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INTRODUCCIÓN
Es preciso Leer Proyección continental
del Brasil a la luz de los postulados de la Geografía. Política
—por lo menos de los que faciliten la comprensión de los
fenómenos geopolíticos estudiados en sus páginas—,
simplemente como casos particulares de leyes generales ya establecidas.
ha tendencia de los Estados a poseer varias salidas al mar, si es posible
a mares diferentes; la aspiración que tienen al dominio de la totalidad
de las cuencas hidrográficas y, por último, la tendencia
a. extender sus dominios hasta donde el tráfico sea capaz de -
llevarlos son los postulados esenciales para la comprensión del
complejo geopolítica sudamericano.
El encuadramiento de la masa continental por dos océanos diferentes,
al Este el Atlántico, al Oeste el Pacífico; la oposición,
impuesta por 'circunstancias decisivas, entre las dos mayores cuencas
hidrográficas del continente, amibas en la vertiente atlántica,
la del Amazonas al Norte y la del Plata al Sur: la existencia de países
mediterráneos —el caso de Bolivia y del Paraguay— precisamente
en la región en donde chocan aquellos antagonismos constituyen
los hechos que dan lugar a la eclosión de fenómenos geopolíticos
de la más extensa y profunda, repercusión continental.
Y es ineludible la situación del Brasil en ese complejo de fenómenos
por su extensión y su posición geográfica. Están
bajo su dominio las bocas y el curso inferior y medio del Amazonas, o
sea lo principal de todo ese gran río, del mismo modo que una gran
parte de los orígenes de la cuenca del Plata, cuya desembocadura
está bajo bandera argentina; cerca de dos tercios de la costa del
Atlántico sur le pertenecen, poseyendo los puertos mejor situados
en relación a las grandes mas de circulación marítima
y aérea.
La tendencia a poseer varias salidas
al mar impulsó al pequeño Estado de Brandeburgo a transformarse
en el Estado Prusiano y, más tarde, en el moderno Imperio Alemán.
Lo que orientó sus actividades políticas en el siglo XIX
fue, primero, el deseo de simple acceso al mar (Báltico) mediante
las adquisiciones territoriales, hasta la muerte del Gran Elector y de
Federico el Grande; después el de la salida a dos mares diferentes
(Báltico y mar del Norte) y las alianzas con Estados vecinos, que
permitiesen llegar a puertos de un mar fundamentalmente diferente de aquellos
otros dos (Mediterráneo).
Rusia no pudo conformarse con sus extensas costas en el mar Glacial Ártico
ni con sus salidas al Báltico y al mar Negro; siempre aspiró
a tener salidas libres al Pacífico, así como en las proximidades
del mar de Noruega y también en él océano Indico.
Las guerras balcánicas hallaron la mejor parte de sus estímulos
en la aspiración de poseer varias salidas al mar. Durante la Gran
Guerra, Bulgaria no aspiraba a otra cosa que a extender sus costas hasta
las bocas del Danubio y hasta el mar Egeo, más allá de Ka-vala.
La formación de la Gran Servia, en oposición a la Pequeña
Servia, anterior a la Guerra Mundial, significa la expansión hasta
las costas del Adriático.
La apertura de canales, ligando mares u océanos, también
responde a los imperativos de esas tendencias, como en Panamá,
Suez y Kiel.
Entre ellos sobresale el canal de Panamá, especie de resumen, de
síntesis, de los múltiples accesos a dos océanos
diferentes de que dispone Estados Unidos de Norteamérica, con la
posesión de sus vastísimas costas en el Atlántico
y en el Pacífico, bien articuladas con esos océanos y ricamente
servidas por vías transcontinentales.
Mientras el canal de Suez es esencialmente una empresa financiera y comercial,
un negocio de remuneración prevista, y el canal de Kiel representa
la solución de los problemas locales, ligados a circunstancias
particulares de la hidrografía de la costa alemana, el canal de
Panamá responde exclusivamente a necesidades políticas,
para las cuales no. basta la intercomunicación terrestre intensa,
entre el Atlántico y el Pacífico, a través del territorio
norteamericano.
Sin embargo, el fundamento de todos es la multiplicación de salidas
al mar, en dichos casos a mares diferentes.
En el cuadro de esos ejemplos no es difícil apreciar las consecuencias,
mediatas e inmediatas, del antagonismo entre el Atlántico y el
Pacífico; en cuanto a América del Sur, se debe considerar
especialmente el cinturón de los pequeños Estados del Pacífico
—apretados entre una estrecha faja de la costa y los profundos valles
andinos—, obligados, para comunicarse con los grandes centros de
la civilización moderna, a utilizar el canal de Panamá o
a dar la vuelta por el estrecho de Magallanes, con respecto a los dos
grandes Estados del Atlántico sur, el Brasil y la Argentina.
Son innumerables los ejemplos, en todo el mundo, de las orientaciones
políticas resultantes de la aspiración de los Estados al
dominio de la totalidad de las cuencas hidrográficas. Cualquier
potencia que disponga de una sección navegable de un río
tiende a extender su dominio hasta la desembocadura, del mismo modo que,
inversamente, cuando una potencia se apodera de la boca de un cauce tiende
a expandirse, remontando la corriente, en busca de los afluentes, inclusive
para adueñarse de las fuentes reguladoras de los ríos.
La gran preocupación de Rusia en Asia fue siempre extender su influencia
al curso superior del río Amur, así como incorporar a. su
dominio las cuencas de los más lejanos afluentes de todos los ríos
siberianos.
De la red hidrográfica de Asia, una parte se halla sometida al
dominio británico, como acontece con sus ríos meridionales,
cuyos afluentes son un objetivo de la expansión británica;
otra parte pertenece a China, como ocurre con los ríos que desaguan
en el Pacífico.
Sin embargo, desde que Inglaterra se instaló en la desembocadura
del Yang-Tse-Kiang, se tornó posible para la influencia británica
remontar las aguas y así ampliar su esfera de acción económica.
Si no fuera por la Guerra de los Boers y el posterior acuerdo anglogermano,
el valle del Yang-Tse-Kiang no se habría repartido entre las influencias
de ambos contratantes y habría quedado exclusivamente sometido
a la influencia británica. Con todo, Inglaterra no se limitó
a las restricciones del acuerdo, pues, con el camino a través del
Tíbet, consideró a la rica provincia china de Sze-Tchuem,
situada en el curso superior del Yang-Tse-Kiang, como una nueva base de
partida para extender su influencia, ahora aguas abajo.
En particular, en el Asia occidental es digna de mención la cuenca
del Éufrates y del Tigris, a la cual había llegado Alemania,
mediante el trazado del ferrocarril de Bagdad, par el curso medio de los
dos ríos, mientras Inglaterra instalaba en la zona de la desembocadura
los focos de su influencia política, conquistando la navegación
del curso inferior. Son bien conocidas las consecuencias de esos dos impulsos
políticos, orientados en sentido inverso, uno aguas abajo y otro
aguas arriba.
Del sistema hidrográfico del Congo participaron varias potencias;
Francia, después Portugal, en seguida Alemania, además de-Inglaterra,
que poseía, en parte, el curso superior de los afluentes-principales
del mismo, lo que explica la incertidumbre y la inseguridad del Estado
del Congo.
Tanto Inglaterra como Alemania trataron de penetrar en el territorio del
Alto Congo por medio de líneas férreas, partiendo de la
costa atlántica y prolongándolas a través de la colonia
portuguesa de Angola. Además de eso, Alemania insistía en
mejorar las comunicaciones de su dominio de Camerún con la región
del Congo, lanzándose para el Este, en la dirección general
del África Oriental alemana.
En torno del Nilo y del Níger se produjeron actividades políticas
semejantes, especialmente en cuanto al Nilo, las que se prolongaron, siendo
la principal fuente de discordias entre Inglaterra y Francia. A pesar
del dominio definitivo que Inglaterra obtuvo sobre el Nilo, después
de la expulsión de los franceses de la región de Fashoda,
tuvo que consolidarlo con la sumisión del Sudán, el dominio
del curso superior del famoso río, hasta el lago Victoria, y el
acceso de allí al océano Índico.
La participación económica de Alemania en el Danubio, como-vía
comercial, al mismo tiempo que ligó más a Austria a sus
objetivos políticos, condujo al Estado alemán a intervenir
intensamente en los sucesos balcánicos.
Inversamente, la posesión por Alemania de la desembocadura del
Vístula; aunque no la llevó a extender su dominio a toda
la cuenca de esa gran vía fluvial, por motivos de orden político
relacionados con el elemento polaco, la obligó a oponerse, por
una política vigilante, a la ambición rusopolaca de extender
su dominio desde el curso medio a toda la cuenca del Vístula.
La desembocadura del río Colorado en territorio mexicano, cuya
cuenca pertenece en su casi totalidad a Estados Unidos de 'Norteamérica,
gravita ciertamente en la actitud permanente de la política yanqui
con respecto a México.
En presencia de esos ejemplos, recogidos un poco de todas partes, es indiscutible
la complejidad de los problemas políticos originados en las vastas
y múltiples regiones hidrográficas de América del
Sur, que se manifiestan desde la época colonial y se mantienen
en estado latente después de la formación de los Estados
sudamericanos.
Son tales las circunstancias, y presentan tal gravedad, que hay quien
hace él pronóstico de profundas modificaciones en el mapa
político de la América del Sur, principalmente por el hecho
de que cada una de sus cuencas se encuentra bajo la bandera de más
de un Estado: la del Orinoco, repartida entre Venezuela y Colombia; la
del Amazonas, con su prodigiosa red de afluentes, entre Brasil, Colombia,
Ecuador, Perú y Bolivia; la del Uruguay, entre Brasil, Argentina
y Uruguay; la del Paraguay, entre Brasil, Bolivia, Paraguay y Argentina;
la del Paraná, entre Brasil, Paraguay y Argentina.
Sería largo para esta introducción citar aquí, aunque
sumariamente, los innumerables ejemplos que la historia humana nos ofrece
para confirmar la tendencia de los Estados a extender sus dominios hasta
donde el tráfico sea capaz de llevarlos, siempre en provecho de
sus propios intereses.
Las luchas por el dominio del Mediterráneo, las guerras de la Edad
Media, las campañas de Carlomagno para llevar su soberanía
de Atenas a la India, la ocupación de la península itálica
y de Sicilia, como consecuencia de la aparición de Roma y sus campañas
por la conquista de la península balcánica y, en general,
toda la historia de las invasiones de los tiempos antiguos proporcionaría
ejemplos de los más convincentes. Lo mismo sucedería en
los tiempos modernos, bajo la fórmula de una unidad nacional, de
que son pruebas la creación del Imperio Alemán, la unidad
de Italia, la aspiración a una Gran Grecia, a una Gran Bulgaria
y a una Gran Servia.
La Guerra Mundial es la consecuencia de estos esfuerzos por extender el
dominio en nombre de la unidad nacional, traducida por la coerción
política de bloques étnicos, del mismo modo que el tratado
de Versalles y la reacción igual y contraria a esa acción.
La postguerra se caracteriza por la recuperación del terreno perdido.
En el continente sudamericano las actividades políticas accionadas
por este último postulado constituyen pruebas de claridad meridiana.
El envío de expediciones y los esfuerzos en llevar sus límites
meridionales hasta las márgenes del Plata, en lo que respecta a
Brasil, son ejemplos por demás significativos.
Contemporáneamente, la magnífica expansión del Estado
argentino, que cada vez más consolida la irradiación incomparable
de su influencia, a la sombra de una misma lengua, de una misma religión
y de la continuidad territorial que inspiraron los antiguos virreinatos,
es más que un ejemplo, pues es una verdadera lección.
El Estado argentino, con el desarrollo de las comunicaciones, -demuestra
la más completa comprensión de su destino geopolítica
en presencia de los dos antagonismos existentes y en el cuadro de la masa
continental, principalmente porque, entre las formas de expansión,
se decidió por el fomento de las comunicaciones terrestres.
La expansión política por medio de las comunicaciones marítimas
llevaría al Estado argentino a una lucha inmediata con el Estado
brasileño; en tal caso, el litoral sur del Brasil es el que determinaría
los puntos de aplicación de las fuerzas expansionistas. La expansión
terrestre alejó esa posibilidad, al mismo tiempo que, por líneas
interiores, se manifiesta en la forma altamente simpática de solidaridad
continental.
La red ferroviaria argentina es la resultante de tres impulsos geopolíticos
de extrema valía, a saber: anhelos del Paraguay de poseer una salida
al mar y aspiración de Bolivia y de Chile por varias salidas al
mar; pero, sobre todo, la propia aspiración del dominio de la cuenca
del Plata, cuya desembocadura está bajo bandera argentina,, reforzada
por la tendencia a extender su influencia adonde ella pueda ser llevada
por el barco y por los rieles.
Así Buenos Aires ya se une directamente con Santiago, La Paz y
Asunción; el puente sobre el Uruguay, en Paso de los Libres, muy
en breve la ligará con la capital del Brasil; la unión de
las líneas argentinas, bolivianas y peruanas ya lleva la influencia
argentina hasta el Cuzco, el caballero del anfiteatro amazónico,
esbozándose de esta manera, por iniciativa del Estado argentino,
la segunda transcontinental sudamericana. En las proximidades de Cuzco
(Perú) se halla la cabecera del valle de Ucayali, el que podrá
ser unido fácilmente con el valle del Magdalena por los modernos
medios de transporte (del mismo modo que Lima ya se liga a Iquitos), a
su vez unido por el puerto de Cartagena con el mar de las Antillas, de
intenso tráfico por la influencia norteamericana.
Estados Unidos de Norteamérica,
el primero en materializar el sentido político de las líneas
transcontinentales, dispone de algunas líneas férreas que
unen las costas del Atlántico con las del Pacífico a través
de su propio territorio, y son conocidos sus proyectos de repetir la hazaña,
al menos una vez, por el territorio de los Estados de las, otras dos Américas.
El impulso de tales tentativas es el mismo que indujo a Rusia a llevar
a cabo la obra gigantesca del Transiberiano e inspiró el proyecto
que, atravesando la parte continental del continente asiático,-
abriría un eje de comunicaciones de Siria hasta las costas orientales
de la China, o los proyectos de Cecil Rhodes de una vía férrea
del Cabo a El Cairo, atravesando el continente africano en el sentido
de los meridianos, al lado de otras que encaran líneas transversales.
El Estado argentino tuvo la primacía de las transcontinentales
en la América del Sur con el Transandino; su red ferroviaria, con
la extensión hasta La Paz y de allí hacia el Cuzco, colabora
en los planes de la gran línea transcontinental americana.
Es preciso, pues, no perder de vista, en el complejo de los fenómenos
geopolíticos sudamericanos: - que para el Brasil asumen la más
alta importancia los problemas resultantes del antagonismo oceánico,
precisamente porque se proyectan a través de la oposición
hidrográfica de las cuencas del Amazonas y del Plata; — que
el Brasil es factor común en cuatro de los cinco casos geopolíticos
representados por las grandes cuencas sudamericanas que, al fin, se resumen
en el antagonismo entre él Amazonas y el Plata —bien definido
por la oposición de sus aguas, por los cuadros climatobotánicos
de las respectivas cuencas y por la latitud en que desembocan en el Atlántico—,
constituyendo dos compartimientos diferentes, por donde tienden a manifestarse
las fuerzas antagónicas oriundas del Pacífico y del Atlántico;
— que la amplitud de la influencia del Estado argentino, remontando
la cuenca del Plata por valles y crestas, repercutiendo ya más
allá de su propia órbita hidrográfica, tendiendo
a extender su dominio por donde el tráfico sea capaz de llevarlo,
se traduce, prácticamente, en un desequilibrio geopolítica
en favor del Plata, en la lucha multisecular entre la cuenca del Plata
y la del Amazonas.
Todo ello se puede deducir de la sumaria exposición de los principios
y de los hechos mencionados en esta Introducción, breve como los
capítulos que van a seguir, en cuya redacción predomina
el sentido de síntesis.
A la luz de los postulados que esta Introducción procura demostrar
con ejemplos, Proyección continental del Brasil puede considerarse
como un ensayo, en el que se hace el cálculo de los componentes
del inmenso sistema de fuerzas geopolíticas sudamericanas, para
concluir que el Brasil, por su extensión y su situación
geográfica, contiene indiscutiblemente la resultante política.
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PREFACIO
Leí y releí detenidamente
Aspectos geográficos sudamericanos. Con la mayor insistencia recomiendo
su estudio a nuestros hombres-de gobierno. En ese libro se tratan los
más graves problemas de la existencia y el desarrollo de las naciones
del continente, los asuntos mismos de la verdadera política, con
mayúscula.
Evidentemente, es prematuro trazar rumbos definitivos. El trabajo no trata
de hacerlo. Sólo investiga los factores; procura individualizarlos
en vista de lo que nos enseña la antropogeografía. Recordando
que el porvenir económico, político y social de las agrupaciones
humanas está como señalado por el relieve que los acontecimientos
geogénicos y los factores fisiográficos determinaron en
la superficie de los países que habitan, procuró Maño
Travassos aplicar a nuestro continente las lecciones de Ratzel, de Brunhes,
sus discípulos y émulos.
Enunciar la meta es expresar la complejidad y el arduo esfuerzo que exige
la solución del enigma. Por más difícil que sea,
es preciso hallar la solución, para bien del progreso y de la paz
de esta fracción del mundo, y, entretanto, para tarea, tan vasta
apenas algunos trazos están esbozados. Ni siquiera está
grabado el alfabeto que deberá ser empleado.
A pesar de ello, conviene leer este primer ensayo. Es una tentativa para,
poner método en el caos de nuestras iniciativas, tan desordenadas,
procurando analizar los problemas a resolver, definiéndolos, viendo
las reacciones recíprocas, las posibilidades presumibles, los factores
que pueden surgir, los cuadrantes en que pueden aparecer y los puntos
del horizonte en que son de esperar.
No es de desaliento la impresión. Es más de calma serena,
sin deseos débiles y malsanos de ansias por ilusiones optimistas,
quand méme.
Una primera lección se recoge de ese análisis; se otea el
campo de acción.
Si este siglo debe ser el siglo del Pacífico y el de la América
del Sur, es imprescindible sondear y definir las características
de los términos en presencia. En cuanto a la América del
Sur, son dignos de mención los dos océanos que la limitan,
la permeabilidad antropogeográfica del continente en sí,
las semejanzas y las oposiciones de sus zonas diversas, los imperialismos
varios que la acercan, los otros que le son intrínsecos, los remedios,
los errores a evitar y las formas propias de su desarrollo.
Es interesantísimo y acertado el cuadro que se trazó de
los antagonismos oceánicos y, correlativamente, el de los antagonismos
de las dos vertientes que definen la espina dorsal de los Andes. No menos
interesante es la descripción de los aspectos opuestos de la cuenca
del Plata y la del Amazonas. Muestra cómo el conjunto atlántico
tiende y tenderá naturalmente a sobrepasar, social y económicamente,
el borde del Pacífico y, a ese respecto, es digno de la mayor ponderación
lo que expresa sobre el influjo de los "nudos" y de los pasos
de la Cordillera.
Pone en evidencia, cuáles son las líneas de menor resistencia
u las posibles tentativas imperialistas, constituidas por el Mediterráneo,
que es el mar de los Caribes, y el golfo de México, condensador
de expansiones, por el predominio marítimo de las tierras que los
cercan. Vuelve luminosamente clavo el papel de pacificador, con poder
de coordinar y de suavizar conflictos, que puede corresponder al Brasil.
No deja de examinar, aunque sea superficialmente, el "punctum dolens"
del continente —Bolivia—, oprimida por su situación
angustiosa de país aislado, solicitado por tendencias externas
antagónicas. Esboza cómo el canal de Panamá puede
constituir en el noroeste de América del Sur una zona delicada
de cismas políticos. No deja de hacer ver cómo el Uruguay
sufre presiones análogas, entre las afinidades raciales con el
Brasil y las solicitaciones políticas de la Argentina.
En todos esos casos se tiene la intención de resolver todo en la
paz y en el progreso.
Y una segunda lección está en los remedios que prevé:
la unión para conocernos mejor.
Unión para la cual no debe haber exclusivismo de métodos,
so pena de que los gastos a enfrentar no sean compatibles con nuestros
recursos, por lo menos en un futuro próximo. Las realizaciones
deben ser rápidas, y, por lo tanto, no será posible recurrir
como medicina única a la construcción de ferrocarriles,
a causa de la lentitud de ella.
Es, pues, a los rieles, al barco, al avión y al hidroavión
que se recurrirá para' intensificar y apresurar esa política
de aproximación continental. Bien se ve la importancia y la gravedad
de los asuntos que contempla el presente estudio.
Es imposible resumir aquí todos los puntos tocados y las ideas
sugeridas. El capitán Mario Travassos, conocido oficial del Ejército,
tiene de quién heredar su capacidad, el patriotismo y la competencia
del tronco ancestral del que procede. Era necesario recordarlo aquí
para agradecerle el honor que -me concedió al pedir mi opinión
sobre su libro.
Léanlo los estudiosos y los que tienen responsabilidad de gobierno.
Como yo, al finalizar, lo reelerán.
En él todos los hombres de buena fe hallarán algo que aprender.
PANDIA CALOGERAS, Petrópolis, 1931
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]

PRIMERA PARTE
CAPITULO I
Dos Antagonismos en Presencia
Atlántico versus Pacífico.
- Plata versus Amazonas.
Cuando se consideran, en conjunto, los fenómenos
económicos y políticos que se realizan en pleno continente
sudamericano y en sus inmediaciones, debe admitirse 3a presencia de dos
antagonismos fundamentales en su extenso y variado territorio, como los
factores esenciales de las modalidades en que se manifiestan aquellos
mismos fenómenos.
Esos antagonismos, si de cierto modo separan, como todos los antagonismos,
pueden significar, conjugados, las verdaderas fuerzas creadoras de cuanto
pasa en- los dominios políticos de la actividad sudamericana. Esta
comprobación no hace sino confirmar una de las más decisivas
conclusiones de la ciencia geográfica moderna, según la
cual los antagonismos se revelan como fuerzas armonizadoras por excelencia
si se contemplan los aspectos antropogeográficos que encierran.
Y esto se torna tanto más real, cuanto más se desarrollan,
por una parte, las vías de comunicación y los medios de
transporte, y, por otra, la riqueza a circular.
Sólo las reacciones recíprocas de esos factores, acondicionados
a los antagonismos geográficos de nuestro continente, pueden determinar
un criterio seguro para orientar los espíritus al juzgar la importancia
de los acontecimientos actuales o al estimar las posibilidades de sus
desarrollos ulteriores.
Esos antagonismos se manifiestan interesando amplitudes distintas:
uno, abarcando todo el continente, tanto en sus causas como en sus efectos,
se traduce por la oposición de las dos vertientes continentales,
la del Atlántico y la del Pacífico.
otro, interesando directamente la vertiente atlántica, es la oposición
de los dos grandes cauces situados en ella, el del Amazonas y el del Plata,
y puede ser fácilmente comprobado a simple vista sobre una carta
geográfica de la América del Sur.
Atlántico versus Pacífico
En el primero de esos antagonismos, las cumbres
de los Andes dividen las aguas para los dos océanos específicamente
diferentes. Hacia el Oeste, para el Pacífico, "el mar solitario",
el océano de rutas de circulación regional, de las extensiones
sin fin, de las grandes profundidades de las Polinesias.
Hacia el Este, para el Atlántico, cuyas aguas son las más
frecuentadas del globo, en cuyas costas el "ecumeno" marítimo
se encuentra magníficamente definido y donde la "plataforma
continental" es de las más abundantes en peces.
Las vertientes correspondientes a cada uno de esos océanos, que
encuadran el territorio sudamericano, no logran sino llevar tierra adentro
la oposición del litoral con sus propias características.
En la vertiente occidental, la del Pacífico, no existen grandes
ríos; las tierras descienden bruscamente de elevadas cumbres y
altiplanos, y las aguas, como torrentes, prefieren el rumbo de los meridianos,
recorriendo los valles longitudinales andinos antes de abordar el litoral.
Al litoral, pobre de articulaciones (ensenadas, bahías, golfos,
etcétera), libre, en el rigor de la palabra, de "ecumeno"
marítimo, le corresponde un interior característicamente
montañoso, tanto por la altitud como por la producción minera,
imprimiendo rasgos y mentalidad estáticos a sus poblaciones.
En la vertiente oriental, de modo semejante, todo armoniza con el océano
que baña el litoral. Las tierras, y con ellas las aguas, se alargan
desde los confines mediterráneos hasta alcanzar, tranquilas, el
océano. Inmensos ríos navegables prolongan, tierra adentro,
todas las magnificencias atlánticas, vinculando en esta forma el
interior a las grandes rutas de circulación marítima. Le
corresponde una actividad agrícola y ganadera y espíritu
dinámico.
Si desde las cumbres de los Andes observamos las vertientes y los océanos
que las encuadran, no hay duda de que estamos frente a un antagonismo
bien manifiesto.
Amazonas versus Plata
Al analizar el segundo antagonismo, en forma no
menos evidente, se llega a su comprobación.
Si partimos del altiplano boliviano hacia el Este, sobre el divortíum
aquarum que emerge de los contrafuertes andinos y se extiende por el altiplano
central brasileño, repartiendo las aguas entre la cuenca amazónica
y la del Plata hasta fundirse en la barrera orográfica que, a su
vez, reparte aguas entre esas cuencas y las de San Francisco y Paranahyba,
comprobaremos una nueva oposición.
Al Norte, el Amazonas; al Sur, el Plata.
Sus más lejanos afluentes se oponen sistemáticamente. El
mayor caudal del uno corre en dirección general del Norte; las
aguas del otro, al Sur. En corto trecho concuerda el curso inferior de
sus caudales en la dirección general, al Este. Aun así lo
hacen después de recorrer regiones de diferente clima y producción:
el Amazonas, recibiendo en su largo curso afluentes repartidos al norte
y al sur del Ecuador; el Plata, en su menor desarrollo, encauzando toda
una extensa cuenca homogeneizada por el trópico meridional; mientras
el Amazonas desemboca en el océano en la extremidad nordeste del
litoral de la gran vertiente, a la altura del Ecuador y frente a la ruta
de circulación marítima más importante del Atlántico
Sur, el Plata lo hace mucho más al sur del Capricornio, frente
a rutas secundarias de circulación marítima.
Como se puede deducir desde ya, además de las complicaciones peculiares
a las circunstancias que lo definen, ese antagonismo agrava el creado
por la divisoria andina; por eso es que las reacciones de la vertiente
atlántica sobre la del Pacífico se van a producir a través
de dos cuencas también antagónicas. Es por esas cuencas
que la vertiente del Pacífico procura neutralizar sus insuficiencias,
o sean las insuficiencias de su litoral (ausencia de "ecumeno")
y del océano que lo baña (circulación regional).
Mediante esas dos formidables válvulas de seguridad, en contacto
directo con la civilización europea, es que la vertiente pací-tica
escapa a influencias extrañas que sus valles longitudinales Pueden
atraer y canalizar.
De estas causas surgen los otros dos aspectos capitales, que se pueden
traducir en la rivalidad de tráfico de las dos grandes cuencas,
verdaderos compartimientos de la vertiente atlántica, hasta-más
allá de las cumbres andinas.
Es lo que nos va a demostrar al efectuar una ojeada sobre la política
de comunicaciones en la cuenca del Plata y sobre las posibilidades de
tráfico del Amazonas.
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CAPITULO II
Política de Comunicaciones
Proyección internacional
de la red ferroviaria argentina. - Repercusión directa sobre la
vertiente del Pacífico e indirecta sobre la cuenca amazónica,
La red de comunicaciones de las naciones del Plata
es una de las más expresivas demostraciones de cuánto vale
el hombre como factor geográfico de primera calidad. Al mismo tiempo,
prueba de un modo perfecto, la elasticidad de la geografía política
como cúpula de la antropogeografía, la gama de sus variaciones,
desde la más racional de las hipótesis hasta el más
absurdo de los hechos.
Aspectos como el de esa red de comunicaciones no dejan dudas de que la
geografía política no es, en verdad, sino otra geografía
cualquiera animada por el hombre. Quédase convenido una vez más
de que, sin el hombre como factor geográfico, toda la geografía
se convierte en un cuerpo sin alma.
Es que el sentido político, en toda la amplitud de sus acepciones,
es el alma de las realidades geográficas, para las cuales la actuación
del hombre es todo.
En el caso particular de la red de comunicaciones, esa actuación
se muestra por demás interesante, puesto que las vías se
van a concentrar en el propio corazón de uno de los países
de la cuenca del Plata, en Buenos Aires, la distribuidora en la orilla
misma de -dicho río, al margen del Atlántico. Y cuanto está
realizado, honra sobremanera a la Nación Argentina, por la grandeza
y el alcance de la obra efectuada, no obstante la magnitud de la contribución
extranjera.
En efecto, el cuadro político argentino es, en nuestro continente,
un ejemplo notable de lo que mejor se admite, desde el punto de vista
doctrinario, sobre el asunto.
No le falta ni extensión ni equilibrio. Traduce exactamente la
acción coordinadora sobre los factores geográficos y humanos
acondicionados por la Nación Argentina. Define con precisión
las tendencias, las necesidades y posibilidades del pueblo argentino,
en sí y en relación con los demás.
De cualquiera de sus modalidades políticas se pueden deducir, fácil
y espontáneamente, las directivas de su política nacional.
En conjunto, sus actividades constituyen un verdadero sistema de fuerzas,
según las aspiraciones de la propia nación y para la cual
la política del Estado argentino es la resultante lógica.
Proyección ferroviaria argentina
Todo ello se comprende y siente cuando se tiene
conocimiento del carácter expansionista de la política de
comunicaciones del Plata. El estado de las comunicaciones —dado
el carácter económico de las sociedades modernas—
es significativo como una indicación segura sobre los rumbos y
la estabilidad de determinado sentido político.
El esquicio que materializa el esfuerzo ferroviario del Plata da, por
sí mismo, una idea del volumen económico y político
de dicha red de comunicaciones. No sólo deja sentir, en toda su
expresión, el carácter concéntrico del sistema, sino
que indica, desde luego, el grado de su repercusión sobre las redes
circunvecinas.
Como se ve, Buenos Aires está ligada directamente por ferrocarril
con las capitales de tres países limítrofes: con Asunción,
completándolo con la vía fluvial, la que asegura, también,
el enlace (Concordia-Salto) entre las redes argentina y uruguaya; con
Santiago (y Valparaíso), por medio de la vía férrea
de montaña que vincula la riqueza andina con el Atlántico;
con La Paz, por la unión en Tupiza de la vía argentina con
las líneas bolivianas, después de recorrer sus rieles, hasta
La Quiaca, 1.795 kilómetros.
En cuanto al carácter concéntrico del sistema, es evidente
su importancia si consideramos ciertas particularidades. De un lado, las
vías navegables nada perdieron. No hay competencia sino cooperación.
Además de eso, el servicio portuario y las condiciones técnicas
de la navegabilidad fluvial se desarrollan cada día más
y el Estado argentino mantiene el dragado permanente de los ríos
navegables. Por otro lado, está el juego de los transportes, mediante
esos dos medios de comunicación o por las transversales, que permiten
volcar los transportes de una ruta de comunicaciones a otra, lo que se
puede fácilmente apreciar en una carta ferroviaria argentina.
En cuanto a la repercusión del sistema sobre las redes circunvecinas,
es un aspecto que merece atención especial. Si en las uniones Buenos
Aires - Santiago y Buenos Aires - Asunción esa repercusión
no sobrepasa los límites de sus naturales consecuencias, en cambio,
en la unión Buenos Aires - La Paz, adquiere reflejos capaces de
repercutir hasta en la economía continental.
Repercusión sobre el Pacífico y
la Amazonia
Volviendo a consultar el esquicio, se puede, en
un rápido análisis, apreciar la importancia politicoeconómica
de los reflejos de carácter continental resultantes de la unión
Buenos Aires - La Paz.
Si se valoran todos los factores, se llega a la conclusión de que
esos reflejos se manifiestan de dos modos diferentes, presentándose
en dos fases, por así decir, opuestas, pero que se complementan.
En primer lugar, está la multiplicación de los contactos
con el Pacífico. La unión con el puerto de Valparaíso
es, puede decirse, multiplicada por la unión con los puertos de
Antofagasta, Mejillones, Arica (chilenos) y de Moliendo (peruano). A pesar
del carácter indirecto de estas uniones, no hay que negar su repercusión
continental.
Basta considerar el significado político de los ferrocarriles que
de Antofagasta y Arica van a La Paz (Guerra del Pacífico), las
condiciones de vida más o menos artificiales de aquellos puertos
(ausencia de "ecumeno" marítimo), el "aislamiento"
de las aguas que los sirven y las consecuencias actuales y futuras del
canal de Panamá sobre el tráfico marítimo del Pacífico.
Según sean las circunstancias, esas vías férreas
podrán encontrar una finalidad del todo opuesta a aquella que inspiró
su construcción, tomándose en verdaderas bombas aspirantes,
transportando a la altiplanicie la riqueza de los valles longitudinales
de la vertiente occidental andina. La vía Buenos Aires - La Paz
hará el resto.
Resalta, después, el significado de la unión Buenos Aires
- La Paz, aumentado aún más por su prolongación hasta
el Cuzco. Sus rieles representan, frente mismo a las cabeceras de los
valles del Mamoré, Bení y Madre de Dios (Amazonia), una
decisiva barrera económica, verdadera caja recolectora en favor
del Plata.
Es evidente que cualquier pronóstico que se quiera hacer con respecto
a la proyección politicoeconómica de la unión Buenos
Aires - La Paz, choca con cuestiones difíciles de contrabalancear.
Entre ellas están las enormes distancias unidas por vía
simple, de troncha angosta, muchas veces de escaso rendimiento, reducido,
además, por la cremallera y por las malas condiciones meteorológicas
locales. De Buenos Aires a Antofagasta hay 2.701 km; a Arica, 3.020; a
Moliendo (inclusive la travesía del lago Titicaca), 3.433 km. Son
realmente cifras casi astronómicas. Problemas de tarifas, cuestiones
de transbordo, en fin, costo de los transportes.
Pero es cierto que imperativos económicos se encargarán
de allanar muchas de esas dificultades mediante convenios (comercio mutuo)
y recursos técnicos, aumentando el rendimiento de esas vías,
como ya se comienza a realizar.
De cuanto queda dicho se puede llegar a la conclusión, con cierta
seguridad, del papel de la unión ferroviaria Buenos Aires-La Paz
como factor de homogeneidad frente a los antagonismos geográficos
sudamericanos, ya sea el de sus vertientes o el de las cuencas capitales
de la vertiente atlántica. Sube al altiplano boliviano y une los
rieles que rompen las faldas andinas, en un esfuerzo neutralizante de
buena parte de los aspectos de aquellos antagonismos, pero en provecho
del Plata.
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]

CAPITULO III
Capacidad de Reacción de la Amazonia
El altiplano boliviano y las comunicaciones de
Amazonia. Los pasos andinos.
Como acabamos de ver, entre los aspectos
más importantes del esfuerzo ferroviario de las naciones del Plata
es notable el volumen económico y político de la unión
Buenos Aires - La Paz.
. En primer lugar, dicha unión, aunque indirectamente, multiplica
los contactos de la vertiente atlántica con el Pacífico-
Lo que el transandino, por el paso de Uspallata, hace con Valparaíso,
la unión Buenos Aires - La Paz, si consideramos que ella se prolonga
hasta Cuzco, opera en relación a los puertos chilenos de Antofagasta,
Mejillones y Arica y al puerto peruano de Moliendo. En seguida está
el papel que sus rieles representan, frente a las cabeceras de los valles
de la cuenca del Madera, como barrera económica, verdadera caja
recolectara, en el altiplano, en favor del Plata, como ya se ha mencionado.
Considerando la repulsión geográfica entre las cuencas del
Plata y del Amazonas, se puede apreciar lo que significa la política
de comunicaciones del Plata como neutralización de la mala posición
relativa del Plata, y como provecho a sacar de las incipiencias del Amazonas.
El altiplano boliviano y la Amazonia
Analicemos ahora las comunicaciones del altiplano boliviano, sí
como las posibilidades de reacción de las comunicaciones de la
cuenca amazónica sobre la política ferroviaria del Plata.
Nos parece ser éste un asunto por demás palpitante, dada
la-creciente importancia económica del altiplano boliviano y la
repercusión continental de la política de comunicaciones
del Plata.
La llave del problema se halla en el llamado triángulo económico
Cochabamba - Santa Cruz de la Sierra - Sucre, verdadero símbolo
de la riqueza boliviana.
Ese triángulo tiene la particularidad, debido a su posición,
de ofrecer la base (Cochabamba - Santa Cruz), a las posibilidades de navegación
que el Madera, a su vez, ofrece a la vertiente nordeste y este del altiplano.
Por otro lado, esa base está representada en el terreno por la
excelente carretera que une Santa Cruz de la Sierra con Cocha-bamba, lo
que aumenta en mucho el valor de su posición.
Pero es preciso no olvidar que si Santa Cruz tiene enlace por la cuenca
del río Grande, el más importante afluente del Mamoré,
Cochabamba es solicitada directamente por la red ferroviaria del Plata
y no deja de sufrir la influencia marítima de Arica, como consecuencia
del propio sistema ferroviario de la región.
Se torna así más que evidente la importancia actual de Cocha-bamba
como principal vértice del citado triángulo económico
del altiplano boliviano, esto es, como centro de atracción de todo
el potencial de la región interesada por ese mismo triángulo.
En su favor cuenta no sólo con su posición central sino,
y sobre todo, con las comunicaciones que concentra.
La inversión de esos valores, entretanto, es de muy posible realización
si tenemos en cuenta la importancia económica de la vertiente oriental
del altiplano y la capacidad de atracción del Madeira - Mamoré.
En cuanto a la importancia económica de esta vertiente, Santa Cruz
la representa bien por ser el principal centro productor de toda la inmensa
zona de que venimos tratando. Praderas y rebaños sin fin, caucho
y trigo, son características suficientes para la calificación
económica de esa zona.
La capacidad de atracción del Madeira, ya francamente manifestada
por la construcción del camino La Paz - Yungas, según nos
consta, en vías de conclusión, espera sólo la unión
ferroviaria Santa Cruz - Cuatro Hoyos (200 km, de los cuales 100- km ya
abiertos en carretera), o mejor, Santa Cruz - Guajará Mirim, para
que se haga sin interrupción el tránsito ferroviario de
Santa Cruz hasta Puerto Viejo, donde los rieles entregan a las vías
fluviales la carga que ellos transportan.
De lo expuesto resulta que sólo se trata de desplazar el centro
de atracción de la región de Cochabamba a Santa Cruz, inclusive,
porque la atracción ejercida por Cochabamba es, por así
decir, artificial, producto de las facilidades de comunicaciones de que
disfruta; en cambio, Santa Cruz representa realmente el verdadero centro
de gravedad de la economía del altiplano.
El camino La Paz - Yungas es un precioso esfuerzo, aunque todavía
secundario, que los bolivianos realizan para escapar a la red ferroviaria
del Plata, llevando por el Beni, y hacia las aguas del Amazonas, la mayor
y mejor parte de la riqueza de la vertiente nordeste del altiplano. Queda
aún por realizar el esfuerzo principal: el de completar la posibilidad
que ofrece el Madeira-Mamoré haciendo aproximar, en cualquier forma,
las puntas de sus rieles a la región de Santa Cruz de la Sierra,
aun duplicando la vía fluvial.
Esas son las grandes líneas del problema. En presencia de ellas
se tiene que reconocer la facilidad de navegación del Amazonas
en esa región, en contraste con el carácter artificial de
la atracción ferroviaria del Plata. Dicha razón es suficiente
para que se reconozca a las comunicaciones del Amazonas como capaces de
ser un contrapeso al sometimiento actual del altiplano boliviano a las
comunicaciones del Plata.
Los pasos andinos
Si, además de ello, se hace un estudio de la cordillera de los
Andes desde el punto de vista de la permeabilidad de sus cumbres, aumenta
de valor el Amazonas como vía de transporte.
Nada más difícil, en presencia de la interdependencia económica
de los Estados modernos, que establecer líneas divisorias. Día
a. día, cuanto más aumentan los recursos industriales a
disposición del hombre, menos valor van teniendo las líneas
divisorias, aunque sean las más caracterizadas en el terreno.
Ya se trate de fronteras políticas o no, o se pretenda simplemente
circunscribir zonas en que se registran ciertos fenómenos, por
todas partes se produce la misma caducidad de los viejos preconceptos
de límites. Y cuanto más se manifiestan los efectos de la
pluralidad de las comunicaciones, menos incisivas se tornan las líneas
divisorias de cualquier clase.
Los ríos, en algún tiempo considerados como los mejores
arbitrios para delimitar fronteras, constituyen decisivos ejemplos de
ese fenómeno. Los cursos de agua, que siempre fueron un obstáculo
ilusorio desde el punto de vista militar, económicamente se muestran
hasta como vinculadores de ambas márgenes que les corresponden.
Los grandes valles son verdaderas rutas de compartimientos económicos.
Esa es una verdad que hoy nadie puede discutir.
En la destrucción de las líneas divisorias o, mejor dicho,
de los antiguos conceptos sobre dichas líneas, solamente las divisorias
de agua parecían resistir.
En verdad, la línea de crestas de las divisorias que reparten aguas,
separa las vertientes y, con ello, la producción y la riqueza.
Si se consideran ciertos movimientos compensadores de una vertiente sobre
la otra, se puede comprobar la poca solidez de las líneas divisorias
para delimitar fronteras y fijar así espacios geográficos.
Tratándose de ríos, las reacciones entre las márgenes
no alteran su papel de unión de las mismas. Si se trata de crestas
divisorias, movimientos de aquella naturaleza pueden modificar profundamente
su función disociadora.
Las reacciones en provecho de la vertiente mejor dotada se producen a
través de los pasos y otros accidentes de menor resistencia de
la altiplanicie divisoria, tal como se produce la búsqueda de equilibrio
de los líquidos en vasos comunicantes. Y es así como, aunque
tratándose de elevadas divisorias, pueden ellos asumir un papel
funcional vinculatorio. La medida de esa vinculación se presenta
del todo aleatoria y por demás variable si se la compara con el
caso fluvial.
De esa extraña hidrostática politicoeconómica, la
Cordillera de los Andes, con el marcado antagonismo de sus vertientes,
nos da una valiosa muestra.
En la vertiente atlántica, largas y vastas cuencas hidrográficas,
inmensos ríos navegables hasta en los confines mediterráneos,
litoral fuertemente articulado, bordeado por una extensa y rica plataforma
continental y costas de condensación próximas a importantes
rutas de comunicación marítima.
En la vertiente del Pacífico, litoral muchas veces inhospitalario
y excéntrico a las grandes vías de comunicación marítima;
interior sistemáticamente montañoso, atrayente por el clima
y la producción. Comunicaciones longitudinales, paralelas a las
crestas de las grandes masas integrantes de la Cordillera.
En resumen: en la vertiente atlántica, una inmensa superficie de
contacto con los más importantes centros de la civilización
mundial, vías de penetración naturales extendiéndose
del océano a las propias faldas andinas, mentalidad agrícola,
tendencias dinámicas; en la vertiente pacífica, aislamiento
marítimo relativo, producción y comunicaciones que reúnen
características montañosas, mentalidad minera, tendencias
estáticas.
Recapitulamos el formidable antagonismo demarcado por las cumbres de los
Andes, porque de la manera de ser de la oposición-entre las vertientes
andinas se puede determinar la influencia decisiva de la vertiente atlántica
sobre la pacífica y la suerte de succión económica
que el sistema hidrográfico de aquélla, accionada como se
encuentra por las corrientes de transportes marítimos más-importantes
del globo, ha de ejercer sobre ésta.
El grado en que se manifestará esa influencia puede variar según
tres causas principales:
— La mayor o menor posibilidad de llevar, por las líneas
naturales de comunicación, los medios de transporte necesarios.
— La mayor o menor practicabilidad de los pasos en las líneas
de las cumbres.
— Por último, la mayor o menor tendencia a la abundancia,
llevando al nivel de esos pasos la riqueza, a transbordarse de una vertiente
a otra.
De la acción conjunta de esos factores va a depender el grado de
elasticidad del formidable divortium acquarum
de los Andes, en provecho de la economía de la principal
vertiente de la gran masa continental sudamericana.
Al examinar la Cordillera de los Andes en sus grandes líneas, se
comprueba que las vías de transfusión entre sus vertientes
se hallan, sea en las regiones de los pasos,
sea en la de los nudos, formas topológicas
éstas que señalan los centros de dispersión oro-gráfica
de las varias secciones de la gran Cordillera.
Los pasos, como su nombre mismo lo expresa,
indican los pasajes, por así decir naturales, de una vertiente
a otra. Los más importantes son: el de Uspallata (Chile-Argentina)
y el de Santa Rosa: (Chile -Bolivia).
Los nudos, como centros de dispersión
de las aguas en relación a las varias ramificaciones de los sistemas
de montaña que, de vez en cuando, en ellos se unen, presentándose
en la forma aproximada de altiplanos en torno de un alto pico, significan
líneas de menor resistencia, en lo que constituye la formidable
muralla divisoria. Traducen por esa causa, aunque de modo indirecto, la
permeabilidad transversal de la Cordillera.
Se notan el de Pasto (Colombia), Loja (Ecuador) y Pasco y Cuzco (Perú).
Con respecto al papel funcional de los pasos, una carta de la América
del Sur lo dice elocuentemente. El de Uspallata da paso al Transandino.
El de Santa Rosa, limitado en su parte más alta por los lagos Titicaca
y Poopó, da acceso a las líneas férreas que, del
trecho costero Antofagasta - Moliendo, suben al altiplano boliviano.
El papel funcional de los "nudos" está se puede decir,
aún por ser revelado. Retardan su surgimiento las presiones ejercidas
sobre sus flancos, por la mayor facilidad de las comunicaciones y una
mayor necesidad de circulación de la riqueza. Al Norte tenemos
el territorio colombiano, canalizado por la cuenca del Magdalena hacia
las aguas del Atlántico, además de la atracción naturalmente
ejercida por el canal de Panamá. Al Sur, el escurrí-miento
verdaderamente espontáneo asegurado por el altiplano boliviano
que se abre francamente a las vías esenciales de la vertiente atlántica.
Finalmente, la capacidad de los transportes, todavía de reducido
valor, en Amazonia y la incipiencia económica de las regiones interesadas
por los "nudos".
A pesar de todo esto, no hay dudas sobre la importancia funcional de los
"nudos" en el complejo engranaje de la economía del continente.
La posición de ellos es de las más notables en el opulento
anfiteatro de Amazonia. Y no les faltan vías de acceso al Atlántico,
aunque todavía están por desarrollarse.
Desde el punto de vista de las comunicaciones, ellos se hallan muy bien
situados. Los de Pasto y de Loja miran a los valles del Putumayo y del
Marañón; el de Pasco, a la propia cuenca del Marañón
y los valles del Purús y del Jurúa; el de Cuzco prolonga
el de Pasco en la dirección general de la cuenca del Madeira.
Conocidas las influencias actuales de las comunicaciones del Plata sobre
el altiplano boliviano, las notables posibilidades de navegabilidad del
Madeira y su cuenca y considerada la tendencia del Nordeste brasileño
a servir a aquel altiplano, resulta evidente que los nudos de Pasco y
Cuzco, éste directamente, aquél indirectamente, se asocian
al papel funcional del paso de Santa Rosa. En cuanto a los de Loja y Pasto,
permanecerán neutralizados por las influencias poderosas del canal
de Panamá, hasta que la congestión de esa vía artificial
y el despertar de los transportes en los valles amazónicos que
enfrentan esos nudos rompan, solicitados por el desarrollo de la riqueza
en las regiones comprendidas por esas formas topológicas, el equilibrio
en favor de la vertiente atlántica.
Pasos y nudos —aquéllos ya revelados, éstos todavía
en la incipiencia de segura promesa geográfica— significan,
en conjunto, sorprendentes consecuencias de orden político como
también económico para el continente sudamericano.
Cuando las posibilidades de transporte del Amazonas se aprovechen en su
pleno rendimiento, juntamente con los pasos andinos, excluyendo sólo
el paso de Uspallata, las bocas del Amazonas esparcirán en el Atlántico
una gran parte de la riqueza del centro y de la vertiente occidental del
continente. Y no debe olvidarse el papel acelerador que las corrientes
inmigratorias de los nipones podrán asumir, si prefieren, merced
a su insuperable capacidad realizadora, crear caminos más directos
para sus núcleos en territorio brasileño.
Así es como, con la materia de esos tres capítulos, quedan
sentadas las partes esenciales del gran montaje geográfico en el
cual se está desarrollando toda la política y la economía
sudamericanas, inclusive .ciertas actividades inquietantes, como pasamos
a ver.
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SEGUNDA PARTE
CAPITULO IV
Casos de Inestabilidad Geográfica
En torno de los territorios boliviano y colombiano.
- Caso uruguayo. Nada ofrece
mayores motivos generadores de inquietud polínica que la inestabilidad
geográfica, esto es, la oscilación de ciertos territorios
entre determinadas características que los circundan.
Territorios así oscilantes son verdaderos focos de perturbaciones
políticas, causas de disensiones o, por lo menos, de preocupaciones
serias, a fin de evitar posibles conflictos internacionales.
En nuestro continente hay algunos casos de inestabilidad geográfica
dignos de tenerse en cuenta. Uno de ellos, el de Bolivia, es muy conocido.
Otro, que se desarrolla en el extremo noroeste del continente, recién
comienza a interesar. Además, está el caso uruguayo, comprobado
plenamente por la historia.
Territorios boliviano y colombiano
El caso de Bolivia surgió como consecuencia de la Guerra del Pacifico.
Después de todas las discusiones en torno a su triste situación
de país mediterráneo, quedaron en evidencia las verdaderas
causas de su inestabilidad. De un lado su vinculación geológica
a la estructura andina y, del otro, su oscilación delante de las
cuencas que desgastan sus flancos: la amazónica y la del Plata.
En efecto, la situación de Bolivia es hoy de las más delicadas.
Ligada geológicamente a la Cordillera de los Andes, sufre directamente
los efectos de las discordancias entre Chile y Perú. Influida por
las cuencas amazónica y la del Plata oscila, inestable, entre la
Argentina y el Brasil. Como la verdadera amputada de la Guerra del Pacífico
y ante la indiferencia brasileña, tuvo que someterse, sin derecho
a elegir, a la influencia argentina.
De los múltiples aspectos de Bolivia mediterránea, esta
última es de los más importantes.
La intensificación del tráfico para llevar al Atlántico,
por el Plata, la producción boliviana; el alargamiento de las vías
férreas argentinas en busca de los rieles bolivianos en un esfuerzo
por duplicar la línea fluvial; las vías transversales que
procuran establecer la unión entre las vías fluviales y
férrea y, finalmente, todo lo realizado por la Argentina para lograr
su influencia sobre Bolivia ha costado muchos esfuerzos, principalmente
el empleo de grandes capitales que urge defender.
Por otro lado, Bolivia no se conforma con un puerto de mar en el Atlántico:
quiere una salida marítima al Pacífico. Entretanto, sintiendo
cuánto le cuesta la protección argentina, apela al Brasil,
deseando un puerto en comunicación más directa con un altiplano
central (Santos o San Francisco).
De todo este examen se puede fijar de un modo categórico el sentido
político de Bolivia como el centro geográfico del continente
y la causa eventual de conflicto armado, cuya proporción podrá
hasta asumir el carácter de una verdadera conflagración.
El otro caso, el del extremo noroeste del continente, comenzó a
revelarse con la apertura del canal de Panamá.
Se trata de la región comprendida por los territorios de Ecuador,
Colombia y Venezuela, a la que, desde el punto de vista geológico,
ciertos autores determinan por un triángulo cuyos vértices
se apoyan en el golfo de Guayaquil, en el de Darien y en la isla de Trinidad.
No se puede negar el interés que esa región siempre despertó
desde el punto de vista histórico. Tanto la colonización
como las campañas de la independencia, puede decirse que partieron
de ella, en lo que concierne a los hispanoamericanos. Basta citar a Bolívar
y su ejército para que todo sea dicho.
Su importancia se acrecienta en la actualidad debido a nuevos impulsos.
Las influencias políticas, los intereses económicos que
se anidan en el mar de las Antillas y el foco de atracción que
el canal de Panamá representa son, por sí solos, capaces
de motivar, suficientemente, la inestabilidad geográfica de esa
extremidad continental, erigiendo allí, como en el centro del mismo
continente, otro caso de fragilidad política.
Esa inestabilidad se caracteriza cada día más a medida que
el mar de las Antillas se va saturando de influencias extrañas
que tienden a agrandar su campo de acción.
Aunque la posibilidad de la apertura de un nuevo canal en Nicaragua pueda
servir como una derivación, no parece que, aun así, se modificara
el grave carácter de los aspectos políticos que se vienen
mostrando en torno de la inestabilidad geográfica del -extremo
noroeste del continente.
Esta inestabilidad geográfica es fácil de comprobar. Basta
examinar con cuidado una carta geográfica de la América
del Sur, a la luz de ciertos principios de la moderna geografía,
para que el fenómeno surja en toda su plenitud.
Con la carta a la vista, se comprueba de inmediato que en el conjunto
de la región actúan, simultánea e íntimamente,
dos influencias marítimas diferentes, si no opuestas: la del Pacífico
y la del Atlántico.
Si bien es cierto que allí la costa del Pacífico pierde
un poco -de su proverbial aridez, articulándose mejor con el océano,
como lo demuestran el golfo de Guayaquil y la bahía de Chocó,
no por eso sus características desaparecen, principalmente si se
consideran las influencias del canal de Panamá.
Lo mismo ocurre con la costa atlántica, dado que allí se
reúne todo el esfuerzo de su dinámica fluvial. Los cursos
de agua casi alcanzan la vertiente opuesta; así el curso del Atrato,
que llegó a ser la gran sugestión para la construcción
del canal interoceánico, por las posibilidades que ofrece como
elemento de unión entre los dos océanos; la longitud penetrante
del Magdalena y del Cauca; la repercusión de sus ríos caudalosos,
expresada por la navegabilidad del Orinoco y la concordancia del Putumayo
con el Amazonas, vías fluviales navegables de las más extensas;
todos esos aspectos son simples modalidades de aquella misma e inconmensurable
región.
Como es natural, las direcciones excéntricas de tal hidrografía
corresponden a una necesaria dispersión orográfica. Aquellos
inmensos valles se unen con las últimas ramificaciones de la cordillera
andina. Es como si al alcanzar el alto Ecuador los Andes explotasen hacia
todos los rumbos del cuadrante nordeste.
El altiplano del Ecuador es el gran centro de dispersión de aguas
en todo ese cuadrante, al mismo tiempo que la articulación de toda
esa región geográfica al sistema andino.
Así como el territorio boliviano, se encadena a la estructura andina
y oscila entre las atracciones del Amazonas y del Plata, el agrupamiento
colombiano, unido a la cordillera por el nudo de Pasto, oscila entre las
atracciones de los dos océanos; del lado del Pacífico, la
bahía de Panamá en que desagua el canal; del lado del Atlántico,
las tres formidables antenas que son el Magdalena, el Orinoco y el Amazonas.
Remontan a estos valles el clima y la producción de la vertiente
atlántica que va a tomar contacto con la producción minera
del centro de dispersión, de carácter andino.
En esa región geográfica se hallan las características
andinas y atlánticas en todas sus contradicciones, siendo ellas
de todas clases: geológicas, económicas y políticas.
Diséñase así un verdadero mosaico de las circunstancias
geográficas sudamericanas, especie de miniatura del suelo y subsuelo
continentales.
Todo está reunido en un espacio tan pequeño que se torna
casi inconsistente desde el punto de vista político, en el que,
además, esa región en nada se parece al conjunto de la masa
continental.
La inestabilidad geográfica del territorio boliviano no ofrece-consecuencias
sino continentales; en cambio, la del extremo noroeste del continente
sobrepasa sin duda aquellos límites.
La vinculación andina del territorio de Bolivia, frente al desentendimiento
entre Perú y Chile, produce inconvenientes solamente para Bolivia,
convertida prácticamente en mediterránea. Hacia el lado
de la Cordillera existe sólo un punto de fricción de poca
importancia para los demás: un puerto para Bolivia.
La oscilación entre las fuerzas politicoeconómicas, que
las cuencas del Plata y del Amazonas representan, puede producir un verdadero
motivo de aprensiones internacionales más serias. Esas cuencas
significan intereses de toda suerte, ligados a las dos más' importantes
naciones del continente que, si todo las une, no por eso están
del todo libres de posibles estremecimientos provenientes del altiplano
central del continente.
Y allí no está todo el peligro, pues si esas naciones se
estremecieran, ello tendría inmediata repercusión sobre
las demás. De allí el carácter continental que podrá
resultar de la inestabilidad geográfica de Bolivia.
La inestabilidad geográfica del extremo noroeste del continente,
en cambio, precisamente porque se halla en una de las extremidades de
la masa continental, se presenta como una presa fácil a influencias
extracontinentales.
Y todo esto es más real, cuanto que la extremidad de que se trata
es contigua a uno de los focos más intensos de influencias extrañas
de los que existen en el continente sudamericano.
El canal de Panamá —verdadera encrucijada internacional—
y el mar de las Antillas —incubadora de la influencia yanqui—
resumen bien» el carácter de las presiones que se ejercen
en esa extremidad del continente sudamericano. Las líneas naturales
de penetración, constituidas por los valles del Magdalena y del
Orinoco, dicen el resto.
El caso uruguayo
Es de los casos de inestabilidad más interesantes de la geografía
sudamericana. Es una consecuencia de la situación en que el régimen
orográfico y el geológico dejan al territorio uruguayo con
respecto a los territorios brasileño y argentino que lo encuadran.
Ese régimen establece un verdadero dualismo geográfico para
dicho territorio, en determinadas circunstancias uniéndolo al territorio
brasileño y en otras dejándolo libre a las influencias argentinas.
Estudiando ese caso .con la minuciosidad necesaria, se llega a la conclusión
de que el dualismo geográfico que se verifica en el territorio
uruguayo se manifiesta desde el punto de vista fisiográfico en
lo que se refiere al Brasil, y desde el punto de vista político
en lo que se refiere a la Argentina, tal como concluye el geógrafo
norteamericano Kirkpatrick en un magnífico trabajo South America
and the War.
En efecto, de un lado estas formaciones arcaicas y paleozoicas,, vinculando
el territorio uruguayo a las últimas ramificaciones del macizo
brasileño; del otro, los terrenos cuaternarios que lo relacionan
con el territorio argentino.
La vinculación uruguayo-brasileña se manifiesta por la producción
y la población, absolutamente idénticas, donde los rasgos
territoriales se asemejan. El gaucho, allí con su modo peculiar,
viviendo en la superficie, presenta la misma identidad que el subsuelo.
La vinculación uruguayo-argentina se efectúa de otro modo.
El Plata sirve de ruta para la circunvolución de las atracciones:
su estuario es el polo irresistible. Como si no fuera suficiente Buenos
Aires frente a Colonia fundóse La Plata, casi a media distancia
entre Buenos Aires y Montevideo.
Con el Brasil, los lazos sentimentales son mantenidos por la analogía
de los intereses ganaderos y agrícolas.
Con la Argentina, existe algo de mayor importancia: grandes intereses
comerciales y militares creados y homogeneizados por el Plata y su estuario.
Si frente a la necesidad de ver claro en tales circunstancias se reúnen
los resultados del estudio de algunos hechos históricos y geográficos
sobre el asunto, y también si se observan acontecimientos en cierto
modo recientes, llégase a admitir que la línea del río
Negro puede servir para demarcar con la necesaria precisión las
zonas de influencia de ambos fenómenos.
Si es exacto que la influencia política de la Argentina se revela
de un modo muy generalizado, como bien se puede notar por la unidad de
trocha uruguayo-argentina, y por los contactos de las dos redes ferroviarias
(Salto -Paysandú), no hay duda de que esa influencia se hace más
perceptible desde Martín García hacia la boca del Plata.
Dos fenómenos expresan bien esa mayor influencia. Uno es la fundación
de La Plata y sus íntimas relaciones con Colonia, representadas
por el tráfico de rápidos barcos que hacen de Colonia casi
un suburbio de La Plata. El otro es el proyecto de la vía férrea
transversal a las vías uruguayas que de la frontera brasileña
convergen sobre Montevideo. Esa vía pretende ligar Colonia y Artigas
(Río Branco), por Treinta y Tres, en algunos trechos ya construida
o en construcción.
La orientación general de esa vía férrea, destinada
a materializar la ruta de la influencia política argentina, inclusive
por el "enroque" de los transportes entre las líneas
de la red uruguaya, es la del gran valle del río Negro. No hay
duda de que la transversal Colonia - Río Branco va a suplir la
navegación limitada del río Negro que, en caso contrario,
sería el verdadero agente de aquella influencia.
El puente sobre el Yaguarón es el primer jalón destinado
a señalar una nueva jornada para la política sudamericana
en la extremidad sudeste continental.
Al mismo tiempo que el futuro dará mayor amplitud a la influencia
política del Plata, traerá al territorio uruguayo otras
influencias, provenientes de la barra del río Grande, al menos
por las vías terrestres que, cada día más, van surcando
el territorio brasileño con rumbo al Sur.
Los ramales Basilio - Yaguarón y Río Branco - Treinta y
Tres son los dos jalones siguientes de la nueva jornada.
El puente sobre el Yaguarón es como un golpe de "jiu-jitsu":
juega con la propia expansión del Plata, exagerando, inopinadamente,
su alcance. El contragolpe es poner el territorio uruguayo al sur del
río Negro, también al alcance de otras influencias políticas
que no sean las argentinas.
Pese a ciertas semejanzas fisiográficas y geológicas que,
en la balanza del dualismo geográfico uruguayo, siempre lo hizo
oscilante entre el Brasil y la Argentina, haciendo predominar el carácter
político en la vinculación uruguayo-argentina, nuevos aspectos
de carácter neutralizante van a surgir, con los cuales el Uruguay
sólo tenderá a lucrar.
Después de algunas oscilaciones, tal vez hasta tumultuarias, la
balanza de los intereses llegará al deseado equilibrio, tan necesario
a la paz sudamericana.
Sólo se requiere que los constructores del puente sobre el Yaguarón
tengan la previsión de todo ese juego de actividades políticas.
Tal vez sea conveniente prever el contrapeso capaz, por su naturaleza,
de asegurar a la empresa toda la grandeza que comporta y que a muchos
podrá escapar.
La transversal Colonia - Treinta y Tres - Río Branco correrá
paralela al valle del río Negro, cuyo significado es bien conocido.
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CAPITULO V
Santa Cruz de la Sierra
El triángulo simbólico
del altiplano boliviano- - Santa Cruz solicitada hacia todos los rumbos
del cuadrante.
Las circunstancias geográficas del altiplano
boliviano expresan bien toda la inquietud política que gira alrededor
del territorio de Bolivia.
Como algunos autores lo han hecho notar, las solicitudes que cercan el
territorio boliviano son de tal carácter que llegan a crear para
Bolivia una inestabilidad política verdaderamente amenazadora para
la paz sudamericana.
En efecto, vinculada al territorio del Pacífico por la naturaleza
andina de la parte occidental de su territorio, es, en su parte central
y oriental, violentamente disociada por la repulsión de las cuencas
del Plaza y del Amazonas.
Es evidente el apremio político que caracteriza la vida de la nación
boliviana, obligada a dirigir su vista hacia el Occidente, como la amputada
de la Guerra del Pacífico, mientras otros disputan los valores
económicos de su soberbio territorio perfectamente determinado
por el triángulo Sucre - Cochabamba - Santa Cruz de la Sierra.
En la fiel expresión de esa miniatura, debe hacerse resaltar a
Santa Cruz de la Sierra, por ser precisamente la región en que
tienden a manifestarse todas las fuerzas disociadoras de Bolivia mediterránea;
en dicha región esas fuerzas encuentran su verdadero punto de aplicación.
El triángulo
simbólico del altiplano boliviano
Santa Cruz, con su altura de 400 m, está en la misma falda del
triángulo si consideramos la diferencia de nivel de más
de 2.000 m en relación a los otros dos vértices (Cochabamba
y Sucre). Representa el centro económico de toda la vertiente oriental
y nordeste del altiplano, y fuera de innumerables productos cuya explotación
intensa data desde la caída del caucho (tabaco, azúcar,
café, cereales, ganado, etcétera), posee terrenos petrolíferos
cuyas exploraciones van ya bien adelantadas.
Por estas razones, convergen desde todos los puntos del cuadrante las
más imperiosas influencias sobre Santa Cruz de la Sierra, siguiendo
las direcciones de Cochabamba, de Orán por Yacuiba, de Puerto Suárez
y, finalmente, desde Guayará Mirim.
La dirección de Cochabamba es, en el momento actual, de las más
amenazadoras. Atrae directamente hacia el Oeste (Arica), e indirectamente,
hacia el Sur (Buenos Aires). Tiene en su contra, en cambio, las fuertes
pendientes de la carretera que sube a partir de Santa Cruz para alcanzar
las vías ferroviarias.
Además de eso, el Beni, disponiendo del ramal La Paz - Yungas,
puede dirigir hacia el Norte una gran parte de la capacidad disociadora,
partiendo de la región de Cochabamba.
La dirección de Oran es todavía lejana como fuerza disociadora.
La punta de rieles apenas transpone el Bermejo, y cuando haya alcanzado
Yacuiba, tendrá que recorrer aún cerca de 600 km para alcanzar
Santa Cruz. No debemos olvidamos, empero, de que por esa dirección,
corriendo rectamente hacia el Sur, conduce por el camino más corto
a Buenos Aires, al colector natural de la cuenca del Plata. Esa circunstancia
puede, de un momento para otro, tornar esa dirección disociadora
en una de las más peligrosas.
La dirección de Puerto Suárez, en cuanto a la atracción
que ejerce sobre Santa Cruz, puede considerarse como conjugada con la
vía fluvial del Paraguay. Eso quiere decir que, a pesar de dirigirse
hacia el Este, puede la dirección de Puerto Suárez ser coordinada,
en sus efectos económicos y políticos, con la dirección
del Sur, jalonada por Yacuiba - Oran. La llamada Convención Carrillo
- Gutiérrez es la mejor prueba de ello.
Entretanto, dos acciones neutralizantes deben ser contempladas: las malas
condiciones de navegabilidad del Paraguay aguas arriba de Asunción
y el papel funcional de Mato Grosso, del Ferrocarril Noroeste, si es convenientemente
conjugado con el puerto de Santos.
Por último, la dirección determinada por Guayará
Mirim, punta de rieles del Madeira - Mamoré, traduce la capacidad
como vía de transporte del Amazonas, sobre todo después
de construido el ramal Santa Cruz - Cuatro Hoyos.
Santa Cruz, solicitada hacia todos los rumbos
del cuadrante
Como se ve, Santa Cruz de la Sierra es una notable encrucijada económica
en el centro del continente. Débese convenir, empero, que los intereses
económicos que allí convergen no tienen el mismo valor.
De igual modo debe reconocerse que el valor de cada uno de ellos es más
o menos aleatorio, según el progreso o retroceso de los demás.
La atracción hacia el Oeste pierde mucho a partir de Cochabamba,
debido a las insuficiencias del litoral del Pacífico.
Las atracciones del Sur encuentran, a su vez, serios obstáculos.
Por Cochabamba, el principal obstáculo es la distancia hasta Buenos
Aires: Santa Cruz - Cochabamba - Buenos Aires, 3.285 km. Por Yacuiba la
unión sería más directa, reduciéndose dicha
distancia aproximadamente en 600 km; pero aún no ha sido construido.
La atracción del Este (Puerto Suárez), si se prolongase
en esa dirección con la necesaria eficiencia, seria un verdadero
golpe para las atracciones del Sur, pues llevaría al Atlántico
a 1.600 km de costas aguas arriba de la desembocadura del Plata (Santos),
a través de 2.576 km, o sea cerca de 700 km menos que por Buenos
Aires.
Para ello bastaría la construcción de la línea Santa
Cruz de la Sierra - Puerto Suárez.
Pero si el ferrocarril Noroeste no realizara la deseada eficiencia, la
construcción de esa línea sería una verdadera arma
de dos filos, pues reforzaría la energía de transporte del
Paraguay como vía fluvial.
Finalmente, resta la atracción del Norte, que se manifiesta por
el Madeira - Mamoré, llevando los transportes por el río
Grande, francamente navegable desde Cuatro Hoyos (200 km aguas abajo de
Santa Cruz, de los cuales hay 100 ya abiertos como carretera), y pudiendo
ser duplicada por transportes en carretera cuando se liguen Portachuelo
- Cuatro Hoyos - Trinidad - Santana - Exaltación (centros de los
más florecientes), a Santa Cruz y Guayará Mirim.
Según nuestro punto de vista, la atracción del Norte será
la decisiva. Sirve a tres quintas partes del territorio boliviano, si
consideramos el valle del Beni como su variante.
Los transportes se efectuarán, a pesar de los millares de kilómetros,
siempre en el mismo ambiente de las características amazónicas.
Predomina el transporte fluvial más económico que el ferroviario,
y llegaría al Atlántico a la altura del Ecuador.
La atracción del Este sólo podrá contrabalancearla
si le sobraran al Noroeste los medios necesarios para vencer las influencias
fluviales y ferroviarias de Buenos Aires, o sea para vencer sus propias
insuficiencias, inclusive la zona pantanosa en el último tramo
de sus rieles.
Señalamos, para terminar, que ambas atracciones (del Norte y del
Este) están naturalmente vinculadas a las posibilidades de la vialidad
brasileña.
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CAPITULO VI
Influencia Norteamericana
El mediterráneo americano.
- Rumbos a la influencia yanqui.
La influencia mundial de los Estados Unidos de
Norteamérica es hoy una realidad que no se discute. Crece con la
importancia cada vez más acentuada de sus relaciones financieras
y económicas con los demás países. Es una servidumbre
contra la cual inútilmente se debaten los que contra ella se sublevan.
Las causas de esa influencia son múltiples y complejas. Escalónanse
desde los más simples y prosaicos motivos de orden económico
hasta las razones políticas de suprema trascendencia. Lejos está
de nosotros el pretender enumerarlas.
Bien al contrario de esa influencia así generalizada es la que
el potencial yanqui ejerce sobre los países americanos.
Para esa otra influencia, tal vez secundaria, debido al valor de las actividades
en juego. A la mayor proximidad y a la poca capacidad de la totalidad
de los influidos, hay razones puramente geográficas que por sí
solas son capaces de explicar ciertas maniobras diplomáticas (económicas)
o ciertos golpes de fuerza (militares).
Esa clase de predominio en determinadas circunstancias geográficas,
si se puede decir así, sirve tanto para atenuar las culpas de la
influencia yanqui sobre la propia América, como de aviso previo
para los países americanos que todavía no han sido alcanzados
directamente por ella.
El mediterráneo
americano
Al mar de las Antillas le cabe ese papel de alta significación
política, sea para justificar las faltas internacionales norteamericanas,
sea para servir de toque de atención al continente del Sur.
Las bases en que asienta ese papel funcional del mar de las Antillas son
fáciles de establecer.
Antes que nada es su carácter mediterráneo.
Esa manera de ser asocia, desde luego, el establecimiento de corrientes
marítimas controlando la circulación comercial, no sólo
a lo largo de las costas sino también para tejer una red de costa
a costa, tal como sucede con todas las aguas mediterráneas o de
carácter mediterráneo.
Sucede que, como mediterráneo, el mar de las Antillas es limitado,
de un lado, por las tierras estrechas de América Central, y, del
otro, por las grandes y pequeñas Antillas. Predominan así,
sobre sus flancos de mayor extensión, tierras que nada tienen de
carácter continental y que tienden francamente al tipo marítimo
(América Central), o representan en grado máximo dicho tipo
(Antillas).
Está, además, la actuación del istmo de Panamá.
Como a cualquier otro istmo, no se le puede negar la fuerza de atracción
que él impone como elemento de unión entre los dos mayores
océanos del globo.
En el caso del de Panamá, esa fuerza de atracción marítima
venció a la fuerza de conexión que él debiera representar
en relación a las dos masas continentales americanas, a pesar de
que las salidas para el Atlántico no son tan francas como la que
conduce al Pacífico.
Pero no puede haber dudas de que las insuficiencias articulares del mar
de las Antillas —como mar mediterráneo— son sobradamente
compensadas por el istmo de Panamá como foco de atracción
en su interior.
Justamente en torno a ese foco es que nacieron todas las acciones que
culminaron con el traslado de las obras del canal a manos americanas,
y con su conclusión, conduciendo al seccionamiento de Panamá.
El istmo de Panamá representa, en el mediterráneo americano,
la figura central de todo el drama político que allí se
desarrolla, al igual que Malta en el Mediterráneo de Europa.
Una observación de las cartas geográficas permite verificar
toda la verdad de los principios mencionados, independientemente de la
comprobación de los hechos por la geografía social.
Vemos toda América Central completamente fraccionada, desde la
frontera con Colombia hasta la frontera con México. Aunque hubiese
continuidad territorial, las influencias marítimas, oponiéndose
de cerca, exagerarían las características marítimas
al punto de conducirla al fraccionamiento político.
También se presenta a nuestra vista el fraccionamiento de las Grandes
Antillas y la pulverización de las Pequeñas Antillas, igualmente
fraccionadas y pulverizadas desde el punto de vista político.
Para caracterizar el mediterráneo americano no falta el fenómeno
compuesto tan bien caracterizado en el "papiamento", hablado
en Curazao y en las costas de Venezuela.
De cuanto queda dicho, ¿cómo no comprender el desborde norteamericano
para esa posible incubadora de su expansión? Además, no
es otra la función del mar de las Antillas, como mar mediterráneo.
. Si no se tiene la proyección creadora de los otros dos mediterráneos
(el de Europa y el de Insulindia), en los límites propiamente americanos,
asegura un extraordinario alcance y fecunda repercusión al potencial
formidable de las posibilidades yanquis.
La tenacidad mexicana detuvo el desmembramiento de México; pero
fueron principalmente las atracciones de ese singular mediterráneo,
que es el mar de las Antillas, las que hicieron desviar hacia el Sur las
fuerzas desencadenadas por el progreso norteamericano. Saltando la península
del Yucatán, amputaron Colombia, perforaron el canal de Panana
y mantienen el control de todas las entidades fraccionadas de la América
Central y de las Antillas.
Rumbos a la influencia yanqui
En la caracterización que acabamos de hacer del mar de las Antillas
como mediterráneo americano, determinamos su papel funcional de
incubadora del exceso del potencial económico y político
de los Estados Unidos.
Acabamos de ver cómo las características marítimas
extremadas de ese mediterráneo se adaptaron bien a las necesidades
de la expansión yanqui, y cómo el canal de Panamá
representa el centro de todas las actuaciones de dicha política.
Las reacciones que se debían producir en esa retorta están,
se puede decir, por terminarse. Sólo uno que otro detalle queda
por concluirse. En sus grandes líneas, las operaciones están
francamente en curso, si se consideran como liquidadas la irreductibilidad
de México en la inminencia de quedar aislado, y la duplicación
del canal de Panana con el de Nicaragua.
Es más evidente la posibilidad del potencial yanqui de rebasar
el recipiente antillano y canalizarse por donde fuera más fácil
y necesario deslizar sus intereses económicos.
Desde el punto de vista estrictamente americano, tórnase muy fácil
precisar los rumbos de atracción para las energías a desencadenarse.
De un lado está el punto de vista fisiográfico, es decir,
las propias líneas de penetración, naturales para la infiltración
de los intereses económicos. Del otro, determinadas circunstancias
políticas que no aconsejan algunas direcciones o regiones. Finalmente,
el imperativo de ciertas contingencias industriales exige ir al encuentro
de ciertos productos dondequiera que ellos se encuentren.
Fisiográficamente, las cuencas del Orinoco y del Magdalena engloban
las líneas de penetración, por excelencia, para cualquiera
de las influencias económicas provenientes del mediterráneo
americano. No sólo abren las puertas a los largos valles longitudinales
de los Andes, los que, por contacto directo, comunican con el valle del
Amazonas e, indirectamente; con los "nudos" y pasos (pasos andinos),
sino que comunican también con ese valle y con la cuenca del Plata.
Como es natural, la región de las Guayanas es para despreciar.
A pesar de su forma de verdadero trampolín para saltar al Amazonas,
no reúne las ventajas de aquellos otros dos ejes de penetración
y envuelve cuestiones relacionadas con la política europea. Además,
el valle amazónico ya está franqueado al capital norteamericano.
Los imperativos industriales van a servir para limitar la extensión
de sus pretensiones, y, por eso, nada autoriza a admitir una penetración
en toda la profundidad, aunque fuera facilitada por las posibilidades
fisiográfícas ya referidas.
Dada la importancia avasalladoramente creciente del avión y -del
automóvil, sin duda alguna corresponden al caucho y al petróleo,
las preferencias que deban limitar el primer paso de las influencias politicoeconómicas
yanquis en territorio sudamericano.
A esos imperativos corresponde el control ejercido por los americanos
sobre el petróleo de Venezuela, de Colombia y del Perú,
y la actuación de Ford en el Amazonas.
Si tuviéramos en cuenta las medidas de seguridad adoptadas por
el Ecuador y por Bolivia por medio de una legislación destinada
a mantener, en cualquier caso, la nacionalización de su petróleo,
se puede fácilmente comprobar por dónde andan ya las influencias
yanquis en territorio sudamericano.
De un modo general se puede decir que los valles del Orinoco y del Magdalena
ya fueron remontados y el paralelo de Manaos marca aproximadamente el
límite del avance realizado.
Aunque no sea fácil pronosticar, todo hace suponer que los mayores
progresos de la infiltración de los intereses norteamericanos en
nuestro continente se harán por las vías andinas y a lo
largo de la costa del Pacífico. Corrobora nuestro pronóstico,
además de las facilidades fisiográficas, el fraccionamiento
político del territorio.
Además de eso, es el medio más seguro y el camino más
directo para ir de las Antillas al altiplano boliviano, verdadero centro
geográfico del continente del Sur. Y esa tarea no es de las más
difíciles; por eso es que puede llevarse a cabo a la sombra del
litigio del Pacífico, cuya solución, a pesar de todo, está,
lejos de satisfacer los puntos de vista verdaderamente esenciales para
el equilibrio político de la América del Sur.
Y es así que las influencias yanquis siguen -debe notarse—
en las direcciones señaladas por los casos más nítidos
y de carácter más general de inestabilidad geográfica
del territorio sudamericano.
Cerrando estos capítulos, que hemos agrupado con el título
de signos de inquietud política", debemos recordar el papel
coordenador que el Brasil está llamado a ejercer -por su posición
y demás características geográficas- sobre tan complejas
circunstancias económicas y políticas que envuelven al continente
sudamericano en ^s mallas, papel que determinaremos a continuación
como final de este modesto ensayo.
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TERCERA PARTE
CAPITULO VII
Síntesis Goegráfica del Brasil
"Regiones naturales" brasileñas.
- Papel funcional de las-"regiones naturales" brasileñas.
Después de haber analizado la
masa continental sudamericana, se piensa en el papel que le tocara en
ese conjunto al territorio brasileño, que contiene más de
dos tercios de las costas del Atlántico y de las tierras de la
vertiente atlántica, y cuyo dinamismo hidrográfico se manifiesta
decisivo mediante sus dos grandes cuencas: la del Plata y la del Amazonas.
Para apreciarlo, antes que nada, se debe pasar revista a nuestro propio
territorio, estudiando su propia manera de ser, para luego deducir sus
posibilidades funcionales en relación con el resto del continente.
No pocas veces se han trabado serias discusiones en torno de la cuestión
de nuestra unidad geográfica, unidad que unos juzgan de inatacable
exactitud y otros la encaran como absolutamente discutible.
Las opiniones varían desde la idea de considerar el territorio
brasileño como la yuxtaposición de innumerables mesopotamias,
surcado por grandes ríos, como si fuera un extraño archipiélago
continental, hasta la exageración de pretender encerrar todo en
el macizo central de nuestro sistema orográfico.
En el primer caso se olvida el papel vinculador de las vías fluviales;
en el segundo, se desprecia la característica centrífuga
del macizo brasileño, como centro de dispersión de las aguas,
y la posición excéntrica del valle amazónico, que,
evidentemente, lo aleja de las posibles influencias unificadoras de aquel
macizo.
Según nuestra manera de ver, no se precisa llegar a ninguno de
esos extremos. Según el criterio de la ciencia geográfica
moderna, la unidad de un territorio no se debe restringir al punto de
vista estricto de la geografía física.
Muy raros son los países que disponen de una unidad territorial
indiscutible desde el punto de vista fisiográfico. Lo que se hace
necesario es ver hasta dónde el territorio en cuestión permite
a la geografía política abarcarlo en una verdadera nación.
Y sobre ese aspecto no se pueden negar las excelentes características
del territorio brasileño, a pesar de todos sus caprichos y de la
aparición de todas sus contradicciones.
"Regiones naturales" brasileñas
Para verificarlo, basta acudir a las regiones naturales contenidas en
nuestras fronteras.
El problema de las regiones naturales,
creado por las tendencias integrantes de la geografía moderna,
es, por sí mismo, una difícil cuestión.
Se trata, en presencia de un territorio cuyo complejo geográfico
se estudia, de establecer el agrupamiento de las regiones en que se manifiestan
determinados fenómenos, de manera de poder sintetizar el análisis
antes efectuado.
Como se ve, no es un problema fácil. Por una parte, los fenómenos
que sirven de base a la definición de las regiones
naturales son múltiples y abarcan todas las modalidades
geográficas. Ello obliga a discriminar cuáles son los fenómenos
verdaderamente característicos, o sea, los que deben predominar
como directivas para definir a las agrupaciones como regiones
naturales. Por otra parte, existen las dificultades que actualmente
presentan las cuestiones de delimitación de cualquier región.
La intensidad y complejidad de los intereses económicos y la multiplicidad
de los medios de transporte no respetan límites, por bien caracterizados
que sean. Las líneas de agua significan rutas de aglutinación
económica, y las grandes divisorias de agua son transpuestas por
todos los medios: la cremallera, el túnel y, sobre todo, el motor
de explosión, cuyas conquistas culminan con el advenimiento "del
más pesado que el aire".
Cuando se tiene que encarar el problema de las regiones naturales, desde
el ángulo de las modalidades geográficas brasileñas,
cuyos aspectos complican de manera impresionante la amplitud de nuestro
territorio en el sentido de los meridianos siéntese que, de hecho,
se está en presencia de un grave problema.
Sobre este tema nada conocemos mejor que lo admitido por el profesor Delgado
dé Carvalho, que dice: "El Brasil puede dividirse en cuatro
regiones naturales: el Brasil amazónico; el Nordeste subecuatorial;
la vertiente oriental de los altiplanos y el Brasil de la cuenca del Plata".
En vista de las dificultades del problema, el profesor Delgado no sólo
deja sin determinar exactamente, tal como conviene, los límites
de esas regiones naturales, sino que también considera, en cada
una de ellas, subregiones naturales.
La definición de aquéllas es suficiente para apreciar la
forma con que fueron encaradas sus características.
En efecto, el Brasil amazónico comprende la región serrana
(macizo granítico de las Guayanas), la depresión amazónica
(caja del Amazonas y sus afluentes), y la Hileia (región de los
bosques); el Nordeste subecuatorial abarca el golfo maráñense
(especie de transición de Amazonia), la cuenca del Paranahyba,
las sierras y "chapadas" de la vertiente nordeste (regiones
semiáridas), el litoral, la zona boscosa y la agreste de Pernambuco
(limitada por el cabo de San Roque, desembocadura del San Francisco y
Sierra de Borborena); la vertiente., oriental de los altiplanos comprende
el litoral Bahía - Espíritu Santo (inclusive las cuencas
del Paraguazú, Jequitinhonha y Doce), y la región de las
chapadas (zona alta), el valle del San Francisco, el Sur minero y el valle
del Paranahyba; el Brasil de la cuenca del Plata engloba la costa o contravertiente
oceánica (entre el Atlántico y la sierra del Mar), la región
serrana (sierras del Mar y Geral), la región del altiplano (alternación
de campos y bosques, región de los afluentes orientales del Paraná),
la campaña riograndense y la baja llanura de Mato Grosso. En su
conjunto, nada hay más espontáneo que esas grandes divisiones
y respectivas subdivisiones.
Y es así como, dentro de la más equilibrada medida, el profesor
Delgado de Carvalho nos lleva a un Brasil menos intrincado y más
comprensible en su inmensa expresión geográfica.
Papel funcional de esas regiones naturales
Con estas excelentes bases y haciendo prevalecer los factores políticos,
es que nos animamos a formular la síntesis geográfica brasileña.
En primer lugar admitimos los dos grandes brazos que se extienden hasta
las más lejanas regiones de la parte central del continente, representando
ambos verdaderos territorios de penetración teniendo como base
el litoral atlántico. Son ellos el Brasil amazónico y el
Brasil de la cuenca del Plata.
El Brasil amazónico se comunica del modo más directo con
el océano, disponiendo para ello del río Amazonas como vía
natural. Su capacidad de penetración es más amplia, pues
el valle amazónico es el gran colector del formidable anfiteatro
que va de Caracas a La Paz. El Brasil de la cuenca del Plata, a pesar
de requerir medios artificiales para unirse al océano, dispone
de puertos con suficiente capacidad de atracción en la costa y
de los estímulos de dos países mediterráneos que
naturalmente reaccionan contra la fuerza centrípeta del Plata:
el sur del Mato Grosso, prolongando los territorios de San Pablo y Paraná,
representa su fuerza de penetración.
De ese esfuerzo de penetración y de la retracción del litoral
que corresponde a cada uno de esos brazos, resulta que ellos se tornan
más o menos excéntricos, lo que ocurre en forma más
evidente con el Brasil amazónico.
Consideradas también la extensión y la naturaleza de las
fronteras terrestres con las naciones hispanoamericanas (vivas en cuanto
al Brasil de la cuenca del Plata y aun más o menos muertas en cuanto
al Brasil amazónico) y el predominio económico de la vertiente
atlántica sobre la del Pacífico, es evidente la importancia
decisiva de esas dos regiones en los vastos dominios no sólo de
la política interna sino también en los de la política
continental.
Representan dos regiones convergentes en relación al propio centro
geográfico del continente (altiplano boliviano), sea por medios
artificiales (puerto de Santos - red paulista - Noroeste), sea por vías
de comunicación más que espontáneas, como son los
ríos de la cuenca amazónica.
En segundo lugar, hay que considerar las otras dos regiones naturales;
la vertiente oriental de los altiplanos y el Norte subecuatorial, que
se prolongan de manera que justifican el título que le asignamos
de Brasil longitudinal, llamado a establecer la unión entre las
dos vastísimas regiones denominadas Brasil amazónico y Brasil
de la cuenca del Plata.
La extensa línea de costa convexa que se extiende del Guanabara
al golfo de San Luis corresponde, como una especie de cuerda, a la línea
terrestre determinada por el valle superior y medio del San Francisco
y del Paranahyba.
Esto significa que excéntricamente, por vía marítima,
o concéntricamente, por vías terrestres, el papel funcional
de esas regiones es de unir, homogeneizar y amarrar los dos brazos esenciales,
desde el punto de vista continental: el de la cuenca del Plata y el amazónico.
La historia lo confirma sobradamente, La vía marítima aseguró
muchas veces nuestra unidad política, y las vías terrestres,
con el vaivén de "paulistas" a los confines del Piauí,
realizaron los tramos de la expansión fomentadora de la unidad
social y económica brasileña.
Por más peligrosa que se quiera juzgar nuestra unidad geográfica,
no hay duda de que su sentimiento debe descansar en esos dos fenómenos
establecidos: actividades convergentes del Brasil de la cuenca del Plata
y del amazónico hacia el centro geográfico del continente,
considerado el objetivo común; esfuerzos para unir las dos extremidades
divergentes de esas mismas actividades en la costa, precisamente por las
regiones naturales que denominamos, en conjunto, el "Brasil longitudinal".
En lo que respecta a las líneas de penetración, lo comprueban
el desarrollo del ferrocarril Noroeste, el milagro del Madeira - Mamoré,
el tránsito de la red paulista, el movimiento portuario de Santos,
así como también las corrientes de los transportes fluviales
del Amazonas. En cuanto a la unión de ellas, tenemos la línea
San Luis - Terezina y el camino Petrolina - Paulista, así como
las prolongaciones ferroviarias que ya alcanzan la frontera de Minas en
busca de la red "bahiana", sin contar las líneas de cabotaje
y el tránsito aéreo, todo ello completando esfuerzos serios
para dar realidad práctica a las tendencias geográficas
que hemos fijado.
El día en que esas tendencias pudieran ser suficientemente atendidas,
todos los fantasmas desaparecerán y nuestra unidad geográfica
no se discutirá más, al menos con los excesos que todavía
sellan tales controversi |