INTRODUCCIÓN
La colonialidad
es uno de los elementos constitutivos y específicos del
patrón mundial de poder capitalista. Se funda en la imposición
de una clasificación racial/étnica de la población del
mundo como piedra angular de dicho patrón de poder y opera en cada uno
de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia
social cotidiana y a escala societal.1 Se origina
y mundializa a partir de América.
Con la constitución de América (Latina),2 en
el mismo momento y en el mismo movimiento históricos, el emergente poder capitalista se hace
mundial, sus centros hegemónicos se localizan en las zonas situadas sobre
el Atlántico—que después se identifi carán como Europa—y
como ejes centrales de su nuevo patrón de dominación se establecen
también la colonialidad y la modernidad. En breve, con América
(Latina) el capitalismo se hace mundial, eurocentrado y la colonialidad y la
modernidad se instalan asociadas como los ejes constitutivos de su específi
co patrón de poder,3 hasta hoy.
En el curso del despliegue de esas características del poder actual, se
fueron confi gurando las nuevas identidades societales de la colonialidad, indios,
negros, aceitunados, amarillos, blancos, mestizos y las geoculturales del
colonialismo, como América, Africa, Lejano Oriente, Cercano Oriente (ambas últimas
Asia, más tarde), Occidente o Europa (Europa Occidental después).
Y las relaciones intersubjetivas correspondientes, en las cuales se fueron fundiendo
las experiencias del colonialismo y de la colonialidad con las necesi dades del
capitalismo, se fueron confi gurando como un nuevo universo de relaciones intersubjetivas
de dominación bajo hegemonía eurocentrada. Ese específico
universo es el que será después denominado como la modernidad.
Desde el siglo XVII, en los principales centros hegemónicos de ese patrón
mundial de poder, en esa centuria no por acaso Holanda (Descartes, Spinoza) e
Inglaterra (Locke, Newton), desde ese universo intersubjetivo fue elaborado y
formalizado un modo de producir conocimiento que daba cuenta de las necesidades
cognitivas del capitalismo: la medición, la cuantificación, la
externalización (u objetivación) de lo cognoscible respecto
del conocedor, para el control de las relaciones de las gentes con la naturaleza y
entre aquellas respecto de ésta, en especial la propiedad de los recursos
de producción. Dentro de esa misma orientación fueron también,
ya formalmente, naturalizadas las experiencias, identidades y relaciones
históricas de la colonialidad y de la distribución geocultural
del poder capitalista mundial.
Ese modo de conocimiento fue, por su carácter y por su origen, eurocéntrico.
Denominado racional, fue impuesto y admitido en el conjunto del mundo
capitalista como la única racionalidad válida y como emblema de la
modernidad. Las líneas matrices de esa perspectiva cognitiva se han
mantenido, no obstante los cambios de sus contenidos específi cos y las
críticas y los debates, a lo largo de la duración del poder mundial
del capitalismo colonial y moderno. Esa es la modernidad/racionalidad que ahora
está, fi nalmente, en crisis.4
El eurocentrismo, por lo tanto, no es la perspectiva cognitiva de los europeos
exclusivamente, o sólo de los dominantes del capitalismo mundial, sino
del conjunto de los educados bajo su hegemonía. Y aunque implica un componente
etnocéntrico, éste no lo explica, ni es su fuente principal de
sentido. Se trata de la perspectiva cognitiva producida en el largo tiempo del
conjunto del mundo eurocentrado del capitalismo colonial/moderno y que naturaliza la
experiencia de las gentes en este patrón de poder. Esto es, las hace percibir
como naturales, en consecuencia como dados, no susceptibles de ser cuestionados.
Desde el siglo XVIII, sobre
todo con el Iluminismo, en el eurocentrismo se fue afi rmando
la mitológica idea de que Europa5 era
pre-existente a ese patrón de poder, que ya era antes un
centro mundial del capitalismo que colonizó al resto del
mundo y elaboró por su cuenta y desde dentro la modernidad
y la racionalidad. Y que en esa calidad Europa y los europeos eran
el momento y el nivel más avanzados en el camino lineal,
unidireccional y continuo de la especie. Se consolidó así,
junto con esa idea, otro de los núcleos principales de la
colonialidad/modernidad eurocéntrica: una concepción
de humanidad según la cual la población
del mundo se diferenciaba en inferiores y superiores, irracionales
y racionales, primitivos y civilizados, tradicionales y modernos.
Más tarde, en especial desde mediados del siglo XIX y a
pesar del continuado despliegue de la mundialización del
capitalismo, fue saliendo de la perspectiva hegemónica la
percepción de la totalidad mundial del poder capitalista,
y del tiempo largo de su reproducción, cambio y crisis.
El lugar del capitalismo mundial fue ocupado por el estado-nación
y las relaciones entre estados-nación, no sólo como
unidad de análisis sino como el único enfoque válido
de conocimiento sobre el capitalismo. No sólo en el liberalismo
sino también en el llamado materialismo histórico,
la más difundida y la más eurocéntrica de
las vertientes derivadas de la heterogénea herencia de Marx.
La revuelta intelectual contra esa perspectiva y contra ese modo
eurocentrista de producir conocimiento nunca estuvo exactamente
ausente, en particular en América Latina.6 Pero no levanta
vuelo realmente sino después de la Segunda Guerra Mundial,
comenzando por supuesto en las áreas dominadas y dependientes
del mundo capitalista. Cuando se trata del poder, es siempre desde
los márgenes que suele ser vista más, y más
temprano, porque entra en cuestión, la totalidad del campo
de relaciones y de sentidos que constituye tal poder.
Desde América Latina, sin duda la más infl uyente
de las tentativas de mostrar de nuevo la mundialidad del capitalismo,
fue la propuesta de Raúl Prebisch y sus asociados de pensar
el capitalismo como un sistema mundial diferenciado en “centro”y “periferia.” Fue
retomada y reelaborada en la obra de Immanuel Wallerstein, cuya
propuesta teórica del “moderno sistemamundo,” desde
una perspectiva donde confl uyen la visión marxiana del
capitalismo como un sistema mundial y la braudeliana sobre la larga
duración histórica, ha reabierto y renovado de modo
decisivo el debate sobre la reconstitución de una perspectiva
global, en la investigación científi co-social del último
cuarto del siglo XX.7.
En ese nuevo contexto están hoy activos otros componentes
del debate latinoamericano que apuntan hacia una nueva idea de
totalidad histórico-social, núcleo de una racionalidad
no-eurocéntrica. Principalmente, las propuestas sobre la
colonialidad del poder y sobre la heterogeneidad histórico-estructural
de todos los mundos de existencia social. |
[ Arriba
]
LA CUESTIÓN DEL PODER EN EL EUROCENTRISMO
Tal como lo conocemos históricamente, a escala societal
el poder es un espacio y una malla de relaciones sociales de explotación/dominación/
conflicto articuladas, básicamente, en función y
en torno de la disputa por el control de los siguientes ámbitos
de existencia social: (1) el trabajo y sus productos; (2) en dependencia
del anterior, la “naturaleza” y sus recursos de producción;
(3) el sexo, sus productos y la reproducción de la especie;
(4) la subjetividad y sus productos, materiales e intersubjetivos,
incluído el conocimiento; (5) la autoridad y sus instrumentos,
de coerción en particular, para asegurar la reproducción
de ese patrón de relaciones sociales y regular sus cambios.8
En las dos últimas centurias, sin embargo, y hasta la
irrupción de las cuestiones de subjetividad y de género
en el debate, la mirada eurocéntrica no ha podido percibir
todos esos ámbitos en la confi guración del poder,
porque ha sido dominada por la confrontación entre dos principales
vertientes de ideas: una hegemónica, el liberalismo, y otra
subalterna, aunque de intención contestataria, el materialismo
histórico.
El liberalismo no tiene una perspectiva unívoca sobre el
poder. Su más antigua variante (Hobbes) sostiene que es
la autoridad, acordada por individuos hasta entonces dispersos,
lo que ubica los componentes de la existencia social en un orden
adecuado a las necesidades de la vida individual. Aunque de nuevo
actual, como sustento del neoliberalismo, durante gran parte del
siglo XX cedió terreno a la predominancia de las propuestas
del estructuralismo, del estructural-funcionalismo y del funcionalismo,
cuyo elemento común respecto del problema es que la sociedad
se ordena en torno de un limitado conjunto de patrones históricamente
invariantes, por lo cual los componentes de una sociedad guardan
entre sí relaciones continuas y consistentes en razón
de sus respectivas funciones y éstas, a su vez, son inherentes
al carácter de cada elemento. Con todas esas variantes hoy
coexisten y se combinan de muchos modos, el viejo empirismo y el
nuevo postmodernismo para los cuales no hay tal cosa como una estructura
global de relaciones sociales, una sociedad, en tanto que una totalidad
determinada y distinguible de otras. De esa manera, se dan la mano
con la antigua propuesta hobbesiana.
Para el materialismo histórico, la más eurocéntrica
de las versiones de la heterogénea herencia de Marx, las
estructuras societales se constituyen sobre la base de las relaciones
que se establecen para el control del trabajo y de sus productos.
Tales relaciones se denominan relaciones de producción.
Pero a diferencia de las variantes del liberalismo, no sólo
afi rma la primacía de uno de los ámbitos—el
trabajo y las relaciones de producción—sobre los demás,
sino también y con idéntica insistencia, que el orden
confi gurado corresponde a una cadena de determinaciones que proviene
del ámbito primado y atraviesa al conjunto. Desde ese punto
de vista, el control del trabajo es la base sobre la cual se articulan
las relaciones de poder y, a la vez, el determinante del conjunto
y de cada una de ellas.
A pesar de sus muchas y muy marcadas diferencias, en todas esas
vertientes se puede discernir un conjunto de supuestos y de problemas
comunes que indican su común linaje eurocéntrico.
Aquí es pertinente poner de relieve, principalmente, dos
cuestiones. En primer término, todas presuponen una estructura
confi gurada por elementos históricamente homogéneos,
no obstante la diversidad de formas y caracteres, que guardan entre
sí relaciones continuas y consistentes—sea por sus “funciones,” sea
por sus cadenas de determinaciones—lineales y unidireccionales,
en el tiempo y en el espacio.
Toda estructura societal es, en esa perspectiva, orgánica
o sistémica, mecánica. Y esa es, exactamente, la
opción preferencial del eurocentrismo en la producción
del conocimiento histórico. En esa opción algo llamable “sociedad,” en
tanto que una articulación de mútiples existencias
sociales en una única estructura, o no es posible y no tiene
lugar en la realidad, como en el viejo empirismo y en el nuevo
postmodernismo, o si existe sólo puede ser de modo sistémico
u orgánico.
En segundo lugar, en todas esas vertientes subyace la idea de
que de algún modo las relaciones entre los componentes de
una estructura societal son dadas, ahistóricas, eso es,
son el producto de la actuación de algún agente anterior
a la historia de las relaciones entre las gentes. Si, como en Hobbes,
se hace intervenir acciones y decisiones humanas en el origen de
la autoridad y del orden, no se trata en rigor de ninguna historia,
o siquiera de un mito histórico, sino de un mito metafísico:
postula un estado de naturaleza, con individuos humanos que entre
sí no guardan relaciones distintas que la continua violencia,
es decir que no tienen entre sí genuinas relaciones sociales.
Si en Marx se hace también intervenir acciones humanas en
el origen de las “relaciones de producción,” para
el materialismo histórico eso ocurre por fuera de toda subjetividad.
Esto es, también metafísica y no históricamente.
No de modo distinto, en el funcionalismo, en el estructuralismo
y en el estructural funcionalismo, las gentes están sometidas
ab initio al imperio de ciertos patrones de conducta históricamente
invariantes.
La perspectiva eurocéntrica, en cualquiera de sus variantes,
implica pues un postulado históricamente imposible: que
las relaciones entre los elementos de un patrón histórico
de poder tienen ya determinadas sus relaciones antes de toda historia.
Esto es, como si fueran relaciones defi nidas previamente en un
reino óntico, ahistórico o transhistórico.
La modernidad eurocéntrica no parece haber terminado con
el ejercicio de secularizar la idea de un dios providencial. De
otro modo, concebir la existencia social de gentes concretas como
confi gurada ab initio y por elementos históricamente homogéneos
y consistentes, destinados indefi nidamente a guardar entre sí relaciones
continuas, lineales y unidireccionales, sería innecesaria
y en fi n de cuentas impensable. |
[ Arriba ]
LA HETEROGENEIDAD HISTÓRICO-ESTRUCTURAL
DEL PODER
Semejante perspectiva de conocimiento
difícilmente podría
dar cuenta de la experiencia histórica. En primer término,
no se conoce patrón alguno de poder en el cual sus componentes
se relacionen de ese modo y en especial en el largo tiempo. Lejos
de eso, se trata siempre de una articulación estructural
entre elementos históricamente heterogéneos. Es decir,
que provienen de historias específi cas y de espacios-tiempos
distintos y distantes entre sí, que de ese modo tienen formas
y caracteres no sólo diferentes, sino discontinuos,
incoherentes y aún confl ictivos entre sí, en cada
momento y en el largo tiempo. De ello son una demostración
histórica efi ciente, mejor quizás que ninguna otra
experiencia, precisamente la constitución y el desenvolvimiento
históricos de América y del Capitalismo Mundial,
Colonial y Moderno.
En cada uno de los principales ámbitos de la existencia
social cuyo control disputan las gentes, y de cuyas victorias y
derrotas se forman las relaciones de explotación/dominación/confl
icto que constituyen el poder, los elementos componentes son siempre
históricamente heterogéneos. Así, en el capitalismo
mundial el trabajo existe actualmente, como hace 500 años,
en todas y cada una de sus formas históricamente conocidas
(salario, esclavitud, servidumbre, pequeña producción
mercantil, reciprocidad), pero todas ellas al servicio del capital
y articulándose en torno de su forma salarial. Pero del
mismo modo, en cualquiera de los otros ámbitos, la autoridad,
el sexo, la subjetividad, están presentes todas las formas
históricamente conocidas, bajo la primacía general
de sus formas llamadas modernas: el “estado-nación”, “la
familia burguesa,” la “racionalidad moderna.”
Lo que es realmente notable de toda estructura societal es que
elementos, experiencias, productos, históricamente discontinuos,
distintos, distantes y heterogéneos puedan articularse juntos,
no obstante sus incongruencias y sus confl ictos, en la trama común
que los urde en una estructura conjunta. La pregunta pertinente
indaga acerca de lo que produce, permite o determina semejante
campo de relaciones y le otorga el carácter y el comportamiento
de una totalidad histórica específi ca y determinada.
Y como la experiencia de América y del actual mundo capitalista
muestra, en cada caso lo que en primera instancia genera las condiciones
para esa articulación es la capacidad que un grupo logra
obtener o encontrar, para imponerse sobre los demás y articular
bajo su control, en una nueva estructura societal, sus heterogéneas
historias. Es siempre una historia de necesidades, pero igualmente
de intenciones, de deseos, de conocimientos o ignorancias, de opciones
y preferencias, de decisiones certeras o erróneas, de victorias
y derrotas. De ningún modo, en consecuencia, de la acción
de factores extrahistóricos.
Las posibilidades de acción
de las gentes no son infinitas, o siquiera muy numerosas y diversas.
Los recursos que disputan no son abundantes. Más signifi
cativo aún es el hecho
de que las acciones u omisiones humanas no pueden desprenderse
de lo que está ya previamente hecho y existe como condicionante
de las acciones, externamente o no de la subjetividad, del conocimiento
y/o de los deseos y de las intenciones. Por ello, las opciones,
queridas o no, conscientes o no, para todos o para algunos, no
pueden ser decididas, ni actuadas en un vacuum histórico.
De allí no se deriva, sin embargo, no necesariamente en
todo caso, que las opciones estén inscritas ya en una determinación
extrahistórica, suprahistórica o transhistórica,
como wgen el Destino de la tragedia griega clásica. No son,
en suma, inevitables. ¿O lo era el que Colón tropezara
con lo que llamó La Hispaniola en lugar de con lo que llamamos
Nueva York? Las condiciones técnicas de esa aventura permitían
lo mismo el uno que el otro resultado, o el fracaso de ambos. Piénsese
en todas las implicaciones fundamentales, no banales, de tal cuestión,
para la historia del mundo capitalista. Sobre el problema de la
colonialidad del poder, en primer término.
La capacidad y la fuerza que le
sirve a un grupo para imponerse a otros, no es sin embargo sufi
ciente para articular heterogéneas
historias en un orden estructural duradero. Ellas ciertamente producen
la autoridad, en tanto que capacidad de coerción. La fuerza
y la coerción, o, en la mirada liberal, el consenso, no
pueden sin embargo producir, ni reproducir duraderamente el orden
estructural de una sociedad, es decir las relaciones entre
los componentes de cada uno de los ámbitos de la existencia
social, ni las relaciones entre los ámbitos mismos. Ni,
en especial, producir el sentido del movimiento y del desenvolvimiento
históricos de la estructura societal en su conjunto. Lo único
que puede hacer la autoridad es obligar, o persuadir, a las gentes
a someterse a esas relaciones y a ese sentido general del movimiento
de la sociedad que les habita. De ese modo contribuye al sostenimiento,
a la reproducción de esas relaciones y al control de sus
crisis y de sus cambios.
Si desde Hobbes el liberalismo insiste, sin embargo, en que la
autoridad decide el orden societal, el orden estructural de las
relaciones de poder, es porque también insiste en que todos
los otros ámbitos de existencia social articulados en esa
estructura son naturales. Pero si no se admite ese imposible
carácter no-histórico de la existencia social, debe
buscarse en otra instancia histórica la explicación
de que la existencia social consista en ámbitos o campos
de relaciones sociales específi cas y que tales campos tiendan
a articularse en un campo conjunto de relaciones, cuya confi guración
estructural y su reproducción o remoción en el tiempo
se reconoce con el concepto de sociedad. ¿Dónde encontrar
esa instancia?.
Ya quedó señalada la difi cultad de las propuestas
estructuralistas y funcionalistas, no sólo para dar cuenta
de la heterogeneidad histórica de las estructuras societales,
sino también por implicar relaciones necesariamente consistentes
entre sus componentes. Queda en consecuencia la propuesta marxiana
(una de las fuentes del materialismo hsitórico) sobre el
trabajo como ámbito primado de toda sociedad y del control
del trabajo como el primado en todo poder societal. Dos son los
problemas que levanta esta propuesta y que requieren ser discutidas.
En primer lugar, es cierto que la experiencia del poder capitalista
mundial, eurocentrado y colonial/moderno, muestra que es el control
del trabajo el factor primado en este patrón de poder: éste
es, en primer término, capitalista. En consecuencia el control
del trabajo por el capital es la condición central del poder
capitalista. Pero en Marx se implica, de una parte, la homogeneidad
histórica de éste y de los demás factores,
y de otra parte, que el trabajo
determina, todo el tiempo y de modo permanente, el carácter,
el lugar y la función de todos los demás ámbitos
en la estructura de poder.
Sin embargo, si se examina de nuevo la experiencia del patrón
mundial del poder capitalista, nada permite verifi car la homogeneidad
histórica de sus componentes, ni siquiera de los fundamentales,
sea del trabajo, del capital, o del capitalismo. Por el contrario,
dentro de cada una de esas categorías no sólo coexisten,
sino se articulan y se combinan todas y cada una de las formas,
etapas y niveles de la historia de cada una de ellas. Por ejemplo,
el trabajo asalariado existe hoy, como al comienzo de su historia,
junto con la esclavitud, la servidumbre, la pequeña producción
mercantil, la reciprocidad.Y todos ellos se articulan entre sí y
con el capital. El propio trabajo asalariado se diferencia entre
todas las formas históricas de acumulación, desde
la llamada originaria o primitiva, la plusvalía extensiva,
incluyendo todas las gradaciones de la intensiva y todos los niveles
que la actual tecnología permite y contiene, hasta aquellos
en que la fuerza viva de trabajo individual es virtualmente insignifi
cante. El capitalismo abarca, tiene que abarcar, a todo ese complejo
y heterogéneo universo bajo su dominación.
Respecto de la cadena unidireccional
de determinaciones que permite al trabajo articular a los demás ámbitos
y mantenerlos articulados en el largo tiempo, la experiencia del
patrón
de poder capitalista, mundial, eurocentrado y colonial/moderno no
muestra tampoco nada que obligue a admitir que el rasgo capitalista haya
hecho necesarios, en el sentido de inevitables, los demás.
De otra parte, sin duda el carácter capitalista de este
patrón de poder
tiene implicaciones decisivas sobre el carácter y el sentido
de las relaciones intersubjetivas, de las relaciones de autoridad
y sobre las relaciones en torno del sexo y sus productos. Pero,
primero, sólo si se ignora la heterogeneidad histórica
de esas relaciones y del modo en que se ordenan en cada ámbito
y entre ellos, sería posible admitir la unilinealidad y
unidireccionalidad de esas implicaciones. Y segundo, y a esta altura
del debate debiera ser obvio, que si bien el actual modo de controlar
el trabajo tiene implicaciones sobre, por ejemplo, la intersubjetividad
societal, sabemos del mismo modo que para que se optara por la
forma capitalista de organizar y controlar el trabajo, fue sin
duda necesaria una intersubjetividad que la hiciera posible y preferible.
Las determinaciones no son, pues, no pueden ser, unilineales, ni
unidireccionales. Y no sólo son recíprocas. Son heterogéneas,
discontinuas, inconsistentes, confl ictivas, como corresponde a
relaciones entre elementos que tienen, todos y cada uno, tales
características.
La articulación de heterogéneos,
discontinuos y conflictivos elementos en una estructura común,
en un determinado campo de relaciones, implica pues, requiere,
relaciones de recíprocas,
mútiples y heterogéneas determinaciones. El estructuralismo
y el funcionalismo no lograron percibir esas necesidades históricas.
Tomaron un camino malconducente reduciéndolas a la idea
de relaciones funcionales entre los elementos de una estructura
societal.
De todos modos, sin embargo, para que una estructura histórico - estructuralmente
heterogénea tenga el movimiento, el desenvolvimiento, o
si se quiere el comportamiento, de una totalidad histórica,
no bastan tales modos de determinación recíproca
y heterogénea entre sus componentes. Es indispensable que
uno (o más) entre ellos tenga la primacía—en
el caso del capitalismo, el control combinado del trabajo y de
la autoridad—pero no como
determinante o base de determinaciones en el sentido del materialismo
histórico, sino estrictamente como eje(s) de articulación
del conjunto.
De ese modo, el movimiento conjunto
de esa totalidad, el sentido de su desenvolvimiento, abarca, trasciende,
en ese sentido específi
co, a cada uno de sus componentes. Es decir, determinado campo
de relaciones societales se comporta como una totalidad. Pero semejante
totalidad histórico-social, como articulación de
heterogéneos, discontinuos y confl ictivos elementos, no
puede ser de modo alguno cerrada, no puede ser un organismo, ni
puede ser, como una máquina, consistente de modo sistémico
y constituir una entidad
en la cual la lógica de cada uno de los elementos corresponde
a la de cada uno de los otros. Sus movimientos de conjunto no pueden
ser, en consecuencia, unilineales, ni unidireccionales, como sería
necesariamente el caso de entidades orgánicas o sistémicas
o mecánicas. |
[ Arriba ]
NOTA SOBRE LA CUESTIÓN DE LA TOTALIDAD
Acerca de esa problemática
es indispensable continuar indagando y debatiendo las implicaciones
del paradigma epistemológico
de la relación entre el todo y las partes respecto de la
existencia histórico-social. El eurocentrismo ha llevado
a virtualmente todo el mundo, a admitir que en una totalidad el
todo tiene absoluta primacía determinante sobre todas y
cada una de las partes, que por lo tanto hay una y sólo
una lógica que gobierna el
comportamiento del todo y de todas y de cada una de las partes.
Las posibles variantes en el movimiento de cada parte son secundarias,
sin efecto sobre el todo y reconocidas como particularidades de
una regla o lógica general del todo al que pertenecen.
No es pertinente aquí, por razones obvias, plantear un
debate sistemático acerca de aquel paradigma que en la modernidad
eurocéntrica ha terminado siendo admitido como una de las
piedras angulares de la racionalidad y que en la producción
del conocimiento concreto llega a ser actuado con la espontaneidad
de la respiración, esto es de manera incuestionable. Lo único
que propongo aquí es abrir la cuestión restricta
de sus implicaciones en el conocimiento específi co de la
experiencia histórico-social.
En la partida, es necesario reconocer que todo fenómeno
histórico-social consiste en y/o expresa una relación
social o una malla de relaciones sociales. Por eso, su explicación
y su sentido no pueden ser encontrados sino respecto de un campo
de relaciones mayor al que corresponde. Dicho campo de relaciones
respecto del cual un determinado fenómeno puede tener explicación
y sentido es lo que aquí se asume con el concepto de totalidad
históricosocial.
La continuada presencia de este paradigma en la investigación
y en el debate histórico-social desde, sobre todo, fi nes
del siglo XVIII, no es un accidente: da cuenta del reconocimiento
de su tremenda importancia, ante todo porque permitió liberarse
del atomismo empirista y del providencialismo. No obstante, el
empirismo atomístico no sólo se ha mantenido en el
debate, sino que ahora ha encontrado una expresión nueva
en el llamado postmodernismo fi losófi co-social.9 En ambos
se niega la idea de totalidad y de su necesidad en la producción
del conocimiento.
La renovación y la expansión
de la visión
atomística de la experiencia histórico-social en
plena crisis de la modernidad/racionalidad no es tampoco un accidente.
Es un asunto complejo y contradictorio. Da cuenta, por un lado,
de que ahora es más perceptible el que las ideas dominantes
de totalidad dejan fuera de ella muchas, demasiadas, áreas
de la experiencia histórico-social, o las acogen sólo
de modo distorsionante. Pero, por otro lado,
tampoco es accidental la explícita asociación de
la negación de la totalidad con la negación de la
realidad del poder societal, en el nuevo postmodernismo tanto como
en el viejo empirismo.
En efecto, lo que el paradigma de la totalidad permitió percibir
en la historia de la existencia social de las gentes concretas
fue, precisamente, el poder como la más persistente forma
de articulación estructural de alcance societal. Desde entonces,
sea para ponerlo en cuestión o para su defensa, el punto
de partida ha sido el reconocimiento de su existencia real en la
vida de las gentes. Pero, sobre todo, fue la crítica del
poder lo que terminó colocado en el centro mismo del estudio
y del debate histórico-social.
En cambio, en la visión atomística, sea del viejo
empirismo o del nuevo postmodernismo, las relaciones sociales no
forman campos complejos de relaciones sociales en los que están
articulados todos los ámbitos diferenciables de existencia
social y en consecuencia de relaciones sociales. Es decir, algo
llamable sociedad, no tiene lugar en la realidad. Por lo tanto,
encontrar explicación y sentido de los fenómenos
sociales no es posible, ni necesario. La experiencia contingente,
la descripción como representación, serían
lo único necesario y legítimo. La idea de totalidad
no sólo no sería necesaria, sino, sobre todo, sería
una distorsión epistemológica. La idea que remite
a la existencia de estructuras duraderas de relaciones sociales,
cede lugar a la idea de fl uencias inestables y cambiantes, que
no llegan a cuajar en estructuras.10
Para poder negar la realidad del poder societal, el empirismo
y el postmodernismo requieren negar la idea de totalidad histórico-social
y la existencia de un ámbito primado en la confi guración
societal, actuando como eje de articulación de los demás.
El poder en el viejo empirismo sólo existe como autoridad,
en un sólo ámbito de relaciones sociales, por defi
nición, dispersas. En el postmodernismo, desde sus orígenes
post-estructuralistas, el poder sólo existe a la escala
de las micro-relaciones sociales y como fenómeno disperso
y fl uido. No tiene sentido, en consecuencia, para ninguna de tales
vertientes del debate, pensar en el cambio de algo llamable sociedad
en su conjunto y ubicar para eso sus ejes de articulación
o los factores de determinación que deben ser cambiados.
El cambio histórico sería estrictamente un asunto
individual, aunque fueran varios los individuos comprometidos,
en micro-relaciones sociales.
En esa confrontación entre
las ideas orgánicas y
sistémicas de totalidad, de un lado, y la negación
de toda idea de totalidad, del otro, pareciera pues tratarse de
opciones muy contrapuestas, incluso referidas a perspectivas epistémicas
no conciliables. Ambas tienen, sin embargo, un común linaje
eurocéntrico: para ambas posiciones el paradigma eurocéntrico
de totalidad es el único pensable. Dicho de otro modo, en
ambas subyace el supuesto nunca explicitado y discutido, ya que
nunca fue una cuestión, de que toda idea de totalidad implica
que el todo y las partes corresponden a una misma lógica
de existencia. Es decir, tienen una homogeneidad básica
que sustenta la consistencia y la continuidad de sus relaciones,
como en un organismo, o en una máquina, o en una entidad
sistémica. En esa perspectiva, la negación de la
necesidad de esa idea de totalidad en la producción del
conocimiento es extrema, pero no del todo arbitraria. Para nuestras
actuales necesidades de
conocimiento histórico-social, esa idea de totalidad implica
hoy distorsiones de la realidad tan graves como las desventajas
del viejo empirismo atomístico. Pero ¿qué pasa
si nos enfrentamos a totalidades que consisten en una articulación
de elementos históricamente heterogéneos, cuyas relaciones
son discontinuas, inconsistentes, conflictivas?.
La respuesta es que en la existencia societal las relaciones entre
el todo y las partes son reales, pero necesariamente muy distintas
de las que postula el eurocentrismo. Una totalidad histórico-social
es en un campo de relaciones sociales estructurado por la articulación
heterogénea y discontinua de diversos ámbitos de
existencia social, cada uno de ellos a su vez estructurado con
elementos históricamente heterogéneos, discontinuos
en el tiempo, confl ictivos. Eso quiere decir que las partes
en un campo de relaciones de poder societal no son sólo
partes. Lo son respecto del conjunto del campo, de la totalidad
que éste constituye. En consecuencia, se mueven en general
dentro de la orientación general del conjunto. Pero no lo
son en su relación separada con cada una de las otras. Y
sobre todo cada una de ellas es una unidad total en su propia confi
guración porque igualmente tiene una constitución
históricamente heterogénea. Cada elemento de
una totalidad histórica es una particularidad y, al mismo
tiempo, una especifi cidad, incluso, eventualmente, una singularidad. Todos
ellos se mueven dentro de la tendencia general del conjunto, pero
tienen o pueden tener una autonomía relativa y que puede
ser, o llegar a ser, eventualmente, confl ictiva con la del conjunto.
En ello reside también la moción del cambio histórico-social.
¿Significa eso que la idea
de totalidad no tiene allí lugar,
ni sentido?. Nada de eso. Lo que articula a heterogéneos
y discontinuos en una estructura histórico-social es un
eje común, por lo cual el todo tiende a moverse en general
de modo conjunto, actúa como una totalidad, pues. Pero esa
estructura no es, no puede ser, cerrada, como en cambio no puede
dejar de serlo una estructura orgánica o sistémica.
Por eso, a diferencia de éstas, si bien
ese conjunto tiende a moverse o a comportarse en una orientación
general, no puede hacerlo de manera unilineal, ni unidireccional,
ni unidimensional, porque están en acción múltiples,
heterogéneas e incluso confl ictivas pulsiones o lógicas
de movimiento. En especial, si se considera que son necesidades,
deseos, intenciones, opciones, decisiones y acciones humanas las
que están, constantemente, en juego.
En otros términos, los procesos históricos de cambio
no consisten, no pueden consistir, en la transformación
de una totalidad históricamente homogénea en otra
equivalente, sea gradual y continuamente, o por saltos y rupturas.
Si así fuera, el cambio implicaría la salida completa
del escenario histórico de una totalidad con todos sus componentes,
para que otra derivada de ella ocupe su lugar. Esa es la idea central,
necesaria, explícita en el evolucionismo gradual y unilineal,
o implicada en las variantes del estructuralismo y del funcionalismo
y, aunque algo en contra de su discurso formal, también
del materialismo histórico. Así no ocurre, sin embargo,
en la experiencia real, menos con el patrón de poder mundial
que se constituyó con América. El cambio afecta de
modo heterogéneo, discontinuo, a los componentes de un campo
histórico de relaciones sociales. Ese es, probablemente,
el signifi cado histórico, concreto, de lo que se postula
como contradicción en el movimiento histórico de
la existencia social.
La percepción de que un campo de relaciones sociales está constituído
de elementos homogéneos, continuos, aunque contradictorios
(en el sentido hegeliano), lleva a la visión de la historia
como una secuencia de cambios que consisten en la transformación
de un conjunto homogéneo y continuo en otro equivalente.
Y el debate sobre si eso ocurre gradual y linealmente o por “saltos,” y
que suele pasar como una confrontación epistemológica
entre el “positivismo” y la “dialéctica” es,
en consecuencia, meramente formal. No implica en realidad ninguna
ruptura epistemológica.
Puede verse así que lo que lleva a muchos a desprenderse
de toda idea de totalidad, es que las ideas sistémicas u
orgánicas acerca de ella han llegado a ser percibidas o
sentidas como una suerte de corset intelectual, porque fuerzan
a homogenizar la experiencia real y de ese modo a verla de modo
distorsionado. Eso no lleva a negar, desde luego, la existencia
posible o probada de totalidades orgánicas o sistémicas.
De hecho hay organismos. Y mecanos cuyas partes se corresponden
unas con otras de manera sistémica. Pero toda pretensión
de ver de esta manera las estructuras societales es necesariamente
distorsionante.
Desde una perspectiva organística o sistemística
de la totalidad histórico-social, toda pretensión
de manejo de totalidades histórico-sociales, en especial
cuando se trata de planifi car de ese modo el cambio, no puede
dejar de conducir a experiencias que han dado en llamarse, no por
acaso, totalitarias. Esto es, reproducen a escala histórica
el lecho de Procusto. Al mismo tiempo, sin embargo, puesto que
no es inevitable que toda idea de totalidadsea sistémica,
orgánica o mecánica, la simple negación de
toda idea de totalidad en el conocimiento histórico-social
no puede dejar de estar asociada a la negación de la realidad
del poder a escala societal. En realidad, desoculta el sesgo ideológico
que la vincula al poder vigente. |
[ Arriba ]
LA CUESTIÓN DE LA CLASIFICACIÓN SOCIAL
Desde los años
80, en medio de la crisis mundial del poder capitalista, se hizo
más pronunciada la derrota ya tendencialmente
visible de los regímenes del despotismo burocrático,
rival del capitalismo privado; de los procesos de democratización
de las sociedades y estados capitalistas de la “periferia”;
y también de los movimientos de los trabajadores orientados
a la destrucción del capitalismo. Ese contexto facilitó la
salida a luz de las corrientes, hasta ese momento más bien
subterráneas, que dentro del materialismo histórico
comenzaban a sentir cierto malestar con su concepción heredada
acerca de las clases sociales.11 El pronto resultado fue, como
ocurre con frecuencia, que el niño fue arrojado junto con
el agua sucia y las clases sociales se eclipsaron en el escenario
intelectual y político.
Es obvio que ese resultado fue parte de la derrota mundial de
los regímenes y movimientos que disputaban la hegemonía
mundial a los centros hegemónicos del capitalismo o se enfrentaban
al capitalismo. Y facilitó la imposición del discurso
neoliberalista del capitalismo como una suerte de sentido común
universal, que desde entonces hasta hace muy poco se hizo no sólo
dominante, sino virtualmente único.12 Es menos obvio, sin
embargo, si fue única o principalmente para poder pasarse
con comodidad al campo adversario, que muchos habituales de los
predios del materialismo histórico se despojaran, después
de la derrota, de una de sus armas predilectas. Aunque esa es la
acusación oída con más frecuencia, no es probable
que sea la mejor encaminada.
Es más probable que con la cuestión de las clases
sociales, entre los cultores o seguidores del materialismo histórico
hubiera estado ocurriendo algo equivalente que con las ideas orgánica
o sistémica acerca de la totalidad: las derrotas y sobre
todo las decepciones en su propio campo político (el “socialismo
realmente existente”) hacían cada vez más problemático
el uso productivo, en el campo del conocimiento sobre todo, de
la versión del materialismo histórico sobre las clases
sociales.
Esa versión había logrado convertir una categoría
histórica en una categoría estática, en los
aptos términos de E.P. Thompson, y en amplia medida ese
era el producto que, según la descripción de Parkin
a fi nes de los 70,13 se “fabricaba” y mercadeaba” en
muchas universidades de Europa y de Estados Unidos. Y puesto que
para una amplia mayoría, dicha versión era la única
legítimada como correcta, el respectivo concepto de clases
sociales comenzó a ser sentido también como un corset
intelectual.
Los esfuerzos para hacer más llevadero ese corset, si bien
no muy numerosos, ganaron amplia audiencia en los 70s. Piénsese,
por ejemplo, en la resonancia de la obra de Nicos Poulantzas, en
una vereda, o la de Erik Olin Wright en la de enfrente. Esfuerzos
de crítica mucho más fecunda, menos numerosos, con
menos audiencia inmediata, como la de E.P. Thompson, desafortunadamente
no llevaron hasta una entera propuesta alternativa.14
¿De dónde proceden las difi cultades con la teoría
de las clases sociales del materialismo histórico? El rastro
más nítido conduce a una historia con tres estancias
distintas. Primera, la constitución del materialismo histórico
a fi nes del siglo XIX, como un producto de la hibridación
marxo-positivista, en el tardío Engels y en los teóricos
de la Social-Democracia europea, alemana en especial, con amplias
y duraderas reverberaciones entre los socialistas
de todo el mundo. Segunda, la canonización de la versión
llamada marxismo-leninismo, impuesta por el despotismo burocrático
establecido bajo el estalinismo desde mediados de los años
20. Finalmente, la nueva hibridación de ese materialismo
histórico con el estructuralismo, francés especialmente,
después de la Segunda Guerra Mundial.15
El materialismo histórico,
respecto de la cuestión
de las clases sociales, así como en otras áreas,
respecto de la herencia teórica de Marx no es, exactamente,
una ruptura, sino una continuidad parcial y distorsionada. Ese
legado intelectual es reconocidamente heterogéneo y lo es
aún más su tramo final, producido, precisamente,
cuando Marx puso en cuestión los núcleos eurocentristas
de su pensamiento, desafortunadamente sin lograr encontrar una
resolución eficaz a los problemas epistémicos y
teóricos implicados. Admite, pues, heterogéneas lecturas.
Pero el materialismo histórico, sobre todo en su versión
marxismo-leninismo, pretendió, no sin éxito, hacerlo
pasar como una obra sistemáticamente homogénea e
imponer su propia lectura a fin de ser admitido como el único
legítimo heredero.
Es sabido que Marx dijo expresamente
que no era el descubridor de las clases sociales, ni de sus luchas,
pues antes lo habían
hecho los historiadores y economistas burgueses.16 Pero, aunque él,
curiosamente, no la menciona,17 no
hay duda alguna de que fue en la obra de Claude Henri de Saint-Simon
y de los saintsimonianos que fueron formulados por primera vez,
mucho antes de Marx, en el mero comienzo del siglo XIX, los elementos
básicos de
lo
que un siglo después será conocido como la teoría
de las clases sociales del materialismo histórico. En particular
en la famosa Exposition de la Doctrine, publicada en 1828
por la llamada izquierda saintsimoniana, de extendida
infl uencia en el debate social y polìtico durante buena
parte del siglo XIX. Vale la pena recordar uno de sus notables
tramos:
“La explotación del hombre por el hombre que habíamos
demostrado en el pasado bajo su forma más directa, la más
grosera, la esclavitud, se continúa en muy alto grado en
las relaciones entre propietarios y trabajadores, entre patronos
y asalariados; se está lejos, sin duda, de la condición
en que estas clases están colocadas hoy dia, a aquella en
que se encontraban en el pasado amos y esclavos, patricios y plebeyos,
siervos y señores. Pareciera inclusive, a primera vista,
que no podría hacerse entre ellas ninguna comparación.
No obstante, debe reconocerse que los unos no son más que
la prolongación de los otros. La relación del patrón
con el asalariado es la última transformaciòn que
ha sufrido la esclavitud. Si la explotación del hombre por
el hombre no tiene más ese carácter brutal que revestía
en la antigüedad; si ella no se ofrece más a nuestos
ojos sino bajo una forma suavizada, no es por eso menos real. El
obrero no es como el esclavo, una propiedad directa de su patrón;
su condición todo el tiempo precaria está fi jada
siempre por una transacción entre ellos: ¿pero esa
transacción es libre de parte del obrero? . No lo es, puesto
que está obligado a aceptar bajo pena de vida, reducido
como está a esperar su comida de cada día nada más
que de su trabajo de la víspera.”
El texto prosigue poco después diciendo que:
“las ventajas
de cada posición
social se transmiten hereditariamente; los Economistas han tenido
que constatar uno de los aspectos de este hecho, la herencia
de la miseria, al reconocer la existencia en la sociedad de una
clase de “proletarios.” Hoy
día, la masa entera de trabajadores es explotada por los
hombres cuya propiedad utilizan. Los jefes de industria sufren
ellos mismos esta explotación en sus relaciones con los
propietarios, pero en un grado incomparablemente más débil:
a su turno ellos participan de la explotación que recae
con todo su peso sobre la clase obrera, es decir sobre la inmensa
mayoría de los trabajadores” (traducción
de A.Q.) 18.
Las tensiones que origina la división en clases de la sociedad,
dicen los autores, sólo podrán saldarse con una revolución
inevitable que pondrá término a todas las formas
de la explotación del hombre por el hombre.
Es sin duda notable, y no puede ser negado, que en esos párrafos
esté ya contenido virtualmente todo el registro de ideas
que serán incorporadas a la teoría de las clases
sociales del materialismo histórico. Entre las principales:
(1) La idea de sociedad en tanto que una totalidad orgánica,
desde Saint-Simon eje ordenador de toda una perspectiva de conocimiento
históricosocial y de la cual el materialismo histórico
será la principal expresión. (2) El concepto mismo
de clases sociales, referido a franjas de población
homogenizadas por sus respectivos lugares y roles en las relaciones
de producción de la sociedad. (3) La explotación
del trabajo y el control de la propiedad de los recursos de producción
como el fundamento de la división de la sociedad en clases
sociales. En Marx formarán más tarde parte del concepto
de relaciones de producción. (4) La nomenclatura de las
clases sociales acuñada desde ese postulado, amos y esclavos,
patricios y plebeyos, señores y siervos, industriales y
obreros. (5) La perspectiva evolucionista, unidireccional, de la
historia como sucesión de tales sociedades de clase, que
en el materialismo histórico serán conocidas como “modos
de producción.” (6) La relación entre las clases
sociales y la revolución fi nal contra toda explotación,
no mucho después llamada revolución “socialista.”
No se agotan allí las notables coincidencias con el materialismo
histórico respecto de la cuestión de las clases sociales.
Para un texto escrito después de 300 años de historia
del capitalismo mundial eurocentrado y colonial/moderno, no puede
dejar de ser llamativa su ceguera absoluta respecto de: (1) la
coexistencia y la asociación, bajo el capitalismo, de todas
las formas de explotación/dominaciòn del trabajo;
(2) que en consecuencia, incluso reduciendo las clases sociales
solamente a las relaciones de explotación/ dominación
en torno del trabajo, en el mundo del capitalismo no existían
solamente las clases sociales de “industriales,” de
un lado, y la de “obreros”o “proletarios,” del
otro, sino también las de “esclavos,” “siervos,” y “plebeyos,” “campesinos
libres”; (3) sobre el hecho de que las relaciones de dominación
originadas en la experiencia colonial de “europeos” o “blancos” e “indios,” “negros,” “amarillos” y “mestizos,” implicaban
profundas relaciones de poder que, además, en aquel período
estaban tan estrechamente ligadas a las formas de explotación
del trabajo, que parecían “naturalmente” asociadas
entre sí; (4) que en consecuencia la relación capital-salario
no era el único eje de poder, ni siquiera en la economía;
(5) que habían otros ejes de poder que existían y
actuaban en ámbitos que no eran solamente económicos,
como la “raza,” el género y la edad; (6) que,
en consecuencia, la distribución del poder entre la población
de una sociedad no provenía exclusivamente de las relaciones
en torno del control del trabajo, ni se reducía a ellas.
El movimiento de la indagación de Marx sobre las clases
sociales, no fue probablemente ajeno al debate de los saintsimonianos.
Pero junto con sus similaridades, tiene también notables
diferencias que aquí apenas es pertinente señalar.
En primer término, Marx
se mantuvo, es verdad, hasta casi el fi nal de su trabajo dentro
de la misma perspectiva saintsimoniana, eurocéntrica, de
una secuencia histórica unilineal
y unidireccional de sociedades de clase. Sin embargo, como se sabe
bien ahora, al irse familiarizando con las investigaciones históricas
y con el debate político de los “populistas” rusos,
se dio cuenta de que esas unidireccionalidad y unilinearidad dejaban
fuera de la
historia otras decisivas experiencias históricas. Llegó así a
ser consciente del eurocentrismo de su perspectiva histórica.
Pero no llegó a dar el salto epistemológico correspondiente.
El materialismo histórico posterior eligió condenar
y omitir ese tramo de la indagación de Marx y se aferró dogmáticamente
a lo más eurocentrista de su herencia.19
Es cierto, por otra parte, como
todo el mundo advierte, que hay una distinción perceptible
entre su visión de las
relaciones de clase implicadas en su teoría sobre el Capital
y la que subyace a sus estudios históricos. El Capital en
esa teoría es una relación social específi
ca de producción, cuyos dos términos fundamentales
son los capitalistas y los obreros. Los primeros, son quienes controlan
esa relación. En esa calidad, son “funcionarios” del
Capital. Son los dominantes de esa relación. Pero lo hacen
en su propio, privado, beneficio.
En esa calidad, son explotadores de los obreros. Desde ese punto
de vista, ambos términos son las clases sociales fundamentales
del Capital.
De otro lado, sin embargo, y sobre
todo en su análisis
de la coyuntura francesa, especialmente en El 18 Brumario de
Luís Bonaparte, da cuenta de varias clases sociales
que, según las condiciones del confl icto político-social,
emergen, se consolidan o se retiran de escena: burguesía
comercial, burguesía industrial, proletariado, grandes terratenientes,
oligarquía financiera, pequeña-burguesía,
clase media, lumpen-proletariado, gran burocracia. Así mismo,
en Teorías de la Plusvalía, advierte que
Ricardo olvida enfatizar el
constante crecimiento de las clases medias.20
El materialismo histórico
posterior, en especial en su versión marxismoleninismo,
ha manejado esas diferencias en la indagación marxiana por
medio de tres propuestas. La primera es que las diferencias se
deben al nivel de abstracción,
teórico en El Capital e histórico-coyuntural
en El 18 Brumario. La segunda es que esas diferencias
son además transitorias, pues en el desenvolvimiento del
Capital la sociedad tenderá, de todosmModos, a
polarizarse en las dos clases sociales fundamentales.21 La
tercera es que la teoría de El Capital implica
que se trata de una relación social estructurada independientemente
de la voluntad y de la conciencia de las gentes y que, en consecuencia, éstas
se encuentran distribuídas en ella de manera necesaria e
inevitable, por una legalidad histórica que las sobrepasa.
En esa visión, las clases sociales son presentadas como
estructuras dadas por la naturaleza de la relación social;
sus ocupantes son portadores de sus determinaciones y por
lo tanto sus comportamientos deberían expresar dichas determinaciones
estructurales.22
La primera propuesta tiene confi rmación en las propias
palabras de Marx. Así, ya en el famoso e inconcluso Capítulo
sobre las Clases , del vol. III de El Capital, Marx sostiene
que “Los propietarios de simple fuerza de trabajo, los propietarios
de capital y los propietarios de tierras, cuyas respectivas fuentes
de ingresos son el salario, la ganancia y la renta del suelo, es
decir, los obreros asalariados, los capitalistas y los terratenientes,
forman las tres grandes clases de la sociedad moderna, basada en
el régimen capitalista de producción.” Sin
embargo, comprueba que ni siquiera en Inglaterra, no obstante ser
la más desarrollada y “clásica” de las
modernas sociedades capitalistas, “se presenta en toda su
pureza esta división de la sociedad en clases,” ya
que clases medias y estratos intermedios no dejan que sean nítidas
las líneas de separación entre las clases. Pero inmediatamente
advierte que eso será depurado por el desenvolvimiento de
la ley del desarrollo capitalista que lleva continuamente a la
polarización entre las clases fundamentales.23
Con El 18 Brumario, sin
embargo, ocurre un doble desplazamiento de problemática
y de perspectiva, que no se puede explicar solamente porque se
trate de un análisis histórico
coyuntural. En el movimiento de la refl exión marxiana,
están implícitas, de una parte, la idea de que en
la sociedad francesa de ese tiempo no existe sólo el salario,
sino varias y diversas otras formas de explotación del trabajo,
todos articulados al dominio del capital y en su benefi cio. De
algún modo, eso preludia la diferenciación entre
capital (relación entre capital y salario) y capitalismo
(relaciones heterogéneas entre capital y todas las demás
formas de trabajo), que confronta anticipadamente a la teoría
de la articulación de modos de producción, producida
más tarde por el materialismo histórico. De otra
parte, la idea según la cual las clases se forman, se desintegran
o se consolidan, parcial y temporalmente o de modo defi nido y
permanente, según el curso de las luchas concretas de las
gentes concretas disputando el control de cada ámbito del
poder. No son estructuras, ni categorías, anteriores a tales
conflictos.
Esa línea de refl exión de Marx también está presente
en El Capital, a pesar de todas sus conocidas ambiguedades.
Por eso, la tercera propuesta establece una diferencia básica
entre la perspectiva marxiana y la del materialismo histórico.
Mientras que en éste las clases sociales son ocupantes de
una suerte de nichos estructurales donde son ubicadas y distribuídas
las gentes por las relaciones de producción, en Marx se
trata de un proceso histórico concreto de clasificación
de las gentes. Esto es, un proceso de luchas en que unos logran
someter a otros en la disputa por el control del trabajo y de los
recursos de producción. En otros términos, las relaciones
de producción no son externas, ni anteriores, a las luchas
de las gentes, sino el resultado de las luchas entre las gentes
por el control del trabajo y de los recursos de producción,
de las victorias de los unos y de las derrotas de otros y como
resultado de las cuales se ubican y/o son ubicadas, o clasifi cadas.
Esa es, sin duda, la propuesta teórica implicada en el famoso
Capítulo sobre La Llamada Acumulación Originaria.24 De otro modo, la línea de análisis de El 18 Brumario
de Luís Bonaparte, no tendría sentido.
En la línea marxiana, en
consecuencia, las clases sociales no son estructuras, ni categorías,
sino relaciones históricas,
históricamente producidas y en ese específi co sentido
históricamente determinadas, aún cuando esa visión
está reducida a sólo uno de los ámbitos del
poder, el trabajo. En cambio en el materialismo histórico,
tal como lo señala E.P. Thompson, se prolonga la visión “estática,” es
decir ahistórica, que asigna a las clases sociales la calidad
de estructuras establecidas por relaciones de producción
que vienen a la
existencia por fuera de la subjetividad y de las acciones de las
gentes, es decir antes de toda historia.
El materialismo histórico
ha reconocido, después
de la Segunda Guerra Mundial, que en su visión evolucionista
y unidireccional de las clases sociales y de las sociedades de
clase, hay pendientes problemas complicados. En primer lugar por
la reiterada comprobación de que incluso en los “centros´,
algunas “clases pre-capitalistas,” el campesinado en
particular, no salían, ni parecían dispuestas a salir
de la escena histórica del “capitalismo,” mientras
otras, las clases medias, tendían a crecer conforme el capitalismo
se desarrollaba. En segundo lugar, porque no era sufi ciente la
visión dualista del pasaje entre “precapitalismo”y “capitalismo” respecto
de las experiencias del “Tercer Mundo,” donde confi
guraciones de poder muy complejas y heterogéneas no corresponden
a las secuencias y etapas esperadas en la teoría eurocéntrica
del capitalismo. Pero no logró encontrar una salida teórica
respaldada en la experiencia histórica y arribó apenas
a la propuesta de “articulación de modos de producción,” sin
abandonar la idea de la secuencia entre ellos. Es decir, tales “articulaciones” no
dejan de ser coyunturas de la transición entre los modos “precapitalistas”y
el “capitalismo.”25 En
otros términos, consisten
en la coexistencia — transitoria, por supuesto — del
pasado y del presente de su visión histórica!.
Al materialismo histórico
le es ajena y hostil la idea de que no se trata más de “modos
de producción” articulados,
sino del capitalismo como estructura mundial de poder dentro del
cual y a su servicio, se articulan todas las formas históricamente
conocidas de trabajo, de control y de explotación del trabajo.
Pero es así, a pesar de todo, como existe el poder capitalista
mundial, colonial/moderno. Y eso es, finalmente visble para todos
a la hora de la globalización. |
[ Arriba ]
¿EL CONCEPTO DE CLASE: DE LA “NATURALEZA” A
LA “SOCIEDAD”?
La idea de “clase”fue
introducida en los estudios sobre la “naturaleza” antes
que sobre la “sociedad.” Fue
el “naturalista” sueco Linneo el primero en usarla
en su famosa “clasificación” botánica
del siglo XVIII. El descubrió que era posible clasifi car
a las plantas según el número y la disposición
de los estambres de las flores, porque éstas tienden a
permanecer sin cambios en el curso de la evolución.26
No pareciera haber sido, y probablemente
no fue, básicamente
distinta la manera de conocer que llevó, primero a los historiadores
franceses del siglo XVIII, después a los saintsimonianos
de las primeras décadas del XIX, a diferenciar “clases” de
gentes en la población europea. Para Linneo las plantas
estaban allí, en el “reino vegetal,” dadas,
y a partir de algunas de sus características empíricamente
diferenciables, se podía “clasifi carlas.” Los
que estudiaban y debatían la sociedad de la Europa Centro-Nórdica
a fi nes del s.XVIII y a comienzos del XIX, aplicaron la misma
perspectiva a las gentes y encontraron que era posible “clasifi
carlas” también a partir de sus más constantes
características diferenciables, empíricamente, su
lugar en los pareados de riqueza y pobreza, mando y obediencia.
Fue un hallazgo saintsimoniano descubrir que la fuente principal
de esas diferencias estaba en el control del trabajo y sus productos
y de los recursos de la naturaleza empleados en el trabajo. Los
teóricos del materialismo histórico, desde fi nes
del siglo XIX,
no produjeron rupturas o mutaciones decisivas en esa perspectiva
de conocimiento.
Por supuesto, al transferir el
sustantivo clase del mundo
de la “naturaleza” al de la “sociedad,” era
indispensable asociarlo con un adjetivo que legitimara ese desplazamiento:
la clase deja de ser botánica y se muta en social.
Pero dicho desplazamiento fue básicamente semántico.
El nuevo adjetivo no podía ser capaz, por sí solo,
ni de cortar el cordón umbilical que ataba al recien nacido
concepto al vientre naturalista, ni de proporcionarle para su desarrollo
una atmósfera epistémica alternativa. En el pensamiento
eurocéntrico heredero de la Ilustración Continental, 27 la
sociedad era un organismo, un orden dado y cerrado. Y las clases
sociales fueron, pensadas como categorías ya dadas en la “sociedad,” como
ocurría con las clases de plantas en la “Naturaleza.”
Debe tenerse en cuenta, en relación con esas cuestiones,
que otros términos que tienen el mismo común origen
naturalista, estructura, procesos, organismo, en el eurocentrismo
pasan al conocimiento social con las mismas ataduras cognoscitivas
que el término clase. La obvia vinculación
entre la idea eurocéntrica de las clases sociales con las
ideas de estructura como un orden dado en la sociedad y de proceso
como algo que tiene lugar en una estructura, y de todas ellas con
las ideas organísticas y sistémicas de la idea de
totalidad, ilumina con claridad la persistencia en ellas de todas
las marcas cognoscitivas de su origen naturalista y a través
de ellas, de su duradera imprenta sobre la perspectiva eurocéntrica
en el conocimiento histórico-social.
No se podría entender, ni explicar, de otro modo, la idea
del materialismo histórico o de las sociólogos de
la “sociedad industrial,” según la cual las
gentes son “portadoras” de las determinaciones estructurales
de clase y deben en consecuencia actuar según ellas. Sus
deseos, preferencias, intenciones, voliciones, decisiones y acciones
son confi guradas según esas determinaciones y deben responder
a ellas.
El problema creado por la inevitable
distancia entre ese presupuesto y la subjetividad y la conducta
externa de las gentes así “clasifi
cadas,” sobre todo entre las “clases” dominadas,
encontró en el materialismo histórico una imposible
solución: era un problema de la conciencia y ésta
sólo podía ser o llevada a los explotados por los
intelectuales burgueses (Kautsky-Lenin) como el polen es llevado
a las plantas por las abejas. O irse elaborando y
desarrollando en una progresión orientada hacia una imposible “conciencia
posible” (Lukacs).28 |
[ Arriba ]
REDUCCIONISMO Y AHISTORICIDAD EN LA TEORIA EUROCENTRICA DE
LAS CLASES SOCIALES
La impronta naturalista, positivista y marxo-positivista de la
teoría eurocéntrica de las clases sociales, implica
también dos cuestiones cruciales: (1) En su origen la teoría
de las clases sociales está pensada exclusivamente sobre
la base de la experiencia europea, la cual a su vez está pensada,
por supuesto, según la perspectiva eurocéntrica,
es decir distorsionante. (2) Por esa misma razón, para los
saintsimonianos y para sus herederos del materialismo histórico,
las únicas diferencias que son percibidas entre los europeos
como realmente signifi cativas—una vez abolidas las jerarquías
nobiliarias por la Revolución Francesa—se refi eren
a la riqueza/pobreza y al mando/obediencia. Y esas diferencias
remiten, de un lado, al lugar y a los roles de las gentes respecto
del control del trabajo y de los recursos que en la naturaleza
sirven para trabajar, todo lo cual será a su tiempo nombrado
como “relaciones de producción.” De otro lado,
a los lugares y roles de las gentes en el control de la autoridad,
ergo, del Estado. Las otras diferencias que en la población
europea de los siglos XVIII y XIX estaban vinculadas a diferencias
de poder, principalmente sexo y edad, en esa perspectiva son “naturales,” es
decir hacen parte de la clasificación en la “naturaleza”.
En otros términos, la teoría eurocéntrica
sobre las clases sociales, y no solamente en el materialismo histórico
marxo-positivista, o entre los weberianos o en los descendientes
de ambos , sino en el propio Marx, es reduccionista: se refi ere única
y exclusivamente a uno sólo de los ámbitos del poder,
el control del trabajo y de sus recursos y productos. Y eso es
especialmente notable sobre todo en Marx y sus herederos, pues
no obstante que su propósito formal es estudiar, entender
y cambiar o destruir el poder en la sociedad, todas las otras instancias
de la existencia social donde se forman relaciones de poder entre
las gentes no son consideradas en absoluto o son consideradas sólo
como derivativas de las “relaciones de producción” y
determinadas por ellas.
Todo aquello significa que la
idea de clases sociales es elaborada en el pensamiento eurocéntrico,
entre fi nes del siglo XVIII y fi nes del XIX, cuando ya la percepción
de la totalidad desde Europa, por entonces el “centro” del
mundo capitalista, ya ha sido definitivamente organizada como
una dualidad histórica: Europa (y
en el caso, sobre todo Europa Central e Inglaterra) y No-Europa.Y
esa dualidad implicaba, además, que mucho de
todo lo que era No-Europa, aunque existía en el mismo escenario
temporal, en realidad correspondía al pasado de un tiempo
lineal cuyo punto de llegada era (es), obviamente, Europa.
En No-Europa existían en ese mismo momento, siglo XIX,
todas las formas no-salariales del trabajo. Pero desde el saintsimonismo
hasta hoy, en el eurocentrismo son el pasado “precapitalista” o “pre-industrial.” Es
decir, esas clases sociales son “precapitalistas” o
no existen. En No-Europa habían sido impuestas identidades “raciales” no-europeas
o “no-blancas.” Pero ellas, como la edad o el género
entre los “europeos,” corresponden a diferencias “naturales” de
poder entre “europeos”y “no-europeos.” En
Europa están en formación o ya están formadas
las instituciones “modernas” de autoridad: los “estados-nación
modernos” y sus respectivas “identidades.” En
No-Europa sólo son percibidas las tribus y las etnias, el
pasado “pre-moderno,” pues. Ellas serán reemplazadas
en algún futuro por Estados-Nación-como-en-Europa.
Europa es civilizada. No-Europa es primitiva. El sujeto racional
es Europeo. No-Europa es objeto de conocimiento. Como corresponde,
la ciencia que estudiría a los Europeos se llamará “Sociologìa.” La
que estudiaría a los No-Europeos se llamará “Etnografía.” |
[ Arriba ]
¿TEORIA DE LAS CLASES SOCIALES O TEORIA DE LA CLASIFICACION
SOCIAL?
A esta altura del debate no es,
pues, sufi ciente mantenerse en los conocidos parámetros,
porque eso no agota la cuestión,
ni resuelve los problemas planteados en el conocimiento y en la
acción. Limitarse a insistir que es necesario historizar
la cuestión de las clases sociales, es decir, referirla
a la historia concreta de gentes concretas, en lugar de mantener
una visión “estática” o ahistórica
de las clases sociales, o poner a Weber en lugar de Marx o
explorar sus entrecruzamientos viables como suele hacerse en la
sociología escolar, ya es inconducente. En cualquiera de
esas opciones y en todas juntas, se trata sólo de clasifi
car a las gentes por algunas de sus dadas características
diferenciales y no hay realmente nada fundamental que ganar si
son tales o cuales las características que se escogen, o
deben ser escogidas, para que la operación clasificatoria
resulte menos “ideológica” y más “objetiva.”
Con la clasificación de
los elementos de la “naturaleza” lo
que importaba era, como correspondía a la racionalidad cartesiana,
descubrir las “propiedades” que “definen,” es
decir distinguen y al mismo tiempo emparentan a determinados “objetos”entre
sí, o en otras palabras los distinguen individualmente y
muestran su género próximo y su diferencia específi
ca. Pero con la cuestión de las clases sociales, lo que
realmente está en juego y lo
estuvo desde el comienzo en el propósito de quienes introdujeron
la idea, es algo radicalmente distinto: la cuestión del
poder en la sociedad. Y el problema es que ninguna de aquellas
opciones, ni juntas, ni por separado, son aptas para permitir aprehender
e indagar la constitución histórica del poder y mucho
menos la del poder capitalista, mundial y colonial/moderno.
Por todo eso, es pertinente salir
de la eurocéntrica teoría
de las clases sociales y avanzar hacia una teoría histórica
de la clasificación social. El concepto de clasificación
social, en esta propuesta, se refi ere a los procesos de largo
plazo en los cuales las gentes disputan por el control de los ámbitos
básicos de existencia social y de cuyos resultados se confi
gura un patrón de distribución del poder centrado
en relaciones de explotación/dominación/confl icto
entre la población de una sociedad y en una historia determinadas.
Fue ya señalado que el poder, en este enfoque, es una malla
de relaciones de explotación/dominación/confl icto
que se confi guran entre las gentes en la disputa por el control
del trabajo, de la “naturaleza,” del sexo, de la subjetividad
y de la autoridad. Por lo tanto, el poder no se reduce a las “relaciones
de producción,” ni al “orden y autoridad,” separadas
o juntas. Y la clasificación social se refi ere a los lugares
y a los roles de las gentes en el control del trabajo, sus recursos
(incluídos los de la “naturaleza”) y sus productos;
del sexo y sus productos; de la subjetividad y de sus productos
(ante todo el imaginario y el conocimiento); y de la autoridad,
sus recursos y sus productos.
En ese sentido específico,
toda posible teoría de
la clasificación social de las gentes, requiere necesariamente
indagar por la historia, las condiciones y las determinaciones
de una dada distribución de relaciones de poder en una sociedad.
Porque es esa distribución del poder entre las gentes de
una sociedad lo que las clasifi ca socialmente, determina
sus recíprocas relaciones y genera sus diferencias sociales,
ya que sus características empíricamente observables
y diferenciables son resultados de esas relaciones de poder, sus
señales y sus huellas. Se puede partir de éstas para
un primer momento y un primer nivel de aprehensión de las
relaciones de poder, pero no tiene sentido hacer residir en ellas
la naturaleza de su lugar en la sociedad. Es decir, su clase
social. |
[ Arriba ]
HETEROGENEIDAD DE LA CLASIFICACIÓN SOCIAL
Desde América, en el capitalismo mundial, colonial/moderno,
las gentes se clasifi can y son clasifi cadas según tres
líneas diferentes, pero articuladas en una estructura global
común por la colonialidad del poder: trabajo, raza, género.
La edad no llega a ser insertada de modo equivalente en las relaciones
societales de poder, pero sí en determinados ámbitos
del poder. Y en torno de dos ejes centrales: el control de la producción
de recursos de sobrevivencia social y el control de la reproducción
biológica de la especie. El primero implica el control de
la fuerza de trabajo, de los recursos y productos del trabajo,
lo que incluye los recursos “naturales” y se institucionaliza
como “propiedad.” El segundo, implica el control del
sexo y de sus productos (placer y descendencia), en función
de la “propiedad.” La “raza” fue incorporada
en el capitalismo eurocentrado en funciòn de ambos ejes.
Y el control de la autoridad se organiza para garantizar las relaciones
de poder así confi guradas.
En esa perspectiva, las “clases sociales “resultantes
son heterogéneas, discontinuas, conflictivas. Y están
articuladas también de modo heterogéneo, discontinuo
y confl ictivo. La colonialidad del poder es el eje que las articula
en una estructura común de poder, como podrá ser
mostrado más adelante.
En tanto que todos los elementos que concurren a la constitución
de un patrón de poder son de origen, forma y carácter
discontinuos, heterogéneos, contradictorios y confl ictivos
en el espacio y en el tiempo, es decir cambian o pueden cambiar
en cada una de esas instancias en función de sus cambiantes
relaciones con cada uno de los otros, las relaciones de poder no
son, no pueden ser, una suerte de nichos estructurales pre-existentes
en donde las gentes son distribuídas, de los cuales asumen
tales o cuales características y se comportan o deben comportarse
acordemente.
El modo como las gentes llegan a ocupar total o parcialmente, transitoria
o establemente, un lugar y un papel respecto del control de las
instancias centrales del poder, es confl ictivo. Es decir, consiste
en una disputa, violenta o no, en derrotas y en victorias, en resistencias
y en avances y en retrocesos. Ocurre en términos individuales
y/o colectivos, con lealtades
y traiciones, persistencias y deserciones. Y puesto que toda estructura
de relaciones es una articulación de discontinuos, heterogéneos
y confl ictivos ámbitos y dimensiones, los lugares y los
papeles no necesariamente tienen o pueden tener las mismas ubicaciones
y relaciones en cada ámbito de la existencia social, o en
cada momento del respectivo espacio/tiempo. Esto es, las gentes
pueden tener, por ejemplo, un lugar y un papel respecto del control
del trabajo y otro diferente y hasta opuesto respecto del control
del sexo o de la subjetividad, o en las instituciones de autoridad.
Y no siempre los mismos en el curso del tiempo.
Desde ese punto de vista, la idea
eurocéntrica de que las
gentes que en un dado momento de un patrón de poder ocupan
ciertos lugares y ejercen ciertos roles, constituyan por esos sólos
factores una comunidad o un sujeto histórico, apunta en
una dirección históricamente inconducente. Semejante
idea sólo sería admisible si fuera posible admitir
también que tales gentes ocupan lugares y cumplen papeles
simétricamente consistentes entre sí en
cada una de las instancias centrales del poder.
La distribución de las
gentes en las relaciones de poder tiene, en consecuencia, el carácter
de procesos de clasificación, des-clasificación
y re-clasificación
social de una población, es decir de aquella articulada
dentro de un patrón societal de poder de larga duración
. No se trata aquí solamente del hecho de que las gentes
cambian y pueden cambiar su lugar y sus papeles en un patrón
de poder, sino de que tal patrón como tal está siempre
en cuestión, puesto que las gentes están disputando
todo el tiempo, y los recursos, razones y necesidades de esos confl
ictos nunca son los mismos en cada momento de una larga historia.
En otros términos, el poder está siempre en estado
de confl icto y en procesos de distribución y de redistribución.
Sus períodos históricos pueden ser distinguidos,
precisamente, en relación a tales procesos. |
[ Arriba ]
LA PRODUCCIÓN DEL SUJETO COLECTIVO
Dejo para otro trabajo el debate más detenido sobre la
cuestión del “sujeto histórico” que ha
sido puesto en la mesa por las corrientes postmodernistas. Por
el momento creo necesario indicar, apenas, primero mi escepticismo
respecto de la noción de “sujeto histórico” porque
remite, quizás inevitablemente, a la herencia hegeliana
no del todo “invertida” en el materialismo histórico.
Esto es, a una cierta mirada teleológica de la historia
y a un “sujeto” orgánico o sistémico
portador del movimiento respectivo, orientado en una dirección
ya determinada. Tal “sujeto” sólo puede existir,
en todo caso, no como histórico, sino, bien al contrario,
como metafísico.
De otro lado, sin embargo, la simple negaciòn de toda posibilidad
de subjetifi cación de un conjunto de gentes, de su constitución
como sujeto colectivo bajo ciertas condiciones y durante un cierto
tiempo, va directamente contra la experiencia histórica,
si no admite que lo que puede llamarse “sujeto,” no
sólo colectivo, sino inclusive individual, está siempre
constituído por elementos heterogéneos y discontinuos
y que llega a ser una unidad sólo cuando esos elementos
se articulan en torno de un eje específico, bajo condiciones
concretas, respecto de necesidades concretas y de modo transitorio.
De una propuesta alternativa al
eurocentrismo no se desprende, en consecuencia, que una población
afectada en un momento y una forma del proceso de clasificación
social, no llegue a tener los rasgos de un grupo real, de una comunidad
y de un sujeto social. Pero tales rasgos sólo se constituyen
como parte y resultado de una historia de confl ictos, de un patrón
de memoria asociado a esa historia y que es percibido como una
identidad y que produce una voluntad y una decisión de trenzar
las heterogéneas y discontinuas
experiencias particulares en una articulación subjetiva
colectiva, que se constituye en un elemento de las relaciones
reales materiales.
Las luchas colectivas de sectores
de trabajadores, que llegan a organizarse en sindicatos, en partidos
políticos; o las
de identidades llamadas “nacionales” y/o ´étnicas”;
de comunidades inclusive mucho más amplias que se agrupan
como identidades religiosas y que son perdurables por largos plazos,
son ejemplos históricos de tales procesos de subjetifi cación
de amplias y heterogéneas poblaciones, que son incluso discontinuos
en el tiempo y en el espacio.Y, muy notablemente, aquellas identidades
que han llegado a constituirse en los últimos 500 años,
precisamente, en torno de las “razas.”29
Sin embargo, no todos los procesos
de subjetificación
social o de constitución de sujetos colectivos, pueden ser
reconocidos como procesos de clasificación societal. Y en
algunos de los casos se trata restrictamente de un problema de
formación de identidades, de un proceso identitario que
no pone en cuestión para nada esas instancias de poder societal. Desde
nuestra perspectiva, sólo los procesos de subjetifi cación
cuyo sentido es el conflicto en torno de la explotación/dominación,
constituye un proceso de clasificación social.
En el capitalismo mundial, son la cuestión del trabajo,
de la “raza”y del “género,” las
tres instancias centrales respecto de las cuales se ordenan las
relaciones de explotación/dominación/confl icto.
Ergo, los procesos de clasificación social consistirán,
de todos modos, en procesos donde esas tres instancias se asocian
o se disocian respecto del complejo explotación/ dominación/confl
icto.. De las tres instancias, es el trabajo, esto es, la explotación/dominación,
lo que se ubica como el ámbito central y permanente. La
dominación hace posible la explotación y no se la
encuentra sino muy raramente actuando por separado. Las otras instancias
son, ante todo, instancias de dominación, ya que la explotación
sexual, específi camente, es discontinua. Esto es, mientras
que la relación de explotación/dominación
entre capital-trabajo es continua, el mismo tipo de relación
varón-mujer no ocurre en todos los casos, ni en todas las
circunstancias, no es, pues, continua. Así mismo, en la
relación entre “razas” se trata, ante todo,
de dominación. En fi n, la articulación entre instancias
de explotación y de dominación es heterogénea
y discontinua. Y por lo mismo, la clasificación social
como un proceso en el cual las tres instancias están asociadas/disociadas,
tiene también, necesariamente, esas características.
Una idea, que originalmente fue
propuesta con claro carácter
histórico por Marx, fue posteriormente mistifi cada en el
materialismo histórico: el interés de clase. En
la medida en que la idea de clase se hizo reduccionista y se ahistorizó,
el interés de clase en el capitalismo fue reducido a la
relación entre capital y salario. Los de los demás
trabajadores, fueron siempre vistos como secundarios y suceptibles
de ser subordinados a los de los asalariados obreros y en particular
de la llamada clase obrera industrial.30
¿Qué ocurre, sin embargo, si se asume, como es imperativo
hoy, que el capitalismo articula y explota a los trabajadores bajo
todas las formas de trabajo y que los mecanismos de dominación
usados para ese efecto, “raza,” “género,” son
usados diferenciadamente en ese heterogéneo universo de
trabajadores?. En primer término, el concepto de interés
de clase requiere ser también pensado en términos
de su heterogeneidad histórico-estructural. En seguida,
es necesario establecer, en cada momento y en cada contexto específi
co, el eje común de relación de explotación/dominaciòn/confl
icto entre todos los trabajadores, sometidos a todas las formas
de trabajo y a todas las formas de dominación, con el capital
y sus funcionarios.
Por esas razones, acerca de la
clasificación social o
procesos de subjetificación social frente a la explotación/dominación,
la cuestión central es la determinación de las condiciones
históricas específi cas respecto de las cuales es
posible percibir los modos, los niveles y los límites de
la asociación de las gentes implicadas en esas tres instancias
(trabajo, “género” y “raza”), en
un período y en un contexto específicos.
De todos modos, ningún
proceso de clasificación social, de subjectificación
de las gentes frente al capitalismo, podrá ser sufi cientemente
seguro para reproducirse y sostenerse por el perìodo necesario
para llevar a las víctimas
de la exlotación/dominación capitalista a su liberación,
si desde la perspectiva inmediata de las gentes concretas implicadas,
esas tres instancias son percibidas y manejadas de modo separado
o peor en confl icto. No por acaso,
mantener, acentuar y exasperar entre los explotados/dominados la
percepción de esas diferenciadas situaciones en relación
al trabajo, a la “raza”y al “género,” ha
sido y es un medio extremamente efi caz de los capitalistas para
mantener el control del poder.La colonialidad del poder ha tenido
en esta historia el papel central. |
[ Arriba ]
COLONIALIDAD DEL PODER Y
CLASIFICACIÓN
SOCIAL
En la historia conocida antes del capitalismo mundal, se puede
verficar que en las relaciones de poder, ciertos atributos de la
especie han jugado un papel principal en la clasificación
social de las gentes: sexo, edad y fuerza de trabajo son sin duda
los más antiguos. Desde América, se añadió el
fenotipo.
El sexo y la edad son atributos biológicos diferenciales,
aunque su lugar en las relaciones de explotación/dominación/confl
icto está asociado a la elaboración de dichos atributos
como categorías sociales. En cambio la fuerza de trabajo
y el fenotipo, no son atributos biológicos diferenciales.
El color de la piel, la forma y el color del cabello, de los ojos,
la forma y el tamaño de la nariz, etc., no tienen ninguna
consecuencia en la estructura biológica de la persona, y
ciertamente menos aún en sus capacidades históricas.
Y, del mismo modo, ser trabajador “manual” o “intelectual” no
tiene relación con la estructura biológica. En otros
términos, el papel que cada uno de esos elementos juega
en la clasificación social, esto es, en la distribución
del poder, no tiene nada que ver con la biología, ni con
la “naturaleza.” Tal papel es el resultado de las disputas
por el control de los ámbitos sociales. Por lo mismo, la “naturalización” de
las categorías sociales que dan cuenta del lugar de esos
elementos en el poder, es un desnudo producto histórico-social.
El hecho de que las categorías que identifi can lugares
y papeles en las relaciones de poder, tengan todas la pretensión
de ser simplemente nombres de fenómenos “naturales,” tengan
o no alguna referencia real en la “naturaleza,” es
una indicación muy efi caz de que el poder, todo poder,
requiere ese mecanismo subjetivo para su reproducción. Y
es interesante preguntarse porqué.
Mientras la producción social de la categoría “género” a
partir del sexo, es sin duda la más antigua en la historia
social, la producción de la categoría “raza” a
partir del fenotipo, es relativamente reciente y su plena incorporación
a la clasificación de las gentes en las relaciones de poder
tiene apenas 500 años, comienza con América y la
mundialización del patrón de poder capitalista.31
Las diferencias fenotípicas
entre vencedores y vencidos han sido usadas como justifi cación
de la producción
de la categorìa “raza,” aunque se trata, ante
todo, de una elaboración de las relaciones de dominación
como tales. La importancia y la signifi cación de la producción
de esta categorìa para el patrón mundial de poder
capitalista eurocéntrico y colonial/moderno, difícilmente
podría ser exagerada: la atribución de las nuevas
identidades sociales resultantes y su distribución en las
relaciones del poder mundial capitalista, se estableció y
se reprodujo como la forma básica de la clasificación
societal universal del capitalismo mundial, y como el fundamento
de las nuevas identidades geo-culturales y de sus relaciones de
poder en el mundo. Y, así mismo, llegó a ser el trasfondo
de la producción de las nuevas relaciones intersubjetivas
de dominación y de una perspectiva de conocimiento mundialmente
impuesta como la única racional.
La “racialización” de las relaciones de poder
entre las nuevas identidades sociales y geo-culturales, fue el
sustento y la referencia legitimatoria fundamental del carácter
eurocentrado del patrón de poder, material e intersubjetivo.
Es decir, de su colonialidad. Se convirtió, así,
en el más específi co de los elementos del patrón
mundial de poder capitalista eurocentrado y colonial/moderno y
pervadió cada una de las áreas de la existencia social
del patrón de poder mundial, eurocentrado, colonial/moderno.
Hace falta estudiar y establecer de modo sistemático (no
sistémico) las implicaciones de la colonialidad del poder
en el mundo capitalista. En los límites de este texto, me
restringiré a proponer un esquema de las principales cuestiones. |
[ Arriba ]
I. COLONIALIDAD DE LA CLASIFICACIÓN SOCIAL
UNIVERSAL DEL MUNDO CAPITALISTA
(1) Lo que comenzó con América fue mundialmente
impuesto. La población de todo el mundo fue clasifi cada,
ante todo, en identidades “raciales” y dividida entre
los dominantes/superiores “europeos” y los dominados/inferiores “no-europeos.”
(2) Las diferencias fenotípicas fueron usadas, defi nidas,
como expresión externa de las diferencias “raciales.” En
un primer período, principalmente el “color” de
la piel y del cabello y la forma y el color de los ojos. Más
tarde, en los siglos XIX y XX, también otros rasgos como
la forma de la cara, el tamaño del cráneo, la forma
y el tamaño de la nariz.
(3) El “color” de la piel fue defi nido como la marca “racial” diferencial
más signifi cativa, por más visible, entre los dominantes/superiores
o “europeos,” de un lado, y el conjunto de los dominados/inferiores “no-
europeos,” del otro lado.
(4) De ese modo, se adjudicó a los dominadores/superiores “europeos
el atributo de “raza blanca” y a todos los dominados/inferiores “no-europeos,” el
atributo de “razas de color.”32 La escalera de gradación
entre el “blanco” de la “raza blanca” y
cada uno de los otros “colores” de la piel, fue asumida
como una gradación entre lo superior y lo inferior en la
clasificación social “racial.” |
[ Arriba ]
II. COLONIALIDAD DE LA ARTICULACIÓN POLÍTICA
Y GEO-CULTURAL
(1) Los territorios y las organizaciones polìticas de base
territorial, colonizadas parcial o totalmente, o no colonizadas,
fueron clasifi cados en el patrón eurocentrado del capitalismo
colonial/moderno, precisamente, según el lugar que las “razas” y
sus respectivos “colores” tenían en cada caso.
Así se articuló el poder entre “Europa,” “América,” “Africa,” “Asia” y
mucho más tarde “Oceanía.” Eso facilitó la “naturalización” del
control eurocentrado de los territorios, de los recursos de producción
en la “naturaleza.”Y cada una de esas categorìas
impuestas desde el eurocentro del poder, ha terminado fi nalmente
admitida hasta hoy, para la mayoría, como expresiòn
de la “naturaleza” y de la geografía, no de
la historia del poder en el planeta.
(2) Los grupos dominantes de las “razas” no-”blancas,” fueron
sometidos a ser tributarios, es decir, intermediarios en la cadena
de transferencia de valor y de riquezas de la “periferia
colonial” al “eurocentro,” o asociados dependientes.
(3) Los estados-nación del centro se constituyeron teniendo
como contrapartida los estados-coloniales, primero y los estados-nacional
dependientes después. Como parte de esa relación,
los procesos de ciudadanización, de representaciòn
desigual pero real de los diversos sectores sociales, la retribución
en servicios públicos de la producciòn y de la tributaciòn
de los trabajadores (llamado Welfare State), no ha dejado de ser,
en definitiva, privilegio del centro, porque su costo se paga
en muy amplia medida por la explotación del trabajo del
la periferia colonial en condiciones no democráticas y no
nacionales, esto es como sobre-explotación.
(4) Debido a esas determinaciones, todas los países cuyas
poblaciones son en su mayoría víctimas de relaciones “racista/etnicistas”de
poder, no han logrado salir de la “periferia colonial” en
la disputa por el “desarrollo.” Y los paìses
que han llegado a incorporarse al “centro” o están
en camino hacia allí, son aquellos cuyas sociedades o no
tienen relaciones de colonialidad, porque, precisamente, no fueron
colonias europeas, o de modo muy corto y muy parcial ( Japón,
Taiwan, China), o donde las poblaciones colonizadas fueron en un
| |