JUAN BOSCH

De Cristóbal Colón
a Fidel Castro (II)


El Caribe, frontera imperial

De Cristóbal Colón a Fidel Castro (I) De Cristóbal Colón a Fidel Castro (II)
© Juan Bosch, 1970.
© Por la presente edición: SARPE, 1985.
Pedro Teixeira, 8. 28020 Madrid.
Depósito legal: M. 32.309-1985.
ISBN: 84-7291-912-9 (tomo 40.°).
ISBN: 84-7291-736-6 (obra completa).
Impreso en España-Printed ín Spain.
Imprime: Gráficas Futura, Sdad. Coop. Ltda.
Villafranca del Bierzo, 21-23.
Pol. Ind. Cobo Calleja. Fuenlabrada (Madrid).
En portada:
Fidel Castro en una alocución pública.

Indice

Capítulo XIV: La revolución norteamericana y sus resultados en el Caribe
Capítulo XV: La revolución francesa y su proyección en el Caribe
Capítulo XVI: El tiempo de la libertad
Capítulo XVII: Nacimiento de la república de Haití
Capítulo XVIII: En los umbrales de la gran conmoción
Capítulo XIX: La guerra social venezolana
Capítulo XX: La independencia de los territorios españoles
Capítulo XXI: 1821-1851. Los años de reajuste
Capítulo XXII: Los años de los episodios increíbles (1855-1861)
Capítulo XXIII: Las luchas por la independencia de Cuba (1868-1898)
Capítulo XXIV: El siglo del imperio norteamericano
Capítulo XXV: Los años de las balas y de los dólares
Capítulo XXVI: Fidel Castro o la nueva etapa histórica del Caribe

Capítulo XIV

La revolución norteamericana y sus resultados en el Caribe

Paz, verdadera paz, no la hubo en el Caribe, y no podía haberla mientras sus territorios fueran dependencias de imperios europeos que tenían intereses ajenos a los de los pueblos del Caribe y que vivían chocando entre sí y llevando esos choques a la región.

En 1763 se había firmado el tratado de París y, sin embargo, en 1764 estaban produciéndose en el Caribe incidentes serios, tan serios que por sí solos podían provocar una guerra; encuentros entre franceses e ingleses y entre éstos y españoles, y también sublevaciones de negros y de indios, de las cuales nos ocuparemos en el próximo capítulo.

Pero la guerra a fondo y, por cierto, una guerra en la que la Gran Bretaña estuvo a punto de perder todas sus posesiones en la región, vino a desatarse cuando Francia y España decidieron reconocer la independencia de las colonias norteamericanas que se habían rebelado contra el poder inglés. Ese reconocimiento implicaba también ayuda para mantener la independencia.

Hay dos razones que sirven para explicar la actitud de los gobiernos de París y Madrid acerca de la revolución norteamericana: la primera, que todo lo que podía contribuir a debilitar a la Gran Bretaña era conveniente en principio para franceses y españoles, que aspiraban a disminuir el poderío británico porque tras él actuaba la prepotente burguesía inglesa, que era su competidora más fuerte en Europa y en América; la segunda, que la independencia de las colonias norteamericanas debía necesariamente favorecer los intereses de Francia en el Caribe, y Francia y España tenían ante los ingleses una política común. El 6 de febrero de 1778 Francia firmó con los recién nacidos Estados Unidos un tratado secreto de amistad y comercio en el que se incluía el reconocimiento de la independencia de las antiguas colonias inglesas y se establecía, además, una alianza defensiva, lo que implicaba un serio revés para la Gran Bretaña y sobre todo para los ingleses que tenían intereses en esas colonias. Esa última parte del tratado no iba a quedarse en palabras. El tratado fue firmado el 6 de febrero y el 13 de abril salía de Francia una flota que iba a operar en aguas de América del Norte. Por su parte, España estaba dando ayuda a los norteamericanos desde el año anterior; ayuda política y económica, por cierto bastante fuerte, a través de Arthur Lee, que era representante oficioso en España del flamante gobierno revolucionario de Norteamérica.

Viene bien explicar en unos párrafos por qué la independencia norteamericana era tan importante para los intereses de Francia en el Caribe.

El comercio de las colonias de Norteamérica con los territorios franceses del Caribe se había desarrollado grandemente en los años anteriores a la guerra. Se había desarrollado igualmente mucho con las posesiones españolas de la región, pero más bien de una manera indirecta; por ejemplo, Santo Domingo compraba en Haití herramientas de Norteamérica y compraba otros productos del mismo origen en la colonia danesa de Santomas, que había sido declarada puerto libre en 1764. Pero el comercio importante era el que los norteamericanos hacían con las islas francesas. Ya vimos en el capítulo anterior lo que había dicho el almirante Knowles acerca de ese comercio en el caso de Martinica, y sabemos que otro tanto sucedía con Haití, donde los norteamericanos se abastecían de azúcares y melazas, algodón y rones.

Los intereses coloniales de Francia en el Caribe estaban tan estrechamente vinculados a los de las colonias norteamericanas que una ruptura de esos vínculos impuesta por la guerra de los primeros contra Inglaterra podía ser de consecuencias desastrosas para los capitalistas franceses que invertían en esos territorios, y esa ruptura podía producirse si la guerra era ganada por los ingleses, cosa que parecía lógica. En cambio, la independencia de las colonias podía resultar en una ampliación de las relaciones comerciales y, por tanto, en ventajas para los inversionistas de Francia. No hay que olvidar que en el caso de Francia, de Holanda y de Inglaterra, sus territorios del Caribe estaban manejados por compañías comerciales que operaban en acuerdo estrecho con los gobiernos, y eran esas compañías las que levantaban fondos para la inversión, muy a menudo mediante suscripciones hechas entre los comerciantes que traficaban con los productos del Caribe. Las colonias danesas habían sido también propiedad de compañías privadas, pero en 1754 pasaron a manos del rey, con lo que quedaron convertidas en dependencias del Estado danés.

Ahora bien, no eran los territorios franceses del Caribe los únicos que comerciaban con Norteamérica; también lo hacían los de Holanda y lo hacían, desde luego, los de Inglaterra. En 1775 los plantadores ingleses de la región le enviaron un informe a la Cámara de los Comunes en que afirmaban que, para seguir funcionando, la industria del azúcar necesitaba de manera imprescindible ser abastecida por las colonias norteamericanas. La Asamblea de Jamaica, que era un cuerpo representativo de lo más granado y lo mejor situado en el sentido económico, envió al rey un acuerdo en el que se justificaba y se defendía la rebelión norteamericana, y la Asamblea de Barbados envió delegados al Congreso de Filadelfia, en el cual se declaró la independencia de los Estados Unidos.

Las estrechas relaciones comerciales que tenían los norteamericanos con todos los territorios del Caribe les proporcionaron vivas simpatías en su lucha por la independencia, al grado que en los puertos holandeses de San Martín y San Eustaquio sus barcos podían izar la bandera de las barras y las estrellas antes de que Holanda hubiera reconocido esa independencia. Había gentes de la revolución que operaban públicamente en todos los territorios del Caribe. Antes de que Francia firmara el tratado secreto de febrero de 1778, las autoridades francesas del Caribe permitían a los corsarios yanquis guarecerse en puertos franceses, y fueron muchas las presas británicas que hicieron esos corsarios; por ejemplo, en una ocasión desembarcaron en las Granadinas, quemaron propiedades inglesas y se llevaron esclavos; en otra ocasión se metieron en bahías de Tobago y se llevaron barcos británicos.

Dada la actividad comercial que ligaba al Caribe con Norteamérica, el resultado inmediato de la revolución norteamericana en el Caribe fue la escasez de los productos que vendía Norteamérica en la región. Al comenzar la lucha en las colonias su producción se redujo y sus barcos tuvieron que ser dedicados a combatir y, lógicamente, su comercio quedó paralizado. Del lado del Caribe la consecuencia fue la baja inmediata de los precios en el azúcar, el algodón y el ron. Algunos territorios franceses, que no tenían autorización para comerciar libremente y, sobre todo, que no podían usar buques extranjeros para exportar sus productos, abrieron sus puertos a todas las banderas, lo mismo para importar que para exportar. Tal fue el caso, por ejemplo, de Martinica. A pesar de eso, al comenzar el mes de octubre (1778), es decir, casi al inicio de la guerra, el gobierno de la isla tuvo que prohibir las compras de víveres al por mayor y tuvo que fijar precios a las mercancías importadas, lo que da idea de la escasez que se había presentado.

En los primeros días del mes de noviembre el gobernador de Martinica, marqués De Bouillé, encabezó una expedición de tropas regulares y unos 1.000 voluntarios que embarcó en tres navíos y algunas goletas y se apoderó de Dominica. Esa acción fue la primera de una serie que pondría en ejecución el activo gobernador. Como Dominica se hallaba situada entre Martinica y Guadalupe, su conquista convertía a las tres islas en una unidad militar y evitaba que los ingleses cortaran en cualquier momento la comunicación entre las dos posesiones francesas. La operación no fue costosa. A pesar de que Rousseau, la capital de Dominica, tenía una excelente defensa de tres fuertes —el Cachacrou, el Melville y el Loubiére—, los ingleses no opusieron resistencia, tal vez porque se daban cuenta de que no podían enfrentarse a un ataque que procediera a la vez de las dos islas francesas. El marqués De Bouillé actuó con bastante sentido político y no les impuso a los habitantes ninguna condición de vencedor, ni siquiera la de cambiar sus funcionarios civiles. Por otra parte, Francia podía confiar en la lealtad de los propietarios franceses establecidos en la isla, que eran muchos.

La escuadra del almirante D'Estaing, que había salido de Francia hacia las costas norteamericanas el 13 de abril, estuvo operando en esas costas hasta principios de noviembre y el 4 de ese mes salió de Boston hacia el Caribe. D'Estaing tardó más de un mes en surgir en Fort-Royal, adonde llegó el 6 de diciembre. Había perdido tiempo por dos razones: una. que se dedicó a perseguir algunos mercantes ingleses que navegaban en las vecindades de su escuadra, y otra, que había estado cruzando las aguas de Antigua porque se había enterado de que por ahí se hallaba una escuadra enemiga. Efectivamente, había una escuadra inglesa navegando por el Caribe: había salido de Nueva York poco después que la de D'Estaing levara anclas en Boston, pero no se dirigía a Anguila, sino a Barbados, adonde arribó el 10 de diciembre, esto es, cuatro días después que D'Estaing entró en la rada de Fort-Royal. En una guerra todo es, y todo puede ser, de mucha importancia y, probablemente, lo más importante es el tiempo. D'Estaing había perdido tiempo apresando barcos mercantes y lo había perdido tratando de localizar una escuadra enemiga que no navegaba por donde se le había dicho, y resultó que ese tiempo perdido iba a tener un papel de primera magnitud en la guerra que estaba llevándose a cabo en el Caribe.

Los ingleses, en cambio, no perdieron el tiempo. Cuando la fuerza naval que D'Estaing quiso batir en las aguas de Antigua llegó a Barbados fue puesta bajo el mando del almirante Samuel Barrington y la infantería que iba en ella bajo el mando del general James Grant, y sin que se le hubiera dado tiempo ni siquiera para que sus hombres bajaran a tierra, salió hacia Santa Lucía, que por estar situada inmediatamente después de Martinica, por el sur, flanqueaba a la isla francesa a una distancia cortísima. Fácilmente, los ingleses tomaron el Gran Cul de Sac, en la costa occidental de Santa Lucía, al sur de Carenage, que era el principal establecimiento de la posesión. La operación fue ejecutada con tal rapidez que el Gran Cul de Sac se hallaba en manos inglesas tres días después de haber llegado la escuadra británica a Barbados. Mientras tanto, D'Estaing, que se hallaba en Fort-Royal, casi a la vista de los atacantes, se encontraba ocupado en la tarea de reclutar voluntarios, y como no podía obtener en Martinica todos los que necesitaba, esperaba ayuda de Guadalupe. D'Estaing debía reunir 6.000 hombres para poder estar seguro de que sacaría a los ingleses de Santa Lucía, pues el general Grant tenía bajo sus órdenes unos 4.000. Una vez que contó con la fuerza que creía suficiente, el almirante francés, acompañado por el fogoso gobernador de Martinica, se dispuso a reconquistar Santa Lucía. Pero ya era tarde. Los ingleses tenían cuatro días en la isla y habían aprovechado el tiempo; habían rodeado Carenage y habían llevado cañones a La Vigía y Morne Fortuné, que eran los puntos dominantes de toda la zona; además, habían bloqueado la entrada de la bahía del Gran Cul de Sac con la escuadra.

Cuando la escuadra de D'Estaing se presentó frente al Gran Cul de Sac encontró el paso cerrado y no pudo forzar la entrada a pesar de que trató de hacerlo con un fuerte cañoneo; entonces se dirigió al norte, entró en la bahía de Choc, desembarcó fuerzas y avanzó hacia el sur con el objeto de tomar Carenage por la retaguardia. Pero ese avance fue detenido por los cañones que los ingleses habían transportado precisamente para impedir esa maniobra de sus enemigos. Los cañones de La Vigía diezmaron a los franceses.

Las bajas de D'Estaing y el marqués De Bouillé, que comandaba el ataque junto con el almirante, fueron elevadas; los heridos se enviaron a Martinica mientras la escuadra cruzaba frente a Carenage y el Gran Cul de Sac en un esfuerzo desesperado por obligar a los navíos ingleses a una batalla naval, cosa que, desde luego, no hicieron los avezados marinos británicos. D'Estaing y De Bouillé se retiraron finalmente el 29 de diciembre y al día siguiente se rendía ante los ingleses el gobernador de Santa Lucía. El año de 1778 terminaba, pues, con la pérdida de esa isla francesa y los británicos se dedicaron a hacer de ella el punto de apoyo de sus actividades navales y militares en el sur del Caribe, y desde ese punto iban a dar la batalla de Los Santos, que fue la más importante, en el orden político, de toda la guerra en el mar de las Antillas. Francia perdió Santa Lucía porque D'Estaing había perdido tiempo en su travesía de Boston a Fort-Royal; los ingleses la habían ganado porque su escuadra ganó el tiempo que D'Estaing había perdido.

Cuando D'Estaing llegó a Fort-Royal su escuadra estaba formada por 22 navíos de línea y cuatro fragatas; sin embargo fue aumentando después con algunos escuadrones que se le agregaban. Pero al mismo tiempo la escuadra inglesa aumentó con la llegada de varios buques que arribaron a Barbados el 6 de enero (1779). De manera que entre las fuerzas navales de las dos potencias se estableció cierto grado de equilibrio que ninguno de los dos bandos se atrevía a romper. Ahora bien, en el mes de junio el almirante Byron, que había sustituido a Barrington, salió hacia Saint Kitts con el grueso de sus fuerzas para escoltar un gran convoy de barcos mercantes que llevaba comida y otros productos para las islas inglesas de esa zona. La partida de la escuadra inglesa de Barbados dejaba debilitada la parte sur del Caribe, situación que aprovecharon D'Estaing y De Bouillé para lanzarse sobre San Vicente. Las relaciones de los ingleses de San Vicente con los indios caribes de la isla eran muy difíciles desde las luchas de 1772 y 1773, causadas por el deseo inglés de quitarles tierras a los indios. Esa situación hizo pensar a los ingleses que no tenían posibilidad de combatir a los franceses porque éstos tendrían la ayuda de los caribes, y no les ofrecieron resistencia a los atacantes. San Vicente, pues, cayó en manos francesas el 18 de junio; D'Estaing y De Bouillé ocuparon 50 cañones, cuatro morteros, dos buques mercantes, y unos días después, el 30, para ser más precisos, casi toda la flota de D'Estaing salía de Fort-Royal hacia Granada, en cuya Bahía de Molenier desembarcó el 2 de junio 300 hombres.

Los defensores de Granada eran ridículamente pocos comparados con los 2.000 hombres que llevó el almirante francés, y sin embargo este no pudo tomar la isla sino el 6 de julio porque los ingleses no quisieron entregarse. Cuando D'Estaing intimó rendición al gobernador, lord Maccartney, éste contestó, con flema característicamente británica, que él no sabía en qué consistían las fuerzas del señor conde D'Estaing, pero que conocía las suyas y que se defendería. Los franceses tuvieron más de cien bajas, de ellas, la tercera parte en muertos. En esta ocasión, sólo D'Estaing dirigió las operaciones, lo mismo las de tierra que las de mar.

La batalla de tierra se convirtió también en naval cuando el almirante Byron se presentó en aguas de Granada el mismo día 6 de julio y atacó a los buques franceses antes aún de haber tenido tiempo de organizar los suyos en línea de combate. Los franceses apresaron en esa acción un transporte con 150 soldados y produjeron avenas gruesas en varios buques enemigos, pero tuvieron 166 muertos y 773 heridos, lo que da idea del ardor con que estuvo combatiéndose. Las pérdidas inglesas debieron de ser más altas que las francesas, puesto que el almirante Byron tuvo que retirarse a Saint Kitts para reparar averías y reponer bajas.

D'Estaing creyó que había llegado la oportunidad de destruir la escuadra del almirante Byron, y pensaba sensatamente, puesto que si los buques ingleses iban de retirada, varios de ellos averiados y llevando muertos y heridos, ése era el momento de atacar. Así, el almirante francés estuvo recorriendo las aguas de Saint Kitts en busca de los barcos británicos, provocándolos para que salieran de puerto. Pero Byron no se dejó atraer; D'Estaing resolvió al fin dar por cerrado el episodio y se llevó su escuadra hacia la costa norteamericana, donde iba a combatir a otras escuadras inglesas. D'Estaing retornaría al Caribe muy avanzado el año 1780.

Aunque España estaba dando ayuda generosa a los norteamericanos, hacía todo lo posible por no romper hostilidades con Inglaterra; al contrario, trató de mediar entre ésta y Francia a base de que Gran Bretaña reconociera la independencia de sus colonias de Norteamérica. Pero es el caso que las relaciones anglo-españolas fueron haciéndose cada vez más difíciles y ya para julio de 1779 los españoles estaban listos para atacar Gibraltar. Unos meses después, en septiembre, España estaba combatiendo a los ingleses en el Caribe. Su primer ataque se produjo en Cayo Cocina, en la boca del río Belice. Cayo Cocina se había convertido en el asiento más importante de los cortadores ingleses de madera, que habían construido allí un poblado y vivían y se movían como si estuvieran en una posesión británica. Cayo Cocina fue tomado, sus establecimientos destruidos y sus habitantes enviados a La Habana, donde estuvieron hasta el final de la guerra; los esclavos, que eran numerosos, se vendieron como botín. Algunos de los cortadores de madera huyeron a Roatán y a la zona de Río Tinto.

Tal vez parezca que el ataque español a Belice de 1779 fue excesivo, pero hay que tomar en cuenta que hacía ya más de un siglo que España venía haciendo reclamaciones a Inglaterra acerca de la presencia de esos súbditos británicos en una posesión española; que Inglaterra nunca le disputó a España su derecho de soberanía en ese punto, y que sin embargo nunca se dispuso a hacer que sus ciudadanos respetaran ese derecho español. Por otra parte, a los ojos de Madrid, Belice representaba algo así como un Gibraltar del Caribe, aunque no fortificado; un Gibraltar moral que España no podía tolerar.

La noticia de los sucesos de Belice llegó tan rápidamente a Jamaica que al finalizar la tercera semana de septiembre surgía frente a Belice una escuadra inglesa dispuesta a vengar el ataque. El lugar estaba totalmente deshabitado y no había una construcción en pie. Pero en vez de retornar a Jamaica la escuadra buscó un punto donde descargar el golpe que debía dar en Belice, y el día 24 aparecieron un poco más al sur, ante el castillo de Omoa, cuatro velas inglesas que se movían en son de reconocimiento; el día 16 de octubre se presentaba en el mismo sitio una escuadra de 14 navíos. Iba a atacar el castillo, que guardaba el único camino que comunicaba el Caribe con la ciudad de Guatemala.

El castillo de Omoa se hallaba bajo el mando del coronel Simón Desnaux, hijo del héroe de Cartagena; su guarnición era pequeña, compuesta en su mayoría por antiguos esclavos que tenían poca preparación en las actividades de la guerra. Pero algo similar sucedía con los atacantes, cuyas fuerzas de desembarco estaban compuestas en su mayor parte por zambos mosquitos. El fuerte de Omoa fue cañoneado durante cuatro días en los cuales los atacantes hicieron algunos desembarcos que fueron repelidos. Pero un refuerzo inglés compuesto de soldados, madereros y zambos mosquitos enviados desde la isla de Roatán tomó Puerto Caballos —actual Puerto Cortés—, a unos quince kilómetros al norte del castillo, avanzó hacia Omoa y les cortó la retaguardia a los defensores. Ante esta situación, Omoa no tuvo más remedio que ofrecer la capitulación.

Desnaux había capitulado el 20 de octubre (1779), pero como antes del ataque había despachado un correo a Guatemala para informar al gobernador que el castillo de Omoa no se hallaba en estado de defenderse en caso de un ataque en regla, el gobernador, don Matías Gálvez, había estado organizando una fuerza importante con la cual pudiera reconquistar el fuerte en caso de que éste fuera tomado. Así, Gálvez —cuyo hijo era gobernador de la Luisiana y estaba batiéndose con los ingleses y logrando victorias importantes— recibió la noticia de la capitulación de Desnaux e inmediatamente se puso en marcha al frente de las fuerzas que tenía listas; hizo el largo camino, de más de 400 kilómetros, hacia la costa del Caribe y el día 26 de noviembre estaba sitiando Omoa. El castillo cayó en sus manos el día 28. Había estado en poder inglés un mes y una semana, y, dados los planes de Inglaterra en esa zona, no se comprende cómo sus ocupantes se lo dejaron arrebatar.

Pues los ingleses tenían un plan para cortar la América Central, desde el Caribe hasta el Pacífico, muy cerca de ese punto; hacia el sur, aprovechando el cauce del río San Juan. Según algunos autores, el plan había sido concebido y hecho sobre el papel desde antes de que se rompieran las hostilidades, y debe haber sido así, puesto que comenzó a ser ejecutado a principios de 1780, escasamente seis meses después de haberse declarado el estado de guerra entre España e Inglaterra. No hay que hacer esfuerzos de imaginación para darse cuenta de que el plan era una aplicación a América Central de lo que se había concebido para América del Sur y había fracasado con Vernon en Cartagena cuarenta años antes, así como el plan de Vernon había sido una versión del de Cromwell. Ahora bien, lo que no se concibe es que habiendo fracasado ya dos veces el propósito de cortar en dos los territorios españoles, al elaborar y disponerse a ejecutar el plan por la vía del río San Juan, los ingleses no hubieran tenido un plan alternativo.

Lo más lógico era que un plan alternativo se hiciera para ser aplicado por el golfo de Honduras a partir de la toma del castillo de Omoa. Omoa tenía un flanco cubierto desde Belice, el otro desde la Mosquitia hondureña y la retaguardia asegurada con la isla Roatán, y era más fácil entrar en Guatemala y hacerse fuerte en el país que entrar en Nicaragua por el río San Juan y conservar posiciones en sus orillas, que estaban formadas por selvas y pantanos. En el camino de Omoa a Guatemala había numerosos pueblos y haciendas en los que las fuerzas invasoras podían obtener comida, almacenar equipos y curar heridos, y había, además, entronques de caminos que conducían hacia el interior de lo que hoy es Honduras. En cambio, para entrar en Nicaragua no había sino una sola vía, que era el río San Juan, de acceso muy difícil durante seis meses del año, debido a que las lluvias aumentaban sus aguas y éstas corrían por un cauce de desniveles que producían fuertes raudales, y además el río cruzaba una región insalubre donde los atacantes se exponían a sufrir enfermedades que los diezmara.

Según el plan, los ingleses entrarían por el río San Juan para llegar al lago de Nicaragua. Eso mismo habían hecho en el siglo anterior algunos filibusteros, según puede leerse en el capítulo X de este libro, y es muy posible que los autores del plan se basaran en lo que habían hecho esos piratas, a quienes les resultó relativamente fácil hacer el recorrido desde las bocas del río hasta Granada. Pero es el caso que ni Morgan ni Mansfield, asaltantes y saqueadores de Granada, se vieron obligados a combatir en el curso del río porque en sus tiempos no había ninguna fortificación que les cortara el paso; en 1780, en cambio, había una en la isla de San Bartolomé, a poca distancia de la boca, río adentro, y otra mucho más sólida, el castillo de la Concepción, situado más o menos a dos terceras partes de distancia entre la boca del San Juan y el lago de Nicaragua. Además, en 1780 había caminos que comunicaban Guatemala, la capital del territorio, con Granada y con otras ciudades de Nicaragua, cosa que no había en el siglo XVII.

El plan inglés incluía la toma de Granada, en la orilla noroccidental del lago, y León, que se hallaba tierra adentro, vecina del Pacífico y bastante alejada de Granada hacia el noroeste, pero no porque la ruta que iban a establecerlos ingleses pasara por esas ciudades, sino porque eran puntos indispensables para defender el acceso al lago por el norte. La ruta iría mucho más al sur. Ya en aguas del lago, partiría de San Carlos, en la orilla del sur, y se dirigiría a la bahía del Papagayo, hoy territorio de Costa Rica, en el mar Pacífico. Con algunas variantes, ésa fue la que se siguió en el siglo XIX para establecer la línea de vapores que debían llevar del este de los Estados Unidos a los buscadores de oro de California; fue la misma ruta que dio el dominio de Nicaragua a los filibusteros de William Walker y la misma que iba a seguirse para hacer el canal que al fin se construyó en el istmo de Panamá.

Aunque el plan había sido hecho en Londres, donde fue aprobado por las autoridades militares y políticas, su ejecución se llevaría a cabo desde Jamaica, y por eso llevó el nombre del gobernador de esa isla, el mayor general John Dallíng. Dalling debía salir de Jamaica con una fuerte expedición que estaba siendo organizada en Inglaterra, pero la expedición tardaba en llegar a Jamaica, y para que el plan tuviera éxito era indispensable tomar el castillo de la Concepción antes de que comenzara la temporada de las lluvias, lo que ocurriría en el mes de abril, pues las lluvias engrosaban el río San Juan y esto hacía imposible remontar los raudales, que se reforzaban en la estación lluviosa hasta convertirse en cataratas. Así, Dalling salió de Jamaica al comenzar el mes de febrero de 1780 con las fuerzas que pudo reunir en la isla, algo más de unos 400 hombres. Esa fuerza debía ser aumentada con zambos mosquitos y soldados ingleses de la Mosquitia hondureña. Los transportes iban escoltados por el navío Hinchinbroke, cuyo comandante era un joven de treinta y dos años, llamado Horacio Nelson.

Dalling se detuvo en cabo Gracias a Dios para organizar flotillas de canoas tripuladas por mosquitos y ya el 24 de marzo surgía frente al puerto de San Juan del Norte, lugar que tomó ese mismo día sin mucho esfuerzo; el 9 de abril tomó la isla de San Bartolomé, que, como hemos dicho, estaba situada río adentro, ocasión en la que Nelson actuó dirigiendo el ataque de artillería que haría capitular a la pequeña guarnición que había en la isla; el día 11, las avanzadas de Dalling, desembarcadas en la orilla del río, estaban rodeando el castillo de la Concepción, que resistió cuanto pudo, pero que cayó en sus manos el día 24. Pero de ahí no pudo pasar el gobernador de Jamaica porque ya había comenzado la temporada de las lluvias, las interminables y copiosas lluvias tropicales, que caen sin cesar día y noche, inundan las tierras y las convierten en pantanos y en criaderos de los mosquitos que transmiten la malaria, fomentan el crecimiento de fungosidades en las paredes, en las ropas y en los zapatos y obligan a la gente a vivir encerrada bajo techo. Así, encerrados en el castillo, Dalling y sus hombres se pusieron a esperar la gran expedición que llegaría de Inglaterra, una expedición que de todos modos no podía llegar al castillo de la Concepción mientras no cesaran las lluvias que hacían imposible remontar el río.

El gobernador Gálvez acababa de retornar de Omoa a Guatemala cuando llegaron las noticias de que los ingleses habían tomado el castillo de la Concepción y sin perder tiempo reorganizó sus fuerzas y tomó el camino de Granada, donde halló que el vecindario, asustado por la cercanía de los invasores, había abandonado la ciudad y se había internado en los montes. Aunque habían pasado más de 100 años de las depredaciones que Granada había sufrido a manos de algunos piratas ingleses, la gente no olvidaba lo que la ciudad había padecido, y tal vez con el paso de los años aquellos sufrimientos habían sido aumentados por los que relataban su historia.

Don Matías Gálvez se dedicó a levantar el ánimo de los vecinos de Granada y a preparar defensas y organizar fuerzas para detener a los ingleses cuando éstos cruzaron el lago, lo que Gálvez daba por un hecho seguro. Pero sucedía que también en Granada caían las copiosas e interminables lluvias del Trópico, de manera que el gobernador tuvo que trasladar su cuartel general a Masaya. Cuando finalizaron las lluvias en el mes de septiembre, el activo presidente de la Audiencia de Guatemala, gobernador y capitán general, embarcó unos 600 hombres en canoas y se dirigió río San Juan abajo, camino del castillo de la Concepción, donde esperaba hallar a Dalling.

Dalling no estaba allí; ni él ni ninguno de sus hombres, excepto los muertos que había enterrado en las orillas del río, y esos muertos eran más de 1.400. Dalling había perdido tanta gente a causa de las fiebres palúdicas e intestinales, que de 1.800 nombres que había llevado a la expedición apenas le quedaban unos 380, macilentos, enfermos, débiles, con los cuales no podía defender la posición; así, había emprendido la retirada hacia San Juan del Norte y cuando don Matías Gálvez llegó al puerto sólo alcanzó a ver las velas británicas que se alejaban en el horizonte. Una vez más había fracasado el plan inglés de cortar en dos los territorios españoles de América.

Mientras Dalling se aprestaba a tomar el castillo de la Concepción, allá por el mes de marzo, las metrópolis del Caribe hacían cambios en sus fuerzas coloniales y ordenaban movimientos llamados a tener consecuencias en la región. Así, sir Georges Rodney pasaba a desempeñar el mando de la flota inglesa del Caribe, el almirante De Guichen pasaba al mando de la francesa y España despachaba hacia La Habana 130 buques, de los cuales 114 eran transportes para unos 10.000 soldados. Esta expedición española estaba destinada a la conquista de la Florida y a combatir en el golfo de Méjico, pero al final fue dedicada a la fallida toma de Jamaica.

La flota del almirante Rodney sufrió graves pérdidas a causa de un huracán que le hundió más de 30 naves y además estuvo durante algún tiempo operando en aguas norteamericanas. Por otra parte, los meses finales de 1780 fueron de poca actividad, excepto para los corsarios y los navíos de línea que se dedicaban a apresar algún que otro mercante. En ese tiempo estuvieron muy activos los corsarios de Santo Domingo y de Puerto Rico, que llegaron a operar en las aguas del Atlántico.

Al terminar el año, el día 20 de diciembre, Holanda declaró la guerra a Gran Bretaña. Había sucedido que unos buques ingleses se habían metido en el puerto de San Martín y allí mismo habían apresado algunos barcos norteamericanos; las protestas holandesas fueron rechazadas por el gobierno de Londres y la situación se complicó de tal manera que la ruptura de las hostilidades fue inevitable. Al finalizar el mes de enero de 1781 el almirante Rodney recibía órdenes de tomar San Eustaquio y se presentó ante la pequeña isla holandesa con una fuerza imponente. El gobernador, que no tenía conocimiento de que su país estaba en guerra con los ingleses, capituló sin combatir; en los días posteriores capitularon también Saba, San Martín y San Bartolomé. El botín que tomaron los británicos fue enorme, pues los muelles de San Eustaquio y de San Martín estaban llenos de mercancías; también los almacenes privados estaban llenos de toda suerte de productos y lo estaban casi todos los 200 barcos que había en los puertos. En total, el botín sumaba varios millones de dólares, tal vez más de quince, calculados en dólares de mitad del siglo XIX, lo que en esos años del siglo XVIII era una suma fabulosa.

La captura del rico botín dio lugar a incidentes muy serios porque el almirante Rodney descubrió que muchas mercancías y varios de los buques tomados eran propiedad de ingleses que comerciaban con las colonias norteamericanas y con los territorios franceses del Caribe a través de las islas holandesas, que hasta el momento habían sido puertos neutrales. Ese descubrimiento ponía de manifiesto la verdadera naturaleza de la guerra, que era una contienda comercial disfrazada de guerra patriótica. Al Caribe se iba a buscar ventajas económicas, y las guerras que tenían lugar en sus aguas y en sus tierras eran sólo expresiones armadas de conflictos comerciales. Mientras los marinos y los soldados se mataban, los comerciantes hacían negocios con el enemigo.

Los propietarios ingleses de mercancías y barcos tomados en las islas holandesas reclamaron que se les devolvieran sus pro piedades, pero Rodney se negó y, lo que es más, las declaró confiscadas y las puso a la venta en Saint Kitts; en cuanto a la otra parte del botín, la envió a Inglaterra, pero no llegó a su destino porque el convoy fue interceptado y apresado por un escuadrón francés que llevó sus presas a Francia; las mercancías fueron vendidas a los comerciantes de Burdeos, quienes pagaron por ellas 8.000.000 de libras tornesas y las vendieron con beneficios altísimos debido a que los productos tropicales escaseaban mucho en Francia desde que había comenzado la guerra.

Mientras Rodney se hallaba en Saint Kitts ocupado en vender las mercancías que había confiscado a sus compatriotas, llegó a Martinica una poderosa flota francesa que había salido de Brest al mando del conde De Grasse. Esa flota iba a hacer estragos en las posesiones inglesas de la región. Cuando Rodney supo que De Grasse estaba en el Caribe despachó a uno de sus mejores comandantes a batir a De Grasse, pero la flota francesa era demasiado grande y Hood no pudo ni siquiera acercársele.

De Grasse llevaba consigo un convoy de mercancías que dejó en Fort-Royal y sin perder tiempo siguió hacia Santa Lucía con ánimos de arrebatársela a los ingleses. Al parecer, llevaba instrucciones de reconquistar esa isla, lo que da idea de que en Francia se habían dado cuenta de que Santa Lucía había sido convertida por los británicos en un punto clave en la estrategia británica del Caribe. Efectivamente, así era, y los hechos lo demostrarían dos años después. De Grasse alcanzó a desembarcar tropas en Santa Lucía, pero la defensa que halló fue tan enérgica que tuvo que reembarcarlas con pérdidas altas y tuvo que retirarse de allí a principios del mes de mayo. Como le tocaría saberlo a su tiempo, él mismo iba a ser víctima de ese fracaso ante los ingleses de Santa Lucía.

El marqués De Bouillé, gobernador de Martinica, era sin duda el hombre con más condiciones de jefe militar que había en el Caribe. Por alguna razón, aunque lucharon juntos, sus relaciones con D'Estaing no fueron las mejores; en cambio, De Bouillé y De Grasse iban a entenderse bien y juntos formarían un equipo de mando que iba a darles mucho que hacer a los ingleses.

De Grasse había fracasado en Santa Lucía, pero De Bouillé no fracasaría en la conquista de Tobago. Para tomar esa isla, De Bouillé usó una parte de la flota de De Grasse —cuatro navíos, una fragata y algunos transportes—; se presentó en Tobago y puso pie en la bahía de Curland tras un fuerte bombardeo que fue respondido por los ingleses con energía. Rodney, que estaba en Barbados, envió apresuradamente un escuadrón con la orden de auxiliar a los defensores, pero De Grasse llegó al sitio de la lucha a tiempo y forzó al escuadrón inglés a retirarse.

La batalla de Tobago fue dura. El jefe de la defensa, teniente gobernador Ferguson, hizo una retirada hacia el interior con el propósito de hacerse fuerte en mejores posiciones. En vez de dedicarse a perseguir a Ferguson, De Bouillé ordenó que se quemaran las propiedades de los plantadores británicos, con lo cual obtuvo que los propietarios pidieran la paz para salvar sus bienes. En ese momento Rodney salía de Barbados con refuerzos para Ferguson, pero el almirante inglés llegó a Tobago demasiado tarde. La isla se había rendido el 2 de junio y De Bouillé y De Grasse volvieron a Fort-Royal, en cuya rada entraron agitando en sus manos las banderas que le habían tomado al enemigo. Después de la victoria de Tobago, De Grasse salió con su flota hacia las costas de Norteamérica, donde tomaría parte en la caída de York Ton y la consecuente rendición de lord Cornwalles; y casi a seguidas Rodney salía hacia Inglaterra, llamado para responder a las acusaciones que se le hacían con motivo de la confiscación de las propiedades inglesas tomadas en San Eustaquio y San Martín, y su flota, colocada bajo el mando de Hood, tomaba el rumbo de Nueva York. Parecía que el Caribe quedaba descargado de las presiones guerreras que originaba la presencia en sus aguas de las poderosas flotas de Francia e Inglaterra.

Pero la verdad es que, aunque la flota francesa se había alejado, Francia estaba representada en el Caribe por De Bouillé, y De Bouillé era un hombre de guerra, un soldado nato. Dado su cargo, no tenía por qué participar personalmente en los ataques, y sin embargo lo hacía. Siempre estuvo al lado de D'Estaing en los combates que éste dio; acompañó a De Grasse en Santa Lucía y se le había adelantado en Tobago; concebía planes atrevidos e iba a ejecutarlos él mismo. Ahora bien, la mayor hazaña del gobernador de Martinica estaba por verse todavía.

De Bouillé había resuelto dar un golpe audaz a Inglaterra en el Caribe y había organizado ese golpe con tanto secreto que ni siquiera lo conocían muchos de los que iban a participar en él. Para disimular sus intenciones dio una fiesta a la juventud de Martinica, y cuando esa juventud estaba entretenida ejecutando las refinadas danzas de la época, el gobernador salió sigilosamente a los jardines con algunos de los que asistían a la fiesta y se fue a la rada de Fort-Royal, donde le esperaban tres fragatas, una corbeta y cuatro goletas en las cuales habían embarcado unos 350 hombres. Era al comenzar la última semana de noviembre, mes de buenos vientos en el Caribe. En la noche del día 26, con mar gruesa por cierto, De Bouillé estaba desembarcando sus hombres en San Eustaquio. Algunos de esos hombres llevaban todavía el traje de fiesta con que habían salido de la casa del gobernador. Al amanecer del día 27 los franceses estaban atacando el fuerte que defendía la pequeña isla.

La sorpresa que produjo el audaz golpe de De Bouillé fue tan grande que paralizó a la guarnición inglesa, compuesta de unos setecientos hombres. Cockburn, el gobernador británico, fue hecho prisionero antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Al día siguiente se rindieron las fuerzas de San Martín y poco después se entregaron las islas de Saba y San Bartolomé. De Bouillé retornó a Fort-Royal con más de 800 prisioneros a los que había que sumar las mujeres y los niños que les acompañaban. El gobernador fue recibido en Martinica con honores de héroe, y al llegar a Fort-Royal encontró allí a De Grasse y su flota, que volvían de América del Norte después de haber cosechado también la victoria en aguas norteamericanas. Era simplemente lógico que las tropas, la marinería, la oficialidad de De Grasse y De Bouillé se sintieran impulsadas a seguir acumulando victorias; así, la próxima sería en Barbados, la fortaleza británica que hacía el papel de una avanzada del Caribe en el Atlántico. El almirante y el gobernador se prepara- ron, pues, para tomar Barbados. Por dos veces, una con 3.500 hombres de desembarco y otra con 6.000, la flota francesa estuvo cruzando por las aguas de Barbados y en las dos ocasiones los vientos contrarios impidieron que se acercaran a las costas. Al final hubo que abandonar el plan de tomar Barbados, pero no se abandonaron los propósitos de seguir despojando a Gran Bretaña de sus posesiones del Caribe. Así, el 11 de enero de 1782 la flota de De Grasse, y Bouillé con ella, entraba en la rada de Basse-Terre, en la isla de Saint Kitts.

Ya conocemos la importancia histórica y política que tenía Saint Kitts para los ingleses y su vinculación con el nacimiento y el desarrollo del poder francés en el Caribe. Precisamente, el punto por donde desembarcaron los franceses ese día de enero de 1782 correspondía a lo que había sido la parte francesa de la isla antes de que ésta pasara a ser totalmente inglesa. Debido a, su abolengo en la historia de la colonización británica, Saint Kitts era el asiento de la gobernación de las islas inglesas para el grupo llamado de Barlovento y allí había una guarnición respetable. En el momento de la llegada de De Bouillé, esa guarnición tenía más de 1.200 hombres.

A la presencia de los franceses en Basse-Terre, el gobernador se retiró con todas las fuerzas a la fortaleza de Brimstone Hill, bien dotada de artillería y de municiones; pero los dueños de ingenios de azúcar no estaban dispuestos a correr la suerte de la guerra y comenzaron a buscar contactos con De Bouillé para negociar la rendición de la isla. Mientras tanto De Grasse despachó escuadrones a Nevis y a Monserrat y esas posesiones capitularon sin luchar, lo que aumentó el deseo de negociar que tenían los propietarios de Saint Kitts. Después que se cerró el capítulo de ese ataque francés se dijo que esos propietarios se negaron a prestar sus esclavos para que éstos cargaran las balas de cañón que necesitaban los defensores del fuerte de Brimstone Hill; al parecer, había un almacén de esas municiones en las faldas de la colina que daba nombre al fuerte y no fue posible llevar las balas hasta el fuerte por falta de hombres que hicieran el trabajo. De todos modos, es el caso que De Bouillé había puesto sitio al fuerte con unos 6.000 hombres y se había dedicado a bombar- dearlo sin que eso conmoviera a los propietarios, que no se hallaban inclinados a dar demostraciones de patriotismo.

Mientras De Bouillé cercaba y cañoneaba Brimstone Hill, De Grasse tenía su escuadra en la bahía de Basse-Terre. El día 24 de junio se presentó ante Basse-Terre una escuadra inglesa comandada por el almirante Hood. Hood maniobró para entrar en la bahía, cosa que no logró, y entonces De Grasse sacó su escuadra para presentarle batalla a Hood. En ese momento Hood hizo lo que menos podía esperar De Grasse; entró con su escuadra en la bahía y dejó afuera al almirante francés y a sus barcos. Esa maniobra era no sólo una demostración de maestría naval y de audacia muy británica; era también una burla que De Grasse no podía aceptar; así, el almirante francés hizo todos los esfuerzos por desalojar al inglés de su posición, pero fueron inútiles y además costosos en vidas y en averías. Por lo visto, lo único que podía hacer De Grasse era bloquear la salida de la bahía y mantener a Hood embotellado.

Probablemente no se ha dado muchas veces un caso igual: los ingleses de Brimstone Hill estaban cercados por los franceses del marqués De Bouillé; éstos a su vez estaban embotellados por los buques y los soldados ingleses de Hood, y Hood y sus hombres se hallaban embotellados por la escuadra francesa de De Grasse. Había una manera de romper esa cadena de cercos, y era lanzando contra la retaguardia de De Bouillé a los hombres de Hood, que alcanzaban a unos 2.500, a fin de romper el sitio de Brimstone Hill y unir fuerzas; después se vería qué se podía hacer con la flota de De Grasse.

Eso fue lo que hizo Hood: desembarcó sus 2.500 soldados y los lanzó a la lucha contra De Bouillé; pero éste había previsto el golpe y había preparado sus fuerzas de tal manera que los ingleses no pudieron romper sus filas. En cuanto a las tropas cercadas en el fuerte, sus bajas en muertos y heridos eran ya altas, de manera que tampoco pudieron ayudar en la lucha. Ante esa situación, Hood tenía que salir de la bahía o entregarse, lo que a su vez suponía la entrega del gobernador, y Hood escogió la salida. Esta era difícil y con pocas probabilidades de éxito, pero Hood, que había hecho en Basse-Terre una entrada increíble, iba a hacer una salida también increíble: a media noche cortó cables y se deslizó por las aguas de Basse-Terre sin que los marinos de De Grasse alcanzaran a darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Al día siguiente se rendía Brimstone Hill, después de treinta y cuatro días de sitio.

Desde la ruptura de hostilidades hasta ese mes de julio de 1782 habían caído en manos francesas Dominica, San Vicente, Granada y las Granadinas, Tobago, Saint Kitts, Nevis y Monserrat, y además los franceses habían reconquistado las posesiones holandesas de San Eustaquio, San Martín, Saba y San Bartolomé, que habían devuelto a Holanda con excepción de la última. Los franceses del Caribe estaban forjando una impresionante cadena de victorias a expensas del poderío inglés, lo que indicaba o que ese poderío estaba en decadencia o que estaba en ascenso el de Francia.

Al retornar triunfantes a Martinica, el grácil De Bouillé y el corpulento De Grasse fueron recibidos en medio de un júbilo casi de locura, y para colmo de buena suerte, poco después de su llegada arribaba a Fort-Royal un convoy de mercantes que había logrado burlar a la ilota inglesa. En ese convoy iban productos suficientes para aliviar, al menos por el momento, las necesidades de la población, que como casi todas las del Caribe estaba sufriendo los efectos de una inflación vertiginosa causada por la escasez de bienes de consumo.

Parecía que De Bouillé y De Grasse habían obtenido, por alguna gracia especial, la bendición de los dioses de la guerra; que ninguna fuerza inglesa podía atravesarse en su camino; que iban a conseguir todo lo que se propusieran. Y lo que se propusieron, por órdenes del gobierno francés, fue asestar a Inglaterra el golpe final a su imperio en el Caribe: la conquista de Jamaica. Pero antes de que llegara esa orden llegó a Barbados, a medía-dos de febrero de 1782, el avezado y duro sir George Rodney, a quien la historia le reservaba el papel de destruir, casi sin combatir, la fuerza del binomio De Grasse-De Bouillé.

Tan pronto llegó a Barbados, Rodney ordenó a Hood que se le reuniera en Antigua. Las escuadras de Rodney y Hood sumaban más navíos que los de De Grasse, y eso por sí solo significaba que en cualquier momento podía quedar roto en favor de Inglaterra el equilibrio naval del Caribe. Una vez reunidas en Antigua, las naves inglesas se dirigieron a Santa Lucía, desde donde Rodney podía vigilar los menores movimientos de De Grasse. Allí iban a pasar los ingleses el mes de marzo y los primeros días de abril, tensos y dispuestos al ataque como el águila que ha puesto el ojo en la víctima escogida y mantiene las alas a punto de emprender el vuelo a la primera señal de que la pieza se ha movido.

Pero sucedía que en marzo, mientras Rodney y Hood vigilaban a De Grasse, estaba a punto de estallar de nuevo la guerra en el occidente del Caribe. Efectivamente, don Matías Gálvez, el infatigable gobernador de Guatemala, que había establecido su cuartel general en Trujillo, preparaba la reconquista de la isla Roatán, que los ingleses habían guarnecido de varios fuertes, cinco de ellos a la entrada y alrededor de Puerto Real, y otro, el de Federico, para proteger el puerto por la retaguardia.

Gálvez hizo sus preparativos cuidadosamente; reunió 3.900 hombres y metió entre ellos una unidad de caballería pensando que ésta podía hacerle falta en caso de que los ingleses se retiraran a un punto de la pequeña isla donde hubiera necesidad de perseguirlos con bestias; reunió también varias balandras y goletas y algunas canoas y escoltó la expedición con cuatro fragatas, una corbeta y cuatro lanchas cañoneras. Como se ve, el gobernador Gálvez no estaba dispuesto a fracasar por falta de elementos.

Y efectivamente, no fracasó. Las baterías de los fuertes que guardaban el puerto fueron silenciadas rápidamente; el teniente gobernador inglés se refugió en el fuerte Federico, pero no podía hacer nada para impedir la victoria española. Roatán se rindió el día 17 de marzo (1782); los atacantes tomaron un buen botín, la mayor parte en esclavos; a los soldados ingleses se les permitió irse a Jamaica.

Gálvez estuvo en Roatán hasta el 23, día en que salió con una parte de sus efectivos hacia la región de Río Tinto, es decir, la Mosquina hondureña; allí asaltó y destruyó los puntos de Quepriba y Criba, donde había pequeñas guarniciones enemigas, y en los primeros días de abril estaba persiguiendo tierra adentro a los pocos ingleses que buscaban protección en el interior, en las zonas habitadas por los mosquitos.

Precisamente en esos primeros días de abril estaban el almirante De Grasse y el gobernador De Bouillé dando los últimos toques a lo que iba a ser la operación maestra de Francia y España en el Caribe, la conquista de Jamaica. El día 8 abandonaba la flota francesa la rada de Fort-Royal para ir a Cap-FranÇais, en la costa norte de Haití, donde debía reunirse con la flota española que bajo el comando de don José Solano había cruzado el Atlántico en ruta hacía La Habana en marzo de 1780, esto es, dos años antes. Una vez reunidas, las dos flotas enfilarían por el canal de Los Vientos hacia Jamaica, que seguramente no tenía fuerzas con que enfrentar un ataque de esa envergadura. Podemos hacernos una idea del poderío de las fuerzas aliadas que iban a la conquista de Jamaica por la cantidad de naves de transporte que iban en las dos flotas. Solano había llevado a Cuba 114 transportes y De Grasse llevaba desde la Martinica 150. No sabemos cuántos navíos de guerra tenía a su mando Solano, pero sabemos que la escuadra de De Grasse estaba compuesta por unas 36 unidades, de las cuales 25, por lo menos, iban a participar en la acción sobre Jamaica.

Leyendo ahora los documentos de aquellos días es fácil darse cuenta de que los planes de los gobiernos eran conocidos muy a menudo por los enemigos. El espionaje funcionaba en los palacios de los reyes, en los gabinetes de los ministros y en los despachos de los jefes militares. El envío de Rodney al Caribe y su movimiento hacia Santa Lucía para vigilar desde allí a De Grasse son hechos que resultarían demasiado casuales si no obedecían a un propósito, y el propósito era evitar a toda costa la expedición contra Jamaica; luego en Londres sabían que los gobiernos de Francia y España habían resuelto conquistar Jamaica. Rodney había situado casi en aguas de Martinica dos fragatas que debían informarle, mediante señales, qué rumbo tomaba De Grasse al abandonar, el día que lo hiciera, la rada de Fort-Royal. Esa es otra indicación de que Rodney tenía noticias precisas sobre las intenciones del almirante francés. Rodney sabía que iba a salir y con qué planes saldría y había congregado sus fuerzas en Santa Lucía para impedir que esos planes pudieran ser ejecutados.

En la mañana del 9 de abril, sir Georges Rodney recibió señales que le indicaban el rumbo de la flota francesa: navegaba hacia Dominica en dirección norte franco. Sin perder un minuto, Rodney dio la orden de lanzarse a la persecución del enemigo y batirlo tan pronto estuviera a tiro de cañón.

La cacería duró horas. Ya por la tarde, el escuadrón de Hood se acercaba a los navíos franceses que cubrían la retaguardia del convoy. Las dos notas estaban todavía tan cerca de Martinica que el primer disparo del lado francés —hecho por el navío Triunfante— se oyó en la costa de esa isla. Había comenzado la primera parte de un combate naval que iba a tener muy escasa importancia militar y que sin embargo iba a tener consecuencias decisivas en el fracaso de los planes de Francia y España.

En ese combate el navío francés Zélé resultó con averías gruesas. El almirante De Grasse iba a bordo del Villa de París, su nave insignia, y el Villa de París, que portaba 110 cañones, era un buque pesado, muy lento para maniobrar. Pues bien, cuando vio al Zélé en situación crítica, De Grasse quiso ir en su ayuda y fue a dar a un punto de aguas muertas y, lógicamente, tras el almirante entraron en esas aguas varios otros navíos cuyos comandantes creyeron que debían darle protección a su jefe.

Los marinos ingleses pensaron que De Grasse estaba rehuyendo el combate y trataron de hacerlo salir del lugar donde se hallaba, pues la falta de brisa hacía imposible que ellos mismos —esto es, los ingleses— pudieran maniobrar. Mientras tanto, una parte de la escuadra francesa y la totalidad de los transportes seguían su ruta hacia Cap-Francais. Con ellos iba el marqués De Bouillé, que se había embarcado en Fort-Royal para tomar parte en la conquista de Jamaica.

A eso que hemos descrito se limitó la primera parte de lo que se llamó la batalla de Los Santos, nombre que se le dio porque la parte segunda —y final— iba a darse en las aguas de los islotes de Los Santos, que son adyacentes de Guadalupe y limitan por el norte el canal que separa esta isla de la de Dominica.

Los buques franceses no pudieron maniobrar sino el día 12, y entonces lo hicieron, con tan mala suerte, que vinieron a quedar a barlovento de la escuadra británica, y en ese momento los ingleses superaban de manera abrumadora a los franceses, puesto que junto con De Grasse había sólo una parte de su fuerza; la otra parte había seguido escoltando el convoy que iba hacia Cap-Francais. Así, con el viento a su favor, los ingleses avanzaron y formaron línea a su mejor conveniencia. La parte final de la batalla de Los Santos iba a darse con todas las ventajas del lado inglés.

En los primeros movimientos el buque almirante de Rodney rompió la línea francesa, a la vez que otros navíos británicos la rompían por otro punto, de manera que la línea de De Grasse quedó rápidamente dividida en tres grupos y sus unidades rodeadas y batidas por el fuego de los navíos enemigos. Cuatro buques franceses quedaron apresados, entre ellos el Villa de París. De Grasse, pues, había caído prisionero de Rodney. A causa de lo que le sucedió a De Grasse, la marina francesa, después de estudiar el expediente de la batalla, ordenó que en lo sucesivo sus comandantes dirigieran las batallas desde una fragata, nave que era más ligera y por tanto más capaz de maniobrar en circunstancias imprevistas, como las que se dieron en el caso de la batalla de Los Santos.

La mayor parte de los buques franceses que participaron en el último episodio de la batalla de Los Santos lograron escapar con algunas bajas, pero sin averías, y Rodney, que quería aprovechar la ocasión para destruir la escuadra francesa, ordenó a Hood que les diera alcance. Hood alcanzó a interceptar dos navíos de línea y una fragata, con lo cual el número de unidades francesas que cayó ese día en manos de Rodney fue de siete. Todos los buques apresados fueron llevados a Jamaica, donde Rodney y su escuadra tuvieron un recibimiento delirante. La victoria, en verdad, no era nada del otro mundo, pero sus consecuencias políticas sí lo eran, sobre todo para los habitantes de la isla, que se habían salvado del ataque franco-español y de la muy probable conquista de su tierra.

Al llegar a Cap-Francais la noticia de lo que había sucedido a De Grasse, el marqués De Bouillé quiso suplantar a De Grasse en la jefatura de la expedición a Jamaica y le propuso a Solano, el jefe de la flota española, que el plan general se llevara a cabo bajo la responsabilidad de De Bouillé. De Bouillé alegaba, y tenía razón, que la pérdida de siete u ocho buques no podía justificar el abandono del plan, que esa pérdida no debilitaba de modo apreciable el poder de las flotas española y francesa unidas. Pero Solano entendía que sus órdenes eran muy precisas y que él tenía que atenerse a ellas; que se le había mandado esperar en Cap-Francais al almirante De Grasse y que De Grasse no había llegado ni podría llegar, puesto que había caído en poder de los ingleses. Todos los esfuerzos que hizo el gobernador de Martinica para convencer a Solano de que deberían actuar resultaron inútiles. Cuando en Madrid se supo que Solano se había negado a oír a De Bouillé, se le dio la razón a éste, pero desde luego ya era tarde, y demasiado tarde. Jamaica no sería conquistada y, lo que es más, no sería ni siquiera atacada. La corona que Francia y España iban a poner a la guerra del Caribe se había hundido en las aguas de Los Santos el día 12 de abril de 1872, y al cabo de tres años y cuatro meses la pérdida de Santa Lucía —ocurrida en diciembre de 1778— culminaba en el fracaso de los planes elaborados para dar un golpe final al poder inglés en el Caribe; que así se encadenan los hechos en la guerra, tal como se encadenan en la vida.

Exactamente el 12 de abril, día en que De Grasse caía prisionero de Rodney en aguas del Caribe, tenían lugar en París las primeras conversaciones para hacer la paz, y si ésta tardó en hacerse se debió a la victoria de Rodney en la acción de Los Santos. Inglaterra estaba dispuesta a conceder a Francia y España buenas condiciones de paz; había perdido todas sus posiciones importantes en el Caribe, con la excepción de Jamaica, Antigua y Barbados, y sólo había logrado conquistar Santa Lucía, arrebatada a los franceses, y había perdido tierra en otras partes de América, de manera que la paz era para ella una necesidad. Pero cuando llegó a Londres la noticia de la derrota de De Grasse pensó de otro modo; así, por ejemplo, rechazó las peticiones españolas para que abandonara Gibraltar a menos que España le diera a cambio la isla de Puerto Rico, y en general alargó las conversaciones, que se prolongaron hasta el 1783.

En cambio, los ingleses negociaban tan de prisa con sus antiguas colonias norteamericanas que para fines de noviembre se habían firmado los artículos preliminares del tratado de paz. Esa negociación se hacía en el secreto más estricto, para que ni Francia ni España se enteraran de ellas. Francia y España habían participado en la guerra que aseguró la independencia de los Estados Unidos; la presencia de las fuerzas francesas de tierra y de mar al lado de las norteamericanas, así como la cuantiosa ayuda en armas y dinero que les dio España a los colonos rebelados, fueron factores decisivos en la victoria yanqui; además, si Inglaterra hubiera podido dedicar todo su poderío a combatir a sus colonos, la lucha hubiera sido larga, muy costosa y nadie sabe cómo hubiera terminado. Pero Inglaterra tuvo que combatir contra Francia y España en Europa y en el Caribe y eso la debilitó. Sin embargo, a la hora de hacer la paz, los Estados Unidos se entendían con los ingleses en secreto para que aquellos que tanto los habían ayudado no estuvieran al tanto de lo que estaba sucediendo.

Después de la batalla de Los Santos, sólo los corsarios de Santo Domingo, Puerto Rico y las islas francesas e inglesas siguieron su especie de guerra particular, pero en el fondo occidental del Caribe iba a combatirse todavía. Fue en Roatán y en la Mosquitia hondureña, que habían caído en poder de España, como sabemos, en vísperas de la batalla de Los Santos.

El 23 de agosto (1782) se presentó frente a Roatán el coronel Edward Despard con 1.200 hombres, la mitad de ellos mosquitos, a los que conducía con buena protección naval, y en una larga lucha de ocho días se apoderó de la isla, en la cual había una guarnición española de 750 hombres; después Despard se dirigió a Río Tinto y, tal como había hecho Gálvez antes, dominó las posiciones de Quepriba y Criba, de manera que, salvo el castillo de Omoa, España perdió otra vez en el golfo de Honduras todo lo que el enérgico don Matías Gálvez hacía reconquistado poco antes.

Cuando se dio fin a los acuerdos preliminares del tratado de paz, lo que vino a suceder en enero de 1783, los ingleses tenían en el Caribe sólo Roatán y la Mosquitia, que no eran territorios británicos, y las islas de Antigua, Barbados y Jamaica. La situación era parecida en el Mediterráneo, en el sur de los Estados Unidos y en las Bahamas. En los arreglos de paz España iba a recuperar Menorca y las dos Floridas y devolvería las Bahamas, e Inglaterra reconocería los derechos españoles de Belice y todos los territorios mosquitos, al tiempo que España concedería autorización, dentro de ciertos límites, para que los súbditos británicos pudieran cortar madera en Belice. Roatán, desde luego, volvería a manos españolas.

De manera irregular, Suecia entró en las negociaciones a través de Francia. Los suecos habían estado viendo desde hacía muchos años que los daneses sacaban buenos dividendos de sus pequeños territorios del Caribe y habían fundado en 1746 una Compañía de las Indias Occidentales, pero fue sólo en 1779, bajo el reinado de Gustavo III, cuando sus empeños por tener una posesión en el Caribe comenzaron a tomar forma. Gustavo III mantenía relaciones estrechísimas con Luis XVI, al punto que recibía subsidios de éste, y la política exterior francesa contaba de manera segura con el apoyo de Suecia en todo lo que se refiriera a problemas del norte de Europa. En las negociaciones del tratado que iba a poner fin a la guerra, Francia propuso que España le concediera a Suecia uno de sus territorios caribes, Trinidad o Vieques, a lo que España se negó; entonces gestionó con Inglaterra que le traspasara una de las suyas, petición que Inglaterra rechazó. Pero Suecia seguiría insistiendo.

El tratado se firmó en Versalles el 30 de septiembre de 1783. Francia devolvió a Inglaterra las islas de Saint Kitts, Nevis, Monserrat, Granada y las Granadinas, Dominica y San Vicente, pero obtuvo la devolución de Santa Lucía y se quedó con Tobago. Poco después, en mayo de 1784, Luis XVI ordenaba que Tobago fuera cedida a Suecia, y eso es lo que explica que Francia no aceptara devolver a Inglaterra la pequeña isla que hoy forma una unidad política junto con la isla de Trinidad. No sabemos qué ocurrió entre mayo y finales de junio, pero es el caso que, después de la cesión de Tobago, Francia y Suecia se pusieron de acuerdo para que, en vez de Tobago, Suecia tomara San Bartolomé y que a cambio de San Bartolomé les diera a los franceses privilegios comerciales en Gotemburgo. San Bartolomé tenía 21 kilómetros cuadrados y 759 habitantes, de los cuales 458 eran blancos. El tratado de cesión fue firmado en París el 1 de julio (1784) y la cesión efectiva tuvo lugar el 7 de marzo de 1785. En el mes de septiembre San Bartolomé fue declarado puerto libre y en octubre del año siguiente fue cedido a una compañía formada para comerciar con las posesiones del Caribe y América del Norte. Así, al terminar la guerra había un nuevo país europeo con señorío en un territorio del Caribe.

Al quedar firmado el tratado de Versalles parecía que todo el Caribe seguía igual que antes de comenzar la guerra. Pero la guerra había provocado cambios muy importantes; cambios en la situación económica de las metrópolis y de sectores de las poblaciones coloniales; cambios en la composición social de casi todos los territorios caribes; cambios en las ideas de las gentes. Hubo un número apreciable de personas que se enriqueció haciendo el corso y el contrabando y cobrando a precio de oro lo que podía vender, pero también hubo mucha gente que murió de hambre. Algunos artículos llegaron a encarecerse cuatro veces, y en ocasiones se trataba de artículos de consumo para la gente más pobre. Se calcula que sólo en las islas inglesas murieron por falta de alimentación unos 18.000 esclavos. Las relaciones comerciales quedaron durante años prácticamente rotas, no sólo entre las colonias y las metrópolis, sino también entre las colonias que se vendían y se compraban entre sí. En el caso de las posesiones españolas, esto tuvo buenos resultados, porque entre 1777 y 1780 España dio a sus territorios una libertad comercial que las convirtió de hecho en provincias autónomas, con autorización para adquirir esclavos sin ninguna restricción; y esta última medida iba a tener consecuencias trascendentales en la vida de los países españoles del Caribe, porque con la importación libre de esclavos aumentó a niveles inesperados el poder económico de la aristocracia terrateniente de algunos lugares —por ejemplo, Venezuela—, lo que al cabo de treinta años se reflejaría en las luchas por la independencia, que fueron dirigidas por ese grupo social. Dada la organización económico-social de la región del Caribe, los mayores beneficios que proporcionaron los cambios fueron para los dueños de tierras y esclavos; pero los perjuicios causados por el encarecimiento de la vida y por las restricciones que provocó la guerra caían sobre las espaldas de los esclavos, los zambos, los pardos, los mulatos, los negros libres y los blancos pobres, que durante esos años estuvieron acumulando miseria y odios. La guerra hizo más agudas las contradicciones que llevaba en su seno la sociedad del Caribe, y pocos años después esas contradicciones, estimuladas por la Revolución francesa, iban a hacer estallar el barril de pólvora sobre el cual estaba asentado el régimen económico, social y político de los pueblos del Caribe.

CapÍtulo XV

La revolución francesa y su proyección en el Caribe

Al firmarse en 1783 el tratado de Versalles debía haber en el Caribe una población esclava de 1.200.000 almas. Puede estimarse que en Haití había entonces unos 400.000, y como según cálculos de la época los esclavos de Haití representaban tres quintas partes de lo que había en todos los territorios antillanos de Francia, la totalidad de los esclavos de las posesiones francesas debía pasar de 600.000. Diez años antes (en 1774), en Jamaica, Antigua, Monserrat, Saint Kitts, Nevis y las Islas Vírgenes había más de 280.000, de manera que agregando a esa cantidad los de Barbados, Dominica, Granada, San Vicente, Belice y la Mosquitia, los de las posesiones británicas debían pasar de 300.000. Quizá los de Venezuela, Colombia, Panamá, Puerto Rico y Santo Domingo no llegaban a 100.000; Cuba, que era la posesión española que tenía más esclavos, debía andar por los 60.000. En Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica —todo lo cual formaba, junto con El Salvador, el reino de Guatemala— había pocos, porque en esa zona la mano de obra servil era indígena. Los de las islas holandesas y danesas y los de la pequeña posesión sueca de San Bartolomé podían sumar unos pocos millares.

Al tratar los acontecimientos del siglo XVI dimos cuenta de las principales rebeliones de esclavos en esa centuria, y en verdad no fueron muchas; fueron menos frecuentes todavía en el siglo XVII, pero entre éstas hay que destacar la de Jamaica, provocada por la ocupación inglesa en 1655; una rebelión larga y dura, según explicamos en el capítulo IX. Al aumentar en el siglo XVIII el número de esclavos con la extensión de la producción de azúcar, algodón y otros renglones, los alzamientos comenzaron a ser más frecuentes. En realidad, el siglo XVIII fue el siglo de las rebeliones de esclavos en el Caribe.

El número de esclavos aumentaba, no sólo porque se importaban más, sino porque nacían muchos hijos de ellos, y esos hijos, salvo una minoría que tenía la suerte de ser declarada libre, estaban también sometidos al régimen de la esclavitud. Un número importante de hijos de amos y esclavas, que desde luego eran mulatos, entraba en el grupo de los libres y con frecuencia heredaba el nombre y los bienes del padre; pero eso sucedía sobre todo en los territorios españoles y franceses, porque en las dependencias inglesas un mulato equivalía a un negro: los dos eran "gentes de color", y nunca tendrían derecho de vivir en la sociedad de los blancos.

Las rebeliones negras del siglo XVI podían considerarse una mera prolongación en tierras americanas de las luchas que se llevaban a cabo en África para capturar esclavos; pero las del siglo XVIII eran expresiones inequívocas de una lucha de clases limitada a los territorios de América; una lucha de clases de carácter muy violento que se hacía compleja debido a la serie de circunstancias que diferenciaban social, económica, física y culturalmente a los adversarios. Los esclavos eran obligados por la fuerza a trabajar en beneficio de sus amos, pero además ellos eran negros y sus amos blancos, ellos tenían conceptos culturales distintos a los de sus amos, ideas de la organización social diferentes a las de los blancos y hasta sentimientos y hábitos religiosos distintos. En todos los aspectos, pues, había razones para que los esclavos se rebelaran. Lo que sorprende es que no lo hicieran más a menudo y con más saña.

Sería difícil hacer un recuento completo de los levantamientos negros del siglo XVIII. Algunos fueron cortos pero violentos; en unos participaron pocos esclavos y en otros participaron muchos; en unos murieron pocos blancos y en otros murieron bastantes. Los principales ocurrieron en casi todos los territorios del Caribe. Los hubo en Haití en 1724; en Saint Kitts y Nevís en 1725; en Antigua en 1728; otra vez en Haití en 1730; en Saint John en 1733; de nuevo en Haití en 1734; y en Antigua en 1737; otro más en Haití en 1740; uno en Yare, Venezuela, en 1747, y en el mismo año hubo una seria conspiración de esclavos en Jamaica; tres años después, en 1750, una rebelión de ellos en Curazao y en 1754 otra en Jamaica.

En enero de 1758 fue quemado vivo en Cap-Francais el legendario Macandal, que había organizado en el norte de Haití grupos de esclavos a los que proporcionaba veneno, hecho por él mismo, de yerbas del país para que se lo dieran a los amos en comidas y refrescos. Dos años después, en 1760, se produjo en Jamaica un levantamiento tan poderoso que costó la vida a unos 60 blancos y a más de 300 negros.

Los castigos a los esclavos sublevados eran habitualmente brutales, pues había que aterrorizar a los negros para que no se atrevieran a seguir el ejemplo de los que se alzaban. En el alzamiento de 1728 ocurrido en Antigua se quemó a tres cabecillas y se descuartizó a otros; el que tuvo lugar en Saint John en 1733, que costó la vida a cuarenta blancos, fue aplastado con ayuda de blancos ingleses de la vecina isla de Tórtola y sobre todo con la ayuda de una fuerza militar francesa enviada desde Martinica; y los esclavos ejecutados en Saint John fueron numerosos. En la sublevación que se produjo en Jamaica en 1760 se aplicaron métodos de represión repugnantes y 600 de los esclavos sospechosos de simpatías con los rebeldes fueron sacados de la isla y vendidos a los cortadores de madera de Belice.

Pero la represión no podía detener los levantamientos. La ola de rebeliones esclavas comenzó de nuevo hacia el 1765, año en que hubo una importante en Jamaica y otra en la Mosquitia hondureña, así como un recrudecimiento de las actividades de los negros que se habían refugiado en el interior de la isla de Granada durante la guerra que había terminado en 1763. En los tres casos murieron muchos blancos, fueron destruidas muchas propiedades y la represión, como ya era costumbre, alcanzó altos niveles de brutalidad.

En 1769 hubo levantamientos en Jamaica y en 1770 los hubo en Saint Kitts. Ese mismo año de 1770 y en el de 1771 hubo rebeliones importantes en Tobago, que fueron reprimidas con lujo de violencias.

En 1772 hubo combates sangrientos entre los indios caribes de San Vicente y fuerzas inglesas, que tuvieron pérdidas fuertes. En 1773 se repitió la rebelión de la Mosquina hondureña con muchas víctimas y alto número de esclavos ejecutados; en 1774 se levantaron otra vez los esclavos de Tobago y la represión fue calificada por círculos ingleses como innecesariamente bárbara. En 1775 se alzaron en guerra los indios del Darién y mataron a los mineros de Pásiga; en 1776 hubo una fuerte sublevación negra en Jamaica.

En 1778 volvieron a levantarse en armas los indios del Darién bajo la jefatura del indio Bernardo Estola, pero en ese levantamiento hubo un ingrediente de política internacional, porque parece no haber duda de que fue estimulado por los ingleses, que proporcionaron armas, municiones y oficiales, estos últimos para servir de consejeros a Estola. El gobernador de Jamaica nombró al jefe indígena "general del Darién" y le envió de obsequio un uniforme de general, pero Estola tuvo que pactar con el gobierno español de Nueva Granada después que Inglaterra firmó con España el tratado de Versalles, aunque vino a hacerlo sólo en el 1787.

El caso más interesante de las rebeliones negras de ese siglo XVIII fue el de los cimarrones del Bahoruco, un lugar montañoso situado en el sur de la frontera que dividía las colonias española y francesa de la isla de Santo Domingo. El Bahoruco fue el escenario de la prolongada rebelión del cacique Enriquillo, tratada en el capítulo VI de este libro. La formación de un campamento de negros cimarrones en el Bahoruco había comenzado en el año de 1702 y ese campamento había sobrevivido a todos los ataques que habían estado organizando y realizando las autoridades francesas cada cierto número de años. Los cimarrones del Bahoruco vinieron a hacer la paz con los franceses en 1785. En el momento del acuerdo el jefe de los negros cimarrones era un esclavo de la parte española llamado Santiago, pero la mayoría de sus hombres —125 de un total de 130— eran esclavos de amos franceses, y uno de ellos, que tenía ya sesenta años cumplidos, había nacido y había vivido toda su vida entre cimarrones.

Ese mismo año de 1785 hubo una matanza de blancos hecha en Dominica por los negros cimarrones que habían sido armados por los franceses para que les ayudaran en su lucha contra los ingleses cuando la isla cayó en manos francesas en la guerra que había terminado en 1783. Para someter a esos esclavos rebeldes de Dominica hizo falta formar una fuerza británica especialmente adiestrada y la lucha duró todo un año, de manera que esa lucha tuvo todos los caracteres de una guerra en pequeño.

El rosario de alzamientos negros indicaba que en el Caribe había una situación perpetua de injusticia que podía dar lugar en cualquier momento a una devastadora rebelión general, y cualquiera conmoción en Europa podía desatar esa rebelión. La conmoción fue la Revolución francesa, que sacudió el orden en las colonias de Francia en el Caribe en sus propias raíces y alcanzó los caracteres de un terremoto social de proporciones gigantescas.

Al principio las luchas desatadas en el Caribe por la Revolución se limitaron a los sectores más altos de las sociedades coloniales en Martinica y Haití, pero después las luchas pasaron a los niveles medios de la pirámide social y al final entraron en juego las masas esclavas, que eran las que ocupaban la base de esa pirámide. Ese proceso se cumplió en dos años. Al cabo de esos dos años el centro del terremoto se estableció en Haití, esa pequeña colonia de Francia establecida en el oeste de la isla de Santo Domingo que había comenzado siendo en 1630 el asiento de los bucaneros y había pasado a ser luego el nidal de los piratas del Caribe; ese pequeño territorio que se había convertido en menos de medio siglo, según palabras de Adam Smith en su libro La riqueza de las naciones, en "la más importante de las colonias azucareras del Caribe". La Revolución francesa tuvo también efectos serios en Martinica, Tobago y Santa Lucía y provocó levantamientos de esclavos en casi todas las islas británicas, en Curazao y en Venezuela, pero la magnitud de los sucesos de Haití ha hecho olvidar los de otros puntos del Caribe que fueron provocados por los acontecimientos de Francia.

Al entrar en ese trascendental momento de la historia del Caribe se hace necesario tener una idea, aunque sea somera, de la situación social de toda la región, pues sin conocer esa situación se haría difícil comprender cómo se movieron los sectores sociales en cada una de las etapas de la crisis desatada en el Caribe.

En primer lugar, debemos dividir los territorios de la región en grandes grupos: los de España formaban uno; los de Inglaterra, Holanda, Dinamarca y Suecia formaban otro; y otro los de Francia.

España seguía siendo un país socialmente atrasado en relación con sus competidores europeos, pero menos atrasado que antes de que el país pasara a ser gobernado por los reyes Borbones. En el siglo XVIII, y apoyada por los Borbones, España tenía ya una burguesía, y esa burguesía se hallaba en el poder político. Todavía era numéricamente débil y, como lo demostrarían los hechos unos veinte años después, era más débil que los sectores tradicionales que se hallaban situados en la raíz de la sociedad española. Como tenía que suceder, la composición social de España se reflejaba en sus territorios del Caribe en unas estructuras más atrasadas que las de la metrópoli. Los reyes Borbones, los hombres que gobernaban en Madrid y los funcionarios que esos hombres enviaban al Caribe eran más avanzados y progresistas que la gran nobleza terrateniente esclavista de Venezuela, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico y que los de la América Central.

Las sociedades españolas en el Caribe vivían en un régimen de relaciones de producción que Marx iba a calificar de capitalismo anómalo. Con la excepción de Cuba, su producción era mucho más pobre que la de otros territorios europeos; su inversión de capitales, de baja a muy baja; su técnica de producción y transporte, atrasada; su comercio interior y exterior, limitado; y por último, su composición social respondía a esas líneas del panorama económico: en la cúspide estaban los funcionarios del rey, generalmente más avanzados que los propietarios criollos, y después estaban esos propietarios esclavistas, que formaban un círculo aislado, racista, que no se mezclaba ni con españoles ni con criollos blancos que no pertenecieran a su grupo; pero los criollos y españoles del comercio o propietarios medianos o miembros de la pequeña burguesía, contaban con el respaldo y la simpatía de los funcionarios reales y a menudo ese respaldo y esa simpatía alcanzaban a pardos y mestizos que tenían medios económicos. Las libertades comerciales acordadas durante el reinado de Carlos III a los territorios americanos y las medidas tomadas para liberar a gente del común, blancos, pardos mestizos, de la condición de plebeyos siempre que pudieran pagar las tasas establecidas para lograr esa liberación, contribuyeron a hacer más estrechas las relaciones de la Corona española con esos grupos discriminados por los terratenientes esclavistas, y a la vez agriaron más las relaciones entre estos últimos y los funcionarios reales. Por último, como los métodos de producción eran más primitivos en los territorios españoles que en los de otros países del Caribe —salvo en el caso del azúcar—, el trabajo de los esclavos estaba menos sometido a los rigores de la disciplina.

En este panorama había diferencias; por ejemplo, la aristocracia terrateniente de Venezuela era más tradicionalista y tenía más ambiciones de poder político que los esclavistas de Cuba; en Costa Rica no había esclavitud de negros y prácticamente no la había de indios, pero esta última estaba muy generalizada en Guatemala y El Salvador; en Santo Domingo había una mayoría de población mestiza y casi la totalidad de los esclavos trabajaba en hatos y en la producción de víveres para el consumo local, lo que permitía un gran margen de libertad en sus movimientos.

Pero lo realmente importante era que, por encima de esas diferencias que hemos apuntado, los sectores sociales que se hallaban por debajo de la cúspide se sentían apoyados por el poder real, y eso le proporcionaba un alto grado de consistencia política al poder español en el Caribe. Esa consistencia política explica por qué las sublevaciones de esclavos ocurridas en el Caribe en el siglo XVIII fueron insignificantes en número y sin importancia militar o política en los territorios de España.

Suecia, Dinamarca y Holanda eran países de organización social francamente burguesa, aunque conservaran en su aspecto político las reliquias de otros tiempos, como reyes y cortes. Sus territorios del Caribe estaban manejados con métodos burgueses; eran empresas para acumular beneficios y evitar el mayor número de conflictos. Las rebeliones de esclavos en sus territorios fueron pocas, aunque la de Saint John, posesión danesa (1733), tuvo verdadera gravedad. Los tres países aprendieron temprano a resolver los problemas de los colonos y sus esclavos, al extremo que Dinamarca, adelantándose a todos los demás poderes europeos, estableció en 1792 que la esclavitud quedaba abolida en sus dominios en el plazo de diez años. Las posesiones de holandeses, daneses y suecos fueron dedicadas cada vez menos a producir azúcar y algodón y cada vez más a la actividad comercial. Por otra parte, sus territorios en el Caribe eran peque rios y el número de esclavos empleados en ellos no podía pasar de unos pocos millares.

Inglaterra era también un país de organización económica burguesa, pero hábilmente mezclada con una organización social que preservaba las jerarquías del antiguo orden de cosas adaptadas al nuevo. Inglaterra tenía el segundo lugar del Caribe como productora de azúcar, algodón y otros artículos tropicales y también el segundo lugar en cuanto al número de esclavos que trabajaban en sus posesiones, y esos esclavos eran tratados con un régimen de disciplina tan estricto que fue en las posesiones inglesas donde hubo más sublevaciones negras en el siglo XVIII. Ahora bien, el orden social en las colonias inglesas del Caribe era lo suficientemente flexible para que todos los blancos, fueran grandes, medianos o pequeños propietarios, artesanos o funcionarios del rey, se sintieran solidarios y partes de un solo bloque; a eso contribuía la existencia de las asambleas de cada territorio, que les proporcionaba a todos los blancos la ilusión de una libertad política. A su vez, la gente de color, fueran negros esclavos o libres, fueran mulatos propietarios o artesanos, formaban un bloque diferente. En las dependencias británicas no había, pues, pirámide política, con una minoría en la cúspide y varios estratos, cada vez más amplios, por debajo de ella. Esa pirámide existía sólo en el aspecto económico, pero estaba muy bien disimulada en el aspecto político. Políticamente había un cubo blanco sobre uno negro, y los que formaban el cubo blanco —funcionarios reales, propietarios, comerciantes, pequeña burguesía, artesanos, todos ellos blancos— se las arreglaban para mantener dividido al cubo negro, de manera que cuando había rebeliones de esclavos hallaban siempre grupos negros a los que mandaban a combatir a los sublevados. Hasta los cimarrones de Jamaica, que estuvieron luchando contra los ingleses de 1655 a 1740, fueron usados después para aplastar levantamientos de esclavos.

La situación más compleja era la de los territorios franceses. Se parecía a la española, pero sólo superficialmente. En las posesiones de Francia los blancos estaban divididos como en las de España; había los grandes blancos y los blancos pequeños, esto es, los grandes propietarios y comerciantes y los propietarios y comerciantes medianos y pequeños, y los que pertenecían a los dos últimos sectores odiaban a muerte a los "grandes blancos" debido a que éstos habían ido obteniendo del favor del rey numerosos privilegios sociales que se les negaron a los "petít blancs". Pero a diferencia de lo que ocurría en las dependencias españolas, los grandes blancos de los territorios franceses eran miembros de una oligarquía colonial avanzadísima, aunque muchos de ellos fueran al mismo tiempo aristócratas. En Haití, en Guadalupe, en Martinica, los grandes propietarios disponían de abundantes capitales de inversión que obtenían en Francia y disponían también de créditos altos que les proporcionaban los comerciantes de Brest, Burdeos y Nantes como anticipos de las zafras y las cosechas; tenían una alta técnica de producción y de mercadeo; vivían lujosamente con casas en las plantaciones y en las ciudades; llevaban peluqueros, cocineros y sastres de Francia; disfrutaban de una activa vida social, con teatros, asociaciones culturales y literarias; viajaban a menudo a Francia, donde algunos pasaban vacaciones cada año y otros se retiraban a vivir de sus rentas. El rey y los funcionarios no les negaban ninguna petición a los grandes blancos, de manera que su situación frente al poder real era diferente a la de sus congéneres de los territorios españoles.

Pero también era diferente la situación de los mulatos —llamados en Haití "affranchís"— en los territorios franceses y en los españoles. En los últimos, los mestizos contaban con la simpatía, y el respaldo de la Corona y sus funcionarios locales; en los de Francia, los mulatos no podían ni siquiera ejercer profesiones u oficios de los llamados liberales; desde 1771 se les había prohibido tener la categoría de ciudadanos del reino, aunque fueran propietarios más grandes que los grandes blancos, y en 1778 se prohibió el matrimonio entre blancos y los criollos que tuvieran ascendencia negra en cualquier grado. Estas últimas disposiciones del gobierno francés establecían una barrera insalvable entre blancos y gentes de color, de manera que los pequeños blancos despreciaban a los mulatos ricos tanto como los despreciaban los funcionarios del rey y los grandes blancos.

Esa situación de discriminación de los mulatos era especialmente peligrosa en Haití porque ellos eran los dueños de la tercera parte de la riqueza haitiana y de la cuarta parte de los esclavos; entre esos mulatos había algunos tan ricos como el más rico de los grandes blancos; había muchos cultos y refinados, que se habían educado en Francia y tenían allí amigos, y resultaba que en Francia no eran víctimas de esa discriminación a que los sometían en su propia tierra. Haití estaba dividida en tres provincias o departamentos; el del Norte, con su capital en Cap-Francais; el del Oeste, con su capital en Port-au-Prince, que era a la vez la capital de la colonia, y el del Sur, con su capital en Les Cayes. Los mulatos más ricos y de más prestigio abundaban más en la parte central del departamento del Oeste y en el departamento del Sur, pero había también mulatos ricos y prestigiosos en el del Norte.

Ateniéndonos sólo a lo que podríamos llamar los estratos superiores de la pirámide social de Haití, resultaba que en esos estratos había suficientes elementos explosivos. Algo parecido sucedía en Martinica, Guadalupe y Santa Lucía; pero en estas Antillas el peligro se aminoraba porque no tenían una población esclava tan numerosa como la de Haití. La asombrosa cantidad de esclavos de Haití puede estimarse por estas cifras: desde 1785 hasta 1789 habían entrado en Haití más de 150.000 esclavos llevados desde África, mientras que los introducidos durante ese mismo tiempo en las demás Antillas francesas no alcanzaba a 50.000.

Ahora bien, la explotación de los territorios franceses del Caribe se hacía mediante el uso de la técnica más alta conocida en la época, lo que suponía un duro régimen de disciplina para los esclavos usados en esa explotación. La oligarquía colonial francesa usaba métodos capitalistas implacables y las cuadrillas de esclavos tenían que funcionar con la precisión con que funcionan hoy las máquinas. Por otra parte, las privaciones de artículos tropicales a que se vio sometida Europa en la guerra que terminó en 1783 determinó una avidez tan grande de esos productos que después de la guerra los negocios de las colonias francesas prosperaban velozmente, y eso puede apreciarse en el alto número de esclavos introducidos en Haití de 1785 a 1789. Había que aumentar la producción año tras año para poder suplir la demanda de Europa y de América del Norte. Esa aceleración en la producción, que exigía un aumento en la productividad de cada esclavo, produjo en las colonias francesas del Caribe un fenómeno digno de la mayor atención, y fue la conjunción en el orden social y económico de los factores más radicales y a la vez más opuestos: la de los métodos más avanzados del capitalismo, hasta ese momento, y el sistema social más atrasado, también hasta ese momento, que era la esclavitud. Lógicamente, eso determinaba un estado de tensión llamado a hacer crisis ante cualquier acontecimiento que rompiera el equilibrio existente. La menor ruptura en el orden que mantenía funcionando el sistema provocaría una catástrofe social y política, y el acontecimiento iba a ser la Revolución francesa

En el primer momento la Revolución profundizó las divisiones que había en los estratos superiores de las sociedades francesas del Caribe, pero no conmovió a las masas esclavas, que eran las bases del sistema. Como era lógico, las autoridades del rey en el Caribe se opusieron a la Revolución, pero los grandes blancos y los grandes comerciantes estaban dispuestos a apoyarla a cambio de que se les dieran libertades para vender y comprar en cualquier país y de usar barcos de cualquier bandera para exportar e importar, y a fin de defender esas pretensiones enviaron representantes a la Asamblea Constituyente de París. Lo que no podían admitir los grandes blancos era que se desconocieran sus privilegios sociales o que se admitiera a los mulatos y a los pequeños blancos en posiciones de mando en las colonias. Los pequeños blancos apoyaban también la Revolución porque creían que con ella iban a mejorar su estado social y a igualarse con los grandes blancos, pero tampoco hubieran admitido que se les concedieran a los mulatos derechos de ciudadanos. Los mulatos, algunos de los cuales se hallaban en París al empezar la Revolución y otros se apresuraron a ir allá, apoyaban la Revolución a cambio de que se les reconocieran derechos iguales que a los blancos, y para hacer presión sobre la Asamblea Constituyente contaban en París con la influyente sociedad de Amigos de los Negros, nombre que en realidad quería decir amigos de los mulatos, no de los esclavos. Ahora bien, ni las autoridades reales de Haití que se oponían a la Revolución, ni los "grands blancs" ni los "petits blancs", ni los mulatos o "affranchís" pensaban en las masas esclavas. Esas estaban al margen de todos los conflictos y así debían seguir.

Las colonias del Caribe influían mucho en la vida económica y política de Francia, pues sucedía que no sólo vivían en la metrópoli muchos de los colonos retirados y las familias de otros que permanecían en Haití, Martinica, Guadalupe, Santa Lucía o Tobago, sino que había en París, en Brest, en el Havre, en Burdeos, grupos poderosos de comerciantes de productos antillanos, de gentes que tenían invertidos capitales en los negocios del Caribe, de armadores de buques que hacían la carrera entre las islas y Francia, de funcionarios dedicados a la administración de las colonias. Sometida a presiones de todos esos grupos, la Asamblea Constituyente vaciló a la hora de tratar el problema de las colonias y no se atrevió a tomar ninguna determinación para organizarías; dejó la solución de los problemas de las Antillas en manos de los colonos y, como era lógico, los sectores de esos colonos que disfrutaban de privilegios económicos y sociales no iban a renunciar a ellos en favor de otros sectores. Así, las contradicciones que había en los estratos más altos de la pirámide social de las Antillas francesas iban a agudizarse a tales extremos que no podrían ser resueltos pacíficamente. La Revolución de Francia iba pues a provocar la de sus colonias en el Caribe.

Aunque las luchas entre esos sectores de los estratos superiores comenzaron a un tiempo en Haití y en Martinica, la violencia se desató en Martinica antes que en Haití, debido a que en Martinica había una situación de tirantez extrema entre los grandes propietarios y los comerciantes de Saint-Pierre, una ciudad que se hallaba en el noroeste de la isla, al pie de Mount-Pelée. Incidentalmente debemos recordar que Saint-Pierre fue destruida a causa de la erupción del Mount-Pelée, volcán que hasta ese momento parecía apagado, ocurrida en mayo de 1902; la población, de 29.000 personas, murió instantáneamente, con la excepción de dos hombres.

Saint-Pierre era una ciudad comercial; allí tenían sus agencias los comerciantes de Burdeos, de Brest, de Nantes, que compraban los productos de Martinica, y los propietarios de la isla acusaban a esos intermediarios de Saint-Pierre de explotarlos en complicidad con las autoridades de la isla. El movimiento revolucionario de Martinica comenzó, pues, por una acción colectiva de los grandes propietarios blancos contra los comerciantes y las autoridades de Saint-Pierre, y para contar con la fuerza necesaria para la empresa armaron a los esclavos y dieron a varios mulatos puestos de mando sobre esas improvisadas milicias negras. Puede decirse, hablando en términos de hoy, que los grandes blancos de Martinica formaron un frente unido de liberación, y con esa fuerza dominaron rápidamente la situación. Pero sucedió que tan pronto se vieron adueñados del poder comenzaron a dudar de sus aliados mulatos. Los pequeños blancos, sobre todo, no podían tolerar la idea de ver a los mulatos con puestos de mando y un incidente que en otra ocasión no habría tenido importancia vino a precipitar la lucha entre blancos y mulatos. Con motivo de una ceremonia pública el gobernador le dio un "abrazo fraternal" a un jefe mulato de milicias. El gobernador quería simbolizar con ese gesto la unión de todos los martiniqueños, pero los blancos lo tomaron como una afrenta y las tensiones provocadas por la lucha de clases hicieron saltar la tapa de la falsa fraternidad.

Así, al comenzar el mes de junio de 1790 —el día 3, para mayor precisión—, los blancos se lanzaron a matar mulatos en Saint-Pierre; dieron muerte a 14 y arrestaron a varios centenares, a lo que respondieron los mulatos del interior marchando sobre la ciudad, que tuvo que rendirse a mediados de agosto. Casi todos los comerciantes blancos de Saint-Pierre fueron encadenados, metidos en las bodegas de dos barcos que había en el puerto y enviados a Francia. El estado de insurrección se generalizó por la isla; los soldados de Saint-Pierre y de Fort-Royal se rebelaron contra sus oficiales; los esclavos que 'habían sido armados por sus amos para luchar contra los comerciantes comen