El Caribe, frontera imperial
De Cristóbal Colón
a Fidel Castro (I) De Cristóbal Colón a Fidel Castro (II)
© Juan Bosch, 1970.
© Por la presente edición: SARPE, 1985.
Pedro Teixeira, 8. 28020 Madrid.
Depósito legal: M. 32.309-1985.
ISBN: 84-7291-912-9 (tomo 40.°).
ISBN: 84-7291-736-6 (obra completa).
Impreso en España-Printed ín Spain.
Imprime: Gráficas Futura, Sdad. Coop. Ltda.
Villafranca del Bierzo, 21-23.
Pol. Ind. Cobo Calleja. Fuenlabrada (Madrid).
En portada: Fidel Castro en
una alocución pública.

Indice
Capítulo
XIV: La revolución norteamericana y sus resultados en el Caribe
Capítulo XV: La revolución francesa y su
proyección en el Caribe
Capítulo XVI: El tiempo de la libertad
Capítulo XVII: Nacimiento de la república
de Haití
Capítulo XVIII: En los umbrales de la gran conmoción
Capítulo XIX: La guerra social venezolana
Capítulo XX: La independencia de los territorios españoles
Capítulo XXI: 1821-1851. Los años de reajuste
Capítulo XXII: Los años de los episodios increíbles
(1855-1861)
Capítulo XXIII: Las luchas por la independencia de Cuba (1868-1898)
Capítulo XXIV: El siglo del imperio norteamericano
Capítulo XXV: Los años de las balas y de los dólares
Capítulo XXVI: Fidel Castro o la nueva etapa histórica
del Caribe

Capítulo XIV
La revolución norteamericana y sus resultados en el Caribe
Paz, verdadera paz, no la hubo
en el Caribe, y no podía haberla mientras sus territorios fueran
dependencias de imperios europeos que tenían intereses ajenos
a los de los pueblos del Caribe y que vivían chocando entre sí
y llevando esos choques a la región.
En 1763 se había firmado el tratado de París y, sin embargo,
en 1764 estaban produciéndose en el Caribe incidentes serios,
tan serios que por sí solos podían provocar una guerra;
encuentros entre franceses e ingleses y entre éstos y españoles,
y también sublevaciones de negros y de indios, de las cuales
nos ocuparemos en el próximo capítulo.
Pero la guerra a fondo y, por cierto, una guerra en la que la Gran Bretaña
estuvo a punto de perder todas sus posesiones en la región, vino
a desatarse cuando Francia y España decidieron reconocer la independencia
de las colonias norteamericanas que se habían rebelado contra
el poder inglés. Ese reconocimiento implicaba también
ayuda para mantener la independencia.
Hay dos razones que sirven para explicar la actitud de los gobiernos
de París y Madrid acerca de la revolución norteamericana:
la primera, que todo lo que podía contribuir a debilitar a la
Gran Bretaña era conveniente en principio para franceses y españoles,
que aspiraban a disminuir el poderío británico porque
tras él actuaba la prepotente burguesía inglesa, que era
su competidora más fuerte en Europa y en América; la segunda,
que la independencia de las colonias norteamericanas debía necesariamente
favorecer los intereses de Francia en el Caribe, y Francia y España
tenían ante los ingleses una política común. El
6 de febrero de 1778 Francia firmó con los recién nacidos
Estados Unidos un tratado secreto de amistad y comercio en el que se
incluía el reconocimiento de la independencia de las antiguas
colonias inglesas y se establecía, además, una alianza
defensiva, lo que implicaba un serio revés para la Gran Bretaña
y sobre todo para los ingleses que tenían intereses en esas colonias.
Esa última parte del tratado no iba a quedarse en palabras. El
tratado fue firmado el 6 de febrero y el 13 de abril salía de
Francia una flota que iba a operar en aguas de América del Norte.
Por su parte, España estaba dando ayuda a los norteamericanos
desde el año anterior; ayuda política y económica,
por cierto bastante fuerte, a través de Arthur Lee, que era representante
oficioso en España del flamante gobierno revolucionario de Norteamérica.
Viene bien explicar en unos párrafos por qué la independencia
norteamericana era tan importante para los intereses de Francia en el
Caribe.
El comercio de las colonias de Norteamérica con los territorios
franceses del Caribe se había desarrollado grandemente en los
años anteriores a la guerra. Se había desarrollado igualmente
mucho con las posesiones españolas de la región, pero
más bien de una manera indirecta; por ejemplo, Santo Domingo
compraba en Haití herramientas de Norteamérica y compraba
otros productos del mismo origen en la colonia danesa de Santomas, que
había sido declarada puerto libre en 1764. Pero el comercio importante
era el que los norteamericanos hacían con las islas francesas.
Ya vimos en el capítulo anterior lo que había dicho el
almirante Knowles acerca de ese comercio en el caso de Martinica, y
sabemos que otro tanto sucedía con Haití, donde los norteamericanos
se abastecían de azúcares y melazas, algodón y
rones.
Los intereses coloniales de Francia en el Caribe estaban tan estrechamente
vinculados a los de las colonias norteamericanas que una ruptura de
esos vínculos impuesta por la guerra de los primeros contra Inglaterra
podía ser de consecuencias desastrosas para los capitalistas
franceses que invertían en esos territorios, y esa ruptura podía
producirse si la guerra era ganada por los ingleses, cosa que parecía
lógica. En cambio, la independencia de las colonias podía
resultar en una ampliación de las relaciones comerciales y, por
tanto, en ventajas para los inversionistas de Francia. No hay que olvidar
que en el caso de Francia, de Holanda y de Inglaterra, sus territorios
del Caribe estaban manejados por compañías comerciales
que operaban en acuerdo estrecho con los gobiernos, y eran esas compañías
las que levantaban fondos para la inversión, muy a menudo mediante
suscripciones hechas entre los comerciantes que traficaban con los productos
del Caribe. Las colonias danesas habían sido también propiedad
de compañías privadas, pero en 1754 pasaron a manos del
rey, con lo que quedaron convertidas en dependencias del Estado danés.
Ahora bien, no eran los territorios franceses del Caribe los únicos
que comerciaban con Norteamérica; también lo hacían
los de Holanda y lo hacían, desde luego, los de Inglaterra. En
1775 los plantadores ingleses de la región le enviaron un informe
a la Cámara de los Comunes en que afirmaban que, para seguir
funcionando, la industria del azúcar necesitaba de manera imprescindible
ser abastecida por las colonias norteamericanas. La Asamblea de Jamaica,
que era un cuerpo representativo de lo más granado y lo mejor
situado en el sentido económico, envió al rey un acuerdo
en el que se justificaba y se defendía la rebelión norteamericana,
y la Asamblea de Barbados envió delegados al Congreso de Filadelfia,
en el cual se declaró la independencia de los Estados Unidos.
Las estrechas relaciones comerciales que tenían los norteamericanos
con todos los territorios del Caribe les proporcionaron vivas simpatías
en su lucha por la independencia, al grado que en los puertos holandeses
de San Martín y San Eustaquio sus barcos podían izar la
bandera de las barras y las estrellas antes de que Holanda hubiera reconocido
esa independencia. Había gentes de la revolución que operaban
públicamente en todos los territorios del Caribe. Antes de que
Francia firmara el tratado secreto de febrero de 1778, las autoridades
francesas del Caribe permitían a los corsarios yanquis guarecerse
en puertos franceses, y fueron muchas las presas británicas que
hicieron esos corsarios; por ejemplo, en una ocasión desembarcaron
en las Granadinas, quemaron propiedades inglesas y se llevaron esclavos;
en otra ocasión se metieron en bahías de Tobago y se llevaron
barcos británicos.
Dada la actividad comercial que ligaba al Caribe con Norteamérica,
el resultado inmediato de la revolución norteamericana en el
Caribe fue la escasez de los productos que vendía Norteamérica
en la región. Al comenzar la lucha en las colonias su producción
se redujo y sus barcos tuvieron que ser dedicados a combatir y, lógicamente,
su comercio quedó paralizado. Del lado del Caribe la consecuencia
fue la baja inmediata de los precios en el azúcar, el algodón
y el ron. Algunos territorios franceses, que no tenían autorización
para comerciar libremente y, sobre todo, que no podían usar buques
extranjeros para exportar sus productos, abrieron sus puertos a todas
las banderas, lo mismo para importar que para exportar. Tal fue el caso,
por ejemplo, de Martinica. A pesar de eso, al comenzar el mes de octubre
(1778), es decir, casi al inicio de la guerra, el gobierno de la isla
tuvo que prohibir las compras de víveres al por mayor y tuvo
que fijar precios a las mercancías importadas, lo que da idea
de la escasez que se había presentado.
En los primeros días del mes de noviembre el gobernador de Martinica,
marqués De Bouillé, encabezó una expedición
de tropas regulares y unos 1.000 voluntarios que embarcó en tres
navíos y algunas goletas y se apoderó de Dominica. Esa
acción fue la primera de una serie que pondría en ejecución
el activo gobernador. Como Dominica se hallaba situada entre Martinica
y Guadalupe, su conquista convertía a las tres islas en una unidad
militar y evitaba que los ingleses cortaran en cualquier momento la
comunicación entre las dos posesiones francesas. La operación
no fue costosa. A pesar de que Rousseau, la capital de Dominica, tenía
una excelente defensa de tres fuertes —el Cachacrou, el Melville
y el Loubiére—, los ingleses no opusieron resistencia,
tal vez porque se daban cuenta de que no podían enfrentarse a
un ataque que procediera a la vez de las dos islas francesas. El marqués
De Bouillé actuó con bastante sentido político
y no les impuso a los habitantes ninguna condición de vencedor,
ni siquiera la de cambiar sus funcionarios civiles. Por otra parte,
Francia podía confiar en la lealtad de los propietarios franceses
establecidos en la isla, que eran muchos.
La escuadra del almirante D'Estaing, que había salido de Francia
hacia las costas norteamericanas el 13 de abril, estuvo operando en
esas costas hasta principios de noviembre y el 4 de ese mes salió
de Boston hacia el Caribe. D'Estaing tardó más de un mes
en surgir en Fort-Royal, adonde llegó el 6 de diciembre. Había
perdido tiempo por dos razones: una. que se dedicó a perseguir
algunos mercantes ingleses que navegaban en las vecindades de su escuadra,
y otra, que había estado cruzando las aguas de Antigua porque
se había enterado de que por ahí se hallaba una escuadra
enemiga. Efectivamente, había una escuadra inglesa navegando
por el Caribe: había salido de Nueva York poco después
que la de D'Estaing levara anclas en Boston, pero no se dirigía
a Anguila, sino a Barbados, adonde arribó el 10 de diciembre,
esto es, cuatro días después que D'Estaing entró
en la rada de Fort-Royal. En una guerra todo es, y todo puede ser, de
mucha importancia y, probablemente, lo más importante es el tiempo.
D'Estaing había perdido tiempo apresando barcos mercantes y lo
había perdido tratando de localizar una escuadra enemiga que
no navegaba por donde se le había dicho, y resultó que
ese tiempo perdido iba a tener un papel de primera magnitud en la guerra
que estaba llevándose a cabo en el Caribe.
Los ingleses, en cambio, no perdieron el tiempo. Cuando la fuerza naval
que D'Estaing quiso batir en las aguas de Antigua llegó a Barbados
fue puesta bajo el mando del almirante Samuel Barrington y la infantería
que iba en ella bajo el mando del general James Grant, y sin que se le
hubiera dado tiempo ni siquiera para que sus hombres bajaran a tierra,
salió hacia Santa Lucía, que por estar situada inmediatamente
después de Martinica, por el sur, flanqueaba a la isla francesa
a una distancia cortísima. Fácilmente, los ingleses tomaron
el Gran Cul de Sac, en la costa occidental de Santa Lucía, al sur
de Carenage, que era el principal establecimiento de la posesión.
La operación fue ejecutada con tal rapidez que el Gran Cul de Sac
se hallaba en manos inglesas tres días después de haber
llegado la escuadra británica a Barbados. Mientras tanto, D'Estaing,
que se hallaba en Fort-Royal, casi a la vista de los atacantes, se encontraba
ocupado en la tarea de reclutar
voluntarios, y como no podía obtener en Martinica todos los que
necesitaba, esperaba ayuda de Guadalupe.
D'Estaing debía reunir 6.000 hombres para poder estar seguro
de que sacaría a los ingleses de Santa Lucía, pues el general
Grant tenía bajo sus órdenes unos 4.000. Una vez que contó
con la fuerza que creía suficiente, el almirante francés,
acompañado por el fogoso gobernador de Martinica, se dispuso a
reconquistar Santa Lucía. Pero ya era tarde. Los ingleses tenían
cuatro días en la isla y habían aprovechado el tiempo; habían
rodeado Carenage y habían llevado cañones a La Vigía
y Morne Fortuné, que eran los puntos dominantes de toda la zona;
además, habían bloqueado la entrada de la bahía del
Gran Cul de Sac con la escuadra.
Cuando la escuadra de D'Estaing se presentó frente al Gran Cul
de Sac encontró el paso cerrado y no pudo forzar la entrada a
pesar de que trató de hacerlo con un fuerte cañoneo; entonces
se dirigió al norte, entró en la bahía de Choc,
desembarcó fuerzas y avanzó hacia el sur con el objeto
de tomar Carenage por la retaguardia. Pero ese avance fue detenido por
los cañones que los ingleses habían transportado precisamente
para impedir esa maniobra de sus enemigos. Los cañones de La
Vigía diezmaron a los franceses.
Las bajas de D'Estaing y el marqués De Bouillé, que comandaba
el ataque junto con el almirante, fueron elevadas; los heridos se enviaron
a Martinica mientras la escuadra cruzaba frente a Carenage y el Gran
Cul de Sac en un esfuerzo desesperado por obligar a los navíos
ingleses a una batalla naval, cosa que, desde luego, no hicieron los
avezados marinos británicos. D'Estaing y De Bouillé se
retiraron finalmente el 29 de diciembre y al día siguiente se
rendía ante los ingleses el gobernador de Santa Lucía.
El año de 1778 terminaba, pues, con la pérdida de esa
isla francesa y los británicos se dedicaron a hacer de ella el
punto de apoyo de sus actividades navales y militares en el sur del
Caribe, y desde ese punto iban a dar la batalla de Los Santos, que fue
la más importante, en el orden político, de toda la guerra
en el mar de las Antillas. Francia perdió Santa Lucía
porque D'Estaing había perdido tiempo en su travesía de
Boston a Fort-Royal; los ingleses la habían ganado porque su
escuadra ganó el tiempo que D'Estaing había perdido.
Cuando D'Estaing llegó a Fort-Royal su escuadra estaba formada
por 22 navíos de línea y cuatro fragatas; sin embargo
fue aumentando después con algunos escuadrones que se le agregaban.
Pero al mismo tiempo la escuadra inglesa aumentó con la llegada
de varios buques que arribaron a Barbados el 6 de enero (1779). De manera
que entre las fuerzas navales de las dos potencias se estableció
cierto grado de equilibrio que ninguno de los dos bandos se atrevía
a romper. Ahora bien, en el mes de junio el almirante Byron, que había
sustituido a Barrington, salió hacia Saint Kitts con el grueso
de sus fuerzas para escoltar un gran convoy de barcos mercantes que
llevaba comida y otros productos para las islas inglesas de esa zona.
La partida de la escuadra inglesa de Barbados dejaba debilitada la parte
sur del Caribe, situación que aprovecharon D'Estaing y De Bouillé
para lanzarse sobre San Vicente. Las relaciones de los ingleses de San
Vicente con los indios caribes de la isla eran muy difíciles
desde las luchas de 1772 y 1773, causadas por el deseo inglés
de quitarles tierras a los indios. Esa situación hizo pensar
a los ingleses que no tenían posibilidad de combatir a los franceses
porque éstos tendrían la ayuda de los caribes, y no les
ofrecieron resistencia a los atacantes. San Vicente, pues, cayó
en manos francesas el 18 de junio; D'Estaing y De Bouillé ocuparon
50 cañones, cuatro morteros, dos buques mercantes, y unos días
después, el 30, para ser más precisos, casi toda la flota
de D'Estaing salía de Fort-Royal hacia Granada, en cuya Bahía
de Molenier desembarcó el 2 de junio 300 hombres.
Los defensores de Granada eran ridículamente pocos comparados
con los 2.000 hombres que llevó el almirante francés,
y sin embargo este no pudo tomar la isla sino el 6 de julio porque los
ingleses no quisieron entregarse. Cuando D'Estaing intimó rendición
al gobernador, lord Maccartney, éste contestó, con flema
característicamente británica, que él no sabía
en qué consistían las fuerzas del señor conde D'Estaing,
pero que conocía las suyas y que se defendería. Los franceses
tuvieron más de cien bajas, de ellas, la tercera parte en muertos.
En esta ocasión, sólo D'Estaing dirigió las operaciones,
lo mismo las de tierra que las de mar.
La batalla de tierra se convirtió también en naval cuando
el almirante Byron se presentó en aguas de Granada el mismo día
6 de julio y atacó a los buques franceses antes aún de
haber tenido tiempo de organizar los suyos en línea de combate.
Los franceses apresaron en esa acción un transporte con 150 soldados
y produjeron avenas gruesas en varios buques enemigos, pero tuvieron
166 muertos y 773 heridos, lo que da idea del ardor con que estuvo combatiéndose.
Las pérdidas inglesas debieron de ser más altas que las
francesas, puesto que el almirante Byron tuvo que retirarse a Saint
Kitts para reparar averías y reponer bajas.
D'Estaing creyó que había llegado la oportunidad de destruir
la escuadra del almirante Byron, y pensaba sensatamente, puesto que
si los buques ingleses iban de retirada, varios de ellos averiados y
llevando muertos y heridos, ése era el momento de atacar. Así,
el almirante francés estuvo recorriendo las aguas de Saint Kitts
en busca de los barcos británicos, provocándolos para
que salieran de puerto. Pero Byron no se dejó atraer; D'Estaing
resolvió al fin dar por cerrado el episodio y se llevó
su escuadra hacia la costa norteamericana, donde iba a combatir a otras
escuadras inglesas. D'Estaing retornaría al Caribe muy avanzado
el año 1780.
Aunque España estaba dando ayuda generosa a los norteamericanos,
hacía todo lo posible por no romper hostilidades con Inglaterra;
al contrario, trató de mediar entre ésta y Francia a base
de que Gran Bretaña reconociera la independencia de sus colonias
de Norteamérica. Pero es el caso que las relaciones anglo-españolas
fueron haciéndose cada vez más difíciles y ya para
julio de 1779 los españoles estaban listos para atacar Gibraltar.
Unos meses después, en septiembre, España estaba combatiendo
a los ingleses en el Caribe. Su primer ataque se produjo en Cayo Cocina,
en la boca del río Belice. Cayo Cocina se había convertido
en el asiento más importante de los cortadores ingleses de madera,
que habían construido allí un poblado y vivían
y se movían como si estuvieran en una posesión británica.
Cayo Cocina fue tomado, sus establecimientos destruidos y sus habitantes
enviados a La Habana, donde estuvieron hasta el final de la guerra;
los esclavos, que eran numerosos, se vendieron como botín. Algunos
de los cortadores de madera huyeron a Roatán y a la zona de Río
Tinto.
Tal vez parezca que el ataque español a Belice de 1779 fue excesivo,
pero hay que tomar en cuenta que hacía ya más de un siglo
que España venía haciendo reclamaciones a Inglaterra acerca
de la presencia de esos súbditos británicos en una posesión
española; que Inglaterra nunca le disputó a España
su derecho de soberanía en ese punto, y que sin embargo nunca
se dispuso a hacer que sus ciudadanos respetaran ese derecho español.
Por otra parte, a los ojos de Madrid, Belice representaba algo así
como un Gibraltar del Caribe, aunque no fortificado; un Gibraltar moral
que España no podía tolerar.
La noticia de los sucesos de Belice llegó tan rápidamente
a Jamaica que al finalizar la tercera semana de septiembre surgía
frente a Belice una escuadra inglesa dispuesta a vengar el ataque. El
lugar estaba totalmente deshabitado y no había una construcción
en pie. Pero en vez de retornar a Jamaica la escuadra buscó un
punto donde descargar el golpe que debía dar en Belice, y el
día 24 aparecieron un poco más al sur, ante el castillo
de Omoa, cuatro velas inglesas que se movían en son de reconocimiento;
el día 16 de octubre se presentaba en el mismo sitio una escuadra
de 14 navíos. Iba a atacar el castillo, que guardaba el único
camino que comunicaba el Caribe con la ciudad de Guatemala.
El castillo de Omoa se hallaba bajo el mando del coronel Simón
Desnaux, hijo del héroe de Cartagena; su guarnición era
pequeña, compuesta en su mayoría por antiguos esclavos
que tenían poca preparación en las actividades de la guerra.
Pero algo similar sucedía con los atacantes, cuyas fuerzas de
desembarco estaban compuestas en su mayor parte por zambos mosquitos.
El fuerte de Omoa fue cañoneado durante cuatro días en
los cuales los atacantes hicieron algunos desembarcos que fueron repelidos.
Pero un refuerzo inglés compuesto de soldados, madereros y zambos
mosquitos enviados desde la isla de Roatán tomó Puerto
Caballos —actual Puerto Cortés—, a unos quince kilómetros
al norte del castillo, avanzó hacia Omoa y les cortó la
retaguardia a los defensores. Ante esta situación, Omoa no tuvo
más remedio que ofrecer la capitulación.
Desnaux había capitulado el 20 de octubre (1779), pero como antes
del ataque había despachado un correo a Guatemala para informar
al gobernador que el castillo de Omoa no se hallaba en estado de defenderse
en caso de un ataque en regla, el gobernador, don Matías Gálvez,
había estado organizando una fuerza importante con la cual pudiera
reconquistar el fuerte en caso de que éste fuera tomado. Así,
Gálvez —cuyo hijo era gobernador de la Luisiana y estaba
batiéndose con los ingleses y logrando victorias importantes—
recibió la noticia de la capitulación de Desnaux e inmediatamente
se puso en marcha al frente de las fuerzas que tenía listas;
hizo el largo camino, de más de 400 kilómetros, hacia
la costa del Caribe y el día 26 de noviembre estaba sitiando
Omoa. El castillo cayó en sus manos el día 28. Había
estado en poder inglés un mes y una semana, y, dados los planes
de Inglaterra en esa zona, no se comprende cómo sus ocupantes
se lo dejaron arrebatar.
Pues los ingleses tenían un plan para cortar la América
Central, desde el Caribe hasta el Pacífico, muy cerca de ese
punto; hacia el sur, aprovechando el cauce del río San Juan.
Según algunos autores, el plan había sido concebido y
hecho sobre el papel desde antes de que se rompieran las hostilidades,
y debe haber sido así, puesto que comenzó a ser ejecutado
a principios de 1780, escasamente seis meses después de haberse
declarado el estado de guerra entre España e Inglaterra. No hay
que hacer esfuerzos de imaginación para darse cuenta de que el
plan era una aplicación a América Central de lo que se
había concebido para América del Sur y había fracasado
con Vernon en Cartagena cuarenta años antes, así como
el plan de Vernon había sido una versión del de Cromwell.
Ahora bien, lo que no se concibe es que habiendo fracasado ya dos veces
el propósito de cortar en dos los territorios españoles,
al elaborar y disponerse a ejecutar el plan por la vía del río
San Juan, los ingleses no hubieran tenido un plan alternativo.
Lo más lógico era que un plan alternativo se hiciera para
ser aplicado por el golfo de Honduras a partir de la toma del castillo
de Omoa. Omoa tenía un flanco cubierto desde Belice, el otro
desde la Mosquitia hondureña y la retaguardia asegurada con la
isla Roatán, y era más fácil entrar en Guatemala
y hacerse fuerte en el país que entrar en Nicaragua por el río
San Juan y conservar posiciones en sus orillas, que estaban formadas
por selvas y pantanos. En el camino de Omoa a Guatemala había
numerosos pueblos y haciendas en los que las fuerzas invasoras podían
obtener comida, almacenar equipos y curar heridos, y había, además,
entronques de caminos que conducían hacia el interior de lo que
hoy es Honduras. En cambio, para entrar en Nicaragua no había
sino una sola vía, que era el río San Juan, de acceso
muy difícil durante seis meses del año, debido a que las
lluvias aumentaban sus aguas y éstas corrían por un cauce
de desniveles que producían fuertes raudales, y además
el río cruzaba una región insalubre donde los atacantes
se exponían a sufrir enfermedades que los diezmara.
Según el plan, los ingleses entrarían por el río
San Juan para llegar al lago de Nicaragua. Eso mismo habían hecho
en el siglo anterior algunos filibusteros, según puede leerse
en el capítulo X de este libro, y es muy posible que los autores
del plan se basaran en lo que habían hecho esos piratas, a quienes
les resultó relativamente fácil hacer el recorrido desde
las bocas del río hasta Granada. Pero es el caso que ni Morgan
ni Mansfield, asaltantes y saqueadores de Granada, se vieron obligados
a combatir en el curso del río porque en sus tiempos no había
ninguna fortificación que les cortara el paso; en 1780, en cambio,
había una en la isla de San Bartolomé, a poca distancia
de la boca, río adentro, y otra mucho más sólida,
el castillo de la Concepción, situado más o menos a dos
terceras partes de distancia entre la boca del San Juan y el lago de
Nicaragua. Además, en 1780 había caminos que comunicaban
Guatemala, la capital del territorio, con Granada y con otras ciudades
de Nicaragua, cosa que no había en el siglo XVII.
El plan inglés incluía la toma de Granada, en la orilla
noroccidental del lago, y León, que se hallaba tierra adentro,
vecina del Pacífico y bastante alejada de Granada hacia el noroeste,
pero no porque la ruta que iban a establecerlos ingleses pasara por
esas ciudades, sino porque eran puntos indispensables para defender
el acceso al lago por el norte. La ruta iría mucho más
al sur. Ya en aguas del lago, partiría de San Carlos, en la orilla
del sur, y se dirigiría a la bahía del Papagayo, hoy territorio
de Costa Rica, en el mar Pacífico. Con algunas variantes, ésa
fue la que se siguió en el siglo XIX para establecer la línea
de vapores que debían llevar del este de los Estados Unidos a
los buscadores de oro de California; fue la misma ruta que dio el dominio
de Nicaragua a los filibusteros de William Walker y la misma que iba
a seguirse para hacer el canal que al fin se construyó en el
istmo de Panamá.
Aunque el plan había sido hecho en Londres, donde fue aprobado
por las autoridades militares y políticas, su ejecución
se llevaría a cabo desde Jamaica, y por eso llevó el nombre
del gobernador de esa isla, el mayor general John Dallíng. Dalling
debía salir de Jamaica con una fuerte expedición que estaba
siendo organizada en Inglaterra, pero la expedición tardaba en
llegar a Jamaica, y para que el plan tuviera éxito era indispensable
tomar el castillo de la Concepción antes de que comenzara la
temporada de las lluvias, lo que ocurriría en el mes de abril,
pues las lluvias engrosaban el río San Juan y esto hacía
imposible remontar los raudales, que se reforzaban en la estación
lluviosa hasta convertirse en cataratas. Así, Dalling salió
de Jamaica al comenzar el mes de febrero de 1780 con las fuerzas que
pudo reunir en la isla, algo más de unos 400 hombres. Esa fuerza
debía ser aumentada con zambos mosquitos y soldados ingleses
de la Mosquitia hondureña. Los transportes iban escoltados por
el navío Hinchinbroke, cuyo comandante era un joven de treinta
y dos años, llamado Horacio Nelson.
Dalling se detuvo en cabo Gracias a Dios para organizar flotillas de
canoas tripuladas por mosquitos y ya el 24 de marzo surgía frente
al puerto de San Juan del Norte, lugar que tomó ese mismo día
sin mucho esfuerzo; el 9 de abril tomó la isla de San Bartolomé,
que, como hemos dicho, estaba situada río adentro, ocasión
en la que Nelson actuó dirigiendo el ataque de artillería
que haría capitular a la pequeña guarnición que
había en la isla; el día 11, las avanzadas de Dalling,
desembarcadas en la orilla del río, estaban rodeando el castillo
de la Concepción, que resistió cuanto pudo, pero que cayó
en sus manos el día 24. Pero de ahí no pudo pasar el gobernador
de Jamaica porque ya había comenzado la temporada de las lluvias,
las interminables y copiosas lluvias tropicales, que caen sin cesar
día y noche, inundan las tierras y las convierten en pantanos
y en criaderos de los mosquitos que transmiten la malaria, fomentan
el crecimiento de fungosidades en las paredes, en las ropas y en los
zapatos y obligan a la gente a vivir encerrada bajo techo. Así,
encerrados en el castillo, Dalling y sus hombres se pusieron a esperar
la gran expedición que llegaría de Inglaterra, una expedición
que de todos modos no podía llegar al castillo de la Concepción
mientras no cesaran las lluvias que hacían imposible remontar
el río.
El gobernador Gálvez acababa de retornar de Omoa a Guatemala
cuando llegaron las noticias de que los ingleses habían tomado
el castillo de la Concepción y sin perder tiempo reorganizó
sus fuerzas y tomó el camino de Granada, donde halló que
el vecindario, asustado por la cercanía de los invasores, había
abandonado la ciudad y se había internado en los montes. Aunque
habían pasado más de 100 años de las depredaciones
que Granada había sufrido a manos de algunos piratas ingleses,
la gente no olvidaba lo que la ciudad había padecido, y tal vez
con el paso de los años aquellos sufrimientos habían sido
aumentados por los que relataban su historia.
Don Matías Gálvez se dedicó a levantar el ánimo
de los vecinos de Granada y a preparar defensas y organizar fuerzas
para detener a los ingleses cuando éstos cruzaron el lago, lo
que Gálvez daba por un hecho seguro. Pero sucedía que
también en Granada caían las copiosas e interminables
lluvias del Trópico, de manera que el gobernador tuvo que trasladar
su cuartel general a Masaya. Cuando finalizaron las lluvias en el mes
de septiembre, el activo presidente de la Audiencia de Guatemala, gobernador
y capitán general, embarcó unos 600 hombres en canoas
y se dirigió río San Juan abajo, camino del castillo de
la Concepción, donde esperaba hallar a Dalling.
Dalling no estaba allí; ni él ni ninguno de sus hombres,
excepto los muertos que había enterrado en las orillas del río,
y esos muertos eran más de 1.400. Dalling había perdido
tanta gente a causa de las fiebres palúdicas e intestinales,
que de 1.800 nombres que había llevado a la expedición
apenas le quedaban unos 380, macilentos, enfermos, débiles, con
los cuales no podía defender la posición; así,
había emprendido la retirada hacia San Juan del Norte y cuando
don Matías Gálvez llegó al puerto sólo alcanzó
a ver las velas británicas que se alejaban en el horizonte. Una
vez más había fracasado el plan inglés de cortar
en dos los territorios españoles de América.
Mientras Dalling se aprestaba a tomar el castillo de la Concepción,
allá por el mes de marzo, las metrópolis del Caribe hacían
cambios en sus fuerzas coloniales y ordenaban movimientos llamados a
tener consecuencias en la región. Así, sir Georges Rodney
pasaba a desempeñar el mando de la flota inglesa del Caribe,
el almirante De Guichen pasaba al mando de la francesa y España
despachaba hacia La Habana 130 buques, de los cuales 114 eran transportes
para unos 10.000 soldados. Esta expedición española estaba
destinada a la conquista de la Florida y a combatir en el golfo de Méjico,
pero al final fue dedicada a la fallida toma de Jamaica.
La flota del almirante Rodney sufrió graves pérdidas a
causa de un huracán que le hundió más de 30 naves
y además estuvo durante algún tiempo operando en aguas
norteamericanas. Por otra parte, los meses finales de 1780 fueron de
poca actividad, excepto para los corsarios y los navíos de línea
que se dedicaban a apresar algún que otro mercante. En ese tiempo
estuvieron muy activos los corsarios de Santo Domingo y de Puerto Rico,
que llegaron a operar en las aguas del Atlántico.
Al terminar el año, el día 20 de diciembre, Holanda declaró
la guerra a Gran Bretaña. Había sucedido que unos buques
ingleses se habían metido en el puerto de San Martín y
allí mismo habían apresado algunos barcos norteamericanos;
las protestas holandesas fueron rechazadas por el gobierno de Londres
y la situación se complicó de tal manera que la ruptura
de las hostilidades fue inevitable. Al finalizar el mes de enero de
1781 el almirante Rodney recibía órdenes de tomar San
Eustaquio y se presentó ante la pequeña isla holandesa
con una fuerza imponente. El gobernador, que no tenía conocimiento
de que su país estaba en guerra con los ingleses, capituló
sin combatir; en los días posteriores capitularon también
Saba, San Martín y San Bartolomé. El botín que
tomaron los británicos fue enorme, pues los muelles de San Eustaquio
y de San Martín estaban llenos de mercancías; también
los almacenes privados estaban llenos de toda suerte de productos y
lo estaban casi todos los 200 barcos que había en los puertos.
En total, el botín sumaba varios millones de dólares,
tal vez más de quince, calculados en dólares de mitad
del siglo XIX, lo que en esos años del siglo XVIII era una suma
fabulosa.
La captura del rico botín dio lugar a incidentes muy serios porque
el almirante Rodney descubrió que muchas mercancías y
varios de los buques tomados eran propiedad de ingleses que comerciaban
con las colonias norteamericanas y con los territorios franceses del
Caribe a través de las islas holandesas, que hasta el momento
habían sido puertos neutrales. Ese descubrimiento ponía
de manifiesto la verdadera naturaleza de la guerra, que era una contienda
comercial disfrazada de guerra patriótica. Al Caribe se iba a
buscar ventajas económicas, y las guerras que tenían lugar
en sus aguas y en sus tierras eran sólo expresiones armadas de
conflictos comerciales. Mientras los marinos y los soldados se mataban,
los comerciantes hacían negocios con el enemigo.
Los propietarios ingleses de mercancías y barcos tomados en las
islas holandesas reclamaron que se les devolvieran sus pro piedades,
pero Rodney se negó y, lo que es más, las declaró
confiscadas y las puso a la venta en Saint Kitts; en cuanto a la otra
parte del botín, la envió a Inglaterra, pero no llegó
a su destino porque el convoy fue interceptado y apresado por un escuadrón
francés que llevó sus presas a Francia; las mercancías
fueron vendidas a los comerciantes de Burdeos, quienes pagaron por ellas
8.000.000 de libras tornesas y las vendieron con beneficios altísimos
debido a que los productos tropicales escaseaban mucho en Francia desde
que había comenzado la guerra.
Mientras Rodney se hallaba en Saint Kitts ocupado en vender las mercancías
que había confiscado a sus compatriotas, llegó a Martinica
una poderosa flota francesa que había salido de Brest al mando
del conde De Grasse. Esa flota iba a hacer estragos en las posesiones
inglesas de la región. Cuando Rodney supo que De Grasse estaba
en el Caribe despachó a uno de sus mejores comandantes a batir
a De Grasse, pero la flota francesa era demasiado grande y Hood no pudo
ni siquiera acercársele.
De Grasse llevaba consigo un convoy de mercancías que dejó
en Fort-Royal y sin perder tiempo siguió hacia Santa Lucía
con ánimos de arrebatársela a los ingleses. Al parecer,
llevaba instrucciones de reconquistar esa isla, lo que da idea de que
en Francia se habían dado cuenta de que Santa Lucía había
sido convertida por los británicos en un punto clave en la estrategia
británica del Caribe. Efectivamente, así era, y los hechos
lo demostrarían dos años después. De Grasse alcanzó
a desembarcar tropas en Santa Lucía, pero la defensa que halló
fue tan enérgica que tuvo que reembarcarlas con pérdidas
altas y tuvo que retirarse de allí a principios del mes de mayo.
Como le tocaría saberlo a su tiempo, él mismo iba a ser
víctima de ese fracaso ante los ingleses de Santa Lucía.
El marqués De Bouillé, gobernador de Martinica, era sin
duda el hombre con más condiciones de jefe militar que había
en el Caribe. Por alguna razón, aunque lucharon juntos, sus relaciones
con D'Estaing no fueron las mejores; en cambio, De Bouillé y
De Grasse iban a entenderse bien y juntos formarían un equipo
de mando que iba a darles mucho que hacer a los ingleses.
De Grasse había fracasado en Santa Lucía, pero De Bouillé
no fracasaría en la conquista de Tobago. Para tomar esa isla,
De Bouillé usó una parte de la flota de De Grasse —cuatro
navíos, una fragata y algunos transportes—; se presentó
en Tobago y puso pie en la bahía de Curland tras un fuerte bombardeo
que fue respondido por los ingleses con energía. Rodney, que
estaba en Barbados, envió apresuradamente un escuadrón
con la orden de auxiliar a los defensores, pero De Grasse llegó
al sitio de la lucha a tiempo y forzó al escuadrón inglés
a retirarse.
La batalla de Tobago fue dura. El jefe de la defensa, teniente gobernador
Ferguson, hizo una retirada hacia el interior con el propósito
de hacerse fuerte en mejores posiciones. En vez de dedicarse a perseguir
a Ferguson, De Bouillé ordenó que se quemaran las propiedades
de los plantadores británicos, con lo cual obtuvo que los propietarios
pidieran la paz para salvar sus bienes. En ese momento Rodney salía
de Barbados con refuerzos para Ferguson, pero el almirante inglés
llegó a Tobago demasiado tarde. La isla se había rendido
el 2 de junio y De Bouillé y De Grasse volvieron a Fort-Royal,
en cuya rada entraron agitando en sus manos las banderas que le habían
tomado al enemigo. Después de la victoria de Tobago, De Grasse
salió con su flota hacia las costas de Norteamérica, donde
tomaría parte en la caída de York Ton y la consecuente
rendición de lord Cornwalles; y casi a seguidas Rodney salía
hacia Inglaterra, llamado para responder a las acusaciones que se le
hacían con motivo de la confiscación de las propiedades
inglesas tomadas en San Eustaquio y San Martín, y su flota, colocada
bajo el mando de Hood, tomaba el rumbo de Nueva York. Parecía
que el Caribe quedaba descargado de las presiones guerreras que originaba
la presencia en sus aguas de las poderosas flotas de Francia e Inglaterra.
Pero la verdad es que, aunque la flota francesa se había alejado,
Francia estaba representada en el Caribe por De Bouillé, y De
Bouillé era un hombre de guerra, un soldado nato. Dado su cargo,
no tenía por qué participar personalmente en los ataques,
y sin embargo lo hacía. Siempre estuvo al lado de D'Estaing en
los combates que éste dio; acompañó a De Grasse
en Santa Lucía y se le había adelantado en Tobago; concebía
planes atrevidos e iba a ejecutarlos él mismo. Ahora bien, la
mayor hazaña del gobernador de Martinica estaba por verse todavía.
De Bouillé había resuelto dar un golpe audaz a Inglaterra
en el Caribe y había organizado ese golpe con tanto secreto que
ni siquiera lo conocían muchos de los que iban a participar en
él. Para disimular sus intenciones dio una fiesta a la juventud
de Martinica, y cuando esa juventud estaba entretenida ejecutando las
refinadas danzas de la época, el gobernador salió sigilosamente
a los jardines con algunos de los que asistían a la fiesta y
se fue a la rada de Fort-Royal, donde le esperaban tres fragatas, una
corbeta y cuatro goletas en las cuales habían embarcado unos
350 hombres. Era al comenzar la última semana de noviembre, mes
de buenos vientos en el Caribe. En la noche del día 26, con mar
gruesa por cierto, De Bouillé estaba desembarcando sus hombres
en San Eustaquio. Algunos de esos hombres llevaban todavía el
traje de fiesta con que habían salido de la casa del gobernador.
Al amanecer del día 27 los franceses estaban atacando el fuerte
que defendía la pequeña isla.
La sorpresa que produjo el audaz golpe de De Bouillé fue tan
grande que paralizó a la guarnición inglesa, compuesta
de unos setecientos hombres. Cockburn, el gobernador británico,
fue hecho prisionero antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba
sucediendo. Al día siguiente se rindieron las fuerzas de San
Martín y poco después se entregaron las islas de Saba
y San Bartolomé. De Bouillé retornó a Fort-Royal
con más de 800 prisioneros a los que había que sumar las
mujeres y los niños que les acompañaban. El gobernador
fue recibido en Martinica con honores de héroe, y al llegar a
Fort-Royal encontró allí a De Grasse y su flota, que volvían
de América del Norte después de haber cosechado también
la victoria en aguas norteamericanas. Era simplemente lógico
que las tropas, la marinería, la oficialidad de De Grasse y De
Bouillé se sintieran impulsadas a seguir acumulando victorias;
así, la próxima sería en Barbados, la fortaleza
británica que hacía el papel de una avanzada del Caribe
en el Atlántico. El almirante y el gobernador se prepara- ron,
pues, para tomar Barbados. Por dos veces, una con 3.500 hombres de desembarco
y otra con 6.000, la flota francesa estuvo cruzando por las aguas de
Barbados y en las dos ocasiones los vientos contrarios impidieron que
se acercaran a las costas. Al final hubo que abandonar el plan de tomar
Barbados, pero no se abandonaron los propósitos de seguir despojando
a Gran Bretaña de sus posesiones del Caribe. Así, el 11
de enero de 1782 la flota de De Grasse, y Bouillé con ella, entraba
en la rada de Basse-Terre, en la isla de Saint Kitts.
Ya conocemos la importancia histórica y política que tenía
Saint Kitts para los ingleses y su vinculación con el nacimiento
y el desarrollo del poder francés en el Caribe. Precisamente,
el punto por donde desembarcaron los franceses ese día de enero
de 1782 correspondía a lo que había sido la parte francesa
de la isla antes de que ésta pasara a ser totalmente inglesa.
Debido a, su abolengo en la historia de la colonización británica,
Saint Kitts era el asiento de la gobernación de las islas inglesas
para el grupo llamado de Barlovento y allí había una guarnición
respetable. En el momento de la llegada de De Bouillé, esa guarnición
tenía más de 1.200 hombres.
A la presencia de los franceses en Basse-Terre, el gobernador se retiró
con todas las fuerzas a la fortaleza de Brimstone Hill, bien dotada
de artillería y de municiones; pero los dueños de ingenios
de azúcar no estaban dispuestos a correr la suerte de la guerra
y comenzaron a buscar contactos con De Bouillé para negociar
la rendición de la isla. Mientras tanto De Grasse despachó
escuadrones a Nevis y a Monserrat y esas posesiones capitularon sin
luchar, lo que aumentó el deseo de negociar que tenían
los propietarios de Saint Kitts. Después que se cerró
el capítulo de ese ataque francés se dijo que esos propietarios
se negaron a prestar sus esclavos para que éstos cargaran las
balas de cañón que necesitaban los defensores del fuerte
de Brimstone Hill; al parecer, había un almacén de esas
municiones en las faldas de la colina que daba nombre al fuerte y no
fue posible llevar las balas hasta el fuerte por falta de hombres que
hicieran el trabajo. De todos modos, es el caso que De Bouillé
había puesto sitio al fuerte con unos 6.000 hombres y se había
dedicado a bombar- dearlo sin que eso conmoviera a los propietarios,
que no se hallaban inclinados a dar demostraciones de patriotismo.
Mientras De Bouillé cercaba y cañoneaba Brimstone Hill,
De Grasse tenía su escuadra en la bahía de Basse-Terre.
El día 24 de junio se presentó ante Basse-Terre una escuadra
inglesa comandada por el almirante Hood. Hood maniobró para entrar
en la bahía, cosa que no logró, y entonces De Grasse sacó
su escuadra para presentarle batalla a Hood. En ese momento Hood hizo
lo que menos podía esperar De Grasse; entró con su escuadra
en la bahía y dejó afuera al almirante francés
y a sus barcos. Esa maniobra era no sólo una demostración
de maestría naval y de audacia muy británica; era también
una burla que De Grasse no podía aceptar; así, el almirante
francés hizo todos los esfuerzos por desalojar al inglés
de su posición, pero fueron inútiles y además costosos
en vidas y en averías. Por lo visto, lo único que podía
hacer De Grasse era bloquear la salida de la bahía y mantener
a Hood embotellado.
Probablemente no se ha dado muchas veces un caso igual: los ingleses
de Brimstone Hill estaban cercados por los franceses del marqués
De Bouillé; éstos a su vez estaban embotellados por los
buques y los soldados ingleses de Hood, y Hood y sus hombres se hallaban
embotellados por la escuadra francesa de De Grasse. Había una
manera de romper esa cadena de cercos, y era lanzando contra la retaguardia
de De Bouillé a los hombres de Hood, que alcanzaban a unos 2.500,
a fin de romper el sitio de Brimstone Hill y unir fuerzas; después
se vería qué se podía hacer con la flota de De
Grasse.
Eso fue lo que hizo Hood: desembarcó sus 2.500 soldados y los
lanzó a la lucha contra De Bouillé; pero éste había
previsto el golpe y había preparado sus fuerzas de tal manera
que los ingleses no pudieron romper sus filas. En cuanto a las tropas
cercadas en el fuerte, sus bajas en muertos y heridos eran ya altas,
de manera que tampoco pudieron ayudar en la lucha. Ante esa situación,
Hood tenía que salir de la bahía o entregarse, lo que
a su vez suponía la entrega del gobernador, y Hood escogió
la salida. Esta era difícil y con pocas probabilidades de éxito,
pero Hood, que había hecho en Basse-Terre una entrada increíble,
iba a hacer una salida también increíble: a media noche
cortó cables y se deslizó por las aguas de Basse-Terre
sin que los marinos de De Grasse alcanzaran a darse cuenta de lo que
estaba sucediendo. Al día siguiente se rendía Brimstone
Hill, después de treinta y cuatro días de sitio.
Desde la ruptura de hostilidades hasta ese mes de julio de 1782 habían
caído en manos francesas Dominica, San Vicente, Granada y las
Granadinas, Tobago, Saint Kitts, Nevis y Monserrat, y además
los franceses habían reconquistado las posesiones holandesas
de San Eustaquio, San Martín, Saba y San Bartolomé, que
habían devuelto a Holanda con excepción de la última.
Los franceses del Caribe estaban forjando una impresionante cadena de
victorias a expensas del poderío inglés, lo que indicaba
o que ese poderío estaba en decadencia o que estaba en ascenso
el de Francia.
Al retornar triunfantes a Martinica, el grácil De Bouillé
y el corpulento De Grasse fueron recibidos en medio de un júbilo
casi de locura, y para colmo de buena suerte, poco después de
su llegada arribaba a Fort-Royal un convoy de mercantes que había
logrado burlar a la ilota inglesa. En ese convoy iban productos suficientes
para aliviar, al menos por el momento, las necesidades de la población,
que como casi todas las del Caribe estaba sufriendo los efectos de una
inflación vertiginosa causada por la escasez de bienes de consumo.
Parecía que De Bouillé y De Grasse habían obtenido,
por alguna gracia especial, la bendición de los dioses de la
guerra; que ninguna fuerza inglesa podía atravesarse en su camino;
que iban a conseguir todo lo que se propusieran. Y lo que se propusieron,
por órdenes del gobierno francés, fue asestar a Inglaterra
el golpe final a su imperio en el Caribe: la conquista de Jamaica. Pero
antes de que llegara esa orden llegó a Barbados, a medía-dos
de febrero de 1782, el avezado y duro sir George Rodney, a quien la
historia le reservaba el papel de destruir, casi sin combatir, la fuerza
del binomio De Grasse-De Bouillé.
Tan pronto llegó a Barbados, Rodney ordenó a Hood que
se le reuniera en Antigua. Las escuadras de Rodney y Hood sumaban más
navíos que los de De Grasse, y eso por sí solo significaba
que en cualquier momento podía quedar roto en favor de Inglaterra
el equilibrio naval del Caribe. Una vez reunidas en Antigua, las naves
inglesas se dirigieron a Santa Lucía, desde donde Rodney podía
vigilar los menores movimientos de De Grasse. Allí iban a pasar
los ingleses el mes de marzo y los primeros días de abril, tensos
y dispuestos al ataque como el águila que ha puesto el ojo en
la víctima escogida y mantiene las alas a punto de emprender
el vuelo a la primera señal de que la pieza se ha movido.
Pero sucedía que en marzo, mientras Rodney y Hood vigilaban a
De Grasse, estaba a punto de estallar de nuevo la guerra en el occidente
del Caribe. Efectivamente, don Matías Gálvez, el infatigable
gobernador de Guatemala, que había establecido su cuartel general
en Trujillo, preparaba la reconquista de la isla Roatán, que
los ingleses habían guarnecido de varios fuertes, cinco de ellos
a la entrada y alrededor de Puerto Real, y otro, el de Federico, para
proteger el puerto por la retaguardia.
Gálvez hizo sus preparativos cuidadosamente; reunió 3.900
hombres y metió entre ellos una unidad de caballería pensando
que ésta podía hacerle falta en caso de que los ingleses
se retiraran a un punto de la pequeña isla donde hubiera necesidad
de perseguirlos con bestias; reunió también varias balandras
y goletas y algunas canoas y escoltó la expedición con
cuatro fragatas, una corbeta y cuatro lanchas cañoneras. Como
se ve, el gobernador Gálvez no estaba dispuesto a fracasar por
falta de elementos.
Y efectivamente, no fracasó. Las baterías de los fuertes
que guardaban el puerto fueron silenciadas rápidamente; el teniente
gobernador inglés se refugió en el fuerte Federico, pero
no podía hacer nada para impedir la victoria española.
Roatán se rindió el día 17 de marzo (1782); los
atacantes tomaron un buen botín, la mayor parte en esclavos;
a los soldados ingleses se les permitió irse a Jamaica.
Gálvez estuvo en Roatán hasta el 23, día en que
salió con una parte de sus efectivos hacia la región de
Río Tinto, es decir, la Mosquina hondureña; allí
asaltó y destruyó los puntos de Quepriba y Criba, donde
había pequeñas guarniciones enemigas, y en los primeros
días de abril estaba persiguiendo tierra adentro a los pocos
ingleses que buscaban protección en el interior, en las zonas
habitadas por los mosquitos.
Precisamente en esos primeros días de abril estaban el almirante
De Grasse y el gobernador De Bouillé dando los últimos
toques a lo que iba a ser la operación maestra de Francia y España
en el Caribe, la conquista de Jamaica. El día 8 abandonaba la
flota francesa la rada de Fort-Royal para ir a Cap-FranÇais,
en la costa norte de Haití, donde debía reunirse con la
flota española que bajo el comando de don José Solano
había cruzado el Atlántico en ruta hacía La Habana
en marzo de 1780, esto es, dos años antes. Una vez reunidas,
las dos flotas enfilarían por el canal de Los Vientos hacia Jamaica,
que seguramente no tenía fuerzas con que enfrentar un ataque
de esa envergadura. Podemos hacernos una idea del poderío de
las fuerzas aliadas que iban a la conquista de Jamaica por la cantidad
de naves de transporte que iban en las dos flotas. Solano había
llevado a Cuba 114 transportes y De Grasse llevaba desde la Martinica
150. No sabemos cuántos navíos de guerra tenía
a su mando Solano, pero sabemos que la escuadra de De Grasse estaba
compuesta por unas 36 unidades, de las cuales 25, por lo menos, iban
a participar en la acción sobre Jamaica.
Leyendo ahora los documentos de aquellos días es fácil
darse cuenta de que los planes de los gobiernos eran conocidos muy a
menudo por los enemigos. El espionaje funcionaba en los palacios de
los reyes, en los gabinetes de los ministros y en los despachos de los
jefes militares. El envío de Rodney al Caribe y su movimiento
hacia Santa Lucía para vigilar desde allí a De Grasse
son hechos que resultarían demasiado casuales si no obedecían
a un propósito, y el propósito era evitar a toda costa
la expedición contra Jamaica; luego en Londres sabían
que los gobiernos de Francia y España habían resuelto
conquistar Jamaica. Rodney había situado casi en aguas de Martinica
dos fragatas que debían informarle, mediante señales,
qué rumbo tomaba De Grasse al abandonar, el día que lo
hiciera, la rada de Fort-Royal. Esa es otra indicación de que
Rodney tenía noticias precisas sobre las intenciones del almirante
francés. Rodney sabía que iba a salir y con qué
planes saldría y había congregado sus fuerzas en Santa
Lucía para impedir que esos planes pudieran ser ejecutados.
En la mañana del 9 de abril, sir Georges Rodney recibió
señales que le indicaban el rumbo de la flota francesa: navegaba
hacia Dominica en dirección norte franco. Sin perder un minuto,
Rodney dio la orden de lanzarse a la persecución del enemigo
y batirlo tan pronto estuviera a tiro de cañón.
La cacería duró horas. Ya por la tarde, el escuadrón
de Hood se acercaba a los navíos franceses que cubrían la
retaguardia del convoy. Las dos notas estaban todavía tan cerca
de Martinica que el primer disparo del lado francés —hecho
por el navío Triunfante—
se oyó en la costa de esa isla. Había comenzado la primera
parte de un combate naval que iba a tener muy escasa importancia militar
y que sin embargo iba a tener consecuencias decisivas en el fracaso de
los planes de Francia y España.
En ese combate el navío francés
Zélé resultó con averías gruesas. El
almirante De Grasse iba a bordo del Villa
de París, su nave insignia, y el Villa
de París, que portaba 110 cañones, era un buque pesado,
muy lento para maniobrar. Pues bien, cuando vio al Zélé
en situación crítica, De Grasse quiso ir en su ayuda y fue
a dar a un punto de aguas muertas y, lógicamente, tras el almirante
entraron en esas aguas varios otros navíos cuyos comandantes creyeron
que debían darle protección a su jefe.
Los marinos ingleses pensaron que De Grasse estaba rehuyendo el combate
y trataron de hacerlo salir del lugar donde se hallaba, pues la falta
de brisa hacía imposible que ellos mismos —esto es, los
ingleses— pudieran maniobrar. Mientras tanto, una parte de la
escuadra francesa y la totalidad de los transportes seguían su
ruta hacia Cap-Francais. Con ellos iba el marqués De Bouillé,
que se había embarcado en Fort-Royal para tomar parte en la conquista
de Jamaica.
A eso que hemos descrito se limitó la primera parte de lo que
se llamó la batalla de Los Santos, nombre que se le dio porque
la parte segunda —y final— iba a darse en las aguas de los
islotes de Los Santos, que son adyacentes de Guadalupe y limitan por
el norte el canal que separa esta isla de la de Dominica.
Los buques franceses no pudieron maniobrar sino el día 12, y
entonces lo hicieron, con tan mala suerte, que vinieron a quedar a barlovento
de la escuadra británica, y en ese momento los ingleses superaban
de manera abrumadora a los franceses, puesto que junto con De Grasse
había sólo una parte de su fuerza; la otra parte había
seguido escoltando el convoy que iba hacia Cap-Francais. Así,
con el viento a su favor, los ingleses avanzaron y formaron línea
a su mejor conveniencia. La parte final de la batalla de Los Santos
iba a darse con todas las ventajas del lado inglés.
En los primeros movimientos el buque almirante de Rodney rompió
la línea francesa, a la vez que otros navíos británicos
la rompían por otro punto, de manera que la línea de De
Grasse quedó rápidamente dividida en tres grupos y sus unidades
rodeadas y batidas por el fuego de los navíos enemigos. Cuatro
buques franceses quedaron apresados, entre ellos el Villa
de París. De Grasse, pues, había caído prisionero
de Rodney. A causa de lo que le sucedió a De Grasse, la marina
francesa, después de estudiar el expediente de la batalla, ordenó
que en lo sucesivo sus comandantes dirigieran las batallas desde una fragata,
nave que era más ligera y por tanto más capaz de maniobrar
en circunstancias imprevistas, como las que se dieron en el caso de la
batalla de Los Santos.
La mayor parte de los buques franceses que participaron en el último
episodio de la batalla de Los Santos lograron escapar con algunas bajas,
pero sin averías, y Rodney, que quería aprovechar la ocasión
para destruir la escuadra francesa, ordenó a Hood que les diera
alcance. Hood alcanzó a interceptar dos navíos de línea
y una fragata, con lo cual el número de unidades francesas que
cayó ese día en manos de Rodney fue de siete. Todos los
buques apresados fueron llevados a Jamaica, donde Rodney y su escuadra
tuvieron un recibimiento delirante. La victoria, en verdad, no era nada
del otro mundo, pero sus consecuencias políticas sí lo
eran, sobre todo para los habitantes de la isla, que se habían
salvado del ataque franco-español y de la muy probable conquista
de su tierra.
Al llegar a Cap-Francais la noticia de lo que había sucedido
a De Grasse, el marqués De Bouillé quiso suplantar a De
Grasse en la jefatura de la expedición a Jamaica y le propuso
a Solano, el jefe de la flota española, que el plan general se
llevara a cabo bajo la responsabilidad de De Bouillé. De Bouillé
alegaba, y tenía razón, que la pérdida de siete
u ocho buques no podía justificar el abandono del plan, que esa
pérdida no debilitaba de modo apreciable el poder de las flotas
española y francesa unidas. Pero Solano entendía que sus
órdenes eran muy precisas y que él tenía que atenerse
a ellas; que se le había mandado esperar en Cap-Francais al almirante
De Grasse y que De Grasse no había llegado ni podría llegar,
puesto que había caído en poder de los ingleses. Todos
los esfuerzos que hizo el gobernador de Martinica para convencer a Solano
de que deberían actuar resultaron inútiles. Cuando en
Madrid se supo que Solano se había negado a oír a De Bouillé,
se le dio la razón a éste, pero desde luego ya era tarde,
y demasiado tarde. Jamaica no sería conquistada y, lo que es
más, no sería ni siquiera atacada. La corona que Francia
y España iban a poner a la guerra del Caribe se había
hundido en las aguas de Los Santos el día 12 de abril de 1872,
y al cabo de tres años y cuatro meses la pérdida de Santa
Lucía —ocurrida en diciembre de 1778— culminaba en
el fracaso de los planes elaborados para dar un golpe final al poder
inglés en el Caribe; que así se encadenan los hechos en
la guerra, tal como se encadenan en la vida.
Exactamente el 12 de abril, día en que De Grasse caía
prisionero de Rodney en aguas del Caribe, tenían lugar en París
las primeras conversaciones para hacer la paz, y si ésta tardó
en hacerse se debió a la victoria de Rodney en la acción
de Los Santos. Inglaterra estaba dispuesta a conceder a Francia y España
buenas condiciones de paz; había perdido todas sus posiciones
importantes en el Caribe, con la excepción de Jamaica, Antigua
y Barbados, y sólo había logrado conquistar Santa Lucía,
arrebatada a los franceses, y había perdido tierra en otras partes
de América, de manera que la paz era para ella una necesidad.
Pero cuando llegó a Londres la noticia de la derrota de De Grasse
pensó de otro modo; así, por ejemplo, rechazó las
peticiones españolas para que abandonara Gibraltar a menos que
España le diera a cambio la isla de Puerto Rico, y en general
alargó las conversaciones, que se prolongaron hasta el 1783.
En cambio, los ingleses negociaban tan de prisa con sus antiguas colonias
norteamericanas que para fines de noviembre se habían firmado
los artículos preliminares del tratado de paz. Esa negociación
se hacía en el secreto más estricto, para que ni Francia
ni España se enteraran de ellas. Francia y España habían
participado en la guerra que aseguró la independencia de los
Estados Unidos; la presencia de las fuerzas francesas de tierra y de
mar al lado de las norteamericanas, así como la cuantiosa ayuda
en armas y dinero que les dio España a los colonos rebelados,
fueron factores decisivos en la victoria yanqui; además, si Inglaterra
hubiera podido dedicar todo su poderío a combatir a sus colonos,
la lucha hubiera sido larga, muy costosa y nadie sabe cómo hubiera
terminado. Pero Inglaterra tuvo que combatir contra Francia y España
en Europa y en el Caribe y eso la debilitó. Sin embargo, a la
hora de hacer la paz, los Estados Unidos se entendían con los
ingleses en secreto para que aquellos que tanto los habían ayudado
no estuvieran al tanto de lo que estaba sucediendo.
Después de la batalla de Los Santos, sólo los corsarios
de Santo Domingo, Puerto Rico y las islas francesas e inglesas siguieron
su especie de guerra particular, pero en el fondo occidental del Caribe
iba a combatirse todavía. Fue en Roatán y en la Mosquitia
hondureña, que habían caído en poder de España,
como sabemos, en vísperas de la batalla de Los Santos.
El 23 de agosto (1782) se presentó frente a Roatán el
coronel Edward Despard con 1.200 hombres, la mitad de ellos mosquitos,
a los que conducía con buena protección naval, y en una
larga lucha de ocho días se apoderó de la isla, en la
cual había una guarnición española de 750 hombres;
después Despard se dirigió a Río Tinto y, tal como
había hecho Gálvez antes, dominó las posiciones
de Quepriba y Criba, de manera que, salvo el castillo de Omoa, España
perdió otra vez en el golfo de Honduras todo lo que el enérgico
don Matías Gálvez hacía reconquistado poco antes.
Cuando se dio fin a los acuerdos preliminares del tratado de paz, lo
que vino a suceder en enero de 1783, los ingleses tenían en el
Caribe sólo Roatán y la Mosquitia, que no eran territorios
británicos, y las islas de Antigua, Barbados y Jamaica. La situación
era parecida en el Mediterráneo, en el sur de los Estados Unidos
y en las Bahamas. En los arreglos de paz España iba a recuperar
Menorca y las dos Floridas y devolvería las Bahamas, e Inglaterra
reconocería los derechos españoles de Belice y todos los
territorios mosquitos, al tiempo que España concedería
autorización, dentro de ciertos límites, para que los
súbditos británicos pudieran cortar madera en Belice.
Roatán, desde luego, volvería a manos españolas.
De manera irregular, Suecia entró en las negociaciones a través
de Francia. Los suecos habían estado viendo desde hacía
muchos años que los daneses sacaban buenos dividendos de sus
pequeños territorios del Caribe y habían fundado en 1746
una Compañía de las Indias Occidentales, pero fue sólo
en 1779, bajo el reinado de Gustavo III, cuando sus empeños por
tener una posesión en el Caribe comenzaron a tomar forma. Gustavo
III mantenía relaciones estrechísimas con Luis XVI, al
punto que recibía subsidios de éste, y la política
exterior francesa contaba de manera segura con el apoyo de Suecia en
todo lo que se refiriera a problemas del norte de Europa. En las negociaciones
del tratado que iba a poner fin a la guerra, Francia propuso que España
le concediera a Suecia uno de sus territorios caribes, Trinidad o Vieques,
a lo que España se negó; entonces gestionó con
Inglaterra que le traspasara una de las suyas, petición que Inglaterra
rechazó. Pero Suecia seguiría insistiendo.
El tratado se firmó en Versalles el 30 de septiembre de 1783.
Francia devolvió a Inglaterra las islas de Saint Kitts, Nevis,
Monserrat, Granada y las Granadinas, Dominica y San Vicente, pero obtuvo
la devolución de Santa Lucía y se quedó con Tobago.
Poco después, en mayo de 1784, Luis XVI ordenaba que Tobago fuera
cedida a Suecia, y eso es lo que explica que Francia no aceptara devolver
a Inglaterra la pequeña isla que hoy forma una unidad política
junto con la isla de Trinidad. No sabemos qué ocurrió
entre mayo y finales de junio, pero es el caso que, después de
la cesión de Tobago, Francia y Suecia se pusieron de acuerdo
para que, en vez de Tobago, Suecia tomara San Bartolomé y que
a cambio de San Bartolomé les diera a los franceses privilegios
comerciales en Gotemburgo. San Bartolomé tenía 21 kilómetros
cuadrados y 759 habitantes, de los cuales 458 eran blancos. El tratado
de cesión fue firmado en París el 1 de julio (1784) y
la cesión efectiva tuvo lugar el 7 de marzo de 1785. En el mes
de septiembre San Bartolomé fue declarado puerto libre y en octubre
del año siguiente fue cedido a una compañía formada
para comerciar con las posesiones del Caribe y América del Norte.
Así, al terminar la guerra había un nuevo país
europeo con señorío en un territorio del Caribe.
Al quedar firmado el tratado de Versalles parecía que todo el
Caribe seguía igual que antes de comenzar la guerra. Pero la
guerra había provocado cambios muy importantes; cambios en la
situación económica de las metrópolis y de sectores
de las poblaciones coloniales; cambios en la composición social
de casi todos los territorios caribes; cambios en las ideas de las gentes.
Hubo un número apreciable de personas que se enriqueció
haciendo el corso y el contrabando y cobrando a precio de oro lo que
podía vender, pero también hubo mucha gente que murió
de hambre. Algunos artículos llegaron a encarecerse cuatro veces,
y en ocasiones se trataba de artículos de consumo para la gente
más pobre. Se calcula que sólo en las islas inglesas murieron
por falta de alimentación unos 18.000 esclavos. Las relaciones
comerciales quedaron durante años prácticamente rotas,
no sólo entre las colonias y las metrópolis, sino también
entre las colonias que se vendían y se compraban entre sí.
En el caso de las posesiones españolas, esto tuvo buenos resultados,
porque entre 1777 y 1780 España dio a sus territorios una libertad
comercial que las convirtió de hecho en provincias autónomas,
con autorización para adquirir esclavos sin ninguna restricción;
y esta última medida iba a tener consecuencias trascendentales
en la vida de los países españoles del Caribe, porque
con la importación libre de esclavos aumentó a niveles
inesperados el poder económico de la aristocracia terrateniente
de algunos lugares —por ejemplo, Venezuela—, lo que al cabo
de treinta años se reflejaría en las luchas por la independencia,
que fueron dirigidas por ese grupo social. Dada la organización
económico-social de la región del Caribe, los mayores
beneficios que proporcionaron los cambios fueron para los dueños
de tierras y esclavos; pero los perjuicios causados por el encarecimiento
de la vida y por las restricciones que provocó la guerra caían
sobre las espaldas de los esclavos, los zambos, los pardos, los mulatos,
los negros libres y los blancos pobres, que durante esos años
estuvieron acumulando miseria y odios. La guerra hizo más agudas
las contradicciones que llevaba en su seno la sociedad del Caribe, y
pocos años después esas contradicciones, estimuladas por
la Revolución francesa, iban a hacer estallar el barril de pólvora
sobre el cual estaba asentado el régimen económico, social
y político de los pueblos del Caribe.
CapÍtulo XV
La revolución francesa y su proyección en el Caribe
Al firmarse en 1783 el tratado
de Versalles debía haber en el Caribe una población esclava
de 1.200.000 almas. Puede estimarse que en Haití había
entonces unos 400.000, y como según cálculos de la época
los esclavos de Haití representaban tres quintas partes de lo
que había en todos los territorios antillanos de Francia, la
totalidad de los esclavos de las posesiones francesas debía pasar
de 600.000. Diez años antes (en 1774), en Jamaica, Antigua, Monserrat,
Saint Kitts, Nevis y las Islas Vírgenes había más
de 280.000, de manera que agregando a esa cantidad los de Barbados,
Dominica, Granada, San Vicente, Belice y la Mosquitia, los de las posesiones
británicas debían pasar de 300.000. Quizá los de
Venezuela, Colombia, Panamá, Puerto Rico y Santo Domingo no llegaban
a 100.000; Cuba, que era la posesión española que tenía
más esclavos, debía andar por los 60.000. En Guatemala,
Honduras, Nicaragua y Costa Rica —todo lo cual formaba, junto
con El Salvador, el reino de Guatemala— había pocos, porque
en esa zona la mano de obra servil era indígena. Los de las islas
holandesas y danesas y los de la pequeña posesión sueca
de San Bartolomé podían sumar unos pocos millares.
Al tratar los acontecimientos del siglo XVI dimos cuenta de las principales
rebeliones de esclavos en esa centuria, y en verdad no fueron muchas;
fueron menos frecuentes todavía en el siglo XVII, pero entre
éstas hay que destacar la de Jamaica, provocada por la ocupación
inglesa en 1655; una rebelión larga y dura, según explicamos
en el capítulo IX. Al aumentar en el siglo XVIII el número
de esclavos con la extensión de la producción de azúcar,
algodón y otros renglones, los alzamientos comenzaron a ser más
frecuentes. En realidad, el siglo XVIII fue el siglo de las rebeliones
de esclavos en el Caribe.
El número de esclavos aumentaba, no sólo porque se importaban
más, sino porque nacían muchos hijos de ellos, y esos
hijos, salvo una minoría que tenía la suerte de ser declarada
libre, estaban también sometidos al régimen de la esclavitud.
Un número importante de hijos de amos y esclavas, que desde luego
eran mulatos, entraba en el grupo de los libres y con frecuencia heredaba
el nombre y los bienes del padre; pero eso sucedía sobre todo
en los territorios españoles y franceses, porque en las dependencias
inglesas un mulato equivalía a un negro: los dos eran "gentes
de color", y nunca tendrían derecho de vivir en la sociedad
de los blancos.
Las rebeliones negras del siglo XVI podían considerarse una mera
prolongación en tierras americanas de las luchas que se llevaban
a cabo en África para capturar esclavos; pero las del siglo XVIII
eran expresiones inequívocas de una lucha de clases limitada
a los territorios de América; una lucha de clases de carácter
muy violento que se hacía compleja debido a la serie de circunstancias
que diferenciaban social, económica, física y culturalmente
a los adversarios. Los esclavos eran obligados por la fuerza a trabajar
en beneficio de sus amos, pero además ellos eran negros y sus
amos blancos, ellos tenían conceptos culturales distintos a los
de sus amos, ideas de la organización social diferentes a las
de los blancos y hasta sentimientos y hábitos religiosos distintos.
En todos los aspectos, pues, había razones para que los esclavos
se rebelaran. Lo que sorprende es que no lo hicieran más a menudo
y con más saña.
Sería difícil hacer un recuento completo de los levantamientos
negros del siglo XVIII. Algunos fueron cortos pero violentos; en unos
participaron pocos esclavos y en otros participaron muchos; en unos
murieron pocos blancos y en otros murieron bastantes. Los principales
ocurrieron en casi todos los territorios del Caribe. Los hubo en Haití
en 1724; en Saint Kitts y Nevís en 1725; en Antigua en 1728;
otra vez en Haití en 1730; en Saint John en 1733; de nuevo en
Haití en 1734; y en Antigua en 1737; otro más en Haití
en 1740; uno en Yare, Venezuela, en 1747, y en el mismo año hubo
una seria conspiración de esclavos en Jamaica; tres años
después, en 1750, una rebelión de ellos en Curazao y en
1754 otra en Jamaica.
En enero de 1758 fue quemado vivo en Cap-Francais el legendario Macandal,
que había organizado en el norte de Haití grupos de esclavos
a los que proporcionaba veneno, hecho por él mismo, de yerbas
del país para que se lo dieran a los amos en comidas y refrescos.
Dos años después, en 1760, se produjo en Jamaica un levantamiento
tan poderoso que costó la vida a unos 60 blancos y a más
de 300 negros.
Los castigos a los esclavos sublevados eran habitualmente brutales,
pues había que aterrorizar a los negros para que no se atrevieran
a seguir el ejemplo de los que se alzaban. En el alzamiento de 1728
ocurrido en Antigua se quemó a tres cabecillas y se descuartizó
a otros; el que tuvo lugar en Saint John en 1733, que costó la
vida a cuarenta blancos, fue aplastado con ayuda de blancos ingleses
de la vecina isla de Tórtola y sobre todo con la ayuda de una
fuerza militar francesa enviada desde Martinica; y los esclavos ejecutados
en Saint John fueron numerosos. En la sublevación que se produjo
en Jamaica en 1760 se aplicaron métodos de represión repugnantes
y 600 de los esclavos sospechosos de simpatías con los rebeldes
fueron sacados de la isla y vendidos a los cortadores de madera de Belice.
Pero la represión no podía detener los levantamientos.
La ola de rebeliones esclavas comenzó de nuevo hacia el 1765,
año en que hubo una importante en Jamaica y otra en la Mosquitia
hondureña, así como un recrudecimiento de las actividades
de los negros que se habían refugiado en el interior de la isla
de Granada durante la guerra que había terminado en 1763. En
los tres casos murieron muchos blancos, fueron destruidas muchas propiedades
y la represión, como ya era costumbre, alcanzó altos niveles
de brutalidad.
En 1769 hubo levantamientos en Jamaica y en 1770 los hubo en Saint Kitts.
Ese mismo año de 1770 y en el de 1771 hubo rebeliones importantes
en Tobago, que fueron reprimidas con lujo de violencias.
En 1772 hubo combates sangrientos entre los indios caribes de San Vicente
y fuerzas inglesas, que tuvieron pérdidas fuertes. En 1773 se
repitió la rebelión de la Mosquina hondureña con
muchas víctimas y alto número de esclavos ejecutados;
en 1774 se levantaron otra vez los esclavos de Tobago y la represión
fue calificada por círculos ingleses como innecesariamente bárbara.
En 1775 se alzaron en guerra los indios del Darién y mataron
a los mineros de Pásiga; en 1776 hubo una fuerte sublevación
negra en Jamaica.
En 1778 volvieron a levantarse en armas los indios del Darién
bajo la jefatura del indio Bernardo Estola, pero en ese levantamiento
hubo un ingrediente de política internacional, porque parece
no haber duda de que fue estimulado por los ingleses, que proporcionaron
armas, municiones y oficiales, estos últimos para servir de consejeros
a Estola. El gobernador de Jamaica nombró al jefe indígena
"general del Darién" y le envió de obsequio
un uniforme de general, pero Estola tuvo que pactar con el gobierno
español de Nueva Granada después que Inglaterra firmó
con España el tratado de Versalles, aunque vino a hacerlo sólo
en el 1787.
El caso más interesante de las rebeliones negras de ese siglo
XVIII fue el de los cimarrones del Bahoruco, un lugar montañoso
situado en el sur de la frontera que dividía las colonias española
y francesa de la isla de Santo Domingo. El Bahoruco fue el escenario
de la prolongada rebelión del cacique Enriquillo, tratada en
el capítulo VI de este libro. La formación de un campamento
de negros cimarrones en el Bahoruco había comenzado en el año
de 1702 y ese campamento había sobrevivido a todos los ataques
que habían estado organizando y realizando las autoridades francesas
cada cierto número de años. Los cimarrones del Bahoruco
vinieron a hacer la paz con los franceses en 1785. En el momento del
acuerdo el jefe de los negros cimarrones era un esclavo de la parte
española llamado Santiago, pero la mayoría de sus hombres
—125 de un total de 130— eran esclavos de amos franceses,
y uno de ellos, que tenía ya sesenta años cumplidos, había
nacido y había vivido toda su vida entre cimarrones.
Ese mismo año de 1785 hubo una matanza de blancos hecha en Dominica
por los negros cimarrones que habían sido armados por los franceses
para que les ayudaran en su lucha contra los ingleses cuando la isla
cayó en manos francesas en la guerra que había terminado
en 1783. Para someter a esos esclavos rebeldes de Dominica hizo falta
formar una fuerza británica especialmente adiestrada y la lucha
duró todo un año, de manera que esa lucha tuvo todos los
caracteres de una guerra en pequeño.
El rosario de alzamientos negros indicaba que en el Caribe había
una situación perpetua de injusticia que podía dar lugar
en cualquier momento a una devastadora rebelión general, y cualquiera
conmoción en Europa podía desatar esa rebelión.
La conmoción fue la Revolución francesa, que sacudió
el orden en las colonias de Francia en el Caribe en sus propias raíces
y alcanzó los caracteres de un terremoto social de proporciones
gigantescas.
Al principio las luchas desatadas en el Caribe por la Revolución
se limitaron a los sectores más altos de las sociedades coloniales
en Martinica y Haití, pero después las luchas pasaron a
los niveles medios de la pirámide social y al final entraron en
juego las masas esclavas, que eran las que ocupaban la base de esa pirámide.
Ese proceso se cumplió en dos años. Al cabo de esos dos
años el centro del terremoto se estableció en Haití,
esa pequeña colonia de Francia establecida en el oeste de la isla
de Santo Domingo que había comenzado siendo en 1630 el asiento
de los bucaneros y había pasado a ser luego el nidal de los piratas
del Caribe; ese pequeño territorio que se había convertido
en menos de medio siglo, según palabras de Adam Smith en su libro
La riqueza de las naciones,
en "la más importante de las colonias azucareras del Caribe".
La Revolución francesa tuvo también efectos serios en Martinica,
Tobago y Santa Lucía y provocó levantamientos de esclavos
en casi todas las islas británicas, en Curazao y en Venezuela,
pero la magnitud de los sucesos de Haití ha hecho olvidar los de
otros puntos del Caribe que fueron provocados por los acontecimientos
de Francia.
Al entrar en ese trascendental momento de la historia del Caribe se
hace necesario tener una idea, aunque sea somera, de la situación
social de toda la región, pues sin conocer esa situación
se haría difícil comprender cómo se movieron los
sectores sociales en cada una de las etapas de la crisis desatada en
el Caribe.
En primer lugar, debemos dividir los territorios de la región
en grandes grupos: los de España formaban uno; los de Inglaterra,
Holanda, Dinamarca y Suecia formaban otro; y otro los de Francia.
España seguía siendo un país socialmente atrasado
en relación con sus competidores europeos, pero menos atrasado
que antes de que el país pasara a ser gobernado por los reyes
Borbones. En el siglo XVIII, y apoyada por los Borbones, España
tenía ya una burguesía, y esa burguesía se hallaba
en el poder político. Todavía era numéricamente
débil y, como lo demostrarían los hechos unos veinte años
después, era más débil que los sectores tradicionales
que se hallaban situados en la raíz de la sociedad española.
Como tenía que suceder, la composición social de España
se reflejaba en sus territorios del Caribe en unas estructuras más
atrasadas que las de la metrópoli. Los reyes Borbones, los hombres
que gobernaban en Madrid y los funcionarios que esos hombres enviaban
al Caribe eran más avanzados y progresistas que la gran nobleza
terrateniente esclavista de Venezuela, Cuba, Santo Domingo y Puerto
Rico y que los de la América Central.
Las sociedades españolas en el Caribe vivían en un régimen
de relaciones de producción que Marx iba a calificar de capitalismo
anómalo. Con la excepción de Cuba, su producción
era mucho más pobre que la de otros territorios europeos; su
inversión de capitales, de baja a muy baja; su técnica
de producción y transporte, atrasada; su comercio interior y
exterior, limitado; y por último, su composición social
respondía a esas líneas del panorama económico:
en la cúspide estaban los funcionarios del rey, generalmente
más avanzados que los propietarios criollos, y después
estaban esos propietarios esclavistas, que formaban un círculo
aislado, racista, que no se mezclaba ni con españoles ni con
criollos blancos que no pertenecieran a su grupo; pero los criollos
y españoles del comercio o propietarios medianos o miembros de
la pequeña burguesía, contaban con el respaldo y la simpatía
de los funcionarios reales y a menudo ese respaldo y esa simpatía
alcanzaban a pardos y mestizos que tenían medios económicos.
Las libertades comerciales acordadas durante el reinado de Carlos III
a los territorios americanos y las medidas tomadas para liberar a gente
del común, blancos, pardos mestizos, de la condición de
plebeyos siempre que pudieran pagar las tasas establecidas para lograr
esa liberación, contribuyeron a hacer más estrechas las
relaciones de la Corona española con esos grupos discriminados
por los terratenientes esclavistas, y a la vez agriaron más las
relaciones entre estos últimos y los funcionarios reales. Por
último, como los métodos de producción eran más
primitivos en los territorios españoles que en los de otros países
del Caribe —salvo en el caso del azúcar—, el trabajo
de los esclavos estaba menos sometido a los rigores de la disciplina.
En este panorama había diferencias; por ejemplo, la aristocracia
terrateniente de Venezuela era más tradicionalista y tenía
más ambiciones de poder político que los esclavistas de
Cuba; en Costa Rica no había esclavitud de negros y prácticamente
no la había de indios, pero esta última estaba muy generalizada
en Guatemala y El Salvador; en Santo Domingo había una mayoría
de población mestiza y casi la totalidad de los esclavos trabajaba
en hatos y en la producción de víveres para el consumo
local, lo que permitía un gran margen de libertad en sus movimientos.
Pero lo realmente importante era que, por encima de esas diferencias
que hemos apuntado, los sectores sociales que se hallaban por debajo
de la cúspide se sentían apoyados por el poder real, y
eso le proporcionaba un alto grado de consistencia política al
poder español en el Caribe. Esa consistencia política
explica por qué las sublevaciones de esclavos ocurridas en el
Caribe en el siglo XVIII fueron insignificantes en número y sin
importancia militar o política en los territorios de España.
Suecia, Dinamarca y Holanda eran países de organización
social francamente burguesa, aunque conservaran en su aspecto político
las reliquias de otros tiempos, como reyes y cortes. Sus territorios
del Caribe estaban manejados con métodos burgueses; eran empresas
para acumular beneficios y evitar el mayor número de conflictos.
Las rebeliones de esclavos en sus territorios fueron pocas, aunque la
de Saint John, posesión danesa (1733), tuvo verdadera gravedad.
Los tres países aprendieron temprano a resolver los problemas
de los colonos y sus esclavos, al extremo que Dinamarca, adelantándose
a todos los demás poderes europeos, estableció en 1792
que la esclavitud quedaba abolida en sus dominios en el plazo de diez
años. Las posesiones de holandeses, daneses y suecos fueron dedicadas
cada vez menos a producir azúcar y algodón y cada vez
más a la actividad comercial. Por otra parte, sus territorios
en el Caribe eran peque rios y el número de esclavos empleados
en ellos no podía pasar de unos pocos millares.
Inglaterra era también un país de organización
económica burguesa, pero hábilmente mezclada con una organización
social que preservaba las jerarquías del antiguo orden de cosas
adaptadas al nuevo. Inglaterra tenía el segundo lugar del Caribe
como productora de azúcar, algodón y otros artículos
tropicales y también el segundo lugar en cuanto al número
de esclavos que trabajaban en sus posesiones, y esos esclavos eran tratados
con un régimen de disciplina tan estricto que fue en las posesiones
inglesas donde hubo más sublevaciones negras en el siglo XVIII.
Ahora bien, el orden social en las colonias inglesas del Caribe era
lo suficientemente flexible para que todos los blancos, fueran grandes,
medianos o pequeños propietarios, artesanos o funcionarios del
rey, se sintieran solidarios y partes de un solo bloque; a eso contribuía
la existencia de las asambleas de cada territorio, que les proporcionaba
a todos los blancos la ilusión de una libertad política.
A su vez, la gente de color, fueran negros esclavos o libres, fueran
mulatos propietarios o artesanos, formaban un bloque diferente. En las
dependencias británicas no había, pues, pirámide
política, con una minoría en la cúspide y varios
estratos, cada vez más amplios, por debajo de ella. Esa pirámide
existía sólo en el aspecto económico, pero estaba
muy bien disimulada en el aspecto político. Políticamente
había un cubo blanco sobre uno negro, y los que formaban el cubo
blanco —funcionarios reales, propietarios, comerciantes, pequeña
burguesía, artesanos, todos ellos blancos— se las arreglaban
para mantener dividido al cubo negro, de manera que cuando había
rebeliones de esclavos hallaban siempre grupos negros a los que mandaban
a combatir a los sublevados. Hasta los cimarrones de Jamaica, que estuvieron
luchando contra los ingleses de 1655 a 1740, fueron usados después
para aplastar levantamientos de esclavos.
La situación más compleja era la de los territorios franceses.
Se parecía a la española, pero sólo superficialmente.
En las posesiones de Francia los blancos estaban divididos como en las
de España; había los grandes blancos y los blancos pequeños,
esto es, los grandes propietarios y comerciantes y los propietarios
y comerciantes medianos y pequeños, y los que pertenecían
a los dos últimos sectores odiaban a muerte a los "grandes
blancos" debido a que éstos habían ido obteniendo
del favor del rey numerosos privilegios sociales que se les negaron
a los "petít blancs". Pero a diferencia de lo que ocurría
en las dependencias españolas, los grandes blancos de los territorios
franceses eran miembros de una oligarquía colonial avanzadísima,
aunque muchos de ellos fueran al mismo tiempo aristócratas. En
Haití, en Guadalupe, en Martinica, los grandes propietarios disponían
de abundantes capitales de inversión que obtenían en Francia
y disponían también de créditos altos que les proporcionaban
los comerciantes de Brest, Burdeos y Nantes como anticipos de las zafras
y las cosechas; tenían una alta técnica de producción
y de mercadeo; vivían lujosamente con casas en las plantaciones
y en las ciudades; llevaban peluqueros, cocineros y sastres de Francia;
disfrutaban de una activa vida social, con teatros, asociaciones culturales
y literarias; viajaban a menudo a Francia, donde algunos pasaban vacaciones
cada año y otros se retiraban a vivir de sus rentas. El rey y
los funcionarios no les negaban ninguna petición a los grandes
blancos, de manera que su situación frente al poder real era
diferente a la de sus congéneres de los territorios españoles.
Pero también era diferente la situación de los mulatos
—llamados en Haití "affranchís"—
en los territorios franceses y en los españoles. En los últimos,
los mestizos contaban con la simpatía, y el respaldo de la Corona
y sus funcionarios locales; en los de Francia, los mulatos no podían
ni siquiera ejercer profesiones u oficios de los llamados liberales;
desde 1771 se les había prohibido tener la categoría de
ciudadanos del reino, aunque fueran propietarios más grandes
que los grandes blancos, y en 1778 se prohibió el matrimonio
entre blancos y los criollos que tuvieran ascendencia negra en cualquier
grado. Estas últimas disposiciones del gobierno francés
establecían una barrera insalvable entre blancos y gentes de
color, de manera que los pequeños blancos despreciaban a los
mulatos ricos tanto como los despreciaban los funcionarios del rey y
los grandes blancos.
Esa situación de discriminación de los mulatos era especialmente
peligrosa en Haití porque ellos eran los dueños de la
tercera parte de la riqueza haitiana y de la cuarta parte de los esclavos;
entre esos mulatos había algunos tan ricos como el más
rico de los grandes blancos; había muchos cultos y refinados,
que se habían educado en Francia y tenían allí
amigos, y resultaba que en Francia no eran víctimas de esa discriminación
a que los sometían en su propia tierra. Haití estaba dividida
en tres provincias o departamentos; el del Norte, con su capital en
Cap-Francais; el del Oeste, con su capital en Port-au-Prince, que era
a la vez la capital de la colonia, y el del Sur, con su capital en Les
Cayes. Los mulatos más ricos y de más prestigio abundaban
más en la parte central del departamento del Oeste y en el departamento
del Sur, pero había también mulatos ricos y prestigiosos
en el del Norte.
Ateniéndonos sólo a lo que podríamos llamar los
estratos superiores de la pirámide social de Haití, resultaba
que en esos estratos había suficientes elementos explosivos.
Algo parecido sucedía en Martinica, Guadalupe y Santa Lucía;
pero en estas Antillas el peligro se aminoraba porque no tenían
una población esclava tan numerosa como la de Haití. La
asombrosa cantidad de esclavos de Haití puede estimarse por estas
cifras: desde 1785 hasta 1789 habían entrado en Haití
más de 150.000 esclavos llevados desde África, mientras
que los introducidos durante ese mismo tiempo en las demás Antillas
francesas no alcanzaba a 50.000.
Ahora bien, la explotación de los territorios franceses del Caribe
se hacía mediante el uso de la técnica más alta
conocida en la época, lo que suponía un duro régimen
de disciplina para los esclavos usados en esa explotación. La
oligarquía colonial francesa usaba métodos capitalistas
implacables y las cuadrillas de esclavos tenían que funcionar
con la precisión con que funcionan hoy las máquinas. Por
otra parte, las privaciones de artículos tropicales a que se
vio sometida Europa en la guerra que terminó en 1783 determinó
una avidez tan grande de esos productos que después de la guerra
los negocios de las colonias francesas prosperaban velozmente, y eso
puede apreciarse en el alto número de esclavos introducidos en
Haití de 1785 a 1789. Había que aumentar la producción
año tras año para poder suplir la demanda de Europa y
de América del Norte. Esa aceleración en la producción,
que exigía un aumento en la productividad de cada esclavo, produjo
en las colonias francesas del Caribe un fenómeno digno de la
mayor atención, y fue la conjunción en el orden social
y económico de los factores más radicales y a la vez más
opuestos: la de los métodos más avanzados del capitalismo,
hasta ese momento, y el sistema social más atrasado, también
hasta ese momento, que era la esclavitud. Lógicamente, eso determinaba
un estado de tensión llamado a hacer crisis ante cualquier acontecimiento
que rompiera el equilibrio existente. La menor ruptura en el orden que
mantenía funcionando el sistema provocaría una catástrofe
social y política, y el acontecimiento iba a ser la Revolución
francesa
En el primer momento la Revolución profundizó las divisiones
que había en los estratos superiores de las sociedades francesas
del Caribe, pero no conmovió a las masas esclavas, que eran las
bases del sistema. Como era lógico, las autoridades del rey en
el Caribe se opusieron a la Revolución, pero los grandes blancos
y los grandes comerciantes estaban dispuestos a apoyarla a cambio de
que se les dieran libertades para vender y comprar en cualquier país
y de usar barcos de cualquier bandera para exportar e importar, y a
fin de defender esas pretensiones enviaron representantes a la Asamblea
Constituyente de París. Lo que no podían admitir los grandes
blancos era que se desconocieran sus privilegios sociales o que se admitiera
a los mulatos y a los pequeños blancos en posiciones de mando
en las colonias. Los pequeños blancos apoyaban también
la Revolución porque creían que con ella iban a mejorar
su estado social y a igualarse con los grandes blancos, pero tampoco
hubieran admitido que se les concedieran a los mulatos derechos de ciudadanos.
Los mulatos, algunos de los cuales se hallaban en París al empezar
la Revolución y otros se apresuraron a ir allá, apoyaban
la Revolución a cambio de que se les reconocieran derechos iguales
que a los blancos, y para hacer presión sobre la Asamblea Constituyente
contaban en París con la influyente sociedad de Amigos de los
Negros, nombre que en realidad quería decir amigos de los mulatos,
no de los esclavos. Ahora bien, ni las autoridades reales de Haití
que se oponían a la Revolución, ni los "grands blancs"
ni los "petits blancs", ni los mulatos o "affranchís"
pensaban en las masas esclavas. Esas estaban al margen de todos los
conflictos y así debían seguir.
Las colonias del Caribe influían mucho en la vida económica
y política de Francia, pues sucedía que no sólo
vivían en la metrópoli muchos de los colonos retirados
y las familias de otros que permanecían en Haití, Martinica,
Guadalupe, Santa Lucía o Tobago, sino que había en París,
en Brest, en el Havre, en Burdeos, grupos poderosos de comerciantes
de productos antillanos, de gentes que tenían invertidos capitales
en los negocios del Caribe, de armadores de buques que hacían
la carrera entre las islas y Francia, de funcionarios dedicados a la
administración de las colonias. Sometida a presiones de todos
esos grupos, la Asamblea Constituyente vaciló a la hora de tratar
el problema de las colonias y no se atrevió a tomar ninguna determinación
para organizarías; dejó la solución de los problemas
de las Antillas en manos de los colonos y, como era lógico, los
sectores de esos colonos que disfrutaban de privilegios económicos
y sociales no iban a renunciar a ellos en favor de otros sectores. Así,
las contradicciones que había en los estratos más altos
de la pirámide social de las Antillas francesas iban a agudizarse
a tales extremos que no podrían ser resueltos pacíficamente.
La Revolución de Francia iba pues a provocar la de sus colonias
en el Caribe.
Aunque las luchas entre esos sectores de los estratos superiores comenzaron
a un tiempo en Haití y en Martinica, la violencia se desató
en Martinica antes que en Haití, debido a que en Martinica había
una situación de tirantez extrema entre los grandes propietarios
y los comerciantes de Saint-Pierre, una ciudad que se hallaba en el
noroeste de la isla, al pie de Mount-Pelée. Incidentalmente debemos
recordar que Saint-Pierre fue destruida a causa de la erupción
del Mount-Pelée, volcán que hasta ese momento parecía
apagado, ocurrida en mayo de 1902; la población, de 29.000 personas,
murió instantáneamente, con la excepción de dos
hombres.
Saint-Pierre era una ciudad comercial; allí tenían sus
agencias los comerciantes de Burdeos, de Brest, de Nantes, que compraban
los productos de Martinica, y los propietarios de la isla acusaban a
esos intermediarios de Saint-Pierre de explotarlos en complicidad con
las autoridades de la isla. El movimiento revolucionario de Martinica
comenzó, pues, por una acción colectiva de los grandes
propietarios blancos contra los comerciantes y las autoridades de Saint-Pierre,
y para contar con la fuerza necesaria para la empresa armaron a los
esclavos y dieron a varios mulatos puestos de mando sobre esas improvisadas
milicias negras. Puede decirse, hablando en términos de hoy,
que los grandes blancos de Martinica formaron un frente unido de liberación,
y con esa fuerza dominaron rápidamente la situación. Pero
sucedió que tan pronto se vieron adueñados del poder comenzaron
a dudar de sus aliados mulatos. Los pequeños blancos, sobre todo,
no podían tolerar la idea de ver a los mulatos con puestos de
mando y un incidente que en otra ocasión no habría tenido
importancia vino a precipitar la lucha entre blancos y mulatos. Con
motivo de una ceremonia pública el gobernador le dio un "abrazo
fraternal" a un jefe mulato de milicias. El gobernador quería
simbolizar con ese gesto la unión de todos los martiniqueños,
pero los blancos lo tomaron como una afrenta y las tensiones provocadas
por la lucha de clases hicieron saltar la tapa de la falsa fraternidad.
Así, al comenzar el mes de junio de 1790 —el día
3, para mayor precisión—, los blancos se lanzaron a matar
mulatos en Saint-Pierre; dieron muerte a 14 y arrestaron a varios centenares,
a lo que respondieron los mulatos del interior marchando sobre la ciudad,
que tuvo que rendirse a mediados de agosto. Casi todos los comerciantes
blancos de Saint-Pierre fueron encadenados, metidos en las bodegas de
dos barcos que había en el puerto y enviados a Francia. El estado
de insurrección se generalizó por la isla; los soldados
de Saint-Pierre y de Fort-Royal se rebelaron contra sus oficiales; los
esclavos que 'habían sido armados por sus amos para luchar contra
los comerciantes comen