JUAN BOSCH

De Cristóbal Colón
a Fidel Castro (I)



Indice

Unas palabras del autor
Capítulo Primero: Una frontera de cinco siglos
Capítulo II: El escenario de la frontera
Capítulo III: Indios y españoles en los primeros años de la frontera imperial
Capítulo IV: La conquista del Caribe entre 1508 y 1526
Capítulo V: La conquista entre 1526 y 1584
Capítulo VI: Sublevaciones de indios, africanos y españoles en el siglo XVI
Capítulo VII: Las guerras de España en el siglo XVI
Capítulo VIII: Contrabandistas, bucaneros y filibusteros
Capítulo IX: El siglo de la desmembración
Capítulo X: El tiempo del espanto
Capítulo XI: intermedio europeo
Capítulo XII: El Caribe hasta la paz de Utrecht
Capítulo XIII: Las guerras en el Caribe hasta la paz de París (1763)


El Caribe, frontera imperial

Juan Bosch



Aparte de su actividad política, Juan Bosch ha sido conferenciante y profesor invitado en numerosas universidades europeas y americanas. Pero el ex presidente de la República Dominicana aparece también, y por derecho propio, en todas las antologías de la literatura americana como uno de sus más grandes narradores. Su libro Cuentos escritos en el exilio es un exponente extraordinario —duro, punzante, agresivo y de una armonía increíble— de la perfección de un estilo.

El historiador ha sido traducido a numerosas lenguas por sus biografías —la de David, el rey de Israel, es una obra clásica en lengua inglesa— o por sus ensayos, varias veces editados en diversos países. Entre sus obras historiográficas destacan, además del gran éxito literario de El Pentagonismo, sustituto del imperialismo (publicado en 1968), De Cristóbal Colón a Fidel Castro (El Caribe, frontera imperial) y dos ensayos titulados Ecumenismo y mundo joven e Iglesia, sectas y nuevos cultos. «De Cristóbal Colón a Fidel Castro Caribe, frontera imperial» .En esta obra, toda la experiencia del político, del narrador, del hombre libre, del viajero, del gran exiliado, coinciden para expresar y retratar, en una especie de historia vivida y contemplada, la dramática, impresionante y fascinante biografía de un mundo: América. La América De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El político, el sociólogo, el economista, el estadista y, por encima de todo, el hombre que ama a su tierra se vierte, se desparrama con infinito amor sobre los problemas, sobre la vida que le rodea y los comenta, los estudia y nos deja constancia de todo su afán.

Pero Juan Bosch, que ha sido protagonista de la historia, que ha visto de cerca las cosas, añade un subtítulo definitorio de su libro: El Caribe, frontera imperial. No creemos que exista nadie, ahora, que pueda explicar mejor que Juan Bosch esa enorme crisis, esa enorme lucha por la libertad.

La Editorial Sarpe se siente orgullosa de publicar este documento de tan excepcional testigo.

El Caribe, desde Colón hasta nuestros días

Los Antecedentes

El objetivo esencial de la época de los grandes descubrimientos geográficos, el final de la Baja Edad Media y los comienzos de la Época Moderna, consistió en llegar a la India. Los pueblos de la Península Ibérica, España y Portugal, se colocaron resueltamente a la cabeza del movimiento, sintetizando las siguientes experiencias: la tradición mediterránea de la cartografía mallorquina y las exploraciones de portugueses, andaluces y castellanos por el Atlántico. Portugal se lanzó a la empresa de la India por la ruta del Este —periplo africano, coronado en 1486 por Bartolomeu Días, descubridor del cabo de Buena Esperanza; llegada de la flota de Vasco de Gama a la India en 1498-—. España —Colón— lo hizo por la ruta del Oeste, lo que en definitiva implicó el hallazgo del continente americano y del océano Pacífico, elementos que se interponen entre el Atlántico y la costa asiática.

¿Quiso realmente Colón llegar a la india, a Asia, por Occidente, basándose en los conocimientos de la época, que consideraban más corto el camino de la navegación siempre hacia el Oeste? En ello consistiría el error científico de Colón, espléndidamente compensado por el descubrimiento de América. Este acontecimiento, desarrollado bajo la tutela de los Reyes Católicos, tenía su precedente en la actividad marinera de la costa suroccidental de la Península Ibérica, desde Lisboa hasta Cádiz. Dicho territorio conoció, desde fines del siglo XIV, una infatigable actividad, ligada, sin duda, a su propia posición geográfica y a la posibilidad de que las expediciones que de ellas partieran encontraran el soplo favorable de los vientos alisios. Hitos de esa expansión marítima, en la que Portugal desempeñó un papel rector —destacando el rey Enrique el Navegante y la escuela de Sagres— fueron el descubrimiento de las islas atlánticas (Canarias, Madeira, Azores) y los progresos por la costa occidental de África. El tratado de Alcaçoba de 1479 sancionó la supremacía de Portugal, reservándole prácticamente África, si bien se reconocía a Castilla el dominio de Canarias y una puerta en el litoral sahariano, limitada al norte por el reino de Fez y al sur por el cabo Bojador.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la exportación de lanas a los Países Bajos y la búsqueda de mercados en las costas africanas o las Canarias proporcionaron al Reino de Castilla una madurez marinera capaz de responder a la empresa que se avecinaba. La carabela, por ejemplo, navío típicamente oceánico, ligero y sólido a un tiempo, especialmente apto para travesías largas y difíciles, era un elemento imprescindible para la aventura descubridora. Por todo ello, si desde el siglo XI el país mejor situado de Europa para la comunicación marítima con América es la Gran Bretaña, en los siglos XV y siguientes, en que la navegación estaba supeditada drásticamente al régimen de vientos (la «ruta de los alisios»), ese país, con gran diferencia respecto a los demás, era el Reino de Castilla.

El año 1492 es una de las fechas clave de la historia de España. En él se culmina la Reconquista, se logra, al menos teóricamente, la unidad religiosa con la expulsión de los judíos y la evangelización de los moriscos; escribe Nebrija la primera gramática española —«que siempre fue la lengua compañera del Imperio», dirá el propio Nebrija— y se descubre un Nuevo Mundo. Dentro del reinado de los Reyes Católicos, el año 1492 es el hito que separa la fase de política interior de la de política exterior.

El descubrimiento de América y la ulterior penetración en aquel continente constituyen una de las aportaciones más sustanciales —si no la más— de España a la historia del mundo. Este año es el que señala el inicio de la fabulosa aventura. Pero todo aquel conjunto de hechos, desde los viajes iniciales al control de un espacio de millones de metros cuadrados, distante miles de millas de toda tierra civilizada, no hubiera sido posible sin la conjunción de una serie de factores, ya esbozados. Sin embargo, también hay que tener en cuenta lo que significa la organización del Estado "moderno, dotado ya de medios y poderes, por primera vez en la historia de España, para una empresa de tal envergadura. América fue descubierta, por azar providencial, en el justo momento en que su conquista, colonización y evangelización comenzaban a ser técnicamente posibles.

La propuesta hecha por Colón a los Reyes Católicos (afirmaba que navegando por el oeste se podía hallar un camino más corto para llegar a las tierras de las especias) logró finalmente una acogida favorable. Las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas en abril de 1492, estipulaban las condiciones en que iba a basarse el marino genovés para realizar la empresa de las Indias. El 3 de agosto del mismo año partían tres carabelas con un grupo de intrépidos marinos, en su mayoría andaluces. El 12 de octubre, después de un viaje muy rápido, debido a la utilización de los vientos favorables (alisios), la expedición tocó tierra. Pero, en vez de llegar a las Indias, como esperaba Colón, se había puesto pie en un nuevo mundo, hasta entonces desconocido.

Las grandes expectativas abiertas con motivo de la empresa colombina quedaron defraudadas de momento, pues no se encontró el oro ni las otras riquezas que se suponía había en Indias. De todas formas, la gesta tuvo consecuencias trascendentales para el futuro. El marino genovés murió creyendo que había llegado a las Indias, sin sospechar, por tanto, que se trataba de un mundo nuevo. Los Reyes Católicos se preocuparon en seguida por obtener las garantías legales sobre las tierras descubiertas en las «Indias». Ello planteó, de nuevo, el problema de las relaciones hispano-portuguesas. La bula Inter Caetera, del papa Alejandro VI, otorgó a los españoles la posesión de las tierras situadas a cien leguas al oeste de las Azores o de Cabo Verde (1493). El subsiguiente Tratado de Tordesillas (7 de junio de 1494) ratificó la división del mundo en dos hemisferios: el oriental, portugués, y el occidental, español. La línea de demarcación entre ambos quedó fijada en el meridiano que se hallaba 370 leguas al oeste de las islas Cabo Verde. El espacio al oeste de dicha línea se reservaba para Castilla, la cual consiguió así títulos que legitimaron su dominio sobre las tierras recién descubiertas. Asimismo, en 1503 se creó la Casa de Contratación, con sede en Sevilla, cuya finalidad era centralizar todo el comercio que se realizase con el Nuevo Mundo.

Aparte del viaje del Descubrimiento, Colón realizó otros tres, en el transcurso de los cuales amplió sus descubrimientos en el ámbito antillano —Pequeñas Antillas, Jamaica, Puerto Rico, costa oriental de Centroamérica— y persistió en su idea primera de que había llegado realmente a las Indias. Sin embargo, la evidencia de que se trataba de tierras bien distintas de las de Asia oriental se impuso a sus contemporáneos. De un lado, el viaje de Vasco de Gama a la India en 1498, y de otro, los llamados «viajes menores» de los españoles por el Caribe y las costas septentrionales de América del Sur — Ojeda, Bastidas, Nicuesa, Vespuccio— acabaron por desvanecer toda duda. El reconocimiento claro del error de Colón se difundió ya a partir de 1507, en que el cosmógrafo alemán Martin Waldseemüller se refirió, en su Cosmographiae In-troductio, a una quarta pars del mundo, a la que dio el hombre de América en homenaje al florentino Amerigo Vespuccio. En 1513, Vasco Núñez de Balboa atravesaba el istmo de Panamá y descubría el mar del Sur (más tarde llamado océano Pacífico). Inmediatamente comenzó la búsqueda de un paso que comunicara el Atlántico con el Pacífico por el sur de América. Magallanes lo conseguiría en 1520, al descubrir el estrecho de su nombre, cuando reinaba ya en España Carlos I.

Los Hechos

La Corona inicio rápidamente la colonización del Nuevo Mundo, la expedición de Nicolás de Ovando (1502) marcó el comienzo de la población de las Antillas, el origen del imperio español en América y la incorporación del pueblo hispano a la tarea colonizadora. Los reyes delegaron los asuntos de América en el Consejo de Indias, y los colonos españoles en las Antillas recibieron repartimientos de indios (institución parecida a la encomienda medieval castellana), explotaron yacimientos auríferos y ensayaron el cultivo de la caña de azúcar. Los primeros resultados fueron descorazonadores: la dificultad que entraña todo proceso de culturización y los excesos de los encomenderos motivaron una alarmante despoblación indígena. Como única esperanza surgió el descubrimiento de nuevas tierras, pronto convertido en realidad con la empresa mexicana de Hernán Cortés. La prosperidad no volvería a las Antillas hasta mucho más tarde, con la difusión de las plantaciones azucareras. Los excesos de los colonos suscitaron una espléndida reacción humanitaria, a cargo de los dominicos, que el hispanista norteamericano Lewis Hanke ha calificado de «lucha española por la justicia en la conquista de América». El domingo antes de Navidad de 1511, el dominico fray Antonio de Montesinos predicó un sermón revolucionario en la isla Española. Comentando el texto bíblico «Soy una voz que clama en el desierto», Montesinos dio el primer grito en nombre de la libertad humana en el Nuevo Mundo, cuyo campeón, a partir de 1515, fue otro dominico —antiguo encomendero, que había renunciado a los indios por escrúpulos morales—, fray Bartolomé de las Casas. El rey reunió una Junta de teólogos y promulgó las llamadas «Leyes de Burgos» (1512), que constituyeron el primer intento legal de proteger a los indios.

Muerto Fernando el Católico, el regente de Castilla, cardenal Cisneros, envió a las Antillas, en calidad de comisarios, a tres frailes Jerónimos, cuyo breve mandato se caracterizó por la moderación. Con el nuevo monarca, Carlos I, pueden considerarse terminados los ensayos para dar paso a una entidad política y cultural nueva: las «Indias Españolas», el primer sistema colonial organizado de la época moderna.

Entre el descubrimiento colombino y la sumisión de los incas por Pizarro, que marcó el fin de las grandes conquistas, transcurrió menos de medio siglo (1492-1536). «La más extraordinaria epopeya de la historia humana», la conquista de América, fue realizada en menos de veinte años (1519, Cortés en México; 1536, Pizarro en Perú). Además, fue obra de un número increíblemente corto de españoles: la expedición de Cortés constaba de 416 hombres, y sólo 170 siguieron a Pizarro en su avance hasta Cajamarca. La enorme capacidad personal de aquellos conquistadores y sus acompañantes, su superioridad moral y técnica, hicieron posible tal milagro. Económicamente, los gastos de la expedición recaían sobre los propios organizadores, o sea, en su casi totalidad, sobre elementos particulares. No es exagerado afirmar que la conquista de América le salió gratis al Estado español.
Por el contrario, los beneficios que aquellas tierras rindieron al Erario merecen el calificativo de fabulosos. Efectivamente, el tesoro real tenía derecho, según vieja tradición, a un 20 por 100 de los metales preciosos que produjeran las minas del reino. Y, desde 1540 aproximadamente, con el hallazgo de los casi míticos filones de Zacatecas y Potosí, el Nuevo Mundo comenzó a manar oro y plata, hasta el punto de transformar la estructura económica del mundo civilizado. Doscientos mil kilos de oro y diecisiete millones de kilos de plata cree el profesor Hamilton que atravesaron el Atlántico en un siglo; cifras que otro estudioso del tema, Ramón Carande, estima conveniente duplicar, si queremos estar más cerca de la verdad. Aquella riada enorme, al no encontrar en la Península una banca o industria capaces de absorberla, se desparramó Europa adelante, hasta llegar a los últimos confines del mundo. Los plateados reales españoles eran moneda corriente en Londres, en Amberes, en Lyon y en Génova, y se comerciaba con ellos en los mercados de ciudades tan lejanas como El Cairo o Bagdad.

La quinta parte del torrente, al menos en teoría, debió revertir sobre el Estado. Sin aquellos fabulosos aportes no hubiera sido posible el sostenimiento del imperio durante siglo y medio, ni se hubiesen podido mantener los exorbitantes gastos militares, administrativos o diplomáticos. En el dispositivo general de la monarquía católica, el Nuevo Mundo desempeñaría un papel imprescindible, sirte quo non. En este sentido, lo que resultó América, excepto en el breve período de la conquista, fue, más que una avanzada, un respaldo, como la retaguardia de España.

Con respecto a las consecuencias culturales de la conquista y colonización de América, no debemos olvidar que el siglo XVI significó la mayor mutación jamás habida del espacio humano; por lo que se refiere a España, produjo la elaboración de una nueva frontera —concebida como un complejo de relaciones humanas y de unas coordenadas culturales de entendimiento— que se caracterizó por la triple unidad humana de comunicación, economía y relación cultural y que, aunque resultado de una larga maduración, se convirtió en la más expresiva manifestación de vitalidad humana y creadora de sus protagonistas. En treinta años —los que transcurren entre el primer viaje colombino y la primera circunnavegación— se construyó la geografía de un Atlántico transversal, basada en el conocimiento de todas sus estructuras: rutas, vientos, islas, costas. La longitud y anchura del gigantesco continente fue prácticamente delineada en otros treinta años, estableciéndose de tal modo la base para una estructura de relaciones humanas, de profunda síntesis antropológica, estética, religiosa y cultural. Se trata de una inmensa experiencia, en la cual se configuraron los sistemas de ideas, se escribieron las opiniones, iniciándose una polémica de implicaciones teológicas, éticas y políticas, se fundaron ciudades, se organizaron cabildos, se crearon gobernaciones, comenzaron la producción económica y el estudio hasta los más altos niveles universitarios.

Las consecuencias

Hasta mediados del siglo XVI puede hablarse de la «Era de los conquistadores». Es la etapa, en tantas ocasiones mitificada de forma artificiosa, de realización material del sometimiento de las poblaciones americanas en nombre de una serie de intereses de todo tipo. América se convertiría en escenario de controversia de una amplia serie de ideas, tensiones y proyectos nacidos en una Europa que se vuelve ya hacia el océano Atlántico, abandonando las limitaciones supuestas por la localización de su eje económico en el Mediterráneo.

Los siglos XVI, XVII y XVIII estarán definidos sobre el territorio americano por el común elemento de la lentitud y la estabilidad estática. El historiador francés Fernand Braudel ha establecido una serie de tipos que la historia de los pueblos adopta a lo largo de los siglos; en función de dicha clasificación, la evolución histórica de América Latina durante estos siglos se concreta perfectamente en su idea de la «historia inmóvil». Mientras en la mitad norte del continente el espíritu puritano importado de Europa establecía las bases necesarias para el posterior desarrollo social y material que se manifestaría en el momento de la emancipación política, la América ordenada según usos ibéricos se estancaba en todos los planos hasta convertirse de forma creciente en fácil presa de intereses de potencias ajenas a ella.

El también historiador francés, especialista en temas hispánicos, Pierre Chaunu habla de este prolongado periodo de la historia americana en líneas que alcanzan grados de expresión insuperables. Así, establece la etapa que media entre los años centrales del siglo XVI y los primeros del siglo XIX como de «una historia estática... donde los acontecimientos se desarrollan únicamente con una majestuosa lentitud, donde los hechos se desarrollan en profundidad, en las estructuras sociales de un mundo situado en proceso de creación». Esta idea debe ser tenida en cuenta de forma permanente ante toda consideración de la evolución histórica de la América de raigambre ibérica.
El inmenso espacio americano habría de servir como ámbito de aplicación directa, y prácticamente libre de trabas, de los principios dominantes en las estructuras colonizadoras. El nuevo continente serviría como escenario de representación de formas de organización que en el viejo ya no eran susceptibles de aplicación práctica, América —se ha dicho en multitud de ocasiones— sería la posibilidad de plasmación de las exageraciones que en todos los aspectos había generado la culturé peninsular. Una colonización española y portuguesa, ejemplar en tantos aspectos, sería no obstante elemento de fermento de usos que, en definitiva, irían dirigidos en contra de los intereses de los pueblos ordenados según ellos. Todo triunfalismo referente a esta cuestión, actitud de la que se ha abusado generosamente durante cinco siglos, debe considerar esta realidad.

La implantación de las formas de organización social y económica vigentes en Europa supondría una labor ardua y prolongada. Las mismas dimensiones del continente americano precisaban ya de por sí de una acomodación de aquellos principios nacidos bajo ópticas espacialmente más reducidas. Los tres siglos largos de nominal dominación europea supondrían para América el hecho de la destrucción de su anterior pasado indígena, para ser sustituido por estructuras foráneas que en sus lugares de origen ya demostraban la nocividad de su naturaleza.

España y Portugal instalarían en sus territorios americanos de control las instituciones políticas, económicas y sociales que definían por entonces a sus propios ordenamientos internos. Esto haría posible la existencia de dualidades especialmente marcadas que permitían la coexistencia de universidades de tipo europeo con estructuras de explotación del indígena qué, en teoría, contradecían los principios vigentes en las respectivas metrópolis. La obra de Bartolomé de las Casas, denunciando esta situación, serviría para establecer un primer paso en la concienciación acerca de estos problemas, a los que los poderes europeos no serían capaces de dar respuesta adecuada.

Durante estos tres siglos, la presencia ibérica en territorio americano haría realidad un hecho de especial trascendencia: el fenómeno del mestizaje. La América española y la América portuguesa ofrecerían modelos de convivencia que, contando con todos sus elementos de carácter negativo, servirían para establecer normas de aplicación en situaciones similares. La denominada América Latina sería ordenada en base a postulados de índole económico-religiosa que posibilitarían este encuentro entre elementos de los dos sectores enfrentados.

A principios del siglo XIX, la invasión francesa de los dos países ibéricos que controlaban los destinos de América en sus sectores meridionales iniciaría el proceso de emancipación de los mismos. A partir de esos momentos, España y Portugal —debilitados de forma irreversible— se limitarían a observar la progresiva pérdida de sus territorios coloniales, a los cuales habían exportado sus formas de organización. América Latina accedía a la independencia contando con el decisivo elemento negativo de su fraccionamiento, y se entregaba materialmente a la dominación real de las potencias que entonces emergían como dominantes en la escena internacional.

Lo que sería denominado neocolonialismo habría de constituir el esquema de ordenación de los territorios americanos emancipados de las decadentes Coronas española y portuguesa de principios del siglo pasado. Los protagonistas del proceso independentista no podían imaginar que la salida del control ibérico, tradicional y paternalista, iba a suponer la inclusión de sus países en la órbita del más decidido imperialismo de signo tecnificado. Primero la Gran Bretaña, situada en el punto álgido de su poderío ultramarino, y a continuación los Estados Unidos, actuarían con absoluta discrecionalidad sobre los espacios económicamente más interesantes de la América colonizada por las naciones peninsulares.

En una primera etapa, América Latina habría de convertirse en un instrumento complementario de la economía europea. La masiva emigración afectada hacia aquellas latitudes por parte de los continentes laborales excedentes en el Viejo Continente aliviaría el panorama social del mismo. De forma paralela, la América meridional servía como útil centro de producción de materias primas que los países más desarrollados precisaban para su consumo. La intervención europea sobre América Latina cedería más adelante su lugar a la norteamericana. Los Estados Unidos, convertidos en primera potencia mundial, comenzaban a actuar de forma directa sobre sus vecinos iberoamericanos.

La presencia norteamericana en este espacio manifestaría una amplia gama de formas, yendo desde el mantenimiento del control económico de los países integrantes del bloque de tradición ibérica hasta la intervención armada en los casos en los que su influencia parecía hallarse en peligro. La historia contemporánea de América Latina no supone de esta forma más que una continuación de su evolución durante la etapa colonial. Las formas de dominación no son hoy más sutiles que entonces, ya que a nadie se le oculta la verdadera realidad de la situación, pero sí han adquirido niveles más elevados de eficacia.

Durante más de tres siglos, españoles y portugueses habrían de proceder a realizar una política de colonialismo que, en definitiva, no reportaría a las respectivas metrópolis unos beneficios demasiado significantes. Las colonias supondrían, además, en muchas ocasiones una pesada carga para las economías europeas que poseían oficialmente su dominio. Concluida la etapa colonial, América Latina entraría en un proceso impuesto desde el exterior y definido por la sistemática explotación de todos sus recursos humanos y materiales. Este hecho, mantenido hasta hoy mismo, se alza de esta forma como rasgo determinante de validez general para todos los países integrantes del espacio referido.

América Latina se encuentra sumida en una crisis de crecimiento de la que por el momento se manifiesta incapaz de salir. La permanente inestabilidad política, unida a la desarticulación de sus sociedades, encuentra su negativo complemento en un ámbito económico asimismo deficiente desde el punto de vista estructural.
El panorama se presenta, así, bajo rasgos nada optimistas; América Latina precisará de un largo período de tiempo para lograr la verdadera emancipación de sus pueblos, que vaya más allá de lo que constituyó su proceso teóricamente independiente, el cual solamente sirvió para sustraerla de una dominación y entregarla a otra más eficaz e inhumana.

Fechas clave

1483 Cristóbal Colón propone a Portugal alcanzar la India por el Atlántico, dado el encarecimiento de los productos orientales y la inseguridad de las rutas terrestres utilizadas hasta entonces para su transporte. El perfeccionamiento de la cartografía y del transporte marítimo (invención de la brújula, construcción de las primeras carabelas, así como la idea de la esfericidad de la Tierra, son las condiciones que permiten, en teoría, realizar la empresa con posibilidades de éxito.

1485 Al ser rechazado el Plan Por Portugal, Colón llega a España. Establece relación con el duque de Medinaceli, con los frailes del monasterio de La Rábida, en la provincia de Huelva, y con los hermanos Pinzón y Pedro Alonso Niño.

1486 Tras la Primera entrevista con los Reyes Católicos, celebrada en Alcalá de Henares, Colón logra el apoyo de Luis de Santángel, tesorero de la Santa Hermandad y contable de la Real Casa; pero la Junta que estudia el proyecto lo desecha.

1492 Nueva entrevista con los monarcas en Granada; las condiciones económicas y las prerrogativas que exige son finalmente aceptadas en las Capitulaciones de Santa Fe; Colón obtiene los títulos vitalicios y hereditarios de virrey, almirante y gobernador, con poderes jurisdiccionales sobre las tierras a descubrir; se le adjudica el 10 por 100 de las riquezas halladas. El 3 de agosto salen del puerto de Palos, en Huelva, las carabelas «Pinta», «Niña» y «Santa María» con unos 100 hombres: el 12 de octubre descubren la isla Guanahaní (más tarde llamada San Salvador), Cuba y Santo Domingo; en la última se funda el fuerte Navidad, primer establecimiento europeo en el continente americano.

1493 Colón regresa a España. Desembarca en Barcelona y se entrevista con los reyes en el mes de abril. El 25 de septiembre parten de Cádiz diecisiete nuevas carabelas, las cuales transportan al Nuevo Mundo 1.500 hombres con instrucciones para la evangelización, comercio y colonización de estas tierras. Se funda la primera ciudad, llamada Isabel en honor de la Reina Católica, entre las ruinas del fuerte Navidad, destruido por los indios. Realizan viajes a Cuba —que Colón cree ser la India— y a Jamaica; vuelven a Santo Domingo, entonces llamada La Española, donde el gobierno de Colón produce descontento. Se plantea el problema de la esclavitud indígena.

1495 En el mes de octubre desde la metrópoli se envía a La Española un representante real. Colón entrega el gobierno a su hermano Bartolomé y regresa a España para defenderse de las acusaciones que se le hacen.
1498 El 30 de mayo, Colón realiza su tercer viaje al Nuevo Mundo. Salen de Sevilla y Sanlúcar seis carabelas, que siguen dos rutas: una va hacia La Española y la otra hacia el suroeste. Descubrimiento de Trinidad y de la desembocadura del Orinoco. En el mes de agosto llegan a distintos puntos del continente, que Colón sigue creyendo ser las Indias orientales.

1500 El portugués Pedro Alvarez Cabral descubre el Brasil, al tiempo que Vicente Y. Pinzón llega a su costa nordeste y a las bocas del Amazonas. Juan de la Cosa traza el primer mapa de las tierras exploradas. Tras su regreso a La Española, Roldan encabeza una sublevación contra Colón. Bobadilla es enviado a esta isla por los reyes con plenos poderes, y procesa a Colón, que es enviado a España en calidad de preso. Esto conlleva la supresión de sus privilegios, salvo los títulos de virrey y almirante.

1502 Nicolás de Ovando es enviado a La Española como gobernador de la isla, con amplios poderes judiciales. Pacifica la isla. Hernán Cortés intenta embarcar en esta expedición, pero un accidente sufrido en una aventura galante se lo impide. El 11 de mayo, Cristóbal Colón sale con cuatro carabelas, iniciándose así su cuarto viaje. Se le prohíbe dirigirse a La Española. Llegada a la costa centroamericana (actuales Honduras y Panamá).

1505-1508 En las juntas de Toro y de Burgos, en las que participan, entre otros, Amerigo Vespuccio y los hermanos Pinzón, se estudia la posibilidad de hallar un paso a través del continente que conduzca a las Indias orientales. Igualmente se crea el puesto de Piloto Mayor, para el que es nombrado el afamado marino italiano Amerigo Vespuccio.

1513 Viajes menores de exploración y conquista de América. Mediante establecimiento de compañías comerciales y el apoyo financiero de la Corona o de algunos banqueros extranjeros, Alonso de Ojeda, Amerigo Vespuccio, los hermanos Pinzón, Juan de la Cosa, Alonso Niño y otros marinos recorren las costas americanas, desde el Brasil hasta las Antillas mayores: Trinidad, Venezuela, Colombia, Panamá, las bocas del Amazonas y el Orinoco. Hernán Cortés participa en la expedición de Diego Velázquez a Cuba, en la que no ocupa un cargo militar, limitándose a desempeñar funciones burocráticas. En Cuba ejerce actividades muy diversas: es agricultor, ganadero, buscador de oro, negociante, etc. De los relatos de Amerigo Vespuccio se desprende que las tierras descubiertas forman un nuevo continente, al que Martin Waldseemüller propone, en su obra Cosmographiae Introductio, que se dé el nombre de «América». Vasco Núñez de Balboa cruza el istmo de Panamá y descubre el océano Pacífico.

1515 Expediciones de Juan Díaz Solís por las costas uruguayas y el río de la Plata: se busca un paso entre los océanos Atlántico y Pacífico. Retroceso de los conquistadores españoles ante los indios.

1518 Diego Velázquez confía a Hernán Cortés el mando de una expedición cuyo objetivo lejano es la conquista del imperio azteca. El conquistador extremeño parte de la ciudad de Santiago en el mes de noviembre, antes de la fecha prevista, con 11 barcos y 700 hombres.

1519 Primera circunnavegación de la Tierra. Femando de Magallanes, portugués al servicio de Castilla, alcanza por occidente las islas de las Especias. Uno de sus cinco navíos, el «Victoria», al mando de Juan Sebastián Elcano, regresará a Sevilla tras una travesía de 1.124 días. Queda probada, así, la esfericidad de la Tierra. La expedición de Hernán Cortés se dirige a Yucatán, donde el conquistador funda la ciudad de Veracruz; desde aquí inicia la penetración hacia el interior de México en un viaje de exploración en el que también se buscan riquezas. En el mes de noviembre llega a la capital azteca, Tenochtitlán, siendo bien recibido por el emperador entonces reinante, Moctezuma, que se reconoce vasallo del rey de Castilla.

1520-1521 Tras la sublevación de Tenochtitlán, Hernán Cortés, nombrado capitán general, somete todo el imperio azteca y realiza expediciones a Yucatán y Honduras, que son anexionadas a Nueva España; Carlos V implanta una sólida organización administrativa en estos territorios.

1531 Francisco Pizarro comienza la tarea conquistadora del territorio del imperio inca, que se prolongará hasta 1533. A partir de ese momento proliferará la creación de Audiencias en los nuevos territorios, siguiendo a la inicial, creada en Santo Domingo en 1511; le seguirán México (1529), Panamá (1538), Santa Fe y Guadalajara (1548}, Buenos Aires (1661), etc.

1535 Creación del virreinato de la Nueva España, que engloba a la totalidad de la América Central —sin Panamá—, a las Antillas y a la zona costera de la actual Venezuela. Auge en las tareas de explotación de plata en México. Esta ordenación del territorio americano basado principalmente en sus características físicas habrá de constituir uno de los mayores cuidados de la administración colonial.

1543 Creación del virreinato de la Nueva España, con capitalidad en Lima, que ordena a la totalidad de la extensión de América del Sur, excepto la costa venezolana. Creación de las Audiencias de Lima y Guatemala. Promulgación de las denominadas «Leyes Nuevas», destinadas a conseguir la extinción definitiva de las encomiendas; el fracaso más señalado seguirá a este discreto intento reformador.

1559 Creación de las Audiencias de la Plata de los Charcas, y, pocos años más tarde, de las de Quito y Chile.

1560 Finalización del proceso de promulgación de edictos acerca de la liberación de los indios esclavizados, que se había iniciado diez años antes.

1563 Vasco de Puga escribe su famosa obra de gran influencia política, titulada Provisiones, cédulas e instrucciones para el gobierno de Nueva España.
Creación de la Audiencia, tribunal especial de apelación con jurisdicción para todos los territorios de América, instrumento unificador de las tareas jurídicas hasta entonces dispersas en organismos varios.

1601 Reglamento que rige el trabajo efectuado por indígenas bajo control peninsular. Se prohibe, por el mismo, la existencia de jornaleros situados en régimen de esclavitud.

1640 Separación de las Coronas de España y Portugal, que se habían unido en 1580 en la persona de Felipe II. Creación del cargo de virrey en Brasil, que reside en Bahía hasta el año 1763, en que pasa a instalarse en Río de Janeiro.

1642 El denominado «Conselho da India» pasa a convertirse en «Conselho Ultramarino», para englobar a la totalidad de las posesiones portuguesas extraeuropeas.

1701-1707 Abolición legal de las encomiendas cuyos titulares tengan su residencia en España, y de todas las encomiendas que cuenten con menos de cincuenta indios.

1720 Abolición legal de la totalidad de las encomiendas existentes, con excepción de las de Yucatán, que se mantendrán hasta 1787.

1764 Inicio de la creación de las Intendencias en las circunscripciones siguientes: Cuba (1764), La Plata (1782), Perú (1784), Chile (1786) y Nueva España (1790). Todo ello dentro
del mismo proceso de ordenación territorial, en momentos en que ya se preparan los fermentos de la emancipación nacional.

1771 Inicio de una década señalada por la abundancia e incidencia de los levantamientos indígenas en contra de las condiciones impuestas por los colonizadores: revueltas de negros en Colombia, de los indígenas ecuatorianos, de los nativos de la región del Orinoco y de otras regiones de Venezuela, sobre todo.

1775 Frustrado ataque portugués lanzado contra Montevideo, dentro de un clima bélico entablado entre las dos respectivas potencias coloniales.

1776 Unificación de la administración para las colonias sudamericanas de Portugal. Creación del virreinato del Río de la Plata en Brasil con capitalidad en Río de Janeiro.

1780 Revuelta encabezada por Tupac Amaru en Perú, que constituyó la más grave de esta naturaleza observada durante toda la etapa colonial, ya que tuvo repercusiones en otros ámbitos geográficos y en otros sectores sociales. Dos años antes, en 1778, España y Portugal decidieron mediante un tratado de paz poner fin a sus mutuas rivalidades, que afectaban directamente a sus posesiones coloniales.

1790 En España se produce la disolución de la Casa de Contratación, que ya había abandonado Sevilla para instalarse en la ciudad de Cádiz.

1800 El movimiento independentista de América Latina surge como consecuencia de un amplio proceso previo, que arranca de dos supuestos básicos: el ciclo de las revoluciones burguesas, iniciado en Inglaterra en el siglo XVII, y del que constituyen jalones decisivos las revoluciones de la América anglosajona y de Francia; y la formación interna de una conciencia criolla emancipadora, frente al estatismo monárquico metropolitano, de talante claramente autoritario.

1803 -1809 A raíz del levantamiento del pueblo español contra el invasor francés, el elemento criollo latinoamericano proclama su adhesión a Fernando VII y acata la autoridad de la Junta Suprema Central. Sin embargo, aparecen ya hombres como el caraqueño Francisco de Miranda, que desde Londres desarrolla actividades anticoloniales, y Simón Bolívar, que tras sendas estancias en España y Francia regresa a Venezuela, donde inicia actividades anticoloniales clandestinas.

1810 Los representantes americanos en las Cortes de Bayona formulan una serie de peticiones: igualdad entre americanos y españoles; libertad de agricultura, industria y comercio; supresión de monopolios y privilegios; abolición de la nota de infamia entre mestizos y mulatos y de la trata de esclavos.

1811 Madura el ideal emancipador en las mentes de los próceres de la independencia. Surgen tensiones independentistas en Argentina, Uruguay, México y Ecuador. Tras la disolución de la Junta Suprema Central se organizan juntas americanas, que a su vez organizan ejércitos e inician, con carácter de soberanía, relaciones con Gran Bretaña y Estados Unidos. Así, en México el cura Manuel Hidalgo lanza el «Grito de Dolores», con el que se inicia la insurrección de Querétaro. También estallan sublevaciones en Venezuela, Colombia y Argentina.

1812 En general, triunfan los movimientos revolucionarios latinoamericanos, convocándose varios congresos, a los que sigue la promulgación de constituciones liberales, la proclamación de la independencia y la adopción del régimen republicano.

1813 Apoyado Por el ejército y la aristocracia, el virrey mexicano aplasta la rebelión en dicho país. Hidalgo es fusilado. No obstante, el movimiento independentista se prolonga bajo la dirección del cura Morelos. Bolívar se subleva en Venezuela y proclama la independencia de este país. El Ayuntamiento de Caracas le confiere el título de «Libertador».

1815 La metrópoli empieza a restaurar el régimen colonial, salvo en determinadas ciudades de México, Venezuela y Argentina.

1817 venezolano Manuel Palacio Fajardo justifica las teorías emancipatorias: tiranía de las altas autoridades; injusta administración de justicia; monopolio económico; aislamiento de las colonias; desdén mantenido por la metrópoli hacia los criollos y su apartamiento de los cargos de administración y gobierno.

1819 En Venezuela, Bolívar es elegido presidente de la República en el Congreso de Angostura. Dicho Congreso aprueba la Ley Fundamental de la República de Colombia, que comprende la unión de Venezuela, Nueva Granada y Quito. La «Gran Colombia», independiente de la antigua metrópoli, seguirá unida hasta 1830, en que las disensiones entre los sucesores de Bolívar provocan su disgregación. En Argentina, con la ayuda de patriotas chilenos (O'Higgins), San Martín cruza los Andes y, tras las victorias de Chacabuco y Maipú, consigue la independencia de Chile. El Congreso se traslada a Buenos Aires, donde redacta una Constitución unitaria, centralista y autoritaria.

1820 A consecuencia de la revolución liberal de Riego en España, se consolida el movimiento emancipador. Tras la entrevista en Guayaquil de San Martín y Bolívar, este último prosigue la campaña para la emancipación.

1821 Proclamación de la independencia de México, tras la cual se desata el proceso emancipador en Centroamérica. México se declara República Federal y abole la esclavitud.

1826 Congreso de Panamá: fracasa el proyecto de Bolívar de una unión sudamericana. México interviene, junto al resto de las naciones interesadas, en dicho Congreso. Proclamación de independencia de la República autónoma de Uruguay.

1846 Guerra entre México y Estados Unidos a causa de la anexión de Texas a la Unión: Taylor se apodera de Matamoros, Monterrey y Saltillos. Tras la ocupación de Nuevo México por las tropas de Kearney, la escuadra del Pacífico se apodera de los puertos de California.

1848 Tratado de Guadalupe-Hidalgo: México cede a Estados Unidos Nuevo México, Arizona, California y parte de Colorado (casi el 50 por 100 del territorio mexicano emancipado). Proclamación de la independencia de la República Dominicana.

1898 Guerra hispano-norteamericana: la nota norteamericana bombardea San Juan de Puerto Rico. Tratado de París: España renuncia a su soberanía sobre Cuba, Puerto Rico y Filipinas, perdiendo así sus últimas colonias de ultramar.

1914-1918 La evolución de los diferentes Estados de Amé rica Latina se ve perturbada por profundos cambios sociales, económicos y políticos: la estructura social se transforma debido al incremento de la población, las migraciones internas, la explotación de nuevas tierras y las consecuencias de la urbanización e industrialización.

1919-1928 La estructura económica latinoamericana del período se caracteriza por el mercantilismo de la época colonial y sus tradicionales monocultivos, la falta de capital para la industrialización, la escasez de mano de obra especializada y el atraso de la agricultura, unido a unas deficientes reformas agrarias. Con respecto a las estructuras políticas, las causas que provocan la crisis de la democracia son las enormes diferencias económicas entre las clases sociales, la formación de partidos revolucionarios y democráticos, la intervención militar en los Estados Unidos y la democracia presidencial (siguiendo las directrices políticas de los Estados Unidos) que favorece la instauración de dictaduras.

1929 barios congresos y conferencias panamericanos propugnan la unidad política latinoamericana: en el VII Congreso de La Habana se crea un tribunal de arbitraje obligatorio para todos los Estados americanos; en la Conferencia Interamericana de Buenos Aires se firma un pacto de paz entre 21 Estados americanos (según el modelo del Pacto Briand-Kellog).

1934 – 1940 En la Conferencia de Panamá se prohíben las acciones de guerra en una zona neutral de 300 millas marinas en torno al continente, salvo Canadá. En la Conferencia de ministros del Exterior en Río de Janeiro, ya iniciada la II Guerra Mundial, se decide la intervención en la guerra contra las potencias del Eje (excepto Argentina y Chile). La política de intervención directa de los Estados Unidos después de la I Guerra Mundial es abandonada con Roosevelt y sustituida por la «política de buena vecindad»: el nacionalismo latinoamericano reacciona contra la penetración masiva del capital norteamericano. En México, presidencia de Lázaro Cárdenas y poder ininterrumpido del Partido Revolucionario Mexicano, integrado por comunistas, liberales radicales, la Confederación de Trabajadores Mexicanos y la Confederación Nacional de Campesinos. En Argentina, creación del GOU (Grupo de Oficiales Unidos) de Juan Domingo Perón, de signo heterogéneamente fascista, que propugna un refuerzo de las fuerzas policiales, la disolución del Congreso, la creación de organizaciones represivas especiales, la formación militar para ambos sexos a partir de los diecisiete años y una organización económico-corporativa.

1941 -1948 América Latina depende del mercado mundial, principalmente de Estados Unidos, lo que origina crisis sociales y político-económicas. Las principales características del período son: explosión demográfica, éxodo rural, miseria extrema en los suburbios de las grandes ciudades, inflación, bajo nivel de vida, analfabetismo y acusadas diferencias sociales.

1950-1955 Carta de la ODECA (Organización de los Estados Centroamericanos). Junto a las instituciones tradicionales (gobiernos militares, partidos oligárquicos, dictaduras presidenciales) aparecen dirigentes populares, organizaciones comunistas y movimientos nacionales de extrema izquierda. En Cuba, golpe de Estado de Fulgencio Batista. Fidel Castro, abogado en La Habana, presenta cargos contra él.

1956 Tras el fracasado ataque al cuartel de Moncada, que obligó a los participantes al exilio en México, se produce el desembarco de Fidel Castro y sus seguidores desde el «Gramma» y la penetración de la guerrilla en Sierra Maestra. En el resto de Latinoamérica se llevan a cabo tentativas para resolver la crisis por medio de una integración militar y política (OEA), reformas agrarias y una incipiente industrialización (sin embargo, con escasez de trabajadores especializados y de capital necesario). El capital privado se invierte en valores efectivos (propiedades), en la especulación o en el extranjero; el capital extranjero' reclama una mayor seguridad, pero su control y sus excesivos beneficios mantienen el subdesarrollo.

1958 El 21 de agosto, dos columnas dirigidas por Camilo Cienfuegos y Ernesto «Che» Guevara abandonan Sierra Maestra con dirección a las Villas. Ocupación de varias ciudades y victoria revolucionaria en Yaguajay y Santa Clara; comienza la marcha sobre La Habana. Huida de Batista y su Gobierno.

1959 Banco Interamericano de Desarrollo. Liberación de La Habana y Santiago de Cuba por Fidel Castro y su grupo. Tras el triunfo de la revolución cubana, los Estados Unidos intervienen directamente contra la expansión de los movimientos democráticos nacionales y sus intentos de liberarse de la dependencia económica norteamericana. Radicalización popular.

1960-1961 Declaración de La Habana. Los Estados Unidos rompen sus relaciones con Cuba. Desembarco y derrota de tropas mercenarias en la bahía de Cochinos. Se crea el Mercado Común Sudamericano o LAFTA (Asociación Latinoamericana de Libre Cambio). El presidente norteamericano John F. Kennedy anuncia la creación de la organización denominada Alianza para el Progreso.

1962 Segunda Declaración de La Habana. En el mes de octubre, crisis del Caribe y boicot económico de varias naciones a Cuba. Bloqueo de la isla por la marina de guerra yanqui.

1966 Conferencia Tricontinental de La Habana contra el imperialismo, con asistencia de representantes de gobiernos y organizaciones de 82 países.

De Cristóbal Colón a Fidel Castro (I)

El Caribe, frontera imperial

UNAS PALABRAS DEL AUTOR

Al gran público no le gusta leer libros con notas, y éste ha sido escrito para él, no para eruditos. Eso explica que ni siquiera se hayan señalado las fuentes de algunas citas, si bien se dice quiénes fueron sus autores. Aunque al final se ofrece una bibliografía extractada, hay algunas obras que no tienen por qué aparecer en ella. Tal es el caso, por ejemplo, de las más conocidas entre las que se refieren al Descubrimiento y a la Conquista: Diarios de Viajes de Cristóbal Colón, la Biografía de Colón, escrita por su hijo Fernando; la Brevísima relación de la destrucción de las Indias y la Historia general de las Indias, del Padre Las Casas; Historia General y Natural de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo, y la Descripción de las Indias Occidentales, de Antonio de Herrera. Esos son libros fundamentales para todo el que aspire a conocer en detalle cómo fueron descubiertos y conquistados los territorios del Caribe.

A la hora de estudiar las rebeliones de los negros es indispensable leer la Historia de la esclavitud de los indios en el Nuevo Mundo, por José Antonio Saco (dos tomos, Colección de Libros Cubanos, Cultural, S. A., La Habana, 1932), como son también indispensables, para el conocimiento de las actividades de los piratas del siglo XVII, la Histoire des Aventuriers ex Bucaniers, en tres tomos, de Alexander Olivier Oexmelin, de la que ha hecho recientemente una edición, copia exacta de la original, la Librairie Commerciale & Artistique de París, y la conocida obra de C. Haring Los Bucaneros de las Indias Occidentales en el siglo XVII, segunda edición, hecha por la Academia Nacional de la Historia, Caracas, impresa en Brujas en 1939.

El autor recomienda especialmente algunos libros; en primer lugar, la excelente History of the British West Indies, por sir Alan Burns (George Allen and Unwin Ltd. Reviewed Second Edition, London, 1965), rica en información de fuentes inobjetables, y French Pioneers in the West Indies, 1624-1664, de Nellis M. Crouse, edición de Columbia University Press, New York, 1940. Como resumen de la revolución de Haití, sobre la cual hay una bibliografía muy abundante, conviene leer La Revolución Haitiana y Santo Domingo, de Emilio Cordero Michel, Editora Nacional, Santo Domingo, 1968. Para un conocimiento detallado de las actividades militares de Bolívar, la mayor suma de datos se halla en Crónica Razonada de las Guerras de Bolívar, tres tomos, por Vicente Lecuna (The Colonial Press, Inc., Clinton, Mass.). La Campaña del Tránsito, 1856-1857, de Rafael Oregón Loria (Librería e Imprenta Atenea, San José, Costa Rica, 1956), es una buena guía para conocer las fechorías que llevó a cabo en Nicaragua William Walker, así como lo es The Untold Story of Panamá, de Hardin Earl (Athenae Press, Inc., New York, sin fecha, aunque el prefacio está fechado el 11 de febrero de 1959), para tener datos veraces sobre la intervención de Theodore Roosevelt en Panamá.

Hay muchas personas que hicieron posible, con su ayuda, la redacción de esta historia del Caribe; entre ellos deben mencionarse el escritor español don Enrique Ruiz García, el diplomático inglés Campbell Stafford, el doctor Claudio Carrón, Roberto Guzmán, Pablo Mariñez y el poeta Ángel Lázaro, el escritor haitiano G. Pierre-Charles y su mujer, Suzy Castor Pierre-Charles. Esta última tuvo la bondad de facilitar al autor una copia de su libro inédito sobre la ocupación militar norteamericana de Haití; y todos los mencionados enviaron obras de consulta, desde Londres, desde Madrid, desde París, desde Méjico. Merecen una mención especial las altas autoridades y los funcionarios de la Biblioteca del Instituto de Cultura Hispánica, de Madrid, pues durante año y medio pusieron en manos del autor, enviándolas por correo a Benidorm, todas las obras que les fueron solicitadas. Sin esa ayuda hubiera sido imposible escribir este libro.

Por último, esta historia del Caribe fue escrita, casi totalmente, en Benidorm, España, gracias a la hospitalidad que le brindó al autor en aquel hermoso lugar, durante más de año y medio, con clásica generosidad española, don Enrique Herrera Marín.

Para todos los mencionados queda aquí constancia de la gratitud dominicana de

J. B.
París, junio de 1969.

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Capítulo Primero

UNA FRONTERA DE CINCO SIGLOS

El Caribe está entre los lugares de la tierra que han sido destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia desatada entre ellos.

Hasta el momento está por hacer un estudio de geografía económica que abarque el conjunto de los países del Caribe. Sin embargo, muchas gentes tienen una idea más o menos acertada sobre la región; conocen por sí mismas, de oídas o a través de lecturas, la variedad de sus climas, la abundancia y la bondad de sus puertos y sus aguas y la hermosura de sus tierras. Se sabe que, además de hermosas, esas tierras son de excelente calidad para la producción de la caña de azúcar, de maderas, tabaco, cacao, café, ganados. En los últimos cincuenta años la imagen, de la riqueza del Caribe se multiplicó, pues se vio que además de cacao, café, tabaco y caña de azúcar, allí había criaderos casi inagotables de petróleo, de bauxita, de hierro, de níquel, de manganeso y de otros metales valiosos.

Tan pronto se conoció la calidad y la riqueza de esas tierras se despertó el interés de los imperios occidentales por establecerse en ellas. Cada imperio quiso adueñarse de una o más islas, de alguno o de varios de sus territorios, a fin de producir allí los artículos de la zona tropical que no podían producir en sus metrópolis o a fin de tener el dominio de sus depósitos de minerales y de las comunicaciones marítimas entre América y Europa.

La historia del Caribe es la historia de las luchas de los imperios contra los pueblos de la región para arrebatarles sus ricas tierras; es también la historia de las luchas de los imperios, unos contra otros, para arrebatarse porciones de lo que cada uno de ellos había conquistado; y es por último la historia de los pueblos del Caribe para libertarse de sus amos imperiales.

Si no se estudia la historia del Caribe a partir de este criterio no será fácil comprender por qué ese mar americano ha tenido y tiene tanta importancia en el juego de la política mundial; por qué en esa región no ha habido paz durante siglos y por qué no va a haberla mientras no desaparezcan las condiciones que han provocado el desasosiego. En suma, si no vemos su historia como resultado de esas luchas no será posible comprender cuáles son las razones de lo que ha sucedido en el Caribe desde los días de Colón hasta los de Fidel Castro, ni será posible prever lo que va a suceder allí en los años por venir.

La conquista del Caribe por parte de los muchos imperios que han caído sobre él causó la casi total desaparición de los indígenas en la región y la desaparición total de ellos en las islas, y causó, desde luego, las naturales sublevaciones de unos pueblos que se negaban a ser esclavizados y exterminados en sus propias tierras por extraños que habían llegado de países lejanos y desconocidos. Esa conquista causó la llegada a la fuerza y la subsiguiente expansión demográfica de los negros africanos, conducidos al Caribe en condición de esclavos, y causó sus terribles y justas rebeliones, que produjeron inmensas pérdidas de vidas y bienes. Las actividades de los imperios han provocado guerras civiles y revoluciones que han trastornado el desenvolvimiento natural de los países del Caribe, y ese trastorno ha impedido su desarrollo económico, social y político.

Algunas de las revoluciones del Caribe, como la de Haití y la de Venezuela, dieron lugar a matanzas que asombran a los estudiosos de tales acontecimientos, y desataron fuerzas que operaron o se reflejaron en países lejanos. La violencia con que han luchado los pueblos del Caribe contra los imperios que los han gobernado da la medida de la fiereza de su odio a los opresores. Los pueblos del Caribe han llegado en el pasado, y sin duda están dispuestos a llegar en el porvenir, a todos los límites con tal de verse libres del sometimiento a que los han sujetado y los sujetan los imperios. Sólo si se comprende esto puede uno explicarse que Cuba haya venido a ser un país comunista.
Lo que cada pueblo puede dar de sí, económica, política, culturalmente, viene determinado por lo que ha recibido en el pasado, por la calidad de las fuerzas que lo han conformado e integrado. Las fuerzas que han actuado y están actuando en el Caribe han sido demasiado a menudo ciegas, crueles y explotadoras. Nadie puede esperar que los pueblos formados e integrados por ellas sean modelos de buenas cualidades.

Los Estados Unidos fueron el último de los imperios que se lanzó a la conquista del Caribe, y a pesar de que sus antecesores les llevaban varios siglos de ventaja en esa tarea, han actuado con tanta frecuencia y con tanto poderío, que poseen total o parcialmente islas y territorios que fueron españoles, daneses o colombianos. Hasta en la Cuba comunista mantienen la base naval y militar de Guantánamo.

Además de usar todos los métodos de penetración y conquista que usaron sus antecesores en la región, los Estados Unidos pusieron en práctica algunos que no se conocían en el Caribe, aunque ya los habían padecido, en el continente del norte, España en el caso de las Floridas y México en el caso de Texas. En el Caribe nadie había aplicado el método de la subversión para desmembrar un país y establecer una república títere en lo que había sido una provincia del país desmembrado. Eso hicieron los Estados Unidos con Colombia en el caso de su provincia de Panamá.

Lo que da al episodio panameño de la política imperial norteamericana en el Caribe un tono de escándalo sin paralelo en la historia de las relaciones internacionales es que Panamá fue creada república mediante una subversión organizada y dirigida por el presidente de los Estados Unidos en persona, y lo hizo no ya sólo para tener en sus manos una república dócil, por débil, sino para disponer en provecho de un país de una parte de esa pequeña república. Esa parte —la llamada zona del canal— fue dada a los Estados Unidos por los panameños en pago de los servicios prestados por el gobierno de Theodore Roosevelt en la tarea de desmembrar a Colombia y de impedirle defenderse. En la porción de territorio obtenido en forma tan tortuosa construyeron los norteamericanos el canal de Panamá y establecieron la llamada Zona del canal. Esa zona es, a ambos lados y a todo lo largo del canal, una base militar. Además, el canal es propiedad de una compañía comercial, la cual, a su vez, es propiedad del gobierno de los Estados Unidos. Es difícil concebir un procedimiento más audaz para violar las normas de las relaciones internacionales. Arrebatar a un país una provincia y crear en esa provincia una república para obtener de ésta una porción, que además la corta por la mitad, era algo que el mundo no había visto antes. Su antecedente —el caso de Tejas— no llegó a tanto. Los Estados Unidos iniciaron en el Caribe la política de la subversión organizada y dirigida por sus más altos funcionarios, por sus representantes diplomáticos o sus agentes secretos; y ensayaron también la división de países que se habían integrado en largo tiempo y a costa de muchas penalidades. El mundo no acertó a darse cuenta a tiempo de los peligros que había para cualquier país de la tierra en la práctica de esos nuevos métodos imperiales, y sucedió que años más tarde la práctica de la subversión se había extendido a varios continentes y el procedimiento de dividir naciones se aplicaba en Asia. Donde durante largos siglos había sido una China, donde había habido una Corea y una Indochina, acabó habiendo dos Chinas, dos Coreas, dos Vietnam, cada una en guerra contra su homónima.

Después de la guerra mundial de 1914-1918, los líderes más sensibles a la opinión pública —lo mismo en Europa que en los Estados Unidos— comenzaron a aceptar la idea de que había llegado la hora de poner fin al sistema colonial, tan en auge en el siglo XiX. Se pensaba, con cierta dosis de razón, que la enorme matanza de la guerra se había desatado debido principalmente a la competencia entre los imperios por los territorios coloniales.

Al terminar la segunda guerra —la de 1939-1945— comenzaron las de Indochina y Argelia, lo cual reforzó la posición anticolonialista de pueblos y gobiernos en todo el mundo. En consecuencia, Francia e Inglaterra, grandes imperios tradicionales, iniciaron la política de la descolonización, que alcanzó al Caribe algunos años después.
La descolonización comenzó a ser aplicada en territorios ingleses del Caribe, y en cierta medida también en las islas holandesas y francesas; y lógicamente nadie podía esperar que después de iniciada esa etapa, nueva en la historia, volverían a usarse los ejércitos para imponer la voluntad imperial en el Caribe.

Pero volvieron a usarse.

Cuando se produjo la revolución dominicana de 1965, y con ella el desplome del ejército de Trujillo —que era una dependencia virtual de las fuerzas armadas norteamericanas—, los Estados Unidos desafiaron la opinión pública mundial, olvidaron más de treinta años de lo que ellos mismos habían llamado política del Buen Vecino y Alianza para el Progreso, resolvieron violar el pacto múltiple de no intervención que habían firmado libremente con todos los países de América y desembarcaron en Santo Domingo su infantería de Marina.

Santo Domingo es un país del Caribe y el Caribe seguía siendo en el año 1965 una frontera imperial, la frontera del imperio americano, Esa circunstancia justificaba a los ojos del poder interventor —y de muchos otros poderes— la intervención norteamericana en Santo Domingo. Pues una frontera —como se sabe— es una línea que demarca el límite exterior de un país, y todo país tiene derecho a defenderse si es atacado. Y pues Santo Domingo es parte de la frontera imperial, a los ojos del imperio y de sus partidarios era lógico y justo que ese pequeño país padeciera su sino de tierra fronteriza.

Claro que sería ridículo ponerse a pensar, siquiera, cómo se hubieran desarrollado los pueblos del Caribe de no haber sido las víctimas de- los imperios que han operado en ese mar de América. Si España no hubiera descubierto y conquistado el Caribe, y si no hubiesen intervenido allí los ingleses o los franceses o los portugueses, ¿qué rumbo habrían tomado esos pueblos? Pero es el caso que la historia se hace, no se imagina, y España llegó al Caribe, y con ella los hombres, la organización social, las ideas, los hábitos y los problemas de Occidente. Uno de esos problemas, el que más ha afectado la vida del Caribe, fue la lucha entre los imperios, su debate armado dirigido a la conquista de tierras nuevas y a su explotación mediante el uso de esclavos y a través del mando rígido, en lo político y en lo militar, de los territorios conquistados. Los esclavos podían ser indios, blancos o (negros. Inglaterra usó en las islas de Barlovento esclavos blancos, irlandeses e ingleses, mantenidos en esclavitud bajo la apariencia de "sirvientes" (white servants). Estos esclavos blancos se comportaban en horas de crisis igual que los indios y los negros; se ponían de parte de los que atacaban las islas inglesas o simplemente peleaban por conquistar su libertad. Por ejemplo, cuando la isla de Nevis fue atacada por una flota española en septiembre de 1629, los llamados "sirvientes" que formaban parte de la milicia colonial inglesa desertaron y se pasaron a los españoles a los gritos de "¡Libertad, dichosa libertad!"; y en otros casos se comportaron en igual forma o en franca rebeldía.

Decíamos que España llegó al Caribe; tras España llegaron Francia, Inglaterra, Holanda, Dinamarca, Escocia, Suecia, Estados Unidos, y trataron de llegar los latvios; y fueron llevados negros africanos; y los indios arauacos, los ciguayos, los siboneyes, los guanatahibes y tantos otros de los que habitaban las grandes Antillas fueron exterminados; y los caribes pelearon de isla en isla, a partir de Puerto Rico hacia el sur, con tanto denuedo y tesón que todavía en 1797 atacaban a los ingleses en San Vicente. En el siglo XIX se llevaron a Cuba, como semiesclavos, indios mayas de Yucatán, chinos de las colonias portuguesas de Asía; a Trinidad y a otras islas inglesas llegaron miles de chinos y de hindúes.

Todo ese amasijo de razas, con sus lenguas y sus hábitos y tradiciones, y las medidas políticas, a menudo turbias, que hacían falta para mantener el dominio sobre ese amasijo, tenían necesariamente que producir lo que ha sido y es —y lo que sin duda será durante algún tiempo— el difícil mundo del Caribe: un espejo de revueltas, inestabilidad y escaso desarrollo general.
Sin embargo, el observador inteligente se fijará en que no todos los países del Caribe son ejemplos extremos de inestabilidad, y se preguntará por qué sucede así. En el Caribe hay países cuyos grados de turbulencia son distintos. Veamos el caso de Costa Rica.

A menudo se alega que Costa Rica es más tranquilo y más organizado que sus vecinos de la América Central, que Santo Domingo, Haití, Venezuela o Cuba, debido a que su población es predominantemente blanca, lo que no sucede en los países mencionados. Pero entonces habría que preguntarse por qué los ingleses tuvieron una revolución sangrienta en el siglo XVII; por qué los franceses produjeron la espantosa revolución de 1789 y las revueltas de 1830 y 1844 y el alzamiento de la Comuna en 1870; por qué los norteamericanos hicieron la revolución contra Inglaterra y la guerra civil del siglo XIX; por qué Alemania ha iniciado las mayores turbulencias de Europa, esto es, las guerras de 1870, de 1914 y de 1945, y por qué se organizó allí el nazismo, con su secuela de millones de judíos horneados hasta la muerte. Todos esos eran y son países blancos y además están entre los más civilizados del mundo. (En los Estados Unidos había negros, pero no desataron ninguna de las dos revoluciones norteamericanas y ni siquiera participaron en ellas.) Si la inestabilidad de los países del Caribe tuviera algo que ver con la presencia de sangre negra o de otros orígenes en la composición de sus pueblos, habría que hacer una pregunta que seguramente ninguno de los imperios podría contestar. La pregunta es ésta: ¿Quién llevó a los negros, a los chinos y a los hindúes al Caribe? Los llevaron los imperios. Luego, si se aceptara la tesis de que las sangres mezcladas producen pueblos incapaces de vivir civilizadamente, los imperios tendrían la responsabilidad por lo que ha estado sucediendo y por lo que sucederá en el Caribe.

El observador inteligente que haya advertido la diferencia que hay entre Costa Rica y sus vecinos de la región, observará que a Costa Rica no ha llegado nunca un ejército imperial, ni siquiera el español; de manera que por azares de la historia, aunque el imperialismo en su forma económica —y con sus consecuencias políticas— ha estado operando en Costa Rica desde hace casi un siglo, ese pequeño país del Caribe se ha visto libre de los gérmenes malsanos que deja tras sí una intervención militar extranjera. Costa Rica es un pueblo que se formó a partir de un pequeño núcleo de españoles, establecido en el siglo XVI en un territorio que se mantuvo aislado largo tiempo, y la formación del pueblo costarricense no fue desviada, por lo menos en sus orígenes, por intromisión de poderes militares de los imperios.

En el extremo opuesto, en cuanto a causas, se halla Puerto Rico. Puerto Rico no se rebeló contra España. En 1898, Puerto Rico pasó a poder de los Estados Unidos sin que su pueblo hiciera ningún esfuerzo ni por seguir siendo español ni por ayudar a la derrota de los españoles. La isla pasó de un imperio a otro como si a su pueblo le tuviera sin cuidado ese cambio. Sin embargo en Puerto Rico había habido conspiraciones contra el poder español, aunque no pasaron de ser obra de grupos muy pequeños; y ha habido luchas contra los Estados Unidos, pero también llevadas a efecto por sectores pequeños y tardíamente, cuando ya era imposible desafiar con probabilidades de éxito el poderío imperial norteamericano.

Los puertorriqueños lucharon bravíamente por España en los días de Drake, de Cumberland y de Henrico, cuando ingleses y holandeses quisieron arrebatarle la isla a España. Ahora bien, España convirtió a la isla en una fortaleza militar, un bastión de su imperio que era prácticamente inexpugnable, como puede verlo cualquier viajero que vaya a Puerto Rico y se detenga frente a los poderosos fuertes que defendían a San Juan. El puertorriqueño no podía rebelarse porque vivía inmerso en un ambiente de poder militar que lo paralizaba. A su turno, los norteamericanos hicieron lo mismo. Puerto Rico quedó convertido en una formidable base militar de los Estados Unidos y resulta difícil hacerse siquiera a la idea de que ese poderío puede ser derrotado por los puertorriqueños mediante una confrontación armada. Sin embargo, Puerto Rico ha conservado su lengua y sus hábitos de pueblo diferente al norteamericano; ha mantenido su personalidad nacional con tanto tesón que el observador sólo puede explicárselo como una respuesta a un reto. Es como si los puertorriqueños se hubieran planteado ante sí mismos el problema de su supervivencia como pueblo y hubieran resuelto que ni aun todo el poder de Norteamérica, el más grande que ha conocido la historia humana, podrá hacerles cambiar su naturaleza nacional.

Hay países del Caribe donde al parecer nunca hubo convulsiones; tal es el caso de las islas inglesas, como Jamaica, Barbados, Trinidad y tantas más. Pero cuando se entra en el estudio de su historia se advierte que las islas inglesas del Caribe fueron factorías azucareras organizadas sobre el esquema de amos blancos y esclavos negros, y que en casi todas, sí no en todas, hubo sublevaciones de esclavos, y aun de “sirvientes” blancos, como hemos dicho ya. Esas sublevaciones fueron aniquiladas siempre con rigor típicamente inglés, es decir, sin llegar a los límites de la hecatombe pero sin quedarse detrás del límite del castigo que sirviera como ejemplo. Por lo demasíen muchas de esas islas —por no decir en todas— hubo choques, a veces muy repetidos y casi siempre muy violentos, con otros poderes imperiales. De manera que la historia de esas islas no es tan plácida como suponen los que no la conocen.

Hubo otras colonias, como las danesas en las Islas Vírgenes o las de Holanda en Sotavento, que se mantuvieron — y se mantienen — en un estado de tranquilidad. Pero debemos observar que la isla más importante de las primeras y la más importante de las segundas — Santomas y Curazao, respectivamente — fueron abiertas al comercio como puertos libres casi desde el momento en que los imperios se establecieron en ellas; y esa condición de puertos libres les confirió categoría de territorios neutrales, respetados por todos los contendientes. En el caso de Santomas, vendida junto con el grupo de las Vírgenes a Estados Unidos en 1917, siguió siendo puerto libre bajo Norteamérica, y todavía lo es. De todos modos, conviene recordar que en Curazao hubo por lo menos dos rebeliones de esclavos, una en 1750 y otra en 1795, y algo parecido sucedió en Santomas, si bien no fueron realmente serias. Por lo que respecta a las otras islas Vírgenes y a las de Sotavento, son tan pequeñas y su población fue tan escasa en los días álgidos de las luchas imperiales, que mal podían darse disturbios en ellas. Otro tanto sucede con varias islas mínimas de Holanda, Francia e Inglaterra en el área de Barlovento.

Digamos, porque es importante tenerlo en cuenta, que el lanzamiento de una fuerza militar sobre un país, grande o pequeño, es siempre la expresión armada de una crisis. Puede ser que a su vez esa crisis genere otras, pero no estamos en el caso de estudiar la cadena o las cadenas de acontecimientos desatados en el Caribe por esta o aquella agresión militar. El que se propusiera hacer la historia de una frontera imperial tan vasta y tan compleja como es el Caribe con el plan de relatar uno por uno todos los episodios de tipo económico, social, político y de otra índole que han estado envueltos en esa historia de tantos siglos, necesitaría dedicar su vida entera a esa tarea. Para la ambición del autor es bastante —y puede que sea demasiado para su capacidad— ceñirse a exponer los momentos críticos, es decir, aquellos en que se lanzó un ataque militar o se realizó la conquista de un territorio de la región o aquellos en que se obtuvo un resultado parecido con otros medios que los militares.

El solo relato de esos momentos culminantes del debate armado de los imperios en las tierras del Caribe puede parecer a menudo la invención de un novelista. En verdad, causa sorpresa recorrer la historia del Caribe en conjunto —no un episodio ahora y otro mañana, uno en este país y otro en aquel—, organizada sobre un esquema lógico. Esa historia sorprende porque ni aun nosotros mismos, los hombres y las mujeres del Caribe, acertamos a percibirla en toda su dramática intensidad debido a que la estudiamos en porciones separadas. Es como si en medio de una epidemia que ha estado asolando la ciudad, cada uno alcanzar a darse cuenta nada más de los enfermos y los muertos que ha habido en su familia.

La aparición de propósitos, voluntad y planes imperiales en países de Europa fue un hecho que obedeció a un conjunto de causas. Pero a un solo conjunto. Que ese único fenómeno producido por ese único conjunto de causas se manifestara por diversas vías no implica que tuviera varios orígenes. Hubo imperio inglés, imperio holandés, imperio francés, porque Europa —es decir, Occidente— estaba dividida en varias naciones y cada una de ellas quiso ejercer en su exclusivo provecho las facultades que le proporcionaba el fenómeno histórico llamado imperialismo. Pero como el origen de ese fenómeno era uno solo, sus resultados en el Caribe obedecían a una misma y sola fuerza histórica. El Caribe fue conquistado y convertido en un escenario de debates armados de los imperios —y por tanto, en frontera imperial— debido a que la historia de Europa produjo de su seno el imperialismo, y el imperialismo era una corriente histórica, no muchas.

En buena lógica, pues, no debe verse a ningún país del Caribe aislado de los demás. Todos surgieron a la vida histórica occidental debido a una misma y sola causa, y todos han sido arrastrados a lo largo de los siglos por una misma y sola fuerza, 1 aunque en ciertas tierras esa fuerza hablara inglés y en otras francés y en otras español. Al verlos en conjunto, la verdadera "'dimensión del drama histórico del Caribe se nos presenta con una estatura agobiante; y al conocer su drama mediante una exposición organizada según las líneas profundas que lo produjeron —esto es, las líneas de las luchas imperiales— se comprende con meridiana claridad por qué en el Caribe se ha derramado tanta sangre y se han aniquilado pueblos, esfuerzos y esperanzas.

Al entrar en el ámbito de Occidente, el Caribe pasó a sufrir los resultados de las luchas europeas, y a su vez esas luchas eran batallas inter-imperiales. Si esas luchas, reflejadas en el Caribe, "tuvieron en la región del Caribe consecuencias diferentes a las que tuvieron en Europa, ello se debió a las condiciones especiales de sus tierras, que eran apropiadas para la producción de artículos que no podían obtenerse en Europa; y también se debió al hecho de que, en este o en aquel momento, tal o cual imperio no podía defender al mismo tiempo su territorio metropolitano y su territorio colonial. Pero al cabo, ésos fueron detalles de poca importancia en una batalla de gigantes provocada por la aparición del imperialismo. El apetito imperial apareció y actuó en Europa y rebotó en el Caribe, y los efectos de su acción en el Caribe impidieron la formación natural y sana de sociedades que pudieran defenderse, a su turno, de los efectos de nuevas luchas. De todas maneras, el hecho es que todos los países del Caribe son hijos de un mismo acontecimiento histórico, y hay que verlos unidos en su origen y en su destino.

Curiosamente, el país que llevó Occidente al Caribe —o que introdujo el Caribe en Occidente— no era un imperio en el sentido cabal del término, puesto que no lo era ni económica ni socialmente. España descubrió el Caribe y conquistó algunas de sus tierras, pero no pudo conquistarlas todas porque sus fuerzas no le alcanzaban para tanto, y no pudo defender toda la región porque España no era un imperio ni siquiera en el orden militar.

Muchas de las acusaciones que se le han hecho a España debido al comportamiento de los españoles en América se han basado en una incomprensión casi total de la situación de España en esos años, y muchos de los elogios que se han hecho acerca de la conducta del Estado español —o para hablar con más propiedad, de la Corona de Castilla— en relación con los hechos de la Conquista, se han debido también a la misma falta de comprensión. Para aclarar lo que acabamos de decir hay que establecer ciertos puntos de partida.

En primer lugar, España, tal como la conocemos ahora —que es tal como se conocía desde mediados del siglo XVI— no era un reino en 1492; era la suma de dos reinos: el de Castilla, cuya soberana era Isabel la Católica, y el de Aragón, cuyo rey era Fernando V. Los dos reinos estaban unidos en la medida en que lo estaban sus reyes, pero cada uno tenía sus leyes propias, su organización social, sus fondos públicos, sus cuerpos representativos. Isabel gobernaba en Castilla, no en Aragón; y Fernando gobernaba en Aragón, no en Castilla. Aragón y Castilla vendrían a tener un rey común, pero no a ser un Estado unitario, sólo cuando las dos coronas se unieran, lo que vino a ocurrir, en verdad, bajo Carlos I de España y V de Alemania; y pasaría a ser un Estado unitario dos siglos después, bajo Felipe V, el primero de los reyes Borbones de España.

Ahora bien, de los dos reinos que había en España en los días del Descubrimiento, el que tenía poder sobre América – y el Caribe— era Castilla. Fue Castilla quien descubrió, conquistó y organizó el Nuevo Mundo; y ese Nuevo Mundo fue organizado a imagen y semejanza de su conquistador y organizador. A tal punto fue Castilla la que llevó a cabo esa tarea y la que tenía poderes sobre el Nuevo Mundo, que en los primeros treinta años que siguieron al Descubrimiento sólo los castellanos podían ir a América; los aragoneses —entre los que se hallaban los catalanes, los valencianos, los murcianos y los vasallos de Fernando V en otras regiones europeas, como Nápoles y las dos Sicilias— podían pasar a América si obtenían dispensas reales, es decir, si se les concedía un privilegio para pasar al Nuevo Mundo; pues en lo que tocaba a América, un súbdito del reino de Aragón era igual a un extranjero.

Pues bien, de esos dos reinos que había en España al final del siglo XV, Castilla era el más retrasado en el orden de la evolución social; yeso tiene-que ser explicado brevemente.

La sociedad europea, de la que Castilla y Aragón eran parte cuando se produjo el Descubrimiento, había perdido sus formas económicas y sociales al quedar liquidado el Imperio de Roma, y se reorganizó lenta y trabajosamente dentro de las formas de lo que hoy llamamos, tal vez de una manera burda, el sistema feudal. De este sistema iba a surgir un nuevo tipo de sociedad, cuyos centros de autoridad económica y social serían las burguesías locales. Pero sucedió que Castilla y Aragón —pero mucho más Castilla que Aragón— atravesaron los siglos feudales en guerra contra el árabe, lo que dio lugar a un estado casi perpetuo de tensión militar constante, y con ello se aumentó y se prolongó la importancia del noble que llevaba sus hombres a la guerra, y eso obligó a los reyes castellanos y aragoneses —pero más a los primeros que a los segundos— a conceder a sus nobles guerreros privilegios que iban perdiendo los nobles de otros países europeos.

Desde los tiempos de Alfonso X el Sabio (nacido en 1221 y muerto en 1284), la nobleza guerrera y latifundista castellana comenzó a obtener favores reales en perjuicio de los productores y los comerciantes de la lana, que fue durante toda la Baja Edad Media española el producto más importante del comercio de Castilla. Al finalizar el siglo XV, precisamente cuando se hacía el descubrimiento de América, los Reyes Católicos se veían en el caso de reconocer esos privilegios que tenían más de dos siglos, porque toda la organización social de Castilla descansaba en ellos. La nobleza guerrera y latifundista castellana llegó al final del siglo XV convertida en el poder superior de la Mesta, que era la organización tradicional de los dueños del ganado lanar del país; y al tener en sus manos el control de la Mesta, esa nobleza monopolizaba en sus orígenes la producción de la lana, con lo cual impidió que se desarrollara la burguesía lanera, que había sido el núcleo más fuerte de la burguesía castellana. La burguesía lanera había luchado contra esa situación de sometimiento, pero había sido vencida, y cuando comprendió que no podía enfrentarse a la nobleza trató de convertirse a su vez en nobleza, ejemplo que siguieron otros grupos de burguesía más débiles que ella. Fue de esos núcleos de ex burgueses de donde salió la llamada nobleza de segunda o pequeña nobleza de España.

Mientras los latifundios de los nobles guerreros quedaban vinculados al hijo mayor mediante la institución del mayorazgo —lo que evitaba la partición de las grandes propiedades y aseguraba la permanencia de la nobleza al frente de ellas—, los restantes hijos de los nobles —los llamados segundones— tomaban otros canales de ascenso hacia la preeminencia social: el sacerdocio, la carrera de las armas, las funciones públicas. Pero sucedía que los que no eran nobles y aspiraban a entrar en su círculo tomaban también esos canales de ascenso. Fue ésa la razón de que Castilla produjera nobles, cardenales, obispos, canónigos, guerreros, funcionarios, pero muy pocos burgueses. Y resultaba que sin tener una burguesía que supiera cómo organizar la producción y la distribución de bienes de consumo, que tuviera capitales de inversión y supiera cómo invertirlos de una manera más provechosa, era imposible que un país se convirtiera en un imperio, precisamente al finalizar el siglo XV y comenzar el XVI, es decir, cuando ya el sistema feudal había quedado disuelto en Occidente.

Debido al papel dominante que iba a tener Castilla en España, su situación de retraso económico y social se extendería a gran parte de Aragón, si bien Cataluña y Valencia conservaron núcleos de burguesía urbana, aunque no tan desarrollados como en otros lugares de Europa. Eso es lo que explica que España apenas tuvo un Renacimiento, pues el Renacimiento fue la flor y el perfume de la burguesía italiana, y tal vez más específicamente de la burguesía de Florencia. Todo el esfuerzo que se ha hecho, y el que pueda hacerse en el porvenir, por presentar el descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo como el producto de un Renacimiento español, carecen de base histórica. Colón es un hombre del Renacimiento italiano, pero la participación de España en el Descubrimiento no tiene nada que ver con el Renacimiento; no se debió a la ciencia cosmográfica española, ni a la organización marítima de Castilla, ni a la superioridad de sus navegantes; no se debió a la riqueza del reino de Isabel y ni siquiera a la de los reinos unidos de Castilla y Aragón. La causa es de otro orden.

Cristóbal Colón llegó a España a pedir que se le ayudara a buscar un camino corto y directo hacia la India —no a descubrir un mundo nuevo, cuya existencia no sospechaban ni él ni nadie— debido a que España era el país líder de Europa; y España era ese país líder porque Europa era un continente católico, y durante ocho siglos, en ese continente católico, España había sostenido la guerra contra el infiel, que era el árabe. Fue, pues, la misma causa que impidió el desarrollo de la sociedad española —y, sobre todo, castellana— lo que le dio la preeminencia europea, más destacada precisamente en los días en que Colón llegó a hablar con la reina Isabel; esto es, en los días en que los nobles guerreros y latifundistas de Castilla peleaban frente a los muros de Granada, última plaza fuerte del infiel en Europa.

En camino hacia la India, Colón tropezó con América, y eso no estaba ni en los planes del Descubridor ni en los de Isabel y Fernando. Un puro azar había puesto sobre España una responsabilidad de dimensiones hasta entonces desconocidas en la Historia. Dado el paso del Descubrimiento, absolutamente inesperado, España —y en España Castilla— tuvo que dar el paso siguiente, que fue el de la Conquista. Y para eso no estaba preparado el país conquistador. No estaba preparado porque no era una sociedad burguesa, y sólo una sociedad burguesa hubiera podido explotar el imperio que había caído en manos de España; y no lo estaba porque, sin haber producido una burguesía, España —y especialmente Castilla— estaba viviendo una dualidad entre pueblo y Estado, o lo que es lo mismo, entre los castellanos y su Reina, y también entre Aragón y Castilla.

Para el hombre del pueblo de Castilla, que fue a la conquista de América, ya no regían los hábitos sociales del sistema feudal. Ese hombre quería enriquecerse rápidamente, y no era ni artesano ni burgués; no sabía enriquecerse mediante el trabajo metódico. Su conducta desordenada en tierras americanas era, pues, producto de su actitud de hijo de un intermedio entre dos épocas. Pero Isabel, que no era la Reina de un estado burgués, y con ella muchos sacerdotes como Las Casas y Montesinos, tenía los principios morales de una católica sincera, y condenaba lo que sus súbditos hacían en las regiones que se iban descubriendo. Fernando, en cambio, católico y rey de un Estado en el que ya había burguesía, no podía compartir los escrúpulos de Isabel, aunque los respetara, sobre todo mientras la Reina vivió.

España, pues, descubrió y conquistó un imperio antes de que tuviera la capacidad física y la actitud mental que hacían falta para ser un país imperialista; y esa contradicción histórica se acentuó con la expulsión de los judíos, ocurrida precisamente en los días del descubrimiento de América, y las posibilidades de desarrollarse más tarde a través del paso gradual y lógico de país artesanal a país industrial se perdieron con las sucesivas expulsiones de los moriscos. Así, en los esquemas socio-económicos de España se presentó un vacío que nadie podía llenar. Puesto que no había burgueses que aportaran capitales y técnicas para administrar el imperio, el Estado debió hacerlo todo, lo que explica que Fernando tuviera que ocuparse hasta de dar Cédulas Reales para que se enviaran ovejas, caballos y vacas a América. En ese contexto se explica el mercantilismo como una necesidad impuesta por las circunstancias históricas. La riqueza metálica y comercial tenía que ser controlada por el Estado a fin de llenar el vacío que había entre la composición socio-económica de España y su organización imperial; y el monopolio del comercio con América es sólo un resultado natural y lógico de ese estado de cosas.

Los historiadores y sociólogos latinoamericanos que culpan a España por esas medidas, no alcanzan a darse cuenta de que España se hallaba cogida en una trampa histórica y no podía hacer nada diferente, y los escritores españoles que se empeñan en probar que América le debe tanto más cuanto a España, y para demostrarlo presentan un catálogo de las medidas favorables a América que tomaron los Reyes Católicos, no alcanzan a comprender que los Reyes actuaban así porque no había diferencias entre un territorio americano y un territorio español. Para esos Reyes y sus hombres de gobierno, América era igual a Castilla o Aragón, no un imperio colonial destinado a enriquecer una burguesía española que no existía. Sólo podemos ser justos con los reyes de esos días si nos situamos en su época y dejamos de ver sus actos con los prejuicios de hoy.

Si el Estado español representó en el Caribe una conducta moral frente a los desmanes de sus súbditos peninsulares, se debió a que actuó adelantándose a su propio tiempo histórico. Al terminar el siglo XV y comenzar el XVI, el Estado español seguía rigiéndose por los principios religiosos que habían gobernado la Ciudad de Dios en el Medioevo de Europa, y ni los reyes ni sus consejeros hubieran concebido que esos territorios de Ultramar podían ser dados a compañías de mercaderes para que los usaran con fines privados, cosa que harían un siglo y un tercio después Inglaterra, Holanda y Francia. Fue Carlos V, el nieto de los Reyes Católicos, el primer soberano español que capituló con una firma de banqueros alemanes la conquista de una porción del Caribe; y Carlos V había nacido y crecido en Flandes, país donde la burguesía estaba muy desarrollada, punto que hay que tener en cuenta a la hora de hacer juicios sobre las relaciones de España y sus territorios de Ultramar.

En el primer siglo que siguió al Descubrimiento los dominios españoles en el Caribe fueron molestados por Holanda, por Inglaterra, por Francia. Pero ninguno de estos dominios le fue arrebatado a España. Las flotas españolas eran asaltadas por los corsarios holandeses, ingleses y franceses, y muchas fundaciones fueron atacadas y algunas destruidas. Sin embargo, los corsarios y los piratas no ocuparon tierras. ¿Por qué? Pues porque ni Holanda, ni Inglaterra, ni Francia eran todavía imperios en propiedad. Lo que le sucedía a España en el 1530 les sucedía también a esas naciones, que no disponían de capitales para invertir en el Caribe ni de ejércitos para desafiar el poder español. Ahora bien, esos países estaban desarrollando ya fuerzas sociales que España no había podido desarrollar —debido a su prolongada guerra contra los árabes, como hemos dicho antes— y eso les permitía estar, a su hora, en condiciones de actuar como imperios antes que España.

Si España hubiera dispuesto de un mercado interno capaz de consumir los productos del Caribe, o si hubiera tenido relaciones comerciales con Europa para vender esos productos en otros países, España habría desarrollado en el Caribe una burguesía francamente industrial —con las limitaciones de la época, desde luego— a base de la industria del azúcar, por ejemplo, puesto que el azúcar comenzó a fabricarse en La Española en los primeros años del siglo XVI. Pero España no tenía ese mercado. España se había adelantado políticamente a Europa y sin embargo iba detrás de ésta en desarrollo de su organización social. Los guerreros de Castilla habían tomado el lugar de los burgueses que no se habían formado, y sucedía que los guerreros podían guerrear, pero no podían comerciar; estaban hechos a la medida de las batallas, no a la medida de las negociaciones en el mercado.

Al llegar el 1600, y a pesar de que para esa fecha había sacado de América riquezas metálicas abundantes —sobre todo de Méjico y del Perú-—, España tenía en América la organización política y administrativa de un imperio, pero no era un imperio. En cambio, a esa fecha los países que aspiraban a suplantar a España en el Caribe tenían las condiciones internas indispensables para ser imperios y les faltaban las condiciones externas, esto es, el territorio imperial. Así, para el 1600 España dominaba la base exterior de un imperio pero carecía de la base interior, mientras que Holanda, Inglaterra y Francia disponían de la base interior y carecían de la exterior.

Ahora bien, la base exterior del imperio español es un concepto que no podía aplicarse al Caribe en su totalidad. Por ejemplo, fue en 1523 cuando se fundó en Venezuela el primer establecimiento de población, y fue en 1528 cuando el Trono capituló por primera vez para una colonización de Venezuela. La capital de esa gobernación —la ciudad de Tocuyo— vino a ser establecida en 1546. En 1562 se estimaba que en Venezuela había sólo 160 vecinos, esto es, familias españolas; en 1607 llegaban a 740.

Las costas de Puerto Rico podían verse desde la costa de La Española y la conquista y la colonización de La Española había comenzado a fines de 1493; sin embargo, la primera expedición sobre Puerto Rico se inició, y sólo con 50 hombres, en 1508, esto es, quince años después de haberse comenzado la conquista de La Española. Fue en 1511 cuando Diego Velázquez, colonizador de Cuba, llegó a la isla mayor del Caribe, que estaba a un paso de La Española. En 1540, la población de La Habana era de 40 vecinos casados y por casar; indios naborías naturales de la isla, 120; esclavos indios y negros, 200; un clérigo y un sacristán. Fue en 1584 cuando se fundó en Trinidad la primera población española, San José de Oruña, y Trinidad era una isla importante, la quinta en extensión de las Antillas, y estaba en el paso natural para las salidas del Orinoco y la costa venezolana del Caribe. Las pequeñas islas de Barlovento no fueron ni siquiera tocadas por España.

Si no tomamos nota de esa situación de debilidad militar y económica de España en el Caribe durante todo el siglo XVI, no será fácil comprender por qué los holandeses, los franceses y los ingleses pudieron penetrar la región y establecer allí su frontera imperial.

Tenemos, pues, que en el Caribe se dieron estas condiciones: su pobreza en oro o en otros metales, mucho más si se compara con la riqueza de Méjico y del Perú en esos renglones, le impedía proporcionarle a España el tipo de riqueza que ella necesitaba, si se exceptúan, hasta cierto punto, los criaderos de perlas de Cubagua, Margarita y los situados frente al istmo de Panamá; poblado en varios de sus territorios por indios caribes, que lucharon durante tres siglos defendiendo sus tierras, el Caribe no se ofrecía como una región fácil de conquistar; por último, el Caribe había sido descubierto y conquistado por un país que tenía capacidad política y cierto grado de capacidad militar, pero no tenía la capacidad económica ni la capacidad social que hacían falta para desarrollarla zona como empresa colonial. Agréguese a esto que en el momento en que España debía aplicar su mayor capacidad colonizadora en el Caribe, se descubrieron Méjico y el Perú, tierras fabulosamente ricas en metales, y España, necesitada de esos metales para suplir con ellos su falta de capital y para adquirir productos de consumo, se vio en el caso de concentrar toda su atención en esos países nuevos. Así, pues, el vacío de poder que mantenía España en el Caribe se acentuó de manera dramática.

Al mismo tiempo sucedía que durante el siglo XVI otros países de Europa, como Francia, Holanda e Inglaterra, acumulaban capitales, desenvolvían su organización social, fortalecían sus poderes centrales y creaban fuerzas militares, y se desarrollaban en su seno mercados consumidores de productos tropicales. Podemos advertir, pues, que mientras en el Caribe se formaba un vacío de poder, en Europa se creaban las fuerzas que podían llenar ese vacío. Cuando la potencia que dominaba en el Caribe —España— chocó en Europa con las que podían llenar el vacío, esas potencias acudieron al Caribe. Las fronteras españolas no estaban, en el doble sentido militar y económico, en la península de Iberia; estaban en el Caribe, y además, allí estaba el punto más débil de esa frontera. Allí era donde los nacientes imperios, que aspiraban a sustituir a España, podían obtener lo que necesitaban, tierras tropicales que se podían poner a producir con trabajo esclavo; allá era donde estaban los lugares más vulnerables en la muralla militar de España; y además esos territorios del Caribe podían servir de bases para cualesquiera planes ulteriores contra el imperio español de tierra firme.

Podemos decir con toda propiedad que fue en el siglo XVIII, pasado el 1700, cuando España comenzó a ser imperio en el Caribe, pero no ya en la totalidad del Caribe, sino en lo que le había quedado allí después de las desgarraduras hechas en sus posesiones por sus enemigos europeos. Cien años antes de eso, del 1601 en adelante, era tanta la debilidad de España en el Caribe, que al comenzar el siglo abandonó casi la mitad occidental de La Española porque no podía enfrentarse con los fabricantes holandeses y franceses que operaban en la isla. A mitad del siglo estuvo a punto de perder la porción más rica de esa isla, el valle del Cibao, cuando en 1659 una columna de piratas tomó la ciudad de Santiago de los Caballeros. Al firmar la paz de Nimega en el año 1679, España no hizo reclamaciones contra la existencia de un establecimiento francés en la isla, y poco más de un siglo después le cedía a Francia la parte ocupada por ella.

En 1653 hacía treinta años que no iba a Trinidad un barco español autorizado para llevar mercancías o para sacar frutos de la isla; en 1671 el gobernador de Trinidad comunicaba al Consejo de Indias que para defender la colonia, en caso de ser atacada por algún enemigo, sólo disponía de 80 indios españolizados y de 80 vecinos españoles; y debemos suponer que entre esos españoles una parte importante era nacida en la isla, puesto que hacía treinta años que no iba un buque español. En 1655 Jamaica estaba tan desguarnecida y tan escasamente poblada de españoles o criollos, que cayó con relativa facilidad en manos de los soldados ingleses que unos días antes habían sido derrotados en Santo Domingo.

Hay que tener en cuenta que esos hechos sucedían en el siglo XVII, es decir, en algunos casos a más de ciento cincuenta y en otros a doscientos años después de haber comenzado la conquista española. En esos tantos años no había habido en la región aumento apreciable de la población nacida en España, si no de la nacida en el Caribe. El mestizaje había comenzado muy temprano. En 1531 había en Puerto Rico 57 españoles casados con blancas y 14 con indias, y es de suponer que el número de matrimonios mixtos debía ser mayor en La Española. Los hijos mestizos eran ya criollos, como lo serían también los hijos de español y española nacidos en las Indias. Doscientos treinta y cuatro años después había en Puerto Rico 39.849 hombres y mujeres libres, entre blancos, pardos y negros, de los cuales hay que suponer que por lo menos la mitad de los blancos, una porción importante de los negros y la totalidad de los pardos habían nacido en la isla. Pero debemos observar que Puerto Rico fue convertido desde temprano en un bastión militar español, por lo cual se enviaban soldados de la península, lo que no sucedía en otros puntos del Caribe.

La afluencia de españoles peninsulares al Caribe era muy escasa en el siglo XVI. En una época tan avanzada como el siglo XVIII, cuando ya gobernaban en España los Borbones y se había adoptado una política para conservar lo que había quedado del imperio, llegaron a La Española 483 familias canarias en cuarenta y cuatro años, esto es, entre el 1720 y el 1764. La proporción anual, como puede verse, era de once familias, y no hay que olvidar que para entonces España era efectivamente un imperio en el Caribe.

Esto quiere decir que entre 1493, cuando comenzó la conquista del Caribe, y los primeros años del 600, cuando empezó la conquista de las islas caribes por parte de los ingleses, holandeses y franceses, hubo más de un siglo de posesión efectiva o legal por parte de los españoles, y en todo ese tiempo la población del Caribe creció con muy poco aporte peninsular. De esa población, una parte se rebelaba contra España porque no se consideraba española o porque consideraba que los españoles eran enemigos. Los rebeldes eran siempre indios o negros esclavos y a veces mezclas de indios y negros. Pero otra parte se sentía española y defendía el poder español cuando éste era atacado por filibusteros o corsarios; y esa parte fue decisiva en los combates que se libraron más tarde contra ejércitos invasores extranjeros, por ejemplo, contra los ingleses en Santo Domingo y contra los ingleses y holandeses en Puerto Rico.

Estamos, pues, en el caso de decir que cuando España fue realmente imperio en el Caribe, fue un imperio sostenido por los hijos de aquellas tierras, no por tropas españolas, y entre esos hijos del Caribe los había que no eran blancos. Al conocerse en Santo Domingo que España había cedido a Francia la parte española de la isla —lo que hizo mediante el Tratado de Basilea, el 22 de julio de 1795— una negra nacida en el país murió de la impresión al grito de "¡Mi patria, mi querida patria!". No puede haber duda de que al decir "mi patria" aludía a España.

Al estallar la "guerra de la oreja de Jenkins"*, declarada a España por Inglaterra el 19 de octubre de 1739, los buques de corso armados en el Caribe y comandados y tripulados por criollos hicieron daños cuantiosos a los ingleses. Esos corsarios criollos habían estado operando desde mucho antes y siguieron operando largos años después. En esos años se destacaron capitanes corsarios del Caribe, como el llamado Lorencín, de Santo Domingo, y el mulato puertorriqueño Miguel Henríquez, de ofició zapatero, que llegó a ser condecorado por Felipe V con la medalla de la Real Efigie y armó a sus expensas una expedición para desalojar a los daneses de las islas Vírgenes.

* En Inglaterra se llamó a la de 1739 "guerra de la oreja de Jenkins" porque un marinero inglés de este nombre fue llamado a declarar ante un comité de la Cámara de los Comunes acerca de la circunstancia en que, años antes, unos españoles le habían arrancado una oreja.

Eso de que las bases humanas del imperio español en el Caribe estaban fundadas en un sentimiento natural de los nacidos en el Caribe llegó tan lejos que en 1808 los dominicanos hicieron la guerra a las tropas francesas que ocupaban la antigua parte española de la isla, pero no para declararse independientes, sino para volver a ser colonos españoles. Con la excepción de Venezuela y Colombia, donde había habido conspiraciones contra España, en todos los territorios españoles de la región del Caribe los pueblos daban sustento al imperio.

Pero no queríamos llegar tan lejos en el tiempo. Para lo que vamos diciendo debemos volver a los años de los 600. En ese siglo XVII todavía España no tenía, por lo menos en el Caribe, las estructuras internas de un imperio. A no ser porque los criollos de diversas razas y colores los defendieron, muchos territorios españoles del Caribe habrían caído en manos inglesas, como cayó Jamaica y como más tarde cayó Belice y como estuvo a punto de caer la costa oriental de Nicaragua, donde los ingleses fueron dominantes hasta fines del siglo pasado.

En las luchas de los imperios en el Caribe participaron los criollos, y esto sucedió no sólo en las tierras españolas sino también en las de ingleses y franceses. Pero la mayor decisión estuvo de parte de los criollos españoles, aunque no fueran blancos. Los defensores más tenaces del gobierno español en Jamaica fueron algunos criollos y los negros esclavos de criollos y españoles. Esos negros se mantuvieron peleando en las montañas muchos años después que el último español había abandonado las costas de Jamaica.

En sus luchas contra el español, los indios de las islas fueron al fin vencidos y luego desaparecieron, totalmente exterminados, por lo menos como raza y cultura. Igual les sucedió a los caribes de Barlovento en su batalla de casi dos siglos con ingleses y franceses. Pero los negros africanos llevados como esclavos, y muchos de sus hijos y nietos, no se resignaron a su suerte y se convirtieron en el explosivo histórico del Caribe. Al cabo del tiempo, sobre todo en las islas donde vivieron forzados por el látigo, acabaron siendo o una parte importante o la mayoría de la población; de manera que al andar de los siglos a ellos les ha tocado o les tocará ser los amos de las tierras adonde fueron conducidos por la violencia. A ellos tiene que dedicarse un capítulo especial de la historia del Caribe, y en este libro habrá muchas páginas destinadas a sus rebeliones, algunas de las cuales —como la de Haití— son unas verdaderas epopeyas. También, desde luego, habrá capítulos dedicados a las rebeliones indias, puesto que ellos combatieron hasta la muerte contra los imperios.

Este libro está destinado a ser sólo un recuento de las agresiones imperiales que se han producido en el Caribe, fueran hechas por grupos aislados —como piratas, filibusteros, corsarios— o por ejércitos imperiales; será además un recuento de las luchas de indios y negros provocadas por la opresión y la explotación de los imperios; será un recuento de las agresiones hechas por los imperios a los pueblos independientes.

Para poder hacer evidentes todos los episodios de esas luchas —que son en fin de cuenta las innumerables crisis de las políticas imperiales en el Caribe— se requiere un orden, no meramente cronológico, sino imperial, es decir, un orden que se ciña al que siguió cada uno de los imperios en sus actividades por las tierras del Caribe.
En el caso de los corsarios, piratas y filibusteros, eso no es fácil, dado que a menudo sus ataques no eran descritos en documentos oficiales y ni siquiera en relatos privados.

El primero de los imperios que entró en el Caribe fue España, así se tratara de u n imperio a medias; el último fueron los Estados Unidos.

El Caribe comenzó a ser frontera imperial cuando llegó a las costas de La Española la primera expedición conquistadora, que correspondió al segundo viaje de Colón. Eso sucedió el 27 de noviembre de 1493. El Caribe seguía siendo frontera imperial cuando llegó a las costas de la antigua Española la última expedición militar extranjera, la norteamericana, que desembarcó en Santo Domingo el 28 de abril de 1965.

Como puede verse, de una fecha a la otra hay cuatrocientos setenta y cuatro años, casi cinco siglos. Demasiado tiempo bajo el signo trágico que les imponen los poderosos a las fronteras imperiales.

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Capítulo II

EL ESCENARIO DE LA FRONTERA

Entre la península de la Florida y las bocas del Orinoco hay una cadena de islas que parecen formar las bases de un puente gigantesco que no llegó a ser construido. Esas islas son a la vez las fronteras septentrionales y orientales del mar del Caribe y del golfo de Méjico, y los nudos terrestres que enlazan por la orilla del Atlántico las dos grandes porciones en que se divide el Nuevo Mundo.

Al llegar a la isla Hispaniola, la cadena se bifurca; el extremo superior se dirige, desde la costa norte a la isla mencionada, a la costa este de la península de Florida, mientras el extremo inferior formado por Cuba se dirige hacia el cabo Catoche, en la península de Yucatán.

El extremo superior es el archipiélago de las Bahamas, formado por unas veinte islas pequeñas y más de dos mil islotes, cayos y arrecifes. En los años del Descubrimiento y la Conquista ese conglomerado se llamaba las Lucayas, y fue en una de sus islas donde tocó Cristóbal Colón el 12 de octubre de 1492. Por ahí, pues, comenzó la gran epopeya del Descubrimiento. Como sabe todo el que tenga noticias sobre el primer viaje de Colón, el Almirante tomó posesión de la isla descubierta el 12 de octubre y pasó varios días reconociendo las vecinas. Sin embargo, ni siquiera puede afirmarse a ciencia cierta en cuál de ellas desembarcó aquel día memorable, y las relaciones que mantuvieron después los españoles con las Lucayas fueron pocas y discontinuas; a lo sumo las visitaban desde Cuba y la Hispaniola para apresar indios destinados a ser vendidos como esclavos.

Por razones que no son del caso exponer ahora, las Bahamas no fueron consideradas en ningún momento como una parte del Caribe, y no fueron, por tanto, territorio de la frontera imperial. Olvidadas por sus descubridores, comenzaron a ser colonizadas por Inglaterra siglo y medio después de haber sido descubiertas, y nadie llegó allí a disputarles a los ingleses sus posesiones. Así, pues, ni histórica ni cultural ni económicamente forman parte del Caribe; geográficamente, cierran la entrada nordeste del golfo de Méjico, que a su vez es, por sus dimensiones y por razones de historia, una región peculiar de América.

Aunque Méjico no es parte del Caribe, debemos tener en cuenta que la costa oriental de la península del Yucatán da al Caribe; y así sucede que una parte del territorio de Méjico está integrada en el Caribe hasta el punto de que a la hora de establecer los límites del Caribe hay que mencionar esa costa de Yucatán y el canal que separa Yucatán de la isla de Cuba.

Por el Norte y por el Este el Caribe queda separado del Atlántico por las Antillas, pero debemos aclarar que hay islas de las Antillas situadas dentro del Caribe, entre ellas una tan importante como Jamaica. Las tierras del Caribe son, pues, las islas antillanas que van en forma de cadena desde el canal de Yucatán hasta el golfo de Paria; la tierra continental de Venezuela, Colombia, Panamá y Costa Rica; la de Nicaragua, Honduras, Guatemala, Belice y Yucatán, y todas las islas, los islotes y los cayos comprendidos dentro de esos límites.

El mar Caribe debe su nombre a una nación de indios aguerridos que desde las márgenes del Orinoco se extendieron por gran parte de lo que hoy es el litoral de Venezuela y por el mayor número de las islas antillanas; y también, debido a que esas islas lo delimitan, es conocido corno el mar de las Antillas. En algunos de los países de la América Central, no sabemos por qué, se le llama el Atlántico.

A su vez, las Antillas son mencionadas a veces como las islas del Caribe, y están divididas en el grupo de las Mayores y en el grupo de las Menores. Las Menores forman tres subgrupos, el de las Vírgenes, el de Barlovento y el de Sotavento. Pero además de esos tres subgrupos hay varias islas y muchos islotes dispersos, que o son adyacentes de una isla mayor o de un país de tierra firme, o son territorios de alguna nación europea o de los Estados Unidos. Las Antillas Mayores son cuatro: Cuba, Jamaica, la Hispaniola y Puerto Rico, cada una de ellas con sus islas o sus islotes adyacentes.

Las islas antillanas, casi en su totalidad, y la tierra firme continental que da al Caribe, fueron descubiertas y exploradas por I los españoles entre los años 1492 y 1518. La mayor parte de los descubrimientos y una parte importante de las exploraciones a nivel de las costas fueron hechas por don Cristóbal Colón. En Y sus cuatro viajes de España a América, el Almirante no salió de I la zona del Caribe. Sin embargo, con la excepción de La Española, Colón no conquistó esos territorios. Se da el caso de que estuvo en Jamaica trece meses, de junio de 1503 a junio de 1504, I sin que hiciera el menor esfuerzo por asentar allí el poder español.

Tendremos que detallar uno por uno los puntos del Caribe, descubiertos por España, los descubiertos y no conquistados, y sólo así podremos darnos cuenta de que la composición histórica del Caribe como frontera imperial se inicia desde los primeros días del Descubrimiento y la Conquista. Tierras ricas, aun las más pequeñas, o tierras propicias a ser utilizadas como bastiones militares o como puntos comerciales, necesariamente debían atraer a potencias europeas si no estaban defendidas o pobladas. Y sucedió que la debilidad intrínseca de España —el imperio sin capitales, sin mercados de consumo, sin técnica para i explotar un territorio imperial— se reflejó en el abandono del Caribe, que era geográficamente la avanzada de América. Pero veamos el caso de cada isla y de cada tierra. Si vamos a hacer una descripción somera del Caribe para explicar qué países lo forman, y si resolvemos hacer la descripción de izquierda a derecha y de arriba abajo, esto es, partiendo del Noroeste para dirigirnos hacia el Este y de ahí hacia el Oeste y el Norte, tenemos que comenzar por el canal de Yucatán.

Ese canal es la única vía marítima que da acceso directo del mar Caribe al golfo de Méjico. Este único paso era lo que hacía de La Habana "la llave de toda la contratación de las Indias", como se dijo cuando se ordenó que la ciudad pasara a ser la capital de Cuba, pues como lo explicó el padre Las Casas, "es la que más concurso de naos y gentes cada día tiene, por venir allí a juntarse o a parar y tomar puerto de las más partes destas Indias"; esto es, porque ahí se reunían todos los buques que llevaban mercancías de España para la costa del golfo mejicano y para los puertos del Caribe, o los que llevaban productos del Caribe y de Méjico para España.

El canal de Yucatán tiene unas cien millas, que ya en los tiempos de exploración de Juan de Grijalva (1518) se recorrían en tres días. Dada esa distancia, los historiadores y los arqueólogos no se explican cómo no se extendió a Cuba la cultura maya, que produjo en la costa caribe de Yucatán ciudades tan fabulosas como Ekab, Tulum, Tancah y Xelha. Y no hay duda de que esa cultura no se extendió a Cuba puesto que en la isla no han quedado restos que puedan identificarse con los mayas. Es probable que en los siglos en que los mayas construyeron esas ciudades en Cuba hubiera muy poca población, y que aun esa población mínima fuera, hacia el occidente de la isla, bastante primitiva.

Colón tocó en Cuba, cerca del extremo oriental de la costa norte, en el mes de noviembre de 1492, después de haber estado más de dos semanas en las Lucayas. El Almirante mandó a tierra a Rodrigo de Xerez y a Luis de Torres con encargo de que hicieran exploraciones, y los dos volvieron a dar cuenta de que habían hallado a gran número de indios "con un tizón en las manos y ciertas hierbas para tomar como sahumerios". Los europeos habían descubierto el tabaco.

Colón se detuvo en esa ocasión poco tiempo en Cuba, y a mediados de 1504 estuvo navegando frente a la costa del sur de la isla. Esta vez dedicó casi un mes a explorar el litoral y los islotes y cayos de Juana, como él la había bautizado en su primer viaje; recorrió los Jardines de la Reina, que conservan todavía el nombre que él les puso, y llegó hasta la isla de Pinos, a la que bautizó Evangelista. Pero de hay no siguió, y salió de esas aguas convencido de que Cuba era una parte de aquella fabulosa Cipango que iba él buscando, "la tierra del comienzo de las Indias y fin a quien es esas partes quisiera ir de España", según aseguró allí mismo en declaración solemne hecha ante escribano real. Fue en 1508 cuando, gracias al bojeo hecho por Sebastián Ocampo, vino a saberse que Cuba era una isla.

Cuba es la isla más grande de las Antillas y su tierra resultó ser una de las más ricas del mundo. Por otra parte, la posición de Cuba, como se vio poco después, era clave para el dominio de las rutas marítimas. ¿Cómo se explica que en una época tan avanzada como en 1508, cuando ya La Española, a pocas millas hacia el Este, estaba poblada por españoles, Cuba siguiera siendo desconocida hasta el punto de que no se sabía si era parte de un continente o era una isla?.

La conquista de Cuba comenzó unos veinte años después de su descubrimiento, y desde los primeros tiempos el nombre de Juana, que le había dado Colón, y el de Fernandina, que tuvo más tarde, se mezclaban con el nombre indígena que acabó prevaleciendo. Es casi seguro que ese nombre de Cuba no designaba la totalidad de la isla. Los indios de las Antillas mayores no formaban pueblos unidos; a lo más eran tribus, y debemos pensar que cada tribu denominaba el territorio que ocupaba, no el de todas las tribus. El nombre de Cuba debió ser usado por la tribu que señoreaba el lugar donde tocó Colón en noviembre de 1492.

Esto que acabamos de decir debe aplicarse a la isla que está inmediatamente después de Cuba, hacia el Este. Cuando Colón preguntó por tierras que tuvieran oro, los indios de Cuba le señalaron hacia Oriente y le mencionaron Haití, Babeque, Bohío. El Almirante navegó por el Norte y cruzó el canal de los Vientos en el punto en que éste se desprende del canal de las Bahamas.

El canal de los Vientos separa Cuba de esa tierra llamada por los indios cubanos indistintamente Haití, Babeque o Bohío. Se trata de un canal estrecho. Desde la orilla cubana pueden verse, en días claros, las costas occidentales de la Hispaniola. Ese es el nombre que le han dado los geógrafos en el siglo XX, pero Colón la bautizó Española; después la isla se conoció como Santo Domingo debido a que el nombre de la ciudad principal se extendió a todo el territorio, y cuando los franceses pasaron a dominar la porción del Oeste, se popularizó en Europa el nombre de Haití o la traducción francesa del antiguo —Saint Domingue—. Más tarde, al quedar la isla dividida en dos repúblicas—la Dominicana o de Santo Domingo al Este y la de Haití al Oeste—, se creó tal confusión, que se consideró necesario darle un nombre que fuera al mismo tiempo diferente de República Dominicana, de Santo Domingo y de Haití; y así vino a resucitarse el nombre que le dio Colón, pero en lengua latina, de donde resultó el de Hispaniola, que había sido usado en algunos mapas del siglo XVIII.

Sobre la costa norte de la Hispaniola hay una pequeña isla —que es hoy adyacente de Haití— a la que Colón bautizó con el nombre de la Tortuga. La Tortuga jugó un papel muy importante en la historia de todo el Caribe. En su diminuto perímetro lucharon a muerte los poderíos imperiales; por ahí pasó durante medio siglo la frontera imperial, y es aleccionador observar cómo en ese terroncito se acumularon fuerzas tan potentes y cómo el resultado de esa acumulación iba a afectar la vida entera de toda la región.

La Española fue descubierta por el Almirante el 5 de diciembre de 1492; allí desembarcó y allí estuvo hasta mediados de enero de 1493. Debido a que estando en La Española naufragó una de las tres carabelas del Descubrimiento —la Santa María—, usó sus restos para construir un fuerte que llamó de la Natividad, en conmemoración del día del naufragio, y dejó en ese fuerte unos cuarenta hombres al mando de Diego de Arana y bajo la protección de un cacique indio con el que había establecido relaciones afectuosas.

La Española comenzó a ser conquistada y poblada al mismo tiempo a fines de noviembre de 1943, cuando el Almirante volvió a ella en su segundo viaje. Colón volvía con diecisiete buques —catorce carabelas y tres naos de gavia—, más de mil trescientos hombres, de los cuales mil iban con sueldos de los Reyes y los restantes eran voluntarios. Con ese viaje, pues, nacía el Imperio español, y es de buena lógica suponer que esa isla en la que nacía el Imperio de España sería siempre española; sin embargo, como veremos luego, poco más de un siglo después la porción occidental de La Española sería abandonada porque España no podía defenderla contra corsarios y contrabandistas y de tal abandono provendría la división de la isla en dos países diferentes.

Al este de la Hispaniola está el canal de la Mona, nombre que recibió de una pequeña isla situada en su centro. En esa islita estuvo Colón cuando, en un paréntesis de su segundo viaje, anduvo explorando por Jamaica y Cuba. Cinco años después, La Mona fue donada a su hermano Bartolomé, que no llegó a establecerse en ella. La Mona es hoy una adyacencia de Puerto Rico, y debemos convenir que ni económica ni militarmente ,tenía importancia para España en los días del Descubrimiento, puesto que era difícil que una potencia enemiga de España pudiera tomarla y retenerla, hallándose, como se hallaba, en medio de La Española y Puerto Rico y a corta distancia de las dos.

Puerto Rico fue descubierta por Colón el 19 de noviembre de 1943, cuando iba hacia La Española en su segundo viaje. El Almirante tocó en un puerto situado en el ángulo noroeste de la isla y estuvo allí hasta el día 22. Fue él quien bautizó la isla con el nombre de San Juan Bautista, que pasó a ser luego unas veces Bautista y otras San Juan, hasta que al fin Fernando el Católico la llamó San Juan de Puerto Rico, con lo que vino a quedarse, al andar del tiempo, con el de Puerto Rico a secas. Los indios la llamaban Borinquen.

Unos siete años después de haber pasado Colón por Puerto Rico estuvo en la isla Vicente Yáñez Pinzón, quien al volver a España negoció con el rey una capitulación para colonizar allí. En 1506, sin embargo, Vicente Yáñez Pinzón vendió sus derechos sin haber vuelto a Puerto Rico, y la isla vino a ser explorada sólo en el 1508, cuando ya La Española era una colonia importante con quince años de antigüedad. Y debemos decir que lo mismo que sucede con el canal de los Vientos, el de la Mona, que separa a la Hispaniola de Puerto Rico, es estrecho; también en este caso las costas de una pueden verse desde las costas de la otra, y la existencia de La Mona en medio del canal facilitaba enormemente el corto viaje entre las dos islas.

Como España acertó a comprenderlo en el siglo siguiente, la posición de Puerto Rico la convertía, de manera inevitable, en una avanzadilla del Caribe en aguas del Atlántico, razón por la cual resultaba militarmente inestimable. Sin embargo, según hemos dicho, fue quince años después de haberse comenzado la conquista de La Española, que estaba a un paso, cuando comenzó la conquista de Puerto Rico, y durante mucho tiempo los colonos radicados en la isla no se asentaron ni en Culebras ni en Vieques, dos pequeñas islas adyacentes. A tal extremo llegó el abandono de Vieques, que fue ocupada varias veces por franceses e ingleses, como veremos a lo largo de esta historia.

Tampoco llegaron los españoles a ocupar en ningún momento el grupo de las Vírgenes, que se halla inmediatamente después de Vieques y Culebras, hacia el Este. Esas islas Vírgenes son en su mayoría pequeñas, pero han probado ser muy importantes para los imperios que las han poseído. La mayor de ellas es Santa Cruz, que está situada al sur de las restantes. Las demás son: Santomas, Saint John, Tórtola, Virgen Gorda, Anegada, Jost Van Dykes y una multitud de islotes y cayos. Tórtola, Anegada, Virgen Gorda, Cayo Francés, las dos Tatch —Grande y Pequeña—, la Norman, la Peter, Tobago y Pequeña Tobago —a las que no debemos confundir con la isla vecina de Trinidad, que lleva también el nombre de Tobago—, las dos Jost Van Dyke —Grande y Pequeña— y varios islotes y cayos de las Vírgenes son ingleses; las demás son norteamericanas.

Las Vírgenes fueron descubiertas por Colón en noviembre de 1493, mientras iba hacia La Española. En la de Santa Cruz mandó hacer un reconocimiento y supo que los caribes envenenaban las flechas con las que combatían, y de esa isla se llevó algunos caribes con la esperanza de que aprendieran el español y sirvieran más tarde como intérpretes.

Algunas de esas islas Vírgenes no tienen agua dulce, excepto la que pueden almacenar en las lluvias, que a veces están años sin caer; y a pesar de ese serio inconveniente, varias de ellas han sido importantes como parte de la frontera imperial, en ocasiones porque han servido de trampolín para la conquista de otras, en ocasiones porque fueron convertidas en activos centros comerciales. Los caribes conocían el valor de esas islas Vírgenes como sitios de paso para atacar a los pueblos arauaco-taínos de Puerto Rico y La Española. Una de esas islas, la situada más al Norte —y al mismo tiempo más al Este— es la llave de entrada al ' canal de la Anegada, que comunica el Atlántico con el Caribe. El canal lleva el nombre de la isla.

A partir del canal de la Anegada, la cadena de islas se dirige al Sur, hacia las bocas de Orinoco; al principio forma un nudo que se cierra en Monserrate y luego toma el aspecto de un arco que va a terminar en Trinidad. El arco sólo queda roto por Barbados, que se sale de la línea en dirección Este.

Todas estas islas, a partir de Sombrero, que es la que se encuentra en el borde sureste del canal de Anegada, hasta Trinidad, forman el grupo de Barlovento.

Las islas de Barlovento —si no todas, casi todas— fueron descubiertas por Colón. Las que se encuentran entre San Martín y Dominica lo fueron en su segundo viaje, es decir, en noviembre de 1493.

La que está situada inmediatamente después de Sombrero, hacia el Sudeste, es Anguila; al sur de Anguila, pero a una distancia muy corta, se halla San Martín, desde donde Colón varió rumbo hacia el Oeste, con lo que fue a dar a Santa Cruz. San Martín es una pequeña isla repartida desde hace siglos entre Francia y Holanda, y tiene al Sudeste la pequeña isla francesa de San Bartolomé, que fue colonia de Suecia, y algo más lejos, hacia el Sur, la holandesa de Saba. Al Sudeste de Saba se encuentran la diminuta San Eustaquio, holandesa, y la antigua San Cristóbal, llamada hoy Saint Kitts.

Esta Saint Kitts, y la muy pequeña Nevis, que le queda al lado, formaron una unidad histórica desde que empezaron a servir de base para la conquista de posiciones en el Caribe por parte de franceses e ingleses. La importancia de Saint Kitts y Nevis en los primeros tiempos de la frontera imperial es sólo superada por la de la Tortuga y acaso igualada por la de Barbados.

Hacia el este de Saba está Barbuda —a la que no hay que confundir con Barbados, situada mucho más al Sur—, y al sur de Barbuda y al este de Saint Kitts se halla Antigua. Al sur de Antigua y al sudeste de Nevis está Monserrate, que, como hemos dicho, cierra el nudo formado por las islas que están al borde del canal de la Anegada. Todas las islas mencionadas en este párrafo son inglesas.

Al sudeste de Monserrat se encuentra Guadalupe. Después de Trinidad, Guadalupe es la mayor de las islas de Barlovento. Junto con Marigalante —que le queda al Sudeste—, los islotes de los Santos y la Deseada, San Bartolomé y la mitad francesa de j San Martín, forma un departamento francés de Ultramar. Guadalupe fue descubierta por Colón en el tantas veces mencionado viaje de noviembre de 1493. Fue en esa isla donde Colón y los j españoles conocieron a los caribes, los indios que dieron nombre al mar y a toda la región bañada por él. Además de conocer su existencia, supieron que eran caníbales porque hallaron cabezas y miembros humanos puestos al fuego, cociéndose al agua, y hallaron también muchos huesos mondos de hacía tiempo, que sin duda habían pertenecido a hombres sacrificados para ser comidos en banquetes rituales. Esto indicaba que Turuquerie —nombre indígena de la isla— era una base de los caribes; que desde allí partían a sus expediciones de guerra a otras islas y allí retornaban con sus prisioneros y con las mujeres apresadas, a las cuales no mataban. El Almirante y sus compañeros notaron también que la isla estaba muy poblada, que las viviendas eran mejor construidas que en Marigalante y Dominica, donde acababan de estar; que los naturales de Guadalupe usaban telas buenas y muebles vistosos. Pero lo que les afectó fue el canibalismo. Y sobre esa experiencia de Guadalupe se fundamentó la teoría —aprobada más tarde por el rey Fernando— de que los caribes debían ser esclavizados porque no tenían alma, puesto que comían carne humana. Como era de esperar, la autorización real para apresar y vender a los caribes dio pie para que los indios que no eran caribes fueran apresados y vendidos como caribes, lo que a su turno provocó muchas sublevaciones de indios en toda la región del Caribe.

Marigalante fue descubierta por Colón en noviembre de 1943. La pequeña isla se llamaba Ayai en la lengua de sus pobladores indios, y Colón le dio el nombre que conserva todavía debido a que frente a ella se detuvo la nao capitana de la flota de diecisiete barcos con que él iba hacia La Española, y esa nao capitana se llamaba Marigalante.

Inmediatamente al Sur está Dominica, llamada Caire por sus habitantes indígenas. Como Colón llegó a esa isla un domingo (3 de noviembre de 1493), la bautizó con el nombre del día. Hoy es parte de la Comunidad Británica.

Desde Dominica el Almirante navegó hacia el Norte. Era noviembre y noviembre es un mes de maravilla es esas islas del Caribe, sobre todo en el litoral del Atlántico. La brisa es sostenida y fresca, y mantiene los aires finos y el cielo limpio. El Almirante y los mil trescientos y más hombres que iban con él debían sentirse deslumbrados. Fueron navegando de isla en isla, dejándolas atrás sin percatarse de que iban dejando un vacío de poder que algún día llenarían unos imperios resueltos a destruir el Imperio español.

Inmediatamente al sur de Dominica está Martinica, que habría de ser muy conocida en el mundo a través de Josefina de I Beauharnais, la criolla que llegó a ser emperatriz de Francia, 1 nacida en esa isla; y conocida también por la violenta erupción r de su volcán Mount-Pelée, ocurrida a principios de este siglo. Es probable que Colón estuviera en Martinica en su tercer viaje, hecho en 1498, pero es seguro que estuvo en ella en el cuarto, con toda precisión, el 13 de junio de 1502. Martinica forma, ella sola, el otro departamento francés de Ultramar que hay en el Caribe.

Al Sur de Martinica se encuentra Santa Lucía, isla inglesa, más pequeña que Martinica: al sur de Santa Lucía, está San Vicente, también inglesa; luego, siempre al Sur, las Granadillas, que son islotes, y al final de las Granadillas, Granada, todas inglesas.

Es casi seguro que Colón vio todas esas islas en 1498, en su tercer viaje, y que las bautizó, probablemente a Granada con el nombre de la Concepción y a San Vicente con el de Asunción, y es seguro que estuvo en Santa Lucía en su cuarto viaje (1502) y que desembarcó en ella al término de la travesía desde las Canarias. Santa Lucía tenía el nombre indígena de Mantinino.

Para terminar la delimitación del Caribe por el Sudeste, quedan Tobago y Trinidad. Tobago es una isla pequeña cuyo nombre viene de tabaco, la rica hoja descubierta por los españoles en Cuba en noviembre de 1492. Trinidad es la mayor de las Antillas de Barlovento. Trinidad y Tobago forman ahora una república de la Mancomunidad Británica. Probablemente Colón pasó junto a Tobago en su tercer viaje (1498), aunque no desembarcó en ella, y estuvo en una bahía de Trinidad —nombre que él mismo le dio a la isla— el 31 de julio de ese año. De todas esas islas de Barlovento, Trinidad fue la única colonizada por España, pero tan tardíamente, que —como hemos dicho antes— fue en 1584 cuando se fundó el primer pueblo español en ella, y durante más de doscientos años vivió abandonada a su suerte, de manera que no debe extrañarnos que Trinidad cayera en manos inglesas en febrero de 1797.

En cuanto a Barbados, situada al este de San Vicente, no hay constancia de que fuera descubierta antes de 1627. La historia de Barbados comienza ese año, con su ocupación por un grupo de ochenta ingleses que volvían de la Guayana Británica. Desde entonces Barbados fue considerada isla inglesa, y hoy es la República de Barbados, parte también, como Trinidad, Tobago y Jamaica, de la Mancomunidad Británica.

Ahora ya estamos en el borde sur del Caribe. Ese borde es tierra firme sin cesar, desde el golfo de Paria, en Venezuela, hasta que, ascendiendo hacia el Norte, llegamos a cabo Catoche, en la península de Yucatán. Todas esas tierras fueron descubiertas por España; sin embargo, en ellas vamos a encontrar la zona del canal de Panamá, que es propiedad norteamericana, y encontraremos a Belice, que es territorio inglés; frente a las costas de Venezuela hallaremos las islas holandesas de Sotavento; hacia el Oeste hay unas cuantas islitas de los Estados Unidos; hacia el centro, las inglesas Caimán y Jamaica, y en el extremo noroeste del Caribe, la de Cozumel, que es mejicana. Como podemos ver, en el Caribe hay muchas banderas. Es en verdad una frontera imperial, y en esa frontera, debatida a cañonazos, cada imperio se quedó con un botín de tierras.

En la línea de la tierra firme, la primera es Venezuela, que se llamó precisamente Tierra Firme. Cuando Colón la descubrió la bautizó Isla Santa o Tierra de Gracia. Esto sucedió el 1 de agosto de 1498, un día después de haber descubierto Trinidad, por donde es fácil colegir que Colón llegó a Venezuela precisamente por el punto en que comienza —o termina— el Caribe, y precisamente, también, por el punto en que los indios caribes comenzaron a extenderse hacia las islas.

Que llamara Isla Santa o Tierra de Gracia a lo que hoy es Oriente de Venezuela demuestra que el Almirante no llegó a darse cuenta de que estaba en tierra continental. Anduvo por la costa unos trece días; luego vio o reconoció varias de las islas pequeñas que hoy son adyacentes de Venezuela, entre ellas Margarita, y desde luego se dio cuenta de que había llegado a un país rico, de indios mejor organizados que los de las islas, con mejores viviendas, más numerosos y con más producción agrícola.

En ese viaje, que era el tercero, Colón iba hacia la Española, y desde allí escribió al rey dándole cuenta de sus nuevos descubrimientos y enviándole la carta de navegación y el mapa que había levantado de las islas y las costas que acababa de descubrir. Se dice que en esa ocasión el Almirante no le participó a don Fernando el Católico que había visto en la Isla Santa o Tierra de Gracia hermosas perlas en manos de los indios, y que eso puso al rey en sospechas contra Colón. Pero es el caso que el rey entendió que las nuevas tierras eran ricas y autorizó a Alonso de Ojeda para que fuera a rescatar en ellas, y se cree que por orden suya se le dio a Ojeda el mapa que había enviado el infortunado Descubridor.

Alonso de Ojeda era un capitán aguerrido, uno de esos españoles de los días heroicos, capaz de llevarse por delante una montaña. Había estado en La Española, ala que llegó en el viaje de 1493, y allí se había destacado en la lucha contra los indios sublevados; fue él quien con un ardid que sólo podía ocurrírsele a un soldado muy audaz hizo preso a Caonabó, el bravío cacique de La Española, a quien llevó esposado hasta el real español.

Vuelto a España, Ojeda entabló amistad muy estrecha con el obispo Fonseca, que presidía el Consejo de Indias; obtuvo licencia para el viaje a Tierra de Gracia; armó cuatro bajeles y llevó como jefe de pilotos a Juan de la Cosa, el mejor de los navegantes de esos tiempos. Otro de sus compañeros fue Américo Vespucio, que con ese viaje conocería el hemisferio que iba a llevar su nombre.

Ojeda salió del Puerto de Santa María el 20 de mayo de 1499 y fue a dar a las costas de lo que hoy es República de Guayaría, la antigua Guayana inglesa, y de ahí fue remontando hacia el Noroeste, cruzó ante las bocas del Orinoco, llegó a Trinidad y entró en el Caribe por el mismo punto por donde había entrado Colón un año antes. Desde luego, eso no fue una coincidencia casual, puesto que llevaba los mapas del Almirante.

La expedición había hecho tierra en Trinidad; luego estuvo en la costa de la península de Paria, donde había estado Colón, pasó a isla Margarita; reconoció varios islotes y siguió navegando frente al litoral, siempre en dirección del Poniente. De vez en cuando hacía desembarcos y entradas para conseguir bastimentos y para negociar con los indios. Pero cuando llegó a Chichiriviche dio con indios hostiles, que le hicieron frente y le hirieron más de veinte hombres. Buscando donde dejar esos heridos, Ojeda llegó a una isla que Vespucio llamó de los Gigantes. Según la tradición, los maltrechos compañeros de Ojeda curaron rápidamente gracias a que comieron ciertas frutillas silvestres que se daban allí en abundancia. Se dice que debido a esa cura la isla pasó más tarde a llamarse de la Curación, lo que en la lengua portuguesa de los judíos que se establecieron después en la isla pasó a ser el Curazao de hoy. Hay, sin embargo, base para creer que el nombre indígena de Curazao era Curacó, de donde puede haber salido el de Curación. Descubierta en agosto de 1499, Curazao vino a tener sus primeros pobladores españoles en 1527, y Margarita un año después, en 1528.

Ojeda retornó al continente, siempre arrumbando al Oeste, y el 24 de agosto descubrió el lago que los indios llamaban de Coquibacoa y que nosotros conocemos por el nombre de Maracaibo, ese fabuloso depósito de petróleo que parece inagotable. En ese lugar nació el nombre de Venezuela. Los indígenas que habitaban en el lago de Coquibacoa habían construido sus viviendas en el agua, sobre pilares, a la manera típica de los pueblos lacustres en todos los pueblos de su nivel cultural, y Américo Vespucio vio en ese poblado una especie de Venecia primitiva, por lo que llamó Pequeña Venecia a la concentración de casas indígenas que hallaron los expedicionarios en el lugar. El nombre de Pequeña Venecia se españolizó en Venezuela y esta denominación fue extendiéndose por toda la comarca y luego por el país, hasta que vino a ser el nombre de la provincia cuando la Conquista estuvo terminada.

El lago de Coquibacoa fue bautizado San Bartolomé. Ojeda no estuvo mucho tiempo en él. Siguió costeando y al llegar al cabo de La Vela, un poco al Oeste, ya en la península de Guajira, puso proa hacia la Española con sus buques cargados de indios e indias que había hecho prisioneros en su exploración.

Todavía andaban Ojeda, Vespucio y De la Cosa por el litoral de Venezuela cuando Pedro Alonso Niño, que conocía el lugar por haber acompañado a Colón en su tercer viaje, obtenía una autorización para ir a rescatar a esas tierras. "Rescatar" era el verbo de la época para la acción de comerciar. Alonso Niño se asoció en la empresa con Cristóbal Guerra, quien le acompañó en el viaje.

Siguiendo las huellas de Colón y de Ojeda, los nuevos expedicionarios fueron de sitio en sitio, costa adelante, cambiando baratijas europeas por perlas, oro —que era siempre de baja ley— y víveres. Alonso Niño sabía que para hacer buenos negocios había que tratar a los indios con afecto, y así lo hacía. Sus hombres evitaban cuidadosamente los altercados con los naturales y se mantuvieron tres meses entre Paria Chichiriviche —que está al oeste de lo que hoy es Puerto Cabello—, pero en Chichiriviche los indios de la comarca los esperaban en son de guerra. El paso de Ojeda por allí no se olvidaba, y todo blanco era para esos indios tan odiado como Ojeda y sus compañeros.

Alonso Niño y Cristóbal Guerra no siguieron adelante; retornaron a las costas orientales, donde tan bien les había ido, y se mantuvieron por esa región rescatando perlas hasta mediados de febrero del último año de ese fecundo siglo XV, esto es, del 1500; y en ese mes de febrero pusieron proa hacia España, adonde llegaron con la fama de haber sido los únicos navegantes que habían vuelto de las Indias con las bolsas llenas. Como era de esperar, ese viaje afortunado tenía que producir un brote de entusiasmo en todos los que soñaban con rescatar oro en el Nuevo Mundo.
Alentado con el éxito de su viaje anterior, Cristóbal Guerra obtuvo autorización para rescatar en el mismo sitio. En cambio, Vicente Yáñez Pinzón, que estuvo en Paria pocos meses después de haber salido de Venezuela Cristóbal Guerra y Alonso Niño, no se detuvo a buscar riquezas porque no estaba enterado de los resultados que habían obtenido allí los rescatadores. Yáñez Pinzón llegaba desde el Brasil, donde había descubierto el Amazonas, que bautizó con el nombre de Marañón, y pasaba por Paria en ruta hacia La Española. En ese viaje, como debemos recordar, el audaz navegante tocó en Borinquen.

Cristóbal Guerra aprestó su expedición y se presentó en Paria, Margarita y las costas aledañas. Le fue fácil rescatar porque había dejado buen recuerdo cuando estuvo con Pero Alonso Niño, de manera que obtuvo buena cantidad de perlas y de oro y también palo de Brasil. Pero no le bastó con tanto y se dedicó a apresar indios para venderlos como esclavos. Al llegar a España en noviembre de 1501 se le mandó a prisión por haber esclavizado a esos indios y se le obligó a devolverlos a su lugar de origen a sus expensas.

La fama de la riqueza de la región excitaba a los hombres de acción en España. Las perlas y el oro que habían llevado Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra movían a gentes de todas clases a buscar autorización para ir a la Tierra de Gracia. Mientras Vicente Yáñez Pinzón navegaba por el Caribe en ruta hacia La Española y Cristóbal Guerra apresaba a esos indios que le llevarían a la cárcel, un hombre importante de Sevilla, escribano real, preparaba una expedición que iba a ser histórica. Se trataba de Rodrigo de Bastidas, que llevaría como jefe de pilotos al ya célebre Juan de la Cosa, y, además, a uno que iba a ser personaje en la historia de los descubrimientos: Vasco Núñez de Balboa.

La expedición de Rodrigo de Bastidas se hizo a la vela en Cádiz en el mes de octubre de 1500, y estaba destinada a llegar al punto más occidental tocado hasta entonces por los españoles; además de eso, Bastidas sacó de ese viaje beneficios cuantiosos, más que ningún otro explorador de los que le habían precedido.

Entre Guadalupe y el litoral de Venezuela, la expedición de Bastidas llegó a una isla que fue bautizada con el nombre de Verde, y que debe ser alguna de las que ahora se llaman de Sotavento; hizo escala en ella y siguió a poco hacia Occidente; pasó el cabo de La Vela, último punto que había tocado Ojeda; reconoció el litoral de lo que hoy son Santa Marta, Barranquilla y Cartagena; estuvo en las pequeñas islas de frente a esa costa y penetró en el golfo de Urabá para hacer después rumbo al Norte, con lo que costeó las orillas del istmo de Panamá hasta el lugar que llamó Escribano, sin duda en homenaje a su profesión. Bastidas salió de las costas del istmo de Panamá en marzo de 1501 rumbo a La Española.

A Escribano llegaría Colón el 20 de noviembre de 1502, aunque navegando en sentido contrario de Bastidas, esto es, llegando desde Occidente. Y también —curiosa coincidencia— de ahí se devolvería. Colón, que ignoraba que el lugar había sido reconocido y bautizado por Bastidas, le llamó Retrete; hoy se le conoce por Nombre de Dios.

Los historiadores de aquellos días, entre ellos el padre Las Casas, afirman que Rodrigo de Bastidas era bueno, que no abusaba de los indios. Pero es el caso que al llegar a La Española llevaba indios apresados en su viaje, y por esa y por otras razones el comendador Francisco de Bobadilla, que había tenido el penoso privilegio de hacer preso a Colón y de enviarlo a España encadenado, detuvo a Bastidas y le inició proceso. Así, mientras Bastidas gastaba parte de la fortuna que le produjo el viaje en diligencias judiciales y en mantener en buen estado sus buques mientras esperaba en La Española una sentencia absolutaria, las nuevas de los buenos rescates que había hecho llegaban a España y soliviantaban los ánimos de los que ambicionaban ganar riquezas en las Indias.

Entre los ánimos soliviantados estaban los de dos veteranos; uno de ellos era Alonso de Ojeda, que debía maldecir la mala suerte que tuvo en esa misma tierra donde tan buena la tuvo Bastidas; el otro era don Cristóbal Colón, que al oír detalles de la travesía de Bastidas quedó convencido de que el paso hacia Cipango estaba por el sitio que había recorrido el sevillano".'

Antes de que Rodrigo de Bastidas pudiera salir de la Española, donde Bobadilla le mantenía empleitado, Alonso de Ojeda obtuvo de su amigo el obispo Fonseca el nombramiento de gobernador de Coquibacoa, con sueldo de la mitad de cuanto se rescatara, si el rescate pasaba de 300.000 maravadíes al año.

Tan pronto recibió el nombramiento, Ojeda se dedicó a buscar medios para organizar una expedición, y logró hacerse de cuatro naos, con las cuales salió de Cádiz en enero de 1502. En marzo se hallaba en Paria rescatando perlas, ropa de algodón y víveres. Todavía a esa altura los conquistadores no se habían dado cuenta de que la isla de Cubagua, a poca distancia hacia el poniente de Margarita, tenía en sus mares riquísimos criaderos de perlas, y se conformaban con obtener las perlas de los indios de Paria a cambio de baratijas europeas. Ojeda iba rescatando perlas, como hemos dicho.

Pero la naturaleza violenta de Alonso de Ojeda no podía conformarse con la mera y pacífica actividad comercial. Eso estaba bien para hombres de ánimo tranquilo, como Pedro Alonso Niño y Rodrigo de Bastidas. Alonso de Ojeda era un capitán de guerra, y cierto día, bajo la especie de que necesitaba víveres y los indios no se los llevaban, organizó una emboscada en la que dio muerte a numerosos indios, hombres y mujeres, y apresó a varios, entre ellos unas cuantas mujeres. En la acción, Ojeda perdió a un español, que, por cierto, era escribano. Una vez satisfecho en su necesidad de combatir, el jefe español pasó a la isla de los Gigantes o de la Curación y de ahí al golfo de la Goajira, donde fundó el pueblo de Santa Cruz, al que dotó de un fuerte para defenderlo contra ataques de los indios.

Ya en Santa Cruz, el bravío Ojeda se dedicó a organizar entradas en la comarca para cazar indios y despojarlos de lo que tuviera algún valor. Su gobernación fue tan violenta, que sus propios hombres se cansaron, puesto que sin la ayuda de los naturales no era posible obtener alimentos en forma continua, y ellos no eran agricultores para sustituir a los indios en la producción de víveres. Se originaron disputas, dimes y diretes, y al fin un día los subalternos de Ojeda le hicieron preso, lo metieron a bordo de uno de los barcos y lo llevaron a La Española.

Ojeda había salido para ese viaje infortunado en enero de 1502, según habíamos dicho. Pues bien, casi inmediatamente después, el 15 de mayo del mismo año, salía de Cádiz don Cristóbal Colón con cuatro navíos, unos ciento cincuenta hombres, su hermano Bartolomé y su hijo Fernando, que era entonces un mozo de apenas catorce años. Era el cuarto y último viaje del Almirante de la Mar Océana, título que nos suena hoy como un sarcasmo inexplicablemente solemne.

Colón llevaba instrucciones reales de no ir a La Española a menos que tuviera necesidad imperiosa; es decir, en términos marineros de hoy, sólo se le permitía llegar de arribada forzosa. Pero Colón amaba esa isla con una pasión que lo arrastraba, se sentía atado a ella, creía que era su propiedad; de manera que a pesar de la recomendación del rey se dirigió a La Española, después de haber tocado en Santa Lucía, como hemos dicho antes, al referirnos a las islas de Barlovento.

A la altura de 1502, la capital de La Española tenía unos pocos años de fundada; estaba en la orilla oriental del río Ozama, en el litoral del sur, y no tenía edificio alguno de consideración. Pero era la capital no sólo de la isla sino también de todas las Indias. Un poco antes de que Colón saliera en su cuarto viaje había llegado a Santo Domingo el comendador Nicolás de Ovando, designado gobernador de La Española y autoridad suprema en todas las tierras del Caribe. Como en los días de la salida de Ovando hacia La Española estaba preparándose el último viaje de Colón, el nuevo gobernador supo antes de salir que a Colón se le pediría que no llegara a La Española. Ovando llevaba órdenes de detener y de enviar a España a los personajes de la colonia que habían provocado y ejecutado la prisión de Almirante, de manera que la presencia de éste en Santo Domingo podía resultar inoportuna.

Precisamente en el momento en que la pequeña flota del Almirante surgió frente a la ría del Ozama, que era el puerto de la capital de la isla, había en él numerosos buques que se preparaban para salir hacia España, y en ellos iban detenidos esos personajes enemigos de Colón. Por eso cuando Colón envió a tierra un mensajero para pedir que se le concediera carenar uno de sus barcos, que parecía estar atacado de broma, el gobernador Ovando le mandó decir, con finura pero con firmeza, que no podía autorizar el desembarco del Descubridor.

Supo el Almirante que la flota que estaba en la ría iba a salir para España, y mandó otro mensaje a Ovando haciéndole saber que había una tempestad en puertas, que si la flota salía correría peligros serios, si no era destruida, y que él mismo pedía permiso para refugiarse en el Ozama mientras pasaba el huracán. Ovando se negó a permitir que Colón entrara en el puerto y no atendió a la recomendación de que se retuviera la flota destinada a España. En vista de ello, el Almirante navegó un poco hacia Occidente y se refugió en una amplia bahía que llamó Puerto Hermoso de los Españoles (conocida hoy como las Calderas) y allí pudo resistir el huracán, que se presentó cuando ya la flota había salido de Santo Domingo. Cogida entre el furor de las aguas y los vientos, la flota quedó destruida y a duras penas siguió a flote el buque en que iba Rodrigo de Bastidas, que retornaba a España en esa ocasión, libre ya de la persecución de Bobadilla. Con la flota se perdieron Bobadilla, que iba preso, y Roldan, el enemigo de Colón, y el cacique Guarionex, apresado después de haberse mantenido en rebelión algunos meses, y con ellos el oro que se le enviaba al rey.

Obligado a seguir viaje, Colón quiso dirigirse a Jamaica. El mismo había descubierto esa isla en abril de 1494, en el viaje en que estuvo costeando por el sur de Cuba. Ya habían pasado ocho años desde que la descubrió, y Jamaica —que el Almirante había llamado Santiago— estaba abandonada, sin que ningún, español llegara a sus costas.

Así, pues, Colón pensó llegar a Jamaica para carenar sus naves, como Dios le ayudara, pero tuvo vientos adversos, y además la tripulación, que había visto cómo se le había negado la entrada al puerto de Santo Domingo, comenzó a dar señales de poco respeto a la autoridad del Almirante. La flotilla había llegado ya a los cayos de Morante, pero Colón varió de rumbo y se dirigió a Cuba. Pasó otra vez por los Jardines de la Reina, que había conocido en abril de 1494, y en Cayo Largo, llegando ya a la isla que él mismo había bautizado en su viaje anterior con el nombre de Evangelista (Isla de Pinos), cuarteó al Sur y el 30 de julio de ese año de 1502 llegó a Guanaja, en lo que hoy es el golfo de Honduras.

La pequeña isla de Guanaja queda al norte de lo que después sería el conocido puerto de Trujillo, y además muy cerca. Estando en la Guanaja, Colón vio unas cuantas embarcaciones indígenas que no eran las simples canoas de los arauacos-taínos o de los caribes, y oyó hablar una lengua que el llamó mayano. Al recorrer en los días siguientes las islitas que estaban en las vecindades de la Guanaja se detuvo a ver una de esas embarcaciones que habían llamado su atención y encontró que era "tan larga como una galera, de ocho pies de anchura, con treinta y cinco remeros indios". La poco común embarcación iba cargada con espadas de pedernal, telas de algodón, cobre, campanas, cacao, todo lo cual le causaba asombro al Almirante. Lo que él no sabía, y murió sin saberlo, era que se trataba de naves aztecas, toltecas o mayas que recorrían esos lugares traficando, cambiando productos de los que ellos fabricaban por los que tenían otros pueblos, y que el cacao era la moneda que usaban en el comercio con sus vecinos.

Sin duda Colón supo, o sospechó, que esos indios comerciantes, que a la vista pertenecían a una cultura superior a la que prevalecía en las islas, llegaban a la Guanaja desde el Occidente, o tal vez desde el Norte. ¿Cómo se explica que después de haberlos conocido prefiera seguir viaje hacia el Este en lugar hacia el sitio de donde ellos llegaban? Volviendo atrás podría conocer a ese pueblo rico y civilizado que él había llamado mayano.

Pero sucedía que Colón estaba buscando la salida hacia la fabulosa Cipango; iba hacia el punto adonde había estado Rodrigo Bastidas, porque, en su opinión, por ahí estaba el paso que daría al mar de Cipango o a las fronteras de ese reino tan soñado.

En ese mes de agosto de 1502 el Almirante se hallaba en el límite extremo del poniente a que había llegado nunca un europeo. Nadie había ido tan al Oeste como él. Se encontraba casi diez grados hacia el Oeste del sitio a que había llegado Bastidas antes de poner rumbo hacia La Española, esto es, antes de volver atrás. Y estaba cerca de las tierras donde se había desarrollado una de las grandes culturas del Nuevo Mundo, la de los pueblos mayas. Si hubiera resuelto seguir navegando hacia Occidente, esto es, mantener el rumbo que le había llevado hasta la Guanaja, habría ido a dar necesariamente a las costas de Yucatán porque se habría visto forzado a virar al Norte. Pero el Almirante iba en busca de Cipango, y pondría proa al Este.

Hizo esto después de haber reconocido el puerto que se llama hoy Trujillo, al que entró el día 14; el 17 llegó al río Tinto, que nombró Posesión porque allí tomó posesión de la tierra en nombre de Castilla. A poco de salir de ahí encontró calma chicha, por lo que tardó hasta el 12 de septiembre en llegar al cabo que llamó Gracias a Dios, que es hoy un punto fronterizo entre Honduras y Nicaragua. De ahí fue a dar a la boca del río Grande de Matagalpa; de ese lugar, a Punta Gorda, y más adelante, a una legua tierra adentro, halló el pueblo de Cariay, cuyos habitantes vestían camisas de algodón sin mangas y llevaban parte del cuerpo pintada con figuras en rojo y negro y usaban el cabello trenzado sobre la frente; los jefes usaban gorros de algodón con plumas y las mujeres vestían con telas de colores y llevaban pendientes de oro y tenían agujeros en las orejas, en los labios y en la nariz. Al entrar en las casas, los españoles hallaron herramientas de pedernal y cobre, objetos soldados y fundidos, crisoles y fuelles de pieles, que se usaban para trabajar los metales, y vieron sepulcros con cadáveres embalsamados, envueltos en tela de algodón.

La descripción de lo que vieron Colón y sus compañeros en Cariay corresponde en gran parte a un pueblo de cultura maya o azteca, lo que podemos explicarnos porque hoy se sabe que los mayas, los aztecas y los toltecas llegaron a relacionarse, largo tiempo antes del Descubrimiento, con los pueblos de la zona centroamericana.

El 5 de octubre salió de Cariay, de donde fue a dar a la bahía de Zorobabó —hoy, la del Almirante— y allí se detuvo para reconocer el litoral; pasó por la boca del río Veraguas y siguió hasta el pueblito que llamó Portobelo, que ha conservado ese nombre hasta hoy. El 20 de noviembre el Almirante llegó al lugar que Bastidas había nombrado Escribano, y lo llamó Retrete. Ya hemos dicho que el nombre actual de Escribano-Retrete es Nombre de Dios.

En ese punto Colón decidió volver a Poniente. No sabemos si ahí mismo o en los sitios donde había parado antes estuvo oyendo hablar de unas tierras riquísimas y cercanas, muy pobladas, con ciudades civilizadas —a su manera—, y Colón pensó que se referían a la India de sus ilusiones. Tal vez esos rumores tenían que ver con el Perú o Méjico o con los pueblos mayas, de todos los cuales tenían algunas noticias las tribus que vivían en América Central. De cierto río que le dijeron que estaba a diez jornadas hacía el Oeste, llegó el Almirante a pensar que era el Ganges.

Es el caso que volvió a tomar la ruta que había recorrido y de súbito se halló en el centro de un huracán. Puesto que ya era diciembre, ése era un ciclón tardío, fuera de época en el Caribe. Al describir esa tempestad diría que "ojos nunca vieron la mar tan alta, fea, y hecha espuma. El viento no era para ir adelante, ni daba lugar para recorrer hacia algún cabo. Allí me detenía en aquella mar fecha sangre, hirviendo como caldera por gran fuego. El cielo jamás fue visto tan espantoso; un día con la noche ardió como forno; y así echaba la llama con los rayos, que cada vez miraba yo si me había llevado los mástiles y velas; venían con tanta furia espantables, que todos creíamos que habían de fundir los navíos. En todo ese tiempo jamás cesó agua del cielo, y no para decir que llovía, salvo que resegundaba otro diluvio. La gente estaba ya tan molida, que deseaba la muerte para salir de tantos martirios. Los navíos ya habían perdido dos veces las barcas, anclas, cuerdas y estaban nerviosos y sin velas". Así, con los navíos "abiertos y sin velas" llegó hasta el río Veraguas, pero como no pudo entrar en él, volvió atrás hasta la boca del río Belén, que bautizó con ese nombre porque era el día de Reyes de 1503.

Quibián, cacique de la comarca, recibió a los españoles con natural cordialidad; les ayudó en cuanto estuvo a su alcance; les proporcionó víveres; facilitó guías para que Bartolomé Colón, el hermano del Almirante, reconociera las tierras circunvecinas, en las que se halló bastante oro. Don Cristóbal resolvió fundar allí un pueblo, al que llamó Santa María de Colón, conocido también por Santa María de Belén. El pueblo fue levantado a la orilla del río, pasada la boca.

Pero es el caso que como dijo el propio Almirante, "los indios eran muy rústicos y nuestra gente muy importuna". Tal vez los indios se cansaron de que los forzaran a buscar oro y bastimentos o de que abusaran de sus mujeres, y Colón y su hermano creyeron que ese cansancio anunciaba un levantamiento, por lo que decidieron adelantarse a los indios en un ataque por sorpresa. Don Bartolomé, que era hombre de acción, hizo preso a Quibián, prendió a sus mujeres, a sus hijos y a todos sus amigos, y puso fuego a sus viviendas. Quibián logró fugarse, arrojándose al río desde la canoa en que lo llevaban, y levantó las tribus de los contornos contra los españoles. Los ataques fueron numerosos y resueltos. Comenzaron a caer españoles muertos y heridos, y sucedía que no era fácil abandonar el lugar porque el nivel del río había bajado y con ello se había cegado la boca, de manera que no era posible salir a mar abierto.

Esa situación duro bastante tiempo. Los indios atacaban y quemaban las viviendas de los españoles, y los que estaban refugiados en los bajeles eran también atacados sin cesar. Quibián y sus gentes no personaban la agresión que les habían hecho. Al fin, aprovechando una subida de aguas del río, Colón logró sacar algunos buques, pero uno de ellos se quedaría perdido en el río Belén. Gracias al arrojo de Diego Méndez, que era muy leal a Colón, fue posible sacar los hombres de dos en dos y de tres en tres hasta llevarlos a los barcos.

Navegando de nuevo hacia el Oriente, el Almirante llegó a Portobelo, donde tuvo que abandonar otro de los barcos que ya tenía los fondos inservibles. De Portobelo se dirigió al archipiélago de San Blas, y de esas islas, al comenzar el mes de mayo, puso proa hacia La Española. Poniendo rumbo al Norte llegó a las islas Caimán, que bautizó con el nombre de las Tortugas. Las Caimán son poco más que cayos arenosos situados al sur de Cuba; alcanzan a tres y están bajo el dominio de Inglaterra. Al encontrarlas, Colón hacía el último de sus descubrimientos.

De las Caimán, el Almirante cuarteó hacia el nordeste y fue a dar a los tan conocidos Jardines de la Reina, de donde puso proa hacia Jamaica. Llegó a esa isla el día de San Juan de 1503 y estuvo en ella hasta el 28 de junio de 1504, trece meses completos. Cuando salió de Jamaica fue a Santo Domingo, donde paró unos días; y de ahí siguió viaje a España. Iba a morir menos de dos años después.

Con el paso de Cristóbal Colón por las islas Caimán —lo que debió suceder en junio de 1503—, quedaba prácticamente descubierto todo el Caribe. Faltarían por ser exploradas sólo las costas de lo que hoy es Belice y las de Yucatán. Esas costas yucatecas serían vistas bastante más tarde por Francisco Fernández de Córdoba, que estuvo en la isla de Cozumel en el año de 1517.

Como podemos ver, en los primeros veinticinco años que siguieron al descubrimiento del Nuevo Mundo el Caribe quedaría reconocido en toda su extensión, y la mayor parte de la tarea del reconocimiento sería hecha en los primeros diez años. Durante todo ese tiempo, sólo los españoles actuaban en el Caribe. Al terminar el siglo XV, en el año de 1500, Alonso de Ojeda afirmó que había visto una nave inglesa merodeando por las aguas del Caribe, pero nunca hubo prueba de que se tratara de un barco extranjero, y si lo fue, no parece haber sido inglés. Hacia el Norte, más allá de las Bahamas, en lo que hoy son los Estados Unidos, anduvo Juan Cabot explorando a nombre de rey de los ingleses, Enrique VII. Pero el Caribe era un mar reservado a los españoles, y ningún buque de otra nacionalidad había penetrado en él en todos esos años iniciales del Descubrimiento y la Conquista.

Para 1517 había en el Caribe puntos poblados, una corte virreinal —la de don Diego Colón en La Española— y una Real Audiencia en la misma isla. De manera que cuando Francisco Fernández de Córdoba desembarcó en Cozumel, la isla mejicana del Caribe, ya las tierras y las aguas de ese mar eran una frontera imperial. Pero se trataba de la frontera de un solo imperio. Todavía no habían llegado allí otros imperios a disputarle a España la propiedad de la región. Sólo los indígenas que habían sido los dueños naturales de las islas y de la tierra firme combatían aquí y allá contra los españoles que habían llegado a despojarlos de su suelo, y pronto iban a sublevarse algunos grupos de esclavos llevados al Caribe desde África. Pues desde que se inició como frontera imperial, el Caribe estuvo regado por la sangre de los que luchaban, o bien por someter a otros, o bien por librarse de los sometedores.

España era, en los conceptos legales de la época, la dueña y señora del Caribe; lo había descubierto, lo había explorado en todos sus confines, y en ciertos puntos lo había poblado. Pero España, que era políticamente un imperio, y que tenía la autoridad legal de los imperios, carecía de la sustancia necesaria para desarrollar un imperio, y a eso se debió que a medida que descubría y exploraba en el mar de las Antillas fuera dejando tras sí islas y territorios abandonados. Y se trataba de islas y territorios ricos o susceptibles de producir riquezas. Donde quedó un punto desocupado se estableció un vacío de poder, y otros imperios correrían a llenar los muchos vacíos que dejó España en el Caribe. La frontera imperial de España sería, pues, debatida con las armas por sus rivales, y ese debate proseguiría durante siglos, hasta el día de hoy.

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Capítulo III

INDIOS Y ESPAÑOLES EN LOS PRIMEROS AÑOS DE LA FRONTERA IMPERIAL

El Imperio español no nació el 12 de octubre de 1492. Ese día las carabelas españolas, bajo el mando de Cristóbal Colón, descubrieron tierras nunca vistas antes por ojos occidentales. Pero el descubrimiento de las diminutas islas de las Lucayas fue un hecho fortuito, no el producto de un plan imperial. Colón salió a buscar un nuevo camino hacia la India y dio con esas islas. Hubiera podido dar con otras tierras, más al Norte o más al Sur, y para su propósito y el de los Reyes Católicos —hallar la ruta que condujera a las islas de las especierías— el resultado hubiera sido el mismo: ese camino no apareció entonces.

Tampoco nació el Imperio el día en que el Almirante levantó un fuerte en el borde norte de La Española y dejó en él 40 hombres. Esos hombres no eran soldados de un ejército imperial; eran tripulantes de la carabela Santa María. Su oficio era el de marinos, tal vez pescadores, y nada más. Por otra parte, no se quedaron en La Española como guarnición adelantada de un Imperio, sino porque en las dos carabelas que quedaron después del naufragio de la capitana no cabían todos los que habían hecho el memorable viaje del Descubrimiento; algunos tenían que quedarse mientras sus compañeros iban a España y volvían.

El Imperio nació el 27 de noviembre de 1493, al llegar frente a La Española la expedición que organizó Colón, bajo la autoridad y con ayuda de los Reyes, para empezar a poblar las nuevas tierras. En ese segundo viaje iban mil personas a sueldo del Trono, iban más de trescientos voluntarios; iban caballos, cerdos, perros, semillas e hijuelas de plantas que debían aclimatarse en el Nuevo Mundo. Ya no se trataba de hallar un camino hacia el Oriente; se trataba de extender España, a través de súbditos españoles, hacia esa lejana frontera que quedaba en el Oeste. Los hombres eran de varios rangos y oficios, hijosdalgo unos y otros artesanos y labriegos; y el hijodalgo llevaba su espada y el albañil llevaba su plana, el zapatero su lezna, el carpintero su martillo, el sastre sus tijeras y agujas, el agricultor su hoz.

En el momento de iniciarse el Imperio español en el Caribe, todas las tierras de ese mar estaban habitadas por pueblos indios. Ellos mismos no se llamaban así. ¿De dónde, pues, procedía ese nombre? Venía de que Colón y sus compañeros salieron de España para buscar el camino de la India y creyeron haber llegado a la India, e Indias llamaron a las islas antillanas; Indias Occidentales se llamarían en varias lenguas europeas, de donde vinieron a llamarse indios los pueblos que las habitaban. Esos pueblos se relacionaban, pero eran diferentes. En La Española, la tierra escogida para empezar la fundación del Imperio, vivían los tainos, de la rama arauaca. Los tainos se extendían por el valle del Cíbao y la costa del sur. En el Norte estaban los ciguayos, que probablemente habían llegado a la isla antes que los tainos. En Cuba había siboneyes, casi con seguridad una rama arauaca emparentada con los tainos; había también un pueblo denominado guanahatahibes, más primitivo que los siboneyes y tainos y quizá del mismo origen que los ciguayos de La Española. No hay a la fecha una teoría que nos explique a satisfacción quiénes eran y de dónde procedían ciguayos y guanahatahibes, pero no sería sorprendente que se tratara de tribus prearauacas llegadas a las Antillas Mayores con mucha anterioridad a tainos y siboneyes y por eso mismo menos evolucionadas. La composición étnica de Cuba y la de La Española se repetía en Jamaica y Borinquen, y es probable que se extendiera, en menores proporciones, a otras de las islas antillanas, por lo menos antes de la llegada de los caribes. En el momento de la llegada de los españoles, Borinquen era atacada con frecuencia por oleadas de indios caribes que procedían de las islas de Barlovento. No hay constancia de que sucediera igual en La Española, Cuba y Jamaica, aunque tampoco hay razones para pensar que no ocurriera, si bien no con tanta frecuencia como en Puerto Rico. Los pueblos indígenas estaban compuestos por muchas tribus y cada tribu tenía un nombre que la individualizaba. Algunas de esas tribus habían llegado a ser sedentarias, esto es, llevaban tiempo en un territorio determinado cuando llegaron los españoles; otras deambulaban de un sitio para otro, buscando donde asentarse. Debemos tener en cuenta que aun las que llevaban años en un lugar tenían que abandonarlo si se presentaban condiciones naturales adversas, como una gran sequía, fuertes diluvios, enfermedades epidémicas; o si las obligaban a hacerlo ataques de una tribu vecina. En el transcurso del tiempo esas movilizaciones debían producir cambios por influencias de los pueblos con los que esas tribus tenían que mantener contactos o simplemente porque quedaban sometidas a otras. Eso puede haber tenido, entre varios resultados, el de que variaran los nombres de muchas tribus; el de cambios de la lengua, aunque no fueran cambios fundamentales; el de cambios de hábitos, por ejemplo, el de guerreros a menos pacíficos o a pacíficos. Así, en el muy complejo y numeroso pueblo caribe hubo tribus guerreras y pacíficas, agricultoras y pescadoras, navegantes y de tierra, sedentarias y trashumantes. Y es probable que dentro del área ocupada por los caribes vivieran tribus de otros pueblos, lo cual venía a dificultar el conocimiento de los pueblos indios por parte de los españoles del Descubrimiento.

El pueblo arauaco, pongamos por caso, cuya rama taina vivía en la Antillas Mayores, debió proceder del mismo sitio de donde procedían los caribes, esto es, el territorio de lo que hoy es Venezuela; y debió llegar a las islas antillanas del Norte usando el mismo camino que usaban los caribes para ir apoderándose de las islas más pequeñas. Irían seguramente navegando en sus piraguas o canoas y pasando de isla en isla hasta llegar a las cuatro más grandes. El viaje de Hatuey de La Española a Cuba demuestra que los indios de esas islas mayores se comunicaban entre sí. Se ignora cuánto tiempo llevaban los tainos arauacos en esas islas. Debemos suponer que cuando ellos llegaron obligaron a los ciguayos y a los guanahatahibes a refugiarse en zonas aisladas de La Española, Cuba y Jamaica, como seguramente estaban haciendo los caribes con los tainos de Borinquen en el momento de la llegada de los españoles.

¿Cuánto tiempo tardaron los caribes en extenderse por las orillas del mar que lleva su nombre?

El proceso debe haber sido largo. Pues el pueblo caribe salió de los vastos territorios situados al sur del Amazonas y debió ir avanzando por lo que hoy es el Brasil y después por lo que hoy es Venezuela hasta llegar al litoral nordeste; y en esa marcha seguramente encontró obstáculos serios, ya naturales, ya creados por otros pueblos indígenas; y debió ser, después que se afincó en el litoral, desde las bocas del Orinoco hacia el Oeste, cuando decidió pasar a las islas. Ahora bien, debemos suponer que cuando los caribes llegaron a ese litoral hallaron establecidos ahí a los arauacos, otro pueblo numeroso compuesto por gran cantidad de tribus. Los caribes procederían, desde luego, a desplazar a los arauacos, a los que empujaron hacia el Oeste. Y resulta que si los arauacos habían antecedido a los caribes en la ocupación del este y del centro del litoral venezolano del norte, debieron antecederlos también en el paso a las islas antillanas. Tal vez las primeras oleadas de arauacos que llegaron a esas islas fueran los ciguayos y los guanahatahibes. Alguna relación había entre ellos y los tainos y siboneyes, como lo prueba la alianza que celebraron los ciguayos y los tainos de La Española, y tainos de Borinquen y caribes de las Vírgenes, para luchar contra los españoles. Y no podía ser una simple relación territorial, esto es, de vecinos en un territorio, pues en ese caso hubieran hablado lenguas distintas y sus diferencias culturales habrían sido apreciables. Debió ser una relación más íntima, como la de ramas de un mismo tronco étnico.

Todo parece indicar que antes de 1492 había habido un proceso de desplazamientos sucesivos que duró nadie sabe cuántos siglos. Pudieron ser seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. Es el caso que el proceso estaba todavía en marcha cuando llegaron los españoles, esa vez con los caribes establecidos ya en el litoral venezolano y en varias islas hacia el Norte y avanzando hacia las demás.

Ese proceso de desplazamientos imponía contactos, unos violentos y otros pacíficos, que provocaban lo que los antropólogos llaman transculturaciones, esto es, el paso de ciertos hábitos de un pueblo a otro pueblo; y también, si hubo asentamientos muy largos sin ataques de otros pueblos, hubo transformaciones en los hábitos de un pueblo —o de una tribu— debido a las condiciones naturales del ambiente. Por ejemplo, si un pueblo o una tribu había estado tallando cemíes —ídolos— durante un siglo en una región donde había monos y algunos de sus ídolos o de sus símbolos totémicos reproducían al mono, al trasladarse a una isla donde no había monos y al vivir durante cuatro o cinco generaciones, olvidaban necesariamente las facciones del mono y al final labraban cemíes que no podían parecerse al mono, con lo cual tal vez creaban una imagen nueva. Si los arauacos tainos habían vivido antes de su traslado a las islas en las selvas del Orinoco, sus descendientes no conocían ni el tigre ni el tapir ni las aves que son naturales de las selvas continentales, de manera que sus vivencias relacionadas con esos animales tenían que desaparecer en las islas. Podía darse el caso de que el barro que sus abuelos trabajaron en las orillas del Orinoco para hacer sus menajes caseros no fuera igual al que encontraron los nietos en Cuba, de donde tenía que resultar un tipo de cerámica diferente, que podía ser peor o mejor, pero que tenía que responder al mismo principio cultural.

Arauacos y caribes se mezclaban entre sí o unos ocupaban territorios dentro de las áreas ocupadas por los otros, bolsones que quedaban como remanentes de los desplazamientos, y esto debe haber sucedido no solo en el litoral venezolano y en las islas, sino también en el litoral colombiano, en el del istmo de Panamá y en varios lugares de América Central. En el pie de los Andes y en América Central había influencias de otros pueblos mucho más desarrollados; de los chibchas, que ocupaban los valles de la cordillera andina, de los mayas, los aztecas y los tol-tecas, que llegaban desde el Norte.

Tenemos que hacer, pues, distinciones a la hora de hablar de los indios del Caribe en la época del Descubrimiento.
En primer lugar, podemos trazar una línea que partiendo de Cuba hacia el Este, va de isla en isla, llega a Venezuela, prosigue por la costa de este país hacia el Oeste hasta llegar al extremo occidental del istmo de Panamá.
En toda la región cubierta por esa línea, salvo las áreas bajo influencia chibcha y muisca, predominaban tribus arauacas y caribes, dos pueblos que tenían más o menos el mismo nivel cultural. Las diferencias más acentuadas estaban en que había tribus caribes resueltamente agresivas, guerreras por inclinación y tradición, que terminaron haciendo de la guerra un oficio. Esas tribus criadas desde temprano en el oficio de guerrear realizaban actos de antropofagia ritual, es decir, se comían a sus enemigos por motivos religiosos. No podemos,-sin embargo, asegurar que todas las tribus caribes tenían iguales hábitos. En muchos casos los españoles llegaron a tierras caribes y fueron tratados con gentileza y bondad. Tal sucedió, por ejemplo, con Pedro Alonso Niño y con Rodrigo de Bastidas; lo mismo sucedió con Alonso de Ojeda antes de su entrada en Chichiriviche.

Debemos aceptar que hubo tribus arauacas y tribus caribes que por causas ignoradas se quedaron aisladas y no evolucionaron como lo hicieron otras de sus mismos pueblos, y hasta es posible que algunas de ellas degeneraran por imposiciones de su medio, a causa de epidemias o debido a una guerra. Pongamos un ejemplo de la primera causa. Supongamos que una tribu se estableció en las orillas de un lago y dirigió todas su facultades a la pesca durante algunas generaciones y supongamos que luego se vio forzada a emigrar tierra adentro; pues bien, al emigrar debió encontrarse con que ya no estaba capacitada para vivir en un nuevo hábitat porque había olvidado las experiencias de la producción agrícola, de la caza y de la vida en medio de animales. También pudo suceder que el proceso de división del trabajo, a medida que la población se multiplicaba sin tener que abandonar el lugar de su asentamiento, fuera exigiendo una constante superación en cada una de sus faenas.

Lo que hacía de caribes y arauacos pueblos parecidos, y en algunos casos tan parecidos, que podían confundirse, era su tipo de desarrollo social, que era muy similar en todo lo básico; lo que los distinguía y separaba eran algunos hábitos, adquiridos '"seguramente por imposición del medio en que habitó esta o aquella tribu en el largo peregrinar de esos pueblos.

Así, unos y otros habitaban grandes bohíos o caneyes familiares, entendiendo por familia no sólo a los padres con sus hijos, sino a varias generaciones; su comida era a base de casabe que fabricaban de la yuca, de maíz en las zonas donde podían sembrar este grano, de tubérculos, frutas, pesca y caza; su principal instrumento de labranza era la coa —un palo puntiagudo— y la mujer se dedicaba a la agricultura mientras el hombre iba a la caza y a la pesca; trabajaban la piedra, en algunos casos hasta un grado de alta belleza; usaban hachas de piedra petaloide y morteros de esa materia; usaban el barro para hacer cazuelas, ollas, vasijas rituales y el burén, que era el molde en que cocinaban las tortas de casabe; construían en madera los dujos —asientos de los principales— sus armas de caza y de guerra y las canoas o piraguas en que viajaban por el mar y por los grandes ríos, fabricaban sus ídolos o cemies tanto de piedra como de barro y . hueso; elaboraban fibras con las cuales tejían sus hamacas, cuerdas para sus armas y redes; donde producían algodón, hacían telas; celebraban juegos, como el de la pelota, y festejos comunales de tipo religioso, con cantos y danzas; se pintaban el cuerpo con tintas vegetales; producían alcohol haciendo fermentar ciertos tubérculos o granos mediante la salivación.

En el orden social, las familias se agrupaban en tribus cuyo jefe era un cacique, regularmente el que había demostrado más valor y capacidad ante las pruebas a que eran sometidas esas tribus por ataques de otras o por fenómenos naturales, y sin duda en muchas tribus el cacicazgo era hereditario, bien en todas las ocasiones o bien en circunstancias especiales; pero además del cacique había una autoridad que en ciertos momentos estaba por encima del cacique; era el jefe religioso, a quien le tocaba profetizar los sucesos que venían y, por tanto, tenía que decidir qué debía hacerse en situaciones de crisis; a ese jefe religioso, bouhiti, piache o como se llamara, le tocaba también curar a los enfermos y ejecutar los ritos tribales ante los muertos y al comenzar las guerras. Sabemos que en algunas tribus había especie de consejos de ancianos y sacerdotes; sabemos también que en otros casos varias tribus se confederaban o aliaban por un tiempo; que las mujeres podían ser cacicas, como sucedía en las regiones de La Española y de Venezuela en los días de la Conquista; sabemos que tanto arauacos como caribes conocían las artes de la navegación y que usaban el mismo tipo de embarcación para ir de una isla a otra.

A ese tipo de economía y de organización social, común a arauacos y caribes, respondía una religión también común aunque difiera en detalles. Se trataba de una religión animista y toté-mica, es decir, creían que los seres humanos, los animales y hasta ciertos lugares —ríos, lagos, montañas— tenían un alma o espíritu, y que en el caso de los seres vivos esa alma le sobrevivía cuando morían y que el alma o espíritu actuaba en defensa o en castigo de los familiares vivos del muerto, según cumplieran o no cumplieran con los ritos de la tribu, y creían que cada tribu tenía la protección del alma de un animal, el animal totémico de esa tribu. Había un lugar adonde iban las almas de los muertos, y ese lugar estaba gobernado por un cacique-dios. Los espíritus protectores se representaban mediante ídolos o cemíes. En algunos casos había viviendas destinadas a esos cemíes, a los cuales se les hacían ofrendas de comidas, de frutas y de animales muertos. Aunque generalmente esos espíritus dioses eran antepasados de la tribu, los había que no lo eran; por ejemplo, el dios del agua, el de las tempestades o el de ciertos productos agrícolas. .Que hubiera o no estos últimos dioses-espíritus en el panteón de una o más tribus dependía del tipo de influencia que la tribu hubiera recibido a lo largo de su existencia más que de su nivel de desarrollo.

Como parte de esos conceptos religiosos debían necesariamente rendir culto a sus muertos, pues sin duda las almas que más tenían que preocuparse por proteger a los vivos eran las de sus padres, abuelos, hermanos y parientes muertos. Enterraban a los difuntos en sitios escogidos y cercanos a las viviendas, y tal vez en algunos casos en los sitios que más les agradaron cuando vivían. En algunas tribus el cadáver se colocaba sentado, con la cabeza sobre las rodillas y las manos sobre las piernas, y en otras se dejaba sobre una hamaca o red dentro de la vivienda del muerto, y una vez descompuesto se conservaba el cráneo en el mismo sitio. Esta diferencia puede haber provenido de la experiencia vital de la tribu; pues algunas tribus vivieron, sin duda durante largas épocas, en lugares de pantanos o en lagos, y entonces se vieron forzados a conservar el cadáver, al aire libre; o fueron trashumantes durante mucho tiempo y tenían que llevarse adondequiera que iban la parte más importante de sus muertos, como el cráneo. Tanto sí había enterramiento como si no lo había, junto con los restos del cadáver se ponían sus utensilios de barro y piedra y alguna comida.

Entre los tainos de La Española había una costumbre que parece resumir los valores de la cultura social de la tribu, los del vínculo tribal, que era absolutamente irrompible en vida o en muerte, y las facultades del intercambio de almas, cosa que podía darse aun entre dos personas que no fueran de la misma tribu. Esa costumbre era el guatiao o cambio de nombres. Cuando A pasaba a llamarse B y B pasaba a llamarse A, quedaban convertidos en una misma persona y el destino del uno era el del otro. Algunos caciques indígenas cambiaron nombres con jefes españoles y creían de manera tan absoluta en el compromiso que cuando Cotubanamá, que había hecho guatiao con el capitán Juan de Esquive!, fue llevado al pie de la horca, dijo a los españoles, según refiere Las Casas: "Mayani-macaná Juan Desquivel daca"; esto es: "No me mates, porque yo soy Juan de Esquivel."

Cuando se conoce el tipo de organización social y política de estos pueblos y las ideas que les correspondían, no puede uno sorprenderse de que fueran capaces de luchar con tanta ñereza contra un poder occidental. Se pensará que lo hicieron debido a su ignorancia. Sin embargo, sucede que esos pueblos lucharon, unos hasta la extinción, y otros, como los caribes de las islas de Barlovento, durante tres siglos; es decir, que combatieron mucho tiempo después de conocer en carne propia el poderío occidental, cuando ya tenían experiencias, y muy costosas, de lo que eran las lanzas, las espadas, los falconetes, los arcabuces, los perros, los caballos europeos, pero siguieron luchando. Los indios del Caribe combatían hasta la muerte porque no podían concebir la vida fuera de su contexto social.

En lo que escribieron los cronistas españoles de los siglos XV y XVI han quedado nombres de muchas tribus arauacas y caribes, pero esos nombres pertenecieron a tribus de tierra firme; en cuanto a las islas sólo sabemos que había tainos, ciguayos, siboneyes, guanahatahibes, nombres que seguramente se refieren a pueblos o naciones, no a tribus. Es difícil saber el número de indios de esos pueblos, y seguramente se exageró en los días de la Conquista. La rápida extinción de los que vivían en las Antillas mayores indica que no podían pasar de 250.000 en las cuatro islas —Cuba, La Española, Jamaica y Puerto Rico—, y probablemente la más poblada era La Española. Como la mortalidad infantil debía ser muy alta entre ellos, la población adulta seguramente era superior a la mitad; de manera que a la llegada de los conquistadores los hombres de guerra de esas cuatro islas debían acercarse a los 50.000. Los abundantes depósitos arqueológicos hallados en La Española podrían inducirnos a pensar que la población de esa isla era mucho más numerosa de lo que en realidad fue, lo que le daría la razón al padre Las Casas, que la calculó en millones; pero tenemos que preguntarnos en cuántos años se acumularon esos depósitos, porque es evidente que no todos procedían del año 1492. Probablemente los tainos de La Española llevaban siglos en la isla, por lo menos, más de un siglo, así como es probable que los siboneyes llevaran menos tiempo en Cuba, y así como es casi seguro que los caribes llevaran menos tiempo aún en las islas Vírgenes.

Dado el régimen de vida de arauacos y caribes, era imposible que hubiera millones de ellos en las Antillas, y ni aun en las Antillas y Tierra Firme juntas; y es difícil que en una sola isla llegara a haber 100.000. De haber habido millones, las muestras de su existencia aparecerían hoyen cada metro cuadrado de terreno, puesto que como no vivían en ciudades, hubieran tenido que cubrir extensiones enormes de territorio con sus bohíos multifamiliares y con los sembradíos necesarios v a su sostenimiento. Desde luego, el alto número no hubiera hecho más difícil la conquista, como podemos ver en el caso de Méjico y del Perú, que fueron conquistados rápidamente a pesar de que su población era muy alta. Pero hubiera hecho imposible la extinción de los indios, como la hizo imposible en Méjico y en el Perú. En Venezuela, Colombia y Panamá, caribes y arauacos quedaron rápidamente reducidos a pequeños grupos refugiados en lugares casi inaccesibles, y debemos tener en cuenta que en esos países había extensiones de territorio en los que era posible buscar esos refugios perdidos, cosa que no pasaba en las islas. Sin tales refugios, los caribes y arauacos de Tierra Firme habrían desaparecido también, de lo que se deduce que tampoco eran ellos tantos como se pensó.

En el extremo opuesto a caribes y arauacos, en cuanto a desarrollo económico, social y político, estaban los pueblos que ocupaban parte noroeste del Caribe; esto es, los mayas, los toltecas y los aztecas. Esos pueblos eran sociedades urbanas, tan desarrolladas dentro de su patrón cultural como Roma o Egipto. Construían grandes ciudades, dominaban las ciencias y la agricultura; su escultura, su pintura y poesía eran comparables con la de los países de Occidente, si no en cantidad, a menudo en calidad, y casi siempre en técnica; vestían en forma tan compleja como los romanos en tiempo de Julio César; tenían religiones muy elaboradas; llevaban contabilidad, fabricaban buenos caminos; tenían comercio marítimo y terrestre bien organizado y con protección armada; los gobernantes cobraban tributos, y en algunos casos eran elegidos por una especie de cámara de notables; los pueblos eran regidos por códigos que todos respetaban; la familia se establecía mediante el matrimonio y existía el hogar familiar, no el tribal; la alimentación era variada y estable; el orden público estaba asegurado por reglas que obedecían todos los miembros de la sociedad. En algunos casos, como ocurría con los mayas, habían llegado a la confección de libros. Los descendientes de esos pueblos están aún en las tierras de sus abuelos, y sus grandes templos, sus construcciones de piedra y las estatuas de sus dioses siguen en pie, llenando de admiración a arqueólogos, sociólogos, historiadores y viajeros.

Con ser tan adelantados, los pueblos de la zona noroeste del Caribe no tenían una organización económica y social tan desarrollada como los de Europa, razón por la cual no disponían de fuerzas militares que pudieran enfrentarse a las europeas. Tenían soldados, cosa que no tenían los españoles cuando llegaron al Caribe; pero sus armas eran de mano o arrojadizas y en ningún caso de metal, de manera que no podían competir con las españolas. Las espadas eran de obsidiana, las puntas de flechas y lanzas, de pedernal. Además, no contaban con el auxilio de los caballos o de otros animales de tiro para avanzar de prisa o para lanzarse contra el enemigo, y sus embarcaciones no podían competir con la de los conquistadores. Por último, éstos disponían del arma más avanzada en el mundo de aquellos días, la artillería. Así, pues, a pesar de su alto desarrollo, mayas, aztecas y toltecas estaban, como caribes y arauacos, en situación de inferioridad militar frente a los españoles, y era imposible que pudieran vencerlos en la guerra.

En medio de los dos extremos —de caribes y arauacos por un lado y de mayas, aztecas y toltecas por otro— se hallaba la mezcla de América Central, donde pueblos arauacos y caribes habían sido penetrados por mayas, toltecas, aztecas y chibchas-muiscas.

Ahí, el panorama era complejo.

¿De dónde habían salido las tribus asentadas originariamente en esas tierras? ¿Eran caribes, eran arauacas o una mezcla de las dos? ¿Cuánto tiempo hacía que se cruzaban con los mayas o los aztecas? ¿Estaban en lo que hoy son Honduras y Guatemala antes que los mayas, o no pasaron de lo que hoy es Nicaragua?.

De todas maneras, lo que sabemos es que cuando llegaron los españoles, esos pobladores de la América Central, o caribes o arauacos o mezcla de unos y otros, se hallaban contagiados con \s costumbres de los mayas, los toltecas y los aztecas. "Contagiados con las costumbres" no significa que hubieran adquirido los fundamentos de las culturas del Noroeste, su tipo de producción económica, sus conocimientos, su arquitectura, su religión o su organización política. Todo lo más a que habían llegado era a imitar a los mayas, a los aztecas y a los toltecas en la confección de piezas de piedra y de barro para el menaje familiar; a tejer el algodón, a batir el oro. Y aun en esos menesteres podía haber influencias chibchas.

Mayas, aztecas y toltecas recorrían la América Central en funciones de comercio, unos por tierra y otros por mar, y a veces usando las dos vías. Seguramente no se preocupaban por cambiar las estructuras sociales de las tribus que les compraban sus productos y les vendían plumas, oro y pedernal. Los pueblos del Norte no aspiraban a establecer en el Sur sus sistemas de vida; no iban como conquistadores, sino como individuos —y tal vez, corporaciones— que buscaban beneficios. Aun los aztecas, que necesitaban prisioneros para ofrendarlos a sus dioses, preferían los tribu tos obtenidos pacíficamente, y no iban al sur en son de guerra.

A través de los contactos comerciales, los arauacos y los caribes de la América Central recibían dosis de penetración cultural de los mayas, los toltecas y los aztecas, pero la penetración no llegaba al límite de causar transformaciones en los conceptos fundamentales de sus sociedades. Tal vez los del Norte establecían colonias, a la manera de las que tenían los griegos en el Mediterráneo. Pero no lo sabemos. Quizá Cariay fue una de esas colonias. Ahora bien, la mayoría de las tribus centroamericanas, por lo menos desde el extremo oriental del istmo de Panamá hasta la frontera norte de Nicaragua, eran caribes y arauacos con infiltraciones culturales y económicas de los pueblos del Norte y de los chibchas y los muiscas del Sur.

Esas infiltraciones explican que mientras los arauacos y los caribes de las islas y de Venezuela no usaban metales —y probablemente, salvo el oro para adorno, no sabían que existieran—, algunas tribus arauacas y caribes de la América Central los trabajaban y los usaban.

Ese vasto y complejo panorama de pueblos, social, política y económicamente diferentes, se presenta a nuestros ojos, visto desde una perspectiva histórica de varios siglos, como un frente con muchos puntos débiles; un frente que fue atacado en forma súbita por una fuerza mucho más pequeña, pero mucho más unida, y por eso mismo mucho más capaz. Todo castellano, capitán o marinero, hijodalgo o labriego, obedecía a un mismo origen, a una misma organización económica, social, religiosa y política. Es más, todos tenían una sola lengua. Unido a esa solidaridad entrañable, o mejor aún, como expresión militar de esa solidaridad, estaba el superior poderío en armas, en medios de locomoción y de comunicación. Las disensiones entre españoles eran luchas individuales, no contra su Estado, su religión, su cultura o su tipo de sociedad. Como colectividad, ala cual representaban los que llegaron al Caribe, no tenían disensiones. El pequeño martillo de acero que golpea una gran pieza con ranuras, la hace saltar en pedazos. Esa es la mejor imagen de lo que sucedió en el Caribe en los años de la conquista española.

La conquista fue una etapa en el complicado proceso de la occidentalización del Caribe. Otras etapas fueron el descubrimiento y la colonización. Se trata de tres tiempos de un mismo hecho, pero debemos decir que esos tres tiempos no fueron ordenadamente sucesivos; no hubo descubrimiento y después conquista y luego colonización. Por ejemplo, en La Española, punto por donde comenzó el Imperio, se pasó del descubrimiento, efectuado en diciembre de 1492, a la colonización, iniciada en noviembre de 1493; la etapa de la conquista sería posterior y, sin embargo, coincidente con la colonización.

Generalmente el Descubrimiento fue, en todo el Caribe, un episodio corto, a veces de días, a veces de semanas, y en muy pocas ocasiones de varios meses. En algunos casos hubo descubrimiento, pero no hubo ni conquista ni colonización —al menos de parte de los españoles—. La conquista y la colonización eran casi siempre tareas simultáneas. En algunos puntos comenzaba primero la conquista y a seguidas la colonización; en otros comenzaban las dos etapas a un mismo tiempo; en otros se procedía a fundar una o dos poblaciones y después se pasaba a conquistar.

Ya se ha dicho que el Caribe fue descubierto entre el 1492 y el 1518, esto es, en veinticinco años; pero en esos mismos veinticinco años iba llevándose a efecto la conquista de varios lugares y al mismo tiempo iba realizándose la colonización. Sin embargo, debemos aceptar que la colonización terminó antes que la conquista —en el caso de España—, porque la conquista no dio fin sino cuando los indios quedaron definitivamente sometidos, y en algunos lugares esto vino a suceder muy tardíamente. Por ejemplo, la última batalla de los mayas en defensa de su tierra tuvo lugar el 14 de mayo de 1697, esto es, más de dos siglos después del Descubrimiento.

En otros puntos se conquistó la tierra pero no a los indios, porque éstos quedaron exterminados, y, sin embargo, no fue posible establecer en esas tierras copias o extensiones de España en un sentido cabal. Esto ocurrió en las Antillas, sobre todo en las mayores. Algo o mucho de esos indios desaparecidos quedó allí, traspasado al español a través del mestizo, del negro esclavo que copió la técnica primitiva del indígena, de la naturaleza del terreno, del clima, del esquema económico y social en que habían vivido los aborígenes impuesto en alguna forma en las esencias mismas del esquema que llevaron los conquistadores. En el Caribe se formó pronto una sociedad de valores españoles, pero aquello no pasó a ser España.

Entre los españoles y los indios del Caribe hubo un choque de culturas, y resultaba que en la de los indígenas, aun los menos desarrollados como lo eran los que vivían en las islas, había ciertos valores capaces de llevarlos a matar y a morir colectivamente; había una coherencia tan notable entre sus nociones y sus creencias y cada uno de ellos, que actuaban ante los estímulos externos planteados por la Conquista con una ingenuidad increíble. Por lo menos, ni los españoles de aquellos días ni los que han escrito sobre esos indios en los siglos que siguieron a la Conquista se dieron cuenta de las razones de esa supuesta ingenuidad. No era ingenuidad; era coherencia de conducta con sus nociones, sus creencias y su contexto social. Para el indio era inconcebible que uno de ellos pudiera vivir fuera de su contexto social, de su familia y su tribu; para él era inconcebible que se le pudiera atropellar o matar sin causa justificada o razonable; para él era inconcebible vivir sin su cacique o su piache o sacerdote; para él era inconcebible que le hicieran trabajar si el producto de su trabajo no se destinaba a las necesidades de su familia 0 su tribu. Su libertad no era lo que entendemos hoy por libertad; era la libertad de toda su tribu, y tal vez más aún, era el libre funcionamiento de su sociedad tribal dentro de los conceptos, en conjunto y en detalle, que esa tribu tenía de la vida. SÍ no se comprende esto no puede comprenderse por qué esos pueblos pequeños y débiles prefirieron la aniquilación a vivir bajo normas sociales que no eran las suyas.

Es probable que de no haber sido agredidos en sus normas, los indios de las Antillas nunca hubieran atacado a los españoles. Cuando éstos llegaron, generalmente los recibieron con agrado y con generosidad; les obsequiaban con lo que los españoles les pedían —oro, sobre todo— y hacían guatiao con ellos, lo cual equivalía a establecer un vínculo más que sanguíneo; los ayudaban, les decían sin reservas todo lo que sabían. Un recibimiento hostil era la excepción, y habría que saber cuáles eran las causas de esas agresiones, qué habían oído esos indios contar de lo que hicieron los españoles en tal o cual punto. La verdad es que a pesar de los esfuerzos del Estado español —a través de la reina Isabel—, los españoles como Pedro Alonso Niño y Rodrigo de Bastidas eran poco comunes; entre los demás había algunos dispuestos a agredir sin ningún motivo. Tal era el caso de Alonso de Ojeda.

Este Alonso de Ojeda era aquel capitán que anduvo por las costas de Venezuela acuchillando a los indios y apresándolos para venderlos como esclavos. Ojeda había ido con Colón a La Española en el segundo viaje y a él le tocó iniciar allí las agresiones que iban a provocar los levantamientos que condujeron, en pocos años, a la extinción de los indígenas. Esa primera agresión debió haber sucedido en abril de 1494.

A esa fecha, ya los mil trescientos y más españoles que habían llegado en noviembre de 1493 a poblar la isla estaban desencantados de su aventura, pues ni había en la tierra el oro que se esperaba ni el clima se parecía al de España; ni el casabe era el pan y el mosquito no dejaba dormir y las lluvias eran interminables y, en. fin, sus enfermedades eran desconocidas y algunas, como la 'buba, muy feas. Además, había que racionar la comida que se llevó de España, pues los indios, que no esperaban a los españoles, no podían multiplicar sus viandas de un mes para otro-. En la Isabela llegó a sufrirse tanta hambre, que los españoles, tuvieron que comer culebras, lagartos y hasta perros de las que habían llevado de España. Pues bien, en esa situación de desencanto general, Alonso de Ojeda prendió, hacía abril de 1494, a un cacique indio del valle de La Vega y le cortó las orejas en presencia de la gente de su tribu. Hizo esa barbaridad porque había desaparecido la ropa de uno de sus hombres y quiso sentar un ejemplo. Además de mutilar al cacique, apresó a unos cuantos indios más, entre ellos gente principal, y los mandó a la Isabela, donde Colón los condenó a ser decapitados, aunque la condena no fue ejecutada. A partir de la acción de Ojeda, los conquistadores comenzaron a desmandarse con los indios; a quitarles sus mujeres, lo cual resentía a los indígenas en grado sumo; a forzarlos a buscar comida. La respuesta de los tainos fue abandonar sus sitios de labor, no recolectar frutos, no pescar, no sembrar; con lo que la situación de los españoles llegó a ser desesperada.

Colón salió de la Española el 24 de abril (1494) al viaje que lo llevó a descubrir Jamaica y la costa sur de Cuba. Sin duda a ese tiempo sabía ya que no estaba en la India y se fue a buscar el paso hacia Cipango. Debía saber también que La Española no tenía tanto oro como él creyó y que los hombres que había llevado para poblarla no servían para la tarea de hacer producir esa tierra. Esa tarea requería una técnica, requería un mercado para los productos que se sacaran de la tierra, y no lo había. Extender España al Caribe había sido una ilusión. Ni el Caribe era la Península ni los tainos eran españoles.

Habría que escribir todo un libro con el tema de la aclimatación de los españoles en el Nuevo Mundo. Pues se trataba no sólo de adecuarse al nuevo clima físico, sino de acostumbrarse a todas las carencias de lo español y a todas las abundancias de lo tropical, y esto era un proceso difícil. El calzado que en la Península duraba seis meses, en La Española debía durar tres, ¿y quién pensó llevar calzado de repuesto ni material para hacerlo? Cuando la ropa se raía, ¿con qué se reponía? En días de calor no servía para nada la tela de abrigo. Consumido el vino, no había con qué hacerlo. Además, allí no estaban las mujeres españolas, que sabían cocinar el garbanzo y la acelga y hacer chorizos; allí había papa, yuca, tubérculos de gustos desconocidos; y no había ciudades ni caminos, sino grandes chozas y vegetación selvática; y no había nieves, sino largas lluvias que ponían las cosas a pudrir; y no había un rey y una reina con su corte y sus funcionarios, sino caciques desnudos y gentes de otra lengua y de otras costumbres.

Ya muchos hombres se habían amotinado porque querían irse a España, y después de la salida de Colón, cuando llegó su hermano Bartolomé, que iba de la Península con tres naos, los descontentos se apoderaron de ellas a la fuerza y se fueron a España. Como entre los que se fueron estaba mosén Pedro Margarite, hombre importante que tenía a su cargo 400 españoles en el valle de La Vega, esos 400 hombres se desbandaron en pequeños grupos, se dispersaron por todo el valle —que es muy grande— y comenzaron a atropellar a los indios para obligarlos a darles comida y a entregarles a sus mujeres; a violar, en fin, las normas sociales indígenas. El cacique Guatiguaná hizo presos a 10 de ellos y los mató. A su ejemplo, otros caciques de la región hicieron otro tanto con siete españoles.

Colón volvió a la Isabela el 29 de septiembre de 1494. Llegaba muy enfermo, hasta el-punto que cuando arribó a la islita la Mona —pues viajaba por el Caribe y tenía que pasar a la costa norte de La Española— se creyó que iba a morir allí. A la llegada a la Isabela se sorprendió con el estado de desorden general de la colonia y se alarmó con la noticia de que los indios estaban matando españoles. El Almirante, tal vez presionado por los colonos, mandó hacer un ejemplo con Guatiguaná y su pueblo, y efectivamente se hizo. La matanza de indios fue grande; de los que huyeron y quedaron vivos, 500 fueron llevados a La Isabela como prisioneros. Colón los tomó por esclavos y los envió a España para que fueran vendidos. Además, se ordenó matar cien indios por cada español muerto a manos de los indígenas.

Como la violencia genera violencia, la respuesta de los tainos fue un levantamiento encabezado por Caonabó, jefe de un territorio situado en el lado sur de la isla. Este Caonabó era marido de Anacaona, que era a su vez hermana del reyezuelo de Jaraguá; a la muerte de su hermano, Anacaona pasaría a ser la reinezuela. Caonabó, pues, se fue al Norte, hizo alianza con los cíguayos y puso sitio a la fortaleza de Jánico, mandada construir en 1494 por el propio Almirante. Jánico estaba situado en las lomas que dominaban el gran valle del Cibao, y allí estaba como jefe Alonso de Ojeda. Después de varios combates, Ojeda logró levantar el sitio y Caonabó se retiró a su poblado del Sur. Hasta allí se fue Ojeda a hacerle proposiciones de paz. Visitándole a menudo, logró ganarse la confianza del cacique y cuando la tuvo le llevó un regalo, que según Ojeda, le enviaban los reyes de España. Se trataba de un par de esposas que colocó en los pies del caudillo indio. Así lo inutilizó, e inmediatamente lo hizo montar en la grupa de su caballo y se lo llevó a la Isabela, sólo protegido por una escolta de nueve españoles. Los cronistas de esos días refieren que Caonabó se ponía en pie siempre que Ojeda entraba en su celda. Lo hacía en señal de admiración por la audacia y el coraje del capitán español.

Después de la prisión de Caonabó, el Almirante se puso al frente de una columna de ciento ochenta hombres de a pie y veinte montados, con veinte perros bravos que ya habían sido enseñados a perseguir indios. Esto sucedía a fines de marzo de 1495.

La columna de Colón fue atacada en las eminencias que dominan el valle del Cibao, en el lugar llamado hoy Santo Cerro. Aunque Las Casas habla de cien mil indios, es difícil que en esa acción participaran más de dos mil o tres mil. Los tainos fueron arrollados, acuchillados, perseguidos después de la derrota, y su jefe, el cacique Guarionex, cayó prisionero. Los españoles contaron que cuando los indios quisieron quemar una cruz de madera que habían plantado los conquistadores, apareció sobre la cruz la Virgen de las Mercedes, lo cual aterrorizó a los atacantes y les hizo huir. Esta, desde luego, es una versión americana de las apariciones del Apóstol Santiago en las batallas españolas contra los árabes. Pero es difícil explicarse cómo la Virgen de las Mercedes podía ponerse del lado de los que estaban acabando con los indios, que eran los más débiles y además los dueños naturales de las tierras. Es el caso que la tradición arraigó, y allí donde estuvo la cruz hay hoy un templo dedicado a Las Mercedes, y ésta, además, ha pasado a ser la patrona de los militares del país.

Colón siguió en campaña todo el resto de ese año de 1495, de manera que al comenzar el 1496, gran parte de la isla estaba sometida, varios miles de indios habían sido muertos, muchos habían sido declarados esclavos y gran cantidad había huido a tos montes. El 10 de marzo (1496) el Almirante embarcó para España con esclavos, oro, pájaros raros, y dejó el gobierno de la colonia en manos de su hermano Bartolomé. Se dice que en ese viaje iba Caonabó y que murió antes de llegar a España.

Mientras Colón estaba por España, su hermano don Bartolomé abandonó la Isabela y fundó la Nueva Isabela en la costa del sur, es decir, sobre el mar Caribe, en la orilla oriental del río Ozama. Y sucedió también que en esa ausencia del Almirante se produjo el levantamiento del alcalde mayor de la isla, Francisco Roldan Ximénez. Con esa sublevación aparecería el germen de las encomiendas, un tipo de esclavitud que luego se generalizó por todo el Caribe y por América y dio origen a un poderoso movimiento de protesta encabezado por los frailes dominicos y respaldado por eminentes teólogos de la Península.

El punto de las encomiendas merece ciertas reflexiones, porque fue tan importante, que los imperios que fueron al Caribe a desplazar a España lo usaron para justificar su agresión a los establecimientos españoles. Pero también es importante la rebelión de Roldan, debido a que culminó al cabo de algún tiempo en la matanza de indios de Jaraguá, en la que perdió la vida Anacaona, la feinezuela viuda de Caonabó.

En su desesperación por hallar medios para sostener la colonia, Colón instituyó un tributo que debía pagar cada indio de catorce años en adelante. Ese impuesto consistía en un cascabel de Flandes lleno de oro cada tres meses (más tarde lo redujo a medio cascabel); y el que no pagara ni con oro ni con algodón sería declarado esclavo. Cuando Roldan se sublevó, pidió, entre otras cosas, la abolición de ese tributo, razón por la cual se le ha considerado defensor de los indios e iniciador de la lucha por la justicia social en América. En realidad, el alcalde mayor pidió que el impuesto fuera abolido porque necesitaba ganarse el apoyo de los indios. Hay que tener en cuenta que ya en la isla no había mil trescientos y más españoles; unos se habían ido con mosén Pedro Margante, otros se habían ido con Colón, otros habían muerto. Los que se fueron con Roldan eran poco más de un ciento. Para aumentar las huestes, y para disponer de comida, tenían que buscar el apoyo de los indígenas, y eso se lograba defendiéndolos. Roldan encarnó el disgusto de los españoles e indios provocado por las tensiones y los fracasos que produjo en unos y en otros el choque de la Conquista. Pero Roldan no podía tomar partido a favor de los españoles contra los indios ni en contra de los españoles a favor de los indios, porque todos los españoles, aun los enemigos más encarnizados de Colón, aspiraban a despojar a los indios de sus tierras, y la mayoría de los indios aspiraba a que los indios se fueran. La lucha de Roldan era contra Colón, porque entendía que éste era culpable de los males que padecían los españoles de la isla, y para esa lucha buscó y obtuvo la alianza de los indios, porque éstos también sufrían —y más que nadie— las consecuencias de la Conquista. Al pedir la abolición del tributo, Roldan se hacía simpático a los indios, con lo que aumentaba sus fuerzas. Pero cuando llegó la 1 hora de pactar con el Almirante —lo que sucedió en el mes de noviembre de 1498—, Roldan pidió, y Colón aceptó, que aquellos de sus partidarios que quisieran irse a España podrían llevar esclavos indios, y los que quisieran quedarse recibirían tierras y esclavos indios para trabajarlas. Un detalle que pinta la naturaleza afectiva del español es que algunos rebeldes pidieron que se les dejara llevar a España "las mancebas que tenían preñadas y paridas".

Parece que para contar con la adhesión de los españoles, don Bartolomé Colón les había concedido a muchos de ellos el derecho de tener esclavos indígenas. Hasta ese momento, los esclavos eran destinados a la venta para levantar fondos, y no se daban a los colonos. Tal vez ese paso dio base a Roldan y a sus hombres para pedir igual privilegio. Colón aprobó lo que había hecho don Bartolomé, y cuando la reina lo supo se disgustó tanto, que se la oyó preguntar quién era el Almirante para regalar a sus vasallos como si fueran bestias. (Como se sabe, la reina fue tan tenaz en su oposición a la esclavitud de los indios, que hasta en su testamento pidió que se respetara esa voluntad suya, como si temiera que don Fernando y su yerno pudieran aceptar lo que ella rechazaba con toda su alma).

Mientras Roldan y sus amigos andaban alzados, don Bartolomé estuvo cazando indios, de manera que los que se habían ido a los bosques no salían de ellos y morían a montones. Muchos indios fueron muertos cuando se produjo la rebelión de Hernando de Guevara, en el año 1500. Esa rebelión fue provocada por Roldan y está vinculada a su estancia en Jaraguá, en los días en que andaba levantando bandera contra el Almirante.

Guevara se había enamorado perdidamente de Higuemota, hija de Anacaona, y resultaba que Higuemota había sido mujer de Roldan cuando Roldán estuvo viviendo en Jaraguá. Después de su entendimiento con el Almirante, Roldan había quedado con mucha autoridad, pues no sólo sus funciones de Alcalde Mayor, sino su categoría de líder le servían para contener a sus amigos, con lo cual resultaba útil en el gobierno de la colonia. En el caso de las relaciones del joven Guevara con la india Higuemota, usó su autoridad para expulsar a Guevara de Jaraguá, a lo que el enamorado respondió convocando a sus amigos y a los indios que podían ayudarle. Su plan era hacer preso a Roldan, pero resultó que Roldan se adelantó y prendió a Guevara y a sus amigos. Esa prisión provocó el levantamiento de un primo de Guevara, Adrián de Mujica, y el dé varios de sus amigos, y a poco la rebelión se extendía por todas partes. En realidad, las causas de ese levantamiento general no eran los problemas personales de Roldan con Guevara. Las causas estaban en que los españoles habían ido a La Española a buscar oro y allí había poco oro; en que habían ido a iniciar un imperio sin que la metrópoli tuviera capacidad para organizar y explotar un imperio; en que la aventura de colonizar la isla había desembocado en una frustración colectiva porque no había correspondencia entre lo que se soñó en España y la realidad viva de La Española.

Es el caso que don Cristóbal Colón reaccionó violentamente contra esa rebelión y salió a buscar sublevados. Donde cogía a un castellano rebelde, procedía a ahorcarlo. Como es fácil deducir, en ese estado de desorden los indios pagaban los platos rotos. Al fin, el Trono, allá en la Península, resolvió cortar por lo sano; envió a La Española, con órdenes severas, a don Francisco Bobadilla, y éste hizo presos al Almirante y a sus hermanos y los envió a España. En ese momento quedaban en La Española sólo trescientos castellanos. Colón llegó a España cuando faltaban un mes y cinco días para finalizar el año 1500. Con el siglo xv terminaba la autoridad de Colón sobre La Española, la tierra en que puso tantas ilusiones.

¿Por qué Bobadilla no mandó preso también, junto con el Almirante y sus hermanos, a Francisco Roldan? Se piensa que don Cristóbal perdió el favor de la reina cuando doña Isabel supo que estaba repartiendo indios entre sus amigos; y tal vez se le hizo creer a la reina que Roldan defendía a los aborígenes. Al iniciar su rebelión, Roldan lo había hecho a los gritos de "¡viva el rey!". Roldan era ignorante pero inteligente, y sabía que ningún español aceptaría ponerse contra el Estado, encarnado en don Fernando y doña Isabel. La rebelión se hacía contra Colón y sus hermanos, pero se hacía pública la adhesión al Trono. Roldan, pues, apareció en la isla como el defensor de los monarcas. Sin ninguna duda, Roldan podía seguir siendo útil en La Española, puesto que tenía autoridad sobre españoles y sobre indios. En el caso de los últimos, esa autoridad no descansaba sólo en que había reclamado —y obtenido— la derogación de los tributos que debían pagarlos indios; descansaba, quizás más que nada, en la vinculación de Roldan y sus hombres con los indígenas de Jaraguá a través de la organización sociocultural de los indios.

En esa organización, el nexo tribal era de una fuerza que hoy difícilmente podemos apreciar. Hoy queremos y ayudamos a nuestros padres, hijos y hermanos, pero desde un punto de vista personal, no colectivo. Los indios tainos de La Española —como los caribes y los arauacos de todo el Caribe— iban más allá; la familia, nucleada en varias generaciones —esto es, la tribu—, era en sí misma el grupo social. Todo el que entraba en ese grupo social era defendido a vida y muerte por el grupo. Roldan y los españoles que le siguieron en la rebelión se incrustaron en la organización social taina de Jaraguá a través de los hijos que tuvieron con esas "mancebas preñadas y paridas" de la tribu de Anacaona. Roldan tenía autoridad de líder sobre los españoles que le siguieron, y él y éstos eran ya, en el sentimiento de los indios de Jaraguá, miembros de su tribu; así, Roldan tenía la categoría de un cacique, aunque no lo fuera, pues mandaba en los españoles que eran sus partidarios y éstos eran seguidos por los hermanos y los primos y los tíos y los padres de sus mujeres indias. Prender a Roldan equivalía a soliviantar a sus seguidores españoles, y tocar a éstos era lo mismo que tocar a todos los indios de Jaraguá. Sin conocer esa situación no podemos explicarnos la tan mentada matanza de Jaraguá.

Esa matanza fue ejecutada por el comendador don Nicolás de Ovando, que llegó a La Española el 15 de abril de 1502 con toda la autoridad necesaria para establecer allí el orden. A su llegada, Ovando detuvo a Bobadilla y a Roldan y los metió en un barco con destino a España. Ya hemos contado que la flota en que iban se hundió, a pesar de que Colón, que quiso entrar en el puerto de la Nueva Isabela o Santo Domingo, aconsejó que no se despacharan esos barcos porque había amenaza de huracán.

La prisión de Roldan y su subsecuente desaparición al perderse la flota debió causar necesariamente, aunque no lo digan los documentos, mucha aprensión y mucho disgusto en Jaraguá. Para hacernos cargo de la extensión de ese disgusto tendríamos que saber ahora cuántas hijas o hermanas de indios de ese reino tenían hijos con españoles roldanistas, y sólo sabemos que Higuemota, hija de Anacaona, había sido mujer de Roldan. En Jaraguá debió hablarse bastante mal de Ovando y quizá se hablo de ataques al nuevo gobernador. Se sabe que hasta éste llegaron rumores de que se preparaba un levantamiento de los indios de Jaraguá. Ovando, que había llegado de España con instrucciones de ser duro contra todos los rebeldes, españoles o indios, se decidió a dar ejemplo. Y lo dio, por cierto que muy sangriento.

Ovando salió hacia Jaraguá, que —como hemos dicho ya— caía por la banda del sur hacia el Oeste. El comendador llevaba 300 infantes y 70 jinetes. Al llegar a Jaraguá salieron a recibirle todos los caciques de la región, corí Anacaona al frente de ellos, mientras un grupo de mujeres danzaba al son de cantos. A Ovando se le alojó en uno de los grandes caneyes. Para responder a los halagos, Ovando anunció un juego de cañas e invitó a todos los indios principales a su caney. Cuando todos estaban allí, los españoles de a pie cercaron el caney, hicieron presos a todos los indios, se llevaron a Anacaona —a quien ahorcarían después— mientras los de a caballo corrían por el pueblo alanceando y acuchillando a cuantos encontraban. Los que quedaron cercados, en el caney fueron, al parecer, quemados allí mismo, de manera que sí eran caciques y principales de la' región, Jaraguá quedó sin jefes y definitivamente pacificada. Roldan yacía en los fondos del mar y sus "familiares" de la isla habían sido aniquilados.
En la región del este de la isla no había habido hasta ese año de 1502 actividad guerrera. La región se llamaba Higuey. Higuey era una península con costas al Norte, al Este y al Sur. Frente a la costa del sur, muy cerca estaba la pequeña Saona. Un día, una nave anclada en la Saona estaba cargando casabe. Los cargadores eran indios comandados por un cacique. Dos españoles de los que andaban en la nao le azuzaron un perro al cacique, y el animal le atacó con tanta fiereza, que le echó los intestinos afuera. Esto produjo una rebelión en Higuey que costó la vida a ocho españoles. Inmediatamente Ovando envió hacía Higuey una columna al mando de Juan de Esquivel, que pacificó la región matando indios. En Saona, donde se había refugiado Cotubanamá, no quedó prácticamente nadie vivo, excepto el cacique, que fue llevado preso a Santo Domingo y ahorcado. Ahorcada murió también la cacica Higueymota, ya anciana. Ovando entendía que a los caciques, por ser gente principal, no se les debía matar a lanzadas ni a cuchilladas, sino en la horca, "para hacelles honra", según dice Las Casas, lo cual en la lengua de hoy quiere decir "en reconocimiento de su categoría".

Las matanzas de Jaraguá, Higuey y la Saona dejaron a los pocos indios que quedaron sin líderes y sin fuerzas para rebelarse otra vez. Pasarían varios años antes de que Enriquíllo, que en 1502 era un jovenzuelo, se levantara en las montañas de Bahoruco. El imperio estaba firmemente asentado en La Española. La tarea de asentarlo fue bien cumplida por fray Nicolás de Ovando, que además de matar indios mudó la ciudad de Santiago a la orilla derecha del Ozama y la llenó de edificios públicos impresionantes; qué fundó numerosos pueblos en sitios estratégicos de la isla; que sometió a los españoles al orden y puso tierra a producir; que encomendó a Juan Ponce de León la conquista de Puerto Rico y a Diego de Ocampo el bojeo de Cuba. Bajo don Nicolás de Ovando La Española fue en verdad la frontera de España en el Caribe. Pero al entregar en 1509 el gobierno de la isla y de las Indias al hijo del Almirante don Diego Colón apenas quedaban en la isla doce o trece mil indios, y sobre ese resto la institución de la encomienda pesaba como un dogal de hierro remachado a martillazos. , La encomienda fue, por lo menos en el orden legal, un paso avanzado en el largo tránsito de la esclavitud a la libertad personal. Fue también un compromiso ante el Trono, que no quería la esclavitud, y los conquistadores del Caribe, que la mantenían. Pero la ley y el-compromiso fueron violados en la práctica por los conquistadores, de manera que la encomienda resultó ser, en la realidad, una de las formas más aborrecibles de la esclavitud. Para los españoles no era nada irregular tomar prisioneros en la guerra y hacerlos esclavos. Venían haciéndolo con los moros en la propia España desde hacía tiempo, así como los árabes" convertían en esclavos a los prisioneros cristianos; habían estado haciéndolo en las islas Canarias, donde en 1493 y 1494 —esto es, cuando ya se había empezado a poblar La Española, y las Canarias eran la primera escala en el viaje al Caribe— el sevillano Alonso de Lugo había cogido naturales de esas islas —llamados guanches— en gran cantidad y los había vendido como esclavos. Todavía en el siglo XVII había esclavos en España. Por medio déla encomienda se entregaba a un conquistador una cantidad de indios, en familias, para que vivieran bajo su protección y cuidado y para que el español les enseñara la religión católica, y se autorizaba al encomendero a recibir cierta cantidad de trabajo de los indios a manera de retribución por su atención y por los gastos que ocasionaran los indios. Los indios debían sembrar lo que necesitaran para su sustento.

Pero lo cierto fue que esas familias indígenas pasaron a ser esclavas de sus encomenderos; que éstos las forzaban a trabajar y les pegaban y llegaban hasta a darles muerte a palos o con perros; que bajo el gobierno de Diego Colón los repartos de indios se hicieron sin tomar en cuenta lo que les era más caro a los indios, la unidad de su grupo, de manera que la madre iba en manos de un conquistador, este hijo a las de aquél, una hija a las de otro; que a los encargados por el Trono de visitar a los encomenderos para saber si se cumplían las leyes de las encomiendas —los visitadores de encomiendas— se les autorizó a tener indios encomendados, con lo que la Iglesia fue a dar en manos de Lutero; con todo lo cual la suerte de los indios llegó a ser peor que la de los negros esclavos. Estos se compraban con dinero, y por eso se cuidaban; los indios se conseguían con una orden del gobernador.

El cuarto domingo de Adviento de 1511, estando el virrey-gobernador don Diego Colón y los más altos funcionarios de la colonia en misa, oyeron con espanto al padre Antonio Montesinos, que hablaba con la autoridad de toda la congregación de los frailes dominicos. El padre denunció lo que se hacía con los indios. "¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estrago nunca oído, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día?".

En las breves palabras que hemos copiado, el padre Montesi nos resumió la situación de los indios de La Española encomendados a los conquistadores. No se podía decir más, pero asombra que pudiera decirse tanto en tres párrafos.
Este episodio ha sido muy celebrado por los historiadores, y, sin embargo, nadie ha intentado calar en su entraña. En la encomienda de indios degenerada hasta el crimen y en la protesta del fraile por esa degeneración hay toda una lección de mucha profundidad. Tal vez nada ilumine mejor la situación de España que esa página de la Conquista. Pues la encomienda fue una medida que no correspondía a los finales del siglo XV ni a los principios del XVI; era un esfuerzo por resucitar, idealizándola y adornándola con colores halagüeños, la organización social del Medievo en los tiempos en que el señor protegía al siervo contra sus enemigos y le hacía justicia a cambio de que éste le diera parte de lo que producía y unos días de trabajo al mes o a la semana; y sucedió también que la actitud del padre Montesinos fue la de los curas medievales, que defendían al débil contra el poderoso.

Como se ve, en el año de 1511 en Castilla había ideas y actitudes de los tiempos medievales, que no podían hallarse en regiones de Europa como Florencia o Flandes, donde la sociedad se había organizado a la manera burguesa. Y sin una burguesía en el mando del país, España no podría ser un imperio cabal.

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Capítulo IV

LA CONQUISTA DEL CARIBE ENTRE 1508 Y 1526

La conquista del Caribe se limitó, durante quince años, a los conquista de La Española y a su organización como extensión, de España. Después de logrado esto, se paso a conquistar otros territorios en las Antillas y en Tierra Firme. El proceso comenzado en 1508 por Puerto Rico, fue desordenado; no obedeció a un plan y se dejó, en realidad, a la voluntad de los que quisieron conquistar y poblar, aunque para hacerlo tenían que obtener la aprobación de las autoridades. En el caso de Puerto Rico, fue Ovando quien dio poderes a Juan Ponce de León para la conquista de esa isla; en el caso de Jamaica y de Cuba, fue don Diego Colón quien mandó a Juan de Esquivel a la primera y a Diego Velázquez a la segunda; pero en el caso de Nueva Andalucía y Veragua, fue el rey quien capituló con Ojeda y Nicuesa.

Lo lógico hubiera sido que la conquista del istmo de Panamá y dé una parte de América Central se hubiese hecho como empezó, partiendo de La Española o desde Jamaica —que geográficamente era mejor base que La Española en lo que se refiere a la América Central y al istmo—; sin embargo, en 1514 se envió desde España a Pedradas Dávila con una lujosa expedición despachada directamente a Castilla del Oro —Panamá—, y al mismo tiempo se procedía a la conquista de la América Central desde La Española y desde Méjico.

Ese estado de desorden puede apreciarse bien en el caso de Venezuela. Todas las fundaciones de ese país se hicieron desde La Española. Pero en 1528, al mismo tiempo que Juan de Ampués se establecía en Coro, el Trono español cedía ése y otros territorios a una firma alemana, los Welzeres o Balzares.

El resultado de esa falta de orden, debido a la ausencia de un centro que organizara la Conquista, fue una larga serie de litigios y de choques entre los conquistadores y el abandono de muchos territorios —especialmente islas— que nunca fueron poblados y que por esa razón cayeron después con facilidad en manos de otros imperios. El resultado, en suma, fue que se dio pie para que el Caribe se convirtiera en la frontera de varios imperios de lucha.
Hagamos la historia de la conquista del Caribe en el orden cronológico en que se produjo.

Las matanzas de Higuey y la Saona tuvieron lugar, como dijimos ya, en el año de 1502, y fueron dirigidas por Juan de Esquivel. A raíz de la pacificación de Higuey, Ovando nombró teniente gobernador de la zona a Juan Ponce de León. Seis años después, a mediados de 1508, lo autorizó a explorary conquistar la vecina isla de San Juan (Puerto Rico). Al año siguiente (1509) el virrey don Diego Colón mandaría a Juan de Esquivel a hacer lo mismo en Santiago (Jamaica).

Ponce de León había establecido casa —cuyas paredes de piedra pueden verse todavía— a orillas del río Yuma, cerca del mar Caribe, de manera que tenía contactos frecuentes con indios navegantes. Así se enteró de que San Juan era grande y hermosa y de que allí había oro. Autorizado por Ovando, se fue a San Juan con 50 hombres, uno de los cuales era intérprete; llegó a la costa sur de la isla el 12 de agosto (1508) y desembarcó en lo que hoy es Guánica, cerca de un poblado dé indios cuyo cacique se llamaba Agueybana. Agueybana recibió al capitán español con buenos modos, como ocurría casi siempre en el primer encuentro de castellanos e indígenas.

Al finalizar el año, Ponce de León había explorado gran parte de la isla sin hallar dificultad alguna en sus relaciones con los indios, que le obsequiaban con oro y víveres y le prestaban ayuda en cuanto les pedía. A fines de año decidió fundar población en lo que hoy es la bahía de San Juan. Ovando bautizó el nuevo establecimiento con el nombre de Caparra y el rey con el de Puerto Rico. Este último acabó siendo el de la isla. Cuando regresó a Santo Domingo en abril de 1509 para dar cuenta a Ovando de lo que había hecho en la isla vecina, Ponce de León llevaba como muestra de la riqueza de Borinquen una cantidad de oro que al fundirse dio 839 pesos y cuatro tomines. Ese mismo año (1509), el 14 de agosto, el rey nombró a Ponce gobernador de la isla.

Poco antes —en el mes de julio— había llegado a La Española Diego Colón, el hijo del Descubridor, con el título de virrey de las Indias, y con él viajó al Caribe Cristóbal de Sotomayor, un joven de la nobleza española a quien el rey don Fernando le dio cédula real para que se le entregara en Puerto Rico el mejor cacique de la isla con 300 indios. A este Sotomayor nombró Ponce de León alguacil mayor de Puerto Rico, y el nuevo funcionario procedió a fundar un pueblo al que bautizó con su propio nombre. Aunque no hay detalles acerca de la aplicación de las encomiendas en la isla, se sabe que comenzó en el 1509 y debemos suponer que el sistema se inició al entregársele a Sotomayor "el mejor cacique" y los 300 indios de que habla la mencionada cédula real. Mientras no se comenzaron las encomiendas y mientras vivió el cacique Agueybana, todo iba bien en Puerto Rico.

Pero empezaron a repartirse indios entre los españoles y murió Agueybana, y su heredero en el cacicazgo, Guaybaná, decidió comenzarla lucha contra los españoles. Para convencer a los indígenas de que los españoles eran mortales, Guaybaná hizo preso a Diego Salcedo, a quien metió en el cauce de un río, con la cabeza dentro del agua hasta que murió ahogado. Después de esto organizó un levantamiento que tuvo lugar al comenzar el año 1511 y que empezó con la muerte de Sotomayor y de un grupo de españoles que le acompañaba. Al mismo tiempo el cacique Otoao asaltó el pueblo de Sotomayor, lo quemó y mató a 80 de sus habitantes.

Para hacer frente a la rebelión de Guaybaná y Otoao, Ponce de León se dirigió a Coayuco —el actual Yauco—, donde atacó de noche a una concentración indígena, ala que hizo más de 200 muertos. Pero Guaybaná no cayó en esa acción y se fue a la región de Yagueza—hoy Añasco— adonde le llegaron refuerzos que le enviaban los caribes de la isla de Santa Cruz, prueba de que había una comunidad racial o de otro tipo entre arauacos y caribes.

El gobernador recibió refuerzos de La Española y levantó un fortín para estar a salvo de sorpresas. Guaybaná atacó ese fortín, él mismo al frente de sus indios, pero como llevaba al cuello un disco de oro que era el símbolo de su jerarquía, pudo ser fácilmente localizado por un arcabucero, que acertó a matarlo de un disparo. Los seguidores de Guaybaná que no se rindieron en el combate fueron cazados con perros y vendidos como esclavos, y como algunos huían hacia Santa Cruz, se procedió a destruir todas las canoas de indios para que ninguno pudiera salir de Puerto Rico.

Perseguidos en forma tan implacable, muchos de los indígenas se internaron en las sierras y se dispusieron a seguir luchando. Cuando don Diego Colón llegó ala isla en 1514, en visita de inspección, ordenó la fundación de un pueblo que se llamaría Santiago, situado en la costa del este; pero los indios que se habían escondido en las lomas de Luquillo bajaron, combinados con otros que llegaron de Santa Cruz y de la isla Vicques; asaltaron Santiago, la destruyeron totalmente, mataron a la mayoría de los habitantes a macana, exterminaron el ganado y aniquilaron los sembrados. No conformes con lo que habían hecho, avanzaron hacia el Oeste y asaltaron las viviendas de los españoles en Loíza. El jefe de esa acción se llamaba Cacimar, y como fuera muerto por los conquistadores, su hermano Yau-reibo organizó en la isla de Vieques otro asalto a Puerto Rico con el propósito de vengarlo. Pero el gobernador, que ya no era Ponce de León, supo la noticia, se dirigió a Vieques, cogió por sorpresa todas las canoas indígenas, entró en la pequeña isla y dio muerte a Yaureibo y a todas sus gentes. Inmediatamente después organizó expediciones a Santa Cruz y a las restantes islas Vírgenes para liquidar allí todo intento de ataque a Puerto Rico o en La Española.

Veinte años después del alzamiento de Guaynabá los indios de Borinquen estaban prácticamente exterminados, puesto que en 1531 sólo quedaban en la isla 1.148, de ellos 473 repartidos y 675 esclavos. Nunca sabremos cuántos de esos esclavos fueron cazados en otras islas y vendidos en Puerto Rico. Sin embargo, lo que acabamos de decir no significa que en 1531 había terminado la lucha de los indios contra los españoles en la isla de Puerto Rico, como no terminó la de la Española con las matanzas de Jaraguá e Higuey en 1502. Pero esa lucha será explicada más tarde.
De Jamaica se sabe muy poco. Hay quien opina que Juan de Esquivel llegó a esa isla en 1510; hay quien dice que fue en 1509. Juan de Esquivel era hombre, por lo visto, a quien no le interesaba la Historia. Desde luego, debió haber llegado a Jamaica en 1509, porque ese año se iniciaron los viajes de Alonso de Ojeda y Diego Nicuesa a Nueva Andalucía y Veragua. A ambos se les había señalado que Jamaica sería su base de operaciones. Como don Diego de Colón entendía que Jamaica le pertenecía en herencia, debido a que su padre la había descubierto y había estado en ella más de un año, se apresuró a despachar a Juan de Esquivel hacia esa isla para tomar posesión efectiva de ella antes de que pudiera hacerlo Ojeda o Nicuesa. Se sabe que Ojeda y Nicuesa salieron de La Española hacia sus respectivos territorios antes de terminar el año 1509. Por cierto, que en su viaje de España a La Española, al pasar por Santa Cruz, Nicuesa apresó varios indios que vendió como esclavos en La Española. Parece que Esquivel no salió hacia Jamaica sino después de haber salido Ojeda para Nueva Andalucía, puesto que el padre Las Casas cuenta que Ojeda afirmaba que si Esquivel iba a Jamaica le cortaría la cabeza. Podemos colegir que Esquivel partió para Jamaica —con 60 hombres— después que Ojeda se fue, pero en ningún caso en el 1510.

Esquivel fundó en la costa norte de Jamaica un pueblo llamado Sevilla la Nueva. Más tarde aparecerá, un poco hacia el este de Sevilla, una población llamada Melilla, y luego, sobre la banda del sur, otra llamada Santiago de La Vega, que pasaría a llamarse La Vega a secas. No se sabe cuándo desaparecieron Sevilla la Nueva y Melilla, aunque hay indicios de que la población de la primera fue trasladada a Santiago de La Vega. Según un informe, La Vega tenía en 1582 cien habitantes, aunque esa cifra debe tomarse como de vecinos, es decir, de jefes de familias, puesto que en 1597 se decía en otro informe que tenía 730 vecinos —y en esa ocasión debieron ser habitantes—. En 1611, esto es, catorce años después del informe anterior, se decía, que la población de la isla alcanzaba 1.510 personas, de ellas, sólo 74 indios.

Jamaica debió ser pobre en indios. No hay noticias de que sus naturales lucharan contra los españoles ni que desde ella se sacaran esclavos. Se sabe que cuando Esquivel estableció el sistema de las encomiendas muchos indios huyeron a los montes; se sabe que de la isla se enviaban a tierra firme alimentos y hamacas para cambiarlos por esclavos indígenas que se vendían en La Española. Pero es muy poco más lo que se sabe. La historia de esos primeros años de Jamaica se esfuma como una pequeña nube deshecha por la brisa.

Cuando se discutían las capitulaciones del Trono con Ojeda y Nicuesa, Juan de la Cosa, el gran marino español, aconsejó que se tomara como línea divisoria de las dos futuras gobernaciones el río Atrato, que desembocaba en el golfo de Urabá —hoy Darién—. Desde el río, por el Oeste y por el Norte, hasta cabo Gracias a Dios, sería Veragua. Eso quiere decir que el territorio donde están hoy Panamá, Costa Rica y Nicaragua formaría la gobernación de Nicuesa. Del río, por el Este, hasta cabo de la Vela, seria Nueva Andalucía, gobernación de Ojeda. Eso significaba que a Ojeda le tocaría gobernar lo que hoy es Colombia.

Ojeda dividió su expedición en dos partes; una que iría con él y otra que llevaría más tarde Fernández de Enciso. Con Ojeda iba de piloto Juan de la Cosa, e iba un hombre que pasaría a la historia como el conquistador del Perú, Francisco Pizarro.

Ojeda llegó a Turbaco, cerca de lo que hoy es Cartagena, y halló violenta oposición de los indios. En esa ocasión perdió la vida Juan de la Cosa. Nicuesa llegó a auxiliar a Ojeda y ambos capitanes estuvieron combatiendo a los indios de la región sin que lograran someterlos. Al final se separaron; Nicuesa siguió viaje-hacía su destino y Ojeda se internó en el golfo de Urabá y fundó, en la orilla oriental del río Atrato, el pueblo de San Sebastián. Pero no pudo sostenerse allí. Los ataques de los indios eran constantes y feroces, y además el sitio era insalubre. Ojeda perdía hombre tras hombre y él mismo fue herido en una pierna. Mientras tanto, Fernández de Enciso no aparecía con la expedición auxiliar, que debía salir de La Española. Hacia el mes de mayo (1510) la situación era tan desesperada, que Ojeda tomó la decisión de salir él mismo hacia La Española a buscar refuerzos. Al frente de sus hombres dejó a Francisco Pizarro, que ya comenzaba a dar muestras de sus condiciones para el mando. Ojeda naufragó y fue a dar a la costa sur de la porción oriental de Cuba —que todavía no había sido conquistada por los españoles— y desde allí mandó un hombre a Jamaica para pedir ayuda. Juan de Esquivel —a quien él había amenazado con la decapitación hacía poco tiempo— le envió a Pánfilo de Narváez con una escolta. De Jamaica, el duro conquistador se fue a La Española, ingresó en un convento para hacer penitencia y al morir pidió que se le enterrara en la puerta para que todo el que entrara y saliera pisara sobre sus restos.

En el mes de septiembre Francisco Pizarro abandonó San Sebastián y salió mar afuera. Iba navegando, no sabemos hacia dónde, cuando halló a Fernández de Enciso, que se dirigía hacia San Sebastián, Pizarro le dio cuenta del fracaso de la expedición, de la muerte de Juan de la Cosa y la ausencia de Ojeda, y Enciso ordenó el retorno a San Sebastián. Pero al llegar encontraron sólo cenizas de la fundación. Los indios habían destruido todo lo que los españoles habían dejado atrás.

En ese momento surgió de entre los hombres de Enciso uno que se había escondido en su nao cuando la expedición salía de Santo Domingo. El hombre tenía prohibición de salir de la Española mientras no pagara sus deudas, que no debían ser muy altas, y era tan desenvuelto, que llevaba en el buque su perro, un cazador de indios que se haría célebre junto con su dueño. Este se llamaba Vasco Núñez de Balboa y conocía la región del istmo porque había estado allí con Rodrigo de Bastidas hace diez años. Cuando Bastidas logró salir de La Española para retornar a España, después de haber estado bajo el proceso que le levantó Bobadilla, Núñez de Balboa se quedó en la isla y ocho años más tarde salía de allí escondido en el buque de Fernández Enciso. Balboa dijo que en la orilla de enfrente del golfo de Urabá había un lugar apropiado para fundar, que el conocía el sitio y que aseguraba que los indios no causarían molestias. Se hizo lo que decía Balboa; pasaron al otro lado del golfo, pero no hallaron la acogida cordial que esperaron y tuvieron que combatir duramente contra los indios, acaudillados por el cacique Cemaco. La región era rica y los españoles, entusiasmados con el botín que cogían, resolvieron permanecer allí a toda costa. Cuando lograron vencer a Cemaco fundaron Nuestra Señora de la Antigua del Darién. Era todavía el año de 1510.

Pero había sucedido que en su lucha por sobrevivir, los hombres de Fernández Enciso habían encontrado un nuevo líder —Vasco Núñez de Balboa— y a la vez habían violado las capitulaciones reales del 9 de junio de 1508, pues la nueva ciudad no quedaba dentro de los límites de Nueva Andalucía, la goberna ción de Ojeda, sino dentro de los de Veragua, la gobernación de Nicuesa; y siendo Enciso, como lo era, un teniente de Ojeda, ya no tenía autoridad legal sobre la Antigua. Estaban los nuevos pobladores cavilando sobre esa falsa situación cuando arribó a la Antigua una nao que andaba en busca de Nicuesa. La nao llegaba para reforzar la expedición de Nicuesa, como antes llegó Enciso para reforzar a Ojeda.

Diego Nicuesa había tenido, igual que Alonso de Ojeda, un viaje infortunado. Había dividido su expedición en dos grupos y había colocado uno bajo el mando de Lope de Olano mientras él encabezaba el otro. Lope de Olano llegó al río Belén, donde el Almirante don Cristóbal Colón había fundado un establecimiento en 1503, y dispuso establecer allí un pueblo. Nicuesa, que había seguido hacia el Oeste, naufragó y se refugió en el archipiélago de Bocas del Toro; recogió a Nicuesa y, ya juntos, navegaron hacia el Este, hasta Nombre de Dios, donde les halló poco después la nao de la expedición auxiliar que había salido de la Antigua en busca de Nicuesa. Diego Nicuesa, a quien le había ido tan mal, recibió la noticia de que ya había una ciudad fundada en su jurisdicción y de que la gente que había poblado allí había recogido abundante oro, y reaccionó diciendo que tan pronto llegara les quitaría esas riquezas y les echaría del lugar. Pero sucedió que mientras Nicuesa andaba por Nombre de Dios los pobladores de la Antigua habían elegido un Ayuntamiento con dos alcaldes, Vasco Núñez y Martín Zamudio, y sucedió además que uno de los buques de la pequeña flotilla que conducía a Nicuesa y a su gente a la Antigua llegó al lugar antes que el de Nicuesa, y los marineros contaron en la Antigua lo que oyeron decir al infortunado gobernador de Veragua. Así, cuando éste se acercó a tierra encontró que los habitantes de la ciudad no le permitieron desembarcar. Nicuesa tuvo que irse, con un puñado de hombres que prefirieron seguirle, y al parecer tomó rumbo a La Española. Nunca llegó allá y nunca más se supo de él.

Una vez libres de Nicuesa, los partidarios de Núñez de Balboa comenzaron a preparar la expulsión de Fernández de Enciso. Este representaba a Ojeda, y la gobernación de Ojeda comenzaba al otro lado del golfo. Enciso, pues, no tenía ninguna autoridad sobre la Antigua, situada en territorio de Veragua. Se acordó, pues, expulsar también a Fernández de Enciso, que fue despachado a La Española; y junto con él, para explicar la situación y evitar problemas futuros, salieron el alcalde Zamudio, que seguiría viaje a España a fin de hablarle al rey, y un tal Valdivia, que se quedaría en Santo Domingo para hacer lo mismo con Diego Colón y para pedirle que enviara refuerzos y víveres a la Antigua.

Mientras los comisionados del Ayuntamiento de la Antigua —el primer ayuntamiento en tierra continental— viajaban hacia sus destinos, Balboa comenzó a hacer exploraciones por la región, a convencer a los caciques de que mantuvieran amistad con los españoles y a pedirles oro. Estando de visita en las tierras del cacique Comogre se suscitó una trifulca entre los acompañantes de Balboa —uno de ellos era Pizarro— a causa de la repartición del oro con que les había obsequiado Comogre. Un hijo de éste se asombró de que los conquistadores disputaran por eso y les dijo que si les interesaba tanto el oro él podría decir les dónde lo había en cantidades fabulosas, y les refirió que a poca distancia hacia el Sur había otro mary que a la orilla de ese mar había unos países que tenían oro a montones.
Entusiasmado con las noticias que le oyó al hijo de Comogre, Balboa retornó a la Antigua, donde encontró a Valdivia, que había vuelto de la Española con víveres y hombres enviados por don Diego Colón. Pero Balboa necesitaba más ayuda para emprender viaje a las orillas de "ese otro mar", y despachó de nuevo a Valdivia con instrucciones y 15.000 pesos que correspondían al quinto del rey. Valdivia, sin embargo, no llegó a La Española y nunca más se supo de él. Mientras Valdivia viajaba —y se perdía—, Balboa se dedicó a reconocer el golfo de Urabá, a hacer amistad con los caciques de la zona y a prepararse para la aventura que haría de él un personaje histórico. Como tuviera noticias de que los indios se confederaban para atacarle, atacó él antes, prendió a unos cuantos caciques, dio muerte a otros y se preparó para enviar más comisionados a España a fin de obtener la autoridad legal que necesitaba para seguir gobernando en Veragua y para que se le diera ayuda que le haría falta si ponía sus planes en ejecución. En eso iba terminando el año de 1511.

Afines de 1511 España tenía en el Caribe cuatro puntos ocupados: La Española, asiento del virreinato y de la Real Audiencia de las Indias; Puerto Rico, donde Ponce de León combatía contra Guaynabá y había fundado Caparra (San Juan); Jamaica, bajo el gobierno de Juan de Esquivel, y la Antigua de Darién (Darién, más tarde), un poblamiento en la tierra continental gobernado por Vasco Núñez de Balboa. Un año después se cumplirían veinte del Descubrimiento y hacía ya dieciocho años desde que el almirante don Cristóbal había llegado a la costa de La Española con más de 1.300 hombres para dar principio al Imperio; y el Imperio, sin embargo, no cuajaba.

Después de la matanza de Jaraguá, en 1502, el comendador Ovando se fue al oeste de La Española a fundar ciudades y puso cinco de ellas bajo el cuidado de Diego Velázquez, a quien nombró lugarteniente de gobernador. A ese Diego Velázquez encargó el virrey don Diego Colón, a finales de 1511,1a conquista de Cuba. Levantó Velázquez bandera de reclutamiento en todas las ciudades y villas de La Española y reunió unos 300 seguidores, muchos de los cuales embarcaron con sus esclavos indios, con sus perros y sus caballos. Entre esos hombres iban Hernán Cortés, el que siete años después sería el conquistador de Méjico; Pedro Alvarado, futuro conquistador de Guatemala, Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, que serían los descubridores de Yucatán.

Como Juan de Esquivel, Diego Velázquez no tenía en aprecio la Historia. No se sabe qué día salió de La Española, qué día llegó a Cuba ni por dónde, qué día estableció la primera fundación. De esto último sólo puede decirse que fue Baracoa, en el extremo oriental de la isla. Después de Baracoa fundó Santiago de Cuba, en la costa sur, y la declaró capital de la isla. Esto debió ser en 1512.

La resistencia indígena que encontró Velázquez a su llegada a Cuba fue corta y no alcanzó a retardar la conquista. Un cacique de La Española llamado Hatuey, que había pasado a Cuba probablemente antes de la llegada de Velázquez, trató de levantar a los indios de la región oriental para lanzarlos contra los españoles, y él mismo les presentó batalla, aunque no sabemos si lo hizo en el momento del desembarco. Hatuey cayó preso y fue condenado a morir en la hoguera. Cuando un sacerdote le pidió que se convirtiera al catolicismo para que su alma fuera al cielo, el indio respondió que si los españoles iban al cielo él no quería reunirse con los españoles allá. Parece que Hatuey fue quemado en febrero de 1512.

Una vez establecido en Santiago, Velázquez procedió a conquistar la región que hoy se llama Oriente. Ante la presencia de los españoles, los indios se retiraban hacia el Oeste. En algunos casos, como sucedió en Bayamo, pretendieron resistir, pero fueron arrollados por fuerzas que comandaba Panfilo de Narváez, que había llegado poco antes de Jamaica. Una vez conquistado Oriente, los compañeros de Velázquez comenzaron a pedirle que les diera encomiendas de indios. Velázquez, que tenía una larga experiencia de poblador de La Española, y que además era persona prudente, sabía que si los complacía, los indios huirían a las montañas y abandonarían los sembrados, lo que significa ría escasez y sufrimientos para los conquistadores. Pero tuvo que ceder, de manera que la encomienda entró en función en Cuba antes de que los españoles se internaran en lo que hoy es Camagüey.

Velázquez avanzó hacia el occidente de la isla. El iba por mar, costeando la orilla sur; otra flotilla iba por la costa norte; una columna de españoles e indios iba por tierra al mando de Pánfilo de Narváez. La columna halló alguna resistencia en Caoano y Narváez le hizo frente con toda severidad. El padre Las Casas, que todavía no era sacerdote y había llegado a Cuba poco antes, y que acompañaba a Narváez, fue testigo de la matanza y la persecución de Caoano. A su paso hacia el Oeste, los conquistadores iban dejando fundaciones.

Este avance hacia el occidente de Cuba debió darse hacia el 1513, el año en que Vasco Núñez de Balboa se preparaba para la gran aventura de su vida. El 1 de septiembre salió de la Antigua con un bergantín, 10 canoas, 190 españoles, 1.000 indígenas, perros de presa y provisiones; se dirigió al Noroeste, hizo tierra en Puerto Careta y se internó hacia el Sur. Como encontraran alguna oposición en las tierras del cacique Trecha, Balboa y su gente hicieron una matanza ejemplar. El 24 de septiembre comenzaron a subir una loma cuya cumbre alcanzaron el día siguiente, domingo 25. Desde allí vieron el que llamaron Mar del Sur. En el grupo estaba Francisco Pizarro, que años después iba a dar en ese mar con el Imperio de los incas. Cuatro días más tarde llegaron a las orillas del Pacífico, en el llamado golfo de San Miguel. Un mes tardaría Vasco Núñez de Balboa en penetrar en las aguas de ese mar desconocido; fue el 29 de octubre (1513), en el momento en que la marea había subido a su más alto nivel, pues quería tomar posesión de esa inmensidad de aguas cuando estuvieran en su punto más alto. Penetró en ellas con el pendón real, que llevaba pintada una imagen de la Virgen, y cuando el agua le dio en las rodillas comenzó a vivar a los Reyes y a declararlos dueños de ese mar y de cuantas tierras hubiera en él.

Con el descubrimiento del Pacífico se ampliarían en proporciones las posibilidades del Caribe, pues las grandes riquezas de la costa americana del Pacífico serían movilizadas hacia Europa por la vía del istmo de Panamá y, por tanto, el transporte de esas riquezas se haría por el mar Caribe. Balboa y sus hombres salieron de las costas del sur al finalizar el mes de noviembre de 1513. Habían oído a los caciques de la región hablar de las ricas tierras que quedaban al Sur, y la imaginación, como es claro, se les encendía. Llegaron a la Antigua el 19 de enero de 1514. Mal podían ellos imaginarse que a esa altura estaba preparándose en España una flota de 15 navíos y 1.500 hombres que iba a salir tres meses después de San Lúcar de Barrameda bajo el mando de Pedradas Dávila, a quien el rey había nombrado gobernador de Castilla del Oro. Castilla del Oro era el último nombre que se le había dado a esa tierra que Balboa y su gente andaban descubriendo. Ya ese territorio no seguiría estando dentro de los límites de Veragua.

Mientras disputaba con Balboa y buscaba la manera de deshacerse de él, Pedradas Dávila ordenaba a sus tenientes hacer exploraciones en el istmo y le ordenó a Balboa ir a la costa del sur, para lo cual el descubridor del Pacífico se dedicó a fabricar navíos en piezas, que debían ser llevados por cargadores indios a través de una selva intrincada, llena de pantanos, lomas, ríos, fieras, culebras e insectos venenosos. Durante años, Pedrarias, cuya gente se moría de paludismo y de necesidad, estuvo allí, en la faja de tierra del istmo, moviendo a sus hombres de Norte a Sur y de Este a Oeste sin que la conquista avanzara en realidad. Aunque la historia de las actividades de Pedrarias y sus tenientes es bastante confusa, sobre todo en los primeros años, puede resumirse en estos párrafos: Entre junio de 1514, cuando llegó Pedrarias a la Antigua, y los primeros meses de 1515, murieron más de 600 expedicionarios; en 1515 se fundó Acia; en 1516, Germán Ponce y Bartolomé Hurtado costearon por el Pacífico hasta Nicaragua; entre 1516 y 1517 Pizarro estuvo buscando perlas y matando indios en el archipiélago de las Perlas, y Juan de Ayorga estuvo fundando pueblos que los indios destruían inmediatamente; al mismo tiempo, Gonzalo de Badajoz avanzaba hacia el Oeste y recibía grandes obsequios en oro de los caciques de la región, en pago de lo cual asaltó y quemó la ranchería del cacique París, a lo que éste respondió con ataques costosos para los españoles, y Gaspar de Espinosa, enviado en auxilio de Badajoz, tuvo que sufrir los asaltos de los indios de Urraca, un cacique que se mantuvo varios años alzado y en guerra contra los conquistadores.

Mientras sucedía todo eso en el istmo, Diego Velázquez despachaba desde Cuba a Francisco Hernández de Córdoba para que fuera a explorar hacia Occidente. Era el año de 1517. Hernández de Córdoba llegó a la isla de Cozumel, frente a la costa caribe de Yucatán, y después se internó en el golfo de Méjico. Con ese viaje quedaba terminado el periplo del Caribe, salvo el trayecto entre Cozumel y el golfo de Honduras, que sería recorrido más tarde.

Así, pues, veinticinco años más tarde del 12 de octubre de 1492, el mar de Colón era conocido de una a otra esquina, de uno a otro canal. De mar de indios había pasado a ser mar de españoles. Ya había en sus tierras negros esclavos y mestizos de blancos, indios y negros, pero todavía no había llegado a ellas, en son de dueño, más europeo que el español. El Caribe era entonces la frontera occidental de España, pero no era aún la frontera de varios imperios en guerra.

En esos años el istmo de Panamá y lo que hoy es América Central fueron el escenario de una guerra a muerte entre los conquistadores españoles. Esa guerra no es el objeto de este libro, pero tal vez sea oportuno decir que está por escribirse aquél en que se refieran esas luchas enconadas entre los capitanes de la Conquista. En un duro episodio de ellas cayó Vasco Núñez de Balboa, cuya cabeza adornó lo alto de un madero en la pequeña y mísera plaza de Acia. En el momento en que lo decapitaban —enero de 1519—, Hernán Cortés navegaba por la costa sur de Cuba, camino de la conquista de Méjico. Unos meses después —el 15 de agosto—, Pedrarias Dávila fundaba Panamá, la ciudad que Henry Morgan, el pirata inglés, iba a destruir en 1671, y a fines de año se repoblaba Nombre de Dios.

De pronto, de La Española, que desde hacía algunos años había dejado de ser base de las exploraciones y la conquista del Caribe, salía en 1520 un grupo de vecinos para poblar la pequeña isla de Cubagua, el rico criadero de perlas que Colón había avistado, frente a la costa de Venezuela, en agosto de 1498. La isla no tenía agua y era difícil llevarla de tierra firme, a pesar de que quedaba a pocas millas, porque los indios caribes de la región, maltratados con frecuencia por los conquistadores, repelían a muerte los intentos de poner pie en esa costa. En 1515 unos vecinos de La Española habían hecho una entrada en el lugar para llevarse indios esclavos, y las tribus de la comarca respondieron destruyendo un convento que había en Píritu y matando a los religiosos. A principios de 1520 salió de la Española un grupo a poblar Cubagua, pero a poco llegó Gonzalo de Ocampo a la costa de enfrente, ahorcó a nueve caciques y cautivó a 150 indios, que mandó vender en La Española. Aunque en este punto la Historia es confusa al dar fechas, eso es lo que se desprende de la lógica de los acontecimientos. La agresión de Ocampo dio lugar a otra rebelión de los caribes, que atacaron a los frailes dominicos de un convento situado en lo que hoy es el golfo de Santa Fe (Cumaná) y no dejaron fraile vivo ni paredes en pie. Por fin, en septiembre de 1522 se logró establecer un fortín en la boca del río Cumaná, con lo que se aseguró el agua para los pobladores de la pequeña isla de las perlas y tierra donde pudiera cosecharse bastimentos para alimentar su población. Ese mismo año de 1522 salía por el Mar del Sur, con derrotero hacia el Noroeste, un nuevo conquistador, que había llegado a Panamá desde España. Se trataba del Gil González Dávila, quien asociado al piloto Andrés Niño y a otros dos amigos había obtenido del Trono autorización para poblar en lo que habían sido tierras de Veragua. Este González Dávila tuvo sus disgustos con Pedrarias Dávila, que no quería darle las naves que había llevado Balboa al Pacífico a pesar de que le entregó una cédula real en que se ordenaba que se las dieran; logró al fin embarcar, pero tuvo que abandonar los bajeles porque necesitaban reparaciones; los dejó al cuidado de Andrés Niño, se metió por lo que hoy es Costa Rica y avanzó por la parte oeste de lo que actualmente es Nicaragua. Cuando retrocedió a buscar los bajeles para seguir haciendo la exploración por mar, sus hombres le exigieron que explorara por tierra, que según entendían ellos en las aguas no había minas de oro. Tuvo que seguir, pues. En el camino fue convirtiendo caciques al catolicismo. Andrés Niño, mientras tanto, llegó hasta un golfo que bautizó con el nombre de Fonseca. Ese golfo es el que está entre Nicaragua y El Salvador. Cuando González Dávila retornaba, el cacique Diariagen cayó sobre él con muchos indios, y uno de los convertidos en el viaje de ida se unió a Diariagen, de manera que González Dávila se vio en aprietos. Pero él y su socio Andrés Niño lograron volver a Panamá, adonde llegaron el 25 de junio de 1523 con 112.524 castellanos de oro, una fortuna superior al millón de dólares de 1968.

Con ese dinero, González Dávila se dirigió a La Española para organizar una nueva expedición, y logró salir con ella el 10 de marzo de 1524, sólo que en vez de volver por Panamá se dirigió a lo que hoy es Honduras. Al llegar a lo que hoy es Puerto Cortés tuvo que tirar al agua varios caballos que acababan de morir a bordo, razón por la cual llamó al sitio Puerto Caballos. En el cabo de Tres Puntas o Manabique fundó la villa de San Gil de Buenaventura, que fue el primer establecimiento español en Honduras.

Ahora bien, ese año de 1524 se movían en la América Central varios grupos de conquistadores. Uno, encabezado por Pedro de Alvarado, había salido de Ciudad Méjico, la rica y poderosa Tenochtitlán, a principios de diciembre de 1523 y bajaba hacia Guatemala. Tres días antes de que González Dávila saliera de La Española hacia Honduras había Alvarado destruido por el fuego la ciudad mayaquiché de Cumarcaj, y a sus dos reyes con ella. Otro grupo de conquistadores que había salido de Veracruz al mando de Cristóbal de Olíd desembarcaba el 3 de mayo (1524) en las vecindades de San Gil de Buenaventura, esto es, a quince leguas al este de Puerto Caballos. Desde Panamá, cumpliendo órdenes de Pedradas Dávila, el anciano tenaz y ambicioso, subían hacia el norte Hernán de Soto y Francisco Hernández de Córdoba —no el que descubrió en 1517 las costas de Yucatán, sino un homónimo suyo que iba a ser ejecutado por su jefe, Pedrarias Dávila—; iban penetrando la tierra con la encomienda de ocupar todo lo que había descubierto Gil González Dávila, porque Pedradas Dávila entendía que esos territorios pertenecían a su gobernación y habían sido, además, descubiertos años antes por sus tenientes Hernán Ponce y Bartolomé Hurtado. Al mismo tiempo se movía desde Méjico una segunda expedición despachada por Hernán Cortés al mando de su primo Francisco de las Casas con el encargo de someter a Cristóbal de Olid, que pretendía declararse independiente de Cortés. Y por último, en octubre de ese mismo año de 1524, el propio Hernán Cortés había salido de la capital de la Nueva España (Méjico) hacia las Hibueras (Honduras).

Cada una de esas expediciones tuvo un destino propio, unas veces Impuesto por la encontrada acción de los conquistadores y otras veces por la naturaleza de la conquista. Los conquistadores eran una cosa y la conquista otra. Los conquistadores luchaban contra los indios y contra la naturaleza, pero también luchaban entre sí, a menudo con una violencia impresionante. Como hecho histórico, la conquista era la acción llevada a cabo únicamente contra la naturaleza y los pobladores indígenas. La lucha a muerte de un conquistador por arrebatarle a otro su posición o su oro era la acción individual que lo mismo podía darse en España, donde no había conquista, que en otro país.

Por ejemplo, la expedición de Hernando de Soto y de Hernández de Córdoba iba dirigida a despojar a Gil González Dávila de sus territorios. Pero la que Cortés había enviado al mando de Cristóbal de Olid no tenía ese fin, porque Cortés no sabía, cuando despacho a Olid desde Veracruz, que González Dávüa estaba en ese momento comenzando a poblar en las Hibueras. Sin embargo, la segunda expedición que despachó Cortés, la encabezada por su primo De las Casas, y la que él mismo realizó, caían dentro del tipo de luchas de unos conquistadores contra otros. En esas luchas, sólo el que vencía al adversario podía dedicarse a conquistar.

Pero vayamos por partes. Yendo tras las huellas de González Dávila, Hernando de Soto y Hernández de Córdoba fundaron, a principios de 1524, la villa de Bruselas. Esta villa estuvo en la costa del Pacífico correspondiente hoy a Costa Rica, en las vecindades del lago de actual puerto de Puntarenas. Al norte de ese sitio, en las orillas del lago de Nicaragua, establecieron Granada, y más al norte León la Vieja. Desde este último punto se encaminaron hacia el Norte y penetraron en las Hibueras. Por algún medio se enteró Gil González Dávila de lo que estaban haciendo los dos tenientes de Pedrarias y de la ruta que seguían y salió a encontrarlos.

El milagro de las comunicaciones de la época merece un estudio. Las travesías por mar eran relativamente cortas, de manera que de un lugar del Caribe a otro era fácil que las noticias llegaran a través de tripulantes o pasajeros de las naos que se movían por esas aguas; pero en esos tiempos no había abundancia de barcos navegando por el Caribe, y por otra parte las comunicaciones por tierra eran prácticamente inexistentes. Sin embargo, las noticias llegaban a los interesados, como en el caso de Gil González Dávila y los capitanes enviados por el gobernador de Panamá. Cortés se enteró en Méjico de las intenciones de su teniente Cristóbal de Olid, y sabemos que las noticias se las llevó Francisco de Montejo, que estaba en Cuba cuando Olid pasó por allí antes de ir a las Hibueras.

Es el caso que Gil González Dávila supo en lo que andaban los capitanes de Pedrarias Dávila y qué camino llevaban, y salió a buscarlos. Los encontró en Toreba, se enfrentó con ellos y los batió. Así, Pedrarias Dávila quedaba eliminado —sólo que por el momento— de las luchas de los conquistadores en América Central, y, por tanto, quedaba eliminada una de las cinco expediciones que llegaban a disputarse el territorio.

Dijimos que Cristóbal de Olid había salido de Veracruz, pero en vez de dirigirse a las Hibueras llegó a Cuba. Allí Diego Velázquez le aconsejó que le hiciera a Hernán Cortés lo que Cortés le había hecho a él; esto es, declararse independiente de Cortés y obligado sólo con el rey. Cristóbal de Olid, que llevaba consigo 360 españoles, además de la tripulación de sus barcos, y 22 caballos, consideró que tenía fuerzas para hacer lo que le aconsejaba el gobernador de Cuba. Sin duda cometió la imprudencia de decirlo en Cuba, cosa que no hizo Cortés, puesto que el vencedor de Moctezuma no declaró su independencia de Velázquez, sino después que estaba en Méjico.

Llegó Cristóbal de Olid a la costa hondureña, como hemos dicho, a quince leguas de San Gil de Buenaventura, y fundó allí Triunfo de la Cruz. Estaba pensando como deshacerse de Gil González Dávila cuando arribó la flota de Francisco de las Casas. Olid se retiró a un pueblo de indios llamado Naco, y desde ahí comenzó a negociar con De las Casas. Pero se levantó una noche uno de esos malos tiempos típicos del Caribe que arrastró las naves de De las Casas, las empujó a tierra, se ahogaron 30 hombres y se perdió cuanto iba en la flota. Olid aprovechó la ocasión y prendió a la gente de De las Casas, y, desde luego, también al jefe. Inmediatamente mandó una columna contra González Dávila, y a poco se lo trajeron preso.

Cortés debió saber lo que había sucedido porque Olid le comunicó su buena suerte al gobernador de Cuba. Tal vez Cortés tenía informadores cerca de Velázquez. Sólo así se explica que preparara, sin perder tiempo, una expedición para ir él mismo a las Hibueras.

El camino de Hernán Cortés fue largo y sufrido. Había salido de la capital de Nueva España en el mes de octubre (1524) con un séquito impresionante; llevaba a Cuauhtemoc, que iba preso, y a varios reyezuelos mejicanos; llevaba a Marina, a innumerables sirvientes indígenas y varios cientos de españoles. En el camino casó a Marina con uno de sus capitanes y dio muerte a Cuauhtemoc. Cuando llegó a territorio de las Hibueras, antes aun de haber entrado en San Gil de Buenaventura, supo que Cristóbal de Olid había sido muerto y que Francisco de las Casas y Gil González Dávila habían abandonado el país.

Cristóbal de Olid había llevado a sus dos prisioneros a Naco, donde los tenía en condición de huéspedes, y una noche, mientras cenaba con ellos, De las Casas lo agarró por las barbas y le dio una puñalada en el cuello mientras González Dávila le daba otras en el cuerpo. Pero Olid logró huir y fue a esconderse en unos matorrales. De Las Casas y González Dávila juraron lealtad a Cortés, cosa que aprobaron los demás españoles; luego salieron en busca de Olid, lo hallaron, le hicieron proceso y lo ' ajusticiaron el 16 de enero de 1525. Inmediatamente después, a instancias de De las Casas, rebautizaron Triunfo de la Cruz con el nombre de Trujillo, y como ignoraban que Cortés había salido de Méjico para Honduras se dirigieron a Méjico para dar cuenta a Cortés de lo que habían hecho. Se fueron por tierra, vía Guatemala. Cortés llegó a Trujillo hacia el mes de agosto, tras diez meses de una marcha increíble, en la que cruzó Tehuantepec, las intrincadas selvas de Chiapas, ríos y ciénagas en las que tuvo que hacer puentes y carreteras. En esa larga caminata hubo días y escenas que son difíciles de creer. Cuando alguno de los conquistadores conseguía algo de maíz o una pieza de carne, los demás se lo arrebataban. Ni para el mismo Cortés se reservaba nada. Una noche el fabuloso capitán llamó a Bernal Díaz del Castillo para reprenderle porqué llevó al real algún maíz y no le dio ni una mazorca, a lo que el gran cronista le respondió que aunque el propio Cortés guardara el maíz se lo hubieran arrebatado, "porque le guarde Dios del hambre, que no tiene ley", según dijo.

En todo este enredo intervino la Real Audiencia de la Española, que despachó a uno de sus miembros, el fiscal Pedro Moreno, para que resolviera la situación creada por las luchas entre Olid, De las Casas y González Dávila y pusiera orden en el territorio. Cuando Moreno llegó a Hibueras, Cristóbal de Olid estaba muerto y todos reconocían a Cortés como legítimo gobierno del lugar. Para no perder el viaje, Moreno se llevó 40 indios que iba a vender en La Española como esclavos.

El 8 de septiembre (1525), el vencedor de Moctezuma fundó en Puerto Caballos la villa de la Natividad de Nuestra Señora, que se llama hoy Puerto Cortés, y después fue a alojarse en Trujillo. Desde Trujillo se dirigió a la Audiencia de Santo Domingo pidiéndole que se devolvieran a su tierra los cuarenta indios qu£ se había llevado el fiscal Moreno, y a seguidas nombró a su primo Hernando Saavedra, gobernador de las Hibueras. Desde Trujillo, donde estuvo varios meses, mandó llamar a Pedro de Alvarado, que hacía más de un año había terminado la conquista de Guatemala y había fundado su capital, la villa de Santiago de los Caballeros de Guatemala, pero cuando Alvarado llegó a las Hibueras, ya Cortés se había ido. Embarcó en el puerto de Trujillo, el 25 de abril de 1526, por vía del canal de Yucatán, y estuvo en La Habana cinco días. Sería la última vez que viajaría por las aguas del Caribe, en las que comenzó su vida de conquistador.

Ese Pedro de Alvarado, a quien Cortés espero durante varios meses, tardó menos de seis en conquistar el reino de Guatemala. El 13 de febrero de 1524 estaba dando —y ganando— la batalla de Tonalá, todavía en suelo mejicano, y el 25 de julio estaba fundando Santiago de los Caballeros de Guatemala. Al mismo tiempo sometió Guatemala y Cuzcatlán, hoy El Salvador, de manera que su acción, tan relampagueante y decisiva, fue de mar a mar, del Caribe al Pacífico.

Gallardo, desenvuelto y sanguinario, el capitán a quien los indios mejicanos apoderaron Tonatiuh —es decir, el Sol-debido a su barba y a sus cabellos rubios, había llegado a las Indias con un viejo ropón de Caballero de Santiago, en el cual se veía todavía la huella de la cruz que había llevado cuando lo usaba su dueño —un tío suyo, al decir de Alvarado— y por esa razón sus compañeros de la Conquista le apodaron el Comendador, El nombre que le puso a la capital de Guatemala era en cierto sentido una respuesta a esa burla, pero expresaba también su ambición de llegar a ser un miembro de la orden de Santiago. Lo logró, al fin, y murió siendo comendador de la orden.

Alvarado entró en Guatemala por el río Suichate, después de haber vencido en el río Tonalá —como dijimos— a indios de Tehuantepec aliados a los quichés de Guatemala. El territorio de los quichés era grande y muy poblado. Como en la mayoría de los reinos mayas, los quichés tenían dos monarcas y un jefe militar al que asistían varios tenientes. Los monarcas quichés eran Oxi-Queh y Beleheb Tzy; su jefe militar se llamaba Tecún Umán, y el más destacado de los tenientes de Tecún Umán era Azumanchc. Los mayas-quichés, que conocían la suerte de los pueblos mejicanos, se dispusieron a resistir a Alvarado. Los desdichados no podían imaginarse que tenían en frente a un rayo de la guerra, de naturaleza agresiva y dura, que no se detenía ante ningún obstáculo. Ese hombre a quien los mayas-quichés pretendían detener era el que había desatado, matando a gente principal de Tenochtitlán, los acontecimientos de la Noche Triste. Si fue capaz de hacer eso en plena capital azteca, cuando él y los españoles que le acompañaban eran un puñado de hombres en medio de miles y miles de indios, qué no haría en el reino de los quichés con una columna de hombres aguerridos.

Tecún Umán situó sus fuerzas en el paso del río Tilapa —actual departamento de Retalhuleu— y ahí esperó la llegada de los españoles. Alvarado lo forzó a retirarse, y Tecún Umán retrocedió hasta el río Salamá, donde presentó batalla. Rápidamente venció el Tonatiuh la resistencia de los mayas-quichés, cuyas armas arrojadizas y cuya táctica de combate debían pare-cerles a los españoles juego de niños.

Después de la victoria de Salamá, Alvarado entró en Zapoti-tlán, capital del reino de Xuchiltpec, e instaló su cuartel general en el mercado de la ciudad. Pero le llegaron noticias de que los mayas-quichés estaban concentrándose en Xelajú —la actual Quetzaltenango— e inmediatamente levantó su real y avanzó por las laderas de un volcán llamado hoy de Santa María. Halló fuerzas de indios en las orillas del río Xequijel y atacó con su acostumbrada vehemencia. En ese ataque perdió la vida Azu-manché, el más importante de los tenientes de Tecún Umán. Te cún Umán, mientras tanto, estaba reuniendo hombres en Chuví Megená —hoy Totonicapán—, que estaba al este de Xelajú y al norte del lago Atitlán, bastante cerca de Xelajú, lo que lo llevó a chocar contra los españoles en Pachah. En medio de la batalla de Pachah, Tecún Umán se dirigió resueltamente hacia el sitio donde se hallaba Pedro de Alvarado, fácil de reconocer por su barba rubicunda. Creyendo, con esa admirable ingenuidad del indio, que el jefe español y su caballo eran una sola y misma cosa, Tecún Umán metió en el cuerpo de la bestia su lanza maya de obsidiana para matar al guerrero enemigo. Desde la altura del caballo, Alvarado lo atravesó con su lanza europea de hierro; y así murió el caudillo militar del pueblo maya-quiché.

De viejo es conocido que la historia de las guerras la escribe el vencedor, y escribe no sólo la suya, sino también la del vencido. Cuando éste queda aniquilado —como sucedió con los pueblos indios del Caribe— no tiene ni siquiera el recurso de poder aclarar las dudas. Pedro de Alvarado expuso a su manera la razón que lo llevó a destruir por el fuego la noble ciudad de Cumarcaj y a los reyes maya-quichés con ella. Dijo que esos reyes habían planeado quemarlo a él vivo; que como primera parte de su plan le invitaron a entrar en la ciudad y le ofrecieron alojamiento y comida para él y para toda su tropa, pero que él entró en sospechas porque llegó a Cumarcaj y la encontró sin un alma. Según aseguró el capitán conquistador, una vez dentro de la ciudad, y cuando cavilaba por qué estaba abandonada de sus habitantes, alcanzó a ver a un indio y mandó que le prendieran e interrogaran, y que aquel hombre reveló el plan de Oxib-Queh y Beleheb Tzy. Eso que dijo Alvarado ha sido repetido por los que han hecho su historia sin detenerse a analizarlo.

En primer lugar, resulta demasiado afortunado que la gente de Alvarado acertara a ver en las calles de Cumarcaj a un indio que estaba enterado del plan de los reyes maya-quichés, que debía ser un secreto cuidadosamente guardado. En segundo lugar, podemos imaginarnos, sin ser mal pensados, cómo sería el interrogatorio; qué métodos se usarían para hacer decir al indio todo lo que se les quisiera achacar a los reyes. En tercer lugar, conocemos la historia de la conquista de otros centros de población maya y sabemos que muy a menudo los españoles hallaban las ciudades totalmente vacías, sin que la intención de los habitantes fuera atacarlos después. Por último, sabemos que Alvarado se retiró de Cumarcaj y plantó su real en un valle vecino a la ciudad; que desde allí envió recado a los reyes para que le visitaran y que los reyes maya-quichés fueron a verle a su campamento.

La presencia de los reyes maya-quichés en el real de Alvarado, donde estaban reunidos sus enemigos, indica que no tenían el propósito de quemar vivos a los españoles, pues en ese caso, dada la mentalidad de los pueblos indígenas —aun de los más avanzados como eran los maya-quichés—, hubieran creído que los conquistadores conocían sus intenciones y que iban a actuar en consecuencia. Debemos pensar que si el capitán español encontró la ciudad vacía se debía a otras razones, no a un plan de los reyes. Es probable que los indios, asustados por la presencia de los españoles, huyeran a la selva cercana, como huían en Yucatán; es probable que el indio interrogado dijera bajo el terror lo que Alvarado y sus hombres querían oír.

De todos modos, tuviera o no tuviera el jefe conquistador razón —dentro de la lógica brutal de la guerra y la conquista—, es el caso que la ciudad de Cumarcaj desapareció entre las llamas y los reyes Oxib-Queh y Beleheb Tzy murieron quemados en su ciudad. Inmediatamente después de haber realizado tal barbaridad, Alvarado hizo llamar a los hijos de las dos víctimas y los designó reyes en el lugar de sus padres.

Pedro de Alvarado había hecho con Cortés la conquista de la Nueva España y había aprendido muchas de sus tácticas. Uno de los recursos que más utilizó Cortés fue el de ganarse el apoyo de unos pueblos indios contra otros. Siempre había habido, antes de la conquista, rivalidades entre los pueblos indios como las había habido entre las ciudades de estado griegas y entre los burgos medievales de Europa. Así, el Tonatiuh puso en práctica lo que aprendió al lado de Cortés, y buscó aliados indígenas. Los encontró en los cakchiqueles, cuya capital era Ixminché, donde el temido capitán español se alojó como huésped de sus reyes, Baleheb Car y Cahi Imox.

Desde Ixmenché, Alvarado despachó una embajada a Tet-pul, rey de los Tzutuhules, para pedirle que reconociera a los reyes de España como sus legítimos señores. Pero Tetpul no sólo se negó a esa pretensión, sino que dio muerte a los embajadores de Alvarado, lo que llenó a éste de indignación. En verdad, dentro de los hábitos europeos de hacer la guerra era imperdonable que se matara a los miembros de una embajada, pero tal vez ese ignorante de Tetpul desconocía las costumbres de Europa.

La capital de los tzutuhules estaba en las orillas del lago Atitlán, un hermoso sitio en medio de picos de montañas. Alvarado se lanzó sobre esa capital y la tomó. Allí obtuvo no sólo la rendición de Tetpul y su pueblo, sino también la de los pipiles, que se reconocieron vasallos del rey de España.

Itzcuitlán —la actual Escuintla—, que estaba al sudeste del lago de Atitlán y a cierta distancia, no aceptó la rendición que le proponía el conquistador. Alvarado marchó sobre ella y la asaltó de noche, bajo la lluvia; pasó a cuchillo a toda la población y luego quemó la ciudad. Inmediatamente después de esa acción avanzó hacia el Sur, cruzó el río Michatoya y se encaminó hacia el Este por la costa del Pacífico. Rápidamente tomó Txisco, Guazacapán —el actual Ahuachapán de El Salvador—, Chiquimulilla, Nacinta y Paxaco. En Paxaco tuvo que combatir contra indios aguerridos que le mataron e hirieron a muchos hombres. El mismo recibió ahí una herida de flecha que le dejó una pierna cuatro centímetros más corta que la otra para el resto de su vida.

Esa campaña relampagueante había sido hecha en cinco meses. Los conquistadores eran pocos, sobre todo si se les compara con la mucha población india de esos reinos, que eran de los más poblados en el Caribe; e hicieron la campaña a pie —los jinetes eran contados— por un país de montañas, volcanes, bosques tupidos y ríos caudalosos.

De Paxaco, el Tonatiuh retornó a Ixminché, donde fundó, el 25 de julio de 1524, la ciudad de Santiago de lo V Caballeros de Guatemala, llamada a ser la capital del reino que había conquistado. No lo fue, sin embargo, porque los indios cachiqueles, que habían sido sus aliados cuando Alvarado les ofreció protección contra sus enemigos los maya-quichés, no pudieron sufrir los malos tratos de los conquistadores y se rebelaron con tanta violencia, que la capital tuvo que ser trasladada a un lugar fuera de su territorio. La capital se estableció entonces al pie del volcán de Agua. Pero el 11 de septiembre de 1541, el enorme lago que llenaba el cráter del volcán rompió la pared del cráter que daba a la ciudad, y millones de metros cúbicos de agua se derramaron sobre ella. Los que visitan ahora los restos de aquella Guatemala infortunada ven con asombro las ruinas de templos y palacios de una población que sin duda estaba llamada a ser de gran nobleza y de hermosura impresionante. Tres meses y medio antes de esa desgracia, Pedro de Alvarado había muerto en la Nueva España a causa de haberle caído encima un caballo. Cuando su capital fue destruida, aún estaban adornados con mantas negras los balcones del palacio de Alvarado. Allí desapareció en la catástrofe la mujer del Tonatiuh, quien desde el día en que supo su viudez se hacía llamar Beatriz la Sin Ventura.

Unos meses después de la fundación de Santiago de los Caballeros de Guatemala —para ser más precisos, el 26 de noviembre de 1524— Rodrigo de Bastidas, el veterano explorador del istmo, capitulaba con los Reyes para volver al Caribe. En las cédulas reales se le señalaba que poblaría la provincia y puerto de Santa Marta, que en términos de hoy es el territorio contenido entre el cabo de La Vela, al Este, y el río Magdalena, al Oeste. Bastidas llevó labradores y artesanos, algunos de ellos con sus mujeres, pues tenía experiencia en los problemas de las Indias y pretendía sólo poblar, no explorar. Habiéndose detenido en Santo Domingo a buscar provisiones, bestias y voluntarios, Bastidas llegó el 29 de julio (1525) al puerto que iba a llamarse Santa Marta, negoció con los caciques de la vecindad y dispuso que se fundara el nuevo establecimiento. Trescientos cinco años después llegaría a él Simón Bolívar, herido de muerte por la tuberculosis, y moriría en las vecindades de la ciudad.

Bastidas no fue afortunado en esa oportunidad. Pedro Villa-fuerte, que era su segundo, conspiró contra él y le apuñaló mientras su víctima dormía. Bastidas tuvo que irse a La Española, donde murió a causa de sus heridas. Al frente del gobierno quedó Rodrigo Alvarez Palomino, que fue un tenaz perseguidor de indios. El y el que después compartió con él la gobernación —Pedro Vadillo— murieron ahogados; Palomino al cruzar un río y el otro, años después, en el mar, cuando regresaba a España. Villafuerte, a su vez, murió en la horca por el atentado contra Bastidas.

La gobernación de Santa Marta era rica y estaba habitada por indios que vivían en pueblos, algunos muy grandes. En los primeros tiempos los españoles sacaron bastante oro, pero después de las entradas violentas de Villafuerte y Palomino, los indios defendieron sus vidas y sus tierras en forma desesperada. Al sucesor de Palomino y Vadillo, García de Lerma, le dieron batallas memorables. Pero sin duda los españoles fueron más difíciles de gobernar que los indígenas. La historia de Santa Marta es un amasijo de luchas intestinas entre españoles, de derrotas a manos de los indios y de gobernadores fracasados.

Las bajas españolas en Santa Marta fueron elevadas; unos morían en lucha con los indios, otros de enfermedades y hambre, otros a manos de sus compañeros. En febrero de 1531 estalló un incendio que destruyó todas las viviendas, lo que aprovecharon los indios para acentuar la rebeldía.

Tal vez en ningún punto del Caribe —si se exceptúa Cartagena, la provincia vecina de Santa Marta— fue tan ardua y a la vez tan carente de sentido la obra de los conquistadores. Los españoles se movían de un sitio a otro, matando indios o matándose entre sí, buscando oro, intrigando, amotinándose, pero no avanzaban hacia ninguna parte. Vistos esos días con la perspectiva de hoy, los primeros años de Santa Marta se justifican porque desde allí salió Gonzalo Jiménez de Quesada hacia el país de los muiscas y los chibchas, y la conquista de ese país, con la consiguiente fundación de Santa Fe de Bogotá, es sin duda el resultado del establecimiento de Santa Marta.

Pero mientras Jiménez de Quesada no tomó el camino hacia las alturas del Sur —y aun después que él había llegado allá—, la vida de los conquistadores de Santa Marta fue como una vena rota por donde se escapaba la sangre de la Conquista, y con ella se derrochaban el valor, la astucia, la decisión y la codicia de los conquistadores.

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Capítulo V

LA CONQUISTA ENTRE 1526 Y 1584

La impresión que saca el que estudia la historia del Caribe en los años que van de 1520 a 1526 es que la actividad conquistadora empezó a perder vigor a tal punto, que estuvo casi paralizada. Parecía que España se había agotado.

La última gran expedición que había llegado al mar de las Antillas había sido la de Pedradas Dávila, inferior, sin embargo, en la mitad, a la que condujo don Nicolás de Ovando hasta La Española a principios de siglo. En las islas, que habían sido la base de la conquista del Caribe, ya apenas quedaban hombres aclimatados dispuestos a seguir tras una bandera de conquista; y sin esos hombres no era aconsejable ir a poblar a otros sitios. Ellos eran los veteranos del paisaje, de las lluvias, del calor, de la comida indígena y de las caminatas increíbles por bosques, montañas y pantanos poblados de peligros.

Bien podía ser que lo que pasaba en Santa Marta fuera un reflejo de lo que pasaba en el Caribe, y bien podía ser que la situación del Caribe fuera un reflejo de la situación de España. Las luchas de los comuneros de Castilla contra el emperador Carlos V, las guerras de España contra Francia, las atenciones a las regiones europeas del Imperio consumían los recursos de España y reclamaban allá las energías de los hombres de acción. Esas energías debían emplearse en Europa antes que en el Caribe, lo que se explica porque España estaba en Europa y España era ia cabeza del Imperio.

Fue en 1526, mientras se luchaba en Santa Marta contra la naturaleza y las intrigas, cuando las autoridades de La Española dieron a Juan de Ampués despachos para ir a poblar las islas de Curacó, Oraba y Uninore —las actuales Curazao, Aruba y Bonaire—. Desde esas islas, Juan de Ampués pasó a la costa de Venezuela, donde estableció una ranchería cerca de donde poco después se fundaría Coro, que iba a ser la base de la conquista del occidente y del centro de Venezuela.

Juan de Ampués se estableció allí en el 1527 con 60 acompañantes, y en el mes de marzo de ese año fue nombrado Pedradas Dávila gobernador de Veragua. A fines de septiembre del mismo año llegaba a la isla Cozumel Francisco de Montejo con despachos reales de gobernador de Yucatán. A mediados de 1528, Aldonza de Villalobos desembarcaba en la isla Margarita, frente a Paria —el golfo de las Perlas— para ser la primera mujer pobladora en América. El 2 de abril de 1529 arribaba a Venezuela el alemán Ambrosio Alfínger, el primer gobernador del territorio capitulado por el Emperador con la firma alemana de los Wclzers o Balzares.

La obra de Ampués iba a ser de corta duración; Montejo tardaría casi veinte años en lograr la conquista de Yucatán; Pedrarias Dávila era un caso de psicopatía; sólo Aldonza de Villalobos vería su territorio poblado y tranquilo.

Cuando el terrible y suspicaz Pedrarias Dávila, anciano de más de ochenta años, entró en las tierras de su nueva gobernación, halló que en la región había un gobernador llegado desde Honduras. Se trataba de Diego López Salcedo. Pedrarias Dávila había ahorcado a Vasco Núñez de Balboa, a Hernández de Córdoba y a algunos otros sólo porque sospechó que querían despojarlo de su autoridad; de manera que no se comprende cómo dejó vivo a López Salcedo. Sin embargo, lo hizo preso y lo mantuvo en prisión siete meses. López Salcedo pudo escapar con vida de manos del fiero anciano porque le dio 20.000 pesos, que en esos tiempos era una fortuna respetable.

Pedrarias Dávila no hacía diferencia entre indios y españoles; los maltrataba y los aniquilaba por igual. El viejo conquistador era en verdad una figura sombría y una amenaza de muerte para todos los que tenían que tratarle. Indios y españoles fueron víctimas de los métodos de exacción que puso en práctica el gobernador. Hacía marcara los indios con hierro candente y los obligaba a trabajar en busca de oro hasta que caían agotados. Los indios huían hacia las selvas, y los españoles tenían que lanzarse a esos bosques tropicales, donde todo parecía conspirar contra ellos, para cazar indígenas con que sustituir a los que se fugaban. Al fin unos y otros comprendieron que la única manera de escapar a la tiranía de Pedrarias Dávila era abandonando el territorio, y el país comenzó a despoblarse de manera alarmante. Ese territorio era lo que se llamó después Nicaragua, por extensión del nombre del hermoso lago en cuyas orillas estaba la ciudad de Granada.

Pedrarias Dávila murió el 6 de marzo de 1531, a los noventa años, temido por toda la gente dé su gobernación; pero Nicaragua no fue menos desdichada con los sucesores del anciano gobernador, que no parecían ser mejores que él. Rodrigo de Contreras, que gobernó de 1534 a 1542, fue una edición repetida de Pedrarias Dávila. Cuando el obispo Valdivieso denunció que Contreras tenía esclavos indios, lo que les estaba expresamente prohibido a los funcionarios reales, los hijos de Contreras mataron al obispo y levantaron bandera de rebelión, a la que se unieron muchos españoles. Después de la muerte del obispo, los rebeldes saquearon las ciudades de León y Granada y huyeron del país. Los hijos del gobernador Contreras eran dignos retoños del padre, y éste, a su vez, era un digno sucesor de Pedrarias Dávila. En algunas historias se dice que Pedrarias Dávila descubrió la comunicación del lago de Nicaragua con el Caribe, o que fue descubierto por una expedición que él organizó. No es cierto. Pedrarias Dávila mandó en 1529 a Martín Estete con instrucción de que bajara por el Desaguadero (río San Juan) hasta su desembocadura, pero Martín Estetc no piulo llegar al Caribe debido a la resistencia de los indios de la región, a las enfermedades que aniquilaban a sus hombres y a lo impenetrable de las selvas en las orillas del río.

El Desaguadero corre desde el lago de Nicaragua hasta el Caribe, y en el andar de los años sería una importante vía de comunicación entre el mar de las Antillas y el Pacífico. Los ingleses, que apreciaron su valor desde el siglo XVII, elaboraron toda una política de alianza con los indios y los negros cimarrones de la costa de Mosquitía a fin de mantener bajo su control las salidas del Desaguadero al Caribe. A mediados del siglo XIX, esa salida sería el objetivo de WiíliamWalker, el jefe filibustero norteamericano que llegó a ser presidente de Nicaragua, y gracias a ello funcionó la llamada Compañía del Tránsito, que acortó en varios días el viaje entre Nueva York y Nueva Orleáns y California, en los años de los grandes hallazgos de oro en este último lugar.

El río San Juan no fue recorrido en todo su curso en tiempos de Pedradas Dávila, sino en el año 1539. Costó siete meses hacer ese recorrido, realizado en una lucha agotadora contra la naturaleza y los indios que poblaban las orillas.

En el año en que Pedradas Dávila era nombrado gobernador de Nicaragua fundo' Juan de Ampués la ranchería de que hemos hablado. Parece que Ampués usó esa ranchería como base de operaciones para sacar palo de Brasil. Las comunicaciones con las islas de Sotavento eran cortas y fáciles, y esas islas —sobre todo la más grande, Curacó o Curazao— tenían muy buenos puertos. Pero debieron ser duras para poblar porque no tenían agua dulce.

Juan de Ampués es una figura borrosa, y, sin embargo, hombre muy medido e inteligente. Se estableció en lo que hoy es la costa de Coro de acuerdo con el cacique Manaure, de la nación caiquetía, y llevó muy buenas relaciones con él. Se refiere que Manaure le obsequió con oro y atendía a las necesidades de víveres de su gente. Si a Juan de Ampués se le hubiera encomendado poblar Venezuela, o por lo menos la región de Coro, la penetración hubiera sido pacífica, a juzgar por lo que fue durante el tiempo en que él estuvo allí. Pero en abril de 1529 Juan de Ampués tuvo que abandonar el lugar porque Ambrosio Alfínger, designado gobernador por el Emperador, no podía ver con buenos ojos su presencia en esa región.

Alfínger llegó con la primera expedición enviada por los Welzers o Balzares, compuesta por españoles y llegada desde la Española, donde el alemán había estado embarcando provisiones, animales y hombres.

Todavía no se sabe a ciencia cierta por qué Carlos V capituló la gobernación de Venezuela con una firma de banqueros y comerciantes alemanes. Es cierto que el monarca era emperador de Alemania, y que como tal los Welzers eran sus súbditos, pero también debía de ser cierto que los españoles que manejaban los negocios de las Indias no debían aceptar a gusto que una porción de esas Indias fuera puesta en manos que no eran españolas. Hasta un año antes no se permitía poblar en el Caribe ni siquiera a los españoles que no eran castellanos. Por otra parte, la rebelión de los comuneros, que había sido reciente, se debió, entre varios motivos, a la presencia de flamencos y alemanes en los cargos más influyentes de la corte.

De todos modos, lo que puede afirmarse es que la concesión dada a los Welzers fue la primera gestión de propósito netamente imperialista que hallamos en la historia del Caribe y quizá en toda América. Los Welzers eran una firma de banqueros y comerciantes que decidieron invertir capitales en una empresa colonizadora con el fin de sacar beneficios en dinero, y para asegurarse esos beneficios designaban la autoridad del territorio que iba a ser explotado. Es verdad que el Emperador se reservaba la soberanía sobre la región, pero el gobernador, representante del Emperador y la autoridad política más alta en el territorio, era designado entre candidatos escogidos por los Welzers, de manera que en última instancia el gobernador les debía el cargo a los Welzers y tenía que obedecerles y servirles.

Alguien pensará que eso era lo que hacían los conquistadores españoles, buscar un despacho que los autorizara a poblar una región para sacar de ella oro y esclavos indios. Pero el caso no era igual, aunque se le pareciera. La tradición de la Conquista española era que una persona obtenía el derecho a poblar o gobernar mediante un contrato con el monarca —lo que se llamaba capitulación— y esa persona buscaba socios, si no tenía dinero suficiente para sufragarlos gastos déla Conquista. Délo que produjera el territorio conquistado se separaba una quinta parte que pertenecía al rey —el célebre "quinto real"— y lo demás se repartía entre los socios en cantidades relativas a lo que cada uno había aportado. A menudo, cuando el gasto lo había hecho el conquistador solo, se hacían repartos entre los miembros de la expedición. Pero en todos los casos la persona que obtenía la autorización del Trono iba ella misma a poblar, a correr los riesgos de la aventura, a ganar o a perder, y en varias ocasiones lo que se perdía era la vida. La Conquista típicamente española era, pues, una empresa personal; tan personal, que hubo casos en que fueron a realizarla todos los socios.

Eso no fue lo que se hizo con los Welzers. Los Welzers eran un poder por sí solo, un poder bancario y comercial, y mandaban a sus factores o empleados al Caribe a que conquistaran oro y esclavos para la firma. Desde luego, a los Welzers se les impusieron algunas restricciones, y una de ellas era que con la expedición del gobernador, los demás miembros de las expediciones tenían que ser o españoles o canarios. De acuerdo con lo que ya era una tradición, podían llevar indios y negros, pero sólo en calidad de sirvientes; ninguno de esos indios y negros podían ejercer funciones militares o burocráticas.

El caso de los Welzers iba a verse en el Caribe, y en otras regiones de América, cuando ingleses, franceses y holandeses se dispusieron a disputarle a España su frontera imperial. Los imperios europeos que hicieron la guerra a España en el Caribe concedían los territorios que querían conquistar a compañías comerciales. Pero eso vino a suceder ya entrado el siglo XVII. En unos tiempos tan tempranos como el 1528, que fue cuando se capituló con los Balzares, sólo éstos operaron según el esquema de lo que más tarde sería la empresa imperialista. Por esos años sólo se conoce un caso de poblador con patente que no fue español de la península, si se exceptúa el de los Welzers. Se trató de Francisco Fajardo, natural de la isla de Margarita, mestizo de español y de india.

Tan pronto llegó, Ambrosio Alfínger fundó Coro, reunió informaciones del país, y como entendió que las mayores riquezas estaban hacia el lago de Coquibacoa, se dirigió allá y estableció una ranchería en el sitio donde se encuentra hoy la ciudad de Maracaibo, nombre que al fin tomó el lago. De ese punto retornó al año, después de haber causado estragos en los lugares por donde pasó. Volvió con oro y con esclavos indígenas, que mandó vender para reclutar nuevos conquistadores, comprar armas y caballos y armar bajeles. En una segunda entrada salió de los límites de su jurisdicción y penetró en los de Santa Marta. En esa oportunidad llevaba indios cargadores de provisiones atados por el cuello con una soga muy larga, y si alguno se cansaba se le cortaba la cabeza y su carga se repartía entre los demás. En el pueblo del cacique Boronata obtuvo bastante oro, después de haber desbaratado la resistencia que halló. En Mococu y Pau-xoto recogió más de 20.000 pesos en oro. En la sierra de Xiriri le mataron un hombre y le hirieron otro, por lo cual dio fuego a todos los poblados de los valles vecinos. Cuando llegó a Tamala-meque encontró el pueblo vacío. Era que los indios conocían ya la fama de Alfínger y al darse cuenta de que estaba en las inmediaciones corrieron a refugiarse en una isleta de la gran laguna. Los hombres de a caballo los persiguieron hasta allá, hicieron una matanza sonada y apresaron al cacique. Para obtener su libertad, los indios de Tamalameque tuvieron que entregar todas sus flechas y una cantidad de oro que se calculó en varios miles de ducados.

La región de Tamalameque era rica, por lo cual Alfínger no quiso abandonarla. Se fue a vivir a una de las isletas de la laguna y despachó hacia Coro una columna con unos 60.000 pesos en oro. Iñigo de Vasconia, el jefe de la columna, se perdió en el camino y el hambre fue tanta, que él y sus compañeros conquistadores se comieron algunos de los indios que llevaban la impedimenta. Como era imposible seguir caminando con el oro, el jefe de la columna lo enterró e hizo varias señales en los árboles para reconocer el lugar cuando retornara. Pero no retornó. Uno de los hombres que iba con Iñigo de Vasconia se acostumbró de tal manera a la carne de indio, que se convirtió en antropófago. Se llamaba Francisco Martín y fue caudillo de una tribu indígena después de maridarse con la hija del cacique. Cuando los hombres de Alfínger volvían a Coro, casi dos años después, sin su jefe y destrozados, Francisco Martín se dio a conocer de ellos, que no podían reconocer en esa traza de indio a su antiguo compañero. Martín acompaño a los derrotados expedicionarios a Coro, pero se fugó para volver a vivir con su mujer e hijos indios y tuvo que ser rescatado por españoles de Coro; tornó a huir hacia la ranchería de la tribu que había acaudillado, y al fin el gobernador de Coro mandó destruir la ranchería y obligó al tozudo Francisco Martín a irse a Bogotá, donde murió desempeñando la tarea de sacristán. Alfínger había muerto en las cercanías de lo que hoy es Pamplona, a causa de una herida de flecha que había recibido en la garganta. Los supervivientes de su expedición retornaron a Coro al comenzar el mes de noviembre de 1533.

Ambrosio Alfínger había llegado a La Española, a buscar víveres y voluntarios para su expedición, unos meses después de haber salido de allí Francisco Montejo, que iba a la conquista del Yucatán. Cronológicamente, pues, debimos haber referido los hechos de Montejo antes que los de Alfínger, puesto que éste llegó a la suya a principios de 1529. Pero resulta que la expedición de Alfínger venía a ser una secuencia de la ocupación de la costa venezolana de Coro por parte de Juan de Ampués, lo que explica que habláramos de él antes que de Montejo.

Yucatán es una tierra de dos mares. Dos de sus costas —la del oeste y la del norte— corresponden al golfo de Méjico; pero a partir de cabo Catoche hacia el Sur, toda su costa oriental da al Caribe. Políticamente es hoy una parte de Méjico; sin embargo, en los tiempos de la Conquista se capituló como un territorio diferente. Al crearse en 1543 la Audiencia de los Confines, que se estableció en Honduras al año siguiente, Yucatán quedó adscrito a ella, lo que quiere decir que las actividades judiciales de los pobladores de Yucatán tenían que evacuarse en Honduras, país del Caribe, y no en Méjico, donde había Audiencia desde 1529. El nexo de Yucatán y el Caribe ha sido tan largo, que todavía hasta 1861 se llevaban indios de Yucatán a Cuba en condición de semi-esclavos. Los supuestos indígenas cubanos que algunos viajeros dicen haber visto en este siglo en el interior de la isla son descendientes de esos indios de raza maya llevados de Yucatán entre 1848 y 1861.

Yucatán fue descubierta el 1 de marzo de 1517 por Francisco Hernández de Córdoba, enviado desde Cuba por el gobernador Diego Velázquez. Puede haber dudas acerca de si estuvo en la isla Cozumel, pero no las hay sobre su presencia en cabo Catoche. Ahí, en cabo Catoche. Hernández de Córdoba y su gente tuvieron que hacer frente a un rudo ataque de los indios, pero se sostuvieron en el lugar unos seis días. Navegando hacia el Poniente y luego hacia el Sur estuvieron en Campeche, de donde pasaron a Champotón. El recibimiento que tuvieron los españoles en Champotón fue tan fiero, que, según cuenta Bernal Díaz del Castillo, que iba en la expedición, los mayas les mataron 56 hombres y les hirieron a casi todos los demás, entre ellos al propio Bernal Díaz del Castillo y a Hernández de Córdoba, que echaba "sangre de muchas partes” al decir del estupendo cronista. Bahía de la Mala Pelea fue el nombre con que bautizaron los españoles a Champotón.

La costa oriental de Yucatán —la del Caribe— fue descubierta en realidad por gente de Juan de Grijalva, cuya expedición llegó a la isla Cozumel entre fines de abril y principios de mayo de 1518. El piloto Antón de Alaminos salió de Cozumel hacia el Sur y reconoció una bahía que llamó de la Ascensión. Parece que Alaminos descubrió varias ciudades, entre ellas una que él decía ser tan grande como Sevilla. Las ciudades mayas más cercanas al lugar donde se supone que estuvo Alaminos eran Tulum, Tancah, Xelha y Solimán.

La flota de Cortés tocó en Cozumel cuando iba hacia la conquista de Méjico. Los primeros navíos que llegaron a la isla fueron dos que iban bajo el mando de Pedro de Alvarado. Cuando Cortés llegó a Cozumel halló los pueblos de la isla deshabitados y supo que Alvarado había extraído mantas e ídolos y había prendido a dos indios y una india. Muy disgustado por esa acción, Cortés ordenó devolver todo lo cogido y poner en libertad a los presos. Pocos días después, al terminar un acto religioso maya que estuvo presenciando, el futuro conquistador de Méjico les pidió a los sacerdotes indios que abandonaran su religión, a lo que ellos respondieron que no podían; Cortés, entonces, mandó destruir el templo e hizo levantar allí mismo un altar católico en el que colocó una cruz de madera y una imagen de Nuestra Señora. Un cura de los que andaban con Cortés dijo misa. Después de la misa, Cortés salió de Cozumel, pero tuvo que volver porque uno de sus navíos hizo agua, y al retornar halló el altar limpio y bien cuidado. En Cozumel reparó la avería e incorporó a Jerónimo Aguilar, un español que estaba en Yucatán, según él, desde que se salvó del naufragio en que desapareció aquel Valdivia a quien había despachado Vasco Núñez de Balboa desde la Antigua con el oro del quinto real. Según otros, Jerónimo Aguilar y un compañero del que después tendremos que hablar se habían quedado en Yucatán desde los días de la expedición de Hernández de Córdoba.

Desde el 4 de marzo de 1519, cuando Cortés salió por última vez de Cozumel, hasta fines de septiembre de 1527, cuando llegó al mismo lugar la flota de Francisco Montejo, habían pasado más de ocho años, tiempo muy largo para que se mantuviera en las tinieblas de lo casi desconocido el territorio donde había florecido y florecía aún la vieja y sorprendente cultura de los mayas.

Casi frente al extremo sur de Cozumel, en la costa del Caribe, cerca de la ciudad maya de Xelha, fundó Montejo el pueblo de Salamanca. El lugar era palúdico y los españoles comenzaron a caer enfermos. En poco tiempo se agotaron los comestibles, por lo que hubo que dar asaltos a pueblos mayas vecinos. Esto, como era natural, tornó hostiles a los indios, que antes habían sido afectuosos con los conquistadores. Los hombres de Montejo, a su vez, empezaron a dar muestras de disgusto, y Montejo, temeroso de que un día se le amotinaran y se fueran a Méjico, quemó las naves, como había hecho Cortés. A seguidas dispuso a recorrer el país, dejando una guarnición en Salamanca, y estuvo algunos meses de ciudad en ciudad, admirado de la alta civilización de los mayas. En Chauacha, ya sobre la costa norte, fue atacado de improviso y perdió doce hombres. Se le atacó también en Ake, una población vecina a Chauacha, pero sólo tuvo algunos heridos.

Cuanto Montejo retornó a Salamanca, tras seis meses de recorrido por la península de Yucatán, volvía con 60 hombres; de 20 que había dejado en el camino, en un lugar llamado Polé, no quedaba ninguno, y de los que había dejado en Salamanca halló 10. En ese punto arribó a Salamanca una expedición de refuerzo que llegaba de la Española. Con el navío emprendió Montejo viaje por la costa hacia el Sur mientras uno de sus tenientes, Alonso Avila, iba por tierra. El plan de Montejo era tomar la rica ciudad-puerto de Chetemal; pero allí estaba el español compañero de Jerónimo de Aguilar, casado con la hija de uno de los jefes de Chetemal; y este hispano-maya, de nombre Guerrero, se las arregló de tal manera, que hizo creer a Avila que Montejo había naufragado al tiempo que hizo creer a Montejo que Avila había muerto a manos de los indios. Avila, que creyó la especie, no llegó a Chetemal; se devolvió, y al llegar a Salamanca dispuso que la fundación fuera abandonada. Montejo, mientras tanto, llegó al golfo de Honduras y de ahí retorno al Norte, paró en Cozumel y siguió viaje a Veracruz.

Esto ocurría probablemente en septiembre de 1528, lo que significa que al año de iniciada, la expedición de Montejo había fracasado como pobladora, pero como descubridora había sido de las más afortunadas que se habían organizado hasta entonces. La fabulosa tierra de los mayas quedó abierta al conocimiento europeo, y todavía está produciendo sorpresas. Por de pronto, toda la costa yucateca del Caribe había sido recorrida y se habían visitado muchas ciudades importantes cercanas a esa costa.

Antes de abandonar Yucatán, Montejo había aprobado la mudanza de Salamanca de Xelha a Salamanca de Xamanha, situada en la propia costa del Caribe, pero más al Norte. En 1529 recomenzó Montejo la conquista de Yucatán, pero en esa ocasión lo haría yendo desde el Oeste y por el Sur. En el oeste de la península fundó otra Salamanca, la de Alacán; luego subió a Campotón, de donde pasó a Campeche. Ahí fundó otra Salamanca, la de Campeche; y desde ese lugar despachó a Alonso Avila con una columna para que se internara hacia el Sudeste, en dirección de Chetemal, ciudad a la que se debió llegar a fines de 1531. Así, la base de la península de Yucatán estaba explorada, aunque no conquistada. Esto se dice muy de prisa, pero la tarea de ir desde Campeche hasta el golfo de Honduras, atravesando territorios muy poblados y a la vez muy ásperos, es difícil hoy, cuanto más en el 1531. Ala vuelta a Salamanca Campeche —y lo decimos como una muestra de lo que fue esa travesía— hubo combates en los que resultaron heridos todos los españoles, sin mencionarlos muertos. Fue tan feroz la oposición de los indios, que Avila tuvo que devolverse y a costa de esfuerzos titánicos logró salir a la costa de Honduras. Llegó a Trujillo en marzo de 1533.

Casi dos años atrás, en junio de 1531, Salamanca de Campeche había sido atacada fieramente por los mayas. En esa ocasión estuvo a punto de caer prisionero Francisco Montejo. Montejo el Mozo, hijo de Francisco, pasó a la costa del norte de la península. Allí, al cabo de muchas marchas y negociaciones, alcanzó a entrar en Chichén Itzá, la hermosa ciudad cuyos monumentos mayas se preservan todavía, para asombro de los que la visitan, y en Chichén Itzá estableció Ciudad Real, la capital de Yucatán. Pero a mediados de 1533 los mayas de todas las poblaciones vecinas atacaron la capital y los españoles sufrieron un sitio de varios meses. En la retirada, Montejo el Mozo supo que su padre andaba por las cercanías. Unidas las fuerzas de los dos, fueron a establecer otra Ciudad Real en Dzilán, sobre la costa norte. Pero a principios de 1535 los pobladores de esa nueva Ciudad Real y de las demás fundaciones españolas de Yucatán comenzaron a abandonarlas. Yucatán no tenía oro y se oía hablar mucho del Perú. Hasta el tenaz Alonso Avila se fue a Méjico donde había de morir. Las viejas ciudades mayas, abandonadas desde hacía tiempo, y las recientes que deslumbraron a los españoles, volvieron a quedarse pobladas solamente por sus habitantes naturales. Y esto sucedía cuarenta y tres años después del día del Descubrimiento.

Al comenzar el año de 1533, Alonso Avilase acercaba a Trujillo al final de su épico viaje; el hijo de Francisco Montejo se acercaba a Chichén Itzá y se alejaba de Santa Marta Pedro de Heredia, que había llegado al lugar a fines de 1528 como teniente de Pedro Vadillo. Este Pedro de Heredia se dirigió al poniente del Río Grande (Magdalena) y después al sur, y fundó el 20 de enero una población que llamó San Sebastián de Calamar, que sería con el tiempo la muy historiada y atacada ciudad de Cartagena de Indias. Seis meses más tarde Carlos V nombraba un nuevo gobernador para Venezuela, a Nicolás de Federman, alemán de la firma de los Welzers. La designación fue revocada casi inmediatamente en favor de otro alemán, Horge Horhemut, a quien la Historia conoce con el nombre de Jorge Espira, pero Federman, agregado a la gobernación de Espira como coadjutor, iba a ser más afortunado que su rival.
Espira llegó a Coro en febrero de 1534. Llevaba más de 400 hombres, reclutados en España y en las Canarias, y cinco años después, al retornar de sus exploraciones por el fondo de los Llanos, volverían sólo 90. Espira despachó la mayor parte de su gente hacia el Sudoeste y les señaló como ruta las bases de la cordillera, mientras él se dirigió por la costa hacia el Este y luego penetró hacia el Sur. Al reunirse las dos columnas, recorrieron los Llanos, dirigiéndose al Sudoeste, hacia el Apure y el Casanare; y por el camino iban combatiendo, enfermándose, muriendo. Espira no podía imaginar siquiera —y en esa época nadie lo hubiera sospechado— que estaban marchando por terrenos que se hallaban bajo el nivel del mar, y que cuando llegaran las lluvias los torrentes de las cordilleras engrosarían los ríos y la inmensa llanura se volvería un mar de agua dulce.

Los españoles y su capitán germano tuvieron que vivir meses en breves islotes y en copas de árboles. Los feroces tigres del Llano nadaban hasta esos islotes y trepaban a las copas de los árboles para alimentarse con las cargas de huesos y piel en que habían quedado convertidos los conquistadores; los indios se acercaban en canoas a cazarlos con flechas.

Mientras Espira y su gente vivían esa epopeya, y los indígenas se veían acosados, perseguidos a muerte por los hombres de a caballo que habían entrado inopinadamente en sus tierras, Nicolás de Federman llegaba a Coro y se preparaba para iniciar una pesquería de perlas frente a Cabo de La Vela. Pero no le fue bien y se dispuso a buscar el rico país que, al decir de los indios, había al otro lado de la cordillera. Espira también había oído hablar de ese país y trató de buscarlo, pero sin buena suerte. Federman se fue a La Española, reclutó hombres aguerridos y volvió a Coro; entró hacia el Sudoeste, siguiendo las huellas de Alfínger, cruzó la sierra de Santa Marta; ahí recibió una carta del gobernador de Santa Marta en que se le comunicaba que le atacaría si permanecía en la región. Federman decidió volver a Coro y cruzó por lo que hoy es la región de Ocaña. Ya en Coro despachó una columna que atravesó por la serranía de Carora y llegó al Tocuyo, donde encontró a unos 60 españoles que llegaban del oriente venezolano después de una travesía de más de un año. Esos recién llegados se unieron a la columna de Federman y luego reconocieron a éste por su jefe. Con ese refuerzo, Federman se dirigió a los Llanos, siguiendo el camino que había tomado Espira, pero aunque llegó a estar cerca del gobernador, no se reunió con él. Su objetivo era el rico país de la cordillera, el de los chibchas y los muiscas, donde los indios andaban vestidos, tenían ciudades y trabajaban el oro y el cobre.

Espira retornó a Coro y de ahí se dirigió a la Española para volver a Coro en 1539. Uno de los últimos hechos como gobernador fue despachar españoles al lago de Maracaibo para que vengaran la muerte de compañeros suyos que habían sido exterminados por indios de la región. La columna cumplió la orden a cabalidad, pero se hizo independiente de Espira y se fue hacia el Este, y en una de esas increíbles marchas de les españoles del siglo XVI llegó a Cumaná a fines de 1540.

Pero antes de que muriera Jorge Espira, y antes aún de que éste saliera del fondo de los Llanos de Venezuela, había llegado a Santa Marta la más rica expedición que había visto el Caribe desde la que llevó Pedrarias Dávila al Darién. Esta fue la de Pedro Fernández de Lugo, adelantado de Canarias, que salió de Tenerife al comenzar el mes de noviembre de 1535 con 18 navíos y 1.200 hombres. Entre ellos iba gente linajuda. El segundo jefe —teniente general— de la expedición era Gonzalo Jiménez de Quesada, una de las figuras más nobles de la historia del Caribe. Sucedió que uno de los soldados de esa expedición cayó al mar, y aunque se le buscó no se le halló; pero sucedió también que un navío que seguía la misma ruta que la flota acertó a dar con él y pudo rescatarlo; y sucedió también que ese navio llegó a Santa Marta antes que los de Fernández de Lugo. Eso explica que cuando llegó la brillante expedición, los pobladores de Santa Marta estaban en la playa esperando a su nuevo gobernador.

Santa Marta era entonces un caserío de unas doscientas viviendas con techos de paja, y toda la región era un campo de guerra. Las luchas de indios contra españoles entre sí no habían menguado. Los pobladores vivían sin esperanzas. En los días de García de Lerma muchos quisieron irse al Perú por el Darién, y hasta el sobrino del gobernador huyó del lugar. De manera que la llegada de Fernández de Lugo era un acontecimiento para esos desdichados. Sólo el comendador Ovando, a su llegada a La Española en 1502, fue recibido con tanto entusiasmo por los pobladores de su gobernación. Pero a poco de llegar, los hombres de Fernández de Lugo comenzaban a caer enfermos. Sin aclimatarse en las islas del Caribe era difícil mantenerse sano en esos trópicos donde el calor húmedo hacía proliferar las bacterias y bacilos que producían enfermedades desconocidas en España.

Pero la aclimatación no significaba sólo acostumbrarse a un clima físico diferente; había que acostumbrarse también a otra vida, a otra manera de vestirse, de pensar, de actuar. Por ejemplo, las armaduras españolas eran inútiles para andar por la selva, donde se trepaban cerros y se vadeaban ríos. Los conquistadores veteranos las habían suplido por batas de tela rellena de algodón del cuello a las piernas. El tipo de guerra que se hacía en Europa no podía hacerse en el Caribe. Fernández de Lugo metió todos sus hombres a un tiempo en batallas contra las emboscadas de los indígenas y mandó quemar todas las rancherías o pueblos; y perdió tanta gente, porque era más fácil flechar a alguien donde había mil hombres que flechar a uno que se movía y se escondía, y sus hombres pasaron tanta hambre por la dispersión de los indígenas, que su brillante expedición quedó reducida a una sombra pocos meses después de haber llegado a Santa Marta. La situación se hizo tan desesperada, que el propio hijo del gobernador huyó a España con el oro que había cogido en una entrada a tierra de indios. Hubo días en que metieron veinte cadáveres de españoles en un solo hoyo, unos muertos de heridas de flechas, otros de enfermedades, otros de hambre.

Ese era el estado de Santa Marta y de la brillante expedición de Fernández de Lugo cuando Gonzalo Jiménez de Quesada salió del lugar el 6 de abril de 1536 para remontar el Río Grande —Magdalena— en una marcha que sumó a los trabajos de la de Alonso Avila en las junglas de Yucatán y Honduras las penalidades de la de Jorge Espira en los Llanos de Venezuela. El final de esa expedición de Jiménez de Quesada fue muy diferente de las de Avila y Espira, pero antes de ese final sus sufrimientos sobrepasaron los de aquéllas.

Los problemas comenzaron casi desde el primer momento. Jiménez de Quesada se fue por tierra, lo que quiere decir que descendió hacia el Sudoeste para esperar la parte de la expedición que iría por agua. El Magdalena corre de Sur a Norte, entre las cordilleras Oriental y Central, casi desde las regiones ecuatoriales hasta el Caribe, de manera que está en una zona selvática imponente y además recibe las aguas de las dos cordilleras. Por otra parte, antes de llegar al Caribe forma delta, porque su último tramo fluye en tierra llana, así, en tiempos de lluvia, se desborda e inunda toda esa región. Jiménez de Quesada, que no conocía las características de la naturaleza del Caribe, comenzó su expedición en abril, cuando van a comenzar las lluvias. La primera parte de su marcha fue, pues, como la de Espira en los Llanos cuando éstos se inundaron y el lugar quedó convertido en un horizonte de aguas.

Por otra parte, la flotilla que llevaba las provisiones, que estaba compuesta por cinco bergantines y dos carabelas, halló mal tiempo al llegar a las bocas del Magdalena. Un bergantín se fue a pique y toda la tripulación se ahogó; otro pasó la barra de la boca y entró en el río, pero los demás fueron arrastrados por la tempestad hasta Cartagena. Uno de ellos chocó contra una punta de la costa y los cincuenta tripulantes abandonaron la nave sólo para morir a manos de los indios caribes del lugar; otro fue destruido por el mar, que lo lanzó a una rompiente, pero la gente que iba en él logró llegar a pie a Cartagena. El gobernador despachó otro bergantín que entró en el río, pero se perdió antes de empezar a remontarlo. Con la crecida del Magdalena era casi imposible navegado corriente arriba.

Mientras tanto, Jiménez de Quesada buscaba la orilla del río, abriéndose paso por la selva y los pantanos, y antes de llegar al Magdalena ya su gente iba medio desnuda y medio descalza. Al cabo, los barcos que pudieron salvar las barras, dominar la corriente y hacerles frente a las piraguas de indios que pretendían impedir su marcha, llegaron a Sampollón, donde estaba Jiménez de Quesada esperándoles. Y después de eso vino el increíble avance río arriba, las paradas para explorar y para enterrar a los que morían de paludismo. En una de esas paradas un tigre —jaguar americano— sacó de su hamaca a Juan Serrano y se lo llevó selva adentro, sin que sus compañeros pudieran evitarlo. Los caimanes devoraban los cadáveres que se tiraban al agua y a algunos españoles que no estaban muertos. Hubo que comer caballos, perros, murciélagos, hojas y raíces de árboles. A fines de diciembre hubo que despachar la flotilla hacia Santa Marta para llevar a los enfermos. Cuando los barcos llegaron a Santa Marta, el gobernador ya no estaba. Había muerto el 15 de octubre (1536).

Jiménez de Quesada siguió con unos 200 hombres. La mayor parte de ellos eran sombras de lo que habían sido cuando llegaron de España en diciembre de 1535. Con esas sombras llegó en enero de 1537 a las tierras muiscas, un país rico, poblado por indios mucho más avanzados que los de la costa, y además un país que se hallaba a cientos de kilómetros de la base de Santa Marta. Si los muiscas hubieran atacado a su gente, hoy ni siquiera se sabría donde murió Jiménez de Quesada. Pero los muiscas no atacaron porque Jiménez de Quesada y sus hombres se movieron por los valles de las alturas andinas, en los alrededores de lo que hoy es Bogotá; formaron pequeñas expediciones exploradoras; tenían combates ocasionales con los bogotaes y algunos otros pueblos de la región, y también recogieron oro en grandes cantidades. Al finalizar el mes de agosto (1537), a más de un año y medio de sus increíbles marchas por ese país de grandes selvas y grandes montañas, y cuando ya tenía menos de 160 hombres nada más, la expedición de Jiménez de Quesada era rica y pudo dedicarse a buscar con calma donde asentarse, a aplacar resentimientos y levantamientos de algunos caciques y a planear para el porvenir.

En ese tiempo se produjo un episodio que recuerda el del desdichado inca Atauhalpa, Habiendo muerto en un asalto el jefe chibcha, llamado Zipa, los españoles lograron apresar a su sucesor, Zaquesazipa. Este se comprometió con Jiménez de Quesada a llenar en tres meses un bohío con las piezas del tesoro de su primo Zipa; y comenzaron a llegar indios con las piezas. Pero cada uno iba acompañado de una escolta de guerreros, y la escolta se iba con él cuando se marchaba. El indio llegaba con su parte de tesoro a la vista, entraba en el bohío, y con él los guerreros; y al salir, cada guerrero llevaba escondida bajo la manta una parte del tesoro. Así, a los tres meses —cuando se cumplía la fecha en que los españoles debían entrar en el bohío— habían llegado al lugar enormes cantidades de oro, pero habían vuelto a salir sin que los españoles se dieran cuenta. El Zaquesazipa, desde luego, sufrió tormento para que dijera dónde estaba el tesoro, y como no habló, se le quitó la vida.

El caudillo de la marcha hacia los Andes envió en 1538 a su hermano a explorarla cordillera Central, y el hermano mandó a poco noticia de que una columna de españoles avanzaba desde el Sur. Era Sebastián de Benalcázar, que llegaba de Quito. Pero poco más de una semana después llegó otra noticia; por el Oeste se acercaba otra columna española. Se trataba de la de Nicolás Fedcrman, que había traspuesto la cordillera andina subiendo desde los Llanos de Venezuela. Los tres jefes estuvieron presentes en la fundación de Santa Fe de Bogotá, establecida en el pueblo chibcha de Bacatá. Era el 6 de agosto de 1538.

Mientras tanto, en Cartagena de Indias la situación parecía una copia de la que había conocido Santa Marta. Pedro de Heredia hacía entradas en busca de oro y los indios délas vecindades se rebelaban contra él y su gente. Cuando los españoles supieron que los indios enterraban a sus muertos con los objetos de oro que habían usado en vida, se dedicaron a abrir las tumbas para despojarlos de esas piezas. Para los indígenas era inconcebible que se removieran los huesos de sus muertos; eso ponía a las almas de sus difuntos en contra de sus familiares vivos, que permitían tamaño desacato a las sagradas tradiciones de su pueblo. Pero Heredia sacó abundante oro de las sepulturas indígenas, con lo cual comenzaron muchos de sus hombres a murmurar que no repartía el oro como debía hacerlo. Igual que en el caso de Rodrigo Bastidas en Santa Marta, hubo intentos de dar muerte a Heredia, aunque no terminaron como los de Santa Marta.

Heredia fue detenido, al fin, por orden de la Audiencia de La Española, pero logró fugarse hacia España. Después de haberse ido él se organizó una lujosa expedición que salió en busca del Mar del Sur. Pero la historia patética de esa expedición no corresponde a la historia del Caribe.

Entre la primavera y el verano de 1536 Pedro de Alvarado estuvo poblando la región de Honduras, cuya gobernación correspondía a Yucatán y, por tanto, a Francisco de Montejo, y mientras Alvarado y Montejo litigaban por esa causa, los hijos del explorador de Yucatán iban penetrando en la península yucateca, que en 1535 se había quedado sin un solo poblador español. En el 1538 se produjo en Honduras la rebelión de los indios bajo el mando de Lempira, y Montejo tuvo que dedicarse a pacificar el país. Pero por disposición real, Honduras pasó a ser parte de la gobernación de Guatemala y Montejo fue enviado a gobernar Chiapas, situación que se prolongó hasta la muerte de Alvarado, ocurrida a mediados de 1541. Los pobladores de Honduras reclamaron que volviera Montejo a gobernarlos y en abril de 1542 se fue a Gracia de Dios. Al establecerse en mayo de 1544 la Audiencia de los Confines, terminó el gobierno de Montejo en Honduras.

Mientras tanto, el hijo de Montejo —Montejo el Mozo— y su sobrino —Montejo el Sobrino— pusieron en práctica un plan para la conquista de Yucatán que descansaba en el principio de ir incorporando pequeñas porciones de territorio a lo que ya estaba firmemente bajo el dominio de pobladores españoles. Con ese plan, y enfrentándose con mucha paciencia a los obstáculos, a los levantamientos de los indios, a la falta de medios, fueron avanzando lentamente, con recursos limitados, hasta que a principios de 1542 establecieron la capital de Yucatán, bajo el nombre de Mérida, en la antigua ciudad maya de Tho. Siguieron los dos primos hermanos Montejo fundando ciudades españolas en los puntos donde había ciudades mayas bien situadas, y para 1546, al producirse la rebelión maya llamada de Valladolid —en la noche del 8 al 9 de noviembre de ese año—, ya el dominio español de Yucatán era tan fuerte, que los conquistadores pudieron hacerle frente, a pesar de que la rebelión se extendió por varios Tugares y se prolongó durante casi un año.

Mientras los Montejos luchaban por las tierras de Yucatán, la Audiencia de Panamá despachó hacia el territorio sur de Veragua —lo que hoy es Costa Rica— a Hernán Sánchez de Badajoz, que salió de Nombre de Dios a mediados de febrero de 1540 y estuvo fundando pueblos en la costa del Caribe, pero todo lo que hizo se perdió porque el gobernador Rodrigo de Contreras, aquel cuyos hijos dieron muerte al obispo Valdivieso, le tomó preso y lo mandó a España. En noviembre de ese mismo año capituló el rey con Diego de Gutiérrez la gobernación de una tierra que fuera llamada Nueva Cartago, "en los confines del ducado de Veragua".

Fue la primera vez que el actual territorio de Costa Rica fue delimitado, aunque vagamente, fuera de Veragua. Gutiérrez embarcó para La Española y de ahí a Nombre de Dios; de Nombre de Dios pasó a Nicaragua, donde entró en conflicto con el gobernador Contreras, y fue sólo a fines de 1543 cuando pudo entrar en las tierras que se le habían acordado, con los sesenta hombres escasos que pudo reunir. Bajó por el Desaguadero (río San Juan) hasta el Caribe, llegó a la boca del Reventazón y ahí fundó Santiago. Desde ese sitio empezó a llamar su gobernación Nueva Cartago o Costa Rica, con lo cual, sin que él lo sospechara, estaba dándole nombre a un país del futuro.

La flamante gobernación de Diego de Gutiérrez no duró mucho porque maltrató a dos caciques indígenas, a quienes prendió y amenazó con quemarlos y echarles los perros si no le llevaban oro; los caciques lograron fugarse y ordenaron a sus tribus que quemaran sus pueblos, destruyeran los sembrados y talaran los árboles frutales, con lo que obligaron a los españoles a irse del lugar para no morir de hambre. Los conquistadores se fueron, pero internándose en el país, y en el cerro de Chirripó fueron asaltados por los indígenas. Unos pocos escaparon a la matanza y lograron llegar a la costa, de donde pudieron al fin irse hacia Nombre de Dios.

Ocurría que mientras Diego Gutiérrez andaba gestionando en España la gobernación de Nueva Cartago y Hernán Sánchez Badajoz andaba por las costas del Caribe de ese mismo territorio, se esparcía por la Nueva Andalucía —que pasó a llamarse el Nuevo Reino de Granada y más tarde Nueva Granada y después Colombia— la leyenda de un país fabuloso, situado en algún punto entre Venezuela y Colombia; un país con ciudades de oro, cuyo rey se cubría el cuerpo con polvo de oro. Era El Dorado. Uno de los hombres de Federman llevó a Coro las noticias de esa tierra fabulosa, y Felipe von Hutten —a quien los españoles llamaron Felipe Urre—, sucesor de Federman, se preparó para conquistar El Dorado.

El viaje de Hutten en busca de El Dorado duró cuatro años y hay en él episodios notables. Uno de ellos es que habiendo sido Hutten herido en el pecho, se le quedó la flecha clavada y ninguno de sus hombres se atrevía a sacársela por miedo de que muriera desangrado, hasta que a uno de ellos se le ocurrió la idea de mandar clavar una flecha a un indio, en el mismo lugar y en la misma forma en que la tenía Hutten; después de haber aprendido, sacando la flecha del pecho del indio, una lección práctica de cirugía, el español procedió a sacar la de Hutten. Otro episodio fue la hipnosis colectiva de los conquistadores. Un día vieron en el horizonte una ciudad enorme, con un gran palacio central; y la ciudad y el palacio eran de oro. Buscaron loca y tenazmente aquel establecimiento de maravillas, pero no lo hallaron. Sin embargo, al retornar a la costa hablaron tanto de esa ciudad fantástica que dieron sustancia a la leyenda de El Dorado, una sustancia que alimentó durante siglos las esperanzas de muchos aventureros y provocó numerosas expediciones al supuesto país de los omaguas, los indios que habitaban la ciudad de oro.

Perdido Hutten en el fondo del país, pasó a regir el territorio de los Welzers el último de sus gobernadores alemanes, Enrique Rembolt. Cuando éste murió, en 1544, el gobierno de Coro fue confiado a dos alcaldes, pero como ese gobierno marchaba manga por hombro, la Audiencia de Santo Domingo —La Española— nombró gobernador a uno de sus fiscales, el licenciado Frías. Frías no pudo ir a Coro y nombró su lugarteniente general a Juan de Carjaval.

Juan de Carvajal falsificó la documentación de su cargo de tal manera, que en los despachos aparecía como gobernador, y no como lo que era. Esa falsedad, y los atropellos contra las autoridades reales que estaba cometiendo por esos años en Santa Marta el hijo del difunto don Pedro Fernández de Lugo, eran síntomas de la descomposición en que estaba cayendo España. El emperador Carlos V dejaba gobernar a sus favoritos, y muchos de esos favoritos habían perdido la moral de funcionarios que tan austeramente mantuvieron los abuelos del Emperador, es decir, los Reyes Católicos. En los siglos de la guerra contra el árabe España había pasado en forma casi natural, sin conmociones que señalaran el tránsito, de la psicología colectiva de la Edad Media a la psicología individualista de la era moderna. Insensiblemente, la guerra fue creando en todo el que combatía el sentimiento de que podía tomar para sí lo que lograse en las batallas; de que el caballo del enemigo pasaba a ser suyo, aunque él fuera un peón y no un caballero; de que el prisionero era su cautivo, y podía venderlo. Cuando esa guerra terminó, España no era un país capitalista, pero el español tenía ya mentalidad de propietario. Se podía ser un hombre de pueblo, sin derecho a título de nobleza, pero se soñaba con tener dinero. Esa psicología nueva resultó estimulada a límites casi delirantes con el descubrimiento de América. Allí podía un humilde hombre de la fila hacerse rico, o bien en tierras o bien en oro o bien en esclavos. Y la pasión de la riqueza comenzó a destruir la moral de los conquistadores y corrompió después a los funcionarios a grados inesperados. Al llevarse indios de Honduras para venderlos como esclavos el fiscal Moreno sólo imitaba lo que hacían sus compañeros de la Audiencia de Santo Domingo, que salían a cazar indios con la mayor naturalidad o vendían las sentencias sin el menor remordimiento. Hay que leer la breve y miserable historia del oidor de esa Audiencia de Santo Domingo, Lucas Vázquez de Ayllón, para saber lo que era un hombre sin entrañas.

Juan Carvajal debía ser, además de corrompido, un psicópata, porque si no es difícil explicarse lo que hizo. Pero es el caso que en el fondo de los hechos de esos hombres había siempre una pasión dominante, y era su afán de hacerse ricos. A la altura del año 1540, los buscadores de fortuna del Caribe tenían sus asociados en los consejos reales y repartían con ellos lo que obtenían en las Indias. La descomposición que se producía como consecuencia de esos repartos daba lugar a actos como el de la falsificación de los despachos de Juan Carvajal.

Es el caso que este Juan Carvajal falsificó los despachos e inmediatamente nombró un segundo, que fue Juan de Villegas, y él se salió de Coro, en dirección Sur; llegó al valle de Tocuyo y allí fundó la ciudad de Tocuyo, que un año después iba a serla capital de Venezuela. A Tocuyo fue a reunírsele con una parte de la gente de Hutten Pedro de Limpias, el que había llevado a Coro la leyenda de El Dorado.

Al cabo de cuatro años de errar por el fondo de Venezuela, Hutten se encaminó al Norte con el plan de reclutar hombres en Coro para volver a conquistar el país de los omaguas. Cuando llegó a Barquisimeto supo que Pedro de Limpias estaba en el Tocuyo con Carvajal y que Carvajal había falsificado sus despachos de teniente general. Hutten —que ignoraba que a él lo había sustituido Enrique Rembolt— reclamó que Carvajal se le sometiera, y comenzó una lucha sorda, de intrigas y amenazas, en la que al fin resultó vencedor Carvajal. Cuando Hutten salió del lugar hacia Coro con el propósito de embarcarse hacia Santo Domingo para presentar el caso ante la Audiencia, Carvajal le siguió, le hizo preso, junto con dos españoles y un joven alemán que le acompañaban, e inmediatamente lo mandó decapitar. El verdugo fue un esclavo negro de Carvajal. El machete del esclavo estaba embotado, de manera que la decapitación fue difícil. De vuelta al Tocuyo, Carvajal se dedicó a ahorcar a todos los que habían demostrado simpatías por Hutten.

Al talar los montes donde había asentado el Tocuyo, Carvajal dejó una gran ceiba que adornaba el centro de la nueva ciudad. En esa ceiba había siempre algún ahorcado por orden de Carvajal. A veces colgaban a dos y tres a un tiempo. En ese mismo árbol colgó a Carvajal el nuevo gobernador, Juan Pérez de Tolosa. Antes de su ahorcamiento, Carvajal fue arrastrado por las calles de Tocuyo. Esto sucedía en el año de 1546.

A la altura de 1546 no había fundaciones en la costa de Venezuela, hacia el Este. Cumaná, que había sido fundada y poblada y mudada varias veces, no existía; Cubagua había ya desaparecido. Sólo en Margarita había población, la del Espíritu Santo, que se llamaría después Asunción. Pero ya Venezuela tenía una capital, asiento de sus gobernadores, y desde ella saldrían los conquistadores a establecer nuevas ciudades, primero hacia el Oeste y al centro, después hacia la costa del Caribe, hasta que en el 1567 se fundaría Caracas, que iba a serla capital del país y con los siglos se convertiría en una de las ciudades más populosas e importantes del Nuevo Mundo.

Hacia 1550, en la tierra firme del Caribe sólo Costa Rica no tenía población española. A esa fecha estaban pobladas y organizadas como parte del Imperio Yucatán, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Nueva Granada (Colombia), Venezuela; y en las islas, Cuba, Jamaica, Santo Domingo —La Española— y Puerto Rico. Cada uno de esos territorios tenía su capital, su gobernador y sus funcionarios. El gobierno de los Welzers había terminado en Venezuela, aunque el contrato de la Corona con esa firma sólo fue derogado en 1556. En lo judicial había dos Audiencias Reales; una, la de la Española, para las islas, Venezuela y Colombia; otra, la de los Confínes, cuyo territorio iba desde Panamá hasta Yucatán. En algunas ocasiones la Audiencia de Santo Domingo tuvo autoridad ejecutiva, y podía nombrar gobernadores y otros funcionarios.

Hacia el 1560, por instancias del gobierno de Guatemala, se organizó una pequeña fuerza para ir a poblar Costa Rica. Para reunir el dinero indispensable se asociaron Juan de Cavallón y el sacerdote Juan de Estrada Rávago. Este salió en octubre de ese año por el Desaguadero con unos setenta españoles y numero sos indios y negros, y el primero se fue por tierra hacia la banda del Pacífico, con unos noventa españoles, vacas, caballos, cerdos y perros. Con esos animales se introdujo en Costa Rica la fauna occidental.

La expedición del padre Rávago fue infortunada. El hambre forzó a sus gentes a robar los víveres de los indios, y esos indios tenían mal recuerdo de lo que habían sufrido a manos de Hernando Badajoz y de Gutiérrez, de manera que no le dieron paz al sacerdote Estrada Rávago. Los expedicionarios tuvieron que comerse los perros, que nunca faltaban en los grupos conquistadores. Al fin, la columna se vio obligada a regresar a Nicaragua.

Mientras tanto, Cavalíón entraba por Occidente y dividía a sus hombres en grupos que recorrieron esa región del país y fundaron algunas poblaciones. El padre Estrada Rávago se unió a Cavallón. Duramente combatidos por los indios, los españoles se mantenían con dificultad. Cavallón se retiró en enero de 1562, y el padre Estrada Rávago se quedó en Garcimuñoz, uno de los tres establecimientos que habían fundado los hombres de Cavallón. El sacerdote expedicionario se había ganado la confianza de los indígenas porque los defendía contra las agresiones de los conquistadores.

El 6 de septiembre de 1562 entraba en el país Juan Vázquez de Coronado, que había sido nombrado Alcalde Mayor. Se trataba de un capitán hábil y discreto, de los más bondadosos que conoció el Caribe. Hizo trasladar Garcimuñoz al Guarco, donde en 1563 se estableció Cartago, que sería la capital de Costa Rica hasta el año 1823; exploró gran parte del país; hizo catear los ríos que arrastraban oro y lo repartió entre sus tenientes, aunque reservó el más rico de ellos para el rey. Perdió, en la empresa de conquistar el territorio', más de 20.000 pesos, lo que era una enorme fortuna. Cuando se dirigía a Nicaragua en viajes de exploraciones, sus capitanes cometían tropelías con los indios, y al volver, él las remediaba. En 1564 se fue a España a pedir ayuda para su obra; Felipe II le dio el título de Adelantado Mayor de la Provincia de Costa Rica, pero el barco en que volvía al Caribe naufragó y don Juan Vázquez de Coronado no llegó nunca a la tierra que había conquistado con las armas de la inteligencia y la bondad.

Mientras Vázquez de Coronado andaba por España, sus capitanes se dedicaron a lo que habían visto hacer siempre en el Caribe: a maltratar a los indios, a hacerles trabajar como esclavos, a quitarles sus mujeres y su maíz; y la reacción de los indios fue, como siempre, violenta. Cartago fue sitiada durante varios meses. En marzo de 1568 llegó a Cartago el nuevo gobernador, Perafán de la Rivera, y su presencia salvó a los sitiados de la muerte por hambre. Pero Rivera fue obligado por los pobladores españoles a repartir los indios en encomiendas, sistema que ya estaba prohibido. A fin de forzarle a hacerlo, los pobladores amenazaron con irse de Costa Rica, y el gobernador los encontró una mañana montados a caballo, listos a cumplir su amenaza.

Para evitar el mal de las conspiraciones, Perafán de Rivera tuvo que ajusticiar a un español. Por último, en la exploración de Talamanca y Boruca pasó dos años largos en los que además de luchar contra indios bravíos y contra una naturaleza impenetrable, tuvo que padecer hambre y enfermedades. Su mujer y su hijo murieron en Costa Rica, de manera que cuando renunció el cargo en el año de 1573 para retirarse a Guatemala, iba pobre y en soledad.

En sus años de ancianidad, Perafán de Rivera, sombra doliente y triste en las ásperas páginas de la Conquista, fue hostigado por jueces y pesquisidores de Guatemala que le acusaban de haber repartido indios en encomiendas y de haber ajusticiado a un español. Tal parecía que lo habían confundido con Pedrarias Dávila o con tantos otros como éste.

Para 1580 Costa Rica estaba ya totalmente incorporada a España y sus límites establecidos con claridad. El Caribe era español. Había frecuentes rebeliones de indios, de negros y de españoles —como la sonada de Lope de Aguirre—, de las cuales nos ocuparemos en este libro en su oportunidad, y había ataques constantes de corsarios y de piratas, que serán tratados en un capítulo destinado a ello. Pero, en general, el Caribe era español y ningún otro poder europeo tenía tierras en él. Se dice que desde 1542 los holandeses estaban asentados en las salinas de Araya, situadas frente a Margarita y a poca distancia de Cumaná, lo que parece un poco difícil dado que el lugar era muy transitado por embarcaciones de todo tipo. Es probable que los holandeses se detuvieran a menudo en el lugar para cargar sal, que en Araya no tenía que ser fabricada mediante el lento método de evaporación solar de la época porque se producía naturalmente, y es posible que construyeran alguna ranchería allí mucho más tarde, después que conquistaron un vasto territorio en la Guayana.

Hacia el 1582 fundó José de Oruña la ciudad de San José en la isla de Trinidad, a unos diez kilómetros de donde está hoy la capital de la isla, es decir, Puerto España. Pero de esa fundación se sabe muy poco, quizá porque a Oruña, como a Esquivel el de Jamaica y a Diego de Velázquez el de Cuba, le tenía sin cuidado la Historia; quizá porque los papeles de la fundación —si es que los hubo— desaparecieron cuando San José fue tomada por los ingleses de sir Walter Raleigh en 1595. En esa ocasión los ingleses pegaron fuego a San José, que quedó completamente destruida.
Medio siglo antes de la fundación de San José se habían hecho algunos intentos para incorporar Trinidad al rosario de territorios del Caribe poblados por españoles, uno en 1530 y otro en 1532. En esa época se nombró gobernador de Trinidad a Antonio Sedeño, que no pudo o no quiso establecerse en la isla. Este Antonio Sedeño había sido hombre difícil en Puerto Rico y más tarde fue en Venezuela un insigne cazador de esclavos indios.

En cuanto a las restantes islas de Barlovento, parece que en 1520 se nombró gobernador para Guadalupe y otras islas a un tal Antonio Serrano, que salió hacia esa isla y no asentó en ella.

Cuando José de Oruña fundaba San José en la isla de Trinidad, se cumplían noventa años del Descubrimiento realizado por don Cristóbal Colón. En esos noventa años los españoles se habían diseminado por el Caribe, poblando, guerreando, matando y esclavizando indios y negros, casándose y amancebándose y engendrando hijos con indias y negras. Tenían al rey por su señor legítimo y natural y no eran capaces de rebelarse contra él, pero no cumplían sus leyes y mataban tranquilamente a sus delegados y vasallos. Buscaban oro y, sin embargo, estaban fundando nuevos pueblos. Creían en el sacerdote a la hora de confesarse y morir, pero a la hora de vivir y de matar creían más en su espada o en su lanza. Eran hombres torrenciales, que habían hecho de España un Imperio.

Ahora bien, ese Imperio era su obra, pero su organización era la obra de los funcionarios; los de la corte en España y los de las Audiencias, Tesorerías y Ayuntamientos en el Caribe. Por medio de las hazañas y los fracasos de los conquistadores. España llevaba al Caribe las estructuras de la sociedad occidental; las tierras se repartían en donación y aparecía en esa región del Nuevo Mundo la propiedad privada, hecho mucho más importante que todas las hazañas de los soldados de la Conquista.

Pues lo que pedía cada conquistador del Caribe era tierras, y con ellas esclavos indios o negros para trabajarlas, y esto era una manera de reproducir en el Caribe lo que ellos habían visto en España, esto es, la institución del latifundio en manos de la nobleza guerrera. Este tipo de organización socioeconómica, que se establecía en el Caribe a finales del siglo XVI, correspondía a una etapa de la Historia superada en muchos países de Europa, en los cuales los sectores predominantes eran las burguesías manufactureras y comerciales. Así, el Caribe, en tanto extensión de Occidente, nacía con un retraso enorme, y eso lo convertía en un punto débil de la lucha que estaban librando contra España, desde mediados de ese siglo, las burguesías de Flandes e Inglaterra.

Más que por su potencia militar, que no era mucha, el Caribe, pues, se convertía, a causa de su retrasada organización económica y social, en la frontera más débil y más lejana del Imperio español.

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Capítulo VI

SUBLEVACIONES DE INDIOS, AFRICANOS Y ESPAÑOLES EN EL SIGLO XVI

En las acciones de guerra que se produjeron en el Caribe entre indios y conquistadores españoles hay que hacer distinciones. En cada territorio los españoles comenzaron la lucha para lograr el dominio de las tierras y de los indígenas que las poblaban; los indios, en cambio, combatían en defensa de lo que les estaban quitando. Esa primera etapa no correspondió a una determinada época; duraba más o duraba menos, de acuerdo con las circunstancias de cada territorio; éste era pequeño y poco poblado y su conquista se hacía con relativa rapidez; aquél era más vasto y sus pobladores eran más aguerridos, y su conquista llevó tiempo.

Pero es el caso que a esa primera etapa de guerras, y regularmente después de una etapa corta de paz, le sucedió otra de luchas; éstas se debían a que los indígenas se levantaban en armas contra el poder español. Estas fueron las que podemos llamar con propiedad las rebeliones indígenas, es decir, las guerras de los dueños naturales del Caribe contra los que llegaron de lejos a despojarlos y a someterlos. En el lenguaje de hoy se llamarían guerras de liberación.

Desde luego, en la segunda etapa de esas luchas abundan episodios que corresponderían a la primera. Esto se debe a que en medio de las guerras de lo que fue la conquista propiamente dicha se produjeron rebeliones en territorios que ya habían sido conquistados, por lo menos en apariencia.

En algunas ocasiones las rebeliones de indios eran netamente indígenas, pero en otras participaron negros esclavos; o sucedía lo contrario, que los negros se rebelaban y se les unían unos cuantos indios. Los alzamientos de unos provocaban o estimulaban a menudo los de los otros.

Aún a distancia de siglos puede notarse que en ciertos casos hubo correspondencia, a veces estrecha, entre negros e indios sublevados. Hubo también sublevaciones estimuladas por uno de los imperios con el propósito de perjudicar al imperio que dominaba el territorio donde se producía la sublevación.

Los esclavos africanos comenzaron a llegar al Caribe en época muy temprana. Durante siglos se creyó que fue hacia 1510 cuando llegaron a la Española los primeros esclavos negros, pero ya no hay duda de que en el viaje de don Nicolás de Ovando —año de 1502— iban negros. Estos, como los que los siguieron en los años inmediatos, no eran en verdad africanos, sino esclavos negros de los que había en España.

Parece que hacia 1503 ya se daban casos de negros que se fugaban a los montes, probablemente junto con indios, puesto que en ese año Ovando recomendó que se suspendiera la llevada de negros a la Española debido a que huían a los bosques y propagaban la agitación. Sin embargo, en 1515 el propio Ovando envió a la Corte un memorial en que pedía que se autorizara de nuevo la venta de esclavos negros en la isla, a lo que accedió la reina doña Isabel, aunque con la aclaración de que no debía pasar a La Española "ningún esclavo negro levantisco ni criado con morisco". Según explicó más tarde el licenciado Alonso Zuazo, juez de residencia de la isla, en carta escrita en enero de 1518, "yo hallé al venir algunos negros ladinos, otros huidos a monte; azoté a unos, corté las orejas a otros; y ya no ha venido más queja".

El indio y el negro se entendían bien no sólo porque ambos estaban bajo un mismo yugo, padeciendo los males de la esclavitud, sino porque ambos tenían una conciencia social de tribu y un nivel cultural muy parecido. Negros e indios eran cazadores, agricultores en terrenos comunes, pescadores; sus religiones eran animistas; sus experiencias acerca del hombre blanco eran parecidas, y debía ser también muy parecida su actitud ante él, o bien de sumisión o bien de odio. El cruce de negros e indios comenzó pronto en el Caribe, y a los hijos de las dos razas se les llamaba zambos y se les trataba como a esclavos. El indio y el negro se influían recíprocamente; se transculturaban, como dicen los antropólogos y los sociólogos, y los dos tenían razones para rebelarse contra los amos.

La esclavitud del negro fue autorizada por el Estado español, al principio con ciertas limitaciones y después sin ninguna; pero la del indio no llegó a serlo nunca de manera tajante. Unas veces se autorizaba la esclavización de los indios cogidos en guerra con armas en la mano, otras veces la de los caribes únicamente, y por las llamadas Nuevas Leyes de 1542 se prohibió en absoluto la esclavitud de los indígenas. Pero en los hechos, los indios fueron esclavizados en igual forma que los negros y la esclavitud indígena se organizó con métodos iguales a los de la trata africana.

En el Caribe se estableció desde muy temprano lo que podríamos llamar la institución del "naboría" o "tapia", que era el sirviente a tiempo fijo, a quien debía pagársele un salario, pero en realidad el naboria acabó siendo un esclavo de confianza para servir en la casa. También se estableció desde muy temprano la "encomienda", que no era legalmente la esclavitud, pero que fue convertida en eso.

Lo cierto es que la esclavitud del indio, aunque no estuviera autorizada, se organizó con métodos iguales a la del negro, que sí tenía autorización legal. Los españoles —digamos, hasta el año de 1526, los castellanos, puesto que sólo éstos podían establecerse en las Indias antes de ese año— organizaban expediciones a las islas y a la tierra firme, y aun fuera del Caribe, para cazar indios en la misma forma en que se cazaban los negros en África; en ocasiones se los compraban a los caciques, pero antes habían logrado aterrorizar a esos caciques con alguna demostración de fuerza. Los indios cazados —o los que sobrevivían a las penalidades que se les imponían— eran marcados al hierro, a menudo en la frente, y llevados a La Española, a Cuba o a Puerto Rico, que durante algunos años fueron los mercados más importantes para la venta de esclavos. El padre Las Casas tiene descripciones muy vivas de esas ventas.

No debe sorprendernos la esclavitud de los indígenas del Caribe porque, como hemos dicho antes, los españoles estaban acostumbrados a esclavizar a los árabes —y éstos a aquéllos—en la larga guerra de la Reconquista de España; además, en la Península había esclavos africanos, y, por último, la esclavitud era habitual en el mundo mediterráneo. El 24 de febrero de 1495 Colón despachó desde La Española cuatro naves cargadas con 500 indios, que debían ser entregados en Sevilla para que se vendieran como esclavos. Los Reyes llegaron a autorizar la venta de esos indios —-en real cédula del 12 de abril de ese año—, pero doña Isabel no se sintió tranquila y después de haber dado la autorización para la venta ordenó que no se vendieran mientras no se oyera el parecer de teólogos y jurisconsultos. La reina murió creyendo que los indios eran sus vasallos, no sus propiedades.

La mayor parte de esos indios murieron en Sevilla a causa del nuevo tipo de vida a que se vieron sometidos: alimentación que sus organismos no conocían, clima de variaciones extremas al que no estaban habituados, viviendas de cal y canto en que solía faltar aire y sobrar humedad, y enfermedades para las cuales no tenían defensas naturales. Sin embargo, Colón siguió mandando indios de La Española a la Península, y cuando él no estaba en La Española los mandaba su hermano don Bartolomé.

Muerta doña Isabel, y visto que las disposiciones reales contaban poco en el Caribe —aquellas tierras lejanas donde cada quien hacía de su capa un sayo— y vistas también las reiteradas peticiones de las autoridades enviadas al Caribe para que se autorizara la esclavitud de los indios o la trata de negros, el rey don Fernando volvió a solicitar un dictamen de juristas y teólogos sobre la materia, y éstos estuvieron de acuerdo en que era lícito esclavizar a los indios que hicieran la guerra al conquistador, que se resistieran a aceptar la autoridad del rey o se negaran a adoptar la fe católica. A partir de entonces —principios del siglo XVI— se puso en práctica el "requerimiento"'.

El requerimiento consistía en la lectura de un largo documento en que se hacía breve historia del origen del mundo, hecho por la mano de Dios; de la entrega del mundo a San Pedro; de la calidad de herederos de San Pedro, y, por tanto, de administradores del mundo, que tenían los Papas; de la cesión del Nuevo Mundo hecha por el papado a los reyes de España, y, por tanto, de la legítima autoridad que tenían esos reyes sobre las tierras y los pobladores de ese Nuevo Mundo, y en consecuencia de la obligación en que estaban los naturales de esas comarcas de reconocer a los reyes españoles como sus señores legítimos y de someterse a los preceptos de la Iglesia católica. El requerimiento terminaba con estos terribles párrafos: "(Si no se sometían a todo lo requerido.) Yo entraré poderosamente contra vosotros, e vos haré guerra por todas las partes e maneras que yo pudiere, e vos subgetaré al yugo e obediencia de la Iglesia e de sus Altezas, e tomaré vuestras personas e vuestras mugeres e hijos, e los haré esclavos e como tales venderé e disporné dellos como su Alteza mandare, e vos tomaré vuestros bienes, e vos faré todos los males e daños que pudiere, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su Señor e le resisten e contradicen. E protesto que las muertes e daños que dello se recrecieran sean a vuestra culpa, e no de su Alteza ni mía, ni destos cavalleros que conmigo vienen."

Terminada la lectura del requerimiento, un escribano real certificaba que se había cumplido lo que mandaba el rey, y la conciencia de los conquistadores quedaba tranquila. Si sólo tres indios oían la lectura, ellos serían responsables de cuantas muertes y tropelías ocurrieran, puesto que representaban a la totalidad de los indígenas de la región y debían comunicarles a todos los demás lo que habían oído; y si no habían entendido una palabra, suya era la culpa, puesto que no se habían tomado el trabajo de aprenderla lengua castellana antes de que los conquistadores llegaran. Leído el requerimiento, lo que sucediera iría a cargo de la conciencia de los indios, aunque ésa no fuera la opinión de Oviedo y de frailes como Montesinos y sacerdotes como Las Casas, que lucharon tesoneramente contra tamaña hipocresía. El requerimiento fue la pieza clave para dar paz al rey y satisfacción a los esclavistas. Con él quedó legalizada la esclavitud, pero al mismo tiempo quedaron legitimadas ante la Historia las rebeliones de los indios.

De la cacería de indios en esos primeros años del siglo XVI hay episodios notables. Por ejemplo, en el año de 1516 salieron de Santiago de Cuba hacia las islas Guanajas, situadas en el golfo de Honduras, unos ochenta españoles. Iban en dos naves y en la primera isla que hallaron cargaron una de ellas de indios y la despacharon hacia La Habana, mientras unos veinticinco de los cazadores se quedaban con la otra embarcación con el propósito de recoger más indígenas. Al llegar a aguas cubanas, los españoles de la nave que había salido primero bajaron a tierra para divertirse y dejaron a los indios encerrados bajo escotilla con muy poca guarda. Los indios se dieron cuenta de que se hallaban casi solos, lograron salir a cubierta, mataron a los contados guardas, y en el propio barco, que era una carabela, volvieron a sus islas Guanajas. Esto que contamos era ya una doble proeza, puesto que no sólo se rebelaron, sino que fueron capaces de conducir una nave española, cuyo manejo desconocían, a más de doscientas leguas de distancia, y además la gobernaron con tanto tino, que no perdieron el rumbo. Pero sucedió algo más. Al llegar al golfo de Honduras esos indios hallaron a los españoles que se habían quedado allí en busca de más esclavos, y los atacaron con tal ferocidad, que los obligaron a recogerse a bordo del otro barco —un bergantín— y hacerse a la mar. Antes de salir, uno de los españoles grabó en el tronco de un árbol este mensaje: "Vamos al Darién." Los indios de la carabela quemaron su nave tan pronto como los españoles se alejaron de las Guanajas.

Cuando Diego Velázquez, el gobernador de Cuba, supo esa increíble historia, mandó que salieran dos naves a perseguir a los audaces indígenas. Las dos naves castellanas no tardaron en llegar a las Guanajas, donde sus tripulantes lograron reunir en poco tiempo unos quinientos indios, hombres y mujeres, y como en el caso anterior, los echaron en los fondos de los barcos.

Nunca se imaginaron que el episodio de la rebelión iba a repetirse. Pero se repitió. Una vez encerrados los indios bajo cubierta, los españoles se dedicaron a divertirse en tierra; y de pronto los indígenas que se hallaban presos en una de las dos naves lograron salir a cubierta, se hicieron de las lanzas, las rodelas y las demás armas de los españoles que vieron a su alcance, mataron a uno de los guardas y echaron al mar a los otros. Los españoles que estaban en tierra corrieron a la otra nave y embistieron a la de los indios, con lo que se trabó un combate naval que duró dos horas. En este combate, según contaron los propios españoles, los indios pelearon encarnizadamente, fueran hombres o fueran mujeres.

Tres años después de eso se produjo en La Española la sublevación de Enriquilío, un joven cacique encomendado que iba a mantenerse catorce años en las montañas del Bahoruco, sobre la costa del sur, sin que los españoles pudieran poner un pie en ese territorio. Aunque ya estaba casado —su mujer se llamaba doña Mencía, Enriquilío debía sobrepasar escasamente los veintiún años cuando se levantó en armas. Era un indio letrado —"ladino" se decía entonces—, y antes de irse a las montañas estuvo solicitando de las autoridades españolas que se le hiciera justicia y se castigara al joven encomendero que había ultrajado a su mujer. En algunos casos las autoridades se burlaron de sus pretensiones, y una de ellas fue aquel Pedro Vadillo que anduvo por Santa Marta haciendo diabluras.

El 26 de diciembre de 1522 se produjo en la propia isla La Española la primera sublevación de negros del Nuevo Mundo. No pudo haber duda de que ese levantamiento de los esclavos africanos de La Española fue estimulado por el de Enriquiílo, que llevaba tres años en el Bahoruco. Al alzarse, Enriquilío no hizo ninguna muerte; los primeros muertos de su levantamiento se produjeron cuando el dueño de los hatos a quien estaba encomendado —un joven de nombre Andrés Valenzuela— salió a perseguirlo. Así se comportaron los negros rebeldes de 1522. Un grupo de unos veinte huyó de un ingenio de azúcar que tenía don Diego Colón —almirante gobernador— en las cercanías de la ciudad de Santo Domingo. Ese primer grupo se dirigió hacia el Oeste y se reunió con otro, también de unos veinte, y fue entonces cuando causaron sus primeras víctimas, unos cuantos españoles que trabajaban en los campos. Encaminándose siempre hacia el Poniente, sobre la costa del sur —como si su intención hubiera sido la de reunirse con Enriquillo—, atacaron un hato de vacas del escribano mayor de minas de la isla, mataron un castellano albañil, saquearon la casa vivienda, se llevaron un negro y doce indios esclavos y esa noche hicieron campamento en el camino de Azua, pues según declararon luego su plan era caer al día siguiente sobre un ingenio del licenciado Zuazo —aquel que había escrito lo de "azoté a unos, corté las orejas a otros; y ya no ha venido más queja"— matar los españoles que había allí, levantar los 120 esclavos del ingenio y caer sobre la villa de Azua, donde se proponían pasar a cuchillo a todos los españoles.
Al amanecer, los esclavos sublevados fueron sorprendidos en su campamento por los españoles que les perseguían a caballo, y aunque se batieron como desesperados, tuvieron seis muertos y varios heridos y los demás se desbandaron. La mayor parte de los que huyeron cayeron en manos de los españoles y terminaron ahorcados.

Casi inmediatamente después de este episodio se organizó una columna para someter a Enriquillo y se puso bajo el mando de un oidor de la Audiencia que se había distinguido en la persecución de los negros; dos años después se despacharon dos columnas, una de ellas al mando de Pedro Vadillo, y se despachó otra en el 1526. Pero Enriquillo, que había organizado sus defensas magistralmente, siguió en el Bahoruco, cada vez con más autoridad sobre los indios y los negros de la isla, que abandonaban a sus amos y se le unían. Cuando ya Enriquillo llevaba más de diez años señoreando una vasta región montañosa, se sublevaron los caguayos de la costa norte. A la muerte del jefe de esa nueva sublevación quedó al frente de ella un guerrero audaz y cruel de nombre Tamayo, que no tardó en aliarse con el cacique de Bahoruco.

La insurrección de los indios de La Española iba extendiéndose, pues, y si a ella se suman los numerosos asaltos a Puerto Rico que daban los caribes de las islas Vírgenes y de Barlovento, la rebelión de Urraca en Castilla del Oro, la desesperada resistencia de los indios de la Costa de las Perlas (hoy Venezuela) —todo lo cual sucedía mientras Enriquillo estaba sublevado—, se comprenderá que los reyes de España debían sentirse preocupados. Así, el 17 de noviembre de 1526 Carlos V dio una providencia real en la que se condenaban ampliamente, con todos los detalles del caso, las actividades de los cazadores de indios, y se ordenaba que los indígenas que hubieran sido apresados y no se hubieran cristianizado fueran devueltos a sus tierras de origen, Pero la providencia real no se cumplió, entre otras causas, según alegaron los partidarios del esclavismo indígena, porque los caribes de las islas Vírgenes y de Barlovento seguían atacando Puerto Rico.

En realidad, desde el asalto de 1520, en que los caribes habían entrado en las bocas del río Humacao, dieron muerte a varios españoles y se llevaron unos cincuenta indios, no volvió a haber otro ataque importante a Puerto Rico hasta el de 1528, cuando los caribes llegaron hasta el puerto de San José, que desde 1521 era la capital de la isla y, por tanto, debía ser el sitio mejor guarnecido de Puerto Rico. En esa ocasión los caribes entraron en el puerto con ocho piraguas y penetraron hasta la boca del río Bayamón, se apoderaron de una barca y mataron a tres negros. En 1530 llegaron a Daguago, la región más próspera de la isla; iban en once canoas, mataron a todos los españoles, negros, perros bravos y caballos que encontraron, y se llevaron veinticinco indios. Una noche asaltaron la costa del este, donde estaba Aguada, destruyeron un caserío y dieron muerte a cinco religiosos. Todavía muchos años después de haber muerto Enriquillo en La Española seguían los caribes atacando Puerto Rico. En 1565 saquearon el pueblo de Guadianilla —hoy Guayani-lla—, mataron a varios españoles e hirieron a otros, entre ellos al gobernador de la isla, y en el año 1582 destruyeron el pueblo de Loíza.

Mientras Enriquillo estaba alzado en el Bahoruco y los caribes atacaban Puerto Rico, se levantaba en Castilla del Oro (Panamá) el cacique Urraca. Ya en 1515 el obispo Juan de Que vedo, escribiendo al rey, decía que los caciques e indios "de la parte de Tubanamá i Panamá como se han visto maltratar, matar i destruir; de corderos que eran, se han hecho tan bravos que mataron todos los cristianos que estaban en Santa Cruz, y cuantos hallaron derramados por la tierra'1. En 1520 Gaspar Espinosa, alcalde mayor de Castilla del Oro, entró en Veragua, región del cacique Urraca, que le presentó combate. Había algo de común entre el infortunado Caonabó de La Española y el bravío Urraca. También éste, como Caonabó por Ojeda, se dejó engañar por un capitán español que se hizo su amigo y al ñn lo apresó y lo mandó a Nombre de Dios. Pero Urraca fue más afortunado que Caonabó, puesto que logró fugarse y retornó a sus montañas, donde se mantuvo alzado nueve años, al frente de miles de indios que se le fueron reuniendo. Nunca pudieron los españoles someter a Urraca, que murió sin rendirse.

Tan preocupados estaban los gobernantes de España con la sublevación de Enriquillo, que en julio de 1532 la emperatriz doña Isabel de Portugal, mujer de Carlos V —que gobernaba el Imperio por ausencia del Emperador—, expidió nombramiento de capitán general de la guerra del Bahoruco a Francisco de Barrionuevo. El solo título da idea de la gravedad que se le atribuía a España a la prolongada rebeldía de Enriquillo. Barrio-nuevo logró concertar la paz con el cacique de La Española, y éste iba a morir dos años después, en septiembre de 1535, en el lugar donde se retiró a vivir con los indios que le siguieron. En el tratado de paz —cuya sola firma era un acontecimiento político trascendental—, Carlos V se obligaba a otorgar a Enriquillo y a todos los indios de la isla los mismos derechos que a los españoles.

De todos modos, ya era tarde: los indios de La Española estaban extinguiéndose y no tardarían en desaparecer como pueblo.

El tratado de paz celebrado con Enriquilllo indicaba que en España se tenía una idea clara de la situación. Los indios y los negros se sublevaban porque se les maltrataba, se les explotaba y se les humillaba. Pero una cosa era lo que se pensara en la lejana Península y otra la que se hacía en las lujuriantes tierras del Caribe. En el Caribe se creía que el indio bueno era el indio muerto. Así se explica que se provocara el levantamiento de Lempira, que se sublevó en las Hibueras (Honduras) en 1538. Lempira convocó en Piraera (Sierra de las Neblinas) a los caciques de doscientas rancherías y los convenció de que debía iniciarse inmediatamente la guerra contra los españoles. Lempira fue elegido jefe de las fuerzas y comenzó a actuar con un arrojo que todavía hoy causa admiración. En seis meses de lucha llegó a tener bajo sus órdenes más de dos mil hombres, al frente de los cuales asaltó los poblados españoles que estaban en su radio de acción. Murió asesinado cuando salía a recibir un parlamento que le había enviado el jefe español, capitán Alonso Cáceres. Uno de los parlamentarios le disparó su arcabuz y le alcanzó en la frente.

Por esos días de 1538 andaban alzados en el oriente de Cuba muchos negros, a los que se unían algunos indios, y lo mismo sucedía en la Española. Aunque Las Casas asegura que en todas las Indias —es decir, en todo el Nuevo Mundo— había hacia el 3 540 más de 100.000 esclavos negros y sólo en La Española había 30.000, debemos tomar esas cifras con reservas. Para el 1543 se estimaba que en Cuba había casi 1.000 negros y negras, y aun exagerando hasta el máximo, en La Española no podía haber más de cuatro veces esa cantidad. En 1542 había negros alzados en cuatro puntos de La Española —cabo San Nicolás, punta de Samaná, cabo de Higuey y los Ciguayos (costa del norte) —, pero no debían ser muy numerosos. El ayuntamiento de Santo Domingo, capital de la isla, escribió en 1545 que apenas se cogía oro porque se habían exportado a Honduras casi todos los negros y que últimamente se habían llevado al Perú los que quedaban. Desde luego se hablaba de negros que sabían trabajar las minas, porque precisamente en esos mismos días los negros alzados llegaron a asaltar y dar muerte a españoles a sólo tres leguas de la ciudad de Santo Domingo.

Hacia el 1546 había en el Bahoruco, donde estuvo sublevado Enriquillo, unos doscientos —y tal vez trescientos— negros alzados, y en La Vega unos cincuenta. Esos alzamientos indicaban que había en la isla un estado de descomposición, y esa descomposición produjo caudillos negros que asaltaron varias poblaciones y hatos. El más destacado de esos jefes fue Diego de Campo, que asoló las regiones de San Juan de la Maguana y de Azua en varias incursiones.

Pero la insurrección de los esclavos africanos no se limitaba a La Española; se producía también en la tierra firme y en el istmo de Panamá. Había comenzado ya la etapa de la explotación en los territorios del Caribe y el esclavo negro era el instrumento natural —e indispensable— para mantener y aumentar la producción. La trata de negros se había convertido en un negocio muy activo, y las posibilidades de insurrecciones de esclavos eran mayores cada día.

España no traficaba con negros esclavos. Los españoles del Caribe se limitaban a comprar la mercancía y el gobierno español se limitaba a dar autorizaciones —licencias y asientos— para que se vendieran en sus territorios de Ultramar tantos o cuantos esclavos. Generalmente esas autorizaciones eran concedidas a personajes europeos, y éstos las vendían a comerciantes de otros países. Pero como las ventas autorizadas no eran suficientes para cubrir la demanda de negros, se producía la venta ilegal. Esta se realizaba de dos maneras: se autorizaba una venta de 100 africanos, pero se sobornaba a los funcionarios españoles del Caribe y se vendían 200, o se presentaba un barco negrero holandés o inglés, no autorizado para comerciar en los territorios españoles, y se las arreglaba para vender esclavos. Esto último lo hizo varias veces John Hawkins, el hombre que abrió las puertas del Caribe para el comercio inglés.

Los españoles compraban los esclavos para usarlos como instrumentos de producción, pero quienes en realidad ganaban dinero con el negocio eran los vendedores de africanos. Estos últimos se enriquecían a niveles increíbles, y eso es lo que explica que los comerciantes más poderosos de los Países Bajos, de Dinamarca, Inglaterra y Francia fueran los socios capitalistas de los capitanes negros. Con frecuencia los reyes de esos países participaban en los beneficios de la trata y a menudo se asociaban al negocio figuras de la nobleza. Cuando fue armado caballero por la reina Isabel John Hawkins, insigne traficante de esclavos, mandó poner en su escudo la cabeza de un negro como testimonio de que su actividad era honorable. Además, Hawkins fue nombrado por la reina tesorero de la marina real como premio a sus actividades corsarias.

Uno de los factores de la rápida capitalización de esos países fue la trata de esclavos. En un nivel diferente, la situación a mediados del siglo XVI tenía semejanzas con la de mediados del siglo xx. En el 1950, los países vendedores de maquinarias se enriquecían vendiendo esas maquinarias a los países que tenían poco desarrollo, y capitalizaban más de prisa que éstos; hacia el 1540, los vendedores de esclavos capitalizaban más de prisa que los que compraban esos esclavos para poner a producir las tierras americanas.

Por la vía del comercio esclavista, los países que traficaban con esclavos del África sustraían las riquezas que España sacaba de América; por lo menos, sustraían una parte importante de esas riquezas. Una porción del capital acumulado mediante la venta de esclavos se empleaba en la manufactura de productos que se vendían de contrabando en el Caribe, de manera que además de ganarles dinero vendiéndoles esclavos, los tratantes de negros les ganaban también dinero a los españoles del Caribe vendiéndoles esos productos manufacturados; por último, los buques negreros volvían a Europa cargados con maderas, azúcares, cueros, sal y otras mercancías sacadas del Caribe, también de contrabando, con lo cual se obtenían beneficios adicionales.

Como España no tenía las sustancias reales de un imperio, el Estado español no se atrevía a ser tan despiadado como hubiera sido necesario para dedicarse a la trata de negros. Otros países hicieron esa trata y en pocos años tenían ya el alma y los instrumentos de los imperios. La trata de africanos estaba cambiando los fundamentos de la sociedad occidental. Medio siglo después, a pesar de todo el oro que extraía de Méjico y del Perú, se veía con claridad la declinación de España y el ascenso de los países europeos que vendían negros en América; se marcarían las diferencias que al andar del tiempo dividirían el mundo en países sobreholgados y países miserables.

Dado que el comercio de africanos dejaba beneficios enormes, había que mantenerlo a toda costa; de ahí que se usara la mayor violencia en la cacería de negros, puesto que ellos no se entregaban graciosamente a los traficantes. Esa violencia era el origen de las rebeliones negras del Caribe. El negro llegaba al Caribe con el corazón rebosante de odio al blanco, que lo había arrancado de su tierra nativa por la fuerza, que lo había puesto en cepo durante la travesía por el mar, que le había dado latigazos y palos. En la primera oportunidad, el negro que tenía más vigor de alma se fugaba a los montes; poco a poco otros iban a reunirse con él o él llegaba de noche a las barracas de las minas y de los ingenios de azúcar y los invitaba a irse, y un día comenzaba el alzamiento con un ataque a un establecimiento de blancos.

Esas primeras sublevaciones anunciaban estallidos futuros de magnitudes enormes, como al fin se produjeron con las sublevaciones negras de Haití. En cierto sentido, el comercio de esclavos negros estaba determinando el curso de la historia del Caribe, pues los esclavos del siglo XVI llegarían a ser con el tiempo los ciudadanos libres de sus países. Mientras tanto, en esos años del 1540 se sublevaban los esclavos de La Española, pero también los de otros territorios. En la gobernación de Cartagena había muchos alzados, tantos, que pudieron asaltar el pueblo de Tafeme, donde mataron más de veinte personas, quemaron los sembrados de maíz y se llevaron unos trescientos indios.

En 1548 unos negros prófugos de Panamá se declararon libres y organizaron una monarquía cuyo rey era uno de ellos, de nombre Bayano. Los "vasallos" del flamante rey negro dieron mucho que hacer a las autoridades de Panamá, puesto que atacaban los puntos estratégicos del camino que comunicaba Panamá con Nombre de Dios, esto es, la ruta del mar Pacífico al Caribe, por donde se movían ya las cargas de oro del Perú que se enviaban a España. Al mismo tiempo, hacia el Sudeste, en el golfo de San Miguel, se mantenía alzado otro negro llamado Felipillo. En la pacificación de esos focos de rebelión tomó parte don Pedro de Ursua, que iba a ser algunos años después la primera víctima de la sonada rebelión de Lope de Aguirre. Pero la verdad es que la pacificación total de los esclavos negros de Panamá tardó muchos años, pues fue en 1581 cuando los hijos y los nietos de los alzados de 1548 aceptaron reunirse en Pancora, que fue poblado por ellos.

No consta en ningún documento cuál fue la influencia de la insurrección de Bayano en la del negro Miguel, que tuvo lugar en Venezuela en el año 1552, pero el hecho de que este último se proclamara rey, como hizo el de Panamá, nos inclina a creer que Miguel supo lo que pasaba en Panamá y siguió el ejemplo. Eí negro Miguel era esclavo de las minas de San Felipe de Buría, que se hallaban cerca de Nueva Segovia, una ciudad fundada en las vecindades de lo que hoy es Barquisimeto. Miguel se fugó de las minas y se hizo cimarrón. "Cimarrón" era el vocablo usado entonces para designar a los negros que huían hacia los montes. En poco tiempo Miguel había reunido en torno suyo a varios compañeros, y cuando contó con unos veinte hombres atacó la casa de las minas, mató a algunos españoles y se llevó presos a otros; de los presos, unos cuantos murieron bajo el tormento y los demás fueron dejados en libertad para que llevaran la noticia de la rebelión a San Felipe y a Nueva Segovia. El negro Miguel ejercía lo que hoy llamamos guerra psicológica. Como es claro, las nuevas llegaron a los españoles, que se indignaron, pero también llegaron a los negros de toda la región y a los indios jiraha-ras, que vivían en las inmediaciones de San Felipe, y esas noticias estimularon a los más audaces y aguerridos entre negros e indios, de manera que al poco tiempo Miguel tenía bajo su mando 180 hombres entre unos y otros. El caudillo puso toda esa gente a trabajar en la edificación de un pueblo, que cercó de fuertes palizadas y de trincheras, y entonces se proclamó rey. Su mujer, la negra Guiomar, fue reina; su pequeño hijo," príncipe heredero; un amigo suyo pasó a ser obispo, y otros tuvieron títulos de nobleza, dignidades y funciones propias de una Corte. Una vez organizado el reino, el "monarca" dispuso el asalto a Nueva Segovia, y como no pudo tomar la villa se retiró a su pueblo-fortaleza, donde fue atacado por los españoles. El rey Miguel murió combatiendo, y de sus "súbditos", los que se salvaron fueron sometidos a tormento y muertos en suplicio o mantenidos en ergástulas mucho tiempo. Pero los indios jiraharas siguieron la lucha que había emprendido el antiguo esclavo.

Esos indios asaltaron tantas veces las minas de San Felipe, que al fin éstas tuvieron que ser abandonadas y llegó a perderse hasta el recuerdo del sitio donde estaban. Los jiraharas hicieron impenetrable el territorio de sus tribus; se mantuvieron en rebeldía más de sesenta años, de manera que todavía en el siglo XVII se sentían en Venezuela los efectos de la sublevación del rey Miguel.

Hacia el este de donde estaban las minas de San Felipe de Buria se hallaban las minas de oro de los Teques. Los Teques es hoy una ciudad que se encuentra en la zona montañosa del litoral del Caribe, a medio camino
entre Caracas y Maracay. El nombre de la región y de las minas provenía de los indios teques, cuyo señor se llamaba Guaicaipuro. Guaicaipuro es, desde hace siglos, un símbolo para los venezolanos; la encarnación del amor a la patria. Debió ser un cacique de gran autoridad sobre varias tribus; propiamente, más que un cacique, pues cuando decidió que había que luchar contra los españoles se dedicó a formar una alianza de numerosos pueblos vecinos, y de hecho se convirtió en el caudillo de una vasta confederación en que figuraban, además de los teques, los taramainas, los charagotos, los caracas, los mariches, los arbacos y algunos más. Esa especie de confederación de guerreros dominaba todo el territorio de lo que hoy se llama en Venezuela el Centro, que es la parte más poblada y más desarrollada del país. En el año de 1561 Guaicaipuro inició la rebelión con un asalto a las minas de oro de los Teques, y a partir de entonces se mantuvo en rebeldía hasta el día de su muerte, ocurrida en el 1568.

En el valle de San Francisco —que es uno de los pequeños valles que se encuentran dentro de los límites de la Caracas de hoy— había un hato de españoles que había sido fundado algunos años antes por el mestizo Francisco Fajardo, nacido en la isla de Margarita, fundador también de Collado, en la cercana costa del Caribe. Hacia el 1560 unos veintiséis españoles anduvieron merodeando por San Francisco y saquearon varias rancherías de indios. Esos atropellos provocaron el alzamiento de Guaicaipuro, que atacó las minas de los Teques y mató a todos los trabajadores que había en ellas, indios, negros y