conquista hubieran aislado a Cartagena de la región central del país. Cortés Campomanes, Labaut y algunos oficiales venezolanos, como los hermanos Carabaño, estaban luchando para reconquistar el terreno que había perdido Cartagena, y en ese momento Bolívar abandonó Curazao y se presentó en Cartagena; allí, en el viejo puerto del Caribe, iba a encontrar la ayuda que necesitaba para lanzarse sobre Venezuela y convertirse rápidamente en la primera figura de la larga lucha por la independencia de la América española.

El Gobierno de Cartagena confió a Labaut la jefatura de las operaciones sobre Santa Marta, y Labaut encomendó al coronel Simón Bolívar el puesto de Barrancas, desde el cual, con 200 hombres, Bolívar debía proteger la retaguardia del francés, que cruzó el Magdalena y comenzó a operar en la margen derecha con la intención de tomar la ciudad enemiga por la retaguardia. Pero sucedió que en vez de quedarse estacionado en Barrancas, Bolívar empezó a operar hacia el sur, mientras Labaut lo hacía hacia el norte; y así fue como se dio el caso de que al mismo tiempo que Labaut tomaba Santa Marta —en enero de 1813— Bolívar entraba en Ocaña, después de haber conquistado varios otros lugares, como Tenerife y Mompós.

Por esos mismos días terminaba la guerra civil que estaban llevando a cabo la provincia de Tunja y el Estado de Cundinamarca, y el 1 del mismo mes de enero habían desembarcado en Güiria Santiago Marino y Manuel Piar al frente de un grupo de republicanos. Güiria era un pequeño puerto situado en el golfo de Paria, es decir, en el extremo oriental de la costa venezolana del Caribe, a corta distancia de la isla de Trinidad, y no tenía guarnición realista, de manera que cayó fácilmente en manos de Marino y Piar. Estos se movieron inmediatamente hacia el oeste y ocuparon la plaza de Maturín, que la guarnición realista abandonó sin combatir. El avance de Marino y Piar desató en el oriente de Venezuela la guerra social en sus formas más crueles. Bandas que generalmente estaban encabezadas por algún español de posición humilde, pero que se formaban a base de pardos, negros libres y esclavos, comenzaron a actuar sin coordinación, una aquí y otra allá, y empezaron a cometer asesinatos, a torturar, a destruir, a incendiar propiedades de mantuanos.

Mientras tanto, Labaut había pedido al Gobierno de Cartagena que sometiera a Bolívar a una corte marcial porque había desobedecido órdenes de su superior, pero las victorias del joven coronel venezolano le habían conquistado una popularidad tan grande que nadie se atrevió a darle oídos a la petición de Labaut. En ese momento, avanzando desde Maracaibo hacia el sur, a través de los Andes, el coronel español Ramón Correa había penetrado hasta Cúcuta, desde donde podía lanzarse sobre Pamplona y poner en peligro la existencia de Cundinamarca. El coronel Manuel del Castillo, que se hallaba al sur de Pamplona, en Piedecuesta, le pidió a Bolívar que actuara combinado con él en un ataque contra Correa; Bolívar solicitó autorización a Cartagena, la obtuvo y tomó Cúcuta, lo que le valió el grado de brigadier general y el título de ciudadano de Nueva Granada, ambos expedidos por Camilo Torres, presidente de las Provincias Unidas, pero también le ganó la enemistad del coronel del Castillo, lo que dos años después tuvo malos resultados para Bolívar y para Cartagena. En esos días Marino y Piar repelían un ataque realista a Barcelona, y Monteverde salía de Caracas para aplastar a Marino en Maturín.

Las fuerzas que Bolívar tenía en Cúcuta eran neogranadinas, pero entre ellas había muchos venezolanos; algunos, como su tío Félix Ribas, eran oficiales; otros eran simples soldados. De todos modos, Bolívar necesitaba toda su tropa, neogranadinos y venezolanos, para lanzarse a la lucha en Venezuela, y solicitó permiso para disponer de ellos. Pero el coronel del Castillo, como había hecho Labaut antes, pedía que se sometiera a Bolívar a un consejo de guerra y se oponía a su marcha sobre Venezuela, y todo eso consumió más de dos meses, que Bolívar pasó esperando en Cúcuta. Cuando las autoridades de las Provincias Unidas le autorizaron a seguir adelante, marchó hacia el nordeste, subiendo los Andes, y el día 23 de mayo tomó Mérida. Ya estaba en territorio venezolano.

En ese mes de mayo, Monteverde, derrotado en Maturín, estaba volviendo a Caracas y la guerra social se extendía a toda Venezuela. Los que se batían contra los partidarios de la república eran los hombres del pueblo, algunos de ellos españoles, pero los más negros, pardos, zambos. Se mataba en nombre de Fernando VII, mas aquello era en verdad una espantosa guerra social que día tras día cobraba más vigor, un vigor diabólico que acabaría arruinando al país.

España no podía mandar ejércitos a América, pero de Cuba se enviaron fuerzas a Santa Marta, que se había rebelado contra Labaut y había vuelto a proclamar su adhesión a Fernando VII Francisco Montalvo, un cubano que tenía grado de mariscal de campo, llegó a Santa Marta con el título de capitán general de Nueva Granada. Eso sucedía el 2 de junio (1813), cuando Bolívar estaba preparando la toma de Trujillo. situada en el lado oriental de los Andes, en la que entró una columna suya el día 10; él llegó a Trujillo el 13, y el 15 lanzaba su proclama de guerra a muerte, que fue un esfuerzo dirigido a encauzar la guerra social que estaba asolando el país en una guerra regular de republicanos contra realistas.

Mientras Bolívar trataba de darle sentido de lucha por la independencia a la guerra social, ésta se desataba en la región de Cúcuta. Las fuerzas de Cartagena no habían cesado de atacar a las realistas de Santa Marta, y éstas, mientras tanto, se expandían hacia el sur, con el resultado de que la actividad militar provocó la guerra social y ésta comenzó a florecer en los ricos valles de Cúcuta. Al mismo tiempo, en el extremo sudoeste del país comenzaba a operar el coronel español Juan de Sámano, que iba a, ser años después el último virrey de Nueva Granada.

Desde Trujillo, Bolívar despachó una columna para cubrir su flanco izquierdo e impedir ataques de parte de los realistas de Maracaibo; despachó otra columna para cubrir su flanco derecho y evitar que las fuerzas realistas de Barinas —más de 2.000 hombres con artillería— pudieran avanzar hacia San Carlos y cortarle el paso, y él se dirigió a Guanare. Vencido en Niquitao por la columna que cubría el flanco derecho del joven general, los realistas abandonaron Barinas, donde Bolívar entró y reforzó sus tropas con armas y hombres.

La situación era confusa en el centro de Nueva Granada. Cada una de las provincias se consideraba un Estado autónomo dentro de la Unión; cada una tenía su Gobierno de la Unión. Aunque el nombre de la Unión era el de Provincias Unidas, había provincias que se llamaban Estados. Algunos de esos Estados, como el de Cartagena, había declarado su independencia absoluta de España; otros, como el de Cundinamarca, reconocían a Fernando VII como rey, aunque establecían que sólo ejercería la monarquía cuando estuviera en el territorio del Estado y jurara y acatara sus leyes. Pero sucedía que los acontecimientos se precipitaban y obligaban a los notables que gobernaban esos Estados a tomar actitudes imprevistas. Por ejemplo, los movimientos de Sámano en el sudoeste del país representaban una amenaza para Cundinamarca, lo que llevó a sus autoridades a declarar que Cundinamarca era un Estado libre y soberano, sin ningún nexo con España ni con ningún otro país, aunque seguía considerándose parte de la Unión neogranadina, pero totalmente autónoma dentro de ella. Eso sucedió el 16 de julio (1813). Se eligió presidente de Cundinamarca a don Bernardo Álvarez y se le encomendó a don Antonio Nariño, que había sido presidente hasta entonces, la jefatura de las fuerzas que debían combatir a Sámano. El Congreso de la Unión le prometió a Nariño que todas las provincias proporcionarían soldados, armas y dinero para la campaña. Antes de un mes de haberse declarado Cundinamarca Estado libre y soberano, el de Antioquía proclamó su independencia de España.

Mientras eso sucedía en Nueva Granada, Bolívar salía de Barinas y se dirigía a Araure; al mismo tiempo, Ribas avanzaba hacia Barquisimeto, ciudad que tomó después de haber derrotado una fuerza realista en Los Horcones. Bolívar reorganizó sus tropas en Araure, donde pasó los últimos días de julio, y después avanzó hacia San Carlos. Monteverde había establecido su cuartel general en Valencia, lo que hacía inevitable el choque entre su ejército y el de Bolívar. Efectivamente, el choque se produjo; fue en la sabana de Taguanes, el 31 de julio, y Monteverde quedó derrotado, de manera que se retiró a Valencia e inmediatamente a Puerto Cabello, donde sin duda tenía una posición buena para defenderse. Bolívar entró en Valencia el día 2 de agosto, avanzó rápidamente hacia la Victoria y el día 7 entraba en Caracas, y con ello daba fin a lo que en la historia de Venezuela se conoce con el nombre de "la campaña admirable" o "la campaña de las mil millas"; el primero, porque el joven general venezolano no sufrió un solo revés desde que salió de Barrancas, en las vecindades de Cartagena, con sólo 200 hombres, y el segundo porque ésa fue la distancia que recorrió con sus tropas desde Barrancas a la capital de Venezuela.

Doce días después de la entrada de Bolívar en Caracas las fuerzas de Santiago Marino y Manuel Piar tomaban Barcelona y proclamaban a Marino jefe supremo de las provincias orientales del país. Venezuela, pues, se hallaba en peligro de quedar dividida en dos partes o de caer en una guerra civil cuando más funesta podía ser la división de los republicanos, y para evitar que eso sucediera, Bolívar procuró legalizar su autoridad; así, una asamblea de notables de Caracas le concedió el título de jefe militar y civil, con amplios poderes para gobernar, situación que acabaron aceptando Marino y Piar. Debemos tener en cuenta que fueron los notables de la ciudad —es decir, los hombres de prestigio social, los clásicos mantuanos—, no la gente del pueblo, quienes invistieron con esa autoridad a Bolívar, y que éste aceptó que fuera así. Esos detalles dan idea de las razones por las cuales la masa del pueblo no se sentía comprometida en la tarea de crear la república, y lo que es peor, ni los poderdantes ni Bolívar creían que esa masa tuviera nada que ver en la creación de la república.

Tan pronto como liquidó el problema político que significaba la presencia de dos jefaturas republicanas en Venezuela, Bolívar acudió a Puerto Cabello para tratar de sacar de allí a Monteverde, pero no tuvo éxito y se retiró a Valencia. Así, Puerto Cabello quedó como una vía de entrada al país por la que podían llegar refuerzos de las regiones costeras que estaban en manos españolas, como Santa Marta, Maracaibo, Coro, la Guayana, y abierto al tráfico con las islas españolas del Caribe, como Cuba y Puerto Rico. Y desde Puerto Rico, que había sido el punto de partida de Monteverde el año anterior, le llegó al jefe realista un refuerzo de 1.200 hombres con artillería y pertrechos de boca y de guerra.

Bolívar seguía en Valencia, la ciudad más cercana a Puerto Cabello, y Monteverde, ya reforzado, hizo una salida para sacar al joven general de Valencia, pero fue derrotado en Barbilla y volvió a encerrarse en Puerto Cabello. Al volver a Caracas llevando el cadáver de uno de sus mejores oficiales, que había muerto en el combate de Barbilla —el neogranadino Atanasio Girardot—, la municipalidad caraqueña le otorgó a Bolívar el título de Libertador y lo invistió con los poderes de capitán gene-raí de los ejércitos republicanos. Esto sucedía el 14 de octubre (1813), menos de cuatro meses después que el joven caudillo había cumplido treinta años. Verdaderamente, Simón Bolívar tenía un destino singular.

Cinco días después de haber recibido Bolívar el título de Libertador, Napoleón Bonaparte era derrotado en Leipzig y empezaba a abrirse un nuevo capítulo en la situación de Fernando VII, que seguía preso del emperador francés en Valencay; al mismo tiempo Nariño marchaba con unos 1.500 hombres sobre Popayán; Cúcuta caía en manos realistas, que llevaron a la ciudad neogranadina el mismo tipo de guerra social atroz e implacable que hacían en los valles de la región, y en el fondo de los llanos de Venezuela comenzaba a formarse un líder de masas que iba a encabezar poco después la terrible acometida que se conocería en la historia del país con el nombre sombrío de "el Año Terrible de Venezuela";,se trataba de José Tomás Boves, asturiano él, pero hecho a la vida del llanero; tan joven como Bolívar, tan enérgico y resuelto como el Libertador.

Boves no era militar, pero se había retirado a Guayana con las fuerzas del general José Manuel Cajigal cuando Bolívar avanzaba desde Trujillo hacia Caracas; Cajigal pasó luego a Puerto Cabello y Boves comenzó a recorrer los llanos, al principio con muy pocos seguidores, luego con algunos centenares, y en ese mes de octubre de 1813 estaba operando en los Llanos de Guaneo al frente de miles de llaneros que se le habían sumado en pocos meses. Por sí sola, esa fuerza de Boves era una amenaza grave para Bolívar; ahora bien, sucedía que al mismo tiempo estaban moviéndose en forma ominosa dos ejércitos realistas, uno que había salido de Coro hacia el Sury otro que había salido de Barinas y se dirigía al Norte para reunirse con el de Coro; y por último, estaba Monteverde en Puerto Cabello.

Bolívar creía que él podía destruir todas esas amenazas porque disponía de un ejército suficiente y leal, que había dado pruebas repetidas de su capacidad para triunfar; pero lo cierto era que Bolívar estaba equivocado. Para que alcanzara la victoria necesitaba tener una base política sólida, y eso le faltaba. Ni él ni su ejército habían conseguido apoyo popular; por otra parte, sus compañeros de clase —los mantuanos— no se sentían a gusto con él. Caracas, que había sido destruida en marzo del año anterior por un terremoto, era un montón de ruinas más que una ciudad; sus vecinos vivían de milagro, aun los más ricos, porque la guerra había paralizado todas las actividades productivas, y Bolívar exigía aportaciones económicas y decretaba medidas que sobrecargaban a mantuanos y comerciantes; a la vez el joven Libertador estaba obligado a perseguir a todos los sospechosos de simpatizar con los realistas, y esos simpatizantes eran los españoles del común, los canarios, los pardos, los zambos, los negros libres, los esclavos; de manera que en fin de cuentas Bolívar no tenía en Caracas el respaldo verdadero de ningún sector social. El confiaba en su ejército, pero ese ejército se movía en un campo que políticamente le era adverso, y ningún ejército puede triunfar allí donde no cuenta con el apoyo del pueblo. Bolívar tardaría años en aprender la terrible lección de que las guerras de liberación no las ganan las tropas sino los pueblos; los ejércitos son únicamente los brazos armados de los pueblos y sólo triunfan allí donde cuentan con el respaldo popular. A pesar de su genio político, del que dio pruebas abundantes durante su corta vida, en esos meses finales de 1813 el Libertador era todavía un mantuano y creía que el poder militar, y sólo él, iba a decidir la lucha en Venezuela. Como mantuano al fin, no paraba mientes en el pueblo.

Como Bolívar pensaba así, mientras tuviera un ejército de fiar, como era sin duda el suyo, se sentiría invencible, lo que explica que saliera de Caracas hacia San Carlos para impedir que en este último punto pudieran reunirse los realistas de Coro y de Barinas; y fue derrotado en Barquisimeto por las fuerzas de Coro, a las que mandaba el general Ceballos. Ahora bien, Bolívar no se desanimaba porque perdiera una batalla, ni dos ni tres. Tras su derrota de Barquisimeto fue a batir una columna que Monteverde había despachado hacia el sur de Puerto Cabello, y la batió en Vigírima; de Vigirima corrió a San Carlos y de San Carlos se dirigió de nuevo a Barquisimeto, y en el camino supo que los ejércitos de Coro y de Barinas se habían reunido en Araure. Allí mismo les dio Bolívar el 5 de diciembre la larga y terrible batalla de Araure, en la que el propio Libertador peleó en primera fila más de seis horas.

Una victoria como la de Araure, ganada a costa de esfuerzos desesperados, reafirmaba la idea de Bolívar de que todo lo que necesitaba para triunfar era un ejército aguerrido. Así, después de Araure corrió a sitiar Puerto Cabello por tierra mientras Piar enviaba desde Barcelona una flotilla para sitiar el lugar por el agua. La guarnición de Puerto Cabello, cansada de estar a las órdenes de un jefe que apenas salía a luchar, desconoció la autoridad de Monteverde y nombró capitán general de los ejércitos reales a don Juan Manuel Cajigal. A partir de ese momento, pues, España tendría en Venezuela un jefe oficial que enfrentar al infatigable Bolívar, sólo que se trataba de una jefatura formal, porque el pueblo realista, el que se batía en todas partes y a todas horas, no seguiría a Cajigal sino a Boves, y era con Boves con quien haría la atroz campaña del "año terrible", la que disiparía 1 os sueños del Libertador entre humos de incendios y alaridos de hombres degollados. Cuando Cajigal fue nombrado capitán general de Venezuela, ya Boves tenía tras sí 7.000 llaneros, de los cuales 5.000 eran montados; y se trataba de 7.000 hombres que procedían de las masas del pueblo, esclavos liberados por la guerra social, cuyos amos habían sido asesinados o habían huido abandonando sus haciendas; pardos y zambos que odiaban a muerte a todos los blancos; gente que se alimentaba de carne cruda cortada apresuradamente de las reses que mataban a lanzazos; hombres que iban a los combates no a vencer al enemigo, sino a aniquilarlo físicamente, a atravesarlo con la lanza o a degollarlo con el cuchillo; eran miles de llaneros que habían ido a buscar a su jefe espontáneamente para ganar a su lado posiciones, bienes, ascensos. Con esos seguidores fanáticos había formado Boves un ejército temible, el más veloz, el menos costoso y el más despiadado del mundo.

En ese momento —diciembre de 1813— Napoleón estaba negociando con Fernando VII, a quien necesariamente tendría que poner pronto en libertad. Los ejércitos franceses eran batidos en sus últimos reductos españoles; Wellington, que había sacado a las tropas del emperador de Portugal y había ganado en España la batalla de Vitoria, se disponía a cruzar el Bidasoa para combatir en suelo francés. Los realistas de Venezuela no podían estar enterados de las negociaciones de Valencay entre Bonaparte y Fernando VII, pero sabían que desde hacía meses los franceses iban perdiendo la guerra en España y debían pensar, con razón, que ya se avecinaba el día en que España podría mandar a Venezuela ejércitos poderosos, destinados a aplastar a los republicanos; y esa idea debía estimularlos a seguir la lucha, puesto que la victoria no podía estar muy lejos.

En el mismo mes de diciembre se celebraron en San Salvador elecciones de ayuntamiento y alcaldes de barrio y resultó que los elegidos pertenecían —todos menos uno— a grupos conocidos como partidarios de la independencia, de manera que su elección no fue bien vista por las autoridades españolas. -Sin duda en El Salvador, provincia de Guatemala situada sobre el mar Pacífico, influían las noticias de la revolución mejicana, acaudillada en ese momento por el padre Morelos, pero debían influir también las que llegaban de Venezuela y Nueva Granada por la vía de Panamá. En esos días en el sur de Nueva Granada, también sobre la costa del Pacífico, fuerzas republicanas bajo el mando de José María Gutiérrez habían limpiado de realistas la provincia de Antioquia, y las tropas de Nariño, comandadas por el coronel José María Cabal, derrotaron a Sámano el 30 de diciembre en los cerros de Palacé y entraron en Popayán el día 31. Al comenzar el mes de enero, Sámano recibió refuerzos y estaba listo para marchar hacia Popayán cuando fue atacado por Nariño en Calibío. Derrotado de manera penosa, Sámano tuvo que retirarse a Pasto, que iba a ser durante años y años el punto fuerte de los realistas en el sur de Nueva Granada.

Los alcaldes que habían sido electos en San Salvador en el mes de diciembre estaban tomando parte en una conspiración que debía estallar simultáneamente allí y en la ciudad de Guatemala, capital de la Capitanía General, pero las autoridades de ambos sitios estaban informadas de sus planes. En Guatemala el caso no llegó a ser grave; en San Salvador sí, debido a que el intendente Peinado ordenó la prisión de varios de los conjurados, y esa medida provocó un levantamiento popular de proporciones alarmantes. El levantamiento fue aplastado el día 24 de enero (1814) a costa de algunos muertos y varios heridos.

Bolívar estaba en ese momento dirigiendo el sitio de Puerto Cabello. Tomar Puerto Cabello era la obsesión del joven general venezolano, tal vez porque allí había comenzado su vida militar con un fracaso histórico, quizá porque pensaba que si se adueñaba de ese punto fuerte tendría el dominio de la costa del Caribe hasta Coro y además el dominio de todo el centro de Venezuela. Obsesionado por la conquista de Puerto Cabello no atinaba a comprender que el enemigo verdaderamente peligroso no estaba allí; estaba en los Llanos de Guárico, y se llamaba Boves y tenía con él 7.000 llaneros de lanza y cuchillo.

Para entrar en la región más poblada y más rica de Venezuela —si quedaba alguna riqueza en el país—, Boves tenía que hacerlo a través de La Puerta, que da paso de los Llanos de Guárico a los valles de Aragua, y como Bolívar sabía que ése sería el camino de Boves, mandó a La Puerta a un oficial español republicano, el coronel Campo Elias. La Puerta era relativamente fácil de defender, y Bolívar confiaba en que Boves no podría cruzar por el lugar. Pero el día 3 de febrero Boves y sus llaneros destrozaron los batallones de Campo Elias, y Bolívar, temeroso de que el alud llanero se desbordara hacia Valencia, abandonó el sitio de Puerto Cabello y corrió a establecer su cuartel general en Valencia. Desde allí se hizo cargo de la situación, que no podía ser más desoladora: Boves estaba operando en el centro del país, y sus avanzadas se encontraban en La Victoria, o lo que es lo mismo, en el camino de Caracas.

Ahora bien, Caracas no era un sitio que podía dar recursos para defenderse. La capital era una sombra de lo que había sido; estaba destruida y hambreada y no le quedaban hombres en capacidad de combatir. De 40.000 habitantes que había tenido en 1812, sólo tenía 20.000 en ese mes de febrero de 1814, y la mayoría estaba compuesta por ancianos, mujeres y niños. Una pequeña columna realista podía tomarla, y sucedía que a muy poca distancia, en el castillo de La Guayra, había 800 oficiales y soldados españoles prisioneros. ¿No podía pasar en La Guayra lo que le había pasado a él en Puerto Cabello en junio de 1812? Si un oficial del día traidor ponía en libertad a esos militares presos, ¿quién podía salvar Caracas; quién evitaba la degollación de sus vecinos, la violación de sus mujeres, el asesinato de los niños? Y por último, si Caracas caía en manos enemigas, ¿quién seguiría luchando por Venezuela? Bolívar no se perdonaba a sí mismo haber sido confiado en junio de 1812 y haber provocado, con esa actitud, lo que él mismo llamó en aquellos días "la pérdida de la república"; y en consecuencia ordenó la muerte de todos los prisioneros de La Guayra. La matanza tuvo lugar el día 9 de febrero y el día 12 se daba la batalla de La Victoria, en la que participaron los estudiantes universitarios caraqueños, hijos —detalle que no debemos pasar por alto— de las familias pudientes de la capital.

Quien mandó las fuerzas republicanas en La Victoria fue Ribas. Boves no participó en la batalla porque estaba curándose de un lanzazo que había recibido en La Puerta. Ribas venció a los llaneros de Boves, pero a costa de pérdidas muy altas. De todos modos, si hubiera quedado derrotado allí no había poder alguno que se interpusiera entre esos llaneros y Caracas.

Una vez curado, Boves decidió atacar San Mateo, la hacienda familiar de los Bolívar, donde el niño Simón iba a pasar sus vacaciones de verano. De las muchas propiedades que Bolívar había heredado al morir su padre —una fortuna que se calculaba entonces, al final del siglo XVIII, en varios millones de pesos—, ninguna estaba tan vinculada a los mejores recuerdos del Libertador. Pero Boves no la atacaba por eso, sino porque las casas de la hacienda dominaban militarmente, como si hubieran sido un fuerte, una gran porción de los ricos valles de Aragua. San Mateo era un símbolo del mantuanismo que Boves estaba aniquilando.

Bolívar, que era muy-sagaz para prever los movimientos del enemigo, había calculado que si sus hombres eran derrotados en La Victoria, Boves atacaría San Mateo; así, levantó su cuartel general de Valencia y se trasladó a San Mateo. Allí, pues, se enfrentaron los dos jefes de Venezuela; Boves, el jefe de la masa popular, y Bolívar, el de un ejército eficiente, pero sin pueblo. La batalla de San Mateo iba a durar desde febrero hasta fines de marzo.

El día 22 de ese mes llegaba a España Fernando VII, a quien Napoleón había dejado en libertad después de haberlo forzado a firmar un acuerdo por el cual, entre varios puntos, el rey de España se comprometía a no perseguir a los españoles que habían colaborado con José Bonaparte. Fernando VII entró en el país por Cataluña y era recibido de pueblo en pueblo por muchedumbres enardecidas que recibían en él al símbolo de sus luchas. En esos mismos días don Antonio Nariño marchaba hacia Pasto, donde le esperaban fuerzas realistas mandadas por el mariscal don Melchor Aymerich, que había llegado desde Quito para sustituir a Sámano, y en San Mateo se esperaban noticias de Santiago Marino, que había partido de la región oriental y avanzaba a marchas forzadas para reunirse con Bolívar.

Boves tuvo también noticias de que Marino se acercaba por el camino de San Juan de los Morros, temió quedar cogido entre Marino y Bolívar y se movió hacia el Sur para bajar a Los Llanos a través de La Puerta; pero sucedió que Marino había cruzado ya La Puerta, de manera que Boves chocó con él en Bocachica, del lado norte de La Puerta, en un terreno poco apropiado para él. La batalla de Bocachica se dio el 31 de marzo. Bolívar acertó a darse cuenta de que Marino iba a tener una posición ventajosa frente a Boves y que iba a derrotarlo, y dedujo que en caso de derrota el jefe llanero tendría un solo camino para retirarse, que era el que pasaba al sur del lago de Valencia, y corrió a taponar ese camino. Efectivamente, por esa vía se retiraba Boves cuando Bolívar lo atacó y dispersó sus fuerzas el 1 de abril en Magdaleno. Tomando ventaja de la situación en que se hallaba Bolívar en San Mateo, el general Ceballos había avanzado desde el oeste del país y había sitiado Valencia, cuya defensa estaba a cargo del general Rafael Urdaneta, uno de los oficiales más capaces que tenía Bolívar, pero al saber que Boves había sido derrotado en Bocachica y en Magdaleno, Ceballos levantó el sitio y Bolívar corrió a Valencia, donde entró el día 3 de abril. Ese mismo día el terrible José Tomás Boves se internaba en Los Llanos, buscando el rumbo de Calabozo; de los 7.000 hombres que le seguían dos meses antes, le quedaban apenas 500. Su poderoso ejército de llaneros estaba destruido, pero antes había destruido él los valles de Aragua, que había sido la fuente de riqueza mantuana de Caracas.

Ahora bien, el día que Boves dejaba San Mateo para adelantarse a Marino y cruzar La Puerta antes que el general oriental —movimiento que había hecho Boves el 30 de marzo—, los ejércitos rusos, prusianos y austriacos entraban en París. Francia, pues, había sido ocupada por sus enemigos y Napoleón se vería forzado a abdicar su corona de emperador a solicitud de sus propios mariscales y del Senado, que estaba ya en entendimiento con los Borbones. El día 11 de abril Bonaparte abdicó en Fontainebleau, en el propio palacio donde los representantes de España habían firmado el tratado de ese nombre en el mes de octubre de 1808, aquel tratado que iba a desatar tantos acontecimientos en España y en América. Parecía una jugada sardónica de la Historia que el indomable capitán tuviera que firmar su abdicación en ese lugar, pues fue el tratado de Fontainebleau lo que le abrió a Napoleón las puertas de España, y su conquista de España fue la chispa que provocó a un mismo tiempo el levantamiento del pueblo español y la rebelión de los territorios españoles de América. Con España, y el imperio español de América, desde luego, de su parte, ¿se hubiera visto Bonaparte en la situación en que se hallaba al firmar su abdicación? De no haber sido por la guerra que le hizo el pueblo español, ¿habrían podido los ejércitos aliados entrar fácilmente en Francia?.

La Historia se ocupa de lo que sucedió, no de lo que hubiera podido suceder, y es el caso que la conquista de España fue para Napoleón un paso fatal; ahora bien, lo fue asimismo para España, puesto que les ofreció a las fuerzas tradicionales de la sociedad española una oportunidad que no habían tenido en más de un siglo: la de conquistar el poder político con el retorno de Fernando VII, El 5 de mayo entraba en París Luis XVIII; no podía llamarse Luis XVII porque el que debía llevar ese nombre había desaparecido en el abismo de la Revolución. Al entrar en París Luis XVIII salía Napoleón hacia la isla de Elba. Pues bien, el mismo día salía Fernando VII de Valencia hacia Madrid, y desde el anterior había firmado los decretos en que iba a basarse el régimen absolutista. Mediante esos decretos se derogaban la Constitución de 1812 y todas las leyes que habían producido las Cortes de Cádiz; además, se ordenaba la prisión de todos los diputados liberales y se designaba el ministerio con que iba a gobernar el rey. En Valencia, pues, había decidido Fernando VII el destino de su país; allí había tomado una posición totalmente opuesta a la que habían seguido todos sus antecesores Borbones durante ciento diez años. Con los decretos de Valencia quedaba liquidada una larga política liberal destinada a favorecer a los círculos burgueses del país, y se la suplantaba con otra llamada a apoyar la monarquía y las instituciones españolas en una base social tradicional. Esos decretos de Valencia darían lugar a una serie de luchas, en la que los círculos burgueses tratarían de reconquistar las posiciones perdidas; serían las luchas del siglo XIX español, caracterizadas por los "pronunciamientos", las sublevaciones, los golpes de Estado palaciegos, la actuación de los militares en la vida política, algo que España no había conocido desde hacía siglos, y al fin esas luchas acabarían provocando el colapso total del poder español en su imperio americano. Había, pues, una secuencia lógica entre la derrota de Bonaparte, su abdicación en Fontainebleau y los acontecimientos que estaban desarrollándose en el Caribe, lo que se explica porque el Caribe era una frontera imperial y esa frontera tenía que quedar afectada por lo que sucedía en las metrópolis imperiales.

Mientras Boves huía hacia Calabozo, Marino se reunía con Bolívar en Valencia. El Libertador seguía aferrado a su idea de que debía tomar Puerto Cabello. Para él, el problema de Venezuela iba a ser resuelto por los ejércitos; quedaría liquidado en un choque de ejércitos, no por la guerra que hacían los llaneros de Boves a los que en esos días llamaba "bandidos". "Los bandidos han logrado lo que los ejércitos disciplinados no habían obtenido", escribió el 24 de marzo. De acuerdo con los planes elaborados en Valencia, Marino debía salir en persecución de Ceballos, que se retiraba hacia Occidente, y Bolívar volvería a Puerto Cabello para reforzar el sitio de esa plaza, que no había sido levantado; una vez tomada Puerto Cabello, él y Marino se encargarían de liquidar Cajigal, que en el ínterin había salido de Puerto Cabello y estaba operando entre Coro y Barquísímeto. El plan parecía muy bueno, pero sucedió que Ceballos destrozó a Marino el 10 de abril en la batalla de El Arao y Bolívar tuvo que correr a Valencia para evitar que esa ciudad cayera en manos de Ceballos.

Allí, en Valencia, estaba Bolívar el 9 de mayo (1814), el día en que a más de mil quinientas millas hacia el Sudoeste Nariño derrotó a las fuerzas de Aymerich en el páramo de Tacines; el día siguiente Nariño se hallaba en las afueras de Pasto, donde fue atacado al caer la tarde. Desorganizada por el ataque, la izquierda de Nariño se desbandó y muchos de sus hombres huyeron a Tacines, adonde llevaron la noticia de que Nariño había sido derrotado y aniquilado. En Tacines se hallaba la retaguardia de Nariño, y la noticia causó en esa retaguardia tal desconcierto, que huyó abandonando su artillería y sus heridos. Nariño pues, perdió su base militar, y cuando llegó a Tacines se dio cuenta de que no tenía nada que hacer sino refugiarse en los bosques vecinos. Allí fue hecho preso y conducido a Pasto, donde el jefe neogranadino pasó más de un año en calidad de prisionero; al cabo de ese tiempo fue enviado a Quito y por fin acabó en una prisión de Cádiz, de donde saldría cuatro años después.

A mediados de mayo los jefes españoles de Venezuela decidieron atacar a Bolívar en sus cuarteles de Valencia, y hacia Valencia marcharon Cajigal y Ceballos. Bolívar creyó que tenía ante sí la oportunidad de darles a los realistas una batalla decisiva, de manera que les salió al paso y los encontró en la sabana de Carabobo donde iba a tener lugar el día 28 la primera batalla de ese nombre.

Efectivamente, si lo que estaba sucediendo en Venezuela hubiera respondido a los esquemas políticos de Bolívar, esa batalla de Carabobo habría sido decisiva. En ella el propio Libertador cargó por el centro enemigo y dejó a éste sin artillería. lo que produjo la desbandada realista. Cajigal y Ceballos dejaron en el campo más de 1.000 muertos y más de 1.000 heridos. Bolívar debió pensar que después de esa brillante acción tenía expedito el camino para echar a los realistas de Puerto Cabello, pacificar el país y organizar la república. Pero no sería así y no podía ser así; al contrario, cuando vencía el capitán general español en Carabobo, el Libertador se encontraba al borde de una derrota que acabaría con las fuerzas republicanas. Esas tropas y esos generales vencidos en Carabobo no representaban lo que Bolívar creía; eran sólo la expresión armada del poderío español, que estaba situado muy lejos y se hallaba en crisis desde hacía tiempo. El enemigo era otro; era la guerra social, encarnada en Boves. Boves había huido hacia Los Llanos menos de dos meses atrás, seguido sólo por un puñado de hombres; Bolívar lo había visto huir y no podía imaginarse que cuando él estaba triunfando en Carabobo el jefe de la guerra social tenía de nuevo a su mando miles y miles de llaneros.

Boves, pues, apareció de pronto con su poderío renovado, y Bolívar, que contaba con los 5.000 soldados que había conducido a la victoria de Carabobo, puso 2.500 a las órdenes de Santiago Marino para que taponara con ellos el paso de Boves hacia Valencia en Villa del Cura y se fue él con los otros 2.500 a guardar La Puerta, el lugar donde el 3 de febrero había destruido Boves a Campo Elías.

En La Puerta se presentó el jefe llanero el 15 de junio para repetir lo que había hecho el 3 de febrero, y en esa segunda batalla de La Puerta quedó deshecho el ejército que diecisiete días antes había vencido en Carabobo. Muchos mantuanos de campanillas murieron degollados ese día; los caminos que llevaban a Caracas se llenaron de familias que huían de todos los lugares vecinos, y los lanceros de Boves lanceaban sin piedad a ancianos, mujeres y niños. Mientras una parte de sus llaneros se dedicaba a esa faena atroz, Boves marchó sobre Valencia, la sitió durante tres semanas y la tomó el 10 de julio. Tres días después salía el Libertador de Caracas por el camino de la cosía encabezando la penosa emigración a Oriente, una página conmovedora de las historias del Caribe. Muertos de hambre, de cansancio, de sueño, de miedo, miles de ancianos, mujeres y niños huían en busca de un lugar libre de la lanza llanera, en el que estuvieran a salvo de las frías degollaciones masivas. Boves desató el terror en Valencia, donde las matanzas fueron sobrecogedoras; luego se dirigió a Caracas, donde entró el 16 de julio (1814); y allí, en la capital de los mantuanos, fue hospedado ceremoniosamente en el palacio arzobispal.

La emigración a Oriente duró tres semanas y terminó en Barcelona; pero como las fuerzas de Boves, bajo el mando de Francisco Tomás Morales, iban pisándoles los talones a los fugitivos, Bolívar y Bermúdez se hicieron fuertes en Aragua de Barcelona con 3.000 hombres. Morales atacó la plaza y la tomó el 17 de agosto. Bolívar se retiró a Barcelona y Bermúdez a Maturín. De Barcelona pasó Bolívar a Cumaná, donde un consejo de oficiales, celebrado el 23 de agosto, le retiró la jefatura de las fuerzas republicanas. El 8 de septiembre Bermúdez vencía en Maturín y ese mismo día Bolívar y Marino salían hacia Cartagena.

La situación de Nueva Granada no era trágica como la de Venezuela, pero tampoco era brillante. Las luchas de facciones, que no llegaban a los límites de la guerra civil, no daban paso a la organización del país. Se seguía combatiendo en el Norte, entre la Cartagena republicana y la Santa Marta realista; Pamplona se hallaba en manos realistas y las partidas que hacían la guerra social seguían operando en la región de Cúcuta, y en el Sudoeste, Popayán había caído de nuevo en poder del enemigo. Nadie tomaba medidas para evitarle a Nueva Granada la dolo-rosa experiencia que estaba padeciendo Venezuela. El Congreso y las autoridades de la Unión, establecidos en Tunja, se ocupaban sobre todo en someter a Cundinamarca, cuyo presidente había resuelto ejercer la dictadura, una prerrogativa que le permitía suspender en su territorio la constitución federal por un tiempo determinado.

Las victorias realistas en Venezuela habían obligado al general Rafael Urdaneta a cruzar los Andes con uno o dos batallones venezolanos y a entrar en Nueva Granada con esa tropa, que puso a disposición del congreso de la Unión, y el Congreso le ordenó pasar a Tunja con sus soldados porque esperaba usarlos para reducir al dictador de Cundinamarca. Así, los adalides de la guerra venezolana de independencia venían a convertirse en instrumentos de luchas internas en Nueva Granada. Ese fue el papel que tuvo que hacer Bolívar cuando después de haber llegado a Cartagena pasó a Tunja para dar cuenta al Congreso de los sucesos de Venezuela; de manera que Bolívar se vio envuelto en las pugnas de Nueva Granada, un aspecto de su vida que no interesa para los fines de este libro. Ahora bien, dado que El Libertador tuvo una actuación tan descollante en la historia del Caribe, diremos brevemente, y a su tiempo, qué hizo él en esos días. Por ahora sólo anotaremos que Cúcuta cayó en manos españolas, pero que Urdaneta recuperó la plaza sin mucho esfuerzo.

Si los realistas de Venezuela hubieran estado organizados alrededor de una autoridad definida, digamos, alrededor del capitán general Cajigal, hubieran podido sacar fuerzas del país y lanzarse sobre Nueva Granada, pues con la excepción de Maturín y la isla de Margarita toda Venezuela se hallaba en sus manos. Pero en Venezuela no mandaba nadie, por lo menos sobre un esquema de orden civil. Allí los núcleos que tenían más poder se dedicaban a hacer la guerra social, cada uno por su cuenta y valiéndose de sus propios medios. Boves mismo tenía un sólo propósito: aniquilar los restos del mantuanismo que se hallaban en Maturín.

Vencido en Manturín el día 8 de septiembre, Morales se había retirado a Úrica, y a Úrica iría a reunirse con él su jefe Juan Tomás Boves. El general Piar, a quien se le habían confiado 800 hombres para que los condujera a Maturín, donde los republicanos habían planeado hacerse fuertes, decidió quedarse en Cumaná para detener allí el avance de Boves. Se trataba de un sueño que iba a convertirse en una pesadilla de sangre. Boves arrolló a Piar, entró en Cumaná y la convirtió en una ciudad mártir. Las matanzas de Cumaná ocupan una página distinguida en la historia de atrocidades de la guerra social venezolana.

En ese momento, al comenzar el mes de noviembre de ese llamado "año terrible" de 1814, en la Venezuela continental sólo Maturín se conservaba como una isla republicana. Cerca de allí, en las aguas del Caribe, estaba la isla Margarita, también en manos republicanas, pero esa isla no preocupaba a Boves. Su plan era ir a Úrica para unir las fuerzas de Morales a las suyas y caer sobre Maturín, donde exterminaría los restos del mantuanismo venezolano. En Manturín había 4.000 hombres, número suficiente para atacar a Morales en Úrica, vencerlo y desbandar sus llaneros antes de que Boves llegara; sin embargo, no se hizo así, sino que se pretendió detener la marcha de Boves en Los Magueyes, donde el terrible jefe de los llaneros derrotó a los republicanos el día 9. Con el camino hacia Úrica abierto a sus caballos, Boves fue a reunirse con Morales, lo que quiere decir que a mediados de noviembre disponía en Úrica de 7.000 hombres, mientras que los republicanos de Maturín sólo tenían unos 4.000.