Indice
Unas palabras del autor
Capítulo Primero: Una frontera de cinco siglos
Capítulo II: El escenario de la frontera
Capítulo III: Indios y españoles en los
primeros años de la frontera imperial
Capítulo IV: La conquista del Caribe entre 1508
y 1526
Capítulo V: La conquista entre 1526 y 1584
Capítulo VI: Sublevaciones de indios, africanos
y españoles en el siglo XVI
Capítulo VII: Las guerras de España en
el siglo XVI
Capítulo VIII: Contrabandistas, bucaneros y filibusteros
Capítulo IX: El siglo de la desmembración
Capítulo X: El tiempo del espanto
Capítulo XI: intermedio europeo
Capítulo XII: El Caribe hasta la paz de Utrecht
Capítulo XIII: Las guerras en el Caribe hasta
la paz de París (1763)

El
Caribe, frontera imperial
Juan Bosch
Aparte de su actividad política, Juan Bosch ha sido conferenciante
y profesor invitado en numerosas universidades europeas y americanas.
Pero el ex presidente de la República Dominicana aparece también,
y por derecho propio, en todas las antologías de la literatura
americana como uno de sus más grandes narradores. Su libro Cuentos
escritos en el exilio es un exponente extraordinario —duro, punzante,
agresivo y de una armonía increíble— de la perfección
de un estilo.
El historiador ha sido traducido a numerosas lenguas por sus biografías
—la de David, el rey de Israel, es una obra clásica en
lengua inglesa— o por sus ensayos, varias veces editados en diversos
países. Entre sus obras historiográficas destacan, además
del gran éxito literario de El Pentagonismo, sustituto del imperialismo
(publicado en 1968), De Cristóbal Colón a Fidel Castro
(El Caribe, frontera imperial) y dos ensayos titulados Ecumenismo y
mundo joven e Iglesia, sectas y nuevos cultos. «De Cristóbal
Colón a Fidel Castro Caribe, frontera imperial» .En esta
obra, toda la experiencia del político, del narrador, del hombre
libre, del viajero, del gran exiliado, coinciden para expresar y retratar,
en una especie de historia vivida y contemplada, la dramática,
impresionante y fascinante biografía de un mundo: América.
La América De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El
político, el sociólogo, el economista, el estadista y,
por encima de todo, el hombre que ama a su tierra se vierte, se desparrama
con infinito amor sobre los problemas, sobre la vida que le rodea y
los comenta, los estudia y nos deja constancia de todo su afán.
Pero Juan Bosch, que ha sido protagonista de la historia, que ha visto
de cerca las cosas, añade un subtítulo definitorio de
su libro: El Caribe, frontera imperial. No creemos que exista nadie,
ahora, que pueda explicar mejor que Juan Bosch esa enorme crisis, esa
enorme lucha por la libertad.
La Editorial Sarpe se siente orgullosa de publicar este documento de
tan excepcional testigo.

El Caribe, desde Colón hasta
nuestros días
Los Antecedentes
El objetivo esencial de la época
de los grandes descubrimientos geográficos, el final de la Baja
Edad Media y los comienzos de la Época Moderna, consistió
en llegar a la India. Los pueblos de la Península Ibérica,
España y Portugal, se colocaron resueltamente a la cabeza del
movimiento, sintetizando las siguientes experiencias: la tradición
mediterránea de la cartografía mallorquina y las exploraciones
de portugueses, andaluces y castellanos por el Atlántico. Portugal
se lanzó a la empresa de la India por la ruta del Este —periplo
africano, coronado en 1486 por Bartolomeu Días, descubridor del
cabo de Buena Esperanza; llegada de la flota de Vasco de Gama a la India
en 1498-—. España —Colón— lo hizo por
la ruta del Oeste, lo que en definitiva implicó el hallazgo del
continente americano y del océano Pacífico, elementos
que se interponen entre el Atlántico y la costa asiática.
¿Quiso realmente Colón llegar a la india, a Asia, por
Occidente, basándose en los conocimientos de la época,
que consideraban más corto el camino de la navegación
siempre hacia el Oeste? En ello consistiría el error científico
de Colón, espléndidamente compensado por el descubrimiento
de América. Este acontecimiento, desarrollado bajo la tutela
de los Reyes Católicos, tenía su precedente en la actividad
marinera de la costa suroccidental de la Península Ibérica,
desde Lisboa hasta Cádiz. Dicho territorio conoció, desde
fines del siglo XIV, una infatigable actividad, ligada, sin duda, a
su propia posición geográfica y a la posibilidad de que
las expediciones que de ellas partieran encontraran el soplo favorable
de los vientos alisios. Hitos de esa expansión marítima,
en la que Portugal desempeñó un papel rector —destacando
el rey Enrique el Navegante y la escuela de Sagres— fueron el
descubrimiento de las islas atlánticas (Canarias, Madeira, Azores)
y los progresos por la costa occidental de África. El tratado
de Alcaçoba de 1479 sancionó la supremacía de Portugal,
reservándole prácticamente África, si bien se reconocía
a Castilla el dominio de Canarias y una puerta en el litoral sahariano,
limitada al norte por el reino de Fez y al sur por el cabo Bojador.
En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la exportación
de lanas a los Países Bajos y la búsqueda de mercados
en las costas africanas o las Canarias proporcionaron al Reino de Castilla
una madurez marinera capaz de responder a la empresa que se avecinaba.
La carabela, por ejemplo, navío típicamente oceánico,
ligero y sólido a un tiempo, especialmente apto para travesías
largas y difíciles, era un elemento imprescindible para la aventura
descubridora. Por todo ello, si desde el siglo XI el país mejor
situado de Europa para la comunicación marítima con América
es la Gran Bretaña, en los siglos XV y siguientes, en que la
navegación estaba supeditada drásticamente al régimen
de vientos (la «ruta de los alisios»), ese país,
con gran diferencia respecto a los demás, era el Reino de Castilla.
El año 1492 es una de las fechas clave de la historia de España.
En él se culmina la Reconquista, se logra, al menos teóricamente,
la unidad religiosa con la expulsión de los judíos y la
evangelización de los moriscos; escribe Nebrija la primera gramática
española —«que siempre fue la lengua compañera
del Imperio», dirá el propio Nebrija— y se descubre
un Nuevo Mundo. Dentro del reinado de los Reyes Católicos, el
año 1492 es el hito que separa la fase de política interior
de la de política exterior.
El descubrimiento de América y la ulterior penetración
en aquel continente constituyen una de las aportaciones más sustanciales
—si no la más— de España a la historia del
mundo. Este año es el que señala el inicio de la fabulosa
aventura. Pero todo aquel conjunto de hechos, desde los viajes iniciales
al control de un espacio de millones de metros cuadrados, distante miles
de millas de toda tierra civilizada, no hubiera sido posible sin la
conjunción de una serie de factores, ya esbozados. Sin embargo,
también hay que tener en cuenta lo que significa la organización
del Estado "moderno, dotado ya de medios y poderes, por primera
vez en la historia de España, para una empresa de tal envergadura.
América fue descubierta, por azar providencial, en el justo momento
en que su conquista, colonización y evangelización comenzaban
a ser técnicamente posibles.
La propuesta hecha por Colón a los Reyes Católicos (afirmaba
que navegando por el oeste se podía hallar un camino más
corto para llegar a las tierras de las especias) logró finalmente
una acogida favorable. Las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas en abril
de 1492, estipulaban las condiciones en que iba a basarse el marino
genovés para realizar la empresa de las Indias. El 3 de agosto
del mismo año partían tres carabelas con un grupo de intrépidos
marinos, en su mayoría andaluces. El 12 de octubre, después
de un viaje muy rápido, debido a la utilización de los
vientos favorables (alisios), la expedición tocó tierra.
Pero, en vez de llegar a las Indias, como esperaba Colón, se
había puesto pie en un nuevo mundo, hasta entonces desconocido.
Las grandes expectativas abiertas con motivo de la empresa colombina
quedaron defraudadas de momento, pues no se encontró el oro ni
las otras riquezas que se suponía había en Indias. De
todas formas, la gesta tuvo consecuencias trascendentales para el futuro.
El marino genovés murió creyendo que había llegado
a las Indias, sin sospechar, por tanto, que se trataba de un mundo nuevo.
Los Reyes Católicos se preocuparon en seguida por obtener las
garantías legales sobre las tierras descubiertas en las «Indias».
Ello planteó, de nuevo, el problema de las relaciones hispano-portuguesas.
La bula Inter Caetera, del papa Alejandro VI, otorgó a los españoles
la posesión de las tierras situadas a cien leguas al oeste de
las Azores o de Cabo Verde (1493). El subsiguiente Tratado de Tordesillas
(7 de junio de 1494) ratificó la división del mundo en
dos hemisferios: el oriental, portugués, y el occidental, español.
La línea de demarcación entre ambos quedó fijada
en el meridiano que se hallaba 370 leguas al oeste de las islas Cabo
Verde. El espacio al oeste de dicha línea se reservaba para Castilla,
la cual consiguió así títulos que legitimaron su
dominio sobre las tierras recién descubiertas. Asimismo, en 1503
se creó la Casa de Contratación, con sede en Sevilla,
cuya finalidad era centralizar todo el comercio que se realizase con
el Nuevo Mundo.
Aparte del viaje del Descubrimiento, Colón realizó otros
tres, en el transcurso de los cuales amplió sus descubrimientos
en el ámbito antillano —Pequeñas Antillas, Jamaica,
Puerto Rico, costa oriental de Centroamérica— y persistió
en su idea primera de que había llegado realmente a las Indias.
Sin embargo, la evidencia de que se trataba de tierras bien distintas
de las de Asia oriental se impuso a sus contemporáneos. De un
lado, el viaje de Vasco de Gama a la India en 1498, y de otro, los llamados
«viajes menores» de los españoles por el Caribe y
las costas septentrionales de América del Sur — Ojeda,
Bastidas, Nicuesa, Vespuccio— acabaron por desvanecer toda duda.
El reconocimiento claro del error de Colón se difundió
ya a partir de 1507, en que el cosmógrafo alemán Martin
Waldseemüller se refirió, en su Cosmographiae In-troductio,
a una quarta pars del mundo, a la que dio el hombre de América
en homenaje al florentino Amerigo Vespuccio. En 1513, Vasco Núñez
de Balboa atravesaba el istmo de Panamá y descubría el
mar del Sur (más tarde llamado océano Pacífico).
Inmediatamente comenzó la búsqueda de un paso que comunicara
el Atlántico con el Pacífico por el sur de América.
Magallanes lo conseguiría en 1520, al descubrir el estrecho de
su nombre, cuando reinaba ya en España Carlos I.

Los Hechos
La Corona inicio rápidamente
la colonización del Nuevo Mundo, la expedición de Nicolás
de Ovando (1502) marcó el comienzo de la población de
las Antillas, el origen del imperio español en América
y la incorporación del pueblo hispano a la tarea colonizadora.
Los reyes delegaron los asuntos de América en el Consejo de Indias,
y los colonos españoles en las Antillas recibieron repartimientos
de indios (institución parecida a la encomienda medieval castellana),
explotaron yacimientos auríferos y ensayaron el cultivo de la
caña de azúcar. Los primeros resultados fueron descorazonadores:
la dificultad que entraña todo proceso de culturización
y los excesos de los encomenderos motivaron una alarmante despoblación
indígena. Como única esperanza surgió el descubrimiento
de nuevas tierras, pronto convertido en realidad con la empresa mexicana
de Hernán Cortés. La prosperidad no volvería a
las Antillas hasta mucho más tarde, con la difusión de
las plantaciones azucareras. Los excesos de los colonos suscitaron una
espléndida reacción humanitaria, a cargo de los dominicos,
que el hispanista norteamericano Lewis Hanke ha calificado de «lucha
española por la justicia en la conquista de América».
El domingo antes de Navidad de 1511, el dominico fray Antonio de Montesinos
predicó un sermón revolucionario en la isla Española.
Comentando el texto bíblico «Soy una voz que clama en el
desierto», Montesinos dio el primer grito en nombre de la libertad
humana en el Nuevo Mundo, cuyo campeón, a partir de 1515, fue
otro dominico —antiguo encomendero, que había renunciado
a los indios por escrúpulos morales—, fray Bartolomé
de las Casas. El rey reunió una Junta de teólogos y promulgó
las llamadas «Leyes de Burgos» (1512), que constituyeron
el primer intento legal de proteger a los indios.
Muerto Fernando el Católico, el regente de Castilla, cardenal
Cisneros, envió a las Antillas, en calidad de comisarios, a tres
frailes Jerónimos, cuyo breve mandato se caracterizó por
la moderación. Con el nuevo monarca, Carlos I, pueden considerarse
terminados los ensayos para dar paso a una entidad política y
cultural nueva: las «Indias Españolas», el primer
sistema colonial organizado de la época moderna.
Entre el descubrimiento colombino y la sumisión de los incas
por Pizarro, que marcó el fin de las grandes conquistas, transcurrió
menos de medio siglo (1492-1536). «La más extraordinaria
epopeya de la historia humana», la conquista de América,
fue realizada en menos de veinte años (1519, Cortés en
México; 1536, Pizarro en Perú). Además, fue obra
de un número increíblemente corto de españoles:
la expedición de Cortés constaba de 416 hombres, y sólo
170 siguieron a Pizarro en su avance hasta Cajamarca. La enorme capacidad
personal de aquellos conquistadores y sus acompañantes, su superioridad
moral y técnica, hicieron posible tal milagro. Económicamente,
los gastos de la expedición recaían sobre los propios
organizadores, o sea, en su casi totalidad, sobre elementos particulares.
No es exagerado afirmar que la conquista de América le salió
gratis al Estado español.
Por el contrario, los beneficios que aquellas tierras rindieron al Erario
merecen el calificativo de fabulosos. Efectivamente, el tesoro real
tenía derecho, según vieja tradición, a un 20 por
100 de los metales preciosos que produjeran las minas del reino. Y,
desde 1540 aproximadamente, con el hallazgo de los casi míticos
filones de Zacatecas y Potosí, el Nuevo Mundo comenzó
a manar oro y plata, hasta el punto de transformar la estructura económica
del mundo civilizado. Doscientos mil kilos de oro y diecisiete millones
de kilos de plata cree el profesor Hamilton que atravesaron el Atlántico
en un siglo; cifras que otro estudioso del tema, Ramón Carande,
estima conveniente duplicar, si queremos estar más cerca de la
verdad. Aquella riada enorme, al no encontrar en la Península
una banca o industria capaces de absorberla, se desparramó Europa
adelante, hasta llegar a los últimos confines del mundo. Los
plateados reales españoles eran moneda corriente en Londres,
en Amberes, en Lyon y en Génova, y se comerciaba con ellos en
los mercados de ciudades tan lejanas como El Cairo o Bagdad.
La quinta parte del torrente, al menos en teoría, debió
revertir sobre el Estado. Sin aquellos fabulosos aportes no hubiera
sido posible el sostenimiento del imperio durante siglo y medio, ni
se hubiesen podido mantener los exorbitantes gastos militares, administrativos
o diplomáticos. En el dispositivo general de la monarquía
católica, el Nuevo Mundo desempeñaría un papel
imprescindible, sirte quo non. En este sentido, lo que resultó
América, excepto en el breve período de la conquista,
fue, más que una avanzada, un respaldo, como la retaguardia de
España.
Con respecto a las consecuencias culturales de la conquista y colonización
de América, no debemos olvidar que el siglo XVI significó
la mayor mutación jamás habida del espacio humano; por
lo que se refiere a España, produjo la elaboración de
una nueva frontera —concebida como un complejo de relaciones humanas
y de unas coordenadas culturales de entendimiento— que se caracterizó
por la triple unidad humana de comunicación, economía
y relación cultural y que, aunque resultado de una larga maduración,
se convirtió en la más expresiva manifestación
de vitalidad humana y creadora de sus protagonistas. En treinta años
—los que transcurren entre el primer viaje colombino y la primera
circunnavegación— se construyó la geografía
de un Atlántico transversal, basada en el conocimiento de todas
sus estructuras: rutas, vientos, islas, costas. La longitud y anchura
del gigantesco continente fue prácticamente delineada en otros
treinta años, estableciéndose de tal modo la base para
una estructura de relaciones humanas, de profunda síntesis antropológica,
estética, religiosa y cultural. Se trata de una inmensa experiencia,
en la cual se configuraron los sistemas de ideas, se escribieron las
opiniones, iniciándose una polémica de implicaciones teológicas,
éticas y políticas, se fundaron ciudades, se organizaron
cabildos, se crearon gobernaciones, comenzaron la producción
económica y el estudio hasta los más altos niveles universitarios.

Las consecuencias
Hasta mediados del siglo XVI
puede hablarse de la «Era de los conquistadores». Es la
etapa, en tantas ocasiones mitificada de forma artificiosa, de realización
material del sometimiento de las poblaciones americanas en nombre de
una serie de intereses de todo tipo. América se convertiría
en escenario de controversia de una amplia serie de ideas, tensiones
y proyectos nacidos en una Europa que se vuelve ya hacia el océano
Atlántico, abandonando las limitaciones supuestas por la localización
de su eje económico en el Mediterráneo.
Los siglos XVI, XVII y XVIII estarán definidos sobre el territorio
americano por el común elemento de la lentitud y la estabilidad
estática. El historiador francés Fernand Braudel ha establecido
una serie de tipos que la historia de los pueblos adopta a lo largo
de los siglos; en función de dicha clasificación, la evolución
histórica de América Latina durante estos siglos se concreta
perfectamente en su idea de la «historia inmóvil».
Mientras en la mitad norte del continente el espíritu puritano
importado de Europa establecía las bases necesarias para el posterior
desarrollo social y material que se manifestaría en el momento
de la emancipación política, la América ordenada
según usos ibéricos se estancaba en todos los planos hasta
convertirse de forma creciente en fácil presa de intereses de
potencias ajenas a ella.
El también historiador francés, especialista en temas
hispánicos, Pierre Chaunu habla de este prolongado periodo de
la historia americana en líneas que alcanzan grados de expresión
insuperables. Así, establece la etapa que media entre los años
centrales del siglo XVI y los primeros del siglo XIX como de «una
historia estática... donde los acontecimientos se desarrollan
únicamente con una majestuosa lentitud, donde los hechos se desarrollan
en profundidad, en las estructuras sociales de un mundo situado en proceso
de creación». Esta idea debe ser tenida en cuenta de forma
permanente ante toda consideración de la evolución histórica
de la América de raigambre ibérica.
El inmenso espacio americano habría de servir como ámbito
de aplicación directa, y prácticamente libre de trabas,
de los principios dominantes en las estructuras colonizadoras. El nuevo
continente serviría como escenario de representación de
formas de organización que en el viejo ya no eran susceptibles
de aplicación práctica, América —se ha dicho
en multitud de ocasiones— sería la posibilidad de plasmación
de las exageraciones que en todos los aspectos había generado
la culturé peninsular. Una colonización española
y portuguesa, ejemplar en tantos aspectos, sería no obstante
elemento de fermento de usos que, en definitiva, irían dirigidos
en contra de los intereses de los pueblos ordenados según ellos.
Todo triunfalismo referente a esta cuestión, actitud de la que
se ha abusado generosamente durante cinco siglos, debe considerar esta
realidad.
La implantación de las formas de organización social y
económica vigentes en Europa supondría una labor ardua
y prolongada. Las mismas dimensiones del continente americano precisaban
ya de por sí de una acomodación de aquellos principios
nacidos bajo ópticas espacialmente más reducidas. Los
tres siglos largos de nominal dominación europea supondrían
para América el hecho de la destrucción de su anterior
pasado indígena, para ser sustituido por estructuras foráneas
que en sus lugares de origen ya demostraban la nocividad de su naturaleza.
España y Portugal instalarían en sus territorios americanos
de control las instituciones políticas, económicas y sociales
que definían por entonces a sus propios ordenamientos internos.
Esto haría posible la existencia de dualidades especialmente
marcadas que permitían la coexistencia de universidades de tipo
europeo con estructuras de explotación del indígena qué,
en teoría, contradecían los principios vigentes en las
respectivas metrópolis. La obra de Bartolomé de las Casas,
denunciando esta situación, serviría para establecer un
primer paso en la concienciación acerca de estos problemas, a
los que los poderes europeos no serían capaces de dar respuesta
adecuada.
Durante estos tres siglos, la presencia ibérica en territorio
americano haría realidad un hecho de especial trascendencia:
el fenómeno del mestizaje. La América española
y la América portuguesa ofrecerían modelos de convivencia
que, contando con todos sus elementos de carácter negativo, servirían
para establecer normas de aplicación en situaciones similares.
La denominada América Latina sería ordenada en base a
postulados de índole económico-religiosa que posibilitarían
este encuentro entre elementos de los dos sectores enfrentados.
A principios del siglo XIX, la invasión francesa de los dos países
ibéricos que controlaban los destinos de América en sus
sectores meridionales iniciaría el proceso de emancipación
de los mismos. A partir de esos momentos, España y Portugal —debilitados
de forma irreversible— se limitarían a observar la progresiva
pérdida de sus territorios coloniales, a los cuales habían
exportado sus formas de organización. América Latina accedía
a la independencia contando con el decisivo elemento negativo de su
fraccionamiento, y se entregaba materialmente a la dominación
real de las potencias que entonces emergían como dominantes en
la escena internacional.
Lo que sería denominado neocolonialismo habría de constituir
el esquema de ordenación de los territorios americanos emancipados
de las decadentes Coronas española y portuguesa de principios
del siglo pasado. Los protagonistas del proceso independentista no podían
imaginar que la salida del control ibérico, tradicional y paternalista,
iba a suponer la inclusión de sus países en la órbita
del más decidido imperialismo de signo tecnificado. Primero la
Gran Bretaña, situada en el punto álgido de su poderío
ultramarino, y a continuación los Estados Unidos, actuarían
con absoluta discrecionalidad sobre los espacios económicamente
más interesantes de la América colonizada por las naciones
peninsulares.
En una primera etapa, América Latina habría de convertirse
en un instrumento complementario de la economía europea. La masiva
emigración afectada hacia aquellas latitudes por parte de los
continentes laborales excedentes en el Viejo Continente aliviaría
el panorama social del mismo. De forma paralela, la América meridional
servía como útil centro de producción de materias
primas que los países más desarrollados precisaban para
su consumo. La intervención europea sobre América Latina
cedería más adelante su lugar a la norteamericana. Los
Estados Unidos, convertidos en primera potencia mundial, comenzaban
a actuar de forma directa sobre sus vecinos iberoamericanos.
La presencia norteamericana en este espacio manifestaría una
amplia gama de formas, yendo desde el mantenimiento del control económico
de los países integrantes del bloque de tradición ibérica
hasta la intervención armada en los casos en los que su influencia
parecía hallarse en peligro. La historia contemporánea
de América Latina no supone de esta forma más que una
continuación de su evolución durante la etapa colonial.
Las formas de dominación no son hoy más sutiles que entonces,
ya que a nadie se le oculta la verdadera realidad de la situación,
pero sí han adquirido niveles más elevados de eficacia.
Durante más de tres siglos, españoles y portugueses habrían
de proceder a realizar una política de colonialismo que, en definitiva,
no reportaría a las respectivas metrópolis unos beneficios
demasiado significantes. Las colonias supondrían, además,
en muchas ocasiones una pesada carga para las economías europeas
que poseían oficialmente su dominio. Concluida la etapa colonial,
América Latina entraría en un proceso impuesto desde el
exterior y definido por la sistemática explotación de
todos sus recursos humanos y materiales. Este hecho, mantenido hasta
hoy mismo, se alza de esta forma como rasgo determinante de validez
general para todos los países integrantes del espacio referido.
América Latina se encuentra sumida en una crisis de crecimiento
de la que por el momento se manifiesta incapaz de salir. La permanente
inestabilidad política, unida a la desarticulación de
sus sociedades, encuentra su negativo complemento en un ámbito
económico asimismo deficiente desde el punto de vista estructural.
El panorama se presenta, así, bajo rasgos nada optimistas; América
Latina precisará de un largo período de tiempo para lograr
la verdadera emancipación de sus pueblos, que vaya más
allá de lo que constituyó su proceso teóricamente
independiente, el cual solamente sirvió para sustraerla de una
dominación y entregarla a otra más eficaz e inhumana.

Fechas clave
1483
Cristóbal Colón propone a Portugal alcanzar la India por
el Atlántico, dado el encarecimiento de los productos orientales
y la inseguridad de las rutas terrestres utilizadas hasta entonces para
su transporte. El perfeccionamiento de la cartografía y del transporte
marítimo (invención de la brújula, construcción
de las primeras carabelas, así como la idea de la esfericidad
de la Tierra, son las condiciones que permiten, en teoría, realizar
la empresa con posibilidades de éxito.
1485
Al ser rechazado el Plan Por Portugal, Colón llega a España.
Establece relación con el duque de Medinaceli, con los frailes
del monasterio de La Rábida, en la provincia de Huelva, y con
los hermanos Pinzón y Pedro Alonso Niño.
1486 Tras
la Primera entrevista con los Reyes Católicos, celebrada en Alcalá
de Henares, Colón logra el apoyo de Luis de Santángel,
tesorero de la Santa Hermandad y contable de la Real Casa; pero la Junta
que estudia el proyecto lo desecha.
1492
Nueva entrevista con los monarcas en Granada; las condiciones económicas
y las prerrogativas que exige son finalmente aceptadas en las Capitulaciones
de Santa Fe; Colón obtiene los títulos vitalicios y hereditarios
de virrey, almirante y gobernador, con poderes jurisdiccionales sobre
las tierras a descubrir; se le adjudica el 10 por 100 de las riquezas
halladas. El 3 de agosto salen del puerto de Palos, en Huelva, las carabelas
«Pinta», «Niña» y «Santa María»
con unos 100 hombres: el 12 de octubre descubren la isla Guanahaní
(más tarde llamada San Salvador), Cuba y Santo Domingo; en la
última se funda el fuerte Navidad, primer establecimiento europeo
en el continente americano.
1493
Colón regresa a España. Desembarca en Barcelona y se entrevista
con los reyes en el mes de abril. El 25 de septiembre parten de Cádiz
diecisiete nuevas carabelas, las cuales transportan al Nuevo Mundo 1.500
hombres con instrucciones para la evangelización, comercio y
colonización de estas tierras. Se funda la primera ciudad, llamada
Isabel en honor de la Reina Católica, entre las ruinas del fuerte
Navidad, destruido por los indios. Realizan viajes a Cuba —que
Colón cree ser la India— y a Jamaica; vuelven a Santo Domingo,
entonces llamada La Española, donde el gobierno de Colón
produce descontento. Se plantea el problema de la esclavitud indígena.
1495
En el mes de octubre desde la metrópoli se envía a La
Española un representante real. Colón entrega el gobierno
a su hermano Bartolomé y regresa a España para defenderse
de las acusaciones que se le hacen.
1498 El 30 de mayo, Colón realiza su tercer viaje al Nuevo Mundo.
Salen de Sevilla y Sanlúcar seis carabelas, que siguen dos rutas:
una va hacia La Española y la otra hacia el suroeste. Descubrimiento
de Trinidad y de la desembocadura del Orinoco. En el mes de agosto llegan
a distintos puntos del continente, que Colón sigue creyendo ser
las Indias orientales.
1500
El portugués Pedro Alvarez Cabral descubre el Brasil, al tiempo
que Vicente Y. Pinzón llega a su costa nordeste y a las bocas
del Amazonas. Juan de la Cosa traza el primer mapa de las tierras exploradas.
Tras su regreso a La Española, Roldan encabeza una sublevación
contra Colón. Bobadilla es enviado a esta isla por los reyes
con plenos poderes, y procesa a Colón, que es enviado a España
en calidad de preso. Esto conlleva la supresión de sus privilegios,
salvo los títulos de virrey y almirante.
1502
Nicolás de Ovando es enviado a La Española como gobernador
de la isla, con amplios poderes judiciales. Pacifica la isla. Hernán
Cortés intenta embarcar en esta expedición, pero un accidente
sufrido en una aventura galante se lo impide. El 11 de mayo, Cristóbal
Colón sale con cuatro carabelas, iniciándose así
su cuarto viaje. Se le prohíbe dirigirse a La Española.
Llegada a la costa centroamericana (actuales Honduras y Panamá).
1505-1508
En las juntas de Toro y de Burgos, en las que participan, entre otros,
Amerigo Vespuccio y los hermanos Pinzón, se estudia la posibilidad
de hallar un paso a través del continente que conduzca a las
Indias orientales. Igualmente se crea el puesto de Piloto Mayor, para
el que es nombrado el afamado marino italiano Amerigo Vespuccio.
1513
Viajes menores de exploración y conquista de América.
Mediante establecimiento de compañías comerciales y el
apoyo financiero de la Corona o de algunos banqueros extranjeros, Alonso
de Ojeda, Amerigo Vespuccio, los hermanos Pinzón, Juan de la
Cosa, Alonso Niño y otros marinos recorren las costas americanas,
desde el Brasil hasta las Antillas mayores: Trinidad, Venezuela, Colombia,
Panamá, las bocas del Amazonas y el Orinoco. Hernán Cortés
participa en la expedición de Diego Velázquez a Cuba,
en la que no ocupa un cargo militar, limitándose a desempeñar
funciones burocráticas. En Cuba ejerce actividades muy diversas:
es agricultor, ganadero, buscador de oro, negociante, etc. De los relatos
de Amerigo Vespuccio se desprende que las tierras descubiertas forman
un nuevo continente, al que Martin Waldseemüller propone, en su
obra Cosmographiae Introductio, que se dé el nombre de «América».
Vasco Núñez de Balboa cruza el istmo de Panamá
y descubre el océano Pacífico.
1515
Expediciones de Juan Díaz Solís por las costas uruguayas
y el río de la Plata: se busca un paso entre los océanos
Atlántico y Pacífico. Retroceso de los conquistadores
españoles ante los indios.
1518
Diego Velázquez confía a Hernán Cortés el
mando de una expedición cuyo objetivo lejano es la conquista
del imperio azteca. El conquistador extremeño parte de la ciudad
de Santiago en el mes de noviembre, antes de la fecha prevista, con
11 barcos y 700 hombres.
1519 Primera
circunnavegación de la Tierra. Femando de Magallanes, portugués
al servicio de Castilla, alcanza por occidente las islas de las Especias.
Uno de sus cinco navíos, el «Victoria», al mando
de Juan Sebastián Elcano, regresará a Sevilla tras una
travesía de 1.124 días. Queda probada, así, la
esfericidad de la Tierra. La expedición de Hernán Cortés
se dirige a Yucatán, donde el conquistador funda la ciudad de
Veracruz; desde aquí inicia la penetración hacia el interior
de México en un viaje de exploración en el que también
se buscan riquezas. En el mes de noviembre llega a la capital azteca,
Tenochtitlán, siendo bien recibido por el emperador entonces
reinante, Moctezuma, que se reconoce vasallo del rey de Castilla.
1520-1521
Tras la sublevación de Tenochtitlán, Hernán Cortés,
nombrado capitán general, somete todo el imperio azteca y realiza
expediciones a Yucatán y Honduras, que son anexionadas a Nueva
España; Carlos V implanta una sólida organización
administrativa en estos territorios.
1531 Francisco
Pizarro comienza la tarea conquistadora del territorio del imperio inca,
que se prolongará hasta 1533. A partir de ese momento proliferará
la creación de Audiencias en los nuevos territorios, siguiendo
a la inicial, creada en Santo Domingo en 1511; le seguirán México
(1529), Panamá (1538), Santa Fe y Guadalajara (1548}, Buenos
Aires (1661), etc.
1535
Creación del virreinato de la Nueva España, que engloba
a la totalidad de la América Central —sin Panamá—,
a las Antillas y a la zona costera de la actual Venezuela. Auge en las
tareas de explotación de plata en México. Esta ordenación
del territorio americano basado principalmente en sus características
físicas habrá de constituir uno de los mayores cuidados
de la administración colonial.
1543
Creación del virreinato de la Nueva España, con capitalidad
en Lima, que ordena a la totalidad de la extensión de América
del Sur, excepto la costa venezolana. Creación de las Audiencias
de Lima y Guatemala. Promulgación de las denominadas «Leyes
Nuevas», destinadas a conseguir la extinción definitiva
de las encomiendas; el fracaso más señalado seguirá
a este discreto intento reformador.
1559 Creación
de las Audiencias de la Plata de los Charcas, y, pocos años más
tarde, de las de Quito y Chile.
1560 Finalización
del proceso de promulgación de edictos acerca de la liberación
de los indios esclavizados, que se había iniciado diez años
antes.
1563
Vasco de Puga escribe su famosa obra de gran influencia política,
titulada Provisiones, cédulas e instrucciones para el gobierno
de Nueva España.
Creación de la Audiencia, tribunal especial de apelación
con jurisdicción para todos los territorios de América,
instrumento unificador de las tareas jurídicas hasta entonces
dispersas en organismos varios.
1601
Reglamento que rige el trabajo efectuado por indígenas bajo control
peninsular. Se prohibe, por el mismo, la existencia de jornaleros situados
en régimen de esclavitud.
1640 Separación
de las Coronas de España y Portugal, que se habían unido
en 1580 en la persona de Felipe II. Creación del cargo de virrey
en Brasil, que reside en Bahía hasta el año 1763, en que
pasa a instalarse en Río de Janeiro.
1642
El denominado «Conselho da India» pasa a convertirse en
«Conselho Ultramarino», para englobar a la totalidad de
las posesiones portuguesas extraeuropeas.
1701-1707
Abolición legal de las encomiendas cuyos titulares tengan su
residencia en España, y de todas las encomiendas que cuenten
con menos de cincuenta indios.
1720 Abolición
legal de la totalidad de las encomiendas existentes, con excepción
de las de Yucatán, que se mantendrán hasta 1787.
1764
Inicio de la creación de las Intendencias en las circunscripciones
siguientes: Cuba (1764), La Plata (1782), Perú (1784), Chile
(1786) y Nueva España (1790). Todo ello dentro
del mismo proceso de ordenación territorial, en momentos en que
ya se preparan los fermentos de la emancipación nacional.
1771
Inicio de una década señalada por la abundancia e incidencia
de los levantamientos indígenas en contra de las condiciones
impuestas por los colonizadores: revueltas de negros en Colombia, de
los indígenas ecuatorianos, de los nativos de la región
del Orinoco y de otras regiones de Venezuela, sobre todo.
1775 Frustrado
ataque portugués lanzado contra Montevideo, dentro de un clima
bélico entablado entre las dos respectivas potencias coloniales.
1776
Unificación de la administración para las colonias sudamericanas
de Portugal. Creación del virreinato del Río de la Plata
en Brasil con capitalidad en Río de Janeiro.
1780 Revuelta
encabezada por Tupac Amaru en Perú, que constituyó la
más grave de esta naturaleza observada durante toda la etapa
colonial, ya que tuvo repercusiones en otros ámbitos geográficos
y en otros sectores sociales. Dos años antes, en 1778, España
y Portugal decidieron mediante un tratado de paz poner fin a sus mutuas
rivalidades, que afectaban directamente a sus posesiones coloniales.
1790
En España se produce la disolución de la Casa de Contratación,
que ya había abandonado Sevilla para instalarse en la ciudad
de Cádiz.
1800
El movimiento independentista de América Latina surge como consecuencia
de un amplio proceso previo, que arranca de dos supuestos básicos:
el ciclo de las revoluciones burguesas, iniciado en Inglaterra en el
siglo XVII, y del que constituyen jalones decisivos las revoluciones
de la América anglosajona y de Francia; y la formación
interna de una conciencia criolla emancipadora, frente al estatismo
monárquico metropolitano, de talante claramente autoritario.
1803 -1809
A raíz del levantamiento del pueblo español contra el
invasor francés, el elemento criollo latinoamericano proclama
su adhesión a Fernando VII y acata la autoridad de la Junta Suprema
Central. Sin embargo, aparecen ya hombres como el caraqueño Francisco
de Miranda, que desde Londres desarrolla actividades anticoloniales,
y Simón Bolívar, que tras sendas estancias en España
y Francia regresa a Venezuela, donde inicia actividades anticoloniales
clandestinas.
1810
Los representantes americanos en las Cortes de Bayona formulan una serie
de peticiones: igualdad entre americanos y españoles; libertad
de agricultura, industria y comercio; supresión de monopolios
y privilegios; abolición de la nota de infamia entre mestizos
y mulatos y de la trata de esclavos.
1811
Madura el ideal emancipador en las mentes de los próceres de
la independencia. Surgen tensiones independentistas en Argentina, Uruguay,
México y Ecuador. Tras la disolución de la Junta Suprema
Central se organizan juntas americanas, que a su vez organizan ejércitos
e inician, con carácter de soberanía, relaciones con Gran
Bretaña y Estados Unidos. Así, en México el cura
Manuel Hidalgo lanza el «Grito de Dolores», con el que se
inicia la insurrección de Querétaro. También estallan
sublevaciones en Venezuela, Colombia y Argentina.
1812 En
general, triunfan los movimientos revolucionarios latinoamericanos,
convocándose varios congresos, a los que sigue la promulgación
de constituciones liberales, la proclamación de la independencia
y la adopción del régimen republicano.
1813 Apoyado
Por el ejército y la aristocracia, el virrey mexicano aplasta
la rebelión en dicho país. Hidalgo es fusilado. No obstante,
el movimiento independentista se prolonga bajo la dirección del
cura Morelos. Bolívar se subleva en Venezuela y proclama la independencia
de este país. El Ayuntamiento de Caracas le confiere el título
de «Libertador».
1815 La
metrópoli empieza a restaurar el régimen colonial, salvo
en determinadas ciudades de México, Venezuela y Argentina.
1817
venezolano Manuel Palacio Fajardo justifica las teorías emancipatorias:
tiranía de las altas autoridades; injusta administración
de justicia; monopolio económico; aislamiento de las colonias;
desdén mantenido por la metrópoli hacia los criollos y
su apartamiento de los cargos de administración y gobierno.
1819 En
Venezuela, Bolívar es elegido presidente de la República
en el Congreso de Angostura. Dicho Congreso aprueba la Ley Fundamental
de la República de Colombia, que comprende la unión de
Venezuela, Nueva Granada y Quito. La «Gran Colombia», independiente
de la antigua metrópoli, seguirá unida hasta 1830, en
que las disensiones entre los sucesores de Bolívar provocan su
disgregación. En Argentina, con la ayuda de patriotas chilenos
(O'Higgins), San Martín cruza los Andes y, tras las victorias
de Chacabuco y Maipú, consigue la independencia de Chile. El
Congreso se traslada a Buenos Aires, donde redacta una Constitución
unitaria, centralista y autoritaria.
1820
A consecuencia de la revolución liberal de Riego en España,
se consolida el movimiento emancipador. Tras la entrevista en Guayaquil
de San Martín y Bolívar, este último prosigue la
campaña para la emancipación.
1821
Proclamación de la independencia de México, tras la cual
se desata el proceso emancipador en Centroamérica. México
se declara República Federal y abole la esclavitud.
1826
Congreso de Panamá: fracasa el proyecto de Bolívar de
una unión sudamericana. México interviene, junto al resto
de las naciones interesadas, en dicho Congreso. Proclamación
de independencia de la República autónoma de Uruguay.
1846
Guerra entre México y Estados Unidos a causa de la anexión
de Texas a la Unión: Taylor se apodera de Matamoros, Monterrey
y Saltillos. Tras la ocupación de Nuevo México por las
tropas de Kearney, la escuadra del Pacífico se apodera de los
puertos de California.
1848
Tratado de Guadalupe-Hidalgo: México cede a Estados Unidos Nuevo
México, Arizona, California y parte de Colorado (casi el 50 por
100 del territorio mexicano emancipado). Proclamación de la independencia
de la República Dominicana.
1898
Guerra hispano-norteamericana: la nota norteamericana bombardea San
Juan de Puerto Rico. Tratado de París: España renuncia
a su soberanía sobre Cuba, Puerto Rico y Filipinas, perdiendo
así sus últimas colonias de ultramar.
1914-1918
La evolución de los diferentes Estados de Amé rica Latina
se ve perturbada por profundos cambios sociales, económicos y
políticos: la estructura social se transforma debido al incremento
de la población, las migraciones internas, la explotación
de nuevas tierras y las consecuencias de la urbanización e industrialización.
1919-1928
La estructura económica latinoamericana del período se
caracteriza por el mercantilismo de la época colonial y sus tradicionales
monocultivos, la falta de capital para la industrialización,
la escasez de mano de obra especializada y el atraso de la agricultura,
unido a unas deficientes reformas agrarias. Con respecto a las estructuras
políticas, las causas que provocan la crisis de la democracia
son las enormes diferencias económicas entre las clases sociales,
la formación de partidos revolucionarios y democráticos,
la intervención militar en los Estados Unidos y la democracia
presidencial (siguiendo las directrices políticas de los Estados
Unidos) que favorece la instauración de dictaduras.
1929
barios congresos y conferencias panamericanos propugnan la unidad política
latinoamericana: en el VII Congreso de La Habana se crea un tribunal
de arbitraje obligatorio para todos los Estados americanos; en la Conferencia
Interamericana de Buenos Aires se firma un pacto de paz entre 21 Estados
americanos (según el modelo del Pacto Briand-Kellog).
1934 – 1940
En la Conferencia de Panamá se prohíben las acciones de
guerra en una zona neutral de 300 millas marinas en torno al continente,
salvo Canadá. En la Conferencia de ministros del Exterior en
Río de Janeiro, ya iniciada la II Guerra Mundial, se decide la
intervención en la guerra contra las potencias del Eje (excepto
Argentina y Chile). La política de intervención directa
de los Estados Unidos después de la I Guerra Mundial es abandonada
con Roosevelt y sustituida por la «política de buena vecindad»:
el nacionalismo latinoamericano reacciona contra la penetración
masiva del capital norteamericano. En México, presidencia de
Lázaro Cárdenas y poder ininterrumpido del Partido Revolucionario
Mexicano, integrado por comunistas, liberales radicales, la Confederación
de Trabajadores Mexicanos y la Confederación Nacional de Campesinos.
En Argentina, creación del GOU (Grupo de Oficiales Unidos) de
Juan Domingo Perón, de signo heterogéneamente fascista,
que propugna un refuerzo de las fuerzas policiales, la disolución
del Congreso, la creación de organizaciones represivas especiales,
la formación militar para ambos sexos a partir de los diecisiete
años y una organización económico-corporativa.
1941 -1948
América Latina depende del mercado mundial, principalmente de
Estados Unidos, lo que origina crisis sociales y político-económicas.
Las principales características del período son: explosión
demográfica, éxodo rural, miseria extrema en los suburbios
de las grandes ciudades, inflación, bajo nivel de vida, analfabetismo
y acusadas diferencias sociales.
1950-1955
Carta de la ODECA (Organización de los Estados Centroamericanos).
Junto a las instituciones tradicionales (gobiernos militares, partidos
oligárquicos, dictaduras presidenciales) aparecen dirigentes
populares, organizaciones comunistas y movimientos nacionales de extrema
izquierda. En Cuba, golpe de Estado de Fulgencio Batista. Fidel Castro,
abogado en La Habana, presenta cargos contra él.
1956 Tras
el fracasado ataque al cuartel de Moncada, que obligó a los participantes
al exilio en México, se produce el desembarco de Fidel Castro
y sus seguidores desde el «Gramma» y la penetración
de la guerrilla en Sierra Maestra. En el resto de Latinoamérica
se llevan a cabo tentativas para resolver la crisis por medio de una
integración militar y política (OEA), reformas agrarias
y una incipiente industrialización (sin embargo, con escasez
de trabajadores especializados y de capital necesario). El capital privado
se invierte en valores efectivos (propiedades), en la especulación
o en el extranjero; el capital extranjero' reclama una mayor seguridad,
pero su control y sus excesivos beneficios mantienen el subdesarrollo.
1958 El
21 de agosto, dos columnas dirigidas por Camilo Cienfuegos y Ernesto
«Che» Guevara abandonan Sierra Maestra con dirección
a las Villas. Ocupación de varias ciudades y victoria revolucionaria
en Yaguajay y Santa Clara; comienza la marcha sobre La Habana. Huida
de Batista y su Gobierno.
1959
Banco Interamericano de Desarrollo. Liberación de La Habana y
Santiago de Cuba por Fidel Castro y su grupo. Tras el triunfo de la
revolución cubana, los Estados Unidos intervienen directamente
contra la expansión de los movimientos democráticos nacionales
y sus intentos de liberarse de la dependencia económica norteamericana.
Radicalización popular.
1960-1961
Declaración de La Habana. Los Estados Unidos rompen sus relaciones
con Cuba. Desembarco y derrota de tropas mercenarias en la bahía
de Cochinos. Se crea el Mercado Común Sudamericano o LAFTA (Asociación
Latinoamericana de Libre Cambio). El presidente norteamericano John
F. Kennedy anuncia la creación de la organización denominada
Alianza para el Progreso.
1962
Segunda Declaración de La Habana. En el mes de octubre, crisis
del Caribe y boicot económico de varias naciones a Cuba. Bloqueo
de la isla por la marina de guerra yanqui.
1966
Conferencia Tricontinental de La Habana contra el imperialismo, con
asistencia de representantes de gobiernos y organizaciones de 82 países.

De Cristóbal Colón
a Fidel Castro (I)
El Caribe, frontera imperial
UNAS PALABRAS DEL AUTOR
Al gran público
no le gusta leer libros con notas, y éste ha sido escrito para
él, no para eruditos. Eso explica que ni siquiera se hayan señalado
las fuentes de algunas citas, si bien se dice quiénes fueron
sus autores. Aunque al final se ofrece una bibliografía extractada,
hay algunas obras que no tienen por qué aparecer en ella. Tal
es el caso, por ejemplo, de las más conocidas entre las que se
refieren al Descubrimiento y a la Conquista: Diarios de Viajes de Cristóbal
Colón, la Biografía de Colón, escrita por su hijo
Fernando; la Brevísima relación de la destrucción
de las Indias y la Historia general de las Indias, del Padre Las Casas;
Historia General y Natural de las Indias, de Gonzalo Fernández
de Oviedo, y la Descripción de las Indias Occidentales, de Antonio
de Herrera. Esos son libros fundamentales para todo el que aspire a
conocer en detalle cómo fueron descubiertos y conquistados los
territorios del Caribe.
A la hora de estudiar las rebeliones de los negros es indispensable
leer la Historia de la esclavitud de los indios en el Nuevo Mundo, por
José Antonio Saco (dos tomos, Colección de Libros Cubanos,
Cultural, S. A., La Habana, 1932), como son también indispensables,
para el conocimiento de las actividades de los piratas del siglo XVII,
la Histoire des Aventuriers ex Bucaniers, en tres tomos, de Alexander
Olivier Oexmelin, de la que ha hecho recientemente una edición,
copia exacta de la original, la Librairie Commerciale & Artistique
de París, y la conocida obra de C. Haring Los Bucaneros de las
Indias Occidentales en el siglo XVII, segunda edición, hecha
por la Academia Nacional de la Historia, Caracas, impresa en Brujas
en 1939.
El autor recomienda especialmente algunos libros; en primer lugar, la
excelente History of the British West Indies, por sir Alan Burns (George
Allen and Unwin Ltd. Reviewed Second Edition, London, 1965), rica en
información de fuentes inobjetables, y French Pioneers in the
West Indies, 1624-1664, de Nellis M. Crouse, edición de Columbia
University Press, New York, 1940. Como resumen de la revolución
de Haití, sobre la cual hay una bibliografía muy abundante,
conviene leer La Revolución Haitiana y Santo Domingo, de Emilio
Cordero Michel, Editora Nacional, Santo Domingo, 1968. Para un conocimiento
detallado de las actividades militares de Bolívar, la mayor suma
de datos se halla en Crónica Razonada de las Guerras de Bolívar,
tres tomos, por Vicente Lecuna (The Colonial Press, Inc., Clinton, Mass.).
La Campaña del Tránsito, 1856-1857, de Rafael Oregón
Loria (Librería e Imprenta Atenea, San José, Costa Rica,
1956), es una buena guía para conocer las fechorías que
llevó a cabo en Nicaragua William Walker, así como lo
es The Untold Story of Panamá, de Hardin Earl (Athenae Press,
Inc., New York, sin fecha, aunque el prefacio está fechado el
11 de febrero de 1959), para tener datos veraces sobre la intervención
de Theodore Roosevelt en Panamá.
Hay muchas personas que hicieron posible, con su ayuda, la redacción
de esta historia del Caribe; entre ellos deben mencionarse el escritor
español don Enrique Ruiz García, el diplomático
inglés Campbell Stafford, el doctor Claudio Carrón, Roberto
Guzmán, Pablo Mariñez y el poeta Ángel Lázaro,
el escritor haitiano G. Pierre-Charles y su mujer, Suzy Castor Pierre-Charles.
Esta última tuvo la bondad de facilitar al autor una copia de
su libro inédito sobre la ocupación militar norteamericana
de Haití; y todos los mencionados enviaron obras de consulta,
desde Londres, desde Madrid, desde París, desde Méjico.
Merecen una mención especial las altas autoridades y los funcionarios
de la Biblioteca del Instituto de Cultura Hispánica, de Madrid,
pues durante año y medio pusieron en manos del autor, enviándolas
por correo a Benidorm, todas las obras que les fueron solicitadas. Sin
esa ayuda hubiera sido imposible escribir este libro.
Por último, esta historia del Caribe fue escrita, casi totalmente,
en Benidorm, España, gracias a la hospitalidad que le brindó
al autor en aquel hermoso lugar, durante más de año y
medio, con clásica generosidad española, don Enrique Herrera
Marín.
Para todos los mencionados queda
aquí constancia de la gratitud dominicana de
J. B.
París, junio de 1969.
[ Arriba
]

Capítulo Primero
UNA FRONTERA DE CINCO SIGLOS
El Caribe está
entre los lugares de la tierra que han sido destinados por su posición
geográfica y su naturaleza privilegiada para ser fronteras de
dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto de la codicia
de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la violencia
desatada entre ellos.
Hasta el momento está por hacer un estudio de geografía
económica que abarque el conjunto de los países del Caribe.
Sin embargo, muchas gentes tienen una idea más o menos acertada
sobre la región; conocen por sí mismas, de oídas
o a través de lecturas, la variedad de sus climas, la abundancia
y la bondad de sus puertos y sus aguas y la hermosura de sus tierras.
Se sabe que, además de hermosas, esas tierras son de excelente
calidad para la producción de la caña de azúcar,
de maderas, tabaco, cacao, café, ganados. En los últimos
cincuenta años la imagen, de la riqueza del Caribe se multiplicó,
pues se vio que además de cacao, café, tabaco y caña
de azúcar, allí había criaderos casi inagotables
de petróleo, de bauxita, de hierro, de níquel, de manganeso
y de otros metales valiosos.
Tan pronto se conoció la calidad y la riqueza de esas tierras
se despertó el interés de los imperios occidentales por
establecerse en ellas. Cada imperio quiso adueñarse de una o
más islas, de alguno o de varios de sus territorios, a fin de
producir allí los artículos de la zona tropical que no
podían producir en sus metrópolis o a fin de tener el
dominio de sus depósitos de minerales y de las comunicaciones
marítimas entre América y Europa.
La historia del Caribe es la historia de las luchas de los imperios
contra los pueblos de la región para arrebatarles sus ricas tierras;
es también la historia de las luchas de los imperios, unos contra
otros, para arrebatarse porciones de lo que cada uno de ellos había
conquistado; y es por último la historia de los pueblos del Caribe
para libertarse de sus amos imperiales.
Si no se estudia la historia del Caribe a partir de este criterio no
será fácil comprender por qué ese mar americano
ha tenido y tiene tanta importancia en el juego de la política
mundial; por qué en esa región no ha habido paz durante
siglos y por qué no va a haberla mientras no desaparezcan las
condiciones que han provocado el desasosiego. En suma, si no vemos su
historia como resultado de esas luchas no será posible comprender
cuáles son las razones de lo que ha sucedido en el Caribe desde
los días de Colón hasta los de Fidel Castro, ni será
posible prever lo que va a suceder allí en los años por
venir.
La conquista del Caribe por parte de los muchos imperios que han caído
sobre él causó la casi total desaparición de los
indígenas en la región y la desaparición total
de ellos en las islas, y causó, desde luego, las naturales sublevaciones
de unos pueblos que se negaban a ser esclavizados y exterminados en
sus propias tierras por extraños que habían llegado de
países lejanos y desconocidos. Esa conquista causó la
llegada a la fuerza y la subsiguiente expansión demográfica
de los negros africanos, conducidos al Caribe en condición de
esclavos, y causó sus terribles y justas rebeliones, que produjeron
inmensas pérdidas de vidas y bienes. Las actividades de los imperios
han provocado guerras civiles y revoluciones que han trastornado el
desenvolvimiento natural de los países del Caribe, y ese trastorno
ha impedido su desarrollo económico, social y político.
Algunas de las revoluciones del Caribe, como la de Haití y la
de Venezuela, dieron lugar a matanzas que asombran a los estudiosos
de tales acontecimientos, y desataron fuerzas que operaron o se reflejaron
en países lejanos. La violencia con que han luchado los pueblos
del Caribe contra los imperios que los han gobernado da la medida de
la fiereza de su odio a los opresores. Los pueblos del Caribe han llegado
en el pasado, y sin duda están dispuestos a llegar en el porvenir,
a todos los límites con tal de verse libres del sometimiento
a que los han sujetado y los sujetan los imperios. Sólo si se
comprende esto puede uno explicarse que Cuba haya venido a ser un país
comunista.
Lo que cada pueblo puede dar de sí, económica, política,
culturalmente, viene determinado por lo que ha recibido en el pasado,
por la calidad de las fuerzas que lo han conformado e integrado. Las
fuerzas que han actuado y están actuando en el Caribe han sido
demasiado a menudo ciegas, crueles y explotadoras. Nadie puede esperar
que los pueblos formados e integrados por ellas sean modelos de buenas
cualidades.
Los Estados Unidos fueron el último de los imperios que se lanzó
a la conquista del Caribe, y a pesar de que sus antecesores les llevaban
varios siglos de ventaja en esa tarea, han actuado con tanta frecuencia
y con tanto poderío, que poseen total o parcialmente islas y
territorios que fueron españoles, daneses o colombianos. Hasta
en la Cuba comunista mantienen la base naval y militar de Guantánamo.
Además de usar todos los métodos de penetración
y conquista que usaron sus antecesores en la región, los Estados
Unidos pusieron en práctica algunos que no se conocían
en el Caribe, aunque ya los habían padecido, en el continente
del norte, España en el caso de las Floridas y México
en el caso de Texas. En el Caribe nadie había aplicado el método
de la subversión para desmembrar un país y establecer
una república títere en lo que había sido una provincia
del país desmembrado. Eso hicieron los Estados Unidos con Colombia
en el caso de su provincia de Panamá.
Lo que da al episodio panameño de la política imperial
norteamericana en el Caribe un tono de escándalo sin paralelo
en la historia de las relaciones internacionales es que Panamá
fue creada república mediante una subversión organizada
y dirigida por el presidente de los Estados Unidos en persona, y lo
hizo no ya sólo para tener en sus manos una república
dócil, por débil, sino para disponer en provecho de un
país de una parte de esa pequeña república. Esa
parte —la llamada zona del canal— fue dada a los Estados
Unidos por los panameños en pago de los servicios prestados por
el gobierno de Theodore Roosevelt en la tarea de desmembrar a Colombia
y de impedirle defenderse. En la porción de territorio obtenido
en forma tan tortuosa construyeron los norteamericanos el canal de Panamá
y establecieron la llamada Zona del canal. Esa zona es, a ambos lados
y a todo lo largo del canal, una base militar. Además, el canal
es propiedad de una compañía comercial, la cual, a su
vez, es propiedad del gobierno de los Estados Unidos. Es difícil
concebir un procedimiento más audaz para violar las normas de
las relaciones internacionales. Arrebatar a un país una provincia
y crear en esa provincia una república para obtener de ésta
una porción, que además la corta por la mitad, era algo
que el mundo no había visto antes. Su antecedente —el caso
de Tejas— no llegó a tanto. Los Estados Unidos iniciaron
en el Caribe la política de la subversión organizada y
dirigida por sus más altos funcionarios, por sus representantes
diplomáticos o sus agentes secretos; y ensayaron también
la división de países que se habían integrado en
largo tiempo y a costa de muchas penalidades. El mundo no acertó
a darse cuenta a tiempo de los peligros que había para cualquier
país de la tierra en la práctica de esos nuevos métodos
imperiales, y sucedió que años más tarde la práctica
de la subversión se había extendido a varios continentes
y el procedimiento de dividir naciones se aplicaba en Asia. Donde durante
largos siglos había sido una China, donde había habido
una Corea y una Indochina, acabó habiendo dos Chinas, dos Coreas,
dos Vietnam, cada una en guerra contra su homónima.
Después de la guerra mundial de 1914-1918, los líderes
más sensibles a la opinión pública —lo mismo
en Europa que en los Estados Unidos— comenzaron a aceptar la idea
de que había llegado la hora de poner fin al sistema colonial,
tan en auge en el siglo XiX. Se pensaba, con cierta dosis de razón,
que la enorme matanza de la guerra se había desatado debido principalmente
a la competencia entre los imperios por los territorios coloniales.
Al terminar la segunda guerra —la de 1939-1945— comenzaron
las de Indochina y Argelia, lo cual reforzó la posición
anticolonialista de pueblos y gobiernos en todo el mundo. En consecuencia,
Francia e Inglaterra, grandes imperios tradicionales, iniciaron la política
de la descolonización, que alcanzó al Caribe algunos años
después.
La descolonización comenzó a ser aplicada en territorios
ingleses del Caribe, y en cierta medida también en las islas
holandesas y francesas; y lógicamente nadie podía esperar
que después de iniciada esa etapa, nueva en la historia, volverían
a usarse los ejércitos para imponer la voluntad imperial en el
Caribe.
Pero volvieron a usarse.
Cuando se produjo la revolución dominicana de 1965, y con ella
el desplome del ejército de Trujillo —que era una dependencia
virtual de las fuerzas armadas norteamericanas—, los Estados Unidos
desafiaron la opinión pública mundial, olvidaron más
de treinta años de lo que ellos mismos habían llamado
política del Buen Vecino y Alianza para el Progreso, resolvieron
violar el pacto múltiple de no intervención que habían
firmado libremente con todos los países de América y desembarcaron
en Santo Domingo su infantería de Marina.
Santo Domingo es un país del Caribe y el Caribe seguía
siendo en el año 1965 una frontera imperial, la frontera del
imperio americano, Esa circunstancia justificaba a los ojos del poder
interventor —y de muchos otros poderes— la intervención
norteamericana en Santo Domingo. Pues una frontera —como se sabe—
es una línea que demarca el límite exterior de un país,
y todo país tiene derecho a defenderse si es atacado. Y pues
Santo Domingo es parte de la frontera imperial, a los ojos del imperio
y de sus partidarios era lógico y justo que ese pequeño
país padeciera su sino de tierra fronteriza.
Claro que sería ridículo ponerse a pensar, siquiera, cómo
se hubieran desarrollado los pueblos del Caribe de no haber sido las
víctimas de- los imperios que han operado en ese mar de América.
Si España no hubiera descubierto y conquistado el Caribe, y si
no hubiesen intervenido allí los ingleses o los franceses o los
portugueses, ¿qué rumbo habrían tomado esos pueblos?
Pero es el caso que la historia se hace, no se imagina, y España
llegó al Caribe, y con ella los hombres, la organización
social, las ideas, los hábitos y los problemas de Occidente.
Uno de esos problemas, el que más ha afectado la vida del Caribe,
fue la lucha entre los imperios, su debate armado dirigido a la conquista
de tierras nuevas y a su explotación mediante el uso de esclavos
y a través del mando rígido, en lo político y en
lo militar, de los territorios conquistados. Los esclavos podían
ser indios, blancos o (negros. Inglaterra usó en las islas de
Barlovento esclavos blancos, irlandeses e ingleses, mantenidos en esclavitud
bajo la apariencia de "sirvientes" (white servants). Estos
esclavos blancos se comportaban en horas de crisis igual que los indios
y los negros; se ponían de parte de los que atacaban las islas
inglesas o simplemente peleaban por conquistar su libertad. Por ejemplo,
cuando la isla de Nevis fue atacada por una flota española en
septiembre de 1629, los llamados "sirvientes" que formaban
parte de la milicia colonial inglesa desertaron y se pasaron a los españoles
a los gritos de "¡Libertad, dichosa libertad!"; y en
otros casos se comportaron en igual forma o en franca rebeldía.
Decíamos que España llegó al Caribe; tras España
llegaron Francia, Inglaterra, Holanda, Dinamarca, Escocia, Suecia, Estados
Unidos, y trataron de llegar los latvios; y fueron llevados negros africanos;
y los indios arauacos, los ciguayos, los siboneyes, los guanatahibes
y tantos otros de los que habitaban las grandes Antillas fueron exterminados;
y los caribes pelearon de isla en isla, a partir de Puerto Rico hacia
el sur, con tanto denuedo y tesón que todavía en 1797
atacaban a los ingleses en San Vicente. En el siglo XIX se llevaron
a Cuba, como semiesclavos, indios mayas de Yucatán, chinos de
las colonias portuguesas de Asía; a Trinidad y a otras islas
inglesas llegaron miles de chinos y de hindúes.
Todo ese amasijo de razas, con sus lenguas y sus hábitos y tradiciones,
y las medidas políticas, a menudo turbias, que hacían
falta para mantener el dominio sobre ese amasijo, tenían necesariamente
que producir lo que ha sido y es —y lo que sin duda será
durante algún tiempo— el difícil mundo del Caribe:
un espejo de revueltas, inestabilidad y escaso desarrollo general.
Sin embargo, el observador inteligente se fijará en que no todos
los países del Caribe son ejemplos extremos de inestabilidad,
y se preguntará por qué sucede así. En el Caribe
hay países cuyos grados de turbulencia son distintos. Veamos
el caso de Costa Rica.
A menudo se alega que Costa Rica es más tranquilo y más
organizado que sus vecinos de la América Central, que Santo Domingo,
Haití, Venezuela o Cuba, debido a que su población es
predominantemente blanca, lo que no sucede en los países mencionados.
Pero entonces habría que preguntarse por qué los ingleses
tuvieron una revolución sangrienta en el siglo XVII; por qué
los franceses produjeron la espantosa revolución de 1789 y las
revueltas de 1830 y 1844 y el alzamiento de la Comuna en 1870; por qué
los norteamericanos hicieron la revolución contra Inglaterra
y la guerra civil del siglo XIX; por qué Alemania ha iniciado
las mayores turbulencias de Europa, esto es, las guerras de 1870, de
1914 y de 1945, y por qué se organizó allí el nazismo,
con su secuela de millones de judíos horneados hasta la muerte.
Todos esos eran y son países blancos y además están
entre los más civilizados del mundo. (En los Estados Unidos había
negros, pero no desataron ninguna de las dos revoluciones norteamericanas
y ni siquiera participaron en ellas.) Si la inestabilidad de los países
del Caribe tuviera algo que ver con la presencia de sangre negra o de
otros orígenes en la composición de sus pueblos, habría
que hacer una pregunta que seguramente ninguno de los imperios podría
contestar. La pregunta es ésta: ¿Quién llevó
a los negros, a los chinos y a los hindúes al Caribe? Los llevaron
los imperios. Luego, si se aceptara la tesis de que las sangres mezcladas
producen pueblos incapaces de vivir civilizadamente, los imperios tendrían
la responsabilidad por lo que ha estado sucediendo y por lo que sucederá
en el Caribe.
El observador inteligente que haya advertido la diferencia que hay entre
Costa Rica y sus vecinos de la región, observará que a
Costa Rica no ha llegado nunca un ejército imperial, ni siquiera
el español; de manera que por azares de la historia, aunque el
imperialismo en su forma económica —y con sus consecuencias
políticas— ha estado operando en Costa Rica desde hace
casi un siglo, ese pequeño país del Caribe se ha visto
libre de los gérmenes malsanos que deja tras sí una intervención
militar extranjera. Costa Rica es un pueblo que se formó a partir
de un pequeño núcleo de españoles, establecido
en el siglo XVI en un territorio que se mantuvo aislado largo tiempo,
y la formación del pueblo costarricense no fue desviada, por
lo menos en sus orígenes, por intromisión de poderes militares
de los imperios.
En el extremo opuesto, en cuanto a causas, se halla Puerto Rico. Puerto
Rico no se rebeló contra España. En 1898, Puerto Rico
pasó a poder de los Estados Unidos sin que su pueblo hiciera
ningún esfuerzo ni por seguir siendo español ni por ayudar
a la derrota de los españoles. La isla pasó de un imperio
a otro como si a su pueblo le tuviera sin cuidado ese cambio. Sin embargo
en Puerto Rico había habido conspiraciones contra el poder español,
aunque no pasaron de ser obra de grupos muy pequeños; y ha habido
luchas contra los Estados Unidos, pero también llevadas a efecto
por sectores pequeños y tardíamente, cuando ya era imposible
desafiar con probabilidades de éxito el poderío imperial
norteamericano.
Los puertorriqueños lucharon bravíamente por España
en los días de Drake, de Cumberland y de Henrico, cuando ingleses
y holandeses quisieron arrebatarle la isla a España. Ahora bien,
España convirtió a la isla en una fortaleza militar, un
bastión de su imperio que era prácticamente inexpugnable,
como puede verlo cualquier viajero que vaya a Puerto Rico y se detenga
frente a los poderosos fuertes que defendían a San Juan. El puertorriqueño
no podía rebelarse porque vivía inmerso en un ambiente
de poder militar que lo paralizaba. A su turno, los norteamericanos
hicieron lo mismo. Puerto Rico quedó convertido en una formidable
base militar de los Estados Unidos y resulta difícil hacerse
siquiera a la idea de que ese poderío puede ser derrotado por
los puertorriqueños mediante una confrontación armada.
Sin embargo, Puerto Rico ha conservado su lengua y sus hábitos
de pueblo diferente al norteamericano; ha mantenido su personalidad
nacional con tanto tesón que el observador sólo puede
explicárselo como una respuesta a un reto. Es como si los puertorriqueños
se hubieran planteado ante sí mismos el problema de su supervivencia
como pueblo y hubieran resuelto que ni aun todo el poder de Norteamérica,
el más grande que ha conocido la historia humana, podrá
hacerles cambiar su naturaleza nacional.
Hay países del Caribe donde al parecer nunca hubo convulsiones;
tal es el caso de las islas inglesas, como Jamaica, Barbados, Trinidad
y tantas más. Pero cuando se entra en el estudio de su historia
se advierte que las islas inglesas del Caribe fueron factorías
azucareras organizadas sobre el esquema de amos blancos y esclavos negros,
y que en casi todas, sí no en todas, hubo sublevaciones de esclavos,
y aun de “sirvientes” blancos, como hemos dicho ya. Esas
sublevaciones fueron aniquiladas siempre con rigor típicamente
inglés, es decir, sin llegar a los límites de la hecatombe
pero sin quedarse detrás del límite del castigo que sirviera
como ejemplo. Por lo demasíen muchas de esas islas —por
no decir en todas— hubo choques, a veces muy repetidos y casi
siempre muy violentos, con otros poderes imperiales. De manera que la
historia de esas islas no es tan plácida como suponen los que
no la conocen.
Hubo otras colonias, como las danesas en las Islas Vírgenes o
las de Holanda en Sotavento, que se mantuvieron — y se mantienen
— en un estado de tranquilidad. Pero debemos observar que la isla
más importante de las primeras y la más importante de
las segundas — Santomas y Curazao, respectivamente — fueron
abiertas al comercio como puertos libres casi desde el momento en que
los imperios se establecieron en ellas; y esa condición de puertos
libres les confirió categoría de territorios neutrales,
respetados por todos los contendientes. En el caso de Santomas, vendida
junto con el grupo de las Vírgenes a Estados Unidos en 1917,
siguió siendo puerto libre bajo Norteamérica, y todavía
lo es. De todos modos, conviene recordar que en Curazao hubo por lo
menos dos rebeliones de esclavos, una en 1750 y otra en 1795, y algo
parecido sucedió en Santomas, si bien no fueron realmente serias.
Por lo que respecta a las otras islas Vírgenes y a las de Sotavento,
son tan pequeñas y su población fue tan escasa en los
días álgidos de las luchas imperiales, que mal podían
darse disturbios en ellas. Otro tanto sucede con varias islas mínimas
de Holanda, Francia e Inglaterra en el área de Barlovento.
Digamos, porque es importante tenerlo en cuenta, que el lanzamiento
de una fuerza militar sobre un país, grande o pequeño,
es siempre la expresión armada de una crisis. Puede ser que a
su vez esa crisis genere otras, pero no estamos en el caso de estudiar
la cadena o las cadenas de acontecimientos desatados en el Caribe por
esta o aquella agresión militar. El que se propusiera hacer la
historia de una frontera imperial tan vasta y tan compleja como es el
Caribe con el plan de relatar uno por uno todos los episodios de tipo
económico, social, político y de otra índole que
han estado envueltos en esa historia de tantos siglos, necesitaría
dedicar su vida entera a esa tarea. Para la ambición del autor
es bastante —y puede que sea demasiado para su capacidad—
ceñirse a exponer los momentos críticos, es decir, aquellos
en que se lanzó un ataque militar o se realizó la conquista
de un territorio de la región o aquellos en que se obtuvo un
resultado parecido con otros medios que los militares.
El solo relato de esos momentos culminantes del debate armado de los
imperios en las tierras del Caribe puede parecer a menudo la invención
de un novelista. En verdad, causa sorpresa recorrer la historia del
Caribe en conjunto —no un episodio ahora y otro mañana,
uno en este país y otro en aquel—, organizada sobre un
esquema lógico. Esa historia sorprende porque ni aun nosotros
mismos, los hombres y las mujeres del Caribe, acertamos a percibirla
en toda su dramática intensidad debido a que la estudiamos en
porciones separadas. Es como si en medio de una epidemia que ha estado
asolando la ciudad, cada uno alcanzar a darse cuenta nada más
de los enfermos y los muertos que ha habido en su familia.
La aparición de propósitos, voluntad y planes imperiales
en países de Europa fue un hecho que obedeció a un conjunto
de causas. Pero a un solo conjunto. Que ese único fenómeno
producido por ese único conjunto de causas se manifestara por
diversas vías no implica que tuviera varios orígenes.
Hubo imperio inglés, imperio holandés, imperio francés,
porque Europa —es decir, Occidente— estaba dividida en varias
naciones y cada una de ellas quiso ejercer en su exclusivo provecho
las facultades que le proporcionaba el fenómeno histórico
llamado imperialismo. Pero como el origen de ese fenómeno era
uno solo, sus resultados en el Caribe obedecían a una misma y
sola fuerza histórica. El Caribe fue conquistado y convertido
en un escenario de debates armados de los imperios —y por tanto,
en frontera imperial— debido a que la historia de Europa produjo
de su seno el imperialismo, y el imperialismo era una corriente histórica,
no muchas.
En buena lógica, pues, no debe verse a ningún país
del Caribe aislado de los demás. Todos surgieron a la vida histórica
occidental debido a una misma y sola causa, y todos han sido arrastrados
a lo largo de los siglos por una misma y sola fuerza, 1 aunque en ciertas
tierras esa fuerza hablara inglés y en otras francés y
en otras español. Al verlos en conjunto, la verdadera "'dimensión
del drama histórico del Caribe se nos presenta con una estatura
agobiante; y al conocer su drama mediante una exposición organizada
según las líneas profundas que lo produjeron —esto
es, las líneas de las luchas imperiales— se comprende con
meridiana claridad por qué en el Caribe se ha derramado tanta
sangre y se han aniquilado pueblos, esfuerzos y esperanzas.
Al entrar en el ámbito de Occidente, el Caribe pasó a
sufrir los resultados de las luchas europeas, y a su vez esas luchas
eran batallas inter-imperiales. Si esas luchas, reflejadas en el Caribe,
"tuvieron en la región del Caribe consecuencias diferentes
a las que tuvieron en Europa, ello se debió a las condiciones
especiales de sus tierras, que eran apropiadas para la producción
de artículos que no podían obtenerse en Europa; y también
se debió al hecho de que, en este o en aquel momento, tal o cual
imperio no podía defender al mismo tiempo su territorio metropolitano
y su territorio colonial. Pero al cabo, ésos fueron detalles
de poca importancia en una batalla de gigantes provocada por la aparición
del imperialismo. El apetito imperial apareció y actuó
en Europa y rebotó en el Caribe, y los efectos de su acción
en el Caribe impidieron la formación natural y sana de sociedades
que pudieran defenderse, a su turno, de los efectos de nuevas luchas.
De todas maneras, el hecho es que todos los países del Caribe
son hijos de un mismo acontecimiento histórico, y hay que verlos
unidos en su origen y en su destino.
Curiosamente, el país que llevó Occidente al Caribe —o
que introdujo el Caribe en Occidente— no era un imperio en el
sentido cabal del término, puesto que no lo era ni económica
ni socialmente. España descubrió el Caribe y conquistó
algunas de sus tierras, pero no pudo conquistarlas todas porque sus
fuerzas no le alcanzaban para tanto, y no pudo defender toda la región
porque España no era un imperio ni siquiera en el orden militar.
Muchas de las acusaciones que se le han hecho a España debido
al comportamiento de los españoles en América se han basado
en una incomprensión casi total de la situación de España
en esos años, y muchos de los elogios que se han hecho acerca
de la conducta del Estado español —o para hablar con más
propiedad, de la Corona de Castilla— en relación con los
hechos de la Conquista, se han debido también a la misma falta
de comprensión. Para aclarar lo que acabamos de decir hay que
establecer ciertos puntos de partida.
En primer lugar, España, tal como la conocemos ahora —que
es tal como se conocía desde mediados del siglo XVI— no
era un reino en 1492; era la suma de dos reinos: el de Castilla, cuya
soberana era Isabel la Católica, y el de Aragón, cuyo
rey era Fernando V. Los dos reinos estaban unidos en la medida en que
lo estaban sus reyes, pero cada uno tenía sus leyes propias,
su organización social, sus fondos públicos, sus cuerpos
representativos. Isabel gobernaba en Castilla, no en Aragón;
y Fernando gobernaba en Aragón, no en Castilla. Aragón
y Castilla vendrían a tener un rey común, pero no a ser
un Estado unitario, sólo cuando las dos coronas se unieran, lo
que vino a ocurrir, en verdad, bajo Carlos I de España y V de
Alemania; y pasaría a ser un Estado unitario dos siglos después,
bajo Felipe V, el primero de los reyes Borbones de España.
Ahora bien, de los dos reinos que había en España en los
días del Descubrimiento, el que tenía poder sobre América
– y el Caribe— era Castilla. Fue Castilla quien descubrió,
conquistó y organizó el Nuevo Mundo; y ese Nuevo Mundo
fue organizado a imagen y semejanza de su conquistador y organizador.
A tal punto fue Castilla la que llevó a cabo esa tarea y la que
tenía poderes sobre el Nuevo Mundo, que en los primeros treinta
años que siguieron al Descubrimiento sólo los castellanos
podían ir a América; los aragoneses —entre los que
se hallaban los catalanes, los valencianos, los murcianos y los vasallos
de Fernando V en otras regiones europeas, como Nápoles y las
dos Sicilias— podían pasar a América si obtenían
dispensas reales, es decir, si se les concedía un privilegio
para pasar al Nuevo Mundo; pues en lo que tocaba a América, un
súbdito del reino de Aragón era igual a un extranjero.
Pues bien, de esos dos reinos que había en España al final
del siglo XV, Castilla era el más retrasado en el orden de la
evolución social; yeso tiene-que ser explicado brevemente.
La sociedad europea, de la que Castilla y Aragón eran parte cuando
se produjo el Descubrimiento, había perdido sus formas económicas
y sociales al quedar liquidado el Imperio de Roma, y se reorganizó
lenta y trabajosamente dentro de las formas de lo que hoy llamamos,
tal vez de una manera burda, el sistema feudal. De este sistema iba
a surgir un nuevo tipo de sociedad, cuyos centros de autoridad económica
y social serían las burguesías locales. Pero sucedió
que Castilla y Aragón —pero mucho más Castilla que
Aragón— atravesaron los siglos feudales en guerra contra
el árabe, lo que dio lugar a un estado casi perpetuo de tensión
militar constante, y con ello se aumentó y se prolongó
la importancia del noble que llevaba sus hombres a la guerra, y eso
obligó a los reyes castellanos y aragoneses —pero más
a los primeros que a los segundos— a conceder a sus nobles guerreros
privilegios que iban perdiendo los nobles de otros países europeos.
Desde los tiempos de Alfonso X el Sabio (nacido en 1221 y muerto en
1284), la nobleza guerrera y latifundista castellana comenzó
a obtener favores reales en perjuicio de los productores y los comerciantes
de la lana, que fue durante toda la Baja Edad Media española
el producto más importante del comercio de Castilla. Al finalizar
el siglo XV, precisamente cuando se hacía el descubrimiento de
América, los Reyes Católicos se veían en el caso
de reconocer esos privilegios que tenían más de dos siglos,
porque toda la organización social de Castilla descansaba en
ellos. La nobleza guerrera y latifundista castellana llegó al
final del siglo XV convertida en el poder superior de la Mesta, que
era la organización tradicional de los dueños del ganado
lanar del país; y al tener en sus manos el control de la Mesta,
esa nobleza monopolizaba en sus orígenes la producción
de la lana, con lo cual impidió que se desarrollara la burguesía
lanera, que había sido el núcleo más fuerte de
la burguesía castellana. La burguesía lanera había
luchado contra esa situación de sometimiento, pero había
sido vencida, y cuando comprendió que no podía enfrentarse
a la nobleza trató de convertirse a su vez en nobleza, ejemplo
que siguieron otros grupos de burguesía más débiles
que ella. Fue de esos núcleos de ex burgueses de donde salió
la llamada nobleza de segunda o pequeña nobleza de España.
Mientras los latifundios de los nobles guerreros quedaban vinculados
al hijo mayor mediante la institución del mayorazgo —lo
que evitaba la partición de las grandes propiedades y aseguraba
la permanencia de la nobleza al frente de ellas—, los restantes
hijos de los nobles —los llamados segundones— tomaban otros
canales de ascenso hacia la preeminencia social: el sacerdocio, la carrera
de las armas, las funciones públicas. Pero sucedía que
los que no eran nobles y aspiraban a entrar en su círculo tomaban
también esos canales de ascenso. Fue ésa la razón
de que Castilla produjera nobles, cardenales, obispos, canónigos,
guerreros, funcionarios, pero muy pocos burgueses. Y resultaba que sin
tener una burguesía que supiera cómo organizar la producción
y la distribución de bienes de consumo, que tuviera capitales
de inversión y supiera cómo invertirlos de una manera
más provechosa, era imposible que un país se convirtiera
en un imperio, precisamente al finalizar el siglo XV y comenzar el XVI,
es decir, cuando ya el sistema feudal había quedado disuelto
en Occidente.
Debido al papel dominante que iba a tener Castilla en España,
su situación de retraso económico y social se extendería
a gran parte de Aragón, si bien Cataluña y Valencia conservaron
núcleos de burguesía urbana, aunque no tan desarrollados
como en otros lugares de Europa. Eso es lo que explica que España
apenas tuvo un Renacimiento, pues el Renacimiento fue la flor y el perfume
de la burguesía italiana, y tal vez más específicamente
de la burguesía de Florencia. Todo el esfuerzo que se ha hecho,
y el que pueda hacerse en el porvenir, por presentar el descubrimiento
y la conquista del Nuevo Mundo como el producto de un Renacimiento español,
carecen de base histórica. Colón es un hombre del Renacimiento
italiano, pero la participación de España en el Descubrimiento
no tiene nada que ver con el Renacimiento; no se debió a la ciencia
cosmográfica española, ni a la organización marítima
de Castilla, ni a la superioridad de sus navegantes; no se debió
a la riqueza del reino de Isabel y ni siquiera a la de los reinos unidos
de Castilla y Aragón. La causa es de otro orden.
Cristóbal Colón llegó a España a pedir que
se le ayudara a buscar un camino corto y directo hacia la India —no
a descubrir un mundo nuevo, cuya existencia no sospechaban ni él
ni nadie— debido a que España era el país líder
de Europa; y España era ese país líder porque Europa
era un continente católico, y durante ocho siglos, en ese continente
católico, España había sostenido la guerra contra
el infiel, que era el árabe. Fue, pues, la misma causa que impidió
el desarrollo de la sociedad española —y, sobre todo, castellana—
lo que le dio la preeminencia europea, más destacada precisamente
en los días en que Colón llegó a hablar con la
reina Isabel; esto es, en los días en que los nobles guerreros
y latifundistas de Castilla peleaban frente a los muros de Granada,
última plaza fuerte del infiel en Europa.
En camino hacia la India, Colón tropezó con América,
y eso no estaba ni en los planes del Descubridor ni en los de Isabel
y Fernando. Un puro azar había puesto sobre España una
responsabilidad de dimensiones hasta entonces desconocidas en la Historia.
Dado el paso del Descubrimiento, absolutamente inesperado, España
—y en España Castilla— tuvo que dar el paso siguiente,
que fue el de la Conquista. Y para eso no estaba preparado el país
conquistador. No estaba preparado porque no era una sociedad burguesa,
y sólo una sociedad burguesa hubiera podido explotar el imperio
que había caído en manos de España; y no lo estaba
porque, sin haber producido una burguesía, España —y
especialmente Castilla— estaba viviendo una dualidad entre pueblo
y Estado, o lo que es lo mismo, entre los castellanos y su Reina, y
también entre Aragón y Castilla.
Para el hombre del pueblo de Castilla, que fue a la conquista de América,
ya no regían los hábitos sociales del sistema feudal.
Ese hombre quería enriquecerse rápidamente, y no era ni
artesano ni burgués; no sabía enriquecerse mediante el
trabajo metódico. Su conducta desordenada en tierras americanas
era, pues, producto de su actitud de hijo de un intermedio entre dos
épocas. Pero Isabel, que no era la Reina de un estado burgués,
y con ella muchos sacerdotes como Las Casas y Montesinos, tenía
los principios morales de una católica sincera, y condenaba lo
que sus súbditos hacían en las regiones que se iban descubriendo.
Fernando, en cambio, católico y rey de un Estado en el que ya
había burguesía, no podía compartir los escrúpulos
de Isabel, aunque los respetara, sobre todo mientras la Reina vivió.
España, pues, descubrió y conquistó un imperio
antes de que tuviera la capacidad física y la actitud mental
que hacían falta para ser un país imperialista; y esa
contradicción histórica se acentuó con la expulsión
de los judíos, ocurrida precisamente en los días del descubrimiento
de América, y las posibilidades de desarrollarse más tarde
a través del paso gradual y lógico de país artesanal
a país industrial se perdieron con las sucesivas expulsiones
de los moriscos. Así, en los esquemas socio-económicos
de España se presentó un vacío que nadie podía
llenar. Puesto que no había burgueses que aportaran capitales
y técnicas para administrar el imperio, el Estado debió
hacerlo todo, lo que explica que Fernando tuviera que ocuparse hasta
de dar Cédulas Reales para que se enviaran ovejas, caballos y
vacas a América. En ese contexto se explica el mercantilismo
como una necesidad impuesta por las circunstancias históricas.
La riqueza metálica y comercial tenía que ser controlada
por el Estado a fin de llenar el vacío que había entre
la composición socio-económica de España y su organización
imperial; y el monopolio del comercio con América es sólo
un resultado natural y lógico de ese estado de cosas.
Los historiadores y sociólogos latinoamericanos que culpan a
España por esas medidas, no alcanzan a darse cuenta de que España
se hallaba cogida en una trampa histórica y no podía hacer
nada diferente, y los escritores españoles que se empeñan
en probar que América le debe tanto más cuanto a España,
y para demostrarlo presentan un catálogo de las medidas favorables
a América que tomaron los Reyes Católicos, no alcanzan
a comprender que los Reyes actuaban así porque no había
diferencias entre un territorio americano y un territorio español.
Para esos Reyes y sus hombres de gobierno, América era igual
a Castilla o Aragón, no un imperio colonial destinado a enriquecer
una burguesía española que no existía. Sólo
podemos ser justos con los reyes de esos días si nos situamos
en su época y dejamos de ver sus actos con los prejuicios de
hoy.
Si el Estado español representó en el Caribe una conducta
moral frente a los desmanes de sus súbditos peninsulares, se
debió a que actuó adelantándose a su propio tiempo
histórico. Al terminar el siglo XV y comenzar el XVI, el Estado
español seguía rigiéndose por los principios religiosos
que habían gobernado la Ciudad de Dios en el Medioevo de Europa,
y ni los reyes ni sus consejeros hubieran concebido que esos territorios
de Ultramar podían ser dados a compañías de mercaderes
para que los usaran con fines privados, cosa que harían un siglo
y un tercio después Inglaterra, Holanda y Francia. Fue Carlos
V, el nieto de los Reyes Católicos, el primer soberano español
que capituló con una firma de banqueros alemanes la conquista
de una porción del Caribe; y Carlos V había nacido y crecido
en Flandes, país donde la burguesía estaba muy desarrollada,
punto que hay que tener en cuenta a la hora de hacer juicios sobre las
relaciones de España y sus territorios de Ultramar.
En el primer siglo que siguió al Descubrimiento los dominios
españoles en el Caribe fueron molestados por Holanda, por Inglaterra,
por Francia. Pero ninguno de estos dominios le fue arrebatado a España.
Las flotas españolas eran asaltadas por los corsarios holandeses,
ingleses y franceses, y muchas fundaciones fueron atacadas y algunas
destruidas. Sin embargo, los corsarios y los piratas no ocuparon tierras.
¿Por qué? Pues porque ni Holanda, ni Inglaterra, ni Francia
eran todavía imperios en propiedad. Lo que le sucedía
a España en el 1530 les sucedía también a esas
naciones, que no disponían de capitales para invertir en el Caribe
ni de ejércitos para desafiar el poder español. Ahora
bien, esos países estaban desarrollando ya fuerzas sociales que
España no había podido desarrollar —debido a su
prolongada guerra contra los árabes, como hemos dicho antes—
y eso les permitía estar, a su hora, en condiciones de actuar
como imperios antes que España.
Si España hubiera dispuesto de un mercado interno capaz de consumir
los productos del Caribe, o si hubiera tenido relaciones comerciales
con Europa para vender esos productos en otros países, España
habría desarrollado en el Caribe una burguesía francamente
industrial —con las limitaciones de la época, desde luego—
a base de la industria del azúcar, por ejemplo, puesto que el
azúcar comenzó a fabricarse en La Española en los
primeros años del siglo XVI. Pero España no tenía
ese mercado. España se había adelantado políticamente
a Europa y sin embargo iba detrás de ésta en desarrollo
de su organización social. Los guerreros de Castilla habían
tomado el lugar de los burgueses que no se habían formado, y
sucedía que los guerreros podían guerrear, pero no podían
comerciar; estaban hechos a la medida de las batallas, no a la medida
de las negociaciones en el mercado.
Al llegar el 1600, y a pesar de que para esa fecha había sacado
de América riquezas metálicas abundantes —sobre
todo de Méjico y del Perú-—, España tenía
en América la organización política y administrativa
de un imperio, pero no era un imperio. En cambio, a esa fecha los países
que aspiraban a suplantar a España en el Caribe tenían
las condiciones internas indispensables para ser imperios y les faltaban
las condiciones externas, esto es, el territorio imperial. Así,
para el 1600 España dominaba la base exterior de un imperio pero
carecía de la base interior, mientras que Holanda, Inglaterra
y Francia disponían de la base interior y carecían de
la exterior.
Ahora bien, la base exterior del imperio español es un concepto
que no podía aplicarse al Caribe en su totalidad. Por ejemplo,
fue en 1523 cuando se fundó en Venezuela el primer establecimiento
de población, y fue en 1528 cuando el Trono capituló por
primera vez para una colonización de Venezuela. La capital de
esa gobernación —la ciudad de Tocuyo— vino a ser
establecida en 1546. En 1562 se estimaba que en Venezuela había
sólo 160 vecinos, esto es, familias españolas; en 1607
llegaban a 740.
Las costas de Puerto Rico podían verse desde la costa de La Española
y la conquista y la colonización de La Española había
comenzado a fines de 1493; sin embargo, la primera expedición
sobre Puerto Rico se inició, y sólo con 50 hombres, en
1508, esto es, quince años después de haberse comenzado
la conquista de La Española. Fue en 1511 cuando Diego Velázquez,
colonizador de Cuba, llegó a la isla mayor del Caribe, que estaba
a un paso de La Española. En 1540, la población de La
Habana era de 40 vecinos casados y por casar; indios naborías
naturales de la isla, 120; esclavos indios y negros, 200; un clérigo
y un sacristán. Fue en 1584 cuando se fundó en Trinidad
la primera población española, San José de Oruña,
y Trinidad era una isla importante, la quinta en extensión de
las Antillas, y estaba en el paso natural para las salidas del Orinoco
y la costa venezolana del Caribe. Las pequeñas islas de Barlovento
no fueron ni siquiera tocadas por España.
Si no tomamos nota de esa situación de debilidad militar y económica
de España en el Caribe durante todo el siglo XVI, no será
fácil comprender por qué los holandeses, los franceses
y los ingleses pudieron penetrar la región y establecer allí
su frontera imperial.
Tenemos, pues, que en el Caribe se dieron estas condiciones: su pobreza
en oro o en otros metales, mucho más si se compara con la riqueza
de Méjico y del Perú en esos renglones, le impedía
proporcionarle a España el tipo de riqueza que ella necesitaba,
si se exceptúan, hasta cierto punto, los criaderos de perlas
de Cubagua, Margarita y los situados frente al istmo de Panamá;
poblado en varios de sus territorios por indios caribes, que lucharon
durante tres siglos defendiendo sus tierras, el Caribe no se ofrecía
como una región fácil de conquistar; por último,
el Caribe había sido descubierto y conquistado por un país
que tenía capacidad política y cierto grado de capacidad
militar, pero no tenía la capacidad económica ni la capacidad
social que hacían falta para desarrollarla zona como empresa
colonial. Agréguese a esto que en el momento en que España
debía aplicar su mayor capacidad colonizadora en el Caribe, se
descubrieron Méjico y el Perú, tierras fabulosamente ricas
en metales, y España, necesitada de esos metales para suplir
con ellos su falta de capital y para adquirir productos de consumo,
se vio en el caso de concentrar toda su atención en esos países
nuevos. Así, pues, el vacío de poder que mantenía
España en el Caribe se acentuó de manera dramática.
Al mismo tiempo sucedía que durante el siglo XVI otros países
de Europa, como Francia, Holanda e Inglaterra, acumulaban capitales,
desenvolvían su organización social, fortalecían
sus poderes centrales y creaban fuerzas militares, y se desarrollaban
en su seno mercados consumidores de productos tropicales. Podemos advertir,
pues, que mientras en el Caribe se formaba un vacío de poder,
en Europa se creaban las fuerzas que podían llenar ese vacío.
Cuando la potencia que dominaba en el Caribe —España—
chocó en Europa con las que podían llenar el vacío,
esas potencias acudieron al Caribe. Las fronteras españolas no
estaban, en el doble sentido militar y económico, en la península
de Iberia; estaban en el Caribe, y además, allí estaba
el punto más débil de esa frontera. Allí era donde
los nacientes imperios, que aspiraban a sustituir a España, podían
obtener lo que necesitaban, tierras tropicales que se podían
poner a producir con trabajo esclavo; allá era donde estaban
los lugares más vulnerables en la muralla militar de España;
y además esos territorios del Caribe podían servir de
bases para cualesquiera planes ulteriores contra el imperio español
de tierra firme.
Podemos decir con toda propiedad que fue en el siglo XVIII, pasado el
1700, cuando España comenzó a ser imperio en el Caribe,
pero no ya en la totalidad del Caribe, sino en lo que le había
quedado allí después de las desgarraduras hechas en sus
posesiones por sus enemigos europeos. Cien años antes de eso,
del 1601 en adelante, era tanta la debilidad de España en el
Caribe, que al comenzar el siglo abandonó casi la mitad occidental
de La Española porque no podía enfrentarse con los fabricantes
holandeses y franceses que operaban en la isla. A mitad del siglo estuvo
a punto de perder la porción más rica de esa isla, el
valle del Cibao, cuando en 1659 una columna de piratas tomó la
ciudad de Santiago de los Caballeros. Al firmar la paz de Nimega en
el año 1679, España no hizo reclamaciones contra la existencia
de un establecimiento francés en la isla, y poco más de
un siglo después le cedía a Francia la parte ocupada por
ella.
En 1653 hacía treinta años que no iba a Trinidad un barco
español autorizado para llevar mercancías o para sacar
frutos de la isla; en 1671 el gobernador de Trinidad comunicaba al Consejo
de Indias que para defender la colonia, en caso de ser atacada por algún
enemigo, sólo disponía de 80 indios españolizados
y de 80 vecinos españoles; y debemos suponer que entre esos españoles
una parte importante era nacida en la isla, puesto que hacía
treinta años que no iba un buque español. En 1655 Jamaica
estaba tan desguarnecida y tan escasamente poblada de españoles
o criollos, que cayó con relativa facilidad en manos de los soldados
ingleses que unos días antes habían sido derrotados en
Santo Domingo.
Hay que tener en cuenta que esos hechos sucedían en el siglo
XVII, es decir, en algunos casos a más de ciento cincuenta y
en otros a doscientos años después de haber comenzado
la conquista española. En esos tantos años no había
habido en la región aumento apreciable de la población
nacida en España, si no de la nacida en el Caribe. El mestizaje
había comenzado muy temprano. En 1531 había en Puerto
Rico 57 españoles casados con blancas y 14 con indias, y es de
suponer que el número de matrimonios mixtos debía ser
mayor en La Española. Los hijos mestizos eran ya criollos, como
lo serían también los hijos de español y española
nacidos en las Indias. Doscientos treinta y cuatro años después
había en Puerto Rico 39.849 hombres y mujeres libres, entre blancos,
pardos y negros, de los cuales hay que suponer que por lo menos la mitad
de los blancos, una porción importante de los negros y la totalidad
de los pardos habían nacido en la isla. Pero debemos observar
que Puerto Rico fue convertido desde temprano en un bastión militar
español, por lo cual se enviaban soldados de la península,
lo que no sucedía en otros puntos del Caribe.
La afluencia de españoles peninsulares al Caribe era muy escasa
en el siglo XVI. En una época tan avanzada como el siglo XVIII,
cuando ya gobernaban en España los Borbones y se había
adoptado una política para conservar lo que había quedado
del imperio, llegaron a La Española 483 familias canarias en
cuarenta y cuatro años, esto es, entre el 1720 y el 1764. La
proporción anual, como puede verse, era de once familias, y no
hay que olvidar que para entonces España era efectivamente un
imperio en el Caribe.
Esto quiere decir que entre 1493, cuando comenzó la conquista
del Caribe, y los primeros años del 600, cuando empezó
la conquista de las islas caribes por parte de los ingleses, holandeses
y franceses, hubo más de un siglo de posesión efectiva
o legal por parte de los españoles, y en todo ese tiempo la población
del Caribe creció con muy poco aporte peninsular. De esa población,
una parte se rebelaba contra España porque no se consideraba
española o porque consideraba que los españoles eran enemigos.
Los rebeldes eran siempre indios o negros esclavos y a veces mezclas
de indios y negros. Pero otra parte se sentía española
y defendía el poder español cuando éste era atacado
por filibusteros o corsarios; y esa parte fue decisiva en los combates
que se libraron más tarde contra ejércitos invasores extranjeros,
por ejemplo, contra los ingleses en Santo Domingo y contra los ingleses
y holandeses en Puerto Rico.
Estamos, pues, en el caso de decir que cuando España fue realmente
imperio en el Caribe, fue un imperio sostenido por los hijos de aquellas
tierras, no por tropas españolas, y entre esos hijos del Caribe
los había que no eran blancos. Al conocerse en Santo Domingo
que España había cedido a Francia la parte española
de la isla —lo que hizo mediante el Tratado de Basilea, el 22
de julio de 1795— una negra nacida en el país murió
de la impresión al grito de "¡Mi patria, mi querida
patria!". No puede haber duda de que al decir "mi patria"
aludía a España.
Al estallar la "guerra de la oreja de Jenkins"*, declarada
a España por Inglaterra el 19 de octubre de 1739, los buques
de corso armados en el Caribe y comandados y tripulados por criollos
hicieron daños cuantiosos a los ingleses. Esos corsarios criollos
habían estado operando desde mucho antes y siguieron operando
largos años después. En esos años se destacaron
capitanes corsarios del Caribe, como el llamado Lorencín, de
Santo Domingo, y el mulato puertorriqueño Miguel Henríquez,
de ofició zapatero, que llegó a ser condecorado por Felipe
V con la medalla de la Real Efigie y armó a sus expensas una
expedición para desalojar a los daneses de las islas Vírgenes.
* En Inglaterra se llamó
a la de 1739 "guerra de la oreja de Jenkins" porque un marinero
inglés de este nombre fue llamado a declarar ante un comité
de la Cámara de los Comunes acerca de la circunstancia en que,
años antes, unos españoles le habían arrancado
una oreja.
Eso de que las bases humanas del imperio español en el Caribe
estaban fundadas en un sentimiento natural de los nacidos en el Caribe
llegó tan lejos que en 1808 los dominicanos hicieron la guerra
a las tropas francesas que ocupaban la antigua parte española
de la isla, pero no para declararse independientes, sino para volver
a ser colonos españoles. Con la excepción de Venezuela
y Colombia, donde había habido conspiraciones contra España,
en todos los territorios españoles de la región del Caribe
los pueblos daban sustento al imperio.
Pero no queríamos llegar tan lejos en el tiempo. Para lo que
vamos diciendo debemos volver a los años de los 600. En ese siglo
XVII todavía España no tenía, por lo menos en el
Caribe, las estructuras internas de un imperio. A no ser porque los
criollos de diversas razas y colores los defendieron, muchos territorios
españoles del Caribe habrían caído en manos inglesas,
como cayó Jamaica y como más tarde cayó Belice
y como estuvo a punto de caer la costa oriental de Nicaragua, donde
los ingleses fueron dominantes hasta fines del siglo pasado.
En las luchas de los imperios en el Caribe participaron los criollos,
y esto sucedió no sólo en las tierras españolas
sino también en las de ingleses y franceses. Pero la mayor decisión
estuvo de parte de los criollos españoles, aunque no fueran blancos.
Los defensores más tenaces del gobierno español en Jamaica
fueron algunos criollos y los negros esclavos de criollos y españoles.
Esos negros se mantuvieron peleando en las montañas muchos años
después que el último español había abandonado
las costas de Jamaica.
En sus luchas contra el español, los indios de las islas fueron
al fin vencidos y luego desaparecieron, totalmente exterminados, por
lo menos como raza y cultura. Igual les sucedió a los caribes
de Barlovento en su batalla de casi dos siglos con ingleses y franceses.
Pero los negros africanos llevados como esclavos, y muchos de sus hijos
y nietos, no se resignaron a su suerte y se convirtieron en el explosivo
histórico del Caribe. Al cabo del tiempo, sobre todo en las islas
donde vivieron forzados por el látigo, acabaron siendo o una
parte importante o la mayoría de la población; de manera
que al andar de los siglos a ellos les ha tocado o les tocará
ser los amos de las tierras adonde fueron conducidos por la violencia.
A ellos tiene que dedicarse un capítulo especial de la historia
del Caribe, y en este libro habrá muchas páginas destinadas
a sus rebeliones, algunas de las cuales —como la de Haití—
son unas verdaderas epopeyas. También, desde luego, habrá
capítulos dedicados a las rebeliones indias, puesto que ellos
combatieron hasta la muerte contra los imperios.
Este libro está destinado a ser sólo un recuento de las
agresiones imperiales que se han producido en el Caribe, fueran hechas
por grupos aislados —como piratas, filibusteros, corsarios—
o por ejércitos imperiales; será además un recuento
de las luchas de indios y negros provocadas por la opresión y
la explotación de los imperios; será un recuento de las
agresiones hechas por los imperios a los pueblos independientes.
Para poder hacer evidentes todos los episodios de esas luchas —que
son en fin de cuenta las innumerables crisis de las políticas
imperiales en el Caribe— se requiere un orden, no meramente cronológico,
sino imperial, es decir, un orden que se ciña al que siguió
cada uno de los imperios en sus actividades por las tierras del Caribe.
En el caso de los corsarios, piratas y filibusteros, eso no es fácil,
dado que a menudo sus ataques no eran descritos en documentos oficiales
y ni siquiera en relatos privados.
El primero de los imperios que entró en el Caribe fue España,
así se tratara de u n imperio a medias; el último fueron
los Estados Unidos.
El Caribe comenzó a ser frontera imperial cuando llegó
a las costas de La Española la primera expedición conquistadora,
que correspondió al segundo viaje de Colón. Eso sucedió
el 27 de noviembre de 1493. El Caribe seguía siendo frontera
imperial cuando llegó a las costas de la antigua Española
la última expedición militar extranjera, la norteamericana,
que desembarcó en Santo Domingo el 28 de abril de 1965.
Como puede verse, de una fecha a la otra hay cuatrocientos setenta y
cuatro años, casi cinco siglos. Demasiado tiempo bajo el signo
trágico que les imponen los poderosos a las fronteras imperiales.
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Capítulo II
EL ESCENARIO DE LA FRONTERA
Entre la península
de la Florida y las bocas del Orinoco hay una cadena de islas que parecen
formar las bases de un puente gigantesco que no llegó a ser construido.
Esas islas son a la vez las fronteras septentrionales y orientales del
mar del Caribe y del golfo de Méjico, y los nudos terrestres
que enlazan por la orilla del Atlántico las dos grandes porciones
en que se divide el Nuevo Mundo.
Al llegar a la isla Hispaniola, la cadena se bifurca; el extremo superior
se dirige, desde la costa norte a la isla mencionada, a la costa este
de la península de Florida, mientras el extremo inferior formado
por Cuba se dirige hacia el cabo Catoche, en la península de
Yucatán.
El extremo superior es el archipiélago de las Bahamas, formado
por unas veinte islas pequeñas y más de dos mil islotes,
cayos y arrecifes. En los años del Descubrimiento y la Conquista
ese conglomerado se llamaba las Lucayas, y fue en una de sus islas donde
tocó Cristóbal Colón el 12 de octubre de 1492.
Por ahí, pues, comenzó la gran epopeya del Descubrimiento.
Como sabe todo el que tenga noticias sobre el primer viaje de Colón,
el Almirante tomó posesión de la isla descubierta el 12
de octubre y pasó varios días reconociendo las vecinas.
Sin embargo, ni siquiera puede afirmarse a ciencia cierta en cuál
de ellas desembarcó aquel día memorable, y las relaciones
que mantuvieron después los españoles con las Lucayas
fueron pocas y discontinuas; a lo sumo las visitaban desde Cuba y la
Hispaniola para apresar indios destinados a ser vendidos como esclavos.
Por razones que no son del caso exponer ahora, las Bahamas no fueron
consideradas en ningún momento como una parte del Caribe, y no
fueron, por tanto, territorio de la frontera imperial. Olvidadas por
sus descubridores, comenzaron a ser colonizadas por Inglaterra siglo
y medio después de haber sido descubiertas, y nadie llegó
allí a disputarles a los ingleses sus posesiones. Así,
pues, ni histórica ni cultural ni económicamente forman
parte del Caribe; geográficamente, cierran la entrada nordeste
del golfo de Méjico, que a su vez es, por sus dimensiones y por
razones de historia, una región peculiar de América.
Aunque Méjico no es parte del Caribe, debemos tener en cuenta
que la costa oriental de la península del Yucatán da al
Caribe; y así sucede que una parte del territorio de Méjico
está integrada en el Caribe hasta el punto de que a la hora de
establecer los límites del Caribe hay que mencionar esa costa
de Yucatán y el canal que separa Yucatán de la isla de
Cuba.
Por el Norte y por el Este el Caribe queda separado del Atlántico
por las Antillas, pero debemos aclarar que hay islas de las Antillas
situadas dentro del Caribe, entre ellas una tan importante como Jamaica.
Las tierras del Caribe son, pues, las islas antillanas que van en forma
de cadena desde el canal de Yucatán hasta el golfo de Paria;
la tierra continental de Venezuela, Colombia, Panamá y Costa
Rica; la de Nicaragua, Honduras, Guatemala, Belice y Yucatán,
y todas las islas, los islotes y los cayos comprendidos dentro de esos
límites.
El mar Caribe debe su nombre a una nación de indios aguerridos
que desde las márgenes del Orinoco se extendieron por gran parte
de lo que hoy es el litoral de Venezuela y por el mayor número
de las islas antillanas; y también, debido a que esas islas lo
delimitan, es conocido corno el mar de las Antillas. En algunos de los
países de la América Central, no sabemos por qué,
se le llama el Atlántico.
A su vez, las Antillas son mencionadas a veces como las islas del Caribe,
y están divididas en el grupo de las Mayores y en el grupo de
las Menores. Las Menores forman tres subgrupos, el de las Vírgenes,
el de Barlovento y el de Sotavento. Pero además de esos tres
subgrupos hay varias islas y muchos islotes dispersos, que o son adyacentes
de una isla mayor o de un país de tierra firme, o son territorios
de alguna nación europea o de los Estados Unidos. Las Antillas
Mayores son cuatro: Cuba, Jamaica, la Hispaniola y Puerto Rico, cada
una de ellas con sus islas o sus islotes adyacentes.
Las islas antillanas, casi en su totalidad, y la tierra firme continental
que da al Caribe, fueron descubiertas y exploradas por I los españoles
entre los años 1492 y 1518. La mayor parte de los descubrimientos
y una parte importante de las exploraciones a nivel de las costas fueron
hechas por don Cristóbal Colón. En Y sus cuatro viajes
de España a América, el Almirante no salió de I
la zona del Caribe. Sin embargo, con la excepción de La Española,
Colón no conquistó esos territorios. Se da el caso de
que estuvo en Jamaica trece meses, de junio de 1503 a junio de 1504,
I sin que hiciera el menor esfuerzo por asentar allí el poder
español.
Tendremos que detallar uno por uno los puntos del Caribe, descubiertos
por España, los descubiertos y no conquistados, y sólo
así podremos darnos cuenta de que la composición histórica
del Caribe como frontera imperial se inicia desde los primeros días
del Descubrimiento y la Conquista. Tierras ricas, aun las más
pequeñas, o tierras propicias a ser utilizadas como bastiones
militares o como puntos comerciales, necesariamente debían atraer
a potencias europeas si no estaban defendidas o pobladas. Y sucedió
que la debilidad intrínseca de España —el imperio
sin capitales, sin mercados de consumo, sin técnica para i explotar
un territorio imperial— se reflejó en el abandono del Caribe,
que era geográficamente la avanzada de América. Pero veamos
el caso de cada isla y de cada tierra. Si vamos a hacer una descripción
somera del Caribe para explicar qué países lo forman,
y si resolvemos hacer la descripción de izquierda a derecha y
de arriba abajo, esto es, partiendo del Noroeste para dirigirnos hacia
el Este y de ahí hacia el Oeste y el Norte, tenemos que comenzar
por el canal de Yucatán.
Ese canal es la única vía marítima que da acceso
directo del mar Caribe al golfo de Méjico. Este único
paso era lo que hacía de La Habana "la llave de toda la
contratación de las Indias", como se dijo cuando se ordenó
que la ciudad pasara a ser la capital de Cuba, pues como lo explicó
el padre Las Casas, "es la que más concurso de naos y gentes
cada día tiene, por venir allí a juntarse o a parar y
tomar puerto de las más partes destas Indias"; esto es,
porque ahí se reunían todos los buques que llevaban mercancías
de España para la costa del golfo mejicano y para los puertos
del Caribe, o los que llevaban productos del Caribe y de Méjico
para España.
El canal de Yucatán tiene unas cien millas, que ya en los tiempos
de exploración de Juan de Grijalva (1518) se recorrían
en tres días. Dada esa distancia, los historiadores y los arqueólogos
no se explican cómo no se extendió a Cuba la cultura maya,
que produjo en la costa caribe de Yucatán ciudades tan fabulosas
como Ekab, Tulum, Tancah y Xelha. Y no hay duda de que esa cultura no
se extendió a Cuba puesto que en la isla no han quedado restos
que puedan identificarse con los mayas. Es probable que en los siglos
en que los mayas construyeron esas ciudades en Cuba hubiera muy poca
población, y que aun esa población mínima fuera,
hacia el occidente de la isla, bastante primitiva.
Colón tocó en Cuba, cerca del extremo oriental de la costa
norte, en el mes de noviembre de 1492, después de haber estado
más de dos semanas en las Lucayas. El Almirante mandó
a tierra a Rodrigo de Xerez y a Luis de Torres con encargo de que hicieran
exploraciones, y los dos volvieron a dar cuenta de que habían
hallado a gran número de indios "con un tizón en
las manos y ciertas hierbas para tomar como sahumerios". Los europeos
habían descubierto el tabaco.
Colón se detuvo en esa ocasión poco tiempo en Cuba, y
a mediados de 1504 estuvo navegando frente a la costa del sur de la
isla. Esta vez dedicó casi un mes a explorar el litoral y los
islotes y cayos de Juana, como él la había bautizado en
su primer viaje; recorrió los Jardines de la Reina, que conservan
todavía el nombre que él les puso, y llegó hasta
la isla de Pinos, a la que bautizó Evangelista. Pero de hay no
siguió, y salió de esas aguas convencido de que Cuba era
una parte de aquella fabulosa Cipango que iba él buscando, "la
tierra del comienzo de las Indias y fin a quien es esas partes quisiera
ir de España", según aseguró allí mismo
en declaración solemne hecha ante escribano real. Fue en 1508
cuando, gracias al bojeo hecho por Sebastián Ocampo, vino a saberse
que Cuba era una isla.
Cuba es la isla más grande de las Antillas y su tierra resultó
ser una de las más ricas del mundo. Por otra parte, la posición
de Cuba, como se vio poco después, era clave para el dominio
de las rutas marítimas. ¿Cómo se explica que en
una época tan avanzada como en 1508, cuando ya La Española,
a pocas millas hacia el Este, estaba poblada por españoles, Cuba
siguiera siendo desconocida hasta el punto de que no se sabía
si era parte de un continente o era una isla?.
La conquista de Cuba comenzó unos veinte años después
de su descubrimiento, y desde los primeros tiempos el nombre de Juana,
que le había dado Colón, y el de Fernandina, que tuvo
más tarde, se mezclaban con el nombre indígena que acabó
prevaleciendo. Es casi seguro que ese nombre de Cuba no designaba la
totalidad de la isla. Los indios de las Antillas mayores no formaban
pueblos unidos; a lo más eran tribus, y debemos pensar que cada
tribu denominaba el territorio que ocupaba, no el de todas las tribus.
El nombre de Cuba debió ser usado por la tribu que señoreaba
el lugar donde tocó Colón en noviembre de 1492.
Esto que acabamos de decir debe aplicarse a la isla que está
inmediatamente después de Cuba, hacia el Este. Cuando Colón
preguntó por tierras que tuvieran oro, los indios de Cuba le
señalaron hacia Oriente y le mencionaron Haití, Babeque,
Bohío. El Almirante navegó por el Norte y cruzó
el canal de los Vientos en el punto en que éste se desprende
del canal de las Bahamas.
El canal de los Vientos separa Cuba de esa tierra llamada por los indios
cubanos indistintamente Haití, Babeque o Bohío. Se trata
de un canal estrecho. Desde la orilla cubana pueden verse, en días
claros, las costas occidentales de la Hispaniola. Ese es el nombre que
le han dado los geógrafos en el siglo XX, pero Colón la
bautizó Española; después la isla se conoció
como Santo Domingo debido a que el nombre de la ciudad principal se
extendió a todo el territorio, y cuando los franceses pasaron
a dominar la porción del Oeste, se popularizó en Europa
el nombre de Haití o la traducción francesa del antiguo
—Saint Domingue—. Más tarde, al quedar la isla dividida
en dos repúblicas—la Dominicana o de Santo Domingo al Este
y la de Haití al Oeste—, se creó tal confusión,
que se consideró necesario darle un nombre que fuera al mismo
tiempo diferente de República Dominicana, de Santo Domingo y
de Haití; y así vino a resucitarse el nombre que le dio
Colón, pero en lengua latina, de donde resultó el de Hispaniola,
que había sido usado en algunos mapas del siglo XVIII.
Sobre la costa norte de la Hispaniola hay una pequeña isla —que
es hoy adyacente de Haití— a la que Colón bautizó
con el nombre de la Tortuga. La Tortuga jugó un papel muy importante
en la historia de todo el Caribe. En su diminuto perímetro lucharon
a muerte los poderíos imperiales; por ahí pasó
durante medio siglo la frontera imperial, y es aleccionador observar
cómo en ese terroncito se acumularon fuerzas tan potentes y cómo
el resultado de esa acumulación iba a afectar la vida entera
de toda la región.
La Española fue descubierta por el Almirante el 5 de diciembre
de 1492; allí desembarcó y allí estuvo hasta mediados
de enero de 1493. Debido a que estando en La Española naufragó
una de las tres carabelas del Descubrimiento —la Santa María—,
usó sus restos para construir un fuerte que llamó de la
Natividad, en conmemoración del día del naufragio, y dejó
en ese fuerte unos cuarenta hombres al mando de Diego de Arana y bajo
la protección de un cacique indio con el que había establecido
relaciones afectuosas.
La Española comenzó a ser conquistada y poblada al mismo
tiempo a fines de noviembre de 1943, cuando el Almirante volvió
a ella en su segundo viaje. Colón volvía con diecisiete
buques —catorce carabelas y tres naos de gavia—, más
de mil trescientos hombres, de los cuales mil iban con sueldos de los
Reyes y los restantes eran voluntarios. Con ese viaje, pues, nacía
el Imperio español, y es de buena lógica suponer que esa
isla en la que nacía el Imperio de España sería
siempre española; sin embargo, como veremos luego, poco más
de un siglo después la porción occidental de La Española
sería abandonada porque España no podía defenderla
contra corsarios y contrabandistas y de tal abandono provendría
la división de la isla en dos países diferentes.
Al este de la Hispaniola está el canal de la Mona, nombre que
recibió de una pequeña isla situada en su centro. En esa
islita estuvo Colón cuando, en un paréntesis de su segundo
viaje, anduvo explorando por Jamaica y Cuba. Cinco años después,
La Mona fue donada a su hermano Bartolomé, que no llegó
a establecerse en ella. La Mona es hoy una adyacencia de Puerto Rico,
y debemos convenir que ni económica ni militarmente ,tenía
importancia para España en los días del Descubrimiento,
puesto que era difícil que una potencia enemiga de España
pudiera tomarla y retenerla, hallándose, como se hallaba, en
medio de La Española y Puerto Rico y a corta distancia de las
dos.
Puerto Rico fue descubierta por Colón el 19 de noviembre de 1943,
cuando iba hacia La Española en su segundo viaje. El Almirante
tocó en un puerto situado en el ángulo noroeste de la
isla y estuvo allí hasta el día 22. Fue él quien
bautizó la isla con el nombre de San Juan Bautista, que pasó
a ser luego unas veces Bautista y otras San Juan, hasta que al fin Fernando
el Católico la llamó San Juan de Puerto Rico, con lo que
vino a quedarse, al andar del tiempo, con el de Puerto Rico a secas.
Los indios la llamaban Borinquen.
Unos siete años después de haber pasado Colón por
Puerto Rico estuvo en la isla Vicente Yáñez Pinzón,
quien al volver a España negoció con el rey una capitulación
para colonizar allí. En 1506, sin embargo, Vicente Yáñez
Pinzón vendió sus derechos sin haber vuelto a Puerto Rico,
y la isla vino a ser explorada sólo en el 1508, cuando ya La
Española era una colonia importante con quince años de
antigüedad. Y debemos decir que lo mismo que sucede con el canal
de los Vientos, el de la Mona, que separa a la Hispaniola de Puerto
Rico, es estrecho; también en este caso las costas de una pueden
verse desde las costas de la otra, y la existencia de La Mona en medio
del canal facilitaba enormemente el corto viaje entre las dos islas.
Como España acertó a comprenderlo en el siglo siguiente,
la posición de Puerto Rico la convertía, de manera inevitable,
en una avanzadilla del Caribe en aguas del Atlántico, razón
por la cual resultaba militarmente inestimable. Sin embargo, según
hemos dicho, fue quince años después de haberse comenzado
la conquista de La Española, que estaba a un paso, cuando comenzó
la conquista de Puerto Rico, y durante mucho tiempo los colonos radicados
en la isla no se asentaron ni en Culebras ni en Vieques, dos pequeñas
islas adyacentes. A tal extremo llegó el abandono de Vieques,
que fue ocupada varias veces por franceses e ingleses, como veremos
a lo largo de esta historia.
Tampoco llegaron los españoles a ocupar en ningún momento
el grupo de las Vírgenes, que se halla inmediatamente después
de Vieques y Culebras, hacia el Este. Esas islas Vírgenes son
en su mayoría pequeñas, pero han probado ser muy importantes
para los imperios que las han poseído. La mayor de ellas es Santa
Cruz, que está situada al sur de las restantes. Las demás
son: Santomas, Saint John, Tórtola, Virgen Gorda, Anegada, Jost
Van Dykes y una multitud de islotes y cayos. Tórtola, Anegada,
Virgen Gorda, Cayo Francés, las dos Tatch —Grande y Pequeña—,
la Norman, la Peter, Tobago y Pequeña Tobago —a las que
no debemos confundir con la isla vecina de Trinidad, que lleva también
el nombre de Tobago—, las dos Jost Van Dyke —Grande y Pequeña—
y varios islotes y cayos de las Vírgenes son ingleses; las demás
son norteamericanas.
Las Vírgenes fueron descubiertas por Colón en noviembre
de 1493, mientras iba hacia La Española. En la de Santa Cruz
mandó hacer un reconocimiento y supo que los caribes envenenaban
las flechas con las que combatían, y de esa isla se llevó
algunos caribes con la esperanza de que aprendieran el español
y sirvieran más tarde como intérpretes.
Algunas de esas islas Vírgenes no tienen agua dulce, excepto
la que pueden almacenar en las lluvias, que a veces están años
sin caer; y a pesar de ese serio inconveniente, varias de ellas han
sido importantes como parte de la frontera imperial, en ocasiones porque
han servido de trampolín para la conquista de otras, en ocasiones
porque fueron convertidas en activos centros comerciales. Los caribes
conocían el valor de esas islas Vírgenes como sitios de
paso para atacar a los pueblos arauaco-taínos de Puerto Rico
y La Española. Una de esas islas, la situada más al Norte
—y al mismo tiempo más al Este— es la llave de entrada
al ' canal de la Anegada, que comunica el Atlántico con el Caribe.
El canal lleva el nombre de la isla.
A partir del canal de la Anegada, la cadena de islas se dirige al Sur,
hacia las bocas de Orinoco; al principio forma un nudo que se cierra
en Monserrate y luego toma el aspecto de un arco que va a terminar en
Trinidad. El arco sólo queda roto por Barbados, que se sale de
la línea en dirección Este.
Todas estas islas, a partir de Sombrero, que es la que se encuentra
en el borde sureste del canal de Anegada, hasta Trinidad, forman el
grupo de Barlovento.
Las islas de Barlovento —si no todas, casi todas— fueron
descubiertas por Colón. Las que se encuentran entre San Martín
y Dominica lo fueron en su segundo viaje, es decir, en noviembre de
1493.
La que está situada inmediatamente después de Sombrero,
hacia el Sudeste, es Anguila; al sur de Anguila, pero a una distancia
muy corta, se halla San Martín, desde donde Colón varió
rumbo hacia el Oeste, con lo que fue a dar a Santa Cruz. San Martín
es una pequeña isla repartida desde hace siglos entre Francia
y Holanda, y tiene al Sudeste la pequeña isla francesa de San
Bartolomé, que fue colonia de Suecia, y algo más lejos,
hacia el Sur, la holandesa de Saba. Al Sudeste de Saba se encuentran
la diminuta San Eustaquio, holandesa, y la antigua San Cristóbal,
llamada hoy Saint Kitts.
Esta Saint Kitts, y la muy pequeña Nevis, que le queda al lado,
formaron una unidad histórica desde que empezaron a servir de
base para la conquista de posiciones en el Caribe por parte de franceses
e ingleses. La importancia de Saint Kitts y Nevis en los primeros tiempos
de la frontera imperial es sólo superada por la de la Tortuga
y acaso igualada por la de Barbados.
Hacia el este de Saba está Barbuda —a la que no hay que
confundir con Barbados, situada mucho más al Sur—, y al
sur de Barbuda y al este de Saint Kitts se halla Antigua. Al sur de
Antigua y al sudeste de Nevis está Monserrate, que, como hemos
dicho, cierra el nudo formado por las islas que están al borde
del canal de la Anegada. Todas las islas mencionadas en este párrafo
son inglesas.
Al sudeste de Monserrat se encuentra Guadalupe. Después de Trinidad,
Guadalupe es la mayor de las islas de Barlovento. Junto con Marigalante
—que le queda al Sudeste—, los islotes de los Santos y la
Deseada, San Bartolomé y la mitad francesa de j San Martín,
forma un departamento francés de Ultramar. Guadalupe fue descubierta
por Colón en el tantas veces mencionado viaje de noviembre de
1493. Fue en esa isla donde Colón y los j españoles conocieron
a los caribes, los indios que dieron nombre al mar y a toda la región
bañada por él. Además de conocer su existencia,
supieron que eran caníbales porque hallaron cabezas y miembros
humanos puestos al fuego, cociéndose al agua, y hallaron también
muchos huesos mondos de hacía tiempo, que sin duda habían
pertenecido a hombres sacrificados para ser comidos en banquetes rituales.
Esto indicaba que Turuquerie —nombre indígena de la isla—
era una base de los caribes; que desde allí partían a
sus expediciones de guerra a otras islas y allí retornaban con
sus prisioneros y con las mujeres apresadas, a las cuales no mataban.
El Almirante y sus compañeros notaron también que la isla
estaba muy poblada, que las viviendas eran mejor construidas que en
Marigalante y Dominica, donde acababan de estar; que los naturales de
Guadalupe usaban telas buenas y muebles vistosos. Pero lo que les afectó
fue el canibalismo. Y sobre esa experiencia de Guadalupe se fundamentó
la teoría —aprobada más tarde por el rey Fernando—
de que los caribes debían ser esclavizados porque no tenían
alma, puesto que comían carne humana. Como era de esperar, la
autorización real para apresar y vender a los caribes dio pie
para que los indios que no eran caribes fueran apresados y vendidos
como caribes, lo que a su turno provocó muchas sublevaciones
de indios en toda la región del Caribe.
Marigalante fue descubierta por Colón en noviembre de 1943. La
pequeña isla se llamaba Ayai en la lengua de sus pobladores indios,
y Colón le dio el nombre que conserva todavía debido a
que frente a ella se detuvo la nao capitana de la flota de diecisiete
barcos con que él iba hacia La Española, y esa nao capitana
se llamaba Marigalante.
Inmediatamente al Sur está Dominica, llamada Caire por sus habitantes
indígenas. Como Colón llegó a esa isla un domingo
(3 de noviembre de 1493), la bautizó con el nombre del día.
Hoy es parte de la Comunidad Británica.
Desde Dominica el Almirante navegó hacia el Norte. Era noviembre
y noviembre es un mes de maravilla es esas islas del Caribe, sobre todo
en el litoral del Atlántico. La brisa es sostenida y fresca,
y mantiene los aires finos y el cielo limpio. El Almirante y los mil
trescientos y más hombres que iban con él debían
sentirse deslumbrados. Fueron navegando de isla en isla, dejándolas
atrás sin percatarse de que iban dejando un vacío de poder
que algún día llenarían unos imperios resueltos
a destruir el Imperio español.
Inmediatamente al sur de Dominica está Martinica, que habría
de ser muy conocida en el mundo a través de Josefina de I Beauharnais,
la criolla que llegó a ser emperatriz de Francia, 1 nacida en
esa isla; y conocida también por la violenta erupción
r de su volcán Mount-Pelée, ocurrida a principios de este
siglo. Es probable que Colón estuviera en Martinica en su tercer
viaje, hecho en 1498, pero es seguro que estuvo en ella en el cuarto,
con toda precisión, el 13 de junio de 1502. Martinica forma,
ella sola, el otro departamento francés de Ultramar que hay en
el Caribe.
Al Sur de Martinica se encuentra Santa Lucía, isla inglesa, más
pequeña que Martinica: al sur de Santa Lucía, está
San Vicente, también inglesa; luego, siempre al Sur, las Granadillas,
que son islotes, y al final de las Granadillas, Granada, todas inglesas.
Es casi seguro que Colón vio todas esas islas en 1498, en su
tercer viaje, y que las bautizó, probablemente a Granada con
el nombre de la Concepción y a San Vicente con el de Asunción,
y es seguro que estuvo en Santa Lucía en su cuarto viaje (1502)
y que desembarcó en ella al término de la travesía
desde las Canarias. Santa Lucía tenía el nombre indígena
de Mantinino.
Para terminar la delimitación del Caribe por el Sudeste, quedan
Tobago y Trinidad. Tobago es una isla pequeña cuyo nombre viene
de tabaco, la rica hoja descubierta por los españoles en Cuba
en noviembre de 1492. Trinidad es la mayor de las Antillas de Barlovento.
Trinidad y Tobago forman ahora una república de la Mancomunidad
Británica. Probablemente Colón pasó junto a Tobago
en su tercer viaje (1498), aunque no desembarcó en ella, y estuvo
en una bahía de Trinidad —nombre que él mismo le
dio a la isla— el 31 de julio de ese año. De todas esas
islas de Barlovento, Trinidad fue la única colonizada por España,
pero tan tardíamente, que —como hemos dicho antes—
fue en 1584 cuando se fundó el primer pueblo español en
ella, y durante más de doscientos años vivió abandonada
a su suerte, de manera que no debe extrañarnos que Trinidad cayera
en manos inglesas en febrero de 1797.
En cuanto a Barbados, situada al este de San Vicente, no hay constancia
de que fuera descubierta antes de 1627. La historia de Barbados comienza
ese año, con su ocupación por un grupo de ochenta ingleses
que volvían de la Guayana Británica. Desde entonces Barbados
fue considerada isla inglesa, y hoy es la República de Barbados,
parte también, como Trinidad, Tobago y Jamaica, de la Mancomunidad
Británica.
Ahora ya estamos en el borde sur del Caribe. Ese borde es tierra firme
sin cesar, desde el golfo de Paria, en Venezuela, hasta que, ascendiendo
hacia el Norte, llegamos a cabo Catoche, en la península de Yucatán.
Todas esas tierras fueron descubiertas por España; sin embargo,
en ellas vamos a encontrar la zona del canal de Panamá, que es
propiedad norteamericana, y encontraremos a Belice, que es territorio
inglés; frente a las costas de Venezuela hallaremos las islas
holandesas de Sotavento; hacia el Oeste hay unas cuantas islitas de
los Estados Unidos; hacia el centro, las inglesas Caimán y Jamaica,
y en el extremo noroeste del Caribe, la de Cozumel, que es mejicana.
Como podemos ver, en el Caribe hay muchas banderas. Es en verdad una
frontera imperial, y en esa frontera, debatida a cañonazos, cada
imperio se quedó con un botín de tierras.
En la línea de la tierra firme, la primera es Venezuela, que
se llamó precisamente Tierra Firme. Cuando Colón la descubrió
la bautizó Isla Santa o Tierra de Gracia. Esto sucedió
el 1 de agosto de 1498, un día después de haber descubierto
Trinidad, por donde es fácil colegir que Colón llegó
a Venezuela precisamente por el punto en que comienza —o termina—
el Caribe, y precisamente, también, por el punto en que los indios
caribes comenzaron a extenderse hacia las islas.
Que llamara Isla Santa o Tierra de Gracia a lo que hoy es Oriente de
Venezuela demuestra que el Almirante no llegó a darse cuenta
de que estaba en tierra continental. Anduvo por la costa unos trece
días; luego vio o reconoció varias de las islas pequeñas
que hoy son adyacentes de Venezuela, entre ellas Margarita, y desde
luego se dio cuenta de que había llegado a un país rico,
de indios mejor organizados que los de las islas, con mejores viviendas,
más numerosos y con más producción agrícola.
En ese viaje, que era el tercero, Colón iba hacia la Española,
y desde allí escribió al rey dándole cuenta de
sus nuevos descubrimientos y enviándole la carta de navegación
y el mapa que había levantado de las islas y las costas que acababa
de descubrir. Se dice que en esa ocasión el Almirante no le participó
a don Fernando el Católico que había visto en la Isla
Santa o Tierra de Gracia hermosas perlas en manos de los indios, y que
eso puso al rey en sospechas contra Colón. Pero es el caso que
el rey entendió que las nuevas tierras eran ricas y autorizó
a Alonso de Ojeda para que fuera a rescatar en ellas, y se cree que
por orden suya se le dio a Ojeda el mapa que había enviado el
infortunado Descubridor.
Alonso de Ojeda era un capitán aguerrido, uno de esos españoles
de los días heroicos, capaz de llevarse por delante una montaña.
Había estado en La Española, ala que llegó en el
viaje de 1493, y allí se había destacado en la lucha contra
los indios sublevados; fue él quien con un ardid que sólo
podía ocurrírsele a un soldado muy audaz hizo preso a
Caonabó, el bravío cacique de La Española, a quien
llevó esposado hasta el real español.
Vuelto a España, Ojeda entabló amistad muy estrecha con
el obispo Fonseca, que presidía el Consejo de Indias; obtuvo
licencia para el viaje a Tierra de Gracia; armó cuatro bajeles
y llevó como jefe de pilotos a Juan de la Cosa, el mejor de los
navegantes de esos tiempos. Otro de sus compañeros fue Américo
Vespucio, que con ese viaje conocería el hemisferio que iba a
llevar su nombre.
Ojeda salió del Puerto de Santa María el 20 de mayo de
1499 y fue a dar a las costas de lo que hoy es República de Guayaría,
la antigua Guayana inglesa, y de ahí fue remontando hacia el
Noroeste, cruzó ante las bocas del Orinoco, llegó a Trinidad
y entró en el Caribe por el mismo punto por donde había
entrado Colón un año antes. Desde luego, eso no fue una
coincidencia casual, puesto que llevaba los mapas del Almirante.
La expedición había hecho tierra en Trinidad; luego estuvo
en la costa de la península de Paria, donde había estado
Colón, pasó a isla Margarita; reconoció varios
islotes y siguió navegando frente al litoral, siempre en dirección
del Poniente. De vez en cuando hacía desembarcos y entradas para
conseguir bastimentos y para negociar con los indios. Pero cuando llegó
a Chichiriviche dio con indios hostiles, que le hicieron frente y le
hirieron más de veinte hombres. Buscando donde dejar esos heridos,
Ojeda llegó a una isla que Vespucio llamó de los Gigantes.
Según la tradición, los maltrechos compañeros de
Ojeda curaron rápidamente gracias a que comieron ciertas frutillas
silvestres que se daban allí en abundancia. Se dice que debido
a esa cura la isla pasó más tarde a llamarse de la Curación,
lo que en la lengua portuguesa de los judíos que se establecieron
después en la isla pasó a ser el Curazao de hoy. Hay,
sin embargo, base para creer que el nombre indígena de Curazao
era Curacó, de donde puede haber salido el de Curación.
Descubierta en agosto de 1499, Curazao vino a tener sus primeros pobladores
españoles en 1527, y Margarita un año después,
en 1528.
Ojeda retornó al continente, siempre arrumbando al Oeste, y el
24 de agosto descubrió el lago que los indios llamaban de Coquibacoa
y que nosotros conocemos por el nombre de Maracaibo, ese fabuloso depósito
de petróleo que parece inagotable. En ese lugar nació
el nombre de Venezuela. Los indígenas que habitaban en el lago
de Coquibacoa habían construido sus viviendas en el agua, sobre
pilares, a la manera típica de los pueblos lacustres en todos
los pueblos de su nivel cultural, y Américo Vespucio vio en ese
poblado una especie de Venecia primitiva, por lo que llamó Pequeña
Venecia a la concentración de casas indígenas que hallaron
los expedicionarios en el lugar. El nombre de Pequeña Venecia
se españolizó en Venezuela y esta denominación
fue extendiéndose por toda la comarca y luego por el país,
hasta que vino a ser el nombre de la provincia cuando la Conquista estuvo
terminada.
El lago de Coquibacoa fue bautizado San Bartolomé. Ojeda no estuvo
mucho tiempo en él. Siguió costeando y al llegar al cabo
de La Vela, un poco al Oeste, ya en la península de Guajira,
puso proa hacia la Española con sus buques cargados de indios
e indias que había hecho prisioneros en su exploración.
Todavía andaban Ojeda, Vespucio y De la Cosa por el litoral de
Venezuela cuando Pedro Alonso Niño, que conocía el lugar
por haber acompañado a Colón en su tercer viaje, obtenía
una autorización para ir a rescatar a esas tierras. "Rescatar"
era el verbo de la época para la acción de comerciar.
Alonso Niño se asoció en la empresa con Cristóbal
Guerra, quien le acompañó en el viaje.
Siguiendo las huellas de Colón y de Ojeda, los nuevos expedicionarios
fueron de sitio en sitio, costa adelante, cambiando baratijas europeas
por perlas, oro —que era siempre de baja ley— y víveres.
Alonso Niño sabía que para hacer buenos negocios había
que tratar a los indios con afecto, y así lo hacía. Sus
hombres evitaban cuidadosamente los altercados con los naturales y se
mantuvieron tres meses entre Paria Chichiriviche —que está
al oeste de lo que hoy es Puerto Cabello—, pero en Chichiriviche
los indios de la comarca los esperaban en son de guerra. El paso de
Ojeda por allí no se olvidaba, y todo blanco era para esos indios
tan odiado como Ojeda y sus compañeros.
Alonso Niño y Cristóbal Guerra no siguieron adelante;
retornaron a las costas orientales, donde tan bien les había
ido, y se mantuvieron por esa región rescatando perlas hasta
mediados de febrero del último año de ese fecundo siglo
XV, esto es, del 1500; y en ese mes de febrero pusieron proa hacia España,
adonde llegaron con la fama de haber sido los únicos navegantes
que habían vuelto de las Indias con las bolsas llenas. Como era
de esperar, ese viaje afortunado tenía que producir un brote
de entusiasmo en todos los que soñaban con rescatar oro en el
Nuevo Mundo.
Alentado con el éxito de su viaje anterior, Cristóbal
Guerra obtuvo autorización para rescatar en el mismo sitio. En
cambio, Vicente Yáñez Pinzón, que estuvo en Paria
pocos meses después de haber salido de Venezuela Cristóbal
Guerra y Alonso Niño, no se detuvo a buscar riquezas porque no
estaba enterado de los resultados que habían obtenido allí
los rescatadores. Yáñez Pinzón llegaba desde el
Brasil, donde había descubierto el Amazonas, que bautizó
con el nombre de Marañón, y pasaba por Paria en ruta hacia
La Española. En ese viaje, como debemos recordar, el audaz navegante
tocó en Borinquen.
Cristóbal Guerra aprestó su expedición y se presentó
en Paria, Margarita y las costas aledañas. Le fue fácil
rescatar porque había dejado buen recuerdo cuando estuvo con
Pero Alonso Niño, de manera que obtuvo buena cantidad de perlas
y de oro y también palo de Brasil. Pero no le bastó con
tanto y se dedicó a apresar indios para venderlos como esclavos.
Al llegar a España en noviembre de 1501 se le mandó a
prisión por haber esclavizado a esos indios y se le obligó
a devolverlos a su lugar de origen a sus expensas.
La fama de la riqueza de la región excitaba a los hombres de
acción en España. Las perlas y el oro que habían
llevado Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra movían
a gentes de todas clases a buscar autorización para ir a la Tierra
de Gracia. Mientras Vicente Yáñez Pinzón navegaba
por el Caribe en ruta hacia La Española y Cristóbal Guerra
apresaba a esos indios que le llevarían a la cárcel, un
hombre importante de Sevilla, escribano real, preparaba una expedición
que iba a ser histórica. Se trataba de Rodrigo de Bastidas, que
llevaría como jefe de pilotos al ya célebre Juan de la
Cosa, y, además, a uno que iba a ser personaje en la historia
de los descubrimientos: Vasco Núñez de Balboa.
La expedición de Rodrigo de Bastidas se hizo a la vela en Cádiz
en el mes de octubre de 1500, y estaba destinada a llegar al punto más
occidental tocado hasta entonces por los españoles; además
de eso, Bastidas sacó de ese viaje beneficios cuantiosos, más
que ningún otro explorador de los que le habían precedido.
Entre Guadalupe y el litoral de Venezuela, la expedición de Bastidas
llegó a una isla que fue bautizada con el nombre de Verde, y
que debe ser alguna de las que ahora se llaman de Sotavento; hizo escala
en ella y siguió a poco hacia Occidente; pasó el cabo
de La Vela, último punto que había tocado Ojeda; reconoció
el litoral de lo que hoy son Santa Marta, Barranquilla y Cartagena;
estuvo en las pequeñas islas de frente a esa costa y penetró
en el golfo de Urabá para hacer después rumbo al Norte,
con lo que costeó las orillas del istmo de Panamá hasta
el lugar que llamó Escribano, sin duda en homenaje a su profesión.
Bastidas salió de las costas del istmo de Panamá en marzo
de 1501 rumbo a La Española.
A Escribano llegaría Colón el 20 de noviembre de 1502,
aunque navegando en sentido contrario de Bastidas, esto es, llegando
desde Occidente. Y también —curiosa coincidencia—
de ahí se devolvería. Colón, que ignoraba que el
lugar había sido reconocido y bautizado por Bastidas, le llamó
Retrete; hoy se le conoce por Nombre de Dios.
Los historiadores de aquellos días, entre ellos el padre Las
Casas, afirman que Rodrigo de Bastidas era bueno, que no abusaba de
los indios. Pero es el caso que al llegar a La Española llevaba
indios apresados en su viaje, y por esa y por otras razones el comendador
Francisco de Bobadilla, que había tenido el penoso privilegio
de hacer preso a Colón y de enviarlo a España encadenado,
detuvo a Bastidas y le inició proceso. Así, mientras Bastidas
gastaba parte de la fortuna que le produjo el viaje en diligencias judiciales
y en mantener en buen estado sus buques mientras esperaba en La Española
una sentencia absolutaria, las nuevas de los buenos rescates que había
hecho llegaban a España y soliviantaban los ánimos de
los que ambicionaban ganar riquezas en las Indias.
Entre los ánimos soliviantados estaban los de dos veteranos;
uno de ellos era Alonso de Ojeda, que debía maldecir la mala
suerte que tuvo en esa misma tierra donde tan buena la tuvo Bastidas;
el otro era don Cristóbal Colón, que al oír detalles
de la travesía de Bastidas quedó convencido de que el
paso hacia Cipango estaba por el sitio que había recorrido el
sevillano".'
Antes de que Rodrigo de Bastidas pudiera salir de la Española,
donde Bobadilla le mantenía empleitado, Alonso de Ojeda obtuvo
de su amigo el obispo Fonseca el nombramiento de gobernador de Coquibacoa,
con sueldo de la mitad de cuanto se rescatara, si el rescate pasaba
de 300.000 maravadíes al año.
Tan pronto recibió el nombramiento, Ojeda se dedicó a
buscar medios para organizar una expedición, y logró hacerse
de cuatro naos, con las cuales salió de Cádiz en enero
de 1502. En marzo se hallaba en Paria rescatando perlas, ropa de algodón
y víveres. Todavía a esa altura los conquistadores no
se habían dado cuenta de que la isla de Cubagua, a poca distancia
hacia el poniente de Margarita, tenía en sus mares riquísimos
criaderos de perlas, y se conformaban con obtener las perlas de los
indios de Paria a cambio de baratijas europeas. Ojeda iba rescatando
perlas, como hemos dicho.
Pero la naturaleza violenta de Alonso de Ojeda no podía conformarse
con la mera y pacífica actividad comercial. Eso estaba bien para
hombres de ánimo tranquilo, como Pedro Alonso Niño y Rodrigo
de Bastidas. Alonso de Ojeda era un capitán de guerra, y cierto
día, bajo la especie de que necesitaba víveres y los indios
no se los llevaban, organizó una emboscada en la que dio muerte
a numerosos indios, hombres y mujeres, y apresó a varios, entre
ellos unas cuantas mujeres. En la acción, Ojeda perdió
a un español, que, por cierto, era escribano. Una vez satisfecho
en su necesidad de combatir, el jefe español pasó a la
isla de los Gigantes o de la Curación y de ahí al golfo
de la Goajira, donde fundó el pueblo de Santa Cruz, al que dotó
de un fuerte para defenderlo contra ataques de los indios.
Ya en Santa Cruz, el bravío Ojeda se dedicó a organizar
entradas en la comarca para cazar indios y despojarlos de lo que tuviera
algún valor. Su gobernación fue tan violenta, que sus
propios hombres se cansaron, puesto que sin la ayuda de los naturales
no era posible obtener alimentos en forma continua, y ellos no eran
agricultores para sustituir a los indios en la producción de
víveres. Se originaron disputas, dimes y diretes, y al fin un
día los subalternos de Ojeda le hicieron preso, lo metieron a
bordo de uno de los barcos y lo llevaron a La Española.
Ojeda había salido para ese viaje infortunado en enero de 1502,
según habíamos dicho. Pues bien, casi inmediatamente después,
el 15 de mayo del mismo año, salía de Cádiz don
Cristóbal Colón con cuatro navíos, unos ciento
cincuenta hombres, su hermano Bartolomé y su hijo Fernando, que
era entonces un mozo de apenas catorce años. Era el cuarto y
último viaje del Almirante de la Mar Océana, título
que nos suena hoy como un sarcasmo inexplicablemente solemne.
Colón llevaba instrucciones reales de no ir a La Española
a menos que tuviera necesidad imperiosa; es decir, en términos
marineros de hoy, sólo se le permitía llegar de arribada
forzosa. Pero Colón amaba esa isla con una pasión que
lo arrastraba, se sentía atado a ella, creía que era su
propiedad; de manera que a pesar de la recomendación del rey
se dirigió a La Española, después de haber tocado
en Santa Lucía, como hemos dicho antes, al referirnos a las islas
de Barlovento.
A la altura de 1502, la capital de La Española tenía unos
pocos años de fundada; estaba en la orilla oriental del río
Ozama, en el litoral del sur, y no tenía edificio alguno de consideración.
Pero era la capital no sólo de la isla sino también de
todas las Indias. Un poco antes de que Colón saliera en su cuarto
viaje había llegado a Santo Domingo el comendador Nicolás
de Ovando, designado gobernador de La Española y autoridad suprema
en todas las tierras del Caribe. Como en los días de la salida
de Ovando hacia La Española estaba preparándose el último
viaje de Colón, el nuevo gobernador supo antes de salir que a
Colón se le pediría que no llegara a La Española.
Ovando llevaba órdenes de detener y de enviar a España
a los personajes de la colonia que habían provocado y ejecutado
la prisión de Almirante, de manera que la presencia de éste
en Santo Domingo podía resultar inoportuna.
Precisamente en el momento en que la pequeña flota del Almirante
surgió frente a la ría del Ozama, que era el puerto de
la capital de la isla, había en él numerosos buques que
se preparaban para salir hacia España, y en ellos iban detenidos
esos personajes enemigos de Colón. Por eso cuando Colón
envió a tierra un mensajero para pedir que se le concediera carenar
uno de sus barcos, que parecía estar atacado de broma, el gobernador
Ovando le mandó decir, con finura pero con firmeza, que no podía
autorizar el desembarco del Descubridor.
Supo el Almirante que la flota que estaba en la ría iba a salir
para España, y mandó otro mensaje a Ovando haciéndole
saber que había una tempestad en puertas, que si la flota salía
correría peligros serios, si no era destruida, y que él
mismo pedía permiso para refugiarse en el Ozama mientras pasaba
el huracán. Ovando se negó a permitir que Colón
entrara en el puerto y no atendió a la recomendación de
que se retuviera la flota destinada a España. En vista de ello,
el Almirante navegó un poco hacia Occidente y se refugió
en una amplia bahía que llamó Puerto Hermoso de los Españoles
(conocida hoy como las Calderas) y allí pudo resistir el huracán,
que se presentó cuando ya la flota había salido de Santo
Domingo. Cogida entre el furor de las aguas y los vientos, la flota
quedó destruida y a duras penas siguió a flote el buque
en que iba Rodrigo de Bastidas, que retornaba a España en esa
ocasión, libre ya de la persecución de Bobadilla. Con
la flota se perdieron Bobadilla, que iba preso, y Roldan, el enemigo
de Colón, y el cacique Guarionex, apresado después de
haberse mantenido en rebelión algunos meses, y con ellos el oro
que se le enviaba al rey.
Obligado a seguir viaje, Colón quiso dirigirse a Jamaica. El
mismo había descubierto esa isla en abril de 1494, en el viaje
en que estuvo costeando por el sur de Cuba. Ya habían pasado
ocho años desde que la descubrió, y Jamaica —que
el Almirante había llamado Santiago— estaba abandonada,
sin que ningún, español llegara a sus costas.
Así, pues, Colón pensó llegar a Jamaica para carenar
sus naves, como Dios le ayudara, pero tuvo vientos adversos, y además
la tripulación, que había visto cómo se le había
negado la entrada al puerto de Santo Domingo, comenzó a dar señales
de poco respeto a la autoridad del Almirante. La flotilla había
llegado ya a los cayos de Morante, pero Colón varió de
rumbo y se dirigió a Cuba. Pasó otra vez por los Jardines
de la Reina, que había conocido en abril de 1494, y en Cayo Largo,
llegando ya a la isla que él mismo había bautizado en
su viaje anterior con el nombre de Evangelista (Isla de Pinos), cuarteó
al Sur y el 30 de julio de ese año de 1502 llegó a Guanaja,
en lo que hoy es el golfo de Honduras.
La pequeña isla de Guanaja queda al norte de lo que después
sería el conocido puerto de Trujillo, y además muy cerca.
Estando en la Guanaja, Colón vio unas cuantas embarcaciones indígenas
que no eran las simples canoas de los arauacos-taínos o de los
caribes, y oyó hablar una lengua que el llamó mayano.
Al recorrer en los días siguientes las islitas que estaban en
las vecindades de la Guanaja se detuvo a ver una de esas embarcaciones
que habían llamado su atención y encontró que era
"tan larga como una galera, de ocho pies de anchura, con treinta
y cinco remeros indios". La poco común embarcación
iba cargada con espadas de pedernal, telas de algodón, cobre,
campanas, cacao, todo lo cual le causaba asombro al Almirante. Lo que
él no sabía, y murió sin saberlo, era que se trataba
de naves aztecas, toltecas o mayas que recorrían esos lugares
traficando, cambiando productos de los que ellos fabricaban por los
que tenían otros pueblos, y que el cacao era la moneda que usaban
en el comercio con sus vecinos.
Sin duda Colón supo, o sospechó, que esos indios comerciantes,
que a la vista pertenecían a una cultura superior a la que prevalecía
en las islas, llegaban a la Guanaja desde el Occidente, o tal vez desde
el Norte. ¿Cómo se explica que después de haberlos
conocido prefiera seguir viaje hacia el Este en lugar hacia el sitio
de donde ellos llegaban? Volviendo atrás podría conocer
a ese pueblo rico y civilizado que él había llamado mayano.
Pero sucedía que Colón estaba buscando la salida hacia
la fabulosa Cipango; iba hacia el punto adonde había estado Rodrigo
Bastidas, porque, en su opinión, por ahí estaba el paso
que daría al mar de Cipango o a las fronteras de ese reino tan
soñado.
En ese mes de agosto de 1502 el Almirante se hallaba en el límite
extremo del poniente a que había llegado nunca un europeo. Nadie
había ido tan al Oeste como él. Se encontraba casi diez
grados hacia el Oeste del sitio a que había llegado Bastidas
antes de poner rumbo hacia La Española, esto es, antes de volver
atrás. Y estaba cerca de las tierras donde se había desarrollado
una de las grandes culturas del Nuevo Mundo, la de los pueblos mayas.
Si hubiera resuelto seguir navegando hacia Occidente, esto es, mantener
el rumbo que le había llevado hasta la Guanaja, habría
ido a dar necesariamente a las costas de Yucatán porque se habría
visto forzado a virar al Norte. Pero el Almirante iba en busca de Cipango,
y pondría proa al Este.
Hizo esto después de haber reconocido el puerto que se llama
hoy Trujillo, al que entró el día 14; el 17 llegó
al río Tinto, que nombró Posesión porque allí
tomó posesión de la tierra en nombre de Castilla. A poco
de salir de ahí encontró calma chicha, por lo que tardó
hasta el 12 de septiembre en llegar al cabo que llamó Gracias
a Dios, que es hoy un punto fronterizo entre Honduras y Nicaragua. De
ahí fue a dar a la boca del río Grande de Matagalpa; de
ese lugar, a Punta Gorda, y más adelante, a una legua tierra
adentro, halló el pueblo de Cariay, cuyos habitantes vestían
camisas de algodón sin mangas y llevaban parte del cuerpo pintada
con figuras en rojo y negro y usaban el cabello trenzado sobre la frente;
los jefes usaban gorros de algodón con plumas y las mujeres vestían
con telas de colores y llevaban pendientes de oro y tenían agujeros
en las orejas, en los labios y en la nariz. Al entrar en las casas,
los españoles hallaron herramientas de pedernal y cobre, objetos
soldados y fundidos, crisoles y fuelles de pieles, que se usaban para
trabajar los metales, y vieron sepulcros con cadáveres embalsamados,
envueltos en tela de algodón.
La descripción de lo que vieron Colón y sus compañeros
en Cariay corresponde en gran parte a un pueblo de cultura maya o azteca,
lo que podemos explicarnos porque hoy se sabe que los mayas, los aztecas
y los toltecas llegaron a relacionarse, largo tiempo antes del Descubrimiento,
con los pueblos de la zona centroamericana.
El 5 de octubre salió de Cariay, de donde fue a dar a la bahía
de Zorobabó —hoy, la del Almirante— y allí
se detuvo para reconocer el litoral; pasó por la boca del río
Veraguas y siguió hasta el pueblito que llamó Portobelo,
que ha conservado ese nombre hasta hoy. El 20 de noviembre el Almirante
llegó al lugar que Bastidas había nombrado Escribano,
y lo llamó Retrete. Ya hemos dicho que el nombre actual de Escribano-Retrete
es Nombre de Dios.
En ese punto Colón decidió volver a Poniente. No sabemos
si ahí mismo o en los sitios donde había parado antes
estuvo oyendo hablar de unas tierras riquísimas y cercanas, muy
pobladas, con ciudades civilizadas —a su manera—, y Colón
pensó que se referían a la India de sus ilusiones. Tal
vez esos rumores tenían que ver con el Perú o Méjico
o con los pueblos mayas, de todos los cuales tenían algunas noticias
las tribus que vivían en América Central. De cierto río
que le dijeron que estaba a diez jornadas hacía el Oeste, llegó
el Almirante a pensar que era el Ganges.
Es el caso que volvió a tomar la ruta que había recorrido
y de súbito se halló en el centro de un huracán.
Puesto que ya era diciembre, ése era un ciclón tardío,
fuera de época en el Caribe. Al describir esa tempestad diría
que "ojos nunca vieron la mar tan alta, fea, y hecha espuma.
El viento no era para ir adelante, ni daba lugar para recorrer hacia
algún cabo. Allí me detenía en aquella mar fecha
sangre, hirviendo como caldera por gran fuego. El cielo jamás
fue visto tan espantoso; un día con la noche ardió como
forno; y así echaba la llama con los rayos, que cada vez miraba
yo si me había llevado los mástiles y velas; venían
con tanta furia espantables, que todos creíamos que habían
de fundir los navíos. En todo ese tiempo jamás cesó
agua del cielo, y no para decir que llovía, salvo que resegundaba
otro diluvio. La gente estaba ya tan molida, que deseaba la muerte para
salir de tantos martirios. Los navíos ya habían perdido
dos veces las barcas, anclas, cuerdas y estaban nerviosos y sin velas".
Así, con los navíos "abiertos y sin velas" llegó
hasta el río Veraguas, pero como no pudo entrar en él,
volvió atrás hasta la boca del río Belén,
que bautizó con ese nombre porque era el día de Reyes
de 1503.
Quibián, cacique de la comarca, recibió a los españoles
con natural cordialidad; les ayudó en cuanto estuvo a su alcance;
les proporcionó víveres; facilitó guías
para que Bartolomé Colón, el hermano del Almirante, reconociera
las tierras circunvecinas, en las que se halló bastante oro.
Don Cristóbal resolvió fundar allí un pueblo, al
que llamó Santa María de Colón, conocido también
por Santa María de Belén. El pueblo fue levantado a la
orilla del río, pasada la boca.
Pero es el caso que como dijo el propio Almirante, "los indios
eran muy rústicos y nuestra gente muy importuna". Tal vez
los indios se cansaron de que los forzaran a buscar oro y bastimentos
o de que abusaran de sus mujeres, y Colón y su hermano creyeron
que ese cansancio anunciaba un levantamiento, por lo que decidieron
adelantarse a los indios en un ataque por sorpresa. Don Bartolomé,
que era hombre de acción, hizo preso a Quibián, prendió
a sus mujeres, a sus hijos y a todos sus amigos, y puso fuego a sus
viviendas. Quibián logró fugarse, arrojándose al
río desde la canoa en que lo llevaban, y levantó las tribus
de los contornos contra los españoles. Los ataques fueron numerosos
y resueltos. Comenzaron a caer españoles muertos y heridos, y
sucedía que no era fácil abandonar el lugar porque el
nivel del río había bajado y con ello se había
cegado la boca, de manera que no era posible salir a mar abierto.
Esa situación duro bastante tiempo. Los indios atacaban y quemaban
las viviendas de los españoles, y los que estaban refugiados
en los bajeles eran también atacados sin cesar. Quibián
y sus gentes no personaban la agresión que les habían
hecho. Al fin, aprovechando una subida de aguas del río, Colón
logró sacar algunos buques, pero uno de ellos se quedaría
perdido en el río Belén. Gracias al arrojo de Diego Méndez,
que era muy leal a Colón, fue posible sacar los hombres de dos
en dos y de tres en tres hasta llevarlos a los barcos.
Navegando de nuevo hacia el Oriente, el Almirante llegó a Portobelo,
donde tuvo que abandonar otro de los barcos que ya tenía los
fondos inservibles. De Portobelo se dirigió al archipiélago
de San Blas, y de esas islas, al comenzar el mes de mayo, puso proa
hacia La Española. Poniendo rumbo al Norte llegó a las
islas Caimán, que bautizó con el nombre de las Tortugas.
Las Caimán son poco más que cayos arenosos situados al
sur de Cuba; alcanzan a tres y están bajo el dominio de Inglaterra.
Al encontrarlas, Colón hacía el último de sus descubrimientos.
De las Caimán, el Almirante cuarteó hacia el nordeste
y fue a dar a los tan conocidos Jardines de la Reina, de donde puso
proa hacia Jamaica. Llegó a esa isla el día de San Juan
de 1503 y estuvo en ella hasta el 28 de junio de 1504, trece meses completos.
Cuando salió de Jamaica fue a Santo Domingo, donde paró
unos días; y de ahí siguió viaje a España.
Iba a morir menos de dos años después.
Con el paso de Cristóbal Colón por las islas Caimán
—lo que debió suceder en junio de 1503—, quedaba
prácticamente descubierto todo el Caribe. Faltarían por
ser exploradas sólo las costas de lo que hoy es Belice y las
de Yucatán. Esas costas yucatecas serían vistas bastante
más tarde por Francisco Fernández de Córdoba, que
estuvo en la isla de Cozumel en el año de 1517.
Como podemos ver, en los primeros veinticinco años que siguieron
al descubrimiento del Nuevo Mundo el Caribe quedaría reconocido
en toda su extensión, y la mayor parte de la tarea del reconocimiento
sería hecha en los primeros diez años. Durante todo ese
tiempo, sólo los españoles actuaban en el Caribe. Al terminar
el siglo XV, en el año de 1500, Alonso de Ojeda afirmó
que había visto una nave inglesa merodeando por las aguas del
Caribe, pero nunca hubo prueba de que se tratara de un barco extranjero,
y si lo fue, no parece haber sido inglés. Hacia el Norte, más
allá de las Bahamas, en lo que hoy son los Estados Unidos, anduvo
Juan Cabot explorando a nombre de rey de los ingleses, Enrique VII.
Pero el Caribe era un mar reservado a los españoles, y ningún
buque de otra nacionalidad había penetrado en él en todos
esos años iniciales del Descubrimiento y la Conquista.
Para 1517 había en el Caribe puntos poblados, una corte virreinal
—la de don Diego Colón en La Española— y una
Real Audiencia en la misma isla. De manera que cuando Francisco Fernández
de Córdoba desembarcó en Cozumel, la isla mejicana del
Caribe, ya las tierras y las aguas de ese mar eran una frontera imperial.
Pero se trataba de la frontera de un solo imperio. Todavía no
habían llegado allí otros imperios a disputarle a España
la propiedad de la región. Sólo los indígenas que
habían sido los dueños naturales de las islas y de la
tierra firme combatían aquí y allá contra los españoles
que habían llegado a despojarlos de su suelo, y pronto iban a
sublevarse algunos grupos de esclavos llevados al Caribe desde África.
Pues desde que se inició como frontera imperial, el Caribe estuvo
regado por la sangre de los que luchaban, o bien por someter a otros,
o bien por librarse de los sometedores.
España era, en los conceptos legales de la época, la dueña
y señora del Caribe; lo había descubierto, lo había
explorado en todos sus confines, y en ciertos puntos lo había
poblado. Pero España, que era políticamente un imperio,
y que tenía la autoridad legal de los imperios, carecía
de la sustancia necesaria para desarrollar un imperio, y a eso se debió
que a medida que descubría y exploraba en el mar de las Antillas
fuera dejando tras sí islas y territorios abandonados. Y se trataba
de islas y territorios ricos o susceptibles de producir riquezas. Donde
quedó un punto desocupado se estableció un vacío
de poder, y otros imperios correrían a llenar los muchos vacíos
que dejó España en el Caribe. La frontera imperial de
España sería, pues, debatida con las armas por sus rivales,
y ese debate proseguiría durante siglos, hasta el día
de hoy.
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]
Capítulo III
INDIOS Y ESPAÑOLES EN LOS PRIMEROS AÑOS
DE LA FRONTERA IMPERIAL
El Imperio español
no nació el 12 de octubre de 1492. Ese día las carabelas
españolas, bajo el mando de Cristóbal Colón, descubrieron
tierras nunca vistas antes por ojos occidentales. Pero el descubrimiento
de las diminutas islas de las Lucayas fue un hecho fortuito, no el producto
de un plan imperial. Colón salió a buscar un nuevo camino
hacia la India y dio con esas islas. Hubiera podido dar con otras tierras,
más al Norte o más al Sur, y para su propósito
y el de los Reyes Católicos —hallar la ruta que condujera
a las islas de las especierías— el resultado hubiera sido
el mismo: ese camino no apareció entonces.
Tampoco nació el Imperio el día en que el Almirante levantó
un fuerte en el borde norte de La Española y dejó en él
40 hombres. Esos hombres no eran soldados de un ejército imperial;
eran tripulantes de la carabela Santa María. Su oficio
era el de marinos, tal vez pescadores, y nada más. Por otra parte,
no se quedaron en La Española como guarnición adelantada
de un Imperio, sino porque en las dos carabelas que quedaron después
del naufragio de la capitana no cabían todos los que habían
hecho el memorable viaje del Descubrimiento; algunos tenían que
quedarse mientras sus compañeros iban a España y volvían.
El Imperio nació el 27 de noviembre de 1493, al llegar frente
a La Española la expedición que organizó Colón,
bajo la autoridad y con ayuda de los Reyes, para empezar a poblar las
nuevas tierras. En ese segundo viaje iban mil personas a sueldo del
Trono, iban más de trescientos voluntarios; iban caballos, cerdos,
perros, semillas e hijuelas de plantas que debían aclimatarse
en el Nuevo Mundo. Ya no se trataba de hallar un camino hacia el Oriente;
se trataba de extender España, a través de súbditos
españoles, hacia esa lejana frontera que quedaba en el Oeste.
Los hombres eran de varios rangos y oficios, hijosdalgo unos y otros
artesanos y labriegos; y el hijodalgo llevaba su espada y el albañil
llevaba su plana, el zapatero su lezna, el carpintero su martillo, el
sastre sus tijeras y agujas, el agricultor su hoz.
En el momento de iniciarse el Imperio español en el Caribe, todas
las tierras de ese mar estaban habitadas por pueblos indios. Ellos mismos
no se llamaban así. ¿De dónde, pues, procedía
ese nombre? Venía de que Colón y sus compañeros
salieron de España para buscar el camino de la India y creyeron
haber llegado a la India, e Indias llamaron a las islas antillanas;
Indias Occidentales se llamarían en varias lenguas europeas,
de donde vinieron a llamarse indios los pueblos que las habitaban. Esos
pueblos se relacionaban, pero eran diferentes. En La Española,
la tierra escogida para empezar la fundación del Imperio, vivían
los tainos, de la rama arauaca. Los tainos se extendían por el
valle del Cíbao y la costa del sur. En el Norte estaban los ciguayos,
que probablemente habían llegado a la isla antes que los tainos.
En Cuba había siboneyes, casi con seguridad una rama arauaca
emparentada con los tainos; había también un pueblo denominado
guanahatahibes, más primitivo que los siboneyes y tainos y quizá
del mismo origen que los ciguayos de La Española. No hay a la
fecha una teoría que nos explique a satisfacción quiénes
eran y de dónde procedían ciguayos y guanahatahibes, pero
no sería sorprendente que se tratara de tribus prearauacas llegadas
a las Antillas Mayores con mucha anterioridad a tainos y siboneyes y
por eso mismo menos evolucionadas. La composición étnica
de Cuba y la de La Española se repetía en Jamaica y Borinquen,
y es probable que se extendiera, en menores proporciones, a otras de
las islas antillanas, por lo menos antes de la llegada de los caribes.
En el momento de la llegada de los españoles, Borinquen era atacada
con frecuencia por oleadas de indios caribes que procedían de
las islas de Barlovento. No hay constancia de que sucediera igual en
La Española, Cuba y Jamaica, aunque tampoco hay razones para
pensar que no ocurriera, si bien no con tanta frecuencia como en Puerto
Rico. Los pueblos indígenas estaban compuestos por muchas tribus
y cada tribu tenía un nombre que la individualizaba. Algunas
de esas tribus habían llegado a ser sedentarias, esto es, llevaban
tiempo en un territorio determinado cuando llegaron los españoles;
otras deambulaban de un sitio para otro, buscando donde asentarse. Debemos
tener en cuenta que aun las que llevaban años en un lugar tenían
que abandonarlo si se presentaban condiciones naturales adversas, como
una gran sequía, fuertes diluvios, enfermedades epidémicas;
o si las obligaban a hacerlo ataques de una tribu vecina. En el transcurso
del tiempo esas movilizaciones debían producir cambios por influencias
de los pueblos con los que esas tribus tenían que mantener contactos
o simplemente porque quedaban sometidas a otras. Eso puede haber tenido,
entre varios resultados, el de que variaran los nombres de muchas tribus;
el de cambios de la lengua, aunque no fueran cambios fundamentales;
el de cambios de hábitos, por ejemplo, el de guerreros a menos
pacíficos o a pacíficos. Así, en el muy complejo
y numeroso pueblo caribe hubo tribus guerreras y pacíficas, agricultoras
y pescadoras, navegantes y de tierra, sedentarias y trashumantes. Y
es probable que dentro del área ocupada por los caribes vivieran
tribus de otros pueblos, lo cual venía a dificultar el conocimiento
de los pueblos indios por parte de los españoles del Descubrimiento.
El pueblo arauaco, pongamos por caso, cuya rama taina vivía en
la Antillas Mayores, debió proceder del mismo sitio de donde
procedían los caribes, esto es, el territorio de lo que hoy es
Venezuela; y debió llegar a las islas antillanas del Norte usando
el mismo camino que usaban los caribes para ir apoderándose de
las islas más pequeñas. Irían seguramente navegando
en sus piraguas o canoas y pasando de isla en isla hasta llegar a las
cuatro más grandes. El viaje de Hatuey de La Española
a Cuba demuestra que los indios de esas islas mayores se comunicaban
entre sí. Se ignora cuánto tiempo llevaban los tainos
arauacos en esas islas. Debemos suponer que cuando ellos llegaron obligaron
a los ciguayos y a los guanahatahibes a refugiarse en zonas aisladas
de La Española, Cuba y Jamaica, como seguramente estaban haciendo
los caribes con los tainos de Borinquen en el momento de la llegada
de los españoles.
¿Cuánto tiempo tardaron los caribes en extenderse por
las orillas del mar que lleva su nombre?
El proceso debe haber sido largo. Pues el pueblo caribe salió
de los vastos territorios situados al sur del Amazonas y debió
ir avanzando por lo que hoy es el Brasil y después por lo que
hoy es Venezuela hasta llegar al litoral nordeste; y en esa marcha seguramente
encontró obstáculos serios, ya naturales, ya creados por
otros pueblos indígenas; y debió ser, después que
se afincó en el litoral, desde las bocas del Orinoco hacia el
Oeste, cuando decidió pasar a las islas. Ahora bien, debemos
suponer que cuando los caribes llegaron a ese litoral hallaron establecidos
ahí a los arauacos, otro pueblo numeroso compuesto por gran cantidad
de tribus. Los caribes procederían, desde luego, a desplazar
a los arauacos, a los que empujaron hacia el Oeste. Y resulta que si
los arauacos habían antecedido a los caribes en la ocupación
del este y del centro del litoral venezolano del norte, debieron antecederlos
también en el paso a las islas antillanas. Tal vez las primeras
oleadas de arauacos que llegaron a esas islas fueran los ciguayos y
los guanahatahibes. Alguna relación había entre ellos
y los tainos y siboneyes, como lo prueba la alianza que celebraron los
ciguayos y los tainos de La Española, y tainos de Borinquen y
caribes de las Vírgenes, para luchar contra los españoles.
Y no podía ser una simple relación territorial, esto es,
de vecinos en un territorio, pues en ese caso hubieran hablado lenguas
distintas y sus diferencias culturales habrían sido apreciables.
Debió ser una relación más íntima, como
la de ramas de un mismo tronco étnico.
Todo parece indicar que antes de 1492 había habido un proceso
de desplazamientos sucesivos que duró nadie sabe cuántos
siglos. Pudieron ser seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. Es el caso
que el proceso estaba todavía en marcha cuando llegaron los españoles,
esa vez con los caribes establecidos ya en el litoral venezolano y en
varias islas hacia el Norte y avanzando hacia las demás.
Ese proceso de desplazamientos imponía contactos, unos violentos
y otros pacíficos, que provocaban lo que los antropólogos
llaman transculturaciones, esto es, el paso de ciertos hábitos
de un pueblo a otro pueblo; y también, si hubo asentamientos
muy largos sin ataques de otros pueblos, hubo transformaciones en los
hábitos de un pueblo —o de una tribu— debido a las
condiciones naturales del ambiente. Por ejemplo, si un pueblo o una
tribu había estado tallando cemíes —ídolos—
durante un siglo en una región donde había monos y algunos
de sus ídolos o de sus símbolos totémicos reproducían
al mono, al trasladarse a una isla donde no había monos y al
vivir durante cuatro o cinco generaciones, olvidaban necesariamente
las facciones del mono y al final labraban cemíes que no podían
parecerse al mono, con lo cual tal vez creaban una imagen nueva. Si
los arauacos tainos habían vivido antes de su traslado a las
islas en las selvas del Orinoco, sus descendientes no conocían
ni el tigre ni el tapir ni las aves que son naturales de las selvas
continentales, de manera que sus vivencias relacionadas con esos animales
tenían que desaparecer en las islas. Podía darse el caso
de que el barro que sus abuelos trabajaron en las orillas del Orinoco
para hacer sus menajes caseros no fuera igual al que encontraron los
nietos en Cuba, de donde tenía que resultar un tipo de cerámica
diferente, que podía ser peor o mejor, pero que tenía
que responder al mismo principio cultural.
Arauacos y caribes se mezclaban entre sí o unos ocupaban territorios
dentro de las áreas ocupadas por los otros, bolsones que quedaban
como remanentes de los desplazamientos, y esto debe haber sucedido no
solo en el litoral venezolano y en las islas, sino también en
el litoral colombiano, en el del istmo de Panamá y en varios
lugares de América Central. En el pie de los Andes y en América
Central había influencias de otros pueblos mucho más desarrollados;
de los chibchas, que ocupaban los valles de la cordillera andina, de
los mayas, los aztecas y los tol-tecas, que llegaban desde el Norte.
Tenemos que hacer, pues, distinciones a la hora de hablar de los indios
del Caribe en la época del Descubrimiento.
En primer lugar, podemos trazar una línea que partiendo de Cuba
hacia el Este, va de isla en isla, llega a Venezuela, prosigue por la
costa de este país hacia el Oeste hasta llegar al extremo occidental
del istmo de Panamá.
En toda la región cubierta por esa línea, salvo las áreas
bajo influencia chibcha y muisca, predominaban tribus arauacas y caribes,
dos pueblos que tenían más o menos el mismo nivel cultural.
Las diferencias más acentuadas estaban en que había tribus
caribes resueltamente agresivas, guerreras por inclinación y
tradición, que terminaron haciendo de la guerra un oficio. Esas
tribus criadas desde temprano en el oficio de guerrear realizaban actos
de antropofagia ritual, es decir, se comían a sus enemigos por
motivos religiosos. No podemos,-sin embargo, asegurar que todas las
tribus caribes tenían iguales hábitos. En muchos casos
los españoles llegaron a tierras caribes y fueron tratados con
gentileza y bondad. Tal sucedió, por ejemplo, con Pedro Alonso
Niño y con Rodrigo de Bastidas; lo mismo sucedió con Alonso
de Ojeda antes de su entrada en Chichiriviche.
Debemos aceptar que hubo tribus arauacas y tribus caribes que por causas
ignoradas se quedaron aisladas y no evolucionaron como lo hicieron otras
de sus mismos pueblos, y hasta es posible que algunas de ellas degeneraran
por imposiciones de su medio, a causa de epidemias o debido a una guerra.
Pongamos un ejemplo de la primera causa. Supongamos que una tribu se
estableció en las orillas de un lago y dirigió todas su
facultades a la pesca durante algunas generaciones y supongamos que
luego se vio forzada a emigrar tierra adentro; pues bien, al emigrar
debió encontrarse con que ya no estaba capacitada para vivir
en un nuevo hábitat porque había olvidado las experiencias
de la producción agrícola, de la caza y de la vida en
medio de animales. También pudo suceder que el proceso de división
del trabajo, a medida que la población se multiplicaba sin tener
que abandonar el lugar de su asentamiento, fuera exigiendo una constante
superación en cada una de sus faenas.
Lo que hacía de caribes y arauacos pueblos parecidos, y en algunos
casos tan parecidos, que podían confundirse, era su tipo de desarrollo
social, que era muy similar en todo lo básico; lo que los distinguía
y separaba eran algunos hábitos, adquiridos '"seguramente
por imposición del medio en que habitó esta o aquella
tribu en el largo peregrinar de esos pueblos.
Así, unos y otros habitaban grandes bohíos o caneyes familiares,
entendiendo por familia no sólo a los padres con sus hijos, sino
a varias generaciones; su comida era a base de casabe que fabricaban
de la yuca, de maíz en las zonas donde podían sembrar
este grano, de tubérculos, frutas, pesca y caza; su principal
instrumento de labranza era la coa —un palo puntiagudo—
y la mujer se dedicaba a la agricultura mientras el hombre iba a la
caza y a la pesca; trabajaban la piedra, en algunos casos hasta un grado
de alta belleza; usaban hachas de piedra petaloide y morteros de esa
materia; usaban el barro para hacer cazuelas, ollas, vasijas rituales
y el burén, que era el molde en que cocinaban las tortas de casabe;
construían en madera los dujos —asientos de los principales—
sus armas de caza y de guerra y las canoas o piraguas en que viajaban
por el mar y por los grandes ríos, fabricaban sus ídolos
o cemies tanto de piedra como de barro y . hueso; elaboraban fibras
con las cuales tejían sus hamacas, cuerdas para sus armas y redes;
donde producían algodón, hacían telas; celebraban
juegos, como el de la pelota, y festejos comunales de tipo religioso,
con cantos y danzas; se pintaban el cuerpo con tintas vegetales; producían
alcohol haciendo fermentar ciertos tubérculos o granos mediante
la salivación.
En el orden social, las familias se agrupaban en tribus cuyo jefe era
un cacique, regularmente el que había demostrado más valor
y capacidad ante las pruebas a que eran sometidas esas tribus por ataques
de otras o por fenómenos naturales, y sin duda en muchas tribus
el cacicazgo era hereditario, bien en todas las ocasiones o bien en
circunstancias especiales; pero además del cacique había
una autoridad que en ciertos momentos estaba por encima del cacique;
era el jefe religioso, a quien le tocaba profetizar los sucesos que
venían y, por tanto, tenía que decidir qué debía
hacerse en situaciones de crisis; a ese jefe religioso, bouhiti, piache
o como se llamara, le tocaba también curar a los enfermos y ejecutar
los ritos tribales ante los muertos y al comenzar las guerras. Sabemos
que en algunas tribus había especie de consejos de ancianos y
sacerdotes; sabemos también que en otros casos varias tribus
se confederaban o aliaban por un tiempo; que las mujeres podían
ser cacicas, como sucedía en las regiones de La Española
y de Venezuela en los días de la Conquista; sabemos que tanto
arauacos como caribes conocían las artes de la navegación
y que usaban el mismo tipo de embarcación para ir de una isla
a otra.
A ese tipo de economía y de organización social, común
a arauacos y caribes, respondía una religión también
común aunque difiera en detalles. Se trataba de una religión
animista y toté-mica, es decir, creían que los seres humanos,
los animales y hasta ciertos lugares —ríos, lagos, montañas—
tenían un alma o espíritu, y que en el caso de los seres
vivos esa alma le sobrevivía cuando morían y que el alma
o espíritu actuaba en defensa o en castigo de los familiares
vivos del muerto, según cumplieran o no cumplieran con los ritos
de la tribu, y creían que cada tribu tenía la protección
del alma de un animal, el animal totémico de esa tribu. Había
un lugar adonde iban las almas de los muertos, y ese lugar estaba gobernado
por un cacique-dios. Los espíritus protectores se representaban
mediante ídolos o cemíes. En algunos casos había
viviendas destinadas a esos cemíes, a los cuales se les hacían
ofrendas de comidas, de frutas y de animales muertos. Aunque generalmente
esos espíritus dioses eran antepasados de la tribu, los había
que no lo eran; por ejemplo, el dios del agua, el de las tempestades
o el de ciertos productos agrícolas. .Que hubiera o no estos
últimos dioses-espíritus en el panteón de una o
más tribus dependía del tipo de influencia que la tribu
hubiera recibido a lo largo de su existencia más que de su nivel
de desarrollo.
Como parte de esos conceptos religiosos debían necesariamente
rendir culto a sus muertos, pues sin duda las almas que más tenían
que preocuparse por proteger a los vivos eran las de sus padres, abuelos,
hermanos y parientes muertos. Enterraban a los difuntos en sitios escogidos
y cercanos a las viviendas, y tal vez en algunos casos en los sitios
que más les agradaron cuando vivían. En algunas tribus
el cadáver se colocaba sentado, con la cabeza sobre las rodillas
y las manos sobre las piernas, y en otras se dejaba sobre una hamaca
o red dentro de la vivienda del muerto, y una vez descompuesto se conservaba
el cráneo en el mismo sitio. Esta diferencia puede haber provenido
de la experiencia vital de la tribu; pues algunas tribus vivieron, sin
duda durante largas épocas, en lugares de pantanos o en lagos,
y entonces se vieron forzados a conservar el cadáver, al aire
libre; o fueron trashumantes durante mucho tiempo y tenían que
llevarse adondequiera que iban la parte más importante de sus
muertos, como el cráneo. Tanto sí había enterramiento
como si no lo había, junto con los restos del cadáver
se ponían sus utensilios de barro y piedra y alguna comida.
Entre los tainos de La Española había una costumbre que
parece resumir los valores de la cultura social de la tribu, los del
vínculo tribal, que era absolutamente irrompible en vida o en
muerte, y las facultades del intercambio de almas, cosa que podía
darse aun entre dos personas que no fueran de la misma tribu. Esa costumbre
era el guatiao o cambio de nombres. Cuando A pasaba a llamarse B y B
pasaba a llamarse A, quedaban convertidos en una misma persona y el
destino del uno era el del otro. Algunos caciques indígenas cambiaron
nombres con jefes españoles y creían de manera tan absoluta
en el compromiso que cuando Cotubanamá, que había hecho
guatiao con el capitán Juan de Esquive!, fue llevado al pie de
la horca, dijo a los españoles, según refiere Las Casas:
"Mayani-macaná Juan Desquivel daca"; esto es: "No
me mates, porque yo soy Juan de Esquivel."
Cuando se conoce el tipo de organización social y política
de estos pueblos y las ideas que les correspondían, no puede
uno sorprenderse de que fueran capaces de luchar con tanta ñereza
contra un poder occidental. Se pensará que lo hicieron debido
a su ignorancia. Sin embargo, sucede que esos pueblos lucharon, unos
hasta la extinción, y otros, como los caribes de las islas de
Barlovento, durante tres siglos; es decir, que combatieron mucho tiempo
después de conocer en carne propia el poderío occidental,
cuando ya tenían experiencias, y muy costosas, de lo que eran
las lanzas, las espadas, los falconetes, los arcabuces, los perros,
los caballos europeos, pero siguieron luchando. Los indios del Caribe
combatían hasta la muerte porque no podían concebir la
vida fuera de su contexto social.
En lo que escribieron los cronistas españoles de los siglos XV
y XVI han quedado nombres de muchas tribus arauacas y caribes, pero
esos nombres pertenecieron a tribus de tierra firme; en cuanto a las
islas sólo sabemos que había tainos, ciguayos, siboneyes,
guanahatahibes, nombres que seguramente se refieren a pueblos o naciones,
no a tribus. Es difícil saber el número de indios de esos
pueblos, y seguramente se exageró en los días de la Conquista.
La rápida extinción de los que vivían en las Antillas
mayores indica que no podían pasar de 250.000 en las cuatro islas
—Cuba, La Española, Jamaica y Puerto Rico—, y probablemente
la más poblada era La Española. Como la mortalidad infantil
debía ser muy alta entre ellos, la población adulta seguramente
era superior a la mitad; de manera que a la llegada de los conquistadores
los hombres de guerra de esas cuatro islas debían acercarse a
los 50.000. Los abundantes depósitos arqueológicos hallados
en La Española podrían inducirnos a pensar que la población
de esa isla era mucho más numerosa de lo que en realidad fue,
lo que le daría la razón al padre Las Casas, que la calculó
en millones; pero tenemos que preguntarnos en cuántos años
se acumularon esos depósitos, porque es evidente que no todos
procedían del año 1492. Probablemente los tainos de La
Española llevaban siglos en la isla, por lo menos, más
de un siglo, así como es probable que los siboneyes llevaran
menos tiempo en Cuba, y así como es casi seguro que los caribes
llevaran menos tiempo aún en las islas Vírgenes.
Dado el régimen de vida de arauacos y caribes, era imposible
que hubiera millones de ellos en las Antillas, y ni aun en las Antillas
y Tierra Firme juntas; y es difícil que en una sola isla llegara
a haber 100.000. De haber habido millones, las muestras de su existencia
aparecerían hoyen cada metro cuadrado de terreno, puesto que
como no vivían en ciudades, hubieran tenido que cubrir extensiones
enormes de territorio con sus bohíos multifamiliares y con los
sembradíos necesarios v a su sostenimiento. Desde luego, el alto
número no hubiera hecho más difícil la conquista,
como podemos ver en el caso de Méjico y del Perú, que
fueron conquistados rápidamente a pesar de que su población
era muy alta. Pero hubiera hecho imposible la extinción de los
indios, como la hizo imposible en Méjico y en el Perú.
En Venezuela, Colombia y Panamá, caribes y arauacos quedaron
rápidamente reducidos a pequeños grupos refugiados en
lugares casi inaccesibles, y debemos tener en cuenta que en esos países
había extensiones de territorio en los que era posible buscar
esos refugios perdidos, cosa que no pasaba en las islas. Sin tales refugios,
los caribes y arauacos de Tierra Firme habrían desaparecido también,
de lo que se deduce que tampoco eran ellos tantos como se pensó.
En el extremo opuesto a caribes y arauacos, en cuanto a desarrollo económico,
social y político, estaban los pueblos que ocupaban parte noroeste
del Caribe; esto es, los mayas, los toltecas y los aztecas. Esos pueblos
eran sociedades urbanas, tan desarrolladas dentro de su patrón
cultural como Roma o Egipto. Construían grandes ciudades, dominaban
las ciencias y la agricultura; su escultura, su pintura y poesía
eran comparables con la de los países de Occidente, si no en
cantidad, a menudo en calidad, y casi siempre en técnica; vestían
en forma tan compleja como los romanos en tiempo de Julio César;
tenían religiones muy elaboradas; llevaban contabilidad, fabricaban
buenos caminos; tenían comercio marítimo y terrestre bien
organizado y con protección armada; los gobernantes cobraban
tributos, y en algunos casos eran elegidos por una especie de cámara
de notables; los pueblos eran regidos por códigos que todos respetaban;
la familia se establecía mediante el matrimonio y existía
el hogar familiar, no el tribal; la alimentación era variada
y estable; el orden público estaba asegurado por reglas que obedecían
todos los miembros de la sociedad. En algunos casos, como ocurría
con los mayas, habían llegado a la confección de libros.
Los descendientes de esos pueblos están aún en las tierras
de sus abuelos, y sus grandes templos, sus construcciones de piedra
y las estatuas de sus dioses siguen en pie, llenando de admiración
a arqueólogos, sociólogos, historiadores y viajeros.
Con ser tan adelantados, los pueblos de la zona noroeste del Caribe
no tenían una organización económica y social tan
desarrollada como los de Europa, razón por la cual no disponían
de fuerzas militares que pudieran enfrentarse a las europeas. Tenían
soldados, cosa que no tenían los españoles cuando llegaron
al Caribe; pero sus armas eran de mano o arrojadizas y en ningún
caso de metal, de manera que no podían competir con las españolas.
Las espadas eran de obsidiana, las puntas de flechas y lanzas, de pedernal.
Además, no contaban con el auxilio de los caballos o de otros
animales de tiro para avanzar de prisa o para lanzarse contra el enemigo,
y sus embarcaciones no podían competir con la de los conquistadores.
Por último, éstos disponían del arma más
avanzada en el mundo de aquellos días, la artillería.
Así, pues, a pesar de su alto desarrollo, mayas, aztecas y toltecas
estaban, como caribes y arauacos, en situación de inferioridad
militar frente a los españoles, y era imposible que pudieran
vencerlos en la guerra.
En medio de los dos extremos —de caribes y arauacos por un lado
y de mayas, aztecas y toltecas por otro— se hallaba la mezcla
de América Central, donde pueblos arauacos y caribes habían
sido penetrados por mayas, toltecas, aztecas y chibchas-muiscas.
Ahí, el panorama era complejo.
¿De dónde habían salido las tribus asentadas originariamente
en esas tierras? ¿Eran caribes, eran arauacas o una mezcla de
las dos? ¿Cuánto tiempo hacía que se cruzaban con
los mayas o los aztecas? ¿Estaban en lo que hoy son Honduras
y Guatemala antes que los mayas, o no pasaron de lo que hoy es Nicaragua?.
De todas maneras, lo que sabemos es que cuando llegaron los españoles,
esos pobladores de la América Central, o caribes o arauacos o
mezcla de unos y otros, se hallaban contagiados con \s costumbres de
los mayas, los toltecas y los aztecas. "Contagiados con las costumbres"
no significa que hubieran adquirido los fundamentos de las culturas
del Noroeste, su tipo de producción económica, sus conocimientos,
su arquitectura, su religión o su organización política.
Todo lo más a que habían llegado era a imitar a los mayas,
a los aztecas y a los toltecas en la confección de piezas de
piedra y de barro para el menaje familiar; a tejer el algodón,
a batir el oro. Y aun en esos menesteres podía haber influencias
chibchas.
Mayas, aztecas y toltecas recorrían la América Central
en funciones de comercio, unos por tierra y otros por mar, y a veces
usando las dos vías. Seguramente no se preocupaban por cambiar
las estructuras sociales de las tribus que les compraban sus productos
y les vendían plumas, oro y pedernal. Los pueblos del Norte no
aspiraban a establecer en el Sur sus sistemas de vida; no iban como
conquistadores, sino como individuos —y tal vez, corporaciones—
que buscaban beneficios. Aun los aztecas, que necesitaban prisioneros
para ofrendarlos a sus dioses, preferían los tribu tos obtenidos
pacíficamente, y no iban al sur en son de guerra.
A través de los contactos comerciales, los arauacos y los caribes
de la América Central recibían dosis de penetración
cultural de los mayas, los toltecas y los aztecas, pero la penetración
no llegaba al límite de causar transformaciones en los conceptos
fundamentales de sus sociedades. Tal vez los del Norte establecían
colonias, a la manera de las que tenían los griegos en el Mediterráneo.
Pero no lo sabemos. Quizá Cariay fue una de esas colonias. Ahora
bien, la mayoría de las tribus centroamericanas, por lo menos
desde el extremo oriental del istmo de Panamá hasta la frontera
norte de Nicaragua, eran caribes y arauacos con infiltraciones culturales
y económicas de los pueblos del Norte y de los chibchas y los
muiscas del Sur.
Esas infiltraciones explican que mientras los arauacos y los caribes
de las islas y de Venezuela no usaban metales —y probablemente,
salvo el oro para adorno, no sabían que existieran—, algunas
tribus arauacas y caribes de la América Central los trabajaban
y los usaban.
Ese vasto y complejo panorama de pueblos, social, política y
económicamente diferentes, se presenta a nuestros ojos, visto
desde una perspectiva histórica de varios siglos, como un frente
con muchos puntos débiles; un frente que fue atacado en forma
súbita por una fuerza mucho más pequeña, pero mucho
más unida, y por eso mismo mucho más capaz. Todo castellano,
capitán o marinero, hijodalgo o labriego, obedecía a un
mismo origen, a una misma organización económica, social,
religiosa y política. Es más, todos tenían una
sola lengua. Unido a esa solidaridad entrañable, o mejor aún,
como expresión militar de esa solidaridad, estaba el superior
poderío en armas, en medios de locomoción y de comunicación.
Las disensiones entre españoles eran luchas individuales, no
contra su Estado, su religión, su cultura o su tipo de sociedad.
Como colectividad, ala cual representaban los que llegaron al Caribe,
no tenían disensiones. El pequeño martillo de acero que
golpea una gran pieza con ranuras, la hace saltar en pedazos. Esa es
la mejor imagen de lo que sucedió en el Caribe en los años
de la conquista española.
La conquista fue una etapa en el complicado proceso de la occidentalización
del Caribe. Otras etapas fueron el descubrimiento y la colonización.
Se trata de tres tiempos de un mismo hecho, pero debemos decir que esos
tres tiempos no fueron ordenadamente sucesivos; no hubo descubrimiento
y después conquista y luego colonización. Por ejemplo,
en La Española, punto por donde comenzó el Imperio, se
pasó del descubrimiento, efectuado en diciembre de 1492, a la
colonización, iniciada en noviembre de 1493; la etapa de la conquista
sería posterior y, sin embargo, coincidente con la colonización.
Generalmente el Descubrimiento fue, en todo el Caribe, un episodio corto,
a veces de días, a veces de semanas, y en muy pocas ocasiones
de varios meses. En algunos casos hubo descubrimiento, pero no hubo
ni conquista ni colonización —al menos de parte de los
españoles—. La conquista y la colonización eran
casi siempre tareas simultáneas. En algunos puntos comenzaba
primero la conquista y a seguidas la colonización; en otros comenzaban
las dos etapas a un mismo tiempo; en otros se procedía a fundar
una o dos poblaciones y después se pasaba a conquistar.
Ya se ha dicho que el Caribe fue descubierto entre el 1492 y el 1518,
esto es, en veinticinco años; pero en esos mismos veinticinco
años iba llevándose a efecto la conquista de varios lugares
y al mismo tiempo iba realizándose la colonización. Sin
embargo, debemos aceptar que la colonización terminó antes
que la conquista —en el caso de España—, porque la
conquista no dio fin sino cuando los indios quedaron definitivamente
sometidos, y en algunos lugares esto vino a suceder muy tardíamente.
Por ejemplo, la última batalla de los mayas en defensa de su
tierra tuvo lugar el 14 de mayo de 1697, esto es, más de dos
siglos después del Descubrimiento.
En otros puntos se conquistó la tierra pero no a los indios,
porque éstos quedaron exterminados, y, sin embargo, no fue posible
establecer en esas tierras copias o extensiones de España en
un sentido cabal. Esto ocurrió en las Antillas, sobre todo en
las mayores. Algo o mucho de esos indios desaparecidos quedó
allí, traspasado al español a través del mestizo,
del negro esclavo que copió la técnica primitiva del indígena,
de la naturaleza del terreno, del clima, del esquema económico
y social en que habían vivido los aborígenes impuesto
en alguna forma en las esencias mismas del esquema que llevaron los
conquistadores. En el Caribe se formó pronto una sociedad de
valores españoles, pero aquello no pasó a ser España.
Entre los españoles y los indios del Caribe hubo un choque de
culturas, y resultaba que en la de los indígenas, aun los menos
desarrollados como lo eran los que vivían en las islas, había
ciertos valores capaces de llevarlos a matar y a morir colectivamente;
había una coherencia tan notable entre sus nociones y sus creencias
y cada uno de ellos, que actuaban ante los estímulos externos
planteados por la Conquista con una ingenuidad increíble. Por
lo menos, ni los españoles de aquellos días ni los que
han escrito sobre esos indios en los siglos que siguieron a la Conquista
se dieron cuenta de las razones de esa supuesta ingenuidad. No era ingenuidad;
era coherencia de conducta con sus nociones, sus creencias y su contexto
social. Para el indio era inconcebible que uno de ellos pudiera vivir
fuera de su contexto social, de su familia y su tribu; para él
era inconcebible que se le pudiera atropellar o matar sin causa justificada
o razonable; para él era inconcebible vivir sin su cacique o
su piache o sacerdote; para él era inconcebible que le hicieran
trabajar si el producto de su trabajo no se destinaba a las necesidades
de su familia 0 su tribu. Su libertad no era lo que entendemos hoy por
libertad; era la libertad de toda su tribu, y tal vez más aún,
era el libre funcionamiento de su sociedad tribal dentro de los conceptos,
en conjunto y en detalle, que esa tribu tenía de la vida. SÍ
no se comprende esto no puede comprenderse por qué esos pueblos
pequeños y débiles prefirieron la aniquilación
a vivir bajo normas sociales que no eran las suyas.
Es probable que de no haber sido agredidos en sus normas, los indios
de las Antillas nunca hubieran atacado a los españoles. Cuando
éstos llegaron, generalmente los recibieron con agrado y con
generosidad; les obsequiaban con lo que los españoles les pedían
—oro, sobre todo— y hacían guatiao con ellos, lo
cual equivalía a establecer un vínculo más que
sanguíneo; los ayudaban, les decían sin reservas todo
lo que sabían. Un recibimiento hostil era la excepción,
y habría que saber cuáles eran las causas de esas agresiones,
qué habían oído esos indios contar de lo que hicieron
los españoles en tal o cual punto. La verdad es que a pesar de
los esfuerzos del Estado español —a través de la
reina Isabel—, los españoles como Pedro Alonso Niño
y Rodrigo de Bastidas eran poco comunes; entre los demás había
algunos dispuestos a agredir sin ningún motivo. Tal era el caso
de Alonso de Ojeda.
Este Alonso de Ojeda era aquel capitán que anduvo por las costas
de Venezuela acuchillando a los indios y apresándolos para venderlos
como esclavos. Ojeda había ido con Colón a La Española
en el segundo viaje y a él le tocó iniciar allí
las agresiones que iban a provocar los levantamientos que condujeron,
en pocos años, a la extinción de los indígenas.
Esa primera agresión debió haber sucedido en abril de
1494.
A esa fecha, ya los mil trescientos y más españoles que
habían llegado en noviembre de 1493 a poblar la isla estaban
desencantados de su aventura, pues ni había en la tierra el oro
que se esperaba ni el clima se parecía al de España; ni
el casabe era el pan y el mosquito no dejaba dormir y las lluvias eran
interminables y, en. fin, sus enfermedades eran desconocidas y algunas,
como la 'buba, muy feas. Además, había que racionar la
comida que se llevó de España, pues los indios, que no
esperaban a los españoles, no podían multiplicar sus viandas
de un mes para otro-. En la Isabela llegó a sufrirse tanta hambre,
que los españoles, tuvieron que comer culebras, lagartos y hasta
perros de las que habían llevado de España. Pues bien,
en esa situación de desencanto general, Alonso de Ojeda prendió,
hacía abril de 1494, a un cacique indio del valle de La Vega
y le cortó las orejas en presencia de la gente de su tribu. Hizo
esa barbaridad porque había desaparecido la ropa de uno de sus
hombres y quiso sentar un ejemplo. Además de mutilar al cacique,
apresó a unos cuantos indios más, entre ellos gente principal,
y los mandó a la Isabela, donde Colón los condenó
a ser decapitados, aunque la condena no fue ejecutada. A partir de la
acción de Ojeda, los conquistadores comenzaron a desmandarse
con los indios; a quitarles sus mujeres, lo cual resentía a los
indígenas en grado sumo; a forzarlos a buscar comida. La respuesta
de los tainos fue abandonar sus sitios de labor, no recolectar frutos,
no pescar, no sembrar; con lo que la situación de los españoles
llegó a ser desesperada.
Colón salió de la Española el 24 de abril (1494)
al viaje que lo llevó a descubrir Jamaica y la costa sur de Cuba.
Sin duda a ese tiempo sabía ya que no estaba en la India y se
fue a buscar el paso hacia Cipango. Debía saber también
que La Española no tenía tanto oro como él creyó
y que los hombres que había llevado para poblarla no servían
para la tarea de hacer producir esa tierra. Esa tarea requería
una técnica, requería un mercado para los productos que
se sacaran de la tierra, y no lo había. Extender España
al Caribe había sido una ilusión. Ni el Caribe era la
Península ni los tainos eran españoles.
Habría que escribir todo un libro con el tema de la aclimatación
de los españoles en el Nuevo Mundo. Pues se trataba no sólo
de adecuarse al nuevo clima físico, sino de acostumbrarse a todas
las carencias de lo español y a todas las abundancias de lo tropical,
y esto era un proceso difícil. El calzado que en la Península
duraba seis meses, en La Española debía durar tres, ¿y
quién pensó llevar calzado de repuesto ni material para
hacerlo? Cuando la ropa se raía, ¿con qué se reponía?
En días de calor no servía para nada la tela de abrigo.
Consumido el vino, no había con qué hacerlo. Además,
allí no estaban las mujeres españolas, que sabían
cocinar el garbanzo y la acelga y hacer chorizos; allí había
papa, yuca, tubérculos de gustos desconocidos; y no había
ciudades ni caminos, sino grandes chozas y vegetación selvática;
y no había nieves, sino largas lluvias que ponían las
cosas a pudrir; y no había un rey y una reina con su corte y
sus funcionarios, sino caciques desnudos y gentes de otra lengua y de
otras costumbres.
Ya muchos hombres se habían amotinado porque querían irse
a España, y después de la salida de Colón, cuando
llegó su hermano Bartolomé, que iba de la Península
con tres naos, los descontentos se apoderaron de ellas a la fuerza y
se fueron a España. Como entre los que se fueron estaba mosén
Pedro Margarite, hombre importante que tenía a su cargo 400 españoles
en el valle de La Vega, esos 400 hombres se desbandaron en pequeños
grupos, se dispersaron por todo el valle —que es muy grande—
y comenzaron a atropellar a los indios para obligarlos a darles comida
y a entregarles a sus mujeres; a violar, en fin, las normas sociales
indígenas. El cacique Guatiguaná hizo presos a 10 de ellos
y los mató. A su ejemplo, otros caciques de la región
hicieron otro tanto con siete españoles.
Colón volvió a la Isabela el 29 de septiembre de 1494.
Llegaba muy enfermo, hasta el-punto que cuando arribó a la islita
la Mona —pues viajaba por el Caribe y tenía que pasar a
la costa norte de La Española— se creyó que iba
a morir allí. A la llegada a la Isabela se sorprendió
con el estado de desorden general de la colonia y se alarmó con
la noticia de que los indios estaban matando españoles. El Almirante,
tal vez presionado por los colonos, mandó hacer un ejemplo con
Guatiguaná y su pueblo, y efectivamente se hizo. La matanza de
indios fue grande; de los que huyeron y quedaron vivos, 500 fueron llevados
a La Isabela como prisioneros. Colón los tomó por esclavos
y los envió a España para que fueran vendidos. Además,
se ordenó matar cien indios por cada español muerto a
manos de los indígenas.
Como la violencia genera violencia, la respuesta de los tainos fue un
levantamiento encabezado por Caonabó, jefe de un territorio situado
en el lado sur de la isla. Este Caonabó era marido de Anacaona,
que era a su vez hermana del reyezuelo de Jaraguá; a la muerte
de su hermano, Anacaona pasaría a ser la reinezuela. Caonabó,
pues, se fue al Norte, hizo alianza con los cíguayos y puso sitio
a la fortaleza de Jánico, mandada construir en 1494 por el propio
Almirante. Jánico estaba situado en las lomas que dominaban el
gran valle del Cibao, y allí estaba como jefe Alonso de Ojeda.
Después de varios combates, Ojeda logró levantar el sitio
y Caonabó se retiró a su poblado del Sur. Hasta allí
se fue Ojeda a hacerle proposiciones de paz. Visitándole a menudo,
logró ganarse la confianza del cacique y cuando la tuvo le llevó
un regalo, que según Ojeda, le enviaban los reyes de España.
Se trataba de un par de esposas que colocó en los pies del caudillo
indio. Así lo inutilizó, e inmediatamente lo hizo montar
en la grupa de su caballo y se lo llevó a la Isabela, sólo
protegido por una escolta de nueve españoles. Los cronistas de
esos días refieren que Caonabó se ponía en pie
siempre que Ojeda entraba en su celda. Lo hacía en señal
de admiración por la audacia y el coraje del capitán español.
Después de la prisión de Caonabó, el Almirante
se puso al frente de una columna de ciento ochenta hombres de a pie
y veinte montados, con veinte perros bravos que ya habían sido
enseñados a perseguir indios. Esto sucedía a fines de
marzo de 1495.
La columna de Colón fue atacada en las eminencias que dominan
el valle del Cibao, en el lugar llamado hoy Santo Cerro. Aunque Las
Casas habla de cien mil indios, es difícil que en esa acción
participaran más de dos mil o tres mil. Los tainos fueron arrollados,
acuchillados, perseguidos después de la derrota, y su jefe, el
cacique Guarionex, cayó prisionero. Los españoles contaron
que cuando los indios quisieron quemar una cruz de madera que habían
plantado los conquistadores, apareció sobre la cruz la Virgen
de las Mercedes, lo cual aterrorizó a los atacantes y les hizo
huir. Esta, desde luego, es una versión americana de las apariciones
del Apóstol Santiago en las batallas españolas contra
los árabes. Pero es difícil explicarse cómo la
Virgen de las Mercedes podía ponerse del lado de los que estaban
acabando con los indios, que eran los más débiles y además
los dueños naturales de las tierras. Es el caso que la tradición
arraigó, y allí donde estuvo la cruz hay hoy un templo
dedicado a Las Mercedes, y ésta, además, ha pasado a ser
la patrona de los militares del país.
Colón siguió en campaña todo el resto de ese año
de 1495, de manera que al comenzar el 1496, gran parte de la isla estaba
sometida, varios miles de indios habían sido muertos, muchos
habían sido declarados esclavos y gran cantidad había
huido a tos montes. El 10 de marzo (1496) el Almirante embarcó
para España con esclavos, oro, pájaros raros, y dejó
el gobierno de la colonia en manos de su hermano Bartolomé. Se
dice que en ese viaje iba Caonabó y que murió antes de
llegar a España.
Mientras Colón estaba por España, su hermano don Bartolomé
abandonó la Isabela y fundó la Nueva Isabela en la costa
del sur, es decir, sobre el mar Caribe, en la orilla oriental del río
Ozama. Y sucedió también que en esa ausencia del Almirante
se produjo el levantamiento del alcalde mayor de la isla, Francisco
Roldan Ximénez. Con esa sublevación aparecería
el germen de las encomiendas, un tipo de esclavitud que luego se generalizó
por todo el Caribe y por América y dio origen a un poderoso movimiento
de protesta encabezado por los frailes dominicos y respaldado por eminentes
teólogos de la Península.
El punto de las encomiendas merece ciertas reflexiones, porque fue tan
importante, que los imperios que fueron al Caribe a desplazar a España
lo usaron para justificar su agresión a los establecimientos
españoles. Pero también es importante la rebelión
de Roldan, debido a que culminó al cabo de algún tiempo
en la matanza de indios de Jaraguá, en la que perdió la
vida Anacaona, la feinezuela viuda de Caonabó.
En su desesperación por hallar medios para sostener la colonia,
Colón instituyó un tributo que debía pagar cada
indio de catorce años en adelante. Ese impuesto consistía
en un cascabel de Flandes lleno de oro cada tres meses (más tarde
lo redujo a medio cascabel); y el que no pagara ni con oro ni con algodón
sería declarado esclavo. Cuando Roldan se sublevó, pidió,
entre otras cosas, la abolición de ese tributo, razón
por la cual se le ha considerado defensor de los indios e iniciador
de la lucha por la justicia social en América. En realidad, el
alcalde mayor pidió que el impuesto fuera abolido porque necesitaba
ganarse el apoyo de los indios. Hay que tener en cuenta que ya en la
isla no había mil trescientos y más españoles;
unos se habían ido con mosén Pedro Margante, otros se
habían ido con Colón, otros habían muerto. Los
que se fueron con Roldan eran poco más de un ciento. Para aumentar
las huestes, y para disponer de comida, tenían que buscar el
apoyo de los indígenas, y eso se lograba defendiéndolos.
Roldan encarnó el disgusto de los españoles e indios provocado
por las tensiones y los fracasos que produjo en unos y en otros el choque
de la Conquista. Pero Roldan no podía tomar partido a favor de
los españoles contra los indios ni en contra de los españoles
a favor de los indios, porque todos los españoles, aun los enemigos
más encarnizados de Colón, aspiraban a despojar a los
indios de sus tierras, y la mayoría de los indios aspiraba a
que los indios se fueran. La lucha de Roldan era contra Colón,
porque entendía que éste era culpable de los males que
padecían los españoles de la isla, y para esa lucha buscó
y obtuvo la alianza de los indios, porque éstos también
sufrían —y más que nadie— las consecuencias
de la Conquista. Al pedir la abolición del tributo, Roldan se
hacía simpático a los indios, con lo que aumentaba sus
fuerzas. Pero cuando llegó la 1 hora de pactar con el Almirante
—lo que sucedió en el mes de noviembre de 1498—,
Roldan pidió, y Colón aceptó, que aquellos de sus
partidarios que quisieran irse a España podrían llevar
esclavos indios, y los que quisieran quedarse recibirían tierras
y esclavos indios para trabajarlas. Un detalle que pinta la naturaleza
afectiva del español es que algunos rebeldes pidieron que se
les dejara llevar a España "las mancebas que tenían
preñadas y paridas".
Parece que para contar con la adhesión de los españoles,
don Bartolomé Colón les había concedido a muchos
de ellos el derecho de tener esclavos indígenas. Hasta ese momento,
los esclavos eran destinados a la venta para levantar fondos, y no se
daban a los colonos. Tal vez ese paso dio base a Roldan y a sus hombres
para pedir igual privilegio. Colón aprobó lo que había
hecho don Bartolomé, y cuando la reina lo supo se disgustó
tanto, que se la oyó preguntar quién era el Almirante
para regalar a sus vasallos como si fueran bestias. (Como se sabe, la
reina fue tan tenaz en su oposición a la esclavitud de los indios,
que hasta en su testamento pidió que se respetara esa voluntad
suya, como si temiera que don Fernando y su yerno pudieran aceptar lo
que ella rechazaba con toda su alma).
Mientras Roldan y sus amigos andaban alzados, don Bartolomé estuvo
cazando indios, de manera que los que se habían ido a los bosques
no salían de ellos y morían a montones. Muchos indios
fueron muertos cuando se produjo la rebelión de Hernando de Guevara,
en el año 1500. Esa rebelión fue provocada por Roldan
y está vinculada a su estancia en Jaraguá, en los días
en que andaba levantando bandera contra el Almirante.
Guevara se había enamorado perdidamente de Higuemota, hija de
Anacaona, y resultaba que Higuemota había sido mujer de Roldan
cuando Roldán estuvo viviendo en Jaraguá. Después
de su entendimiento con el Almirante, Roldan había quedado con
mucha autoridad, pues no sólo sus funciones de Alcalde Mayor,
sino su categoría de líder le servían para contener
a sus amigos, con lo cual resultaba útil en el gobierno de la
colonia. En el caso de las relaciones del joven Guevara con la india
Higuemota, usó su autoridad para expulsar a Guevara de Jaraguá,
a lo que el enamorado respondió convocando a sus amigos y a los
indios que podían ayudarle. Su plan era hacer preso a Roldan,
pero resultó que Roldan se adelantó y prendió a
Guevara y a sus amigos. Esa prisión provocó el levantamiento
de un primo de Guevara, Adrián de Mujica, y el dé varios
de sus amigos, y a poco la rebelión se extendía por todas
partes. En realidad, las causas de ese levantamiento general no eran
los problemas personales de Roldan con Guevara. Las causas estaban en
que los españoles habían ido a La Española a buscar
oro y allí había poco oro; en que habían ido a
iniciar un imperio sin que la metrópoli tuviera capacidad para
organizar y explotar un imperio; en que la aventura de colonizar la
isla había desembocado en una frustración colectiva porque
no había correspondencia entre lo que se soñó en
España y la realidad viva de La Española.
Es el caso que don Cristóbal Colón reaccionó violentamente
contra esa rebelión y salió a buscar sublevados. Donde
cogía a un castellano rebelde, procedía a ahorcarlo. Como
es fácil deducir, en ese estado de desorden los indios pagaban
los platos rotos. Al fin, el Trono, allá en la Península,
resolvió cortar por lo sano; envió a La Española,
con órdenes severas, a don Francisco Bobadilla, y éste
hizo presos al Almirante y a sus hermanos y los envió a España.
En ese momento quedaban en La Española sólo trescientos
castellanos. Colón llegó a España cuando faltaban
un mes y cinco días para finalizar el año 1500. Con el
siglo xv terminaba la autoridad de Colón sobre La Española,
la tierra en que puso tantas ilusiones.
¿Por qué Bobadilla no mandó preso también,
junto con el Almirante y sus hermanos, a Francisco Roldan? Se piensa
que don Cristóbal perdió el favor de la reina cuando doña
Isabel supo que estaba repartiendo indios entre sus amigos; y tal vez
se le hizo creer a la reina que Roldan defendía a los aborígenes.
Al iniciar su rebelión, Roldan lo había hecho a los gritos
de "¡viva el rey!". Roldan era ignorante pero inteligente,
y sabía que ningún español aceptaría ponerse
contra el Estado, encarnado en don Fernando y doña Isabel. La
rebelión se hacía contra Colón y sus hermanos,
pero se hacía pública la adhesión al Trono. Roldan,
pues, apareció en la isla como el defensor de los monarcas. Sin
ninguna duda, Roldan podía seguir siendo útil en La Española,
puesto que tenía autoridad sobre españoles y sobre indios.
En el caso de los últimos, esa autoridad no descansaba sólo
en que había reclamado —y obtenido— la derogación
de los tributos que debían pagarlos indios; descansaba, quizás
más que nada, en la vinculación de Roldan y sus hombres
con los indígenas de Jaraguá a través de la organización
sociocultural de los indios.
En esa organización, el nexo tribal era de una fuerza que hoy
difícilmente podemos apreciar. Hoy queremos y ayudamos a nuestros
padres, hijos y hermanos, pero desde un punto de vista personal, no
colectivo. Los indios tainos de La Española —como los caribes
y los arauacos de todo el Caribe— iban más allá;
la familia, nucleada en varias generaciones —esto es, la tribu—,
era en sí misma el grupo social. Todo el que entraba en ese grupo
social era defendido a vida y muerte por el grupo. Roldan y los españoles
que le siguieron en la rebelión se incrustaron en la organización
social taina de Jaraguá a través de los hijos que tuvieron
con esas "mancebas preñadas y paridas" de la tribu
de Anacaona. Roldan tenía autoridad de líder sobre los
españoles que le siguieron, y él y éstos eran ya,
en el sentimiento de los indios de Jaraguá, miembros de su tribu;
así, Roldan tenía la categoría de un cacique, aunque
no lo fuera, pues mandaba en los españoles que eran sus partidarios
y éstos eran seguidos por los hermanos y los primos y los tíos
y los padres de sus mujeres indias. Prender a Roldan equivalía
a soliviantar a sus seguidores españoles, y tocar a éstos
era lo mismo que tocar a todos los indios de Jaraguá. Sin conocer
esa situación no podemos explicarnos la tan mentada matanza de
Jaraguá.
Esa matanza fue ejecutada por el comendador don Nicolás de Ovando,
que llegó a La Española el 15 de abril de 1502 con toda
la autoridad necesaria para establecer allí el orden. A su llegada,
Ovando detuvo a Bobadilla y a Roldan y los metió en un barco
con destino a España. Ya hemos contado que la flota en que iban
se hundió, a pesar de que Colón, que quiso entrar en el
puerto de la Nueva Isabela o Santo Domingo, aconsejó que no se
despacharan esos barcos porque había amenaza de huracán.
La prisión de Roldan y su subsecuente desaparición al
perderse la flota debió causar necesariamente, aunque no lo digan
los documentos, mucha aprensión y mucho disgusto en Jaraguá.
Para hacernos cargo de la extensión de ese disgusto tendríamos
que saber ahora cuántas hijas o hermanas de indios de ese reino
tenían hijos con españoles roldanistas, y sólo
sabemos que Higuemota, hija de Anacaona, había sido mujer de
Roldan. En Jaraguá debió hablarse bastante mal de Ovando
y quizá se hablo de ataques al nuevo gobernador. Se sabe que
hasta éste llegaron rumores de que se preparaba un levantamiento
de los indios de Jaraguá. Ovando, que había llegado de
España con instrucciones de ser duro contra todos los rebeldes,
españoles o indios, se decidió a dar ejemplo. Y lo dio,
por cierto que muy sangriento.
Ovando salió hacia Jaraguá, que —como hemos dicho
ya— caía por la banda del sur hacia el Oeste. El comendador
llevaba 300 infantes y 70 jinetes. Al llegar a Jaraguá salieron
a recibirle todos los caciques de la región, corí Anacaona
al frente de ellos, mientras un grupo de mujeres danzaba al son de cantos.
A Ovando se le alojó en uno de los grandes caneyes. Para responder
a los halagos, Ovando anunció un juego de cañas e invitó
a todos los indios principales a su caney. Cuando todos estaban allí,
los españoles de a pie cercaron el caney, hicieron presos a todos
los indios, se llevaron a Anacaona —a quien ahorcarían
después— mientras los de a caballo corrían por el
pueblo alanceando y acuchillando a cuantos encontraban. Los que quedaron
cercados, en el caney fueron, al parecer, quemados allí mismo,
de manera que sí eran caciques y principales de la' región,
Jaraguá quedó sin jefes y definitivamente pacificada.
Roldan yacía en los fondos del mar y sus "familiares"
de la isla habían sido aniquilados.
En la región del este de la isla no había habido hasta
ese año de 1502 actividad guerrera. La región se llamaba
Higuey. Higuey era una península con costas al Norte, al Este
y al Sur. Frente a la costa del sur, muy cerca estaba la pequeña
Saona. Un día, una nave anclada en la Saona estaba cargando casabe.
Los cargadores eran indios comandados por un cacique. Dos españoles
de los que andaban en la nao le azuzaron un perro al cacique, y el animal
le atacó con tanta fiereza, que le echó los intestinos
afuera. Esto produjo una rebelión en Higuey que costó
la vida a ocho españoles. Inmediatamente Ovando envió
hacía Higuey una columna al mando de Juan de Esquivel, que pacificó
la región matando indios. En Saona, donde se había refugiado
Cotubanamá, no quedó prácticamente nadie vivo,
excepto el cacique, que fue llevado preso a Santo Domingo y ahorcado.
Ahorcada murió también la cacica Higueymota, ya anciana.
Ovando entendía que a los caciques, por ser gente principal,
no se les debía matar a lanzadas ni a cuchilladas, sino en la
horca, "para hacelles honra", según dice Las Casas,
lo cual en la lengua de hoy quiere decir "en reconocimiento de
su categoría".
Las matanzas de Jaraguá, Higuey y la Saona dejaron a los pocos
indios que quedaron sin líderes y sin fuerzas para rebelarse
otra vez. Pasarían varios años antes de que Enriquíllo,
que en 1502 era un jovenzuelo, se levantara en las montañas de
Bahoruco. El imperio estaba firmemente asentado en La Española.
La tarea de asentarlo fue bien cumplida por fray Nicolás de Ovando,
que además de matar indios mudó la ciudad de Santiago
a la orilla derecha del Ozama y la llenó de edificios públicos
impresionantes; qué fundó numerosos pueblos en sitios
estratégicos de la isla; que sometió a los españoles
al orden y puso tierra a producir; que encomendó a Juan Ponce
de León la conquista de Puerto Rico y a Diego de Ocampo el bojeo
de Cuba. Bajo don Nicolás de Ovando La Española fue en
verdad la frontera de España en el Caribe. Pero al entregar en
1509 el gobierno de la isla y de las Indias al hijo del Almirante don
Diego Colón apenas quedaban en la isla doce o trece mil indios,
y sobre ese resto la institución de la encomienda pesaba como
un dogal de hierro remachado a martillazos. , La encomienda fue, por
lo menos en el orden legal, un paso avanzado en el largo tránsito
de la esclavitud a la libertad personal. Fue también un compromiso
ante el Trono, que no quería la esclavitud, y los conquistadores
del Caribe, que la mantenían. Pero la ley y el-compromiso fueron
violados en la práctica por los conquistadores, de manera que
la encomienda resultó ser, en la realidad, una de las formas
más aborrecibles de la esclavitud. Para los españoles
no era nada irregular tomar prisioneros en la guerra y hacerlos esclavos.
Venían haciéndolo con los moros en la propia España
desde hacía tiempo, así como los árabes" convertían
en esclavos a los prisioneros cristianos; habían estado haciéndolo
en las islas Canarias, donde en 1493 y 1494 —esto es, cuando ya
se había empezado a poblar La Española, y las Canarias
eran la primera escala en el viaje al Caribe— el sevillano Alonso
de Lugo había cogido naturales de esas islas —llamados
guanches— en gran cantidad y los había vendido como esclavos.
Todavía en el siglo XVII había esclavos en España.
Por medio déla encomienda se entregaba a un conquistador una
cantidad de indios, en familias, para que vivieran bajo su protección
y cuidado y para que el español les enseñara la religión
católica, y se autorizaba al encomendero a recibir cierta cantidad
de trabajo de los indios a manera de retribución por su atención
y por los gastos que ocasionaran los indios. Los indios debían
sembrar lo que necesitaran para su sustento.
Pero lo cierto fue que esas familias indígenas pasaron a ser
esclavas de sus encomenderos; que éstos las forzaban a trabajar
y les pegaban y llegaban hasta a darles muerte a palos o con perros;
que bajo el gobierno de Diego Colón los repartos de indios se
hicieron sin tomar en cuenta lo que les era más caro a los indios,
la unidad de su grupo, de manera que la madre iba en manos de un conquistador,
este hijo a las de aquél, una hija a las de otro; que a los encargados
por el Trono de visitar a los encomenderos para saber si se cumplían
las leyes de las encomiendas —los visitadores de encomiendas—
se les autorizó a tener indios encomendados, con lo que la Iglesia
fue a dar en manos de Lutero; con todo lo cual la suerte de los indios
llegó a ser peor que la de los negros esclavos. Estos se compraban
con dinero, y por eso se cuidaban; los indios se conseguían con
una orden del gobernador.
El cuarto domingo de Adviento de 1511, estando el virrey-gobernador
don Diego Colón y los más altos funcionarios de la colonia
en misa, oyeron con espanto al padre Antonio Montesinos, que hablaba
con la autoridad de toda la congregación de los frailes dominicos.
El padre denunció lo que se hacía con los indios. "¿Con
qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel
y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad
habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban
en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas,
con muertes y estrago nunca oído, habéis consumido? ¿Cómo
los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos
en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren
y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir
oro cada día?".
En las breves palabras que hemos copiado, el padre Montesi nos resumió
la situación de los indios de La Española encomendados
a los conquistadores. No se podía decir más, pero asombra
que pudiera decirse tanto en tres párrafos.
Este episodio ha sido muy celebrado por los historiadores, y, sin embargo,
nadie ha intentado calar en su entraña. En la encomienda de indios
degenerada hasta el crimen y en la protesta del fraile por esa degeneración
hay toda una lección de mucha profundidad. Tal vez nada ilumine
mejor la situación de España que esa página de
la Conquista. Pues la encomienda fue una medida que no correspondía
a los finales del siglo XV ni a los principios del XVI; era un esfuerzo
por resucitar, idealizándola y adornándola con colores
halagüeños, la organización social del Medievo en
los tiempos en que el señor protegía al siervo contra
sus enemigos y le hacía justicia a cambio de que éste
le diera parte de lo que producía y unos días de trabajo
al mes o a la semana; y sucedió también que la actitud
del padre Montesinos fue la de los curas medievales, que defendían
al débil contra el poderoso.
Como se ve, en el año de 1511 en Castilla había ideas
y actitudes de los tiempos medievales, que no podían hallarse
en regiones de Europa como Florencia o Flandes, donde la sociedad se
había organizado a la manera burguesa. Y sin una burguesía
en el mando del país, España no podría ser un imperio
cabal.
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Capítulo IV
LA CONQUISTA DEL CARIBE ENTRE 1508 Y 1526
La conquista del Caribe se limitó,
durante quince años, a los conquista de La Española y
a su organización como extensión, de España. Después
de logrado esto, se paso a conquistar otros territorios en las Antillas
y en Tierra Firme. El proceso comenzado en 1508 por Puerto Rico, fue
desordenado; no obedeció a un plan y se dejó, en realidad,
a la voluntad de los que quisieron conquistar y poblar, aunque para
hacerlo tenían que obtener la aprobación de las autoridades.
En el caso de Puerto Rico, fue Ovando quien dio poderes a Juan Ponce
de León para la conquista de esa isla; en el caso de Jamaica
y de Cuba, fue don Diego Colón quien mandó a Juan de Esquivel
a la primera y a Diego Velázquez a la segunda; pero en el caso
de Nueva Andalucía y Veragua, fue el rey quien capituló
con Ojeda y Nicuesa.
Lo lógico hubiera sido que la conquista del istmo de Panamá
y dé una parte de América Central se hubiese hecho como
empezó, partiendo de La Española o desde Jamaica —que
geográficamente era mejor base que La Española en lo que
se refiere a la América Central y al istmo—; sin embargo,
en 1514 se envió desde España a Pedradas Dávila
con una lujosa expedición despachada directamente a Castilla
del Oro —Panamá—, y al mismo tiempo se procedía
a la conquista de la América Central desde La Española
y desde Méjico.
Ese estado de desorden puede apreciarse bien en el caso de Venezuela.
Todas las fundaciones de ese país se hicieron desde La Española.
Pero en 1528, al mismo tiempo que Juan de Ampués se establecía
en Coro, el Trono español cedía ése y otros territorios
a una firma alemana, los Welzeres o Balzares.
El resultado de esa falta de orden, debido a la ausencia de un centro
que organizara la Conquista, fue una larga serie de litigios y de choques
entre los conquistadores y el abandono de muchos territorios —especialmente
islas— que nunca fueron poblados y que por esa razón cayeron
después con facilidad en manos de otros imperios. El resultado,
en suma, fue que se dio pie para que el Caribe se convirtiera en la
frontera de varios imperios de lucha.
Hagamos la historia de la conquista del Caribe en el orden cronológico
en que se produjo.
Las matanzas de Higuey y la Saona tuvieron lugar, como dijimos ya, en
el año de 1502, y fueron dirigidas por Juan de Esquivel. A raíz
de la pacificación de Higuey, Ovando nombró teniente gobernador
de la zona a Juan Ponce de León. Seis años después,
a mediados de 1508, lo autorizó a explorary conquistar la vecina
isla de San Juan (Puerto Rico). Al año siguiente (1509) el virrey
don Diego Colón mandaría a Juan de Esquivel a hacer lo
mismo en Santiago (Jamaica).
Ponce de León había establecido casa —cuyas paredes
de piedra pueden verse todavía— a orillas del río
Yuma, cerca del mar Caribe, de manera que tenía contactos frecuentes
con indios navegantes. Así se enteró de que San Juan era
grande y hermosa y de que allí había oro. Autorizado por
Ovando, se fue a San Juan con 50 hombres, uno de los cuales era intérprete;
llegó a la costa sur de la isla el 12 de agosto (1508) y desembarcó
en lo que hoy es Guánica, cerca de un poblado dé indios
cuyo cacique se llamaba Agueybana. Agueybana recibió al capitán
español con buenos modos, como ocurría casi siempre en
el primer encuentro de castellanos e indígenas.
Al finalizar el año, Ponce de León había explorado
gran parte de la isla sin hallar dificultad alguna en sus relaciones
con los indios, que le obsequiaban con oro y víveres y le prestaban
ayuda en cuanto les pedía. A fines de año decidió
fundar población en lo que hoy es la bahía de San Juan.
Ovando bautizó el nuevo establecimiento con el nombre de Caparra
y el rey con el de Puerto Rico. Este último acabó siendo
el de la isla. Cuando regresó a Santo Domingo en abril de 1509
para dar cuenta a Ovando de lo que había hecho en la isla vecina,
Ponce de León llevaba como muestra de la riqueza de Borinquen
una cantidad de oro que al fundirse dio 839 pesos y cuatro tomines.
Ese mismo año (1509), el 14 de agosto, el rey nombró a
Ponce gobernador de la isla.
Poco antes —en el mes de julio— había llegado a La
Española Diego Colón, el hijo del Descubridor, con el
título de virrey de las Indias, y con él viajó
al Caribe Cristóbal de Sotomayor, un joven de la nobleza española
a quien el rey don Fernando le dio cédula real para que se le
entregara en Puerto Rico el mejor cacique de la isla con 300 indios.
A este Sotomayor nombró Ponce de León alguacil mayor de
Puerto Rico, y el nuevo funcionario procedió a fundar un pueblo
al que bautizó con su propio nombre. Aunque no hay detalles acerca
de la aplicación de las encomiendas en la isla, se sabe que comenzó
en el 1509 y debemos suponer que el sistema se inició al entregársele
a Sotomayor "el mejor cacique" y los 300 indios de que habla
la mencionada cédula real. Mientras no se comenzaron las encomiendas
y mientras vivió el cacique Agueybana, todo iba bien en Puerto
Rico.
Pero empezaron a repartirse indios entre los españoles y murió
Agueybana, y su heredero en el cacicazgo, Guaybaná, decidió
comenzarla lucha contra los españoles. Para convencer a los indígenas
de que los españoles eran mortales, Guaybaná hizo preso
a Diego Salcedo, a quien metió en el cauce de un río,
con la cabeza dentro del agua hasta que murió ahogado. Después
de esto organizó un levantamiento que tuvo lugar al comenzar
el año 1511 y que empezó con la muerte de Sotomayor y
de un grupo de españoles que le acompañaba. Al mismo tiempo
el cacique Otoao asaltó el pueblo de Sotomayor, lo quemó
y mató a 80 de sus habitantes.
Para hacer frente a la rebelión de Guaybaná y Otoao, Ponce
de León se dirigió a Coayuco —el actual Yauco—,
donde atacó de noche a una concentración indígena,
ala que hizo más de 200 muertos. Pero Guaybaná no cayó
en esa acción y se fue a la región de Yagueza—hoy
Añasco— adonde le llegaron refuerzos que le enviaban los
caribes de la isla de Santa Cruz, prueba de que había una comunidad
racial o de otro tipo entre arauacos y caribes.
El gobernador recibió refuerzos de La Española y levantó
un fortín para estar a salvo de sorpresas. Guaybaná atacó
ese fortín, él mismo al frente de sus indios, pero como
llevaba al cuello un disco de oro que era el símbolo de su jerarquía,
pudo ser fácilmente localizado por un arcabucero, que acertó
a matarlo de un disparo. Los seguidores de Guaybaná que no se
rindieron en el combate fueron cazados con perros y vendidos como esclavos,
y como algunos huían hacia Santa Cruz, se procedió a destruir
todas las canoas de indios para que ninguno pudiera salir de Puerto
Rico.
Perseguidos en forma tan implacable, muchos de los indígenas
se internaron en las sierras y se dispusieron a seguir luchando. Cuando
don Diego Colón llegó ala isla en 1514, en visita de inspección,
ordenó la fundación de un pueblo que se llamaría
Santiago, situado en la costa del este; pero los indios que se habían
escondido en las lomas de Luquillo bajaron, combinados con otros que
llegaron de Santa Cruz y de la isla Vicques; asaltaron Santiago, la
destruyeron totalmente, mataron a la mayoría de los habitantes
a macana, exterminaron el ganado y aniquilaron los sembrados. No conformes
con lo que habían hecho, avanzaron hacia el Oeste y asaltaron
las viviendas de los españoles en Loíza. El jefe de esa
acción se llamaba Cacimar, y como fuera muerto por los conquistadores,
su hermano Yau-reibo organizó en la isla de Vieques otro asalto
a Puerto Rico con el propósito de vengarlo. Pero el gobernador,
que ya no era Ponce de León, supo la noticia, se dirigió
a Vieques, cogió por sorpresa todas las canoas indígenas,
entró en la pequeña isla y dio muerte a Yaureibo y a todas
sus gentes. Inmediatamente después organizó expediciones
a Santa Cruz y a las restantes islas Vírgenes para liquidar allí
todo intento de ataque a Puerto Rico o en La Española.
Veinte años después del alzamiento de Guaynabá
los indios de Borinquen estaban prácticamente exterminados, puesto
que en 1531 sólo quedaban en la isla 1.148, de ellos 473 repartidos
y 675 esclavos. Nunca sabremos cuántos de esos esclavos fueron
cazados en otras islas y vendidos en Puerto Rico. Sin embargo, lo que
acabamos de decir no significa que en 1531 había terminado la
lucha de los indios contra los españoles en la isla de Puerto
Rico, como no terminó la de la Española con las matanzas
de Jaraguá e Higuey en 1502. Pero esa lucha será explicada
más tarde.
De Jamaica se sabe muy poco. Hay quien opina que Juan de Esquivel llegó
a esa isla en 1510; hay quien dice que fue en 1509. Juan de Esquivel
era hombre, por lo visto, a quien no le interesaba la Historia. Desde
luego, debió haber llegado a Jamaica en 1509, porque ese año
se iniciaron los viajes de Alonso de Ojeda y Diego Nicuesa a Nueva Andalucía
y Veragua. A ambos se les había señalado que Jamaica sería
su base de operaciones. Como don Diego de Colón entendía
que Jamaica le pertenecía en herencia, debido a que su padre
la había descubierto y había estado en ella más
de un año, se apresuró a despachar a Juan de Esquivel
hacia esa isla para tomar posesión efectiva de ella antes de
que pudiera hacerlo Ojeda o Nicuesa. Se sabe que Ojeda y Nicuesa salieron
de La Española hacia sus respectivos territorios antes de terminar
el año 1509. Por cierto, que en su viaje de España a La
Española, al pasar por Santa Cruz, Nicuesa apresó varios
indios que vendió como esclavos en La Española. Parece
que Esquivel no salió hacia Jamaica sino después de haber
salido Ojeda para Nueva Andalucía, puesto que el padre Las Casas
cuenta que Ojeda afirmaba que si Esquivel iba a Jamaica le cortaría
la cabeza. Podemos colegir que Esquivel partió para Jamaica —con
60 hombres— después que Ojeda se fue, pero en ningún
caso en el 1510.
Esquivel fundó en la costa norte de Jamaica un pueblo llamado
Sevilla la Nueva. Más tarde aparecerá, un poco hacia el
este de Sevilla, una población llamada Melilla, y luego, sobre
la banda del sur, otra llamada Santiago de La Vega, que pasaría
a llamarse La Vega a secas. No se sabe cuándo desaparecieron
Sevilla la Nueva y Melilla, aunque hay indicios de que la población
de la primera fue trasladada a Santiago de La Vega. Según un
informe, La Vega tenía en 1582 cien habitantes, aunque esa cifra
debe tomarse como de vecinos, es decir, de jefes de familias, puesto
que en 1597 se decía en otro informe que tenía 730 vecinos
—y en esa ocasión debieron ser habitantes—. En 1611,
esto es, catorce años después del informe anterior, se
decía, que la población de la isla alcanzaba 1.510 personas,
de ellas, sólo 74 indios.
Jamaica debió ser pobre en indios. No hay noticias de que sus
naturales lucharan contra los españoles ni que desde ella se
sacaran esclavos. Se sabe que cuando Esquivel estableció el sistema
de las encomiendas muchos indios huyeron a los montes; se sabe que de
la isla se enviaban a tierra firme alimentos y hamacas para cambiarlos
por esclavos indígenas que se vendían en La Española.
Pero es muy poco más lo que se sabe. La historia de esos primeros
años de Jamaica se esfuma como una pequeña nube deshecha
por la brisa.
Cuando se discutían las capitulaciones del Trono con Ojeda y
Nicuesa, Juan de la Cosa, el gran marino español, aconsejó
que se tomara como línea divisoria de las dos futuras gobernaciones
el río Atrato, que desembocaba en el golfo de Urabá —hoy
Darién—. Desde el río, por el Oeste y por el Norte,
hasta cabo Gracias a Dios, sería Veragua. Eso quiere decir que
el territorio donde están hoy Panamá, Costa Rica y Nicaragua
formaría la gobernación de Nicuesa. Del río, por
el Este, hasta cabo de la Vela, seria Nueva Andalucía, gobernación
de Ojeda. Eso significaba que a Ojeda le tocaría gobernar lo
que hoy es Colombia.
Ojeda dividió su expedición en dos partes; una que iría
con él y otra que llevaría más tarde Fernández
de Enciso. Con Ojeda iba de piloto Juan de la Cosa, e iba un hombre
que pasaría a la historia como el conquistador del Perú,
Francisco Pizarro.
Ojeda llegó a Turbaco, cerca de lo que hoy es Cartagena, y halló
violenta oposición de los indios. En esa ocasión perdió
la vida Juan de la Cosa. Nicuesa llegó a auxiliar a Ojeda y ambos
capitanes estuvieron combatiendo a los indios de la región sin
que lograran someterlos. Al final se separaron; Nicuesa siguió
viaje-hacía su destino y Ojeda se internó en el golfo
de Urabá y fundó, en la orilla oriental del río
Atrato, el pueblo de San Sebastián. Pero no pudo sostenerse allí.
Los ataques de los indios eran constantes y feroces, y además
el sitio era insalubre. Ojeda perdía hombre tras hombre y él
mismo fue herido en una pierna. Mientras tanto, Fernández de
Enciso no aparecía con la expedición auxiliar, que debía
salir de La Española. Hacia el mes de mayo (1510) la situación
era tan desesperada, que Ojeda tomó la decisión de salir
él mismo hacia La Española a buscar refuerzos. Al frente
de sus hombres dejó a Francisco Pizarro, que ya comenzaba a dar
muestras de sus condiciones para el mando. Ojeda naufragó y fue
a dar a la costa sur de la porción oriental de Cuba —que
todavía no había sido conquistada por los españoles—
y desde allí mandó un hombre a Jamaica para pedir ayuda.
Juan de Esquivel —a quien él había amenazado con
la decapitación hacía poco tiempo— le envió
a Pánfilo de Narváez con una escolta. De Jamaica, el duro
conquistador se fue a La Española, ingresó en un convento
para hacer penitencia y al morir pidió que se le enterrara en
la puerta para que todo el que entrara y saliera pisara sobre sus restos.
En el mes de septiembre Francisco Pizarro abandonó San Sebastián
y salió mar afuera. Iba navegando, no sabemos hacia dónde,
cuando halló a Fernández de Enciso, que se dirigía
hacia San Sebastián, Pizarro le dio cuenta del fracaso de la
expedición, de la muerte de Juan de la Cosa y la ausencia de
Ojeda, y Enciso ordenó el retorno a San Sebastián. Pero
al llegar encontraron sólo cenizas de la fundación. Los
indios habían destruido todo lo que los españoles habían
dejado atrás.
En ese momento surgió de entre los hombres de Enciso uno que
se había escondido en su nao cuando la expedición salía
de Santo Domingo. El hombre tenía prohibición de salir
de la Española mientras no pagara sus deudas, que no debían
ser muy altas, y era tan desenvuelto, que llevaba en el buque su perro,
un cazador de indios que se haría célebre junto con su
dueño. Este se llamaba Vasco Núñez de Balboa y
conocía la región del istmo porque había estado
allí con Rodrigo de Bastidas hace diez años. Cuando Bastidas
logró salir de La Española para retornar a España,
después de haber estado bajo el proceso que le levantó
Bobadilla, Núñez de Balboa se quedó en la isla
y ocho años más tarde salía de allí escondido
en el buque de Fernández Enciso. Balboa dijo que en la orilla
de enfrente del golfo de Urabá había un lugar apropiado
para fundar, que el conocía el sitio y que aseguraba que los
indios no causarían molestias. Se hizo lo que decía Balboa;
pasaron al otro lado del golfo, pero no hallaron la acogida cordial
que esperaron y tuvieron que combatir duramente contra los indios, acaudillados
por el cacique Cemaco. La región era rica y los españoles,
entusiasmados con el botín que cogían, resolvieron permanecer
allí a toda costa. Cuando lograron vencer a Cemaco fundaron Nuestra
Señora de la Antigua del Darién. Era todavía el
año de 1510.
Pero había sucedido que en su lucha por sobrevivir, los hombres
de Fernández Enciso habían encontrado un nuevo líder
—Vasco Núñez de Balboa— y a la vez habían
violado las capitulaciones reales del 9 de junio de 1508, pues la nueva
ciudad no quedaba dentro de los límites de Nueva Andalucía,
la goberna ción de Ojeda, sino dentro de los de Veragua, la gobernación
de Nicuesa; y siendo Enciso, como lo era, un teniente de Ojeda, ya no
tenía autoridad legal sobre la Antigua. Estaban los nuevos pobladores
cavilando sobre esa falsa situación cuando arribó a la
Antigua una nao que andaba en busca de Nicuesa. La nao llegaba para
reforzar la expedición de Nicuesa, como antes llegó Enciso
para reforzar a Ojeda.
Diego Nicuesa había tenido, igual que Alonso de Ojeda, un viaje
infortunado. Había dividido su expedición en dos grupos
y había colocado uno bajo el mando de Lope de Olano mientras
él encabezaba el otro. Lope de Olano llegó al río
Belén, donde el Almirante don Cristóbal Colón había
fundado un establecimiento en 1503, y dispuso establecer allí
un pueblo. Nicuesa, que había seguido hacia el Oeste, naufragó
y se refugió en el archipiélago de Bocas del Toro; recogió
a Nicuesa y, ya juntos, navegaron hacia el Este, hasta Nombre de Dios,
donde les halló poco después la nao de la expedición
auxiliar que había salido de la Antigua en busca de Nicuesa.
Diego Nicuesa, a quien le había ido tan mal, recibió la
noticia de que ya había una ciudad fundada en su jurisdicción
y de que la gente que había poblado allí había
recogido abundante oro, y reaccionó diciendo que tan pronto llegara
les quitaría esas riquezas y les echaría del lugar. Pero
sucedió que mientras Nicuesa andaba por Nombre de Dios los pobladores
de la Antigua habían elegido un Ayuntamiento con dos alcaldes,
Vasco Núñez y Martín Zamudio, y sucedió
además que uno de los buques de la pequeña flotilla que
conducía a Nicuesa y a su gente a la Antigua llegó al
lugar antes que el de Nicuesa, y los marineros contaron en la Antigua
lo que oyeron decir al infortunado gobernador de Veragua. Así,
cuando éste se acercó a tierra encontró que los
habitantes de la ciudad no le permitieron desembarcar. Nicuesa tuvo
que irse, con un puñado de hombres que prefirieron seguirle,
y al parecer tomó rumbo a La Española. Nunca llegó
allá y nunca más se supo de él.
Una vez libres de Nicuesa, los partidarios de Núñez de
Balboa comenzaron a preparar la expulsión de Fernández
de Enciso. Este representaba a Ojeda, y la gobernación de Ojeda
comenzaba al otro lado del golfo. Enciso, pues, no tenía ninguna
autoridad sobre la Antigua, situada en territorio de Veragua. Se acordó,
pues, expulsar también a Fernández de Enciso, que fue
despachado a La Española; y junto con él, para explicar
la situación y evitar problemas futuros, salieron el alcalde
Zamudio, que seguiría viaje a España a fin de hablarle
al rey, y un tal Valdivia, que se quedaría en Santo Domingo para
hacer lo mismo con Diego Colón y para pedirle que enviara refuerzos
y víveres a la Antigua.
Mientras los comisionados del Ayuntamiento de la Antigua —el primer
ayuntamiento en tierra continental— viajaban hacia sus destinos,
Balboa comenzó a hacer exploraciones por la región, a
convencer a los caciques de que mantuvieran amistad con los españoles
y a pedirles oro. Estando de visita en las tierras del cacique Comogre
se suscitó una trifulca entre los acompañantes de Balboa
—uno de ellos era Pizarro— a causa de la repartición
del oro con que les había obsequiado Comogre. Un hijo de éste
se asombró de que los conquistadores disputaran por eso y les
dijo que si les interesaba tanto el oro él podría decir
les dónde lo había en cantidades fabulosas, y les refirió
que a poca distancia hacia el Sur había otro mary que a la orilla
de ese mar había unos países que tenían oro a montones.
Entusiasmado con las noticias que le oyó al hijo de Comogre,
Balboa retornó a la Antigua, donde encontró a Valdivia,
que había vuelto de la Española con víveres y hombres
enviados por don Diego Colón. Pero Balboa necesitaba más
ayuda para emprender viaje a las orillas de "ese otro mar",
y despachó de nuevo a Valdivia con instrucciones y 15.000 pesos
que correspondían al quinto del rey. Valdivia, sin embargo, no
llegó a La Española y nunca más se supo de él.
Mientras Valdivia viajaba —y se perdía—, Balboa se
dedicó a reconocer el golfo de Urabá, a hacer amistad
con los caciques de la zona y a prepararse para la aventura que haría
de él un personaje histórico. Como tuviera noticias de
que los indios se confederaban para atacarle, atacó él
antes, prendió a unos cuantos caciques, dio muerte a otros y
se preparó para enviar más comisionados a España
a fin de obtener la autoridad legal que necesitaba para seguir gobernando
en Veragua y para que se le diera ayuda que le haría falta si
ponía sus planes en ejecución. En eso iba terminando el
año de 1511.
Afines de 1511 España tenía en el Caribe cuatro puntos
ocupados: La Española, asiento del virreinato y de la Real Audiencia
de las Indias; Puerto Rico, donde Ponce de León combatía
contra Guaynabá y había fundado Caparra (San Juan); Jamaica,
bajo el gobierno de Juan de Esquivel, y la Antigua de Darién
(Darién, más tarde), un poblamiento en la tierra continental
gobernado por Vasco Núñez de Balboa. Un año después
se cumplirían veinte del Descubrimiento y hacía ya dieciocho
años desde que el almirante don Cristóbal había
llegado a la costa de La Española con más de 1.300 hombres
para dar principio al Imperio; y el Imperio, sin embargo, no cuajaba.
Después de la matanza de Jaraguá, en 1502, el comendador
Ovando se fue al oeste de La Española a fundar ciudades y puso
cinco de ellas bajo el cuidado de Diego Velázquez, a quien nombró
lugarteniente de gobernador. A ese Diego Velázquez encargó
el virrey don Diego Colón, a finales de 1511,1a conquista de
Cuba. Levantó Velázquez bandera de reclutamiento en todas
las ciudades y villas de La Española y reunió unos 300
seguidores, muchos de los cuales embarcaron con sus esclavos indios,
con sus perros y sus caballos. Entre esos hombres iban Hernán
Cortés, el que siete años después sería
el conquistador de Méjico; Pedro Alvarado, futuro conquistador
de Guatemala, Francisco Hernández de Córdoba y Juan de
Grijalva, que serían los descubridores de Yucatán.
Como Juan de Esquivel, Diego Velázquez no tenía en aprecio
la Historia. No se sabe qué día salió de La Española,
qué día llegó a Cuba ni por dónde, qué
día estableció la primera fundación. De esto último
sólo puede decirse que fue Baracoa, en el extremo oriental de
la isla. Después de Baracoa fundó Santiago de Cuba, en
la costa sur, y la declaró capital de la isla. Esto debió
ser en 1512.
La resistencia indígena que encontró Velázquez
a su llegada a Cuba fue corta y no alcanzó a retardar la conquista.
Un cacique de La Española llamado Hatuey, que había pasado
a Cuba probablemente antes de la llegada de Velázquez, trató
de levantar a los indios de la región oriental para lanzarlos
contra los españoles, y él mismo les presentó batalla,
aunque no sabemos si lo hizo en el momento del desembarco. Hatuey cayó
preso y fue condenado a morir en la hoguera. Cuando un sacerdote le
pidió que se convirtiera al catolicismo para que su alma fuera
al cielo, el indio respondió que si los españoles iban
al cielo él no quería reunirse con los españoles
allá. Parece que Hatuey fue quemado en febrero de 1512.
Una vez establecido en Santiago, Velázquez procedió a
conquistar la región que hoy se llama Oriente. Ante la presencia
de los españoles, los indios se retiraban hacia el Oeste. En
algunos casos, como sucedió en Bayamo, pretendieron resistir,
pero fueron arrollados por fuerzas que comandaba Panfilo de Narváez,
que había llegado poco antes de Jamaica. Una vez conquistado
Oriente, los compañeros de Velázquez comenzaron a pedirle
que les diera encomiendas de indios. Velázquez, que tenía
una larga experiencia de poblador de La Española, y que además
era persona prudente, sabía que si los complacía, los
indios huirían a las montañas y abandonarían los
sembrados, lo que significa ría escasez y sufrimientos para los
conquistadores. Pero tuvo que ceder, de manera que la encomienda entró
en función en Cuba antes de que los españoles se internaran
en lo que hoy es Camagüey.
Velázquez avanzó hacia el occidente de la isla. El iba
por mar, costeando la orilla sur; otra flotilla iba por la costa norte;
una columna de españoles e indios iba por tierra al mando de
Pánfilo de Narváez. La columna halló alguna resistencia
en Caoano y Narváez le hizo frente con toda severidad. El padre
Las Casas, que todavía no era sacerdote y había llegado
a Cuba poco antes, y que acompañaba a Narváez, fue testigo
de la matanza y la persecución de Caoano. A su paso hacia el
Oeste, los conquistadores iban dejando fundaciones.
Este avance hacia el occidente de Cuba debió darse hacia el 1513,
el año en que Vasco Núñez de Balboa se preparaba
para la gran aventura de su vida. El 1 de septiembre salió de
la Antigua con un bergantín, 10 canoas, 190 españoles,
1.000 indígenas, perros de presa y provisiones; se dirigió
al Noroeste, hizo tierra en Puerto Careta y se internó hacia
el Sur. Como encontraran alguna oposición en las tierras del
cacique Trecha, Balboa y su gente hicieron una matanza ejemplar. El
24 de septiembre comenzaron a subir una loma cuya cumbre alcanzaron
el día siguiente, domingo 25. Desde allí vieron el que
llamaron Mar del Sur. En el grupo estaba Francisco Pizarro, que años
después iba a dar en ese mar con el Imperio de los incas. Cuatro
días más tarde llegaron a las orillas del Pacífico,
en el llamado golfo de San Miguel. Un mes tardaría Vasco Núñez
de Balboa en penetrar en las aguas de ese mar desconocido; fue el 29
de octubre (1513), en el momento en que la marea había subido
a su más alto nivel, pues quería tomar posesión
de esa inmensidad de aguas cuando estuvieran en su punto más
alto. Penetró en ellas con el pendón real, que llevaba
pintada una imagen de la Virgen, y cuando el agua le dio en las rodillas
comenzó a vivar a los Reyes y a declararlos dueños de
ese mar y de cuantas tierras hubiera en él.
Con el descubrimiento del Pacífico se ampliarían en proporciones
las posibilidades del Caribe, pues las grandes riquezas de la costa
americana del Pacífico serían movilizadas hacia Europa
por la vía del istmo de Panamá y, por tanto, el transporte
de esas riquezas se haría por el mar Caribe. Balboa y sus hombres
salieron de las costas del sur al finalizar el mes de noviembre de 1513.
Habían oído a los caciques de la región hablar
de las ricas tierras que quedaban al Sur, y la imaginación, como
es claro, se les encendía. Llegaron a la Antigua el 19 de enero
de 1514. Mal podían ellos imaginarse que a esa altura estaba
preparándose en España una flota de 15 navíos y
1.500 hombres que iba a salir tres meses después de San Lúcar
de Barrameda bajo el mando de Pedradas Dávila, a quien el rey
había nombrado gobernador de Castilla del Oro. Castilla del Oro
era el último nombre que se le había dado a esa tierra
que Balboa y su gente andaban descubriendo. Ya ese territorio no seguiría
estando dentro de los límites de Veragua.
Mientras disputaba con Balboa y buscaba la manera de deshacerse de él,
Pedradas Dávila ordenaba a sus tenientes hacer exploraciones
en el istmo y le ordenó a Balboa ir a la costa del sur, para
lo cual el descubridor del Pacífico se dedicó a fabricar
navíos en piezas, que debían ser llevados por cargadores
indios a través de una selva intrincada, llena de pantanos, lomas,
ríos, fieras, culebras e insectos venenosos. Durante años,
Pedrarias, cuya gente se moría de paludismo y de necesidad, estuvo
allí, en la faja de tierra del istmo, moviendo a sus hombres
de Norte a Sur y de Este a Oeste sin que la conquista avanzara en realidad.
Aunque la historia de las actividades de Pedrarias y sus tenientes es
bastante confusa, sobre todo en los primeros años, puede resumirse
en estos párrafos: Entre junio de 1514, cuando llegó Pedrarias
a la Antigua, y los primeros meses de 1515, murieron más de 600
expedicionarios; en 1515 se fundó Acia; en 1516, Germán
Ponce y Bartolomé Hurtado costearon por el Pacífico hasta
Nicaragua; entre 1516 y 1517 Pizarro estuvo buscando perlas y matando
indios en el archipiélago de las Perlas, y Juan de Ayorga estuvo
fundando pueblos que los indios destruían inmediatamente; al
mismo tiempo, Gonzalo de Badajoz avanzaba hacia el Oeste y recibía
grandes obsequios en oro de los caciques de la región, en pago
de lo cual asaltó y quemó la ranchería del cacique
París, a lo que éste respondió con ataques costosos
para los españoles, y Gaspar de Espinosa, enviado en auxilio
de Badajoz, tuvo que sufrir los asaltos de los indios de Urraca, un
cacique que se mantuvo varios años alzado y en guerra contra
los conquistadores.
Mientras sucedía todo eso en el istmo, Diego Velázquez
despachaba desde Cuba a Francisco Hernández de Córdoba
para que fuera a explorar hacia Occidente. Era el año de 1517.
Hernández de Córdoba llegó a la isla de Cozumel,
frente a la costa caribe de Yucatán, y después se internó
en el golfo de Méjico. Con ese viaje quedaba terminado el periplo
del Caribe, salvo el trayecto entre Cozumel y el golfo de Honduras,
que sería recorrido más tarde.
Así, pues, veinticinco años más tarde del 12 de
octubre de 1492, el mar de Colón era conocido de una a otra esquina,
de uno a otro canal. De mar de indios había pasado a ser mar
de españoles. Ya había en sus tierras negros esclavos
y mestizos de blancos, indios y negros, pero todavía no había
llegado a ellas, en son de dueño, más europeo que el español.
El Caribe era entonces la frontera occidental de España, pero
no era aún la frontera de varios imperios en guerra.
En esos años el istmo de Panamá y lo que hoy es América
Central fueron el escenario de una guerra a muerte entre los conquistadores
españoles. Esa guerra no es el objeto de este libro, pero tal
vez sea oportuno decir que está por escribirse aquél en
que se refieran esas luchas enconadas entre los capitanes de la Conquista.
En un duro episodio de ellas cayó Vasco Núñez de
Balboa, cuya cabeza adornó lo alto de un madero en la pequeña
y mísera plaza de Acia. En el momento en que lo decapitaban —enero
de 1519—, Hernán Cortés navegaba por la costa sur
de Cuba, camino de la conquista de Méjico. Unos meses después
—el 15 de agosto—, Pedrarias Dávila fundaba Panamá,
la ciudad que Henry Morgan, el pirata inglés, iba a destruir
en 1671, y a fines de año se repoblaba Nombre de Dios.
De pronto, de La Española, que desde hacía algunos años
había dejado de ser base de las exploraciones y la conquista
del Caribe, salía en 1520 un grupo de vecinos para poblar la
pequeña isla de Cubagua, el rico criadero de perlas que Colón
había avistado, frente a la costa de Venezuela, en agosto de
1498. La isla no tenía agua y era difícil llevarla de
tierra firme, a pesar de que quedaba a pocas millas, porque los indios
caribes de la región, maltratados con frecuencia por los conquistadores,
repelían a muerte los intentos de poner pie en esa costa. En
1515 unos vecinos de La Española habían hecho una entrada
en el lugar para llevarse indios esclavos, y las tribus de la comarca
respondieron destruyendo un convento que había en Píritu
y matando a los religiosos. A principios de 1520 salió de la
Española un grupo a poblar Cubagua, pero a poco llegó
Gonzalo de Ocampo a la costa de enfrente, ahorcó a nueve caciques
y cautivó a 150 indios, que mandó vender en La Española.
Aunque en este punto la Historia es confusa al dar fechas, eso es lo
que se desprende de la lógica de los acontecimientos. La agresión
de Ocampo dio lugar a otra rebelión de los caribes, que atacaron
a los frailes dominicos de un convento situado en lo que hoy es el golfo
de Santa Fe (Cumaná) y no dejaron fraile vivo ni paredes en pie.
Por fin, en septiembre de 1522 se logró establecer un fortín
en la boca del río Cumaná, con lo que se aseguró
el agua para los pobladores de la pequeña isla de las perlas
y tierra donde pudiera cosecharse bastimentos para alimentar su población.
Ese mismo año de 1522 salía por el Mar del Sur, con derrotero
hacia el Noroeste, un nuevo conquistador, que había llegado a
Panamá desde España. Se trataba del Gil González
Dávila, quien asociado al piloto Andrés Niño y
a otros dos amigos había obtenido del Trono autorización
para poblar en lo que habían sido tierras de Veragua. Este González
Dávila tuvo sus disgustos con Pedrarias Dávila, que no
quería darle las naves que había llevado Balboa al Pacífico
a pesar de que le entregó una cédula real en que se ordenaba
que se las dieran; logró al fin embarcar, pero tuvo que abandonar
los bajeles porque necesitaban reparaciones; los dejó al cuidado
de Andrés Niño, se metió por lo que hoy es Costa
Rica y avanzó por la parte oeste de lo que actualmente es Nicaragua.
Cuando retrocedió a buscar los bajeles para seguir haciendo la
exploración por mar, sus hombres le exigieron que explorara por
tierra, que según entendían ellos en las aguas no había
minas de oro. Tuvo que seguir, pues. En el camino fue convirtiendo caciques
al catolicismo. Andrés Niño, mientras tanto, llegó
hasta un golfo que bautizó con el nombre de Fonseca. Ese golfo
es el que está entre Nicaragua y El Salvador. Cuando González
Dávila retornaba, el cacique Diariagen cayó sobre él
con muchos indios, y uno de los convertidos en el viaje de ida se unió
a Diariagen, de manera que González Dávila se vio en aprietos.
Pero él y su socio Andrés Niño lograron volver
a Panamá, adonde llegaron el 25 de junio de 1523 con 112.524
castellanos de oro, una fortuna superior al millón de dólares
de 1968.
Con ese dinero, González Dávila se dirigió a La
Española para organizar una nueva expedición, y logró
salir con ella el 10 de marzo de 1524, sólo que en vez de volver
por Panamá se dirigió a lo que hoy es Honduras. Al llegar
a lo que hoy es Puerto Cortés tuvo que tirar al agua varios caballos
que acababan de morir a bordo, razón por la cual llamó
al sitio Puerto Caballos. En el cabo de Tres Puntas o Manabique fundó
la villa de San Gil de Buenaventura, que fue el primer establecimiento
español en Honduras.
Ahora bien, ese año de 1524 se movían en la América
Central varios grupos de conquistadores. Uno, encabezado por Pedro de
Alvarado, había salido de Ciudad Méjico, la rica y poderosa
Tenochtitlán, a principios de diciembre de 1523 y bajaba hacia
Guatemala. Tres días antes de que González Dávila
saliera de La Española hacia Honduras había Alvarado destruido
por el fuego la ciudad mayaquiché de Cumarcaj, y a sus dos reyes
con ella. Otro grupo de conquistadores que había salido de Veracruz
al mando de Cristóbal de Olíd desembarcaba el 3 de mayo
(1524) en las vecindades de San Gil de Buenaventura, esto es, a quince
leguas al este de Puerto Caballos. Desde Panamá, cumpliendo órdenes
de Pedradas Dávila, el anciano tenaz y ambicioso, subían
hacia el norte Hernán de Soto y Francisco Hernández de
Córdoba —no el que descubrió en 1517 las costas
de Yucatán, sino un homónimo suyo que iba a ser ejecutado
por su jefe, Pedrarias Dávila—; iban penetrando la tierra
con la encomienda de ocupar todo lo que había descubierto Gil
González Dávila, porque Pedradas Dávila entendía
que esos territorios pertenecían a su gobernación y habían
sido, además, descubiertos años antes por sus tenientes
Hernán Ponce y Bartolomé Hurtado. Al mismo tiempo se movía
desde Méjico una segunda expedición despachada por Hernán
Cortés al mando de su primo Francisco de las Casas con el encargo
de someter a Cristóbal de Olid, que pretendía declararse
independiente de Cortés. Y por último, en octubre de ese
mismo año de 1524, el propio Hernán Cortés había
salido de la capital de la Nueva España (Méjico) hacia
las Hibueras (Honduras).
Cada una de esas expediciones tuvo un destino propio, unas veces Impuesto
por la encontrada acción de los conquistadores y otras veces
por la naturaleza de la conquista. Los conquistadores eran una cosa
y la conquista otra. Los conquistadores luchaban contra los indios y
contra la naturaleza, pero también luchaban entre sí,
a menudo con una violencia impresionante. Como hecho histórico,
la conquista era la acción llevada a cabo únicamente contra
la naturaleza y los pobladores indígenas. La lucha a muerte de
un conquistador por arrebatarle a otro su posición o su oro era
la acción individual que lo mismo podía darse en España,
donde no había conquista, que en otro país.
Por ejemplo, la expedición de Hernando de Soto y de Hernández
de Córdoba iba dirigida a despojar a Gil González Dávila
de sus territorios. Pero la que Cortés había enviado al
mando de Cristóbal de Olid no tenía ese fin, porque Cortés
no sabía, cuando despacho a Olid desde Veracruz, que González
Dávüa estaba en ese momento comenzando a poblar en las Hibueras.
Sin embargo, la segunda expedición que despachó Cortés,
la encabezada por su primo De las Casas, y la que él mismo realizó,
caían dentro del tipo de luchas de unos conquistadores contra
otros. En esas luchas, sólo el que vencía al adversario
podía dedicarse a conquistar.
Pero vayamos por partes. Yendo tras las huellas de González Dávila,
Hernando de Soto y Hernández de Córdoba fundaron, a principios
de 1524, la villa de Bruselas. Esta villa estuvo en la costa del Pacífico
correspondiente hoy a Costa Rica, en las vecindades del lago de actual
puerto de Puntarenas. Al norte de ese sitio, en las orillas del lago
de Nicaragua, establecieron Granada, y más al norte León
la Vieja. Desde este último punto se encaminaron hacia el Norte
y penetraron en las Hibueras. Por algún medio se enteró
Gil González Dávila de lo que estaban haciendo los dos
tenientes de Pedrarias y de la ruta que seguían y salió
a encontrarlos.
El milagro de las comunicaciones de la época merece un estudio.
Las travesías por mar eran relativamente cortas, de manera que
de un lugar del Caribe a otro era fácil que las noticias llegaran
a través de tripulantes o pasajeros de las naos que se movían
por esas aguas; pero en esos tiempos no había abundancia de barcos
navegando por el Caribe, y por otra parte las comunicaciones por tierra
eran prácticamente inexistentes. Sin embargo, las noticias llegaban
a los interesados, como en el caso de Gil González Dávila
y los capitanes enviados por el gobernador de Panamá. Cortés
se enteró en Méjico de las intenciones de su teniente
Cristóbal de Olid, y sabemos que las noticias se las llevó
Francisco de Montejo, que estaba en Cuba cuando Olid pasó por
allí antes de ir a las Hibueras.
Es el caso que Gil González Dávila supo en lo que andaban
los capitanes de Pedrarias Dávila y qué camino llevaban,
y salió a buscarlos. Los encontró en Toreba, se enfrentó
con ellos y los batió. Así, Pedrarias Dávila quedaba
eliminado —sólo que por el momento— de las luchas
de los conquistadores en América Central, y, por tanto, quedaba
eliminada una de las cinco expediciones que llegaban a disputarse el
territorio.
Dijimos que Cristóbal de Olid había salido de Veracruz,
pero en vez de dirigirse a las Hibueras llegó a Cuba. Allí
Diego Velázquez le aconsejó que le hiciera a Hernán
Cortés lo que Cortés le había hecho a él;
esto es, declararse independiente de Cortés y obligado sólo
con el rey. Cristóbal de Olid, que llevaba consigo 360 españoles,
además de la tripulación de sus barcos, y 22 caballos,
consideró que tenía fuerzas para hacer lo que le aconsejaba
el gobernador de Cuba. Sin duda cometió la imprudencia de decirlo
en Cuba, cosa que no hizo Cortés, puesto que el vencedor de Moctezuma
no declaró su independencia de Velázquez, sino después
que estaba en Méjico.
Llegó Cristóbal de Olid a la costa hondureña, como
hemos dicho, a quince leguas de San Gil de Buenaventura, y fundó
allí Triunfo de la Cruz. Estaba pensando como deshacerse de Gil
González Dávila cuando arribó la flota de Francisco
de las Casas. Olid se retiró a un pueblo de indios llamado Naco,
y desde ahí comenzó a negociar con De las Casas. Pero
se levantó una noche uno de esos malos tiempos típicos
del Caribe que arrastró las naves de De las Casas, las empujó
a tierra, se ahogaron 30 hombres y se perdió cuanto iba en la
flota. Olid aprovechó la ocasión y prendió a la
gente de De las Casas, y, desde luego, también al jefe. Inmediatamente
mandó una columna contra González Dávila, y a poco
se lo trajeron preso.
Cortés debió saber lo que había sucedido porque
Olid le comunicó su buena suerte al gobernador de Cuba. Tal vez
Cortés tenía informadores cerca de Velázquez. Sólo
así se explica que preparara, sin perder tiempo, una expedición
para ir él mismo a las Hibueras.
El camino de Hernán Cortés fue largo y sufrido. Había
salido de la capital de Nueva España en el mes de octubre (1524)
con un séquito impresionante; llevaba a Cuauhtemoc, que iba preso,
y a varios reyezuelos mejicanos; llevaba a Marina, a innumerables sirvientes
indígenas y varios cientos de españoles. En el camino
casó a Marina con uno de sus capitanes y dio muerte a Cuauhtemoc.
Cuando llegó a territorio de las Hibueras, antes aun de haber
entrado en San Gil de Buenaventura, supo que Cristóbal de Olid
había sido muerto y que Francisco de las Casas y Gil González
Dávila habían abandonado el país.
Cristóbal de Olid había llevado a sus dos prisioneros
a Naco, donde los tenía en condición de huéspedes,
y una noche, mientras cenaba con ellos, De las Casas lo agarró
por las barbas y le dio una puñalada en el cuello mientras González
Dávila le daba otras en el cuerpo. Pero Olid logró huir
y fue a esconderse en unos matorrales. De Las Casas y González
Dávila juraron lealtad a Cortés, cosa que aprobaron los
demás españoles; luego salieron en busca de Olid, lo hallaron,
le hicieron proceso y lo ' ajusticiaron el 16 de enero de 1525. Inmediatamente
después, a instancias de De las Casas, rebautizaron Triunfo de
la Cruz con el nombre de Trujillo, y como ignoraban que Cortés
había salido de Méjico para Honduras se dirigieron a Méjico
para dar cuenta a Cortés de lo que habían hecho. Se fueron
por tierra, vía Guatemala. Cortés llegó a Trujillo
hacia el mes de agosto, tras diez meses de una marcha increíble,
en la que cruzó Tehuantepec, las intrincadas selvas de Chiapas,
ríos y ciénagas en las que tuvo que hacer puentes y carreteras.
En esa larga caminata hubo días y escenas que son difíciles
de creer. Cuando alguno de los conquistadores conseguía algo
de maíz o una pieza de carne, los demás se lo arrebataban.
Ni para el mismo Cortés se reservaba nada. Una noche el fabuloso
capitán llamó a Bernal Díaz del Castillo para reprenderle
porqué llevó al real algún maíz y no le
dio ni una mazorca, a lo que el gran cronista le respondió que
aunque el propio Cortés guardara el maíz se lo hubieran
arrebatado, "porque le guarde Dios del hambre, que no tiene ley",
según dijo.
En todo este enredo intervino la Real Audiencia de la Española,
que despachó a uno de sus miembros, el fiscal Pedro Moreno, para
que resolviera la situación creada por las luchas entre Olid,
De las Casas y González Dávila y pusiera orden en el territorio.
Cuando Moreno llegó a Hibueras, Cristóbal de Olid estaba
muerto y todos reconocían a Cortés como legítimo
gobierno del lugar. Para no perder el viaje, Moreno se llevó
40 indios que iba a vender en La Española como esclavos.
El 8 de septiembre (1525), el vencedor de Moctezuma fundó en
Puerto Caballos la villa de la Natividad de Nuestra Señora, que
se llama hoy Puerto Cortés, y después fue a alojarse en
Trujillo. Desde Trujillo se dirigió a la Audiencia de Santo Domingo
pidiéndole que se devolvieran a su tierra los cuarenta indios
qu£ se había llevado el fiscal Moreno, y a seguidas nombró
a su primo Hernando Saavedra, gobernador de las Hibueras. Desde Trujillo,
donde estuvo varios meses, mandó llamar a Pedro de Alvarado,
que hacía más de un año había terminado
la conquista de Guatemala y había fundado su capital, la villa
de Santiago de los Caballeros de Guatemala, pero cuando Alvarado llegó
a las Hibueras, ya Cortés se había ido. Embarcó
en el puerto de Trujillo, el 25 de abril de 1526, por vía del
canal de Yucatán, y estuvo en La Habana cinco días. Sería
la última vez que viajaría por las aguas del Caribe, en
las que comenzó su vida de conquistador.
Ese Pedro de Alvarado, a quien Cortés espero durante varios meses,
tardó menos de seis en conquistar el reino de Guatemala. El 13
de febrero de 1524 estaba dando —y ganando— la batalla de
Tonalá, todavía en suelo mejicano, y el 25 de julio estaba
fundando Santiago de los Caballeros de Guatemala. Al mismo tiempo sometió
Guatemala y Cuzcatlán, hoy El Salvador, de manera que su acción,
tan relampagueante y decisiva, fue de mar a mar, del Caribe al Pacífico.
Gallardo, desenvuelto y sanguinario, el capitán a quien los indios
mejicanos apoderaron Tonatiuh —es decir, el Sol-debido a su barba
y a sus cabellos rubios, había llegado a las Indias con un viejo
ropón de Caballero de Santiago, en el cual se veía todavía
la huella de la cruz que había llevado cuando lo usaba su dueño
—un tío suyo, al decir de Alvarado— y por esa razón
sus compañeros de la Conquista le apodaron el Comendador, El
nombre que le puso a la capital de Guatemala era en cierto sentido una
respuesta a esa burla, pero expresaba también su ambición
de llegar a ser un miembro de la orden de Santiago. Lo logró,
al fin, y murió siendo comendador de la orden.
Alvarado entró en Guatemala por el río Suichate, después
de haber vencido en el río Tonalá —como dijimos—
a indios de Tehuantepec aliados a los quichés de Guatemala. El
territorio de los quichés era grande y muy poblado. Como en la
mayoría de los reinos mayas, los quichés tenían
dos monarcas y un jefe militar al que asistían varios tenientes.
Los monarcas quichés eran Oxi-Queh y Beleheb Tzy; su jefe militar
se llamaba Tecún Umán, y el más destacado de los
tenientes de Tecún Umán era Azumanchc. Los mayas-quichés,
que conocían la suerte de los pueblos mejicanos, se dispusieron
a resistir a Alvarado. Los desdichados no podían imaginarse que
tenían en frente a un rayo de la guerra, de naturaleza agresiva
y dura, que no se detenía ante ningún obstáculo.
Ese hombre a quien los mayas-quichés pretendían detener
era el que había desatado, matando a gente principal de Tenochtitlán,
los acontecimientos de la Noche Triste. Si fue capaz de hacer eso en
plena capital azteca, cuando él y los españoles que le
acompañaban eran un puñado de hombres en medio de miles
y miles de indios, qué no haría en el reino de los quichés
con una columna de hombres aguerridos.
Tecún Umán situó sus fuerzas en el paso del río
Tilapa —actual departamento de Retalhuleu— y ahí
esperó la llegada de los españoles. Alvarado lo forzó
a retirarse, y Tecún Umán retrocedió hasta el río
Salamá, donde presentó batalla. Rápidamente venció
el Tonatiuh la resistencia de los mayas-quichés, cuyas armas
arrojadizas y cuya táctica de combate debían pare-cerles
a los españoles juego de niños.
Después de la victoria de Salamá, Alvarado entró
en Zapoti-tlán, capital del reino de Xuchiltpec, e instaló
su cuartel general en el mercado de la ciudad. Pero le llegaron noticias
de que los mayas-quichés estaban concentrándose en Xelajú
—la actual Quetzaltenango— e inmediatamente levantó
su real y avanzó por las laderas de un volcán llamado
hoy de Santa María. Halló fuerzas de indios en las orillas
del río Xequijel y atacó con su acostumbrada vehemencia.
En ese ataque perdió la vida Azu-manché, el más
importante de los tenientes de Tecún Umán. Te cún
Umán, mientras tanto, estaba reuniendo hombres en Chuví
Megená —hoy Totonicapán—, que estaba al este
de Xelajú y al norte del lago Atitlán, bastante cerca
de Xelajú, lo que lo llevó a chocar contra los españoles
en Pachah. En medio de la batalla de Pachah, Tecún Umán
se dirigió resueltamente hacia el sitio donde se hallaba Pedro
de Alvarado, fácil de reconocer por su barba rubicunda. Creyendo,
con esa admirable ingenuidad del indio, que el jefe español y
su caballo eran una sola y misma cosa, Tecún Umán metió
en el cuerpo de la bestia su lanza maya de obsidiana para matar al guerrero
enemigo. Desde la altura del caballo, Alvarado lo atravesó con
su lanza europea de hierro; y así murió el caudillo militar
del pueblo maya-quiché.
De viejo es conocido que la historia de las guerras la escribe el vencedor,
y escribe no sólo la suya, sino también la del vencido.
Cuando éste queda aniquilado —como sucedió con los
pueblos indios del Caribe— no tiene ni siquiera el recurso de
poder aclarar las dudas. Pedro de Alvarado expuso a su manera la razón
que lo llevó a destruir por el fuego la noble ciudad de Cumarcaj
y a los reyes maya-quichés con ella. Dijo que esos reyes habían
planeado quemarlo a él vivo; que como primera parte de su plan
le invitaron a entrar en la ciudad y le ofrecieron alojamiento y comida
para él y para toda su tropa, pero que él entró
en sospechas porque llegó a Cumarcaj y la encontró sin
un alma. Según aseguró el capitán conquistador,
una vez dentro de la ciudad, y cuando cavilaba por qué estaba
abandonada de sus habitantes, alcanzó a ver a un indio y mandó
que le prendieran e interrogaran, y que aquel hombre reveló el
plan de Oxib-Queh y Beleheb Tzy. Eso que dijo Alvarado ha sido repetido
por los que han hecho su historia sin detenerse a analizarlo.
En primer lugar, resulta demasiado afortunado que la gente de Alvarado
acertara a ver en las calles de Cumarcaj a un indio que estaba enterado
del plan de los reyes maya-quichés, que debía ser un secreto
cuidadosamente guardado. En segundo lugar, podemos imaginarnos, sin
ser mal pensados, cómo sería el interrogatorio; qué
métodos se usarían para hacer decir al indio todo lo que
se les quisiera achacar a los reyes. En tercer lugar, conocemos la historia
de la conquista de otros centros de población maya y sabemos
que muy a menudo los españoles hallaban las ciudades totalmente
vacías, sin que la intención de los habitantes fuera atacarlos
después. Por último, sabemos que Alvarado se retiró
de Cumarcaj y plantó su real en un valle vecino a la ciudad;
que desde allí envió recado a los reyes para que le visitaran
y que los reyes maya-quichés fueron a verle a su campamento.
La presencia de los reyes maya-quichés en el real de Alvarado,
donde estaban reunidos sus enemigos, indica que no tenían el
propósito de quemar vivos a los españoles, pues en ese
caso, dada la mentalidad de los pueblos indígenas —aun
de los más avanzados como eran los maya-quichés—,
hubieran creído que los conquistadores conocían sus intenciones
y que iban a actuar en consecuencia. Debemos pensar que si el capitán
español encontró la ciudad vacía se debía
a otras razones, no a un plan de los reyes. Es probable que los indios,
asustados por la presencia de los españoles, huyeran a la selva
cercana, como huían en Yucatán; es probable que el indio
interrogado dijera bajo el terror lo que Alvarado y sus hombres querían
oír.
De todos modos, tuviera o no tuviera el jefe conquistador razón
—dentro de la lógica brutal de la guerra y la conquista—,
es el caso que la ciudad de Cumarcaj desapareció entre las llamas
y los reyes Oxib-Queh y Beleheb Tzy murieron quemados en su ciudad.
Inmediatamente después de haber realizado tal barbaridad, Alvarado
hizo llamar a los hijos de las dos víctimas y los designó
reyes en el lugar de sus padres.
Pedro de Alvarado había hecho con Cortés la conquista
de la Nueva España y había aprendido muchas de sus tácticas.
Uno de los recursos que más utilizó Cortés fue
el de ganarse el apoyo de unos pueblos indios contra otros. Siempre
había habido, antes de la conquista, rivalidades entre los pueblos
indios como las había habido entre las ciudades de estado griegas
y entre los burgos medievales de Europa. Así, el Tonatiuh puso
en práctica lo que aprendió al lado de Cortés,
y buscó aliados indígenas. Los encontró en los
cakchiqueles, cuya capital era Ixminché, donde el temido capitán
español se alojó como huésped de sus reyes, Baleheb
Car y Cahi Imox.
Desde Ixmenché, Alvarado despachó una embajada a Tet-pul,
rey de los Tzutuhules, para pedirle que reconociera a los reyes de España
como sus legítimos señores. Pero Tetpul no sólo
se negó a esa pretensión, sino que dio muerte a los embajadores
de Alvarado, lo que llenó a éste de indignación.
En verdad, dentro de los hábitos europeos de hacer la guerra
era imperdonable que se matara a los miembros de una embajada, pero
tal vez ese ignorante de Tetpul desconocía las costumbres de
Europa.
La capital de los tzutuhules estaba en las orillas del lago Atitlán,
un hermoso sitio en medio de picos de montañas. Alvarado se lanzó
sobre esa capital y la tomó. Allí obtuvo no sólo
la rendición de Tetpul y su pueblo, sino también la de
los pipiles, que se reconocieron vasallos del rey de España.
Itzcuitlán —la actual Escuintla—, que estaba al sudeste
del lago de Atitlán y a cierta distancia, no aceptó la
rendición que le proponía el conquistador. Alvarado marchó
sobre ella y la asaltó de noche, bajo la lluvia; pasó
a cuchillo a toda la población y luego quemó la ciudad.
Inmediatamente después de esa acción avanzó hacia
el Sur, cruzó el río Michatoya y se encaminó hacia
el Este por la costa del Pacífico. Rápidamente tomó
Txisco, Guazacapán —el actual Ahuachapán de El Salvador—,
Chiquimulilla, Nacinta y Paxaco. En Paxaco tuvo que combatir contra
indios aguerridos que le mataron e hirieron a muchos hombres. El mismo
recibió ahí una herida de flecha que le dejó una
pierna cuatro centímetros más corta que la otra para el
resto de su vida.
Esa campaña relampagueante había sido hecha en cinco meses.
Los conquistadores eran pocos, sobre todo si se les compara con la mucha
población india de esos reinos, que eran de los más poblados
en el Caribe; e hicieron la campaña a pie —los jinetes
eran contados— por un país de montañas, volcanes,
bosques tupidos y ríos caudalosos.
De Paxaco, el Tonatiuh retornó a Ixminché, donde fundó,
el 25 de julio de 1524, la ciudad de Santiago de lo V Caballeros de
Guatemala, llamada a ser la capital del reino que había conquistado.
No lo fue, sin embargo, porque los indios cachiqueles, que habían
sido sus aliados cuando Alvarado les ofreció protección
contra sus enemigos los maya-quichés, no pudieron sufrir los
malos tratos de los conquistadores y se rebelaron con tanta violencia,
que la capital tuvo que ser trasladada a un lugar fuera de su territorio.
La capital se estableció entonces al pie del volcán de
Agua. Pero el 11 de septiembre de 1541, el enorme lago que llenaba el
cráter del volcán rompió la pared del cráter
que daba a la ciudad, y millones de metros cúbicos de agua se
derramaron sobre ella. Los que visitan ahora los restos de aquella Guatemala
infortunada ven con asombro las ruinas de templos y palacios de una
población que sin duda estaba llamada a ser de gran nobleza y
de hermosura impresionante. Tres meses y medio antes de esa desgracia,
Pedro de Alvarado había muerto en la Nueva España a causa
de haberle caído encima un caballo. Cuando su capital fue destruida,
aún estaban adornados con mantas negras los balcones del palacio
de Alvarado. Allí desapareció en la catástrofe
la mujer del Tonatiuh, quien desde el día en que supo su viudez
se hacía llamar Beatriz la Sin Ventura.
Unos meses después de la fundación de Santiago de los
Caballeros de Guatemala —para ser más precisos, el 26 de
noviembre de 1524— Rodrigo de Bastidas, el veterano explorador
del istmo, capitulaba con los Reyes para volver al Caribe. En las cédulas
reales se le señalaba que poblaría la provincia y puerto
de Santa Marta, que en términos de hoy es el territorio contenido
entre el cabo de La Vela, al Este, y el río Magdalena, al Oeste.
Bastidas llevó labradores y artesanos, algunos de ellos con sus
mujeres, pues tenía experiencia en los problemas de las Indias
y pretendía sólo poblar, no explorar. Habiéndose
detenido en Santo Domingo a buscar provisiones, bestias y voluntarios,
Bastidas llegó el 29 de julio (1525) al puerto que iba a llamarse
Santa Marta, negoció con los caciques de la vecindad y dispuso
que se fundara el nuevo establecimiento. Trescientos cinco años
después llegaría a él Simón Bolívar,
herido de muerte por la tuberculosis, y moriría en las vecindades
de la ciudad.
Bastidas no fue afortunado en esa oportunidad. Pedro Villa-fuerte, que
era su segundo, conspiró contra él y le apuñaló
mientras su víctima dormía. Bastidas tuvo que irse a La
Española, donde murió a causa de sus heridas. Al frente
del gobierno quedó Rodrigo Alvarez Palomino, que fue un tenaz
perseguidor de indios. El y el que después compartió con
él la gobernación —Pedro Vadillo— murieron
ahogados; Palomino al cruzar un río y el otro, años después,
en el mar, cuando regresaba a España. Villafuerte, a su vez,
murió en la horca por el atentado contra Bastidas.
La gobernación de Santa Marta era rica y estaba habitada por
indios que vivían en pueblos, algunos muy grandes. En los primeros
tiempos los españoles sacaron bastante oro, pero después
de las entradas violentas de Villafuerte y Palomino, los indios defendieron
sus vidas y sus tierras en forma desesperada. Al sucesor de Palomino
y Vadillo, García de Lerma, le dieron batallas memorables. Pero
sin duda los españoles fueron más difíciles de
gobernar que los indígenas. La historia de Santa Marta es un
amasijo de luchas intestinas entre españoles, de derrotas a manos
de los indios y de gobernadores fracasados.
Las bajas españolas en Santa Marta fueron elevadas; unos morían
en lucha con los indios, otros de enfermedades y hambre, otros a manos
de sus compañeros. En febrero de 1531 estalló un incendio
que destruyó todas las viviendas, lo que aprovecharon los indios
para acentuar la rebeldía.
Tal vez en ningún punto del Caribe —si se exceptúa
Cartagena, la provincia vecina de Santa Marta— fue tan ardua y
a la vez tan carente de sentido la obra de los conquistadores. Los españoles
se movían de un sitio a otro, matando indios o matándose
entre sí, buscando oro, intrigando, amotinándose, pero
no avanzaban hacia ninguna parte. Vistos esos días con la perspectiva
de hoy, los primeros años de Santa Marta se justifican porque
desde allí salió Gonzalo Jiménez de Quesada hacia
el país de los muiscas y los chibchas, y la conquista de ese
país, con la consiguiente fundación de Santa Fe de Bogotá,
es sin duda el resultado del establecimiento de Santa Marta.
Pero mientras Jiménez de Quesada no tomó el camino hacia
las alturas del Sur —y aun después que él había
llegado allá—, la vida de los conquistadores de Santa Marta
fue como una vena rota por donde se escapaba la sangre de la Conquista,
y con ella se derrochaban el valor, la astucia, la decisión y
la codicia de los conquistadores.
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Capítulo V
LA CONQUISTA ENTRE 1526 Y 1584
La impresión que
saca el que estudia la historia del Caribe en los años que van
de 1520 a 1526 es que la actividad conquistadora empezó a perder
vigor a tal punto, que estuvo casi paralizada. Parecía que España
se había agotado.
La última gran expedición que había llegado al
mar de las Antillas había sido la de Pedradas Dávila,
inferior, sin embargo, en la mitad, a la que condujo don Nicolás
de Ovando hasta La Española a principios de siglo. En las islas,
que habían sido la base de la conquista del Caribe, ya apenas
quedaban hombres aclimatados dispuestos a seguir tras una bandera de
conquista; y sin esos hombres no era aconsejable ir a poblar a otros
sitios. Ellos eran los veteranos del paisaje, de las lluvias, del calor,
de la comida indígena y de las caminatas increíbles por
bosques, montañas y pantanos poblados de peligros.
Bien podía ser que lo que pasaba en Santa Marta fuera un reflejo
de lo que pasaba en el Caribe, y bien podía ser que la situación
del Caribe fuera un reflejo de la situación de España.
Las luchas de los comuneros de Castilla contra el emperador Carlos V,
las guerras de España contra Francia, las atenciones a las regiones
europeas del Imperio consumían los recursos de España
y reclamaban allá las energías de los hombres de acción.
Esas energías debían emplearse en Europa antes que en
el Caribe, lo que se explica porque España estaba en Europa y
España era ia cabeza del Imperio.
Fue en 1526, mientras se luchaba en Santa Marta contra la naturaleza
y las intrigas, cuando las autoridades de La Española dieron
a Juan de Ampués despachos para ir a poblar las islas de Curacó,
Oraba y Uninore —las actuales Curazao, Aruba y Bonaire—.
Desde esas islas, Juan de Ampués pasó a la costa de Venezuela,
donde estableció una ranchería cerca de donde poco después
se fundaría Coro, que iba a ser la base de la conquista del occidente
y del centro de Venezuela.
Juan de Ampués se estableció allí en el 1527 con
60 acompañantes, y en el mes de marzo de ese año fue nombrado
Pedradas Dávila gobernador de Veragua. A fines de septiembre
del mismo año llegaba a la isla Cozumel Francisco de Montejo
con despachos reales de gobernador de Yucatán. A mediados de
1528, Aldonza de Villalobos desembarcaba en la isla Margarita, frente
a Paria —el golfo de las Perlas— para ser la primera mujer
pobladora en América. El 2 de abril de 1529 arribaba a Venezuela
el alemán Ambrosio Alfínger, el primer gobernador del
territorio capitulado por el Emperador con la firma alemana de los Wclzers
o Balzares.
La obra de Ampués iba a ser de corta duración; Montejo
tardaría casi veinte años en lograr la conquista de Yucatán;
Pedrarias Dávila era un caso de psicopatía; sólo
Aldonza de Villalobos vería su territorio poblado y tranquilo.
Cuando el terrible y suspicaz Pedrarias Dávila, anciano de más
de ochenta años, entró en las tierras de su nueva gobernación,
halló que en la región había un gobernador llegado
desde Honduras. Se trataba de Diego López Salcedo. Pedrarias
Dávila había ahorcado a Vasco Núñez de Balboa,
a Hernández de Córdoba y a algunos otros sólo porque
sospechó que querían despojarlo de su autoridad; de manera
que no se comprende cómo dejó vivo a López Salcedo.
Sin embargo, lo hizo preso y lo mantuvo en prisión siete meses.
López Salcedo pudo escapar con vida de manos del fiero anciano
porque le dio 20.000 pesos, que en esos tiempos era una fortuna respetable.
Pedrarias Dávila no hacía diferencia entre indios y españoles;
los maltrataba y los aniquilaba por igual. El viejo conquistador era
en verdad una figura sombría y una amenaza de muerte para todos
los que tenían que tratarle. Indios y españoles fueron
víctimas de los métodos de exacción que puso en
práctica el gobernador. Hacía marcara los indios con hierro
candente y los obligaba a trabajar en busca de oro hasta que caían
agotados. Los indios huían hacia las selvas, y los españoles
tenían que lanzarse a esos bosques tropicales, donde todo parecía
conspirar contra ellos, para cazar indígenas con que sustituir
a los que se fugaban. Al fin unos y otros comprendieron que la única
manera de escapar a la tiranía de Pedrarias Dávila era
abandonando el territorio, y el país comenzó a despoblarse
de manera alarmante. Ese territorio era lo que se llamó después
Nicaragua, por extensión del nombre del hermoso lago en cuyas
orillas estaba la ciudad de Granada.
Pedrarias Dávila murió el 6 de marzo de 1531, a los noventa
años, temido por toda la gente dé su gobernación;
pero Nicaragua no fue menos desdichada con los sucesores del anciano
gobernador, que no parecían ser mejores que él. Rodrigo
de Contreras, que gobernó de 1534 a 1542, fue una edición
repetida de Pedrarias Dávila. Cuando el obispo Valdivieso denunció
que Contreras tenía esclavos indios, lo que les estaba expresamente
prohibido a los funcionarios reales, los hijos de Contreras mataron
al obispo y levantaron bandera de rebelión, a la que se unieron
muchos españoles. Después de la muerte del obispo, los
rebeldes saquearon las ciudades de León y Granada y huyeron del
país. Los hijos del gobernador Contreras eran dignos retoños
del padre, y éste, a su vez, era un digno sucesor de Pedrarias
Dávila. En algunas historias se dice que Pedrarias Dávila
descubrió la comunicación del lago de Nicaragua con el
Caribe, o que fue descubierto por una expedición que él
organizó. No es cierto. Pedrarias Dávila mandó
en 1529 a Martín Estete con instrucción de que bajara
por el Desaguadero (río San Juan) hasta su desembocadura, pero
Martín Estetc no piulo llegar al Caribe debido a la resistencia
de los indios de la región, a las enfermedades que aniquilaban
a sus hombres y a lo impenetrable de las selvas en las orillas del río.
El Desaguadero corre desde el lago de Nicaragua hasta el Caribe, y en
el andar de los años sería una importante vía de
comunicación entre el mar de las Antillas y el Pacífico.
Los ingleses, que apreciaron su valor desde el siglo XVII, elaboraron
toda una política de alianza con los indios y los negros cimarrones
de la costa de Mosquitía a fin de mantener bajo su control las
salidas del Desaguadero al Caribe. A mediados del siglo XIX, esa salida
sería el objetivo de WiíliamWalker, el jefe filibustero
norteamericano que llegó a ser presidente de Nicaragua, y gracias
a ello funcionó la llamada Compañía del Tránsito,
que acortó en varios días el viaje entre Nueva York y
Nueva Orleáns y California, en los años de los grandes
hallazgos de oro en este último lugar.
El río San Juan no fue recorrido en todo su curso en tiempos
de Pedradas Dávila, sino en el año 1539. Costó
siete meses hacer ese recorrido, realizado en una lucha agotadora contra
la naturaleza y los indios que poblaban las orillas.
En el año en que Pedradas Dávila era nombrado gobernador
de Nicaragua fundo' Juan de Ampués la ranchería de que
hemos hablado. Parece que Ampués usó esa ranchería
como base de operaciones para sacar palo de Brasil. Las comunicaciones
con las islas de Sotavento eran cortas y fáciles, y esas islas
—sobre todo la más grande, Curacó o Curazao—
tenían muy buenos puertos. Pero debieron ser duras para poblar
porque no tenían agua dulce.
Juan de Ampués es una figura borrosa, y, sin embargo, hombre
muy medido e inteligente. Se estableció en lo que hoy es la costa
de Coro de acuerdo con el cacique Manaure, de la nación caiquetía,
y llevó muy buenas relaciones con él. Se refiere que Manaure
le obsequió con oro y atendía a las necesidades de víveres
de su gente. Si a Juan de Ampués se le hubiera encomendado poblar
Venezuela, o por lo menos la región de Coro, la penetración
hubiera sido pacífica, a juzgar por lo que fue durante el tiempo
en que él estuvo allí. Pero en abril de 1529 Juan de Ampués
tuvo que abandonar el lugar porque Ambrosio Alfínger, designado
gobernador por el Emperador, no podía ver con buenos ojos su
presencia en esa región.
Alfínger llegó con la primera expedición enviada
por los Welzers o Balzares, compuesta por españoles y llegada
desde la Española, donde el alemán había estado
embarcando provisiones, animales y hombres.
Todavía no se sabe a ciencia cierta por qué Carlos V capituló
la gobernación de Venezuela con una firma de banqueros y comerciantes
alemanes. Es cierto que el monarca era emperador de Alemania, y que
como tal los Welzers eran sus súbditos, pero también debía
de ser cierto que los españoles que manejaban los negocios de
las Indias no debían aceptar a gusto que una porción de
esas Indias fuera puesta en manos que no eran españolas. Hasta
un año antes no se permitía poblar en el Caribe ni siquiera
a los españoles que no eran castellanos. Por otra parte, la rebelión
de los comuneros, que había sido reciente, se debió, entre
varios motivos, a la presencia de flamencos y alemanes en los cargos
más influyentes de la corte.
De todos modos, lo que puede afirmarse es que la concesión dada
a los Welzers fue la primera gestión de propósito netamente
imperialista que hallamos en la historia del Caribe y quizá en
toda América. Los Welzers eran una firma de banqueros y comerciantes
que decidieron invertir capitales en una empresa colonizadora con el
fin de sacar beneficios en dinero, y para asegurarse esos beneficios
designaban la autoridad del territorio que iba a ser explotado. Es verdad
que el Emperador se reservaba la soberanía sobre la región,
pero el gobernador, representante del Emperador y la autoridad política
más alta en el territorio, era designado entre candidatos escogidos
por los Welzers, de manera que en última instancia el gobernador
les debía el cargo a los Welzers y tenía que obedecerles
y servirles.
Alguien pensará que eso era lo que hacían los conquistadores
españoles, buscar un despacho que los autorizara a poblar una
región para sacar de ella oro y esclavos indios. Pero el caso
no era igual, aunque se le pareciera. La tradición de la Conquista
española era que una persona obtenía el derecho a poblar
o gobernar mediante un contrato con el monarca —lo que se llamaba
capitulación— y esa persona buscaba socios, si no tenía
dinero suficiente para sufragarlos gastos déla Conquista. Délo
que produjera el territorio conquistado se separaba una quinta parte
que pertenecía al rey —el célebre "quinto real"—
y lo demás se repartía entre los socios en cantidades
relativas a lo que cada uno había aportado. A menudo, cuando
el gasto lo había hecho el conquistador solo, se hacían
repartos entre los miembros de la expedición. Pero en todos los
casos la persona que obtenía la autorización del Trono
iba ella misma a poblar, a correr los riesgos de la aventura, a ganar
o a perder, y en varias ocasiones lo que se perdía era la vida.
La Conquista típicamente española era, pues, una empresa
personal; tan personal, que hubo casos en que fueron a realizarla todos
los socios.
Eso no fue lo que se hizo con los Welzers. Los Welzers eran un poder
por sí solo, un poder bancario y comercial, y mandaban a sus
factores o empleados al Caribe a que conquistaran oro y esclavos para
la firma. Desde luego, a los Welzers se les impusieron algunas restricciones,
y una de ellas era que con la expedición del gobernador, los
demás miembros de las expediciones tenían que ser o españoles
o canarios. De acuerdo con lo que ya era una tradición, podían
llevar indios y negros, pero sólo en calidad de sirvientes; ninguno
de esos indios y negros podían ejercer funciones militares o
burocráticas.
El caso de los Welzers iba a verse en el Caribe, y en otras regiones
de América, cuando ingleses, franceses y holandeses se dispusieron
a disputarle a España su frontera imperial. Los imperios europeos
que hicieron la guerra a España en el Caribe concedían
los territorios que querían conquistar a compañías
comerciales. Pero eso vino a suceder ya entrado el siglo XVII. En unos
tiempos tan tempranos como el 1528, que fue cuando se capituló
con los Balzares, sólo éstos operaron según el
esquema de lo que más tarde sería la empresa imperialista.
Por esos años sólo se conoce un caso de poblador con patente
que no fue español de la península, si se exceptúa
el de los Welzers. Se trató de Francisco Fajardo, natural de
la isla de Margarita, mestizo de español y de india.
Tan pronto llegó, Ambrosio Alfínger fundó Coro,
reunió informaciones del país, y como entendió
que las mayores riquezas estaban hacia el lago de Coquibacoa, se dirigió
allá y estableció una ranchería en el sitio donde
se encuentra hoy la ciudad de Maracaibo, nombre que al fin tomó
el lago. De ese punto retornó al año, después de
haber causado estragos en los lugares por donde pasó. Volvió
con oro y con esclavos indígenas, que mandó vender para
reclutar nuevos conquistadores, comprar armas y caballos y armar bajeles.
En una segunda entrada salió de los límites de su jurisdicción
y penetró en los de Santa Marta. En esa oportunidad llevaba indios
cargadores de provisiones atados por el cuello con una soga muy larga,
y si alguno se cansaba se le cortaba la cabeza y su carga se repartía
entre los demás. En el pueblo del cacique Boronata obtuvo bastante
oro, después de haber desbaratado la resistencia que halló.
En Mococu y Pau-xoto recogió más de 20.000 pesos en oro.
En la sierra de Xiriri le mataron un hombre y le hirieron otro, por
lo cual dio fuego a todos los poblados de los valles vecinos. Cuando
llegó a Tamala-meque encontró el pueblo vacío.
Era que los indios conocían ya la fama de Alfínger y al
darse cuenta de que estaba en las inmediaciones corrieron a refugiarse
en una isleta de la gran laguna. Los hombres de a caballo los persiguieron
hasta allá, hicieron una matanza sonada y apresaron al cacique.
Para obtener su libertad, los indios de Tamalameque tuvieron que entregar
todas sus flechas y una cantidad de oro que se calculó en varios
miles de ducados.
La región de Tamalameque era rica, por lo cual Alfínger
no quiso abandonarla. Se fue a vivir a una de las isletas de la laguna
y despachó hacia Coro una columna con unos 60.000 pesos en oro.
Iñigo de Vasconia, el jefe de la columna, se perdió en
el camino y el hambre fue tanta, que él y sus compañeros
conquistadores se comieron algunos de los indios que llevaban la impedimenta.
Como era imposible seguir caminando con el oro, el jefe de la columna
lo enterró e hizo varias señales en los árboles
para reconocer el lugar cuando retornara. Pero no retornó. Uno
de los hombres que iba con Iñigo de Vasconia se acostumbró
de tal manera a la carne de indio, que se convirtió en antropófago.
Se llamaba Francisco Martín y fue caudillo de una tribu indígena
después de maridarse con la hija del cacique. Cuando los hombres
de Alfínger volvían a Coro, casi dos años después,
sin su jefe y destrozados, Francisco Martín se dio a conocer
de ellos, que no podían reconocer en esa traza de indio a su
antiguo compañero. Martín acompaño a los derrotados
expedicionarios a Coro, pero se fugó para volver a vivir con
su mujer e hijos indios y tuvo que ser rescatado por españoles
de Coro; tornó a huir hacia la ranchería de la tribu que
había acaudillado, y al fin el gobernador de Coro mandó
destruir la ranchería y obligó al tozudo Francisco Martín
a irse a Bogotá, donde murió desempeñando la tarea
de sacristán. Alfínger había muerto en las cercanías
de lo que hoy es Pamplona, a causa de una herida de flecha que había
recibido en la garganta. Los supervivientes de su expedición
retornaron a Coro al comenzar el mes de noviembre de 1533.
Ambrosio Alfínger había llegado a La Española,
a buscar víveres y voluntarios para su expedición, unos
meses después de haber salido de allí Francisco Montejo,
que iba a la conquista del Yucatán. Cronológicamente,
pues, debimos haber referido los hechos de Montejo antes que los de
Alfínger, puesto que éste llegó a la suya a principios
de 1529. Pero resulta que la expedición de Alfínger venía
a ser una secuencia de la ocupación de la costa venezolana de
Coro por parte de Juan de Ampués, lo que explica que habláramos
de él antes que de Montejo.
Yucatán es una tierra de dos mares. Dos de sus costas —la
del oeste y la del norte— corresponden al golfo de Méjico;
pero a partir de cabo Catoche hacia el Sur, toda su costa oriental da
al Caribe. Políticamente es hoy una parte de Méjico; sin
embargo, en los tiempos de la Conquista se capituló como un territorio
diferente. Al crearse en 1543 la Audiencia de los Confines, que se estableció
en Honduras al año siguiente, Yucatán quedó adscrito
a ella, lo que quiere decir que las actividades judiciales de los pobladores
de Yucatán tenían que evacuarse en Honduras, país
del Caribe, y no en Méjico, donde había Audiencia desde
1529. El nexo de Yucatán y el Caribe ha sido tan largo, que todavía
hasta 1861 se llevaban indios de Yucatán a Cuba en condición
de semi-esclavos. Los supuestos indígenas cubanos que algunos
viajeros dicen haber visto en este siglo en el interior de la isla son
descendientes de esos indios de raza maya llevados de Yucatán
entre 1848 y 1861.
Yucatán fue descubierta el 1 de marzo de 1517 por Francisco Hernández
de Córdoba, enviado desde Cuba por el gobernador Diego Velázquez.
Puede haber dudas acerca de si estuvo en la isla Cozumel, pero no las
hay sobre su presencia en cabo Catoche. Ahí, en cabo Catoche.
Hernández de Córdoba y su gente tuvieron que hacer frente
a un rudo ataque de los indios, pero se sostuvieron en el lugar unos
seis días. Navegando hacia el Poniente y luego hacia el Sur estuvieron
en Campeche, de donde pasaron a Champotón. El recibimiento que
tuvieron los españoles en Champotón fue tan fiero, que,
según cuenta Bernal Díaz del Castillo, que iba en la expedición,
los mayas les mataron 56 hombres y les hirieron a casi todos los demás,
entre ellos al propio Bernal Díaz del Castillo y a Hernández
de Córdoba, que echaba "sangre de muchas partes” al
decir del estupendo cronista. Bahía de la Mala Pelea fue el nombre
con que bautizaron los españoles a Champotón.
La costa oriental de Yucatán —la del Caribe— fue
descubierta en realidad por gente de Juan de Grijalva, cuya expedición
llegó a la isla Cozumel entre fines de abril y principios de
mayo de 1518. El piloto Antón de Alaminos salió de Cozumel
hacia el Sur y reconoció una bahía que llamó de
la Ascensión. Parece que Alaminos descubrió varias ciudades,
entre ellas una que él decía ser tan grande como Sevilla.
Las ciudades mayas más cercanas al lugar donde se supone que
estuvo Alaminos eran Tulum, Tancah, Xelha y Solimán.
La flota de Cortés tocó en Cozumel cuando iba hacia la
conquista de Méjico. Los primeros navíos que llegaron
a la isla fueron dos que iban bajo el mando de Pedro de Alvarado. Cuando
Cortés llegó a Cozumel halló los pueblos de la
isla deshabitados y supo que Alvarado había extraído mantas
e ídolos y había prendido a dos indios y una india. Muy
disgustado por esa acción, Cortés ordenó devolver
todo lo cogido y poner en libertad a los presos. Pocos días después,
al terminar un acto religioso maya que estuvo presenciando, el futuro
conquistador de Méjico les pidió a los sacerdotes indios
que abandonaran su religión, a lo que ellos respondieron que
no podían; Cortés, entonces, mandó destruir el
templo e hizo levantar allí mismo un altar católico en
el que colocó una cruz de madera y una imagen de Nuestra Señora.
Un cura de los que andaban con Cortés dijo misa. Después
de la misa, Cortés salió de Cozumel, pero tuvo que volver
porque uno de sus navíos hizo agua, y al retornar halló
el altar limpio y bien cuidado. En Cozumel reparó la avería
e incorporó a Jerónimo Aguilar, un español que
estaba en Yucatán, según él, desde que se salvó
del naufragio en que desapareció aquel Valdivia a quien había
despachado Vasco Núñez de Balboa desde la Antigua con
el oro del quinto real. Según otros, Jerónimo Aguilar
y un compañero del que después tendremos que hablar se
habían quedado en Yucatán desde los días de la
expedición de Hernández de Córdoba.
Desde el 4 de marzo de 1519, cuando Cortés salió por última
vez de Cozumel, hasta fines de septiembre de 1527, cuando llegó
al mismo lugar la flota de Francisco Montejo, habían pasado más
de ocho años, tiempo muy largo para que se mantuviera en las
tinieblas de lo casi desconocido el territorio donde había florecido
y florecía aún la vieja y sorprendente cultura de los
mayas.
Casi frente al extremo sur de Cozumel, en la costa del Caribe, cerca
de la ciudad maya de Xelha, fundó Montejo el pueblo de Salamanca.
El lugar era palúdico y los españoles comenzaron a caer
enfermos. En poco tiempo se agotaron los comestibles, por lo que hubo
que dar asaltos a pueblos mayas vecinos. Esto, como era natural, tornó
hostiles a los indios, que antes habían sido afectuosos con los
conquistadores. Los hombres de Montejo, a su vez, empezaron a dar muestras
de disgusto, y Montejo, temeroso de que un día se le amotinaran
y se fueran a Méjico, quemó las naves, como había
hecho Cortés. A seguidas dispuso a recorrer el país, dejando
una guarnición en Salamanca, y estuvo algunos meses de ciudad
en ciudad, admirado de la alta civilización de los mayas. En
Chauacha, ya sobre la costa norte, fue atacado de improviso y perdió
doce hombres. Se le atacó también en Ake, una población
vecina a Chauacha, pero sólo tuvo algunos heridos.
Cuanto Montejo retornó a Salamanca, tras seis meses de recorrido
por la península de Yucatán, volvía con 60 hombres;
de 20 que había dejado en el camino, en un lugar llamado Polé,
no quedaba ninguno, y de los que había dejado en Salamanca halló
10. En ese punto arribó a Salamanca una expedición de
refuerzo que llegaba de la Española. Con el navío emprendió
Montejo viaje por la costa hacia el Sur mientras uno de sus tenientes,
Alonso Avila, iba por tierra. El plan de Montejo era tomar la rica ciudad-puerto
de Chetemal; pero allí estaba el español compañero
de Jerónimo de Aguilar, casado con la hija de uno de los jefes
de Chetemal; y este hispano-maya, de nombre Guerrero, se las arregló
de tal manera, que hizo creer a Avila que Montejo había naufragado
al tiempo que hizo creer a Montejo que Avila había muerto a manos
de los indios. Avila, que creyó la especie, no llegó a
Chetemal; se devolvió, y al llegar a Salamanca dispuso que la
fundación fuera abandonada. Montejo, mientras tanto, llegó
al golfo de Honduras y de ahí retorno al Norte, paró en
Cozumel y siguió viaje a Veracruz.
Esto ocurría probablemente en septiembre de 1528, lo que significa
que al año de iniciada, la expedición de Montejo había
fracasado como pobladora, pero como descubridora había sido de
las más afortunadas que se habían organizado hasta entonces.
La fabulosa tierra de los mayas quedó abierta al conocimiento
europeo, y todavía está produciendo sorpresas. Por de
pronto, toda la costa yucateca del Caribe había sido recorrida
y se habían visitado muchas ciudades importantes cercanas a esa
costa.
Antes de abandonar Yucatán, Montejo había aprobado la
mudanza de Salamanca de Xelha a Salamanca de Xamanha, situada en la
propia costa del Caribe, pero más al Norte. En 1529 recomenzó
Montejo la conquista de Yucatán, pero en esa ocasión lo
haría yendo desde el Oeste y por el Sur. En el oeste de la península
fundó otra Salamanca, la de Alacán; luego subió
a Campotón, de donde pasó a Campeche. Ahí fundó
otra Salamanca, la de Campeche; y desde ese lugar despachó a
Alonso Avila con una columna para que se internara hacia el Sudeste,
en dirección de Chetemal, ciudad a la que se debió llegar
a fines de 1531. Así, la base de la península de Yucatán
estaba explorada, aunque no conquistada. Esto se dice muy de prisa,
pero la tarea de ir desde Campeche hasta el golfo de Honduras, atravesando
territorios muy poblados y a la vez muy ásperos, es difícil
hoy, cuanto más en el 1531. Ala vuelta a Salamanca Campeche —y
lo decimos como una muestra de lo que fue esa travesía—
hubo combates en los que resultaron heridos todos los españoles,
sin mencionarlos muertos. Fue tan feroz la oposición de los indios,
que Avila tuvo que devolverse y a costa de esfuerzos titánicos
logró salir a la costa de Honduras. Llegó a Trujillo en
marzo de 1533.
Casi dos años atrás, en junio de 1531, Salamanca de Campeche
había sido atacada fieramente por los mayas. En esa ocasión
estuvo a punto de caer prisionero Francisco Montejo. Montejo el Mozo,
hijo de Francisco, pasó a la costa del norte de la península.
Allí, al cabo de muchas marchas y negociaciones, alcanzó
a entrar en Chichén Itzá, la hermosa ciudad cuyos monumentos
mayas se preservan todavía, para asombro de los que la visitan,
y en Chichén Itzá estableció Ciudad Real, la capital
de Yucatán. Pero a mediados de 1533 los mayas de todas las poblaciones
vecinas atacaron la capital y los españoles sufrieron un sitio
de varios meses. En la retirada, Montejo el Mozo supo que su padre andaba
por las cercanías. Unidas las fuerzas de los dos, fueron a establecer
otra Ciudad Real en Dzilán, sobre la costa norte. Pero a principios
de 1535 los pobladores de esa nueva Ciudad Real y de las demás
fundaciones españolas de Yucatán comenzaron a abandonarlas.
Yucatán no tenía oro y se oía hablar mucho del
Perú. Hasta el tenaz Alonso Avila se fue a Méjico donde
había de morir. Las viejas ciudades mayas, abandonadas desde
hacía tiempo, y las recientes que deslumbraron a los españoles,
volvieron a quedarse pobladas solamente por sus habitantes naturales.
Y esto sucedía cuarenta y tres años después del
día del Descubrimiento.
Al comenzar el año de 1533, Alonso Avilase acercaba a Trujillo
al final de su épico viaje; el hijo de Francisco Montejo se acercaba
a Chichén Itzá y se alejaba de Santa Marta Pedro de Heredia,
que había llegado al lugar a fines de 1528 como teniente de Pedro
Vadillo. Este Pedro de Heredia se dirigió al poniente del Río
Grande (Magdalena) y después al sur, y fundó el 20 de
enero una población que llamó San Sebastián de
Calamar, que sería con el tiempo la muy historiada y atacada
ciudad de Cartagena de Indias. Seis meses más tarde Carlos V
nombraba un nuevo gobernador para Venezuela, a Nicolás de Federman,
alemán de la firma de los Welzers. La designación fue
revocada casi inmediatamente en favor de otro alemán, Horge Horhemut,
a quien la Historia conoce con el nombre de Jorge Espira, pero Federman,
agregado a la gobernación de Espira como coadjutor, iba a ser
más afortunado que su rival.
Espira llegó a Coro en febrero de 1534. Llevaba más de
400 hombres, reclutados en España y en las Canarias, y cinco
años después, al retornar de sus exploraciones por el
fondo de los Llanos, volverían sólo 90. Espira despachó
la mayor parte de su gente hacia el Sudoeste y les señaló
como ruta las bases de la cordillera, mientras él se dirigió
por la costa hacia el Este y luego penetró hacia el Sur. Al reunirse
las dos columnas, recorrieron los Llanos, dirigiéndose al Sudoeste,
hacia el Apure y el Casanare; y por el camino iban combatiendo, enfermándose,
muriendo. Espira no podía imaginar siquiera —y en esa época
nadie lo hubiera sospechado— que estaban marchando por terrenos
que se hallaban bajo el nivel del mar, y que cuando llegaran las lluvias
los torrentes de las cordilleras engrosarían los ríos
y la inmensa llanura se volvería un mar de agua dulce.
Los españoles y su capitán germano tuvieron que vivir
meses en breves islotes y en copas de árboles. Los feroces tigres
del Llano nadaban hasta esos islotes y trepaban a las copas de los árboles
para alimentarse con las cargas de huesos y piel en que habían
quedado convertidos los conquistadores; los indios se acercaban en canoas
a cazarlos con flechas.
Mientras Espira y su gente vivían esa epopeya, y los indígenas
se veían acosados, perseguidos a muerte por los hombres de a
caballo que habían entrado inopinadamente en sus tierras, Nicolás
de Federman llegaba a Coro y se preparaba para iniciar una pesquería
de perlas frente a Cabo de La Vela. Pero no le fue bien y se dispuso
a buscar el rico país que, al decir de los indios, había
al otro lado de la cordillera. Espira también había oído
hablar de ese país y trató de buscarlo, pero sin buena
suerte. Federman se fue a La Española, reclutó hombres
aguerridos y volvió a Coro; entró hacia el Sudoeste, siguiendo
las huellas de Alfínger, cruzó la sierra de Santa Marta;
ahí recibió una carta del gobernador de Santa Marta en
que se le comunicaba que le atacaría si permanecía en
la región. Federman decidió volver a Coro y cruzó
por lo que hoy es la región de Ocaña. Ya en Coro despachó
una columna que atravesó por la serranía de Carora y llegó
al Tocuyo, donde encontró a unos 60 españoles que llegaban
del oriente venezolano después de una travesía de más
de un año. Esos recién llegados se unieron a la columna
de Federman y luego reconocieron a éste por su jefe. Con ese
refuerzo, Federman se dirigió a los Llanos, siguiendo el camino
que había tomado Espira, pero aunque llegó a estar cerca
del gobernador, no se reunió con él. Su objetivo era el
rico país de la cordillera, el de los chibchas y los muiscas,
donde los indios andaban vestidos, tenían ciudades y trabajaban
el oro y el cobre.
Espira retornó a Coro y de ahí se dirigió a la
Española para volver a Coro en 1539. Uno de los últimos
hechos como gobernador fue despachar españoles al lago de Maracaibo
para que vengaran la muerte de compañeros suyos que habían
sido exterminados por indios de la región. La columna cumplió
la orden a cabalidad, pero se hizo independiente de Espira y se fue
hacia el Este, y en una de esas increíbles marchas de les españoles
del siglo XVI llegó a Cumaná a fines de 1540.
Pero antes de que muriera Jorge Espira, y antes aún de que éste
saliera del fondo de los Llanos de Venezuela, había llegado a
Santa Marta la más rica expedición que había visto
el Caribe desde la que llevó Pedrarias Dávila al Darién.
Esta fue la de Pedro Fernández de Lugo, adelantado de Canarias,
que salió de Tenerife al comenzar el mes de noviembre de 1535
con 18 navíos y 1.200 hombres. Entre ellos iba gente linajuda.
El segundo jefe —teniente general— de la expedición
era Gonzalo Jiménez de Quesada, una de las figuras más
nobles de la historia del Caribe. Sucedió que uno de los soldados
de esa expedición cayó al mar, y aunque se le buscó
no se le halló; pero sucedió también que un navío
que seguía la misma ruta que la flota acertó a dar con
él y pudo rescatarlo; y sucedió también que ese
navio llegó a Santa Marta antes que los de Fernández de
Lugo. Eso explica que cuando llegó la brillante expedición,
los pobladores de Santa Marta estaban en la playa esperando a su nuevo
gobernador.
Santa Marta era entonces un caserío de unas doscientas viviendas
con techos de paja, y toda la región era un campo de guerra.
Las luchas de indios contra españoles entre sí no habían
menguado. Los pobladores vivían sin esperanzas. En los días
de García de Lerma muchos quisieron irse al Perú por el
Darién, y hasta el sobrino del gobernador huyó del lugar.
De manera que la llegada de Fernández de Lugo era un acontecimiento
para esos desdichados. Sólo el comendador Ovando, a su llegada
a La Española en 1502, fue recibido con tanto entusiasmo por
los pobladores de su gobernación. Pero a poco de llegar, los
hombres de Fernández de Lugo comenzaban a caer enfermos. Sin
aclimatarse en las islas del Caribe era difícil mantenerse sano
en esos trópicos donde el calor húmedo hacía proliferar
las bacterias y bacilos que producían enfermedades desconocidas
en España.
Pero la aclimatación no significaba sólo acostumbrarse
a un clima físico diferente; había que acostumbrarse también
a otra vida, a otra manera de vestirse, de pensar, de actuar. Por ejemplo,
las armaduras españolas eran inútiles para andar por la
selva, donde se trepaban cerros y se vadeaban ríos. Los conquistadores
veteranos las habían suplido por batas de tela rellena de algodón
del cuello a las piernas. El tipo de guerra que se hacía en Europa
no podía hacerse en el Caribe. Fernández de Lugo metió
todos sus hombres a un tiempo en batallas contra las emboscadas de los
indígenas y mandó quemar todas las rancherías o
pueblos; y perdió tanta gente, porque era más fácil
flechar a alguien donde había mil hombres que flechar a uno que
se movía y se escondía, y sus hombres pasaron tanta hambre
por la dispersión de los indígenas, que su brillante expedición
quedó reducida a una sombra pocos meses después de haber
llegado a Santa Marta. La situación se hizo tan desesperada,
que el propio hijo del gobernador huyó a España con el
oro que había cogido en una entrada a tierra de indios. Hubo
días en que metieron veinte cadáveres de españoles
en un solo hoyo, unos muertos de heridas de flechas, otros de enfermedades,
otros de hambre.
Ese era el estado de Santa Marta y de la brillante expedición
de Fernández de Lugo cuando Gonzalo Jiménez de Quesada
salió del lugar el 6 de abril de 1536 para remontar el Río
Grande —Magdalena— en una marcha que sumó a los trabajos
de la de Alonso Avila en las junglas de Yucatán y Honduras las
penalidades de la de Jorge Espira en los Llanos de Venezuela. El final
de esa expedición de Jiménez de Quesada fue muy diferente
de las de Avila y Espira, pero antes de ese final sus sufrimientos sobrepasaron
los de aquéllas.
Los problemas comenzaron casi desde el primer momento. Jiménez
de Quesada se fue por tierra, lo que quiere decir que descendió
hacia el Sudoeste para esperar la parte de la expedición que
iría por agua. El Magdalena corre de Sur a Norte, entre las cordilleras
Oriental y Central, casi desde las regiones ecuatoriales hasta el Caribe,
de manera que está en una zona selvática imponente y además
recibe las aguas de las dos cordilleras. Por otra parte, antes de llegar
al Caribe forma delta, porque su último tramo fluye en tierra
llana, así, en tiempos de lluvia, se desborda e inunda toda esa
región. Jiménez de Quesada, que no conocía las
características de la naturaleza del Caribe, comenzó su
expedición en abril, cuando van a comenzar las lluvias. La primera
parte de su marcha fue, pues, como la de Espira en los Llanos cuando
éstos se inundaron y el lugar quedó convertido en un horizonte
de aguas.
Por otra parte, la flotilla que llevaba las provisiones, que estaba
compuesta por cinco bergantines y dos carabelas, halló mal tiempo
al llegar a las bocas del Magdalena. Un bergantín se fue a pique
y toda la tripulación se ahogó; otro pasó la barra
de la boca y entró en el río, pero los demás fueron
arrastrados por la tempestad hasta Cartagena. Uno de ellos chocó
contra una punta de la costa y los cincuenta tripulantes abandonaron
la nave sólo para morir a manos de los indios caribes del lugar;
otro fue destruido por el mar, que lo lanzó a una rompiente,
pero la gente que iba en él logró llegar a pie a Cartagena.
El gobernador despachó otro bergantín que entró
en el río, pero se perdió antes de empezar a remontarlo.
Con la crecida del Magdalena era casi imposible navegado corriente arriba.
Mientras tanto, Jiménez de Quesada buscaba la orilla del río,
abriéndose paso por la selva y los pantanos, y antes de llegar
al Magdalena ya su gente iba medio desnuda y medio descalza. Al cabo,
los barcos que pudieron salvar las barras, dominar la corriente y hacerles
frente a las piraguas de indios que pretendían impedir su marcha,
llegaron a Sampollón, donde estaba Jiménez de Quesada
esperándoles. Y después de eso vino el increíble
avance río arriba, las paradas para explorar y para enterrar
a los que morían de paludismo. En una de esas paradas un tigre
—jaguar americano— sacó de su hamaca a Juan Serrano
y se lo llevó selva adentro, sin que sus compañeros pudieran
evitarlo. Los caimanes devoraban los cadáveres que se tiraban
al agua y a algunos españoles que no estaban muertos. Hubo que
comer caballos, perros, murciélagos, hojas y raíces de
árboles. A fines de diciembre hubo que despachar la flotilla
hacia Santa Marta para llevar a los enfermos. Cuando los barcos llegaron
a Santa Marta, el gobernador ya no estaba. Había muerto el 15
de octubre (1536).
Jiménez de Quesada siguió con unos 200 hombres. La mayor
parte de ellos eran sombras de lo que habían sido cuando llegaron
de España en diciembre de 1535. Con esas sombras llegó
en enero de 1537 a las tierras muiscas, un país rico, poblado
por indios mucho más avanzados que los de la costa, y además
un país que se hallaba a cientos de kilómetros de la base
de Santa Marta. Si los muiscas hubieran atacado a su gente, hoy ni siquiera
se sabría donde murió Jiménez de Quesada. Pero
los muiscas no atacaron porque Jiménez de Quesada y sus hombres
se movieron por los valles de las alturas andinas, en los alrededores
de lo que hoy es Bogotá; formaron pequeñas expediciones
exploradoras; tenían combates ocasionales con los bogotaes y
algunos otros pueblos de la región, y también recogieron
oro en grandes cantidades. Al finalizar el mes de agosto (1537), a más
de un año y medio de sus increíbles marchas por ese país
de grandes selvas y grandes montañas, y cuando ya tenía
menos de 160 hombres nada más, la expedición de Jiménez
de Quesada era rica y pudo dedicarse a buscar con calma donde asentarse,
a aplacar resentimientos y levantamientos de algunos caciques y a planear
para el porvenir.
En ese tiempo se produjo un episodio que recuerda el del desdichado
inca Atauhalpa, Habiendo muerto en un asalto el jefe chibcha, llamado
Zipa, los españoles lograron apresar a su sucesor, Zaquesazipa.
Este se comprometió con Jiménez de Quesada a llenar en
tres meses un bohío con las piezas del tesoro de su primo Zipa;
y comenzaron a llegar indios con las piezas. Pero cada uno iba acompañado
de una escolta de guerreros, y la escolta se iba con él cuando
se marchaba. El indio llegaba con su parte de tesoro a la vista, entraba
en el bohío, y con él los guerreros; y al salir, cada
guerrero llevaba escondida bajo la manta una parte del tesoro. Así,
a los tres meses —cuando se cumplía la fecha en que los
españoles debían entrar en el bohío— habían
llegado al lugar enormes cantidades de oro, pero habían vuelto
a salir sin que los españoles se dieran cuenta. El Zaquesazipa,
desde luego, sufrió tormento para que dijera dónde estaba
el tesoro, y como no habló, se le quitó la vida.
El caudillo de la marcha hacia los Andes envió en 1538 a su hermano
a explorarla cordillera Central, y el hermano mandó a poco noticia
de que una columna de españoles avanzaba desde el Sur. Era Sebastián
de Benalcázar, que llegaba de Quito. Pero poco más de
una semana después llegó otra noticia; por el Oeste se
acercaba otra columna española. Se trataba de la de Nicolás
Fedcrman, que había traspuesto la cordillera andina subiendo
desde los Llanos de Venezuela. Los tres jefes estuvieron presentes en
la fundación de Santa Fe de Bogotá, establecida en el
pueblo chibcha de Bacatá. Era el 6 de agosto de 1538.
Mientras tanto, en Cartagena de Indias la situación parecía
una copia de la que había conocido Santa Marta. Pedro de Heredia
hacía entradas en busca de oro y los indios délas vecindades
se rebelaban contra él y su gente. Cuando los españoles
supieron que los indios enterraban a sus muertos con los objetos de
oro que habían usado en vida, se dedicaron a abrir las tumbas
para despojarlos de esas piezas. Para los indígenas era inconcebible
que se removieran los huesos de sus muertos; eso ponía a las
almas de sus difuntos en contra de sus familiares vivos, que permitían
tamaño desacato a las sagradas tradiciones de su pueblo. Pero
Heredia sacó abundante oro de las sepulturas indígenas,
con lo cual comenzaron muchos de sus hombres a murmurar que no repartía
el oro como debía hacerlo. Igual que en el caso de Rodrigo Bastidas
en Santa Marta, hubo intentos de dar muerte a Heredia, aunque no terminaron
como los de Santa Marta.
Heredia fue detenido, al fin, por orden de la Audiencia de La Española,
pero logró fugarse hacia España. Después de haberse
ido él se organizó una lujosa expedición que salió
en busca del Mar del Sur. Pero la historia patética de esa expedición
no corresponde a la historia del Caribe.
Entre la primavera y el verano de 1536 Pedro de Alvarado estuvo poblando
la región de Honduras, cuya gobernación correspondía
a Yucatán y, por tanto, a Francisco de Montejo, y mientras Alvarado
y Montejo litigaban por esa causa, los hijos del explorador de Yucatán
iban penetrando en la península yucateca, que en 1535 se había
quedado sin un solo poblador español. En el 1538 se produjo en
Honduras la rebelión de los indios bajo el mando de Lempira,
y Montejo tuvo que dedicarse a pacificar el país. Pero por disposición
real, Honduras pasó a ser parte de la gobernación de Guatemala
y Montejo fue enviado a gobernar Chiapas, situación que se prolongó
hasta la muerte de Alvarado, ocurrida a mediados de 1541. Los pobladores
de Honduras reclamaron que volviera Montejo a gobernarlos y en abril
de 1542 se fue a Gracia de Dios. Al establecerse en mayo de 1544 la
Audiencia de los Confines, terminó el gobierno de Montejo en
Honduras.
Mientras tanto, el hijo de Montejo —Montejo el Mozo— y su
sobrino —Montejo el Sobrino— pusieron en práctica
un plan para la conquista de Yucatán que descansaba en el principio
de ir incorporando pequeñas porciones de territorio a lo que
ya estaba firmemente bajo el dominio de pobladores españoles.
Con ese plan, y enfrentándose con mucha paciencia a los obstáculos,
a los levantamientos de los indios, a la falta de medios, fueron avanzando
lentamente, con recursos limitados, hasta que a principios de 1542 establecieron
la capital de Yucatán, bajo el nombre de Mérida, en la
antigua ciudad maya de Tho. Siguieron los dos primos hermanos Montejo
fundando ciudades españolas en los puntos donde había
ciudades mayas bien situadas, y para 1546, al producirse la rebelión
maya llamada de Valladolid —en la noche del 8 al 9 de noviembre
de ese año—, ya el dominio español de Yucatán
era tan fuerte, que los conquistadores pudieron hacerle frente, a pesar
de que la rebelión se extendió por varios Tugares y se
prolongó durante casi un año.
Mientras los Montejos luchaban por las tierras de Yucatán, la
Audiencia de Panamá despachó hacia el territorio sur de
Veragua —lo que hoy es Costa Rica— a Hernán Sánchez
de Badajoz, que salió de Nombre de Dios a mediados de febrero
de 1540 y estuvo fundando pueblos en la costa del Caribe, pero todo
lo que hizo se perdió porque el gobernador Rodrigo de Contreras,
aquel cuyos hijos dieron muerte al obispo Valdivieso, le tomó
preso y lo mandó a España. En noviembre de ese mismo año
capituló el rey con Diego de Gutiérrez la gobernación
de una tierra que fuera llamada Nueva Cartago, "en los confines
del ducado de Veragua".
Fue la primera vez que el actual territorio de Costa Rica fue delimitado,
aunque vagamente, fuera de Veragua. Gutiérrez embarcó
para La Española y de ahí a Nombre de Dios; de Nombre
de Dios pasó a Nicaragua, donde entró en conflicto con
el gobernador Contreras, y fue sólo a fines de 1543 cuando pudo
entrar en las tierras que se le habían acordado, con los sesenta
hombres escasos que pudo reunir. Bajó por el Desaguadero (río
San Juan) hasta el Caribe, llegó a la boca del Reventazón
y ahí fundó Santiago. Desde ese sitio empezó a
llamar su gobernación Nueva Cartago o Costa Rica, con lo cual,
sin que él lo sospechara, estaba dándole nombre a un país
del futuro.
La flamante gobernación de Diego de Gutiérrez no duró
mucho porque maltrató a dos caciques indígenas, a quienes
prendió y amenazó con quemarlos y echarles los perros
si no le llevaban oro; los caciques lograron fugarse y ordenaron a sus
tribus que quemaran sus pueblos, destruyeran los sembrados y talaran
los árboles frutales, con lo que obligaron a los españoles
a irse del lugar para no morir de hambre. Los conquistadores se fueron,
pero internándose en el país, y en el cerro de Chirripó
fueron asaltados por los indígenas. Unos pocos escaparon a la
matanza y lograron llegar a la costa, de donde pudieron al fin irse
hacia Nombre de Dios.
Ocurría que mientras Diego Gutiérrez andaba gestionando
en España la gobernación de Nueva Cartago y Hernán
Sánchez Badajoz andaba por las costas del Caribe de ese mismo
territorio, se esparcía por la Nueva Andalucía —que
pasó a llamarse el Nuevo Reino de Granada y más tarde
Nueva Granada y después Colombia— la leyenda de un país
fabuloso, situado en algún punto entre Venezuela y Colombia;
un país con ciudades de oro, cuyo rey se cubría el cuerpo
con polvo de oro. Era El Dorado. Uno de los hombres de Federman llevó
a Coro las noticias de esa tierra fabulosa, y Felipe von Hutten —a
quien los españoles llamaron Felipe Urre—, sucesor de Federman,
se preparó para conquistar El Dorado.
El viaje de Hutten en busca de El Dorado duró cuatro años
y hay en él episodios notables. Uno de ellos es que habiendo
sido Hutten herido en el pecho, se le quedó la flecha clavada
y ninguno de sus hombres se atrevía a sacársela por miedo
de que muriera desangrado, hasta que a uno de ellos se le ocurrió
la idea de mandar clavar una flecha a un indio, en el mismo lugar y
en la misma forma en que la tenía Hutten; después de haber
aprendido, sacando la flecha del pecho del indio, una lección
práctica de cirugía, el español procedió
a sacar la de Hutten. Otro episodio fue la hipnosis colectiva de los
conquistadores. Un día vieron en el horizonte una ciudad enorme,
con un gran palacio central; y la ciudad y el palacio eran de oro. Buscaron
loca y tenazmente aquel establecimiento de maravillas, pero no lo hallaron.
Sin embargo, al retornar a la costa hablaron tanto de esa ciudad fantástica
que dieron sustancia a la leyenda de El Dorado, una sustancia que alimentó
durante siglos las esperanzas de muchos aventureros y provocó
numerosas expediciones al supuesto país de los omaguas, los indios
que habitaban la ciudad de oro.
Perdido Hutten en el fondo del país, pasó a regir el territorio
de los Welzers el último de sus gobernadores alemanes, Enrique
Rembolt. Cuando éste murió, en 1544, el gobierno de Coro
fue confiado a dos alcaldes, pero como ese gobierno marchaba manga por
hombro, la Audiencia de Santo Domingo —La Española—
nombró gobernador a uno de sus fiscales, el licenciado Frías.
Frías no pudo ir a Coro y nombró su lugarteniente general
a Juan de Carjaval.
Juan de Carvajal falsificó la documentación de su cargo
de tal manera, que en los despachos aparecía como gobernador,
y no como lo que era. Esa falsedad, y los atropellos contra las autoridades
reales que estaba cometiendo por esos años en Santa Marta el
hijo del difunto don Pedro Fernández de Lugo, eran síntomas
de la descomposición en que estaba cayendo España. El
emperador Carlos V dejaba gobernar a sus favoritos, y muchos de esos
favoritos habían perdido la moral de funcionarios que tan austeramente
mantuvieron los abuelos del Emperador, es decir, los Reyes Católicos.
En los siglos de la guerra contra el árabe España había
pasado en forma casi natural, sin conmociones que señalaran el
tránsito, de la psicología colectiva de la Edad Media
a la psicología individualista de la era moderna. Insensiblemente,
la guerra fue creando en todo el que combatía el sentimiento
de que podía tomar para sí lo que lograse en las batallas;
de que el caballo del enemigo pasaba a ser suyo, aunque él fuera
un peón y no un caballero; de que el prisionero era su cautivo,
y podía venderlo. Cuando esa guerra terminó, España
no era un país capitalista, pero el español tenía
ya mentalidad de propietario. Se podía ser un hombre de pueblo,
sin derecho a título de nobleza, pero se soñaba con tener
dinero. Esa psicología nueva resultó estimulada a límites
casi delirantes con el descubrimiento de América. Allí
podía un humilde hombre de la fila hacerse rico, o bien en tierras
o bien en oro o bien en esclavos. Y la pasión de la riqueza comenzó
a destruir la moral de los conquistadores y corrompió después
a los funcionarios a grados inesperados. Al llevarse indios de Honduras
para venderlos como esclavos el fiscal Moreno sólo imitaba lo
que hacían sus compañeros de la Audiencia de Santo Domingo,
que salían a cazar indios con la mayor naturalidad o vendían
las sentencias sin el menor remordimiento. Hay que leer la breve y miserable
historia del oidor de esa Audiencia de Santo Domingo, Lucas Vázquez
de Ayllón, para saber lo que era un hombre sin entrañas.
Juan Carvajal debía ser, además de corrompido, un psicópata,
porque si no es difícil explicarse lo que hizo. Pero es el caso
que en el fondo de los hechos de esos hombres había siempre una
pasión dominante, y era su afán de hacerse ricos. A la
altura del año 1540, los buscadores de fortuna del Caribe tenían
sus asociados en los consejos reales y repartían con ellos lo
que obtenían en las Indias. La descomposición que se producía
como consecuencia de esos repartos daba lugar a actos como el de la
falsificación de los despachos de Juan Carvajal.
Es el caso que este Juan Carvajal falsificó los despachos e inmediatamente
nombró un segundo, que fue Juan de Villegas, y él se salió
de Coro, en dirección Sur; llegó al valle de Tocuyo y
allí fundó la ciudad de Tocuyo, que un año después
iba a serla capital de Venezuela. A Tocuyo fue a reunírsele con
una parte de la gente de Hutten Pedro de Limpias, el que había
llevado a Coro la leyenda de El Dorado.
Al cabo de cuatro años de errar por el fondo de Venezuela, Hutten
se encaminó al Norte con el plan de reclutar hombres en Coro
para volver a conquistar el país de los omaguas. Cuando llegó
a Barquisimeto supo que Pedro de Limpias estaba en el Tocuyo con Carvajal
y que Carvajal había falsificado sus despachos de teniente general.
Hutten —que ignoraba que a él lo había sustituido
Enrique Rembolt— reclamó que Carvajal se le sometiera,
y comenzó una lucha sorda, de intrigas y amenazas, en la que
al fin resultó vencedor Carvajal. Cuando Hutten salió
del lugar hacia Coro con el propósito de embarcarse hacia Santo
Domingo para presentar el caso ante la Audiencia, Carvajal le siguió,
le hizo preso, junto con dos españoles y un joven alemán
que le acompañaban, e inmediatamente lo mandó decapitar.
El verdugo fue un esclavo negro de Carvajal. El machete del esclavo
estaba embotado, de manera que la decapitación fue difícil.
De vuelta al Tocuyo, Carvajal se dedicó a ahorcar a todos los
que habían demostrado simpatías por Hutten.
Al talar los montes donde había asentado el Tocuyo, Carvajal
dejó una gran ceiba que adornaba el centro de la nueva ciudad.
En esa ceiba había siempre algún ahorcado por orden de
Carvajal. A veces colgaban a dos y tres a un tiempo. En ese mismo árbol
colgó a Carvajal el nuevo gobernador, Juan Pérez de Tolosa.
Antes de su ahorcamiento, Carvajal fue arrastrado por las calles de
Tocuyo. Esto sucedía en el año de 1546.
A la altura de 1546 no había fundaciones en la costa de Venezuela,
hacia el Este. Cumaná, que había sido fundada y poblada
y mudada varias veces, no existía; Cubagua había ya desaparecido.
Sólo en Margarita había población, la del Espíritu
Santo, que se llamaría después Asunción. Pero ya
Venezuela tenía una capital, asiento de sus gobernadores, y desde
ella saldrían los conquistadores a establecer nuevas ciudades,
primero hacia el Oeste y al centro, después hacia la costa del
Caribe, hasta que en el 1567 se fundaría Caracas, que iba a serla
capital del país y con los siglos se convertiría en una
de las ciudades más populosas e importantes del Nuevo Mundo.
Hacia 1550, en la tierra firme del Caribe sólo Costa Rica no
tenía población española. A esa fecha estaban pobladas
y organizadas como parte del Imperio Yucatán, Guatemala, Honduras,
Nicaragua, Panamá, Nueva Granada (Colombia), Venezuela; y en
las islas, Cuba, Jamaica, Santo Domingo —La Española—
y Puerto Rico. Cada uno de esos territorios tenía su capital,
su gobernador y sus funcionarios. El gobierno de los Welzers había
terminado en Venezuela, aunque el contrato de la Corona con esa firma
sólo fue derogado en 1556. En lo judicial había dos Audiencias
Reales; una, la de la Española, para las islas, Venezuela y Colombia;
otra, la de los Confínes, cuyo territorio iba desde Panamá
hasta Yucatán. En algunas ocasiones la Audiencia de Santo Domingo
tuvo autoridad ejecutiva, y podía nombrar gobernadores y otros
funcionarios.
Hacia el 1560, por instancias del gobierno de Guatemala, se organizó
una pequeña fuerza para ir a poblar Costa Rica. Para reunir el
dinero indispensable se asociaron Juan de Cavallón y el sacerdote
Juan de Estrada Rávago. Este salió en octubre de ese año
por el Desaguadero con unos setenta españoles y numero sos indios
y negros, y el primero se fue por tierra hacia la banda del Pacífico,
con unos noventa españoles, vacas, caballos, cerdos y perros.
Con esos animales se introdujo en Costa Rica la fauna occidental.
La expedición del padre Rávago fue infortunada. El hambre
forzó a sus gentes a robar los víveres de los indios,
y esos indios tenían mal recuerdo de lo que habían sufrido
a manos de Hernando Badajoz y de Gutiérrez, de manera que no
le dieron paz al sacerdote Estrada Rávago. Los expedicionarios
tuvieron que comerse los perros, que nunca faltaban en los grupos conquistadores.
Al fin, la columna se vio obligada a regresar a Nicaragua.
Mientras tanto, Cavalíón entraba por Occidente y dividía
a sus hombres en grupos que recorrieron esa región del país
y fundaron algunas poblaciones. El padre Estrada Rávago se unió
a Cavallón. Duramente combatidos por los indios, los españoles
se mantenían con dificultad. Cavallón se retiró
en enero de 1562, y el padre Estrada Rávago se quedó en
Garcimuñoz, uno de los tres establecimientos que habían
fundado los hombres de Cavallón. El sacerdote expedicionario
se había ganado la confianza de los indígenas porque los
defendía contra las agresiones de los conquistadores.
El 6 de septiembre de 1562 entraba en el país Juan Vázquez
de Coronado, que había sido nombrado Alcalde Mayor. Se trataba
de un capitán hábil y discreto, de los más bondadosos
que conoció el Caribe. Hizo trasladar Garcimuñoz al Guarco,
donde en 1563 se estableció Cartago, que sería la capital
de Costa Rica hasta el año 1823; exploró gran parte del
país; hizo catear los ríos que arrastraban oro y lo repartió
entre sus tenientes, aunque reservó el más rico de ellos
para el rey. Perdió, en la empresa de conquistar el territorio',
más de 20.000 pesos, lo que era una enorme fortuna. Cuando se
dirigía a Nicaragua en viajes de exploraciones, sus capitanes
cometían tropelías con los indios, y al volver, él
las remediaba. En 1564 se fue a España a pedir ayuda para su
obra; Felipe II le dio el título de Adelantado Mayor de la Provincia
de Costa Rica, pero el barco en que volvía al Caribe naufragó
y don Juan Vázquez de Coronado no llegó nunca a la tierra
que había conquistado con las armas de la inteligencia y la bondad.
Mientras Vázquez de Coronado andaba por España, sus capitanes
se dedicaron a lo que habían visto hacer siempre en el Caribe:
a maltratar a los indios, a hacerles trabajar como esclavos, a quitarles
sus mujeres y su maíz; y la reacción de los indios fue,
como siempre, violenta. Cartago fue sitiada durante varios meses. En
marzo de 1568 llegó a Cartago el nuevo gobernador, Perafán
de la Rivera, y su presencia salvó a los sitiados de la muerte
por hambre. Pero Rivera fue obligado por los pobladores españoles
a repartir los indios en encomiendas, sistema que ya estaba prohibido.
A fin de forzarle a hacerlo, los pobladores amenazaron con irse de Costa
Rica, y el gobernador los encontró una mañana montados
a caballo, listos a cumplir su amenaza.
Para evitar el mal de las conspiraciones, Perafán de Rivera tuvo
que ajusticiar a un español. Por último, en la exploración
de Talamanca y Boruca pasó dos años largos en los que
además de luchar contra indios bravíos y contra una naturaleza
impenetrable, tuvo que padecer hambre y enfermedades. Su mujer y su
hijo murieron en Costa Rica, de manera que cuando renunció el
cargo en el año de 1573 para retirarse a Guatemala, iba pobre
y en soledad.
En sus años de ancianidad, Perafán de Rivera, sombra doliente
y triste en las ásperas páginas de la Conquista, fue hostigado
por jueces y pesquisidores de Guatemala que le acusaban de haber repartido
indios en encomiendas y de haber ajusticiado a un español. Tal
parecía que lo habían confundido con Pedrarias Dávila
o con tantos otros como éste.
Para 1580 Costa Rica estaba ya totalmente incorporada a España
y sus límites establecidos con claridad. El Caribe era español.
Había frecuentes rebeliones de indios, de negros y de españoles
—como la sonada de Lope de Aguirre—, de las cuales nos ocuparemos
en este libro en su oportunidad, y había ataques constantes de
corsarios y de piratas, que serán tratados en un capítulo
destinado a ello. Pero, en general, el Caribe era español y ningún
otro poder europeo tenía tierras en él. Se dice que desde
1542 los holandeses estaban asentados en las salinas de Araya, situadas
frente a Margarita y a poca distancia de Cumaná, lo que parece
un poco difícil dado que el lugar era muy transitado por embarcaciones
de todo tipo. Es probable que los holandeses se detuvieran a menudo
en el lugar para cargar sal, que en Araya no tenía que ser fabricada
mediante el lento método de evaporación solar de la época
porque se producía naturalmente, y es posible que construyeran
alguna ranchería allí mucho más tarde, después
que conquistaron un vasto territorio en la Guayana.
Hacia el 1582 fundó José de Oruña la ciudad de
San José en la isla de Trinidad, a unos diez kilómetros
de donde está hoy la capital de la isla, es decir, Puerto España.
Pero de esa fundación se sabe muy poco, quizá porque a
Oruña, como a Esquivel el de Jamaica y a Diego de Velázquez
el de Cuba, le tenía sin cuidado la Historia; quizá porque
los papeles de la fundación —si es que los hubo—
desaparecieron cuando San José fue tomada por los ingleses de
sir Walter Raleigh en 1595. En esa ocasión los ingleses pegaron
fuego a San José, que quedó completamente destruida.
Medio siglo antes de la fundación de San José se habían
hecho algunos intentos para incorporar Trinidad al rosario de territorios
del Caribe poblados por españoles, uno en 1530 y otro en 1532.
En esa época se nombró gobernador de Trinidad a Antonio
Sedeño, que no pudo o no quiso establecerse en la isla. Este
Antonio Sedeño había sido hombre difícil en Puerto
Rico y más tarde fue en Venezuela un insigne cazador de esclavos
indios.
En cuanto a las restantes islas de Barlovento, parece que en 1520 se
nombró gobernador para Guadalupe y otras islas a un tal Antonio
Serrano, que salió hacia esa isla y no asentó en ella.
Cuando José de Oruña fundaba San José en la isla
de Trinidad, se cumplían noventa años del Descubrimiento
realizado por don Cristóbal Colón. En esos noventa años
los españoles se habían diseminado por el Caribe, poblando,
guerreando, matando y esclavizando indios y negros, casándose
y amancebándose y engendrando hijos con indias y negras. Tenían
al rey por su señor legítimo y natural y no eran capaces
de rebelarse contra él, pero no cumplían sus leyes y mataban
tranquilamente a sus delegados y vasallos. Buscaban oro y, sin embargo,
estaban fundando nuevos pueblos. Creían en el sacerdote a la
hora de confesarse y morir, pero a la hora de vivir y de matar creían
más en su espada o en su lanza. Eran hombres torrenciales, que
habían hecho de España un Imperio.
Ahora bien, ese Imperio era su obra, pero su organización era
la obra de los funcionarios; los de la corte en España y los
de las Audiencias, Tesorerías y Ayuntamientos en el Caribe. Por
medio de las hazañas y los fracasos de los conquistadores. España
llevaba al Caribe las estructuras de la sociedad occidental; las tierras
se repartían en donación y aparecía en esa región
del Nuevo Mundo la propiedad privada, hecho mucho más importante
que todas las hazañas de los soldados de la Conquista.
Pues lo que pedía cada conquistador del Caribe era tierras, y
con ellas esclavos indios o negros para trabajarlas, y esto era una
manera de reproducir en el Caribe lo que ellos habían visto en
España, esto es, la institución del latifundio en manos
de la nobleza guerrera. Este tipo de organización socioeconómica,
que se establecía en el Caribe a finales del siglo XVI, correspondía
a una etapa de la Historia superada en muchos países de Europa,
en los cuales los sectores predominantes eran las burguesías
manufactureras y comerciales. Así, el Caribe, en tanto extensión
de Occidente, nacía con un retraso enorme, y eso lo convertía
en un punto débil de la lucha que estaban librando contra España,
desde mediados de ese siglo, las burguesías de Flandes e Inglaterra.
Más que por su potencia militar, que no era mucha, el Caribe,
pues, se convertía, a causa de su retrasada organización
económica y social, en la frontera más débil y
más lejana del Imperio español.
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Capítulo VI
SUBLEVACIONES DE INDIOS, AFRICANOS Y ESPAÑOLES
EN EL SIGLO XVI
En las acciones de guerra
que se produjeron en el Caribe entre indios y conquistadores españoles
hay que hacer distinciones. En cada territorio los españoles
comenzaron la lucha para lograr el dominio de las tierras y de los indígenas
que las poblaban; los indios, en cambio, combatían en defensa
de lo que les estaban quitando. Esa primera etapa no correspondió
a una determinada época; duraba más o duraba menos, de
acuerdo con las circunstancias de cada territorio; éste era pequeño
y poco poblado y su conquista se hacía con relativa rapidez;
aquél era más vasto y sus pobladores eran más aguerridos,
y su conquista llevó tiempo.
Pero es el caso que a esa primera etapa de guerras, y regularmente después
de una etapa corta de paz, le sucedió otra de luchas; éstas
se debían a que los indígenas se levantaban en armas contra
el poder español. Estas fueron las que podemos llamar con propiedad
las rebeliones indígenas, es decir, las guerras de los dueños
naturales del Caribe contra los que llegaron de lejos a despojarlos
y a someterlos. En el lenguaje de hoy se llamarían guerras de
liberación.
Desde luego, en la segunda etapa de esas luchas abundan episodios que
corresponderían a la primera. Esto se debe a que en medio de
las guerras de lo que fue la conquista propiamente dicha se produjeron
rebeliones en territorios que ya habían sido conquistados, por
lo menos en apariencia.
En algunas ocasiones las rebeliones de indios eran netamente indígenas,
pero en otras participaron negros esclavos; o sucedía lo contrario,
que los negros se rebelaban y se les unían unos cuantos indios.
Los alzamientos de unos provocaban o estimulaban a menudo los de los
otros.
Aún a distancia de siglos puede notarse que en ciertos casos
hubo correspondencia, a veces estrecha, entre negros e indios sublevados.
Hubo también sublevaciones estimuladas por uno de los imperios
con el propósito de perjudicar al imperio que dominaba el territorio
donde se producía la sublevación.
Los esclavos africanos comenzaron a llegar al Caribe en época
muy temprana. Durante siglos se creyó que fue hacia 1510 cuando
llegaron a la Española los primeros esclavos negros, pero ya
no hay duda de que en el viaje de don Nicolás de Ovando —año
de 1502— iban negros. Estos, como los que los siguieron en los
años inmediatos, no eran en verdad africanos, sino esclavos negros
de los que había en España.
Parece que hacia 1503 ya se daban casos de negros que se fugaban a los
montes, probablemente junto con indios, puesto que en ese año
Ovando recomendó que se suspendiera la llevada de negros a la
Española debido a que huían a los bosques y propagaban
la agitación. Sin embargo, en 1515 el propio Ovando envió
a la Corte un memorial en que pedía que se autorizara de nuevo
la venta de esclavos negros en la isla, a lo que accedió la reina
doña Isabel, aunque con la aclaración de que no debía
pasar a La Española "ningún esclavo negro levantisco
ni criado con morisco". Según explicó más
tarde el licenciado Alonso Zuazo, juez de residencia de la isla, en
carta escrita en enero de 1518, "yo hallé al venir algunos
negros ladinos, otros huidos a monte; azoté a unos, corté
las orejas a otros; y ya no ha venido más queja".
El indio y el negro se entendían bien no sólo porque ambos
estaban bajo un mismo yugo, padeciendo los males de la esclavitud, sino
porque ambos tenían una conciencia social de tribu y un nivel
cultural muy parecido. Negros e indios eran cazadores, agricultores
en terrenos comunes, pescadores; sus religiones eran animistas; sus
experiencias acerca del hombre blanco eran parecidas, y debía
ser también muy parecida su actitud ante él, o bien de
sumisión o bien de odio. El cruce de negros e indios comenzó
pronto en el Caribe, y a los hijos de las dos razas se les llamaba zambos
y se les trataba como a esclavos. El indio y el negro se influían
recíprocamente; se transculturaban, como dicen los antropólogos
y los sociólogos, y los dos tenían razones para rebelarse
contra los amos.
La esclavitud del negro fue autorizada por el Estado español,
al principio con ciertas limitaciones y después sin ninguna;
pero la del indio no llegó a serlo nunca de manera tajante. Unas
veces se autorizaba la esclavización de los indios cogidos en
guerra con armas en la mano, otras veces la de los caribes únicamente,
y por las llamadas Nuevas Leyes de 1542 se prohibió en absoluto
la esclavitud de los indígenas. Pero en los hechos, los indios
fueron esclavizados en igual forma que los negros y la esclavitud indígena
se organizó con métodos iguales a los de la trata africana.
En el Caribe se estableció desde muy temprano lo que podríamos
llamar la institución del "naboría" o "tapia",
que era el sirviente a tiempo fijo, a quien debía pagársele
un salario, pero en realidad el naboria acabó siendo un esclavo
de confianza para servir en la casa. También se estableció
desde muy temprano la "encomienda", que no era legalmente
la esclavitud, pero que fue convertida en eso.
Lo cierto es que la esclavitud del indio, aunque no estuviera autorizada,
se organizó con métodos iguales a la del negro, que sí
tenía autorización legal. Los españoles —digamos,
hasta el año de 1526, los castellanos, puesto que sólo
éstos podían establecerse en las Indias antes de ese año—
organizaban expediciones a las islas y a la tierra firme, y aun fuera
del Caribe, para cazar indios en la misma forma en que se cazaban los
negros en África; en ocasiones se los compraban a los caciques,
pero antes habían logrado aterrorizar a esos caciques con alguna
demostración de fuerza. Los indios cazados —o los que sobrevivían
a las penalidades que se les imponían— eran marcados al
hierro, a menudo en la frente, y llevados a La Española, a Cuba
o a Puerto Rico, que durante algunos años fueron los mercados
más importantes para la venta de esclavos. El padre Las Casas
tiene descripciones muy vivas de esas ventas.
No debe sorprendernos la esclavitud de los indígenas del Caribe
porque, como hemos dicho antes, los españoles estaban acostumbrados
a esclavizar a los árabes —y éstos a aquéllos—en
la larga guerra de la Reconquista de España; además, en
la Península había esclavos africanos, y, por último,
la esclavitud era habitual en el mundo mediterráneo. El 24 de
febrero de 1495 Colón despachó desde La Española
cuatro naves cargadas con 500 indios, que debían ser entregados
en Sevilla para que se vendieran como esclavos. Los Reyes llegaron a
autorizar la venta de esos indios —-en real cédula del
12 de abril de ese año—, pero doña Isabel no se
sintió tranquila y después de haber dado la autorización
para la venta ordenó que no se vendieran mientras no se oyera
el parecer de teólogos y jurisconsultos. La reina murió
creyendo que los indios eran sus vasallos, no sus propiedades.
La mayor parte de esos indios murieron en Sevilla a causa del nuevo
tipo de vida a que se vieron sometidos: alimentación que sus
organismos no conocían, clima de variaciones extremas al que
no estaban habituados, viviendas de cal y canto en que solía
faltar aire y sobrar humedad, y enfermedades para las cuales no tenían
defensas naturales. Sin embargo, Colón siguió mandando
indios de La Española a la Península, y cuando él
no estaba en La Española los mandaba su hermano don Bartolomé.
Muerta doña Isabel, y visto que las disposiciones reales contaban
poco en el Caribe —aquellas tierras lejanas donde cada quien hacía
de su capa un sayo— y vistas también las reiteradas peticiones
de las autoridades enviadas al Caribe para que se autorizara la esclavitud
de los indios o la trata de negros, el rey don Fernando volvió
a solicitar un dictamen de juristas y teólogos sobre la materia,
y éstos estuvieron de acuerdo en que era lícito esclavizar
a los indios que hicieran la guerra al conquistador, que se resistieran
a aceptar la autoridad del rey o se negaran a adoptar la fe católica.
A partir de entonces —principios del siglo XVI— se puso
en práctica el "requerimiento"'.
El requerimiento consistía en la lectura de un largo documento
en que se hacía breve historia del origen del mundo, hecho por
la mano de Dios; de la entrega del mundo a San Pedro; de la calidad
de herederos de San Pedro, y, por tanto, de administradores del mundo,
que tenían los Papas; de la cesión del Nuevo Mundo hecha
por el papado a los reyes de España, y, por tanto, de la legítima
autoridad que tenían esos reyes sobre las tierras y los pobladores
de ese Nuevo Mundo, y en consecuencia de la obligación en que
estaban los naturales de esas comarcas de reconocer a los reyes españoles
como sus señores legítimos y de someterse a los preceptos
de la Iglesia católica. El requerimiento terminaba con estos
terribles párrafos: "(Si no se sometían a todo lo
requerido.) Yo entraré poderosamente contra vosotros, e vos haré
guerra por todas las partes e maneras que yo pudiere, e vos subgetaré
al yugo e obediencia de la Iglesia e de sus Altezas, e tomaré
vuestras personas e vuestras mugeres e hijos, e los haré esclavos
e como tales venderé e disporné dellos como su Alteza
mandare, e vos tomaré vuestros bienes, e vos faré todos
los males e daños que pudiere, como a vasallos que no obedecen
ni quieren recibir a su Señor e le resisten e contradicen. E
protesto que las muertes e daños que dello se recrecieran sean
a vuestra culpa, e no de su Alteza ni mía, ni destos cavalleros
que conmigo vienen."
Terminada la lectura del requerimiento, un escribano real certificaba
que se había cumplido lo que mandaba el rey, y la conciencia
de los conquistadores quedaba tranquila. Si sólo tres indios
oían la lectura, ellos serían responsables de cuantas
muertes y tropelías ocurrieran, puesto que representaban a la
totalidad de los indígenas de la región y debían
comunicarles a todos los demás lo que habían oído;
y si no habían entendido una palabra, suya era la culpa, puesto
que no se habían tomado el trabajo de aprenderla lengua castellana
antes de que los conquistadores llegaran. Leído el requerimiento,
lo que sucediera iría a cargo de la conciencia de los indios,
aunque ésa no fuera la opinión de Oviedo y de frailes
como Montesinos y sacerdotes como Las Casas, que lucharon tesoneramente
contra tamaña hipocresía. El requerimiento fue la pieza
clave para dar paz al rey y satisfacción a los esclavistas. Con
él quedó legalizada la esclavitud, pero al mismo tiempo
quedaron legitimadas ante la Historia las rebeliones de los indios.
De la cacería de indios en esos primeros años del siglo
XVI hay episodios notables. Por ejemplo, en el año de 1516 salieron
de Santiago de Cuba hacia las islas Guanajas, situadas en el golfo de
Honduras, unos ochenta españoles. Iban en dos naves y en la primera
isla que hallaron cargaron una de ellas de indios y la despacharon hacia
La Habana, mientras unos veinticinco de los cazadores se quedaban con
la otra embarcación con el propósito de recoger más
indígenas. Al llegar a aguas cubanas, los españoles de
la nave que había salido primero bajaron a tierra para divertirse
y dejaron a los indios encerrados bajo escotilla con muy poca guarda.
Los indios se dieron cuenta de que se hallaban casi solos, lograron
salir a cubierta, mataron a los contados guardas, y en el propio barco,
que era una carabela, volvieron a sus islas Guanajas. Esto que contamos
era ya una doble proeza, puesto que no sólo se rebelaron, sino
que fueron capaces de conducir una nave española, cuyo manejo
desconocían, a más de doscientas leguas de distancia,
y además la gobernaron con tanto tino, que no perdieron el rumbo.
Pero sucedió algo más. Al llegar al golfo de Honduras
esos indios hallaron a los españoles que se habían quedado
allí en busca de más esclavos, y los atacaron con tal
ferocidad, que los obligaron a recogerse a bordo del otro barco —un
bergantín— y hacerse a la mar. Antes de salir, uno de los
españoles grabó en el tronco de un árbol este mensaje:
"Vamos al Darién." Los indios de la carabela quemaron
su nave tan pronto como los españoles se alejaron de las Guanajas.
Cuando Diego Velázquez, el gobernador de Cuba, supo esa increíble
historia, mandó que salieran dos naves a perseguir a los audaces
indígenas. Las dos naves castellanas no tardaron en llegar a
las Guanajas, donde sus tripulantes lograron reunir en poco tiempo unos
quinientos indios, hombres y mujeres, y como en el caso anterior, los
echaron en los fondos de los barcos.
Nunca se imaginaron que el episodio de la rebelión iba a repetirse.
Pero se repitió. Una vez encerrados los indios bajo cubierta,
los españoles se dedicaron a divertirse en tierra; y de pronto
los indígenas que se hallaban presos en una de las dos naves
lograron salir a cubierta, se hicieron de las lanzas, las rodelas y
las demás armas de los españoles que vieron a su alcance,
mataron a uno de los guardas y echaron al mar a los otros. Los españoles
que estaban en tierra corrieron a la otra nave y embistieron a la de
los indios, con lo que se trabó un combate naval que duró
dos horas. En este combate, según contaron los propios españoles,
los indios pelearon encarnizadamente, fueran hombres o fueran mujeres.
Tres años después de eso se produjo en La Española
la sublevación de Enriquilío, un joven cacique encomendado
que iba a mantenerse catorce años en las montañas del
Bahoruco, sobre la costa del sur, sin que los españoles pudieran
poner un pie en ese territorio. Aunque ya estaba casado —su mujer
se llamaba doña Mencía, Enriquilío debía
sobrepasar escasamente los veintiún años cuando se levantó
en armas. Era un indio letrado —"ladino" se decía
entonces—, y antes de irse a las montañas estuvo solicitando
de las autoridades españolas que se le hiciera justicia y se
castigara al joven encomendero que había ultrajado a su mujer.
En algunos casos las autoridades se burlaron de sus pretensiones, y
una de ellas fue aquel Pedro Vadillo que anduvo por Santa Marta haciendo
diabluras.
El 26 de diciembre de 1522 se produjo en la propia isla La Española
la primera sublevación de negros del Nuevo Mundo. No pudo haber
duda de que ese levantamiento de los esclavos africanos de La Española
fue estimulado por el de Enriquiílo, que llevaba tres años
en el Bahoruco. Al alzarse, Enriquilío no hizo ninguna muerte;
los primeros muertos de su levantamiento se produjeron cuando el dueño
de los hatos a quien estaba encomendado —un joven de nombre Andrés
Valenzuela— salió a perseguirlo. Así se comportaron
los negros rebeldes de 1522. Un grupo de unos veinte huyó de
un ingenio de azúcar que tenía don Diego Colón
—almirante gobernador— en las cercanías de la ciudad
de Santo Domingo. Ese primer grupo se dirigió hacia el Oeste
y se reunió con otro, también de unos veinte, y fue entonces
cuando causaron sus primeras víctimas, unos cuantos españoles
que trabajaban en los campos. Encaminándose siempre hacia el
Poniente, sobre la costa del sur —como si su intención
hubiera sido la de reunirse con Enriquillo—, atacaron un hato
de vacas del escribano mayor de minas de la isla, mataron un castellano
albañil, saquearon la casa vivienda, se llevaron un negro y doce
indios esclavos y esa noche hicieron campamento en el camino de Azua,
pues según declararon luego su plan era caer al día siguiente
sobre un ingenio del licenciado Zuazo —aquel que había
escrito lo de "azoté a unos, corté las orejas a otros;
y ya no ha venido más queja"— matar los españoles
que había allí, levantar los 120 esclavos del ingenio
y caer sobre la villa de Azua, donde se proponían pasar a cuchillo
a todos los españoles.
Al amanecer, los esclavos sublevados fueron sorprendidos en su campamento
por los españoles que les perseguían a caballo, y aunque
se batieron como desesperados, tuvieron seis muertos y varios heridos
y los demás se desbandaron. La mayor parte de los que huyeron
cayeron en manos de los españoles y terminaron ahorcados.
Casi inmediatamente después de este episodio se organizó
una columna para someter a Enriquillo y se puso bajo el mando de un
oidor de la Audiencia que se había distinguido en la persecución
de los negros; dos años después se despacharon dos columnas,
una de ellas al mando de Pedro Vadillo, y se despachó otra en
el 1526. Pero Enriquillo, que había organizado sus defensas magistralmente,
siguió en el Bahoruco, cada vez con más autoridad sobre
los indios y los negros de la isla, que abandonaban a sus amos y se
le unían. Cuando ya Enriquillo llevaba más de diez años
señoreando una vasta región montañosa, se sublevaron
los caguayos de la costa norte. A la muerte del jefe de esa nueva sublevación
quedó al frente de ella un guerrero audaz y cruel de nombre Tamayo,
que no tardó en aliarse con el cacique de Bahoruco.
La insurrección de los indios de La Española iba extendiéndose,
pues, y si a ella se suman los numerosos asaltos a Puerto Rico que daban
los caribes de las islas Vírgenes y de Barlovento, la rebelión
de Urraca en Castilla del Oro, la desesperada resistencia de los indios
de la Costa de las Perlas (hoy Venezuela) —todo lo cual sucedía
mientras Enriquillo estaba sublevado—, se comprenderá que
los reyes de España debían sentirse preocupados. Así,
el 17 de noviembre de 1526 Carlos V dio una providencia real en la que
se condenaban ampliamente, con todos los detalles del caso, las actividades
de los cazadores de indios, y se ordenaba que los indígenas que
hubieran sido apresados y no se hubieran cristianizado fueran devueltos
a sus tierras de origen, Pero la providencia real no se cumplió,
entre otras causas, según alegaron los partidarios del esclavismo
indígena, porque los caribes de las islas Vírgenes y de
Barlovento seguían atacando Puerto Rico.
En realidad, desde el asalto de 1520, en que los caribes habían
entrado en las bocas del río Humacao, dieron muerte a varios
españoles y se llevaron unos cincuenta indios, no volvió
a haber otro ataque importante a Puerto Rico hasta el de 1528, cuando
los caribes llegaron hasta el puerto de San José, que desde 1521
era la capital de la isla y, por tanto, debía ser el sitio mejor
guarnecido de Puerto Rico. En esa ocasión los caribes entraron
en el puerto con ocho piraguas y penetraron hasta la boca del río
Bayamón, se apoderaron de una barca y mataron a tres negros.
En 1530 llegaron a Daguago, la región más próspera
de la isla; iban en once canoas, mataron a todos los españoles,
negros, perros bravos y caballos que encontraron, y se llevaron veinticinco
indios. Una noche asaltaron la costa del este, donde estaba Aguada,
destruyeron un caserío y dieron muerte a cinco religiosos. Todavía
muchos años después de haber muerto Enriquillo en La Española
seguían los caribes atacando Puerto Rico. En 1565 saquearon el
pueblo de Guadianilla —hoy Guayani-lla—, mataron a varios
españoles e hirieron a otros, entre ellos al gobernador de la
isla, y en el año 1582 destruyeron el pueblo de Loíza.
Mientras Enriquillo estaba alzado en el Bahoruco y los caribes atacaban
Puerto Rico, se levantaba en Castilla del Oro (Panamá) el cacique
Urraca. Ya en 1515 el obispo Juan de Que vedo, escribiendo al rey, decía
que los caciques e indios "de la parte de Tubanamá i Panamá
como se han visto maltratar, matar i destruir; de corderos que eran,
se han hecho tan bravos que mataron todos los cristianos que estaban
en Santa Cruz, y cuantos hallaron derramados por la tierra'1. En 1520
Gaspar Espinosa, alcalde mayor de Castilla del Oro, entró en
Veragua, región del cacique Urraca, que le presentó combate.
Había algo de común entre el infortunado Caonabó
de La Española y el bravío Urraca. También éste,
como Caonabó por Ojeda, se dejó engañar por un
capitán español que se hizo su amigo y al ñn lo
apresó y lo mandó a Nombre de Dios. Pero Urraca fue más
afortunado que Caonabó, puesto que logró fugarse y retornó
a sus montañas, donde se mantuvo alzado nueve años, al
frente de miles de indios que se le fueron reuniendo. Nunca pudieron
los españoles someter a Urraca, que murió sin rendirse.
Tan preocupados estaban los gobernantes de España con la sublevación
de Enriquillo, que en julio de 1532 la emperatriz doña Isabel
de Portugal, mujer de Carlos V —que gobernaba el Imperio por ausencia
del Emperador—, expidió nombramiento de capitán
general de la guerra del Bahoruco a Francisco de Barrionuevo. El solo
título da idea de la gravedad que se le atribuía a España
a la prolongada rebeldía de Enriquillo. Barrio-nuevo logró
concertar la paz con el cacique de La Española, y éste
iba a morir dos años después, en septiembre de 1535, en
el lugar donde se retiró a vivir con los indios que le siguieron.
En el tratado de paz —cuya sola firma era un acontecimiento político
trascendental—, Carlos V se obligaba a otorgar a Enriquillo y
a todos los indios de la isla los mismos derechos que a los españoles.
De todos modos, ya era tarde: los indios de La Española estaban
extinguiéndose y no tardarían en desaparecer como pueblo.
El tratado de paz celebrado con Enriquilllo indicaba que en España
se tenía una idea clara de la situación. Los indios y
los negros se sublevaban porque se les maltrataba, se les explotaba
y se les humillaba. Pero una cosa era lo que se pensara en la lejana
Península y otra la que se hacía en las lujuriantes tierras
del Caribe. En el Caribe se creía que el indio bueno era el indio
muerto. Así se explica que se provocara el levantamiento de Lempira,
que se sublevó en las Hibueras (Honduras) en 1538. Lempira convocó
en Piraera (Sierra de las Neblinas) a los caciques de doscientas rancherías
y los convenció de que debía iniciarse inmediatamente
la guerra contra los españoles. Lempira fue elegido jefe de las
fuerzas y comenzó a actuar con un arrojo que todavía hoy
causa admiración. En seis meses de lucha llegó a tener
bajo sus órdenes más de dos mil hombres, al frente de
los cuales asaltó los poblados españoles que estaban en
su radio de acción. Murió asesinado cuando salía
a recibir un parlamento que le había enviado el jefe español,
capitán Alonso Cáceres. Uno de los parlamentarios le disparó
su arcabuz y le alcanzó en la frente.
Por esos días de 1538 andaban alzados en el oriente de Cuba muchos
negros, a los que se unían algunos indios, y lo mismo sucedía
en la Española. Aunque Las Casas asegura que en todas las Indias
—es decir, en todo el Nuevo Mundo— había hacia el
3 540 más de 100.000 esclavos negros y sólo en La Española
había 30.000, debemos tomar esas cifras con reservas. Para el
1543 se estimaba que en Cuba había casi 1.000 negros y negras,
y aun exagerando hasta el máximo, en La Española no podía
haber más de cuatro veces esa cantidad. En 1542 había
negros alzados en cuatro puntos de La Española —cabo San
Nicolás, punta de Samaná, cabo de Higuey y los Ciguayos
(costa del norte) —, pero no debían ser muy numerosos.
El ayuntamiento de Santo Domingo, capital de la isla, escribió
en 1545 que apenas se cogía oro porque se habían exportado
a Honduras casi todos los negros y que últimamente se habían
llevado al Perú los que quedaban. Desde luego se hablaba de negros
que sabían trabajar las minas, porque precisamente en esos mismos
días los negros alzados llegaron a asaltar y dar muerte a españoles
a sólo tres leguas de la ciudad de Santo Domingo.
Hacia el 1546 había en el Bahoruco, donde estuvo sublevado Enriquillo,
unos doscientos —y tal vez trescientos— negros alzados,
y en La Vega unos cincuenta. Esos alzamientos indicaban que había
en la isla un estado de descomposición, y esa descomposición
produjo caudillos negros que asaltaron varias poblaciones y hatos. El
más destacado de esos jefes fue Diego de Campo, que asoló
las regiones de San Juan de la Maguana y de Azua en varias incursiones.
Pero la insurrección de los esclavos africanos no se limitaba
a La Española; se producía también en la tierra
firme y en el istmo de Panamá. Había comenzado ya la etapa
de la explotación en los territorios del Caribe y el esclavo
negro era el instrumento natural —e indispensable— para
mantener y aumentar la producción. La trata de negros se había
convertido en un negocio muy activo, y las posibilidades de insurrecciones
de esclavos eran mayores cada día.
España no traficaba con negros esclavos. Los españoles
del Caribe se limitaban a comprar la mercancía y el gobierno
español se limitaba a dar autorizaciones —licencias y asientos—
para que se vendieran en sus territorios de Ultramar tantos o cuantos
esclavos. Generalmente esas autorizaciones eran concedidas a personajes
europeos, y éstos las vendían a comerciantes de otros
países. Pero como las ventas autorizadas no eran suficientes
para cubrir la demanda de negros, se producía la venta ilegal.
Esta se realizaba de dos maneras: se autorizaba una venta de 100 africanos,
pero se sobornaba a los funcionarios españoles del Caribe y se
vendían 200, o se presentaba un barco negrero holandés
o inglés, no autorizado para comerciar en los territorios españoles,
y se las arreglaba para vender esclavos. Esto último lo hizo
varias veces John Hawkins, el hombre que abrió las puertas del
Caribe para el comercio inglés.
Los españoles compraban los esclavos para usarlos como instrumentos
de producción, pero quienes en realidad ganaban dinero con el
negocio eran los vendedores de africanos. Estos últimos se enriquecían
a niveles increíbles, y eso es lo que explica que los comerciantes
más poderosos de los Países Bajos, de Dinamarca, Inglaterra
y Francia fueran los socios capitalistas de los capitanes negros. Con
frecuencia los reyes de esos países participaban en los beneficios
de la trata y a menudo se asociaban al negocio figuras de la nobleza.
Cuando fue armado caballero por la reina Isabel John Hawkins, insigne
traficante de esclavos, mandó poner en su escudo la cabeza de
un negro como testimonio de que su actividad era honorable. Además,
Hawkins fue nombrado por la reina tesorero de la marina real como premio
a sus actividades corsarias.
Uno de los factores de la rápida capitalización de esos
países fue la trata de esclavos. En un nivel diferente, la situación
a mediados del siglo XVI tenía semejanzas con la de mediados
del siglo xx. En el 1950, los países vendedores de maquinarias
se enriquecían vendiendo esas maquinarias a los países
que tenían poco desarrollo, y capitalizaban más de prisa
que éstos; hacia el 1540, los vendedores de esclavos capitalizaban
más de prisa que los que compraban esos esclavos para poner a
producir las tierras americanas.
Por la vía del comercio esclavista, los países que traficaban
con esclavos del África sustraían las riquezas que España
sacaba de América; por lo menos, sustraían una parte importante
de esas riquezas. Una porción del capital acumulado mediante
la venta de esclavos se empleaba en la manufactura de productos que
se vendían de contrabando en el Caribe, de manera que además
de ganarles dinero vendiéndoles esclavos, los tratantes de negros
les ganaban también dinero a los españoles del Caribe
vendiéndoles esos productos manufacturados; por último,
los buques negreros volvían a Europa cargados con maderas, azúcares,
cueros, sal y otras mercancías sacadas del Caribe, también
de contrabando, con lo cual se obtenían beneficios adicionales.
Como España no tenía las sustancias reales de un imperio,
el Estado español no se atrevía a ser tan despiadado como
hubiera sido necesario para dedicarse a la trata de negros. Otros países
hicieron esa trata y en pocos años tenían ya el alma y
los instrumentos de los imperios. La trata de africanos estaba cambiando
los fundamentos de la sociedad occidental. Medio siglo después,
a pesar de todo el oro que extraía de Méjico y del Perú,
se veía con claridad la declinación de España y
el ascenso de los países europeos que vendían negros en
América; se marcarían las diferencias que al andar del
tiempo dividirían el mundo en países sobreholgados y países
miserables.
Dado que el comercio de africanos dejaba beneficios enormes, había
que mantenerlo a toda costa; de ahí que se usara la mayor violencia
en la cacería de negros, puesto que ellos no se entregaban graciosamente
a los traficantes. Esa violencia era el origen de las rebeliones negras
del Caribe. El negro llegaba al Caribe con el corazón rebosante
de odio al blanco, que lo había arrancado de su tierra nativa
por la fuerza, que lo había puesto en cepo durante la travesía
por el mar, que le había dado latigazos y palos. En la primera
oportunidad, el negro que tenía más vigor de alma se fugaba
a los montes; poco a poco otros iban a reunirse con él o él
llegaba de noche a las barracas de las minas y de los ingenios de azúcar
y los invitaba a irse, y un día comenzaba el alzamiento con un
ataque a un establecimiento de blancos.
Esas primeras sublevaciones anunciaban estallidos futuros de magnitudes
enormes, como al fin se produjeron con las sublevaciones negras de Haití.
En cierto sentido, el comercio de esclavos negros estaba determinando
el curso de la historia del Caribe, pues los esclavos del siglo XVI
llegarían a ser con el tiempo los ciudadanos libres de sus países.
Mientras tanto, en esos años del 1540 se sublevaban los esclavos
de La Española, pero también los de otros territorios.
En la gobernación de Cartagena había muchos alzados, tantos,
que pudieron asaltar el pueblo de Tafeme, donde mataron más de
veinte personas, quemaron los sembrados de maíz y se llevaron
unos trescientos indios.
En 1548 unos negros prófugos de Panamá se declararon libres
y organizaron una monarquía cuyo rey era uno de ellos, de nombre
Bayano. Los "vasallos" del flamante rey negro dieron mucho
que hacer a las autoridades de Panamá, puesto que atacaban los
puntos estratégicos del camino que comunicaba Panamá con
Nombre de Dios, esto es, la ruta del mar Pacífico al Caribe,
por donde se movían ya las cargas de oro del Perú que
se enviaban a España. Al mismo tiempo, hacia el Sudeste, en el
golfo de San Miguel, se mantenía alzado otro negro llamado Felipillo.
En la pacificación de esos focos de rebelión tomó
parte don Pedro de Ursua, que iba a ser algunos años después
la primera víctima de la sonada rebelión de Lope de Aguirre.
Pero la verdad es que la pacificación total de los esclavos negros
de Panamá tardó muchos años, pues fue en 1581 cuando
los hijos y los nietos de los alzados de 1548 aceptaron reunirse en
Pancora, que fue poblado por ellos.
No consta en ningún documento cuál fue la influencia de
la insurrección de Bayano en la del negro Miguel, que tuvo lugar
en Venezuela en el año 1552, pero el hecho de que este último
se proclamara rey, como hizo el de Panamá, nos inclina a creer
que Miguel supo lo que pasaba en Panamá y siguió el ejemplo.
Eí negro Miguel era esclavo de las minas de San Felipe de Buría,
que se hallaban cerca de Nueva Segovia, una ciudad fundada en las vecindades
de lo que hoy es Barquisimeto. Miguel se fugó de las minas y
se hizo cimarrón. "Cimarrón" era el vocablo
usado entonces para designar a los negros que huían hacia los
montes. En poco tiempo Miguel había reunido en torno suyo a varios
compañeros, y cuando contó con unos veinte hombres atacó
la casa de las minas, mató a algunos españoles y se llevó
presos a otros; de los presos, unos cuantos murieron bajo el tormento
y los demás fueron dejados en libertad para que llevaran la noticia
de la rebelión a San Felipe y a Nueva Segovia. El negro Miguel
ejercía lo que hoy llamamos guerra psicológica. Como es
claro, las nuevas llegaron a los españoles, que se indignaron,
pero también llegaron a los negros de toda la región y
a los indios jiraha-ras, que vivían en las inmediaciones de San
Felipe, y esas noticias estimularon a los más audaces y aguerridos
entre negros e indios, de manera que al poco tiempo Miguel tenía
bajo su mando 180 hombres entre unos y otros. El caudillo puso toda
esa gente a trabajar en la edificación de un pueblo, que cercó
de fuertes palizadas y de trincheras, y entonces se proclamó
rey. Su mujer, la negra Guiomar, fue reina; su pequeño hijo,"
príncipe heredero; un amigo suyo pasó a ser obispo, y
otros tuvieron títulos de nobleza, dignidades y funciones propias
de una Corte. Una vez organizado el reino, el "monarca" dispuso
el asalto a Nueva Segovia, y como no pudo tomar la villa se retiró
a su pueblo-fortaleza, donde fue atacado por los españoles. El
rey Miguel murió combatiendo, y de sus "súbditos",
los que se salvaron fueron sometidos a tormento y muertos en suplicio
o mantenidos en ergástulas mucho tiempo. Pero los indios jiraharas
siguieron la lucha que había emprendido el antiguo esclavo.
Esos indios asaltaron tantas veces las minas de San Felipe, que al fin
éstas tuvieron que ser abandonadas y llegó a perderse
hasta el recuerdo del sitio donde estaban. Los jiraharas hicieron impenetrable
el territorio de sus tribus; se mantuvieron en rebeldía más
de sesenta años, de manera que todavía en el siglo XVII
se sentían en Venezuela los efectos de la sublevación
del rey Miguel.
Hacia el este de donde estaban las minas de San Felipe de Buria se hallaban
las minas de oro de los Teques. Los Teques es hoy una ciudad que se
encuentra en la zona montañosa del litoral del Caribe, a medio
camino entre Caracas y Maracay.
El nombre de la región y de las minas provenía de los
indios teques, cuyo señor se llamaba Guaicaipuro. Guaicaipuro
es, desde hace siglos, un símbolo para los venezolanos; la encarnación
del amor a la patria. Debió ser un cacique de gran autoridad
sobre varias tribus; propiamente, más que un cacique, pues cuando
decidió que había que luchar contra los españoles
se dedicó a formar una alianza de numerosos pueblos vecinos,
y de hecho se convirtió en el caudillo de una vasta confederación
en que figuraban, además de los teques, los taramainas, los charagotos,
los caracas, los mariches, los arbacos y algunos más. Esa especie
de confederación de guerreros dominaba todo el territorio de
lo que hoy se llama en Venezuela el Centro, que es la parte más
poblada y más desarrollada del país. En el año
de 1561 Guaicaipuro inició la rebelión con un asalto a
las minas de oro de los Teques, y a partir de entonces se mantuvo en
rebeldía hasta el día de su muerte, ocurrida en el 1568.
En el valle de San Francisco —que es uno de los pequeños
valles que se encuentran dentro de los límites de la Caracas
de hoy— había un hato de españoles que había
sido fundado algunos años antes por el mestizo Francisco Fajardo,
nacido en la isla de Margarita, fundador también de Collado,
en la cercana costa del Caribe. Hacia el 1560 unos veintiséis
españoles anduvieron merodeando por San Francisco y saquearon
varias rancherías de indios. Esos atropellos provocaron el alzamiento
de Guaicaipuro, que atacó las minas de los Teques y mató
a todos los trabajadores que había en ellas, indios, negros y